Diálogos celestiales (fragmento de la novela El restaurador de almas)

30 08 2002

En la iglesia, el Padre de la Cruz, arrodillado ante la cruz, recuerda a Dios aquellos momentos de gloria, cuando sustituyó, con la ternura de un padre, la dictadura del tal Bejarano; la mudada inicial y cómo se dejaron conducir con una fe digna de los primeros cristianos, tan rara en esta Ínsula de cimarronaje y malvivir, de tambores que enloquecen las cinturas.

—Me seguían, Señor. Fui ungido con tu gracia —alguna lágrima de emoción (su propia oratoria lo conmueve) salpica la barba cana, y es aprisionada por el enrejado de pelambre, sin resbalar hacia las losas—. Hicieron de tus palabras, que pronunciabas a través de mí, su propia ley —Cristo lo mira desde la cruz con cierta indiferencia—. Durante meses y leguas de camino, bebimos de los arroyos, comimos lo que tu gracia quiso poner a nuestro alcance, dormimos bajo el cielo. Fuimos uno.

Y el crucificado hace un mohín como de aburrimiento, subrepticio. ¿O será una ilusión óptica, un efecto especial de las llamaradas en los vitrales? No así los pasos, subrepticios también, del ex-notario Bartolomé del Castillo. En franca rebelión contra una palabra mercenaria, hurta el cuerpo en cada esquina de la Villa, salpicada de incendios. No teme por su vida, sino por el éxito de la misión: encajar una bala entre ceja y ceja al malhadado cura. (…) ¿Dónde te escondes, cabrón? ¿Dónde te escondes? Y continúa la búsqueda hacia el norte.

—En las noches soñamos los mismos sueños —asegura el Padre al crucificado, que por razones de fuerza mayor no tiene más remedio que escucharlo—, mientras nos alejábamos de la Villa maldita. Fueron días felices. Los corderos de mi grey tenían fe, Señor, en tu palabra. Pero un decreto pudo más que la fe. Derrotados, descreídos, errantes —señala a los vitrales, pero se refiere al más allá, no a los santos hieráticos—. El trasiego con los herejes pudo más que el buen camino —de pie, acusón y temblando de ira—. Se empeñaron en su desobediencia. Pero tu paciencia tampoco es infinita. Tengan en sus casas un anticipo del infierno —se contiene y cae hincado a los pies de Cristo. Un largo silencio se puebla del crepitar lejano y el desplome de alguna techumbre. Cuando regresa, su voz es apenas un hilo—. Pero tú sabes que todo lo hice por amor, para salvarlos.

(…)

—Veinte años ha que les predico según tú me has dado a entender.

El rostro de Cristo sufre una pequeña contracción, parece que los labios exhalaran un suspiro de fastidio y abre los ojos en la cruz, perplejo:

—¿Yo?

El Cura retrocede espantado, pero se repone. Postrado al pie del Cristo indefenso, clama en trance:

—Me llenas con tu gracia, Señor. Nunca soñé que me concederías el favor de tus revelaciones. Un milagro, Señor, un mi…

—Qué remedio. No iba a aguantarte el monólogo toda la vida. Pero respóndeme. ¿Por qué yo? ¿Por qué debo cargar con todo cuanto se diga en mi nombre?

—Como sacerdote de tu iglesia, embajador de tu fe —Cristo, entre aburrido e indulgente, lo mira de soslayo—, los amonesté una y otra vez. Domus mea. Domus vocavitur. Pero había tibieza de espíritu. Se han tirado a los montes antes que ponerse a tu servicio —niño aplicado delatando a los que no hicieron la tarea.

—Y entonces vinieron los demonios…

—Yo lo advertí. Oía tu voz.

—¿Como ahora?

—No. Tu voz —se indica primero la cabeza y después el pecho—. Tu voz. ¿Comprendes?

—El monólogo interior de Leopoldo Bloom.

—No menos de ocho exorcizados. Veinte con síntomas de posesión —indetenible el Cura—. Muchos declararon bajo los conjuros.

—¿Declararon?

—Las legiones de diablos que habitaban a los vecinos. Eso.

—¿Cuántas?

—Hasta treinta y cinco en un solo poseso —Coñóóó, piensa Cristo—. Y seguía endemoniado. Vecinos había con no menos de cien legiones. Eso declaró un diablo. Y bajo conjuro, Usted sabe.

Cristo, que es ducho en cálculos mentales:

—Cien legiones, a 6.666 demonios por legión, hacen 666.600 diablos en un solo esqueleto —eleva los ojos al cielo—. Qué abuso, Padre.

—Fue lo que dijeron.

—Y, en total, ¿cuántos demonios calculas tú en la Villa?

—No menos de 800.000, Señor.

—Si de cada tres ángeles uno cayó (según los cálculos de Santo Tomás de Aquino; yo no estaba ni por allí cuando aquello), resulta que se mudó a Remedios no menos de —pausa brevísima, como de Texas Instrumet— la décima parte de la población infernal. Si las estadísticas no fallan, Lucifer abandonó su oficina central para dedicarse personalmente a esta sucursal remotísima, perdón, a esta Villa de San Juan de los Remedios del Cayo. ¿No te parece demasiado, Señor Beneficiado y Cura Rector de la Iglesia Parroquial de Remedios, Vicario Juez Eclesiástico, Comisario del Santo Oficio de la Inquisición y hasta de la Santa Cruzada? A propósito: tú tienes más cargos que yo.

—Yo… —repentinamente alumbrado— Hay pruebas, Señor. Hubo testigos. Cuatro. Ellos darán fe. Y muchos que declararon bajo los conjuros.

—¿Muchos?

—Muchos muchos no; pero sí muchos.

—Una epidemia.

—Satánica.

(…)

El Padre sonríe. (…) Una sonrisa extraviada.

Cristo lo mira como a un caso clínico.

—Descreídos. Rebeldes. Huir a los montes en lugar de acatar los mandatos del Señor —Cristo tose—. ¿Decía algo, Señor?

—Lo pensé.

El cura se pasea por la nave, acosado por el crepitar de los incendios: un palo de guayacán que estalla, una techumbre que se desploma, un arcabuzazo lejano, más por entusiasmo destructivo que por atinarle a algún vecino. La danza de los colores en el vitral ejerce un magnetismo sobre el Padre de la Cruz, que no resiste la tentación de acercarse:

—Hasta la casa de Toribio Sarduí está ardiendo —un poco insolente, pero buen vecino, piensa el cura— y la de…

—¿La de quién? —aunque ya él, por supuesto, lo sabe.

—La de Juan Francisco Cortés.

—¿Ese no era…?

—Nos escapábamos de niños al cerro, a la caleta grande. A cazar sinsontes. A nadar. Pablo Vidal me estuvo enseñando a nadar, pero no aprendí hasta…

—¿Hasta? —Cristo, provocador irreductible, visualiza la escena.

—Casi me ahogo. Juan Francisco Cortés me sacó por los pelos del agua. Éramos tan inocentes entonces. A veces me asombra. Más que amigos, fuimos hermanos. ¿Qué sería de esta Villa si aquel día…?

A varias leguas de distancia, Juan Francisco Cortés, el escéptico, aún duda si debió salvar a Joseíto aquella vez. Drástico remedio para Remedios. Aunque. Otro habría aparecido. La historia tiene sus rutas prefijadas. Y no sólo el hato del Cupey; el mundo en su totalidad es inhabitable, de tanto desafuero, codicia, trapacería y zancadilla. Casi daría lo mismo el hato ese de Antonio Díaz o el paraje del Quemadero Grande. En definitiva lo impropio para vivienda de cristianos es el planeta. Lástima que no tengamos otro.

¿Qué sería de esta Villa si aquel día…? El Padre se sacude la idea. Sabe que Dios no lo hubiera permitido. Ya desde entonces lo había elegido para una alta encomienda.

—¿Por qué vienen contra mí? ¿Por qué se empeñan contra Su Voluntad? ¿Por qué han cambiado tanto?

—Tú también has cambiado, Pepe. Ya sabes nadar. Creciste.

—Ellos también crecieron y… pecaron y se volvieron diablos.

No tiene arreglo, piensa Cristo, pero lo sigue aguijoneando:

—Los diablos son sabios, Pepe.

—¿Qué dice, Señor?

—¿No hubo un diablo que discutió con Diego Tello en 1650 y sabía más que él de teología? Hasta Lutero…

Vade retro.

—Pura semiótica. Diablo significa sabio, espíritu conocedor. ¿No hablan con soltura de temas tan altos, que a veces los exorcistas no entienden nada de nada? ¿No son artistas de renombre…?

—Arte de Satanás.

—Destápate por un momento el cerebro y piensa, que para eso tienes la cabeza, no sólo para llevar tonsura. Aquellos tres días entre su caída y la fundación del hombre, los aprovecharon estudiando; en lugar de andar por ahí desempleados, como tanto angelito bobalicón.

—Impíos y soberbios. Les falta fe, humildad. Discuten con Dios. Y no sólo ellos.

—¿Tú también?

—¿Yo? No, Señor. Todos en esta Ínsula: delincuentes desterrados del Perú y de la Nueva España, forajidos de la península, mercaderes quebrados y mujeres huidas de sus maridos, frailes…

—Lo que yo digo.

El Padre se hace el sordo:

—…frailes en hábitos de legos, gente vagabunda y fascinerosa que escapa de los arados y las flotas, de las armas honrosas de Su Majestad.

—Pero con esos bueyes hay que arar, Don Pepe. Por cierto, un tocayo tuyo diría: «Hay que gobernar con lo mejor que hay en el hombre, y con lo peor que hay en él, si no, lo peor prevalece».

—¿Quién?

—Te regalo la cruz si lo conoces.

—Esa hez comete sus fechorías, sin temor al Rey ni a Dios. Puente de fugitivos que corren por las Indias es esta Ínsula.

—El Golden Gate del despelote.

Pero el Cura sólo se oye a sí mismo, para no perder la costumbre:

—Incestuosos y pecadores quedan sin castigo. Hasta en el Puerto Príncipe, que era villa devota, la voz del cura se apaga en la iglesia vacía.

—¿No dice el oidor Sánchez Pavón que los del Camagüey son aplicados, trabajadores, valientes, hospitalarios, leales y generosos? ¿Qué más quieres?

—Pero poco practicantes. También lo dice.

—¿Los preferiría al revés?

—Su fe los salvaría.

—Y sus defectos hundirían la Ínsula.

—Que renacería en tu reino.

—Eres un caso clínico, Don Pepe. Y a propósito, si hay tanta gente pecadora y mal criada, ¿no serán pésimos los criadores?

El Padre, sabichoso en el arte de las evasiones:

—Las autoridades civiles cometen pecado de impiedad y soberbia. Ellos…

—¿No me digas? ¿Ellos? ¿Y ustedes, padre? —engola la voz para remedar a cierto personajillo— ¿Y quienes debían velar por la pureza de nuestra santa fe, por el legado de los mártires, por la bondad y la virtud contra la avaricia y la corrupción de las costumbres?

—Pero Señor… Usted se burla de…

—De ese mismo. Y de Señor nada. Señores los que presumen de señorío. Yo soy un pobre infeliz. ¿No me ves aquí, crucificado? Ellos sí: los obispos en sus palacios, gastando sumas indecentes en pleitos pendejos por asuntos de etiqueta y precedencia. Abren casas de juego en las iglesias.

—No es mi caso.

—No. Tú sólo apuestas de vez en vez una onza macuquina a la pata de un jabao —el Padre aduce con los ojos que su inclinación por los gallos de pelea bien se aviene a los usos de este pueblo, y que algún defecto emblemático del gobernado debe tener el gobernante, para entrar en sintonía con la psiquis entrañable del pueblo, etc. etc. etc.—. Aunque apuestas mucho más que una onza.

—A lo sumo tres.

—Peor. Apuestas un pueblo entero a cuanta idea nueva se te ocurra. Pero elegiste mal la moneda, Pepe. Y tu pecadillo de fornicación. No muy seguido, pero…

Gancho al mentón que hace ruborizarse al Cura:

—¿Yo?

—No voy a ser yo, que de eso me retiré hace ya… —cálculo mental— mil seiscientos sesenta y un años.

(…)

Toda la sangre del Padre se refugia en el rubor casi fluorescente de sus mejillas. Se postra entonces a los pies de Jesús:

—Perdóneme, Señor. Perdóneme. Yo…

—Eso es bobería, peccata minuta. Si hay monjas que han ido a dar del claustro a los burdeles (mulas de Cristo les dicen, mancebas de clérigos, mulas del diablo, qué ocurrentes). Priores que sacan monjas a ganar, de putas, en las calles.

—Otros expían en las procesiones, ayunos y romerías.

—Pocos de romería; muchos de ramería. ¿Son esos los educadores del pueblo llano?

El Padre mira en derredor, temeroso, pero nadie más escucha. Sólo nosotros.

—Por decir cosas tales, Señor, colgaron y quemaron…

—El 23 de mayo de 1498 —logra decir Cristo antes que

—…a Savonarola.

la carcajada casi lo tumbe de la cruz. Pero fue clavado y bien clavado.

—A mí ya me colgaron una vez, Don Pepe, y quemándome estoy desde hace mucho tiempo.

El Cura se acerca a los vitrales, esperando que el otro cambie de tema; pero Cristo es un doberman en eso de perseguir una discusión donde lleva ventaja:

—Dime, Pepe, ¿cuántos no se meten a frailes para asegurar la vianda y el vestido?

El Beneficiado mueve la cabeza y se encoge de hombros. Jamás se ha enfrentado a una discusión así, a casulla quitada, donde las amenazas de heterodoxia y las citas de los clásicos queden invalidadas ante el clásico por excelencia.

—La tercera parte de España son curas y monjas: más sacerdotes que feligreses.

—Pero, Señor —por fin se le ocurre algo—, conventos enteros rezan por la salud espiritual de los próceres y del Rey.

—Y les dan de comer a cambio de oraciones por pecados viejos, para dedicarse con entusiasmo y el expediente limpio a cometer los nuevos.

—El misticismo de Su Majestad…

—Crisis cíclicas de arrepentimiento. Lo malo es que siempre rectifica hacia otro mal camino.

—Pero aquí…

—Aquí. ¿No hubo dos curas que envenenaron al gobernador para seguir con su tráfico de negros?

—Yo no.

—Tú llevas veinte años en el tráfico de remedianos.

—He intentado convencerlos con paciencia, Señor. Mil veces les he repetido que el buen camino… Tú eres testigo.

Indica hacia el más allá de los vitrales, apuntando sin saberlo al ex-notario Bartolomé del Castillo, que al costado de la iglesia duda si entrar o no, cargado su mosquete con buena pólvora y un perdigón cuyo destino es la frente del Señor Beneficiado (¿Dónde te escondes, cabrón? ¿Dónde te escondes?). ¿Estará en la iglesia? Y decide averiguarlo.

—Por culpa de su soberbia —continúa el Padre. Ignora lo calladito que debía quedarse en este instante—. Yo no quería. Pero se fueron convirtiendo en una turba endiablada. Como aquellos que te crucificaron.

—Sus razones tendrían.

—¿Para convertirse en una turba?

—No. Para crucificarme.

El Cura, anonadado, hace un largo silencio y se recoge a lo profundo de la nave. Necesita sumirse en la sombra de sus más hondos pensamientos para evitar que este Cristo sacrílego (¿me habrá oído?) lo confunda. Un resplandor en los vitrales lo distrae: Los bohíos de Manuel Raposo y Juan de Morales estallan uno detrás del otro: bolas de fuego y chispas como animales que escaparan hacia el cielo; serpientes de humo gris intentan engullir la bandada de nubes posadas en el azul.

(…)

Una silueta se recorta contra la bocanada de luz que penetra por el portón abierto de la iglesia: el ex-notario Bartolomé del Castillo escruta, mosquete en mano, la penumbra. De espaldas a la entrada, sumergido en la sombra de sus pensamientos y en la sombra de la sombra, el Padre no detecta su presencia. Don Bartolomé da unos pasos hacia el interior de la nave, pero el aire de abandono, la oscuridad escanciada de polvo y el silencio de los gorriones lo inducen a pensar que el olfato de su mosquete ha errado de nuevo. (¿Dónde te escondes, cabrón? ¿Dónde te escondes?). Y da media vuelta hacia la luz, sin percatarse de los guiños cómplices que le dirige este Cristo heterodoxo y socarrón, que desde la cruz ha asediado la seguridad blindada del Señor Beneficiado.

—Sus razones tendrían —repite Cristo, y es la mayor herejía que el Padre ha escuchado en su vida—. El pueblo es sabio. Me crucificaron por amor.

—Hay amores que matan.

—¿Tú no estás volatilizando Remedios por amor?

«No coments», piensa el Cura.

—A Barrabás le prorrogaron la sentencia. Al cabo las pagaría. Y a mí me salvaban de mí mismo. Esa es la mayor de las indulgencias, Pepe.

—¿Tendremos que canonizar en pleno a los judíos?

—El pueblo es siempre el mismo. No tiene rótulo. Y el pueblo supo que ya por entonces mi doctrina había sido dicha. Yo era joven. Y ambicioso. No de joyas, por supuesto. Esa es la riqueza de los simples. Ambicionaba amor, gloria, el privilegio de mover multitudes con un simple gesto de la mano —El Cura asiente; siempre ha tenido esa ambición como la única estimable—. La tierra bajo mis pies, los objetos que rozaba, ya eran sagrados. Comencé a ser Dios. Un guiño, una sonrisa, un mohín de disgusto, eran traducidos por los discípulos al lenguaje de los mortales. Eran órdenes, contraseñas de Dios. Los hombres leían en cualquier gesto verdades inapelables que yo jamás había formulado. Mis palabras ya eran ciertas antes de ser pronunciadas. Me bastó fundar una retórica de mí mismo.

—No creo, Señor…

—Pero el pueblo es sabio: lo supo antes que yo. A partir de ese momento ya no diría nada nuevo. Me sabía perfecto e infalible. Sólo me faltaba empezar a contradecirme.

—Contradecirse es humano.

—Yo no era humano ya. ¿Sabes por qué? Algunas verdades se van deshojando y uno sigue viéndolas como recién pronunciadas. Aunque sean verdades mustias. Espejismos de la soberbia. A tiempo me crucificaron: por amor al Jesús que habían conocido; por miedo al Jesús que asomaba, quebrando la cáscara petrificada de mis palabras. De ése me salvaron.

—Lo salvó el Padre, Señor.

—Qué Padre ni Padre. Fue el pueblo, Pepe. El Jesús que ellos amaron ganó en la cruz la inmortalidad de la memoria. Al otro Jesús, el que ya asomaba, no le dieron tiempo para asesinarlo. Morirse a tiempo es la más alta sabiduría política. Inalcanzable casi.

(…)

El Padre González de la Cruz, olvidando por un momento al de la cruz, ejerce la nostalgia:

—Aquella vez me siguieron con alegría.

—Ni que fuera una merienda campestre: Los pajaritos, las mariposas.

—Creían en la palabra. Tenían fe.

«Hay que creer en algo aunque no se sepa en qué. Una fe en falacias es preferible a una falta de fe». ¿Qué opinas, Pepe?

—Nunca pensé que dijeras…

—Lo hubiera dicho. Pero lo dirá Henry Link.

—¿Uno de esos herejes de la iglesia reformada?

—Peor. Un nonato. Pero sigue. Estabas en la bucólica: los pajaritos, las mariposas.

—Hablaba de la alegría con que enfrentaron todas las pruebas.

—¿Alegría? No me vengas con historias idílicas de iglesia dominical, pastizales ingleses y paisajes de Watteau. Sin techo ni pan, sin una vega honrada donde ganarse el tasajo, sin otra ley que tu santa voluntad. No jodas, Pepe. La miseria y la bondad no han hecho nunca buena yunta.

—Es cierto que al principio… Tuvimos que levantar la villa de la nada. Pero con el entusiasmo de los vecinos…

—El entusiasmo ¿no?

—Tampoco es Santa Clara la villa que yo soñaba. Diablos escurridizos…

—Eres una isla angélica asediada por un océano de demonios.

—Es la villa que yo fundé, Señor; lejos del Mal que infecta este lugar.

—Y lo que falta. Ya te enterarás.

Pero el Cura continúa sin escucharlo:

—Aún las casas son bohíos, hay carencias que ponen la discordia entre vecinos. Pero no es culpa nuestra. La culpa es de Remedios, que nos debe obediencia y tributo.

—Porque lo dice Don Pepe, Beneficiado, Vicario Delegado y etc.

—Porque lo dice el Capitán General, el Obispo, hasta Su Majestad el Rey, y Dios.

—Yo no lo he oído.

Qué falta de tacto político, piensa el Cura. Pero viniendo de quien viene, prefiere pasar por alto una afirmación tan conflictiva.

—Ellos acatan y prometen, pero después actúan por sus fueros: los animales y el pan no llegan nunca. Se solazan en su abundancia.

—Producto de su trabajo.

—Y de sus tratos con los herejes.

—¿Aceptarían ustedes un pan hereje, impío, descreído?

—El pan es sólo pan, pero los medios que emplean…

—Comercien ustedes también con los herejes.

—¿Cómo puedes pedirme algo así, Señor?

—Allá tú. Seguirás en la inopia.

—Ellos se burlan de nosotros.

—Sus razones tendrán.

Una marejada de ira amenaza ahogarlo:

—Ahora les faltará abundancia que estregarnos en la cara.

—Espera sentado, Pepe. Para el fin de esta historia falta un trecho.

El Padre camina a trancos por la nave. Su sombra es arrojada contra las paredes según el mudar del fuego en los vitrales. No puede admitir las razones de este Cristo heterodoxo, porque sería como admitir un cisma entre la Verdad y la verdad, entre su vida y la fe, entre su fe y la vida. Siente dentro de él una voz —remanente de tiempos idos ya hace tanto— que lo induce a revisar todo desde el principio; pero si es difícil revisar una vida, es casi imposible corregirla. Este Cristo no puede ser Cristo. ¿Será obra del Maligno? Aunque si es, me escucha (y sonríe en la cruz el muy cabrón, ¿me habrá oído?). Cristo asiente y se vuelve hacia el vitral del fondo, donde baila el zapateo una llamarada rojiza. No puede ser. El Cura se refugia en su empecinamiento, que le devuelve la seguridad en sí mismo que no han puesto en precario ni veinte años de lucha y sinsabores. Pero las palabras de este… (¿me oirá o no me oirá?) pretenden vulnerar mis convicciones.

—Buscábamos el buen camino, Señor. Y eso es más caro a Dios que la abundancia. Ellos tenían fe.

—Una vez te creyeron sí. Abnegación. Heroísmo. ¿Sabes que los dioses son incapaces de la heroicidad y el sacrificio? Son dioses. Ni falta que les hace. Sólo el orgullo humano puede domar los instintos más elementales, obligarlos a pastar heroicidad y abrevar en pozas de abnegación. Dulces sustancias —El Cura asiente con la cabeza. El esbozo de una sonrisa queda cortado de cuajo—. Pero cuando dejaron de creerte, el hambre les supo a hambre y la sed les supo a sed. Y ahí te jodiste, Pepe. Aunque faltaba mucho para que lo supieras.

(…)

—El Cabildo de la Catedral no tenía derecho.

—¿Tú sí?

—Como sacerdote de Dios…

—Como Vicario de Cristo, Embajador de su santidad, Lugarteniente de Dios, Dios en la Tierra, Salvador del Mundo, Semidiós, Hijo de Dios en persona, Corredentor. Codiós mejor, o Dios de Dios. Poco te falta para convertir la Santísima Trinidad en el Santísimo Cuarteto.

—No me abrume, Señor. En virtud de nuestro cargo…

—¿Quién duda de la virtud de un cura? ¿Y de un obispo? Menos. ¿Y del Papa?

—Nunca.

—Dios libre a Dios. ¿Y eso no es soberbia?

—Nos humillamos ante la voluntad del Todopoderoso, de los obispos, del Papa.

—Cuando se humillan, los masoquistas parecen mártires.

—Tú sufriste en la cruz.

—Y no me gustó ni un poquito.

—Hay martirios necesarios.

—No lo dudo, pero yo hablo de humildad, Pepe. Humildad.

—Obedecí la orden del Capitán General.

—No jodas. Obedeciste al Cabildo de la Catedral, que por conveniencias políticas evitó líos con la autoridad civil. No me hagas cuentos, que la omnisciencia también tiene sus ventajas —breve pausa que permite a la idea calar en la mollera del Padre—. Tú y yo sabemos que la autoridad civil no tiene potestad para encarcelarte, juzgarte o despojarte de tus bienes sin autorización de la iglesia.

—¿Y no es justo?

—Depende de quién componga la justicia. Tú los arrastraste al monte, pero cuando se les exige el regreso so pena de inobedientes, a ti te amenazan con multa de 50 pesos, y a ellos con cárcel y deportación a la Florida. Qué equitativo.

—No creamos nosotros esa justicia, Señor. La justicia del cielo…

—Del cielo cae la lluvia. Y eso cuando no hay seca.

—La divina justicia —Cristo sonríe, porque ahora es Don Bartolomé del Castillo la justicia divina. Juez y verdugo, ya dictó sentencia. Presunto al menos, que aún vaga con el ojo de su mosquete atisbando el espacio, la huella, el olor a incienso enclaustrado del Padre, que supone en algún sitio, entre la turba de incendiarios (¿Dónde te escondes, cabrón? ¿Dónde te escondes?). Pero no aparece. Y evita la tentación de liarse a tiros con dos partidas de esos fascinerosos.

—La más alta ley.

—La de Dios. El pobre Dios que ustedes mismos han fabricado.

—¿Tampoco existe? —ironiza por primera vez el Cura.

—Y si no existiera habría que inventarlo con edictos y bulas: guerrero o pacifista, iracundo o misericordioso, capaz de poner la otra mejilla o una bala de arcabuz entre ceja y ceja.

—La personalidad divina.

—Es de siquiatra según eso.

—¿Qué es siquiatra?

—Olvídalo. Ustedes sí son dioses: han inventado a Dios.

—Suena a blasfemia.

—No eres el primero que me lo dice.

—¿Debemos permitir la herejía de esos que llaman librepecadores?

—Librepensadores.

—Librepecadores. Ni libres ni pensadores. El único pensamiento libre es el de Dios.

—En las catacumbas había que convencer con amor y ejemplos de virtud. Ustedes se pueden permitir el lujo del poder: la intolerancia.

—Demasiado fácil es la tolerancia.

—Dividir el mundo en incondicionales y enemigos es siempre lo más fácil. Difícil es tener el puño y seguir dando la mano.

—Quien no cree, puede tolerar cualquier creencia. Los sacerdotes de una fe estamos llamados a imponerla.

—¿A cualquier precio?

—Crimen sería no imponer a los hombres la verdad.

—Así atente contra la ley primera de la vida, que es la vida misma.

—¿De qué serviría salvarles la pelleja si perderían el alma?

—¿De qué serviría salvarles el alma si pierden la pelleja?

—Son demasiado débiles para actuar por su cuenta.

—¿Hiciste la prueba?

—¿Para que se despeñen hacia el pecado y la impiedad? Censurar el mal ¿no es ejercer el bien?

—¿El mal? ¿O lo que tú crees que es el mal?

—Yo no. La fe.

—¿Censurar lo que la fe condena? ¿O mutilar los pensamientos y castrar las palabras?

—Pensamientos nocivos.

—Hay que creerse muy dueño de la última palabra para negársela a los otros. ¿No es soberbia eso?

—¿Soberbia dice? ¿O integridad de principios?

—Ardiente integridad. El fuego de la fe. Sea cual sea, esa candela está incendiando Remedios.

—Nunca fue mi propósito, pero ellos, los insumisos…

—Sumisión sin entendimiento, obediencia sin razones, fe sin virtud. ¿Nunca dudas, Pepe?

—A la palabra de Dios me atengo.

—Si tú supieras la de dudas que tiene Dios.

—¿El omnisciente?

—Saber es una cosa. Entender, otra. ¿No ves este mundo al garete? No porque Dios sea sordo ni ciego —confidencial—. Es indeciso.

El Cura mira en derredor con disimulo. Podría terminar en carne de tostadero, sólo por permitir que una herejía así ruede por el aire.

—No te inquietes. No hay nadie. Sólo Él —enarca hacia arriba las cejas—. Pero de tan omnisciente y omnipresente, ha elaborado la teoría del supremo equilibrio: «No hay acierto que no contenga su propio error», afirma. Y eso lo paraliza.

—¿Una parálisis de Dios? Eso es el caos. ¿Y Usted?

—Mi sabiduría, por suerte, es imperfecta, y eso me deja un margen para pensar, como los hombres.

—Pero tu pensamiento es puro.

—Qué va. Impuro como el de ellos. Y grandioso. Pensar, Señor Beneficiado, es la grandeza del hombre. Y reírse. ¿Qué otra cosa nos diferencia de los sapos y las cucarachas? Con lo extenuante que es tejer el ADN, si el Viejo se hubiera empeñado en diseñar un modelito exclusivo para cada bicho y cada planta, estaríamos a miércoles del Génesis. La producción en serie, Pepe.

Pero ya Pepe está resignado a no escuchar lo que no entiende:

—¿Hay que diseccionar entonces cada demonio ante sus narices, para convencerlos de que la Villa ha sido tomada por el Malo?

—Si atrapas a los demonios, que diseccionarlos por control remoto será asunto de Hollywood.

El Cura no entiende de controles ni de remotos ni de ese haligud, pero ya eso va siendo una rutina. Y contraataca:

—Perdóneme, Señor, pero cualquier razón siempre será objetable.

—Por suerte.

—La fe es la única razón que no tiene réplica.

—Basta negarla.

—¿Cómo?

—Negándola y ya.

—Imposible.

—Escolástica inversa: Lo que no admite discusión se niega y punto.

—Al quemadero irá quien ose…

—¿Entiendes ahora por qué los remedianos dicen sí, pero no?

—La verdad revelada no puede ser expuesta a un debate de cabildo como cualquier trifulca de linderos.

—Toda verdad que se niegue al público debate lleva dentro su propia mentira, que la irá devorando poco a poco.

—No permitiré que en mi parroquia los hombres discutan con Dios.

—En público.

—Nunca permitiré que a Dios le pidan cuentas.

—Sus cuentas quedarán pendientes. Hasta que sea demasiado tarde.

(…)

El Padre ha envejecido varios años en estas horas. Lo asedia un cansancio premonitorio del epílogo que lo acecha. Aunque dependa por ahora de los pasos sigilosos, que se desgranan al sur de la Villa (¿Dónde te escondes, cabrón? ¿Dónde te escondes?), mientras la impaciencia del mosquete, aceitado con esmero, va en aumento, y la bala se revuelve enclaustrada, ávida por morder, huérfana de víctima, inútil como una carta sin destinatario. Hay un cansancio inmemorial en la voz del Cura, sus palabras recorren un pedregoso camino cuesta arriba:

—La edad de los mártires ha sido suprimida. Vanidades del siglo.

—Qué novedad.

—Es la era de los cristianos de ocasión.

—Siempre hubo hombres sin fe, Pepe, sin dioses.

—Ahora son más.

—Culpa será de los dioses.

—¿Culpa de Dios?

—Hay hombres que nunca creyeron sino en sus propios sueños. Y a veces ni eso.

—Es lo que digo.

—Pero si la fe es obligatoria, no tienen más remedio que fingirla.

—Cristianos de ocasión.

—Para sobrevivir, Pepe. Qué remedio. Los ricos y poderosos simulan para medrar. Los sabios, para aprender a escondidas. El tostadero no es bueno ni para asar marranos.

—Aprender. De eso blasonan los renegados de la fe reformada.

—Los hombres sin dobleces son raros, y arden con suma facilidad en un mundo donde la industria y el comercio son ocupaciones de extranjeros; el trabajo, de villanos; el saber, herejía; el servilismo, virtud; y la fe santurrona, que no duda porque no cree, es la única fuente de provecho.

—No siempre.

—Algún día tu tocayo hablará de «aquel estado medroso e indeciso al que desciende la razón allí donde impera un dogma único e indiscutible», y también que «el predominio de un solo dogma es funesto al desarrollo de la mente y el carácter de un pueblo, máxime si es autoritario y fanático».

—¿No lo incineraron?

—Más o menos. Pero todavía. Será. Es la enfermedad profesional de los predestinados.

—Según Dios, son todos los predestinados: pobres y ricos entrarán en su momento al cielo.

—Unos a pie. Otros en carruaje.

—Los pobres siempre llevan ventaja: lejos de las tentaciones y las vanidades del poder o la gloria.

—Temerarios los ricos.

—El pobre sólo necesita perseverar en el camino de su escasez. Para los ricos es ardua la contienda contra su condición y señorío.

—Más meritoria, ¿no?

—Rico que entra al cielo es doblemente merecedor de la gracia.

—Rico en la tierra y agraciado en el cielo. Quien se queje es un malagradecido.

—También los ricos son obra de Dios.

—Pepe, carajo, tú sí eres un bicho. Podrías demostrar que Dios es un gavilán pollero, que el diablo fuma torcidos de Vuelta Abajo, o que yo soy mi propia abuela. Y previsor como eres, has asegurado para tí un viaje arduo al reino de los cielos, acaparando cuanta tierra hay desde Yagüey hasta el paso del Jatibonico, por doce leguas de anchura y hasta la misma costa.

—No tanto, Señor.

—¿No tanto? ¿Y las haciendas Gambao, San Agustín, Los Caguanes y Maiagigua? ¿Y el corral de Arroyo Manacas? ¿Y el hato Camaján en Yaguajay? ¿No tanto?

—En esta Ínsula, quien más quien menos, todos solicitan mercedes.

—Es para no caer en la miseria y que tu camino al más allá sea un master de probidad espiritual.

—¿Un qué?

—Un nada. Y te pasaste un pelín, Don Pepe, permitiendo a los vecinos, que si es por tener, no deberían ni pagar aduana cuando suban al cielo, comprar con sus limosnas todos los ornamentos de la iglesia, el servicio de plata: alhajas y prendas, custodia, guión y lámpara, candeleros.

—Cuando se quebró la campana…

—Ni aquella que largó las asas reparaste de tu pecunio.

—Ellos hicieron la colecta.

—Casi los excomulgas antes. Dios te recompensará, sin dudas, por perseverar en tu riqueza.

—Tenía puesta toda mi fe en la mudada. ¿Para qué invertir caudales en la campana, si deberíamos construir iglesia nueva donde asentara a mi grey?

¿Para qué? Tú no sabes cuánta batalla le queda por dar a esa campana, piensa Cristo, pero lo omite para no estropear el suspense.

—Yo había pensado en una fábrica de tres naves, toda de piedra, digna del nuevo asiento, y en ella poner mis caudales con largueza. Siempre he andado por el recto camino, Señor.

—¿En qué quedamos? ¿No es tan sinuoso el de los ricos?

—He sido fiel a los dogmas. Como inquisidor…

—Debes estar abrumado de trabajo, aunque con la de licencias para pecar que hay hoy, hasta quemar una villa es permisible.

—El desenfreno de las costumbres.

—El pecado está en veda, Pepe, en vías de extinción. Trátalo con cariño si lo encuentras. ¿No dicen los teólogos modernos que no estamos obligados a huir de las tentaciones y del pecado?

—Hay quienes exageran, Señor.

—¿Tú no? ¿Te estás quedando a la zaga de las nuevas teorías? Hasta se puede elegir el más cómodo camino hacia la salvación, siempre de buena fe, que eso ayuda.

—Sería un peso insoportable si el Señor nos obligara a transitar por un solo camino. Nunca estuvo en su ánimo.

—¿Usted lo conoció personalmente? —el Cura prefiere atribuir el chiste a un lapsus auditivo—. Por eso han aumentado tanto los viajes al cielo. Toermundoegüeno. Pasen, señores, pasen. Los caminos han sido abiertos por la magia de la teología. Congestión en las autopistas de Dios. Superpoblación celestial. Explosión demográfica en el séptimo cielo.

—Mientras más se salven, mejor. Siempre dentro de la fe.

—Que la herejía del pensamiento… Cuidado. Esa sí es peligrosa. Pueden asarte a la parrilla.

(…)

La noche se ha adueñado de los vitrales. El resplandor de los incendios apenas si los salpica de un amarillo tenue o de un lánguido rosa. El cabo de vela hallado en un rincón, permite al Cura mirar a los ojos de Cristo. Sería peor una voz flotando en la tiniebla. Aunque quizás no tanto. Camina hasta uno de los cristales y deja vagar su mirada, que los escombros permiten navegar ahora hasta los confines de la Villa, por los incendios mortecinos. Alcanza a ver una hilera de hombres que se pierde de vista en dirección a Santa Clara. El último, que por la anchísima ala de su sobrero debe ser el Capitán Luis Pérez de Morales, se vuelve en dirección a los rescoldos de la Villa y la mira largo rato, como catando la magnitud del holocausto, el mosquete alicaído en la diestra. Quizás contraer esta visión le contamine la asepsia unidimensional de su principio rector, con el virus de un arrepentimiento. Después se quita el sombrero y agacha la mirada durante varios minutos. Como si rezara. Como si dudara. El Padre lo ve dar la espalda al sitio donde estuvo la Villa, y desaparecer en pos de los otros.

—Ya se han marchado.

Cristo canturrea:

Cuatro fueron los nombrados

                                                                  para subir a las casas,

                                                                Jaiba, Cometa, Tampico

                                                               y Atarraya de Guasasas.

—Crápula pura. ¿Eh, Don Pepe?

—No siempre se puede escoger.

—Y lo felices que son disfrazando sus malos instintos con los uniformes del Rey y de Dios: la ley, el orden, los sagrados deberes.

Pero Don Pepe no siente el menor deseo de discutir:

—Sólo hay silencio.

—Gracias a ti. Jamás los filibusteros asolaron el pueblo con tanta eficacia como tú, Pepe, para salvarlo de los filibusteros.

—Sólo un padre es capaz de salvar a sus hijos aún a costa de tanta destrucción.

—Más vale ser huérfano. Hay madres de una selectividad desastrosa.

Demasiado abrumado para seguir el tono ligero de Jesús, el Padre no puede reprimirse:

—Nunca hubiera querido llegar a estos extremos.

—Los vencedores no necesitan dar explicaciones. Y usted ha vencido, Señor Beneficiado. En toda la línea —El Cura hace un silencio largo. Demasiado—. Remedios fue trasladado ya al reino de la nada.

—Señor: bastante tengo con esa destrucción en mi conciencia.

—Los altos designios, los santos ideales resplandecen —martillea el de la cruz.

—Remedios no existe —el Cura no logra apartar los ojos de la ceniza humeante, que titila en la oscuridad.

—Veamos hasta cuándo.

Frase que intriga al cura, como una amenaza, y revuelve mil sentimientos encontrados que hasta ahora había eludido.

El Padre se arrodilla, de frente a las ruinas de la Villa, como para expiar una culpa, y quiere estar a solas con Dios. Necesita hablarle sin las interferencias de este hijo suyo que lo turba y exaspera. Al Altísimo se dirige de rodillas, con toda humildad, de corazón, Señor, rogándole ante todo que sea una conversación privada, que evite terceros por muy caros que le sean. Por piedad, Señor, que ya no puedo con tantas dudas y certezas malquerenciadas, con tanta responsabilidad sin el descanso de una confidencia: Tú eres testigo, Señor, de que todo lo hice por amor. ¿Eran éstos tus designios? Respóndeme Tú. Silencia a ése, tu hijo. Me acosa con palabras que parecen sacadas de los libros herejes. No quiero escucharlo. No quiero. Háblame tú, Señor. Los remedianos nunca se atrevieron a ponerme de frente sus malas razones. Corderos en el decir. Lobos rabiosos en el obrar. Así fueron. Ganaron tu castigo. Empecinados en su desobediencia. ¿Qué más podría hacer, Señor? ¿Aceptar su desacato para siempre? ¿Permitirles la burla a la virtud de los que siguieron tu camino y hoy se someten a las pruebas del hambre y la penuria en Santa Clara? ¿No flaquearía la fe de los rectos? ¿No cundiría el mal ejemplo? Tú eres testigo, Señor, de que todo lo hice por amor. Pero, ¿qué más podría hacer? Sólo un camino quedaba para que se cumplieran tus designios: que me amaran por miedo. Tú me enseñaste que no hay sendero torcido hacia la salvación. Hice cuanto pude para evitar esto. Pero fueron ellos, Señor, los que arrimaron la tea a sus propios desafueros. Ellos mismos. Pobre pueblo mío. Fui un instrumento en tus manos. Sólo quise que se cumplieran tus órdenes, Señor. En pago, ahora los más insolentes me acusan de tirano. Pero tú eres testigo: No ambicioné otra gloria que conducirlos a tu Reino. Permíteme concluir mi obra, ahora que el fuego ha purificado los malditos lugares. Atráelos a mi vera, para obrar sobre ellos, por arduos que sean, tus designios. Cuenta con mi voluntad de servirte. Y si en algo he errado, Señor, perdona mis culpas. Tú eres testigo de que todo lo hice por amor. No otra cosa he deseado sino el bien de mi grey y tu gloria. Hágase tu voluntad. Amén.

—Lástima que los ideales no sean habitables.

El Padre va a replicar, pero deja caer el gesto y vuelve al paisaje.

—Has vencido, Pepe. Parece.

—Yo lo advertí.

—Pero ellos te obligaron. Tú no querías. Lo hiciste por amor. Pobre pueblo tuyo.

La ironía de Cristo, que ha atisbado su confesión al Altísimo y suplanta su propia voz, lo sobresalta. Se acerca al pie de la cruz y mira al rostro que es ahora una caricatura del suyo, mientras continúa leyendo sus reflexiones y echándolas al viento en la voz del Cura:

—Han pagado por su soberbia. Los designios del Señor se han cumplido —la carcajada estremece al Cura como si acabara de escuchar al Malo. Se persigna. Cristo repite—. Los designios del Señor se han cumplido —Y regresa a su propia voz—. ¿Tú crees que los designios se han cumplido? Mira bien. Acércate y mira bien.

El Padre regresa y atisba la noche, cuarteada de incendios moribundos. Aguza la mirada, pero

—Sólo la noche, Señor, sólo la…

—Mira. Mira bien.

El Padre no está seguro, pero. Sí. Sombras. Sombras que se mueven.

—Las bestias de los bosques vienen…

—¿Las bestias?

—Acuden a cebarse en la ciudad muerta —regresa cabizbajo a los pies de Cristo—. Pobre pueblo.

—Ya eso lo dijiste. Pero ve y mira bien las bestias.

Intrigado, el Cura regresa al sitio por donde ahora entra una brisa marina, limpia y aromosa a salitre, apenas contaminada por el olor a chamusquina. Hace un esfuerzo para ver mejor en medio de la oscuridad. De pronto, las siluetas se acercan y el Padre no puede creerlo:

—Son hombres, Señor, muchos, muchos hombres y…

Cristo sonríe de su sobresalto.

—Son ellos. Ellos.

—¿Qué hacen?

—Ahora colocan unos horcones. Están…

—Eso mismo.

—Están volviendo a levantar la Villa.

—Corto triunfo el tuyo.

—Desacato. Desacato —grita el Padre asiendo un garrote y precipitándose hacia la puerta, pero se detiene de golpe, como si hubiera chocado contra ese muro invisible que es la noche. Suelta el garrote y regresa a postrarse ante Cristo.

—Protégeme, Señor. No son hombres. Son demonios, Señor.

—Sólo hombres, Don Pepe.

El Padre retrocede asustado, como si la voz lo hubiera mordido. Tropieza. Trastablillea. Cae. Se levanta. Señala hacia la ventana:

—No, Señor, son demonios.

Y se acurruca en un rincón, aterrado.

—Demonios. Son demonios.

—Son Hombres, Señor Cura, Hombres.

 





Vaticinios

6 08 2002

Cuando se celebró, el 3 de enero de 2000, una conferencia de prensa en la casa de la Cultura de Angola de La Habana, millones de cubanos estuvieron atentos a las predicciones de Ifá, la Letra del Año que regiría el 2002, elaborada por una comisión de 600 babalawos reunidos el 31 de diciembre, bajo la presidencia del sacerdote de Ifá Guillermo Diago.

Quizás la eterna juventud y la predicción exacta del futuro sean las dos aspiraciones que no faltan en ninguna cultura humana. Sobre todo la segunda, dado que el destino sigue siendo azaroso, cosa que no lograron derogar ni siquiera los planes quinquenales de Humberto Pérez en la JUCEPLAN, quien tampoco consiguió predecir su futuro de funcionario descatalogado.

En tiempos de vaticinios rentados, predicciones a la carta, adivinos telefónicos a euro el minuto, pitonisas cada vez más desmelenadas en la tele, y oráculos que se codean con las estrellas de cine; es de agradecer que los babalawos cubanos dicten gratuitamente una letra para toda la nación, sin que nos exijan a cambio conversión, militancia o Master Card.

Mediado el año, podemos tasar en qué medida se han cumplido los pronósticos, y valorar lo que nos queda aún por sufrir hasta diciembre, dado que este 2002, regido por Changó y Yemayá, se nos anunciaba pletórico de calamidades.

El anuncio de muertes por epidemias de enfermedades infectocontagiosas, por lo que se recomendaba evitar la acumulación de basuras y escombros, así como cremar o enterrar los desperdicios orgánicos, se cumplió en toda la regla, con recogida masiva de basura y batallones de combatientes contra el pérfido Aedes aegypti.

Se vaticinaban golpes de Estado, cosa que puede darse por cumplida con el de Venezuela, por sus resonancias en Cuba, aunque quedan seis meses para engrosar la cuenta. En lo que se refiere a “ruptura de convenios, tratados y acuerdos en gran magnitud”, ha habido cortes de suministro petrolero, y amagos de cancelar el convenio entre Venezuela y Cuba, por los reiterados impagos. Esperemos, por el bien de los nuestros en la Isla, que las rupturas sean en el suministro de armas, y no se rompa, como de costumbre, el convenio por el lado más débil. Si falla la electricidad, y los refrigeradores entran en estado cataléptico, será difícil cumplir con la Letra y tener “Cuidado con las comidas descompuestas”.

Se anuncian también sanciones económicas (además de las ya existentes) lo cual no resulta improbable, teniendo en cuenta el malestar de los empresarios del Viejo Continente, recogido en un comunicado de ocho puntos entregado por la Unión Europea a las autoridades de la Isla.

Las “pérdidas de vidas en el mar y en el río” casi se cumplen de manera abrupta, ante el rumor de que una nueva corrida del balsero se abriría el 4 de julio. No obstante, los miles de salidas ilegales y la imprecisa estadística de las víctimas de este medio año, pueden haberlo confirmado con creces. Claro que desde hace poco menos de medio siglo, esto se viene cumpliendo. “Evitar que los menores vayan solos a la playa o al río”, era un sano consejo de la Letra. Al que podría añadirse una coda: evitar la balsa rústica, aunque el menor esté acompañado por toda la familia. Recuerde que “la paciencia es tan constante como la existencia del cielo y la tierra”, que la Corriente del Golfo es traicionera, la Coast Guard te devuelve a menos que pises tierra, y el bombo ha agraciado ya a muchos compatriotas. Aunque también se comprende que “El que lleva candela en las manos no se puede esperar”.

Se hablaba en la Letra de “penetración del mar y accidentes marítimos”, así como “afectación en la marina mercante”, eventos por los que aún deberemos esperar, con la esperanza de que no ocurran. Penetración EN el mar sí que ha habido.

Se hablaba de “proliferación de la guerra”, algo que lamentablemente ocurre año tras año, aunque parece desbocarse tras los acontecimientos del 11 de septiembre. Y también de “malversación del erario público, y robos”, acontecimientos que bien podrían estar sucediendo, pero que la prensa nacional sólo nos revelará dentro de muchos años, como corresponde al periodismo de investigación histórica.

Se aconsejaba el 3 de enero “ Abstenerse del consumo desmedido de la carne de cerdo”, algo de lo que ya se ocupa el gobierno, y “Evitar por todos los medios la ira y la violencia”, es decir, firme el socialismo perpetuo, no se señale, no coja lucha, olvídese de los peces de colores y siga en lo suyo, escapando. De todos modos, ya eso venía por decreto. Aunque recuerde que “La oveja que se asocia con un perro, comerá mierda”.

Como vemos, entre los vaticinios y la realidad hay, en lo que va de año, notables coincidencias. Como de costumbre, el grado de cumplimiento dependerá también de la buena voluntad que le pongamos.

En Occidente, regido por los índices bursátiles, el Nikei y el Down Jones, el Ibex, el Euribor, la tasa de inflación y el 4,5%TAE de interés a medio plazo; no hay oráculos en paro. Se les agolpa la clientela a las puertas. ¿Quién podría reprocharnos a nosotros, ateos de la estadística, la fe en un vaticinio nacional, multitudinario y de uso social?

Durante veinte años los analistas de Miami predijeron, cifras irrevocables en mano, la caída de Fidel Castro. Y en La Habana se han cumplido todas las metas, millones de horas-noticiero han dado cuenta de cosechas astronómicas y vacas vanguardias; las cifras del progreso han sido milagrosas, y aún así, el país no ha ido palante, ni para coger impulso en su retroceso.

Habida cuenta de lo anterior, más vale escuchar con atención a los babalawos, que a las estadísticas triunfales. Al menos no nos sepultan en cifras desechables, su discurso es breve y misterioso, como la vida misma, y no pretenden que sus palabras sean acatadas como la única verdad irrebatible sobre la faz de la Tierra.

 

“Vaticinios”; en: Cubaencuentro, Madrid, 6 de agosto, 2002. http://arch.cubaencuentro.com/cultura/2002/08/06/9287.html.

 

 





Varela al combate

31 07 2002

Eventos tan disímiles como el ciclón Michelle, la antiquísima política norteamericana del embargo a Cuba, los sucesos del 11 de septiembre pasado, el Proyecto Varela, la reforma constitucional y las primeras importaciones de alimentos norteamericanos desde hace más de 40 años son los ingredientes del cóctel político que se vive en la Isla.

La oferta de ayuda humanitaria de Estados Unidos a Cuba tras el paso del huracán, dio el pie al señor Fidel Castro para proponer la primera compra de alimentos, pagando US$100 millones en efectivo, a pesar de la bancarrota que asola el país, como consecuencia de una nefasta política económica, agravada por el descenso del turismo y su rentabilidad, y por la merma en las remesas de los exiliados.

La entrega de 11.000 firmas pidiendo reformas constitucionales a través del Proyecto Varela tuvo como respuesta gubernamental una reforma en sentido contrario: un simulacro de referendo para dictaminar el socialismo perpetuo. Dejando clara la más rotunda negativa al diálogo, una escalada en los ataques contra la disidencia moderada, y el alejamiento de cualquier solución pactada de los problemas que dividen a la nación cubana desde hace casi medio siglo.

Esto coincide con el cese, durante varios meses, del suministro de petróleo venezolano —que se reanudará el 1 de agosto, tras refinanciar la deuda—, dada la insolvencia cubana. De modo que quizás por primera vez desde 1959 una apertura en el embargo es no sólo deseable para las autoridades cubanas, sino vital. Justo a tiempo, porque la reciente compra de alimentos ha servido de argumento a la Cámara de Representantes, que por 262 votos contra 178 acaba de aprobar la enmienda promovida por el legislador republicano por Arizona, Jeff Flake, que autoriza los viajes de estadounidenses a Cuba, y retira los fondos a la oficina que se encarga de perseguir a los viajeros clandestinos. Y por 251 votos contra 177 se aprobó otra enmienda vetando gastos presupuestarios destinados a imponer restricciones a las remesas enviadas a la Isla, liberalizándolas.

¿Cuáles han sido las reacciones ante estos hechos?

Ante la votación efectuada en la Cámara, el secretario de Estado, Colin Powelly el secretario del Tesoro, Paul H. O’Neill, en carta al presidente del comité de presupuesto de la Cámara de Representantes, Bill Young, piden vetar cualquier apertura. Ambos recuerdan que Cuba “sigue dando refugio a fugitivos de la justicia estadounidense”, y viola los derechos humanos. Niegan que expandir el comercio pueda traer cambios a Cuba, sino “pérdidas incalculables” para los acreedores; apostillando que debe evitarse que “Castro termine usando cualquier liberalización nuestra en el comercio para su beneficio político”.

El legislador republicano Lincoln Díaz-Balar asegura que el presidente Bush “no va a permitir un debilitamiento de las sanciones contra la tiranía cubana y va a insistir en la liberación de todos los presos políticos y la realización de elecciones”. Y añadió: “¿Por qué el tema no es que Cuba deba ser libre en este continente cuando los demás países lo son? Aquí vienen colegas a pedir solidaridad para otros países, pero a Cuba la tratan distinto”. Es más, “sabemos perfectamente que Cuba es un peligro para nosotros con su bioterrorismo. Este país lo sabe, y ¿saben qué nos dicen nuestros funcionarios? Que ni siquiera la comunidad de inteligencia les deja contarnos todo lo que saben”, dijo el legislador

La congresista Ileana Ros-Lehtinen fue contundente: “No podemos, al mismo tiempo, proteger a nuestros niños y facilitarles la vida a los terroristas. Vamos a hacer todo lo que podamos y a usar todos los medios para enfrentar todas las amenazas que vienen de un enemigo apenas a 90 millas de nuestras costas”. “Me parece que el Congreso ha hecho esto en un momento en que todo el mundo está dándose cuenta de la verdadera naturaleza del régimen de Fidel Castro. Pero tenemos fe en que el presidente Bush lo vete y, después, el liderazgo de la Cámara lo quite de la resolución”, dijo.

La maniobra para declarar el socialismo perpetuo y el simulacro de referendo, han sido recibidos con sorna o indignación por toda la prensa del mundo, incluso la prensa liberal norteamericana, crítica del embargo. La excepción es la Isla, donde ha sido proclamado como un triunfo. Prominentes figuras de la disidencia interna han lamentado este portazo en las narices al diálogo. En Miami, el columnista Adolfo Rivero Caro concluye de este caso que la farsa electoral fue montada porque “Castro sabe que pierde cualquier votación secreta”. Que el suceso “ha quitado a los liberales americanos el argumento de que el levantamiento del embargo produciría una relajación de la dictadura”. Atribuye a La Habana el centro organizador de una red subversiva que incluye el Foro Social y la guerrilla colombiana. E invocando la voluntad de Bush de descabezar a Irak, apuesta a que “la solución del problema subversivo de América Latina pase por la eliminación de Cuba como su centro neurálgico”.

Resumiendo, los argumentos contra cualquier apertura comercial con Cuba invocan las violaciones de los derechos humanos, la existencia de presos políticos, la ausencia de democracia, la presunta tenencia de armas biológicas, y la posibilidad de que emplee cualquier relajación del embargo para fines políticos.

Ciertamente, una apertura comercial no debe producir, automáticamente, democratización o libertades en el país. Como tampoco las ha provocado en China, que disfruta de un fluido y cuantioso intercambio comercial con Estados Unidos. Por otra parte, cuatro décadas son suficientes para demostrar que el embargo, en ese sentido, tampoco ha conseguido absolutamente nada.

El potencial bioterrorista de Cuba ha sido más invocado que demostrado; no así el de países como China, Rusia o Estados Unidos. Sin recursos ni influencia, el presunto liderazgo de Cuba es hoy historia antigua. Las cartas de Tirofijo, develadas en la prensa, demuestran su rechazo al “pacifismo” reciente de su homólogo cubano. Y los organizadores del foro antiglobalización celebrado en Porto Alegre se negaron públicamente a invitar a Fidel Castro; por mucho que la prensa insular los aúpe. Cuando participa en las reuniones de mandatarios iberoamericanos, la presencia del líder cubano es asunto de interés paleontológico. Y toda su influencia subversiva ha quedado reducida a discursos estadísticos sobre la pobreza en el mundo, sin ofrecer a cambio soluciones viables. Las reiteradas condenas a Cuba en la Comisión de Derechos Humanos demuestran que ya el gobierno de la Isla no cuenta con los apoyos de otros tiempos

¿Emplearía el señor FC una apertura económica con fines políticos? La llegada de turistas norteamericanos permitiría mayores gastos en la “batalla de ideas” pero, sobre todo, reduciría el descontento al aliviar la precaria cotidianía del cubano. ¿Una solución mágica para los problemas de la Isla? No. Sabemos que su nefasta política económica y su insistencia en reprimir la iniciativa y creatividad de los cubanos, son las causas del desastre, que una apertura apenas paliaría. Claro que, desde ese momento, La Habana perdería al embargo como culpable de todos los males, y sólo les quedarían los rusos, el clima, y la “coyuntura internacional” tantas veces invocadas.

De modo que a corto plazo, el mantenimiento del embargo sirve de excusa política y acentúa la miseria de los cubanos, sin inducir cambios ni atenuar el discurso apocalíptico de FC contra el imperialismo, dado que no tiene nada que perder, y sí gana, con este fácil expediente, una solidaridad internacional que otros países, más pobres que Cuba, no disfrutan. No es raro entonces que durante cuatro décadas haya bombardeado cualquier distensión entre Cuba y Estados Unidos, sobre todo mientras contaba con la subvención soviética. Su relajación, en cambio, haría menos precaria la supervivencia de nuestros compatriotas, permitiría al cubano de a pie un intercambio personal con ciudadanos norteamericanos (yanquis, come home), modificando la perspectiva maniquea que le machaca a diario la propaganda y al eliminar la excusa por excelencia, permitiría al mundo preguntarse: ¿Y ahora por qué no despega alegremente la economía cubana?

A mediano plazo habría, posiblemente, otras consecuencias. Una vez que la industria turística cubana se “ajuste” al flujo de clientes norteamericanos, y acceso de sus exportaciones a ese mercado, posiblemente se dulcificaría el discurso antiimperialista para no arriesgar una recaída, y el descontento consecuente. Se multiplicaría el intercambio cultural e informativo con el vecino del Norte, derogando paulatinamente los miedos inducidos durante tantos años, algo esencial de cara a una futura transición, inevitable aunque se decrete lo contrario.

En contraste, cualquier intento de derogar por la fuerza desde el exterior la dictadura cubana, invocando “la eliminación de Cuba como centro neurálgico” de la subversión, o su presunta peligrosidad, sería un gravísimo error. Tras casi medio siglo queda claro que para FC el pueblo cubano es apenas el quórum necesario para el ejercicio del poder y su propio papel en la historia. De modo que en el ocaso de su vida, inmolaría sin dudarlo cientos de miles de vidas para cerrar con acordes wagnerianos su actuación en el teatro de la política.

Todos los que soñamos con una Cuba democrática y plural, dueña de sus potencialidades, deberemos recordar siempre a Tucídides, porque la ciudad no son sus murallas sino sus habitantes. Y nuestros compatriotas de la Isla desconfiarían con razón de quienes claman por su libertad apostando por su miseria.

 

“Tal vez, sin embargo”; en:Cubaencuentro, Madrid, 31 de julio, 2002. http://arch.cubaencuentro.com/economia/2002/07/31/9197.html.

 





Círculos viciosos

26 07 2002

Olvidando su pasado golpista, cuando intentó convertir al ejército en instrumento político, y quizás en previsión de otro golpe de Estado, esta vez en serio, el presidente Hugo Chávez apuesta por la despolitización del ejército, que debe asumir una neutralidad suiza, aunque se le concede la opción del aplauso (chavista, of course).

La represión cotidiana, el control de los desafectos y el dominio de la calle apelando a la intimidación o al número, queda en manos de los “círculos bolivarianos”, entidad en que el presidente Hugo Chávez, con un notable poder de síntesis, ha resumido lo peor de los CDR y lo peor de las Brigadas de Acción Rápida.

Estos círculos ni construyen nada (que sería lo bueno del Contingente Blas Roca, tropa de choque), ni convocan vecinos para chapear jardines, vacunar niños o reciclar materias primas. En síntesis: espionaje, chivatazo y palo o cabilla envueltos en papel de periódico. O armas de más grueso calibre. Basta recordar los 17 muertos del 11 de abril, cuya lista oficial ni siquiera se ha publicado, aunque una comisión parlamentaria investiga los sucesos.

El mejor modo de conocer sus funciones, es leer el “Programa ideológico de los Círculos Bolivarianos”, dirigido a ellos por el Movimiento Quinta República, y que se ha divulgado en la red.

Debiendo “estar preparados para una fase de violencia”, el documento advierte que “Al enemigo hay que conocerlo. (…)¿Dónde viven, con quién, como se llaman? ¿Dónde viven sus familiares y cómo se llaman? ¿Dónde estudian sus hijos, cómo se llaman? ¿Cuáles son sus teléfonos y placas de carro? ¿Cuáles son sus vicios, amantes, sitios que frecuentan?”. Información necesaria, dado que, como se explica más adelante, en el “Memorando de la Dirección Táctica del Movimiento Quinta República para la Comisión de Estrategia Ideológica de los Círculos Bolivarianos”, estos enemigos deberán ser objeto de la violencia revolucionaria, dado que “La violencia permite la búsqueda y la consecución del progreso y el triunfo de nuestros ideales”. Y en este caso no se trata de responder a la “violencia contrarrevolucionaria”, como dirían los clásicos. A los círculos chavistas se les alerta para que no permitan la disención, “porque la causa revolucionaria hay que abrazarla de manera integral”. Ni se admiten “separaciones ni oposiciones al pensamiento chavista”. La razón es que “La unidad de nuestro movimiento es esencial y por ello no podemos permitir disentimientos”. Cualquier parecido con la otra realidad, no es pura coincidencia.

Y para que no queden dudas sobre quién tiene la sartén por el mango, se aclara: “Ya nuestro presidente Chávez lo dijo: «…y nosotros tenemos las armas». Usarlas es corolario que se cae por su propio peso.

¿Qué hacer con los opositores? Muy fácil: “combatirlos con las armas y el terror, porque la lucha cobra sentido cuando se está ante algo o alguien que debe ser abatido”.

Y aunque Hugo Chávez es un presidente democráticamente electo, una suerte de epitafio declara que “Los partidos tradicionales y la democracia están pulverizados”. De modo que “no se permite defender ninguna ideología que pueda dar cohesión y fortaleza a la ya desaparecida democracia”.

¿Qué viene tras la extinción de la democracia oligárquica? Algo que el documento llama “la revolución del Soberano”. ¿Coronarán a Chávez?

Y para propiciar el advenimiento de la Nueva Era, se orienta fomentar el “descrédito de los medios de comunicación para captarlos a favor de la revolución, esto a través de la Ley de Contenidos, próxima a ser discutida y aprobada por nuestra Asamblea Nacional”; “ataques continuos a instituciones tales como la Iglesia católica, cuyos jerarcas, como bien lo ha dicho nuestro presidente Chávez, «es un tumor que hay que extirpar». El resto de las instituciones, ya es sabido por todos, están a favor de la revolución”.

A pesar de que estén “a favor”, se ordena “lograr la unidad con cualquier organización que nos apoye, infiltrar sus bases, pero sin aceptar contradicciones de ninguna naturaleza”. Es decir, no basta que estén a favor, tienen que estar A FAVOR.

Y no dejar ni rastro de aquella democracia con separación de poderes, requiere “instaurar formas políticas de control popular en la administración pública de justicia (tribunales que atiendan al proceso revolucionario y fallen a su favor)”.

Es suma, más que un círculo bolivariano, se trata de una brigada de demoliciones. Cosa que no sería preocupante si se tratara de cuatro gatos, pero el pasado 26 de junio, Le Monde publicó que los círculos cuentan ya con 123.000 militantes, entre ellos 800 motociclistas que pueden movilizarse en tiempo récord. Explica el diario francés que para constituir un comité basta reunir entre ocho y once personas, que debidamente identificados se inscribirán en la Casa Militar, como corresponde a su cáracter. Del resto se encargan los asesores chavistas, quienes los entrenarán en el armamento que ya están descargando camiones militares en los barrios periféricos.

De modo que si hoy se encargan de atacar manifestaciones, hostigar a los diputados de la oposición, intimidar a los periodistas, y zanjar a golpes cualquier síntoma de oposición; mañana podrán matarlos. Y no es exageración ni acusación maligna. En uno de sus párrafos más inspirados, el documento explica textualmente:

“Nuestro ideal revolucionario concibe al hombre como un ser dispuesto a sacrificar su vida en aras de sus ideales, y esto debe significar que, si se está dispuesto a sacrificar la vida, la del contrario también puede ser tomada en razón de ese mismo objetivo, que es la revolución”.

Sobran los comentarios.

“Círculos viciosos”; en:Cubaencuentro, Madrid, 26 de julio, 2002. http://arch.cubaencuentro.com/internacional/2002/07/26/9136.html.

 





La manzana de la concordia

19 07 2002

El presidente de la empresa cubana Alimport, Pedro Álvarez, arribó al puerto el pasado 11 de julio para asistir a un evento singular: la llegada a La Habana del primer contenedor de manzanas norteamericanas que arriba a la Isla desde hace más de 40 años. 17,7 toneladas de fruta valoradas en 20.000 dólares, que Jorge Sánchez, encargado de ventas de la compañía Northern Fruti, mostró a la prensa, declarando que «Este es el primer envío del Estado de Washington desde 1961. La compra es de aproximadamente 15 contenedores».

Mientras Álvarez anunció la compra de peras del Estado de Washington, chícharos y otros productos, así como 1.000 toneladas de manzanas que se venderán tanto en las tiendas en dólares como en el mercado que opera en moneda nacional.

Tras el paso por Cuba del huracán Michelle, en noviembre de 2001, el gobierno norteamericano ofreció alimentos y medicinas en concepto de ayuda humanitaria. Las autoridades cubanas no aceptaron la oferta y en cambio, solicitaron que con carácter excepcional se concediera autorización para sortear los escollos del embargo y adquirir 100 millones de dólares de alimentos, pagaderos al contado.

Algo sorprendente, si recordamos que Cuba debe a los países occidentales del llamado Club de París unos $11.200 millones de dólares, impagados desde 1986; a Rusia, $24.500 millones (deuda heredada de la antigua Unión Soviética y que la Isla se niega a reconocer);$2.200 millones debe a los países de Europa del Este, principalmente Alemania y la República Checa; así como otros $3.000 millones de deuda comercial y bancaria a proveedores particulares, para financiar el déficit anual de su cuenta corriente. En suma, unos 40.000 millones de dólares, que convierten al ciudadano cubano en uno de los más endeudados del mundo.

Recordamos la indignación de las autoridades cubanas cuando Uruguay no aceptó una partida de vacunas procedentes de la Isla con carácter de donación, e insistió en que su valor se descontara de una vieja deuda que Cuba mantiene con el país sudamericano. El propio señor Fidel Castro reconoció que era una deuda pequeña, fácilmente liquidable en cualquier momento (pero lo cierto es que no la liquidan). Incluso sus impagos a Venezuela ocasionaron recientemente la suspensión de los envíos de crudo. A pesar de ello, el gobierno cubano sí ha dispuesto de 100 millones para adquirir alimentos en Estados Unidos, a pesar de que los mismos productos, en otros mercados del área, costarían entre un 20 y un 30% menos. Cien millones ya liquidados a las exportadoras y navieras norteamericanas, según informó Pedro Álvarez al recibir el cargamento de manzanas.

Claro que desde otro punto de vista no es ninguna sorpresa la insistencia en no aceptar ayuda humanitaria del archienemigo. En primer lugar, sería contraer una deuda de gratitud, políticamente impagable. En segundo lugar, una donación no tiene valor perspectivo, mientras una operación comercial sí lo tiene, en la medida que sienta un precedente fácil de invocar por los estamentos políticos y empresariales que, con fuerza creciente, solicitan al Congreso la derogación del embargo o, al menos, su ablandamiento.

Estados Unidos está en todo su derecho de decidir con quién comercia; aunque decretar inaceptable a un país atente contra el principio de libertad y apertura de mercados que ellos mismos preconizan. Ahora bien, si el propósito del embargo ha sido promover la democratización en Cuba, cuatro decenios bastarían para demostrar su probada ineficacia. Y si se trata de presionar mediante la exclusión económica para que sean respetados en la Isla los derechos humanos; cualquier observador citaría de inmediato no sólo las excelentes relaciones comerciales con el Chile de Pinochet o la Sudáfrica del apartheid en el pasado, sino los abultados intercambios con China hoy. Y ahí opera un trasvase entre elementos cuantitativos y cualitativos: la magnitud del mercado chino dulcifica notablemente sus violaciones de los derechos fundamentales; mientras la pequeñez del cubano los magnifica.

De modo que bastarían la inconsistencia teórica y la ineficiencia práctica como argumentos contra el embargo. Claro que el Congreso no es una congregación académica, y la teoría puede tener un peso menor a la hora de promover un cambio de política hacia Cuba. Existe, en cambio, un argumento que resultaría mucho más convincente; demostrar que la Isla puede ser un buen socio comercial, y particularmente, un buen comprador de productos norteamericanos, que gozarían de escasa competencia en el país y concesiones arancelarias que ni los europeos ni los asiáticos admitirían.

Por eso no es raro que el presidente de Alimport, Pedro Álvarez afirmara: «Creo que esto es un paso importante. Realmente los productores, los agricultores de Estados Unidos, como los compradores cubanos, hemos estado alejados y hay muchos productos que realmente hace tiempo no hemos comprado en ese mercado. Creo que es necesario conocernos, es necesario visitarnos, es necesario estudiar el mercado por ambas partes”.

Y esa es la razón por la que se ha organizado la primera feria de compañías norteamericanas exportadoras de alimentos, unas 200, a efectuarse en Cuba del 26 al 30 de septiembre, con la anuencia de ambos países. PWN Exhibicon International LLC, de Westport (Connecticut), ya recibió licencia del Departamento del Tesoro para organizarla. Y Álvarez confía en que “sea un evento donde, además de poder mostrar sus productos a nuestros consumidores, a los compradores, podrán vender oficialmente muchos de ellos. Creo que va ser una ocasión donde podremos firmar importantes contratos”.

Por su parte, Rebecca Baerveldt, de la Comisión de Manzana de Washington, asegura que «Cuba representa un mercado nuevo que tiene mucho potencial y estamos paso a paso, creemos que es a largo plazo”.

¿Está en lo cierto Rebecca Baerveldto sólo nos convierte en perspectiva viable sus aspiraciones teóricas? Por lo pronto, ante cualquier reticencia que se base en la probada insolvencia cubana, las compañías alimentarias tienen un argumento irrebatible: 100 millones de compra pagados al contado.

Claro que la pregunta sería: ¿Puede mantener la Isla un ritmo importante de adquisiciones en ese mercado sin acceder a él como vendedor? Difícilmente. En realidad, dado el colapso de la economía insular y el deterioro de la actividad turística a partir del 11 de septiembre, es poco probable que Cubase convierta en un comprador químicamente puro, máxime cuando no dispone de facilidades crediticias. Entonces, ¿qué sentido tiene adquirir caro y al contado productos norteamericanos? Muy sencillo: las autoridades de la Isla confían en que una cosa traiga la otra. Si se ablanda el embargo para comprar, ¿por qué no para que la Isla venda tabaco, níquel y ron, por ejemplo, en Estados Unidos? Y llegados a este punto, ¿qué sentido tendría la prohibición al ciudadano norteamericano de viajar como turista a Cuba?

Y ese es, precisamente, el fin último de una operación que presuntamente concluiría con el mantenimiento teórico del embargo (necesario como excusa política de la ineficiencia crónica, y de cara a convocar la solidaridad internacional),y la derogación práctica de las restricciones que hoy bloquean la que podría ser la mayor industria cubana: la importación de turistas norteamericanos, más ventajosa por razones geográficas, y que en un primer momento gozaría de dos ventajas: la novedad y el gusto por lo hasta ayer prohibido. Una vez conseguida esa apertura, sería razonable que Cuba pasara a adquirir en Estados Unidos sólo lo que no pueda comprar a más bajo precio en otros mercados, y que seguramente no serán manzanas, ni siquiera manzanas de la concordia.

 

“La manzana de la concordia”; en: Cubaencuentro, Madrid, 19 de julio, 2002. http://arch.cubaencuentro.com/internacional/2002/07/19/9020.html.

 





Independence day

15 07 2002

El pasado 4 de julio se celebró en Estados Unidos el Día de la Independencia de la Trece Colonias. Rito repetido año tras año, ya no es noticia, salvo por el colorido de los fuegos artificiales que transmite la tele y, en esta oportunidad, por las descomunales medidas de seguridad.

El pasado 4 de julio se celebró en La Habana el Día de la Independencia de las Trece Colonias. Y eso sí es noticia.

En la gala cultural, celebrada en el teatro Karl Marx, se pudo escuchar al bajo Israel Hernández, coro Entrevoces, a Miriam Ramos y al guitarrista Jorge L. Chicoy, así como a Pablo Menéndez con Habana Ensemble. Actuaron El Ballet Nacional de Cuba y la Escuela Nacional de Ballet; Danza Contemporánea de Cuba puso en escena su versión de Un tranvía llamado deseo, de Tennessee Williams, y el Conjunto Folclórico Nacional interpretó Apalencado.

Los escritores Georgina Herrera, Marilyn Bobes, Jorge Luis Arcos, Antón Arrufat, César López, Miguel Barnet, Roberto Fernández Retamar, Pablo Armando Fernández y Nancy Morejón recitaron poemas de Langston Hughes, Edna St. Vincent, Ezra Pound, Walt Whitman, William Carlos Williams, Carl Sandburg, Robert Lowell, Allen Ginsberg y Alice Walker. La parte política correspondió a Carlos Martí, Eusebio Leal, el reverendo Raúl Suárez, Alicia Alonso y Omar González, quienes transmitieron «mensajes de entendimiento y fraternidad “como muestra de “la amistad y la resistencia que han compartido nuestros pueblos en la lucha común por la libertad verdadera”, según el diario Granma. Artistas plásticos como Flora Fong, Roberto Fabelo, Nelson Domínguez, Eduardo Roca, Tonel, Kcho, Agustín Bejarano, Sándor González, Li Domínguez y Gustavito Díaz prepararon paneles-murales alegóricos. Para concluir con el Imagine, de John Lennon, artista en alza en la Isla desde que se incorporara al mobiliario urbano, interpretado por la cantoría infantil del Coro Nacional de Cuba y la Coral de niños de la ciudad de Piedmont.

El acto estuvo presidido por el propio señor Fidel Castro, y el órgano oficial del Partido Comunista de Cuba lo califica como “un sincero homenaje a todos los norteamericanos de buena voluntad, por encima de la hostilidad con que las administraciones de Washington, a lo largo de 43 años, han pretendido negar la realidad actual de la nación cubana”, así como una “demostración de intensos lazos históricos y culturales que nos unen”, barruntando con ello la “posibilidad de un auténtico diálogo cultural”.

En suma, una «actividad político-cultural” en homenaje a la independencia de otro país, que en mi memoria sólo tiene equivalente en las que se celebraban para conmemorar la gloriosa Revolución de Octubre, allá por el mes de noviembre.

¿Qué ha ocurrido? ¿Estará de acuerdo ahora el gobierno cubano con la Declaración de Independencia de las Trece Colonias? ¿Firmaría sin rubor que “todos los hombres fueron creados por igual, que su Creador los ha dotado de ciertos Derechos inalienables, que entre ellos se encuentran la Vida, la Libertad y la Búsqueda de la Felicidad”? ¿Afirmaría “que el Pueblo tiene el derecho de cambiar o abolir cualquier otra Forma de Gobierno que empiece a destruir estos propósitos, y de instituir un nuevo Gobierno”? No, porque ya sabemos que el socialismo es irrevocable. Y más aún, que “Un Príncipe, cuyo carácter está por tanto marcado por actos que definirían a un Tirano, es incapaz de ser el soberano de un pueblo Libre”. Al parecer, no, porque al mismo tiempo, una de las tantas mesas redondas, se ha dedicado a reconocer el valor histórico de la independencia de las Trece Colonias, pero la acusa de nacer torcida, hasta tal punto que entre los padres fundadores no había negros, indios o mujeres (tampoco entre los padres fundadores de la Patria Cubana, por cierto), y desgrana a continuación la habitual andanada de acusaciones: expansionismo, imperialismo, anexionismo y otros ismos. Cosa en que sin dudas les asiste una parte de razón. La otra parte son dos siglos y pico de democracia ininterrumpida, libertades y respeto a los derechos individuales. Virtudes imperfectas, desde luego, y que han ido corrigiéndose desde la abolición de la esclavitud hasta hoy, gracias a que las libertades de expresión y prensa, la libertad de asociación, y la de cada individuo o grupo a luchar por sus derechos, jamás han sido abolidas por decreto y en nombre de la “unidad” de la Patria, ni siquiera en los períodos negros de su historia. Una sociedad compleja, inmersa en perpetuas contradicciones, capaz de reinventarse a sí misma. De ahí su vitalidad y su prosperidad. En Cuba, en cambio, no existen contradicciones. Esa es su única contradicción.

Al tiempo que en La Habana se celebra la independencia norteamericana, y una mesa redonda anota sus virtudes teóricas y sus males endémicos, el Consejo Nacional de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba dirige una carta abierta a los intelectuales estadounidenses. En ella se declara que en Cuba no existen “sentimientos hostiles hacia el pueblo norteamericano, ni hacia su cultura que, sin ningún tipo de restricción, difunden ampliamente nuestras instituciones”, a pesar de lo cual el presidente norteamericano intenta enrolar a Cuba en el llamado. «eje del mal». Y apela a ellos para “conjurar cualquier aventura contra Cuba, pero sobre todo para terminar con el embargo”.

Embargo denunciado también por el candidato verde a la presidencia de Estados Unidos, Ralph Nader, durante sus vacaciones políticas en la Isla.

¿A qué se debe esta repentina popularidad de la independencia norteamericana, cartas abiertas, visitas, apelaciones a la conciencia del pueblo norteamericano, evocando nuestros viejos lazos históricos y culturales? ¿Se puede apelar en serio a los buenos sentimientos de un pueblo al que se ha ofendido sistemáticamente durante más de cuarenta años, tildándolo de infantil, manipulado por la propaganda y tan descerebrado que disponiendo de todas las fuentes de información no acaba de verla “luminosa verdad” del régimen imperante en la Isla? ¿O es otro el destinatario de estas apelaciones? Y ¿por qué precisamente ahora?

Un factor, y posiblemente el menos importante, es la inclusión de la Isla en el llamado “eje del mal”, con lo que ello presupone tras la invasión a Afganistán y la voluntad explícita de derrocar a Saddam Hussein. Una cosa es la guapería verbal en la que el Comandante es ducho, y otra muy distinta es ver como en la acera de enfrente engrasan los misiles. Claro que una acción armada de Estados Unidos contra la Isla es más bien remota, contaría con una repulsa universal casi unánime, y de algún modo legitimaría al gobierno de la Isla.

El segundo factor es el económico. El período 2001-2002 ha sido el peor para Cuba desde 1990-1992. Ha disminuido la afluencia de turistas, se cierra la mitad de los centrales azucareros, han mermado las remesas de los exiliados; el déficit en la balanza comercial, la deuda externa y las irregularidades en el suministro de combustible, han colocado a la Isla al borde del colapso. Por si fuera poco, la rotunda negativa a cualquier apertura o el respeto a los derechos individuales, cierra las puertas a la presunta cooperación de la Unión Europea; al tiempo que se siguen dilapidando ingentes recursos en la “batalla de ideas”.

En esas circunstancias, y ante la perspectiva de que su amigo Chávez no dure demasiado en el poder, con lo que se cerraría el grifo del petróleo, la posibilidad de disponer de un acceso, aunque sea limitado, al mercado norteamericano, y sobre todo la afluencia de turistas a la Isla, sería vital. De modo que todas estas muestras de repentino afecto no están dirigidas al hermano pueblo norteamericano, sino a los sectores de la política y la clase empresarial que abogan, cada vez con más fuerza, por la derogación del embargo. Y ya cuentan con un antecedente: la autorización de ventas de alimentos y medicinas a la Isla, tras el paso del último ciclón, que FC insistió en convertir en una operación comercial, y no humanitaria, previendo su utilidad perspectiva.

Entonces, ¿ha llegado el momento en que las autoridades cubanas deseen verdaderamente la derogación del embargo, a pesar de su probada utilidad como chivo expiatorio? Sí y no. Aplaudirían la autorización de los viajes turísticos a la Isla, y ciertas aperturas de mercado. Pero en caso de que el Congreso aprobara la derogación total, el señor Fidel Castro exigiría reparaciones cuantiosas, devolución inmediata de la Base Naval de Guantánamo, y si se tercia, que el propio Bush firme la irrevocabilidad del socialismo cubano y el carácter divino de su presidente; todo con el propósito de torpedear una normalización que dejaría su ineficacia crónica a la intemperie,

Aunque a primera vista la política en Cuba parezca cosa de manicomio, “hay un método en su locura”. Nada es casual. Ni el slogan “Cuba sí, yanquis no”; ni que el teatro consagrado a Karl Marx celebre el nacimiento del Imperialismo; justo el día que numerosos cubanos armaban sus balsas ante el rumor de que una flota norteamericana los acogería en aguas internacionales para celebrar el 4 de julio.

 

“Independence Day en La Habana”; en: Cubaencuentro, Madrid, 15 de julio, 2002. http://arch.cubaencuentro.com/internacional/2002/07/15/8934.html.

 





Cintio Vitier: Interpretaciones

12 07 2002

El ensayista y poeta cubano Cintio Vitier acaba de obtener el Premio Juan Rulfo por el conjunto de su obra, que le será entregado el 30 de noviembre durante la Feria del Libro de Guadalajara (México).

Miembro destacado del Grupo Orígenes, el jurado de la duodécima edición del premio, compuesto por Beatriz Espejo, Ambrosio Fornet, Noé Jitrik, Julio Ortega, José Miguel Oviedo y Vicente Quirarte, calificó a Cintio como “un auténtico humanista cuya trayectoria intelectual lo convierte en uno de los más notables exponentes de la creación y el pensamiento latinoamericanos del siglo XX».

Autor de una extensa obra poética y narrativa —Vísperas (1938-1953), Testimonios (1953-1968), De Peña Pobre (1980),La fecha al pie (1981) y Nupcias (1993)—, su mayor aporte ha sido en el terreno de la crítica, el ensayo y los estudios martianos. Vale mencionar Crítica sucesiva (1971), Resistencia y Libertad (2000) y los tres tomos de La crítica literaria y estética del siglo XIX cubano, pero, sobre todo, una obra clave de nuestra cultura, Lo Cubano en la Poesía (1958), que bastaría por sí sola para merecer este premio, así como el Premio Nacional de Literatura que le fue otorgado en 1989.

Por el contrario que otros galardones de su especie, cuyos resultados con cierta regularidad responden a razones geopolíticas, el Juan Rulfo hasta hoy ha sido sinónimo de calidad literaria. Basta observar la nómina de los premiados: Nicanor Parra (1991),Juan José Arreola (1992), Eliseo Diego (1993), Julio Ramón Ribeyro (1994), Nélida Piñón (1995), Augusto Monterroso (1996), Juan Marsé (1997), Olga Orozco (1998), Sergio Pitol (1999), Juan Gelman (2000) y Juan García Ponce (2001).

El galardón concedido a Cintio ha suscitado entre los intelectuales del exilio reacciones diversas y contradictorias: desde la alegría por un premio que consideran, no sin razón, un premio a la cultura cubana; hasta la irritación por las inferencias políticas que supone su concesión a un “intelectual orgánico” del régimen cubano.

Poeta católico que nunca abjuró de sus convicciones, Cintio Vitier fue, durante muchos años, relegado por las autoridades políticas y culturales cubanas. Como nos recuerda Rafael Rojas, “su ensayo Ese sol del mundo moral, para una historia de la eticidad cubana (1975) fue vetado por ofrecer una interpretación de la Revolución desde la tradición de la ética nacionalista cubana y no desde la ideología marxista-leninista. Pero fue reivindicado tras la desintegración de la URSS, hacia 1992, cuando el sistema cubano tuvo que recurrir a esa tradición nacionalista para seguir legitimándose».

Con los 90, asistimos en Cuba a una “apertura” dictada por las circunstancias internacionales. Los creyentes fueron invitados a ingresar al Partido Comunista, la Patria se colocó delante de la Ideología y Karl Marx cedió su puesto en primera fila a José Martí. Cuando los alemanes invadieron la Unión Soviética, en su llamado a las armas, Stalin no apeló a la defensa del socialismo ni a motivaciones ideológicas, sino a salvar a la Madre Rusia frente al invasor extranjero. Sin muchos retoques, el comunicado de Stalin habría podido ser escrito durante la invasión napoleónica. Del mismo modo, ante la “desinvasión” de los rusos y el colapso del socialismo real, el señor Fidel Castro apeló a la nación, una noción con más poder de convocatoria. Al tiempo que se despenalizaba el dólar y se tendían alfombras rojas ante los pies de los inversionistas —el cese de las subvenciones recomendaba un capitalismo para extranjeros que sufragara el socialismo para cubanos—, se despenalizaban al católico y al santero, al homosexual y al “patriota” aunque no fuera marxista, y, de paso, se descubría que en el exilio están “los mafiosos” y los que envían remesas. Es entonces cuando Cintio Vitier es “despenalizado”. No sólo se convierte, en un acto de justicia cultural, en presidente del Centro de Estudios Martianos, hasta entonces dirigido por funcionarios del Partido; sino que se le nombra delegado a la Asamblea Nacional del Poder Popular, como muestra de una tímida “pluralidad” dentro de la unanimidad, y se le concede la Orden Nacional José Martí, máxima condecoración estatal cubana.

De lo anterior se desprende que el gobierno de la Isla ha utilizado para su provecho el prestigio cultural de Cintio Vitier. Pero no se desprende, necesariamente, que Cintio se haya dejado utilizar mansamente. Como ha expresado en reiteradas ocasiones, su adhesión a lo que llama “revolución”, dimana de su discurso cristiano sobre la nación cubana, desde el humanismo y la ética, más que desde la política. E incluso ha asegurado que preferiría no ver una Cuba sin Fidel Castro, por lo cual no es raro que el mandatario haya sido uno de los primeros en felicitarlo, durante una visita de dos horas a su casa del Vedado, que Cintio definió a Prensa Latina como «una tarde inolvidable»,

Eliseo Alberto acaba de declarar en México: “Yo que soy tan crítico, pienso que si mi tío Cintio, que es más inteligente que todos nosotros, defiende la Revolución cubana, debo estar equivocado». Ignoro si hay en la frase un ejercicio de sorna; pero tampoco habría que negar la posibilidad de que sea Cintio el equivocado. De cualquier modo, quienes aspiramos a una Cuba plural y democrática no podemos menos que respetar y aceptar su adhesión política, y aplaudir un galardón merecido por su obra, y que es, sin dudas, un reconocimiento a la cultura cubana, esa que a todos nos pertenece y que no puede ser monopolizada por sectas ni partidos.

Por eso me resulta triste leer a otro intelectual cubano, el novelista Guillermo Cabrera Infante, Premio Cervantes y que bien merecería el Juan Rulfo, declarar: «No tengo nada que decir sobre la obra de Cintio Vitier porque nunca la he leído y, además, no considero que sea un crítico. Lo conozco como miembro del Grupo Orígenes y ahora como parte del Poder Popular en Cuba, pero no tengo idea de su obra ni de su trayectoria literaria, que imagino es lo que el Premio Juan Rulfo quiere destacar y no su actividad política». Si desde Lunes de Revolución fue un crítico feroz a los origenistas fue porque, seguramente, los había leído. Por ello me resulta tan difícil de creer su absoluto desconocimiento de la obra de Cintio, en especial de Lo cubano en la poesía. Si su declaración, como sospecho, parte de consideraciones estrictamente políticas, es un triste ejemplo de fundamentalismo anticastrista que ojalá no predomine mañana en la Segunda República (ahora que tanto se habla de la primera). Más triste, si cabe, al provenir de un autor emblemático de nuestra cultura, lectura obligada de cualquier cubano, sin importar su pelaje ideológico.

Confiemos en que mañana podamos aplaudir sin reservas los triunfos merecidos por el buen hacer de cualquier compatriota, sin preguntar primero en qué partido milita, dónde vive o qué dioses reverencia. Por lo pronto, y desde aquí, mis más sinceras felicitaciones a Cintio Vitier.

 

“Cintio Vitier: Interpretaciones”; en: Cubaencuentro, Madrid, 12 de julio, 2002. http://arch.cubaencuentro.com/cultura/2002/07/12/8917.html.





La corrida del balsero

8 07 2002

A la tradicional corrida del pargo, que han aprovechado los pescadores cubanos desde tiempos memoriales, se ha sumado en los últimos cuarenta y tantos años la corrida del balsero, evento de periodicidad variable que tiene lugar en el Estrecho de la Florida. O en el Ancho de la Florida, que a bordo de una balsa rústica elaborada con cámaras de camión y astillas de madera (por aquello de los astilleros), debe parecer más ancho que el Océano Pacífico.

Si el ciclo del pargo responde a impulsos reproductivos, y los ciclos de la Luna a la mecánica celeste, la periodicidad de los balseros es sumamente compleja, al estar determinada por la superposición de diferentes ciclos y algún que otro circo. Además de la periodicidad estacional, que determina máxima afluencia en el verano, y mínimos en épocas de nortes y ciclones; existe una periodicidad nutricional. Mientras más difíciles los féferes en la Ínsula, más balseros corren por el estrecho. Los 60, los 70, y especialmente los 90, han sido épocas de auge

Los ciclos (¿o circos?) políticos, por su parte, son los que marcan las hemorragias masivas de cubanos hacia el Estrecho. Camarioca, Mariel, el maleconazo del 94.Cumplen perfectamente su función como válvula de escape que, según el Manual para la Conservación del Poder Perpetuo, debe abrirse a discreción siempre que la presión del descontento supere los máximos recomendables. Dado que el Operario en Jefe de la válvula es ducho en convertir “el revés en victoria”, cada uno de estos eventos ha tenido utilidades colaterales. Camarioca aportó grandes beneficios inmobiliarios, Mariel limpió las cárceles, y el 94 abortó las primeras revueltas callejeras de “nuestra era” que amenazaban con convertirse en motín urbano. Han sido además un vehículo ideal para la exportación de espías. Y en todos los casos, la mayor utilidad ha sido convertir la disidencia efectiva o potencial, en huida, creando de paso un conflicto migratorio al “enemigo”.

En esencia, estas “agresiones migratorias” demuestran el desinterés, cuando no el desprecio de las autoridades cubanas por el destino de sus ciudadanos. Aducen que Estados Unidos alienta el éxodo ilegal, y limita la emigración legal. Algo parcialmente cierto, en la medida que la ley de ajuste cubano —legislaciones similares benefician a ciertos ciudadanos nicaragüenses, haitianos, y de la antigua Unión Soviética, Vietnam, Laos y Cambodia, estos últimos gracias a la «Enmienda Lautenberg» de 1989— ofrece a los cubanos una ventaja adicional. Y parcialmente falso, dado que, considerando la política del gobierno norteamericano hacia el régimen imperante en la Isla, le sería más conveniente que ese disidente potencial se convirtiera en disidente real, y no en exiliado.

En sus continuas acusaciones a Estados Unidos como promotor del cementerio marino que es el Estrecho de la Florida, La Habana olvida dos elementos clave: Primero: Si los cubanos fueran felices y prósperos en su tierra, no emigrarían. Y segundo: un gobierno se debe a sus ciudadanos, no a los de otro país. De modo que sumir a los cubanos en una miseria sin esperanzas de redención, que invita al éxodo, y usar los balseros como moneda política, es responsabilidad exclusiva del gobierno cubano. Claro que para las autoridades de La Habana, el ciudadano sólo existe en tanto que súbdito obediente.

Ahora se rumorea una nueva corrida del balsero, tras la amenaza del señor Fidel Castro, el 26 de junio, de eliminar la Oficina de Intereses y torpedear los acuerdos migratorios firmados entre La Habana y Estados Unidos en 1994-95. Un persistente murmullo que recorre la Isla anuncia para la primera quincena de julio un éxodo masivo, e incluso que Estados Unidos colocará embarcaciones en el Estrecho para acoger a los prófugos. Tanto las autoridades norteamericanas como las de la Isla han negado que una reedición del Mariel se aproxime.

El comunicado emitido en la Isla anuncia textualmente: «Cualquier embarcación procedente del exterior que penetre ilegalmente en nuestras aguas territoriales y sea interceptada, será confiscada y sus tripulantes juzgados como traficantes de personas con todo el rigor de la ley. Nadie será autorizado a salir ilegalmente del país».

Por su parte, Richard Boucher, portavoz del Departamento de Estado, en referencia a las amenazas del mandatario cubano, afirmó que «Anular esos acuerdos, o promover movimientos migratorios al margen de acuerdos que están salvando vidas, sería irresponsable y un mal servicio al pueblo cubano”.

En su habitual retórica, La Habana lo tilda de «vulgares provocaciones de la mafia terrorista de Miami. Nadie debe dejarse engañar”. El exilio lo considera una maniobra del propio Castro, y José Basulto, presidente de Hermanos al Rescate, anunció en conferencia de prensa en el aeropuerto de Opa-locka, la suspensión de sus vuelos para no hacerse cómplice de una operación que puede saldarse con una atroz lista de víctimas.

De cualquier modo, los astilleros clandestinos de la Isla trabajan a marchas forzadas, el precio de las cámaras de camión ha crecido estrepitosamente en el mercado negro, y ya se han producido los primeros incidentes en el malecón habanero entre quienes oteaban el horizonte en busca de su oportunidad y los paramilitares del Contingente Blas Roca.

¿A quién beneficiaría una avalancha migratoria?, es lo que cabría preguntarse. Vistos el conflicto político al que se vio abocado Carter en 1980 con la llegada de 125.000 cubanos, las drásticas medidas que se vio obligado a tomar Clinton en 1994, y el costo político en ambas ocasiones, queda claro que Bush Junior no digerirá una operación de este tipo. Menos aún en la actual coyuntura internacional tras los atentados del 11 de septiembre.

La Habana, por su parte, acaba de declarar el socialismo perpetuo. Es decir, la miseria perpetua, la falta perpetua de expectativas. Bastaría eso para que muchos cubanos razonaran que “si esto es perpetuo, mejor no me perpetúo yo en la Isla. Voy echando”. Por si fuera poco, en un país donde la mitad de la población sobrevive gracias a las remesas del exilio, FC amenaza con el cierre de la Oficina de Intereses, de modo que la abuela no pueda viajar a Miami y el flujo de dólares se haga más precario. En esas circunstancias, es natural un aumento del descontento, y la eventual apertura de la válvula de escape. Claro que el mandatario cubano también sabe que del otro lado no admitirán un nuevo Mariel, pero su sola invocación puede reportarle algunos réditos: hacer más fluida la emigración legal, por ejemplo, y que la válvula sangre convenientemente y sin traumas la disidencia potencial. Alguna concesión sotto voce en los términos de embargo, envío de remesas, y eventual afluencia de turistas; permitiendo, sin necesidad de hacer nuevas concesiones al mercado, que la precariedad de la vida en la Isla no exceda los límites de lo soportable.

De todo esto se desprende un contrasentido, una evidencia de que ni el propio gobierno cubano cree en su retórica, o en sus demostraciones numéricas de unanimidad. Justo cuando más de ocho millones de cubanos acaban de apostar por el socialismo a perpetuidad, y apenas 51.000 se negaron a sancionarlo con su firma; el gobierno admite en su comunicado la posibilidad de un éxodo masivo del paraíso libremente elegido por los ciudadanos. Saben que muchos de los que ayer firmaron con la pluma su condena, estarán dispuestos a firmar mañana con el remo su propia redención.

En caso de que, por desgracia, una nueva corrida del balsero se produzca, ya intentará el gobierno de que la cifra no supere los 51.000 prófugos, de modo que el descuadre entre lo que firma el miedo y lo que afirma la supervivencia, no se haga evidente.

 

“La corrida del balsero”; en: Cubaencuentro, Madrid, 8 de julio, 2002. http://arch.cubaencuentro.com/sociedad/2002/07/08/8831.html.

 





La Tierra Prometida (fragmento de la novela El restaurador de almas)

1 07 2002

Portada Restaurador de almas 203

Una brisa de tierra húmeda viene a ramalazos desde el este, donde nubarrones oscuros son sajados por el filo del horizonte. Nubarrones de lluvia, nubarrones de esperanza y miedo que asedian siempre a esta Villa; vecina por igual de la brisa húmeda procedente de la costa; de los barcos sin luces ni bandera que atracan sigilosos para intercambiar aperos ingleses y lienzos flamencos, por salazones y tabaco de la tierra, comercio tan prohibido como fructífero, y de los otros barcos: los de bandera negra y negras intenciones que zarpan desde la vecina Isla de la Tortugas. A ellos se ha referido hoy el Padre en su sermón, y todos los vecinos se estremecieron ante el nombre de Juan David Nau, que hace apenas cuatro años dejó su huella de sangre frente a las costas de la Villa. Pero quien más lo recuerda es el Capitán Salvador Hernández de Medina, nacido en Bayamo, tierra del bravo Golomón y los mentados sucesos del Obispo Altamirano secuestrado por el pirata Girón. Casado en Remedios con María Vidal, defendió la Villa en el 52; y hasta sufrió por pura casualidad la toma de Puerto Príncipe en el 64. Morgan y sus herejes se adentraron arrasándolo todo desde Santa María. De ida, recaudaron cincuenta mil pesos, quinientas reses y sal. Pero no era suficiente. Su condición  de forastero en la villa, salvó al Capitán de las torturas por indagar el paradero de caudales y alhajas. Presenció vientres abiertos en canal, decapitaciones y amigos desmembrados, que entregaban su alma entre rugidos, unos por empecinamiento y otros por no tener nada que denunciar, como no fuera unos pocos apereros de labranza y la vega en que durante años se les fuera la vida. Hasta los documentos del cabildo y los libros bautismales fueron pasto de la furia. Con aquel recuerdo enturbiando su mirada, el Capitán dirigió en el 67 la partida de remedianos que atravesó el estrecho hacia la isla donde, según noticias, podía estar aún Juan David Nau. La chalupa bogaba con precaución hacia la playa. Juan de Morales, demasiado joven para sobreponer el miedo a la curiosidad, tuvo que contener sus energías y acompasar el remo a la cautela de los otros. El Capitán, presto como un resorte a saltar, oteaba el hilillo de humo que se levantaba desde algún punto de la costa y ondeaba en la brisa, como una contraseña o un aviso.

 

Juan David Nau no había cumplido aún los treinta y siete años cuando salió de la Isla Tortuga, comandando un puñado de hermanos de la costa a inicios del 67. A pesar de sus dos buques perdidos y ninguna victoria definitiva, como aquellas de Henry Morgan que eran la comidilla y la envidia de todos los hombres libres de la mar, fue elegido de nuevo capitán por su fiereza, por el don de convencer a los hombres con una mirada. A medio cerrar sus heridas, ya andaba enrolando piratas para una nueva partida contra los españoles. Odio y venganza eterna les había jurado desde aquel día en Campeche: Su tripulación en pleno fue sorprendida y pasada a cuchillo por los soldados del Rey. Libró la vida tendiéndose, embadurnado de sangre, entre mutilaciones y cabezas sajadas. Más tarde  resucitó con sigilo, se enjuagó las costras en el río y cambiando el traje por el de un español muerto en la refriega, consiguió de dos negros ─a cambio de libertad prometida y jamás cumplida─ un bote con que llegar a La Tortuga. La historia se difundió a la velocidad del rumor entre los barcos de bandera negra, alimentando la leyenda del hombre que a los veinte años fuera engagé de un viejo bucanero en La Española y antes de los treinta, uno de los piratas más temibles del siglo.

 

Álvaro Godínez, que será recordado como sabio en el oír con los cinco sentidos, allá en una tierra lejanísima que por hoy ni siquiera sospecha, detuvo con un gesto a Juan de Morales, que se empinaba en su sitio para atisbar la playa. Pero también él traía en tensión hasta el último nervio, y los músculos se le resistían a este bogar en dirección a la amenaza. Recordaba los sobresaltos de medianoche por un disparo que los hacía cobijarse a medio vestir en la manigüa; los gritos de los torturados; sobre todo aquella primavera del 52, cuando los franceses se hicieron dueños de la Villa y sus diez años fueron asolados para siempre por el rostro de mortal indefensión de su padre, atravesado por una pica y enarbolado como un estandarte por aquel gigante de ojos inocuos y rostro patibulario. Pero se sacudió al padre de la memoria y continuó bogando, en obediencia al Capitán Medina, que amainaba los remos con un gesto: soto voce parecía decir la palma aleteando hacia abajo. Porque nunca se sabe si una celada los aguardaría bajo la columna de humo que emergía de una chalupa despanzurrada sobre la playa. La distancia no permitía conjeturarlo. Ni qué eran aquellas manchas oscuras diseminadas sobre la enceguecedora claridad de la arena. Medina sospechó por primera vez que fuera cierto el mensaje enviado por Juan David Nau al Capitán General. Pero ni aún así se avenía a ceerlo. Ningun barco se vislumbraba entre el sedoso verde aqua del mar y el azul desleído del cielo, en aquel abril mediado de 1667.

 

Los vientos del norte, que arreciaron en febrero sobre la costa septentrional de Cuba, ayudaron a la captura de dos botes por Juan David Nau y su tropa, frente a Boca de las Carabelas. Más seguros, se apostaron en la cayería, al acecho de algún mercante suculento. Aunque era malo el tiempo para la navegación, no supusieron que discurrirían meses de espera. Como tampoco que dos españoles habían presenciado la captura de los botes, que darían la alarma en la Villa de Remedios, que la población se aprestaría a la defensa y clamaría por refuerzos a La Habana. Pero aunque no lo adivinaran por entonces, se enterarían de todos modos.

 

Cuando el bote distaba un tiro de arcabuz de la playa, ya habían transcurrido dos meses desde que la mala nueva de piratas al acecho en los cayos quebrara la amodorrada paz de la Villa. En San Cristóbal de La Habana se negaron a creer que se tratara del mismo hombre. Por muerto lo tenían en aquella acción de Campeche. De todos modos, aparejaron una fragata ligera con diez piezas de las mejores y ochenta hombres armados por dotación. Tan seguros del triunfo, que incluso un negro de apellido Escobedo, verdugo por oficio, fue enrolado con órdenes precisas. Un negro que, ya a escasa distancia de la costa, los remedianos del Capitán Morales puedieron distinguir junto a la chalupa averiada. Agitaba algo con una rama en la hoguera, denunciada por el humo. Las manchas sobre la arena fueron cobrando forma. El gris impersonal que otorga la distancia fue sustituido por azules, amarillos, verdes, y el herrumbre de la sangre seca.

 

La fragata enviada desde San Cristóbal de La Habana, se acercó sin demasiadas precauciones a la cayería, confiando en la superioridad de sus piezas. Juan David Nau supo que sería un suicidio darle batalla abierta en la mar. Enmascaró sus botes y vigiló los movimientos del enemigo, en espera de su hora. Anochecía cuando la fragata fondeó a dos tiros del sitio donde Nau esperaba. Los españoles hicieron fuego en la playa y cenaron, vigilados por los ojos hambrientos de los piratas: tres semanas a ripios de carne guisada con millo machacado una vez por día. Ni una galleta, ni una gota de vino, ni una lasca de queso guardaban las bodegas. Y el hambre activó el odio, y el odio concedió al brazo más fuerzas que un asado o una garrafa de aguardiente: Aún no amanecía cuando un enjambre de balas picoteó los costados de la fragata adormilada, quedando tiempo apenas a los españoles para echar mano a las armas, antes que el grito en cuatro idiomas que barría la playa se convirtiera en abordaje.

 

La quilla del bote rozó la arena de esa misma playa y los remeros se echaron  al mar para vararlo a unos pasos de la fogata. El Capitán Medina se aproximó al negro, que masticaba y sonreía de algún chiste siniestro que debía  estar leyendo en el horizonte, porque su mirada atravesaba a los hombres sin verlos.

─¿Escobedo?

Pero tampoco escuchaba. Con la parsimonia de un rumiante, mascaba y sonreía, extraviado en un terror sin regreso. Medina pasó una mano ante los ojos del negro, pero éste continuó en sus visiones distantes. La mirada del Capitán resbaló por la ramita hasta la hoguera y se levantó de golpe, con una expresión de repugnancia que apenas si emuló a Juan de Morales, quien desde el desembarco se encaminó hacia aquella mancha oscura y palpitante que bullía al extremo de la playa. Un cambio de la brisa lo abofeteó con el hedor de la carroña: millares de cangrejos moviéndose sobre los cuerpos decapitados por decenas: en posiciones grotescas o marciales, vestidos o desnudos, mutilados o casi íntegros. Y sobre los cangrejos, una nube de insectos que siseaba  como aceite hirviendo. Juan de Morales reculó sin poderse contener. El rostro verdoso. Una resaca inapelable subió desde su estómago. Pero dos hombres ya lo habían alcanzado y se contuvo. Intentó refugiarse de la visión en los arbustos que cerraban el arenal. Entonces descubrió, colgadas de las ramas como frutas, decenas de cabezas nimbadas de moscas, la mirada perdida en dirección al horizonte que se tragó a Juan David Nau y sus hombres a bordo de la fragata artillada. Juan de Morales resistió el espectáculo de la masacre con una entereza más que digna de sus diecisiete años recién cumplidos, pero un vómito interminable lo arrodilló en la arena al percatarse del pene cercenado que los piratas embutieron en cada boca entreabierta; como si les concedieran para el viaje un último puro de Vuelta Arriba por cabeza.

 

Casi un día duró la resistencia de la fragata, pero poco podían hacer los artilleros contra la horda dislocada de los piratas. Tres abordajes fueron repelidos con una saña que obligó a Juan David Nau a ordenar retirada para lamerse las heridas a prudencial distancia de las armas españolas. Hasta que vieron el agua ensangrentada chorrear por los desagües del buque. Un último ataque bastaría: Aunque todavía los españoles abrieron brecha con el fuego graneado, no tardó en ser enarbolado un trapo blanco y las armas fueron arrojadas por la borda. Juan David Nau fue el primero en pisar la cubierta tapizada de cadáveres. Su orden fue ultimar a los heridos y recluir al resto en la bodega. Treinta y ocho hombres de los ochenta se apiñaron en el vientre de la fragata.

 

Juan de Morales y Pedrín Márquez fueron arrumbados por el Capitán Morales en el fondo del bote. Apenas si habían podido arrastrase hasta allí por su cuenta después de vaciarse sobre la arena. Pedrín, a la altura de sus veinticinco, ya no era el muchachito que cayó postrado en el río frente a la desnudez de Doña Ana de Reinoso, primera de las mujeres que han alebrestado su imaginación hasta ese día; pero ni así pudo reponerse del dantesco paisaje de aquel cayo (¿para qué habré venido? Mamá tenía razón). Pero sus colores regresaron antes que los de Juan de Morales, inmóvil en el fondo del bote a causa de un desfallecimiento, una ausencia de si, que es como un sucedáneo de la muerte.

 

Y ese desfallecimiento, ese sucedáneo de la muerte se parece a la que sentirá cuatro años después Juan David Nau, quien ha venido a dar al Golfo de Darién, tierra de indios bravos. Su expedición a Nicaragua terminó en fracaso. En Puerto Cabello poco pudo obtener, aún cuando decenas de vecinos fueron atormentados a machetazos para revelar sus escondrijos. Aquel mulato que echó al mar atado ─pasto de tiburones─, le abrió el camino a San Pedro, pero tendrían que salvar emboscadas donde perdió la mitad de su tropa antes de alcanzar el pueblecito miserable, incendiado por despecho al cabo de quince días. El resto murió en el asalto a una urca sin botín, o se dispersó en los bosques. La pérdida del buque que hasta aquella tierra fatal lo había conducido, selló su destino. Por eso siente ahora un desfallecimiento, una ausencia de si, que es como un sucedáneo de la muerte; mientras los indios comedores de carne humana le arrancan los dos brazos y se le empieza a ir en oleadas la vida. Primero, el alarido de la mutilación; después, el horror de ver sus propios brazos dorándose a la brasa, el hedor de la chamusquina. Más tarde, una lasitud casi confortable donde flotan recuerdos; hasta que una pierna le es cercenada, pero ya ni lo siente. Y es entonces apenas un vaivén, un flotar

 

Como el vaivén que mecía las percepciones semicerradas de Juan de Morales, cuando la barca se alejó y los hombres remaron con energía para que la resaca no los regresara a la playa donde setenta y nueve hombres irían disolviéndose en el olvido.

 

Y un olvido selectivo acosa en su hora última a Juan David Nau, cebándose inclusive en su viaje de gloria a Maracaibo, tomado tras rendir el fuerte de la barra, y de ahí a Gibraltar, donde tras gran mortandad puso fuego, amenazando hacer lo mismo a Maracaibo, pero los vecinos juntaron el rescate; no sin que todo ornamento de valor fuera desmontado. El olvido perdona los recuerdos más viejos de su infancia, y aquella tarde frente a Boca de las Carabelas, cuando cumplió la venganza que jurara tendido entre los cadáveres de Campeche. Su mirada paneó los rostros de aquellos españoles que habían resistido como leones, dejándole muerta o sin remedio a la tercera parte de su tripulación. Muchos le sostuvieron la mirada con una audacia que él sabía admirar. Pero en ese momento un tal Escobedo, cenizo de pavor, se arrodilló a sus pies para confesarle, a cambio de su vida, que había embarcado con órdenes precisas de ahorcar a todos los piratas, comenzando por él. Y el negro se reía de puro miedo, sin poder contenerse.

 

Mientras el bote de los remedianos se alejaba de la playa, donde setenta y ocho cadáveres eran desmenuzados por los animales, el verdugo Escobedo continuaba sonriendo, como de un chiste macabro que fuera leyendo en el horizonte; o de su propio terror ante la ira de Juan David Nau.

En aquella ocasión, el pirata, saliendo de la bodega, ordenó le fueran subidos los prisioneros uno por uno. Y es su último recuerdo en esta hora del Darién, cuando ya la vida lo abandona: uno por uno los esperó a la salida de la claraboya para irles rebanando personalmente el cuello. Excepto al último, que envió con una misiva al Capitán General de La Habana, notificando el destino de sus hombres. Los cuerpos rodaban escaleras abajo: surtidores de sangre que bañaban a los prisioneros, y las cabezas se fueron amontonando en cubierta: treinta y seis, una por cada año de la vida de Juan David Nau. Pocos más le fueron asignados ─por la Divina Providencia o por los indios del Darién─, pero bastaron para afamar el sitio donde había nacido, las Arenas de Olona, y que adoptó como sobrenombre durante veinte años: L’Olonnais para los franceses, El Olonés para los españoles.

 





Hibernación

28 06 2002

En la tarde del 26 de junio de 2002, se consumó la consagración nominal del llamado “socialismo” cubano, con la lectura de los acuerdos de modificar la Constitución, refrendados por el 96,71% de los diputados a la Asamblea Nacional del Poder Popular, todos los presentes, dado que no se encontraban19, el 3,29%. Según el diario Granma “La votación se hizo de forma nominal, al ser consultados uno por uno los diputados del Parlamento cubano, sin que hubiese ninguno que se pronunciara en contra o se abstuviera”. Dado que la prensa oficial llamó a firmar “a todos los cubanos honestos”, ningún diputado habría pecado de deshonestidad incompatible con su cargo.

Antes, se había efectuado un remedo de referendo, que consistió en “invitar” a todos los electores a rubricar (consignando número de carné de identidad, nombre y apellidos) la inamovilidad del sistema imperante, en el sitio designado al afecto, siempre cerca de su lugar de residencia, y bajo la atenta mirada de los vigilantes locales. El resultado no podía ser otro: 8.198.237 electores firmaron (decir que afirmaron ya sería más arriesgado) su tácito consentimiento.

Las modificaciones en cuestión pretenden dejar fuera de toda discusión presente o futura algunos aspectos que supuestamente constituyen el “núcleo” del régimen imperante:

El artículo 3 sanciona el “derecho” de todos los cubanos de combatir incluso por la vía armada “contra cualquiera que intente derribar el orden político, social y económico establecido por esta Constitución”. Para concluir que “El socialismo y el sistema político y social revolucionario establecido en esta Constitución (…) es irrevocable, y Cuba no volverá jamás al capitalismo”.

Más tarde el Irrevocable en Jefe aclararía que sólo es irrevocable hacia atrás, no hacia delante, donde espera el dorado paraíso del comunismo.

El Artículo 11 aclara que el Estado ejerce su soberanía sobre todo el territorio, su espacio aéreo y marítimo, el medio ambiente, los recursos naturales (sospecho que esto incluirá a los nativos en la sección de fauna). Y por ello “La República de Cuba repudia y considera ilegales y nulos los tratados, pactos o concesiones concertados en condiciones de desigualdad o que desconocen o disminuyen su soberanía y su integridad territorial”. Una clara alusión a la Base Naval de Guantánamo; pero que un gobierno futuro podría aplicar igualmente a las graciosas concesiones hechas por el señor Fidel Castro a los inversionistas extranjeros. Todo está en interpretar qué significa “desigualdad” y “soberanía”. Añade el artículo que “Las relaciones económicas, diplomáticas y políticas con cualquier otro Estado no podrán ser jamás negociadas bajo agresión, amenaza o coerción de una potencia extranjera”.

En el Artículo 137 se especifica ahora que la “Constitución sólo puede ser reformada por la Asamblea Nacional del Poder Popular mediante acuerdo adoptado, en votación nominal, por una mayoría no inferior a las dos terceras partes del número total de sus integrantes, excepto en lo que se refiere al sistema político, económico y social, cuyo carácter irrevocable lo establece el artículo 3 del Capítulo I, y la prohibición de negociar acuerdos bajo agresión, amenaza o coerción de una potencia extranjera”. De modo que ya no existe fuerza humana o divina capaz de reformar ese aspecto de la Constitución. Ni siquiera los delegados electos pueden hacerlo. Llegado el caso, como ya han apuntado numerosos analistas internacionales, bastará derogar la Constitución y escribir una nueva.

Añade además que “Si la reforma se refiere a la integración y facultades de la Asamblea Nacional del Poder Popular o de su Consejo de Estado o a derechos y deberes consagrados en la Constitución, requiere, además, la ratificación por el voto favorable de la mayoría de los ciudadanos con derecho electoral, en referendo convocado al efecto por la propia Asamblea”. Lo cual resulta curioso, porque en más de medio siglo, el señor Fidel Castro se ha abrogado el derecho de gobernar obviando la constitución vigente de 1940 (1959-1976), declarar guerras, decretar cambios trascendentales en la República, y erigirse en mandatario perpetuo, sin consultar jamás la voluntad popular.

Una Disposición Especial añadida al texto, afirma que estos cambios se hacen “como digna y categórica respuesta a las exigencias y amenazas del gobierno imperialista de Estados Unidos el 20 de mayo de 2002”.

El presidente norteamericano George Bush prometió un endurecimiento del embargo, abogó por el Proyecto Varela y pidió la democratización de la Isla.

Habría sido razonable que todos los cubanos invitados a firmar, hubieran conocido de antemano el discurso íntegro, para de ese modo comprender con exactitud a qué se estaban oponiendo. No ha sido así, y del discurso de ese mandatario extranjero, tan importante para la nación cubana que ha sido capaz de desencadenar un cambio constitucional —de ello se infiere que Cuba es hoy más dependiente de Estados Unidos que nunca antes en su historia—, el cubano de a pie apenas ha leído un tendencioso comentario en la prensa local. Y eso a pesar de que el señor Fidel Castro se tomó el trabajo de grabar el discurso y encomendar a los mejores traductores de la Isla la mejor versión al español de que se tienen noticias. Bien pudo compartir con su pueblo un texto tan sensible para la nación.

En realidad, toda esta algarabía —con dos días de asueto incluidos en un país cuya economía se desmorona—, es una respuesta al Proyecto Varela, cuyas propuestas son ahora totalmente inconstitucionales. Razón por la que, a pesar de que sus firmas fueran entregadas antes, será debatido por la Asamblea (si alguna vez es debatido) después. Tampoco ese documento, del que el pueblo cubano se enteró de soslayo por boca del ex-presidente Carter, ha llegado a las manos de los electores, a pesar de que su cultura política es la mayor del planeta, según las autoridades de la Isla.

En un discurso balbuceante y desvariante, plagado de lagunas, pérdidas del hilo narrativo y digresiones, el señor Fidel Castro se vanaglorió de la escrupulosidad del llamado referendo, dado que 51.000 electores no firmaron “y esa cifra se respetó”. Algo inusual en la Cuba unánime. Sin aclarar si se respetaría también a esos 51.000 descarriados. Llegó a asegurar que hasta los presidiarios en las cárceles y los pioneros de cuarto grado querían firmar el socialismo perpetuo, y que Estados Unidos jamás podría hacer un plebiscito popular como éste, por el enorme analfabetismo que padecen, y porque allí “la mitad de los electores se van de paseo, por el contrario que aquí”. Sin aclarar por qué los cubanos no se van de paseo en las mismas circunstancias. Y nadie ose pensar en posibles represalias, porque FC asegura que su Cuba es un país tolerante, “el único país donde no se reprime ni se da un golpe” —en los mítines de repudio y las comisarías, las víctimas se caen—, el país donde “nadie tiene que fingir y puede decir lo que piensa” (siempre que antes piense bien lo que va a decir). Aunque esto podríamos achacarlo a la demencia senil, que le hizo prometer en su discurso que en tres años Cuba superaría la calidad educacional de Suiza, o que con un dólar se podían comprar en la Isla 128 litros de leche.

De este intento de hibernación en que se pretende sumir a la sociedad cubana, se desprende no sólo la cerril voluntad de auto perpetuación de FC, sino su profundo desprecio hacia su pueblo. Primero se le conmina a firmar, negándosele la intimidad y el anonimato de cualquier referendo, negándole incluso la posibilidad de elegir entre el sí y el no. Después se declara incompetentes para cambios futuros a los representantes electos. Y por último se especifica que “el pueblo” podrá apelar a las armas para impedir cualquier cambio. Como el pueblo está desarmado, se sobreentiende que se habla de “el pueblo uniformado”. Con ello, además, se pretende vetar de antemano cualquier transición pacífica hacia una sociedad verdaderamente democrática y plural, otorgando el instrumento legal a quienes pretendan perpetuar el statu quo a cualquier precio.

FC no se ha contentado con regir durante medio siglo la finquita nacional, ganado humano incluido; ni siquiera sueña, como Adolf Hitler, que el III Reich durará mil años. FC aspira a la eternidad. Quizás la próxima sesión de la Asamblea apruebe por unanimidad su carácter divino e inmortal.

Se habla de la inamovilidad del socialismo, y su perfectibilidad hacia el comunismo, pero lo cierto es que en los últimos diez años sólo hemos observado en Cuba un regreso del viejo capitalismo: florecen las empresas mixtas y extranjeras; se multiplica la emigración hacia el capitalismo, y el 14% de los ingresos en divisas del país proceden del exilio; se generaliza la shooping en detrimento de la igualitaria libreta, las clases sociales son más evidentes, y la alta jerarquía envía a hijos y sobrinos a Europa y Latinoamérica a invertir sus ahorros en empresas capitalistas, para garantizarse un confortable plan de pensiones. Por si la eternidad del socialismo durara menos de lo esperado. Incluso la gestión de las empresas estatales empieza a deslizarse hacia el bien conocido capitalismo de Estado.

Se habla del Estado como dueño del patrimonio nacional, cuando ese Estado está hoy descapitalizando el país con el único propósito de garantizar su permanencia política, sin correr el riesgo de liberar las capacidades productivas de los cubanos.

Se habla, en suma, de garantizar el futuro a un sistema que no ha sido capaz de garantizar el presente.

Se habla de soberanía y orgullo nacional en el país más dolarizado del mundo, donde la propia moneda es apenas papel pintado y los nacionales son ciudadanos de tercera clase, “lo extranjero” es sublimado y una buena parte de la población no ve su futuro hacia delante sino hacia el norte.

Si, como dijo el diputado Silvio Rodríguez se trata de grabar “nuestros nombres en un tronco, en una pared del tiempo”, corren el riesgo de que sus grafitis sean borrados mañana, y sobre ellos se cuelgue el consabido anuncio: PROHIBIDO PEGAR CARTELES.

 

“Hibernación”; en: Cubaencuentro, Madrid, 28 de junio, 2002. http://arch.cubaencuentro.com/sociedad/2002/06/28/8688.html.