El chin chin de Berlín

5 05 1996

Cierto noviembre crucé seis veces en una tarde el muro de Berlín. Es decir, el sitio donde quedaba el muro. Hazaña impensada antes de 1989, para cualquier berlinés es hoy pura rutina. Demostración de que la vida es más dialéctica y mudable de lo que muchos académicos quisieran. Durante esa tarde pude deambular por las amplias avenidas del sector este, tan similar a Moscú por ese aire señorial de los enormes edificios gubernamentales. Una arquitectura pesada, densa, aplastante, destinada a demostrar a los infelices mortales, que se mueven como pulguitas a los pies de esos brontosaurios de piedra, quién tiene el poder. Y sobre todo que el poder es algo de una magnitud muy superior a su humana estatura, de modo que sienta la compulsión a obedecer: esa saludable actitud ciudadana.

En el lado oeste, se levanta uno de los mayores y más lujosos espacios comerciales del mundo. Diseñado con el objetivo de encandilar la mirada de los berlineses orientales, que indefectiblemente atisbaban por encima del muro los brillos y oropeles de la sociedad de consumo, ha quedado como un monumento a ese otro poder: el poder de la ilusión. Que es en el fondo el mismo poder, pero con un atavío más atractivo (y rentable). Quien vende, manda ─reza un viejo adagio─; y quien compra, obedece. Quien vende, gana. Quien gana, detenta el poder económico: médula ósea del poder político. Ya la arquitectura no necesita aplastar al hombre para demostrarle quién manda. Ahora lo engulle dulcemente, lo climatiza, le susurra al oído una música ambiental facilonga y confortable, y pone a su alcance todo cuanto soñara y hasta lo que aún no ha soñado. En la caja lo esquilma y lo devuelve contentísimo a casa, convencido de que deberá trabajar como un poseso para alcanzar el paraíso (de plástico). Una técnica antiquísima, que todas las mujeres inteligentes del mundo han empleado con sus maridos.

Pero por suerte o por desgracia, al menos una parte respetable de la humanidad adolece de un sano escepticismo, y al cabo es él quien le induce a desconfiar incluso de las más apetitosas imposiciones. Ajena a los extremos de obediencia o consumo, esa humanidad es como la llovizna, garúa o chin chin, como se llama en Cuba, fina pero persistente, que acompañó mi periplo berlinés: no empapa, pero moja; no retumba como aguacero, pero al cabo, por pura reiteración, hace crecer las plantas. Excepto las artificiales.





Oh, milagro

26 03 1996

Es asombroso que aún pululen por las calles ancianos encorvados, calvos, gordos, que las arrugas permanezcan impávidas en muchos rostros. Cualquier televidente crédulo no daría crédito a sus ojos. Porque ya hay en circulación cientos de fármacos milagrosos que en tres semanas y sin esfuerzo convierten la silueta de Montserrat Caballé en la de Noemí Campbell, el torso de Pavarotti en el de Joaquín Cortés. Crecepelos que conceden melenas Heavy Metal aún a los calvos del tipo bola de billar. Antiarrugas que harían de mi abuela una Miss Cualquier Sitio. La Corte de los Milagros, pero con marketing, tecnología y muy buena voluntad (de los usuarios).
El viejo Tolstoi dijo cierta vez que «la felicidad consiste en querer lo que uno tiene, no en tener lo que uno quiere». Cierto que resulta una afirmación sospechosa en boca de un terrateniente ruso, propietario de una extensión que equivalía a la de un país europeo, y no de los más chicos, y era dueño, señor y dios de las vidas de sus mujiks. Tampoco la comparto totalmente, porque creo que es propensión natural de los humanos plantearnos metas y esforzarnos por conseguirlas. Gracias a ello no permanecemos aún en las cavernas, comentando la última cacería de mamuts. Pero sí hay algo cierto en la afirmación: la felicidad está compuesta por una dosis de inconformidad (que te impulsa) y otra de autosatisfacción (que te reafirma). La felicidad, como cualquier otra armonía, depende del equilibrio. Explotar al máximo las propias posibilidades en la persecución de un objetivo posible, y asumir las propias limitaciones para no acercarse demasiado al Sol con un par de alas pegadas con cera.
No obstante, hay quienes continúan inmolando las felicidades posibles a las probables. No hay mejor ingrediente para la infelicidad que ese divorcio entre las aptitudes y las actitudes. El miope extraordinariamente dotado para las matemáticas que quiere ser piloto de pruebas. La muchacha con un instinto natural para el diseño que aspira a un lugar en las pasarelas aunque apenas mida un metro con 50. Creo que no es conformismo, sino sabiduría, sacar a tiempo el carné para conducirnos por la vida: sus pasos prohibidos, sus autovías rápidas, sus pasos preferenciales. Más vale evitar accidentes.
Y, sobre todo, asumir que hay muchos órdenes de la felicidad: la de los famosos con vocación que disfrutan el acoso de los reposteros del corazón (no es un error tipográfico: reposteros son los que preparan esas tartas periodísticas almibaradas y kitsch). La felicidad de quienes crean algo con sus manos y/o su talento (desde carpinteros hasta novelistas o filósofos). O la felicidad cotidiana de quienes disfrutan el crecer de sus hijos y las muchas y pequeñas bondades de estar vivo. Ninguna es deleznable.
Pero hay quienes nunca consiguen llevarse bien consigo mismo, y a ellos van dirigidos los milagros de esa expedita farmacopea: al desgarbado que nunca tuvo voluntad (y quizás ni falta que le hacía) para perseverar cuatro horas al día en el gimnasio atiborrado de anabolizantes, pero ha soñado siempre con la musculatura de Stallone; a la gorda que aspira a Jane Fonda sin renunciar a la bollería selecta; al señor de libido baja que pretende convertirse en semental a los 50. Sin darse cuenta que asumirse con las buenas y las malas es la primera de las tolerancias, el escalón inicial hacia la felicidad. Y que, sean cuales sean sus rótulos o propósitos, todos estos placebos constan de dos ingredientes comunes: la inconformidad absurda y la credulidad en milagros que no conlleven una buena dosis de sacrificio. Y para suerte de esos milagreros sin escrúpulos, los ingredientes esenciales no tienen que importarlos del exótico Oriente ni provienen de la biotecnología norteamericana: nosotros se los proporcionamos. Gratis.
“Oh, milagro”; en: Diario de Jaén, Jaén, España, 26 de marzo, 1996, p. 21.





Plagios

17 03 1996

«La verdadera y buena originalidad ni se pierde ni se gana con copiar pensamientos, ideas o imágenes, o por tomar asuntos de otros autores. La verdadera originalidad está en la persona, cuando tiene ser fecundo y valer bastante para trasladarse al papel que escribe, y quedar en lo escrito, como encantado, dándole vida inmortal y carácter propio», dijo Juan Valera para defender a Don Ramón de Campoamor, al ser publicada en El Globo (1876) una denuncia por plagiar a Víctor Hugo. De todas maneras, Juan Valera no logró convencer a nadie, porque el denunciante citaba más  de un centenar de frases, pensamientos y sentencias que Campoamor había incluido casi literalmente en su obra. Quizás este haya sido uno de los más escandalosos plagios de la historia, pero no el primero ni el último.

Ya Demóstenes había plagiado a su maestro Iseo. Virgilio capturó algunos textos de Homero. Clément Marot se apropió de algunos textos oriundos de Marcial; y Montaigne repetía otros de Plutarco y Séneca, para ser plagiado a su vez por Charon. La Fontaine saquea a Esopo (más del 80% de sus fábulas son copiadas) y Alejandro Dumas (padre) se apropia de algunas obras de Gosselin.

Pero ha habido incluso plagios que no eran tales.

En 1808 Charles Nodier publica los Poemas de Clotilde de Surville. Las biografías que aparecieron en las notas críticas a partir de la publicación, firmadas por los más grandes analistas literarios del momento, revelaron que la dama había nacido en 1405, que había sido esposa de Béranger de Surville, muerto en batalla contra Santa Juana de Arco, etc, etc. Y al final, Gastón Paris revela, en 1873, que Clotilde de Surville no había existido nunca. En las obras publicadas, la tal Clotilde citaba a Lucrecio, aún ignorado por entonces, a Copérnico, que no tendría ni dieciocho años el día de la muerte de Clotilde. Habla también de los satélites de Saturno, descubiertos por Herschel en el siglo XVII. Sainte‑Beuve reveló más tarde que el falsificador no era otro que el marqués de Surville (1790).

La publicación de las Canciones de Bilitis confundió incluso a los sabios alemanes. Publicadas en 1894 por Pierre Louys, con un prólogo donde explicaba que los poemas habían sido encontrados en una tabletas enterradas en unas ruinas cerca del palacio de Limisso, los poemas conquistaron rápidamente por su belleza la admiración del mundo cultural, que aceptó como excelente la traducción de un hombre que ya anteriormente había traducido a Meleagro. No pasó un año antes que un diccionario de literatura escrito por Lolicée y Gidel citara a Bilitis, y que basados en esa autoridad que tiene todo diccionario, los alemanes Willamowitz y Paul Ernst defendieran a Bilitis a capa y espada; hasta que un buen día, en 1897, André Gide demostró que las Canciones de Bilitis eran obra de Pierre Louys.

Aunque el más burlesco de los plagios se le hizo a un pobre burro. En 1910 Joachim Raphael Boronali, expuso en el Salón des Independants de París su cuadro abstracto Et le Soleil se coucha sur le Adriatique, muy alabado por los críticos. Después de publicadas todas las reseñas, donde predominaban los comentarios favorables, Boronali explicó el procedimiento mediante el cual había confeccionado la obra: Después de atar el pincel a la cola de un burro, se dedicó a atiborrarlo de azúcar, y el animal, contentísimo, fue embadurnando la tela, que por tal razón tiene ese aspecto como de alegría desenfadada que ya los críticos habían apuntado.

Pero si en algo Don Juan Valera tenía razón, es que no todo préstamo es un plagio. Ni Shakespeare fue plagiario al tomar prestadas casi todas las anécdotas de sus obras de teatro, ni Racine al tomar sus temas de la antigüedad y de la Biblia, ni Moliere al copiar el teatro italiano, ni Corneile, al asimilar los teatros español e italiano, ni Jean Cocteau al basar sus filmes en los dramas antiguos. Porque el genio puede tomar prestada una pequeña anécdota, una circunstancia, e incluso todo el esqueleto argumental de una obra. Lo único que no podría copiar, y que de hecho el genio nunca copia, es trascender la anécdota inmediata para convertirla en una verdadera obra de arte. En eso el genio solo puede plagiarse a sí mismo.

 

Plagios; en: Diario de Jaén, Jaén, España, 17 de marzo, 1996, p. 23.

 





Ovejas

15 02 1996

La parábola cuenta de un hombre que tenía cien ovejas. Una de ellas se le descarrió y él, abandonando las otras noventa y nueve, marchó al monte, rastreó sin reposo los trillos y cañadas e indagó en los barrancos hasta dar con ella.

Mientras, se le descarriaron las otras noventa y nueve.

 

“La parábola de las ovejas”; en: Diario de Jaén, Jaén, España, 15 de febrero, 1996, p. 29.

 





Bizantinadas

7 02 1996

A pesar del estruendo que venía desde las murallas atravesando el aire leve de Bizancio, los monjes continuaron enfrascados en discusiones teológicas y de orden interior.

Entre tanto, Mohamed Mahomet II, El Conquistador, estaba cumpliendo lo que se había prometido a sí mismo desde el principio de su reinado: sitiar Constantinopla, cuya conquista prometía el Corán a los musulmanes, signo precursor del juicio final que aguardaba a los cristianos y del triunfo definitivo de la verdadera fe (Alá, of course).

Mientras Constantino XIII, con el rostro tiznado de humo y pólvora, trataba de restañar las heridas por donde se le iba desangrando la ciudad, llegaron a sus oídos, gracias a un cambio rápido, y por suerte efímero, de la brisa, retazos de aquella discusión perpetrada por los monjes, cuyo fin último era decidir el sexo de los ángeles, si las sandalias reglamentarias serían negras o marrón, el calibre y color de la cuerda con que se anudarían la sotana y otros asuntos incluso más complejos, en los que no era fácil alcanzar el consenso. A Constantino XIII le dieron ganas de voltear sus cañones y convertir a los monjes en puré de. Pero por suerte (para los monjes), el cambio de la brisa fue breve, un mar de cimitarras se le vino encima, y  Constantino XIII se olvidó de ellos.

Los musulmanes no. Y más tarde dispusieron de mucho tiempo libre.

 

“Bizantinadas”; en: Diario de Jaén, Jaén, España, 7 de febrero, 1996, p. 26.





La peor dictadura

15 12 1995

Si descontamos la democracia esclavista en la Grecia clásica, donde sólo una parte de la ciudadanía integraba el demos y tenía derecho a la cracia, la tradición democrática de Occidente es relativamente reciente, y su consolidación, aún más. El Estado del bienestar produce un efecto tranquilizante: ya los obreros de Manchester no son los del viejo Engels (que muy bien los debía conocer, porque era dueño de factorías), ni los franceses se parecen a los pavorosos personajes de Emile Zolá. Una revolución en Noruega es tan impensable como natural en Chiapas. Incluso los partidos de izquierda (perdón, de izquierda izquierda) apoyan el statu quo, las elecciones libres y el Estado de derecho, con la esperanza de que algún día se convierta en el Estado de izquierda. Así las cosas, y como el modelo parece funcionar, con sus escándalos, pero sin sobresaltos latinoamericanos, Occidente ha decidido que se trata de un modelo de uso universal, como los vaqueros. Aplausos para las nuevas democracias del Este. Hurra por los latinoamericanos, que se han quitado por fin los uniformes (hasta Fidel Castro, aunque sólo sea para asistir a los encuentros internacionales, que en casa resulta bastante incómodo andar disfrazado). El modelo se vende, hay mercado, y las trasnacionales no pueden instalar en el sur sus fábricas de baja tecnología o sus almacenes de turistas, sin un mínimo de tranquilidad que garantice la inversión. Y si alguien se empeña en seguir usando un modelito autocrático pasado de moda, se le mantiene el bloqueo. Y si otro ataca al vecino y se niega a deponer las armas, bloqueo también. Sobre todo si se trata de gobiernos izquierdosos o algo semejante y no muy amigos del Occidente Cristiano. El único defecto de esos bloqueos es que los sufren los pueblos, no los gobiernos. Un modo muy contundente de decir: «Revoquen a sus gobernantes en las próximas elecciones… perdón, si ustedes no tienen elecciones. Bueno, revóquenlos de cualquier modo o se morirán de hambre». Y como autodeponerse sigue siendo un acto tan raro como la automutilación, ahí sigue el demos cargando con su bloqueo, lo que no le hace ninguna cracia.

Lo curioso es que si la autocracia es marcadamente reaccionaria, incluso antediluviana, pero amiga y petrolífera, no hay bloqueo, porque en esos casos la dictadura es parte del acervo cultural, y se impone el respeto a las tradiciones ajenas y la biodiversidad. Si la autocracia se combina con el libre mercado, sobre todo si es el mayor del planeta, habrá su escándalo de Tianamen, pero un bloqueo sería financieramente inmoral. Y las virtudes de la moral financiera son irrefutables.

Pero hay una dictadura mucho más difícil de cancelar, porque no basta cambiar uniformes por chaquetas de ejecutivos o gastar un poco de papel (mojado a veces) en boletas electorales cada cuatro años. La dictadura del hambre, bajo la cual yacen las dos terceras partes de los terrícolas, para quienes la abundancia no se postula nunca. Si el Estado de derecho no establece en primer lugar el derecho a la vida, al pan, a la salud primaria será siempre precario.

Cayó la cortina de hierro. Aplausos prolongados. Pero la cortina de harapos sigue en pie y es más extensa y cruel que la otra. Al respecto, la moral informativa suele ser, cuando menos, curiosa: si en Rwanda se matan a machetazos, es noticia; si mueren silenciosamente de hambre, no.

Quedan lejos los tiempos en que el indio de Potosí inmolaba los pulmones sin saber que aquella plata alimentaba el crecimiento económico del Norte, y a la larga su primera democracia: la del pan. La democracia del pan es, pues, la primera justicia. La única que garantizará las otras, en un planeta que se ha vuelto demasiado pequeño: en las noches claras, desde Africa se divisan las luces de Europa. Al Sur le basta empinarse sobre las alambradas para saber lo que ocurre en el Norte. El Norte también mira hacia el Sur. Y teme. Pero sólo mira.

“La peor dictadura; en: Diario de Jaén, Jaén, España, 15 de diciembre, 1995, p. 26.





Extranjero

4 12 1995

Extranjero es una palabra rara y polivalente, que ha servido incluso para titular libros y grupos de rock. Para un espartano, extranjero era el ateniense que habitaba, por así decirlo, a la vuelta de la esquina. Con el tiempo, todos terminaron siendo griegos. Extranjero era, entre los romanos, un concepto geopolítico: un romano de pura cepa podía nacer en las Galias o en Hispania, mientras el advenimiento de un bárbaro podía ocurrir a los pies del Coliseo, sin que por ello dejara de ser extranjero, lo que en este caso equivalía a extraño, ajeno. En las colonias españolas de Hispanoamérica, el criollo, nacido en el Nuevo Mundo, sin importar que sus padres fueran castellanos viejos, por razones geográficas (que a la larga se convirtieron en razones económicas y, más tarde, políticas, militares) no tenía acceso a numerosos cargos públicos. Era extranjero. Extranjero en su propia tierra.

En países como Suiza, para que a un extranjero se le conceda la ciudadanía —únicamente al estar casado con un ciudadano suizo—, debe reunirse el consejo de la localidad donde nació el cónyuge, valorar los méritos y deméritos del aspirante a la suizificación, y decidir, a puro voto democrático, si el tal tiene derecho o no a la eximia nacionalidad de las vacas alpinas y los quesos Emmental. Incluso en junio del 94, durante un referéndum sobre si se le concedía o no la nacionalidad a los hijos y nietos de inmigrantes nacidos en el país (y que sólo hablan alemán, francés o italiano, no su idioma de origen), más de la mitad de los suizos dijeron que no. De modo que siguen siendo extranjeros en la tierra donde nacieron ellos y sus padres. Españoles, croatas o chilenos que jamás han pisado los países de donde, teóricamente, son nativos. La extranjeridad es su condición natural.

He escuchado a algunas personas sentirse orgullosas de su nacionalidad, y creo que ello entraña un absurdo: es puro accidente que yo haya nacido en La Habana y no en Helsinki o en Ulan Bator. No puedo sentirme orgulloso por algo en que no intervine, y que, por tanto, no entraña ningún mérito. Podría, en cambio, sentirme orgulloso de mis obras, de mi condición humana, de mi país o de mi pueblo (lo cual no equivale a mi nacionalidad, mudable, como cualquier rótulo). Y me refiero a esto porque, apreciando los nacionalismos sanos, no excluyentes y que podrían asumirse como una categoría cultural, la salvaguarda de una herencia histórica; detesto los nacionalismos chovinistas, excluyentes, detentados por personas que se atribuyen los méritos de su pueblo gracias a una simple partida de nacimiento. Méritos en los que, con harta frecuencia, no han cooperado en lo absoluto. Y el aprecio superlativo y miope de lo propio viene con asiduidad convoyado por el desprecio a Lo Otro, Lo Extranjero. De modo que la otredad se convierte en un defecto y el otro, el extranjero, pasa a ser el bárbaro de los romanos, excluible, inferior.

La historia demuestra que la nación pervive, no el país. Yugoslavia fue un país, como la Unión Soviética o Checoslovaquia. Hoy descubrimos cuantas naciones contenían. O el África Negra, donde impusieron fronteras quienes se repartieron el botín, sin tomar en consideración las verdaderas naciones, sajadas a mansalva por esas líneas trazadas en los mapas. Pero la nación, la verdadera nación, que parte del auto reconocimiento de una herencia cultural e histórica, no cree en esas demarcaciones artificiales, y un yoruba sigue siendo yoruba antes que senegalés.

Pero ni siquiera la nación, a nivel individual, es determinista. La historia está llena de travestismos nacionales. ¿Era Conrad un escritor polaco o inglés? Y  Nabokov: ¿norteamericano o ruso? ¿Y esa Gertrudis Gómez de Avellaneda, nacida en el Camagüey cubano, cuya obra se imparte en los cursos de literatura española? Demasiados ejemplos demuestran que incluso la nacionalidad puede ser una vocación: la del hombre que asume la nacionalidad (y no sólo la ciudadanía) del sitio donde halla la plenitud y la felicidad, es decir, su lugar (suyo, intransferible) en el planeta. De modo que, con frecuencia, la llamada cultura nacional está minada de extranjeros. Sin ir más lejos: el mayor acontecimiento de la historia española, el descubrimiento de América —llamémosle así para abreviar— fue obra de un extranjero, que quizás (antes de la ignominia, el desprecio y las cadenas) se sintiera más extranjero en su tierra natal. O el Napoleón francés, que era corso. Y el Napoleón alemán, Adolf Hitler, que era austríaco. Demasiados accidentes hacen sospechar que la cultura y la historia nacionales son más internacionales de lo que se piensa. Y el Hitler ruso, que era georgiano.

Tantos criterios encontrados, definiciones incompletas y romas, me inducen una duda esencial: ¿qué es por fin extranjero? Y no acabo de concretarlo en una categoría geográfica o legal, en un pasaporte, una raza o un idioma. Y por eso prefiero asumir como sinónimo de extranjero una palabra inglesa: alien. Y alien es sólo aquel que reniega de los valores universales que la raza humana:  comprensión, sabiduría, amor y tolerancia; extranjero quien pretenda confirmar el yo a costa del no yo, quien se asuma centro para instaurar la periferia, quien destruya puentes y tapie puertas, pretendiendo quizás (iluso de él) vestir de ajeno lo que ocurra en cualquier otro lugar del planeta, más allá de su miope geografía; en un planeta cada vez más pequeño, cada vez más cercano. Extranjero es quien no entiende que el hambre de los indígenas bolivianos y peruanos coloca la cocaína a la puerta de nuestras escuelas. El que no escucha a John Donne cuando advertía que siempre que las campanas están doblando, no importa por quién sea, doblan por ti.

El resto, somos ciudadanos de hecho y derecho, nacidos y criados en la nación de los seres humanos: este maltratado  planeta.

 

“Extranjero; en: Diario de Jaén, Jaén, España, 4 de diciembre, 1995, p. 18./ “Extranjero; en: Cubaencuentro 19 /04/2002 http://arch.cubaencuentro.com/sociedad/2002/04/19/7446.html

 





Cuba a dos ojos

29 11 1995

Occidente suele ser tuerto al mirar hacia Cuba: un nostálgico ojo izquierdo que reivindica el paraíso social de sus sueños (abortados exclusivamente por el embargo yanqui), o un feroz ojo derecho que convoca la muerte de Castro como única puerta hacia la democracia (preferentemente occidental, posiblemente sucedánea). Pero no basta mirar, hay que ver. Y la imagen estereoscópica requiere de ambos ojos.

Porque Cuba es esa Isla minúscula que intentó tocar el cielo desde su soledad continental, que sostuvo el mito de David frente a Goliat, referente para América Latina y buena parte del Tercer Mundo. A pesar de todo, es el país que ha terminado instaurando, en lugar de la dignidad estoica, una nueva picaresca de la supervivencia: lo que algún cubano bautizó como “La Era de las Tres R” (Resistir, Robar o Remar).

¿Cuándo accederá Cuba a una democracia, por fin, a nuestra imagen y semejanza?, es la pregunta del Occidente Cristiano, mientras defiende a Kuwait y otras curiosas democracias petrolíferas árabes. Pero la peor dictadura es el hambre. La primera a derrocar; cuando para dos tercios del planeta la abundancia no se postula nunca.

En 1990, Fidel Castro llegó a decir que antes de renunciar al socialismo, el pueblo cubano preferiría marcharse de las ciudades y labrar la tierra al estilo de los indios taínos. La idea cayó pronto en el olvido, junto al slogan “Socialismo o Muerte”, porque se percataron de que ningún pueblo se suicida. Con la caída del Este (y con ello, del 80% del comercio cubano) se abría para el gobierno de la Isla el mayor reto de su historia: ¿Cómo evitar que el hambre llegara a extremos tales que la desesperación pusiera en peligro el statu quo? ¿Cómo hacerlo sin concesiones al capitalismo, que significarían una derrota ideológica, y sin abandonar las conquistas sociales, única razón objetiva para su permanencia en el poder? Pero, sobre todo, ¿cómo hacerlo sin ceder ni una brizna del poder monopolizado por FC durante treinta años?

El Ministerio del Interior adquirió por entonces equipos antimotines, pero Valeriano Weyler, último Capitán General, y los dictadores Machado y Batista, la historia toda del país, demuestran que ese es el método más expedito para ser derrocado. Error. Efectúe otra jugada.

Recordaron entonces al pensador cubano José de la Luz y Caballero: “Más vale proveer que prohibir”. Pero para proveer no bastaba una economía que, sin ayuda externa, se desplomó en apenas un año, incapaz de cubrir ni siquiera las cuotas del racionamiento. La única solución era incrementar la eficiencia económica. Pero sin acudir a las fórmulas del Fondo Monetario, sin cancelar las conquistas sociales y sin dinamitar los fundamentos del sistema: ultra centralización, propiedad estatal y manejo de la economía según criterios políticos.

¿Qué hacer entonces? La ensaladilla rusa, hambre con democracia, no es una buena receta para conservar el poder. Más apetecible es el pato al estilo de Pekín: dictadura política con crecimiento económico. Pero, eso sí, nada de permitir una nueva casta de propietarios criollos. No sólo quiebra el sagrado igualitarismo, sino que sería, invirtiendo la frase de Marx, como fabricar el propio sepulturero. Patentaron entonces su propia fórmula: un capitalismo sólo para extranjeros que subvencionara el socialismo sólo para cubanos.

Esto es: descapitalizar la nación vendiendo medios de producción al capital foráneo, permitirle invertir y operar según sus propias leyes; para cobrar más tarde el diezmo. ¿Por qué no a los nacionales? Según algunos voceros del régimen, porque el cubano carece de capital. Como si el dinero, ente sin patria, no pudiera arribar desde Miami vía Zúrich. Dos millones de exiliados preferirían invertir en empresas que manejaran sus familiares en Cuba, en lugar de ir, mal que bien, subvencionando su miseria con la mínima ayuda familiar que admite el embargo. La inversión es siempre más digna y fructífera que la caridad. ¿Por qué entonces el gobierno se ha negado a esta opción? En realidad, razones políticas. El inversionista extranjero aporta capital, permite el funcionamiento de una parte de la economía, pero no tiene ningún derecho político. Si obtiene ganancias, incluso apoyará al gobierno. Los nacionales, en cambio, podrían constituir a mediano plazo una capa productiva, eficiente, y ya se sabe que el poder económico siente un hambre precoz de poder político.

¿Por qué permitir entonces ciertas formas de trabajo privado: artesanos, fabricantes de baratijas, pequeños restaurantes? Se trata de aprobar a regañadientes fórmulas que ya la picaresca de la supervivencia venía ejerciendo, paliar la abrumadora escasez y contener el descontento, como quien engaña el hambre con caramelos; desatar aunque sea una mano a las fuerzas productivas, altamente capacitadas pero uncidas a las ineficaces relaciones de producción, y ofrecer la puerta lateral como salida al enorme desempleo, producto del cierre masivo de fábricas y empresas. Pero prohibiendo a los profesionales (medio millón) ejercer por libre sus oficios, y evitar así el surgimiento de una empresa altamente cualificada y competitiva que demuestre (aun más) la incompetencia del aparato estatal. El ingeniero puede montar un pequeño restaurant, pero no una fábrica; el médico vende dulces a domicilio y el periodista fabrica juguetes de papier maché, pero jamás se les permitirá instalar una consulta o crear un periódico. Y sin hacer constar de forma definitiva la libertad de empresa y comercio de los nacionales, de modo que sea suprimible ─no es novedad, ya ha ocurrido antes─. Como la prostitución: Según el propio Fidel Castro, entrevistado en Nueva York, no se la persigue “para que no nos acusen de violar los derechos humanos”, pero jamás se legalizará. Al igual que la iniciativa privada de poca monta, las muchachas que se ganan el pan con el sudor de su cintura disfrutan del sobresalto: la tolerancia reversible.

Pero es natural el temor a inversiones masivas e incontroladas en la Isla o a la creación de una burguesía depositaria del capital procedente del exilio. La cúspide más ortodoxa, por razones ideológicas; otro sector de la burocracia política, por motivos más bastos: se están colocando ya, como gerentes de empresas mixtas, representantes de firmas extranjeras, etc., en posición de esperar el cambio, bien arropados en sus crisálidas rojas, que abandonarán convertidos en las flamantes mariposas de la nueva burguesía. No van a tolerar la competencia desleal de los advenedizos. Si no me creen, miren hacia el Este.

¿Y la democracia qué?, vuelve a preguntar Occidente. Dada la profunda crisis que pesa sobre la cotidianía del cubano, permitir la aparición de alternativas políticas, admitir que se difundan y debatan otros discursos, el destape de una oposición organizada y viable (que hoy se prohíbe por ley), sería para el gobierno actual como un intento de suicidio: si se salvara quedaría cuadripléjico. La lección Gorbachov está demasiado fresca. De modo que evitan con todo cuidado las figuras alternativas (competitivas), y cualquier fórmula democrática, como no sean las elecciones del Poder Popular, el parlamento más obediente del mundo y que no decide nada medular.

De hecho, las fuerzas dentro del gobierno que hoy promueven los cambios económicos, y cuya figura más emblemática es Carlos Lage, podrían protagonizar una suave transición política hacia formas más participativas del poder, pero no hay por ahora indicios de que la tímida apertura económica se desplace hacia el terreno político. La vieja guardia sabe que su status vitalicio (“méritos históricos” mediante), como miembros de la familia gubernamental que rodea al líder, se desmoronaría en un mundo más competitivo, de estamentos mudables. Y quizás nada ayudaría más a erosionar ese statu quo que la supresión del embargo, derogando así un fuerte factor de cohesión alrededor del líder, según la tesis “Ahí viene el lobo”. Pero la prepotencia Made in USA es el peor glaucoma político.

Para forzar desde abajo una transición radical, haría falta más que el 50%+1 de los votos: el 70%+1 de la desesperación. Situación poco predecible, dado que opera aún el “síndrome del líder”. A lo que se suma la propia idiosincrasia del pueblo cubano, que sólo llega a la sangre in extremis; el temor de muchos a la alternativa Miami (que ven como extrema de signo opuesto) en caso de desplome, y el ejemplo de la antigua URSS, precipitada en un capitalismo salvaje donde los menos aptos están peor que antes. De modo que para los cubanos mayores de 50 años el horizonte pos fidelista se barrunta negro, desguarnecido de las (ya precarias) conquistas sociales. Saben que el capitalismo cubano estará más cerca de Brasil que de Suecia. Mientras, los más jóvenes prefieren huir al paraíso que les ofrecen los enlatados de la TV, antes que intentar uno propio. Sin desdeñar que una porción aún cree en el líder, dado que la equivalencia Fidel=Socialismo=Patria, reiterada durante 35 años, ha calado muy hondo. No es fácil desglosarla. El resto, espera. ¿Hasta cuándo? Quién sabe. Las bolas de cristal y otros artilugios de adivinar no se incluyen en las cartillas de racionamiento.

“Cuba a dos ojos”; en: El País, Madrid, España. 29 de noviembre,1995, p. 12.

 

 





Una guantanamera en Jaén

3 10 1995

Guantanamera no es sólo una canción internacionalmente conocida, es también una mujer nacida en la ciudad de Guantánamo, al oriente de Cuba, y ahora una película de Tomás Gutiérrez Alea, cuya película precedente, Fresa y Chocolate, nominada al Oscar, auguraba un éxito de público y crítica en esta ocasión.

Heredera de una vieja comedia del propio Alea, La muerte de un burócrata, incluso en el tema de la muerte y la burocracia de la muerte, en Guantanamera no escasean las virtudes: excelentes actuaciones de los protagónicos, un ritmo ágil a pesar de la interminable sucesión de pueblos y ciudades, y que decae apenas al final; la sabia combinación de humor (negro, gris, blanco), ternura y reflexión; la elegancia en el tratamiento de situaciones escabrosas; la excelente construcción del guión y la sustancia de los diálogos que, sin perder la ligereza, eluden gratuidades y excesos. Una fotografía un tanto pobre y repetitiva es su único defecto importante. En suma, equilibrio y contención, a lo que se suma el empleo narrativo de la banda sonora y una oportuna poesía, sin incurrir en aquello de que «los cubanos, cuando hablan en serio, lo hacen en tiempo de bolero». Esta película, divertidamente seria, es un son.

Pero es en lo conceptual donde Guantanamera se convierte en una lección magistral. Europa raras veces mira hacia Cuba con ambos ojos. Emplea el ojo derecho para tildar a la Isla de infierno, convocando la muerte de Castro como única puerta hacia un modelo de democracia occidental. O emplea un nostálgico ojo izquierdo para reivindicar un paraíso social cuyos conflictos se deben exclusivamente al embargo Made in USA. La película, contada desde dentro, sortea el folclor barato, incluso el político, y se coloca, sin hurtar conflictos ni dificultades, en la verdad cotidiana, carne y sangre de la verdad histórica. Y es el burócrata desasido de la realidad, no porque la ignore, sino porque prefiere ignorarla, dado que no encaja en sus esquemas ideológicos. El ingeniero devenido conductor de camión por escapar a las 1.000 pesetas mensuales de salario como profesional. El pueblo llano que trafica, resuelve, cambia, vende, apaña, en una picaresca cotidiana sin la cual sus perspectivas de supervivencia serían nulas. Pero es, y no curiosamente, el mismo chofer que compra ajos para revender —todo ilegal en Cuba—el que monta a la parturienta, aun contra el burócrata que se niega a modificar su planificación minuciosa de la muerte ante la implani­ficación de un nacimiento, es decir, de la vida. En contraste con el camione­ro que se niega a cobrar la correa del ventilador, «incapaz de aprovecharse de la difícil situación». Treinta años de solidaridad no pasan en vano. Cinco años de profunda crisis económica, tampoco. Y eso es algo que sólo se entiende mirando hacia Cuba con ambos ojos. La miseria ha producido su picaresca del sálvense quien pueda. La alegría innata al pueblo cubano, su capacidad de reírse en primer lugar de sí mismo, desdramatizan la situación y, al cabo, lo salvan, haciendo efectivo aquello de «a mí me matan, pero yo gozo». A contrapelo, la hierática retórica oficial que reitera, consigna tras consigna, los ideales, la patria y, sobre todo, la muerte, que en Cuba se elude con un «Solavaya». Por eso no es raro que, al cabo, el burócrata de Guanta­namera, que elabora discursos con el amor sin amor, se quede solo.

Convertir la muerte, la nostalgia, el drama de un  pueblo entero en una larga sonrisa es la apuesta de Alea, y a juzgar por las reacciones del público, lo ha conseguido. Y más. Una reflexión que rebasa lo fugaz para tocar, sin que la sonrisa se apague, lo trascendente, como en aquel diálogo de los camioneros sobre la asignatura mudable de la Universidad, que empezó llamándose Comunismo Científico, permutó a Socialismo Científico y mañana quizás devenga en Capitalismo Científico; probando una vez más que para una gran zona de la burocracia en el poder las palabras son más importantes que los significados. Pero una leyenda afrocubana les ajusta las cuentas, una leyenda que es quizás el momento de mayor poesía, la imagen y la voz de José Antonio, profunda como una caverna, la lluvia, los tambores sagrados, las figuras que se mueven difuminadas tras la cortina de agua traman las múltiples lecturas de  esa historia sobre los tiempos en que Oloffi hizo la vida, pero se le olvidó hacer la muerte, y el mundo se llenó de viejos que tenían miles de años y seguían mandando de acuerdo con sus viejas leyes, hasta que un diluvio enviado por Ikú barrió de la tierra a cuantos fueran incapaces de trepar a los altos montes y los árboles para salvarse. De modo que sólo los niños y los jóvenes sobrevivieron. Y desde entonces quedó abolida la inmortalidad. Y gracias a ello, gracias a la muerte, a la sabiduría y al humor, Alea nos regala esta Guantanamera, que ya no es de Guantánamo, sino de todos nosotros.

 

“Una guantanamera en Jaén; en: Diario de Jaén, Jaén, España, 3 de octubre, 1995.

 





Cuba: el crepúsculo de un sueño

30 08 1995

Cierto taxista de Ciudad México me preguntó “cuándo expulsarían a ese Castro de la Isla”. Enterado de que yo vivía en La Habana, dio un giro de 180 grados a su curiosidad: “¿Y los yanquis no pensarán levantar nunca el embargo?”. El cliente siempre lleva la razón.

Como en un western, los fans de indios y cowboys suelen abundar cuando se toca el tema de Cuba: ¿El embargo o Castro? ¿El lobo feroz o la Caperucita Roja? Pero hay preguntas más arduas: ¿Por qué se mantiene en pie el único gobierno comunista del hemisferio Occidental tras la caída del Este? ¿Por qué, a pesar de la profunda crisis, no ha habido un levantamiento popular?

En 1990, ante la inminente desintegración de la Unión Soviética, se habló por primera vez del “Período Especial en Tiempos de Paz”, eufemismo para nombrar la crisis más profunda en la historia de Cuba, que se haría realidad meses más tarde: drástica disminución del transporte público, reducción o eliminación de todo combustible, cierre de empresas y masificación del paro, cortes de electricidad que alcanzan ritmos de 8 por 8 horas, paralización de las construcciones sociales y de infraestructura, reducción del suministro alimentario a 0,4 kg por día por habitante (sólo 27 g ricos en proteína); enfermedades propiciadas por avitaminosis y aproteinosis, como neuritis y beriberi, agravadas por la falta de medicamentos. El peso, la moneda nacional, disminuye entre 50 y 100 veces su poder adquisitivo en apenas unos meses, y el salario de un ingeniero, que rondaba los 300 dólares mensuales hace cinco años, se desploma a menos de tres. La crisis, entronizada ya como modus vivendi, va mutando hasta crisis de valores: se multiplica geométricamente la prostitución (una muchacha gana por turista-noche lo que sus padres, dos profesionales, no ganarían en un año), crece la delincuencia, la malversación y la economía subterránea. El mercado negro ocupa el lugar del mercado y se hace realidad lo que algún cubano bautizó como “La Era de las Tres R” (Resistir, Robar o Remar). Dado que el trabajo (salvo excepciones) deja de ser una vía digna y segura de subsistencia, se instaura una nueva picaresca de la supervivencia: dólares a toda costa para acceder a la red comercial en divisas. Los padres aspiraron a un título universitario; los hijos, a ser camareros para agenciarse unos dólares de propina. Cuando no, se echan al mar en una balsa, añorando alcanzar el Miami Paradise (si los tiburones del Canal no se interponen). Porque al cabo de cuatro años, sin otra solución para rebasar la crisis que las continuas apelaciones al “espíritu de resistencia”, el artículo más deficitario es la esperanza.

¿Cuáles fueron los polvos que trajeron estos lodos? En desigual medida, tres factores: la ineficiencia crónica del modelo, el embargo norteamericano y la desaparición de las excepcionales relaciones comerciales con la antigua Unión Soviética.

Según estimados del gobierno cubano, el embargo ha costado 40.000 millones de dólares, al eliminar a la Isla como posible destino del turismo norteamericano, impedir el intercambio comercial y la adquisición de tecnología, derivando su comercio hacia regiones más alejadas u onerosas transacciones a través de terceros, así como las presiones a empresas internacionales. El principal exportador mundial de azúcar no tiene acceso a la Bolsa de Azúcar de Nueva York y un barco que toque puerto cubano, no podrá ni acercarse a puertos norteamericanos durante seis meses. Ese es el embargo, paliado desde inicios de los 60 por el intercambio con la antigua URSS: relación de precios estables y a largo plazo muy favorables a la Isla; suministro prácticamente gratuito de todo el armamento; asesoría técnica, préstamos e inversiones. Incluso durante los 70, con la autorización de Moscú, la segunda fuente de ingresos de la Isla fue revender parte del petróleo que recibía a precios de convenio.

De modo que el costo del embargo se eleva al 7,6% del PNB cubano durante estos 35 años y, políticamente, contribuye a cohesionar al pueblo cubano alrededor del líder, según la tesis “Ahí viene el lobo”; pero Norteamérica es demasiado prepotente con Latinoamérica para retractarse. Mientras, la desaparición de la URSS despeña la Isla en un típico modelo tercermundista de relaciones, agravadas por el atraso tecnológico heredado de la URSS y un cuarto de siglo descansando sobre relaciones paternalistas y escasa eficiencia. Ahora bien, nada de eso explicaría un colapso sin ápice de recuperación durante cuatro años. Lo explica la ineficiencia crónica del modelo cubano: ultra centralización, supresión de la iniciativa y manejo de la economía según criterios políticos: la Idea, el Sistema, el Stablishment, son más importantes que el bienestar público, esa desviación pequeñoburguesa y consumista.

Desde 1968, cuando se eliminó toda forma de propiedad privada de los medios de producción (excepto el 30% de las tierras cultivables) es el Estado quien controla desde la gran industria hasta los estanquillos de periódicos. Tenencia absoluta de bienes y recursos. Importación y exportación centralizadas. Aún así, los pequeños campesinos, que cuentan apenas con medios, son hoy el sector agrícola más eficaz, de modo que el problema es básicamente conceptual. En un país que ha tenido un verdadero boom educacional (500.000 profesionales sobre 11 millones de habitantes), la inmensa mayoría de los cuadros de dirección han sido elegidos por razones políticas ajenas a su capacidad profesional. Dado que el modelo exige incondicionalidad al sistema y al líder antes que eficiencia, la estructura piramidal de dirección recaba obediencia antes que iniciativa, premia la adulación y sanciona la indisciplina creadora: en suma: una parálisis generalizada.

Como, por otra parte, se ha sustituido la retribución por diplomas, banderitas y exhortaciones al sacrificio en aras del ideal, cunde una huelga de brazos caídos: descansar durante el horario laboral, para dedicarse fuera, con desesperación, a la picaresca de la supervivencia.

¿Soluciones? Las del Estado: descapitalizar la nación vendiendo los medios de producción al capital extranjero. ¿Y por qué no a los nacionales? Según opiniones, porque el cubano carece de capital. Como si el dinero, ente sin patria, no pudiera arribar desde Miami vía Zúrich. Incluso ante la solicitud de autorización, por parte de exiliados cubanos residentes en países que no sea Estados Unidos, de invertir en la Isla, pero delegando en sus familiares cubanos de adentro el manejo de las empresas, la respuesta fue un rotundo NO. ¿Por qué? Una vez más, razones políticas. El inversionista extranjero aporta capital, permite el funcionamiento de una parte de la economía, pero no tiene ningún derecho político. Los nacionales, en cambio, podrían constituir en breve plazo una capa productiva, eficiente, y ya se sabe que el poder económico se convierte, sin pérdida de tiempo, en poder político que podría discutir espacio al omnipotente y único Partido Comunista de Cuba, empleando incluso los escasos mecanismos democráticos. Y el stablishment no está dispuesto bajo ningún concepto a compartir ese poder.

Entonces, ¿qué mantiene en pie al gobierno?, ¿por qué no ha habido un estallido popular? Los factores son varios y se interdigitan en un complejo entramado: relictos de la vieja popularidad de la Revolución nacionalista, popular, moralizante (el panorama de la república pre revolucionaria hedía por los cuatro costados) y de sus ya precarias conquistas sociales; el carisma de Fidel Castro, operando aún lo que los sociólogos llaman “el síndrome del líder”; la propia idiosincrasia del pueblo cubano, que sólo llega a la sangre in extremis; la inexistencia de una oposición organizada y viable (que el gobierno prohíbe por ley), como no sea la extrema de signo opuesto, en Miami, que el cubano de Cuba tampoco apetece, no sólo porque ya ha prometido tres días de libertad para la revancha después de Castro, sino por el previsible cambiazo: los siervos de LA IDEA convertidos en siervos DEL CAPITAL, sin paliativos. Y el ejemplo de la antigua URSS, despeñada en un capitalismo salvaje donde los menos aptos están peor que antes. De modo que para los cubanos mayores de 50 años el horizonte pos fidelista se barrunta negro, mientras los más jóvenes prefieren huir al paraíso que le ofrecen los enlatados de la TV, antes que intentar uno propio. El resto, espera. Sin desdeñar que una porción del pueblo cubano aún cree en el líder, dado que la equivalencia Fidel=Socialismo=Patria, reiterada durante 35 años, ha calado muy hondo. No es fácil desglosarla.

De ese modo, Cuba es hoy una lección amarga de la historia: el crepúsculo de un sueño compartido de justicia social, moralidad, nacionalismo sin integrismo ni xenofobia, que se empezó a desplomar cuando el poder mudó de medio a fin; cuando la opinión popular se hizo prescindible y su participación en el poder, innecesaria; configurando una clase gubernamental inapelable e inamovible que convirtió en ley los principios de su propia supervivencia: la obediencia al líder, y declaró enemiga toda diferencia, instaurando una intolerancia practicante que será a la larga su propio sepulturero: sin diferencias no hay crítica; sin crítica, no hay mejoramiento posible. La inmovilidad parece perfecta, eterna. Cuando lo único eterno es el tiempo que cambia. De modo que a la larga el juicio de la historia quizás troque aquella frase de Fidel Castro en 1954, “La historia me absolverá”, por “La historia me absorberá”.

 

1995