El río de los siete soles

29 01 1989

Lunes 2 de agosto

5,40 am. Veintiséis jóvenes bajan del ómnibus donde, durante diecinueve horas, han cubierto los 956 kilómetros que separan La Habana de Santiago de Cuba. Después del desayuno, cambian sus ropas de ciudad por pantalones de lona, botas de suela gruesa o tenis, y revisan que en las mochilas no sobre un gramo. Saben que después, cada gramo pesará dos, tres, cien veces más.

Regresamos  a la carretera, rumbo norte. Atrás van quedando plantaciones de caña, pequeños poblados que se arremolinan alrededor de los centrales, la entrada al zoológico de piedra, hoy parque nacional, donde un campesino‑escultor convirtió en elefantes, rinocerontes, leones, las rocas desperdigadas por su finca. Recogemos a los guías en distintos puntos del camino y a las diez ya estamos en la Jaiba, al pie del macizo montañoso que forma parte del Moa‑Baracoa, en el extremo este de la isla.

El objetivo del viaje es practicar un recorrido inédito: seguir, desde el nacimiento hasta la desembocadura, el curso del río más caudaloso de Cuba: el Toa. Con su longitud de 100 kilómetros, su cuenca de 326 kilómetros cuadrados y sus 71 afluentes es apenas un arroyo en comparación con sus colegas del continente, sólo que este río discurre por la región más escabrosa del país, muy despoblada, y donde los bruscos cambios en el régimen de las lluvias provocan súbitas crecidas, cuya fuerza y peligrosidad descubrimos días más tarde.

Después de almuerzo iniciamos la subida. El camino arranca con una fuerte pendiente que remonta el firme desde 480 hasta 680 metros, en apenas un kilómetro de distancia, a lo cual se suman 32 grados sobre cero y 85% de humedad. Las piernas estrenan un cansancio olvidado.

Entre Aguas Blancas y La Munición, el camino se hace más practicable. Un pedregal de calizas salpicado de arbustos, montes espinosos y varías, que elevan quince metros sus troncos agrietados y grises. Tomamos un atajo que nos ahorra poco más de un kilómetro y entramos en la zona de serpentinitas cubiertas por suelos lateríticos, de un rojo profundo, donde, como consecuencia del altísimo contenido de hierro, no crece otra vegetación que algunas zarzas y pinus cubensis, oriundos de las Antillas, donde los montes se elevan más allá de los 700 metros. Erguidos, muy rectos, escasos de follaje, son los adolescentes de la montaña.

Ya en lo alto de la meseta de Cupeyal del Norte, el guía detiene la columna. Por aquí debe nacer el río, pero nadie sabe exactamente dónde. Mapa en mano, compruebo la posición y con un pequeño grupo me desprendo, cañada abajo, en busca de la intersección entre dos arroyos, al noreste de nuestra posición.

A medida que bajamos, la maleza se hace más espesa, la topografía, engañosa, esconde bajo la hierba numerosos huecos de hasta dos metros.

Entramos a la primera cañada y unas veces saltando sobre filosas piedras, otras, a golpe de machete entre lianas y troncos derribados, alcanzamos la confluencia donde se iniciará mañana nuestro viaje: el nacimiento del río cuyo nombre, según algunos, es obra de los aborígenes, como onomatopeya del croar de las ranas (hay quienes afirman que toa era la palabra rana en su lenguaje). Según otros, la denominación pudiera derivarse de toatoo (totí) en dialecto malinké, o del inglés toad (sapo). De cualquier manera, el Toa es aquí no más que un arroyo de veloces aguas huyendo entre guijarros.

Llenamos las cantimploras para llevarle a los compañeros que acamparon en la meseta y avanzamos por el cauce, dado que la espesa vegetación no nos permite el acceso a las orillas. Ya oscurece cuando decidimos abrirnos paso entre la selva loma arriba. El camino que aparece en el mapa ya no existe, devorado por la furia de las plantas, que en las Antillas sólo necesitan algunas semanas para borrar las huellas del hombre.

Durante una hora, por una pendiente de cuarenta y cinco a sesenta grados, entablamos una batalla silenciosa con las espinas rectas del palo bronco y las garras de las uñas de gato. Alcanzamos la cima con veinte o treinta cortadas cada uno como trofeo. Una espina rajó el traje de campaña de Preval y siete centímetros de piel. Sangra bastante.

Vamos marcando el camino para regresar con todo el grupo mañana.

Desde arriba, y casi en la más completa oscuridad, Pincho, uno de los guías, descubre un trillo y lo fija, como en un mapa, en el instinto de orientación que poseen casi todos los hombres criados en la montaña. Los compañeros encienden fósforos que, a 400 metros de distancia, nos guían en la oscuridad como faros.

Nos acomodamos en un rancho abandonado.

A las tres de la madrugada me despierta la luna. Salgo afuera. Excepto hacia arriba, donde el cielo abarrotado de estrellas parece de una transparencia total, la visibilidad se reduce a pocos metros. En medio de la niebla, nuestro desvencijado rancho, maquillado por la luz de la hoguera, parece el sitio más acogedor del mundo. Comemos, bebemos café y fumamos arrimados a la lumbre. Faltan dos horas aún para que amanezca.

Martes 3 de agosto

El sol va derritiendo la niebla y a las ocho de la mañana todo el grupo ha alcanzado la cabecera del río.

El cauce será nuestro camino durante los próximos días, por lo que casi todos los pantalones terminan en el fondo de las mochilas y continuamos en short.

El Toa corre cerrado, entre rocas ultrabásicas oscuras y lustrosas, que ocasionalmente obstruyen el cauce, convirtiéndolo en un puñado de chorros y a nosotros, en un puñado de cabras trepando por los riscos.

Más alante, el río se orienta sobre la cicatriz entre dos tipos de rocas: al noreste, serpentinitas, que constituyen el extremo oriental del cinturón hiperbasítico de Cuba; al suroeste, lavas andesito‑basálticas y tobas de 58 millones de años, producto de una actividad volcánica muy similar a la de los arcos de islas del Pacífico actual.

Un gavilán planea a doscientos metros de altura y se deja caer sobre una presa invisible, mientras el sol alcanza el fondo del valle y hace presa de nosotros.

Mario avanza a la vanguardia con la pierna muy hinchada por su caída de ayer.

El río tuerce constantemente su rumbo y apenas puedo sacar la brújula. Algunas pozas nos obligan a vadear con el agua al pecho. Otras veces, tenemos que pasar las mochilas con cuerdas y cruzar a nado. Las laderas son cada vez más verticales y la vegetación más impenetrable.

Gipsy se empieza a sentir mal y nuestra marcha se retarda. Ya el grupo se ha escindido en pequeños equipos a lo largo de tres o cuatro kilómetros de río. Al caer la noche, Guillermo, Gipsy y yo acampamos en un playazo de la margen derecha. El machete se ha partido y tenemos que recoger ramas arrojadas por la crecida para hacer fuego. Comemos algo y compruebo que la brújula está llena de agua. Preparamos con los nylons un tipi sobre una armazón de varas.

De vez en cuando, alimentamos la hoguera con ramas verdes para mantener el humo. Es lo único que nos espantará los mosquitos, para los cuales somos un regalo inesperado, dada la escasez de mamíferos tan corpulentos por estos alrededores. Ni tan pintorescos como Gipsy con mi ropa de recambio, porque su mochila se fue con uno de los guías que ahora debe quedar a quién sabe cuántos kilómetros.

A las dos y quince de la madrugada, Guillermo nos levanta pensando que amanece, pero es sólo la luna. Bastante trabajo me cuesta convencerlo.

Miércoles 4 de agosto

Guillermo sale antes. Yo acompaño a Gipsy, que no puede andar muy rápido. Una hora después vemos por última vez a Guillermo, sorteando una larga poza. Las dos mochilas que llevo me van pesando más a cada paso.

A las diez alcanzamos en un playazo los restos de un campamento. A las doce, una poza bastante honda, donde nadamos para mejorar nuestro humor. A las dos de la tarde, llegamos al paso de los resbalones: Una sucesión de pozas y roquedales cubiertos de escaramujo, que resbala como jabón. Entre caídas e inmersiones, pasamos al otro lado.

Comienza a llover y lo que más me preocupa es la cerrazón de nubes hacia la cabecera del río. Si llueve mucho en esa zona, podría crecerse horas después y las huellas en la orilla indican la fuerza de las crecidas: arbustos y árboles corpulentos arrancados o doblados.

Aparecen grandes bloques de caliza rosada y brechas. En una piedra de la margen derecha, alguien ha escrito «1/2 kilómetro», pero al medio kilómetro sólo aparecen huellas que se dirigen río abajo, donde nos espera una profunda laguna. No se puede vadear y la cruzamos a nado. Yo hago dos viajes para transportar las mochilas.

Al anochecer, trato de subir por un camino para encontrar el alto de Raisú, pero cien metros más arriba, la maleza lo borra totalmente. Regreso y encuentro una hoguera a punto de apagarse. La reanimo y ponemos a secar sobre una piedra los fósforos, la ropa, los cigarros. Mi pequeña antología «Los poetas románticos ingleses», hinchada por el agua, va alimentando la hoguera. Puede que no sea un mal final para Lord Byron y familia.

La comida va en la vanguardia y la ración de emergencia se acabó ayer, por lo tanto nos conformamos con dos paqueticos de sales digestivas que nos ayudan a bien digerir el agua en que los disolvemos.

A Gipsy le sube la fiebre hasta cuarenta grados, los perros jíbaros aúllan cerca de la hoguera y el sonido inquieto del río me hace buscar el camino más corto hacia el lugar donde los árboles tumbados indican el límite de crecida.

Esta es, posiblemente, la noche más larga que pasé en el Toa.

Jueves 5 de agosto

Arrancamos a caminar temprano y casi inmediatamente escuchamos gritos río abajo. Son Preval y Eulises, que vienen de Río Frío, una finca que dista apenas medio kilómetro. Ayer encontraron a unas muchachas lavando, que los llevaron hasta la casa, donde se quedaron esa noche.

Cuando alcanzamos el alto, vemos al primer campesino en tres días.

En la casa, unos vasos de leche y el café nos devuelven cierta alegría estomacal. El termómetro que le colocan a Gipsy sube hasta 40,2.

Después de almuerzo, salimos hacia Raisú. Tres horas de camino entre platanales, bosquecitos de majaguas azules y almácigos colorados, y sobre un pavimento de lajas calcáreas.  Gipsy va a caballo. Esa noche será evacuada hacia Baracoa, donde nos esperará, ya repuesta, al final del camino.

Dormimos en un albergue cafetalero, en literas (un verdadero lujo) y todo el campamento es como un gran taller de reparaciones: ampollas, heridas, golpes, picadas de insectos (mosquitos, roedores, jejenes, abujes, garrapatas y moscas macagueras, de 2,5 centímetros y que muerden o pican, quién sabe) de las cuales mi espalda es una variada muestra.

Casi de noche, un grupo de porteadores, seleccionado entre los más frescos, se lleva a Gypsi, corriendo, en una parihuela improvisada.

Después de comer, los campesinos del lugar nos invitan a su casa, elevada dos metros sobre pilotes, una protección adicional contra las crecidas, que en esta zona han alcanzado hasta diez metros sobre el nivel medio del río. Bebemos infusión de cañasanta, una hierba alargada, como la hoja de la caña (tres centímetros y medio de ancho en la base y medio metro de largo),  que tiene el sabor del té con limón.

Más tarde, mi sueño es una especie de muerte temporal.

Viernes 6 de agosto

Aún de noche, salimos en dirección noreste. A pesar de las linternas, vamos tropezando en el irregular camino de esquistos y calizas. Atravesamos el río después del batey Durano y continuamos bordeando el curso por la margen derecha, guarnecida por mariposas blanquísimas (la flor nacional), hortensias, flores naranjas, amarillas, violetas. A fuerza de colocarse flores en el pelo, en las mochilas, en la ropa, las muchachas comienzan a establecer una simbiosis con el mundo vegetal, hasta el punto que ya no se sabe dónde terminan las flores y comienzan las muchachas.  El Toa tiene esas mañas de ser jardín apenas unas horas después de ser roquedal y chorros espumosos.

Cerca de Arroyo Bueno improvisamos un desayuno de conservas, galletas, mantequilla y tomates.

A las once llegamos a Bernardo, donde nos esperaban ayer. De ahí a Playita, el almuerzo y el descanso de una hora con baño en las pocetas y una pequeña dosis de turismo.

Pincho, uno de los guías, pesca (y efectivamente pesca) con una azagaya de madera aguzada y endurecida al fuego. Espera durante diez o quince minutos, en una inmovilidad perfecta, a que la presa se acerque, para después ensartarla con un movimiento vertiginoso del brazo. Parece que estamos contemplando una escena precolombina en los umbrales del siglo XXI.

Loma arriba tropezamos con un arria de mulos, el principal transporte de estas zonas. Capaces de largas jornadas con cientos de libras a cuestas, no pierden el equilibrio ni en los pasos más arduos. Breves en el descanso, resistentes a las enfermedades y tercos «como mulos». Se les siente venir desde la distancia por el cencerro anunciador al compás de la marcha. Esta vez son diecinueve, pero hay arrias que suman varias decenas de animales. Alguien tendrá que hacerle alguna vez un monumento al mulo en las montañas. Lo merece.

Llegamos a casa de Flora, la única mujer entre los guías. Flora Rojas, miembro del clan de los Rojas, descendientes de nuestros aborígenes que conservan una pureza racial extinguida en el resto del país. La frente huidiza, los pómulos abultados, los ojos oblicuos y el rostro ovalado, la complexión fuerte y la estatura discreta los diferencian. Bernardo es la única región donde es posible encontrar este biotipo, dado que en ella, por lo intrincado del monte  y la falta de caminos, el coloniaje español apenas si fue una referencia más o menos lejana hasta fines del siglo XIX. Y el acceso a la civilización no ocurrió sino en este siglo, y especialmente en los últimos decenios, con la red de caminos y carreteras que enlazan las localidades más importantes.

La presencia de rocas olistostrómicas con edades entre 60 y 70 millones de años, denuncian la existencia de un mar en esta región, cercano a una costa montañosa y frecuentemente azotada por los sismos. Pero eso ocurrió hace 70 millones de años. No hay por qué inquietarse.

Loma arriba, loma abajo, alcanzamos Paulino al final de la tarde. Median no pocos accidentes de importancia menor y cansancios de importancia mayor. Alguien trae enrrollada al brazo una pequeña serpiente que no acaba de acostumbrarse a nuestro humano ajetreo.

Los dos kilómetros desde Paulino al lugar donde dormiremos discurre entre cafetales, poblados de ceteyes (xaxabi en lengua aborigen) que se dejan apenas entrever por su plumaje verde esmeralda salpicado de rojo ‑‑idéntica combinación que los cafetales maduros. Se escucha el to‑to‑to del cartacuba, pero nos resulta imposible ver a este bellísimo pajarito.

Tras el lugar donde acamparemos, descubrimos un mapen o árbol del pan, cuyos frutos (de 2 kg.), cortados y cocidos, tienen el sabor de la malanga, como pudimos comprobar esa noche.

Preparamos madera  para una gran hoguera con lecturas y música esta noche, pero el torrencial aguacero es la única música de que disfrutaremos hasta mañana.

La naturaleza también prepara sus tertulias.

Sábado 7 de agosto

Amanece diluviando. Amaina a ratos, pero no cesa. A las nueve, empapados, dejamos paso por un estrechísimo camino, a dos hombres que portan una parihuela con un muchacho enfermo. Detrás van otros dos para turnarse y al final, la madre a caballo. Hace un día que vienen de camino, lo cual da una pálida idea de lo intrincadas que son estas regiones, donde ni siquiera los helicópteros podrían aterrizar. Vegetación desbordada, barrancos, cuestas abruptas, ríos de mal humor.

La lluvia va añadiendo cada vez más peso a las mochilas.

Nos calentemos un poco con té y café antes de trepar la «Loma o subida de la Kalunga», 520 metros de diferencia vertical en tres kilómetros.

Al llegar a la cima, una de nuestras bravas muchachas se deja caer en una piedra y sorpresivamente empieza a llorar. )Por qué? Ni ella misma lo sabe. Puede que el llanto le aliviara el cansancio, porque minutos más tarde ya está riendo como siempre. En el desván de un viejo almacén que ahora sirve de tienda, encontramos una máquina de coser Singer de 1902. Comemos carne y plátanos. Y esto merece capítulo aparte, porque aquí el plátano hervido ocupa el lugar del arroz o el trigo. Es el carbohidrato esencial que determina una cultura gastronómica del plátano, en un país arrocero como Cuba. Por eso hemos acordado que este viaje podría llamarse La Vuelta al Toa en Ochenta Plátanos.

Seguiremos plataneando río abajo.

Bajamos por platanales sin límite y los de alante cortan de vez en vez un racimo maduro, que colocan a la vera del camino para que cada cual se sirva, y así alimente su motor de plátanos.

En el alto, encontramos un zun‑zun (Chlorostilbon ricordii), una de las aves más pequeñas del mundo, que espera pacientemente a que aparezca Wilfredo, para dejarse retratar sin objeciones. Es la única ave capaz de mantenerse estática en el aire gracias al rapidísimo batir de sus alas (75 veces por segundo). Como un helicóptero. Liba en ángulo de 45 grados y la coloración es verde hasta azuloso en la punta de las alas.

Después de subir por encima de los 700 metros, descendemos por un caminito que se abre paso a duras penas entre la maleza. En ese momento, escuchamos voces y gritos en la vanguardia. Un campesino, ajeno en estas soledades a la posibilidad de encontrarse con alguien, se bañaba desnudo en un arroyo. No le quedó más remedio que salir, envolverse en su toalla y pararse al borde del camino, como quien presencia un desfile militar. Vamos pasando de uno en uno, a lo largo de medio kilómetro, y él da las buenas tardes, aunque cuando se trata de alguna muchacha, no sabe donde poner los ojos.

Abandonamos la selva espesa por un bosque de pinares en suelos lateríticos (las mayores reservas de lateritas niquelíferas del planeta) y más tarde entramos a un bosque de helechos arborescentes vago recuerdo de los que cubrieron grandes extensiones de la Tierra durante el Carbonífero.

Frente al panorama impresionante de Pico Galán, que empina su estatura, su corbata de nubes, comienza la bajada de «La Malanga», que es otra prueba, dado que se combinan un suelo de arcillas muy resbalosas, una colección de chubascos y entre 30 y 45 grados de pendiente, con mi abultada mochila llena de muestras de rocas, y que ya debe andar cerca de los 35 kilogramos.

A las siete alcanzamos el arroyo Mal Nombre, pero aún nos quedan dos horas hasta el sitio donde acamparemos, en un albergue desolado y lluvioso (siempre menos que afuera). Esas últimas dos horas proporcionan más caídas que el resto del día: de noche, a ciegas, por un camino desconocido que entra intermitentemente al arroyo.

A las diez, el golpetear de la lluvia sobre el techo de zinc funciona como una canción de cuna. Aunque ninguno de nosotros necesita somníferos.

Domingo 8 de agosto

El de pie se produce a las cinco, pero decidimos dormir un poco más. De todos modos, es imposible salir en la oscuridad y bajo un torrencial aguacero que no ha cesado en toda la noche.

El arroyo se ha convertido en una riada embravecida de aguafango carmelita rojizo. Ramas, troncos, islitas de vegetación son arrastradas a gran velocidad. En los numerosos pasos, vados en condiciones normales, el agua alcanza la cintura. Formamos cadenas para sortearlos. Algunos son desprendidos por la corriente y arrastrados arroyo abajo, pero la «brigada de rescate» los incorpora de nuevo. Catorce pasos en total caminando bien despacio, con los pies encajados en el fondo resbaladizo.

El arroyo Mal Nombre justifica su mal nombre.

Es imposible continuar por el camino, que cruza continuamente el Toa crecido. Habrá que ir bordeando las empinadas lomas que flanquean el río.

Caminamos  cerca de la casa de un campesino que vive solo, sin familia, en un rancho casi inaccesible. «Baracutey», dice uno de los guías. Denominación para los hombres solos que ya Cirilo Villaverde recoge en su Excursión a Vuelta Abajo a mediados del siglo XIX.

Alcanzamos el Toa a las diez. Ya por aquí ha asimilado como un buen río adulto la crecida del Mal Nombre y resbala casi inmutable sobre el cascajo, dejando entrever, sólo por el color de sus aguas, que en las cabeceras hubo carnaval de lluvias. Caminamos por la margen septentrional. Las laderas se suavizan. El valle se abre paulatinamente en U, y en las orillas se levantan frecuentes cañaverales, bambúes y cocoteros. Paramos en un cocotal bastante poblado y rebosamos la cantimplora del estómago con una mezcla suculenta de guarapo y agua de coco.

La alternancia de inmersiones, asoleamientos y lloviznas, con el consiguiente humedecimiento‑secado‑humedecimiento de mi short, me provoca dos gigantescos pelados (como del tamaño de un huevo) en el envez de los muslos. Eso me obliga a continuar, durante el resto del día, con paso de vaquero a quien escamotearon de súbito el caballo. Ensimismado en mi nuevo estilo de andarín paleolítico, me sorprenden dos jóvenes en trusa y aspecto bien forastero, que vienen corriendo a nuestro encuentro. Llevan dos días esperándonos en un embarcadero de cayucas (botes de fondo plano) que encontraremos 300 metros más alante.

En la caseta nos tienen café caliente, dulces, vino, aguardiente y una pesa donde compruebo que he bajado doce libras en menos de una semana. Diez o doce semanas a este ritmo bastarían para hacerme desaparecer.

Poco después llegamos a casa de  Patricio Ramos, campesino y cayuquero, que concluye de reparar una ambarcación. Aquí los medios de locomoción se bifurcan: una parte irá en cayuca, otra parte a pie (nuestro medio más tradicional) y la última adoptará un sistema más insólito.

Poco antes, habíamos visto a un muchacho de diez años lanzar al río una caña de bambú de 4 o 5 metros de largo, echarse a horcajadas sobre ella y dejarse llevar por la corriente, con el único trabajo de mantener el rumbo braceando ligeramente. Y este es el tercer medio de locomoción: el bambúcross, «deporte nacional del Toa».

Por último, aunque este sí es un caso muy particular, Preval se lanza río abajo a bordo de su chaleco salvavidas (la moto). La caña en que van Lapuente, Omar y Vladimir sería el auto. Y  la cayuca, con quince de tripulación, el ómnibus.

La cayuca se desliza en los rápidos sin esfuerzo, corrigiendo el rumbo en la proa mediante una palanca de tres y medio metros. En los remansos, la palanca se apoya en el fondo y sirve para ayudar al único remo, colocado en la popa, que maneja un hombre de pie, moviéndolo como la cola de un pez.

En uno de los rápidos (chorros), la embarcación sobrecargada casi se vuelca y los cayuqueros deben lanzarse al agua para sostenerla, a brazo limpio, con los pies sembrados en el fondo.

Hay que achicar constantemente para evitar el hundimiento.

La confluencia con el río Jaguaní, en forma de T muy abierta, es bellísima y desde ese momento el paisaje se dulcifica, las márgenes se amplían y el universo (cuando menos el universo que tenemos a mano) se hace menos agresivo.

Poco después, arribamos a la casa donde acamparemos ésta, nuestra última noche en el río. Magdalena, la dueña, nos permite, con esa natural amabilidad campesina, que le tomemos la casa por asalto y colguemos nuestras hamacas en los sitios más inesperados.

Lunes 9 de agosto

La claridad se escurre lentamente cobija abajo, a medida que el sol se levanta, por séptima vez para nosotros, sobre las verdes aguas del río.

El desayuno de leche, malangas con mojo de cebolla y ajo, café y buenos días, es un buen preludio para la última jornada.

A las siete, Patricio Matos ya espera por nosotros bebiendo café en la terracita soleada, a cuatro metros sobre la superficie escarpada de la loma, dado que la casa se yergue sobre pilotes recios de jiquí, lo que le confiere una arquitectura entre vivienda arbórea y palomar.

Río abajo aprendemos que nuestro cayuquero conoce cada chorro por su nombre, que la embarcación debe entrar por el sitio exacto, en el ángulo preciso, si no quiere correr el riesgo de estrellarse contra los acantilados de anfibolitas y esquistos. A veces parece que nos estrellaremos, pero la entrada ha sido perfecta y a último momento, sin un golpe de palanca, la corriente nos desliza paralelos a las rocas que podemos tocar extendiendo el brazo.

Yabas y yamaguas frondosas se alzan en las orillas, y bajo ellas vienen nuestros guías, que le hacen la competencia a la cayuca ((corriendo!! desde casa de Magdalena.

Cuando llegamos a La Perrera, y Patricio, sin aceptar apenas gratificación por su viaje, se vuelve a vela río arriba, aprovechando la brisa que viene del norte, aún no sabíamos que en el segundo chorro tuvo lugar una «catástrofe». Omar había cambiado su puesto en la caña por el salvavidas de Preval, por lo que fue el único en salvarse. Resultó que no pudieron dirigir bien la caña y la punta chocó contra una piedra que sobresalía medio metro del agua. Cuando Preval, que encabezaba la tripulación, miró hacia arriba, vio a Lapuente y Vladimir en el aire, como garrochistas a punto de romper récord. La caída fue más contusa que el vuelo y decidieron continuar empleando medios de transporte más convencionales: a pie. Omar continuó en su «moto» hasta que un campesino, que pasó por su lado en una balsa cargada de plátanos, lo invitó a subir, convirtiéndose en el único de nosotros (y en el único que yo conozca) que haya hecho balsastop en el Toa.

Los náufragos van apareciendo mientras estamos en café y conversación con la abuela de la casa, una lúcida mujer de 80 años que acaba de llegar a pie de no sé dónde.

Reunidos todos, almorzamos arroz con pollo, viandas y café. Recogemos nuestras mochilas, olorosas (es un decir) a monte, y ascendemos la última cuesta, hasta la carretera que nos conducirá, paralela al río, hasta la desembocadura.

Parecemos una tropa de forajidos contentos, que casi habían olvidado la existencia del asfalto.

El río serpentea plácido, se hincha hasta alcanzar 200 metros de orilla a orilla en algunos sitios. Las márgenes suaves, salpicadas de casas, postes telefónicos y automóviles que se dirigen a Baracoa, nos indican el próximo fin de una jornada que comenzó en lugares que se conservan como hace millones de años, y termina en la actualidad.

Al fin, cerca de Duaba, alcanzamos el estuario del Toa, donde el río hace solemne entrega al Mar Caribe de los tesoros arrancados a la sierra.

El río de los siete soles, en: Rev. Bacrup Svieta (en ruso) Moscú, 1989.





Andar la Sierra

29 12 1988

Andar los caminos de la Sierra Maestra es algo que puede comenzar una mañana de agosto en la terminal de ferrocarriles de La Habana: trasiego de mochilas, cajas de conservas, botas recién amanecidas después de prolongado letargo en el closet, pies sin curtir, manos hechas a lápices y libretas, ansiedad, silbidos de tren, sonrisas y buen viaje.

Puede continuar bajo el sol inclemente de Santiago de Cuba, por el Circuito Sur, en un ómnibus repleto hasta los hombros de mochilas y muchachos, bordeando la breve cornisa entre las montañas y el mar, en dirección a Las Cuevas, al pie mismo del Turquino.

Antes de la trepada, que nos conducirá por el firme de la Maestra hasta El Hombrito, comandancia del Che, acampamos junto al mar y nos apresuramos a nadar, es decir, a capear las olas en algo que no se sabe bien si es diversión o pelea con la violenta resaca de la mar que nos lanza de un lado a otro, como probando la resistencia de nuestros huesos para la prueba de la montaña.

Cuesta arriba

A las dos de la madrugada, se da el de pie.

Arrancamos por un camino ancho, en pronunciada pendiente, bajo una luna amiga que alumbra casi como un sol, con la ventaja de que no calienta ‑‑luz fría, dice alguien.

La peor parte del Turquino será esta arrancada, porque nuestros músculos, reblandecidos por las horizontales y el asfalto de la ciudad, por el hábito de moverse sobre cuatro ruedas, se asustan de estos caminos que no van para allá o para acá, sino para arriba. Antes de una hora ya hay rodillas resentidas, asmas inaugurales, bajones de presión y no llego, qué va, yo no sabía, esto es del carajo… Pero aquí está Polo Torres, el «capitán descalzo», sierrero inclaudicable (más de 100 veces ha subido el Turquino), guía del Che en la guerra, cargando mochilas extenuadas, alentando, chisteando, sonriendo o conminando a los ponchados: «Aquí no se raja nadie, coño. Por donde entre el primero tenemos que entrar todos. Esta es la Sierra, carajo. Arriba. Arriba.» Y la columna, fraccionada, va reagrupándose loma arriba.

El Jíbaro, guía y cincopicos de los viejos ‑‑de cuando subir uno era tremendo por el escarpado y largo camino, como una prueba de fuego para iniciarse en el oficio de ser hombre‑‑, un cincopicos que hoy está subiéndolo por trigésimosegunda vez, en un desvío del camino nos indica: «Por aquí» ‑‑dos palabras que ahorran un kilómetro.

El Cuba

La ascensión al Pico Cuba termina a las once de la mañana para los primeros, y a las dos de la tarde para los últimos, después de una pendiente que no cesa, sorbos de agua hasta verle el fondo a la cantimplora y algún trago de vino o ron para reanimar el espíritu (por eso les dicen bebidas espirituosas).

Ya han quedado atrás la aguada de La Majagua, la Loma del Caldero, el Paso del Cadete ‑‑que se fue barranco abajo una noche de lluvia‑‑, cuando nos adentramos entre coníferas frondosas, fresas silvestres, ciprillas (barriles para los lugareños), helechos arborescentes, gladiolos y gardenias que pueblan los alrededores de la antigua estación botánica, casi en la cima del Cuba (casi en la cima de Cuba), donde pasaremos la noche.

A falta de algo mejor, nos conformamos con el agua estancada, llena de larvas de mosquitos, que duerme en algunos charcos limosos. Sólo más tarde, San Pedro nos obsequiará un torrencial aguacero con que llenar las cantimploras y las gargantas.

Al final de la tarde, después que las nubes se deshacen en lluvia, queda abierto el paisaje hasta la costa, la testa del Turquino, coronada espumas, como un silencioso animal de piedra con sombrero.

La noche discurre entre luciérnagas y estrellas heladas a 1800 metros sobre el nivel del mar.

El Turquino

El Paso de las Angustias (que no angustia a nadie) es el puente que une al Cuba con el Turquino. La ascensión es casi dulce, en comparación con la dura jornada del día anterior, y ya a las nueve y algo nos reunimos todos en la cima, junto al busto de Martí que por derecho propio ‑‑quién mejor podría estar en la cima de Cuba‑‑ y a hombros de campesinos. subió hasta aquí a inicios de los cincuenta.

Después de un breve homenaje a Polo Torres y Juanita ‑‑su esposa que, varias veces abuela, subió sin resollar al paso de los más jóvenes‑‑ y las interminables poses para las interminables fotos, descendemos rumbo nordeste, hacia el alto a cuyo pie descansa la aguada de Joaquín.

Nos reunimos allí con un percance: Alexis se ha virado un tobillo, y los que cerramos la marcha tenemos que ayudar repartiéndonos la carga, para que él pueda trepar el Paso de los Monos ‑‑a cuatro patas y sin cola prensil para  más desgracia.

El camino a La Gloria

Rebasado el alto, nos reunimos tres o cuatro kilómetros después para decidir: son casi las cuatro de la tarde y aún nos quedan seis u ocho kilómetros (según los más optimistas) o quién sabe (según los menos) para alcanzar La Gloria, nuestro destino de hoy. Un cruce de caminos nos permitiría bajar hasta un campamento en Agua Revés, a dos o tres kilómetros, y pernoctar allí, pero tendríamos que volver mañana a trepar el firme.

Alexis, aún con el pie negro ‑‑un derrame, después nos enteraremos‑‑ está de acuerdo en intentar el camino a La Gloria.

Tomamos entonces el trillo medio borrado y descendemos hasta el pie de la Loma del Cojo («Mira tu loma, Alexis»), donde se junta la tropa pasadas las seis.

La Loma del Cojo

Allá vamos, persiguiendo a Polo Torres y llenando las cantimploras con el agua de lluvia acumulada en minúsculos charquitos donde el suelo arcilloso no la ha dejado alimentar la tierra, y la humedad del monte cerrado le ha impedido evaporarse.

Pasadas las ocho y casi noche, encontramos un cartel que anuncia: LA GLORIA/8 km. No es el primero. Desde el alto, más  acá del Paso de los Monos, vienen apareciendo anuncios de La Gloria, a seis, ocho, cuatro, tres kilómetros; porque así es de indefinida La Gloria. Pero este, al borde de la noche, nos hace desistir. Acamparemos en el monte, acomodándonos lo mejor posible en una cornisa de la montaña. Un grupo continúa loma abajo, pero es vano el intento. Cuando cierra la noche, la columna, fragmentada a lo largo del camino, duerme en pequeños grupos, sin agua, al descampado, y con pocas posibilidades de hacer fuego por lo mojada que está la leña.

Nosotros logramos recaudar dos cantimploras de agua lodosa para siete y hacemos una hoguerita precaria que alcanza para un té ‑‑a esa hora adquiere el sabor del néctar y la ambrosía.

Reflexiones sobre la humana vanidad

La superpoblación de estrellas es quizás la culpable de que hilemos reflexiones sobre lo difícil que es el camino hacia La Gloria. Difícil y difuso. Nadie sabe cuántos pasos pueden conducirnos a La Gloria, ese lugar que casi siempre se alcanza cuando uno no se lo propone, y casi nunca con premeditación y alevosía. De cualquier modo, concluimos antes de caer rendidos, es un camino arduo, espinoso, sediento, plagado de incertidumbre y sobresaltos.

Humana vanidad que la persigues, para que te enteres: La Gloria no es más que dos barracas, un puñado de hombres y un vivero de repoblación forestal. Pero eso lo sabremos después del mediodía, ya aliviados de la larga sed y recién bañados en un arroyo que brincotea entre peñascos al pie del firme, que hemos descendido con la premura de quien busca la tierra prometida.

Santa Ana

Costeando las lomas, subiendo y bajando al compás de las peripecias del camino, alcanzamos Santa Ana a media tarde: casa, techo y tienda para reabastecernos y comprar pránganas, esas tortas dulzonas pero no tanto, que son el pan, las galletas y los dulces de la Sierra.

En la noche homenajeamos al patriarca de los Torres, colaborador durante la guerra y autor de una extensísima familia que puebla todos estos contornos. Hay canciones y poemas, para concluir con abundante fricasé de macho (puerco en el idioma de aquí, aunque sea hembra), que nos ahuyentan del paladar ese sabor fósil, a muerte antigua, de las conservas que venimos consumiendo desde el primer día.

El Hombrito

es la meta del día siguiente. Tan fácil, después de los sinsabores por alcanzar La Gloria, que más parece ronda en poblado llano que camineo de montaña. Evacuado Alexis, la marcha se aligera y los paisajes nos sorprenden ansiosos por admirar, y Mijaíl, malacólogo de profesión y vocación, escarba el follaje en busca de sacricias.

El Hombrito a las tres horas: un hombrecito de piedra  como emergiendo hasta los hombros, guardián eterno, del pico de una loma. Cercado de montañas e imposible de cercar ‑‑harían falta decenas de miles de hombres‑‑ el valle que la sabiduría táctica del Che escogió para instalar la comandancia, panadería, archivo, el refugio contra los bombardeos, y hasta la piedra donde se sentaba a fumar y discurrir sus sueños de mañana, como nos contará en la tarde Ramón Castellanos, después de un chapuzón en la poza del río, entre pinares, eucaliptos, guayabos y mariposas.

En El Hombrito, donde se fundó la cooperativa «Hermes Leyva», sembramos árboles como mínimo gesto para agradecer tanta generosidad en la acogida.

De El Hombrito a Pinar Quemao, donde dormiremos al día siguiente, es camino bastante descansado. Hacemos noche en un campamento del Plan Turquino, serio esfuerzo por repoblar estas montañas casi desiertas, de hombres, de café y de árboles.

A veces para siempre

En Pinar Quemao concluye (por ahora) este medirle a pierna limpia el costillar a la Sierra.

Sólo nos queda el viaje en camión hasta Buey Arriba, donde inauguramos la exposición del fotógrafo Helio Ojeda, para continuar a Manzanillo y terminar en fiesta de despedida con Polo Torres, Juanita y los incontables hijos y nietos, de anfitriones.

Ni la cerveza fría, ni la música, ni la comida suculenta de Juanita, ni el regreso a La Habana serán capaces de borrar los caminos cuya memoria guardamos en las botas, en las magulladuras de la piel, en las cortaduras del tibisí o las picadas de los insectos, pero sobre todo en el corazón, que es donde suelen alojarse los mejores paisajes de la Sierra, los más arduos caminos, a veces para siempre.

Andar la sierra; en: Somos Jóvenes, nº 109, La Habana, diciembre, 1988.

 





Juegos de sílice

29 11 1988

La naturaleza, esa exhibicionista, es propensa a convocar la admiración de los humanos. A veces en serio, fabricando ríos Amazonas, desiertos del Sahara, barreras coralinas de 3.000 kilómetros, desiertos de hielo, pesadillas en blanco y blanco, tsunamis, terremotos o erupciones volcánicas como la del Krakatoa, que puso en órbita las piedras setenta años antes que los hombres inventaran el sputnik. O lo hace reflexivamente y selecciona con delicadeza mendeliana los animales y las plantas que poblarán el futuro. Y otras veces lo hace jugando, como cuando toma el sílice, uno de los compuestos más comunes del planeta (el mismo que se esconde tras la chispa de los encendedores gracias a su efecto piezoeléctrico, el mismo transductor de los altavoces), y ordena o desordena los cristales, le inserta mínimas impurezas para fabricar, con una admirable economía de medios, la extensa gama del asombro.

A veces deja el cristal aséptico y purísimo, para que después lo llamemos cristal de roca, o amatista, si consta en él una pincelada de hierro que lo empuja hacia el violeta. Entonces lo esconde en el interior de las geodas allá por los Urales. Contaban los griegos que la amatista fue creada por Dionisio vertiendo vino sobre el puro cristal de roca en que se había convertido la doncella Amethystos para escapar al acoso de aquel dipsómano, y que es antídoto infalible contra la embriaguez. Más caro y menos aburrido que la abstinencia.

Con un toque de aluminio y flúor, aparece el topacio, ese diamante de Braganza engarzado en la corona portuguesa. O el rauch‑topacio, transparente y grisáceo como el humo.

Cuando desordena la estructura cristalina del cuarzo y le añade unas gotas de agua, inventa el ópalo (del upala sánscrito), pardo, rojo, verde, negro, que esconde allá por Pontezuela, en Camagüey, o en el desierto Sur de Australia.

O las calcedonias de Bayamo en forma de hachas petaloides y puntas de lanza, sin que ningún taíno haya puesto manos a la obra.

Labor paciente cuando hace crecer, alrededor de un grano pequeñísimo, bandas de sílice de diferentes colores, arcoiris de piedra que no cruza el cielo, sino el tiempo. Esas son las ágatas de Palmira. Piedra de la ciencia y del ojo, que rellena las cuencas de algunas momias egipcias.

Los cristales negros de morión. La citrina dorada o amarillo limón. Cuarzo ahumado, lechoso, hematoideo y rosa, citrino o jaspe.

A veces la naturaleza se apropia de un bosque sepultado en Najasa, Camagüey, y sustituye, con esa paciencia que sólo ella acredita, cada partícula, cada fibra, con cristales de sílice; de modo que un cedro y una palma sigan siendo sin ser madera y piedra. Ese bosque de sílice podría ser un engaño si no fuera un juego, el más difícil de los juegos.

“Juegos de sílice”; en: Somos Jóvenes, n.º 108, La Habana, noviembre, 1988.





En busca de nuevos ojos (La nueva plástica cubana y su público)

29 06 1988

Cuéntase de un viajero que, establecido en un reino lejanísimo, aceptó el idioma local para los usos del día, formó familia, y al final de su vida transcribió en palabras de su idioma natal todo su saber en asunto de dioses, pueblos y hombres. Llegada la hora de su muerte, legó el manuscrito a sus hijos, que no tardaron en vender a un comprador de papel viejo toda la sabiduría de su padre transcrita en signos extraños, que para ellos no significaban más que curiosidades caligráficas o cagadas de exóticos insectos. Quizás esa podría ser una definición de la incomunicación. Pero no la única. Por eso la Asociación de Artes Plásticas de la UNEAC convocó un debate público el diez de abril pasado para tratar sobre la (in) comunicación entre la plástica cubana contemporánea y sus destinatarios. Durante cuatro horas, críticos, creadores y espectadores debatieron, compartieron, coincidieron y disintieron, sin que las coincidencias llegaran al contubernio ni las disensiones a la reyerta. Y aunque comenzaron hablando de la comunicación, aprovecharon para sacar a flote otros asuntos que prefiero incluir, aún a riesgo de salirme de tema, que guardar, porque más fácil es que se lleve el viento (o que se borren) los casetes de esa reunión, que un viento pérfido arrastre hacia el olvido todos los ejemplares de La Gaceta.

Premisas

Como aperitivo, Jorge de la Fuente (Vicepresidente de la Asociación) leyó cinco premisas respecto a las relaciones arte‑público, que en buena medida dieron pie para iniciar el debate:

1. La tendencia dominante en el arte joven cubano es propiciar una comunicación no superficial con el pueblo, a través de una serie de medios y proposiciones que no en todos los casos son aceptadas, comprendidas o recibidas según las aspiraciones de los artistas. Comunicarse con el público no es someterse acríticamente a las expectativas estéticas ni al canon acuñado por la tradición o la retórica. Es reflejar y contribuir de modo creador a objetivar lo más importante del sentir y del pensar de una nación en un momento histórico concreto; plasmar en imágenes renovadoras la sensibilidad contemporánea y lo genuinamente popular, que no depende de la mayor o menor aceptación inmediata, sino de la calidad de las obras.

2. No hay que dar oído a las afirmaciones sobre la muerte del arte o a la afirmación de que el gran arte siempre fue elitista. Desde las primeras vanguardias se ha producido una revolución en los códigos. Terminó la época de la homogeneidad y de los grandes estilos estandarizadores de la expresión artística, y sólo la cultura de masas asimila hoy sus lecciones. El cambio se ha convertido en norma y el método para evaluarlo no puede ser su simple aceptación por la conciencia cotidiana.

3. Sólo el socialismo podrá saltar el abismo entre la vanguardia artística y el todo social. Lo cual no será un acto espontáneo ni mecánico. Para ello es imprescindible la integración de la vanguardia artística al proceso social, que lo insólito se inserte de modo original en lo cotidiano mediante un sistema de promoción y divulgación institucionalizada.

4. Las promociones de artistas más jóvenes quieren crear su público mediante la materia con que cuentan: su talento. Para ello recurren a todo el arsenal del arte contemporáneo y su sensibilidad ante los conflictos. La supuesta o real agresividad de muchas obras es una vía para violentar las convenciones. Es preciso luchar contra cualquier unilateralidad y lo más unilateral en la cultura es el mal arte y el éxtasis acrítico.

5. Existen propuestas poéticas y artísticas en conflicto, y las tensiones entre artista y público son alimentadas a veces por prejuicios. Si propiciamos la sana confrontación, todos saldremos enriquecidos, siempre que respetemos, si está fundamentado, el criterio del otro.

Volando en círculos

Ignacio Granados (ayudante de mecánico): El que se incomunica es porque quiere. Ha habido exposiciones y acciones plásticas. La gente va a los museos. Comunicación hay, aunque a veces no gusten las opiniones que se emiten. Un pintor no tiene que andarse preguntando dónde va a ir la paloma, si arriba o abajo. Que la ponga dondequiera. Si es auténtico, va a llegar. Si sobra, sobra, y eso no tiene remedio.

Desiderio  Navarro (ensayista y crítico): Para ver una obra plástica, no sólo hay que tener ojos, sino también saber los elementos que ligan los objetos representados y las leyes según las cuales se ha hecho. El problema no es sólo si el público entiende la plástica joven, sino si entiende a Lam, a Rosemberg. Un elemento a tomar muy en cuenta es el nivel de educación cultural del pueblo.

El kitsch es la otra cara de la no comunicación. El que guste o no ni explica el problema de la comprensión ni es el único problema. ¿Qué funciones se asocian a la plástica? ¿Embellecer el mundo? El objetivo es siempre la problematización del mundo. ¿Puede eso interesar al espectador del kitsch, que es precisamente la desproblematización del mundo? La cosa sería elaborar estrategias de comunicación masiva con el público, sin concesiones, brechtianamente.

Josein Reyes (montador, Museo Nacional): A veces se parte de posiciones un tanto elitistas al hablar de la relación de las artes plásticas y los espectadores. Nos pasa como el cuento del tipo que va a buscar el gato. Si ustedes supieran la capacidad de comprensión que tiene la gente. Comprender y gustar. Lo importante es llevarlo ante la obra. Y comprender a quién tenemos delante.

Aldo Menéndez, hijo (pintor): La cada vez mayor cantidad de información de los artistas hace que el arte haya ganado en complejidad y profundidad pero, a su vez, eso provoca la ilegibilidad del arte moderno.

Desiderio Navarro cita entonces a Brecht, cuando decía que crear para pequeños grupos no es menospreciar al pueblo.

Depende de si esos pequeños grupos sirvan a los intereses del pueblo o los obstaculicen. Hay artistas que pretenden  hacer su obra para todo el pueblo. Suena democrático, pero no lo es. Lo democrático es convertir este pequeño círculo de entendidos en un gran círculo de entendidos, porque el arte precisa de conocimientos. Y a Lunacharski, cuando afirmaba que sonará paradójico, pero la causa del comunismo no es la eliminación de la aristocracia, sino la conversión de toda la humanidad en una especie de aristocracia. Para alcanzar ese objetivo se requiere la más amplia educación, pero por muy amplia que sea siempre será adelantada por las individualidades más dotadas. Así no tendremos un arte estancado. Tendremos pioneros. No se puede plantear que si la masa obrera no entiende El Capital, de Marx, éste no hace falta y hay que sustituirlo por el resumen popular de Kautsky.

Pluralidad en plural

Alexis Somoza (escultor, estudiante ISA): Casi siempre vemos la comunicación desde la postura del mismo artista. Adentrándose en una nueva ética, profundizando en la diversidad de nuestra realidad, podremos encontrar la diversidad de comunicación tan evidentemente necesaria hoy. La definición de períodos como fases marcadas por cambios de dirección, implican a la vez continuidad y disociación, por lo que no debemos olvidar que el cambio de dirección debe ser motivado, no sólo por el impacto de un único hallazgo revolucionario capaz de transformar la cultura, sino por el efecto acumulativo, gradual, de modificaciones numerosas y modestas. Sólo las estructuras sociales más primitivas presentarán un solo tipo de arte como expresión concluyente y más o menos definitiva. Ante una época tan compleja como la nuestra no puede haber un arte simplista. Y el modo de apreciar ese arte también estará condicionado socialmente. Factor social que es también fundamental en la formación de un estilo. El riesgo imprescindible es que el hecho artístico adquiere independencia como elemento comunicativo y es, por tanto, un tipo de experiencia que no puede ser definida normativamente.

Jorge de la Fuente: Lo básico es el respeto a todo lo que se crea con autenticidad y seriedad. El problema es que a veces, tras un supuesto análisis político, se juzga una obra desde una poética que no coincide con aquella desde la cual fue hecha. Hay hasta posiciones prerrogativas. Y no, porque el arte hoy es un gran abanico donde caben distintas posiciones.

Ética se escribe con mayúsculas

Alexis Somoza: Las obras vinculadas a momentos convulsos de la historia, no existen para resolver esos problemas. Hay que cuidarse de ver en cada obra un reflejo sencillo de una situación social. Sería tonto centrar toda la atención en el contenido, cuando la forma es la experiencia social solidificada en un lenguaje concreto. La fuerte inserción de lo ético en un arte socialmente comprometido, corresponde al agotamiento del arte como arte bello y su canonización en lo estético.

Agdel (pintor): En el medio de este problema está la ideología. Durante las revoluciones siempre se ha dado un desfase entre las ideas globales y el conocimiento empírico. La base es el problema de la ideología: No sólo no hay una verdadera educación ideológica, sino que no hay un verdadero estudio de los principios ideológicos del socialismo. Hay ideas globales de carácter humanista que rigen determinados aspectos a través de los cuales se mueve la ética, pero sin un despliegue de esas ideas hacia las diferentes ramas de la cultura. Y eso se refleja entre artistas y pueblo.

José B. González (recluta del SMG): Comunicación y censura no pueden convivir.

Desiderio Navarro: Hay que hacer una distinción entre la ideología de la obra y la ideología autoral. Pero a veces se llega hasta a una contradicción, como si el autor fuera un ser ciego, desvalido ante su propia obra. Todos, y él también, pueden equivocarse como receptores. Hay lecturas incompetentes desde el punto de vista plástico. La decisión sobre la obra debe ser antes el debate colectivo y no la decisión unipersonal. Si censura consiste en que algunas obras no deban salir al más amplio público, yo sí estoy de acuerdo con que exista esa censura. Lo que sí me preocupa son dos cosas: los criterios de esa censura, que deben ser fundamentados científicamente, y quiénes la van a ejercer. Se pueden equivocar, bien por ser incompetentes o por no tener en cuenta todos los argumentos, entre ellos los del creador. Pero también debe haber unas instancia de control social de esa censura, donde participen los propios creadores. Si una obra tiene problemas (y yo las he visto, con independencia del autor) y no va a darse a conocer, que eso se discuta en el seno del colectivo, en pluralidad de voces. Aún cuando el resultado sea erróneo, que no sea unipersonal, y sí al máximo nivel de claridad.

¿Voluntad de comunicación?

Roque (fotógrafo): Discrepo de que la tendencia dominante en el arte joven sea propiciar una comunicación no superficial con el público. No existe espíritu de comunicación. A pesar del fuerte movimiento individual y colectivo (arte calle, exposiciones, etc.), hay búsqueda de un estado de comprensión por parte de las instituciones, o de los que están sentados en las instituciones, que prima sobre el interés de comunicación con el público. Hay interés, eso sí, de comunicar con el espectador, pero no con el público. Espectador es el que mantiene una expectativa hacia un tipo de obra, cierto interés de búsqueda, cierta cultura, en contraste con el público, más masivo. Hay la ineficacia y/o el desinterés de propiciar esa comunicación entre la nueva plástica y el público. El artista joven está en disyuntiva: elite o público. Y parece que no tiene conciencia de esta disyuntiva u optó por la elite.

Jorge de la Fuente: No creo que el artista joven trate de sensibilizar a las instituciones, a los funcionarios. Si no hay voluntad de comunicación, se encierra en su casa y no le enseña las obras ni a su hermana, lo cual no deja de ser válido también. Nadie es espectador per se. Debe hablarse de público de arte o de cada arte. Público que deviene en espectador. Hay categorías ya muy bien definidas. Masa o pueblo en sentido global es algo más amplio.

Agdel: El problema es más delicado. Si analizamos la formación artística, no existió nunca el más mínimo recurso en cuanto a la teoría de la comunicación. Existen modelos institucionales que vienen desde el sistema de arte de élite: galerías, exposiciones. Respecto a la iniciativa de los jóvenes, sí hay voluntad de comunicación, pero no vista de un modo plano. Esa voluntad se traduce en muchos aspectos: se están haciendo concesiones, y hay desde obras muy buenas hasta muy malas por concesiones que se están haciendo. Hay quienes han planteado incluso que su obra la estaba haciendo para incidir en las instituciones, para resolver un problema estrictamente inmediato, y que su superobjetivo sería que algún día su obra fuera comprendida por los grandes sectores. Que no se preocupaba por ninguna otra cosa. Hablo en términos de voluntad.

Desiderio Navarro: El público está hecho de espectadores, aunque ya hoy no son espectadores, sino receptores, concepto más amplio. Hay que preguntarse no sólo si no les gusta el arte joven, sino que más no les gusta. ¿Qué más no entienden? ¿Qué cuadro usted pondría en su casa? En Hungría, una encuesta reportó que a sólo el 10% le gustaría poner una muestra de arte posimpresionista. Cuando hablamos de los gustos del pueblo, se impone que no hablemos sobre una base especulativa, sino sobre sólidas investigaciones sociológicas acerca de la cultura plástica de la población cubana, que las instituciones deben fomentar y alentar. En realidad, no hay un gusto del pueblo, sino una gran diversidad de gustos condicionados por una amplia gama de factores.

Alexis Triana (estudiante de Periodismo): Es importante que el artista se preocupe por la comunicación, pero su gran obligación es hace una obra auténtica.

¿Educación estética o estática?

Silva (Director de Galería): Hay una distancia educacional entre el artista y la masa.

Jorge de la Fuente: Se habla de educación estética y hay que ver cuál, porque hay pueblos con una cultura, con una educación estética que rechaza todo lo que se sale de su marco. El problema es crear una sensibilidad frente  al arte contemporáneo. Conseguir el núcleo de una educación estética en el socialismo. Y si hay libertad de creación, tiene que haber libertad de recepción. No es que a todo el mundo, indiscriminadamente, tenga que empezar a gustarle desde ahora la plástica joven cubana.

Agdel: Recuerdo que planteamos en San Alejandro la crisis total de los programas de estudio. Aquí verdaderamente, dijimos, los artistas no se preparan. Pero Jorge Rodríguez, el director de la escuela, nos dijo algo que no habíamos tomado en cuenta: más importante que la transformación de los programas, es el trabajo del profesor. Si reestructuras los programas y los dejas en manos de los malos profesores, todo sigue siendo lo mismo.

Alexis Triana: Una función que le corresponde a las instituciones es la de dinamitar esas recetas de cocina con las cuales se imparten las asignaturas relacionadas con la educación estética.

Medios (m)(p)asivos

Arturo Cuenca (pintor): No puede haber cultura de masas sin medios para comunicarse con esas masas. Nuestra circunstancia nos obliga a que lo ideológico tenga un carácter central, pero la ideología debe unir, fomentar el papel de la cultura. Y aquí los medios masivos subestiman a la alta cultura. No se hacen los estudios de qué cantidad de información culta puede soportar cada individuo de acuerdo a su nivel de escolaridad. La TV cuenta con todos los recursos para ello.

Jorge de la Fuente: La dirección del ICRT desea poner todo el diseño de la TV en manos de los artistas, y la dirección de la Revolución no es ajena a esto.

Roque (fotógrafo): Decirle a las instituciones que lo hagan y que lo hagan bien. La TV es un mecanismo que te come, y tendrías que tumbar a un montón de gente que tiene una mentalidad bastante atrasada, y que son los que imponen un gusto a la población. Son los culpables.

Alexis Triana: Lo malo es que en gran parte de nuestra difusión masiva, lo divulgado sea lo mediocre.

Miguel Ángel (estudiante ISA): ¿Qué será de mí cuando llegue a Pinar del Río o Guantánamo y no pueda asistir a ningún encuentro de este tipo? ¿Hasta qué punto la divulgación, la promoción, llegarán allá? No podemos olvidar que en provincias existe un fuerte movimiento plástico, pero el nivel de desinformación es muy grande.

Jorge de la Fuente: Pronto se creará un centro de documentación, y se le enviarán conferencias, información, a las provincias.

Plástica de lo cotidiano

Marcos García (Asociación Hermanos Saíz): Partimos de la realidad de que el arte en la micro no va a ser la solución universal, pero es una vía. No es sólo decorar u ornamentar, es crear un diálogo.

Ricardo (estudiante ISA): Todas esas ideas del arte en la carretera, en la micro, etc., son parches a lo que no hace la arquitectura, y no porque no haya arquitectos. El problema es el método. Todas las casas del médico son iguales, todos los aeropuertos. No hay una solución del color, de la luz. Uno está en Matanzas y parece que está en Pinar del Río. No hay un estudio plástico ni en el cine, ni en la TV, ni en la industria, ni en la arquitectura. En teoría, todo esto está en la plataforma programática del PCC, pero en la realidad, los canales están tupidos. Y cuando la gente crece en una ciudad así, ¿vas a aspirar después a que vaya a una galería y acepte la nueva plástica? Eso es mentira. Hay que empezar a pensar por ahí.

Alejandro (pintor): ¿Por qué con los recursos básicos materiales no hemos logrado que las nuevas inversiones hayan dedicado siquiera un mínimo al embellecimiento del entorno? Hemos perdido mucho tiempo. Por eso este debate no puede quedar en debate teórico.

La crítica

Roque (fotógrafo): La prensa, los críticos de arte se está desinformando con la crítica que estamos haciendo actualmente, con lo que se escribe. Hay que pensar más cuando se trata de informar a la gente o de crear gustos sobre lo que pasa en la plástica cubana. La página cultura del Tribuna da pena. La revista Bohemia, que la lee todo el mundo, publica críticas que no informan, que no son sinceras ni están ejerciendo una función cultura.

Alexis Somoza: Es necesario ir a la creación de un sistema de análisis basado en la tipología de las conciencias, tanto semiótica como sociológica, para poder buscar la correspondencia entre la situación histórica y el estilo cultural. Sistemas modelantes que permitan establecer las conexiones entre realidad social y hecho artístico.

Funcionarios y funciones

Arturo Cuenca: Es un problema que atañe a las altas esferas del gobierno. Que tengan en cuenta el papel que debe jugar el arte, fundamental en la civilización moderna. La conciencia de la cultura en el socialismo, que puede hacernos más revolucionarios y más socialistas.

Jorge de la Fuente: Las soluciones de los problemas sociales no son inmediatas. Y creo que hay que centrar más los ataques no hacia individuos, sino hacia mecanismos, hacia cierta atmósfera. Hasta que no cambien esas relaciones sociales, no van a cambiar las individualidades.

También se habló de la obligación de las instituciones en cuanto a no sólo admitir, sino fomentar el arte problema, el arte que plantea situaciones aún sin solución, y no quedarse tranquilitos cuidándose las espaldas y fomentando un arte “lindo”.

Jorge de la Fuente: Cada uno tiene su papel: el artista, los teóricos, las instituciones, los medios de promoción. Y no se trata de suplantar los campos, sino de intercomunicar. Y recordar una observación del Che en el sentido de que muchas veces los llamados gustos del pueblo son los gustos  sublimados de los funcionarios.

Cauces abiertos a la luz

Silva (director de galería): Siempre lo nuevo ha tenido que abrirse paso a puro empujón. En nuestro país, siempre, o casi siempre, los artistas han tomado de corrientes foráneas sus iniciales procesos creativos, para después aplatanarlos. Ahora sucede algo similar. Todo el pos vanguardismo está sufriendo lo mismo. Está bien que nuestra juventud marche a la vanguardia de lo nuevo en el arte occidental, pero es aún mejor que empecemos a ser iniciadores de lo nuevo en el socialismo.

Agdel: El problema ha transcendido la simple asimilación de técnicas y poéticas foráneas. En general, la cosa es analizar de un modo serio lo que nos transmiten las vanguardia en el campo de las artes plásticas, lo que no significa asimilarlas tal cual.

Arturo Cuenca: Hay un arte técnica y un arte ciencia, que no tienen por qué comunicar inmediatamente con las grandes masas. Como la Teoría de la Relatividad. Hay que respetar el arte que quiere alcanzar nuevos códigos, campos, espacios para lo estético, para la emoción. Darle el respeto y la subvención estatal para que se siga haciendo ese arte y se creen los canales para que ese arte se tecnologice, se convierta en diseños ambientales, objetos, modelos que conformen una ecología estética que es la que realmente crea el hombre nuevo.

Desiderio Navarro: Hay un problema capital, y es si el artista se considera cocreador de la ideología colectiva o si es un ilustrador de la ideología hecha por otros. Si es un simple ilustrador, sólo debe ilustrar lo ya planteado por otros. Y si no se ha dicho algo sobre esto o aquello, no lanzarse. ¿Qué pasaría si alguien, con los recursos del arte, que es también un medio de conocimiento, se lanza a la búsqueda de verdades que aún no hayan alcanzado el estatus de reconocimiento, si alguien se adelanta y no se conforma con el papel de ilustrador? Porque si el arte es un medio de conocimiento, tiene que ser de verdades nuevas, porque para descubrir verdades viejas no se usa un medio de conocimiento. Ese es otro de los problemas cuya solución requiere debate colectivo. Porque el artista se puede adelantar, acertar, y también equivocarse.

¿Quién le pone el cascabel…?

Glecsi Rojas (impresor): ¿Quién se va a encargar de decirle todo esto que estamos diciendo aquí, todas estas críticas, a los criticados? Porque si no, estaremos perdiendo aquí la tarde. ¿O esto se quedará entre nosotros, en familia? Yo propongo que ustedes vayan de una forma institucional a ver a quien sea. Está bien que se publique, pero yo no creo en soluciones de periódicos.

Yo tampoco, Glecsi, porque los periódicos no se crearon para dar soluciones, sino para informar, para fomentar el público debate. La Gaceta es sólo el amplificador a través del cual tantas palabras podrán llegar a oídos ávidos por escucharlas y a otros no tan ávidos o ávidos, precisamente, por lo contrario.

Ahora, los hechos tienen la palabra.

“En busca de nuevos ojos”; en: La Gaceta de Cuba, La Habana, junio, 1988.





CONTAR EL CUENTO (Violencia, didactismo, adolescencia: breve recuento de la cuentística cubana de la Revolución)

29 06 1988

BREVISIMA HISTORIA DE LA CUENTISTICA

CUBANA DE LA REVOLUCION

No por vocación clasificatoria, sino para acercarme por un camino lo menos intrincado posible a la cuentística cubana de la Revolución, ordeno ésta en cuatro etapas que corresponden, en gran medida, a las ya formuladas por Francisco López Sacha: la primera, de 1959 a 1966, sería el Primer Período Didáctico, respondiendo al criterio de Angel Rama; la segunda, 1966‑1970, la Narrativa de la Violencia; la tercera, del 70 al 78, la Narrativa del Cambio, o Segundo Período Didáctico; y la cuarta, 1978‑1988, podría llamarse Narrativa de la Adolescencia.

PRIMER PERIODO DIDACTICO (1959‑1966)

Durante estos años ocurre el proceso de consolidación de la Revolución. El acto de vivir se convierte en algo tan impostergable, que el hecho literario queda relegado por la realidad a un segundo muy segundo plano. Tienen lugar los sucesos que alimentarán en gran medida la Narrativa de la Violencia que se producirá en el período posterior.

Angel Rama, analizando el devenir literario de las revoluciones rusa, mexicana y en cierta medida, la cubana, señala que en los albores de la revolución se produce poca literatura y quienes están en mejores condiciones para hacerla son, precisamente, los derrotados. Aunque esto no se cumpla estrictamente en nuestro caso, sí tiene lugar el proceso de creación en dos vertientes opuestas: una literatura sin asidero a la circunstancia inmediata por un lado, y una literatura circunstancial por el otro. Esta última, comprometida, deslumbrada por la Revolución, trata de explicarla desde la perspectiva poco fiable que concede el asombro, haciendo uso de un didactismo a veces ingenuo y excesivamente explícito. A ella me refiero cuando denomino la etapa como Primer Período Didáctico.

Durante la Revolución Rusa, Lenin hablaba a Lunacharski sobre los que se unen al carro de la victoria, fenómeno inevitable y síntoma de la victoria. Y el Che, en El socialismo y el hombre en Cuba, apuntaba: «La culpabilidad de muchos de nuestros revolucionarios y artistas es que no son auténticamente revolucionarios (…) Las nuevas generaciones vendrán libres del pecado original…» Fue cierto, como se encargó de corroborar el tiempo, el oportunismo de algunos escritores que se unieron al carro de la victoria, para desuncirse después como quien cambia en el beisbol de equipo favorito. Y no es casual que quienes hoy más gritan a favor de los Mulos de Manhattan, fueran en su momento los más extremistas hinchas del equipo Habana. Ya sabemos lo que aparece cuando se rasga la piel de un extremista. Fueron los menos, por cierto, aún cuando hoy se vendan como los más ‑‑o como los más representativos, que tampoco son. Respecto a ese pecado original de que hablaba el Che, creo que en gran medida, ocurrió. )Por qué? Ante todo, fueron excepcionales los escritores que ya entonces lo eran, que tuvieron participación directa en la lucha insurreccional. Una parte, asqueados de la circunstancia republicana, veían con escepticismo la posibilidad de un cambio. Otros, alejados del país por diversas causas, hacían de su obra en sitios más acogedores o menos hostiles. Para la inmensa mayoría, de extracción pequeñoburguesa, la Revolución fue primero el asombro y más tarde el deslumbramiento. Ellos entregaron a la Revolución naciente cuanto tenían, sus palabras; pero interiorizar una revolución que los tomaba por sorpresa era ya un proceso más lento, un largo aprendizaje, como lo fue también para un nutrido sector de la población cubana, no sólo los intelectuales. No hay duplicidad en esto, sino velocidades diferenciadas de asimilación: entregara a la Revolución era un acto de compromiso y militancia, entregarse era un acto de amor. Si a eso lo llamáramos, como el Che, pecado original,  sería un humano pecado que sólo para un pequeño grupo se convirtió, deshonestidad mediante, pecado capital.

NARRATIVA DE LA VIOLENCIA (1966‑1970)

Al tiempo que se radicalizaba la Revolución y tenía lugar el auge de los movimientos guerrilleros en América Latina, ocurre el paso de la lucha contra bandidos, episodio central del período anterior, a la lucha ideológica, cuyo suceso fundamental fue el combate contra la microfracción; a la lucha económica que culmina, en 1970, con la zafra, un decenio permeado de voluntarismo.

Entre 1966 y 1970 se produce la mejor cuentística de la Revolución, cuya calidad sólo recientemente ha sido igualada y en parte superada. La narrativa de la violencia tiene como tema central la guerra, desde el período insurreccional hasta la lucha contra bandidos recién concluida. Caracterizada por conflictos de alto dramatismo, formas rítmicas veloces y lenguaje de sobreentendidos que implica una complicidad, una comunidad de vivencias entre el lector y el escritor, es una cuentística más babeliana que hemingwayana, cruda, incisiva, y que evade la mitificación de la guerra mediante una disección participante y crítica a la vez de la realidad narrada. Esto escandaliza la concepción maniquea al uso de la guerra como choque entre malos malos y buenos buenos, lo que provoca el cuestionamiento, en diversa medida y por diversos motivos, de los principales libros y autores; quedando sobreentendida a partir de ese momento la incuestionabilidad de la realidad, caldo de cultivo donde florecerá la

NARRATIVA DEL CAMBIO (1970‑1978)

                                                ó

                   SEGUNDO PERIODO DIDACTICO

El inicio de los setenta propició, por un lado, una literatura didáctica (hasta didactiquera), protagonizada por escritores que hacen su aparición durante este período y algunos narradores de la violencia con obras menores; una literatura que se siente obligada a explicitar sus posiciones ideológicas para que no haya confusiones ‑‑recordar la carta de Engels a Nina Kautsky‑‑, medicina preventiva para evitar la combustión de barbas que ya habían ardido en el capítulo anterior. Al negar la creación artística como patrimonio de «cenáculos» o «individuos aislados», es decir, artistas ni juntos ni solitarios, y contraponer a esto las masas como genio creador, se cayó en la simplificación de negar el papel del individuo en la creación artística, como si el credor, el artista, no saliera del pueblo, no se nutriera del pueblo, no creara para el pueblo. A esto se unió una feroz precaución contra la «cultura capitalista» ‑‑por lo cual se entendía generalmente la cultura que se hacía en los países capitalistas. A pesar de la advertencia de Carlos Rafael Rodríguez en el sentido de que el quid de la cuestión no era escuchar música folklórica latinoamericana y no norteamericana, lo anterior generó un autobloqueo cultural del cual aún estamos emergiendo. No es hasta 1988 que el propio Carlos Rafael habla de proscribir de la cultura la palabra extranjero.

En este contexto se produce una narrativa anémica, apocada, que tiene como tema fundamental y perspectiva el hombre viejo en un mundo nuevo. Prima en ella un tempo más lento, un lenguaje más pausado y el maniqueísmo de los conflictos, quedando excluidos en lo esencial aquellos que verdaderamente tensarían las fuerzas de la sociedad en la dirección de su ulterior evolución. Hubo quienes confundieron el optimismo filosófico del marxismo‑leninismo con una visión festiva de la realidad. Y como toda verdad tiene dos alas, aún cuando no cumpla con las leyes de la simetría bilateral, al cercenársele de cuajo el ala oscura, al tusársele el plumaje según ciertas premeditaciones (y hasta precauciones) político‑estética ‑‑créanme que la ideología no andaba ni por allí aquel día‑‑, resultaba una realidad muchísimo más bonita, con una sola limitación: no levantaba el vuelo.

La creación de personajes ideales que el autor manejaba desde sus alturas olímpicas, fue un procedimiento bastante usual. Eran tan asépticos, con una ideología tan bien planchada, que sólo les faltaba para alcanzar la perfección que los lectores se lo creyeran; lo cual, dada esa natural perspicacia de los lectores, no ocurría, provocándose, por contraste, una reacción de rechazo en bloque. Cabría aclarar que tal situación no se asemeja más que superficialmente a una visión romántica, en cuyo caso la ponderación del hombre es un medio de reflejar cierta realidad tan válido como cualquier otro.

NARRATIVA DE LA ADOLESCENCIA (1978‑1988)

Ya desde los últimos años del período anterior se entronizaron desviaciones y males que serían denunciados a mediados de los ochenta, Cuba incrementa su asistencia civil y militar a decenas de países y gana prestigio en la arena internacional como presidente del Movimiento de Países No Alineados.

Es en este contexto que se produce la Narrativa de la Adolescencia ‑‑aunque por un momento estuve tentado de llamarla Narrativa de la Etica‑‑, que tiene su precursor en la de Rafael Soler (1975).

Una nueva promoción ()generación?) de narradores se abre paso con libros que tienen, como común denominador, la recreación de la infancia y la adolescencia, y más aún, el estar escritos desde el punto de vista del niño‑joven‑adolescente, es decir, desde la perspectiva del asombro y del descubrimiento. Visión que coincide con la de los propios narradores. Literatura rica en matices, diversa desde el punto de vista formal, enfocada esencialmente hacia lo cotidiano, aunque pueda moverse con comodidad en disímiles universos espacio‑temporales, excluye, por lo general, la concisión anecdótica de los narradores de la violencia, dado que aquí la anécdota no es más que una justificación para el planteamiento de acusiosas inquietudes éticas. Rasgo también esencial porque la preocupación por lo ético aparece como respuesta al relajamiento de la ética. Y no hay más inflexible guardián de la ética que la adolescencia. La disección crítica de la sociedad, tímida en sus inicios, se va acentuando hacia fines del período, revelando los conflictos y tensiones internos de la sociedad proyectados hacia el futuro.

Aunque decir que esta es la Narrativa de la Adolescencia equivale a subrayar uno de sus rasgos más pronunciados, en esta promoción encontramos el concierto de voces más diverso de toda la narrativa producida dentro de la Revolución: redescubrimiento de técnicas características de lo que se ha dado en llamar literatura fantástica y del absurdo, consolidación (no siempre feliz) de la nueva ciencia ficción y el policíaco cubano ‑‑aun con una baja sensible de su calidad respecto al período anterior‑‑; lirismo, humor, concisión de lenguaje, barroquismo acentuado, expansión temática, uso y hasta abuso del lenguaje popular, novedosas construcciones sintácticas y estructurales ‑‑quizás tardíamente asimiladas de la narrativa del boom‑‑, conviven con modos más convencionales de contar; y sobre todo, la cristalización de cuando menos cinco y puede que hasta diez voces singulares casi al unísono, hecho sin precedentes en la cuentística cubana. Panorama que augura mejor suerte para el género en un futuro cercano.

NOCIONES DE FUTUROLOGIA O

EL ARTE DE AUTOPREGUNTARME

La narrativa cubana contemporánea dispone de un grupo relativamente nutrido de autores que reúnen las tres materias primas con que se fabrica la buena literatura: talento, oficio y laboriosidad, además de 20/20 en cada ojo para escrutar una realidad sumamente peculiar: el primer país socialista de América, de habla hispana, con una apreciable tradición literaria, en el contexto de una de las literaturas más ricas de este planeta, la hispanoamericana, y en el continente donde ya hoy, rebasada la adolescencia del boom, se sientan pautas en la narrativa contemporánea. Una sociedad consolidada, donde es más fácil dilucidar las causas y azares del devenir histórico, pero situada a su vez en un crucero de su desarrollo; plena en contradicciones, tensada hacia el futuro.

Aunque Carlos Rafael Rodríguez ha afirmado también que el escritor no es «conciencia crítica de la sociedad», sino «testigo de la verdad», creo que el papel de testigo implicaría cierta pasividad incompatible con el realismo analítico. Puede que esto responda ciertas pretensiones de algunos intelectuales de erigirse en «conciencia crítica«, cuando no son más que «parte de la«, porque la conciencia crítica en una sociedad de participación, debe ser toda la sociedad, sin distingos ni parcelación del dercho a la crítica en cotos privados de algunos sectores o grupos.

“Contar el Cuento (Violencia, didactismo, adolescencia: breve recuento de la cuentística cubana de la Revolución)”, La Habana, 1988





El hombre que sembró el sol

29 04 1988

En la isla de Suchu, del archipiélago

japonés, nació Masako Harada.

En la tierra del Sol naciente

discurrió su infancia el hombre que

vendría a sembrar el Sol de sus orígenes

en otra isla, la de los Pinos, que con

el tiempo se llamaría de la Juventud.

Hay que repetir, repetir. El hombre no puede cansarse. La buena suerte siempre llega antes que la muerte. Diez años estuve sin vender, viviendo de los préstamos, pero yo se lo decía a los cubanos: Repite, siembra de nuevo. Ya llegará la suerte. Todo pasa.

Sí, fue el 6 de abril de 1925.

Pero antes… Habíamos salido el primero de febrero de Kobe en el buque Lakuyo. De ahí a Yokohama, Hawai, Honolulu, San Francisco y no sé cuántos puertecitos de la costa pacífica centroamericana, antes de llegar a Panamá, subiendo y bajando personas. Éramos 34 o 35, casi todos jóvenes, sin familia. Veinte años tenía yo. Sí, en 1904. Y de La Habana fui para la colonia Mayaguara en Condado, Trinidad. Qué lindos los cañaverales: altos, verdes. Pero cortar caña no era como me habían dicho allá en la isla de Sucheu, en la provincia Fukuoka, donde yo nací. En el campo, claro. Siempre he sido campesino, agricultor, guajiro. Allá trabajábamos nueve o diez horas para ganar veinte centavos de yen, y un yen valía medio dólar. Entonces aparecieron algunos que habían trabajado en Cuba cinco, siete años, y traían los bolsillos llenos de dinero. Y nos contaron que aquí bailando alrededor de los cañaverales con una guataca se podían ganar quince dólares al día. Entonces salió un anuncio en el periódico de una oficina donde se podían apuntar los que quisieran venir. Cobraban cierto dinero por el viaje y los papeles.

Pero en Mayaguara todo fue distinto. Vivíamos en una barraca larga y sin saber nada de español (que todavía no sé mucho). El capataz nos enseñó a cortar la caña: pica abajo, quita las hojas, corta en trozos así y echa para la pila. Al lado había unos haitianos. Ellos ya estaban acabando y nosotros no habíamos llenado la primera. Veníamos contratados tres meses a cortar caña para una fábrica de azúcar. A la primera semana no habíamos ganado ni un peso. No alcanzaba ni para pagar la comida. Y el pica pica y el sol. Ni bañándonos se quitaba. Y arriba la maleta que se me llenó de agua en el primer aguacero, que parecía una inundación aquello. La gente antigua nos decía: ¿Para qué viniste aquí? No era a bailar con una guataca como nos habían dicho.

Una semana después, cinco malditos huimos y no pagamos ni la comida. Yo fui a parar a la colonia Kindelán, donde estaba Sato, un paisano, y guataqueamos a cinco pesos por semana. Al mes pudimos mandarle al capataz el dinero de la comida que no habíamos pagado. Pero después llegó el tiempo del agua y Sato nos dijo que el trabajo se había terminado. Fui a varios centrales y no encontré trabajo. Terminé atendiendo hortalizas en Baraguá con otros seis japoneses jóvenes.

Ahí fue donde me dijeron: Ve para la Isla de Pinos, siembra ají y tomate. Y vine: el 29 de mayo de 1926. Cuando eso la isla estaba llena de pinares y los cocodrilos, jicoteas, grullas, las jutías y las iguanas andaban por donde quiera. Empecé a trabajar con Yamanashi, que llevaba tres años cultivando en la zafra de ají y berenjena. Fue en ese tiempo, el 19 de septiembre, cuando vino el ciclón del 26. Aquello fue lo más grande de la vida. Casi todas las casas eran de madera y el ciclón se las llevó. El agua entraba así, de lado, por el agujero de los clavos, como si fueran piedras. El agua pinchaba como punzones.

Toma. Toma un poco de vino. Harada Club. Fue un barril que hice hace quince años con pasas y mandarina. Los muchachos lo descubrieron el otro día limpiando el desván. Ah, lo del ciclón. Yo vivía en La Columbia, al otro lado del cementerio americano. Después que pasó no quedaba ni una sola hoja verde en toda la mirada. A las tres semanas fue que empezaron a salir los retoñitos primeros de las palmas arrancadas, así de este tamaño. Empezó el viento a las nueve de la noche, o a las ocho, no me acuerdo bien, que esta cabeza mía ya no sirve. Es como calabaza podrida. Y el viento no dejaba oír nada, ni hablando al oído de otra persona. Y entonces, a las doce y media o la una se hizo un silencio, que hasta los grillos que quedaron se oían. Pero eso fue como diez minutos. Después empezó otra vez, pero del lado contrario, y acabó de acabar lo que quedaba. Los relámpagos alumbraban igual que el día y el agua de la mar trepó los ríos y se regó por los campos. Ahí cada uno salió por su lado. Yo crucé medio nadando medio caminando, un trillo y una zanja, y como el agua seguía subiendo, me abracé a una mata de toronjas. ¿Dónde estaban los demás? No sé. Y entre cansancio y sueño, me quedé como que dormido, abrazado a la mata aquella. Y dormido todavía, oigo una voz como de lamento. Contesté y fui por el camino de la voz hasta donde estaba el vecino de nosotros, en una mata de mangos, al lado de la casa de los americanos. Llamaba a los japoneses perdidos enseñándoles el rumbo. Yo fui el último en llegar. Nadie se había perdido. Pero todos teníamos un frííío. Ni fósforos había para hacer comida. En los bajíos, como el lugar de nosotros, toda la siembra se perdió y pasó como un mes antes que llegara un barco con comida para nosotros, y consiguiéramos semillas para volver a sembrar.

Ya cuando eso había como 35 ó 45 japoneses más. En las tierras de por aquí no había melón, ni zanahoria, ni tomate. Bueno, había de todo, pero venía de Miami, envuelto en papelitos encerados, y como el 90% de la tierra era de los americanos… Empezamos a sembrar, y a mí Yamanashi me dio un lugar en Columbia, una finquita de 20 acres, de los cuales sembré tres y todo se vendió. Además, por 400 pesos me dio un arado, dos carretas, tres o cuatro guatacas y un caballo. Yo empecé con buena suerte. Cuando pagaban cinco dólares por una caja de ají, era muy buen precio. Sin embargo, en 1928 el norte vino muy frío y New York pagaba hasta quince por caja. Entonces empecé a sembrar melón también. Al principio, cuando le brindábamos melón a los cubanos, huían porque les parecía sangre. Era el melón Tom Whatson, muy muy rojo. Hasta que empezaron a probar y qué rico, dame otro pedazo, y al final casi tengo que poner guardia para que no me comieran los melones. Melón de agua y pepino. Mucha gente se hizo de dinero con el pepino. Si vas a Gerona verás muchas casas grandes. Son casa de pepino. Aquí llegamos a coger melones de 100 libras. Para eso hace falta buena semilla. Los de ahora llegan, algunos, hasta 70 libras.

Como ya andaba más desahogado, quería casarme en Japón. Tenía un amigo que se llamaba Fuyo. Y como yo no quería moverme de aquí, Fuyo me dijo: Cásate con mi hermana. Y sin saber ni cómo era, mandamos cartas a mi familia y al papá de Fuyo, para que mi papá me buscara a la muchacha, y los de ella conocieran a los míos, que así se hacía entonces, y los hijos callados, sin saber nada. Ella era de Kagoshima, con una provincia por el medio, la de Kumamoto. Ya nos habíamos casado por papeles y nunca nos habíamos visto. Nos mandamos fotos, eso sí. La familia hizo acuerdo y la mandaron sola para Panamá. Yo fui a buscarla. Allí le vi la carita por primera vez. Estaba al pie del barco, sin moverse. Desde ese día estamos juntos Kesano y yo: agosto 30 de 1929. Ya el año que viene cumplimos las bodas de… Bueno, ya hace nueve años cumplimos las bodas de oro, ¿no? Cincuenta años.

Después de verle la carita allá en Panamá, compré una máquina de coser Singer y salimos rápido para acá. Cuando eso, ya yo andaba por una finca en La Fe, no muy buena, y por eso en 1930 vine para aquí, y de esta finca no me he movido desde hace más de 60 años. En el 31 nos nació el primer hijo y, después, uno más o menos cada dos años. Doce en total. A uno me lo mató un rayo a los veinticuatro años. Quedan Miguel (Akio), Fulgencio (Kasuko), José (Hashuo), María (Fumiko), Severino (Osam), el sexto fue el que se me murió, la séptima es Beba (Nieko), Franco (Siguelo), Isal (Maruko), César (Shigueo), Jorge (Toishi) y Ángel, el último, que no tiene nombre en japonés. De los once vivos quedan diez en Cuba, porque una de las hijas se casó con un esposo que le vino de Japón; pasó diez años en Cuba y se fue para allá, porque a él no le gustó el socialismo. Dicen que ahora es rico. Qué cabeza para guardar dinero. Lo que no le gustaba era el trabajo del campo.

Tú verás el domingo, que es día de las madres. A Kesano le llegan diez o quince cajas de cake. El día de los padres, no. Dos o tres cajas. Papá vale poco.

¿Los años 30? Fueron muy malos. Había buena siembra, pero no se vendía, menos los años de sequía, cuando todo iba mal. Los precios subían, pero no había cosecha. Diez años seguidos así, casi sin vender. Pidiendo prestado, volviendo a pedir prestado. Hasta en 13.000 pesos estuve empeñado. Y 13.000 eran muchos pesos para un pobre. Suerte que yo nunca he tomado ni he sido mujeriego (para mujer, nada más que la de la casa). Mario, un chino, me prestó durante diez años. Sí, para que tú veas, allá los chinos y los japoneses no se llevan bien. Pero aquí, con el paso del tiempo, no hay chinos ni japoneses ni árabes ni judíos. Todos somos cubanos. Y casi todas las bodegas, tintorerías, las fondas, eran de chinos. Y yo ni un centavo tenía, y seis muchachos entre uno y doce años. Fue muy difícil. Ya yo andaba buscando cuántos gajos de mango me harían falta para ahorcarme junto con toda mi familia, cuando el 11 de febrero de 1942 estalló la guerra. Los niños estaban comiendo boniatos del que se le tira a los cochinos, y nosotros, hojas de boniato sancochadas con sal. El melón bueno se pudría en el campo, porque el melón maduro no espera, y había que regalarlo. No compraban el tomate porque las plazas estaban llenas. Si quería mandarlo a La Habana, tenía que pagar el flete por anticipado, y con qué. Diez años sin vender. Y Kesano, mi mujer, cargada de niños y guataqueando. Día y noche. A veces, cuando cortaba una mata de ají en la oscuridad, ella lloraba. Pero todo el mundo decía: Harada trabaja. Préstale, el pobre. Un día ganará.

Por eso yo estoy muy agradecido a los cubanos, ricos y pobres, que siempre me ayudaron. Por eso, cuando empezó este gobierno, yo miré extrañado, pero luego vi los precios fijos. Oiga, qué bueno eso. Antes no. Había poca mercancía y los precios altos, o al revés. Y este gobierno vino comprando todo lo que hubiera. Y todo lo recibían. En 1965 gané mucho dinero, y así fui casa por casa pagándole a cada uno lo que le debía. Aunque algunos ya pensaban que me iba a morir debiendo. Qué bien dormí esa noche.

Pero, bueno, para seguirte el orden; en febrero de 1943 fue cuando se aparecieron cinco soldados y me dijeron: Harada, tienes que ir con nosotros a la cárcel. Lo sentimos mucho, es una orden. Y ahí me llevaron al presidio, a un campo de concentración para japoneses, por aquello de que Cuba estaba en guerra con Japón y eso. Figúrate, no podía darles comida a los muchachos. Tuve que ir. Pero el pueblo sabe mucho. Los que me habían prestado tanto, los cansados de prestar, cuando me llevaron vinieron a ver a la señora: ¿Quiere sembrar algo? ¿Necesita semilla, abono? Tenemos hasta comprador para la cosecha. Diez días después le trajeron semilla, un poquito de abono, medicina. Ella sembró todo esto. Ya sabía cómo hacer los camellones, los pasos entre las semillas, los días de poner el abono, la medicina. Y cuando ya las plantas tenían el tamaño bueno, vinieron de Gerona a buscarlo todo. Ella y los muchachos, con un caballo, sacaron los melones hasta el camión, pero el camión se demoró y pasaron tres o cuatro noches, con lámparas, hasta los niños durmiendo al lado de los melones para que no se los llevaran.

La señora vivió de su inteligencia y su trabajo veinte veces mejor que yo. Un negociante compró todo y quedó dinero hasta para comprar tela y hacer ropa para los muchachos, y una muda para mí. Y lo mismo con los pepinos. Es chiquita, pero trabaja. Trabaja mucho. Hasta ahora, a sus 77 años, no hay quien se le ponga al lado guataqueando, sembrando. Yo me salvé. No le vi la carita antes de casarme, pero me salvé de todas maneras. Ella llegó el 30 de agosto de 1929, descansó un día y al otro se fue conmigo a limpiar la finca, a cortar palos con el hacha. Muy valiente esta mujer. Y más esos tres años que estuve preso, hasta diciembre de 1945. La comida era mala y poca, pero después que salí del campo y comencé a ver lo que estaba pasando por el mundo, me dije: era mala y poca, pero era.

Trescientos cincuenta japoneses presos, todos mayores de veinte años, porque a los menores los dejaban en sus lugares. Venían de toda Cuba. Pero eso fue cosa de aquel gobierno, porque la guerra era allá, pero nosotros aquí hubiéramos seguido sembrando. En algunas fincas que se quedaron vacías, el gobierno puso cuidadores. Y algunos después no querían irse. Hasta incendiaron dos casas.

Entre el 45 y el 46 hubo buena cosecha. La finca había estado tres años produciendo poco. El mercado estaba vacío y el pepino en alza. Fíjate que los embarques subieron a 2.000, 5.000 pesos cada uno. Y ahí es cuando yo le recordaba a la gente lo que les había repetido: Sigan sembrando. No lo dejen. La mala suerte viene, pero la buena también. Hay que aguantar, hay que repetir. La buena suerte siempre viene antes que la muerte.

Entre el 52 y 59, la Isla fue zona franca para los negociantes y para los norteamericanos, pero a nosotros eso no nos benefició nada. Hubo algunos, como un hermano del médico Ramírez Corría, que empezó a comprar y comprar tierras. Y yo entre el 51 y el 52 aproveché para comprar esta tierra mía, no nos fueran a botar después de veinte años trabajando aquí. Hasta 16 caballerías, que era lo que yo tenía en 1959. No, con la primera Reforma Agraria no, pero con la segunda, como el límite era de cinco caballerías, vinieron los interventores. Entonces fui a hablar con Crespo, el que era como el Manresa de ahora. Sí, el que fue después el primer embajador de Cuba en Japón y allí en su oficina le dije: yo tengo 16 caballerías, pero la mayor parte no es buena tierra, no sirve nada más que para potrero. La siembra hay que hacerla pedacito a pedacito. Ellos consultaron y me dijeron: Vaya para su casa. Su finca se queda así. Me dejaron las once caballerías restantes. El secretario luego vino, y como yo tenía propiedad, me dijo: esto es tuyo. Usted, Harada, siga como hasta ahora.

Fidel vino en 1961. Lo miró todo. Vino para comer melón. No estaba de cortar, pero alguno lo había maduro. Otra vez vino por aquí cerca y le llevamos unos melones al muelle, donde tenía una lancha, y otra vez vino y habló con la mujer… Sí, ese barrilito de cerveza y esas botellas las envió él y nos las bebimos con los demás japoneses de la comunidad. Porque tú sabes que no soy yo solo. Aquí hay varias familias: está la familia Tukunaga, Kubo, Mirato, la familia Shuco, sí, como una colonia, pero no.

No es que yo sea cónsul. Los cubanos son muy habladores y dicen cosas. Yo hace doce años que no trabajo por lo de la piedras en los riñones. Ayudo aquí a todas las familias japonesas de la Isla, porque ellos sí trabajan, hago algunas gestiones, firmo a veces papeles en lugar del embajador, buscaba allá en La Habana a los muchachos becados. A veces recorría tres o cuatro escuelas secundarias. Y todavía hoy, de hombres, cuando me ven por ahí me saludan: Hola, papá, abuelo. Pero, qué va, yo soy analfabeto. Los que sí son famosos son los melones. Fíjate que hasta Oriente caminé y la gente me decía: ¿Usted no es Harada, el de los melones?

¿Ah, eso? Me lo enviaron de la escuela Tashiro. Sí, en 1969 yo me operé de cataratas, pero no quedé bien, y el hermano de mi señora me invitó a Japón y mandó el pasaje de ida para que me volviera a operar. Me curé y estuve allá más de diez meses. Después, para regresar, Fidel me regaló el pasaje, las medicinas, los espejuelos, todo me lo regaló él. Y fue en ese viaje cuando visité la escuela Tashiro. Hablé mucho sobre Cuba a los niños. Les expliqué que los majás aquí eran muy grandes, y que había peces de cien libras. Pensaban que yo estaba exagerando, entonces les mandé una caja con una piel de majá, otra de cocodrilo, un carapacho de carey, un huevo de cocodrilo vacío, un alacrán, el anzuelo grande con que se pescan los tiburones y como mil sellos cubanos. Cuando regresé a la escuela esa en 1982, todo estaba puesto en unas vitrinas muy bonitas. Mis hijos y yo formamos una cooperativa aquí en la finca. Anapistas somos cinco, pero trabajan mi esposa, los dos hijos mayores, y un viejo inmigrado que no tenía familia, Datsuo Wakafoji, aunque ya no ve bien y trabaja unas veces sí y otras no. Sí, las 16 caballerías.

La granja, con 250 personas, no produce nunca como yo, aún cuando los años sean como estos últimos con la seca. Se trabaja bien, con todo y que los muchachos se roban la fruta. Yo sí no vendo nada. Todo para Acopio, y el autoconsumo para la casa.

No, yo soy japonés, pero esta isla es el mejor lugar para vivir. Allá me decían: Si en cinco o diez años no haces dinero, regresa. Yo no hice mucho dinero, pero no regresé. Y ya llevo 68 años. Clima bueno, gente buena. Ya se sabe que en ningún lugar es como en Cuba. Aquí estoy esperando para morirme, e ir para arriba arriba, pero para el cielo de Cuba. Aquí llegué en 1925 con $3.60, y ahora tengo mujer, once hijos, veintiséis nietos y cinco bisnietos. Más de cincuenta en la familia. Y todos son cubanos.

“El hombre que sembró el sol”; en Somos Jóvenes, La Habana, 1988





Caminos del agua

1 02 1988

Primero fue esa manía que tienen las cañabravas de crecer bien al borde de los arroyos. Más tarde, cuando el hacha y el machete suprimieron su vocación por las alturas y las tajaronlongitudinalmente en piezas largas y acanaladas, fue la fidelidad de las cañabravas al agua más allá del hacha o del machete.

El campesino buscó manantiales de montaña, y a cada ojo de agua arrimó, con la cortesía de quien pide permiso, una cañabrava. Desde ese momento el lloro de los montes baja por las canaletas, salta, dobla, se escurre, vuela en los declives pronunciados, camina con andar de viejo pensativo en los tramos suaves, se escapa por alguna grieta. Chispea el agua en los recodos bruscos. Salpica la tierra donde una semilla de picuala o cañasanta abreva agradecida. Y aunque no lo parezca, siguen vivas para siempre las cañabravas, gracias a esa  complicidad, a esa alegría contagiosa y secreta del agua, que canta en un idioma que sólo el viento, las cañas, el rocío y algunos, muy pocos, hombres comprenden. Aunque este rústico acueducto no sea eterno ni ponderable a los turistas, como los acueductos romanos, cañas abajo esperan por el agua en el bohío las cazuelas sucias del almuerzo, la garganta reseca del hombre que durante  toda la mañana ha roturado la tierra. O quizás antes, a medio andar, encuentre el agua la sed del caminante, o se detendrá para que el pájaro trashumante beba unas gotas, humedezca sus alas y eche de nuevo a volar hacia el mundo.

“Caminos del agua”; en: Somos Jóvenes, n.º 99, La Habana, febrero, 1988.





Perseguirlo y aniquilarlo

29 12 1987

 

Para la ejecución de este trabajo fueron entrevistados 135 jóvenes obreros, estudiantes, profesionales, deportistas, militares, trabajadores administrativos de 17 centros diferentes: Talleres de reparación de locomotoras de Ciénaga, Universidad de La Habana (UH), Escuela de Arrillería Camilo Cienfuegos (EA), Escuela Vocacional V. I. Lenin, Antillana de Acero (AA), Hospital Enrique Cabrera (HEC), Villa de Entrenamiento Cerro Pelado (CP), Secretariado Nacional de la FEEM (SNF), Preuniversitario Saúl Delgado (SD), IPU Pablo de la Torriente (PT), Escuela Tecnológica Hermanos Gómez (HG), Instituto Técnico Militar José Martí (ITM), Instituto Superior Politécnico José Antonio Echeverría (ISPJAE), Cubana de Acero (CA), Unidad de Técnica Canina de la PNR (UTC), Ministerio de Relaciones Exteriores (MINREX) y en el Puerto Pesquero de Regla (PPR). En este último entrevisté a un magnífico grupo de jóvenes a los que debo una disculpa. Dado que por error nuestro se borró parcialmente la grabación de esa entrevista, nos vimos obligados a atribuir las partes que salvamos a un supuesto Liborio Pérez, aunque todos los entrevistados bien podrían llamarse Liborio Pérez.

Contrarrevolucionario es todo aquel que contradiga la moral revolucionaria, no se olviden de eso. Contrarrevolucionario es aquel que lucha contra la revolución, pero también es contrarrevolucionario el señor que valido de su influencia consigue una casa, que después consigue dos carros, que después viola el racionamiento, que después tiene todo lo que no tiene el pueblo, y que lo ostenta o no lo ostenta, pero lo tiene. Ese es un contrarrevolucionario, a ese sí hay que denunciarlo enseguida, y al que utiliza” sus influencias buenas o malas para su provecho personal o de sus amistades, ese es contrarrevolucionario y hay que perseguirlo con saña, perseguirlo y aniquilarlo. El oportunismo es una enemigo de la revolución y florece en todos los lugares donde no hay control popular…»

Ernesto Che Guevara

(18 de mayo de 1962)

Y decir esta frase siempre implicó predicar con el ejemplo. Corren aún de boca en boca, aumentadas por el tiempo hasta los umbrales de la memoria, anécdotas como la de cierta ocasión cuando, discutiéndose si alcanzaba o no la cuota de la libreta, alguien le señaló que seguramente él (el Che) tendría *ración extra+. Al día siguiente el Che regresó para decirle que sí, que *había tenido razón+, que hasta el día anterior *sin saberlo+, él *tenía+ una cuota especial. O su modesta casa, o sus reiteradas exhortaciones en el sentido de que vivir como el pueblo, al nivel del pueblo, agudiza la visión del dirigente sobre los problemas del país, lo acercan a la visión que el pueblo tiene de los problemas. O su rotunda afirmación:

«Desenterrar totalmente todo lo que signifique el pensar que ser elegido miembro de alguna organización de masas o del partido dirigente de la revolución, le permita a esos compañeros tener la más mínima oportunidad de lograr algo más que el resto del pueblo».

Más aún cuando se trata de un dirigente, porque: «Nosotros, dirigentes, sabemos que tenemos que pagar un precio por tener derecho a decir que estamos a la cabeza del país que está a la cabeza de América».

Este trabajo no requirió un extenso cuestionario. Bastó la frase del Che, que forma parte de un discurso a los combatientes del Ministerio del Interior. Fui leyéndola a grupos seleccionados al azar en diecisiete colectivos de las más diversas esferas. Mi única tarea fue la de organizar y editar sus opiniones e incluir algunas frases de José Martí, del Che y de Fidel Castro, que apoyan y complementan la definición del Che. Por tanto, en justicia, Martí, Fidel, el Che y esos 135 jóvenes (más del 60% militantes de la UJC) son los verdaderos autores de este trabajo.

Parece que lo dijo anoche

Mais Liliam Hamilton (Est. SD, Estudio‑Trabajo SNF): Parece que lo dijo anoche. Es como si el Che hubiera regresado anoche y hubiera ido a ciertos barrios o a la escuela al campo, a ver cómo los padres les traen a sus hijos cargamentos de cosas que no se ven en la calle y que no se pueden comprar en las tiendas. ¿ De dónde sale eso? Acabó con media humanidad con la frase esa.

Cadete Osmani Orta (EST. Ciencias Sociales, ITM): A esa frase del Che le ha faltado divulgación. Debería conocerla todo el mundo. Y quizás haya sido culpa de los mismos que él señala que no se haya divulgado, porque los perjudica.

José Raúl González (Est. Ing. Hidráulica y Viales, ISPJAE): Esos no están construyendo el socialismo, sino el sociolismo. O su socialismo.

Cadete Osmani Orta (ITM): El mercenario está en todas partes, decía Fidel. Mercenario no es sólo el que desembarcó por Girón. Esos también son mercenarios.

Bárbara Salgado (Secretaria, MINREX): Gracias a los honores que les dio la revolución por sus méritos pasados, algunos empezaron a acomodarse, a tener una vida aburguesada. Hay que dar el paso al frente para que eso no ocurra nunca más. No sabemos qué pensaría el Che de haber visto esto. Es muy triste.

 Y otros sin ni siquiera méritos pasados, que son los más.

Andrés Hernández (Tornero, CA): La juventud ve eso y dice: Nosotros trabajando para echar palante la economía del país, y estos vacilando, gastando las divisas que nosotros producimos.

José Martí: De altar se ha de tomar a Cuba para ofrendarle nuestra vida, y no de pedestal para levantarnos sobre ella.

Juan Carlos Pérez (Est. Periodismo, UH): Vemos barrios donde se vive en condiciones muy difíciles, de promiscuidad. En cambio, vemos a funcionarios viviendo en la opulencia.

Fidel Castro: Sabemos de gente que busca privilegios a toda costa, que desvía recursos.

Alexis Triana (Est. Periodismo, UH): ¿ Por qué tiene que haber una piscina en una casa normal? ¿ Cuántas piscinas tenemos en el país para permitírnoslo? En el socialismo las desigualdades sociales se mantienen, pero tiene que haber una tendencia a equiparar los niveles de vida, a ir superando las diferencias sustanciales.

Pedro Pelayo (Est. Periodismo, UH): Y no son sólo dirigenticos. Son ministros y altos funcionarios. Porque el partido es inmortal, y eso lo sabemos, pero hay hombres en él que están muy mal.

Magaly López (Residente Cirugía General, HEC): Si el Che lo dice hoy, tiene hasta más vigencia que cuando lo dijo.

Cadete Cosme Beltrán (Est. Ciencias Sociales, ITM): Carros de piquera por las noches en las calles y los domingos en la playa. Ya la medida de los carros de piquera se están incumpliendo.

Angel Torres (Técnico en Recursos Laborales, MINREX): Se les olvida que lucharon para que todo el mundo coma, no para que ellos coman en exceso; que por sus tres carros, hay quien está doblando la espalda en la caña y anda a pie, que la casa que ocupa debería pertenecer a un círculo infantil, habiendo madres sin trabajar por falta de círculos.

Juan Enche (Tornero, CA): Y las casas: se divorcian y le dejan la casa a la mujer. Y ahí van repartiendo mientras se van divorciando. Ministros y los que no son ministros. Y las diversiones y todo asegurado. Tienen todo lo que tienen y hasta tienen diversionismo ideológico.

Violeta González (Est. Medicina, HEC): Lo que es una lástima es que a tantos años, la frase se mantenga vigente.

Cadete Osmani Orta (ITM): Cuánto nos hubiera gustado a todos nosotros haber comenzado a rectificar errores hace muchos años, y haberlos rectificado en base a estas palabras del Che. No sólo son vigentes, sino que lo fueron en el momento en que empezaron a cometerse estos errores.

Humberto Ameijeiras (Residente Ortopedia y Traumatología, HEC): Es muy fácil vivir de, no para la revolución.

Lo necesario/Lo superfluo

Cadete Julio Figueredo (Est. Ciencias Sociales, EA): Se dice que un dirigente tiene ésto y tiene lo otro. Y, ¿ a quién se le va a dar? Porque en la sociedad socialista cada uno recibe de acuerdo a lo que produce. No es que yo lo justifique, porque a veces se ha sido demasiado benévolo…

 Y, ¿ dónde está el límite entre la justa retribución y la benevolencia excesiva?

Hubert Mac (est PT, vicepresidente SNF): No confundir el sistema de distribución en el socialismo, en que no todos pueden tener lo mismo, con esos que hacen una distribución irracional, despiadada, de los recursos, en beneficio propio.

 Habría que analizar si no sería mejor aumentar el salario de los dirigentes y suprimir las facilidades extrasalariales. Si un obrero gana 250 pesos, son 250 pesos, no más. Un dirigente puede que reciba 400. La diferencia, aparentemente, no es grande, pero a esos 400 se suman, en bienes y servicios (a los que no tiene acceso el hombre común en ocasiones a ningún precio) adquiridos en Cuba y en el exterior, el equivalente a varios sueldos más. Hay que lograr que el sueldo sea el sueldo real; y que las posibilidades, salvo excepciones muy excepcionales, sean idénticas para todos los ciudadanos. Y que con ese salario, desde el obrero más humilde hasta el más alto funcionario, todos acudan a las mismas redes comerciales a adquirir los productos que el estado puede poner a disposición de todos los ciudadanos.

David Mateo (est Periodismo, UH): Sin negar lo que realmente necesita el funcionario para su trabajo, pero sin exceso.

Talía Fung (Gimnasta, CP): No es igualitarismo, sino darle a cada cual lo que se merece y no más que eso.

Austeridad y principios

Sonia Castillo (est Periodismo, UH): Yo creo que un dirigente, y se supone que un dirigente en nuestra sociedad sea el más revolucionario, el más consciente, aunque tenga la posibilidad de obtener ciertos medios, tiene que plantearse en principio un modo de vida modesto, darle a sus hijos un modo de vida modesto. Debe tratar de que su modo de vida no supere el de su sociedad. Por un principio de austeridad en el gasto de los recursos, de las divisas del país, un comunista debe ser muy cuidadoso.

Bárbara Salgado (MINREX): No somos un país desarrollado. Entonces, ¿ para qué necesita alguien tres carros o una piscina? ¿ Para trabajar? Esas personas carecen de conciencia revolucionaria.

David Mateo (UH): No estamos en contra del aumento del nivel de vida, del nivel de consumo, pero de acuerdo a las posibilidades del país y hay que ver cómo.

Somos Jóvenes: La política de ahorro está bien concebida, pero mal distribuida.

Tania Reina (est PT, Emulación SNF): Hay que oir los comentarios de los estudiantes, las inquietudes de peso que tienen: por un lado aumenta el precio de la leche, se reduce la gasolina, se racionalizan miles de cosas, y los hijos de papá paseando, botando la gasolina. Y se sabe. Y seguimos con el *Ahorrando más tendremos más+. ¿ Hasta cuándo? Tienen razón en plantear lo que están planteando. Paseando, derrochando y racionalizándonos las cosas a nosotros. No importa, que sigan gastando, que nosotros después ahorramos.

Talía Fung (Gimnasta, CP): El pueblo es el que paga los diez centavos de la guagua, el que tiene más problemas ahora para ésto y para lo otro, y sin embargo ellos siguen andando en carro y dirigiendo la rectificación.

Fidel Castro: …porque si nosotros le estamos pidiendo al pueblo que se abstenga de determinadas cosas, si estamos estableciendo ciertos sacrificios (…) nosotros tenemos la obligación también de redoblar nuestro esfuerzo, nuestro trabajo, eliminar radicalmente todo tipo de privilegio, todo tipo de cosa que irrite a la población, todo tipo de cosa que implique malgasto y derroche…

No son todos los que están, pero son muchos

María Lilliam Hamilton (est SD, SNF): Esos casos son una de las cosas que más se ven ahora.

Cadete Osmany Orta (ITM): No son casos aislados. Quizás nos fijemos mucho más en los que lo ostentan, pero son muchos más los que lo tienen.

Ernesto González (est Ingeniería Construcción de Vías, ISPJAE): Son bastante abundantes.

Angel Torres (MINREX): Abundan dentro de los sectores con posibilidades.

Juan Carlos Pérez (UH): No se trata de atacar a un hombre en específico, sino a una capa, a una tendencia social.

El síndrome del Pino

Raúl Preval (est SD): Yo no entiendo cómo ese del Pino pudo hacer lo que hizo, porque una persona no puede cambiar en dos días. Eso se debe combatir temprano para que no se de el caso de que un dirigente se vaya.

Angel Torres (MINREX): Puede ser un hombre que haya tenido una historia muy grande, pero se va acomodando y le da el síndrome del Pino, el generalito ese.

David Mateo (UH): ¿ Hasta qué punto ese hombre, de principios débiles, fue condicionado por todas esas facilidades, para fortalecer una mentalidad burguesa?

José Martí: Sólo resisten el vaho venenoso del poder las cabezas fuertes.

Raúl Preval (SD): No darles tantos carros ni tantas cosas, que eso corrompe.

Iván Torres (est Periodismo, UH): Hay gente que llega a ciertos cargos, a cierto nivel, y aprovecha para enriquecerse, para acomodarse, y hay quienes buscan el cargo por las condiciones materiales que el cargo ofrece. Y si pierden esas condiciones materiales, pierden esos bienes, pierden los principios. Porque para ellos los principios son esos bienes.

José Martí: No hay viles mayores que los que miran exclusivamente los intereses de la patria como medios de satisfacer su vanidad y levantar su fortuna.

Cadete Heriberto Suárez (ES): El hombre vive a veces de apariencias y no hay que olvidar que el hombre piensa como vive. Los hay que hacen el papel de comunistas dentro de una oficina, y cuando salen de la oficina tratan de aprovecharse.

Cadete Caballero Pérez (EA): En la medida en que un comunista se acomoda, deja de serlo.

Cadete Miguel Angel Orta (est Ineniería Sistemas Automatizados, ITM): El partido tiene que ser extremadamente vigilante y extremadamente exigente con los cuadros.

Tania Reina (PT, SNF): Hay que revisar a todo el mundo, porque lo mismo que pasó con ese hombre puede pasar con cualquiera.

Estrella del Sol (Técnico, HEC): Durante los sucesos del Mariel, ¿ cuántos tapaditos se fueron? Y creo que quedan todavía tapaditos que si Fidel abre otro Mariel, se van.

Prestigio hereditario

Adlin López (est SD, Divulgación SNF): Hay padres que sin estar ellos mismos tan desvirtuados, por su falta de atención y por sus posibilidades materiales, desvirtúan a sus hijos. Utilizan sus influencias para desvirtuarlos. Y sus hijos no saben el valor de lo que tienen. Son los primeros estudiantes que llegan tarde a los pases, que se les toleran indisciplinas en las escuelas, que hacen miles de cosas y se les toleran; porque si el padre tiene influencias convence al director para que no lo bote.

Tania Reina (PT, SNF): A mi pre le dicen *el pre de la nueva clase+. Allí se ve a los niños con los carros. Ya no tienen chofer. Son ellos los que manejan. Y el trasiego de videocasetes. Tienen tremenda influencia sobre el resto de los jóvenes. Van captando. Se convierten en líderes por obra y gracia de su posibilidades. Son los bárbaros.

Ernesto Che Guevara: Si un hombre piensa que para dedicar la vida a la revolución no puede distraer su mente por la preocupación de que a su hijo le falte determinado producto, que los zapatos de los niños estén rotos, que su familia carezca de determinado bien necesario, bajo este razonamiento deja infiltrarse los gérmenes de la futura corrupción.

Adlin López (SD, SNF): En los pre militares es donde más se emplea la influencia de los padres, y en esas carreras también. Hemos tenido preuniversitarios donde se ha dicho abiertamente: *Todo el mundo tiene que solicitar carrera, hasta aquellos a quienes sus padres se la van a conseguir+ (en un matutino donde están todos los estudiantes, sin tapujos). Como si eso fuera lo más normal de la vida.

David Mateo (UH): Como un muchacho que había en mi pre, en la Isla: el padre lo mandaba a recoger en un patrullero. Se iban todas las semanas, él y sus amigos, y era una bachata lo que armaban en el patrullero aquel.

Hubert Mac (PT, Vicepresidente SNF): En las carreras del MES la cosa está ya bastante controlada, pero en esas en las que nadie sabe cuál es el método de selección y todo es muy secreto, abundan más esas cosas.

Adlin López (SD, SNF): Hasta uno me decía: Aquí la policía no hace nada cuando los hijos de los dirigentes arman su bachata y tiran sillas en los cabarets, porque si tratan de prenderlos, los muchachos les dicen: *Conmigo no quiero problemas, que yo soy el hijo de fulano+. Y el policía no lo coge preso, porque si lo cojo ──piensa── el padre llama a mi jefe y me truenan a mí. Y es así. Se ven atados. Pero si es conmigo, me lo llevo preso aunque me truenen.

Modesto Font (Tornero, CA): Yo vivo en el Reparto Eléctrico y allí los hijos de los altos oficiales hacen lo que les da la gana. Y la policía no hace nada, porque cuando uno los denuncia te dicen: No. Ese es hijo de un coronel.

Nieves Toledo (UH): Las hijas de Jaime Crombet se visten como todos nosotros, comparten con todos nosotros. ¿ Por qué unos sí y otros no?

Orlando Alfonso (est Ingeniería Hidráulica, ISPJAE): Esos hijos de altos dirigentes que son modestos y normales como cualquiera de nosotros, son la excepción, no la regla, aunque en el contexto de los demás jóvenes son minoritarios esos *hijos de papá+ (la expresión peyorativa se refiere a la regla, no a la excepción).

Fidel Castro: Y tenemos problemas, pero no juzgo a la juventud por cuatro gatos, no juzgo a nuestra juventud por unos cuantos descarriados, en los cuales ha influido todo tipo de factores, entre ellos, familiares.

José Raúl González (est Ingeniería Hidráulica, ISPJAE): Y esos después no le van a dar nada a la revolución, porque están acostumbrados a recibir, no a dar.

Marta Teresa (est Periodismo, UH): Lo del prestigio es muy importante, porque a veces en Cuba heredamos el prestigio, y el prestigio no se hereda. Cada cual está en la función social que le pertenece. Cada uno debe recibir el prestigio que se gane con su trabajo.

Ernesto Che Guevara: Nuestros hijos deben tener y carecer de lo que tienen y de lo que carecen los hijos del hombre común; y nuestra familia debe comprenderlo y luchar por ello. La revolución se hace a través del hombre, pero el hombre tiene que forjar día a día su espíritu revolucionario.

Y se reproduce

Tomás Pérez (Jefe de Vrigada de Mantenimiento Eléctrico, AA): Aquí se creó una Unión de Empresas y lo que se hizo fue crear más plazas administrativas: más burócratas, más dirigentes, más vivebien, más carros, con los mismos obreros. Más caciques para los mismos indios.

Justo Perera (Mecánico, AA): Ahora hay dos administradores, dos jefes de producción, dos jefes económicos, y se sigue produciendo lo mismo, o cuando vengas a ver, menos.

David Mateo (UH): ¿ No estaremos formando funcionarios, diplomáticos que adolecen de esos problemas y traen esa mentalidad?

Juan Carlos Pérez (UH): Algo que ha afectado la rectificación es la política de cuadros. Aunque de eso se ha hablado en todos los congresos, a veces nos preguntamos: ¿ Y si quitamos a éste, a quién ponemos? ¿ Acaso estamos formando realmente los cuadros que el país necesita? ¿ No estaremos rotando cuadros sin condiciones de un puesto a otro?

Fidel Castro: Hay que cuidarse de la tendencia de los hombres a sentirse demasiado importantes, a sentirse imprescindibles, a sentirse insustituibles.

Subversión de valores y otras consecuencias

José Martí: Es inútil y generalmente dañino, el hombre que goza del bienestar del que no ha sido creador: es sostén de la injusticia, o tímido amigo de la razón, el hombre que en el uso inmerecido de una suma de comodidad y placer que no están en relación con su esfuerzo y servicio individuales, pierde el hábito de crear y el respeto a los que crean.

Marta Teresa (UH): Yo creo que la cosa no es la tenencia de objetos, sino lo que esto provoca: el individualismo, apartarse del colectivo laboral. Ese que tiene lo que tiene se cree por encima de los otros. Y ese no puede ser el espíritu del hombre del futuro. Hubert Mac (PT, SNF): Eso tiene una marcada influencia en la formación de los jóvenes. Se ponen a discutir y no obtienen respuestas, no se explican la actitud de sus propios padres ni del ambiente en que viven. Y se van corrompiendo si no tienen a alguien al lado que les explique, que les aclare, y su propio futuro lo piensan ligado a estas cosas, y los adultos, a veces inconscientemente, y otras conscientemente, corrompen al joven.

Adlin López (SD, SNF): El otro día un profesor mío se paró en el aula y dijo: *Si esta es la joven generación que va a construir el socialismo, estamos muy chivados+. Sin contar que esos jóvenes se van al campo y trabajan como mulos, y que lo malo que tenga esa joven generación, se lo enseñó la vieja generación. Son un reflejo de lo que ellos son, y un dirigente corrompe a mil. A medida que van subiendo, hay que mirar más las condiciones de las personas, porque mientras más arriba, a más gente puede corromper.

Fidel Castro: …el ejemplo es una forma de aplicar la teoría, el ejemplo es una forma de educar a las jóvenes generaciones, tiene una importancia enorme. No puede estar en contradicción lo que se hace y lo que se dice. El ejemplo crea virtudes, crea espíritu revolucionario.

David Mateo (UH): A veces analizamos que la gente del pueblo está falta de un nivel de conciencia, de un nivel de exigencia, pero ¿ quiénes fueron los primeros que trajeron los videos, los tarecos? Fueron los altos funcionarios, y no los trajeros sólo como medios de trabajo para sus empresas, sino para sus hogares, como medios de recreo. ¿ Por qué no existe la conciencia de ésto a las más altas instancias de nuestros dirigentes? ¿ Por qué no ven que con esto están condicionando una actitud social, que es ya una generalidad y una generalidad preocupante?

Alexis Triana (UH): Creo que el principal problema no es la conciencia individual, sino que se nos han estado subvirtiendo los valores. El prestigio social hace años era ser un revolucionario sin tachas, y ahora, aunque no se lo haya propuesto el estado, el prestigio social empieza a convertirse en tener un carro, una gran casa, un video. Y eso es lo que me preocupa. No podemos darnos el lujo de caer en los errores en los que han caído otros procesos; porque se nos va creando una doble imagen: por un lado digo lo que tengo que decir, y por otro pienso y actúo de otra manera.

Fidel Castro: Se empezó a dejar de hablar a la conciencia del hombre, al alma del hombre, al corazón del hombre, al honor del hombre, a la vergüenza del hombre. Y se comenzó a hablar o a actuar casi como si el hombre exclusivamente tuviera estómago y no corazón.

¿Generalizar o especificar?

 ¿ Tú conoces casos concretos?

Cadete Guillermo Pablo Caballero (EA): Sí. Bueno, eso es algo muy delicado, porque tiene su doble sentido. Se está jugando con el prestigio de un dirigente.

 La propia definición del Che invalida esa prevención. ¿ Puede un contrarrevolucionario tener prestigio? ¿ En qué medida ese dirigente que se ha apropiado de los bienes producidos por el pueblo, que se acomoda, que se aburguesa, tiene prestigio? ¿ No estaremos usando mal la palabra prestigio? Es el caso que esta prevención fue reiterada por varios de los entrevistados, a pesar de lo cual ofrecieron numerosos casos concretos, con nombres y apellidos.

Iván Torres (UH): Tienes que ir a casos muy concretos. No es ocioso para la prensa particularizar.

¿Y la prensa qué?

Fidel Castro: Estoy convencido de que no nos debilita que lavemos los trapos al aire libre (…) estoy convencido de que lo que nos asfixia, nos infecta, nos ahoga, es no lavar nunca trapos sucios por el temos a que el enemigo se entere allá en Miami (…) debemos usar la prensa en esta batalla (…) Esto va a generar más presión y yo creo que hace falta más presión sobre los cuadros, sobre los organismos, sobre los ministros, sobre los cuadros políticos, sindicales, administrativos, todos. Porque falta presión. Si existiera más presión, yo creo que habría menos errores. Se supone que hay presión (…) pero los problemas aparecen ahí constantemente, muchas veces demoramos hasta meses en enterarnos de que un problema ocurre. Todo esto va a generar más presión, va a generar amargura, va a generar incluso injusticia, va a generar incomprensiones, va a generar interpretaciones erróneas, superficiales, de todo eso, porque yo no veo otra manera (…) de que nosotros empecemos a emplear la prensa de un modo más eficiente y que no se originen algunos de estos problemas (…) Ningun enemigo nos va a criticar mejor de lo que nos criticamos. Porque nosotros sabemos mejor que nuestros enemigos dónde están nuestros problemas.

Iván Torres (UH): Todo el mundo lo sabe, pero nadie lo plantea, todo el mundo está esperando que se abra algo, y ese algo tiene que se la prensa.

Sonia Castillo (UH): Ni siquiera en nuestra prensa se ha planteado hacer una denuncia sin cuartel, como la del Che, en la sociedad cubana actual. El papel de la prensa en ésto es decisivo. Alguien tiene que romper este silencio.

Nieves Toledo (UH): Eso ha sido una política trazada por el partido para el trabajo de la prensa, pero a veces los periodistas no la llevan a cabo.

Alexis Triana (UH): Hay que fortalecer el papel de la prensa, pero ¿ hay alguna legislación que nos ayude a hacerlo? Hay documentos, palabras, discursos, pero cuando te vas a batir estás solo contra los demonios, que son, por otra parte, los que están viviendo bien.

Alex Fleites (est Ingeniería Hidráulica, ISPJAE): Que se publique, que se denuncie públicamente, porque a veces ocurre que los truenan y uno se entera por la calle, a través de chismes. Debían publicarlo. No se publica, y uno piensa que se apaña a la gente.

Elegir, revocar y otros mecanismos

Sonia Castillo (UH): Que las masas tengan más participación en la elección de los dirigentes, una apertura democrática más amplia.

Alexis Triana (UH): No es apertura democrática, sino aplicar los mecanismos democráticos que están establecidos con una mayor participación de las masas en la tarea de elegir y revocar a los dirigentes.

Pelayo Terry (UH): Pienso que el mecanismo está malo o su aplicación. ¿Qué mecanismos tiene el pueblo? ¿ Pararse en la Asamblea del Poder Popular y decirlo, para que dentro de seis meses, cuando lo reiteres, te respondan que eso ya se dijo, que está elevado, o que la respuesta es que el dirigente siguió donde mismo?. Si es así, estamos muy chivados.

Tomás Pérez (AA): Uno eleva los problemas en la asamblea y te dicen: Está elevado. Pero está elevado ¿ hasta dónde? Porque no vemos bajar las medidas. Y se crea descontento. Y eso de fomentar el descontento es contrarrevolución.

Cadete Heriberto Suárez (EA): Que la conciencia política funcione.

Fidel Castro: ¿ Con qué se defendió la revolución? Con la ideología, con los principios, con los valores morales.

Lourdes García (MINREX): El dirigente tiene que nacer de la masa trabajadora hasta que llegua a ocupar el cargo.

)Pasar la cuchilla o pasar la mano?

Orlando Alfonso (ISPJAE): Hay que apelar a la conciencia, al trabajo político.

José Raúl (ISPJAE): Hay que pasarles la cuchilla.

Angel Torres (MINREX): Hay que destituir.

Alex Fleites (ISPJAE): Hay que tronarlos.

Fidel castro: Si vemos que alguien está desviando recursos, no podemos hacernos cómplices de ese hombre tolerándolo.

Lourdes Medina (Gimnasta, CP): Hay que eliminarlos, rectificarlos, acabar con ellos.

Liborio Pérez (Mecánico, PTR): Y a los que metan la pata, que los boten para abajo, no para arriba; porque tú ves que a uno lo truenan allá y aparece aquí, y al que truenan aquí, aparece allá.

Tomás Pérez (AA): Y suceden las cosas y siguen los mismos dirigentes en el mismo lugar, y siguen paseando en carro, y eso es lo que dicen por ahí: *Que el dirigente ni se crea ni se destruye, sólo se traslada+

Cadete Osmany Orta (ITM): El problema es actuar y actuar tajantemente, partiendo de la línea política del partido. Ir creando consciencia, pero el partido tiene que tomar medidas serias, drásticas. La conciencia se logra tomando medidas.

Nieves Toledo (UH): Cuando la gente dice que hay que quitar al dirigente, no lo quiere destruir como hombre, porque hay confianza en el hombre y en sus posibilidades de rectificar.

José Martí: Tengo fe en el mejoramiento humano, en la vida futura, en la utilidad de la virtud.

Nieves Toledo (UH): Pero si fallaste, tienes que empezar a ganarte el prestigio desde la base, ahí, con los obreros. No es pedir sangre, ni que se forme la debacle, sino que el hombre vuelva a ganarse el prestigio en la base, y en muchas de nuestras organizaciones políticas y de masas eso no se entiende, y nos juzgan de hipercríticos.

Fidel Castro: Nosotros no queremos hacer una Revolución Cultural, no queremos resolver los problemas mediante métodos extremistas ni lanzar las masas contra los responsables de tales hechos irritantes. Estoy, sin embargo, convencido de que las masas, organizada y disciplinadamente, son las que pueden ayudar a ganar esta batalla, y entre las masas, la masa de nuestro partido y de nuestra juventud comunista.

Rectificar hacia arriba

Osmany Orta (ITM): Estamos rectificando errores, pero esos errores los hemos ido cometiendo nosotros y se han ido enraizando.

Liborio Pérez (PPR): Un trabajador comete una violación y un administrador comete la misma violación, y las medidas que se aplican no son proporcionales.

Tomás Pérez (AA): Aquí cuando se vayan a tomar medidas enérgicas, que no sea sólo con el obrero, con el que está abajo, sino a todos los niveles y a todas las instancias, para que sirva de ejemplo. Porque no puede ser: el obrero patina y lo encienden, y vuelve a patinar y lo vuelven a encender. El dirigente no. Ese si patina, cuando más lo dejan resbalar un escaloncito y enseguida lo mueven horizontalmente. Son especialistas en patinaje.

Liborio Pérez (PPR): Hay que buscar una solución para que el partido, la juventud, el sindicato, no se hagan cómplices de los problemas.

Fidel Castro: …ha habido falta de combatividad, es verdad, entre militantes del partido y de la juventud.

Alina Rodríguez (Control de Personal, MINREX): Hay que rectificar, no sólo de abajo hacia arriba, sino de arriba hacia abajo también. Fidel Castro: …lo que debemos es llevar a cabo una lucha sistemática, seria y tenaz, presionando de arriba hacia abajo, (y de abajo hacia arriba también!, con mucha fuerza.

 La primera forma de rectificar es quitar a quienes no son idóneos para sus cargos, por cualquier razón que sea; incluso algunos de los que están rectificando y que a su vez cometen estos errores.

Talía Fung (CP): No se está rectificando severamente a esas personas. Les hacemos concesiones.

Fidel Castro (Al PCC en Ciudad Habana): …La gente hará lo que ustedes hagan, se comportará como ustedes se comporten. Creo que esa es el arma fundamental del partido: la conducta del cuadro, la conducta del militante, la conducta del dirigente.

Talía Fung (CP): Hay gente que con su cargo se ha ganado muchas cosas: casas enormes, carros, videos. No entiendo cómo alguien así preconice la rectificación. Yo no sé hasta qué punto algunas de esas gentes han renunciado a esos bienes en este proceso de rectificación. Deben comenzar rectificando en si mismos, pero se ha comenzado a rectificar desde abajo.

Fidel Castro: Hay que rectificar los errores, y hay que rectificar los errores que cometamos en la rectificación de errores.

Algunos prefieren no quemarse

o

¿Quién le pone el cascabel al gato?

Bárbara Salgado (MINREX): Eso estuvo sucediendo durante mucho tiempo, pero no nos dábamos cuenta. O, si nos dábamos cuenta, mucha gente no tenía el valor de decirlo.

Angel Torres (MINREX): Quienes lo decían eran los que se quemaban. Después, otros tomaban el ejemplo: Yo no digo nada; mira lo que le pasó a fulano, que se quemó ──esos eran los comentarios de pasillo. Todos sabíamos lo que estaba sucediendo.

José Martí: Los hombres aman en secreto las verdades peligrosas, y sólo iguala su miedo a defenderlas, antes de verlas aceptadas, la tenacidad y el brío con que las apoyan cuando ya no se corre riesgo en su defensa.

Angel Torres (MINREX): Tuvo que llegar a oídos de Fidel y que nos convocara al proceso de rectificación para, apoyados en él, atacar ésto con firmeza. Escudados en esos cargos hacen que quienes se enfrentan a las debilidades que ellos tienen, son los que pagan los platos rotos.

Nieves Toledo (UH): Existe el criterio: Para qué lo voy a decir si todo sigue igual y nada se resuelve. Pero si cada uno adopta esa actitud pasiva, nada se resuelve. Se resuelve en dependencia de la agresividad que adoptemos frente a ello.

Sonia Castillo (UH): Me preocupa el espíritu acrítico ante lo mal hecho, me preocupa el respaldo social de que carece el que denuncia un hecho de ese tipo. Esa persona prácticamente se queda sola, porque nadie quiere quemarse.

Somos Jóvenes: El problema es quemarnos todos juntos.

Alina Rodríguez (MINREX): En este momento no es tan fácil quemarse. Acuérdense que estamos en el proceso de rectificación.

Hubert Mac (PT; SNF): Hay que trabajar con la verdad, pero hay verdades que están claras y falta una medida de más arribita que acabe de resolver esas cuestiones.

Fidel Castro: …tenemos que estar en todas partes, tenemos que ver todo lo que está ocurriendo, tenemos que combatir todo lo mal hecho que veamos por todas partes…

Juan Carlos Pérez (UH): Los responsables de esto hemos sido todos, pero una mayor responsabilidad recae en el partido y en las organizaciones centrales del estado. Si vemos que los que están allá arriba disfrutan de todo eso, tenemos que pensar que eso se conoce, que está siendo protegido, porque si lo vemos nosotros, ¿ cómo allá arriba no se va a ver?

Cadete Heriberto Suárez (EA): Es al estado al que le compete solucionar eso, porque tiene las vías, los mecanismos, el derecho de hacerlo, porque representa los intereses de todos nosotros y un papel esencial lo jusga el partido. Pero no podemos tampoco sentarnos a esperar. Hay que plantearlo por todas las vías.

Cadete Miguel Orta (ITM): Es una actividad principalmente del partido.

Juan Carlos Pérez (UH): El problema está en los poderes de decisión. El partido y las organizaciones centrales del estado, teniendo ese poder, no han asumido todavía una política vigorosa, tendiente a cambiar radicalmente esta situación.

Justo Perera (Tornero, AA): El estado debe tronar a la gente para que el próximo diga: *Déjame cuidar ésto, porque ya tú sabes…+

Este artículo debió salir en el número de Somos Jóvenes de octubre de 1987, pero fue censurado definitivamente, al igual que el resto de los contenidos de ese número que, ya impreso, fue destruido y sustituido por otro armado a toda prisa con materiales fríos de archivo.





Fraude, ¿académico?

29 09 1987

A 280 estudiantes

entrevistados se les formuló la

siguiente pregunta: ¿Alguno de

ustedes no ha cometido nunca

fraude durante su vida

estudiantil? Los 280

admitieron haber cometido

fraude alguna vez. No hubo una

sola excepción. Pero ¿es el

fraude académico sólo fraude

académico?

El robo es tan viejo como la propiedad privada y el fraude académico es tan viejo como la enseñanza, pero siempre existió una relación de contrarios entre el poseedor de bienes y el ladrón, entre el maestro que pretende comprobar los conocimientos adquiridos y el alumno que pretende demostrar conocimientos no adquiridos. ¿Qué ocurre cuando esta situación se altera?

Reflexionemos sobre algunos hechos ocurridos en nuestra educación entre 1971 y1985.

Métodos tradicionales

Un alumno mira disimuladamente hacia la prueba de otro, extrae un chivo, comprueba por el libro, o la muchacha de más allá revisa con cuidado sus muslos tatuados de fórmulas. Son métodos tradicionales del fraude académico que no es, como frecuentemente se dice, un rezago del pasado, sino un fenómeno negativo que tiene, en nuestra sociedad,

Causas objetivas

Muchos aún recuerdan la anécdota de aquel profesor que en el capitalismo se refería a un alumno que cometía fraude: “Para qué lo voy a suspender. A ese lo suspende la vida.” Efectivamente, si el alumno procedía de una familia sin dinero o influencias, la vida lo suspendería indefectiblemente. En ningún negocio o empresa el dueño lo contrataría sólo por el título, si sus conocimientos no reportaran ganancias. Y si procedía de una familia pudiente, el título sería mero adorno. Su futuro estaba garantizado. En nuestro país, en cambio, se asegura empleo a todos los graduados de especialidades medias y superiores y, por otra parte, el índice académico es fundamental para optar por una carrera universitaria. Por tanto, el sistema compulsa al estudiante a luchar, más que por los conocimientos, por la nota o el título. Puede que, al final, la vida lo suspenda, pero muy a largo plazo. Mientras, pueden obtener promedio y título, trabajo y salario. He ahí las causas objetivas. Sin embargo, este fraude tradicional es el menos bochornoso. Grave fue que la práctica del fraude contó con la participación activa de parte del personal docente que fumaba mirando por las ventanas, salía del aula, copiaba las respuestas en la pizarra, las dictaba, ofrecía repasos, cuestionario en mano, el día antes, para que al siguiente sea ese mismo cuestionario (qué casualidad) el que se examinara. O vigilaba en la puerta mientras un alumno aventajado respondía el examen a sus compañeros. En tales casos no hacía falta emplear los métodos tradicionales, porque ya la ejecución de la prueba era un fraude.

Se llegó a casos extremos, como el que nos narró Víctor Campanioni, estudiante de Matemática: “En el curso83‑84 en el pre Juan Manuel Márquez de Güira de Melena, las respuestas a la prueba de Física 12 grado, que habían sido enviadas por la nación, las dieron los profesores por el audio de la escuela”. Idéntica información nos fue suministrada independientemente por una estudiante de Microbiología.

¿Por qué?

Para buscar el por qué de esta anómala situación, hagamos un poco de historia.

Desde 1962 a 1971, la promoción se elevó a razón de 0,6% anual en Secundaria Básica, lo cual es lógico si consideramos el aumento en el nivel de vida de la población, el acceso de todos a la enseñanza, las mejoras en los índices de retención, el aumento de la calificación profesoral, de los recursos destinados a la enseñanza y el perfeccionamiento de los planes y programas. Hasta ese momento, la masividad sin precedentes en primaria no había provocado incrementos espectaculares en la promoción, pero sí en la calidad de la preparación de los estudiantes. ¿Qué ocurrió entre 1971 y 1975? En lugar del modesto 0,6% anual, durante este lapso la promoción se elevó once veces más, es decir, 6,9% anual. Si esto hubiera sido un producto lógico de la atención prestada a la educación en los años precedentes, ¿por qué ocurrió precisamente en la enseñanza secundaria y no en la primaria, a la que se había concedido hasta ese momento mayor atención por razones obvias? ¿Por qué el fenómeno se inicia precisamente en las ESBEC, escuelas experimentales y donde una gran parte del profesorado eran estudiantes sin experiencia profesional? ¿Por qué precisamente en ese momento? Sólo entre los cursos 70‑71 y 71‑72, la promoción se eleva en secundaria un 13%. Si consideramos exclusivamente las ESBEC, su promoción en el curso 72‑73 es 31,4% mayor que dos años antes. En el curso 74‑75 ya la promoción de los IPUEC supera a la promoción de las ESBEC. Paulatinamente, la promoción de las secundarias y pre urbanos va alcanzando a la de sus homólogos rurales. Aunque la más espectacular es la promoción alcanzada por los institutos pedagógicos en 1976: 99,8%.

Síndrome triunfal

Cuando se crearon las primeras ESBEC, con la aplicación del principio de estudio‑trabajo, apareció lo que nosotros llamamos “síndrome triunfal”, es decir, la necesidad de demostrar que el nuevo enfoque era sustancialmente superior al anterior, y de ahí que los estudiantes no sólo recibieran una educación más integral, sino que en el plano estrictamente docente debían (tenían que) obtener mejores resultados.

Posteriormente, el síndrome contaminó a todo el sistema, cuya efectividad se quiso demostrar a toda costa, dado que las demostraciones cuantitativas parecen más convincentes que las cualitativas. Queda perfectamente demostrado que fue durante esos años cuando se produjeron los mayores incrementos en la promoción. ¿Cómo se obtuvieron esos resultados?

 Exigencia

Mayda (ISRI): El problema viene de que los directores le exigen a los profesores, porque a ellos les exigen los metodólogos, los directores municipales, y a ellos, los provinciales, y de ahí para arriba. Exigen cantidad, no calidad, y esto propicia el fraude.

Es decir, una cadena de exigencias a todas las instancias y que culminaba en el profesor. ¿Cómo se desarrollaba en la práctica? Veamos el desarrollo de esta “batalla por la promoción”.

¿Emulación o competencia?

En teoría, la emulación en el socialismo debe ser noble contienda por alcanzar mejores resultados, mientras la competencia capitalista sólo pondera los fines sin importarle los medios. ¿De qué medios se valió en realidad la emulación para alcanzar fines tan extraordinarios?

Aún en el Reglamento de Emulación de 1979 (el más antiguo del que posee copia el SINTEC. Los de la primera parte de la década del 70 ya no existen), se incluyen como índices:

1.1‑Compromiso de promoción (cualitativo y cuantitativo)

(El compromiso será dirigido a obtener resultados satisfactorios encaminados a superar los obtenidos en cursos anteriores)

Es decir, para cumplir se hacía necesario superar los resultados anteriores, aún cuando estos fueran de un 99%. Así aparecieron decenas de centros 100%, una promoción increíble y que violaba los principios estadísticos más elementales.

A partir del curso 82‑83 se hace hincapié en un “máximo de promoción con el máximo de calidad”. En 1974, Fidel alerta sobre la necesidad de elevar la calidad en la educación, y en 1978, José Ramón Fernández, ministro de Educación, enuncia que “Jamás trabajaremos por índices de promoción para reflejar una supuesta calidad de la educación”, pero lo cierto es que ya se habían establecido mecanismos de presión material y moral mediante las evaluaciones al personal docente y la emulación. Los resultados se medían por la promoción y de ellos dependían tanto la evaluación de un profesor como la de un cuadro a cualquier nivel. Promover. Promover cada vez más, pero

¿Cómo?

Se llegó a la tácita aplicación de que no hay método malo si los resultados son buenos (aunque nunca se formulara explícitamente de esa manera). Y, claro, profesor que promueve=profesor bueno / profesor que no promueve=profesor malo. Así de simple.

Kenya (Matemática): En la escuela Amistad Cuba‑Canadá, de Quivicán, no había fraude. Allí cambiaban al director por meses. Los estudiantes eran buenos, los mejores expedientes de cada secundaria, y los profesores también. Cuando la disolvieron (supongo que sería por la baja promoción) le echaron la culpa a los profesores y el director provincial dijo que en las otras escuelas para donde nos enviaban íbamos a aprobar, porque allí sí había buena promoción.

Maribel (ISA): En el pre de Lagunillas, en Cienfuegos, se dio a conocer una prueba de Matemáticas el día antes. La dio a conocer el propio profesor, que como casi no había dado clases, no podía asegurar la promoción.

Marlen (Vocacional Lenin): En mi escuela, la Raúl Suárez Martínez, de Boyeros, el director era exigente, pero todos los profesores copiaban las respuestas en la pizarra, o los más filtros hacían las pruebas completas y las copiaban en la pizarra mientras el profesor vigilaba.

Isabel (Matemática): Muchos profesores entraban antes de la prueba y decían: “No copien nada”. Y ahí mismo daban un repaso que era la prueba.

Dairis (estudiante de preuniversitario): Y está el caso del profesor que viene con la prueba y dice: Yo le voy a dar lectura a todas las respuestas. Ustedes tomen la idea central. Pero además, yo digo que es fraude poner una pregunta escrita fácil, para que todo el mundo apruebe, para asegurar promoción.

O calificar, como me comentó un profesor amigo, goma en mano, para enmendar errores y elevar promoción. O cambiar a última hora las claves de la prueba, de modo que valgan más las preguntas que un mayor número de estudiantes han respondido bien. O llamar al estudiante suspenso para que después de la prueba reconsidere sus respuestas y así apruebe. Y ese es el fraude más grave: el fraude institucionalizado, el fraude como sistema, que se hizo práctica habitual en la educación.

Los improvisados

A esto contribuía en cierta medida la existencia de numerosos maestros que ingresaron por coerción en los institutos pedagógicos, sin vocación ni conciencia de maestros y que carecían de la formación vocacional y ética que deben caracterizar a un educador.

¿Quién cuida hoy?

Amalio (ISRI): En el pre se sabe quién cuida cada prueba y si deja o no copiar. Oye, va a cuidar fulano. Hay que estudiar. A otros no les interesa.

Gladis (Matemática): Una vez cambiaron de improviso a uno suave por otro tenso y suspendieron como a diez.

Nunca fueron todos. Siempre hubo maestros que se negaron a las prácticas en uso, aunque todos los engranajes del sistema estuvieran dispuestos no a fomentar la actitud de estos maestros, sino la de aquellos que obtenían 100% sin importar los medios.

En el campo

Karina (ISPE): En el campo se da más el fraude que en la calle. Se roban las pruebas y eso.

Varios estudiantes coincidieron en referir las escuelas en el campo como aquellas donde más fraude se comete. Nadie podría afirmarlo absolutamente, aunque hay varios factores que podrían apoyar este criterio:

1. Fue en ellas donde comenzó la carrera por la promoción.

2. La masa profesoral es más joven y compuesta en buena proporción por los egresados de los Pedagógicos de que hablábamos anteriormente.

3. Todavía hoy presentan promociones sustancialmente superiores a las de sus homólogos urbanos.

 Venta de pruebas

Se han hecho públicos los procedimientos mediante los cuales, en un preuniversitario de la capital, se vendían las pruebas. Sucesos similares han ocurrido en otros centros docentes. Sin embargo, no es esa la tónica general del fraude. Si un estudiante recibe las respuestas o se le da un repaso de la prueba el día antes, ¿qué necesidad tendría de comprarla? Esto ocurre quizás en lugares donde se vela con mayor rigor por la moralidad del proceso educativo y donde profesores acomodados (hasta un nivel delincuencial) y alumnos habituados a un sistema de facilismos son capaces de acudir a cualquier expediente para obtener resultados sin esfuerzo.

Leyes e interpretaciones

Se han dictado resoluciones contra el fraude, se han establecido sanciones; pero ¿realmente contribuían el sistema emulativo y el promocionismo a sorprender un fraude?

Ante todo, eso traía como consecuencia que la escuela perdiera la condición de libre de fraude. Por tanto, descubrir un fraude iba en detrimento de la emulación. Más tarde era la condición de vanguardia la que se afectaba.

Nosotros investigamos un caso en el IPU Raúl Cepero Bonilla, vanguardia provincial. Una muchacha había sido sorprendida durante la prueba de Biología doce grado (curso 83‑84) con los muslos tatuados de fórmulas. La profesora, intransigente, la llevó a la dirección. El consejo entendió que se trataba de una intención fraudulenta. Dado que la resolución ministerial No. 244/80 permite esas sutilezas legales, se envió a la alumna a su casa, se le anuló la prueba y la aprobó en extraordinario. Actualmente, estudia en el Instituto Superior Pedagógico.

Asunto concluido: La escuela no perdió su condición de vanguardia y la alumna se graduará próximamente de educadora. Una solución salomónica (nadie se vio afectado), salvo por un detalle: ¿Y los principios ideológicos y morales que rigen nuestra sociedad?

Repudio al que repudia

En cierto momento, se hacían mítines de repudio a los estudiantes sorprendidos en fraude. Pero lo más terrible era que quienes más gritaban eran precisamente aquellos a los que aún no habían sorprendido. Es, si no peor, cuando menos más hipócrita que lo que ocurría en otros lugares.

En la escuela República Popular de Corea un estudiante denunció a otro por cometer fraude. El fraudulento fue expulsado (matriculó en otro centro). El que lo denunció fue obligado por sus compañeros a dormir en la azotea durante varios días hasta que pidió su baja.

En el curso 79‑80, en la ESBEC República Popular de Polonia, una estudiante elevó una carta denunciando el fraude que se cometía en la escuela. En lugar de investigar, la dirección provincial encomendó esa tarea al director de la escuela, que paró a la muchacha en el matutino y la hizo retractarse públicamente. El combate contra el fraude ha sido más de forma que de fondo y no es raro, dado el carácter institucional que adquirió el fenómeno en un momento, que hubiera cierto desinterés por eliminar definitivamente todas las manifestaciones de fraude.

Dairis (estudiante de preuniversitario): Si yo soy un estudiante normal y me quita el examen uno que comete fraude igual que yo, a ese lo acuso de descarado. A lo mejor se quiere anotar puntos porque le están haciendo el proceso para la Juventud o algo por el estilo. Si un estudiante tiene moral, no hay rechazo. Claro, se ve como algo excepcional, porque son muy pocos los casos que hay.

Demostración

¿Qué ocurrió durante las evaluaciones finales del curso 85‑86? Se han dado numerosas causas para explicar un descenso de 13,5% en los índices de promoción. Nos llamó la atención una que leímos en la prensa: “Los muchachos se sintieron muy solos durante la prueba”. ¿Es que acaso la evaluación no es un asunto personal que el alumno debe resolver solo? Claro, como no era eso lo que ocurría anteriormente, al eliminarse radical y súbitamente la “ayuda”, es decir, el fraude institucionalizado, el estudiante se sintió solo (y perdido). Bastó cambiar a los profesores —en algunas escuelas llegaron al extremo de encerrarlos en locales con llave— y velar por la moralidad del proceso evaluativo, para que el agua cogiera su nivel. Por lo demás, las pruebas no fueron sustancialmente distintas a las de años anteriores, y el trabajo de los docentes no pudo ser en casi todo el país peor que el de los cursos precedentes.

Entonces,

¿la culpa la tienen los maestros?

Se ha hablado quizás demasiado de la culpabilidad de los maestros. Ahora bien, en esto no puede haber un único culpable. Hay una cadena de culpabilidades que arranca de los funcionarios a todos los niveles y concluye en los alumnos, y el orden de culpabilidad y responsabilidad es descendente. El alumno es el menos culpable, dado que los niños no nacen formados, y si adquieren hábitos socialmente negativos hay que buscar en quienes los forman (no sólo padres y maestros, sino la sociedad en su conjunto) la fuente de esas conductas.

Orestes (ISRI): No es que los muchachos vengan malos. Es un problema de formación. Y la escuela no es un centro de promoción, sino de formación. Es una inmoralidad.

Lo cual no exime de responsabilidad a los alumnos que admitieron y disfrutaron las comodidades de este fraude institucionalizado.

El maestro fue el instrumento mediante el cual se llevaba a la práctica el sistema promocionista, bien fuera compulsado, o gracias a una actitud sumisa a las directivas de las instancias superiores, o por efecto de medidas que en ocasiones llegaron a la separación del puesto de trabajo. O, simplemente, por comodidad, dado que un alumno cuya prueba será respondida no necesita recibir sólidos conocimientos y, por tanto, sólidas clases (que se veía eximido de dar). De ahí hacia arriba corresponde una cuota ascendente de responsabilidad, desde el director de la escuela hasta las más altas instancias del MINED, el SINTEC y quienes tenían la responsabilidad de velar por el adecuado proceso de educar a los jóvenes. Los funcionarios a todos los niveles exigían promoción a sus subordinados y, en el mejor de los casos, se volvían de espaldas para no saber los modus operandi mediante los cuales se obtenían esas promociones. Conocemos numerosos casos concretos de directores provinciales, municipales y de escuelas que se hacían eco de esa situación. Si solicitáramos a nuestros lectores referencias concretas, estamos seguros de que obtendríamos muchas más. Pudieran decir que no sabían lo que estaba ocurriendo, en cuyo caso le recordaríamos una frase de José Martí:

Gobernar es prever.

No saber lo que ocurre es un lujo que no se puede permitir quien dirige. Pero no sólo son responsables de esta situación los directamente relacionados con el proceso educativo, sino también los padres, los medios masivos de difusión y la sociedad en su conjunto.

Dairis: Nosotros vemos que las personas mayores son las primeras que están haciendo fraude en las aulas para alcanzar el noveno grado. ¿Qué podemos esperar de un niño cuyo padre comenta con la madre que se vio necesitado de cometer fraude porque a lo mejor su capacidad no es suficiente?

Oscar (ISRI): Los fraudes que se sacan en las revistas y otros no reflejan la realidad, como el caso del fotocuento del fraude que apareció en Somos Jóvenes.

Patricia (ISRI): En Nuestros hijos pusieron una cosa sobre el fraude: a un niño le dejaban de hablar porque había cometido fraude. Eso es mentira, y eso es lo que muestran a los padres.

Niurka (ISRI): El primer enemigo del socialismo es el formalismo, y eso ocurre en los medios de difusión y en la educación.

¿Es que acaso alguien podría ignorar que algo raro estaba ocurriendo?

Entonces no leía los periódicos, que en la década del 70 reportaban decenas de escuelas con 100% de promoción, e incluso el caso de la Carlos Liebknecht, que hizo dos cursos seguidos con el 100%, y en el curso 71‑72 sólo un muchacho con una asignatura asistió a extraordinario. El aire del campo no produce mutaciones instantáneas en las neuronas y eso lo sabe cualquiera sin ser especialista en educación.

Fraude, ¿académico?

Fraude m. (lat. fraus, fraudis). Engaño, acto de mala fe, cometer un fraude (Nuevo Pequeño Larousse Ilustrado, p. 455)

A falta del diccionario de la Real Academia, damos por buena esta pequeña definición ilustrada. No es sólo fraude lo que hemos citado arriba. Es fraude también (y peor) el sistema promocionista que compulsaba al profesor, a todos los funcionarios del sistema educacional, a fomentar, practicar, permitir, o cuando menos “ignorar” el fraude masivo y generalizado.

Es fraude vanagloriarse de cifras que no son fiel reflejo de la calidad alcanzada, el fraude “ignorar” todo esto en nuestros medios de difusión y sustituirlo por loas triunfalistas e idílicas. Es fraude el sistema de inspecciones avisadas que permite al director de una ESBEC aleccionar a sus alumnos:

“Cuando venga la visita y yo pregunte, me levanta todo el mundo la mano: el que sepa, me levanta la derecha, y el que no sepa, me levanta la izquierda”

Es fraude también el certificado médico “por razones siquiátricas” que consigue el estudiante universitario cuando desea evadir su separación por insuficiencia académica. Y no porque dudemos del equilibrio mental de algunos estudiantes, sino porque es imposible que el 50% de los estudiantes enfermos en el curso 84‑85 tuvieran problemas de los nervios.

Y todo esto es reflejo de un fraude mayor, un fraude que tiene lugar en la vida cotidiana, no sólo cuando el adulto copia de otro para alcanzar el sexto o el noveno grado, y no puede, por tanto, ser ejemplo para sus hijos, sino también cuando ese adulto disfruta ilegalmente bienes del Estado, o cuando cumple sus planes formalmente, sin calidad, o cuando aprovecha su posición para lucrar, obtener prebendas y erigirse en tiranuelo de bolsillo a costa de Liborio y en nombre de la Revolución que invoca constantemente. Todo esto es fraude, como lo es reportar en cualquier actividad cumplimientos que no se han cumplido. Y es fraude que ven los  jóvenes y adolescentes, que no viven sumergidos en una cápsula de cristal, porque educación es más que instrucción, y es más difícil formar que promover.

Vale recordar las palabras de José Ramón Fernández, ministro de Educación, en 1978:“Sin lugar a dudas, todo el que cometa un fraude, lo promueva o lo silencie demuestra tener graves dificultades ideológicas”.

“¿Fraude académico?”; en: Somos Jóvenes, n.º 93‑94, La Habana, septiembre, 1987.





El Caso Sandra

29 09 1987

Un panadero se levanta muy de

madrugada para hacer el pan

nuestro de cada día. Cada pan

lleva la huella de su

cansancio. Una muchacha se

levanta al mediodía, y al

atardecer sale en busca de un

turista a quien venderse por

billetes con rostros de

patriotas desconocidos. A eso

se llama en el argot “hacer el

pan”. Es muy distinto el sabor

de ambos panes.

Sandra conoció a su padre a los once años. En ese momento, el que hasta entonces había sido un desconocido, se convirtió en un extraño. Aunque ella era la mayor de cinco hermanas, había pasado la mitad de su vida con una tía solitaria que le inculcó su filosofía de la autodefensa: “Aunque sea un varón. Si te da, coges un palo y se lo rompes en la cabeza. Para que te respeten, primero tienes que enseñar que tú sí no eres pan suave. Mira a tu madre: quince años con ese hombre, esperándolo (así sean tres meses o tres años) y lavándole los calzoncillos cuando regresa. Por eso yo vivo sola. A mí nadie me mangonea. Apréndete eso”.

Durante once años, Sandra vivió por temporadas con su madre, que no la dejaba salir a jugar, y menos juntarse con varones, porque el lugar de las mujeres es la casa y, además, tú tienes que ayudarme. Desde los siete lavaba los pañales de los más chiquitos y a los nueve aprendió a cocinarles el almuerzo cuando volvía de la escuela, porque la madre empezó a trabajar y no podía atenderlos. Cuando se barruntaba un regreso del padre, ella sabía que su sitio en la cama matrimonial sería ocupado, y que no quedaba ni más espacio ni más remedio que volver a la casa de su tía, en un pueblecito al oeste de la ciudad. Nadie se lo explicó. No hacía falta. A los once años, Sandra entendía demasiado y había cambiado nueve veces de escuela.

Sandra conoció a su padre gracias a que él fue amonestado en el núcleo del Partido por la falta de atención a sus hijos, y regresó a la casa más o menos definitivamente.

No la dejaban ir a la playa, a los cines por la tarde, a casa de las amigas, ni a las escuelas en el campo, para que pudiera atender a los más chiquitos y al padre cuando su mamá estaba enferma o trabajando. De los once a los quince años, Sandra se ocupó de todas las tareas domésticas, terminó el noveno grado y recibió unas cuantas palizas: por llegar tarde, por pedir dinero en la calle, por robar en una tienda, por ir a una fiesta sin permiso, por escaparse de la escuela para dedicarse en la biblioteca municipal a leer libros que muchas veces no entendía, o ver hasta tres veces seguidas la misma película, porque era capaz de transportarse al país del libro o al país del cine, donde no había que lidiar con la casa y las personas eran más comprensivas;. La segunda vez que robó, los padres no se enteraron. El policía que la detuvo dio varias vueltas por la ciudad con ella, buscando su casa, hasta que llegaron a una secundaria. Sandra le dijo que ella estudiaba allí, y la directora logró que se la dejaran, con el compromiso de que no reincidiría. Cuando el policía se marchó, la directora llevó a Sandra hasta un parque cercano, y estuvieron conversando durante dos horas. Aunque no estudiaba en aquella secundaria y nunca había visto a aquella mujer, y quizás por eso, le contó todo lo que llevaba por dentro, y quizás por eso también rompió todas las barreras de autodefensa inculcadas por su tía, y lloró por primera vez desde que tenía memoria.

A los quince años, el padre la sorprendió en el hueco de la escalera haciendo el amor con su segundo novio. O, al menos, eso supuso. La botó de la casa, a pesar de que ella, por lo nerviosa y asustada, aún era virgen. La segunda hermana ya tenía edad para hacerse cargo de la casa.

Sandra empezó a trabajar en un plan agrícola donde le daban albergue, comida y sueldo. Conoció a un hombre de 35 que la preñó cuando ella había recién cumplido los dieciséis.

El padre lo supo cuando ella ya había donado la sangre para su propio legrado, falsificando el nombre en la tarjeta de donante. Buscó al hombre y la esperó a la salida del hospital. De allí fueron directamente a la notaría. Sandra fue casada con el que todavía es (oficialmente) su marido, aunque nunca más lo ha vuelto a ver.

Regresó a casa de su tía y trabajó durante cierto tiempo en una fábrica. Conoció a Braulio, cuarentón, divorciado y subadministrador de una pequeña empresa. Durante el año que estuvo con él, Sandra cambió cinco o seis veces de trabajo hasta que él le consiguió en la empresa una plaza de cajera. Entre los dos falsificaban las firmas en las nóminas, aprovechando el pago a destajo, lo que les proporcionaba entre 400 y 500 pesos adicionales cada mes. Braulio era habitual del bar Venecia y a través de él Sandra aprendió a beber, a fumar (tabaco negro y marihuana) y conoció la existencia de la pornografía. Varias veces la incitó a establecer relaciones homosexuales con amigas que traía después de sus incursiones al Venecia. Durante ese año, Braulio pagó cien pesos a un vecino para que no lo acusara de mirahuecos. Conversaba mucho con Sandra sobre las cosas de la vida, y se interesaba por sus problemas. Ella comenzó a acostarse con otros hombres y salió embarazada. Aunque Braulio era estéril, le insistió en que se lo dejara. Estaba dispuesto a criarlo como si fuera de él. Sandra recogió sus cosas y se fue a vivir con el autor del embarazo. Se hizo su segundo legrado. Una semana o dos más tarde, el hombre la botó porque le faltaba un mes para casarse y tenía que arreglar la casa.

Entonces transcurrió un período que ella prefiere olvidar: comía a veces en casa de una amiga; otras, le prestaban dinero para la fonda. Se bañaba donde y cuando podía, y dormía en las funerarias o en las guaguas de recorrido largo —la 7, la 20, la 64—. Cinco o seis veces pernoctó en posadas con hombres ocasionales. Uno de ellos la dejó durmiendo y se fue sin pagar. Por la mañana, como no tenía dinero, accedió a acostarse con el posadero para que no llamara a la policía. Fue una de esas noches, en la funeraria de Infanta, cuando conoció a Teté, quien la invitó a su casa, le prestó ropa y le propuso que se quedara con ella el tiempo que quisiera. Durante una semana o dos, Teté fue tanteándola con mucha cautela, y el día que Sandra cumplió diecinueve, la invitó a un restaurant y le regaló un vestido. De regreso, bebieron hasta muy tarde y se acostaron juntas por primera vez.

Sandra empezó a frecuentar el parque de G y 23. Conoció a todas las amigas de Teté y se encargó de la casa mientras ella iba al trabajo. A veces se aburría de tanta soledad y se iba a pasear con alguna amiga reciente. Teté nunca le perdonó esas salidas y los altercados iban subiendo de tono a medida que transcurrían los días. Detenidas por escándalo público varias veces, después de una pelea especialmente violenta, Sandra fue encarcelada por lesiones. Pero Teté levantó la acusación antes que la procesaran y fue a esperarla a la salida de la estación con su brazo izquierdo enyesado.

En esos días, Sandra conoció a Adrián, un jinetero que controlaba a dos putas del puerto. Él le mostró las interioridades del ambiente. La adiestró en ligues de cabaret, cambio de dólares, frases claves para atraer clientes en varios idiomas, compra en tiendas INTUR “Easy free Shopping”, coartadas para evitar actas de advertencia, mercado negro y sistemas de soborno a los guardas de hoteles.

Cuando hubo aprendido lo suficiente, le dijo bien claro a Adrián que ella sería independiente, y él se conformó con ser su punto fijo de cambio.

Aunque empezó a contribuir con su dinero a los gastos de la casa y no abandonó sus relaciones con Teté, la situación allí se hizo cada vez más difícil, porque la otra no soportaba sus incursiones nocturnas, y mucho menos que se acostara con hombres.

Cada noche salía a “hacer el pan” entre el Anfiteatro y la Avenida de Paula. Marinos recién desembarcados eran conducidos a casa de Tomasa, que alquilaba los cuartos por diez o quince dólares la noche, a cuenta del cliente. Los lances rápidos eran resueltos en alguna posada cerca de la terminal de ferrocarriles. Ganancia neta: diez a veinte dólares por noche (de 50 a cien pesos según el cambio). En el Parque de los Mosquitos conoció a Zaida Telegrama. Llevaba más de diez años en el ambiente y había adquirido una enfermedad venérea y dos hijos de un griego. Le contó sus empezares buscando a un extranjero que se casara con ella y la sacara del país, que el griego le había prometido, pero hasta ahora, nada; que estaba hasta aquí de todo eso; que no fuera comemierda, que ella tenía juventud y clase; que se comprara buena ropa y se fuera a hacer el pan, sin apuro, en los hoteles de primera. Que estaba cansada, muy cansada.

Cuando Zaida se suicidó, a sus veintiocho años, Sandra dejó el puerto y reservó una semana en Cienfuegos con sus ahorros. Allí, sola, lejos de Teté, lejos de la ciudad, reconsideró los consejos de Zaida.

A su regreso, Adrián le prestó los doscientos dólares que necesitaba y la conectó con un funcionario de cierta embajada que hizo las compras en una tienda para extranjeros: dos pares de zapatos, vestidos, dos blue jeans, blusas, pulóveres, pantalones Pierre Balmain, accesorios y cosméticos.

Tuvo la pelea final con Teté y se mudó a casa de Caridad La China, que trabajaba en la zona de Coppelia con el marido. El buscaba los puntos, principalmente españoles y mexicanos, y la recogía cuando terminaba. A veces trabajaban juntos, cuando los clientes eran parejas o grupos donde hubiera mujeres, homosexuales o pornógrafos. En esos momentos no les escaseaba el pan, porque en los nuevos grupos de turistas siempre venía alguien que iba a verlos o los telefoneaba, recomendado por viejos clientes.

Le propusieron unirse a ellos, pero Sandra siempre prefirió trabajar sola.

Se levantaba cerca de las cuatro y a las seis, perfumada, bien vestida, amueblada, se encaminaba hacia algún hotel exclusivo para el turismo internacional. A veces un carpetero avisado (y pagado) le suministraba los teléfonos de las habitaciones donde extranjeros solos, presuntos clientes, recibirían minutos después su llamada dándole a entender que era un error, pero que si por casualidad el que hablaba no era el español interesante de las sienes canosas, y que ella lo había visto, y que cómo no, ella estaría en el lobby y… Otras veces se sentaba en el lobby o entraba al bar. Leía una revista o bebía con aire de aburrimiento, mientras estudiaba con cuidado a los posibles clientes. Los más abordables eran los latinoamericanos y, en especial, los mexicanos, que preferían las rubias, los españoles y otros euro occidentales, adictos a las negras; los norteamericanos (escasos), y los africanos, pero a esos les temía por las enfermedades. La experiencia (y las lecciones de Adrián) le aconsejaban hombres de mediana edad, porque los jóvenes frecuentemente no tienen dinero y, por lo general, son tacaños con las mujeres. Los mayores de 60 viajan casi siempre acompañados, o son dados a achacar a la mujer los resultados de su decrepitud sexual, son difíciles de conquistar, susceptibles, irritables, muy escépticos con las motivaciones de la mujer. Porque el quid de la operación está en que no parezca lo que es. El ofrecimiento debe ser muy discreto, y la demanda, muy lastimera, solapada por una deuda a medio pagar, o lo triste que es tener un vestido rojo sin zapatos que le hagan juego, o cualquier otra historia más o menos televisiva. Primero, después de seleccionado el hombre, pedir un cigarro, la hora, o entablar de otro modo la conversación: Cuba, las ofertas turísticas, los lugares más interesantes de la ciudad. Si el hombre invita a cenar o a un trago, entonces se entra en una fase más íntima, de oferta y demanda. Si el pago es en especias, pasan primero por la tienda, efectúan la compra y después Sandra sube a la habitación. Al principio, bastaban diez dólares en el bolsillo del ascensorista. Cierta vez, ya en la habitación, un policía le tocó a la puerta y le pidió que bajara. Lo hizo, pero bien colgada del brazo del turista. En la recepción, el ascensorista la señaló: “Sí, es ésta”. Entonces el propio extranjero le dijo al policía: “Dígale que le hable de los diez dólares que tiene en el bolsillo”. El ascensorista no se había preocuparlo por esconderlo. Y fue preso.

Si el pago era en dinero, se acordaba el precio, que oscilaba entre 40 y 100 dólares. No menos. No más. Dos hombres se negaron a alcanzar cuarenta. Perdió esas noches, porque, de aceptar, habría sentado un mal precedente. También le ocurrió encontrar clientes más sabios, que dejaban el pago para el final y después la amenazaban con la policía.

Tuvo varios altercados con guardas de hoteles. En dos ocasiones le quitaron la compra. Otras, bastó con un obsequio, y una vez se acostó con el guarda. Por lo general, cuando quemaba un lugar, iba a hacer el pan en otro, de modo que un mismo equipo de vigilancia no la tuviera demasiado tiempo a la vista. En tres ocasiones, la detuvieron, y otras tres se libró gracias a la protección del turista, que comenzaba a protestar en nombre de los derechos humanos. Un italiano se montó incluso con ella en la perseguidora y logró que la liberaran en la estación de policía. Salvo una, ella evitó todas las actas de advertencia, porque era muy difícil acusarla de prostitución, a menos que hubiera denuncia, y eso era virtualmente imposible. Las tres veces fue detenida por el mismo policía, uno que cierta vez, en el Hotel Nacional, la llamó a un lado: “¿Por qué tú andas en eso? Eres joven, bonita, inteligente. Tienes todas las oportunidades. Mi hija es de tu edad. Se parece a ti. ¿Por qué?”. “Yo no estoy en nada”. “Eso díselo a otro”. “Oiga, usted la tiene cogida conmigo”. “No, yo la tengo cogida con eso en que tú andas”. “Pero yo no…”. “Mira, yo sé que Tormenta, Candela, La China y todas esas quieren irse del país y andan buscando a alguien que las saque, pero tú… ¿tú también?”. “Ni loca”. “¿Entonces? ¿Tú no te das cuenta, coño, de la imagen que estás dando de tu propio país? Eso me recuerda un refrán: El pato no caga donde come. Y tú estás cagando el lugar donde comes”. “Pero mire, policía, yo…”. “No me digas más nada. Sale de eso, porque si yo te veo, donde quiera que te vea, aunque te estés tomando un helado en Coppelia, te voy a meter presa y me vas a tener que oír. O tú sales de eso convencida, o sales por cansancio”.

Tres veces la detuvo. Al otro día tenía que soltarla.

Aquello de la imagen y del pato le recordó algo que le había sucedido con un francés que empezó a hablar mal de Cuba, de los cubanos. Cuando ella le dijo que no, que la sociedad, que no había pobreza ni mendigos, que la medicina y la educación…, él le respondió: “Mira quién habla: puta y comunista. Tú no te vendes por pesos ni por rublos. Tú te vendes por dólares, ¿te das cuenta?”.Se calló, pero nunca pudo olvidar aquella frase.

Cuando por alguna razón no podía subir a la habitación del cliente, lo llevaba en su taxi —ya para entonces tenía su taxista fijo, que le cobraba entre 20 y 30 pesos diarios— a 11 y 24, 2 y 31, o alguna otra posada donde hubiera buenos cuartos habilitados al efecto y sin cola, por veinte pesos libres de impuestos, más los gastos a costa del turista. A veces, sobre todo después que empezó a extenderse el SIDA, y cuando el cliente era sospechoso, efectuaba la compra y después de “daba línea”. Para eso el taxista tenía que estar bien avisado, y al final se le pagaba en especias: un pitusa, un juego de blúmer. Dar línea consistía en llevar al turista hasta algún sitio de la ciudad (“llegamos, es aquí”), y cuando él ya se había bajado, mientras le tendía la mano para ayudarla, arrancar en segunda dejándolo en la calle. El taxista, a su vez, podía darle línea a ella o amenazarla. Otras, el propio taxista vendía bebida a los extranjeros, marihuana, o prestaba otros servicios, siempre pagaderos en divisas. Había algunos que simultaneaban su trabajo con el jineteo.

Lo más peligroso eran los dólares: tenencia ilegal de divisa cuesta (costaba entonces) hasta ocho años de prisión. El mayor apuro lo pasó un día a la salida del Riviera. Dos policías intentaron detenerla para registrarla. Ella se tragó el billete de 50 dólares. Entonces dejó que la registraran. Ya no valía la pena. Por eso la entrega de los dólares siempre se hacía en el mismo hotel o muy cerca. Cuando no encontraba a alguno de los “puntos” que controlaba Adrián, le cambiaba al primer jinetero conocido que apareciera. A veces prefería un cambio más bajo, pero rápido y seguro, que andar con dólares por la calle. Cuando no le quedaba más remedio, se los introducía en el ano o en la vagina. El punto generalmente entregaba a otro en el baño y el otro era el que hacía la entrega afuera. A veces los dólares cambiaban cuatro o cinco veces de manos antes de llegar al que tenía el pasaporte falso para comprar, el contacto con el extranjero —que cobraba del 15 al 20%. El primer sistema ofrecía mayores ganancias, pero era más arriesgado.

Sandra seguía trabajando independiente; aunque esa independencia era relativa: 20 o 30 pesos diarios al taxista más la pacotilla de las líneas, de 20 a 40 pesos para entrar a cabarets por parejas o sólo para huéspedes. Entre 80 y 130 pesos mensuales por la habitación alquilada en casa de personas que a su vez servían de intermediarios en la bolsa negra, y que por algo más le dejaban traer los clientes a la casa; gastos de ropa y comida, porque ya, la invitaran o no los turistas, ella comía siempre en restaurantes y, con el tiempo, los gastos en bebida, que iban aumentando gradualmente.

En tres de las casas donde estuvo viviendo le robaron todo lo que tenía. No había reclamación posible. La tercera vez, pagó cien pesos a dos hombres para que apalearan al tipo. Casi lo matan. Aunque nunca llegó a la dependencia, como le ocurriría con el alcohol, compraba marihuana de vez en vez, que en ocasiones revendía a los turistas, aunque casi siempre era para su consumo. Probó el hachís por primera vez con unos franceses que conoció en el Floridita. Estaba bebiendo en la barra cuando la muchacha la invitó a su mesa. Su esposo y su cuñado querían que los acompañara esa noche a Tropicana. Después, durmió con el cuñado en el Riviera y, al día siguiente, se fue con ellos medio mes para Varadero. Por las noches se desnudaban, se engrasaban todo el cuerpo y compartían la cama y el hachís los cuatro indistintamente juntos.

Lo mejor era “instalarse”: un turista —varón, hembra, pareja o grupo— quedaba(n) complacido(s) con ella y la instalaba(n) en el hotel o en la Marina Hemingway, donde los controles eran menos rigurosos, de modo que se convertía en acompañante fija durante el tiempo que durara la estancia. Así vivió dos meses en el Riviera, un mes en el Capri, veinte días en la Marina Hemingway, y un mes y medio en casa de un matrimonio de diplomáticos euro occidentales, que ocasionalmente invitaban también a Javier Luis, estudiante de preuniversitario y lindo como una muchacha.

Durante ese tiempo conoció a Bobby, homosexual rentable; a María Luisa, cuya madre había intentado a toda costa salir del país y ahora le buscaba los puntos a la hija; al Dulce, que vivía de complacer la propensión a las aventuras tropicales de algunas turistas viejas y adineradas.

A Sandra y al Dulce los contrató un fotógrafo italiano a razón de 300 dólares per cápita, para una colección de fotos en colores.

Y conoció a Mercedes, una estudiante universitaria inteligente y simpática, que durante mucho tiempo se dijo su amiga, se puso su ropa, vendió alguno de sus pitusas y le sirvió de enlace telefónico con Mejías, un negociante español que instaló a Sandra tiempo después y del que ella aún cree haberse enamorado. Rompieron la amistad, porque Mercedes le pidió a Mejías, en nombre de Sandra, que estaba entonces en Varadero, un videocasete y un sistema estéreo. Después de eso, Mercedes nunca volvió a contestar al teléfono, hasta que un día su madre, ante la insistencia de Sandra, le dijo terminantemente que no la llamara más, que su hija no tenía nada que ver con putas.

Durante bastante tiempo, Sandra creyó que todo lo hacía por ahorrar para comprar la casa que nunca había tenido. Pero entre los gastos excesivos y los robos flagrantes o solapados, no era mucho lo que podía ahorrar. Poco a poco se fue dando cuenta que lo más importante era el gusto por el lujo, el gusto por el placer rápido, la buena ropa y todo lo que complaciera su hambre antigua. Por entonces, ya no le era fácil contenerse con la bebida. Dio varios escándalos en varios hoteles de donde la expulsaron varias veces. En ocasiones, ni siquiera cobraba, sobre todo cuando el turista le caía bien y estaba drogada o borracha.

Cierta vez se asuntó mucho: un turista de nacionalidad poco definible le dio a probar, en el cuarto 607 de un hotel, una marihuana muy fuerte (que quizás no fuera marihuana). Ella, enloquecida, casi se lanza desnuda por el balcón. El hombre la detuvo, la tranquilizó, y comenzó a hacerle preguntas y a grabar. Ella, aunque no poseía ningún dato confidencial de nada, se vistió como pudo y corrió, medio drogada aún, a contárselo a la policía. No supo nada más del asunto.

Otro día se asustó más: se encontró arrugas en las comisuras de los ojos y estuvo llorando sin parar hasta que se durmió. Dos días antes, La China se había dado candela en su cuarto de la Víbora. Tenía treinta años.

Ya no hacía el pan. Ahora era cabaretera. Bastaba la invitación a comer, los tragos y el hotel. Vendió algunas de las cosas que le quedaban y entonces Mejías la salvó instalándola en el Habana Libre. Él le hablaba mucho y la convenció para dejar la calle. Yo te apoyo, no te preocupes. Y cuando se fue, le dejó pagados cuatro meses en un cuarto del Cerro, dinero y algunos equipos para que los vendiera. Consiguió trabajo en un taller, pero no lograba llegar temprano casi nunca. Empezó a salir con un operario del segundo turno y le contó su vida a la compañera del sindicato, para que la ayudara. Ella le dijo que se haría lo posible y advirtió al operario la clase de punto que era Sandra. Pero lo peor fue que, después de algunas dilaciones, cuando por fin se acostaron juntos, Sandra no sintió nada. Le echó la culpa a él de no ser lo suficientemente hombre para hacerla sentir. Él hizo todo lo que pudo, hasta que le empezaron síntomas de impotencia. Entonces Sandra abandonó el trabajo y empezó a cambiar de hombre casi a diario; pero no sintió nada. Durante uno o dos meses volvió a hacer el pan, pero ya lo más importante no era el dinero.

Cuando acudió en busca de ayuda a una institución, la remitieron al sicólogo, que se encargó de hablar con ella tres veces por semana. Siguiendo sus recomendaciones, Sandra se fue de la ciudad, donde encontraba conocidos en cualquier sitio. Ahora trabaja como operaria en una línea de envases de cierta fábrica de la industria alimenticia, por ciento veinte pesos mensuales, y vive con un hombre que no conoce su vida, que no la escucha, que la desea pero no la ama. Un hombre que ella tampoco ama.

Ciertos fines de semana regresa a la ciudad, pasa la noche del sábado con viejas o nuevas amistades ocasionales en algún hotel, y el domingo se impone la obligación de regresar a sus ocho horas de trabajo y al hombre que le lleva veinte años, no bebe, no baila, la mantiene y con el cual tampoco siente nada.

Cree haber abandonado para siempre la prostitución, pero no está segura.

Sandra tiene ahora veintidós años. Aparenta treinta y cinco.

 

“El caso Sandra”; en: Somos Jóvenes, n.º 93‑94, La Habana, septiembre, 1987.

“Der Fall Sandra”; en: Konkret. Hamburg, Alemania. 9 de septiembre, 1988, pp. 36-41.

“Der Fall Sandra”; en: Cuba Libre, n.º 3, Köln, Alemania, septiembre, 1988. pp. 24-29.

“Der Fall Sandra”; en: Adelante Kuba!: Wege einer Revolution Edition Marxistische Blatter; Neuss, Alemania, 1989.