Diálogo transiberiano

10 08 2001

Tras ocho días y 9,500 kilómetros en un tren blindado de 17 vagones, con cristales ahumados, al que precedían dos locomotoras para evitar atentados, Kim Jong-Il, monarca norcoreano, llegó a Moscú. El vástago de Kim Il Sung, además del poder absoluto sobre su pueblo, tiene numerosas manías: terror a los aviones (razón que explica su ferrofilia), pánico a las infecciones (llevó a Rusia su propia agua de Corea y se lava las manos y cara continuamente con alcohol), colecciona películas, vino francés, amantes, y cuando no monta en tren, cabalga en corceles pura sangre.

Como en los mejores tiempos de la URSS, a su paso se bloquearon los andenes, se suspendieron trenes de cercanías, resucitaron viejos usos protocolarios y el secretismo que rodeó el itinerario dificultó la labor de la prensa. En Omsk, una de sus escasas paradas, Kim Jong-Il visitó una fábrica de tanques (que quizás prefiera, a juzgar por el crecimiento y modernización de sus fuerzas armadas en un país que se muere literalmente de hambre) y otra de embutidos (más perentoria para sus conciudadanos). En Omsk se cuenta que le cantaron el “Hurra Hurra, querido King Jong-il, líder amado en todo el mundo”. Le bastaría cerrar los ojos para sentirse de nuevo en los dorados tiempos en que Stalin y su padre eran íntimos. Para no descuidar ningún rito, Kim Jong-Il ha sido el primer mandatario extranjero, en la época post-soviética, que ha visitado a Lenin en su mausoleo de la Plaza Roja.

Más allá de lo anecdótico, entre Vladimir Putin y su homólogo norcoreano ha habido numerosas coincidencias: Ratificar el Tratado Antimisiles de 1972 y rechazar el escudo nuclear proyectado por Bush, y que desataría una nueva carrera armamentista. Ambos expresan que el programa nuclear de Corea del Norte respetará la moratoria sobre las pruebas de misiles balísticos vigente hasta 2003 —”declara que su programa de misiles tiene un carácter pacífico y no supone amenaza para ningún país que respete la soberanía de la República Popular Democrática de Corea”, reza el texto de la declaración conjunta firmada por ambos— y alegan “el derecho de cada Estado a disponer de una seguridad igual”. Putin respalda en el acuerdo el diálogo entre las dos Coreas, “sin injerencias externas” y acoge “con comprensión” la exigencia de Pyongyang a EE. UU. sobre la retirada de sus tropas de Corea del Sur, “con vistas a garantizar la paz y la estabilidad en la Península Coreana con medios no militares”, en palabras de Kim Jong-Il. Al respecto, Putin se ofrece a “desempeñar un papel constructivo y responsable” en el diálogo entre las dos Coreas, cosa que reforzaría su mermada presencia en Oriente. Tanto Vladimir Putin como el líder coreano coincidieron también en reclamar un mayor papel de la ONU en los asuntos internacionales, y Rusia respalda las negociaciones entre Corea del Norte, Estados Unidos y Japón, así como el restablecimiento de sus relaciones con Europa.

De haber ocurrido veinte años atrás, el protocolo habría sido el protagonista del encuentro entre ambos líderes. Hoy ha despertado el interés de los analistas y las suspicacias de Washington. Junto con Irán, Irak y Libia, Estados Unidos considera a Corea del Norte un «Estado gamberro», lo que define, según ellos, a Estados antidemocráticos, socioeconómicamente inestables y con aspiraciones de convertirse en potencias nucleares. Es cierto que Corea del Norte, a pesar de la hambruna que ya a diezmado a millones de habitantes, ha reforzado su presencia militar en la frontera sur, y se empeña en un costoso proyecto de tecnología nuclear punta —en 1988 realizó una prueba sobre el espacio aéreo de Japón con misiles balísticos—. Pero sería ridículo pensar que podría intentar un ataque nuclear a Estados Unidos, algo sólo creíble como excusa para engrosar el abultado presupuesto militar norteamericano y sembrar en la mente de los electores una falaz presunción de invulnerabilidad.

Es curiosa la inquietud de la administración Bush, porque Estados Unidos ha sido el principal organizador de la reunión entre Vladimir Putin y Kim Jong-Il, así como del acercamiento entre Moscú y Pekín.

A pesar del fin de la Guerra Fría y el desmoronamiento del antiguo campo socialista, el presupuesto militar norteamericano, en lugar de descender, ha crecido. Nuevas iniciativas, como el escudo antimisiles, resultan cuando menos contraproducentes tras la esperada distensión. Lejos de fomentar la integración de Rusia, la transición de China o la reunificación de ambas Coreas —que posiblemente reproduzca la absorción de la antigua RDA—, la arrogante pretensión norteamericana de convertirse en la policía del planeta en un mundo unipolar favorece el acercamiento entre países del antiguo bloque. Bien sea para presionar a Washington, o para restaurar la personalidad internacional perdida. En contraste con las amenazas y sanciones de Washington, Vladimir Putin ofrece una puerta a Corea del Norte, promete la expansión del transiberiano a toda la península coreana, y un programa de cooperación energética y comercial. Y, ya de paso, mantiene en vilo a su colega Bush ante la perspectiva de venderle armas a Kim Jong-Il.

El ferroviario coreano posiblemente recorrerá de regreso los 9.500 kilómetros a casa con la certeza de que incluso su estalinismo trasnochado puede encontrar aliados interesantes en este mundo. Todo está en buscarlos.

Diálogo transiberiano”; en: Cubaencuentro, Madrid,  10 de agosto, 2001. http://www.cubaencuentro.com/internacional/2001/08/10/3532.html.

 


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