Mesas redondantes

1 10 2001

Una de las peores herencias del Caso Elián, son las repetitivas mesas redondas, que han terminado por agotar la paciencia audiovisual de los cubanos. A partir de los sucesos de actualidad, los temas se repiten cíclicamente: el embargo, la Ley de Ajuste, la globalización, el embargo. Despreciando los avances del marketing subliminar, su mensaje machacón se extiende durante horas, sin la menor noción de síntesis. Un selecto grupo de propagandistas, denominados periodistas en el argot oficial, se encarga de volver una y otra vez sobre los argumentos, siguiendo el método pedagógico del Orador en Jefe.

Los procedimientos de las mesas redondas se resumen en siete: repetición, verdades fragmentarias, mentiras de apoyo, silencios selectos, afirmaciones tangenciales, olvidos convenientes e interpretación única.

En la última mesa redonda transmitida por la televisión cubana, los propagandistas habituales se refirieron con velado regocijo a la preparación de los talibán para la defensa, y a los miles de voluntarios pakistaníes que acuden a cumplir en Kabul su deber internacionalista y fundamentalista. Se trata de una afirmación tangencial, dado que no pueden expresar abiertamente su apoyo a los talibán contra Estados Unidos en la presente coyuntura. Como cuando evocan la antigua relación de negocios entre las familias Bush y bin Laden, que nada tiene que ver con Osama, pero sugiere al espectador un vínculo perverso.

Se acusó al imperialismo, por supuesto, de emprender una guerra hegemónica que ya tenía preparada, y a la espera de una excusa, en consonancia con lo expresado recientemente por el señor Fidel Castro: «Ante el Congreso de Estados Unidos, se diseñó la idea de una dictadura militar mundial bajo la égida exclusiva de la fuerza, sin leyes ni instituciones internacionales de ninguna índole». (Interpretación única, que será repetida una y otra vez, y no requiere demostración). Claro que uno no sabe muy bien si, mientras lo decía, el señor Fidel Castro recordaba las aspiraciones expansionistas del antiguo campo socialista, o su propio intento de establecer un imperio de la subversión manipulado desde La Habana, y conformado por los más variopintos grupos, con un denominador común: su enemistad hacia Estados Unidos. En sus épocas de esplendor, cuando aún contaba con la logística soviética, sus tentáculos alcanzaron cuatro continentes. Sus asesores militares florecieron como la verdolaga, hasta el punto de que durante la guerra entre Etiopía y Somalia, había cubanos en ambos bandos.

En la mesa redonda se comentó también el levantamiento de sanciones y las ayudas económicas norteamericanas como un modo de “comprar” la cooperación de Pakistán. De nuevo se olvida (selectivamente) que en sus “buenos tiempos” Cuba compró adhesiones obsequiando hospitales y centrales azucareros; médicos y maestros tan bien capacitados como mal pagados, por lo que constituían una mercancía barata. O armas, ya repondría Papaíto Moscú. O aquella libra de azúcar que cada cubano donó de su cuota al Chile de Salvador Allende, y que debió seguirse entregando puntualmente al Chile de Pinochet, porque jamás la recuperamos.

No merecen comentario sus acusaciones a las autoridades norteamericanas de pretender cercenar los derechos civiles. Dicho desde Cuba, es puro chiste. Es un ejemplo de silencio elegido (toda referencia a los derechos civiles en Cuba) y verdad fragmentaria al no mencionarse las posibles causas de esos presuntos recortes. Esta última técnica es mucho más explícita cuando Arleen Rodríguez, comentando el apoyo de Rusia a Bush, extrae con pinzas la acotación de que algunos parlamentarios no han estado de acuerdo. Traducida y ponderada la nota: una parte del pueblo ruso no aprueba la alineación de su presidente.

Y cuando Randy Alonso denuncia que la prensa será presionada hasta llegar a la mentira, que una emisora de televisión de Baltimore obligó a todos sus locutores a leer antes las cámaras una declaración de apoyo al gobierno, o que la Voz de las Américas censuró un mensaje del mullah Mohammad Omar al pueblo estadounidense. Aunque no sabemos si se trata de una crítica o de una autocrítica velada.

Pero lo más interesante de esta última mesa redonda es que en un solo silencio se resumen la reiteración, la mentira de apoyo, el olvido conveniente y la interpretación única.

Uno de los temas recurrentes de los últimos tiempos han sido los cinco agentes condenados en Estados Unidos por espiar para Cuba (repetición), de quienes se reiteraba que no se interesaban por objetivos norteamericanos sino sólo por las actividades del exilio. Esta afirmación, que hasta el momento no pasaba de interpretación única, se ha convertido de pronto en mentira de apoyo.

La detención reciente de Ana Belén Montes, principal analista del Pentágono para asuntos militares cubanos, acusada de espiar para Cuba desde 1996, ha echado por tierra el argumento principal para la reivindicación patriótica de los cinco espías. Resulta difícil demostrar que Ana Belén Montes se dedicara a espiar al exilio en Washington y, en particular, desde uno de los circuitos más selectos de la inteligencia norteamericana, la Agencia de Información de Defensa (DIA), brazo de inteligencia del Departamento de Defensa. Una agencia que integra, con la CIA, la Agencia de Seguridad Nacional y la Oficina Nacional de Reconocimiento, la elite de la inteligencia norteamericana. Resulta difícil explicar con la tesis patriótica y anti-exilio, que esta agente haya entregado a Cuba un «Programa de Acceso Especial», tan clasificado que ni siquiera pudo ser mostrado al tribunal. El hecho de que la especialista de la DIA haya sido detenida a raíz del desmantelamiento de la Red Avispa demuestra la relación de esta “patriota” con los otros cinco. Más inconveniente aún, cuando ahora se sabe que entre sus actividades al servicio de Cuba pudo influir en el informe al Congreso de Estados Unidos en 1998, donde se afirmaba que Cuba ya no es una amenaza militar para Estados Unidos. Un intento de influir directamente en la política norteamericana, y que muy poco tendría que ver con el exilio. O la información, que presuntamente pasó a la Isla, sobre unas maniobras militares realizadas en 1996 por el Comando Atlántico, ejercicios militares en Norfolk, Virginia, y «un programa de acceso especial relacionado con la defensa nacional de Estados Unidos”. La sugerencia de la representante republicana de Florida, Ileana Ros-Lehtinen, acerca de que Cuba podría haber compartido esta información con Irán o Iraq puede asumirse por ahora como hipótesis, aunque en caso de confirmarse agravaría los hechos.

¿Cómo han asumido las mesas redondas esta noticia? Primero: el silencio. Ni una línea se ha publicado en la Isla sobre el caso. Ni un comentario en las mesas redundantes que tanto tiempo gastan en repetir manidos argumentos. Segundo: desaparecen los cinco “patriotas” de la retórica oficial (fin de la reiteración e inicio del olvido conveniente). Un modo, aunque sea verbal, de desconectarse del hilo directo que conduce hacia Ana Belén Montes. Tercero: al develarse que la interpretación única (patriotas Vs. exilio) no era más que una mentira de apoyo, se pasa de inmediato al Plan B: el silencio.

No obstante, los portavoces de las mesas redondas continuarán ideando astucias para sortear los baches de silencio (transitar las calles cubanas es una práctica excelente), agotar la sintaxis para decir lo mismo y que no lo parezca, quizás con el propósito de convertir a La Habana en una caricatura retórica de Camelot.

 

Mesas redondantes”; en: Cubaencuentro, Madrid,1 de octubre, 2001. http://www.cubaencuentro.com/sociedad/2001/10/01/4043.html.

 





Libertad vigilada

24 09 2001

Los detectores de metales y los scanners en los aeropuertos, que hoy nos resultan habituales, despertaron en su día la repulsa de quienes los interpretaron como atentados contra su intimidad, es decir, contra su libertad. Ante el crecimiento de la violencia callejera en el País Vasco, se debatió la colocación de cámaras que monitorearan las calles. De inmediato hubo protestas en nombre del derecho a la intimidad. Podrían citarse muchos ejemplos de cómo prevalece la libertad individual sobre cualquier intento de control: países donde la huella dactilar no consta en el carné de identidad, o donde ese documento no existe. El rechazo ante cualquier intento de controlar los contenidos de Internet. La estricta inviolabilidad de las comunicaciones. Etcétera.

Pero en breve tendremos que habituarnos a scanners más sofisticados, policías armados en los aviones, un control más riguroso de los movimientos de las personas, y (sepámoslo o no) se practicará un rastreo minucioso de las comunicaciones. Nuestro margen de intimidad y libertad se verá reducido. El argumento será nuestra seguridad. Y tendrán que implementarse los mecanismos para que ese argumento no se convierta en coartada.

La libertad de prensa, otra de las intocables, también ha sido puesta en entredicho tras los sucesos de New York y Washington. Pacto o censura, lo cierto es que las cadenas de televisión se abstuvieron de mostrar mutilaciones y cadáveres. Sea cual sea la razón, es de agradecer que no añadieran más horror visual a la tragedia. La presa cubana, por supuesto, anotó de inmediato el “atentado contra la libertad informativa”. Viniendo de la prensa insular, que ha patrocinado el derecho al silencio, no se sabe si es cinismo o sentido del humor.

De cualquier modo, una batalla global contra ese enemigo clandestino que es el terrorismo tendrá que verificarse en muchos campos subterráneos. Y nuestro derecho a estar informados, quedará condicionado por el éxito de las acciones.

El periodista Randy Alonso Falcón, una de las voces más oficiales de la prensa oficial cubana, acaba de publicar un artículo titulado “Lo que vendrá”, donde acusa a la administración norteamericana de aprovechar la seguridad como argumento para autorizar las escuchas telefónicas indiscriminadas, ejercer el espionaje en Internet, otorgar más dinero a sus agencias de inteligencia para vigilar mejor a los ciudadanos, y reforzar la presencia de cámaras y satélites que atisben cada rincón del mundo. Flagrantes violaciones de lo que él llama la “sacrosanta libertad”.

A Cuba, por supuesto, no se la puede acusar de atentar contra esas libertades. Si la correspondencia es violable, las conversaciones telefónicas pueden ser intervenidas sin impedimentos, no existe el derecho a acceder a los contenidos de Internet y husmear el correo electrónico es práctica habitual, ¿qué necesidad hay de vulnerar un derecho que no existe? Cuba no posee una red de cámaras monitoreando sus calles, ni satélites espías. Pero antes que cualquiera de esos artilugios se pusieran en circulación, ya había establecido una espesa red de CDR espías, el expediente que te acompaña del salón de parto al cementerio, los estrictos controles al desplazamiento de los ciudadanos, y otros muchos mecanismos que sustituyen, con resultados equivalentes o mejores, a la costosa tecnología. De modo que en el país “siempre hay un ojo que te ve”, y no es precisamente el de Dios.

La dicotomía libertad/seguridad será objeto, sin dudas, de múltiples debates en un futuro próximo. Puede que existan medios para garantizar la segunda sin lesionar seriamente la primera. Puede que debamos convivir con ciertos recortes de nuestras libertades si aspiramos a que el terrorismo que las usa precisamente para exterminarlas sea erradicado. Como en su día la libertad sexual tuvo que resignarse a convivir con las precauciones imprescindibles para protegerse del SIDA.

El terrorismo no germina bien en libertad. Nace a partir del pensamiento cautivo y de una concepción totalitaria que excluye al otro de todo discurso alternativo y, de ser posible, del cerebro que lo factura. Eso que el diccionario define como “dominación por el terror” o “sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror” tradicionalmente ha sido patrimonio de sociedades donde la libertad ha sufrido drásticos recortes. O de grupos excluidos de dar solución democrática a sus aspiraciones. O de quienes, incapaces de alcanzar un consenso que avale sus pretensiones, han decidido ganar la mayoría absoluta por falta de quórum en el bando contrario.

Pero ese mismo terror, que desprecia la libertad ajena empezando por el derecho a la vida, necesita la libertad para alcanzar sus fines. Necesita libertad de movimiento y de comunicación; necesita el derecho a la intimidad donde fragua sus planes (y de una legislación que lo proteja); necesita incluso la libertad de adquirir sin mayores obstáculos los medios para perpetrar sus actos. El terrorista, a pesar de despreciar al “otro”, se mueve mejor en medio de la otredad: sociedades multiculturales y abiertas donde sus rasgos, su acento, su soledad, se difuminen en el mejor escondite: la multitud. La libertad, que es la “facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos”, garantiza por definición su potestad de obrar de la forma que entienda y, claro está, de ser responsable de sus actos.

Y hacer al terrorista responsable de sus actos, requerirá vidas, recursos, esfuerzos, concertación entre naciones, eliminación de “santuarios” donde por razones políticas o legales el terrorista encuentra cobijo seguro. Y requerirá, posiblemente, que cada uno de nosotros done a esa lucha una partícula de nuestra libertad, si queremos conservar el más importante de los derechos: estar vivos.

Libertad vigilada”; en: Cubaencuentro, Madrid,  24 de septiembre, 2001. http://www.cubaencuentro.com/opinion/2001/09/24/3951.html.

 





Demencia cerril

20 09 2001

Desde la declaración inicial de condolencia por las víctimas de los actos terroristas contra Estados Unidos, y la oferta de ayuda humanitaria al vecino del norte, hecha pública por el Señor Fidel Castro, la prensa cubana ha dejado traslucir una suerte de satisfacción contenida. La moraleja de los textos propios y los refritos de la prensa internacional cuidadosamente seleccionados, es que “donde las dan, las toman”. Y que lo sucedido no es sino la inevitable reacción a la acción norteamericana en el mundo. Esta ambigüedad ha oscilado entre el pésame y la revancha, sin precisar una postura diáfana y oficial sobre la inevitable reacción norteamericana a lo que ya se ha calificado como un acto de guerra. Hasta hoy.

Con fecha 19 de septiembre, y bajo el título “No todo está perdido todavía”, el diario Granma publica una declaración oficial del gobierno de la República de Cuba. Tras una fugaz referencia al acto terrorista, se habla de que como consecuencia han resucitado “viejos métodos y doctrinas que están en la raíz misma del terrorismo”, “se escuchan frases” de dirigentes norteamericanos, no oídas, según Granma, “desde los tiempos que precedieron a la Segunda Guerra Mundial”. No hay que ser muy listo para invocar a la Alemania nazi.

Más adelante cuestiona el gobierno cubano si Estados Unidos persigue la justicia o imponer una tiranía universal. Y señala que bien podría abrogarse el derecho de asesinar a cualquiera que estime conveniente en cualquier lugar del mundo, recordando de paso a Patricio Lumumba y los atentados contra el Señor Fidel Castro, investigados por el propio Senado norteamericano. Con lo cual hace una interesante acotación, porque la Asamblea Nacional del Poder Popular jamás sería autorizada a investigar el derribo de la avioneta de Hermanos al Rescate, o el hundimiento del buque 13 de Marzo, por ejemplo.

En un párrafo donde muestran un inusitado pudor, se declara que “Tan grave como el terrorismo, y una de sus formas más execrables, es que un Estado proclame el derecho de matar a discreción en cualquier rincón del mundo sin normas legales, juicios y ni siquiera pruebas. Tal política constituiría un hecho bárbaro e incivilizado, que echaría por tierra todas las normas y bases legales sobre las que puedan construirse la paz y la convivencia entre las naciones”. Un texto que no parece elaborado por el mismo Estado que ha entrenado guerrillas en tres continentes, que da cobijo a terroristas notorios del IRA y de ETA, que manejó durante más de una década los hilos de la subversión latinoamericana, actuó como ejército de ocupación durante la guerra civil angolana, entre otras, y apoya en Colombia a la narcoguerrilla del secuestro. El mismo gobierno que jamás levantó la voz para comentar (no ya condenar) la invasión soviética a Afganistán, que costó cientos de miles de víctimas, ahora se aterra ante la posible invasión norteamericana. Una guerra contra la dictadura talibán, posiblemente el peor enemigo que haya tenido en su larga historia el pueblo afgano (y no han sido pocos), una invasión que aplaudirá media humanidad, empezando por los cinco millones de exiliados afganos.

Otro curioso comentario de la declaración, tras tildar de terrorista y fascista la presunta conducta norteamericana, es que de producirse una respuesta consistente en “asesinar fríamente a otras personas, violar leyes, castigar sin pruebas y negar principios de elemental equidad y justicia para combatir el terrorismo”, se destruiría el prestigio de Estados Unidos. Hay aquí dos elementos novedosos: El primero: un apego muy reciente, diría que de ahora mismo, por el ejercicio de la justicia, la equidad, las pruebas y la vida; en un país donde la lista de fusilados por razones políticas es larga, los abogados defensores parecen compungidos fiscales, la ley se estira o encoge a voluntad, opinar es delito, e incluso puedes caer en chirona por el crimen que vas a cometer mañana, es decir, por peligrosidad. Una perla de la jurisprudencia. La segunda curiosidad: Ahora resulta que los abominables Estados Unidos tienen prestigio, dado que no se puede destruir lo que no existe.

También los talibán exigen pruebas concluyentes contra Osama Bin Laden, antes de estudiar si lo entregan o no. Y piden mucho más. Que por pedir no quede. Puede que ahora mismo nadie pueda entregarles esas pruebas, ni ellos facilitarán que sean encontradas en su territorio. Pero basta hacer memoria para recordar las acciones contra dos embajadas en Kenya y Tanzania, donde murieron 257 personas, la minoría norteamericanas, a las que Bin Laden no fue ajeno. Libia lo busca por el asesinato de dos alemanes en 1994. Se le atribuye el primer atentado a las torres del WTC en 1993. Según los rusos, es el principal sostén de la guerrilla chechena que, más allá de la justicia o no de su causa, y de los pocos escrúpulos rusos en materia de represión (que Cuba tampoco ha condenado), provocó en Moscú la masacre de 300 civiles, aunque menos televisiva que la de las torres gemelas. Sus declaraciones a favor de una cruzada contra Occidente son públicas y notorias. Con muchas menos pruebas, cualquier disidente de barrio es sentado en La Habana en el banquillo de los acusados. Por hablar. Simplemente. Y condenado.

Claro que en la versión de la postura afgana que nos entrega el comunicado cubano, “Los ulemas de Afganistán, dirigentes religiosos de un pueblo tradicionalmente combativo y valiente, están reunidos para adoptar decisiones fundamentales. Han dicho que no se opondrán a la aplicación de la justicia y a los procedimientos pertinentes, si los acusados de los hechos que residan en su país son culpables. Han pedido simplemente pruebas, han pedido garantías de imparcialidad y equidad en el proceso”. El gobierno cubano parece ignorar (o suponen que nosotros lo ignoramos) que para esos “dirigentes religiosos” (algo que suena a piadoso y respetable) “la aplicación de la justicia” incluye la mutilación, la discriminación sexual, la represión más feroz, la ejecución sin mucho trámite de todo el que incumpla la sharia, incluso una inocente estatua de Buda. Pero no. Según la declaración de marras, es el gobierno norteamericano quien está exigiendo “a los líderes religiosos pasar por encima de las más profundas convicciones de su fe, que como se sabe suelen defender hasta la muerte”. Y de pasar por encima de las ”profundas convicciones” de la fe ajena algo sabrá el gobierno cubano.

Para colmo, ahora resulta que estos santos señores del gobierno talibán “no sacrificarían a su pueblo inútilmente si lo que solicitan, éticamente irrefutable, es tomado en cuenta”. Vistos los últimos acontecimientos, la afirmación resultaría risible si no fuera trágica. Los talibán vienen sacrificando a su pueblo, en especial a sus mujeres, desde que tomaron el poder. No sé si eso será relevante para el machismo-leninismo tropical. Y de que no lo sacrifique más se está ocupando el propio pueblo afgano, los cientos de miles que huyen hoy hacia cualquier frontera, haciendo caso omiso al llamado a la yihad del jeque Mohamed Omar.

En un alarde de pacifismo reciente, el comunicado afirma que “ningún problema del mundo actual podría resolverse por la fuerza”, de modo que ya no se crearán dos, tres, muchos Vietnam, el desmedido gasto militar cubano es innecesario, la recomendación a Kruschev de asestar el primer golpe y desatar los fuegos artificiales es cosa del pasado, y en breve los discursos del Patriarca en su invierno concluirán con “Peace & Love” en lugar del “Patria o Muerte”.

Tras el patético llamamiento a un juicio justo a Bin Laden, el nuevo pacifismo de las autoridades de la Isla, y la invocación a alternativas a la guerra “injusta” que se avecina, alternativas que Cuba no especifica pero que apoyaría “sin vacilación”; se descubre sin dificultad que en el cartel de “Se busca vivo o muerto” diseñado por las autoridades cubanas, el retrato que aparece no es el del terrorismo internacional, sino el mismo que de costumbre. Confiemos que en un momento especialmente delicado como éste, Occidente no atribuya esta declaración a la complicidad, sino al Alzheimer.

Demencia cerril”; en: Cubaencuentro, Madrid,  20 de septiembre, 2001. http://www.cubaencuentro.com/sociedad/2001/09/20/3897.html.

 





La larga muerte de Mao Zedong

12 09 2001

Según la engañosa obviedad del calendario, el nueve de septiembre se cumplió un cuarto de siglo de la muerte del Gran Timonel, Mao Zedong, que encandilara en 1960 a Ernesto Guevara con su revolución ajena al recetario de la Tercera Internacional. Máximo líder del Partido Comunista Chino desde la épica Larga Marcha de 1934, que permitiera, tras miles de kilómetros, recomponer el Ejército Rojo en Shaanxi, al noroeste del país; se convirtió en presidente de la flamante República Popular China el 1 de octubre de 1949.

Y hablo de “engañosa obviedad”, porque tratándose de un político cabría discutir si su muerte data de mucho antes de aquel septiembre de 1976, cuando se convirtió irreversiblemente en cadáver, si sigue vivo en la China del comunismo posmoderno, como sugiere su efigie frente a la plaza de Tiananmen y en la entrada de la Ciudad Prohibida; o si se está muriendo poco a poco, de una cruel dolencia ideológica que acabará conduciéndolo a esa tumba política que es el olvido.

Mao Zedong, dado su origen, su experiencia con el campesinado, y aprovechando el balance demográfico de China, transgredió la “dictadura del proletariado” hacia la “dictadura del campesinado” —en teoría al menos; en la práctica, el dictador siempre tiene nombre, apellido e iconografía—. También podría decirse en su favor que después de contribuir decisivamente a la derrota nipona, construyó, con los restos del viejo imperio saqueado durante un siglo por Occidente, una nación independiente. Si  celebráramos hoy el 50 aniversario de su muerte, posiblemente hablaríamos del patriota que recuperó la nación, y que no sería difícil reciclar en una China post-ideológica.

Claro que no ocurrió así, y en febrero de 1958 Mao decretó el Gran Salto Adelante bajo la consigna «duo kai hao sheng» (´más rápido y mejor´). Apelando al sacrificio de los trabajadores chinos, se descentralizó la economía en comunas, donde se levantaron un millón de microhornos siderúrgicos rudimentarios. Se apartó a millones de campesinos de sus tareas habituales, los estudiantes y profesores de las escuelas fueron incorporados al trabajo, y se multiplicó el acero producido. Lamentablemente, de tan mala calidad, que era inutilizable. Por el alejamiento de la mano de obra, la abundante cosecha del 58 se pudrió en los campos, y para mayor desgracia (para el pueblo chino), se produjo entonces la ruptura con la Unión Soviética de Kruschov, artífice del deshielo postestalinista, a quien Den Xiao Ping llamaba por entonces revisionista y traidor en encendidos panfletos, y, como consecuencia, la retirada de la ayuda económica y de 14.000 asesores.

Esa audacia voluntarista de construir el comunismo sólo con entusiasmo fue lo que encandiló a Ernesto Guevara en el 60, y lo que intentó poner en práctica, aunque ya por entonces conocía que el Gran Salto fue sólo demográfico: 20 millones de chinos murieron en una de las mayores hambrunas de su historia. No obstante, puede decirse que las escuelas al campo cubanas y el Gran Salto Bonsai, la zafra de los 10 millones, se inspiraron hasta el detalle en aquel desastre, incluso en sus resultados.

Podría haber concluido Mao sus andanzas a inicios de los 60, cuando fue apartado de la cúpula, y hoy celebraríamos el 40 aniversario de su muerte política. Pero entre 1966 y 1969 convocó a la juventud, los temidos guardias rojos, a practicar cirugía mayor en la “burocratizada” y “aburguesada” nomenclatura partidista. Bajo el precepto de la “revolución permanente”, y guiados por los aforismos elementales del Libro Rojo, best seller maoísta traducido después a todos los idiomas, escuadrones de estudiantes con edades entre 12 y 30 años fueron lanzados contra lo antiguo, la tradición, los revisionistas, burgueses, infiltrados, o contra todo el que creyeran incluible en tales categorías. Al final, 5 millones de chinos fueron purgados, muchos definitivamente, entre ellos 40 miembros de la cúpula contrarios a Mao —eran los que importaban; el resto fue puro relleno—, quien escaló de nuevo la cima del poder, esta vez “hasta que la muerte nos separe”, siendo divinizado al mejor estilo de los antiguos emperadores, de quienes se creía sucesor directo.

¿Murió entonces Mao aquel final de verano de 1976? Su legado fuera de China apenas ha generado algunos filmes hoy olvidados de Elio Pietri, Godard, y Joris Ivens, un puñado de frases escritas durante 1968 en los muros de París; el presunto sustrato ideológico de Abimael Guzmán y su Sendero Luminoso; la carnicería de los jemeres rojos, y su andrógino retrato en versión de Andy Warhol. De modo que su defunción internacional queda certificada.

En China, en cambio, ha tenido una muerte más dolorosa y lenta, que comenzó con el ascenso de su víctima durante la Revolución Cultural, el mismo Den Xiao Ping que llamara traidor al tímido Kruschev, y que se convertiría en arquitecto del verdadero Gran Salto. El que instó a los chinos a enriquecerse, fraguó la doctrina de “un país, dos sistemas” para recuperar Hong Kong, e hizo realidad el axioma de que “el socialismo es el camino más largo entre el capitalismo y el capitalismo”. Todo ello entre votos de fidelidad al legado ideológico del Gran Timonel, “el más grande marxista-leninista de nuestra época”, en palabras de su ad láter Lin Biao.

Desde su mausoleo ha observado Mao la entrada de las multinacionales, los tigres de papel moneda, la entronización de los nuevos ricos, la corrupción generalizada, el voraz crecimiento de la economía, el fin de las hambrunas periódicas y la drástica división de la sociedad según el monto de su cuenta corriente. Observa también la pronta entrada de China en la Organización Mundial del Comercio, bastión del capitalismo mundial. Y todo ello bajo el control del mismo Partido Comunista, para el que Jiang Zemin ha elaborado la teoría de Las Tres Representaciones —traducible en que el partido representa a las fuerzas productivas avanzadas, a la cultura de vanguardia y a los intereses de un amplio sector de la población—. Nótese que ya no es “toda” la población. Y nótese también que entre los avanzados, Jiang Zemin invita a incorporarse al Partido a los empresarios privados de éxito, mientras va en declive la gigantesca e ineficiente empresa pública. Quizás sea un modo de prevenir que esa “nueva clase” reclame en breve una dosis de poder político en consonancia con su poder económico.

Y la estatua de Mao en Tiannanmen contempla hierática esta China posmoderna que lo invoca mientras lo revoca, este Partido de marxistas yupis y comisarios del mercado, y su interior se va evaporando aceleradamente, hasta que por fin de la estatua sólo quede una fisísima cáscara, etérea, levísima, que se libere de su pedestal y se eleve con el entusiasmo del Globo de Cantoya, hacia el sitio donde le espera Don Matías Pérez.

La larga muerte de Mao Zedong”; en: Cubaencuentro, Madrid,  12 de septiembre, 2001. http://www.cubaencuentro.com/internacional/2001/09/12/3788.html.

 





Derrota en Manhattan

12 09 2001

Escribo frente a la pantalla del televisor, después de almuerzo, y contemplando imágenes que le cortan la digestión a cualquiera.

Primero interrumpieron la emisión diaria del noticiero para transmitir la información de que un avión comercial se había estrellado contra una de las torres gemelas del World Trade Center en New York a las 8:45 A.M., hora estándar del este. Se supuso un accidente, pero 18 minutos más tarde, a las nueve y tres, pudimos contemplar como un Boeing 767 de United Airlines, desviado de su vuelo Boston-Los Angeles, y con 92 personas a bordo, se estrellaba contra la segunda torre, tras unos leves giros cuyo propósito era afinar la puntería. A las 9:40 se cancelaron todos los vuelos en Estados Unidos, y se desviaron hacia Canadá los que estaban en el aire. No obstante, a las 9:45 otro avión se estrelló contra el Pentágono a orillas del Potomac, provocando un enorme incendio. A las 10:00, 57 minutos después de sufrir el impacto del segundo avión, la Torre Sur del World Trade Center se desmoronó. Cinco minutos más tarde sería evacuada la Casa Blanca, y en rápida sucesión, los más importantes edificios gubernamentales y torres de negocios en toda la nación. A las 10:10 se derrumba una parte del Pentágono, y cinco minutos después un Boeing de United Airlines se estrellaba en Somerset, al sudeste de Pittsburg. A las 10:29, la segunda torre de NY, tras resistir una hora y cuarenta y cuatro minutos, se derrumba.

Mi digestión termina de paralizarse cuando, una tras otra, ambas torres caen en medio de sendas nubes de polvo, extirpadas del perfil de New York. ¿Cuántos pasajeros de inocentes vuelos comerciales, cuántos oficinistas, ejecutivos, bomberos, transeúntes, ascensoristas, plomeros o turistas, yacen bajo los escombros, o han sido literalmente pulverizados por las explosiones? Más de doscientas personas viajaban en los aviones. Miles han sido sepultados bajo los escombros. Entre ellos algunos supervivientes que se están comunicando a través de sus teléfonos móviles.

Cincuenta mil personas trabajan en las torres, 150.000 visitan su mirador cada día, que a la hora de los impactos, por suerte, no había abierto sus puertas.

A las 11:18 American Airline reconoció el desvío de dos vuelos con un total de 150 pasajeros a bordo. Cuarenta minutos más tarde, United Airlines reporta que en sus dos aviones desviados había 110 pasajeros.

El Frente Democrático para la Liberación de Palestina negó toda implicación, tras una una supuesta llamada en que se hacían responsables. Hammás también se apresuró a declinar cualquier relación con los sucesos, y el propio Arafat condenó duramente los atentados. Desde todas partes del mundo llegan la solidaridad con los norteamericanos y el repudio a las acciones terroristas.

¿Quién ha cometido los atentados? ¿Por qué? Ambas preguntas tienen ahora mismo múltiples respuestas.

Estados Unidos, como toda gran potencia a lo largo de la historia, suscita odios. Merecidos o no. Bien sea en respuesta a una política exterior prepotente y que no pocas veces supedita el resto del mundo a los intereses norteamericanos. Bien sea porque resulta cómodo delegar en los Estados Unidos la culpabilidad de las propias desgracias, catalizando esas dosis de rencor y de envidia que suscita el éxito ajeno. No es raro entonces que la Yihad Islámica se refiera a los atentados como un resultado directo de la política norteamericana en “la zona más caliente del mundo”, es decir, el Medio Oriente. O que niños y jóvenes palestinos bailen de alegría en los campos de refugiados al ver la desolación adueñándose de las calles del mejor aliado de Israel.

¿Quién tiene capacidad para organizar y perpetrar un terrorismo de esta magnitud? ¿Extremistas palestinos? Quizás, aunque no parece lo más probable, en la medida que esto puede inclinar decididamente a favor de Israel la balanza occidental en el conflicto. ¿Iraq? Podría ser, pero no queda clara su viabilidad. ¿Terroristas norteamericanos de alguna secta antigubernamental? Difícilmente cuenten con el nivel de organización y el espíritu de autoinmolación que implican estos ataques. ¿Integristas islámicos que consideran a Estados Unidos el Imperio del mal? Es más probable, aunque los talibanes nieguen toda participación, y el propio Osama Bin Laden, su mentor saudí, asegura en un diario pakistaní ser ajeno a estos sucesos.

De cualquier modo, quien sea ha decretado el inicio del fin de la causa que dice defender. El repudio universal que suscita una matanza de esta magnitud, hará que cualquier represalia norteamericana contra los culpables cuente con el silencio, cuando no el aplauso del resto del mundo. Y confiemos que Norteamérica investigue antes con cuidado y medite su respuesta, para evitar la multiplicación de la injusticia.

Quien ha perpetrado este atentado masivo ha concedido a Bush el voto decisivo para aprobar el escudo antimisiles (aunque sea inoperante para detener ataques como éste) y, de hecho, la incursión norteamericana en tierras de reales o supuestos enemigos revestirá un carácter “preventivo” y “defensivo”. Claro que si el propósito de los terroristas es precisamente convocar una reacción a gran escala de Norteamérica que provoque la polarización y el florecimiento del odio, posiblemente ha conseguido su objetivo.

No hay causa o ideología que justifique el terrorismo, sea el coche cargado de Titadine que hace saltar por los aires a un humilde concejal del País Vasco, una bomba al paso de niñas irlandesas que acuden a la escuela, suicidas palestinos, asesinatos selectivos judíos o esta masacre en Manhattan. Todos tienen la misma capacidad de abolir la justicia de la causa en cuyo nombre se perpetran. Todos son igualmente repudiables, y difieren apenas cuantitativamente. No hay víctimas de primera y segunda categoría. Las víctimas del odio como sistema, en cualquier lugar del mundo, mutilan la condición humana de todos nosotros. En ese sentido no puede existir un terrorismo repudiable y otro admisible, un terrorismo de nuestro bando y otro del bando contrario. Si la humanidad no apuesta ahora, decididamente, por la erradicación de todo terrorismo, y si no apuesta por la abolición de las grandes diferencias estructurales del planeta, por la erradicación de los focos de miseria y desesperación que son la crisálida de fundamentalismos atroces de todo signo, puede que mañana sea demasiado tarde, y la civilización pierda la partida.

La intercomunicación, la globalidad, el intercambio, son hoy condiciones sine qua non del planeta donde vivimos. Es imposible ya cerrar puertas y decretar esclusas, compartimentos estancos de prosperidad. No se trata de abatir simplemente el terrorismo, sino de abolir sus excusas, la desesperanza que alimenta esa base social donde prospera.

Ya no podremos resucitar a las víctimas que yacen bajo los escombros del World Trade Center, pero sí podemos evitar que un niño, en cualquier lugar del mundo, salte de alegría ante la muerte de otros niños.

Creo en el derecho de reivindicación, y creo que ese derecho termina donde comienza la integridad y la vida del prójimo. Lamento los miles de muertos en Manhattan, y lamento por igual los saltos de alegría de esos niños palestinos mientras observan en directo la muerte de norteamericanos que ni siquiera conocen. La alegría de esos niños que hacen el signo de la victoria. Lamento que ignoren que todo acto de terror, toda muerte inocente, es una derrota de los palestinos y de los israelíes, de los norteamericanos y de los árabes, una derrota de su propia infancia, condenada a los juegos macabros del odio, una derrota de todos los hombres.

Derrota en Nueva York”; en: Cubaencuentro, Madrid,  12 de septiembre, 2001. http://www.cubaencuentro.com/internacional/2001/09/12/3805.html.





Los niños nacen para ser

5 09 2001

Dadas las circunstancias que son moneda corriente para una buena parte de la infancia de este planeta, decir que los niños nacen para ser felices puede ser excesivo. Bastaría que nacieran para ser, para sobrevivir sin padecer malnutrición (150 millones); sin morir por causas evitables (10 millones por año); acudiendo a la escuela (100 millones en el mundo no asisten a las aulas); en lugar de ser obligados al trabajo infantil (250 millones entre 5 y 14 años), en especial, la prostitución y el tráfico de drogas que ejercen niños raptados, esclavizados o vendidos por sus propios padres; o los 300.000 niños-soldados que pelean en 30 países después corromper sus vidas para siempre al entrenarlos para matar. De todos ellos se hablará en la sesión especial de la Asamblea General de las Naciones Unidas, que debatirá entre el 19 y el 21 de septiembre próximo sobre la calidad de vida infantil en la década de los 90. Y de los 13 millones de huérfanos legados por el SIDA, principalmente en África.

Frente a ese mapa pavoroso de la infancia, bien podría decirse que los niños en Cuba nacen para ser felices. A pesar de la escasez de medios y recursos, disfrutan de escolarización obligatoria y generalizada. La venta y el tráfico de niños son fenómenos inexistentes. Las estadísticas de salud infantil son dignas del primer mundo. Aunque carecen de leche a partir de los siete años y aunque sus índices nutricionales han descendido considerablemente durante los 90, aún distan mucho de los parámetros que asolan a los niños más castigados del Tercer Mundo. No hay niños esclavizados ni uncidos a extenuantes jornadas de trabajos forzados, tal como se observa en muchos países del mundo.

Tratándose de los niños cubanos, me encantaría concluir este artículo en el punto y aparte anterior, afirmar que la infancia en la Isla es una foto en colores de niños felices con pañoletas de pioneros. Muy a mi pesar, no es así.

Si bien los niños cubanos disponen de un sistema de salud que la mayoría del Tercer Mundo envidiaría, la falta de medicamentos y las precarias condiciones materiales de los hospitales hacen más penosa la vida de los que tengan la mala suerte de enfermarse y no cuenten con ningún pariente entre la mafia de Miami que le envíe los medicamentos.

Cuba se ha convertido, según los analistas, en el segundo destino del turismo sexual en el mundo, y de las (los) jineteras(os), una parte importante no rebasa los 18 años, edad que normalmente marca la mayoría de edad —aunque en Cuba, curiosa diferencia, la mayoría de edad para ejercer el voto único son los 16 años, y los 21, en cambio, para emigrar—. Lo peor en que, con harta frecuencia, la prostitución es admitida o tolerada por los padres, dado que en una sola noche una jinetera de quince años puede aportar al presupuesto familiar más que su madre y su padre (ingeniero y médico, respectivamente) en un mes. La jinetera ya no es depositaria del repudio social. Por el contrario. Las (los) ejecutivos del sexo son triunfadores en la dura carrera por la supervivencia, y hay niñas que se disfrazan de jineteras en las fiestas. Chulos y policías hacen más sórdido su status.

El trabajo infantil forzoso no reviste en Cuba la crueldad de otras latitudes, pero existe. En las escuelas al campo y en el campo, los niños son obligados al trabajo agrícola no remunerado, cuyo propósito es supuestamente educativo. En realidad, constituye una excelente escuela de simulación, donde los niños, sin dejar de repetir la consigna, escurren el bulto todo lo posible, y se aprende precozmente a odiar el trabajo cuyos resultados no se palpan. Y ese es, posiblemente, el peor resultado.

Los niños en Cuba no son enrolados en la guerra, ante todo porque Cuba no está en guerra. Pero sí son educados en el odio: al Imperialismo, a los yanquis, a sus compatriotas del exilio, el odio a todo el que no esté de acuerdo con el credo oficial. Con frecuencia el catecismo que reciben en la escuela difiere de las opiniones que escuchan en la casa, adquiriendo tempranas nociones de doble moral. Y la moral desaparece cuando se duplica. No son raras las familias que se abstienen de comentarios heréticos ante los niños, con un doble propósito: evitar que en su inocencia los repitan en la escuela, algo que puede acarrear desagradables consecuencias, y que entren demasiado pronto en crisis de credibilidad: maestros vs. familiares, realidad teórica vs. realidad objetiva. Deben repetir las consignas que les redactan sus mayores, sin importar que crean o no en ellas y adquieren la noción de que lo políticamente correcto, no sólo es recomendable, sino obligatorio. Negarse de plano a acudir a las escuelas al campo, negarse a ingresar en los pioneros y, más tarde, en la Unión de Jóvenes Comunistas, les cerrará la puerta hacia los estudios superiores. De modo que es cada vez más difícil distinguir a los que creen de quienes simulan creer. Hablar en esas circunstancias de valores, moral y principios, es bastante arriesgado. Ni siquiera de la elemental honradez que consiste en respetar la ley, porque la supervivencia en Cuba depende hoy de la continua transgresión de las leyes, a menos que dispongas de la ayuda familiar que envían los “mafiosos de Miami” a los que aluden diariamente las mesas redondas. Para más confusión.

El alejamiento de las familias durante los años cruciales de su formación, acentúa en adolescentes la pérdida de valores, en ambientes donde la promiscuidad y la temprana iniciación sexual, desembocan con frecuencia en cifras de abortos en menores que, a pesar de ser maquilladas, son simplemente atroces.

Que el niño cubano no disponga de la última gameboy, o de los más elementales bienes de consumo, es lo de menos. Pero la precariedad de la vivienda, la promiscuidad y el hacinamiento, sí afectan la convivencia, desestructuran la familia e inciden en el altísimo índice de divorcios. Si a ello sumamos que uno de cada seis cubanos vive en el exilio, y que resulta excepcional la familia que se libra de la dispersión, el panorama familiar del niño cubano no es precisamente idílico.

Por eso no es raro que las estadísticas de suicidios en adolescentes cubanos sean pavorosas, que haya disminuido la intención de ingreso a las universidades, y que los niños cubanos cifren precozmente sus esperanzas de futuro en la picaresca o el exilio.

De esos Elianes sin nombre no se hablará en la próxima sesión especial de la Asamblea General de las Naciones Unidas, lo que demuestra que no toda infelicidad cabe en las estadísticas.

 

Los niños nacen para ser”; en: Cubaencuentro, Madrid,5 de septiembre, 2001. http://www.cubaencuentro.com/sociedad/2001/09/05/3672.html.

 





La invasión gallega

3 09 2001

Lo que algunos llaman la “nueva colonización” española de Cuba no es nada nuevo ni se refiere exclusivamente a Cuba. Tras la consolidación del despegue económico español, sus empresarios han dirigido su mirada (y su capital) hacia América Latina con un fervor sólo comparable al de aquellos precursores de la globalización que, en el siglo XVI, adscribieron todo un continente a la geografía europea. De modo que en apenas veinte años, España se ha convertido en el segundo y a veces el primer inversionista extranjero en varios países latinoamericanos, cosa sorprendente si consideramos que hasta hace no mucho la península pertenecía por derecho propio al Tercer Mundo.

Con sus altas y sus bajas, Fidel Castro mantuvo buenas relaciones comerciales con su homólogo Franco, época de la que conserva a su mejor interlocutor en la Madre Patria: el capo gallego Don Manuel Fraga Iribarne. Claro que España no iba a conceder a Cuba las subvenciones de las que la dotaba el campo socialista. Por eso habría que esperar a su extinción, y la apertura cubana a las inversiones, para que España se convirtiera, junto a Canadá, en el primer socio comercial cubano, con la cuarta parte de las 392 asociaciones económicas de capital mixto, y 213 empresas representadas (de las 775 presentes en la Isla). Actualmente, es el tercer acreedor de Cuba, con un 10,8% de su deuda externa —$11.200 millones hasta 1998, que habrán crecido sustancialmente, dado el déficit de Cuba en la balanza comercial ($515 millones vs. $120 millones sólo en 2000). A esto se suman 150.000 turistas españoles por año de visita a la Isla.

La XI Sesión del Comité Hispano Cubano de Cooperación Empresarial, celebrada recientemente, contó con la participación de 70 empresarios españoles, el vicepresidente del Consejo de Ministros de Cuba, José Ramón Fernández, los titulares de Comercio Exterior, Raúl de la Nuez, de Inversión Extranjera, Marta Lomas, y de Transporte, Álvaro Pérez. En ella, José Manuel Fernández, director de la Cámara de Industria y Comercio española, definió a Cuba como una “zona estratégica para las inversiones», trampolín para la expansión económica hacia otras regiones, e instó al gobierno cubano a ofrecer mayores «seguridades legales» a los inversionistas. Se solicitará a la Isla la liberación y desregularización de los sectores cerrados a la inversión extranjera. Un argumento que no hizo explícito, pero que todos conocemos, es la especial circunstancia de que el escenario cubano está vedado al inversionista norteamericano, competidor peligroso y cercano.

Al mismo tiempo que las autoridades cubanas promueven inversiones españolas en infraestructura del turismo y distribución comercial, reconocen, por boca de Antonio Carricarte, presidente de la Cámara de Comercio de Cuba, que el desequilibrio de la balanza, muy favorable a España, es «uno de los problemas más acuciantes en nuestras relaciones». Exportar la Revolución ya no es rentable, por tanto el gobierno deberá pensar otras soluciones.

Todo esto ha despertado una extendida animadversión hacia los empresarios españoles en los círculos cubanos del exilio: tanto entre instituciones como entre ciudadanos corrientes, principalmente en Estados Unidos. Las razones son diversas.

Expertos norteamericanos criticaban recientemente en Miami la explotación de los trabajadores cubanos por los empresarios españoles en la Isla. A esos trabajadores se les pagan salarios de miseria que el Gobierno cubano reduce más de veinte veces al traducirlos automáticamente a pesos. Sin libertad de asociación ni sindicatos que defiendan sus derechos, los trabajadores cubanos se encuentran en el status de mano de obra cautiva, aunque un funcionario del sindicato Comisiones Obreras afirme desde Madrid que en Cuba “tienen reconocidos los derechos de los trabajadores en su Constitución” y que los cubanos disfrutan de una “pobreza bella, porque cada uno de los ciudadanos la vive». Claro que si ese sindicalista propusiera a los trabajadores españoles una cobertura sindical semejante lo echarían a patadas de su puesto en cinco minutos.

Otro argumento es que los inversionistas españoles oxigenan al régimen cubano, permitiendo su supervivencia. Que aprovechan oportunidades de las que están excluidos los propios cubanos (de adentro o de fuera), sin otra consideración moral que la ganancia. Y no hay que olvidar la noción de la superioridad cubana: desde mediados del siglo XIX, la Isla fue más productiva y rica que su metrópoli, y durante la primera mitad del XX, los “gallegos” inmigraron como bodegueros y peones, no como ejecutivos. Medio siglo después, la balanza migratoria se ha invertido. Pero cuesta trabajo acostumbrarse.

Es cierto que la inversión extranjera colabora a la supervivencia del gobierno actual. Como también colaboran las remesas familiares —con su monopolio del comercio minorista, el gobierno cubano se abroga el derecho de imponer unos márgenes abusivos de ganancia—. Es cierto que el capital extranjero aprovecha en Cuba los bajos precios de la mano de obra, la limitada competencia; como también es cierto que se arriesga en un mercado incierto y sujeto a la cambiante voluntad del Economista en Jefe.

La Cuba de hoy sin inversiones foráneas ni los $1.200 millones anuales de remesas familiares, se vería abocada a un Período Más Especial, si cabe. Una circunstancia que podría provocar tímidas reformas económicas, e incluso una evolución sínica de la economía, pero difícilmente una apertura democrática. Una vuelta de tuerca a la represión sería más que probable.

La primera pregunta pertinente: ¿Se comportaría de diferente manera el inversionista norteamericano, el cubano-americano o el presunto empresario cubano, de serle concedidas idénticas oportunidades?

Y la segunda: ¿Estaría dispuesto el exilio cubano a suprimir las remesas, restándole oxígeno al régimen y ahogando de paso a sus propios familiares? Sospecho que la respuesta mayoritaria es no. De lo que se desprende la tercera pregunta:

¿Podemos pedirle al inversionista español que prescinda de oportunidades, que no negocie con el régimen, que no le preste respiración artificial, cuando nosotros mismos nos sentimos moralmente incapaces de cortarle el suministro de dólares, si el precio a pagar es la supervivencia de los nuestros?

Cada cual tendrá sus propias respuestas a estas preguntas. Pero algo que no dimana de las palabras, sino de los hechos, queda para mí muy claro. Al inversionista le interesa, ante todo, su margen de ganancia. Al gobierno cubano, mantenerse en el poder a toda costa, incluso contra el bienestar y la supervivencia de los gobernados. Y a los denostados exiliados, a la “mafia de Miami”, a la diáspora repartida por medio mundo, antes que promover la caída del régimen que nos obligó a ese duro oficio que es el exilio, nos interesa el destino de los nuestros. Nuestros compatriotas. Los nuestros. No los suyos. Y eso me enorgullece.

 

La invasión gallega”; en: Cubaencuentro, Madrid,3 de septiembre, 2001. http://www.cubaencuentro.com/economia/2001/09/03/3624.html.

 





FC Export Inc.

1 09 2001

Por si alguien no lo sabía, el mandatario cubano no es uno, sino dos: siguiendo un patrón que los cubanos conocemos bien, existe un FC de consumo nacional y un FC de exportación. A veces coinciden, pero no siempre.

FC Export Inc. fue uno de los oradores más aplaudidos durante la reunión de Durban, Sudáfrica, contra el racismo y la xenofobia. Entre otras verdades incontestables, recordó que en cien países el ingreso per cápita es hoy inferior al de hace quince años, que la fortuna de los tres hombres más ricos del mundo es superior al producto interno bruto sumado de los 48 países más pobres, y que 200 multimillonarios cuentan con ingresos ocho veces superiores a los de los 582 millones de terrícolas más pobres. Habló del racismo y la xenofobia como “un fenómeno social, cultural y político, no un instinto natural de los seres humanos”, cosa que más o menos todos sabemos. Y descargó toda la responsabilidad del desequilibrio mundial en la conquista y explotación del Nuevo Mundo, el reparto de África y Asia entre las naciones europeas, y la práctica del colonialismo y la esclavitud; exigiendo a las naciones desarrolladas compensaciones por sus crímenes pasados, presentes y futuros. ¿De dónde saldría el dinero para abonar estas compensaciones destinadas a equilibrar la balanza mundial del desarrollo? El Sr. Fidel Castro tiene la respuesta: entregar sin dilación a los países pobres el 0,7% del PNB de las naciones desarrolladas; abolir la carrera armamentista y el comercio de armas y destinar al desarrollo “una buena parte del millón de millones de dólares que se dedica cada año a la publicidad comercial, forjadora de ilusiones y hábitos de consumo imposibles de alcanzar, junto al veneno que destruye las identidades y las culturas nacionales”. Así de fácil.

Sin dudas, el desequilibrio mundial es a la larga insostenible, y sobre las naciones más ricas recae la responsabilidad de contribuir al desarrollo de los países más pobres. No sólo porque les corresponde cierta responsabilidad histórica de su desdicha (aunque también), sino porque en la aldea global nadie puede desentenderse de lo que le ocurre al vecino. No hay nación suficientemente impermeable como para impedir que la avalancha migratoria, los fundamentalismos, las guerras y el terrorismo no toquen a su puerta. Males que tienen su origen y/o su sustento en la miseria endémica y la falta de expectativas.

La tesis maniquea de FC, según la cual la culpa de todo la tienen las naciones colonialistas y esclavistas, el capital y los monopolios —en cumplimiento de su viejo axioma “la culpa es de otro”, sea el imperialismo, el embargo, la caída del comunismo o los ciclones—, no explica por qué Corea del Norte y del Sur son hoy tan diferentes, por qué Chile es cada vez más rico y Cuba cada vez más pobre, por qué Rusia, país colonial, es hoy más pobre que los tigrillos asiáticos, que un día fueron colonia, o la diferencia entre la India y Australia, ambas ex-colonias inglesas.

Debe ser muy grato a los oídos de ciertos mandatarios africanos, insultantemente ricos en países insultantemente pobres, escuchar que toda la culpa es de otro, y posiblemente se afilen los dientes ante la perspectiva de compensaciones económicas.

Su receta para obtener los recursos compensatorios parece responder a aquel slogan del 68, “sean realistas, pidan lo imposible”. Cuando alega que el desarme universal y la abolición de la propaganda comercial darían recursos suficientes para el desarrollo, los presentes le aplauden como si fuera un chiste o una metáfora. Todos, incluso él, saben que decirlo es mucho más fácil que hacerlo. Pero es difícil creer en la receta cuando proviene de uno de los países más pobres y mejor armados de América Latina. Un país que exportó la Revolución a los tres continentes, de modo que “más de medio millón de cubanos han cumplido misiones internacionalistas absolutamente voluntarias”, según FC Export. Voluntariedad que no se cree ningún cubano. Y se jacta de su contribución a la abolición del apartheid, y la conversión de Sudáfrica en un país libre. Tan libre, que disfruta de pluripartidismo, democracia representativa y del derecho de opinión (fue algo que olvidó señalar).

FC Export se hizo eco de “la persecución a que son sometidos los gitanos en Europa”, de los 500 mexicanos muertos el año pasado en la frontera con Estados Unidos —más de los que murieron, según él, en al muro de Berlín, aunque se declara contrario a cualquier muro—. FC Import habría aclarado que una cosa son los gitanos europeos, y otra los disidentes cubanos. O que en el Estrecho de la Florida yacen 30.000 cubanos, mojados de cuerpo entero, en contraste con los espaldas mojadas mexicanos. O que las trabas impuestas por Cuba a la emigración y al “tráfico libre de personas” que él le exige al ALCA no constituyen un muro, porque anda escaso el cemento.

Y para concluir, FC Export felicitó “al presidente Mbeki por la democrática y valiente idea de que los participantes en el plenario de la Mesa Redonda preguntasen todo lo que quisieran”, según el diario Granma. Algo que a FC Import jamás se le hubiera ocurrido.

 

Septiembre, 2001

 





Diálogo transiberiano

10 08 2001

Tras ocho días y 9,500 kilómetros en un tren blindado de 17 vagones, con cristales ahumados, al que precedían dos locomotoras para evitar atentados, Kim Jong-Il, monarca norcoreano, llegó a Moscú. El vástago de Kim Il Sung, además del poder absoluto sobre su pueblo, tiene numerosas manías: terror a los aviones (razón que explica su ferrofilia), pánico a las infecciones (llevó a Rusia su propia agua de Corea y se lava las manos y cara continuamente con alcohol), colecciona películas, vino francés, amantes, y cuando no monta en tren, cabalga en corceles pura sangre.

Como en los mejores tiempos de la URSS, a su paso se bloquearon los andenes, se suspendieron trenes de cercanías, resucitaron viejos usos protocolarios y el secretismo que rodeó el itinerario dificultó la labor de la prensa. En Omsk, una de sus escasas paradas, Kim Jong-Il visitó una fábrica de tanques (que quizás prefiera, a juzgar por el crecimiento y modernización de sus fuerzas armadas en un país que se muere literalmente de hambre) y otra de embutidos (más perentoria para sus conciudadanos). En Omsk se cuenta que le cantaron el “Hurra Hurra, querido King Jong-il, líder amado en todo el mundo”. Le bastaría cerrar los ojos para sentirse de nuevo en los dorados tiempos en que Stalin y su padre eran íntimos. Para no descuidar ningún rito, Kim Jong-Il ha sido el primer mandatario extranjero, en la época post-soviética, que ha visitado a Lenin en su mausoleo de la Plaza Roja.

Más allá de lo anecdótico, entre Vladimir Putin y su homólogo norcoreano ha habido numerosas coincidencias: Ratificar el Tratado Antimisiles de 1972 y rechazar el escudo nuclear proyectado por Bush, y que desataría una nueva carrera armamentista. Ambos expresan que el programa nuclear de Corea del Norte respetará la moratoria sobre las pruebas de misiles balísticos vigente hasta 2003 —»declara que su programa de misiles tiene un carácter pacífico y no supone amenaza para ningún país que respete la soberanía de la República Popular Democrática de Corea», reza el texto de la declaración conjunta firmada por ambos— y alegan «el derecho de cada Estado a disponer de una seguridad igual». Putin respalda en el acuerdo el diálogo entre las dos Coreas, «sin injerencias externas» y acoge «con comprensión» la exigencia de Pyongyang a EE. UU. sobre la retirada de sus tropas de Corea del Sur, “con vistas a garantizar la paz y la estabilidad en la Península Coreana con medios no militares», en palabras de Kim Jong-Il. Al respecto, Putin se ofrece a «desempeñar un papel constructivo y responsable» en el diálogo entre las dos Coreas, cosa que reforzaría su mermada presencia en Oriente. Tanto Vladimir Putin como el líder coreano coincidieron también en reclamar un mayor papel de la ONU en los asuntos internacionales, y Rusia respalda las negociaciones entre Corea del Norte, Estados Unidos y Japón, así como el restablecimiento de sus relaciones con Europa.

De haber ocurrido veinte años atrás, el protocolo habría sido el protagonista del encuentro entre ambos líderes. Hoy ha despertado el interés de los analistas y las suspicacias de Washington. Junto con Irán, Irak y Libia, Estados Unidos considera a Corea del Norte un «Estado gamberro», lo que define, según ellos, a Estados antidemocráticos, socioeconómicamente inestables y con aspiraciones de convertirse en potencias nucleares. Es cierto que Corea del Norte, a pesar de la hambruna que ya a diezmado a millones de habitantes, ha reforzado su presencia militar en la frontera sur, y se empeña en un costoso proyecto de tecnología nuclear punta —en 1988 realizó una prueba sobre el espacio aéreo de Japón con misiles balísticos—. Pero sería ridículo pensar que podría intentar un ataque nuclear a Estados Unidos, algo sólo creíble como excusa para engrosar el abultado presupuesto militar norteamericano y sembrar en la mente de los electores una falaz presunción de invulnerabilidad.

Es curiosa la inquietud de la administración Bush, porque Estados Unidos ha sido el principal organizador de la reunión entre Vladimir Putin y Kim Jong-Il, así como del acercamiento entre Moscú y Pekín.

A pesar del fin de la Guerra Fría y el desmoronamiento del antiguo campo socialista, el presupuesto militar norteamericano, en lugar de descender, ha crecido. Nuevas iniciativas, como el escudo antimisiles, resultan cuando menos contraproducentes tras la esperada distensión. Lejos de fomentar la integración de Rusia, la transición de China o la reunificación de ambas Coreas —que posiblemente reproduzca la absorción de la antigua RDA—, la arrogante pretensión norteamericana de convertirse en la policía del planeta en un mundo unipolar favorece el acercamiento entre países del antiguo bloque. Bien sea para presionar a Washington, o para restaurar la personalidad internacional perdida. En contraste con las amenazas y sanciones de Washington, Vladimir Putin ofrece una puerta a Corea del Norte, promete la expansión del transiberiano a toda la península coreana, y un programa de cooperación energética y comercial. Y, ya de paso, mantiene en vilo a su colega Bush ante la perspectiva de venderle armas a Kim Jong-Il.

El ferroviario coreano posiblemente recorrerá de regreso los 9.500 kilómetros a casa con la certeza de que incluso su estalinismo trasnochado puede encontrar aliados interesantes en este mundo. Todo está en buscarlos.

Diálogo transiberiano”; en: Cubaencuentro, Madrid,  10 de agosto, 2001. http://www.cubaencuentro.com/internacional/2001/08/10/3532.html.

 





Ideogramas en fuga

9 08 2001

A mediados de julio tuvo lugar en un yacimiento de estaño, en la provincia china de Guangxi, uno de los peores accidentes mineros de la historia: una filtración de agua mató a unos 400 mineros, aunque las autoridades sólo han reconocido poco más de cien. Ante los primeros rumores, la respuesta de las autoridades a la prensa (sobre todo la extranjera) fue que el accidente nunca ocurrió, y que se trataba de un comentario malintencionado. Más tarde, aceptaron una filtración de agua a la mina de Lajiapo, aclarando que sin víctimas. Insistieron en que se trataba de un rumor aun cuando el Diario de la Juventud de Shanghai publicó la noticia dos semanas después del accidente.

No tardó en circular la información en Internet, y varios periódicos de Guangxi, Pekín y Cantón, reiteraron el suceso, a pesar de las amenazas “de arriba”, que presionaron para silenciar el caso. La respuesta de la prensa fue la acusación a los dirigentes locales de intentar engañar a la opinión pública, aparecida nada más y nada menos que en el Diario del Pueblo, órgano del Partido Comunista. Un periodista chino llegó a infiltrarse de incógnito en la mina para comprobar la magnitud de la catástrofe, y lo que fue originalmente “un rumor” se convirtió en el rumor de las aguas circulando sobre cientos de cadáveres.

¿Se trata de una insubordinación de los periodistas chinos, de ideogramas en fuga que las autoridades no pueden contener? ¿Empieza a ejercer la prensa china la tarea de saneamiento social que debería corresponderle?

Hay indicios interesantes:

Empiezan a ser cubiertas diferentes catástrofes causadas por la negligencia oficial —el caso de las 42 víctimas por la explosión en marzo de un taller de fuegos artificiales en Jiangxi terminó con el primer ministro Zhu Rongji pidiendo disculpas en la televisión—. Se clausuran sitios webs y revistas de la provincia de Guangdong, por pasarse de la raya (siempre difusa) entre lo tolerado y lo intolerable. Yao Xiaohong es despedido del diario Información de la Ciudad por publicar (explicaré más tarde el subrayado) un artículo sobre la venta de órganos de presos ejecutados, cosa que el gobierno chino ha negado reiteradas veces. Indicios que, según algunos analistas, denuncian que la prensa china ha iniciado el camino de “no retorno” hacia la libertad de expresión.

Todos los que hemos ejercido el periodismo bajo un poder que dispone del “monopolio de la verdad” y del monopolio de la palabra, sabemos que el control de la prensa puede ser abrumador. Claro que es más fácil en un país como Cuba que en China, donde la tolerancia de ciertas “libertades” económicas permite márgenes de maniobra imposibles para un periodista cubano. Por eso subrayaba arriba el término publicar, dado que al tratarse de un hecho de tal magnitud, un control eficiente de la palabra habría sancionado al periodista por “intentar”, pero jamás por “publicar”. El cierre de sitios y revistas, indica también el juego a la riposta del gobierno ante la insubordinación informativa. Pistas que nos aproximan al veredicto de los analistas sobre el despertar de un nuevo periodismo en China.

Pero también conocemos que en ciertos momentos, el poder que hasta ayer actuaba como silenciador invita a la gritería. El propio Fidel Castro exclamaba durante el II Pleno del Comité Central del PC (1986) que “Ningún enemigo nos va a criticar mejor que lo que nos criticamos nosotros. (…) antes que la suciedad nos sepulte, es mucho mejor lavar los trapos al aire libre, Y añadía que “…debemos usar la prensa en esta batalla (…) Porque falta presión. Si existiera más presión yo creo que existirían menos errores. (…) Realmente, yo no veo manera de que nosotros empecemos e emplear la prensa de un modo más eficiente y que no se originen algunos de estos problemas (errores, injusticias), (…) si nosotros mismos (los dirigentes de la revolución) nos hemos equivocado. ¿Qué podemos esperar, que no se equivoquen los periodistas?”. Unos meses más tarde ya ni se hablaba del asunto. Los tecnócratas culpables habían sido purgados, el país volvía a ser “el mejor de los mundos posibles” y se nos convocaba a cerrar filas frente al enemigo. Pobre del que se hubiera tomado la glásnost en serio.

Los propósitos de este tipo de operaciones pueden ser desde la búsqueda de verdades “convenientes” para limpiar el staff de elementos indeseados, hasta ofrecer una cara más amable y tolerante ante el exterior, o rescatar la credibilidad del discurso. ¿Será eso lo que ocurre en China? ¿Una apertura controlada y dirigida preferentemente hacia ciertos territorios y esferas, de modo que se facilite la limpieza doméstica? Quizás. Aunque posiblemente haya diversos ingredientes en este arroz tres delicias: apertura controlada y dirigida, imposibilidad de ejercer un férreo monopolio de la verdad en condiciones de cierta libertad económica, y (la mejor) la voluntad de periodistas y medios de vindicar su oficio y convertirse en empresarios éticos en el libre mercado de la palabra. O del ideograma en este caso. Ojalá sea éste el ingrediente que determine la calidad del plato informativo que se sirva a los chinos en los próximos años.

Ideogramas en fuga”; en: Cubaencuentro, Madrid,  9 de agosto, 2001. http://www.cubaencuentro.com/opinion/2001/08/09/3505.html.