Andar la Sierra

29 12 1988

Andar los caminos de la Sierra Maestra es algo que puede comenzar una mañana de agosto en la terminal de ferrocarriles de La Habana: trasiego de mochilas, cajas de conservas, botas recién amanecidas después de prolongado letargo en el closet, pies sin curtir, manos hechas a lápices y libretas, ansiedad, silbidos de tren, sonrisas y buen viaje.

Puede continuar bajo el sol inclemente de Santiago de Cuba, por el Circuito Sur, en un ómnibus repleto hasta los hombros de mochilas y muchachos, bordeando la breve cornisa entre las montañas y el mar, en dirección a Las Cuevas, al pie mismo del Turquino.

Antes de la trepada, que nos conducirá por el firme de la Maestra hasta El Hombrito, comandancia del Che, acampamos junto al mar y nos apresuramos a nadar, es decir, a capear las olas en algo que no se sabe bien si es diversión o pelea con la violenta resaca de la mar que nos lanza de un lado a otro, como probando la resistencia de nuestros huesos para la prueba de la montaña.

Cuesta arriba

A las dos de la madrugada, se da el de pie.

Arrancamos por un camino ancho, en pronunciada pendiente, bajo una luna amiga que alumbra casi como un sol, con la ventaja de que no calienta ‑‑luz fría, dice alguien.

La peor parte del Turquino será esta arrancada, porque nuestros músculos, reblandecidos por las horizontales y el asfalto de la ciudad, por el hábito de moverse sobre cuatro ruedas, se asustan de estos caminos que no van para allá o para acá, sino para arriba. Antes de una hora ya hay rodillas resentidas, asmas inaugurales, bajones de presión y no llego, qué va, yo no sabía, esto es del carajo… Pero aquí está Polo Torres, el “capitán descalzo”, sierrero inclaudicable (más de 100 veces ha subido el Turquino), guía del Che en la guerra, cargando mochilas extenuadas, alentando, chisteando, sonriendo o conminando a los ponchados: “Aquí no se raja nadie, coño. Por donde entre el primero tenemos que entrar todos. Esta es la Sierra, carajo. Arriba. Arriba.” Y la columna, fraccionada, va reagrupándose loma arriba.

El Jíbaro, guía y cincopicos de los viejos ‑‑de cuando subir uno era tremendo por el escarpado y largo camino, como una prueba de fuego para iniciarse en el oficio de ser hombre‑‑, un cincopicos que hoy está subiéndolo por trigésimosegunda vez, en un desvío del camino nos indica: “Por aquí” ‑‑dos palabras que ahorran un kilómetro.

El Cuba

La ascensión al Pico Cuba termina a las once de la mañana para los primeros, y a las dos de la tarde para los últimos, después de una pendiente que no cesa, sorbos de agua hasta verle el fondo a la cantimplora y algún trago de vino o ron para reanimar el espíritu (por eso les dicen bebidas espirituosas).

Ya han quedado atrás la aguada de La Majagua, la Loma del Caldero, el Paso del Cadete ‑‑que se fue barranco abajo una noche de lluvia‑‑, cuando nos adentramos entre coníferas frondosas, fresas silvestres, ciprillas (barriles para los lugareños), helechos arborescentes, gladiolos y gardenias que pueblan los alrededores de la antigua estación botánica, casi en la cima del Cuba (casi en la cima de Cuba), donde pasaremos la noche.

A falta de algo mejor, nos conformamos con el agua estancada, llena de larvas de mosquitos, que duerme en algunos charcos limosos. Sólo más tarde, San Pedro nos obsequiará un torrencial aguacero con que llenar las cantimploras y las gargantas.

Al final de la tarde, después que las nubes se deshacen en lluvia, queda abierto el paisaje hasta la costa, la testa del Turquino, coronada espumas, como un silencioso animal de piedra con sombrero.

La noche discurre entre luciérnagas y estrellas heladas a 1800 metros sobre el nivel del mar.

El Turquino

El Paso de las Angustias (que no angustia a nadie) es el puente que une al Cuba con el Turquino. La ascensión es casi dulce, en comparación con la dura jornada del día anterior, y ya a las nueve y algo nos reunimos todos en la cima, junto al busto de Martí que por derecho propio ‑‑quién mejor podría estar en la cima de Cuba‑‑ y a hombros de campesinos. subió hasta aquí a inicios de los cincuenta.

Después de un breve homenaje a Polo Torres y Juanita ‑‑su esposa que, varias veces abuela, subió sin resollar al paso de los más jóvenes‑‑ y las interminables poses para las interminables fotos, descendemos rumbo nordeste, hacia el alto a cuyo pie descansa la aguada de Joaquín.

Nos reunimos allí con un percance: Alexis se ha virado un tobillo, y los que cerramos la marcha tenemos que ayudar repartiéndonos la carga, para que él pueda trepar el Paso de los Monos ‑‑a cuatro patas y sin cola prensil para  más desgracia.

El camino a La Gloria

Rebasado el alto, nos reunimos tres o cuatro kilómetros después para decidir: son casi las cuatro de la tarde y aún nos quedan seis u ocho kilómetros (según los más optimistas) o quién sabe (según los menos) para alcanzar La Gloria, nuestro destino de hoy. Un cruce de caminos nos permitiría bajar hasta un campamento en Agua Revés, a dos o tres kilómetros, y pernoctar allí, pero tendríamos que volver mañana a trepar el firme.

Alexis, aún con el pie negro ‑‑un derrame, después nos enteraremos‑‑ está de acuerdo en intentar el camino a La Gloria.

Tomamos entonces el trillo medio borrado y descendemos hasta el pie de la Loma del Cojo (“Mira tu loma, Alexis”), donde se junta la tropa pasadas las seis.

La Loma del Cojo

Allá vamos, persiguiendo a Polo Torres y llenando las cantimploras con el agua de lluvia acumulada en minúsculos charquitos donde el suelo arcilloso no la ha dejado alimentar la tierra, y la humedad del monte cerrado le ha impedido evaporarse.

Pasadas las ocho y casi noche, encontramos un cartel que anuncia: LA GLORIA/8 km. No es el primero. Desde el alto, más  acá del Paso de los Monos, vienen apareciendo anuncios de La Gloria, a seis, ocho, cuatro, tres kilómetros; porque así es de indefinida La Gloria. Pero este, al borde de la noche, nos hace desistir. Acamparemos en el monte, acomodándonos lo mejor posible en una cornisa de la montaña. Un grupo continúa loma abajo, pero es vano el intento. Cuando cierra la noche, la columna, fragmentada a lo largo del camino, duerme en pequeños grupos, sin agua, al descampado, y con pocas posibilidades de hacer fuego por lo mojada que está la leña.

Nosotros logramos recaudar dos cantimploras de agua lodosa para siete y hacemos una hoguerita precaria que alcanza para un té ‑‑a esa hora adquiere el sabor del néctar y la ambrosía.

Reflexiones sobre la humana vanidad

La superpoblación de estrellas es quizás la culpable de que hilemos reflexiones sobre lo difícil que es el camino hacia La Gloria. Difícil y difuso. Nadie sabe cuántos pasos pueden conducirnos a La Gloria, ese lugar que casi siempre se alcanza cuando uno no se lo propone, y casi nunca con premeditación y alevosía. De cualquier modo, concluimos antes de caer rendidos, es un camino arduo, espinoso, sediento, plagado de incertidumbre y sobresaltos.

Humana vanidad que la persigues, para que te enteres: La Gloria no es más que dos barracas, un puñado de hombres y un vivero de repoblación forestal. Pero eso lo sabremos después del mediodía, ya aliviados de la larga sed y recién bañados en un arroyo que brincotea entre peñascos al pie del firme, que hemos descendido con la premura de quien busca la tierra prometida.

Santa Ana

Costeando las lomas, subiendo y bajando al compás de las peripecias del camino, alcanzamos Santa Ana a media tarde: casa, techo y tienda para reabastecernos y comprar pránganas, esas tortas dulzonas pero no tanto, que son el pan, las galletas y los dulces de la Sierra.

En la noche homenajeamos al patriarca de los Torres, colaborador durante la guerra y autor de una extensísima familia que puebla todos estos contornos. Hay canciones y poemas, para concluir con abundante fricasé de macho (puerco en el idioma de aquí, aunque sea hembra), que nos ahuyentan del paladar ese sabor fósil, a muerte antigua, de las conservas que venimos consumiendo desde el primer día.

El Hombrito

es la meta del día siguiente. Tan fácil, después de los sinsabores por alcanzar La Gloria, que más parece ronda en poblado llano que camineo de montaña. Evacuado Alexis, la marcha se aligera y los paisajes nos sorprenden ansiosos por admirar, y Mijaíl, malacólogo de profesión y vocación, escarba el follaje en busca de sacricias.

El Hombrito a las tres horas: un hombrecito de piedra  como emergiendo hasta los hombros, guardián eterno, del pico de una loma. Cercado de montañas e imposible de cercar ‑‑harían falta decenas de miles de hombres‑‑ el valle que la sabiduría táctica del Che escogió para instalar la comandancia, panadería, archivo, el refugio contra los bombardeos, y hasta la piedra donde se sentaba a fumar y discurrir sus sueños de mañana, como nos contará en la tarde Ramón Castellanos, después de un chapuzón en la poza del río, entre pinares, eucaliptos, guayabos y mariposas.

En El Hombrito, donde se fundó la cooperativa “Hermes Leyva”, sembramos árboles como mínimo gesto para agradecer tanta generosidad en la acogida.

De El Hombrito a Pinar Quemao, donde dormiremos al día siguiente, es camino bastante descansado. Hacemos noche en un campamento del Plan Turquino, serio esfuerzo por repoblar estas montañas casi desiertas, de hombres, de café y de árboles.

A veces para siempre

En Pinar Quemao concluye (por ahora) este medirle a pierna limpia el costillar a la Sierra.

Sólo nos queda el viaje en camión hasta Buey Arriba, donde inauguramos la exposición del fotógrafo Helio Ojeda, para continuar a Manzanillo y terminar en fiesta de despedida con Polo Torres, Juanita y los incontables hijos y nietos, de anfitriones.

Ni la cerveza fría, ni la música, ni la comida suculenta de Juanita, ni el regreso a La Habana serán capaces de borrar los caminos cuya memoria guardamos en las botas, en las magulladuras de la piel, en las cortaduras del tibisí o las picadas de los insectos, pero sobre todo en el corazón, que es donde suelen alojarse los mejores paisajes de la Sierra, los más arduos caminos, a veces para siempre.

Andar la sierra; en: Somos Jóvenes, nº 109, La Habana, diciembre, 1988.

 


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