Fragmentos de la novela Aventuras eslavas de Don Antolín del Corojo y Crónica del Nuevo Mundo según Iván El Terrible, 1989

29 07 1989

Capítulo VI

De lo que avino a un enanito de Blancanieves que se hizo comunista, con nociones de sustología y parición del aguacate, hedor y lucha de clases y la fatigada ascensión al cielo de don Antolín del Corojo, el Tabaquito huérfano, helicópteros y semáforos, con flauta y sin pasaporte, la esmerada plática del hermano Evangelio y los dedos en lata, los silbidos hacen cola y otras admirables razones de Antolín el Grande

Portada Aventuras-eslavas 176Patidifuso me quedé con aquello de irme pa Rusia. Va y mañana vienen a decirme: Antolín, lo hemos seleccionado para una excursión a la Luna. Y Antolín ahí, de lo más tranquilo; porque eso de ir a la Luna ya no tenga gracia. Pero aquello de Rusia. Que si fuera ahora en la actualidad. Mira tú. De turismo y discutido. Cualquiera va. Bueno, amarré a ponerme nervioso y se me cayó la cesta, y el desparrame de gardenias fue que ni en las novelitas de Corín Tellado. Pero me hice ahí mismo un confesionario padentro: Ven acá, Antolín, ¿qué nerviosera es la tuya, negrito? (…) Mírate a tí mismo personalmente: el guajirito Antolín, Antolín el Chiquito, Antolincito el rebijío del Corojo, y la Revolución, de grandísima que es, lo manda pa las tierras de Rusia, a viajar los países como un personaje de novela. Empecé a decirle que sí a Manolito, que si no me ataja todavía estuviera el guajiro diciendo SÍ SÍ  SÍ  SÍ . Vamos pa la casa y se lo contamos a mi vieja. Como él no había comido, cuando llegamos le dije: Vieja, caliente algo para Manolito y para mí, que venimos desfondados del cuello pabajo. Y mientras cocinaba —bueno, cocinar, cocinar, no tanto, porque un arroz con huevos fritos y boniato hervido casi no se cocina—, Manolito y yo elucubrando cómo le entrábamos a Mamá. Hasta que me decidí: hay que entrarle por el directo y como cosa hecha, antes que le dé la calambrina y la indefinición. Mamá, me voy a estudiar pa Rusia con los Jóvenes Rebeldes. Ni me quiero acordar del aspaviento y la lloradera que se armó en mi casa. Yo tengo como creencia cierta que es desde ese día que no pare el aguacate. Como que los árboles también tienen sus neurosis y con Mamá pegando alaridos allá, no digo yo el aguacate, hasta la palma real, que debe ser más asentada, se amarra a no dar palmiche para más nunca más. Entre más yo le explicaba, más se aspavientaba Mamá. Una tragedia griega, pero en el Corojo. (…)

—Ay, mi hijito, que no voy a verte más en esta vida. Mira que Consuelo se encontró antes de ayer un dedo en una lata de carne rusa. Y un dedo de negro, que allá en Rusia no hay. Dice el hermano Evangelio que es como un mundo aparte, un purgatorio, y que a la entrada tienen una cortina grandísima de hierro. Y al que pase y vea lo que hay de la cortina padentro, a ese no lo dejan vivo, para que no cuente después las atrocidades que suceden.

Y por cuenta de la gritería entra tío Néstor, que nunca estuvo ni con los batistianos ni con los rebeldes, ni con los indios ni con los caobois, pero siempre buscaba su acomodo. Pega a enterarse de las noticias y le dice a Mamá:

—Mejor lo dejas ir, mi hermana, no sea que de todas maneras te lo lleven. Fíjate que eso de las latas no es cosa comprobada y si se queda aquí a lo mejor el día menos pensado te lo movilizan para el monte y ahí te devuelven a Antolincito en una lata de madera. Y eso sí es cosa comprobada. Con un Antolín en el monte alcanza para toda la familia. Además, si esto se cae, puede que sea mejor tener bien lejos al vejigo, que los americanos se la van a arrancar a todos los comunistas, empezando por tu marido, que la Revolución le trastornó el seso.

(…)

Y a las seis menos cuarto, que no se me olvida, nos montamos en el tren lechero hasta La Habana, donde nos recogió un camión de los Jóvenes Rebeldes a la una o las dos de la madrugada.

(…)

Pensar que yo, Antolín Mena Carvajal, Antolín el Chiquito, que había ido solo a Pinar de Río dos veces y por asuntos de familia, estaba ahora en La Habana, solito solo, y en que me iba para Rusia y a montar barco y a correr el mundo como un capitán de quince años. Bueno, de dieciséis, pero eso no le hace. Y en el piensa piensa me trabó el ¡De Pie!, pero lelo como estaba fui el último en lavarme los dientes y salí atrás de todo el mundo. Aunque no era más que cruzar la calle —bueno, LA CALLE, que ahí en Carlos III los carros fu fu fu, pasaban medio volando medio corriendo—. Y yo en la acera, esperando a que acabaran de pasar cuando en ese instante, figúrate tú, todos los carros se empiezan a parar al lado mío. Y yo: ¿por qué se pararán los carros esos? Entonces viene por detrás de mí El Helicóptero y me grita: Pasa, comemierda, que tienes la roja puesta. Así estaba yo de aguajirao en aquel tiempo, que ni desayuné ni nada por andar velando a los demás para cruzar con ellos al regreso.

(…)

Ya yo estaba bastante mal de la gripe, que al final resultó pulmonía; pero no decía ni hola, porque enfermo sí no me iban a embarcar y se me caía el viaje. Primero muerto.

(…)

Yo creo que la navegadera iba todavía por frente a Matanzas, cuando me ingresaron. Ya estaba más del lado de allá que del lado de acá. Y pega los médicos rusos a halarme, hasta que me volvieron a poner de este lado. A la salida de La Habana fue cuando se me empeoró, con el llovizneo de aquella tarde y los cielos grises. Una tristeza de los elementos que era lo peor de lo peor para irse en barco. Óigame, negrito, cuando el aparato aquel pegó a moverse y despega y despega del muelle. Poquito, un poquito más, y rápido por el canal pafuera, y yo empecé a ver las calles que se iban patrás y la gente Adiós Adiós (Ay Dios, oía yo) y los pañuelos y las banderitas (…) —y éramos nosotros mismos yéndonos de la costa pafuera, hasta Rusia sin parar—; ahí me pegaron a pasar por la cabeza el capitán Nemo, Mamá, la Isla Misteriosa, Angelita, el «Titanic», Robinson Crusoe, Papá, el quimbombó de la vieja, las clases de Geografía, la cortina de hierro, un dos tres cuatro arriba los pobres del mundo, y si me muero por el camino, seguro me echan al mar como en El Corsario Negro. Ya el Morro parecía una puntilla parada, un fósforo sin caja, y La Habana ni engurruñando los ojos casi se veía. No diga usted el Corojo.

Capítulo VII

Discreto, nuevo y confuso coloquio sobre la etimología inconclusa del cha cha cha, semiótica de los malicones y sitios de perdición, higiene de los caimanes o el peligro de las importaciones, estilagas, milicianos y rock&roll, con nociones de Culosofía, Manolito el Suápiti y el sistema cubano de información o la prensa plana no tan plana, indigestión de realidad o las visiones de Iván y otros sucesos que adornan y acreditan esta grande historia.

                                                             

 

Este capítulo será confuso como las primeras impresiones, confuso como la Teoría de la Relatividad para mi abuela, los asesinatos de Agatha Christie, los trámites para una permuta, las novelas de Hermann Broch, o la solución al último teorema de Fermat —de paso, por si algún lector se aburre de este confuso capítulo, lo invito a demostrar que no hay números enteros x, y, z que satisfagan la ecuación xn+yn=zn, cuando n es un entero mayor que dos. Aunque los matemáticos le vienen dando vueltas a eso hace trescientos años, puede que usted tenga más suerte y descubra, gracias a esta novela, su talento matemático. O, en caso contrario, puede que se convenza de lo entretenida que es la literatura.

Este capítulo será tan confuso como los acontecimientos que tienen lugar en las retinas de un ruso, habituadas a recibir abedules, ranas hibernadas en los arroyos hasta la próxima primavera, troikas, distancias nevadas y otros paisajes Turgueniev, que de pronto obtienen la imagen de La Habana 1960.

(…)

Lo cierto es que los sentidos de Iván comenzaron a adentrarse en una ciudad donde los autos se movían a cien kilómetros por hora, donde el lechón asado no sabía a lechón asado (ejemplo de relatividad), gracias al fuego proporcionado por la madera olorosa de la guayaba; una ciudad donde cada fruta era un capítulo aparte en los anales de los sabores, y un coctel de frutas, el apretado resumen de un finalista desconcertado antes de la última prueba. Entonces la lengua de Iván fue sintiéndose cada vez más impotente, más abandonada. Empezó a padecer crisis de personalidad. Si las orejas son dos, y los ojos, y los brazos, ¿por qué yo tan sola y húmeda y encarcelada tras los dientes? La lengua hacía lo humanamente posible, pero por mucho que separara la piña del caimito, el mango de la fruta bomba, era incapaz de responder cuál era cuál y le ordenaba a la garganta: trágatelo y líbrame de esta carga, pachalusta, entre remordimientos y complejos de inferioridad.

Una ciudad donde en cualquier parte los acechaban altoparlantes gritando rock&roll y cha cha cha. Donde, lo que es peor, nadie sabía por qué el cha cha cha se llamaba cha cha cha. Donde, además, eso no le importaba a nadie y cualquiera sabía distinguir el cha cha cha del danzón, del danzonete prueba y vete, de la guarachita, del bolero, del son, y más aún del Concierto número uno de Chaikovski para piano y orquesta. Donde cualquiera sabía bailar cha cha cha, cantar cha cha cha y soñar cha cha cha (…) Iván comenzó a sospechar posibles etimologías en el sonido de las hojas del cocotero mecidas por los alisios tropicales, en el ronroneo de la soga que sostiene la hamaca en el cuadro La siesta, en el crepitar de los chichachacharrones de viento, el siseo de los churros al naufragar en el aceite hirviente, el almidonado crujir de un faldo dril cien con cadena de oro dieciocho, Santa Bárbara veintidós, camisetilla, tacos dos tonos y bacán de Prado y Neptuno incluido, o en el acezante quejido de una faja atenazada, como América Latina entre el subdesarrollo y las transnacionales, entre la fuerza centrípeta de la saya y la fuerza centrífuga de las nalgas.

(…)

Una ciudad bella, limpia (entonces), moderna, con Ten Cents, superoferta para las amas de casa, y niños vendiendo periódicos, oiga, señor, cómpreme la noticia, y hasta el negrito que anunciaba las últimas internacionales y domésticas cantando, bailando, haciendo cuentos de relajo y que vendía mucho más que los otros: “Oye la noticia, monina: lo de Stevenson el fuácata. No te lo pierdas. Fue a darse bombo y le dieron hasta por el bombo. Fue mucho lo que le pusieron. Un papelazo de competencia. Lo que dice la vieja mía, caballeros: el que nace pa changuí, ni aunque se pinte de cheche”. La ciudad del Tikoa Club, del Two Brother’s Bar, del Sloppy Joe’s, los Forshane Shoes y del Caballero de París obsequiando estampitas y recibiendo muy digno las limosnas, como si se tratara de meras contribuciones de aquestos sus vasallos, y la ruleta gira y gira en el Salón Rojo del Capri, hagan juego señoras y señores, el banco pierde y se ríe, el punto gana y se va, y más niños a medio la limpieza señor, el Diamante de Neptuno, y milicianos adelante, milicianos a marchar, sólo tenemos un ideal, y los night‑clubs amor, amor que falsa eres, tú me engañaste y con tu traición, ven mi corazón te llama, y el casimir erecto contra el dacrón húmedo de las damas, y el niño mami mami, cómprame ese avioncito, camina, muchacho, siempre tienes que pararte delante de la vidriera de Los Reyes Magos. Y posadas donde se fornica contra reloj. Y el ciego, por el amor de Dios, señor, la Caridad del Cobre me pidió que fuera, ella sabe lo mío, y marchando vamos hacia un ideal, y las mulatas de Tropicana impecablemente vestidas con tres estrellitas ubicadas estratégicamente en el nombre del hijo, en el epíritu y en el santo, meneando el caderamen según una órbita elíptica que ni Kepler, y cantando en son de guarachita que somos socialistas palante y palante, y los hombres a media calle girando ciento ochenta grados al paso de un apocalíptico, prodigioso y extrovertido culo, y fue entonces cuando Iván sospechó la cultura tropical del culo. El culo totémico, homenaje a ancestrales divinidades paganas. El culo como atributo de la personalidad. El culo mito, ritual, inspiración, activando la espoleta del genio poético: mami, si te pones cascabeles, eso suena mejor que la orquesta sinfónica; niña, mañana mismo voy pal oculista, porque estoy viendo doble, en esa Sierra Maestra yo me alzo cuando tú quieras. El culo unidad y lucha de contrarios. El culo intermediario, porque en Belascoaín y Zanja una reyerta con asomo de cabillas envueltas en periódicos fue zanjada por un culo talla extra que apareció, inocentemente (si puede hablarse de la inocencia de los culos) en la acera de enfrente. El culoulouloulo (con eco). El culo ambivalente y contradictorio, objeto de discordia y concordia nacional. El culo mitológico de Paulina, la del bidet. El culo de puntilla, el de manzana, el culo melocotón, el palangana (para los menos exigentes en cuestiones de estilo). El culo corazón, quizás el que de un modo más inmediato toque las fibras sentimentales del hombre. El culo socialista, por lo equitativo. El culo tímido, por lo noculo. El culo equilibrista, tan al borde de la caída siempre. El culo evocador, en fin, nostálgico, ¿te acuerdas de aquel culo? El culo resignado del viejito: niña: con lo que tú tienes y con lo que yo sé… El culo de carné y el panorámico, el culo VW y el culo Cadillac, fueron introduciendo a Iván en los misterios de la Culosofía.

(…)

Y mientras, Manolito el Suápiti voceando: “Entérense con María Cruz. Dice que a la tercera va la vencida. Ciento seis abriles y le dio pasaporte a la incultura. Ya no hay quien tupa a la ocamba. Clara como el dril cien. Vaya, Revolución, el Hoy, con las viejas más viejas y los pollos más pollos. No se lo pierda, señor. Festival de rubias en La Habana. No se preocupe, que hasta sin espejuelos se les ven los chichones en la fotografía. Vacilen el rubietaje que nos mandaron los checos. Nada de nada, que estas checas están más buenas que las otras checas, aunque no sirvan para lo mismo. Directas de Uropa, caballeros. Directas de Uropa”.

(…)

Entonces Iván empezó a reponerse de sus visiones, se dijo a sí mismo que el cambio de horario, la humedad relativa del aire, la dieta quizás. Y poco a poco empezó a comprender, a pesar de la confusión que permea toda esta historia y, por extensión, este capítulo. Un capítulo que será, como anuncié al principio, muy confuso. Tanto, que todavía no sé cómo voy a escribirlo.





Silvio Rodríguez: mi amor con el futuro

29 06 1989

“…sé que el pasado me odia

y que no va a perdonar mi amor

/con el futuro”

Silvio Rodríguez

(“Nunca he creído que alguien me odia”)

Más allá de la verja

de cerca peerles, más allá del pequeño jardín que quizás frecuente de vez en vez el Rey de las flores, empieza el mundo cotidiano de Silvio Rodríguez. Junto al umbral, dos pequeños cuadros con unicornios: uno perfectamente azul, otro de ese color desvaído que confiere la distancia.

Del otro lado de los unicornios aparece la sonrisa sugerida de Silvio, su saludo en voz queda, su mano seca y breve (como en voz queda también) estrechando la mía. Una taza de café fuerte se abre paso entre los casetes, libros, adornos, ceniceros, partituras que invaden la mesa de centro. Silvio ha hecho un alto en la tarea de ordenar la biblioteca y evacuar los papeles que se le han ido acumulando en dos años y medio sin pausas. De ahí esa sensación de desorden, de casa saqueada por gendarmes inescrupulosos. Quizás después del ordenamiento venga un desorden más racional.

Una frase de Guimarães Rosas en Gran Sertón: Veredas—”Vivir es peligroso”— hace el papel de preámbulo, mientras las palabras fluyen y refluyen, como un oleaje, antes de tensarse hacia este juego de preguntas y respuestas, de ataques y contraataques, que es una entrevista:

—¿Qué es la honestidad? ¿Cambia el concepto de honestidad con los años? ¿Se amolda el hombre a una honestidad de perfil ancho, más permisiva, menos extremista?

—No creo que la honestidad tenga que tener como ingrediente el extremismo, aunque pueda padecer de él. La honestidad es una de las más altas aspiraciones del espíritu exigente. Estoy convencido de que todos nacemos preparados para ella; es la educación social y familiar, influida a su vez por el desarrollo histórico, lo que nos aparta desde el inicio de ese hombre nuevo que todos somos potencialmente. Por eso la honestidad es una búsqueda dolorosa en cualquier tiempo de la vida, y hallazgo para los más exigentes, para los más rigurosos de voluntad. Aún así, se puede errar siendo honesto, y se puede acertar por lo contrario. Pero no creo que esto obligatoriamente nos amolde, con los años, a una “honestidad de perfil ancho”, porque lo que nos ensancha es precisamente la honestidad sin adjetivos mediatizadores, sin apellidos. La “anchura de la honestidad” tampoco la veo como un repliegue hacia posiciones menos comprometidas —o permisivas, como tú dices—, sino a la capacidad de sorpresa que tenga el continente de comprensión. Hace poco me hablaron de que hay quienes afirman que la verdad es distinta cada día, y esto es entender la verdad como si fuera un objeto de consumo, plástico desechable. Me parece, eso sí, que un día es siempre distinto del otro y que la verdad, como cualquier cosa que se respete, tiene que estar preparada para ello.

 

Para no arrancarse el corazón

—Todo creador lo es, en cierta medida, porque un sector de su niñez, de su adolescencia, no lo abandona nunca. Afirmo yo, aunque también esa afirmación resulta discutible. ¿Te ocurre? ¿Qué piensas de quienes pierden adolescencia y niñez con el curso de los años?

—Bueno, maravillarme es una de las cosas que más me ayudan a vivir. Quizás estoy un poco parcializado por eso. No hace mucho comenté algo sobre el susto de la maravilla: una sensación inefable. Quizás haya gente que sufra tanto sus sufrimientos —y valga la redundancia—, que en la desesperación intenten despojarse de todo vestigio de la niñez, pero yo dudo que lo consigan, cuando menos totalmente, porque la juventud tiene vida propia y es ella la que no quiere abandonarnos. Habrá quien viva en esa guerra absurda; pero pobre de él, porque es como quererse arrancar el corazón.

—”Los años son, …

pues, mi mordaza, oh mujer; / sé demasiado, me convierto en mi saber” ¿Cómo has sentido eso en el plano personal y como creador?

—No conozco canciones más desgarradoramente ciertas sobre lo que el paso del tiempo significa para nosotros, los mortales, que las escritas por Pablo Milanés. Y no lo digo sólo porque: “El tiempo pasa y nos vamos poniendo viejos…”, sino sobre todo porque: “Los años mozos pasaron y ahora saber que hay que ser y hay que estar…”. La pregunta se las trae. Yo pienso a menudo en eso, lo que no quiere decir que tenga respuesta. Como creador, los años me han reportado una claridad en el oficio. Aparece la posibilidad de hacer más con menos. Ir más directamente a lo que uno quiere decir y cómo, porque uno se ha enfrentado varias veces al mismo problema.

—Aunque frente al hecho creativo creo que uno siempre se encuentra desnudo, como la primera vez, y de nada vale la experiencia.

—Esa es la contrapartida. Uno a la hora de crear pierde un poco de objetividad, y no hay que olvidar el papel del azar, las zonas de la creación que son totalmente aleatorias, en las que para nada vale la experiencia, por mucha que tengas; porque en ese momento, en esas circunstancias, uno pierde todas las armas.

El canto: esa insurgencia

—”¿Y qué hago yo aquí donde no hay nada / grande que hacer?” ¿Recuerdas a Villena? Es una preocupación ética que ha atacado a casi todas las generaciones, y en especial a la tuya (el ejemplo del Che, las guerrillas, irse a combatir). ¿Cómo se manifestó eso en ti en su momento? ¿El tiempo y el trabajo creador te han conciliado con tu tiempo y tu lugar?

—Ese poema de Rubén, “El gigante”, y otras señales de entonces, fueron entrañables formas de relacionarme con la llamada “generación del 30”, porque mi promoción, casi 40 años después, sintió lo mismo. La Revolución de Fidel y el paso del Che cristalizaron esos mismos sentimientos que eran parte de nuestra levadura histórica, en la juventud de aquel tiempo. Para mí fue una obsesión abrumadora. La frustración de no poderme convertir en guerrillero me llevó a plantearme mi trabajo, tanto creativamente como en la relación con el público, como una forma de insurgencia. Esta hambre de épica revolucionaria fue la causante en parte de que en el 69 subiera a un barco de pesca y navegara durante más de cuatro meses por la costa occidental africana; la misma necesidad hizo que me entrenara militarmente, para después viajar dos veces a Angola en 1976. Aún a principios de la década del 80 intenté enrolarme en una expedición revolucionaria a un país más cercano. Conozco gente que por el 69 o el 70 fueron capturados cuando trataban de abandonar ilegalmente la isla. Su propósito era incorporarse a las guerrillas de Latinoamérica. Por entonces también se me ocurrió esa idea, pero afortunadamente no la puse en práctica. Era la época en que los trovadores hicimos las primeras canciones autocríticas en la sociedad revolucionaria, y aquella novedad no fue bien vista por algunos; tanto, que a veces las canciones —y con ellas los cantores— eran interpretados como contra la Revolución, y se tejían leyendas absurdas sobre nosotros. Imagínate lo que hubiera inventado la maledicencia si me capturan en un intento de salida ilegal. ¿Quién hubiera convencido a aquella gente que lo que quería era hacerme guerrillero? A lo mejor ni tú me estuvieras haciendo ahora esta entrevista. Hay días que pienso que nunca he estado más satisfecho de mí que en aquellos años. Aunque todavía me siento capaz de ser guerrillero.

La libertad de mis convicciones

—¿Has sufrido censuras? ¿Autocensuras? ¿Dispones en este momento de toda tu libertad como creador?

—He sufrido censura pocas veces, porque siempre han sido mis amigos los que me han sugerido que no diga tal o más cual cosa. El enemigo no puede censurarme, aunque pueda, si quiere, eliminarme. Aceptar censura de tu antagonista es aceptar que le temes y eso no me parece muy digno. Sin embargo, a mí me ha censurado ocasionalmente algún compañero de trinchera para, según su análisis, poder seguir contando conmigo, para poderme defender en caso necesario. Sólo esto me ha hecho acatar, en esas escasas ocasiones, ese tipo de censura; la confianza en la visión de un compañero de probada valentía. Pero cuando la mala fe, la estupidez o la cobardía han intentado reprimirme, no han podido. Autocensuras no he padecido. He sabido aguardar por mi propia claridad cuando mis limitaciones no me han dejado encontrar la forma constructiva de plantear un problema. Siempre he dispuesto —y dispongo— de toda la libertad creadora de mis convicciones.

(Una llamada telefónica me deja a solas frente al enorme retrato del Che, que fuma un largo tabaco y mira de soslayo hacia la silueta de Chaplin que se recorta contra la ventana, sobre el sofá cubierto por una manta y cojines con motivos andinos. Aunque Chaplin es muchos Chaplin: una foto al otro extremo de la sala, en una estantería llena de juguetes y estatuillas, otra con el Chicuelo).

Volando sin asidero

—¿Qué vínculos o desvinculaciones encuentras entre los conceptos sexo y amor? ¿En qué medida pueden ser plenos juntos y/o separados?

—Bueno, nos educan para que pensemos que el sexo es un complemento del amor, pero casi nadie es muy escrupuloso a la hora de practicar con el ejemplo. Por todas partes se ve cada vez más libertad o promiscuidad (marque con una cruz) sexual. Mientras tanto, aquellos amores a prueba del tiempo, la distancia y otras calamidades, cada vez se dejan ver menos. Veo cierta analogía entre la inmadurez que lleva al joven a un estado de frenesí sexual cuando “descubre” estos dulces demonios, y lo que sucede a escala universal. Hasta hace pocos años, el sexo era un tema abordado muy pudorosamente por la información masiva. El desarrollo tecnológico ha contribuido a acelerar la propagación de las ideas y a veces me parece que las cosas pasan tan de prisa, que cuesta trabajo que algunos conceptos se sedimenten. El pensamiento está recibiendo cada vez más matices positivos y negativos, y esto implica una inestabilidad de los valores. Esta crisis de valores se refleja en la conducta, y al generalizarse puede dar una impresionante visión de caos. Es como si el mundo estuviera en una especie de adolescencia emocional. El amor y el sexo son como dos cuerpos volando sin asidero dentro de ese vehículo encabritado.

Una sonrisa plena, transparente

—¿Resulta molesto eso de ser una figura pública y que la gente te señale con el dedo por la calle, que pierdas ese sector de la intimidad que concede el anonimato?

—Si la cosa se redujera a eso, sería una bicoca, como diría Meñique. Tener imagen pública es mucho más que estar expuesto; podría decirse que esa es la parte visible del iceberg. La parte sumergida, la responsabilidad, es el verdadero coloso de este asunto —Involuntariamente, miro hacia la ventana, donde cuelga un gallardete con una frase extraída de alguna traducción de El Pequeño Príncipe: “Cada quien es responsable por siempre de aquello que ha cultivado” —. Ser reconocido en cualquier sitio te compromete, cuando menos, a intentar una conducta adecuada a tu entorno. Incluso te puede inducir a exagerar. Porque si eres persona que saluda bajito, y no te oyen, hay quien pueda pensar que eres mal educado —cuando no das con el que piensa que estás envanecido y que no saludas porque desprecias a los demás—. Si eres distraído, estás frito, porque ahí mismo empieza a funcionar esa mítica que las personas públicas llevan como su sombra. Hay otra cara de eso, de la que se habla poco. Es cuando el cariño que cotidianamente te expresa la gente te ayuda a sobrellevar un problema que tengas. Yo he salido a la calle deprimido y he regresado con alivio a casa, gracias a que alguien, en una esquina, en el instante de sorpresa al reconocerme, me ha obsequiado una sonrisa plena, transparente.

Vindicación de la soledad

—¿En qué dosis necesitas la soledad, no sólo como ingrediente para la creación, sino también para pensar, para vivir? ¿Has sentido algo así como la soledad del corredor de fondo que se ha escapado del pelotón?

—Bueno, el mundo, además de ilustrar, distrae. Quizás de ahí venga lo necesaria que es cierta dosis de soledad. La soledad ha sido un poco calumniada, creo yo. No sé si como reflejo de la imagen del burgués perdido en su mansión. Nadie recuerda que Lenin, al ver fracasada una perspectiva política, creo que cuando vivía en Londres, se fue unos meses a las montañas, bastante desconsolado, según Walter, y tras la meditación regresó fortalecido, con nuevos bríos. Tampoco se suele recordar que Jesús hizo lo mismo, marchándose al desierto. La soledad no es siniestra; todo depende de sus resultados. Para el que trabaja con ideas, es útil; lo que no quiere decir que en medio de la multitud no se pueda pensar. Yo he compuesto canciones en lugares y situaciones muy poco solitarios, pero haciendo esfuerzo extra. La concentración que facilita la soledad ha sido buena asistente del trabajo. Y como siempre tengo algo por hacer, difícilmente me aburro estando solo. Por cierto, en uno de los libros de notas de Hemingway, Norberto Fuentes encontró el siguiente apunte: “Las visitas y el teléfono son los principales enemigos del trabajo”. Quizás en una época sentí esa soledad del corredor, no porque yo me sintiera solo, como porque el medio me hacía sentirme solo, rechazado. Decía lo que necesitaba decir, pero el roce con el medio me hacía sentirme solo. Lo asumí, porque era como yo pensaba que debían hacerse las cosas, por eso en “Debo partirme en dos” dije:

“Yo quisiera cantar encapuchado

y luego confundirme a vuestro lado

aunque así no tuviera amigos ni citas…”

Pablo y yo lo hablamos a menudo. Quizás precisamente con él, porque ha sido entre nosotros uno de los más preocupados por el paso del tiempo, y lo ha sabido expresar con nitidez. Pero no era porque yo me sintiera solo. Siempre necesité hacer canciones para el momento que estaba viviendo, no para mañana. De ahí que no me sintiera solo.

Soy un animal con sensaciones

—Como creador tienes una responsabilidad social con el público, y una responsabilidad contigo mismo, en tanto tienes que ser absolutamente honesto en el momento de la creación. ¿Cómo funciona esa dualidad para ti en el momento de la creación y después? ¿Cómo conjugas ambas cosas?

—En mí predomina lo intuitivo. Soy un animal con sensaciones. Cuando hago canciones o cualquier otra cosa creadora, la responsabilidad no está sentada frente a mí con una regla que azota mis manos —y muchos menos mi cabeza—. Yo gozo lo que hago, lo que construyo. El trabajo es una recreación de mi sustancia, aunque con frecuencia tenga que sudar fuerte para resolver una dificultad expresiva. Luego resulta que está terminada una canción y entonces la miro (la miro escuchándola) y me hago preguntas, porque aprendí que las canciones sólo te pertenecen mientras las estás haciendo. Luego cobran vida propia; porque se te desprenden como el huevo a la gallina. Por eso las miro y me digo: Termine en el sartén o en pollito, esto no es más que un huevo puesto. Yo soy la ponedora. ¡A trabajar! Aunque pueda parecer más viril aquella frase, también de Hemingway: “Cuento terminado, león muerto”; me parece el mismo sentir.

Mi juego predilecto

—El trabajo del creador suele ser obsesivo. Por eso a veces es tan importante saber trabajar como saber descansar. ¿Cómo descansas tú?

—La creación es una fiesta. Un ejercicio divertido para la inteligencia y para el hambre de saber. A veces los ensayos, los conciertos, las grabaciones y las giras dejan poco espacio para mi juego predilecto, que es ponerme a inventar canciones. Por eso la mayor parte de las composiciones de los últimos años sólo han podido aparecer en los días de vacaciones. Y te juro que esos instantes de trabajo han significado un magnífico descanso. ¿Quieres más café?

—Siempre.

 

(Pero aunque Silvio sale a buscar el café, me deja en compañía de otro Silvio pintado por Guayasamín, que me mira desde la pared con ojos redondos como pelotas o como mundos —quién sabe, estando Guayasamín de por medio—. Quedo también en compañía de una foto de mujer donde el pelo es aureola y el rostro ha sido usurpado por una oquedad de sombra. Cabalgando hacia ella, media docena de unicornios de cristal).

Obsesiones

—Todo creador tiene un limitado número de obsesiones a partir del cual compone un universo narrativo, poético, creativo en general. ¿Cuáles son tus obsesiones, las ideas básicas que bucean o sobrenadan en toda tu obra? Digo, si puedes formularlas explícitamente, lo que no siempre sucede.

—Creo que cualquier asunto puede ser motivador para la creación, más cuando se tiene bien engrasada la maquinaria del oficio. Cuentan que Maupassant escribió algunos de sus más famosos cuentos luego de preguntar en la tertulia de sus amigos sobre qué querían que hablara su narración del siguiente día. Yo estoy lejos de semejante eficacia, aunque consciente de que la creación está compuesta por una considerable zona artesanal. Necesito inspirarme y sobre esto tengo poco control. Pudiera decir que tengo una balanza con un eje central. Eje de la inercia, que siempre está pesando dos sentimientos continentales: felicidad e infelicidad. Cuando una de estas dos motivaciones pesa más, se produce una chispa que pudiera terminar en canción. Debajo de cada una de estas palabras se podría hacer una larga lista temática que podría resumirse en: lo que me hace feliz y lo que no.

La fantasía no existe

—Sé que sientes una especial predilección por la ciencia ficción y por la literatura fantástica. ¿Qué nexos hallas entre la fantasía imaginada por el hombre y la fantasía real de lo cotidiano?

—Yo creo que la fantasía no existe. Fantasía es un término insuficiente para ciertas actitudes de la imaginación, porque la imaginación no puede crear sin fundamento. Incluso los desvaríos de la locura tienen su origen en señales recibidas que no pueden ser organizadas porque se padece de cierta patología. Creo que hasta el absurdo puede tener cierto sentido. Las obras fantásticas que menos recomendaría, son las que invitan a hacer lo que el avestruz; pero aún estas obras me parecen producto más de la desesperación que de la lucha de clases, como se ha dicho. Es difícil, por no decir imposible, que algo salido del hombre no refleje de algún modo la realidad. Podemos tomar, por ejemplo, la ensoñadora leyenda de Cenicienta: no puedo dejar de ver la amarga ironía de quien la concibió; como también es obvio que se trata de una historia de desigualdades e injusticias, que toma partido por la bondad. Creo que la literatura fantástica y la ciencia ficción tienen algo en común: su aliento metafórico. En el mejor de los casos, poético. Y en ese trasfondo, veo también analogía con lo que se ha llamado realismo mágico. Dice García Márquez que le gusta leer a Conrad y a Saint Exupery porque abordan la realidad de un modo “sesgado” que la hace parecer poética, aún en instantes en que pudiera ser vulgar. Pero te repito: la fantasía no existe. El hombre, quiéralo o no, es un espejo, y su imaginación es también parte de la realidad. Lo más grande que conozco al respecto lo escribió Raúl Roa García, en su libro sobre Rubén Martínez Villena: “La imaginación de la realidad suele ponerle rabo a la realidad imaginada”.

Parto de sobresaltos rítmicos

—A veces siento que en tus canciones la consonancia del verso, por obligaciones musicales, monta sobre la idea, la arrastra, y no viceversa.

—Es probable que tengas razón, y ojalá no lo hayas “sentido” demasiadas veces. En un principio, porque no me daba cuenta de este aspecto formal, me ocupaba poco de consonancias y asonancias. Después, leyendo mis propios textos, había cosas que me sonaban feas y me di cuenta que era mi carencia de escrúpulos ritmáticos. Claro que éste no debe ser el valor primario de un texto, pero es parte de una coherencia formal que debe ser consciente. Sin embargo, esto es sólo una escaramuza de mi combate artesanal, porque generalmente parto, para escribir los textos, de ciertos aires melódicos, de densidades armónicas, de sobresaltos rítmicos de la música. En medio de todo este berenjenal trato de ser respetuoso con la idea, aunque a veces las canciones empiezan a decir cosas ellas solas, sin consultar conmigo. En estos últimos casos, me entero de lo que quieren decir cuando han terminado de manifestarse a su antojo.

El aliento es más importante que el estilo

—Hay sectores de tus letras netamente vallejianos (sobre todo en los inicios), martianos (me vienen a la mente El rey de las flores y Ojalá, que también tiene de Góngora), y un tono más conversacional que salpica hasta tu obra más reciente. ¿No tienes prejuicios poéticos?

—Prejuicios no, pero, cuando menos, elementos de juicio, espero que sí. Siempre me ha parecido que el aliento es más importante que el estilo. Primero lo puse en práctica intuitivamente; después llegué a la conclusión. Cada trabajo es una experiencia en sí misma, aunque forme parte de todo un quehacer. Desde que comencé tuve inclinación por la diversidad, de modo que cada canción fuera una aventura singular. Por otra parte, como tú señalas, es cierto que al principio estaba fuertemente influido por Vallejo. Lo leía mucho, lo absorbía porque me identificaba con el carácter de su obra. Todavía se me sale un poco. Y esto lo digo sin pesar, porque aunque nunca me quise parecer a nadie, ni siquiera a mí mismo, tampoco me avergüenzan las buenas señales.

Martí y otras influencias

—¿Cuáles son las lecturas a las que regresas como el asesino al lugar de los hechos? ¿Tus pintores, aparte de Chagall? ¿Tus músicos?

—Tengo muchas lecturas favoritas y quizás fuera largo meterme a inventariar todo eso, pero a Martí regreso tan a menudo que lo que resulta es que nunca lo he dejado. Desde hace casi tres décadas lo visito, cuando menos, varias veces al año. Otro tanto me sucede con la pintura y con la música. Pero te voy a mencionar algunos nombres indelebles: Van Gogh, Carlos Enríquez, Sindo Garay, Bethowen y The Beatles.

—¿Qué incidencia ha tenido en tu música y en la de los más recientes trovadores cubanos, la música brasileña?

—La música brasileña me llegó, a través de Martín Rojas, hace bastantes años, en canciones de Caymi, Joao Gilberto y Tom Jobin. Poco después de aquello, aparecieron las primeras cosas del tropicalismo y me impresionó especialmente la música de Gilberto Gil. Los músicos que después conformamos el Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC llegamos a hacer un concierto de canciones brasileñas para manifestar nuestra identidad con aquel movimiento, en muchas cosas similar al nuestro. Se me han quedado rasgos más o menos visibles (o audibles) y el ejemplo obvio es Pequeña serenata diurna, aunque lo de entonces y lo de ahora se ha homogeneizado en mi propio mundo. Me parece que la influencia brasileña es más evidente en algunas composiciones de algunos trovadores de hoy, pero es probable que sea una etapa y que ese carácter tan marcado termine fundiéndose con todo lo que les está marcando e influyendo, y esto de lugar a la acabada expresión de cada uno.

Y terminar (¡al fin!)

—Si pudieras hacer una breve relación de las diez cosas que más amas, ¿cuáles incluirías?

—Seguro no incluiría preguntas como esta, que parece ingenua y es como para partirte la cabeza en dos, pensando. Rápidamente te podría decir algunas como el universo, Cuba, la Revolución, mi familia, San Antonio (mi pueblo), las artes, los duendes, hacer el amor y terminar (¡al fin!) entrevistas tan largas…

“Silvio Rodríguez: Mi amor con el porvenir”; en: La Gaceta de Cuba, La Habana, junio, 1989.





Esa distancia entre el rock y tu oído

29 01 1989

El rock, como cualquier otra manifestación artística, requiere ciertas condiciones para su creación, y medios para difundirse, antes de llegar al público. A veces, incluso, una difusión inadecuada retroalimenta una creación desafortunada. Esa distancia que va desde el rock a tu oído es el tema de este artículo, elaborado a partir de una amplia conversación con jóvenes aficionados al rock, especialistas en divulgación masiva, críticos, músicos y periodistas.

 

¿Es de alguien el rock?

Guillermo Vilar (crítico): Lo que vale en el rock es patrimonio de la cultura universal. Arte. La palabra lo dice. Buena música. Eso no es yanqui. Y lo que es enajenante, eso no lo queremos para nuestros jóvenes. Por otra parte, hay mucho mimetismo, cierta tendencia a imitar, pero a imitar de un modo infantil, de una manera subdesarrollada. Si se imitara con talento, todavía. Son estúpidos. A veces ni saben por qué piensan así.

De modo que sería el

 

Rock cubano, ¿una utopía?

Ernesto García (trabajador): Yo soy fanático de los grupos de rock. He oído a Trébol, que toca mucho por la Víbora, fui utilero de Ovni, que ensayaba en la Casa de la Cultura de Arroyo Naranjo; Venus, que tocaba mucho en La Habana Vieja. Imitan mucho, tienen que imitar como hacen 20.000 profesionales. A veces los trancan. No saben cómo hacer y no tienen oportunidades. A veces tocan en una casa de cultura porque ellos mismos lo resuelven. Un rock cubano que sea bueno, como está haciendo Gens con música de Silvio, eso es lo que necesitamos.

Eloísa: Caballeros, volvamos a la realidad. El problema del rock aficionado es el mismo problema en general del movimiento de aficionados en Cuba. Es que hemos pensado que cualquiera puede pararse en un escenario lo mismo a bailar que a cantar, y hemos tratado de hacer cultura extensiva.

Ernesto García: Yo pienso que el trabajo de las casas de cultura es para formar público. Porque si aquí existen escuelas de arte, los artistas deben salir de las escuelas de arte.

Esther: ¿Qué pasa con los muchachos y la música rock? En primer lugar, casi nunca tienen a un instructor que los atienda. No hay recursos. ¿Y a quién se le ocurre hacer música rock sin recursos? Yo no tengo nada en contra del grupo Venus. Conozco sus textos y he ido a sus conciertos, pero son textos completamente antiestéticos y antiliterarios, aunque con muy buenas intenciones. No se puede difundir esa música, porque le hacemos daño a la gente. No es que haya tabú, pero no podemos difundir un producto de mala calidad. Tampoco debo prohibirles que pasen su tiempo libre rasgueando una guitarra en una casa de cultura. Quería referirme al problema del Pabellón Cuba. Para nadie es un secreto lo que ocurría en el Pabellón Cuba cuando ponían un video. De los jóvenes que entraban, había algunos con problemas, pero los mismos que aplaudían a Silvio Rodríguez eran los que aplaudían a Led Zeppelin. Nosotros somos los que tenemos que manejar el problema de la  propaganda, de la difusión, de la promoción, y obtener un resultado positivo.

José Manuel: [en referencia a los grupos de rock aficionados] Yo hago una pregunta: ¿Por qué entonces, si no son buenos músicos, ni profesionales, atraen tanto público? Pienso que los jóvenes prefieren oír a un grupo mataperrero cubano, que sentarse al lado de una grabadora o de la FM, a escuchar un grupo extranjero por muy bueno que sea. Sencillamente, necesitan que nosotros hagamos ese tipo de música. Subsiste de todos modos el problema de una mala difusión. Yo no sé mucho de música, pero me gusta mucho Gens, Monte de Espuma. Ahora se está viendo algo por la TV, porque hay gente todavía con la idea de que para oír música rock tiene que tratarse de un grupo americano o inglés. Moncada, Síntesis, y de ese marco estrecho no salimos. Es un poco el problema de la oferta y la demanda. La oferta de calidad que ponemos a disposición de la demanda es muy reducida. Hay otro problema y es la programación. A veces he visto que ponen programas de interés en un horario no estelar.

Por supuesto, si se aspira a crear el rock cubano, este tiene que ser

 

Calidad, no bulla

Silvia Gaume (especialista en difusión musical de la TV): También, con todas las dificultades que tenemos, yo pienso que todas estas cosas son superables a partir de la propia superación de los productores, de la música que nos entre, de la que se fabrique. Monte de Espuma, Síntesis, Amaury… O los que no se difunden. No quiere decir que el rock se convierta de hoy para mañana en el rey de la difusión y el ombligo del mundo, pero sí es necesario acabar con el mito y la estupidez. El rock es una manifestación musical como cualquier otra y nos gusta bailarla, escucharla, porque somos jóvenes y es la música de nuestra época. A partir de esto, empezar la batalla con nuestro propio rock, y ganarla con calidad. Porque Kansas, etc., son músicos de mucha más calidad que muchos músicos sinfónicos que andan caminando por ahí. El buen rock, claro.

 

Ese espectáculo que es la música

Edesio Alejandro (músico): Pienso que se nos van alante porque no tenemos los medios. Ahora bien, hay un grupo que se llama Miami, y hacen una especie de rock con música cubana. Hay mil gentes que han hecho eso, pero no han tenido ni la difusión ni los recursos.

Alberto Serret (escritor): Tenemos que buscar la forma de darle a nuestros jóvenes el rock de una forma atractiva, tanto musical como visualmente.

Silvia Gaume: Hace poco se hizo un programa “Mañana es Domingo”, con Edesio y Monte de Espuma. Aunque la TV usa humo para cualquier cosa, para el rock y la música electroacústica faltó humo. No había que darle importancia. Un concierto de rock implica una serie de elementos extramusicales que le sirven de andamiaje a la música. Sin ellos sería difícil realizarlo: rayos láser, luces, dinamismo. Si nos quedamos atrás, los jóvenes nunca se van a sentir identificados con lo que les estamos dando; por tanto, necesitamos ese espectáculo, que no puede contravenir la ética, ni incitar a la violencia. Lo necesario es lo elemental.

Víctor Rodríguez (músico): Respecto a eso, debemos abogar porque nuestras puestas, nuestros conciertos de cualquier tipo, vayan actualizándose y se apropien de los elementos del mundo actual. Los últimos recitales de Silvio en el Carlos Marx y en el Nacional usaron algunos efectos de luces, en son de búsqueda, que no había visto antes en la Nueva Trova. Es romper esquemas, salir de la luz estática, la sucesión de canciones y los aplausos.

 

Presiones intangibles

Alberto Serret: En el ámbito nacional, Violente ha caído en saco roto, aunque tanto la agencia France Press como los medios de muchos países latinoamericanos se hicieron eco de ella. Los pocos que hablaron en Cuba de ella, lo hicieron como si fuera una obra de teatro más, ignorando sus peculiaridades. No se le ha dado difusión, pero no sólo eso, sino que hemos sentido desde antes, durante y después de su puesta, ciertas presiones fantasmales, sutiles, contra el hecho de que se haya puesto en Cuba una ópera rock, pasando por alto el hecho de que sea una obra con todos los valores revolucionarios que puede tener una obra hecha en Cuba en estos momentos.

Edesio Alejandro: Como compositor, yo siempre he hecho la música que me ha dado la gana. Nunca el Ministerio de Cultura me ha dicho: Puedes hacer esta música o no puedes hacer aquella. He tenido absoluta libertad para crear. Las presiones a que se referían respecto a la ópera que hicimos, son presiones que no se ven. Presiones como aquella que me ocurrió: Hasta un momento yo aparecía en conciertos que se realizaban a través de la UNEAC. Después nunca más se me llamó para aparecer en ningún concierto, y coincidió con el instante en que se empezó a notar que mi música popular tenía una cierta influencia del rock. Lo que se siente es un cierto tratamiento despectivo hacia esa música. Presión ninguna. Yo la he hecho siempre.

 

Lo bueno que sí y lo malo que no

se divulgue, parece ser una conclusión obvia, pero no tanto si lo analizamos en detalle.

Alberto Serret: La música, los videos de rock que nos entran de países socialistas no son los mejores, y a veces son tan infames que uno dice: el único rock que existe es el inglés y el norteamericano. Ese es un problema serio. Están poniendo videos de rock europeo a los jóvenes y casi todos  (salvo excepciones) son malos, grabados en vivo, con mala acústica, donde los vocalistas y la instrumentación son atroces. Suena a latica. Eso está atentando contra nosotros. Atenta contra la necesidad de todos los hombres de esta época de escuchar buen rock en Cuba, que responda a nuestros requerimientos espirituales. En Cuba abundan criterios contra el rock y son apoyados a veces de forma oficial, por eso no se está haciendo un rock válido en muchos sentidos. Por ejemplo, en el sentido del espectáculo.

Silvia Gaume: Quiero hablar de la difusión, el punto que más me preocupa. El sonido que damos por radio y TV puede ser un sonido maravilloso. Y la imagen también. Pero la TV se aprovisiona de videos que trae Chicho, que nos entran por cualquier vía. Hay que rellenar esa necesidad porque ya hemos creado un público que demanda en Colorama y otros programas. ¿Qué es lo que falla en esto? Las altas y las bajas de nuestra difusión.

Por ejemplo, dan un solo concierto de Banco mutuo de Socorro, o viene el grupo Karat, uno de los mejores de la RDA, y lo mandan a tocar para Remanganaguas, la TV no les hace ningún video, porque había que grabar miméticamente de algún teatro un concierto o casa así. No hay prioridad, aunque nos interesan los resultados.

Edesio Alejandro: Respecto a Violente, nuestras agencias todavía no se enteraron que era un logro cultural a bombos y platillos. Es la ignorancia. Además de otros que piensan: Si esto es un lío, yo no quiero meterme en líos. Mejor grabo un dúo o cosa así, y no tengo que romperme la cabeza pensando cómo superar los vídeos extranjeros, que tienen un ritmo de tres segundos por imagen.

Alberto Serret: Desde que empezamos Violente, los guionistas trabajamos asustados con lo que iba a pasar. Y lo manejamos en secreto hasta el último momento para que saliera, para que nadie le pusiera obstáculos. Pretendíamos demostrar que mediante el rock se puede comunicar un mensaje progresista como es la lucha contra la carrera armamentista, de la que Fidel ha hablado en millones de lugares.

José Manuel: Otro caso: un grupo soviético que estuvo aquí hace poco. Yo no me enteré de que estuvo hasta el día antes de irse, cuando los pusieron en Joven Joven. Y tocaron en La Habana. ¿Por qué no nos enteramos de eso? ¿Cuáles son los mecanismos? ¿Cuál es el filtro por el que tiene que pasar para nosotros obtener esa información? Es todo un acontecimiento para nosotros conocer un grupo de rock soviético.

 

Desinformación: padre y madre de la ignorancia

Esther: En un recital del grupo Moncada yo vi una pancarta que decía: “Viva Moncada, Heavy Metal”. Mira tú que ignorancia. Yo estaba muerta de la risa, pero por lo menos ese niño que decía Heavy Metal, arriba estaba diciendo Viva Moncada.

Silvia Gaume: Lo que pasa es que la falta de información provoca la ignorancia. La ignorancia recae en la juventud y responden con rebeldía.

En un momento abrimos una esquina de la puerta y decimos: por ahí va a entrar un 10% de información sobre rock. Pero el 90% se queda afuera. Entonces, ¿qué pasa? Se identifican con grupos que prefabrican una imagen de violencia, con grupos neofascistas.

Guillermo Vilar: Recibí una carta hace un tiempo de un joven combatiente en Angola, donde me decía que estaba muy satisfecho por haber leído un trabajo mío sobre Kansas. Un hombre que está allá peleando, y su periódico le hizo un artículo sobre Kansas, no sobre Kiss, sino sobre un grupo bueno. Como decir medalla de oro, aunque el deportista sea norteamericano.

Cuando salió Radio Martí, en cambio, por mi trabajo me pidieron que lo monitoreara. Como radio es bastante mediocre. Ponen música rock y eso, pero llego a la conclusión personal que el joven se siente pleno cuando sus medios le informan sobre esta música, no cuando la oye por estaciones enemigas y se siente confuso. Porque en Radio Martí no sólo le ponen música, sino que además le dicen cuarenta sandeces, y eso lo molesta. Hace falta que la música se la demos nosotros con nuestro criterio y desmitificando. Yo he puesto a Led Zeppelin en Perspectiva y audiciones en la Casa del Joven Creador y ¿qué pasó? No pasó nada. Es distinto cuando el muchacho tiene un vídeo que no ha visto nadie.

La información que están brindando nuestros medios de difusión es superficial. Tan parecida a la de la prensa occidental como una gota a la otra: Fulano nació aquí, vivió allá, y su repertorio discográfico es… Pero hay que hacer disecciones ideológicas, musicales, estéticas. Para que el público medio se informe, valore, se ponga al día y sepa más de lo que le brindan las agencias occidentales.

 

Cretinismo y violencia

Ernesto: Estamos importando la imagen esa de la violencia en el rock del mundo capitalista.

Silvia Gaume: También está el problema de la fabricación por grupos de rock de una imagen de violencia. Ahora bien, en nuestro país ha sucedido otra cosa: cada vez que ha sucedido un episodio de violencia relacionado con un espectáculo de rock, es porque ha habido un cretino metido adentro. En un pueblito de La Habana hubo un escándalo porque la directora de la casa de cultura, después de anunciar un grupo rock, solicitó que actuara primero un grupo de teatro uruguayo, que sería muy bueno, pero en ese momento, con todos los muchachos esperando por el grupo rock… Habían viajado horas desde los otros pueblos para escucharlo y la obra aquella duraba casi dos horas. Ahí los elementos violentos fueron ganando terreno. En Banco Mutuo de Socorro ocurrió la misma historia: rompieron las puertas. Hacía falta alguien que les dijera: Va a haber diez conciertos. Tú vas a poder oírlos cuantas veces quieras. Relájate, tranquilízate y ven mañana a comprar tu entrada.

 

¿Crear buenos patrones o mal gusto?

Ivette Vega (Sicóloga): El problema no está sólo en criticar los malos patrones que tienen los jóvenes, sino en crearles nuevos patrones. Me duele cuando alguien dice que los jóvenes están perdidos. En todo caso, los hemos dejado perder. No los hemos formado. Hay desviados y malos educados, pero los responsables somos nosotros. Lo difícil es crear nuevos patrones, nuevos ídolos. Sustituir patrones con calidad. “Perspectiva” sale una vez a la semana y, mientras, por nuestras emisoras se está poniendo durante 24 horas  música terriblemente mala, y todo el mundo la tararea.

 

¿Qué esperamos?

Silvia Gaume: Pienso que la difusión nuestra tiene que ver con lo que se ha hablado acerca de la imagen. Una imagen importada, por ejemplo. Estoy de acuerdo con Edesio en cuanto a la era tecnológica en que vivimos, en cuanto a la necesidad de la música rock. Hay grandes desniveles en la información. ¿Por qué hemos esperado 20 años para que salga un programa sobre los Beatles y 22 para que salga uno sobre Elvis Presley? Y todavía seguimos esperando porque salga otro sobre John Lennon. Hemos comenzado a estudiar las investigaciones hechas. Pero el problema no está en investigar, sino en resolver estas cuestiones, pero ya, de cuajo, que esa es la principal dificultad que tenemos.

Otro problema es la ausencia de política musical y cultural dentro de los medios de difusión, incluyendo la prensa plana. No hay una política y sí un miedo espantoso. ¿Miedo a qué? Tenemos necesidad de ofrecer información especializada sin caer en el teque, porque si hay alguien enemigo del teque es el joven. Y si caes en eso, estás frito. Eso tiene que llevar un respaldo de investigaciones sociológicas, sicológicas. ¿Qué investigación se realiza? Escasísima. Pienso que es decisiva la definición de una política de criterios. Todo el mundo tiene cientos de criterios, pero nadie le pone la tapa al pomo. Debe haber una política coherente, pero alguien tiene que definir.

 

“Esa distancia entre el rock y tu oído”; en: Somos Jóvenes, n.º 110, La Habana, enero, 1989.

 





El río de los siete soles

29 01 1989

Lunes 2 de agosto

5,40 am. Veintiséis jóvenes bajan del ómnibus donde, durante diecinueve horas, han cubierto los 956 kilómetros que separan La Habana de Santiago de Cuba. Después del desayuno, cambian sus ropas de ciudad por pantalones de lona, botas de suela gruesa o tenis, y revisan que en las mochilas no sobre un gramo. Saben que después, cada gramo pesará dos, tres, cien veces más.

Regresamos  a la carretera, rumbo norte. Atrás van quedando plantaciones de caña, pequeños poblados que se arremolinan alrededor de los centrales, la entrada al zoológico de piedra, hoy parque nacional, donde un campesino‑escultor convirtió en elefantes, rinocerontes, leones, las rocas desperdigadas por su finca. Recogemos a los guías en distintos puntos del camino y a las diez ya estamos en la Jaiba, al pie del macizo montañoso que forma parte del Moa‑Baracoa, en el extremo este de la isla.

El objetivo del viaje es practicar un recorrido inédito: seguir, desde el nacimiento hasta la desembocadura, el curso del río más caudaloso de Cuba: el Toa. Con su longitud de 100 kilómetros, su cuenca de 326 kilómetros cuadrados y sus 71 afluentes es apenas un arroyo en comparación con sus colegas del continente, sólo que este río discurre por la región más escabrosa del país, muy despoblada, y donde los bruscos cambios en el régimen de las lluvias provocan súbitas crecidas, cuya fuerza y peligrosidad descubrimos días más tarde.

Después de almuerzo iniciamos la subida. El camino arranca con una fuerte pendiente que remonta el firme desde 480 hasta 680 metros, en apenas un kilómetro de distancia, a lo cual se suman 32 grados sobre cero y 85% de humedad. Las piernas estrenan un cansancio olvidado.

Entre Aguas Blancas y La Munición, el camino se hace más practicable. Un pedregal de calizas salpicado de arbustos, montes espinosos y varías, que elevan quince metros sus troncos agrietados y grises. Tomamos un atajo que nos ahorra poco más de un kilómetro y entramos en la zona de serpentinitas cubiertas por suelos lateríticos, de un rojo profundo, donde, como consecuencia del altísimo contenido de hierro, no crece otra vegetación que algunas zarzas y pinus cubensis, oriundos de las Antillas, donde los montes se elevan más allá de los 700 metros. Erguidos, muy rectos, escasos de follaje, son los adolescentes de la montaña.

Ya en lo alto de la meseta de Cupeyal del Norte, el guía detiene la columna. Por aquí debe nacer el río, pero nadie sabe exactamente dónde. Mapa en mano, compruebo la posición y con un pequeño grupo me desprendo, cañada abajo, en busca de la intersección entre dos arroyos, al noreste de nuestra posición.

A medida que bajamos, la maleza se hace más espesa, la topografía, engañosa, esconde bajo la hierba numerosos huecos de hasta dos metros.

Entramos a la primera cañada y unas veces saltando sobre filosas piedras, otras, a golpe de machete entre lianas y troncos derribados, alcanzamos la confluencia donde se iniciará mañana nuestro viaje: el nacimiento del río cuyo nombre, según algunos, es obra de los aborígenes, como onomatopeya del croar de las ranas (hay quienes afirman que toa era la palabra rana en su lenguaje). Según otros, la denominación pudiera derivarse de toatoo (totí) en dialecto malinké, o del inglés toad (sapo). De cualquier manera, el Toa es aquí no más que un arroyo de veloces aguas huyendo entre guijarros.

Llenamos las cantimploras para llevarle a los compañeros que acamparon en la meseta y avanzamos por el cauce, dado que la espesa vegetación no nos permite el acceso a las orillas. Ya oscurece cuando decidimos abrirnos paso entre la selva loma arriba. El camino que aparece en el mapa ya no existe, devorado por la furia de las plantas, que en las Antillas sólo necesitan algunas semanas para borrar las huellas del hombre.

Durante una hora, por una pendiente de cuarenta y cinco a sesenta grados, entablamos una batalla silenciosa con las espinas rectas del palo bronco y las garras de las uñas de gato. Alcanzamos la cima con veinte o treinta cortadas cada uno como trofeo. Una espina rajó el traje de campaña de Preval y siete centímetros de piel. Sangra bastante.

Vamos marcando el camino para regresar con todo el grupo mañana.

Desde arriba, y casi en la más completa oscuridad, Pincho, uno de los guías, descubre un trillo y lo fija, como en un mapa, en el instinto de orientación que poseen casi todos los hombres criados en la montaña. Los compañeros encienden fósforos que, a 400 metros de distancia, nos guían en la oscuridad como faros.

Nos acomodamos en un rancho abandonado.

A las tres de la madrugada me despierta la luna. Salgo afuera. Excepto hacia arriba, donde el cielo abarrotado de estrellas parece de una transparencia total, la visibilidad se reduce a pocos metros. En medio de la niebla, nuestro desvencijado rancho, maquillado por la luz de la hoguera, parece el sitio más acogedor del mundo. Comemos, bebemos café y fumamos arrimados a la lumbre. Faltan dos horas aún para que amanezca.

Martes 3 de agosto

El sol va derritiendo la niebla y a las ocho de la mañana todo el grupo ha alcanzado la cabecera del río.

El cauce será nuestro camino durante los próximos días, por lo que casi todos los pantalones terminan en el fondo de las mochilas y continuamos en short.

El Toa corre cerrado, entre rocas ultrabásicas oscuras y lustrosas, que ocasionalmente obstruyen el cauce, convirtiéndolo en un puñado de chorros y a nosotros, en un puñado de cabras trepando por los riscos.

Más alante, el río se orienta sobre la cicatriz entre dos tipos de rocas: al noreste, serpentinitas, que constituyen el extremo oriental del cinturón hiperbasítico de Cuba; al suroeste, lavas andesito‑basálticas y tobas de 58 millones de años, producto de una actividad volcánica muy similar a la de los arcos de islas del Pacífico actual.

Un gavilán planea a doscientos metros de altura y se deja caer sobre una presa invisible, mientras el sol alcanza el fondo del valle y hace presa de nosotros.

Mario avanza a la vanguardia con la pierna muy hinchada por su caída de ayer.

El río tuerce constantemente su rumbo y apenas puedo sacar la brújula. Algunas pozas nos obligan a vadear con el agua al pecho. Otras veces, tenemos que pasar las mochilas con cuerdas y cruzar a nado. Las laderas son cada vez más verticales y la vegetación más impenetrable.

Gipsy se empieza a sentir mal y nuestra marcha se retarda. Ya el grupo se ha escindido en pequeños equipos a lo largo de tres o cuatro kilómetros de río. Al caer la noche, Guillermo, Gipsy y yo acampamos en un playazo de la margen derecha. El machete se ha partido y tenemos que recoger ramas arrojadas por la crecida para hacer fuego. Comemos algo y compruebo que la brújula está llena de agua. Preparamos con los nylons un tipi sobre una armazón de varas.

De vez en cuando, alimentamos la hoguera con ramas verdes para mantener el humo. Es lo único que nos espantará los mosquitos, para los cuales somos un regalo inesperado, dada la escasez de mamíferos tan corpulentos por estos alrededores. Ni tan pintorescos como Gipsy con mi ropa de recambio, porque su mochila se fue con uno de los guías que ahora debe quedar a quién sabe cuántos kilómetros.

A las dos y quince de la madrugada, Guillermo nos levanta pensando que amanece, pero es sólo la luna. Bastante trabajo me cuesta convencerlo.

Miércoles 4 de agosto

Guillermo sale antes. Yo acompaño a Gipsy, que no puede andar muy rápido. Una hora después vemos por última vez a Guillermo, sorteando una larga poza. Las dos mochilas que llevo me van pesando más a cada paso.

A las diez alcanzamos en un playazo los restos de un campamento. A las doce, una poza bastante honda, donde nadamos para mejorar nuestro humor. A las dos de la tarde, llegamos al paso de los resbalones: Una sucesión de pozas y roquedales cubiertos de escaramujo, que resbala como jabón. Entre caídas e inmersiones, pasamos al otro lado.

Comienza a llover y lo que más me preocupa es la cerrazón de nubes hacia la cabecera del río. Si llueve mucho en esa zona, podría crecerse horas después y las huellas en la orilla indican la fuerza de las crecidas: arbustos y árboles corpulentos arrancados o doblados.

Aparecen grandes bloques de caliza rosada y brechas. En una piedra de la margen derecha, alguien ha escrito «1/2 kilómetro», pero al medio kilómetro sólo aparecen huellas que se dirigen río abajo, donde nos espera una profunda laguna. No se puede vadear y la cruzamos a nado. Yo hago dos viajes para transportar las mochilas.

Al anochecer, trato de subir por un camino para encontrar el alto de Raisú, pero cien metros más arriba, la maleza lo borra totalmente. Regreso y encuentro una hoguera a punto de apagarse. La reanimo y ponemos a secar sobre una piedra los fósforos, la ropa, los cigarros. Mi pequeña antología «Los poetas románticos ingleses», hinchada por el agua, va alimentando la hoguera. Puede que no sea un mal final para Lord Byron y familia.

La comida va en la vanguardia y la ración de emergencia se acabó ayer, por lo tanto nos conformamos con dos paqueticos de sales digestivas que nos ayudan a bien digerir el agua en que los disolvemos.

A Gipsy le sube la fiebre hasta cuarenta grados, los perros jíbaros aúllan cerca de la hoguera y el sonido inquieto del río me hace buscar el camino más corto hacia el lugar donde los árboles tumbados indican el límite de crecida.

Esta es, posiblemente, la noche más larga que pasé en el Toa.

Jueves 5 de agosto

Arrancamos a caminar temprano y casi inmediatamente escuchamos gritos río abajo. Son Preval y Eulises, que vienen de Río Frío, una finca que dista apenas medio kilómetro. Ayer encontraron a unas muchachas lavando, que los llevaron hasta la casa, donde se quedaron esa noche.

Cuando alcanzamos el alto, vemos al primer campesino en tres días.

En la casa, unos vasos de leche y el café nos devuelven cierta alegría estomacal. El termómetro que le colocan a Gipsy sube hasta 40,2.

Después de almuerzo, salimos hacia Raisú. Tres horas de camino entre platanales, bosquecitos de majaguas azules y almácigos colorados, y sobre un pavimento de lajas calcáreas.  Gipsy va a caballo. Esa noche será evacuada hacia Baracoa, donde nos esperará, ya repuesta, al final del camino.

Dormimos en un albergue cafetalero, en literas (un verdadero lujo) y todo el campamento es como un gran taller de reparaciones: ampollas, heridas, golpes, picadas de insectos (mosquitos, roedores, jejenes, abujes, garrapatas y moscas macagueras, de 2,5 centímetros y que muerden o pican, quién sabe) de las cuales mi espalda es una variada muestra.

Casi de noche, un grupo de porteadores, seleccionado entre los más frescos, se lleva a Gypsi, corriendo, en una parihuela improvisada.

Después de comer, los campesinos del lugar nos invitan a su casa, elevada dos metros sobre pilotes, una protección adicional contra las crecidas, que en esta zona han alcanzado hasta diez metros sobre el nivel medio del río. Bebemos infusión de cañasanta, una hierba alargada, como la hoja de la caña (tres centímetros y medio de ancho en la base y medio metro de largo),  que tiene el sabor del té con limón.

Más tarde, mi sueño es una especie de muerte temporal.

Viernes 6 de agosto

Aún de noche, salimos en dirección noreste. A pesar de las linternas, vamos tropezando en el irregular camino de esquistos y calizas. Atravesamos el río después del batey Durano y continuamos bordeando el curso por la margen derecha, guarnecida por mariposas blanquísimas (la flor nacional), hortensias, flores naranjas, amarillas, violetas. A fuerza de colocarse flores en el pelo, en las mochilas, en la ropa, las muchachas comienzan a establecer una simbiosis con el mundo vegetal, hasta el punto que ya no se sabe dónde terminan las flores y comienzan las muchachas.  El Toa tiene esas mañas de ser jardín apenas unas horas después de ser roquedal y chorros espumosos.

Cerca de Arroyo Bueno improvisamos un desayuno de conservas, galletas, mantequilla y tomates.

A las once llegamos a Bernardo, donde nos esperaban ayer. De ahí a Playita, el almuerzo y el descanso de una hora con baño en las pocetas y una pequeña dosis de turismo.

Pincho, uno de los guías, pesca (y efectivamente pesca) con una azagaya de madera aguzada y endurecida al fuego. Espera durante diez o quince minutos, en una inmovilidad perfecta, a que la presa se acerque, para después ensartarla con un movimiento vertiginoso del brazo. Parece que estamos contemplando una escena precolombina en los umbrales del siglo XXI.

Loma arriba tropezamos con un arria de mulos, el principal transporte de estas zonas. Capaces de largas jornadas con cientos de libras a cuestas, no pierden el equilibrio ni en los pasos más arduos. Breves en el descanso, resistentes a las enfermedades y tercos «como mulos». Se les siente venir desde la distancia por el cencerro anunciador al compás de la marcha. Esta vez son diecinueve, pero hay arrias que suman varias decenas de animales. Alguien tendrá que hacerle alguna vez un monumento al mulo en las montañas. Lo merece.

Llegamos a casa de Flora, la única mujer entre los guías. Flora Rojas, miembro del clan de los Rojas, descendientes de nuestros aborígenes que conservan una pureza racial extinguida en el resto del país. La frente huidiza, los pómulos abultados, los ojos oblicuos y el rostro ovalado, la complexión fuerte y la estatura discreta los diferencian. Bernardo es la única región donde es posible encontrar este biotipo, dado que en ella, por lo intrincado del monte  y la falta de caminos, el coloniaje español apenas si fue una referencia más o menos lejana hasta fines del siglo XIX. Y el acceso a la civilización no ocurrió sino en este siglo, y especialmente en los últimos decenios, con la red de caminos y carreteras que enlazan las localidades más importantes.

La presencia de rocas olistostrómicas con edades entre 60 y 70 millones de años, denuncian la existencia de un mar en esta región, cercano a una costa montañosa y frecuentemente azotada por los sismos. Pero eso ocurrió hace 70 millones de años. No hay por qué inquietarse.

Loma arriba, loma abajo, alcanzamos Paulino al final de la tarde. Median no pocos accidentes de importancia menor y cansancios de importancia mayor. Alguien trae enrrollada al brazo una pequeña serpiente que no acaba de acostumbrarse a nuestro humano ajetreo.

Los dos kilómetros desde Paulino al lugar donde dormiremos discurre entre cafetales, poblados de ceteyes (xaxabi en lengua aborigen) que se dejan apenas entrever por su plumaje verde esmeralda salpicado de rojo ‑‑idéntica combinación que los cafetales maduros. Se escucha el to‑to‑to del cartacuba, pero nos resulta imposible ver a este bellísimo pajarito.

Tras el lugar donde acamparemos, descubrimos un mapen o árbol del pan, cuyos frutos (de 2 kg.), cortados y cocidos, tienen el sabor de la malanga, como pudimos comprobar esa noche.

Preparamos madera  para una gran hoguera con lecturas y música esta noche, pero el torrencial aguacero es la única música de que disfrutaremos hasta mañana.

La naturaleza también prepara sus tertulias.

Sábado 7 de agosto

Amanece diluviando. Amaina a ratos, pero no cesa. A las nueve, empapados, dejamos paso por un estrechísimo camino, a dos hombres que portan una parihuela con un muchacho enfermo. Detrás van otros dos para turnarse y al final, la madre a caballo. Hace un día que vienen de camino, lo cual da una pálida idea de lo intrincadas que son estas regiones, donde ni siquiera los helicópteros podrían aterrizar. Vegetación desbordada, barrancos, cuestas abruptas, ríos de mal humor.

La lluvia va añadiendo cada vez más peso a las mochilas.

Nos calentemos un poco con té y café antes de trepar la «Loma o subida de la Kalunga», 520 metros de diferencia vertical en tres kilómetros.

Al llegar a la cima, una de nuestras bravas muchachas se deja caer en una piedra y sorpresivamente empieza a llorar. )Por qué? Ni ella misma lo sabe. Puede que el llanto le aliviara el cansancio, porque minutos más tarde ya está riendo como siempre. En el desván de un viejo almacén que ahora sirve de tienda, encontramos una máquina de coser Singer de 1902. Comemos carne y plátanos. Y esto merece capítulo aparte, porque aquí el plátano hervido ocupa el lugar del arroz o el trigo. Es el carbohidrato esencial que determina una cultura gastronómica del plátano, en un país arrocero como Cuba. Por eso hemos acordado que este viaje podría llamarse La Vuelta al Toa en Ochenta Plátanos.

Seguiremos plataneando río abajo.

Bajamos por platanales sin límite y los de alante cortan de vez en vez un racimo maduro, que colocan a la vera del camino para que cada cual se sirva, y así alimente su motor de plátanos.

En el alto, encontramos un zun‑zun (Chlorostilbon ricordii), una de las aves más pequeñas del mundo, que espera pacientemente a que aparezca Wilfredo, para dejarse retratar sin objeciones. Es la única ave capaz de mantenerse estática en el aire gracias al rapidísimo batir de sus alas (75 veces por segundo). Como un helicóptero. Liba en ángulo de 45 grados y la coloración es verde hasta azuloso en la punta de las alas.

Después de subir por encima de los 700 metros, descendemos por un caminito que se abre paso a duras penas entre la maleza. En ese momento, escuchamos voces y gritos en la vanguardia. Un campesino, ajeno en estas soledades a la posibilidad de encontrarse con alguien, se bañaba desnudo en un arroyo. No le quedó más remedio que salir, envolverse en su toalla y pararse al borde del camino, como quien presencia un desfile militar. Vamos pasando de uno en uno, a lo largo de medio kilómetro, y él da las buenas tardes, aunque cuando se trata de alguna muchacha, no sabe donde poner los ojos.

Abandonamos la selva espesa por un bosque de pinares en suelos lateríticos (las mayores reservas de lateritas niquelíferas del planeta) y más tarde entramos a un bosque de helechos arborescentes vago recuerdo de los que cubrieron grandes extensiones de la Tierra durante el Carbonífero.

Frente al panorama impresionante de Pico Galán, que empina su estatura, su corbata de nubes, comienza la bajada de «La Malanga», que es otra prueba, dado que se combinan un suelo de arcillas muy resbalosas, una colección de chubascos y entre 30 y 45 grados de pendiente, con mi abultada mochila llena de muestras de rocas, y que ya debe andar cerca de los 35 kilogramos.

A las siete alcanzamos el arroyo Mal Nombre, pero aún nos quedan dos horas hasta el sitio donde acamparemos, en un albergue desolado y lluvioso (siempre menos que afuera). Esas últimas dos horas proporcionan más caídas que el resto del día: de noche, a ciegas, por un camino desconocido que entra intermitentemente al arroyo.

A las diez, el golpetear de la lluvia sobre el techo de zinc funciona como una canción de cuna. Aunque ninguno de nosotros necesita somníferos.

Domingo 8 de agosto

El de pie se produce a las cinco, pero decidimos dormir un poco más. De todos modos, es imposible salir en la oscuridad y bajo un torrencial aguacero que no ha cesado en toda la noche.

El arroyo se ha convertido en una riada embravecida de aguafango carmelita rojizo. Ramas, troncos, islitas de vegetación son arrastradas a gran velocidad. En los numerosos pasos, vados en condiciones normales, el agua alcanza la cintura. Formamos cadenas para sortearlos. Algunos son desprendidos por la corriente y arrastrados arroyo abajo, pero la «brigada de rescate» los incorpora de nuevo. Catorce pasos en total caminando bien despacio, con los pies encajados en el fondo resbaladizo.

El arroyo Mal Nombre justifica su mal nombre.

Es imposible continuar por el camino, que cruza continuamente el Toa crecido. Habrá que ir bordeando las empinadas lomas que flanquean el río.

Caminamos  cerca de la casa de un campesino que vive solo, sin familia, en un rancho casi inaccesible. «Baracutey», dice uno de los guías. Denominación para los hombres solos que ya Cirilo Villaverde recoge en su Excursión a Vuelta Abajo a mediados del siglo XIX.

Alcanzamos el Toa a las diez. Ya por aquí ha asimilado como un buen río adulto la crecida del Mal Nombre y resbala casi inmutable sobre el cascajo, dejando entrever, sólo por el color de sus aguas, que en las cabeceras hubo carnaval de lluvias. Caminamos por la margen septentrional. Las laderas se suavizan. El valle se abre paulatinamente en U, y en las orillas se levantan frecuentes cañaverales, bambúes y cocoteros. Paramos en un cocotal bastante poblado y rebosamos la cantimplora del estómago con una mezcla suculenta de guarapo y agua de coco.

La alternancia de inmersiones, asoleamientos y lloviznas, con el consiguiente humedecimiento‑secado‑humedecimiento de mi short, me provoca dos gigantescos pelados (como del tamaño de un huevo) en el envez de los muslos. Eso me obliga a continuar, durante el resto del día, con paso de vaquero a quien escamotearon de súbito el caballo. Ensimismado en mi nuevo estilo de andarín paleolítico, me sorprenden dos jóvenes en trusa y aspecto bien forastero, que vienen corriendo a nuestro encuentro. Llevan dos días esperándonos en un embarcadero de cayucas (botes de fondo plano) que encontraremos 300 metros más alante.

En la caseta nos tienen café caliente, dulces, vino, aguardiente y una pesa donde compruebo que he bajado doce libras en menos de una semana. Diez o doce semanas a este ritmo bastarían para hacerme desaparecer.

Poco después llegamos a casa de  Patricio Ramos, campesino y cayuquero, que concluye de reparar una ambarcación. Aquí los medios de locomoción se bifurcan: una parte irá en cayuca, otra parte a pie (nuestro medio más tradicional) y la última adoptará un sistema más insólito.

Poco antes, habíamos visto a un muchacho de diez años lanzar al río una caña de bambú de 4 o 5 metros de largo, echarse a horcajadas sobre ella y dejarse llevar por la corriente, con el único trabajo de mantener el rumbo braceando ligeramente. Y este es el tercer medio de locomoción: el bambúcross, «deporte nacional del Toa».

Por último, aunque este sí es un caso muy particular, Preval se lanza río abajo a bordo de su chaleco salvavidas (la moto). La caña en que van Lapuente, Omar y Vladimir sería el auto. Y  la cayuca, con quince de tripulación, el ómnibus.

La cayuca se desliza en los rápidos sin esfuerzo, corrigiendo el rumbo en la proa mediante una palanca de tres y medio metros. En los remansos, la palanca se apoya en el fondo y sirve para ayudar al único remo, colocado en la popa, que maneja un hombre de pie, moviéndolo como la cola de un pez.

En uno de los rápidos (chorros), la embarcación sobrecargada casi se vuelca y los cayuqueros deben lanzarse al agua para sostenerla, a brazo limpio, con los pies sembrados en el fondo.

Hay que achicar constantemente para evitar el hundimiento.

La confluencia con el río Jaguaní, en forma de T muy abierta, es bellísima y desde ese momento el paisaje se dulcifica, las márgenes se amplían y el universo (cuando menos el universo que tenemos a mano) se hace menos agresivo.

Poco después, arribamos a la casa donde acamparemos ésta, nuestra última noche en el río. Magdalena, la dueña, nos permite, con esa natural amabilidad campesina, que le tomemos la casa por asalto y colguemos nuestras hamacas en los sitios más inesperados.

Lunes 9 de agosto

La claridad se escurre lentamente cobija abajo, a medida que el sol se levanta, por séptima vez para nosotros, sobre las verdes aguas del río.

El desayuno de leche, malangas con mojo de cebolla y ajo, café y buenos días, es un buen preludio para la última jornada.

A las siete, Patricio Matos ya espera por nosotros bebiendo café en la terracita soleada, a cuatro metros sobre la superficie escarpada de la loma, dado que la casa se yergue sobre pilotes recios de jiquí, lo que le confiere una arquitectura entre vivienda arbórea y palomar.

Río abajo aprendemos que nuestro cayuquero conoce cada chorro por su nombre, que la embarcación debe entrar por el sitio exacto, en el ángulo preciso, si no quiere correr el riesgo de estrellarse contra los acantilados de anfibolitas y esquistos. A veces parece que nos estrellaremos, pero la entrada ha sido perfecta y a último momento, sin un golpe de palanca, la corriente nos desliza paralelos a las rocas que podemos tocar extendiendo el brazo.

Yabas y yamaguas frondosas se alzan en las orillas, y bajo ellas vienen nuestros guías, que le hacen la competencia a la cayuca ((corriendo!! desde casa de Magdalena.

Cuando llegamos a La Perrera, y Patricio, sin aceptar apenas gratificación por su viaje, se vuelve a vela río arriba, aprovechando la brisa que viene del norte, aún no sabíamos que en el segundo chorro tuvo lugar una «catástrofe». Omar había cambiado su puesto en la caña por el salvavidas de Preval, por lo que fue el único en salvarse. Resultó que no pudieron dirigir bien la caña y la punta chocó contra una piedra que sobresalía medio metro del agua. Cuando Preval, que encabezaba la tripulación, miró hacia arriba, vio a Lapuente y Vladimir en el aire, como garrochistas a punto de romper récord. La caída fue más contusa que el vuelo y decidieron continuar empleando medios de transporte más convencionales: a pie. Omar continuó en su «moto» hasta que un campesino, que pasó por su lado en una balsa cargada de plátanos, lo invitó a subir, convirtiéndose en el único de nosotros (y en el único que yo conozca) que haya hecho balsastop en el Toa.

Los náufragos van apareciendo mientras estamos en café y conversación con la abuela de la casa, una lúcida mujer de 80 años que acaba de llegar a pie de no sé dónde.

Reunidos todos, almorzamos arroz con pollo, viandas y café. Recogemos nuestras mochilas, olorosas (es un decir) a monte, y ascendemos la última cuesta, hasta la carretera que nos conducirá, paralela al río, hasta la desembocadura.

Parecemos una tropa de forajidos contentos, que casi habían olvidado la existencia del asfalto.

El río serpentea plácido, se hincha hasta alcanzar 200 metros de orilla a orilla en algunos sitios. Las márgenes suaves, salpicadas de casas, postes telefónicos y automóviles que se dirigen a Baracoa, nos indican el próximo fin de una jornada que comenzó en lugares que se conservan como hace millones de años, y termina en la actualidad.

Al fin, cerca de Duaba, alcanzamos el estuario del Toa, donde el río hace solemne entrega al Mar Caribe de los tesoros arrancados a la sierra.

El río de los siete soles, en: Rev. Bacrup Svieta (en ruso) Moscú, 1989.





Andar la Sierra

29 12 1988

Andar los caminos de la Sierra Maestra es algo que puede comenzar una mañana de agosto en la terminal de ferrocarriles de La Habana: trasiego de mochilas, cajas de conservas, botas recién amanecidas después de prolongado letargo en el closet, pies sin curtir, manos hechas a lápices y libretas, ansiedad, silbidos de tren, sonrisas y buen viaje.

Puede continuar bajo el sol inclemente de Santiago de Cuba, por el Circuito Sur, en un ómnibus repleto hasta los hombros de mochilas y muchachos, bordeando la breve cornisa entre las montañas y el mar, en dirección a Las Cuevas, al pie mismo del Turquino.

Antes de la trepada, que nos conducirá por el firme de la Maestra hasta El Hombrito, comandancia del Che, acampamos junto al mar y nos apresuramos a nadar, es decir, a capear las olas en algo que no se sabe bien si es diversión o pelea con la violenta resaca de la mar que nos lanza de un lado a otro, como probando la resistencia de nuestros huesos para la prueba de la montaña.

Cuesta arriba

A las dos de la madrugada, se da el de pie.

Arrancamos por un camino ancho, en pronunciada pendiente, bajo una luna amiga que alumbra casi como un sol, con la ventaja de que no calienta ‑‑luz fría, dice alguien.

La peor parte del Turquino será esta arrancada, porque nuestros músculos, reblandecidos por las horizontales y el asfalto de la ciudad, por el hábito de moverse sobre cuatro ruedas, se asustan de estos caminos que no van para allá o para acá, sino para arriba. Antes de una hora ya hay rodillas resentidas, asmas inaugurales, bajones de presión y no llego, qué va, yo no sabía, esto es del carajo… Pero aquí está Polo Torres, el «capitán descalzo», sierrero inclaudicable (más de 100 veces ha subido el Turquino), guía del Che en la guerra, cargando mochilas extenuadas, alentando, chisteando, sonriendo o conminando a los ponchados: «Aquí no se raja nadie, coño. Por donde entre el primero tenemos que entrar todos. Esta es la Sierra, carajo. Arriba. Arriba.» Y la columna, fraccionada, va reagrupándose loma arriba.

El Jíbaro, guía y cincopicos de los viejos ‑‑de cuando subir uno era tremendo por el escarpado y largo camino, como una prueba de fuego para iniciarse en el oficio de ser hombre‑‑, un cincopicos que hoy está subiéndolo por trigésimosegunda vez, en un desvío del camino nos indica: «Por aquí» ‑‑dos palabras que ahorran un kilómetro.

El Cuba

La ascensión al Pico Cuba termina a las once de la mañana para los primeros, y a las dos de la tarde para los últimos, después de una pendiente que no cesa, sorbos de agua hasta verle el fondo a la cantimplora y algún trago de vino o ron para reanimar el espíritu (por eso les dicen bebidas espirituosas).

Ya han quedado atrás la aguada de La Majagua, la Loma del Caldero, el Paso del Cadete ‑‑que se fue barranco abajo una noche de lluvia‑‑, cuando nos adentramos entre coníferas frondosas, fresas silvestres, ciprillas (barriles para los lugareños), helechos arborescentes, gladiolos y gardenias que pueblan los alrededores de la antigua estación botánica, casi en la cima del Cuba (casi en la cima de Cuba), donde pasaremos la noche.

A falta de algo mejor, nos conformamos con el agua estancada, llena de larvas de mosquitos, que duerme en algunos charcos limosos. Sólo más tarde, San Pedro nos obsequiará un torrencial aguacero con que llenar las cantimploras y las gargantas.

Al final de la tarde, después que las nubes se deshacen en lluvia, queda abierto el paisaje hasta la costa, la testa del Turquino, coronada espumas, como un silencioso animal de piedra con sombrero.

La noche discurre entre luciérnagas y estrellas heladas a 1800 metros sobre el nivel del mar.

El Turquino

El Paso de las Angustias (que no angustia a nadie) es el puente que une al Cuba con el Turquino. La ascensión es casi dulce, en comparación con la dura jornada del día anterior, y ya a las nueve y algo nos reunimos todos en la cima, junto al busto de Martí que por derecho propio ‑‑quién mejor podría estar en la cima de Cuba‑‑ y a hombros de campesinos. subió hasta aquí a inicios de los cincuenta.

Después de un breve homenaje a Polo Torres y Juanita ‑‑su esposa que, varias veces abuela, subió sin resollar al paso de los más jóvenes‑‑ y las interminables poses para las interminables fotos, descendemos rumbo nordeste, hacia el alto a cuyo pie descansa la aguada de Joaquín.

Nos reunimos allí con un percance: Alexis se ha virado un tobillo, y los que cerramos la marcha tenemos que ayudar repartiéndonos la carga, para que él pueda trepar el Paso de los Monos ‑‑a cuatro patas y sin cola prensil para  más desgracia.

El camino a La Gloria

Rebasado el alto, nos reunimos tres o cuatro kilómetros después para decidir: son casi las cuatro de la tarde y aún nos quedan seis u ocho kilómetros (según los más optimistas) o quién sabe (según los menos) para alcanzar La Gloria, nuestro destino de hoy. Un cruce de caminos nos permitiría bajar hasta un campamento en Agua Revés, a dos o tres kilómetros, y pernoctar allí, pero tendríamos que volver mañana a trepar el firme.

Alexis, aún con el pie negro ‑‑un derrame, después nos enteraremos‑‑ está de acuerdo en intentar el camino a La Gloria.

Tomamos entonces el trillo medio borrado y descendemos hasta el pie de la Loma del Cojo («Mira tu loma, Alexis»), donde se junta la tropa pasadas las seis.

La Loma del Cojo

Allá vamos, persiguiendo a Polo Torres y llenando las cantimploras con el agua de lluvia acumulada en minúsculos charquitos donde el suelo arcilloso no la ha dejado alimentar la tierra, y la humedad del monte cerrado le ha impedido evaporarse.

Pasadas las ocho y casi noche, encontramos un cartel que anuncia: LA GLORIA/8 km. No es el primero. Desde el alto, más  acá del Paso de los Monos, vienen apareciendo anuncios de La Gloria, a seis, ocho, cuatro, tres kilómetros; porque así es de indefinida La Gloria. Pero este, al borde de la noche, nos hace desistir. Acamparemos en el monte, acomodándonos lo mejor posible en una cornisa de la montaña. Un grupo continúa loma abajo, pero es vano el intento. Cuando cierra la noche, la columna, fragmentada a lo largo del camino, duerme en pequeños grupos, sin agua, al descampado, y con pocas posibilidades de hacer fuego por lo mojada que está la leña.

Nosotros logramos recaudar dos cantimploras de agua lodosa para siete y hacemos una hoguerita precaria que alcanza para un té ‑‑a esa hora adquiere el sabor del néctar y la ambrosía.

Reflexiones sobre la humana vanidad

La superpoblación de estrellas es quizás la culpable de que hilemos reflexiones sobre lo difícil que es el camino hacia La Gloria. Difícil y difuso. Nadie sabe cuántos pasos pueden conducirnos a La Gloria, ese lugar que casi siempre se alcanza cuando uno no se lo propone, y casi nunca con premeditación y alevosía. De cualquier modo, concluimos antes de caer rendidos, es un camino arduo, espinoso, sediento, plagado de incertidumbre y sobresaltos.

Humana vanidad que la persigues, para que te enteres: La Gloria no es más que dos barracas, un puñado de hombres y un vivero de repoblación forestal. Pero eso lo sabremos después del mediodía, ya aliviados de la larga sed y recién bañados en un arroyo que brincotea entre peñascos al pie del firme, que hemos descendido con la premura de quien busca la tierra prometida.

Santa Ana

Costeando las lomas, subiendo y bajando al compás de las peripecias del camino, alcanzamos Santa Ana a media tarde: casa, techo y tienda para reabastecernos y comprar pránganas, esas tortas dulzonas pero no tanto, que son el pan, las galletas y los dulces de la Sierra.

En la noche homenajeamos al patriarca de los Torres, colaborador durante la guerra y autor de una extensísima familia que puebla todos estos contornos. Hay canciones y poemas, para concluir con abundante fricasé de macho (puerco en el idioma de aquí, aunque sea hembra), que nos ahuyentan del paladar ese sabor fósil, a muerte antigua, de las conservas que venimos consumiendo desde el primer día.

El Hombrito

es la meta del día siguiente. Tan fácil, después de los sinsabores por alcanzar La Gloria, que más parece ronda en poblado llano que camineo de montaña. Evacuado Alexis, la marcha se aligera y los paisajes nos sorprenden ansiosos por admirar, y Mijaíl, malacólogo de profesión y vocación, escarba el follaje en busca de sacricias.

El Hombrito a las tres horas: un hombrecito de piedra  como emergiendo hasta los hombros, guardián eterno, del pico de una loma. Cercado de montañas e imposible de cercar ‑‑harían falta decenas de miles de hombres‑‑ el valle que la sabiduría táctica del Che escogió para instalar la comandancia, panadería, archivo, el refugio contra los bombardeos, y hasta la piedra donde se sentaba a fumar y discurrir sus sueños de mañana, como nos contará en la tarde Ramón Castellanos, después de un chapuzón en la poza del río, entre pinares, eucaliptos, guayabos y mariposas.

En El Hombrito, donde se fundó la cooperativa «Hermes Leyva», sembramos árboles como mínimo gesto para agradecer tanta generosidad en la acogida.

De El Hombrito a Pinar Quemao, donde dormiremos al día siguiente, es camino bastante descansado. Hacemos noche en un campamento del Plan Turquino, serio esfuerzo por repoblar estas montañas casi desiertas, de hombres, de café y de árboles.

A veces para siempre

En Pinar Quemao concluye (por ahora) este medirle a pierna limpia el costillar a la Sierra.

Sólo nos queda el viaje en camión hasta Buey Arriba, donde inauguramos la exposición del fotógrafo Helio Ojeda, para continuar a Manzanillo y terminar en fiesta de despedida con Polo Torres, Juanita y los incontables hijos y nietos, de anfitriones.

Ni la cerveza fría, ni la música, ni la comida suculenta de Juanita, ni el regreso a La Habana serán capaces de borrar los caminos cuya memoria guardamos en las botas, en las magulladuras de la piel, en las cortaduras del tibisí o las picadas de los insectos, pero sobre todo en el corazón, que es donde suelen alojarse los mejores paisajes de la Sierra, los más arduos caminos, a veces para siempre.

Andar la sierra; en: Somos Jóvenes, nº 109, La Habana, diciembre, 1988.

 





Juegos de sílice

29 11 1988

La naturaleza, esa exhibicionista, es propensa a convocar la admiración de los humanos. A veces en serio, fabricando ríos Amazonas, desiertos del Sahara, barreras coralinas de 3.000 kilómetros, desiertos de hielo, pesadillas en blanco y blanco, tsunamis, terremotos o erupciones volcánicas como la del Krakatoa, que puso en órbita las piedras setenta años antes que los hombres inventaran el sputnik. O lo hace reflexivamente y selecciona con delicadeza mendeliana los animales y las plantas que poblarán el futuro. Y otras veces lo hace jugando, como cuando toma el sílice, uno de los compuestos más comunes del planeta (el mismo que se esconde tras la chispa de los encendedores gracias a su efecto piezoeléctrico, el mismo transductor de los altavoces), y ordena o desordena los cristales, le inserta mínimas impurezas para fabricar, con una admirable economía de medios, la extensa gama del asombro.

A veces deja el cristal aséptico y purísimo, para que después lo llamemos cristal de roca, o amatista, si consta en él una pincelada de hierro que lo empuja hacia el violeta. Entonces lo esconde en el interior de las geodas allá por los Urales. Contaban los griegos que la amatista fue creada por Dionisio vertiendo vino sobre el puro cristal de roca en que se había convertido la doncella Amethystos para escapar al acoso de aquel dipsómano, y que es antídoto infalible contra la embriaguez. Más caro y menos aburrido que la abstinencia.

Con un toque de aluminio y flúor, aparece el topacio, ese diamante de Braganza engarzado en la corona portuguesa. O el rauch‑topacio, transparente y grisáceo como el humo.

Cuando desordena la estructura cristalina del cuarzo y le añade unas gotas de agua, inventa el ópalo (del upala sánscrito), pardo, rojo, verde, negro, que esconde allá por Pontezuela, en Camagüey, o en el desierto Sur de Australia.

O las calcedonias de Bayamo en forma de hachas petaloides y puntas de lanza, sin que ningún taíno haya puesto manos a la obra.

Labor paciente cuando hace crecer, alrededor de un grano pequeñísimo, bandas de sílice de diferentes colores, arcoiris de piedra que no cruza el cielo, sino el tiempo. Esas son las ágatas de Palmira. Piedra de la ciencia y del ojo, que rellena las cuencas de algunas momias egipcias.

Los cristales negros de morión. La citrina dorada o amarillo limón. Cuarzo ahumado, lechoso, hematoideo y rosa, citrino o jaspe.

A veces la naturaleza se apropia de un bosque sepultado en Najasa, Camagüey, y sustituye, con esa paciencia que sólo ella acredita, cada partícula, cada fibra, con cristales de sílice; de modo que un cedro y una palma sigan siendo sin ser madera y piedra. Ese bosque de sílice podría ser un engaño si no fuera un juego, el más difícil de los juegos.

“Juegos de sílice”; en: Somos Jóvenes, n.º 108, La Habana, noviembre, 1988.





En busca de nuevos ojos (La nueva plástica cubana y su público)

29 06 1988

Cuéntase de un viajero que, establecido en un reino lejanísimo, aceptó el idioma local para los usos del día, formó familia, y al final de su vida transcribió en palabras de su idioma natal todo su saber en asunto de dioses, pueblos y hombres. Llegada la hora de su muerte, legó el manuscrito a sus hijos, que no tardaron en vender a un comprador de papel viejo toda la sabiduría de su padre transcrita en signos extraños, que para ellos no significaban más que curiosidades caligráficas o cagadas de exóticos insectos. Quizás esa podría ser una definición de la incomunicación. Pero no la única. Por eso la Asociación de Artes Plásticas de la UNEAC convocó un debate público el diez de abril pasado para tratar sobre la (in) comunicación entre la plástica cubana contemporánea y sus destinatarios. Durante cuatro horas, críticos, creadores y espectadores debatieron, compartieron, coincidieron y disintieron, sin que las coincidencias llegaran al contubernio ni las disensiones a la reyerta. Y aunque comenzaron hablando de la comunicación, aprovecharon para sacar a flote otros asuntos que prefiero incluir, aún a riesgo de salirme de tema, que guardar, porque más fácil es que se lleve el viento (o que se borren) los casetes de esa reunión, que un viento pérfido arrastre hacia el olvido todos los ejemplares de La Gaceta.

Premisas

Como aperitivo, Jorge de la Fuente (Vicepresidente de la Asociación) leyó cinco premisas respecto a las relaciones arte‑público, que en buena medida dieron pie para iniciar el debate:

1. La tendencia dominante en el arte joven cubano es propiciar una comunicación no superficial con el pueblo, a través de una serie de medios y proposiciones que no en todos los casos son aceptadas, comprendidas o recibidas según las aspiraciones de los artistas. Comunicarse con el público no es someterse acríticamente a las expectativas estéticas ni al canon acuñado por la tradición o la retórica. Es reflejar y contribuir de modo creador a objetivar lo más importante del sentir y del pensar de una nación en un momento histórico concreto; plasmar en imágenes renovadoras la sensibilidad contemporánea y lo genuinamente popular, que no depende de la mayor o menor aceptación inmediata, sino de la calidad de las obras.

2. No hay que dar oído a las afirmaciones sobre la muerte del arte o a la afirmación de que el gran arte siempre fue elitista. Desde las primeras vanguardias se ha producido una revolución en los códigos. Terminó la época de la homogeneidad y de los grandes estilos estandarizadores de la expresión artística, y sólo la cultura de masas asimila hoy sus lecciones. El cambio se ha convertido en norma y el método para evaluarlo no puede ser su simple aceptación por la conciencia cotidiana.

3. Sólo el socialismo podrá saltar el abismo entre la vanguardia artística y el todo social. Lo cual no será un acto espontáneo ni mecánico. Para ello es imprescindible la integración de la vanguardia artística al proceso social, que lo insólito se inserte de modo original en lo cotidiano mediante un sistema de promoción y divulgación institucionalizada.

4. Las promociones de artistas más jóvenes quieren crear su público mediante la materia con que cuentan: su talento. Para ello recurren a todo el arsenal del arte contemporáneo y su sensibilidad ante los conflictos. La supuesta o real agresividad de muchas obras es una vía para violentar las convenciones. Es preciso luchar contra cualquier unilateralidad y lo más unilateral en la cultura es el mal arte y el éxtasis acrítico.

5. Existen propuestas poéticas y artísticas en conflicto, y las tensiones entre artista y público son alimentadas a veces por prejuicios. Si propiciamos la sana confrontación, todos saldremos enriquecidos, siempre que respetemos, si está fundamentado, el criterio del otro.

Volando en círculos

Ignacio Granados (ayudante de mecánico): El que se incomunica es porque quiere. Ha habido exposiciones y acciones plásticas. La gente va a los museos. Comunicación hay, aunque a veces no gusten las opiniones que se emiten. Un pintor no tiene que andarse preguntando dónde va a ir la paloma, si arriba o abajo. Que la ponga dondequiera. Si es auténtico, va a llegar. Si sobra, sobra, y eso no tiene remedio.

Desiderio  Navarro (ensayista y crítico): Para ver una obra plástica, no sólo hay que tener ojos, sino también saber los elementos que ligan los objetos representados y las leyes según las cuales se ha hecho. El problema no es sólo si el público entiende la plástica joven, sino si entiende a Lam, a Rosemberg. Un elemento a tomar muy en cuenta es el nivel de educación cultural del pueblo.

El kitsch es la otra cara de la no comunicación. El que guste o no ni explica el problema de la comprensión ni es el único problema. ¿Qué funciones se asocian a la plástica? ¿Embellecer el mundo? El objetivo es siempre la problematización del mundo. ¿Puede eso interesar al espectador del kitsch, que es precisamente la desproblematización del mundo? La cosa sería elaborar estrategias de comunicación masiva con el público, sin concesiones, brechtianamente.

Josein Reyes (montador, Museo Nacional): A veces se parte de posiciones un tanto elitistas al hablar de la relación de las artes plásticas y los espectadores. Nos pasa como el cuento del tipo que va a buscar el gato. Si ustedes supieran la capacidad de comprensión que tiene la gente. Comprender y gustar. Lo importante es llevarlo ante la obra. Y comprender a quién tenemos delante.

Aldo Menéndez, hijo (pintor): La cada vez mayor cantidad de información de los artistas hace que el arte haya ganado en complejidad y profundidad pero, a su vez, eso provoca la ilegibilidad del arte moderno.

Desiderio Navarro cita entonces a Brecht, cuando decía que crear para pequeños grupos no es menospreciar al pueblo.

Depende de si esos pequeños grupos sirvan a los intereses del pueblo o los obstaculicen. Hay artistas que pretenden  hacer su obra para todo el pueblo. Suena democrático, pero no lo es. Lo democrático es convertir este pequeño círculo de entendidos en un gran círculo de entendidos, porque el arte precisa de conocimientos. Y a Lunacharski, cuando afirmaba que sonará paradójico, pero la causa del comunismo no es la eliminación de la aristocracia, sino la conversión de toda la humanidad en una especie de aristocracia. Para alcanzar ese objetivo se requiere la más amplia educación, pero por muy amplia que sea siempre será adelantada por las individualidades más dotadas. Así no tendremos un arte estancado. Tendremos pioneros. No se puede plantear que si la masa obrera no entiende El Capital, de Marx, éste no hace falta y hay que sustituirlo por el resumen popular de Kautsky.

Pluralidad en plural

Alexis Somoza (escultor, estudiante ISA): Casi siempre vemos la comunicación desde la postura del mismo artista. Adentrándose en una nueva ética, profundizando en la diversidad de nuestra realidad, podremos encontrar la diversidad de comunicación tan evidentemente necesaria hoy. La definición de períodos como fases marcadas por cambios de dirección, implican a la vez continuidad y disociación, por lo que no debemos olvidar que el cambio de dirección debe ser motivado, no sólo por el impacto de un único hallazgo revolucionario capaz de transformar la cultura, sino por el efecto acumulativo, gradual, de modificaciones numerosas y modestas. Sólo las estructuras sociales más primitivas presentarán un solo tipo de arte como expresión concluyente y más o menos definitiva. Ante una época tan compleja como la nuestra no puede haber un arte simplista. Y el modo de apreciar ese arte también estará condicionado socialmente. Factor social que es también fundamental en la formación de un estilo. El riesgo imprescindible es que el hecho artístico adquiere independencia como elemento comunicativo y es, por tanto, un tipo de experiencia que no puede ser definida normativamente.

Jorge de la Fuente: Lo básico es el respeto a todo lo que se crea con autenticidad y seriedad. El problema es que a veces, tras un supuesto análisis político, se juzga una obra desde una poética que no coincide con aquella desde la cual fue hecha. Hay hasta posiciones prerrogativas. Y no, porque el arte hoy es un gran abanico donde caben distintas posiciones.

Ética se escribe con mayúsculas

Alexis Somoza: Las obras vinculadas a momentos convulsos de la historia, no existen para resolver esos problemas. Hay que cuidarse de ver en cada obra un reflejo sencillo de una situación social. Sería tonto centrar toda la atención en el contenido, cuando la forma es la experiencia social solidificada en un lenguaje concreto. La fuerte inserción de lo ético en un arte socialmente comprometido, corresponde al agotamiento del arte como arte bello y su canonización en lo estético.

Agdel (pintor): En el medio de este problema está la ideología. Durante las revoluciones siempre se ha dado un desfase entre las ideas globales y el conocimiento empírico. La base es el problema de la ideología: No sólo no hay una verdadera educación ideológica, sino que no hay un verdadero estudio de los principios ideológicos del socialismo. Hay ideas globales de carácter humanista que rigen determinados aspectos a través de los cuales se mueve la ética, pero sin un despliegue de esas ideas hacia las diferentes ramas de la cultura. Y eso se refleja entre artistas y pueblo.

José B. González (recluta del SMG): Comunicación y censura no pueden convivir.

Desiderio Navarro: Hay que hacer una distinción entre la ideología de la obra y la ideología autoral. Pero a veces se llega hasta a una contradicción, como si el autor fuera un ser ciego, desvalido ante su propia obra. Todos, y él también, pueden equivocarse como receptores. Hay lecturas incompetentes desde el punto de vista plástico. La decisión sobre la obra debe ser antes el debate colectivo y no la decisión unipersonal. Si censura consiste en que algunas obras no deban salir al más amplio público, yo sí estoy de acuerdo con que exista esa censura. Lo que sí me preocupa son dos cosas: los criterios de esa censura, que deben ser fundamentados científicamente, y quiénes la van a ejercer. Se pueden equivocar, bien por ser incompetentes o por no tener en cuenta todos los argumentos, entre ellos los del creador. Pero también debe haber unas instancia de control social de esa censura, donde participen los propios creadores. Si una obra tiene problemas (y yo las he visto, con independencia del autor) y no va a darse a conocer, que eso se discuta en el seno del colectivo, en pluralidad de voces. Aún cuando el resultado sea erróneo, que no sea unipersonal, y sí al máximo nivel de claridad.

¿Voluntad de comunicación?

Roque (fotógrafo): Discrepo de que la tendencia dominante en el arte joven sea propiciar una comunicación no superficial con el público. No existe espíritu de comunicación. A pesar del fuerte movimiento individual y colectivo (arte calle, exposiciones, etc.), hay búsqueda de un estado de comprensión por parte de las instituciones, o de los que están sentados en las instituciones, que prima sobre el interés de comunicación con el público. Hay interés, eso sí, de comunicar con el espectador, pero no con el público. Espectador es el que mantiene una expectativa hacia un tipo de obra, cierto interés de búsqueda, cierta cultura, en contraste con el público, más masivo. Hay la ineficacia y/o el desinterés de propiciar esa comunicación entre la nueva plástica y el público. El artista joven está en disyuntiva: elite o público. Y parece que no tiene conciencia de esta disyuntiva u optó por la elite.

Jorge de la Fuente: No creo que el artista joven trate de sensibilizar a las instituciones, a los funcionarios. Si no hay voluntad de comunicación, se encierra en su casa y no le enseña las obras ni a su hermana, lo cual no deja de ser válido también. Nadie es espectador per se. Debe hablarse de público de arte o de cada arte. Público que deviene en espectador. Hay categorías ya muy bien definidas. Masa o pueblo en sentido global es algo más amplio.

Agdel: El problema es más delicado. Si analizamos la formación artística, no existió nunca el más mínimo recurso en cuanto a la teoría de la comunicación. Existen modelos institucionales que vienen desde el sistema de arte de élite: galerías, exposiciones. Respecto a la iniciativa de los jóvenes, sí hay voluntad de comunicación, pero no vista de un modo plano. Esa voluntad se traduce en muchos aspectos: se están haciendo concesiones, y hay desde obras muy buenas hasta muy malas por concesiones que se están haciendo. Hay quienes han planteado incluso que su obra la estaba haciendo para incidir en las instituciones, para resolver un problema estrictamente inmediato, y que su superobjetivo sería que algún día su obra fuera comprendida por los grandes sectores. Que no se preocupaba por ninguna otra cosa. Hablo en términos de voluntad.

Desiderio Navarro: El público está hecho de espectadores, aunque ya hoy no son espectadores, sino receptores, concepto más amplio. Hay que preguntarse no sólo si no les gusta el arte joven, sino que más no les gusta. ¿Qué más no entienden? ¿Qué cuadro usted pondría en su casa? En Hungría, una encuesta reportó que a sólo el 10% le gustaría poner una muestra de arte posimpresionista. Cuando hablamos de los gustos del pueblo, se impone que no hablemos sobre una base especulativa, sino sobre sólidas investigaciones sociológicas acerca de la cultura plástica de la población cubana, que las instituciones deben fomentar y alentar. En realidad, no hay un gusto del pueblo, sino una gran diversidad de gustos condicionados por una amplia gama de factores.

Alexis Triana (estudiante de Periodismo): Es importante que el artista se preocupe por la comunicación, pero su gran obligación es hace una obra auténtica.

¿Educación estética o estática?

Silva (Director de Galería): Hay una distancia educacional entre el artista y la masa.

Jorge de la Fuente: Se habla de educación estética y hay que ver cuál, porque hay pueblos con una cultura, con una educación estética que rechaza todo lo que se sale de su marco. El problema es crear una sensibilidad frente  al arte contemporáneo. Conseguir el núcleo de una educación estética en el socialismo. Y si hay libertad de creación, tiene que haber libertad de recepción. No es que a todo el mundo, indiscriminadamente, tenga que empezar a gustarle desde ahora la plástica joven cubana.

Agdel: Recuerdo que planteamos en San Alejandro la crisis total de los programas de estudio. Aquí verdaderamente, dijimos, los artistas no se preparan. Pero Jorge Rodríguez, el director de la escuela, nos dijo algo que no habíamos tomado en cuenta: más importante que la transformación de los programas, es el trabajo del profesor. Si reestructuras los programas y los dejas en manos de los malos profesores, todo sigue siendo lo mismo.

Alexis Triana: Una función que le corresponde a las instituciones es la de dinamitar esas recetas de cocina con las cuales se imparten las asignaturas relacionadas con la educación estética.

Medios (m)(p)asivos

Arturo Cuenca (pintor): No puede haber cultura de masas sin medios para comunicarse con esas masas. Nuestra circunstancia nos obliga a que lo ideológico tenga un carácter central, pero la ideología debe unir, fomentar el papel de la cultura. Y aquí los medios masivos subestiman a la alta cultura. No se hacen los estudios de qué cantidad de información culta puede soportar cada individuo de acuerdo a su nivel de escolaridad. La TV cuenta con todos los recursos para ello.

Jorge de la Fuente: La dirección del ICRT desea poner todo el diseño de la TV en manos de los artistas, y la dirección de la Revolución no es ajena a esto.

Roque (fotógrafo): Decirle a las instituciones que lo hagan y que lo hagan bien. La TV es un mecanismo que te come, y tendrías que tumbar a un montón de gente que tiene una mentalidad bastante atrasada, y que son los que imponen un gusto a la población. Son los culpables.

Alexis Triana: Lo malo es que en gran parte de nuestra difusión masiva, lo divulgado sea lo mediocre.

Miguel Ángel (estudiante ISA): ¿Qué será de mí cuando llegue a Pinar del Río o Guantánamo y no pueda asistir a ningún encuentro de este tipo? ¿Hasta qué punto la divulgación, la promoción, llegarán allá? No podemos olvidar que en provincias existe un fuerte movimiento plástico, pero el nivel de desinformación es muy grande.

Jorge de la Fuente: Pronto se creará un centro de documentación, y se le enviarán conferencias, información, a las provincias.

Plástica de lo cotidiano

Marcos García (Asociación Hermanos Saíz): Partimos de la realidad de que el arte en la micro no va a ser la solución universal, pero es una vía. No es sólo decorar u ornamentar, es crear un diálogo.

Ricardo (estudiante ISA): Todas esas ideas del arte en la carretera, en la micro, etc., son parches a lo que no hace la arquitectura, y no porque no haya arquitectos. El problema es el método. Todas las casas del médico son iguales, todos los aeropuertos. No hay una solución del color, de la luz. Uno está en Matanzas y parece que está en Pinar del Río. No hay un estudio plástico ni en el cine, ni en la TV, ni en la industria, ni en la arquitectura. En teoría, todo esto está en la plataforma programática del PCC, pero en la realidad, los canales están tupidos. Y cuando la gente crece en una ciudad así, ¿vas a aspirar después a que vaya a una galería y acepte la nueva plástica? Eso es mentira. Hay que empezar a pensar por ahí.

Alejandro (pintor): ¿Por qué con los recursos básicos materiales no hemos logrado que las nuevas inversiones hayan dedicado siquiera un mínimo al embellecimiento del entorno? Hemos perdido mucho tiempo. Por eso este debate no puede quedar en debate teórico.

La crítica

Roque (fotógrafo): La prensa, los críticos de arte se está desinformando con la crítica que estamos haciendo actualmente, con lo que se escribe. Hay que pensar más cuando se trata de informar a la gente o de crear gustos sobre lo que pasa en la plástica cubana. La página cultura del Tribuna da pena. La revista Bohemia, que la lee todo el mundo, publica críticas que no informan, que no son sinceras ni están ejerciendo una función cultura.

Alexis Somoza: Es necesario ir a la creación de un sistema de análisis basado en la tipología de las conciencias, tanto semiótica como sociológica, para poder buscar la correspondencia entre la situación histórica y el estilo cultural. Sistemas modelantes que permitan establecer las conexiones entre realidad social y hecho artístico.

Funcionarios y funciones

Arturo Cuenca: Es un problema que atañe a las altas esferas del gobierno. Que tengan en cuenta el papel que debe jugar el arte, fundamental en la civilización moderna. La conciencia de la cultura en el socialismo, que puede hacernos más revolucionarios y más socialistas.

Jorge de la Fuente: Las soluciones de los problemas sociales no son inmediatas. Y creo que hay que centrar más los ataques no hacia individuos, sino hacia mecanismos, hacia cierta atmósfera. Hasta que no cambien esas relaciones sociales, no van a cambiar las individualidades.

También se habló de la obligación de las instituciones en cuanto a no sólo admitir, sino fomentar el arte problema, el arte que plantea situaciones aún sin solución, y no quedarse tranquilitos cuidándose las espaldas y fomentando un arte “lindo”.

Jorge de la Fuente: Cada uno tiene su papel: el artista, los teóricos, las instituciones, los medios de promoción. Y no se trata de suplantar los campos, sino de intercomunicar. Y recordar una observación del Che en el sentido de que muchas veces los llamados gustos del pueblo son los gustos  sublimados de los funcionarios.

Cauces abiertos a la luz

Silva (director de galería): Siempre lo nuevo ha tenido que abrirse paso a puro empujón. En nuestro país, siempre, o casi siempre, los artistas han tomado de corrientes foráneas sus iniciales procesos creativos, para después aplatanarlos. Ahora sucede algo similar. Todo el pos vanguardismo está sufriendo lo mismo. Está bien que nuestra juventud marche a la vanguardia de lo nuevo en el arte occidental, pero es aún mejor que empecemos a ser iniciadores de lo nuevo en el socialismo.

Agdel: El problema ha transcendido la simple asimilación de técnicas y poéticas foráneas. En general, la cosa es analizar de un modo serio lo que nos transmiten las vanguardia en el campo de las artes plásticas, lo que no significa asimilarlas tal cual.

Arturo Cuenca: Hay un arte técnica y un arte ciencia, que no tienen por qué comunicar inmediatamente con las grandes masas. Como la Teoría de la Relatividad. Hay que respetar el arte que quiere alcanzar nuevos códigos, campos, espacios para lo estético, para la emoción. Darle el respeto y la subvención estatal para que se siga haciendo ese arte y se creen los canales para que ese arte se tecnologice, se convierta en diseños ambientales, objetos, modelos que conformen una ecología estética que es la que realmente crea el hombre nuevo.

Desiderio Navarro: Hay un problema capital, y es si el artista se considera cocreador de la ideología colectiva o si es un ilustrador de la ideología hecha por otros. Si es un simple ilustrador, sólo debe ilustrar lo ya planteado por otros. Y si no se ha dicho algo sobre esto o aquello, no lanzarse. ¿Qué pasaría si alguien, con los recursos del arte, que es también un medio de conocimiento, se lanza a la búsqueda de verdades que aún no hayan alcanzado el estatus de reconocimiento, si alguien se adelanta y no se conforma con el papel de ilustrador? Porque si el arte es un medio de conocimiento, tiene que ser de verdades nuevas, porque para descubrir verdades viejas no se usa un medio de conocimiento. Ese es otro de los problemas cuya solución requiere debate colectivo. Porque el artista se puede adelantar, acertar, y también equivocarse.

¿Quién le pone el cascabel…?

Glecsi Rojas (impresor): ¿Quién se va a encargar de decirle todo esto que estamos diciendo aquí, todas estas críticas, a los criticados? Porque si no, estaremos perdiendo aquí la tarde. ¿O esto se quedará entre nosotros, en familia? Yo propongo que ustedes vayan de una forma institucional a ver a quien sea. Está bien que se publique, pero yo no creo en soluciones de periódicos.

Yo tampoco, Glecsi, porque los periódicos no se crearon para dar soluciones, sino para informar, para fomentar el público debate. La Gaceta es sólo el amplificador a través del cual tantas palabras podrán llegar a oídos ávidos por escucharlas y a otros no tan ávidos o ávidos, precisamente, por lo contrario.

Ahora, los hechos tienen la palabra.

“En busca de nuevos ojos”; en: La Gaceta de Cuba, La Habana, junio, 1988.





CONTAR EL CUENTO (Violencia, didactismo, adolescencia: breve recuento de la cuentística cubana de la Revolución)

29 06 1988

BREVISIMA HISTORIA DE LA CUENTISTICA

CUBANA DE LA REVOLUCION

No por vocación clasificatoria, sino para acercarme por un camino lo menos intrincado posible a la cuentística cubana de la Revolución, ordeno ésta en cuatro etapas que corresponden, en gran medida, a las ya formuladas por Francisco López Sacha: la primera, de 1959 a 1966, sería el Primer Período Didáctico, respondiendo al criterio de Angel Rama; la segunda, 1966‑1970, la Narrativa de la Violencia; la tercera, del 70 al 78, la Narrativa del Cambio, o Segundo Período Didáctico; y la cuarta, 1978‑1988, podría llamarse Narrativa de la Adolescencia.

PRIMER PERIODO DIDACTICO (1959‑1966)

Durante estos años ocurre el proceso de consolidación de la Revolución. El acto de vivir se convierte en algo tan impostergable, que el hecho literario queda relegado por la realidad a un segundo muy segundo plano. Tienen lugar los sucesos que alimentarán en gran medida la Narrativa de la Violencia que se producirá en el período posterior.

Angel Rama, analizando el devenir literario de las revoluciones rusa, mexicana y en cierta medida, la cubana, señala que en los albores de la revolución se produce poca literatura y quienes están en mejores condiciones para hacerla son, precisamente, los derrotados. Aunque esto no se cumpla estrictamente en nuestro caso, sí tiene lugar el proceso de creación en dos vertientes opuestas: una literatura sin asidero a la circunstancia inmediata por un lado, y una literatura circunstancial por el otro. Esta última, comprometida, deslumbrada por la Revolución, trata de explicarla desde la perspectiva poco fiable que concede el asombro, haciendo uso de un didactismo a veces ingenuo y excesivamente explícito. A ella me refiero cuando denomino la etapa como Primer Período Didáctico.

Durante la Revolución Rusa, Lenin hablaba a Lunacharski sobre los que se unen al carro de la victoria, fenómeno inevitable y síntoma de la victoria. Y el Che, en El socialismo y el hombre en Cuba, apuntaba: «La culpabilidad de muchos de nuestros revolucionarios y artistas es que no son auténticamente revolucionarios (…) Las nuevas generaciones vendrán libres del pecado original…» Fue cierto, como se encargó de corroborar el tiempo, el oportunismo de algunos escritores que se unieron al carro de la victoria, para desuncirse después como quien cambia en el beisbol de equipo favorito. Y no es casual que quienes hoy más gritan a favor de los Mulos de Manhattan, fueran en su momento los más extremistas hinchas del equipo Habana. Ya sabemos lo que aparece cuando se rasga la piel de un extremista. Fueron los menos, por cierto, aún cuando hoy se vendan como los más ‑‑o como los más representativos, que tampoco son. Respecto a ese pecado original de que hablaba el Che, creo que en gran medida, ocurrió. )Por qué? Ante todo, fueron excepcionales los escritores que ya entonces lo eran, que tuvieron participación directa en la lucha insurreccional. Una parte, asqueados de la circunstancia republicana, veían con escepticismo la posibilidad de un cambio. Otros, alejados del país por diversas causas, hacían de su obra en sitios más acogedores o menos hostiles. Para la inmensa mayoría, de extracción pequeñoburguesa, la Revolución fue primero el asombro y más tarde el deslumbramiento. Ellos entregaron a la Revolución naciente cuanto tenían, sus palabras; pero interiorizar una revolución que los tomaba por sorpresa era ya un proceso más lento, un largo aprendizaje, como lo fue también para un nutrido sector de la población cubana, no sólo los intelectuales. No hay duplicidad en esto, sino velocidades diferenciadas de asimilación: entregara a la Revolución era un acto de compromiso y militancia, entregarse era un acto de amor. Si a eso lo llamáramos, como el Che, pecado original,  sería un humano pecado que sólo para un pequeño grupo se convirtió, deshonestidad mediante, pecado capital.

NARRATIVA DE LA VIOLENCIA (1966‑1970)

Al tiempo que se radicalizaba la Revolución y tenía lugar el auge de los movimientos guerrilleros en América Latina, ocurre el paso de la lucha contra bandidos, episodio central del período anterior, a la lucha ideológica, cuyo suceso fundamental fue el combate contra la microfracción; a la lucha económica que culmina, en 1970, con la zafra, un decenio permeado de voluntarismo.

Entre 1966 y 1970 se produce la mejor cuentística de la Revolución, cuya calidad sólo recientemente ha sido igualada y en parte superada. La narrativa de la violencia tiene como tema central la guerra, desde el período insurreccional hasta la lucha contra bandidos recién concluida. Caracterizada por conflictos de alto dramatismo, formas rítmicas veloces y lenguaje de sobreentendidos que implica una complicidad, una comunidad de vivencias entre el lector y el escritor, es una cuentística más babeliana que hemingwayana, cruda, incisiva, y que evade la mitificación de la guerra mediante una disección participante y crítica a la vez de la realidad narrada. Esto escandaliza la concepción maniquea al uso de la guerra como choque entre malos malos y buenos buenos, lo que provoca el cuestionamiento, en diversa medida y por diversos motivos, de los principales libros y autores; quedando sobreentendida a partir de ese momento la incuestionabilidad de la realidad, caldo de cultivo donde florecerá la

NARRATIVA DEL CAMBIO (1970‑1978)

                                                ó

                   SEGUNDO PERIODO DIDACTICO

El inicio de los setenta propició, por un lado, una literatura didáctica (hasta didactiquera), protagonizada por escritores que hacen su aparición durante este período y algunos narradores de la violencia con obras menores; una literatura que se siente obligada a explicitar sus posiciones ideológicas para que no haya confusiones ‑‑recordar la carta de Engels a Nina Kautsky‑‑, medicina preventiva para evitar la combustión de barbas que ya habían ardido en el capítulo anterior. Al negar la creación artística como patrimonio de «cenáculos» o «individuos aislados», es decir, artistas ni juntos ni solitarios, y contraponer a esto las masas como genio creador, se cayó en la simplificación de negar el papel del individuo en la creación artística, como si el credor, el artista, no saliera del pueblo, no se nutriera del pueblo, no creara para el pueblo. A esto se unió una feroz precaución contra la «cultura capitalista» ‑‑por lo cual se entendía generalmente la cultura que se hacía en los países capitalistas. A pesar de la advertencia de Carlos Rafael Rodríguez en el sentido de que el quid de la cuestión no era escuchar música folklórica latinoamericana y no norteamericana, lo anterior generó un autobloqueo cultural del cual aún estamos emergiendo. No es hasta 1988 que el propio Carlos Rafael habla de proscribir de la cultura la palabra extranjero.

En este contexto se produce una narrativa anémica, apocada, que tiene como tema fundamental y perspectiva el hombre viejo en un mundo nuevo. Prima en ella un tempo más lento, un lenguaje más pausado y el maniqueísmo de los conflictos, quedando excluidos en lo esencial aquellos que verdaderamente tensarían las fuerzas de la sociedad en la dirección de su ulterior evolución. Hubo quienes confundieron el optimismo filosófico del marxismo‑leninismo con una visión festiva de la realidad. Y como toda verdad tiene dos alas, aún cuando no cumpla con las leyes de la simetría bilateral, al cercenársele de cuajo el ala oscura, al tusársele el plumaje según ciertas premeditaciones (y hasta precauciones) político‑estética ‑‑créanme que la ideología no andaba ni por allí aquel día‑‑, resultaba una realidad muchísimo más bonita, con una sola limitación: no levantaba el vuelo.

La creación de personajes ideales que el autor manejaba desde sus alturas olímpicas, fue un procedimiento bastante usual. Eran tan asépticos, con una ideología tan bien planchada, que sólo les faltaba para alcanzar la perfección que los lectores se lo creyeran; lo cual, dada esa natural perspicacia de los lectores, no ocurría, provocándose, por contraste, una reacción de rechazo en bloque. Cabría aclarar que tal situación no se asemeja más que superficialmente a una visión romántica, en cuyo caso la ponderación del hombre es un medio de reflejar cierta realidad tan válido como cualquier otro.

NARRATIVA DE LA ADOLESCENCIA (1978‑1988)

Ya desde los últimos años del período anterior se entronizaron desviaciones y males que serían denunciados a mediados de los ochenta, Cuba incrementa su asistencia civil y militar a decenas de países y gana prestigio en la arena internacional como presidente del Movimiento de Países No Alineados.

Es en este contexto que se produce la Narrativa de la Adolescencia ‑‑aunque por un momento estuve tentado de llamarla Narrativa de la Etica‑‑, que tiene su precursor en la de Rafael Soler (1975).

Una nueva promoción ()generación?) de narradores se abre paso con libros que tienen, como común denominador, la recreación de la infancia y la adolescencia, y más aún, el estar escritos desde el punto de vista del niño‑joven‑adolescente, es decir, desde la perspectiva del asombro y del descubrimiento. Visión que coincide con la de los propios narradores. Literatura rica en matices, diversa desde el punto de vista formal, enfocada esencialmente hacia lo cotidiano, aunque pueda moverse con comodidad en disímiles universos espacio‑temporales, excluye, por lo general, la concisión anecdótica de los narradores de la violencia, dado que aquí la anécdota no es más que una justificación para el planteamiento de acusiosas inquietudes éticas. Rasgo también esencial porque la preocupación por lo ético aparece como respuesta al relajamiento de la ética. Y no hay más inflexible guardián de la ética que la adolescencia. La disección crítica de la sociedad, tímida en sus inicios, se va acentuando hacia fines del período, revelando los conflictos y tensiones internos de la sociedad proyectados hacia el futuro.

Aunque decir que esta es la Narrativa de la Adolescencia equivale a subrayar uno de sus rasgos más pronunciados, en esta promoción encontramos el concierto de voces más diverso de toda la narrativa producida dentro de la Revolución: redescubrimiento de técnicas características de lo que se ha dado en llamar literatura fantástica y del absurdo, consolidación (no siempre feliz) de la nueva ciencia ficción y el policíaco cubano ‑‑aun con una baja sensible de su calidad respecto al período anterior‑‑; lirismo, humor, concisión de lenguaje, barroquismo acentuado, expansión temática, uso y hasta abuso del lenguaje popular, novedosas construcciones sintácticas y estructurales ‑‑quizás tardíamente asimiladas de la narrativa del boom‑‑, conviven con modos más convencionales de contar; y sobre todo, la cristalización de cuando menos cinco y puede que hasta diez voces singulares casi al unísono, hecho sin precedentes en la cuentística cubana. Panorama que augura mejor suerte para el género en un futuro cercano.

NOCIONES DE FUTUROLOGIA O

EL ARTE DE AUTOPREGUNTARME

La narrativa cubana contemporánea dispone de un grupo relativamente nutrido de autores que reúnen las tres materias primas con que se fabrica la buena literatura: talento, oficio y laboriosidad, además de 20/20 en cada ojo para escrutar una realidad sumamente peculiar: el primer país socialista de América, de habla hispana, con una apreciable tradición literaria, en el contexto de una de las literaturas más ricas de este planeta, la hispanoamericana, y en el continente donde ya hoy, rebasada la adolescencia del boom, se sientan pautas en la narrativa contemporánea. Una sociedad consolidada, donde es más fácil dilucidar las causas y azares del devenir histórico, pero situada a su vez en un crucero de su desarrollo; plena en contradicciones, tensada hacia el futuro.

Aunque Carlos Rafael Rodríguez ha afirmado también que el escritor no es «conciencia crítica de la sociedad», sino «testigo de la verdad», creo que el papel de testigo implicaría cierta pasividad incompatible con el realismo analítico. Puede que esto responda ciertas pretensiones de algunos intelectuales de erigirse en «conciencia crítica«, cuando no son más que «parte de la«, porque la conciencia crítica en una sociedad de participación, debe ser toda la sociedad, sin distingos ni parcelación del dercho a la crítica en cotos privados de algunos sectores o grupos.

“Contar el Cuento (Violencia, didactismo, adolescencia: breve recuento de la cuentística cubana de la Revolución)”, La Habana, 1988





El hombre que sembró el sol

29 04 1988

En la isla de Suchu, del archipiélago

japonés, nació Masako Harada.

En la tierra del Sol naciente

discurrió su infancia el hombre que

vendría a sembrar el Sol de sus orígenes

en otra isla, la de los Pinos, que con

el tiempo se llamaría de la Juventud.

Hay que repetir, repetir. El hombre no puede cansarse. La buena suerte siempre llega antes que la muerte. Diez años estuve sin vender, viviendo de los préstamos, pero yo se lo decía a los cubanos: Repite, siembra de nuevo. Ya llegará la suerte. Todo pasa.

Sí, fue el 6 de abril de 1925.

Pero antes… Habíamos salido el primero de febrero de Kobe en el buque Lakuyo. De ahí a Yokohama, Hawai, Honolulu, San Francisco y no sé cuántos puertecitos de la costa pacífica centroamericana, antes de llegar a Panamá, subiendo y bajando personas. Éramos 34 o 35, casi todos jóvenes, sin familia. Veinte años tenía yo. Sí, en 1904. Y de La Habana fui para la colonia Mayaguara en Condado, Trinidad. Qué lindos los cañaverales: altos, verdes. Pero cortar caña no era como me habían dicho allá en la isla de Sucheu, en la provincia Fukuoka, donde yo nací. En el campo, claro. Siempre he sido campesino, agricultor, guajiro. Allá trabajábamos nueve o diez horas para ganar veinte centavos de yen, y un yen valía medio dólar. Entonces aparecieron algunos que habían trabajado en Cuba cinco, siete años, y traían los bolsillos llenos de dinero. Y nos contaron que aquí bailando alrededor de los cañaverales con una guataca se podían ganar quince dólares al día. Entonces salió un anuncio en el periódico de una oficina donde se podían apuntar los que quisieran venir. Cobraban cierto dinero por el viaje y los papeles.

Pero en Mayaguara todo fue distinto. Vivíamos en una barraca larga y sin saber nada de español (que todavía no sé mucho). El capataz nos enseñó a cortar la caña: pica abajo, quita las hojas, corta en trozos así y echa para la pila. Al lado había unos haitianos. Ellos ya estaban acabando y nosotros no habíamos llenado la primera. Veníamos contratados tres meses a cortar caña para una fábrica de azúcar. A la primera semana no habíamos ganado ni un peso. No alcanzaba ni para pagar la comida. Y el pica pica y el sol. Ni bañándonos se quitaba. Y arriba la maleta que se me llenó de agua en el primer aguacero, que parecía una inundación aquello. La gente antigua nos decía: ¿Para qué viniste aquí? No era a bailar con una guataca como nos habían dicho.

Una semana después, cinco malditos huimos y no pagamos ni la comida. Yo fui a parar a la colonia Kindelán, donde estaba Sato, un paisano, y guataqueamos a cinco pesos por semana. Al mes pudimos mandarle al capataz el dinero de la comida que no habíamos pagado. Pero después llegó el tiempo del agua y Sato nos dijo que el trabajo se había terminado. Fui a varios centrales y no encontré trabajo. Terminé atendiendo hortalizas en Baraguá con otros seis japoneses jóvenes.

Ahí fue donde me dijeron: Ve para la Isla de Pinos, siembra ají y tomate. Y vine: el 29 de mayo de 1926. Cuando eso la isla estaba llena de pinares y los cocodrilos, jicoteas, grullas, las jutías y las iguanas andaban por donde quiera. Empecé a trabajar con Yamanashi, que llevaba tres años cultivando en la zafra de ají y berenjena. Fue en ese tiempo, el 19 de septiembre, cuando vino el ciclón del 26. Aquello fue lo más grande de la vida. Casi todas las casas eran de madera y el ciclón se las llevó. El agua entraba así, de lado, por el agujero de los clavos, como si fueran piedras. El agua pinchaba como punzones.

Toma. Toma un poco de vino. Harada Club. Fue un barril que hice hace quince años con pasas y mandarina. Los muchachos lo descubrieron el otro día limpiando el desván. Ah, lo del ciclón. Yo vivía en La Columbia, al otro lado del cementerio americano. Después que pasó no quedaba ni una sola hoja verde en toda la mirada. A las tres semanas fue que empezaron a salir los retoñitos primeros de las palmas arrancadas, así de este tamaño. Empezó el viento a las nueve de la noche, o a las ocho, no me acuerdo bien, que esta cabeza mía ya no sirve. Es como calabaza podrida. Y el viento no dejaba oír nada, ni hablando al oído de otra persona. Y entonces, a las doce y media o la una se hizo un silencio, que hasta los grillos que quedaron se oían. Pero eso fue como diez minutos. Después empezó otra vez, pero del lado contrario, y acabó de acabar lo que quedaba. Los relámpagos alumbraban igual que el día y el agua de la mar trepó los ríos y se regó por los campos. Ahí cada uno salió por su lado. Yo crucé medio nadando medio caminando, un trillo y una zanja, y como el agua seguía subiendo, me abracé a una mata de toronjas. ¿Dónde estaban los demás? No sé. Y entre cansancio y sueño, me quedé como que dormido, abrazado a la mata aquella. Y dormido todavía, oigo una voz como de lamento. Contesté y fui por el camino de la voz hasta donde estaba el vecino de nosotros, en una mata de mangos, al lado de la casa de los americanos. Llamaba a los japoneses perdidos enseñándoles el rumbo. Yo fui el último en llegar. Nadie se había perdido. Pero todos teníamos un frííío. Ni fósforos había para hacer comida. En los bajíos, como el lugar de nosotros, toda la siembra se perdió y pasó como un mes antes que llegara un barco con comida para nosotros, y consiguiéramos semillas para volver a sembrar.

Ya cuando eso había como 35 ó 45 japoneses más. En las tierras de por aquí no había melón, ni zanahoria, ni tomate. Bueno, había de todo, pero venía de Miami, envuelto en papelitos encerados, y como el 90% de la tierra era de los americanos… Empezamos a sembrar, y a mí Yamanashi me dio un lugar en Columbia, una finquita de 20 acres, de los cuales sembré tres y todo se vendió. Además, por 400 pesos me dio un arado, dos carretas, tres o cuatro guatacas y un caballo. Yo empecé con buena suerte. Cuando pagaban cinco dólares por una caja de ají, era muy buen precio. Sin embargo, en 1928 el norte vino muy frío y New York pagaba hasta quince por caja. Entonces empecé a sembrar melón también. Al principio, cuando le brindábamos melón a los cubanos, huían porque les parecía sangre. Era el melón Tom Whatson, muy muy rojo. Hasta que empezaron a probar y qué rico, dame otro pedazo, y al final casi tengo que poner guardia para que no me comieran los melones. Melón de agua y pepino. Mucha gente se hizo de dinero con el pepino. Si vas a Gerona verás muchas casas grandes. Son casa de pepino. Aquí llegamos a coger melones de 100 libras. Para eso hace falta buena semilla. Los de ahora llegan, algunos, hasta 70 libras.

Como ya andaba más desahogado, quería casarme en Japón. Tenía un amigo que se llamaba Fuyo. Y como yo no quería moverme de aquí, Fuyo me dijo: Cásate con mi hermana. Y sin saber ni cómo era, mandamos cartas a mi familia y al papá de Fuyo, para que mi papá me buscara a la muchacha, y los de ella conocieran a los míos, que así se hacía entonces, y los hijos callados, sin saber nada. Ella era de Kagoshima, con una provincia por el medio, la de Kumamoto. Ya nos habíamos casado por papeles y nunca nos habíamos visto. Nos mandamos fotos, eso sí. La familia hizo acuerdo y la mandaron sola para Panamá. Yo fui a buscarla. Allí le vi la carita por primera vez. Estaba al pie del barco, sin moverse. Desde ese día estamos juntos Kesano y yo: agosto 30 de 1929. Ya el año que viene cumplimos las bodas de… Bueno, ya hace nueve años cumplimos las bodas de oro, ¿no? Cincuenta años.

Después de verle la carita allá en Panamá, compré una máquina de coser Singer y salimos rápido para acá. Cuando eso, ya yo andaba por una finca en La Fe, no muy buena, y por eso en 1930 vine para aquí, y de esta finca no me he movido desde hace más de 60 años. En el 31 nos nació el primer hijo y, después, uno más o menos cada dos años. Doce en total. A uno me lo mató un rayo a los veinticuatro años. Quedan Miguel (Akio), Fulgencio (Kasuko), José (Hashuo), María (Fumiko), Severino (Osam), el sexto fue el que se me murió, la séptima es Beba (Nieko), Franco (Siguelo), Isal (Maruko), César (Shigueo), Jorge (Toishi) y Ángel, el último, que no tiene nombre en japonés. De los once vivos quedan diez en Cuba, porque una de las hijas se casó con un esposo que le vino de Japón; pasó diez años en Cuba y se fue para allá, porque a él no le gustó el socialismo. Dicen que ahora es rico. Qué cabeza para guardar dinero. Lo que no le gustaba era el trabajo del campo.

Tú verás el domingo, que es día de las madres. A Kesano le llegan diez o quince cajas de cake. El día de los padres, no. Dos o tres cajas. Papá vale poco.

¿Los años 30? Fueron muy malos. Había buena siembra, pero no se vendía, menos los años de sequía, cuando todo iba mal. Los precios subían, pero no había cosecha. Diez años seguidos así, casi sin vender. Pidiendo prestado, volviendo a pedir prestado. Hasta en 13.000 pesos estuve empeñado. Y 13.000 eran muchos pesos para un pobre. Suerte que yo nunca he tomado ni he sido mujeriego (para mujer, nada más que la de la casa). Mario, un chino, me prestó durante diez años. Sí, para que tú veas, allá los chinos y los japoneses no se llevan bien. Pero aquí, con el paso del tiempo, no hay chinos ni japoneses ni árabes ni judíos. Todos somos cubanos. Y casi todas las bodegas, tintorerías, las fondas, eran de chinos. Y yo ni un centavo tenía, y seis muchachos entre uno y doce años. Fue muy difícil. Ya yo andaba buscando cuántos gajos de mango me harían falta para ahorcarme junto con toda mi familia, cuando el 11 de febrero de 1942 estalló la guerra. Los niños estaban comiendo boniatos del que se le tira a los cochinos, y nosotros, hojas de boniato sancochadas con sal. El melón bueno se pudría en el campo, porque el melón maduro no espera, y había que regalarlo. No compraban el tomate porque las plazas estaban llenas. Si quería mandarlo a La Habana, tenía que pagar el flete por anticipado, y con qué. Diez años sin vender. Y Kesano, mi mujer, cargada de niños y guataqueando. Día y noche. A veces, cuando cortaba una mata de ají en la oscuridad, ella lloraba. Pero todo el mundo decía: Harada trabaja. Préstale, el pobre. Un día ganará.

Por eso yo estoy muy agradecido a los cubanos, ricos y pobres, que siempre me ayudaron. Por eso, cuando empezó este gobierno, yo miré extrañado, pero luego vi los precios fijos. Oiga, qué bueno eso. Antes no. Había poca mercancía y los precios altos, o al revés. Y este gobierno vino comprando todo lo que hubiera. Y todo lo recibían. En 1965 gané mucho dinero, y así fui casa por casa pagándole a cada uno lo que le debía. Aunque algunos ya pensaban que me iba a morir debiendo. Qué bien dormí esa noche.

Pero, bueno, para seguirte el orden; en febrero de 1943 fue cuando se aparecieron cinco soldados y me dijeron: Harada, tienes que ir con nosotros a la cárcel. Lo sentimos mucho, es una orden. Y ahí me llevaron al presidio, a un campo de concentración para japoneses, por aquello de que Cuba estaba en guerra con Japón y eso. Figúrate, no podía darles comida a los muchachos. Tuve que ir. Pero el pueblo sabe mucho. Los que me habían prestado tanto, los cansados de prestar, cuando me llevaron vinieron a ver a la señora: ¿Quiere sembrar algo? ¿Necesita semilla, abono? Tenemos hasta comprador para la cosecha. Diez días después le trajeron semilla, un poquito de abono, medicina. Ella sembró todo esto. Ya sabía cómo hacer los camellones, los pasos entre las semillas, los días de poner el abono, la medicina. Y cuando ya las plantas tenían el tamaño bueno, vinieron de Gerona a buscarlo todo. Ella y los muchachos, con un caballo, sacaron los melones hasta el camión, pero el camión se demoró y pasaron tres o cuatro noches, con lámparas, hasta los niños durmiendo al lado de los melones para que no se los llevaran.

La señora vivió de su inteligencia y su trabajo veinte veces mejor que yo. Un negociante compró todo y quedó dinero hasta para comprar tela y hacer ropa para los muchachos, y una muda para mí. Y lo mismo con los pepinos. Es chiquita, pero trabaja. Trabaja mucho. Hasta ahora, a sus 77 años, no hay quien se le ponga al lado guataqueando, sembrando. Yo me salvé. No le vi la carita antes de casarme, pero me salvé de todas maneras. Ella llegó el 30 de agosto de 1929, descansó un día y al otro se fue conmigo a limpiar la finca, a cortar palos con el hacha. Muy valiente esta mujer. Y más esos tres años que estuve preso, hasta diciembre de 1945. La comida era mala y poca, pero después que salí del campo y comencé a ver lo que estaba pasando por el mundo, me dije: era mala y poca, pero era.

Trescientos cincuenta japoneses presos, todos mayores de veinte años, porque a los menores los dejaban en sus lugares. Venían de toda Cuba. Pero eso fue cosa de aquel gobierno, porque la guerra era allá, pero nosotros aquí hubiéramos seguido sembrando. En algunas fincas que se quedaron vacías, el gobierno puso cuidadores. Y algunos después no querían irse. Hasta incendiaron dos casas.

Entre el 45 y el 46 hubo buena cosecha. La finca había estado tres años produciendo poco. El mercado estaba vacío y el pepino en alza. Fíjate que los embarques subieron a 2.000, 5.000 pesos cada uno. Y ahí es cuando yo le recordaba a la gente lo que les había repetido: Sigan sembrando. No lo dejen. La mala suerte viene, pero la buena también. Hay que aguantar, hay que repetir. La buena suerte siempre viene antes que la muerte.

Entre el 52 y 59, la Isla fue zona franca para los negociantes y para los norteamericanos, pero a nosotros eso no nos benefició nada. Hubo algunos, como un hermano del médico Ramírez Corría, que empezó a comprar y comprar tierras. Y yo entre el 51 y el 52 aproveché para comprar esta tierra mía, no nos fueran a botar después de veinte años trabajando aquí. Hasta 16 caballerías, que era lo que yo tenía en 1959. No, con la primera Reforma Agraria no, pero con la segunda, como el límite era de cinco caballerías, vinieron los interventores. Entonces fui a hablar con Crespo, el que era como el Manresa de ahora. Sí, el que fue después el primer embajador de Cuba en Japón y allí en su oficina le dije: yo tengo 16 caballerías, pero la mayor parte no es buena tierra, no sirve nada más que para potrero. La siembra hay que hacerla pedacito a pedacito. Ellos consultaron y me dijeron: Vaya para su casa. Su finca se queda así. Me dejaron las once caballerías restantes. El secretario luego vino, y como yo tenía propiedad, me dijo: esto es tuyo. Usted, Harada, siga como hasta ahora.

Fidel vino en 1961. Lo miró todo. Vino para comer melón. No estaba de cortar, pero alguno lo había maduro. Otra vez vino por aquí cerca y le llevamos unos melones al muelle, donde tenía una lancha, y otra vez vino y habló con la mujer… Sí, ese barrilito de cerveza y esas botellas las envió él y nos las bebimos con los demás japoneses de la comunidad. Porque tú sabes que no soy yo solo. Aquí hay varias familias: está la familia Tukunaga, Kubo, Mirato, la familia Shuco, sí, como una colonia, pero no.

No es que yo sea cónsul. Los cubanos son muy habladores y dicen cosas. Yo hace doce años que no trabajo por lo de la piedras en los riñones. Ayudo aquí a todas las familias japonesas de la Isla, porque ellos sí trabajan, hago algunas gestiones, firmo a veces papeles en lugar del embajador, buscaba allá en La Habana a los muchachos becados. A veces recorría tres o cuatro escuelas secundarias. Y todavía hoy, de hombres, cuando me ven por ahí me saludan: Hola, papá, abuelo. Pero, qué va, yo soy analfabeto. Los que sí son famosos son los melones. Fíjate que hasta Oriente caminé y la gente me decía: ¿Usted no es Harada, el de los melones?

¿Ah, eso? Me lo enviaron de la escuela Tashiro. Sí, en 1969 yo me operé de cataratas, pero no quedé bien, y el hermano de mi señora me invitó a Japón y mandó el pasaje de ida para que me volviera a operar. Me curé y estuve allá más de diez meses. Después, para regresar, Fidel me regaló el pasaje, las medicinas, los espejuelos, todo me lo regaló él. Y fue en ese viaje cuando visité la escuela Tashiro. Hablé mucho sobre Cuba a los niños. Les expliqué que los majás aquí eran muy grandes, y que había peces de cien libras. Pensaban que yo estaba exagerando, entonces les mandé una caja con una piel de majá, otra de cocodrilo, un carapacho de carey, un huevo de cocodrilo vacío, un alacrán, el anzuelo grande con que se pescan los tiburones y como mil sellos cubanos. Cuando regresé a la escuela esa en 1982, todo estaba puesto en unas vitrinas muy bonitas. Mis hijos y yo formamos una cooperativa aquí en la finca. Anapistas somos cinco, pero trabajan mi esposa, los dos hijos mayores, y un viejo inmigrado que no tenía familia, Datsuo Wakafoji, aunque ya no ve bien y trabaja unas veces sí y otras no. Sí, las 16 caballerías.

La granja, con 250 personas, no produce nunca como yo, aún cuando los años sean como estos últimos con la seca. Se trabaja bien, con todo y que los muchachos se roban la fruta. Yo sí no vendo nada. Todo para Acopio, y el autoconsumo para la casa.

No, yo soy japonés, pero esta isla es el mejor lugar para vivir. Allá me decían: Si en cinco o diez años no haces dinero, regresa. Yo no hice mucho dinero, pero no regresé. Y ya llevo 68 años. Clima bueno, gente buena. Ya se sabe que en ningún lugar es como en Cuba. Aquí estoy esperando para morirme, e ir para arriba arriba, pero para el cielo de Cuba. Aquí llegué en 1925 con $3.60, y ahora tengo mujer, once hijos, veintiséis nietos y cinco bisnietos. Más de cincuenta en la familia. Y todos son cubanos.

“El hombre que sembró el sol”; en Somos Jóvenes, La Habana, 1988





Caminos del agua

1 02 1988

Primero fue esa manía que tienen las cañabravas de crecer bien al borde de los arroyos. Más tarde, cuando el hacha y el machete suprimieron su vocación por las alturas y las tajaronlongitudinalmente en piezas largas y acanaladas, fue la fidelidad de las cañabravas al agua más allá del hacha o del machete.

El campesino buscó manantiales de montaña, y a cada ojo de agua arrimó, con la cortesía de quien pide permiso, una cañabrava. Desde ese momento el lloro de los montes baja por las canaletas, salta, dobla, se escurre, vuela en los declives pronunciados, camina con andar de viejo pensativo en los tramos suaves, se escapa por alguna grieta. Chispea el agua en los recodos bruscos. Salpica la tierra donde una semilla de picuala o cañasanta abreva agradecida. Y aunque no lo parezca, siguen vivas para siempre las cañabravas, gracias a esa  complicidad, a esa alegría contagiosa y secreta del agua, que canta en un idioma que sólo el viento, las cañas, el rocío y algunos, muy pocos, hombres comprenden. Aunque este rústico acueducto no sea eterno ni ponderable a los turistas, como los acueductos romanos, cañas abajo esperan por el agua en el bohío las cazuelas sucias del almuerzo, la garganta reseca del hombre que durante  toda la mañana ha roturado la tierra. O quizás antes, a medio andar, encuentre el agua la sed del caminante, o se detendrá para que el pájaro trashumante beba unas gotas, humedezca sus alas y eche de nuevo a volar hacia el mundo.

“Caminos del agua”; en: Somos Jóvenes, n.º 99, La Habana, febrero, 1988.