Outsiders

31 01 2012

Reflexionar sobre el papel que deben jugar en el acontecer insular los intelectuales cubanos que viven fuera de la Isla, exige un análisis previo sobre qué es un intelectual y qué funciones cumple o debe cumplir en la vida pública.

A la pregunta ¿qué es un intelectual? se han dado muchas respuestas. Quien trabaja con su cerebro y no con sus manos podría ser la más elemental, en cuyo caso incluiríamos a un bróker de la bolsa y excluiríamos a Picasso. Según Michael Löwy, en Para una sociología de los intelectuales revolucionarios, al no ser una clase, los intelectuales, creadores de productos ideológico-culturales, no se definen en relación con los medios  de producción. Pueden elegir, de modo que no existe inteligentzia neutra. Lo cual se puede aplicar a cualquier ciudadano, cuya ideología no está estrictamente signada por su extracción social. Añade Löwy que al regirse por “valores” ajenos al dinero, los intelectuales “sienten una aversión casi natural contra el capitalismo”, algo que no merece comentarios.

Gramsci señalaba que «todos los hombres son intelectuales, pero no todos los hombres cumplen en la sociedad la función de intelectuales». Y añadía que “los intelectuales modernos son directores y organizadores involucrados en la tarea práctica de construir la sociedad”. Una boutade gramsciana que nunca ha alcanzado el carácter de ley. Norberto Bobbio opina que los intelectuales son expresión de la sociedad de su tiempo y que el momento histórico es crucial en su definición y también de su responsabilidad histórica. Lo cual es seguramente cierto, y aplicable a toda la humanidad.

Si el intelectual no siempre es “un individuo dotado de la facultad de representar, encarnar y articular un mensaje, una visión, una actitud, filosofía u opinión para y en favor de un público”, como aseguraba Gramsci, sí es, en la definición de Umberto Eco, “quién realiza trabajos creativos bien sea en las artes o en las ciencias, y propone ideas innovadoras”. Y añadiría que, en general, deberá ejercer una reflexión crítica sobre la realidad en su ámbito de competencia que no se limita a las humanidades. En una cultura intertextual, médicos, físicos, biólogos, informáticos, etc., proyectan sobre la realidad una reflexión en ocasiones más esclarecedora que los intelectuales “tradicionales”.

A lo largo de la historia, los intelectuales han asumido diferentes papeles, desde la Paideia griega, que debía dotar al individuo de conocimiento y control sobre sí mismo y sobre sus expresiones y prepararlo para ejercer sus deberes como ciudadano, no siempre como político (aunque Solón fuese el prototipo del intelectual-político en la Grecia presocrática). Hasta el intelectual público romano: Ovidio, Tácito, Séneca. Papel que cambió drásticamente en una sociedad teocéntrica y teocrática, el Medioevo, donde los monjes eran apenas guardianes de la cultura. El hombre del Renacimiento, relativamente independiente pero subordinado al poder de sus mecenas. El intelectual en el capitalismo, cuyos márgenes de libertad se ensancharon, y las complejas relaciones en el socialismo entre los intelectuales y los aparatos partidistas y el Estado.

Umberto Eco, en “Papel del intelectual”, distingue distintos tipos:

Los intelectuales orgánicos (Ulises al servicio de Agamenón), quienes, según él, “deben aceptar la idea de que el grupo, al que en cierto sentido han decidido pertenecer, no les ame demasiado”. “Si les ama demasiado y les da palmaditas en la espalda (…) son intelectuales del régimen”. Sobre éstos decía Gramsci que eran captados por la clase dominante para que otorguen a su proyecto “homogeneidad y legitimidad” y creen “una ideología que trascienda a las clases”. Adolf Hitler tuvo excelentes científicos e intelectuales orgánicos, como Martin Heidegger. Y John Fitzgerald Kennedy reclutó una corte de intelectuales prestigiosos, como Arthur M. Schlessinger Jr. y McGeorge Bundy.

Los intelectuales platónicos, aquellos que, como Platón, a pesar de su experimento fallido con el tirano de Siracusa, creen que pueden enseñar a gobernar. Apostilla Eco: “Si tuviésemos que vivir en la isla de la Utopía de Tomás Moro o en uno de los falansterios de Fourier, lo pasaríamos peor que un moscovita en los tiempos de Stalin”. Como bien sabía Octavio Paz, es “muy distinto mandar a pensar: lo primero corresponde al gobernante, lo segundo al intelectual. Los intelectuales en el poder dejan de ser intelectuales (…) sustituyen la crítica por la ideología”. La segunda otorga al poder un fundamento moral, lógico e histórico; la primera juzga y, cuando es necesario, contradice y critica.

Los maestros aristotélicos, quienes enseñan todo tipo de cosas, pero no dan consejos precisos.

Y los intelectuales críticos con su propio clan, más que con los enemigos, al estilo de Sócrates, que operan como “conciencia crítica de su grupo”, a los que tampoco se les ama demasiado. Este será creativo, elaborará ideas interesantes que el político inteligente deberá considerar, aunque no las aplique textualmente. Según Carlos Fabreti, esos “intelectuales tienen una responsabilidad: la crítica sistemática de los argumentos esgrimidos por el poder, el cuestionamiento radical y continuo del ‘pensamiento único’ que pretenden imponernos”. Claro que ello habitualmente no gusta a los políticos.

Jorge Castañeda atribuye a los intelectuales de América Latina el papel de guardianes de la conciencia nacional, demandantes de responsabilidad, baluartes de rectitud, defensores de los principios humanistas, críticos del sistema y de los abusos de poder. Lo cual, a mi juicio, es mucho pedir.

El ejercicio de esta “conciencia crítica” ha resultado con frecuencia nefasto para sus protagonistas: ostacismo, cárcel, exilio, persecución y muerte. El fiscal fascista que juzgó a Antonio Gramsci dictaminó: “Durante veinte años debemos impedir que este cerebro funcione”, y fue condenado a veinte años. Murió en prisión a los 46 años de edad. La periodista Anna Politkovskaya, quien reveló los crímenes en Chechenia, recibió dos balazos en la nuca. La lista sería interminable.

De modo que, al menos en teoría, el intelectual debe ser parte de la “conciencia crítica” de la sociedad que habita. Ni más ni menos, a mi juicio, que todo aquel, intelectual o no, que desee ejercer su papel de ciudadano y no conformarse con figurar en las estadísticas demográficas.

En las circunstancias actuales de Cuba, eso sería óptimo. Desde el derrumbe del campo socialista, el país ha estado abocado a una redefinición continua que ha afectado a la economía, la política, la relación entre el poder y los ciudadanos y de estos entre sí, entre el exilio y el insilio, entre el discurso ideológico y la praxis social. Podría decirse, siguiendo a Gramsci, que el país se enfrenta a una “crisis de hegemonía”, en cuyo caso se impone la necesidad de un debate público y sin limitaciones, con el objetivo de articular nuevos consensos. Un debate que convoque a todos los estamentos de la sociedad, pero donde los intelectuales (o algunos intelectuales, en particular los aristotélicos y los críticos, para no generalizar), al disponer de un discurso estructurado sobre la sociedad que es su campo profesional de actuación, podrían aportar a la clase política argumentaciones muy atendibles.

Y, de hecho, ese debate ocurre, aunque no con la profundidad, la transparencia y la amplitud que la actual situación del país requeriría. Tiene lugar en foros profesionales, debates más o menos cerrados y en medios que, por razones editoriales o tecnológicas, tienen escasa incidencia en la población de la Isla. Los distintos llamamientos a debates públicos realizados desde el poder han sido oportunidades perdidas. Sus resultados no se han ventilado con la trasparencia que merecían ni desembocaron en referendos que sancionaran democráticamente las principales inquietudes de los ciudadanos, quienes han operado como una intelectualidad aristotélica a su pesar, pues sus juicios concretos se han convertido, en su ósmosis hacia el poder, en opiniones difusas más próximas a la estadística que a la ideología.

No pocas veces he repetido que el debate sobre el presente y el futuro de Cuba atañe, en primer lugar, a los cubanos, intelectuales o no, que residen en la lsla. Y, en segunda instancia, a quienes habitamos allende el Malecón. Las razones son obvias: sobre los cubanos de la Isla recae el peso de las dificultades que padece el país, de modo que son ellos los primeros interesados en remediarlas; son ellos los que disponen de los derechos ciudadanos que a sus compatriotas del exilio les son enajenados tan pronto truecan su geografía, y si bien el exiliado puede regresar (o no), quienes viven en la Isla saben que de sus decisiones de hoy dependerá la habitabilidad de su propio futuro y el de sus hijos.

Exhortar a la frugalidad y al sacrificio a los cubanos en nombre de un ideal que ciertos grupos de izquierda defienden con fervor ante lonchas de jamón serrano y algún Ribera del Duero Gran Reserva, me resulta tan inmoral como exhortar a esos mismos cubanos a derribar al gobierno al precio de sus vidas, mientras se trasiega un sándwich cubano y un batido de mamey en el Palacio de los Jugos.

Y entre esos cubanos del inside puede que sean algunos/muchos/los intelectuales quienes dispongan de mejores recursos para ejercer su “conciencia crítica”, dado que poseen los recursos teóricos y una información de primera mano sobre la realidad cubana. Aunque esa “conciencia crítica” pueda estar condicionada no sólo por el miedo a las represalias, sino por el mero cálculo de su escasa rentabilidad a corto plazo. Para Edward Said, “la dependencia económica del poder mediante subvenciones o ayudas para las investigaciones son formas de control de los intelectuales”. En un país donde todos los medios culturales y de difusión, así como otorgar (o no) libertad de movimiento, están en manos del Estado,  la dignidad contestataria puede ser temeraria.

Eso no significa, desde luego, que a los cubanos que residen fuera de la Isla, y en particular a sus intelectuales, les esté vedada la participación en ese debate. Muy por el contrario, sería recomendable. Dado que en la diáspora habita el 15% de los cubanos del planeta, vetar su participación equivaldría a la exclusión de todos los habitantes de la ciudad de La Habana.

Sin que me avale ninguna estadística confiable, opino que la mayoría de los cubanos de la diáspora conserva su interés por los acontecimientos de la Isla, bien sea porque ésta afecta a sus familias allí o porque se sienten con derecho a ejercer su ciudadanía insular, así sea virtual. Y creo que sería muy útil para el país que esas voces fuesen escuchadas y se sumasen a las de sus compatriotas en la Isla. Las razones son varias.

En primer lugar, al conservar su ciudadanía cubana (incluso tras haber adquirido otra, cosa que la Constitución prohíbe pero el gobierno mantiene), les asiste el derecho de participar en la vida pública de su país. Si, como reza la página del Ministerio de Relaciones Exteriores, esa diáspora es esencialmente económica, comparable con otras poblaciones migrantes de nuestro continente, deberían recibir un trato equivalente: preservar sus derechos económicos, sociales y políticos y ejercerlos desde cualquier geografía.

Entre esa población outsider existe una elevada proporción de profesionales altamente calificados, formados en Cuba y/o fuera de Cuba, cuya aportación al debate social, político, económico, artístico y científico que prefigure el futuro de la Isla, no debería desecharse. Portadores de una experiencia profesional y ciudadana adquirida en otros contextos, ésta les concede la posibilidad de pronunciarse partiendo de enfoques y perspectivas que enriquecerían el debate y, en sintonía con sus colegas de la Isla, conjurar males futuros y sortear obstáculos evitables. Como ya observó Gramsci, la escolarización proporcionada por un Estado responde a su aparato ideológico. Inyectar sabidurías otorgadas por otros modelos de escolarización sería, por fuerza, enriquecedor. Y no me refiero a predominio alguno, sino a las bondades de la biodiversidad.

Dado que Cuba se encuentra inmersa en un proceso de cambio y que, por su carácter de economía abierta en medio de un mundo globalizado, le sería casi imposible superar su crisis actual de modo endogámico, sería esencial para el país apelar al capital intelectual, a la experiencia profesional, empresarial y científica de su diáspora, sobre todo si la perspectiva de Cuba es sumarse al verdadero motor del desarrollo en el siglo XXI: la sociedad del conocimiento.

Una participación activa de ese capital humano, e incluso del otro capital, en el proceso de renovación y remodelación de la sociedad cubana, facilitaría la apertura de puentes y espacios de colaboración entre ambas orillas; el traspaso de know how, tecnologías e información; mercados de bienes y servicios, y mercados de ideas.

Para ello, desde luego, sería imprescindible que el Estado cubano reconsiderara sus relaciones con la diáspora. Ya que preserva su condición nacional, es moralmente insostenible no preservar sus derechos ciudadanos, así como a entrar o salir libremente de la Isla y disponer allí de las mismas prerrogativas que sus compatriotas residentes en Cuba. Sería inaceptable otorgar a la diáspora el derecho de aportar su capital profesional al tiempo que se le amputan otros derechos. E imponer condicionamientos políticos a esa participación bastaría para sentenciar su inviabilidad.

Ciertamente, una parte de la diáspora, atenta a sus carreras profesionales y a las coordenadas sociopolíticas de las sociedades donde se han reinsertado, se desentiende de los asuntos cubanos. Y está en todo su derecho. Son noruegos o canadienses vocacionales. Según un estudio realizado en Miami por la Florida International University (FIU), sólo una pequeña parte de los exiliados en esa ciudad regresaría a la Isla incluso en caso de que cambiaran drásticamente las condiciones que los empujaron al exilio. Han rehecho sus vidas y ya tienen hijos y nietos que viven, como diría Gustavo Pérez-Firmat, en el hyphen: cubano-americanos, cubano-españoles. Pero, gracias a las nuevas tecnologías de la información, muchos de ellos estarían dispuestos a contribuir con sus saberes y experiencia, aunque no se radicaran en la Isla. Pocos países de nuestro entorno cuentan con ese capital potencialmente disponible para su relanzamiento.

Relicto de aquel unamuniano “¡Qué inventen ellos!”, se mantienen en nuestros países no pocos prejuicios ideológicos contra los intelectuales: una élite improductiva y desasida de la vida práctica, y ante la cual la sociedad suele adoptar posiciones extremas: la reverencia o la descalificación. La historia demuestra, en cambio, que aquellos países que primero comprendieron la fuerza motriz de las ideas son hoy las sociedades económica y socialmente más avanzadas. Cuba cuenta con una doble reserva de la materia prima más importante del siglo XXI: el talento: una población altamente instruida en la Isla y una sólida masa profesional en su diáspora. Al Estado cubano atañe la responsabilidad, pensando en el destino de la nación más que en el ejercicio confortable del poder, de crear las condiciones para que esa doble reserva de talento se revierta en bien de toda la sociedad, o, por el contrario, inhibir su despliegue por temor a los “daños colaterales” que pueda ocasionar, pues, como escribió a Nikita Kruschev en 1954 el académico Piotr Kapitsa: “una de las condiciones para el desarrollo del talento es la libertad de desobediencia”.

El papel del intelectual contemporáneo ya no es el mismo que en época de Emil Zolá, Antonio Gramsci o Jean Paul Sartre. Una sociedad mucho más compleja y el recuento de la experiencia histórica excluyen los sitiales de gurús supremos. Aun así, el talento sigue siendo “incómodo” para toda forma de poder que no asuma a la intelectualidad y su “conciencia crítica” como parte inalienable del tejido social y propulsor de su desarrollo. El Estado moderno no puede entresacar con una pinza de cejas aquellos saberes deseables y desechar los saberes incómodos. Está condenado a comprar el pack completo.

Umberto Eco afirmaba que nada lo irritaba más (o lo hacía sonreír) que ver a los intelectuales utilizados como oráculos. Y nada más alejado de este texto que pretenderse oracular. Me bastaría que algunas de estas ideas alimentaran el debate entre los hombres y mujeres destinados a construir la Cuba del mañana.

“Outsiders”; en: Espacio Laical, nº 1, La Habana, 2012, pp. 69-71. http://www.espaciolaical.org/contens/29/6971.pdf





Discusiones bizantinas

27 01 2012

Quien repase el Documento base para la Primera Conferencia Nacional del Partido Comunista de Cuba, coincidirá con las palabras de Raúl Castro en el aeropuerto de La Habana, tras despedir al presidente iraní Mahmud Ahmadineyad: “no hay que hacerse tantas ilusiones con la conferencia ni levantar mucha perspectiva (sic) (…) Ahora es una cuestión interna del partido”. Si no hay que hacerse tantas ilusiones y es un mero asunto de política interna, ¿para qué perder tiempo en formalidades de esa naturaleza cuando el país está abocado a la inminente bancarrota?

Como en un chiste que contaban los moscovitas, al romperse el tren que conducía a la URSS por el camino del socialismo, Leonid Brezhniev pidió a los maquinistas y mecánicos que subieran a bordo y se sentaran. “Pero el tren está roto, camarada”. “No importa. Siéntense. Y ahora muévanse hacia delante y hacia atrás, como si estuvieran sometidos a la inercia del tren en movimiento”. Cuando todos lo imitaron, Brezhniev sentenció: “Como ven, el tren no se mueve. Pero parece que se mueve”.

El documento de marras recuerda en su retórica añeja a aquella discusión bizantina perpetrada por los monjes para  decidir si las sandalias reglamentarias serían negras o marrón, el color de la cuerda con que se anudarían la sotana y su calibre específico, mientras Mohamed Mahomet II, El Conquistador, sitiaba Constantinopla, y el ejército de Constantino XIII se desangraba para impedirlo. (Mohamed Mahomet II dispondría más tarde de mucho tiempo libre para ocuparse de los monjes).

El punto I, “Funcionamiento, métodos y estilo de trabajo del Partido” es un calco de cientos de documentos anteriores, y reitera el dogma de que el PCC es la vanguardia de la sociedad, no porque sus ideas sean las más eficientes, avanzada o innovadoras; ni porque cuente con la mayoría de los votos en una pugna electoral con otras formaciones; ni siquiera porque sus miembros sean los más cualificados. Es la vanguardia porque es la vanguardia.

Si alguien quisiera armar un diccionario de dialecto burocrático, el punto II, El trabajo político e ideológico, es una fuente indispensable. En él aparecen todas las frases hechas de este medio siglo: “fortalecer la unidad nacional”, “impulsar la participación”, “evaluar sistemáticamente”, “profundizar en la conciencia”, “estimular la protección y cuidado de los bienes”, “incentivar la participación real y efectiva”, “promover en el pueblo la cultura económica, jurídica, tributaria y medioambiental”, “perfeccionar la atención política”, “desarrollar la labor política e ideológica”, “proyectar estrategias”, “combatir enérgicamente”, “enfrentar los prejuicios”, “consolidar la política cultural”, “adecuar la enseñanza del marxismo leninismo”. (¿Adecuarla al protocapitalismo de Estado?). De modo que cuando nos llama a “enfrentar las manifestaciones de formalismo”, uno se queda tan perplejo como ante una revista sadomaso encabezada por un editorial sobre las virtudes de la moral cristiana y los beneficios de la abstinencia.

En ese mismo punto se llama a “reflejar a través de los medios audiovisuales, la prensa escrita y digital, la realidad cubana en toda su diversidad” y a “estimular que los medios de comunicación masiva sean una plataforma eficaz de expresión para la cultura y el debate”. Dicho por los mayores perseguidores de la libertad de expresión, son afirmaciones equidistantes entre el cinismo y el humor negro.

En cuanto al punto III, la Política de cuadros, lo más novedoso es la reiteración de la limitación a diez años de los altos cargos (cuando la esperanza de vida de ningún alto dirigente cubano alcanza esa cifra). Es una humorada “promover que los cuadros surjan de la base” desde una cúpula integrada, casi exclusivamente, por septuagenarios autoelegidos por razones históricas. Y garantizar la “sólida preparación técnico-profesional, probadas cualidades éticas, políticas e ideológicas” es apenas una boutade futurista. Pedir a los cuadros  “mayor agilidad e iniciativa” desde la parsimonia con que el raulismo está desplegando sus tímidas reformas es un total contrasentido. Y “demandar de los cuadros el cumplimiento de las disposiciones legales y exigir, cuando corresponda, la responsabilidad a los infractores”  es una verdadera novedad, el pleno reconocimiento de que en Cuba no todos son iguales ante la ley. En cualquier país medianamente funcional esa especificación resulta innecesaria. Cuadros o no cuadros, todos los ciudadanos están obligados al “cumplimiento de las disposiciones legales”. Reiterarlo es como recordarles que en su condición de cuadros deben respirar más o menos regularmente.

En las Relaciones del Partido con la UJC y las organizaciones de masas, el punto IV, se ofrecen las instrucciones de cómo continuar manteniendo con ellas la misma relación fraternal del titiritero con su marioneta: “garantizar un vínculo sistemático”; “atención a los pioneros, adolescentes y jóvenes”; “garantizar que el método y las formas para la selección de sus cuadros sean…”, e incluso “promover espacios para la recreación” y “perfeccionar las publicaciones juveniles” (al estilo del diario Granma).

De modo que cuando Ricardo Alarcón afirma en relación a la Conferencia que “la renovación es indispensable en todo, (y) es absolutamente indispensable en la isla” quiere decir absolutamente nada. Correlacionar este documento con decenas o cientos de documentos anteriores demostraría que esa “renovación” ni siquiera alcanza a la sintaxis.

Y Mariela Castro, tan especializada como de costumbre, confía que la conferencia “ayude a desbloquear el proyecto de ley sobre los derechos de transexuales y homosexuales”. ¿Y los derechos de los once millones restantes, e incluso de los trans y homos cuando no cumplen su estricto papel de criaturas sexuales en la que el marielismo-leninismo las quiere confinar?

A mediados de noviembre pasado, Pedro Campos publicó en Kaos en la Red su artículo “Cuba: La Conferencia puede ser la última oportunidad” (www.kaosenlared.net/noticia/cuba-conferencia-puede-ser-ultima-oportunidad). En él, Campos reitera algo sobre lo que ha hecho énfasis en textos anteriores: que la revolución del 59 fue política, pero dejó pendiente la revolución social. “Estatizó toda la propiedad, pero no la socializó, ni cambió la organización asalariada del trabajo que tipifica el capitalismo. Del capitalismo privado, pasamos a un capitalismo monopolista estatal y (…) un orden político centralizado. Aquella revolución (…) nunca realizó los cambios democráticos y socializantes necesarios”. Por el contrario, instauró el estado-parásito subvencionado por la URSS y Venezuela.

Campos acusa al status quo de déficits democráticos, estatismo, corrupción y retranca a la implantación de “un socialismo más participativo y democrático” por el que él aboga. Y ahora “el estado enfatiza su carácter controlador y recaudador de las finanzas y los recursos, al tiempo que trata de desentenderse de sus compromisos sociales” (suma “lo peor del “socialismo de estado” y “lo peor del capitalismo neoliberal”). Concluye que “capitalismo estatal más capitalismo privado, suma capitalismo” promovido por “una burocracia que pierde, por días, la vergüenza revolucionaria”. (Si alguna vez la tuvo, le faltó por anotar). Y teme que “nos arrebaten la revolución” “unos cuantos obcecados, desviados por los vicios, egos y ánimos de lucro que engendra el poder”.  Un temor superfluo, porque la revolución ya le fue escamoteada al pueblo cubano en los años 60.

Tras un análisis objetivo, y en gran medida certero, de la realidad cubana, Campos no puede evitar deslizarse hacia la Política-Ficción y la Sociología-Ficción, una tendencia de la izquierda que sicoanalistas más capacitados que yo deberán estudiar algún día. Argumenta que la variante tropical del sistema chino no será posible en Cuba porque nuestra historia “ha generado en nosotros un sentimiento muy fuerte contrario a la explotación, a la sumisión, a la dominación, a trabajar para otros: los cubanos preferimos trabajar para nosotros mismos y nuestras familias, lo cual nos hace autogestionarios, por principio, algo que no está tan enraizado en la conciencia social china de carácter cuasi-feudal”. Lo cual podría explicar que dos millones de cubanos se hayan ido (y 50 millones de chinos), pero no que los once millones restantes hayan soportado medio siglo de explotación, sumisión y dominación trabajando para otros. Alerta que en dos años puede Cuba convertirse en neocolonia con la entrada masiva de capital norteamericano, aunque confía en que “el rechazo de los cubanos al imperialismo, y especialmente al imperialismo norteamericano, hace muy difícil aquí reintroducir el capital del Norte en amplia escala; no así sus productos”. Sin que nos explique por qué rechazarían los cubanos el capital que levanta una empresa y ofrece empleo, y no los productos. El militante del partido parece usurpar el puesto al científico social. Un militante incapaz de alcanzar ciertas verdades cuando estas florezcan fuera de los límites de su pastizal ideológico.

Teme, no sin cierta razón que el rechazo popular al seudosocialismo imperante incline el péndulo político al otro extremo. Anuncia la posibilidad de una verdadera revolución y concluye que “Si al pueblo no queda otra opción que la revolución política, no culpen a los revoltosos, a los inconformes, a los desposeídos, a los revolucionarios, a los que decidan cambiar el gobierno a como dé lugar”.

¿Estamos, como augura Campos, en vísperas de una segunda revolución si el gobierno no implanta los cambios hacia un socialismo libertario y participativo? Una población harta e incrédula de sus gobernantes, una gerontocracia más atenta a su supervivencia que al bienestar de los gobernados, una economía en bancarrota y un panorama de crisis internacional son ingredientes óptimos para prefigurar un estallido, pero, a menos que ocurra un grave error de cálculo o una catástrofe, no se avizora la revuelta que predice Campos, y menos aún hacia ese socialismo participativo y libertario que sería una primicia mundial.

La historia de los totalitarismos del siglo XX demuestra que esos estallidos re-revolucionarios raras veces se producen. En Cuba, la re-revolución ha sido migratoria. El Estado emplea ingentes recursos en penetrar a los grupos opositores desde su estado larval y reprime con rudeza desproporcionada la más mínima disidencia, podando continuamente su base social. Aunque existen imponderables que podrían propiciar estallidos espontáneos y, posiblemente, fuera de todo control, en particular el de la disidencia tradicional: agravamiento extremo de la crisis mundial, hundimiento de la economía cubana, un exceso represivo y no convenientemente ocultado, o un mal cálculo del equilibrio entre pequeñas aperturas que creen esperanza y anclajes conservadores que preserven el status quo. En ese caso, ¿dispararía el ejército contra el pueblo? Me gustaría asegurar, como Campos, que no, pero los generales serán los grandes beneficiados de un poscastrismo a su medida que ya prefiguran. Si están dispuestos a inmolar la felicidad de once millones de compatriotas a su proyecto de reencarnar como la oligarquía de la Cuba futura, ¿dudarían en fusilar in situ a diez soldados reticentes para garantizar la obediencia de los otros?

“Discusiones bizantinas”; en: Cubaencuentro, Madrid, 27/01/2012. http://www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/discusiones-bizantinas-273356





Esbirros

23 01 2012

La historia se repite. Esta vez, de nuevo, como tragedia.

A sus 31 años, Wilman Villar Mendoza ha muerto el jueves 19 de enero de 2012, a las 18:45 horas, en el hospital Juan Bruno Zayas, de Santiago de Cuba.

Se ganaba la vida como zapatero y haciendo pequeños trabajos de carpintería o lo que apareciera. Villar se afilió a la Unión Patriótica de Cuba en agosto de 2011, decisión que provocó una crisis en la familia. Al parecer, su madre mantiene relaciones con un oficial del Ministerio del Interior, y una de sus hermanas, con un agente de la Seguridad del Estado.

El 14 de noviembre, Wilman Villar intervino en una protesta pública de la Unión Patriótica en Contramaestre. Fue entonces cuando la policía lo detuvo, lo golpeó y amenazó con procesarlo si no abandonaba la organización disidente. Ante su negativa, el 24 de noviembre fue condenado a cuatro años de prisión, acusado de “desacato, resistencia y atentado”, sin las mínimas garantías procesales. Un juicio donde ni siquiera se le permitió presentar los testigos de que fue él la víctima de la agresión policial, no a la inversa. Al día siguiente, tras calificar este proceso de “farsa judicial”, Wilman Villar Mendoza se declaró en huelga de hambre y se negó a vestir el uniforme de preso común, reivindicando el carácter político de su cautiverio.

En respuesta, fue confinado desnudo, sometido a las bajas temperaturas de diciembre, sin provisiones de agua, en una celda individual de castigo del tristemente célebre penal de Aguadores, en Santiago de Cuba.

(Lo de tristemente célebre no es una frase hecha. Aguadores tiene 1.200 reclusos viviendo en condiciones infrahumanas: menos de un litro de agua por persona al día, varios días sin poder bañarse, raciones de 90 gramos de arroz y una papa de 3 centímetros de diámetro; cucarachas y chinches se pasean por las celdas donde entre 27 y 60 hombres se hacinan y duermen en el suelo. A lo que se suman los abusos continuos de los carceleros, particularmente crueles con los opositores políticos).

Lo que para un hombre sano significaría una durísima prueba, para alguien en huelga de hambre era una condena a muerte. Y sus carceleros lo sabían.

El 25 de diciembre, Wilman Villar detuvo su ayuno, y lo reinició a principios de enero. Cuando contrajo neumonía por sus condiciones de confinamiento, los carceleros demoraron la atención médica como medida de presión para que abandonara la huelga. Fue entonces cuando la Seguridad del Estado propuso a Maritza Pelegrino Cabrales, su esposa, apartarse de las Damas de Blanco, en cuyo caso su marido sería excarcelado. De lo contrario, la amenazaron, podrían quitarles a sus hijas. En ese momento, ya ellos sabían que a Wilman Villar la muerte lo excarcelaría en breve.

El 14 de enero, inconsciente y en estado crítico, fue trasladado de urgencia al hospital. Su esposa asegura que en ese momento ya estaba prácticamente muerto. “Ellos me decían que estaban poniéndole la mejor medicina y el mejor tratamiento, pero era para ganar tiempo… para que nosotros pensáramos que lo estaban haciendo, pero no era verdad”. Los médicos de la sección de Terapia Intensiva del Hospital Juan Bruno Zayas, de Santiago de Cuba, le comunicaron que Wilman tenía una neumonía. La infección se extendió a un riñón y padecía, además, una sepsis generalizada, ocasionada por las condiciones de su confinamiento y la falta de atención médica. Wilman murió de un “fallo multiorgánico” provocado por la “sepsis generalizada”.

La saña de sus verdugos no se detuvo con la muerte. Prohibieron a su esposa ver el cadáver. “Yo quería verlo y me dijeron que no podía”, afirma, “que fuera ya para la funeraria, que qué iba a resolver si ya él estaba muerto”.

De inmediato el hospital fue rodeado, para evitar manifestaciones de solidaridad y duelo, y una ola de detenciones cunde por Santiago de Cuba.

Los ideólogos de la represión en Cuba deben estar reprendiendo en estos instantes a sus esbirros de Aguadores. No por esbirros, sino por brutos, por no evitar otro Orlando Zapata. La vida o los derechos de un ciudadano no son asunto de discordia: su desprecio es parte consustancial del sistema a todos sus niveles. La estrategia es la misma desde hace medio siglo. El asunto es táctico. Ya no se puede fusilar alegremente ni ejecutar in situ a los alzados del Escambray, dinamitar el presidio modelo de Isla de Pinos con el objetivo de volarlo con todo su contenido, o endilgar penas de prisión por decenios a cualquier inconforme y, además, gozar de buena prensa internacional. La Primavera Negra de 2003 cambió radicalmente las normas. Hubo rebelión casi unánime de compañeros de viaje, la mayoría de los cuales no ha vuelto a enrolarse en la tripulación castrista. El mundo condenó sin paliativos al Gobierno de la Isla. Desde entonces, y a pesar de que sigue intacto el desprecio del castrismo por sus ciudadanos, la táctica ha cambiado: detenciones cortas, amenazas, persecución implacable pero sin llegar a los extremos de otros tiempos y, sobre todo, sin sobresaltar demasiado a la opinión pública mundial (la doméstica está a resguardo del desparpajo informativo, y al alcance del ojo que todo lo ve).

Pero un Estado que necesita esbirros sabe que no son absolutamente programables. El instinto depredador, sumado a la prepotencia de quien se sabe impune, provoca estos “accidentes”. Pero hay esbirros de otra naturaleza. Los amanuenses de los matones, los escribas de la infamia.

En el blog “DeBateando” (nótese que el debate es con un bate de béisbol) aparece el titular “Falleció el delincuente Wilmar Villar Mendoza”, que también reproduce el blog CubanitoenCuba. Alaba la atención médica recibida (in articulo mortis) por el disidente, y se refiere a WVM como “un violento ciudadano, de una peligrosidad social comprobada” (tanto, que ni se ocupa de demostrarlo), “antosocial (sic), guapetón y abusador”, y añade que “su propia esposa fue una de las víctimas” (la misma que denuncia su asesinato, razón por la cual, el bateador, experto ahora en inflexiones lingüísticas, afirma que su voz es sospechosamente sosegada cuando denuncia el hecho). Lo demás es un abuso de adjetivos, errores sintácticos y faltas de ortografía (farza, idelaes, inciativa).

El autor se pregunta “¿y en verdad un delincuente común, sin idelaes (sic) verdaderos es capaz de sacrificar hasta su propia vida?”. O sea, reconoce que este hombre ha sacrificado su vida. Y añade: que “eso depende de cuanto (sin acento) se le asegure en efectivo para él y su familia en un país pobre como este (la escasez de acentos es notable), donde la política sucia puede ser un medio de vida”. Según su tesis, este hombre maltrataba a su esposa y acto seguido se inmola para garantizarle una indemnización cuyo origen o cuantía el autor tampoco se toma el trabajo de demostrar. Ignoro el nivel de credulidad de los lectores de DeBateando, pero la teoría del maltratador sacrificial entra en la esfera de lo para-anormal. En algo sí tiene razón; “la política sucia puede ser un medio de vida”. Aunque el bloguero no nos confiese cuánto le pagan por sus atentados simultáneos contra la honradez y contra la lengua.

En La Koladita, aparece un texto reproducido en el Blog de Yohandry y en el de Manuel H. Lagarde: “Buitres sobre mi Santiago”, que insiste en tildar a Wilman de delincuente común y acusa a los círculos de Miami de esperar con entusiasmo la muerte del disidente, una nueva bandera. Ni una palabra contra los verdugos.

En El Heraldo Cubano, “El vuelo de las tiñosas” va por idénticos rumbos, aunque en este caso se remonta a la invasión de Bahía de Cochinos, habla de Guerra Sicológica y reitera los viejos argumentos sobre Orlando Zapata Tamayo. Al tiempo que da por ciertas todas sus teorías conspirativas contra Cuba, habla de “una supuesta huelga de hambre de Wilmar Villar Mendoza, un recluso común”, como si se tratara de un rumor no confirmado.

La muerte de Wilman Villar Mendoza es una infamia más en la larguísima saga del castrismo. Hay que evitar a cualquier precio que los ciudadanos se adueñen de la calle, propiedad privada de los comandantes/generales desde 1959. La advertencia a los transgresores debe ser drástica, disuasoria para ese ciudadano común que se debate entre la desilusión y el miedo. Y para eso se necesitan dos tipos de esbirros: los que asesinan a los hombres y los que asesinan la verdad. Ambos serán recordados por la Historia.





2012

13 01 2012

El 21 de diciembre de este 2012, Año del Mago para los mayas, concluye su quinto ciclo solar con la alineación de la Tierra, Júpiter y Marte. Aunque lo más probable es que al día siguiente comience el sexto ciclo maya, y nada más, el club de fans del apocalipsis insiste en que ese día se acabará el calendario. El maya y todos los demás. E invocan una antigua profecía sumeria según la cual ese mismo día el planeta Nibiru –que se asocia a Júpiter o a la Estrella Polar en los textos antiguos–, cuya presunta órbita excéntrica ha hecho las delicias de los ufólogos, pasará cerca de la Tierra, alterará los polos y una serie de maremotos destruirá el planeta.

Poco antes, el 22 de septiembre, algunos científicos auguran violentas tormentas solares. Por si acaso, no concierten para ese día videoconferencias ni confíen sus vidas a los sistemas electrónicos. Como será sábado, un paseo campestre, bronceador en mano, sería lo más recomendable.

Mucho antes, el 23 de enero de 2012, comienza el Año del Dragón, signo propicio para los chinos. Tras las revoluciones industrial y del conocimiento, se anuncia la Revolución del Todo a Cien. 2012 también trae cuatro eclipses, dos de Sol y dos de Luna, y el retorno de Saturno en octubre hacia el signo de Escorpión, algo que sólo ocurre cada 30 años.

Los mantras, hechizos, rituales, cursos de feng shui, amarres, amuletos y el tarot se venden como antídotos del desconflaute universal. (A los bibliotecólogos: la palabra clave es “venden”).

Un tal Federico de Robertis, sicólogo social y argentino, valga la redundancia, anuncia que nos abocamos a «la última etapa de un ciclo largo de 26.000 años que culmina entre el 21 y 23 de diciembre y marca el pasaje hacia nuevos sistemas de ideas; diferentes al capitalismo, el poder monopólico, el odio desmedido, las guerras. (…) Vamos hacia un amanecer de la conciencia, un camino lumínico nuevo…». Y recomienda a los urbanitas encandilados por la nueva iluminación led «crear su propio ecosistema interno hasta alcanzar la calma”.

En Cuba aparece la Letra del Año. No una, sino dos: la de la Comisión Organizadora Miguel Febles Padrón, y la “oficial”, de la Asociación Cultural Yoruba de Cuba, del Consejo Cubano de Sacerdotes Mayores de Ifá.

Antes nos recuerdan que la Letra de 2011 no fue como las promesas del gobierno, sino que se cumplió. La «caída de cabezas de familia» fue la carambola de presidentes derrocados en el norte de África y la muerte de Kim Jong-il. Tampoco faltaron los desastres naturales y medioambientales anunciados. Esta vez en Filipinas, Brasil, Nueva Zelanda, España, Chile, Tailandia, Turquía y Japón. Profecía segura. No hay año sin desastre. En 2011 dominó Baba Eyiobe (doble salvación), un signo que aparece en años de inflexión para la historia de Cuba –1959, 1989, 1998, 2004 y 2011–.

La letra del año “oficial”, la de la Asociación Cultural Yoruba de Cuba, tiene como signo Ogbeche. Su profecía es “Ire aiku lese alaleyo, eyebale” (Un bien de salud gracias al oricha regidor de cada persona, hay que darle sacrificio (sangre). Gobierna Ochun y acompaña Changó. Entre los refranes del signo llaman la atención: “Mentiroso y revolucionario” y “La carreta se va delante de los bueyes”. Recomienda utilizar una pluma de loro en la cartera de forma permanente. La letra apuesta por la unión de la familia, religiosa y sanguínea, evitar la discriminación social y racial, el consumo de alcohol y drogas, el uso de armas de fuego y armas blancas, y tener sumo cuidado con negocios ilícitos, estafas y robos. (Es una especie de código penal). En sintonía europea, evitar el despilfarro, porque tendremos situaciones económicas difíciles, y es imprescindible el ahorro. Y augura un año difícil para la salud (estrés, problemas estomacales, ginecológicos, circulatorios, afecciones en las piernas y la vista, cáncer, problemas mentales y locuras transitorias).

Por su parte, la letra del año de la Comisión Miguel Fébles Padrón, presidida por el sacerdote de Ifá Guillermo Diago Molina, “Ogbe Weñe”, fue extraída por Michael, un babalao canadiense recién graduado. De modo que no sólo está en manos canadienses el destino del turismo nacional. Para esta comisión, el signo regente es “Baba irete meyi” (“La sombra del niño de corta vida”). La divinidad regente es Oya, y la divinidad acompañante, Oggun. Predice trastornos de la locomoción, hernias discales, trastornos de bajo vientre en la mujer, disminución de la natalidad y aumento de la mortalidad infantil, trastornos digestivos, epidemias y enfermedades de la piel. Lo que, unido a la otra letra, augura un año atareado para los médicos que no hayan sido exportados a Venezuela. Esos tendrán otros bretes.

Además de coincidir en la sísmica y el cambio climático, esta letra anuncia guerras y confrontaciones, transiciones, cambios sociales, políticos y económicos; envejecimiento poblacional y serios trastornos en el matrimonio. Deberá prestarse especial atención al asunto de la vivienda (cuidado con las obras sin la debida asesoría técnica) y buscar soluciones ágiles a los problemas. (Seguramente no se refiere a la parsimonia raulista). Recomienda la higiene en los hospitales, una campaña de limpieza general para evitar epidemias; el aprendizaje de oficios manuales; especial atención a los hijos, a la gestión económica pública, a la agricultura y una distribución organizada de los productos, y brindarle a la mujer la consideración que merece; así como cambios y revisión de las leyes penales, adecuándolas a estos tiempos. Más que una letra, parece un programa electoral. Entre sus refranes del Odun, son sugerentes: “El peine no puede peinar un calvo”; “El juez que mucho avisa no quiere encontrar culpable”, y “Fue la boca del macho cabrío la que lo mató”.

En Venezuela, el sacerdote de “Ifá” Adalberto Herrera Alfonso, “Otura Tiyu”, fundador de la Asociación Civil Cultural Seguidores de Ifá (Asoifa), advierte en su letra “sobre la desaparición física de un alto personaje del país y de fuertes enfrentamientos entre opositores políticos”, lo cual tendría repercusiones inmediatas en la letra cubana. Un cruce de letras. Un verdadero diptongo. “Habrá traiciones y maldiciones en el seno militar, triunfos y conquistas de los obreros, ciertas mejoras en lo económico”. Candela pal sindicato, en traducción libre. Y “proliferación de asaltos, robos y actividades ilegales” (especialmente dedicado a los médicos cubanos en Urgencias).

Por su parte, la letra laica de los analistas prevé más preguntas que certezas. La visita del Papa puede invitar a aperturas cosméticas. La realidad social impondrá avances más rápidos que las propias reformas y las nuevas leyes, sugieren algunos. O mano dura a quien se salga del guión, opinan otros. “El peine no puede peinar un calvo” resume la voluntad renovadora. Y “El juez que mucho avisa no quiere encontrar culpable”, su batalla contra la corrupción (al menos desde cierto nivel al cielo). Todo aromatizado con el lejano olor del petróleo en el Golfo, ahora que Chávez tiene en su contra la letra venezolana.

En el resto del planeta, los mismos expertos que no vieron venir la crisis, aseguran que 2012 será el más difícil de la historia del euro y del proyecto europeo. Se impone limitar el déficit al 0,5% del PIB y establecer un fondo de rescate permanente. Reformas en materia laboral, pensiones y fiscalidad. Austeridad y recortes sociales. Una segunda recesión económica y desempleo masivo; nuevos tratados internacionales para avanzar hacia una unión fiscal y económica más fuerte. Sanear y recapitalizar los bancos, que han paralizado el crédito, para que abran el grifo. Pero 523 bancos recibieron préstamos del BCE a tres años por 489.000 millones al 1%. En lugar de abrir el crédito a empresas y familias o adquirir deuda pública, guardaron en su balance 220.000 millones y depositaron el resto en el BCE al 0,25%.

Se habla de un vagaroso “plan de reformas económicas para estimular el crecimiento” al tiempo que Bruselas rechaza un plan de inversiones públicas y pronostica un 0,5% de crecimiento en 2012.

La letra del año de Christine Lagarde, jefa del FMI, más atendible que las otras, anuncia que «La economía mundial está en una situación peligrosa». La crisis de deuda «es una crisis de confianza en la deuda pública y en la solidez del sistema financiero». En tiempos de crisis, el nacionalismo de cada país gana terreno al europeísmo. Incluso los emergentes, China, Brasil y Rusia en particular, que fueron motores de crecimiento mundial, “sufrirán ante los factores de inestabilidad».

Visto lo visto, quizás los armagedonistas de inspiración maya no anden tan desencaminados. Y si después del 21 de diciembre sólo viene el 22, no desesperen.

Según el astrónomo holandés Piers van der Meer, en 2013 las tormentas solares destruirán la vida en la Tierra. Si aun así sobrevivimos, en 2014 el astrofísico británico Albert Sherwinski anuncia una gran nube de polvo cósmico que arrasará el sistema solar. Y la nueva era glacial que vaticina el astrofísico ruso Jabibul Abdusamatov. Para 2018, los intérpretes de Nostradamus anuncian el holocausto nuclear. Y con un poco más de paciencia, nos queda el apocalipsis fijado por Isaac Newton para 2060.

“2012”; en: Cubaencuentro, Madrid, 13/01/2012. http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/2012-272862





Calentón.net

3 01 2012

El pasado 19 de octubre apareció en el diario Juventud Rebelde un artículo (http://www.juventudrebelde.cu/suplementos/informatica/2011-10-19/internet-calienta-el-mundo/), cuando menos, original: “Internet «calienta» el mundo”, escrito por Mario Alberto Arrastía Ávila, especialista de Cubaenergía.

El autor nos descubre que si bien Internet ha traído ciertos beneficios, hacer una búsqueda en Google, entrar en Facebook o ver un video en YouTube consume electricidad y emite “gases que contribuyen al calentamiento global”.

Anota que entre 2000 y 2010 el tráfico en Internet creció 200 veces, y pormenoriza millones de emails por segundo, cuentas diarias de Twiter y 3.000 millones de usuarios en 2015 con un tráfico de 966 exabytes, según Cisco.

El autor afirma que “como la electricidad que usan nuestras computadoras y el centro de datos no se genera cerca de nosotros, no podemos ver la contaminación atmosférica creada y es difícil que nos inquiete saber cuánta energía se usa y en qué medida contribuye Internet a ensuciar la atmósfera y calentar el mundo”. (Tampoco queda más cerca la termoeléctrica cuando encendemos la luz o el ventilador, pero en lo de la distancia tiene toda la razón). Y nos alerta de que las telecomunicaciones globales ya ocupan el quinto lugar por su consumo de energía, detrás de Estados Unidos, China, Rusia y Japón. Añade que Amazon, Google, Microsoft, Apple, IBM o Facebook “consumen gran cantidad de electricidad producida a partir de carbón mineral”. Un dato sorprendente: ¿cómo ha averiguado el articulista el origen exacto de la electricidad en redes nacionales entrelazadas que normalmente proviene de hidro y termoeléctricas, nucleares y plantas de energías renovables? ¿Trae la electricidad producida con carbón alguna boronilla que permita distinguirla? En cualquier caso, me fijaré a ver si detecto luminiscencia radioactiva, si gotea crudo o si sale del tomacorriente un vientecillo de generador eólico.

El articulista comenta alarmado que los centros de datos en Estados Unidos consumen el 2% de la energía del país. Y en el planeta es el 1,3%, equivalente a la energía producida por todos los aerogeneradores del mundo. Greenpeace estima que el consumo de electricidad de los centros de datos crecerá en un 200% para 2020 (1.430 millones de toneladas de CO2 emitidas). Aunque los especialistas de Pike Research predicen una reducción del 31% para la misma fecha.

Anota que con el consumo de la infraestructura técnica de Google se alimentaría a 200.000 viviendas norteamericanas (¿cuántas viviendas cubanas? ¿alguien lo sabe?) para gestionar cada día mil millones de búsquedas que seguramente serían más ahorrativas si los clientes se desplazaran a la biblioteca. Que los usuarios de YouTube emiten unas 6.000 toneladas diarias de GEI y que cada clic en Google requiere de 0,003 kWh, lo que provoca la emisión de 0,2 gramos de dióxido de carbono. Confieso que mi próximo clic será dubitativo.

En un país donde los internautas apenas contaminan, es reconfortante que un especialista tenga el altruismo de preocuparse por los cibercontaminantes planetarios. Aunque no es raro si tomamos en cuenta que Cuba es el país más ecológico del mundo.

En primer lugar, la contaminación industrial es ínfima. No sé si el país cumple con los protocolos de Kyoto, pero la cosa ha mejorado mucho desde que los protocolos de Moscú la abandonaron. Y las industrias, y los ómnibus húngaros Ikarus, cuyos humos se observaban a tres paradas de distancia. Muchos carros americanos y Ladas han muerto de muerte natural y la clase dirigente, dispuesta a salvar el planeta, se ha resignado a los Toyota y los Mercedes Benz que cumplen la normativa europea de emisiones.

La casi abolición de la industria azucarera fue otro aporte de la Isla a la capa de ozono, y los grupos electrógenos no duraron lo suficiente para agrandar el agujero.

Hablando de gases, se ha comprobado que el mayor emisor de metano a la atmósfera es el culo de las vacas. Ante la imposibilidad de conseguir por ingeniería genética vacas sin culo, se optó por la extinción de la especie. Gracias a ello, no se necesita desarbolar grandes extensiones para pastizales (como en los 60), y el ecosistema del marabú (esa planta exótica pero que ya sentimos como nuestra) se mantiene intacto.

La frugal alimentación de los ciudadanos también genera menos deyecciones y éstas son más vegetarianas, lo que, según Greenpeace, es más asimilable por el paisaje.

La contaminación acústica es una asignatura pendiente (y qué clase de contaminación), pero la lumínica, que tanto molesta a los astrónomos, está casi resuelta. En algunas zonas de Párraga y Caimito del Guayabal el panorama del cielo es tan diáfano como en el observatorio del Teide. Mira que mandar el Hubble al espacio exterior cuando pudieron colocarlo en Coco Solo. Y eso tiene una ventaja colateral. Cuando pasan de noche sobre la Isla, los satélites espías se dan una perdía del carajo. En el triángulo de las Bermudas hay más luces que en La Habana.

Lejos del consumismo occidental, la conciencia ecológica impulsa en Cuba una cultura del reciclaje que debe estar entre las más decididas del planeta: se reciclan las bolsitas desechables, las botellas plásticas y las laticas; el Frigidaire con el motor quemado se convierte en armario y la plancha sin asa, en tostadora. Nada se desecha, ni siquiera los dirigentes del Partido, que llevan medio siglo reciclándose de ministerio en ministerio.

El país también ha evitado los excesos del urbanismo salvaje que llena el paisaje de rascacielos e invade el hábitat del tomeguín y del sinsonte. En Cuba el crecimiento urbanístico es interior: barbacoas, mamparas, cuatro generaciones en quince metros cuadrados. (Por cierto, el articulista también pertenece a Cubasolar, aunque no sé si eso tendrá relación con el urbanismo). Cuando se llena la barbacoa y la familia empieza a disponer turnos rotativos para dormir, los más jóvenes tienen la delicadeza de ceder sitio a sus mayores e irse. Me refiero a irse. Lo que ha contribuido a la preservación de los ecosistemas marinos. Frente a los océanos sobreexplotados de por ahí, las aguas territoriales cubanas han presenciado un raro ejercicio de reciprocidad: los cubanos se comen tantos peces, como los peces, cubanos.

Y eso nos lleva al comercio exterior de productos ecológicos. El primer rubro de exportación son los cubanos, un sector en que la Isla es líder mundial. Se ha comprobado que los dos millones de unidades exportadas son cien por cien naturales, sin conservantes ni colorantes. Una ganadería sostenible que no genera gastos de transporte y que rinde beneficios durante muchos años. La mala costumbre de los condones soviéticos de convertirse en chalecos salvavidas ocasionó un baby boom en los 60, sobre todo después que la vida nocturna se redujo a la televisión nacional. Ahora la producción ha disminuido, pero aun así se mantienen e incluso se incrementan las exportaciones.

La integridad del autor le obliga a reconocer que “la investigación y redacción de este artículo (…) provocó la emisión de unos siete kilogramos de CO2”. Algo que podría evitar mediante la distribución telepática, el mismo método que emplean los mandatarios cubanos: una discreta consulta popular mediante referendos telepáticos antes de tomar decisiones que afectarán a todos los ciudadanos de la Isla.

La conclusión de Mario Alberto Arrastía Ávila es que por todo eso, “Internet debe usarse responsablemente”. Y es lo único que no comprendo. ¿Qué quiere decir responsablemente? ¿Enviar emails modelo SMS para ahorrar energía? ¿Felicitar a la familia una vez al año por navidades, cumpleaños y santos, todo junto? ¿Buscar en Google sólo aquello que no encontremos en la Biblioteca Nacional? ¿No leer periódicos extranjeros que, al venir desde tan lejos, pueden recargar la red? ¿Medir bien cada clic como si los dieran por la libreta a diez por semana? Aunque ahora caigo: responsabilidad viene de responsable. Yo tuve en Cuba responsables de pioneros, de aula, de sindicato, de lote, de personal y cuadros, de proyecto, de departamento, de propaganda. ¿Por qué no un responsable que nos oriente en la Intranet, esa Internet municipal? Podríamos descubrir que Buscasiboneyes.com es mejor que Google; las bondades de YouNoTube, la web del daguerrotipo, y que en Asambleadebalance.com tenemos más amigos que en Facebook. Todo bajo una supervisión que nos ayude a encontrar el buen camino en la red, ese jardín de los senderos que se bifurcan. (Cuando menos lo esperas, en una Internet sin direcciones prohibidas y adecuadamente señalizadas aparecen los innombrables). No ha quedado demostrado que generar ideas afecte a la capa de ozono, pero deambular por la red sin algún responsable que te oriente puede aumentar la temperatura emocional, y eso sí podría alterar el delicado ecosistema de la Isla.

“Calentón.net”; en: Cubaencuentro, Madrid, 03/01/2012. http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/c





El ADN de la crisis (2). La empatía

21 12 2011

 “Siempre hemos sabido que el interés desconsideradamente egoísta era inmoral; ahora sabemos que también es antieconómico”.

Franklin Delano Roosevelt (20 de enero de 1937)

 

 

Estadística de la felicidad

El Hombre Nuevo del que hablaba León Trotski en 1922 no pasó de ser un intento fallido (o quizás nunca intentado) de ingeniería social que costó la vida a millones de “hombres viejos”. Sabemos que una sociedad igualitaria por decreto es un rotundo fracaso. En primer lugar, porque sólo es igualitaria de la cúpula intocable hacia abajo. Y en segundo, porque sataniza la ambición, catalizadora del desarrollo durante miles de años. Pero una sociedad drásticamente desigual es tan perversa como aquella. Toda sociedad donde la infelicidad de la inmensa mayoría es el abono para que crezcan los privilegios de unos pocos (emperadores, reyes, secretarios del partido, dictadores o aristocracias financieras, da igual) termina implosionando.

El coeficiente Gini mide la distribución de ingresos entre 0, máxima igualdad, y 1, máxima desigualdad. En 2011, el coeficiente Gini de Dinamarca, el país menos desigual, es 0,232. Casi todos los países de Europa Occidental están por debajo de 0,30, excepto España (0,319), Grecia (0,321), Irlanda (0,328), Reino Unido (0,335), Italia (0,352), Polonia (0,372) y Portugal (0,385). Justo a los que peor les va con la crisis. En Estados Unidos el coeficiente ha crecido de 0,316 en los años 70, a 0,381 en 2011. Aunque dista mucho de Nambia cuyo coeficiente era 0,707 en 2007.

Si acudimos al Informe sobre Desarrollo Humano 2011 del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, es fácil comprobar que los países con mayor calidad de vida del planeta coinciden, casi estrictamente, no sólo con los más prósperos, sino también con los más equitativos y con los menos corruptos.

En 2007, Steve Skara, un obrero metalúrgico de Indiana, contó frente a las cámaras que tras 34 años en LTV Steel, se vio obligado a retirarse por discapacidad. La bancarrota de LTV dos años más tarde le arrebató un tercio de su pensión y el derecho a la asistencia sanitaria. Steve Skara preguntó a los políticos qué está fallando en Estados Unidos y qué harían ellos para solucionarlo.

La desigualdad mata, concluye el epidemiólogo británico Richard Wilkinson al analizar las estadísticas de esperanza de vida decrecientes al compás del aumento del coeficiente Gini. Y éste aumenta con la desregularización, la escasa voluntad redistributiva y la abolición de los límites a la codicia.

El propio Adam Smith, tan apreciado por los neoliberales gracias a sus aseveraciones de que incluso las motivaciones más egoístas aumentan la riqueza social y se revierten entre todos, también se refirió, en pasajes que suelen pasarse por alto, a la honestidad, la moralidad, la compasión y la justicia como lubricantes imprescindibles de la maquinaria social.

El sentido de la equidad no es privativo del hombre. Se ha documentado exhaustivamente en primates, loros, perros, y en los niños se manifiesta desde muy corta edad. Porque la equidad garantiza la paz social, beneficiosa para todos los miembros de la especie. Henry Louis Mencken, ensayista y periodista de Baltimore, escribió: “Si quieres la paz, trabaja por la justicia”.

 

Una especie belicosa

Según los defensores del liberalismo a ultranza y el darwinismo social, sin mecanismos redistributivos que garanticen la cohesión social, ello responde a la naturaleza belicosa de nuestra especie, a la lucha por la supremacía del más apto; pero la ciencia ha demostrado que no estamos genéticamente condenados a la guerra. De hecho, como en otras especies gregarias, hay pruebas ancestrales de asesinatos y depredación entre humanos, pero las evidencias de guerras, que responden a circuitos neuronales diferentes, se remontan, a lo sumo, a 15.000 años. Y no se trata de un impulso biológico natural, algo inscrito en nuestro ADN, sino de una imposición organizada por las jerarquías de la estructura social. Mencio afirmaba que quien había visto la agonía de un animal, no podía comer su carne. “Por ello el hombre superior se mantiene alejado de sus cocinas”. Esto, a mayor escala, ocurre en la guerra. Ya Sófocles, en su obra Áyax, se refería al estrés postraumático de los veteranos de guerra: “Áyax, a quien tú enviaste y victorioso salió en los terribles combates, privado ahora de razón…”. Un fenómeno perfectamente documentado en la literatura médica. La inmensa mayoría de los hombres conducidos a la guerra se resiste al asesinato por orden de sus superiores. De hecho, se estima que apenas el 1-2% de los soldados involucrados en una contienda ocasionan la mayoría de las muertes. Durante la guerra de Vietnam, los soldados norteamericanos dispararon 50.000 tiros por cada enemigo muerto. O tenían una pésima puntería, o la mayoría intentaba no ser letal.

Y eso nos lleva a otra cualidad que sí es innata, aunque no sea exclusiva de los humanos.

 

La empatía

Se ha observado en los arenques, que nadan en cardúmenes, maniobras perfectamente coordinadas cuando acecha el peligro de depredadores. Los estorninos y otras aves hacen lo mismo para confundir a los halcones. Tanto los bueyes almizcleros como los búfalos forman círculos defensivos en cuyo centro colocan a las crías. Los depredadores se enfrentan a un muro de astas que los separa de sus presas. En todos estos casos, el “gen egoísta” recomendaría a cada individuo huir y salvarse por su cuenta, para beneplácito de sus cazadores. La empatía, en cambio, les ayuda a sobrevivir uniendo sus fuerzas en una estrategia común, en la que participa toda la manada, tanto los individuos que tienen crías por defender como los que no.

Delfines que sostienen cerca de la superficie a un compañero herido para que pueda respirar mientras se recupera; animales que salvan a otros que ni siquiera son de su especie; chimpancés que pueden luchar por su territorio pero, llegado el momento, establecen pactos de colaboración; los bonobos, que resuelven los conflictos acicalándose mutuamente y haciendo el amor con los miembros de otros grupos; tigresas, lobas y perras que amamantan cachorros huérfanos de otras especies. De estos y otros muchos ejemplos está plagado el muy recomendable libro La edad de la empatía (Tusquets editores, Barcelona, 2011), de Frans de Waal, donde se demuestra que la empatía, algo que compartimos con otros animales, se remonta a las capas más profundas y antiguas del cerebro, y que funciona como salvaguarda de la especie por encima de los impulsos individualistas.

Paul Zak, profesor de la Universidad de Claremont en California, especialista en Neuroeconomía, disciplina que conjuga economía, biología, neurociencias y sicología, ha estudiado la oxitocina, una hormona generada en el cerebro humano que se relaciona con el establecimiento de relaciones sociales y el vínculo entre la madre y su hijo recién nacido. Según las investigaciones de Zak, esta hormona estimula la empatía, la generosidad y la confianza. “Es el pegamento social que permite crear familias, comunidades y sociedades. Se utiliza como un ‘lubricante económico’ que nos permite realizar con él todo tipo de transacciones”.

Los supervivientes de la catástrofe que hace 150.000 años casi llevan a nuestra especia a la extinción, dispersos en pequeñas partidas, se reunieron hace unos 40.000 años para convertirse en una sola población pan-africana. La empatía resultó, junto con la creatividad, el más poderoso medio para la supervivencia de la especie que, a partir de ese momento, inició las largas migraciones que dispersarían a los humanos por todo el planeta.

“Libertad, igualdad y fraternidad” fue el eslogan de la Revolución Francesa, tan válido entonces como ahora. El asunto es conjugarlos armoniosamente. Si la libertad no se puede ejercer a costa de la libertad ajena, la fraternidad y la igualdad no pueden abolir la meritocracia y la justa y diferencial recompensa en dependencia del aporte a la sociedad. No se trata de una utopía ni de un asunto estrictamente económico, sino de un imperativo ético y moral del que depende la supervivencia de la especie abocada a resolver la catástrofe ecológica, social, humanitaria y económica, antes que un sorbo de agua o una bocanada de oxígeno comiencen a cotizar en bolsa. Las socialdemocracias del norte de Europa, sin ser perfectas, son un buen ejemplo de lo que ocurre cuando la sociedad se atiene a las leyes de la naturaleza, donde todo proceso tiende al equilibrio.

 

Otro mundo es posible

Los dogmas del neoliberalismo, elevados a los altares durante los últimos treinta años, se han derrumbado con la crisis. Cunde el ateísmo. Quienes garantizaban la autorregulación del mercado como fuente de todos los bienes, lo han visto desencuadernarse estrepitosamente. Y quienes llamaban comunismo a toda intervención del Estado, ahora le ruegan una inyección de liquidez que los salve del naufragio. Y si hay que pagar la factura, toda la sociedad debe arrimar el hombro, particularmente los que menos tienen (pero que son la mayoría). Bastará con un pequeño esfuerzo de los pensionistas y los parados, precarizar el empleo, renunciar a ciertos beneficios sociales en salud y educación, como si fueran una graciosa concesión y no prestaciones financiadas por los impuestos del ciudadano –que sufragan, ya de paso, los coches oficiales, abultados sueldos y dietas de la politicocracia, asesores amiguetes y otros gastos innombrables–. Se repite la moderación salarial, pero nadie habla de la moderación de la ganancia. En teoría, esa ganancia es capital que creará empleo por el bien de todos. En la práctica, tras un descenso de un 8% en 2009, la industria del lujo subió un 10% en 2010. Al desempleado en nombre del abaratamiento de los costes y el incremento de la eficiencia le queda el consuelo de ver pasar  la esbelta silueta de un Ferrari.

Y los bancos, que no han dejado de tener ganancias y recibir ayudas públicas, han cerrado con tres candados el grifo del crédito, abocando al cierre a decenas de miles de pequeñas empresas. ¿El Estado no pudo condicionar esas ayudas a la liberación del crédito para mantener el tejido productivo? ¿Tampoco ha podido gravar los bonus desmesurados, prohibirlos en caso de ayudas o sancionar a quienes se han gratificado a sí mismos incluso después de que sus bancos han sido intervenidos tras una gestión desastrosa?

El presidente Barack Obama ha propuesto al Senado la creación de un organismo de protección financiera para los consumidores, un nuevo impuesto de 0,15% a las deudas de las mayores entidades financieras, y una reforma estructural del sistema que limitaría el tamaño y el riesgo de los bancos, restringiría la participación de los bancos comerciales en actividades de alto riesgo, como fondos de cobertura y fondos de capital inversión. Cuenta con el respaldo de Paul Volcker, presidente de la Junta Asesora de Recuperación Económica, y ex presidente de la Reserva Federal bajo los presidentes Carter y Reagan.  David Stockman, director de la Oficina de Gestión y Presupuesto bajo la presidencia de Reagan y nada sospechoso de izquierdista, también apoya gravar a los bancos. Según él, «los grandes bancos deben reducirse porque no hacen gran cosa que sea útil, productiva o eficiente». Nada nuevo. Hace dos siglos, ya Adam Smith recomendaba mantener a los bancos bajo control y evitar que unos pocos se vuelvan «demasiado grandes para caer».

«El sector financiero está creando muchos riesgos sistémicos para la economía mundial», declaró Dominique Strauss-Kahn, ex director gerente del FMI, a The Telegraph. «Es justo que ese sector pague algo de sus recursos para mitigar los riesgos que crea”.

También Gran Bretaña está considerando un impuesto a los bancos para crear un fondo de garantía y un impuesto a las transacciones financieras a fin de limitar la especulación excesiva. Aunque, como vimos recientemente en su enfrentamiento con la Unión Europea, David Cameron encaja mejor en el papel de abogado de la City que en el de primer ministro de Gran Bretaña. Bien mirado, no es el único.

En Inside Job, Dominique Strauss-Kahn, ex director gerente del FMI, cuenta que en el momento más álgido de la crisis, durante una reunión con los más importantes banqueros de Wall Street, varios pidieron regulaciones. Necesitamos regulaciones para atajar nuestra codicia. Somos demasiado codiciosos, no lo podemos evitar (como si se tratara de una enfermedad venérea). Pero tanto antes como después de la crisis se han opuesto a las regulaciones, comentó el entrevistador. Efectivamente, respondió Strauss-Kahn, pero en aquel momento tenían miedo.

De modo que la única solución para contener la codicia son las regulaciones efectivas, el miedo preventivo. Lo contrario sería nombrar jefe de policía a Hannibal Lecter.

“El ADN de la crisis (II): La empatía”; en: Cubaencuentro, Madrid, 21/12/2011. http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/el-adn-de-la-crisis-ii-la-empatia-271814





El ADN de la crisis (1). La codicia

20 12 2011

“Lo que importa es el dinero, el resto es conversación”.

“Si quieres un amigo, te compras un perro”.

Gordon Gekko en Wall Street, de Oliver Stone, 1987

 

Según un estudio del ADN mitocondrial de varias poblaciones indígenas africanas publicado por Doron Behar y otros en la revista American Journal of Human Genetics, hace 150.000 años, al parecer por causas climáticas, la especie humana se redujo a unos 2.000 individuos, es decir, corrió inminente peligro de extinción, según Spencer Well, jefe del Genographic Project. Los supervivientes se separaron en pequeñas partidas que emigraron al sur y al norte, y vivieron aislados durante los siguientes 100.000 años.

¿Qué salvó a nuestra especie de la extinción? A pesar de que aquellos ancestros medían apenas un metro veinte y eran cazadores-recolectores de segunda sin garras ni colmillos,  en un mundo poblado por tigres dientes de sable cuyo tamaño duplicaba el de los actuales leones, poseían una cualidad que los distinguía: la ambición. Sin ella no se habrían inventado la rueda o la flecha, nadie habría escrito el Quijote, escalado el Everest o pisado la Luna. Esa cualidad pudo salvarnos, pero en conjunción con otra que no es exclusiva de nuestra especie y a la que me referiré más tarde

La ambición (del latín ambitĭo, -ōnis) se define como “un deseo ardiente de conseguir poder, riquezas, dignidades o fama”. Y también de lograr metas más altas, sean económicas, artísticas, deportivas o científicas. Si la codicia y su hermana la avaricia son siempre perversas, la ambición suele estar acompañada por el deseo de ser mejor.

Entre la ambición y la avaricia (del latín. avaritĭa), ese “afán desordenado de poseer y adquirir riquezas para atesorarlas” hay una gradación cromática, una suerte de sfumato de límites difusos. La ambición legítima del alpinista por alcanzar la cima se torna avaricia de gloria cuando por conseguirlo abandona a su compañero en peligro. La ambición del empresario que intenta colocar en el mercado un producto único y perfecto se degrada cuando apela a cualquier medio para hundir a sus competidores y seducir a los clientes.

La ambición pudo contribuir a la salvación de nuestra especie. La avaricia, no.

 

La codicia

En el teatro clásico, desde Aristófanes y Tito Marcio Plauto hasta Goldoni, Moliere, Giovan Battista Faginoli y Valle Inclán, la avaricia es recurrente, aunque su hermana la codicia esté más presente en la vida cotidiana.

Pecado mortal en todas las religiones, la codicia es para los budistas una conexión errada entre lo material y el sentido de la felicidad. El hinduismo promete un nirvana donde la codicia desaparece. Y la Biblia invita repetidas veces a la compasión hacia los más débiles. A pesar de ello, Saraswathi, el más poderoso de los cinco Shankaracharya hindúes, está acusado de desviar 5.000 millones de dólares, y Bernard Madoff, judío practicante, estafó 50.000 millones. Andrew Carnegie, cristiano, hablaba de la competencia como una ley biológica que mejoraba al género humano. Y John D. Rockefeller sostenía que el crecimiento de un gran negocio es el resultado de una ley natural y de una ley divina, santificadas por la plusvalía. Al parecer, todos han conciliado perfectamente devoción y codicia.

Herbert Spencer ya se refería en el siglo XIX a “la supervivencia del más apto” y negaba cualquier obligación del apto hacia el no apto. Según él, la naturaleza se esfuerza continuamente para borrar del mapa a los pobres (perezosos, incapaces, faltos de espíritu emprendedor). De ahí parten los defensores del darwinismo social, como el Gordon Gekko de Wall Street, quien calificaba como “espíritu evolutivo” a una lucha sin cuartel donde los triunfadores están destinados a aplastar a los perdedores. Y en otro parlamento afirmaba que “la codicia, a falta de una palabra mejor, es buena; es necesaria y funciona. La codicia clarifica y capta la esencia del espíritu de evolución. La codicia en todas sus formas: la codicia de vivir, de saber, de amor, de dinero; es lo que ha marcado la vida de la humanidad».

Por su parte, Ayn Rand –una de las mayores influencias de su vida, reconoce Alan Greenspan, expresidente de la Reserva Federal– sostenía que la única obligación de cualquiera es consigo mismo y elevó el egoísmo a la categoría de virtud.

Para Milton Friedman la responsabilidad social entra en conflicto con la libertad. Si los directivos de las empresas aceptaran cualquier responsabilidad social que no fuera ganar para sus accionistas tanto dinero como pudieran, ello, según él, socavaría los cimientos de la sociedad libre.

 

El gen egoísta

En su libro El Gen Egoísta, el etólogo y zoólogo británico Richard Dawkins intenta explicar las relaciones sociales, desde la guerra hasta el altruismo, mediante un “darwinismo genético”. De acuerdo con su teoría, los individuos altruistas terminan por extinguirse en beneficio de los egoístas, dado que un gen es “bueno” si permanece muchas generaciones, y para ello debe velar por sí mismo, incluso a costa de otros, que disminuirán o desaparecerán. De modo que el comportamiento está regido por el egoísmo de los genes de cada organismo, no por el altruismo o la empatía del individuo respecto al resto de su especie. Y Dawkins elabora el concepto de “meme”, responsable de la transmisión cultural, análogo al gen, y sujeto a las mismas reglas evolutivas movidas por el egoísmo.

Jeff Skilling, director general de Enron Corporation y asiduo lector de Richard Dawkins, aplicó a rajatabla su interpretación de El Gen Egoísta: fomentó una competencia despiadada dentro de la empresa (lo que provocó una guerra de engaños, fraudes y zancadillas, pulverizando todo espíritu de cooperación entre los directivos) y aplicó el “todo vale” mientras diera beneficios. El resultado es bien conocido. Skilling está en prisión, y la empresa pasó de facturar 111.000 millones en 2000 a la quiebra en 2001.

Siete años más tarde, el mundo se enfrentaría a un Enron global.

 

La crisis de la codicia

La crisis de 2008, que aun perdura, es, en buena medida, la crisis de la codicia, como coinciden en afirmar dos personas de ideologías tan opuestas como Oliver Stone y Mario Vargas Llosa.

Aunque según George Soros, “el estallido de la crisis económica de 2008 puede fijarse oficialmente en agosto de 2007 cuando los bancos centrales tuvieron que intervenir para proporcionar liquidez al sistema bancario”, fue en 2008 cuando estalló la burbuja inmobiliaria en Estados Unidos, con la consiguiente crisis crediticia e inmobiliaria. Se produjo la quiebra de medio centenar de bancos y entidades financieras, desplome de los valores bursátiles, la quiebra de Lehman Brothers, la caída de las inmobiliarias Fannie Mae y Freddie Mac, y la aseguradora AIG, de modo que el gobierno tuvo que acudir al rescate. En una economía globalizada, de inmediato la crisis cruzó el charco.

Inside Job, la película de Charles Ferguson, analiza en detalle los pavorosos mecanismos de la crisis, que se gestó treinta años antes, con la desregulación del mercado financiero y, en la práctica, la abolición de los controles. Progresivamente, las agencias de calificación empezaron a trabajar para las grandes corporaciones a quienes vendían, literalmente, la triple A, lo que indujo confianza a los inversores que compraron masivamente hipotecas subprime y valores basura. Al tiempo que se deslocalizaba buena parte de la gran industria de los países desarrollados tras caer las cortinas de hierro y, muy particularmente, la cortina de bambú, en el sector financiero, que debía ofrecer un servicio a sus inversionistas, los directivos comenzaron a trabajar sólo para sus bonificaciones a corto plazo, incluso a costa (o apostando contra) sus clientes. El resultado fue una orgía de codicia desatada (o “una extraordinaria película de terror”, en palabras del crítico de El País Carlos Boyero) que descendió de los bancos y las inmobiliarias a los consumidores. Y el sector se ha vacunado contra todo intento de control creando el mayor lobby de presión en Washington: unos 5.000 cabilderos a sueldo, más el incesante reciclaje de ejecutivos hacia y desde el gobierno, sea demócrata o republicano.

 

El resto es conversación

La espiral de toma de riesgos (con el dinero ajeno) para maximizar los beneficios estuvo acompañada de una indecente irresponsabilidad social que ha permitido a Goldman Sachs, por ejemplo, repartir 13.000 millones de dólares en 2009, casi el triple que en 2008, según The Wall Street Journal, tras recibir 10.000 millones de dólares en fondos del Programa de Alivio de Activos en Problemas en 2008 y 12.900 millones de dólares como contrapartida de la compañía aseguradora AIG que ellos mismos ayudaron a quebrar. Algo perfectamente explicable dado el sistema de reciclaje de Goldman Sachs: Henry Paulson, secretario del Tesoro durante el gobierno de George W. Bush, y creador del Programa de Rescate de Activos en Problemas, fue director general de Goldman Sachs. Robert Rubin, secretario del Tesoro bajo la presidencia de Bill Clinton y muchos otros políticos de ambos partidos también fueron altos ejecutivos de la empresa. Práctica que ha continuado en la administración Obama.

El humorista Andy Borowitz informó que Goldman negociaba la compra del Departamento del Tesoro. Un supuesto portavoz del Tesoro anunciaba que la fusión ya estaba muy avanzada dados los empleados y el capital que fluye entre ambas entidades. Lo más complicado sería calcular qué partes del Tesoro aun no son propiedad de Goldman.

Una crisis hipotecaria convertida en crisis financiera ha terminado siendo una crisis de credibilidad, una crisis ética de la que no se salvan ni empresarios, ni políticos, ni agencias de calificación. A pesar de lo cual, ni un solo ejecutivo importante ha sido encarcelado.

El premio Nobel de Economía Joseph Stirglitz afirmó a  The Huffington Post (16 de septiembre de 2008) que “La caída de Wall Street representa para el fundamentalismo mercantil lo que la caída del Muro de Berlín representó para el comunismo: le dice al mundo que este modo de organización económica ha resultado ser insostenible”.

Y llegados a ese punto debemos echar la vista atrás, al 20 de enero de 1937, cuando el presidente norteamericano Franklin Delano Roosevelt sentenció: “Siempre hemos sabido que el interés desconsideradamente egoísta era inmoral; ahora sabemos que también es antieconómico”.

 

Ladrillos y castañuelas

En España el mayor impacto de la crisis se lo ha llevado el sector inmobiliario. Se construían más viviendas que en Francia, Alemania y Gran Bretaña juntas, y el país tenía la mayor cantidad de grúas del continente, como si todos los europeos se fueran a mudar a la península. Los ayuntamientos llenaron sus arcas recalificando terrenos, la mayor fuente de corrupción. Bancos y cajas, en connivencia con las agencias de tasación, muchas de su propiedad, inflaron el coste de la vivienda –Carabanchel a precios de Manhattan– y repartieron hipotecas sin garantías. Los beneficios inmediatos hacían las delicias de grandes y chicos, como decía un presentador de la tele. La codicia de constructores, políticos, inmobiliarias y banqueros, y de los ciudadanos, que incurrían en créditos que no podrían pagar, no se detuvo ni ante la perspectiva del estallido. Los directivos se bonificaban con cifras de escándalo. Algunos políticos, sin escándalo.

La desregularización ultraliberal del mercado financiero hizo el resto. Las entidades financieras vendían humo envuelto en papel de regalo. Los mismos que trucaron las cuentas de Grecia para que entrara al euro, ahora especulan con su caída. Las agencias de calificación que dieron la triple A a Lehman Brothers una  semana antes de su quiebra, ahora son tan sensibles como señoritas de escuela católica para beneplácito de los especuladores, que han pasado de comprar empresas en rebajas a comprar países, gracias a la crisis de la “deuda soberana”.

 

Psicópatas y sociópatas

Cuando escuchamos esos términos, pensamos de inmediato en el Dr. Hannibal Lecter, «El Caníbal», de El Silencio de los Corderos.  Paul Babiak y Robert Hare, en Snakes in suits: when psychopaths go to work  (2006) nos alerta sobre otro tipo de psicópatas y sociópatas igual de siniestros: los psicópatas empresariales. Se definen como aquellos que no sólo codician riquezas y poder, sino que disfrutan, sobre todo, al usurpar o arrebatar a otros cuanto puedan. Obtenerlo mediante el trabajo honesto es tan aburrido como el sexo consentido para un violador. Ya lo decía Gordon Gekko en Wall Street: “Yo no creo riqueza. Yo poseo”.

Los economistas clásicos, desde Adam Smith en el siglo XVIII hasta Keynes en el XX, presuponía que el empresario administra la producción y el capital mediante criterios racionales para conseguir el máximo beneficio. Las neurociencias han comenzado a desmentir este dogma.

Un experimento realizado en 2006 en la Universidad de Stanford demostró que, enfrentados a una inversión arriesgada, los brokers “cobayas” no activaban el córtex prefrontal (racional, planificador), sino el sistema límbico (emocional, inmediato). La codicia y el dinero provocan una euforia semejante a la del sexo y las drogas, y activan las mismas zonas del cerebro. El consumo de drogas y prostitutas entre los hombres de Wall Street está tan documentado que entre dinero, cocaína y prostitutas podría decirse que se pasaban el día colgados.

Se cree que el comportamiento sociopático es producto de malformaciones en el lóbulo frontal del cerebro, un área que se relaciona también con el miedo. O afecciones en las amígdalas, situadas cerca de la base del cerebro, que controlan la agresión, la sexualidad y la imprudencia.

Hannibal Lecter terminó el prisión. Bernard Madoff y Jeff Skilling son las excepciones de una ley no escrita: los sociópatas financieros gozan de inmunidad dineraria. No necesitan estar por encima de la ley. Les basta estar al margen.

Y eso es extraordinariamente grave en países como Estados Unidos, la antigua gran potencia industrial, cuyo sector financiero acaparó en el tercer trimestre de 2009, según el economista Dean Baker, el 34% de todas las ganancias privadas del país. Alemania, que ha preservado su tejido industrial sobre el que basa el grueso de su economía, es el país del euro que mejor ha soportado la crisis.

 

Si en el ADN de la crisis está inscrita la codicia, para su remedio la humanidad deberá apelar a otras pulsiones no menos innatas, sino más, que un día permitieron sobrevivir a nuestra especie. A ellas me referiré mañana.

 

“El ADN de la crisis (I): La codicia”; en: Cubaencuentro, Madrid, 20/12/2011. http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/el-adn-de-la-crisis-i-la-codicia-271764





Auto de fe

6 12 2011

En 1996 tropecé en la prensa con una foto patética y conmovedora: un viejo comunista ruso, con sus medallas lastrando la solapa y sus cabellos nevados, dormitaba encogido en su asiento del Congreso Popular Patriótico celebrado en Moscú. Una banderita soviética estaba a punto de caer de sus manos. El apunte de sonrisa en sus labios permite conjeturar que soñaba con aquellos felices tiempos en que el futuro era una promesa y él tenía veinte años, la edad en que todos los futuros parecen habitables. El pie de foto ignoraba su nombre. La cámara sólo captó  la cáscara de sus sueños. Quizás un defenestrado de la nomenklatura que no supo reconvertirse a tiempo en demócrata y nuevo rico, de modo que las vacaciones en Marbella le están vedadas. O un mujik rojo que persiguió durante toda su vida, desde su remoto koljós, el espejismo de un futuro equitativo y justo. O un humilde tornero que intentó diseñar la pieza exacta para la luminosa maquinaria del porvenir. Sin darse cuenta, como Serguei Boronov, que «estamos condenados a la esperanza» en un mundo donde algunos encargaron, con la doctrina de Lenin, trajes a la medida de sus ambiciones, y la mayoría fue convencida de la comodidad y la elegancia de las camisas de fuerza. Hoy, los más ágiles y atentos a los vaivenes de la moda, detentan un discurso demócrata, defienden la sagrada libertad de empresa y asisten a misa. Los otros, duermen. Felices sueños. Mejor sería no despertar. La vigilia es menos reparadora.

Mi padre también fue un comunista convencido en su versión caribeña: fidelista. Abandonó en 1959 su puesto en una empresa norteamericana para ingresar al ejército como comisario político, y redujo dos tercios su salario porque la patria lo necesitaba. Desde entonces blindó su fe en El Señor contra las inclemencias del futuro. En 1985, cuando Fidel Castro lanzó su “Proceso de rectificación de errores y tendencias negativas” y criticaba en televisión el estado de los hospitales y las escuelas, o los males que asolaban la economía del país —una vez removidos los “tecnócratas” y restaurado su propio voluntarismo económico, los males se esfumaron—, mi padre apagaba el televisor para no ver a Fidel criticando a la Revolución. Lo peor fue cuando Él en persona le dijo que “Ahora sí vamos a construir el socialismo”. Treinta y seis años de calentamiento es demasiado, incluso en las grandes ligas del comunismo mundial. Es muy difícil aceptar que la mitad de tu vida ha sido un prólogo. En 1990, un infarto masivo le ahorró el futuro.

A un amigo, ateo militante (y beligerante), siempre le recomiendo que no discuta sobre asuntos de fe, inmune al razonamiento y la lógica. No por casualidad la fe es la primera de las virtudes teologales, el “asentimiento a la revelación de Dios”, la “creencia que se da a algo por la autoridad de quien lo dice”, como reza el diccionario de la RAE. Al ser la aceptación de un enunciado que dimana de la autoridad (humana o divina), el creyente no necesita demostraciones ni pruebas. Al igual que la confianza, la fe es una certeza de futuro, y el futuro se sabe indemostrable.

La palabra hebrea emuná, equivalente de nuestra fe, significa firmeza, seguridad y fidelidad, los tres ingredientes de una fe que no se concibe sin alguno de ellos. Por eso en la Carta a los hebreos se afirma que «la fe es la certeza de lo que se espera y la evidencia de lo que no se ve» (Heb 11:1). Lo cual explica que Abraham acudiera con su hijo al monte del sacrificio, como Dios le había ordenado (Heb 11:17; Stg 2:21-22), dado que por entonces hombres y dioses se mantenían online.

El Fideísmo es la doctrina según la cual a Dios no se puede llegar por la razón, sino sólo por la fe, y afirma que el razonamiento es prescindible y los argumentos sobre la existencia de Dios son falaces e irrelevantes. A imagen y semejanza, el Fidelismo ha intentado durante medio siglo imbuirnos la idea de que las decisiones que bajan “de arriba” vienen dotadas de una sabiduría y de una información privilegiada a la que jamás los simples mortales tendremos acceso, de modo que nuestra única función, como buenos fieles, es apoltronarnos en nuestra fe y obedecer.

En El triunfo de la fe sobre la idolatría, de Jean-Baptiste Théodon, la fe es bella y enhiesta; la idolatría, rastrera. Por defecto, la fe es tenida siempre como virtuosa –para lo contrario, necesitamos adjetivarla–: esperanza, fidelidad, certidumbre, confianza, crédito, rectitud, honradez… encontrarán en cualquier diccionario de sinónimos. Todas palabras amables. Algo subrayado por el hecho de que una fe es casi siempre la insistencia en convertir en realidad (realidad virtual) lo deseado.  De modo que el creyente invertirá su fe en religiones o ideologías que encajen con sus ideas y deseos preconcebidos. Desde esa perspectiva, es comprensible que tras medio siglo de república trucada (desigual, corrupta, injusta), en 1959 la inmensa mayoría de la población depositara su fe en el proyecto nacionalista y socialdemócrata de La historia me absolverá, único documento programático del Movimiento 26 de Julio, como proyecto colectivo de renovación republicana.

La fe es empecinada, sobre todo aquella que se contrae a edades fértiles de la imaginación. Y holística: interpreta la realidad como un todo que no se puede reducir a la suma de sus partes. Fracasarán la economía y el bienestar, las libertades y los derechos, pero ese todo que la fe llama Revolución se mantiene, para sus creyentes, como una suprarrealidad incólume. No es casual que en la Alegoría de la fe, de Luis Salvador Carmona, el rostro de la fe está cubierto por un fino velo que tamiza la realidad. Es el mejor modo de convertir tu fe de vida en una fe  de erratas.

Hablo, desde luego, de la fe verdadera que nace de la necesidad de materializar un deseo o una creencia, y que se confirma y  cuaja en la aprobación colectiva, de ahí que (mientras el mesías se mantuvo en pie) las manifestaciones, las concentraciones, los desfiles y los mítines fueran tan importantes como las misas y las procesiones de otros tiempos. La multitud sigue a los símbolos de la nueva fe en los desfiles, procesiones encabezadas bajo palio por la santísima trinidad del marxismo; dialoga a través de sus aplausos con el nuevo mesías que los exhorta desde el púlpito. Pero, sobre todo, la multitud se confirma a sí misma. Cada hombre y mujer de la plaza se confirma en su vecino. Hay que aplaudir, vitorear y responder con un sí o un no multitudinario a las preguntas del líder. La disonancia es pecado, incluso el silencio o la apatía. Cualquiera que desafine en la consigna  será expulsado de la orquesta. Y va cuajando la inmolación del yo al nosotros (aunque ese nosotros sea el seudónimo de un solo Yo que lo suplanta). El creyente habla de nuestra lucha, nuestros éxitos, nuestras victorias (las derrotas vienen de serie con un culpable asignado) como si fuera su protagonista, y no un mero peón de decisiones ajenas. El yo destituido se consuela con la autoestima inflamada del nosotros. Es el puteado obrero de Volgogrado (nuestro ruso adormilado de la foto, quizás) que se duele por la pérdida de la grandeza soviética, potencia mundial, cuando él era un puteado obrero de Volgogrado.

No hablo, desde luego, de la fe simulada. Esa es un mecanismo de supervivencia (sumisión involuntaria) que responde a las leyes de la física: desaparece cuando cesa la presión ejercida. Tampoco hablo de la fe como coartada para el instinto depredador de un predicador ateo. Esa responde a las leyes de la química: reacciona con la circunstancia y trueca radicalmente el objeto de sus devociones. Rusia está plagada de magnates que aprendieron de finanzas en el KGB.

Pero hay también conversiones de otra naturaleza entre quienes necesitan una fe para apuntalar su alma a punto del derrumbe. Al caducar su fe en el porvenir, el cubano ha echado mano a otra fe de repuesto. Tras casi medio siglo de educación laica, cientos de miles han regresado a las iglesias, y se ha mudado del armario a la sala el Corazón de Jesús o el altar a Changó. Una sociedad que potencia la educación se muestra comprensiva con ese ciudadano politeísta y bilingüe, que dispone de un idioma para la asamblea y de otro para la intimidad, de un credo público y de otro privado.

En cualquier caso, y aunque en franca mengua, todavía queda en la Isla una feligresía empecinada en los antiguos dioses de la Revolución, sobre todo entre los mayores de 60, aquellos que contrajeron su fe a edades tempranas, aunque sólo sea porque es muy doloroso reconocer que te han timado tres cuartos de tu vida y casi todos tus sueños. La bancarrota de las ilusiones es el peor evento posible, aunque no lo registren las cotizaciones de la bolsa o las cifras macroeconómicas, sobre todo cuando has invertido en ello todo el capital disponible: tu propia vida. Una tarea de los constructores de futuro en Cuba será convencerlos de que ese futuro también les pertenece. (Hasta donde sé, ningún código penal del planeta condena la ingenuidad o la ignorancia, salvo que la buena fe se haya traducido en autos de fe). Ellos son también parte de sus activos, porque no de otro modo se construirá un nuevo país sobre las ruinas del pasado.

 

“Auto de fe”; en: Cubaencuentro, Madrid, 06/12/2011. http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/auto-de-fe-271289





Hablar en cubano

2 12 2011

Luis Roberto Choy López (Santiago de Cuba, 1946) fue investigador del Departamento de Lingüística del Instituto de Literatura y Lingüística de la Academia de Ciencias de Cuba y del Departamento de Filología Española de la Universitat de València. Doctorado en Filosofía por la Universidad Carolina de Praga y en Filología Española por la Universitat de València, ha impartido cursos regulares en universidades de Cuba, España y Estados Unidos, país donde reside. Durante décadas, sus investigaciones han girado en torno al español de los cubanos: sus orígenes y su historia, el consonantismo en el habla culta y en el habla popular urbana de Cuba; los contrastes entre el español de Cuba y el de España; el Atlas Lingüístico de Cuba; los procesos asimilatorios y el sistema fonético y sistema fonológico en el español actual de Cuba. Por todo ello, nadie más capacitado que él para esclarecer nuestras dudas sobre la lengua que hablamos los cubanos.

 

En la evolución del español en Cuba hablas de tres períodos: La koineización, que se divide a su vez en “El surgimiento” (1492-1599) y “La estabilización” (1600-1762). La estandarización, dividida en “La africanización” (1763-1867) y “La españolización” (1868-1898). Y La independización, compuesta por “La identificación” (1899-1958) y “La homogeneización” (de1959 al presente). ¿Qué tipifica cada uno de estos períodos?

Luis Roberto Choy (LRC): En primer lugar, Luis Manuel, gracias por este encuentro para hablar sobre temas que han ocupado parte de mi vida. Hay otras personas sumamente capacitadas para hablar sobre este asunto, cada una de acuerdo con sus investigaciones y sus experiencias personales. Parece que, en general, me he visto atraído por las clasificaciones —las taxonomías, como hubiera dicho nuestro Max Figueroa— en torno al español hablado en Cuba. En algún momento, intenté describir el sistema fonético y fonológico; en otro, las zonas dialectales y, finalmente, los períodos de la historia del español de Cuba. Como han sido prácticamente las primeras clasificaciones, por supuesto que con importantes antecedentes, corren el riesgo de estar llenas de inexactitudes, pues los datos factuales con los que he contado han sido limitados. Mi mayor deseo es que estas clasificaciones se continúen corrigiendo y enriqueciendo por las actuales y futuras generaciones de lingüistas. Con respecto a los tres períodos principales en la historia del español hablado en Cuba, te los podría resumir así:

El primer período (La koineización, 1492-1762) es de formación, estabilización y consolidación de la koiné en Cuba. Como consecuencia de que la Corriente del Golfo era el recorrido ideal para los viajes de América a Europa, la ciudad de San Cristóbal de La Habana, desde mediados del siglo XVI, cambiaría su vida de villa marginal y olvidada, y con ella la de las restantes villas del país. En un primer período, la convivencia y mezcla de nativos con europeos y, más tarde, con africanos, dio lugar a una sociedad que nacía mestiza, a pesar de las insalvables barreras raciales de entonces. Los nacidos en el país, mestizados o no, comenzaron a denominarse criollos; más tarde, criollos rellollos, los criollos hijos de criollos, descendientes de españoles o de esclavos africanos. Asimismo, la coexistencia de diferentes dialectos hispánicos —andaluz, castellano, murciano, extremeño, canario— en un mismo territorio, en el cual recibían también la influencia secundaria de lenguas indoamericanas y africanas, dio lugar a un proceso lingüístico de intercambio, selección y simplificación de rasgos dialectales que posibilitaría la aparición de una lengua común, diferente a los dialectos que la habían originado: la koiné cubana.

Uno de los rasgos de esta forma de expresarse los criollos es la fuerte influencia que, en líneas generales, ejercen en ella los dialectos meridionales hispánicos, con predominio del andaluz, en un primer y breve lapso, y del canario, en una etapa posterior y más prolongada. En este período, la capacidad de expresarse adecuadamente en la koiné cubana —el habla del país— se erige como el rasgo más caracterizador de los criollos cubanos, independientemente de su origen europeo, africano o indoamericano.

El período de la koineización lo he dividido en dos subperíodos. Durante el primero (El surgimiento de la koiné, 1492-1599) hay una población de lento crecimiento, que había residido en ese territorio desde las primeras décadas, con la esporádica entrada de grupos europeos, africanos e indoamericanos de otros territorios. Esto había propiciado que el seseo se impusiera como la característica más general de la koiné cubana, presente ya en documentos de la segunda década del siglo XVI.

En el segundo subperíodo (Estabilización y consolidación de la koiné, 1600-1762), Santiago de Cuba pierde su hegemonía dentro de la Isla y La Habana legitima su condición de capital. Desde entonces, se reafirmarían las diferencias este-oeste que caracterizarían la variación lingüística territorial del país. El aumento poblacional, al margen de los múltiples y diversos aportes demográficos foráneos, tenía como núcleo básico, al igual que en el subperíodo anterior, a los habitantes criollos, independientemente de su ascendencia. Este núcleo exhibiría como seña común de identidad su competencia en el uso del español koiné, a la que debían aspirar todos los que llegaban. Ya a finales de este período, la koiné parece estar completamente estabilizada. En 1757, Nicolás Joseph de Ribera señalaba de los bozales que era cosa admirable ver cómo en pocos años individuos de veinte “naciones diferentes” se reducían a un idioma y cómo los criollos o hijos de ellos solo en el color se distinguían de los españoles o sus hijos.

El segundo período (La estandarización, 1763-1898) se caracteriza, desde el punto de vista del crecimiento demográfico, por la entrada masiva de dos grupos humanos principales: africanos y españoles. Coincide, en líneas generales, con el cambio operado en la economía cubana hacia una producción azucarera de base plantacional, lo cual provocó una necesidad imperiosa de mano de obra esclava. El gran desarrollo socioeconómico de estos años posibilita la creación de centros de estudios e instituciones que propagan, como modelo de corrección idiomática, el habla centro-norteña peninsular —con sus eses, jotas y zetas—. Este período, que hemos denominado estandarización, no pudo borrar los rasgos más característicos de la koiné cubana, sobre todo en los grupos menos favorecidos socioeconómica y culturalmente. Sin embargo, de manera general, se restituyeron eses, volvieron a distinguirse en gran medida las consonantes /r/ y /l/, desapareció, en la mayor parte del país, el voseo —el uso del pronombre vos en lugar de tú— y, en general, el vocabulario se enriqueció gracias a los avances educativos. Para entonces, el español académico peninsular se vería situado, como norma supradialectal ideal, por encima de la koiné criolla, muchas veces como meta inalcanzable.

En el primer subperíodo de la estandarización (La africanización, 1763-1867), como consecuencia de la entrada masiva de mano esclava, la sangre africana llegó en 1817, según Ramiro Guerra, a ser mayoritaria en el país. En los últimos años de este subperíodo, los canarios o isleños constituían un grupo muy importante: en 1862 formaban el 42% de toda la población española radicada en Cuba.

Todos estos inmigrantes tenían que acomodar su manera de hablar a la koiné cubana, la cual resultaba más asequible, pues había sufrido los procesos de nivelación y simplificación que habían eliminado oposiciones fonológicas e incluso gramaticales con un limitado rendimiento funcional, es decir, diferencias que cuando se eliminaban —por ejemplo, entre la zeta y la ese—, no creaban grandes problemas de comunicación, resueltas en general por el contexto lingüístico o extralingüístico.

En el segundo subperíodo (La españolización, 1868-1898) se producen las guerras independentistas cubanas. El cese de la inmigración forzada procedente de África —proceso que culmina con la supresión de la trata— se vio compensado con una avalancha de inmigrantes procedentes de España, premeditado contraataque a las ideas independentistas.

La diversidad de la emigración, no solo española, había creado un ambiente cosmopolita. La ya patente penetración económica y cultural de los Estados Unidos fue contrarrestada por la presencia masiva de españoles. Al finalizar este subperíodo, casi la mitad de la población blanca cubana había nacido en España, donde el español centro-norteño se había erigido ya desde mucho antes, sobre todo en los estratos más escolarizados, en norma modélica. Este hecho reforzó el proceso de estandarización, por lo que este modelo europeo alcanzó su momento de mayor prestigio, a pesar del peso canario que tenían estos españoles. Una reminiscencia de ello la podemos percibir en las primeras grabaciones de la música popular cubana de las décadas iniciales del siglo XX, en las cuales ciertos cantantes pronunciaban /z/, aunque de manera asistemática, donde era esperable /s/ de acuerdo con la norma objetiva cubana, vacilación derivada de la incongruencia entre la norma objetiva, el habla real, y la norma axiológica, ideal, del período precedente.

El último período (La independización, 1899- presente), se identifica por la sustitución del ideal modélico centro-norteño peninsular por pautas de carácter nacional. Desde el punto de vista demográfico, el crecimiento poblacional se fundamenta ahora en la reproducción autogenerativa de la sociedad, aunque no cesa el flujo de inmigrantes, mayoritariamente españoles, en la primera parte del siglo.

En el subperíodo inicial (La identificación, 1899-1958), a pesar de la presencia de intereses foráneos, la variación regional y social del lenguaje está claramente definida sobre la base de una identidad lingüística nacional. En consecuencia, hay un afán, tanto en las artes como en la literatura, de destacar «lo cubano» a través de una búsqueda de elementos autóctonos, muchas veces indocubanos o africanos. La influencia del modo de vida de Estados Unidos en el país —the American way of life— también tiene su repercusión lingüística, particularmente en el léxico de algunos sectores de la sociedad.

El segundo subperíodo (La homogeinización, 1959 — presente) se distingue en sus primeras décadas por el aislamiento y distanciamiento, desde el punto de vista lingüístico, con respecto al resto de los países de habla española, y, al mismo tiempo, por la disminución de la influencia ejercida por el inglés estadounidense en el léxico del país. El movimiento migratorio invierte su dirección: desde Cuba hacia otros países. El español de Cuba sufre, a partir de entonces, un proceso de popularización, como consecuencia de la intensificación del transvase de elementos del habla popular o marginal al habla de los estratos más escolarizados. Al mismo tiempo, elementos del habla culta y especializada, como resultado de la extensión de la educación, pasan al habla común. Todo esto, sumado a las intensas migraciones internas y al monolitismo político e ideológico de las instituciones y de los medios de comunicación masiva, provoca una tendencia a la homogeneización lingüística y al desvanecimiento de la variación regional y social de la lengua.

En una visita a Cuba, en 1984, el lingüista español Manuel Alvar advertía sobre la urgencia de estudiar el español de Cuba antes de que se convirtiera, desde el punto de vista de la cartografía lingüística, en una “mancha uniforme”.

 

Has escrito sobre el español de América en sus quinientos años. ¿puede hacerse un mapa a groso modo de las normas del español hablado en las diferentes zonas de América? ¿Cómo se insertaría Cuba en ese mapa?

LRC: Según Eugenio Coseriu, las zonas dialectales o los dialectos no existen sino después de que, partiendo de un criterio determinado, se establecen. Es decir, si nos decidimos por el comportamiento de la /s/ final de sílaba, los resultados van a ser completamente diferentes a otra zonificación basada en el voseo (el uso del pronombre vos en lugar de ) o en la sustitución, en el caso del modo subjuntivo, del imperfecto por el presente (Ella quería que la rescate en lugar de Ella quería que la rescatara).

En español, a la división simplista de español peninsular y español americano ─con el canario como puente─ ha sucedido la de Diego Catalán (1958), de gran difusión, en español del centro y norte de España frente al español atlántico, puesta en tela de juicio por Zamora Munné y Guitart (1982), quienes proponen en su lugar tres modalidades: dos peninsulares, centro-norteña y meridional, y una americana. Sus objeciones en torno al llamado español atlántico parten de que la distribución del seseo (pronunciación de ese en lugar de zeta) y el ceceo (pronunciación de zeta en lugar de ese), los cambios de /r/ o /l/ al final de sílaba ─conjuntamente con la distinción ustedes/vosotros─ es muy diferente si se compara el español meridional con el español americano. Basado sobre todo en el comportamiento de la /s/ y /r/ y /l/ finales de sílaba, Montes Giraldo (1984) sugiere, para los dialectos histórico-estructurales del español, un superdialecto A, que comprende el centro-norte peninsular y las zonas andinas e interiores de América, y un superdialecto B, representado por las hablas meridionales peninsulares, incluido el canario, y el español insular y costero de América.Si el superdialecto A mantiene los fonemas /s/ y /r/ y /l/ finales de sílaba, el superdialecto B los modifica o elimina.

Hispanoamérica, por su parte, cuenta con una primera división (1882), que debemos al cubano Juan Ignacio de Armas y Céspedes, donde se proponen, de manera imprecisa, cuatro o cinco zonas dialectales. Esta zonificación ─según José Pedro Rona─ ha servido de base a Pedro Henríquez Ureña para la suya (1921), donde se señalan cinco zonas dialectales, sin dudas la más difundida, sustentada, de manera apriorística, en la supuesta influencia indoamericana (náhuatl, caribe-arahuaca, quechua, araucana, guaraní). De mejor suerte y mayor vigencia ha gozado, sin embargo, la distribución de igual fecha del español americano en tierras altas y tierras bajas del mismo Henríquez Ureña, la cual Rosenblat identifica, jocosamente, por su «régimen alimenticio»: «las tierras altas se comen las vocales, las tierras bajas se comen las consonantes». Para Canfield, las regiones altas representan generalmente los principios del andalucismo, mientras las costas, el pleno desarrollo. Rosenblat, siguiendo a Wagner, considera que la diferencia se debe a que los españoles se establecieron en regiones similares a las que habitaban en la Península: andaluces en tierras bajas, castellanos en las altas. Menéndez Pidal prefiere hablar de tierras marítimas o de la flota y tierras interiores.

A José Pedro Rona debemos la primera zonificación dialectal del español americano sobre una base puramente lingüística (cuatro rasgos de carácter fonológico, fonético, morfológico y sintáctico). Si bien sus veintitrés zonas dialectales (1964) se resienten por el estado incipiente y desigual de los estudios dialectológicos hispanoamericanos de aquel momento, su valor metodológico y sus aportes son innegables. Asimismo, Melvin Resnick (1975), si bien no pretende establecer una división en zonas dialectales, proporciona un voluminoso cuerpo de datos de carácter fónico con el objetivo de identificar las hablas hispanoamericanas. Posteriormente, Zamora Munné y Guitart proponen nueve zonas dialectales para el español de América (1982), sustentados en el comportamiento de /-s/, /x/ (jota) y el voseo. Finalmente, en 2000, Francisco Moreno-Fernández establece cinco zonas dialectales americanas (1- Caribe, 2- México y Centroamérica, 3- los Andes, 4- La Plata y el Chaco y 5- Chile), para cuyo establecimiento se basa en datos de la fonética y la fonología, la gramática y el léxico característicos de estas zonas.

Lógicamente, el español de Cuba se enmarca dentro del español del Caribe hispánico, con sus rasgos distintivos.

 

¿Cuáles son, en general, las características más distintivas del español hablado hoy en Cuba?

LRC: Basado en las ideas y los procedimientos de Ralph Penny al explicar el carácter “revolucionario” del dialecto castellano como resultado de su expansión por gran parte de la Península Ibérica, he expuesto, al analizar tres factores —la marginalidad, las redes sociales y la interdialectalización— referentes a las condiciones que estimulan o frenan el cambio lingüístico, que los dialectos hispánicos antillanos (Cuba, República Dominicana y Puerto Rico) son dialectos revolucionarios, innovadores desde los momentos iniciales de la koiné en estos países.

Aparte de numerosos cubanismos léxicos (guagua, hayaca, hanyaca, tayuyo, jimagua, fruta bomba, jaba, cederista, jinetera), hallamos usos léxicos especiales como rectificar en una cola o rectificar la cola, en lugar de ratificar o confirmar el lugar en la cola, conductor de un transporte publico, en lugar de cobrador, uso que comienza a debilitarse.

Desde el punto de vista gramatical, llama la atención el voseo tipo A (-áis, -éis, ís: amáis, teméis, partís), sumamente infrecuente, con un paradigma gramatical etimológico: vos (sujeto), vos (término de preposición), os (objeto) y vuestro (posesivo). Estas manifestaciones del voseo cubano se localizan, coincidentemente, dentro de la denominada zona III, en la región centro-oriental: Camagüey, Las Tunas, Holguín, Manzanillo y Bayamo. Encontramos otros usos, como ¿Cómo tú está(s) en lugar de ¿Cómo estás?, donde el uso de sirve para evitar la ambigüedad, lo cual afecta al resto de los pronombres personales, que también anteponemos, aunque no haya riesgo de confusión; o expresiones como “Si yo tuviera ruedas, fuera bicicleta”, en lugar de “Si yo tuviera ruedas, sería bicicleta”, que compartirmos con otras regiones del Caribe hispánico.

Como sabes, mis zonas dialectales de Cuba se basan en el consonantismo, especialmente, las consonantes finales de sílaba. Debo aclararte que cuando transcribo [j], para facilitar la comprensión, no es el sonido fuerte español, sino, por el contrario un sonido mucho más débil, aspirado, como el de jaba [jaba] en la pronunciación cubana.

I-Zona occidental (Pinar del Río, Ciudad de La Habana, Matanzas, Cienfuegos y Trinidad): Ésta es una zona innovadora desde el punto de vista fonético, si bien persisten restos de usos gramaticales antiguos, como la presencia de pronombres enclíticos en ciertos contextos: díceme, dígole. Los cambios fonéticos más llamativos son: asimilación de las consonantes /r/ o /l/ por la consonante siguiente: vuelta [buédta], parque [págke], Alberto [abbédto], Jorge [jóje]; aspiración de /s/ final de sílaba y medial de palabra: desde [déjde], mismo [míjmo], isla [íjla]; aspiración de /r/ ante /n/ o /l/: carnaval [cajnabál], Orlando [ojlándo], dejarla [dejájla]; debilitamiento de /y/ (grafías y o ll) intervocálica: playa [pláia], pepilla [pepíia], desmaya [dejmáia], bello [béio].

II-Zona central (Santa Clara, Sancti Spíritus y Ciego de Ávila): En esta zona son perceptibles rasgos fonéticos descritos en la occidental, pero bastante atenuados: asimilación de las consonantes /r/ o /l/ por la consonante siguiente: calvo [cábbo], cartera [cadtéra], Albita [abbíta]; debilitamiento de /y/ (grafías y o ll) intervocálica: Padilla [padíia], camilla [camíia]. Persisten con similar intensidad: aspiración de /s/ final de sílaba y medial de palabra: gasto [gájto], bastante [bajtánte], complejista [complejíjta]; aspiración de /r/ ante /n/ o /l/: Carlitín [kajlitín], horno [ójno], diurna [diújna].

III-Zona centro-oriental (Camagüey, Las Tunas, Holguín, Manzanillo y Bayamo): Ésta es la zona dialectal fonéticamente más conservadora del país. Es precisamente en algunas regiones pertenecientes a esta zona donde se han registrado restos de voseo (uso del pronombre personal vos en lugar de y sus formas verbales correspondientes: ¿Qué vos queréi(s)?, ¿Cómo estái(s)? Aquí los rasgos fonéticos referidos a las zonas anteriores están sumamente atenuados. Sólo persisten con igual intensidad la aspiración de /r/ ante /n/ o /l/: Mirna [míjna], contarle [kontájle]; y la aspiración de /s/ final de sílaba y medial de palabra: mosca [mójka], espera [ejpéra], estudio [ejtúdio].

IV-Zona sur-oriental (Santiago de Cuba y Guantánamo): Es también una zona lingüísticamente innovadora; el rasgo fonético más llamativo se refiere a la baja frecuencia de aspiración de /s/ final de sílaba y medial de palabra, descrita para las zonas anteriores. En su lugar, es muy frecuente la asimilación de /s/ por la consonante siguiente, lo cual lleva comúnmente a su desaparición: desde [dédde], mismo [mímo], espiritista [epiritíta]. También son más frecuentes aquí que en otras zonas los trueques entre /r/ y /l/, que tienen como resultado más general la pronunciación de [l]: por favor [pol faból], parque [pálke], Alberto [albélto], Jorge [jólje]. Muy esporádicamente esta confusión se produce a favor de [r]: dulce [dúrse], volver [borbér]. En esta zona dialectal no se han registrado, sin embargo, casos de aspiración de /r/ y /l/ ante /n/ del tipo carne [kájne].

V-Zona extremo-oriental (Baracoa): Ésta es una zona pequeña, durante siglos confinada a un relativo aislamiento con respecto a las otras regiones del país, donde confluyen tendencias lingüísticas innovadoras y conservadoras. Aquí la propensión a la sustitución de la aspiración por la asimilación o pérdida de la /s/ llega a un grado aún mayor que en las otras zonas del país: después [depué], estudioso [etudióso], especialista [epesialíta]. También son comunes las omisiones de /r/, sobre todo en las formas verbales de infinitivo: fregar [fregá], mortificar [mortificá], perder [perdé]. Por otro lado, no se escuchan aquí aspiraciones de /r/ ante /l/ o /n/, del tipo turno [tújno], y en líneas generales no son frecuentes las modificaciones fonéticas más llamativas en otras regiones.

Es sumamente significativo el hecho de que en estas dos últimas zonas (IV y V), con una notable influencia franco-haitiana, sea más perceptible un fenómeno llevado a consecuencias extremas en el francés y en el criollo haitiano: la pérdida de /s/ final de sílaba, como explicaré más adelante.

 

Cuáles son sus principales diferencias con el español de España. ¿Hay una norma de excelencia que funcione como patrón, de modo que acercarnos o alejarnos de esa norma implique un juicio de valor?

LRC: Es difícil hablar de un español de Cuba, con sus interesantísimas variaciones regionales, pero mucho más de un español de España, donde el mapa lingüístico muestra una variedad y riqueza insospechadas. Muchas de las diferencias de nuestro español con respecto al peninsular las compartimos, por supuesto, con el resto de América y a veces también con el sur de España y, sobre todo, con las islas Canarias.

Cuando los cubanos llegamos a España, lo primero que tenemos que hacer es ajustar nuestro léxico al peninsular con el objetivo de poder comunicarnos sin interferencias. Así, tenemos que olvidarnos de jaba, fruta bomba, guagua, bodeguero, etc. Por otro lado, comenzamos a utilizar o a acostumbrarnos a formas como vale, ¡joder!; igual, en lugar de a lo mejor, tal vez, quizás, rumorear en lugar de rumorar, picor en lugar de picazón. Los cambios en la fonética y en la gramática son más lentos. Primeramente tenemos que restituir eses y reforzar algunos sonidos como el de la jota, que a veces les cuesta trabajo percibir. El uso de vosotros y sus correspondientes formas verbales y pronominales es menos común entre los cubanos. Una de las dificultades mayores de los españoles es distinguir entre cuando decimos las dos y las doce.

Para algunos cubanos la norma ideal de corrección sigue estando en el español de España y en la Real Academia Española, aunque su uso se aleje más o menos de este ideal. Para los cubanos, en general, existe una norma suprarregional, un ideal común creado por la tradición, las normas académicas y nuestra percepción, a través del cine, la televisión, la radio e Internet, de lo que debe ser el habla correcta representada por los escritores, actores, profesores, científicos, diplomáticos. Es una norma que nos dice que debemos decir parque en lugar de págke; escuela en lugar de ekuéla; haya en lugar de haiga. Es una norma ideal, axiológica, que no tiene que ver con la norma objetiva, el uso real, de la que solo a veces se percatan los hablantes sobre todo cuando se ponen en contacto con hablantes de otra variedad regional o social del español. En alguna época, la norma ideal de la lengua rusa estaba representada por el ruso hablado por los actores del Teatro Mali de Moscú. En Cuba, nunca hemos tenido un tipo de referencia tan definida.

 

Todos hemos abrevado alguna vez en el Catauro de cubanismos, de Fernando Ortiz, y en el Diccionario provincial casi razonado de vozes y frases cubanas, de Esteban Pichardo. A este último te refieres como “ciencia y ficción”. ¿Por qué?

LRC: El diccionario de Esteban Pichardo tuvo cuatro ediciones (1836, 1849, 1862 y 1875). En ellas, como nunca antes, se describe nuestro léxico regional, algunos de nuestros rasgos fonéticos, el voseo en ciertas zonas, los diminutivos, la influencia franco-haitiana en el este del país y, además, para situar estos fenómenos, sugiere algunas zonas dialectales. A este estudio minucioso y serio es a lo que llamo “ciencia” cuando me refiero a la labor lingüística de este sabio cubano. En 1866, entre la tercera y cuarta edición de su diccionario, Pichardo publica en La Habana la novela El fatalista, en la que trata de reflejar “varias costumbres locales” y en la que se hacen patentes algunos de los usos que refleja en su diccionario. A esta incursión de nuestro investigador en la literatura es a lo que llamo “ficción”. En fin, con su “ciencia” y “ficción”, este hombre extraordinario nos ayudó a conocer como nadie la geolingüística cubana del siglo XIX.

 

Afirmas que la frecuentísima elisión de “s” en dialectos dominicanos y extremosurorientales cubanos es, posiblemente, una influencia francohaitiana. ¿Qué pruebas hay al respecto? ¿Existe alguna explicación lingüística semejante para el peculiar “habanero”, con su sustitución de la “r” por la “g”?

LRC: Para referirme a la influencia francohaitiana en el español de los dialectos dominicanos y extremosurorientales cubanos (zona IV: Guantánamo y Santiago de Cuba; zona V: Baracoa), me baso en el hecho que fueron estas zonas donde la presencia de haitianos y franceses provenientes de la cercana Haití se hizo patente a partir de los disturbios de 1791. De manera que, además de la general tendencia de los dialectos caribeños a perder las consonantes finales de sílaba, este proceso de mestizaje cultural y lingüístico aceleró una evolución del español costero o de las tierras llanas, sumamente desarrollado en el Caribe hispánico. Valgan de ejemplo las semejanzas entre escuela:[ekuéla], école; hospital: [opitál], hôpital; mismo: [mímo], meme.

En el caso de las asimilaciones en contacto regresivas (ACR) propias de las zonas dialectales occidentales cubanas, responden a la tendencia general del español al debilitamiento de las consonantes finales de sílaba; es decir, al establecimiento de sílabas del tipo CV (consonante + vocal) en detrimento del tipo CVC (consonante + vocal + consonante). Esta tendencia se vio reforzada sobre todo en el subperíodo de la africanización, cuando grupos que hablaban lenguas subsaharianas, donde el tipo de sílaba predominante es CV (consonante + vocal) vinieron a reforzar una tendencia propia de la lengua española. En el caso del español de las ACR (asimilaciones en contacto regresivas), típicas de La Habana y de gran parte de la región occidental no son ajenas al español de otros países caribeño, pero en el oeste de Cuba alcanzan una intensidad y amplitud sin paralelo: Alberto [abbédto], Jorge [jóje], barco [bágko].

 

En un chiste bastante conocido, el cura que tiene a Pepito como monaguillo se queja de que los cubanos siempre van muy rápido, que cuando él dice “Dios te salve, María”, ya Pepito está “entre todas las mujeres”. Y en el chiste, como en casi todos, hay una dosis de verdad. Y no me refiero a “las mujeres”. He notado en Perú, en México y en Centroamérica, no así en España, que los cubanos hablamos demasiado rápido para ser inteligibles a la primera, por lo que debemos repetir con frecuencia reduciendo las revoluciones. ¿Tiene ello alguna explicación lingüística? ¿Por qué no ocurre con los españoles?

LRC: En realidad, nunca he estudiado este tema. Sin embargo, en otros países existen los mismos tópicos, que no dudo tengan una base real. Por ejemplo, en España he escuchado que los andaluces hablan con una velocidad que los hace ininteligibles. Para otros, el habla chilena es la más rápida y difícil de comprender. En Perú dicen que las hablas más veloces están al norte, cerca de la frontera con Ecuador, y de modo particular en Lima. Me arriesgaría a asegurar que la ininteligibilidad a la que en muchas veces se refieren se debe no solo a la velocidad, sino también a otros factores coadyuvantes como la entonación, la pronunciación o el léxico.En el caso de Cuba, he notado que en ciertas regiones el tempo de habla es mucho más lento que en otras. Por ejemplo, te diría que el habla en la ciudad de Bayamo es mucho más lenta que la de Santiago de Cuba.

 

En el sur de Pinar del Río, entre los plantadores de tabaco, la mayoría de origen canario y que permanecieron durante siglos en un relativo aislamiento, he detectado una norma del español sustancialmente diferente a la de sus vecinos geográficos. Siempre pensé que se trataba de arcaísmos en desuso en otras geografías de la lengua. Muchos investigadores españoles subrayan también la pervivencia de arcaísmos en América de donde deducen el carácter arcaizante del español americano. Tú anotas, en cambio, que el 90 % del acervo lingüístico americano es común a todos los hablantes de la lengua, y que sus koineizaciones (del griego koiné: “lengua común” surgida por la coincidencia en un determinado territorio de diversas variedades regionales de una misma lengua, como sucedió en América cuando confluyeron allí diferentes dialectos hispánicos) sucesivas (y precursoras) han producido normas lingüísticas “mejor niveladas, más simplificados, con mayor vocación de cosmopolitismo. En resumen, dialectos mucho más modernos”. En suma, que el español moderno se perfila antes en América que en España.

LRC: El español de América se incorpora a la historia general de la lengua española en el período de transición entre el castellano medieval (siglos XIV y XV) y el español clásico (siglos XVI y XVII). Participa —como es de suponer por el constante flujo y reflujo de los españoles hacia tierras americanas— en los cambios fonológicos y morfosintácticos de esta última época, pero perviven en él formas desaparecidas en la Península, al menos en el uso estándar, lo cual ha conducido a la reiterada superficialidad de subrayar el carácter arcaizante del español americano, fundamentalmente de su léxico, sin percatarse de que es absurdo tal calificativo referido a palabras que tienen absoluta vigencia en el habla de alrededor de un 90% de los hispanohablantes: somos muchos más en América que en España. Asimismo, podríamos señalar, entre otros ejemplos, que si en muchos territorios americanos se conserva el pronombre vos, en España continúa vivo el pronombre vosotros, desaparecido de la norma hispanoamericana. Y, si aceptamos la idea de Ralph Penny de que la lengua española es una historia de continuas koineizaciones que comienza con las vicisitudes del primitivo dialecto castellano y llega hasta la lengua española actual, deberíamos admitir también que el español americano muestra dialectos resultantes de koineizaciones sucesivas, que es lo mismo que decir mejor nivelados, más simplificados, con mayor vocación de cosmopolitismo. En resumen, dialectos mucho más modernos.

 

Durante el último período del español en Cuba, “La homogeneización”, tuvo lugar una escolarización masiva pero, al mismo tiempo, la dejación de una “norma culta” de la lengua (en consonancia con la dejación de normas de educación y cortesía ciudadana tildadas de “burguesas”), la parcial disolución de las barreras entre clases y razas y un amplio éxodo interior, así como el parcial aislamiento de influencias externas. ¿Cómo ha incidido todo ello en la norma lingüística actual de los cubanos?

LRC: El español actual de Cuba sigue sufriendo un proceso de homogeneización tanto en el aspecto territorial como en social. En estos momentos, muchas hablas regionales, debido a las migraciones internas, confluyen en las grandes ciudades, especialmente en La Habana  —“¡Que La Habana no aguanta más!”, cantaban los Van Van—, de modo que hay un intercambio constante de usos siempre regidos por el habla habanera, dado el prestigio lingüístico que suelen emanar las capitales. La elevación del nivel de educación y el desprecio a las normas cultas, en un principio identificadas con las maneras burguesas, ha tenido consecuencias contradictorias. En el caso de la pronunciación, los rasgos del habla popular y vulgar se siguen trasvasando a la supuesta habla culta. No sucede así con el léxico, que por una parte se ha enriquecido en diversos campos, mientras que, por otro lado, se ha visto invadido de expresiones vulgares o marginales. En la gramática también ha habido una elevación de la corrección idiomática, sin perder los rasgos del español caribeño. Por ejemplo, en Cuba no es muy habitual escuchar “haiga”, “descriminación” o “íbanos”… tan comunes en otras hablas populares del ámbito hispanohablante. A la cerrazón inicial al mundo hispánico ha sucedido un contacto más directo con otros hispanohablantes —sobre todo españoles—, facilitado principalmente por el turismo. De este modo, en el área del turismo, identificable muchas veces con el mundo marginal, es posible escuchar expresiones como ¡Vale!,¿Tienes fuego?, follar. Por último, llama la atención en el habla semiformal o formal el uso de formas tomadas del lenguaje oficial de la prensa, de la televisión, de los actos oficiales, muletillas que afloran en el habla de los cubanos como una muestra de la influencia de un lenguaje oficialista, simplista y dogmático.

 

En 1992 llegué a Ciudad México procedente de La Habana y llamé por teléfono a un colega habanero. Del otro lado de la línea me contestó un mariachi. Era mi amigo. Esa noche, mientras comíamos juntos, empecé hablando con Jorge Negrete y, a los postres, ya su modo lingüístico era el de Ñico Saquito. He observado que en países con poca presencia de hispanohablantes los cubanos conservan incontaminada su norma lingüística original, que en Miami está transitada de spanglish; en Houston, de mexicanismos, y en España y algunos países latinoamericanos, de los usos locales. ¿Existe algún estudio sobre el “cubano” de la diáspora?

LRC: Por supuesto, que hay un proceso de acomodación siempre que una persona se expone a otra variedad de su lengua, principalmente cuando en esa comunidad se utiliza la variante de prestigio, modélica, de la lengua en cuestión. En primer lugar, adopta el léxico y luego, de acuerdo con cuestiones personales y sociales, puede acomodar su pronunciación y su gramática. A mí me resulta muy curioso que cuando los cubanos visitan España encuentran un acento completamente “español” en los cubanos radicados allí, mientras que los españoles los siguen identificando por su acento “cubano”.

Como tú señalas, cuando el inmigrante se siente arropado por una gran comunidad de su mismo origen, no solo mantiene con más fijeza sus hábitos lingüísticos, sino también sus memorias, sus tradiciones y su orgullo nacional.

Con relación a los trabajos sobre el español cubano de la diáspora, hay que destacar en primer lugar el estudio de Beatriz Valera, El español cubano-americano, una abarcadora introducción al español cubano de un sector de la diáspora, aparecido en 1992. Finalmente, resulta imprescindible nombrar el trabajo de Humberto López Morales (“’Latinos e hispanohablantes:Grados de dominio del español. Cubanos”) aparecido en Enciclopedia del español en los Estados Unidos, 2009, bajo su coordinación. Por cierto, este lingüista, Secretario General de Asociación de Academias de la Lengua Española, desarrolla planes sumamente serios y rigurosos para la enseñanza de la lengua española y la lingüística hispánica en una Cuba que todos esperamos democrática y abierta a la cultura contemporánea.

“Hablar en cubano”; en: Cubaencuentro, Madrid, 02/12/2011. http://www.cubaencuentro.com/entrevistas/articulos/hablar-en-cubano-271175





Alzados on line

25 11 2011

Este libro va de micrófonos a cámaras, de sonidos subrepticios a imágenes acusadoras. De los micrófonos que dos agentes vienen a instalar en casa de Nicanor O’Donnell en el corto Monte Rouge, a los miembros de las brigadas de acción rápida que se cubren el rostro y huyen cuando los familiares de Orlando Zapata Tamayo les apuntan con las cámaras de sus teléfonos móviles.

El título de Antonio Jose Ponte, Villa Marista en plata (Editorial Colibrí, Madrid, 2010), juega con la obra de Carlos Garaicoa Las joyas de la Corona, expuesta en la Bienal de La Habana de 2009, donde se mostraban reproducciones en plata de ocho centros de detención y tortura en el mundo, entre ellos Villa Marista y la sede del Servicio de Inteligencia de Línea y A. El diccionario de la RAE recoge la acepción “en plata” como “brevemente, sin rodeos ni circunloquios, en sustancia, en resolución, en resumen”, lo que en cubano sería “de verdad”. Y aquí Villa Marista se nos muestra, más que la ideología y la política, como la osamenta del poder “de verdad” que ha conseguido sostener medio siglo de castrismo. Sin ese sustrato óseo se habría desmoronado hace mucho.

Los cruces de caminos entre arte, política y nuevas tecnologías es el recorrido que propone el autor, comenzando con la humorada de Monte Rouge, una suerte de disidencia light que mereció la reprobación oficial, hasta el punto de condenar a su autor a hacer votos públicos de fidelidad. Y se enseria con Garaicoa en una obra que equipara Villa Marista con la Stasi, la Escuela de Mecánica de la Armada y la Lubianka y que, sin embargo, contó con la aprobación de los curadores y sus “asesores”, y condenó a Nirma Acosta, en La Jiribilla, a malabarismos dialécticos para “demostrar” que la obra no era lo que decían las agencias extranjeras, sino “una mirada penetrante (…) frente a un mercado del arte asociado a concesiones y estafas”. Tras la aprobación oficial, a ella le tocaba limpiar la escena del crimen, pero con detergentes ideológicos de baja calidad.

La segunda parte del libro se adentra en “la guerra de los emails” ocurrida tras la aparición en la TV cubana, entre diciembre de 2006 y enero de 2007, de tres connotados represores de la cultura defenestrados hacía mucho, en particular Luis Pavón, ex presidente del Consejo Nacional de Cultura. Cundió el pánico entre los viejos escritores represaliados, a la sazón ascendidos a los altares de Premios Nacionales de Literatura.  ¿Traería de vuelta el raulismo a los zombies que creían recluidos para siempre en las catacumbas de la historia? Había que conjurar de inmediato aquella resurrección. Y los emails difundieron por la red el rumor, la angustia y la ira, pero pronto, por obra del reenvío y tumultuosas listas de direcciones, la riada se desbocó. Irrumpieron sin invitación incluso desde otras orillas geográficas e ideológicas.

Algunos se negaban a circunscribir el debate a aquellos policías culturales e indagaban sus conexiones con el sheriff del pueblo. Por qué quinquenio gris, se preguntaban, si la represión ya se acerca al medio siglo. Escritores del exilio convocaban desde platea alta a valentías que ellos tampoco tuvieron cuando les tocó estar en el ring. Otros alertaban sobre la inutilidad de un debate en torno a tres agentes cuando el cuerpo policial seguía intacto. Un antiguo subordinado de Pavón defendió la necesidad de desbordar el debate más allá de la cultura, hasta ámbitos políticos y sociales que hasta el momento han sido patrimonio exclusivo del líder. Jóvenes para los cuales “Papito” Serguera bien podría ser un timbalero de la Orquesta Riverside ponían en cuestión el primer (y único) mandamiento de la cultura revolucionaria: el mussoliniano “Dentro de la revolución, todo; fuera de la revolución, nada”. Había que poner coto a aquel desparrame ideológico que ya amenazaba, incluso, a quienes lo habían iniciado.

Tras dos semanas de tángana, la UNEAC publicó su declaración “La política cultural de la Revolución es irreversible” (en consonancia con un socialismo irrevocable) que conjuraba el temor de las víctimas del pavonato, pero omitía al resto de las víctimas y eludía empantanarse en cenagales ideológicos surcados de peligros. Salvo los “enterados”, el resto de la población se quedó en la duda ante aquella respuesta sin pregunta. Como escuchar “la tuya”, sin que previamente nadie diga “tu madre”.

Pero ni así se calmó la charca. Si la política cultural es irreversible, Pavón y su élite fueron consecuentes con ella, exclamó Reinaldo Escobar. A menos que sea cierta la ironía de Ponte y “aquellos comisarios medraban durante los olvidos de Dios”. Respondidos los miedos, Orlando Hernández aseveró que esa ha sido la función de la intelectualidad cubana: esperar respuestas y decisiones, no tomarlas. “No está en nuestras manos. Hace mucho que entregamos las manos”.

Al rescate y en una suerte de dialéctica inversa, Desiderio Navarro afirma que eran los comisarios con sus informes quienes decidían las órdenes de sus jefes, y Ambrosio Fornet atribuye a esos policías una capacidad retroactiva, de modo que sobre ellos recayeran también los desmanes de los 60. A pesar de reuniones a cubierto con el ministro y conferencias bajo estricta invitación, la meteorología electrónica no amainaba, y subió de tono cuando Fernando Jacomino, vicepresidente del Instituto del Libro, echó en cara al escritor Francis Sánchez y a su compañera las cifras exactas de los royalties cobrados por ellos, un intento de amordazarlos con papel moneda. Antes los enviábamos a una acería o un almacén donde les era sustraído todo su tiempo; ahora les pagamos en dinero, en viajes, en honores y en tiempo. Esa era la moraleja.

En Vida y destino, de Vasili Grossman, un científico acosado (y acusado), a punto de ser molido por la maquinaria burocrática, desenfunda toda su valentía y una dignidad fatalista, hemigwayana. Basta una llamada telefónica de Stalin, interesado por su trabajo, para que recupere todas sus prerrogativas y algunas más. Sus fiscales se convierten en aduladores y a codazos intentan alcanzar su vecindad, como una pata de conejo que inocula suerte con solo tocarla. Pero entonces, quien enfrentó con entereza el ostracismo siente pánico ante la posibilidad de perder el favor de los dioses. Es el vértigo de las alturas.

Con sus 128 páginas de 244, este capítulo es el núcleo del libro. Recoge en detalle (demasiado detalle) la guerra de los emails, y pone al descubierto los perversos mecanismos implementados por el poder en sus relaciones con la cultura y cómo las nuevas tecnologías pueden funcionar como un  medio de defensa. Emboscados en la red, lejos de las autovías del poder, comienza una guerra de guerrillas. A pesar de las oportunas intervenciones del autor y de su excelente prosa, la cita in extenso de los emails, donde no son infrecuentes los bodrios de redacción y los farragosos textos oficiales y paraoficiales, empantana a ratos la lectura, le resta agilidad. Sintetizar las citas o referirlas, lo habría evitado. Nos deja, en cambio, con el deseo de visitar la “Carta para no ser un espíritu prisionero”, de Reina María Rodríguez, quien “se acoge al ejemplo de Marina Tsviétaieva”, y que el autor no reproduce por “pudor personal” o por su habitual modestia.

Si ese capítulo se refería a la guerrilla on line, los dos últimos dan cuenta del arte de la guerra. Una guerra asimétrica entre un ágil comando de blogueros, disidentes y periodistas independientes, y la pesada caballería del Estado, que ha establecido en la Universidad de las Ciencias Informáticas de La Habana (UCI) su base de misiles. El campo de batalla es escuálido: una red lenta y minada, plagada de tierras de nadie donde ni las tropas estatales están autorizadas a operar. Razón por la que, emboscados tras cualquier matorral, los blogueros son más afectivos en sus incursiones a la Internet y las redes sociales. Los micrófonos y las cámaras de espiar han cedido paso a los micrófonos y las cámaras en los móviles que sirven para la denuncia y hacen volver el rostro, callarse y huir a los funcionarios, los esbirros y los paramilitares.

Lo peor de esta guerra es que los guerrilleros se han alzado ahora en una serranía inaccesible. No basta movilizar ciento cincuenta mil milicianos y peinar el campo. Como en los sesenta, el Estado intenta despoblar el lomerío impidiendo el acceso a Internet del ciudadano corriente, pero ya no es tan fácil confinar a la población en Ciudad Sandino. Se escurren y confraternizan con el enemigo. Con razón atribuye Yoani Sánchez al gobierno parte del mérito por su creciente popularidad. La publicidad de lo prohibido es siempre tentadora. Un nuevo tipo de escritor y de periodista que no teme salir del armario ideológico coloca en la UNEAC y en la UPEC sendos espejos donde sus mayores cuentan sus canas y sus miedos. Como el abuso de la penicilina, las invocaciones al imperialismo ya no surten efecto. La cárcel sigue siendo temible, pero ya hay quienes temen más a la reclusión voluntaria en una mazmorra de silencio y ofrecen en los blogs listados de los efectos indispensables a llevar en caso de arresto. Ahora son los esbirros quienes huyen de las cámaras y los micrófonos. Ya no están tan seguros de que el futuro pertenezca por entero a la revolución y el socialismo y, por las dudas, prefieren que no cuelguen allí su retrato enarbolando una cabilla o un insulto. Se percatan de que la nueva guerrilla ya está empezando a bajar al llano de la realidad: pasean gladiolos por la 5ª Avenida, efectúan performances callejeros, no temen interrumpir con sus exabruptos sosegadas conferencias oficiales y ni siquiera se les puede apalear con tranquilidad, porque nunca se sabe si alguien está grabando. Los alzados on line se vuelven tupamaros, ensayan la guerrilla urbana. ¿Tampoco la calle pertenece ya a los revolucionarios?

Incluso los chicos de la UCI están contaminados de libertad. De tanto andar por su cuenta en la jungla cibernética, han empezado a hacer preguntas incómodas. Quizás sea el momento de ingresarlos en la UCI, en la Unidad de Cuidados Ideológicos, antes que deserten. Los cohetes balísticos eran mucho más previsibles.

Villa Marista en plata propone un viaje. Comienza en la obra contestataria que, aún sujeta a los espacios oficiales de difusión, encuentra caminos alternativos, como Monte Rouge, gracias a la tecnología. Continúa en el hallazgo del espacio virtual como sitio de debate que el poder es incapaz de monitorear y domesticar, aunque lo intenta. Y termina en una reminiscencia de la teoría guevariana del foquismo. La guerrilla cultural se alza en un espacio imposible de acotar y señalizar, donde los agentes del Estado son incapaces de dirigir el tráfico ideológico. Al descender de la serranía virtual a la calle real, se cierra el ciclo.

La estructura del libro responde a sus contenidos: encrespada, sinuosa, ajena a una vocación lineal, como el oleaje de las nuevas tecnologías en red. El lector académico, el sociólogo y el politólogo echarán de menos una composición más cartesiana, una mayor visibilidad de causas y efectos. El lector de literatura encontrará su camino entre las turbulencias y se sentirá invitado a poner de su parte. Un libro sobre intelectuales y tecnologías apela a Villa Marista, y eso lo desgremializa. Carpinteros, soldadores, músicos. Por invocación o de hecho, por Villa Marista hemos pasado todos los cubanos.

 

“Alzados “on line”; en: Cubaencuentro, Madrid, 25/11/2011. http://www.cubaencuentro.com/cultura/articulos/alzados-on-line-270906