Puentes y coartadas

15 06 2001

Mientras Bush reafirmaba en Madrid su voluntad de mantener el embargo a Cuba, un grupo de liberales y representantes de los Estados agrícolas, presentó en el Congreso nuevas facilidades para vender alimentos y medicinas a la Isla; a pesar de que esa tímida apertura del año pasado (incluyendo restricciones al financiamiento y los viajes a Cuba) no fue aceptada por el gobierno de La Habana.

Bridges to the Cuban People (Puentes con el pueblo de Cuba) se denomina la ley redactada por el senador demócrata por Connecticut, Christopher Dodd, con catorce copatrocinadores, que incluyen a tres senadores republicanos. Otro proyecto de ley colateral, esta vez con unos 80 copatrocinadores, fue presentado por el demócrata del Bronx José Serrano y el republicano por Iowa Jim Leach. Dodd, aprovechando su jurisdicción en los temas legislativos relacionados con Cuba, como presidente del subcomité del Hemisferio Occidental, perteneciente al Comité de Relaciones Exteriores, y el dominio de los demócratas en el senado, propone eliminar restricciones sobre viajes y ventas de alimentos. Le apoyan en el ablandamiento del embargo tanto Tom Daschle, líder de la mayoría, como el presidente del Comité de Agricultura, Tom Harkin.

Por su parte, George Bush, eludió dar por sentado en Madrid que se prorrogará de nuevo, el 17 de julio, el Título III de la Ley Helms-Burton, que establece sanciones extraterritoriales a las empresas que operen en Cuba, especialmente si ocupan instalaciones de antiguos propietarios norteamericanos. Ello afectaría a numerosas empresas europeas, canadienses, japonesas y mexicanas, y especialmente a las empresas españolas, primer socio comercial de Cuba en la Unión Europea.

Al respecto, Bush concedió, en referencia a la cadena hotelera Sol-Meliá: “Me doy cuenta de que hay un problema que afecta a una empresa española y trabajaremos para resolverlo”, pero reafirmó que “tenemos previsto mantener el embargo sobre Cuba hasta que Fidel Castro libere a los presos, organice elecciones y abrace la libertad”. Abrazo improbable.

Una postura que ya parece parte de las tradiciones presidenciales norteamericanas, a pesar de su ineficacia demostrada a lo largo de cuatro décadas. Si el propósito del embargo ha sido presionar al señor Fidel Castro a una apertura democrática, o al menos a la instauración de una economía de mercado (cosa que ha bastado en el caso de China para mantener buenas relaciones), el resultado es bien visible. La “amistad indestructible” con la Unión Soviética, consignada incluso en la Constitución de 1976, caso único, que yo recuerde, de un país citando a otro en su carta magna, permitió paliar durante treinta años los efectos del embargo. La cautelosa apertura al capital extranjero después, la dolarización y la copiosa ayuda familiar aportada por el exilio, han sido las tablas de salvación desde inicios de los 90. ¿No existe el tal embargo, y por tanto no hay razón para que se derogue, como argumentan contradictoriamente algunos? Sí, existe, y encarece el comercio cubano al privarlo de su mercado más cercano, cierra puertas a sus exportaciones e impide la llegada del tradicional turismo procedente de Estados Unidos. Su efecto ha sido calculado por La Habana en 40.000 millones de dólares. Cifra mínima en el balance de estos cuarenta años, y que denuncia a la nefasta política económica insular como el primer causante de su bancarrota: uno de los primeros países del continente, convertido en uno de los últimos, lo que explica por qué el país que recibió un millón de inmigrantes en la primera mitad de siglo, vio huir a dos millones en la segunda mitad. Ahora bien, si el propósito del embargo ha sido convocar la solidaridad internacional (según el esquema elemental de David y Goliat), y apuntalar ideológicamente al señor Fidel Castro, lo ha conseguido con una eficacia envidiable. Durante cuatro décadas el embargo ha sido el culpable perfecto, mentira que machacada a diario por la propaganda en el cerebro de los cubanos, ha llegado a convertirse en semiverdad. Por eso no es casual que ante cualquier intento de apertura (Carter, Clinton), la respuesta de La Habana haya sido el Mariel, el derribo de avionetas, etc. Si un día Washington decide dejar a FC sin coartada, ya lo veremos denunciando “esa nueva maniobra del imperialismo”, y haciendo lo imposible por abortar el levantamiento del embargo. En definitiva, los mandatarios de la Isla no carecen por su culpa ni de lo imprescindible ni de lo superfluo, y quien en todo caso sufre sus efectos, el pueblo llano, no tiene la oportunidad de pronunciarse en las urnas. Razón que explica el éxodo más copioso de nuestra historia, aunque de eso también tiene la culpa, en la retórica surrealista de La Habana, la perversa Ley de Ajuste, y no la miseria sin esperanza en que vive el ciudadano de la Isla.

Desde su promulgación, la Helms-Burton, una vuelta de tuerca en el embargo, que en su día pretendió demostrar (al fin) su eficacia como mecanismo de presión, ha concitado las protestas de los países con empresas que operan en Cuba, dada su extraterritorialidad, al abrogarse el derecho de hacer extensible una norma jurídica norteamericana al resto del planeta. Razón por la que, en dos ocasiones, el presidente Clinton dejó en suspenso su aplicación. A pesar de la negativa de Bush a confirmar la continuidad de esta política, no es previsible un cambio radical, algo que lo enfrentaría a sus aliados del resto del mundo.

Ahora, tras su encuentro con el presidente norteamericano en Madrid, José María Aznar subrayó que en las relaciones entre España y Estados Unidos lo verdaderamente importante es que ambos sean “capaces de trabajar juntos en situaciones delicadas, como es ésta de la Helms-Burton, o las que plantea el Plan Colombia, y de evitar problemas, aunque no estemos de acuerdo”. En su comunicado conjunto, ambos mandatarios se comprometen a “promover la democracia y los derechos humanos” en América Latina. Ya veremos en la práctica, qué significa eso.

 

“Puentes y coartadas”; en: Cubaencuentro, Madrid,15 de junio, 2001. http://www.cubaencuentro.com/encuba/2001/06/20/2731.html.

 





Derecho al veto

15 05 2001

Asistimos a una nueva coincidencia histórica frente a un acontecimiento democrático entre las estrategias de ETA y del gobierno cubano. Hablo de las respectivas reacciones frente a las elecciones vascas efectuadas recientemente (donde el nacionalismo secesionista radical fue sancionado en las urnas), y la votación en la Comisión de Derechos Humanos en Ginebra (donde el gobierno de La Habana, violador sistemático de los derechos elementales, fue sancionado por la mayoría de las naciones presentes).

Durante los meses anteriores a la votación de Ginebra, Fidel Castro encomendó a su canciller una intensa labor de cabildeo para recabar votos favorables o abstenciones que evitaran la condena; pero, al mismo tiempo, emprendió una batalla de insultos y descalificaciones contra los gobiernos que presuntamente votarían en su contra.

La autonomía vasca, la más amplia de España y posiblemente de Europa, con atribuciones en casi todas las esferas y policía propia, ha elegido, por libre sufragio de sus ciudadanos, el parlamento que nombrará al Lehendakari o jefe de gobierno autonómico. Los partidos, con más o menos fortuna, han intentado conquistar el voto de los vascos mediante sus propuestas de gobierno. En cambio, la campaña electoral de ETA ha consistido en lo de siempre: tiros y bombas. Y la de su brazo político, EH, que acudió a las urnas con un pronóstico de voto que difícilmente alcanzaría el 10% del electorado vasco, alternó promesas de “paz” y “soberanía”, amenazas, insultos, violencia callejera y un discurso nacionalista y socialista que cada vez se acerca más al nacionalsocialismo. Un problema de sintaxis.

Mientras en el último día el resto de los candidatos pronunciaban sus discursos finales, ETA concluía su campaña haciendo estallar, a las 23:57 del viernes 11 de mayo, en la esquina de Goya y Velásquez, en Madrid, un Renault Clio de color rojo que contenía al menos 20 kilogramos de explosivos. Como resultado, graves daños en vehículos, fachadas, un hotel, una decena de comercios y una sucursal bancaria completamente destrozada; catorce heridos, uno de ellos grave, con impactos de metralla en la cara, quemaduras de segundo grado y contusión pulmorar. Se trata de un guardajurado de 56 años, quien cumplía su turno de trabajo en la sucursal bancaria. Es el tipo de “agente” del “imperialismo español” que ETA suele matar. Veintinueve coches bombas en Madrid, con un saldo de 53 muertos, entre ellos un niño de dos años, lo confirman. La tragedia pudo ser mayor, dada la afluencia de público a una discoteca cercana los viernes por la noche.

Como ya es costumbre, Arnaldo Otegui, candidato de EH, fué el único en no condenar el atentado, sino sólo “sus consecuencias”. Sigue siendo un misterio cómo se puede apoyar la bomba y lamentar las víctimas.

Una vez condenado el gobierno cubano en Ginebra, la “diplomacia” habanera sancionó a los gobiernos que votaron en su contra, mediante una violencia verbal que raras veces se escucha a un jefe de Estado. Lamebotas de los yanquis, pigmeos, cucarachas, monigotes, babosos, fueron algunos de los calificativos, a los que se sumó el desfile de presidentes latinoamericanos, convertidos en muñecones, durante los carnavales del primero de mayo. Adujo que el organismo internacional estaba manipulado por Estados Unidos; afirmación que no se repitió cuando los propios Estados Unidos fueron separados de la Comisión, por primera vez en medio siglo.

En respuesta al revés electoral, el periodista Gorka Landaburu, recibió el 15 de mayo en su domicilio un paquete bomba que le mutiló las manos de escribir. Y pocos días desués, en San Sebastián, asesinaron a Santiago Oleaga, director financiero de El Diario Vasco, quien por razones de su especialidad, jamás se sintió amenazado por ETA.

Las consecuencias de la estrategia cubana no sólo han sido plasmadas en una nueva condena en Ginebra. Se retira el embajador argentino en La Habana, y quedan suprimidas de hecho las relaciones consulares con Costa Rica. Las relaciones con México registran una tensión innecesaria. Y pública o privadamente, muchos electores latinoamericanos, autores con su voto de esos presidentes, sienten que la ofensa les alcanza.

No se trata de una coincidencia eventual que la respuesta de Fidel Castro, de ETA y de EH a un evento donde ciudadanos o mandatarios elegidos por los ciudadanos refrendan con el voto sus opiniones, sea la pirotecnia (retórica a su pesar, en el caso de Fidel Castro). Tanto el mandante de La Habana, como los pistoleros de Euskadi, se dicen representantes de sus pueblos sin que ello requiera la prueba de las urnas. Representan cierta “identidad profunda” de lo cubano y de lo vasco, imposible de demostrar mediante la estadística. Y si los respectivos pueblos se niegan a aportar la corroboración electoral, no será culpa de la propuesta castrista o etarra, sino de los pueblos, que deberán ser “reeducados” en la dirección correcta. Según estos “defensores del pueblo”, la función de los líderes no es encarnar la voluntad de los electores, sino corregir la estupidez o la minusvalía mental de la muchedumbre, pensando en su nombre.

Algo natural cuando se es infalibre. La condena del gobierno de Cuba, no fue una consecuencia de sus reiteradas violaciones de los derechos humanos, sino una conjura del imperialismo. La derrota de EH y, por tanto, de ETA, que pasó de 14 a 7 escaños en el parlamento, fue, en palabras de Otegui, una estrategia de los amantes de la patria vasca que prefirieron sumar sus votos al nacionalismo moderado contra el “españolismo”; no una prueba rotunda de que apenas el 9% de los vascos apoyan su nacionalismo radical. ¿Intentarán reeducar al 91% restante?

Por lo pronto, a Fidel Castro le asiste el derecho al veto, y lo ejerce con una coherencia indudable hace 42 años. A ETA y sus voceros de EH les queda por delante una larga tarea: matar a un millón y medio de vascos para alcanzar la mayoría. El veto calibre 38 es su consigna.

El resultado de ambas estrategias se resume en labores de desescombro.

Treinta toneladas de escombros en Madrid.

Los escombros de las relaciones con países hermanos de Latinoamérica, en La Habana.

Derecho al veto”; en: Cubaencuentro, Madrid,  15 de mayo, 2001. http://www.cubaencuentro.com/meridiano/2001/05/15/2330.html.

 





Carga al machete contra la cabalgata

15 01 2000

El pasado cinco de enero, el Centro Cultural de la Embajada Española en La Habana tuvo la aciaga iniciativa de escenificar en la capital cubana una cabalgata tradicional de los Tres Reyes Magos. Según el reporte de Reuters firmado por Pascal Fletcher, «se realizó (…) incluso con una escolta de la policía motorizada», y cita a diplomáticos españoles acreditados en la Isla, que junto a empresarios se disfrazaron para la ocasión: «Esto fue una actividad organizada para los niños con la aprobación de las autoridades cubanas», y aseguran que la embajada había realizado dos eventos similares en La Habana en los últimos años. Como es tradicional, durante la cabalgata se lanzaron caramelos a los niños.

La reacción de las autoridades insulares fue inmediata y virulenta. Un reportaje sobre el suceso fue transmitido por la TV cubana, comentado por el periodista F. Arencibia, quien lo calificó de espectáculo insólito y humillante: «Había cierto placer en el gesto de ir tirando confituras y caramelos al suelo, mientras los niños corrían varias cuadras, poniendo en peligro sus vidas en medio del tráfico de ese horario». Ya en el Centro Cultural de España, narró el comentarista, se formó el gran caos. La televisión cubana y Juventud Rebelde calificaron de «mamarrachos» y «payasos» a los diplomáticos y empresarios españoles que se disfrazaron. «¿Con qué derecho humillan a nuestros niños, lanzándoles caramelos al pavimento o al fango, según la puntería de los mamarrachos?», escribió Rosa Miriam Elizalde en «Magos de Pacotilla», publicado en Juventud Rebelde. «A los cubanos nos cuesta creer que aquellos ‘reyes picúo’ eran diplomáticos acreditados (…) ¿Cómo se puede perder el sentido del ridículo en un país tan respetuoso de la dignidad humana?», añade y califica de «ridícula caravana de coches con la parodia de los tres reyes magos a cuesta, lanzando contra nuestros niños caramelos como limosnas y confesando impúdicamente su intención de traernos de vuelta tradiciones que vinieron por primera vez junto a la espada y la cruz donde quemaron al indio Hatuey, y con la moral esclavista de dar un día de premio a los que deben sufrir el resto del tiempo».

El propio Fidel Castro, en la clausura del Fórum de Ciencia y Técnica, se refirió a la cabalgata: «No queremos echar leña en el fuego de las relaciones con España, pero que nadie dude de que toda grosería, toda provocación, todo insulto tendrá adecuada respuesta». Y explicando por qué se transmitió el suceso afirma: «Era duro, era doloroso tener que transmitirlo. Pero no hay que temer a la verdad. No hay que temer a los hechos. Aquello no era una falta de nuestros niños. De los niños pobres de aquella área; hay áreas muy pobres en aquella zona. No vamos a echarle culpa a los niños que empiezan a ver una actividad que creen que es legal y fueron y les lanzaron los caramelos, lo que nadie debió haber hecho nunca». (Fidel Castro no hizo referencia al por qué hay áreas muy pobres en aquella zona. Seguramente es culpa del Imperialismo) «Nadie debió haber cometido el ultraje de lanzarles caramelos a los niños, crear el desorden, como hicieron allí. Ellos llevaron fotógrafos y llevaron todo, para exhibir, seguramente, esas fotos en el exterior». (Olvida que allí estaban también las cámaras de la TV cubana; y no explica su tesis sobre el ultraje y los caramelos: ¿será por la salud dental, o acaso que la dignidad consiste en quitarle por igual los caramelos a todos los niños, salvo que sus papás tengan dólares?) «Al pueblo —insistió— hay que decirle la verdad. Si estamos publicando todas las catástrofes que pasan como consecuencia de la Ley de Ajuste, cómo no divulgar lo ocurrido el día cinco». (Resulta maravilloso que se reconozca este derecho al pueblo cubano. Confiemos que se siga poniendo en práctica).

En su artículo «Pinocho Fletcher y los Tres Reyes Raros» el periodista Félix López da cuenta de la Mesa Redonda Informativa que bajo el título «Ni Reyes, ni Magos», analizó los sucesos. Bajo el acápite «Noventa minutos de Infamia» se arremete contra las autoridades españolas, y Rogelio Polanco, director de Juventud Rebelde, negó rotundamente que los españoles hayan tenido autorización de las autoridades cubanas: «Es absolutamente falso. Ni el MINREX, ni el Poder Popular de la capital, ni las autoridades de La Habana Vieja ni de Centro Habana recibieron solicitud para la realización de esa actividad. No hay ni una sola comunicación sobre ese tema. Por eso le pedimos a los organizadores que muestren un solo papel que los autorice a hacer lo que hicieron ese día.»

Lo inexplicable es que una cabalgata no autorizada fuera puesta en marcha por los diplomáticos españoles; y más inexplicable aún que la TV cubana estuviera presente para grabar un suceso que supuestamente no sucedería.

Una buena parte de la Mesa Redonda se dedicó a atacar al reportero de Reuters, Fletcher, que culminó con la intervención de Manuel Hevia, especialista del Centro de Investigaciones Históricas de la Seguridad del Estado, quien caracterizó a Fletcher como «ofensivo al compañero Fidel», eco «de las declaraciones de los cabecillas de la contrarrevolución» y citó «sus enfoques negativos sobre la situación económica en Cuba y la actitud hostil hacia la Revolución». Se refirió también a «la manera en que (Fletcher) ha obtenido, pagado y publicado información sobre temas sensibles de la economía cubana, algunas de los cuales han causado graves problemas al país».

Una participación destacada en la Mesa Redonda fue de la periodista Arleen Rodríguez, quien citó a Vicente Verdú (El País) y su artículo sobre la pérdida de la tradición de los Reyes Magos, «por la competencia del mercado y por la invasión que han tenido del Papá Noel norteamericano». (Una tesis respetable, pero discutible para cualquiera que en España contemple la celebración del Día de Reyes, amén de que Papá Noel no es norteamericano). Y la periodista cita al propio Fidel Castro: «Ahora les ha dado por la tontería de decir que estamos contra los Reyes Magos, y contra sus tradiciones. No, hombre, no, si todos nosotros de cierto modo somos Reyes Magos…» (Ahora resulta que son cuatro. Aunque se sabe que los primeros tres fueron enviados al paro a inicio de los 70 por el cuarto, cosa que también explica la periodista de JR citando al Rey Fidel) «La verdadera razón por lo que se trasladó para julio la fiesta de los niños es la misma por la cual se habían suspendido las festividades de Navidad que interrumpían las actividades laborales durante casi dos semanas. Y es que las zafras tenían que comenzar a fines de noviembre y realizarse con cientos de miles de trabajadores voluntarios…».

Decididamente, o el gobierno cubano padece amnesia o la padezco yo: Fidel Castro nunca supo que había prohibido durante décadas a John Lennon, y la abolición de los Tres Reyes Magos fue obra del Ministerio del Azúcar y no de la política ideológica. Pronto nos enteraremos de que la Ofensiva Revolucionaria fue tarea del Ministerio de Salud Pública por razones higiénicas; las UMAP fueron campamentos de verano donde se recluyó, entre otros, a creyentes, por la época en que el MINAZ suprimía las Navidades; y los balseros son cadetes de marina en prácticas con problemas de orientación.

“Carga al machete contra la cabalgata”; en: Cubaencuentro, Madrid,  15 de enero 2001. http://www.cubaencuentro.com/encuba/2001/01/15/717/2.html.





Remember, Sampson, Remember

1 12 1997

Remember The Maine

(William R. Hearst, 1895)

 

Acodado en la amura, en esta noche del 2 de julio de 1898, el Almirante William Thomas Sampson (Palmyra, NY, 9-2-1840) contempla un prodigioso espectáculo que quizás nunca se repita: la entrada a la bahía de Santiago de Cuba iluminada desde el mar por los potentes reflectores del Iowa, sobre la que se ciernen, flotando en conos de luz, los altos artillados del Morro y la Socapa: colmillos de la bahía. Sampson lamenta que fracasara el intento de cegar la entrada hundiendo el Merrimac, reduciendo la escuadra de Cervera a cuatro patos en un estanque. Sabe que tras la victoria fulminante de Dewey en Filipinas, los lectores adictos al sensacionalismo de Hearst y Pulitzer claman por otra batallita que arrase a la marina española de este lago (norte)americano, el Caribe. El presidente Adams ya codició públicamente la Isla en 1820 y, en 1823, el doctrinario Monroe exponía una curiosa geografía: “el cabo Florida y Cuba forman parte de la desembocadura del Mississippi y de los demás ríos que desembocan en el Golfo de Méjico”; de modo que en el 26 logró frustrarse el intento de independizar las islas por las naciones latinoamericanas reunidas en el Congreso de Panamá. Una república antiesclavista a sus puertas era intolerable para el Sur; no así comprarla, como propuso en el 53 el Documento de Ostende ─pero entonces el Norte no estaba dispuesto a adquirir una milla más de territorio esclavista y sureño─. Después de la derrota confederada, el presidente Cleveland apostó por la autonomía de Cuba como paso previo a la anexión, y no reconoció la beligerancia de los cubanos, a pesar de que España, con 210.000 soldados, es incapaz de evitar que 34.500 mambises dominen las tres cuartas partes del territorio. Cleveland aducía que los cubanos “no tienen un gobierno civil”. Pero al Almirante le consta que no es cierto. Recuerda la grata impresión que le causó, en las dos entrevistas que sostuvieron, el General Calixto García: alto, elegante, culto, y portando como una condecoración la cicatriz del tiro con que intentó suicidarse antes que caer prisionero. Las palabras de los políticos, piensa Sampson, tienen un doble fondo, como baúles de mago. Y recuerda el mensaje del presidente MacKinley al Congreso del 11 de abril:

“Comprometer a los Estados Unidos a reconocer a un gobierno en Cuba podría sujetarnos a molestas y complicadas condiciones (…) a la aprobación o desaprobación de dicho Gobierno; tendríamos que someternos a su dirección, asumiendo el papel de mero aliado amistoso”.

El Almirante sabe que la opinión pública norteamericana apuesta por la independencia de la Isla, como los senadores Bailey, Stewart y sobre todo Redfield Proctor, quien se refirió a “la capacidad de de sus muchos patriotas y educadores [cubanos], los grandes sacrificios realizados, el temperamento pacífico de su pueblo, y las aptitudes para un buen gobierno propio…. y la estabilidad de las instituciones republicanas”. Y que, al cabo, lograrían la inclusión de la Enmienda Teller, según la cual

“…los Estados Unidos (…) niegan que tengan ningún deseo ni intención de ejercer jurisdicción, ni soberanía, ni de intervenir en el gobierno de Cuba, si no es para su pacificación, y afirman su propósito de dejar el dominio y gobierno de la Isla al pueblo de éste, una vez realizada dicha pacificación”.

Enmienda aprobaba con el apoyo de honrados partidarios de la lucha cubana, convencidos antiimperialistas, y de los intereses tabacaleros y azucareros que temen el ingreso de Cuba en la Unión. Poco antes de morir, en 1902, Sampson escuchará el rumor, recogido documentalmente por algunos historiadores, de que los representantes cubanos, por medio de un tal Samuel Janey, compraron conUS$2.000.000en bonos al 6%, emisión 1896-97 (que no se harían efectivos de no hacerse efectiva la República), los votos de algunos políticos. El 31 de diciembre de 1932, la República de Cuba deberá aún, por ese concepto, US$7.650. Tampoco el decrépito Sherman, Secretario de Estado, está por la anexión (propone que Cuba se anexe a México); ni los demócratas: Su plataforma electoral hablaba de “nuestra simpatía hacia el pueblo de Cuba en su heroica batalla por la libertad y la independencia”, aunque otros, en The Evening Post of NY, invocan sin cesar el peligro negro, como Cleveland y su Secretario Olney, que anunciaban la partición de la Isla en una república blanca y otra negra, comentando que lo mejor sería sumergir la Isla durante un tiempo, para así adquirirla, pero sin cubanos. Qué fauna, piensa Sampson. Ni los articulistas de The Manufacturer, porque al adquirir la Isla, Estados Unidos adquiriría una población “con todos los defectos de la raza paterna, más el afeminamiento, la pereza, la moral deficiente, la incapacidad para la ciudadanía, falta de fuerza viril y de respeto propio” y una negrada al nivel de la barbarie, de modo que “el negro más degradado de Georgia está mejor preparado para la presidencia que el negro común de Cuba para la ciudadanía americana”. Habría entonces que “americanizar a Cuba por completo, cubriéndola con gente de nuestra propia raza”. Como recomendaba al General Miles, jefe supremo del ejército, el Subsecretario de Guerra, J. G. Breckenridge:

“Es evidente que la inmediata anexión de estos elementos [la población cubana] a nuestra propia Federación sería una locura y, antes de hacerlo, debemos limpiar el país (…) destruir todo lo que esté dentro del radio de acción de nuestros cañones (…) concentrar el bloqueo, de modo que el hambre y su eterna compañera, la peste, minen a la población civil y diezmen al ejército cubano.

‘Este ejército debe ser empleado constantemente en reconocimientos y acciones de vanguardia, de modo que sufra entre dos fuegos, y sobre él recaerán las empresas peligrosas y desesperadas”

Sampson se encoge de hombros: Esos mismos políticos le prohibieron bombardear La Habana.

Cuando el Almirante Sampson presidió la comisión investigadora del hundimiento del Maine, ya barruntaba que en breve se vería frente a la flota de Cervera. Al cabo, el presidente MacKinley decidió apelar a

“la causa de la humanidad, la defensa de la vida e intereses de ciudadanos norteamericanos radicados en Cuba, los gravísimos perjuicios al comercio y negocios mercantiles de nuestros ciudadanos, la destrucción gratuita de la propiedad y la devastación de la Isla”.

Ya las exportaciones de Cuba a Estados Unidos habían ascendido de 54 a 79 millones de dólares entre el 90 y el 93, y las importaciones, desde 18 a 24 millones sólo entre 1892 y 1893. Ello cuadruplicaba el comercio de la Isla con su Metrópoli. Más la creciente importación de maquinaria norteamericana tras la abolición. Y los 50 millones invertidos, según el Secretario Olney, la mitad en la industria azucarera, devastada ahora por la guerra. Inadmisible, piensa el Almirante. Sin olvidar lo que afirmaba hace dos meses el Senador Thurston: “La guerra con España aumentará los negocios y ganancias (…) una acción en una empresa americana valdrá más dinero del que vale hoy”.

Pero en lo que debe concentrar su atención hoy el almirante Sampson es en la reunión que tendrá mañana con el General William Rufus Shafter (Galesburg, Michigan, 16-10-1835, 140 kilos) ─si la montaña no viene a mi…─, traído a la carrera desde la Florida para que con sus tropas de tierra tomara las fortificaciones que guardan la entrada de la bahía y así poder desmantelar las minas y entrar a por el combate final con Cervera. El Almirante monta en cólera de nuevo al recordar el mensaje de Shafter: que fuerce con mis buques la entrada de la bahía para evitar más bajas a los suyos. Es increíble que no se dé cuenta: sus infantes son reemplazables; nuestros barcos, no. Y si no puede, que solicite ayuda al hermano que Jesse James, que se ofreció a invadir Cuba con sus cowboys; o a Búfalo Bill, que proponía pacificar la Isla con indios salvajes. Qué pintorescos. Y Sampson sonríe a su pesar. Mañana aclararemos las cosas, o decidirá Washington. Al dirigirse a su camarote, el jefe de la escuadra norteamericana ignora que una decisión más grave impide esta noche dormir a Cervera: desvelado en cubierta, mira a los hombres que han de morir mañana.

Mientras navega hacia Siboney a bordo del Nueva York para reunirse con Shafter en la mañana espléndida de este domingo 3 de julio de 1898, jaspeada aún a tramos por girones de la niebla nocturna, Sampson se pregunta cómo una España venida a menos se ha embarcado en esta guerra contra la Unión. Les costará el doble de lo que habrían ganado vendiendo la Isla a su debido tiempo, calcula. Quizás el presidente Sagasta estuviera de acuerdo con Martínez Campos, quien, según el Cónsul inglés en Santiago de Cuba, confesó en octubre del 95 su deseo de que Estados Unidos reconociese la beligerancia de los cubanos. Iremos a la guerra y, con algunos buques hundidos, España abandonará Cuba sin más descrédito y con el honor nacional a salvo. Perder una guerra con la potencia del siglo XX no es lo mismo que perderla frente a un puñado de insurrectos.

Pero Sampson no puede distraerse más en divagaciones políticas, porque escucha el disparo de una pieza naval y se dirige corriendo a cubierta para presenciar desde lejos como el primer buque de Cervera, el María Teresa, sale de la bahía a toda máquina. Da orden de girar en redondo y enfila hacia la batalla inminente con el mal presentimiento de que Schley, su eterno rival quedado al mando mientras él bajaba a tierra, dirigirá la batalla que él lleva un mes preparando y con la sensación de ridículo por ser el primer almirante que conducirá una batalla naval en botas de montar y espuelas.

Se acerca a toda máquina al escenario del combate, lo suficiente para ver como Schley desde el Brooklyn eleva las señales, transmitiendo las órdenes de combate, y se ve aparecer, directamente hacia los barcos norteamericanos, para eludir el bajo que existe en la entrada, al Vizcaya, al Cristóbal Colón y al Almirante Oquendo. Cerrando la marcha, vienen los cazatorpederos Furor y Plutón. Rebasada la boca, los buques tuercen inmediatamente a estribor, intentando alejarse hacia Occidente. Ahora el María Teresa, con Cervera a bordo, enfila directamente contra el buque insignia norteamericano, el que más estorba la salida española por cerrar el círculo al oeste. Dispuesto viene el almirante a partirlo en dos con tal de abrir brecha a los suyos. Y Sampson contempla maldiciendo la extraña maniobra que hace ahora Schley ─ya le costará un expediente disciplinario─: El Brooklyn gira a estribor, alejándose de la batalla, y abriendo paso a Cervera. Dispuesto a perseguir a los españoles ─como diría Schley─, pero a prudencial distancia. Y cruzándose en la ruta de los otros barcos norteamericanos que vienen a toda máquina en persecución del enemigo. El Texas tiene que frenar con toda su potencia para evitar un choque, y la escuadra queda por un momento en completo desorden ante la desesperación de Sampson, que aún dista de darles alcance. El humo de las andanadas de ambos bandos nubla toda visión, y durante un buen rato no puede saber qué está ocurriendo. Al cabo, una ráfaga de brisa despeja la humareda, y puede ver al Plutón y al Furor. Sólo con ellos se cumplió su plan original: hundirlos uno por uno en la boca. Especialista en torpedos, Sampson respira aliviado. Y recuerda aquel torpedo que en Charleston hundió su Patapsco. Salvó la vida de milagro.

Prosigue la caza rumbo al oeste. Pero el Nueva York lleva quince minutos de retraso respecto a su escuadra, enzarzada con los navíos españoles que huyen a toda máquina pegados a la costa y disparando sus cañones de popa. El María Teresa está tocado de muerte: los puentes y cubiertas de madera arden, las piezas rodeadas de llamas hacen imposible la defensa. Un proyectil ha roto los conductos de agua e impide sofocar el incendio. Las municiones estallan, causando más estrago que las ajenas. Cuando embarranca en la costa, sólo quedan tres barcos enemigos. El siguiente no tarda en encallar, envuelto en llamas hasta la cofa. Fuerza al máximo la máquina del Nueva York, y logra acortar ligeramente la distancia, lo suficiente para ver cómo nueve millas más adelante embarranca el Vizcaya, acribillado. Milla a milla va dando alcance al resto de sus buques, lanzados tras el último español, el Colón, muy marinero y que los aventaja claramente en velocidad. Será difícil impedirle refugio en la bahía de Cienfuegos. Habrá que entrar en su busca (si las defensas de tierra y las minas no lo impiden), piensa Sampson. La persecución se prolonga. Tres horas más tarde, advierte con sorpresa un parón del enemigo. Piensa en una avería de las máquinas. No sospecha que el Colón ha quemado su última paletada de carbón de alta calidad. El carbón inferior que cargó en Santiago anula su única ventaja. Todos los buques le cañonean; incluso el Nueva York logra cuatro disparos. Al fin, el último buque de la escuadra española gira lentamente a estribor y encalla.

Tras 9.433 cañonazos de la escuadra norteamericana, Sampson comunica: “La flota a mis órdenes ofrece al país como regalo por la fiesta nacional del cuatro de julio la totalidad de la flota de Cervera”.

“Después de un combate desigual con fuerzas más que triples de las mías, toda mi escuadra quedó destruida (…) Hemos perdido todo y necesitaré fondos”, informa Cervera, prisionero en el Iowa.

La escuadra española es ya puro recuerdo. El Imperio, nostalgia. La Historia Made In USA acaba de empezar frente a la costa sudoriental cubana.

 

“Remember, Sampson, Remember”; en: El País. Memorias del 98, Madrid, diciembre, 1997.

 





Contracanto

24 04 1997

Al abrir Contracanto, último poemario del nada novel poeta jiennense Manuel Lombardo Duro,  no pude sospechar que lo leería en dos horas, con el fervor que suscitan las mejores novelas. Ajeno a los oropeles y artilugios verbales con que suele «adornarse» la ¿poesía? obligada a nacer con fórceps o cesárea, Contracanto apela a la transparencia y la lucidez del idioma. La textura de la palabra gana su máxima intensidad, como las mujeres hermosas, al desnudarla de afeites. Quizás porque “la palabra no limita/ con la luz ni con la música,/ sino con la oscuridad/ y con el silencio”. Pero sobre todo, porque Manuel Lombardo ha conseguido, mediante el ejercicio de la mesura, extraer a cada palabra clave su significado secreto. Obra de arquitectura, sin dudas, porque la palabra es, como el hombre, un ente gregario que sólo adquiere su valor en la sociedad de las palabras. Manuel Lombardo nos habla “desde las raíces del silencio, algo que se pueda susurrar/ al oído de un árbol,/ de una piedra,/ de un río,/ de un niño agonizante,/ de un borracho/ o de un loco”; y tiene sus razones, porque como afirma con la sabiduría inasible de los buenos poetas: “Todo se pudre/ cuando se quiere convertir/ la inmensidad de cualquier sueño/ en algo razonable. Y para demostrarlo, se ocupa «de otra cosa»: de lo que no es ni ha sido,/ de lo que no existe todavía,/ ni tal vez nunca tendrá lugar”.

Creo en ese orden de la verdad ajeno a la dialéctica y el análisis causal, en ese orden de la verdad premonitoria que se dirige a las coordenadas no cartesianas del alma humana: la verdad poética. Y creo en esa verdad cuando se instala, sin apelaciones, en algún reducto de nuestros sueños del que jamás podremos desalojarla. Pero para ello el poeta deberá asumir sus riesgos. Y Manuel Lombardo los asume en Contracanto, un libro donde “Todo poema/ es mi muerte por escrito,/ o nada”.

 

Contracanto; en: Diario de Jaén, Jaén, España, 24 de abril, 1997, p. 38.

 





Los tomates radioactivos dan mal sabor al gazpacho

30 03 1997

José Viñals, poeta-editor-narrador argentino-colombiano-español,

como gustaría definirse, se encargó durante

muchos años de la revista AlSur, instaló

en la calle Hurtado sus proyectos y sus sueños,

a los cuales robé una dosis de tiempo para

practicarle esta entrevista. Hace pocos meses

reside en Madrid, pero algo de él

se niega a abandonarnos.

 

 

 

 

 

«Los tomates radioactivos dan mal sabor al gazpacho», fue el primer graffiti que leyó en 1979, a minutos de su arribo a España, el poeta José Viñals, en el pórtico de un puente. Nacido en una chacra argentina, de padres y abuelos españoles, en su ambiente natal se hablaba el castellano de España, no uno de los tantos castellanos que se hablan en Hispanoamérica, de modo que venía, no a descubrir un idioma (a los efectos de la literatura, toda oralidad es un idioma cuya sintaxis, sobreentendidos y fórmulas dialectales marcan la escritura), sino ávido de corroboraciones lingüísticas. Aquel día de 1979, ya José llevaba a sus espaldas dos volúmenes de poesía, una novela, un libro sobre diseño gráfico, varios ensayos y diálogos sobre arte, todos publicados en Buenos Aires, donde en breve aparecería también Miel de avispas (relatos). Aquel día de 1979, ya había cursado 49 años de libros, sueños, amores y desamores, es decir, tres hijos, y dos vidas transcurridas en Argentina y Colombia, respectivamente. De modo que inauguraba su tercera vida, que desde 1982 discurre en este piso de San Ildefonso, el barrio más bello de Jaén. Este piso que tras la puerta esconde la sonrisa siempre disponible de Martha, su esposa, cuyos tapices enjoyan las paredes. Entre ellos, como entre paisajes de asombros, continuamos hasta el sitio de recibir: la cocina, por supuesto.

Parapetado tras sus papeles, José entona su acostumbrado «Hola, querido», con esa voz espeleológica ─gravedad de improvisador de blues, no de capataz de plantación antillana─. Y no empezaremos la entrevista sin que la botella de Torres esté presente y las copas ajusten el tono preciso de la conversación. Porque le confieso que no intento hacerle una entrevista. Sólo quiero saciar ciertas curiosidades y, ya de paso, servir de médium a los lectores. Como si escucharan tras la puerta nuestra conversación. Y por ello me he tomado la libertad de no acotar los diálogos. El grado de sabiduría bastará para indicarles cuáles pertenecen a José Viñals.

 

A pie descalzo

─Lo primero que me he preguntado al conocer tu obra, José, es cómo definirías tú el lenguaje, dado que en ti confluyen varias oralidades, varios modos de ejercer el castellano. Más aún, cómo se han integrado esas diferentes culturas en tu obra.

─No he tenido problemas de integración. Lo lingüístico ha sido para mí una gran curiosidad artística, de modo que un nuevo país no me provoca descentramiento, sino remoción profunda y avidez. No hablo de contaminación, sino de impregnación; aunque también es posible que haya contaminación. Yo he procurado conocer la lengua de todo el orbe hispano. Después he ido estudiando problemas estilísticos de la lengua, y otros de mayor envergadura: culturales. Pero no siempre la integración está exenta de conflictos. Por ejemplo, escribí hace algunos años un poema sobre un joven colgado de las vigas del techo, vestido de traje y corbata, y uno de sus pies iba sin zapato, enfundado en un calcetín blanco, pero yo no podía escribir las palabra calcetín, propia de esta cultura, ni la palabra media, como me dictaba aquella, porque aquí media es una prenda femenina. Elegí entonces la línea cobarde, al precio de distorsionar la imagen artística: le quité el calcetín y puse el pie descalzo. Ese tipo de cosas te plantea el tema de la integración cultural. Hoy no vivo la penosa condición del extranjero, y tampoco artísticamente. ¿Debilita eso mi condición latinoamericana? Posiblemente. Pero es así.

─Creo que ante todo somos ciudadanos del planeta.

─Yo tengo tres países: Argentina, Colombia y España. De Argentina y España soy ciudadano. De Colombia no pude, pero quise. Tengo en edición mi Poesía Reunida: siete libros que yo he seleccionado, en tres tomos: poesía escrita y publicada en Argentina, en Colombia (69-72) y en España, respectivamente. No he estado interesado hasta ahora en publicar en España obras de narrativa hechas en aquellos años, sólo poesía, que es lo que me gustaría hacer en los años finales de mi vida.

─Aunque tampoco hay que ponerle camisa de fuerza a la imaginación. Los argumentos, las ideas, vienen con su propio procedimiento artístico.

 

Un acto de obediencia

—No me olvido, pero el acto de escribir poesía es cuasi involuntario, un acto de obediencia a ciertos procesos de la interioridad. En cambio, el ejercicio narrativo es volitivo. Y yo no tenía el empuje interno para escribir prosa. No lo tengo. Fue una estrategia artística para alcanzar una forma de comunicación. El éxito que tuve como narrador fue un fracaso artístico, personal. Distinto a lo que me proporciona la poesía, que disfruto y siento. Soy un buen diseñador gráfico y editorial, un magnífico técnico. Tengo un gran oficio y conozco el libro como pocos. No puedo, en cambio, decir lo mismo de mi ejercicio como artista, aunque crea en ello más que en cualquier cosa en la vida. Porque entre otras cosas el motor que me arrastra es la averiguación. No me interesan tanto los resultados artísticos como la averiguación.

—Es lo más interesante. Como entre hacer el amor y hacer un hijo. Lo primero es más interesante.

—Sin dudas. El hijo es contingente. El amor es esencial.

 

La universidad horizontal

—¿Cómo han confluido en ti las distintas artes que tú asumes y ejerces o amas? La plástica, la literatura, el diseño, la música. ¿Ha habido avenencias, desavenencias, complementaciones, divorcios, matrimonios?

 

—Yo he sido extraordinariamente afortunado. Precozmente me puse en contacto y asumí mi naturaleza artística con todas sus consecuencias. Todo me llevaba a ello. Mi primer poema ocurrió a mis nueve años, un día que estaba cabalgando en la finca de mis abuelos. Y decidí que no otra cosa quería hacer en mi vida. Aunque haya cursado varios años de Derecho, sabía que para mí la universidad no era la vertical sino la horizontal: estudiar arquitectura en la arquitectura, historia de las artes en la escuela de artes, música en la escuela de música. De modo que no terminé una sola carrera. Exploré. Toco malamente un instrumento. Estudié cine. Me metí en el diseño, y a poco de estar en ello supe que sólo me interesaba el diseño del libro. Como hoy sé a ciencia cierta que lo único que me interesa es escribir poesía en mis últimos años. Yo provengo de la poesía y es algo que he decidido.

 

¿Y eso se puede decidir?

A lo mejor tengo que desobedecerme, pero lo he decidido. Yo abandoné el ejercicio puro de la poesía, pero no abandoné la condición poética en el tratamiento del material lingüístico y eso es lo que ha contaminado toda la prosa que he escrito. Una prosa perversa, no genuina. Y ha dejado de interesarme. Para explicarlo tengo que remontarme: Yo nací y crecí en un país latinoamericano dependiente, donde la labor del poeta era siempre una labor oscura, sin eco editorial, sin respuestas sociales. Mis contemporáneos alcanzaron un reconocimiento internacional como narradores. De modo que empujado por fenómenos externos sentí el desafío de dedicarme a la narrativa. Eso forzó mi propia visión del arte y de la literatura, por la que he sentido un «santo» horror. Tengo la convicción de que hay una serie de escritores que no tienen puta idea de lo que es el arte, y por ello cuentan cosas, describen cosas, pero no se internan en los mundos cargados de significación espiritual. La preocupación por la poética descansa en una investigación formal y conceptual (no hay arte sin investigación), lingüística. No a la manera del filólogo ni del gramático, sino a la manera del poeta y el escritor.

 

Adjetivas y narrativas

—¿Ello incluiría la investigación intuitiva, esa capacidad del oído para captar y seleccionar…?

—Por supuesto, y relacionar con otras artes. Yo he tenido una gran preocupación por todo el universo de las artes, pero sobre todo por la pintura y la música. Ambas las he estudiado, y dependo mucho de la música. Es un código que he podido decodificar. Toda mi obra responde a una elaboración artística, al estudio del material lingüístico, hecho con un criterio estrictamente artístico, no científico. Y sobre eso una primera lección fue la lectura del chileno Vicente Huidobro que dice: “Hago una elección para toda mi vida como artista: el adjetivo que no da vida, mata”. Segundo: También tempranamente leí a uno de mis maestros, el poeta Rimbaud. Cuando leí su Temporada en el infierno, en las primeras palabras del libro encontré una especie de dedicatoria: “Para aquellos que aprecian en el poeta la ausencia de facultades narrativas y descriptivas, ofrezco estas hojas arrancadas de mi cuaderno de condenado”. Fue una marca para mí, que eludí durante años las búsquedas narrativas y descriptivas. Y eso es como retorcerle el pescuezo al material literario.

—¿Y cómo le retuerces tú el pescuezo al material literario en tu obra?

—Yo invitaría a un lector curioso, si se encuentra con mis materiales, cosa no fácil aquí en España, a que observara la presencia de la luz o del color en los textos, porque hay cuentos donde no hay un solo elemento de color, como pintura medio tonal, la preocupación por la luz, por la estructura, por la construcción verbal, por descifrar, a través de los materiales, ciertos enigmas que son de la vida social e individual. Eso ha sido una preocupación central a lo largo de mi vida. Y eso se tiene que conectar con otra cosa. Es sorprendente para mí que la revista Kilómetro 0 se interese por entrevistarme, cuando fuera de este medio (donde sí soy una persona conocida y creo que reconocida) me conoce poquísima gente. Porque prácticamente no he publicado en España, donde he tenido una actitud recoleta, recogida, sin conexión con los medios intelectuales, y dedicado al trabajo del artista.

—Ha habido en la literatura latinoamericana una tendencia a trasponer a la experiencia literaria una militancia social y política, dando frutos de todo tipo: desde dulcísimos a patisecos y amargos. ¿Ha tentado tu militancia social y política, que la ha habido y grande, el terreno de tu literatura?

—Diría que en lo esencial sí. No es exactamente lo político. Es más serio. Por razones de formación, yo desde muy temprano fui miembro activo del Partido Comunista, y me sentí un hombre de formación marxista y estudié sus estéticas, que no me interesaron. Pero sí apareció muy tempranamente en mí una clara conciencia de clase, que responde a mi origen popular: artesano por la parte de mi padre, que era panadero, de mi madre, que era costurera, o de mis abuelos, que eran campesinos pobres. Creo no haber eludido nunca los marcos estrictos de mi clase. Y no me he ocupado de otras clases que no sea la mía, con sus contradicciones y deformaciones, buscando la verdad íntima de esa clase. Por tanto, más que una naturaleza política del material que vuelco en mi obra, hablaría de naturaleza ideológica. El acontecer político en sí no cabe en mi obra, porque por una parte no he trabajado con lo contingente, y por otra, he creído que la labor del artista es la creación de una sociedad nueva, lo que implica un arte nuevo. Y suscribo absolutamente el arte de las vanguardias, aunque algunas estén investidas de vanguardia y sean rigurosamente retaguardia.

 

Vanguardias y retaguardias

—Siempre es más sabia una adhesión al espíritu de las vanguardias que una adhesión en bloque. Lamentablemente, muchas vanguardias han creado retóricas que a la larga se han consumido a sí mismas.

—Los que nacimos y crecimos en el ámbito sudamericano, hemos crecido en un ámbito culturalmente dependiente. Esa dependencia, en mi caso, como hombre de la cultura con algún prestigio entonces en Buenos Aires, significó estar al tanto de los movimientos culturales del mundo, preponderantemente europeos. En mi caso, yo me descubro adhiriéndome fuertemente a un movimiento de vanguardia que en ese momento tenía un gran poder revulsivo, yendo de Europa a Hispanoamérica: el surrealismo o el parasurrealismo. Con ello, la introducción de ciertos procesos creativos, como, por ejemplo, el automatismo, que yo prontamente puse en su sitio dada su importancia. Creo que ciertos procesos automáticos, cuando se deja fluir libremente el inconsciente, rompe censuras seculares, un sistema, un stablishment literario, y no sabes a dónde puedes llegar. En la década de los cincuenta reflexionamos mucho sobre la frase de Jung: «Goethe no es el autor de Fausto. Fausto es el autor de Goethe». Es decir, el artista penetra en el inconsciente colectivo y si tiene talento, suerte, percepción y cojones, puede que recoja y haga aflorar los arquetipos del inconsciente colectivo. Yo creí que esa era mi aventura en la vida. Aunque fui un apasionado lector del Quijote, mi modelo no era Cervantes. No quería escribir como Cervantes, sino que me ocurriera lo que le ocurrió a Cervantes: poder percibir el arquetipo quijotesco. Creí que ese era el papel del artista.

 

El llamado boom latinoamericano…

—El don de la popularidad no es bueno ni malo per se. Ni un escritor de grandes tiradas es bueno o malo por ello. Y viceversa. Y eso me trae al tema del boom. España se convirtió en el gran trampolín de la narrativa latinoamericana, y cuando el proceso entró en meseta, la industria editorial se quedó con hambre. Aparecieron, es cierto, importantes escritores españoles, pero no bastaba. Y se vieron un poco en la necesidad de fabricar e imponer al público escritores de dudosa calidad y grandes tiradas.

—Lo tengo claro. Lo que tengo oscuro es que no hay más coñac, me cago en… —José encuentra en la alacena una botella de DyC, y tras conformarnos con él, a pesar de que no es santo de su devoción, reanuda el asunto del boom latinoamericano, que en varias ocasiones hemos tocado—. Un fenómeno comercial tiene poco que ver con la auténtica curiosidad de los artistas y los intelectuales europeos hacia el arte que se produce en otras latitudes. Es típico del arte el que se busquen productos de otras culturas y que en cierto momento incluso se mitifique y totemice. El caso del boom latinoamericano es, al menos, el segundo, sino el tercero en este siglo. El primer boom fue el del modernismo, que invadió España con una obra latinoamericana y una estética francesa. Posteriormente, la invasión de Neruda, Vallejo y Huidobro…

—Figuras puntuales, no un gran movimiento como el de los 60 y 70.

—Un boom comercial.

—Sin restarle su importancia artística.

—Por supuesto. Aquello era una cosa exótica, lo cual siempre ha tenido un gran encanto para Europa. Y el boom no fue sólo una atracción por lo que hacían los escritores latinoamericanos, sino por lo que ocurría en Latinoamérica: un fenómeno rupturista que tuvo éxito internacional y provocó una remoción de las estructuras artísticas.

 

Arcones y galeones

—Tú hablas de constreñir, de limitar tu paleta como un medio para la consecución de un resultado artístico determinado. Yo he notado en tus relatos una supeditación de lo propiamente narrativo a la pirotecnia del lenguaje. ¿Es una constante en tu narrativa?

—Absolutamente. El texto literario es un acontecimiento real, más allá de los acontecimientos que transporte. Una realidad concreta y mensurable, una criatura autónoma que se añade a la realidad de la vida, y que vive esencialmente por su forma. En mis exploraciones de las zonas oscuras, me parece que siempre he retornado con un rico trofeo verbal, y a veces he perdido por ello otras cosas fundamentales. Me sumergí en busca del galeón y quizás en su lugar me traje el arcón con las chafalonías. Por eso quizás nunca sea un buen narrador.

 

Voces de luz y sombra

—Creo que cada escritor es una o muchas voces. Hay escritores capaces de varios registros y otros no. Y creo que más allá de la sencillez o complejidad de la transmisión que uno produce, lo importante es darse cuenta de cuál es nuestra propia voz, y respetar esa voz. De ahí dimana la autenticidad de la obra. No hay textos fáciles o difíciles, todo es contextual. Flaubert fue escandalosamente difícil en su tiempo. Pero la literatura no es circunstancial, es histórica. Hoy, Madame Bovary es lectura de amas de casa.

—Llevas toda la razón. Pero el respeto por la propia voz incluye su cuestionamiento. Durante años de torpeza mía y oscuridad, yo he sido sirviente de mi voz, no he sido un buen crítico de mi voz. Caí en manierismos, en imitaciones de mi propia voz. Soy consciente de que, sin darme cuenta, sin poderlo evitar, se me elitizó el lenguaje, se hizo arduo el material que producía, de difícil lectura. Eludí las fórmulas populistas, que siempre me olieron a fascistas. Yo decía: obra literaria popular no, la literatura requiere rigor, requiere trabajo. No se puede leer como quien consume una peliculita de tres al cuarto. Yo jamás he tenido el talento de lo popular, pero estoy a tiempo para adquirirlo. Milagro a milagro, el poemario que estoy escribiendo, es lo más transparente que he hecho en mi vida, incluso en términos gramaticales y sintácticos. Aún así, la esencia de ese material sigue siendo inasible y oscura. Si uno profesa una vanguardia tiene que correr el riesgo de trabajar con códigos que todavía no han sido formulados y mucho menos decodificados. Para ello es imperioso que el artista de a conocer su obra. Yo no lo he hecho. No he sido un buen defensor de mi obra, por razones diversas de mi vida…

—Que además de escribirla, hay que vivirla.

—Y en muy buena hora. Pero hoy sí estoy interesado en que mi obra se edite y se difunda. En pequeña escala, porque yo nunca seré un escritor de best sellers. Me llevó muchos años de fracasos escribir mi novela Padreoscuro. Fue finalista en el Planeta-Ateneo de Sevilla. Pero el editor, cuando le mando el libro, aún con este aval, me lo devuelve sin explicaciones. Y lo entiendo. Mi novela, si un día se editan 5.000 ejemplares, ya será un milagro.

 

Novela que saldrá, para suerte nuestra, como su monólogo Escombros, oloroso aún a tinta fresca, su tomo de relatos Ojo alegre y viejísimo, que publicara en el 86 en Jaén, y los que próximamente aparecerán: Cinta magnética bordada (relatos), Animales, amores, parajes y blasfemias (poemas), así como el volumen de «fragmentos» (es su definición) Si breve.

Y el lector, que permanecía tras la puerta escuchando esta conversación, se aleja convencido de que este periodista podría estar preguntando a José días enteros, sonsacándole secretos. Y que José Viñals podría develar muchos más misterios, con tantas buenas palabras que dan un exquisito sabor a la literatura, exenta de tomates radioactivos. O mejor, develar la existencia de los misterios y conservar su naturaleza enigmática. Pero tendrán que leer en los silencios, que hasta una entrevista los tiene, después de la última copa y el último Ducado, tras el «Chao, querido» y la sonrisa de Martha que queda pospuesta hasta mañana por la puerta que, suavemente, se cierra a mis espaldas.

 

“Los tomates radioactivos dan mal sabor de boca”; en: Diario de Jaén, España,30 de marzo,1997, pp. 37-38.

 





Españoles

7 02 1997

Una información de Europa Press da cuenta de que el 64,4% de los votantes del PNV y la mitad de los votantes de CiU aseguran sentirse poco o nada orgullosos de ser españoles, en contraste con el 95,8% de los votantes del PP, el 92,7% de los votantes del PSOE y el 80% de los de IU, orgullosos de su españolidad.

En algunos confines del planeta, nacionalidad y país son conceptos coincidentes; en otros, no. Y España no es una excepción. Si la nación surgió como bastión para la defensa de una cultura y una identidad frente a culturas e identidades vecinas; el país es una institución geopolítica en cuyos orígenes hay, con gran asiduidad, violencia de sobra. Por no hablar del colonialismo que parceló África y América en latifundios de propiedad europea, engendrando al cabo países que poca o ninguna relación tienen con las naciones originales, porque para el conquistador todos los nativos eran iguales.

Hoy resurgen los nacionalismos, con secuelas a veces nefastas, como demuestran los Balcanes o África. Frente al capital sin fronteras, la comunicación global, la red informática que cubre el globo y la movilidad sin precedentes de los seres humanos; se levantan nuevas trincheras para defender el microespacio. Y tienen su derecho. Pero, como dijera hace un siglo José Martí, «trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra». Es natural que frente a la internacionalización financiera y cultural algunos decidan guarecerse en sus naciones. El hombre tardó siglos en atreverse a perder de vista la costa y conquistar los mares abiertos, y ante barruntos de tormenta siempre busca puerto seguro, tierra conocida. Que se rescate un folklore, una cultura, incluso una lengua, puede ser enriquecedor para todos los hombres. Pero, como demuestran desde hace siete siglos los suizos, escindidos en tres naciones y cuatro idiomas en un territorio menor que Andalucía, identidad no equivale a enemistad, y nacionalidad puede ser complemento de convivencia. De modo que cualquier suizo dirá ante todo que es suizo, unidad que engloba y concilia la diversidad, antes que tichinés o suizo alemán. Pueden sentirse orgullosos de su patria chica, pero más aún de la patria grande que es un resultado de la convivencia, la tolerancia y la aceptación de los fueros ajenos.

Y no equiparo, porque la historia de cada país es diferente. Pero sería conveniente que cada uno de esos vascos o catalares reflexionara por exclusión: Si de pronto dejara de ser español y se convirtiera en cuidadano de una Cataluña independiente o de una República Euskadi, ¿le faltaría algo? ¿Podría reescribir su identidad y su cultura, su historia y su economía prescindiendo de esa España de la que no se siente orgulloso? ¿Lograría extraer de sus tradiciones, de su folklore y sus costumbres todo lo que no fuera estrictamente catalán o vasco, sin mutilarlos en esencia? Aunque no soy un experto en el tema, sospecho que no.

Pero pudiéramos ir más allá, hacia la esencia de la pregunta que hacen los encuestadores y cuya validez discuto. ¿Puede uno sentirse orgulloso, en bloque, de ser español, o chino o senegalés? ¿Tendría que sentirme orgulloso por igual de Hernán Cortés y del Padre de las Casas, de Franco y de la Pasionaria, de Cervantes y de Mario Conde, de la defensa de Cádiz y de la ocupación de Flandes, de la colonización del Nuevo Mundo y de la transición democrática? De hecho, un español tiene sobradas razones para sentirse orgulloso de su cultura y su idiosincrasia, de sus monumentos y sus tradiciones; pero sobre todo deberá sentirse orgulloso de su condición humana, esa que nos iguala no importa cual sea el color de la piel, la geografía del cráneo o el tipo sanguíneo.

“Españoles”; en: Diario de Jaén, Jaén, España, 7 de febrero, 1997, p. 28.