Rehenes

8 06 2001

La situación de la niña cubana Sandra Becerra Jova, rehén e instrumento de venganza política, ha convocado de nuevo el Affaire Elián, que machacó a la opinión pública hasta los límites del hastío.

En este caso se trata de una Elián a la inversa.

Vicente Becerra y Zaída Jova, padres de la niña, cursaron en la Universidad de Campinas, en Sao Paulo, Brasil, estudios de postgrado, presuntamente a través de un convenio interestatal entre ambos países, modo casi exclusivo en Cuba de matricular en una institución extranjera. Como es habitual en estos casos, Sandra, su hija, no fue autorizada a viajar con ellos, y quedó al cuidado de su abuela.

Por razones personales, profesionales, económicas o porque hace ya tres años nació en Brasil Daniel, su segundo hijo, Vicente y Zaida decidieron quedarse a residir en el país sudamericano. La nacionalidad brasileña de Daniel, concedía a toda la familia el permiso de residencia, incluso a Sandra, la niña de once años que aún se encuentra en Cuba.

La pareja ha intentado infructuosamente que el gobierno cubano permita la salida de Sandra, y sólo ahora, hartos después de «cuatro años de infructuosos y humillantes trámites ante el régimen de Fidel Castro», deciden dar a conocer su caso. La situación de Sandra, la niña privada de sus padres, ha sido denunciada en la asamblea anual de la Organización de Estados Americanos (OEA), reunida en San José de Costa Rica, ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), e incluso la cancillería brasileña se interesó por el asunto en abril, ante el embajador de Cuba en Brasilia, Jorge Lezcano Pérez, sin recibir respuesta.

Quienes conocemos el misterioso laberinto migratorio cubano, sabemos que no habrá respuesta.

Tras una época en la que viajar era prerrogativa de unos pocos, y siempre en funciones encomendadas por el Estado —exceptuando las llamadas “salidas definitivas”, que presuponen al gobierno actual como “definitivo”—, se abrió en los 80 la posibilidad de viajar si se era invitado por alguien que se hiciera cargo del (¿minusválido?) cubano; se multiplicaron los viajes de estudio e intercambio, y las invitaciones de instituciones culturales, frecuente tapadera de un exilio menos traumático, y a veces reversible. En todos estos casos, el Estado cubano, salvo excepciones, autoriza la salida de los adultos, pero no de sus hijos, dado que los menores de edad no están en Cuba autorizados a viajar al exterior, para protegerlos así de la contaminación capitalista, y que crezcan sanos y felices con su litro diario de leche garantizado hasta los siete años, momento en que se convierten en adultos lácteos, pero no migratorios.

El procedimiento tiene múltiples utilidades:

Si los padres se sienten tentados a “desertar” —es la palabra castrense empleada, dado que todos los cubanos son enrolados desde su nacimiento en la Revolución, sin siquiera solicitarlo—, es decir, a establecerse fuera de Cuba, deberán saber que su hijo queda a cargo de la Patria, que se los devolverá, discrecionalmente, cuando le dé su real gana. Si los padres se “portan bien”, es decir, no hacen declaraciones anticastristas en los medios de prensa, no se vinculan a organizaciones non gratas del exilio, y se mantienen calladitos, este plazo puede ser de tres a cinco años, durante los cuales el Estado retiene, pero no mantiene al menor. Si los padres se “portan mal”, es decir, hacen declaraciones que desagraden a las autoridades de La Habana, se vinculan políticamente, u otros etcéteras, el Estado cubano se atribuye la potestad de retener al menor por tiempo indefinido, librándolo así de la mala influencia de sus padres, y cuidando con esmero de su salud ideológica.

Ya sé que suena cínico, pero lo más cínico es que ocurra.

Si el famoso Elián debía estar con su padre, fuera comunista, demócrata, republicano o anarcosindicalista, viviera en Matanzas o en Arizona, tampoco deberían ocurrir los cientos de pequeñas-grandes tragedias, como la de la niña Sandra Becerra Jova, en silencio, sin que se filtren a la prensa. Los padres temen (con razón) que la divulgación de su caso sólo obtendría represalias de los mandantes cubanos, dueños de las vidas de sus súbditos, cuya libertad es apenas un gracioso obsequio, no un derecho.

Comprendo sus razones, pero también creo que los cubanos hemos hecho demasiado silencio. Quizás si se divulgaran los casos de esos cientos de elianes privados de sus padres en un ejercicio de venganza política, y a los cuales La Habana no aplica la batería de argumentos humanitarios que disparó con alegría en el Caso Elián, la presión internacional lograría lo que no consigue la silenciosa desesperación de tantas familias fracturadas: convencer a Fidel Castro de que cuanto en los mítines de la Unión de Jóvenes Comunistas se le nombra como “Nuestro Papá” (sin contar antes con la aprobación de nuestras pobres madres) se trata apenas de un slogan diseñado por alguna lumbrera de la guataquería. Ser amo podrá ser oficio del puño y del cerebro. Pero ser padre no es ni siquiera un derecho consagrado por unas gotas de semen, sino un oficio de la víscera más generosa: el corazón. Y dudo que en su corazón, tan apuntalado hoy como La Habana, y atestado de amor a sí mismo, quepa demasiada gente,

 

“Rehenes”; en: Cubaencuentro, Madrid,8 de junio, 2001. http://www.cubaencuentro.com/encuba/2001/06/08/2633.html.

 





Un icono del siglo XX

1 06 2001

Aquel 5 de marzo de 1960, un frío inusual batía La Habana. El día anterior, 136 hombres habían sido despedazados, al explotar en los muelles el buque La Coubre, que transportaba armas desde Bélgica. Otro frío, el de la muerte, flotaba sobre los asistentes al sepelio. En la tribuna, además de Fidel Castro, que haría la despedida, se encontraba, en un segundo plano, Ernesto Che Guevara. La muerte retórica también estaba en el aire: ese día se escuchó por primera vez la consigna «Patria o Muerte» que escucharíamos desde entonces como despedida macabra en cada discurso de FC.
A ocho o diez metros de la tribuna, cubría el suceso Alberto Díaz Gutiérrez, Korda, fotógrafo del diario Revolución. Enfocó el lente de 90 mm de su Leica y observó, a través del visor, al Che, que se había detenido junto a la barandilla, cercano a Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir, para contemplar la multitud. El cuello alzado del abrigo, la melena escapando hirsuta de la boina con la estrella, la barba rala, el gesto adusto, la mirada (¿extraviada o concentrada?) en algún lugar del infinito. En menos de un minuto, Korda atinó a disparar dos veces su cámara. Inmediatamente, el Che se retiró a la segunda fila. Uno de aquellos negativos sería el más importante de su vida. La de ambos. Aunque, según Korda, sus encuentros con el Che fueron ríspidos y el retratado jamás vio la foto que ilustraría su leyenda.
Cuarenta y un años después de aquel suceso, a los 72, Korda ha muerto en París, mientras preparaba una exposición. Sus restos, repatriados a la Isla, han sido despedidos con toda solemnidad por el presidente de la UNEAC, en presencia de Fidel Castro.
Habiendo cursado estudios comerciales y ejercido diversos oficios hasta su establecimiento como fotógrafo publicitario y de modas, Korda, durante los sesenta, junto a Corrales, Salas y Liborio, se convirtió en uno de los más emblemáticos cronistas gráficos de la revolución. Suyas son varias fotos muy conocidas, como la de Fidel Castro y Camilo Cienfuegos entrando a La Habana sobre un tanque –con una fina intuición artística, política o ambas, de Hubert Matos sólo quedó en la foto el arma y una mano–, la del Quijote de la farola –un campesino que trepó hasto lo alto de una farola en una concentración– o la foto hierática de Fidel Castro en la Sierra, desechada por Korda, pero magnificada por Hoy, y más tarde empleada profusamente en un cartel de la UJC. Suyo fue el reportaje de la visita de FC a la Sierra, donde intimó con el líder cubano, a quien acompañó como fotógrafo personal en diferentes viajes.
Más tarde, se dedicó a la fotografía submarina en la Academia de Ciencias y se le concedió la Distinción por la Cultura Nacional (1982).
Ya en los 90, reivindicada su autoría de la famosa foto, expuso en diferentes países de Europa y América y recibió la Orden Félix Varela (1994). Fotografías suyas de los sesenta engrosan prestigiosas colecciones, como el Archivo de la Comunicación de Parma, la Roy Boyd Gallery de Chicago, el Consejo Mexicano de Fotografía y la Fototeca de Cuba.
Aquel día de 1960, una vez revelado el rollo, Korda entregó la foto al periódico, pero nunca fue publicada. Siete años después, en el verano de 1967, con una nota manuscrita de Haydée Santamaría como presentación, le visita el editor italiano Giangiacomo Feltrinelli, conocido por haber sacado de la URSS y publicado, el manuscrito de El doctor Zivago. Había llegado a La Habana directamente desde Bolivia, donde tuvo contacto con Regis Debray, y conocía la presencia del Che en la guerrilla, cuya situación presagiaba desastre.
Korda le obsequió dos copias de la foto. Tres meses más tarde, al conocer la muerte del Che, Feltrinelli, con un envidiable olfato de empresario comunista, imprimió la foto en un cartel de 70 x 100 cm, firmado con su nombre por todo copyright. Korda afirmaba que vendió entre uno y dos millones de ejemplares en unos meses, a razón de cinco dólares cada uno. La denuncia de los derechos de autor en Cuba como una práctica capitalista que debía ser obviada, garantizó la impunidad del editor italiano y la indefensión de Korda.
Recuperados sus derechos sobre la foto en los 90, Korda se ha querellado contra una firma de perfumes y con la empresa de publicidad británica Lowe Lintas y la firma Rex Features, acusadas de uso indebido de la foto para promocionar el vodka Smirnov, algo que según el fotógrafo, atentaba contra la imagen del Che. La fuerte indemnización, según él, sería destinada a la compra de medicamentos para el pueblo cubano.
Afirmaba tajante: «no fui guerrillero ni peleé en la Sierra, pero supe ganarme la confianza de un hombre como Fidel Castro (…) privilegios que le debo a la vida y que no se pueden comparar con todo el oro del mundo».
No obstante, la personalidad del Korda amante de las mujeres hermosas y los alcoholes selectos, con su cigarrillo siempre a mano, se aleja del ideal estoico de su retratado más famoso, de los votos de pobreza y la renunciación como sistema. Por eso no es raro (ni censurable) que aprovechara la recuperación de sus derechos para disfrutar las ventajas del ayer denostado copyright burgués y recorrer el mundo exponiendo su obra; aunque mantuviera su fidelidad al Comandante en Jefe y a la retórica de la abstinencia.
¿Fue Korda un gran fotógrafo del siglo XX? A pesar de que aprecio ese uso tan personal de la luz natural en sus fotos o la oportunidad de sus instantáneas (y la oportunidad no es casualidad, sino trabajo, paciencia y mucho oficio), no me corresponde afirmarlo o negarlo. Otros más versados que yo juzgarán su obra. Pero es indiscutible que, cuando cualquier ser humano, desde cualquier perspectiva, recuerde a Ernesto Che Guevara, la imagen que aparecerá automáticamente en su memoria será la que Korda vió aquel día de 1960, por el visor de su Leica. Una imagen que ya consta entre los iconos del siglo XX y que es, posiblemente, la imagen más perdurable en medio siglo de historia cubana. Por todo ello, que es más de lo que la mayoría de los hombres obtienen en una vida cumplida: Descansa en paz, Alberto Díaz Gutiérrez, alias Korda.





Mil millones de razones

25 05 2001

Según datos del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), en información publicada por el diario El País, los emigrantes latinoamericanos enviaron el año pasado, desde Estados Unidos a sus países de origen, 23.000 millones de dólares, que equivalen a un tercio del total de capitales extranjeros que ingresan al sur del Río Bravo, superando al total de la ayuda exterior. De esta suma, el primer lugar corresponde a México, con 6,800 millones de dólares, seguido de Brasil (1,900) y República Dominicana (1,750). Y en países como Haití, Nicaragua, El Salvador, Jamaica, Dominicana y Ecuador, las remesas familiares superan el 10% de su producto interno bruto. Se estima que en diez años las remesas a Latinoamérica podrían alcanzar los 300,000 millones.
Estos cálculos no incluyen los aproximadamente 1,000 millones de dólares que los exiliados cubanos remiten a sus familias. Suma que tiene un enorme peso per cápita, si lo comparamos con los 1,900 millones de Brasil, y es decisiva en el balance de nuestra economía, por encima de sectores tradicionales como el azúcar o el tabaco y superada, exclusivamente, por los ingresos del turismo.
Tal como analizaba Monreal en un esclarecedor artículo publicado en la revista Encuentro de la Cultura Cubana, el mayor logro económico de la Isla en estos 40 años, ha sido la emigración. No sólo porque el emigrante es, con mucho, el trabajador cubano más productivo, sino porque, proporcionalmente, y sólo por concepto de remesas familiares, es el que más divisas per cápita aporta al país. A esto se suman desembolsos por concepto de viajes, renovación de pasaportes, visados, visitas de familiares y los pagos de las correspondientes tasas, más un monto indeterminable en bienes entregados, directamente y que no sólo palian las dificultades inmediatas, sino que, con frecuencia, constituyen medios para el ejercicio de actividades económicas a pequeña escala.
Es evidente que una parte importante de las remesas familiares, recibidas en Latinoamérica, se destina al consumo, lo que indirectamente contribuye al crecimiento de industrias locales. Pero no es nada despreciable la proporción que se destina a la creación y mantenimiento de pequeñas empresas, adquisición de medios de producción y, en general, al crecimiento del tejido económico de las naciones receptoras. A eso se añade la emigración eventual, cuyo propósito es la acumulación de un capital en el país de destino, para su posterior inversión en pequeñas o medianas empresas en el país de origen.
A diferencia de otros países de nuestro entorno, en Cuba se establece, por decreto, que estas remesas tienen un solo destino: el consumo. Al ser la actividad comercial un monopolio del Estado (si descontamos el pequeño sector privado y la omnipresente bolsa negra), quien impone sus precios con un alto margen de beneficio, ajeno a toda competencia; es el Estado, en última instancia, quien recibe la proporción más significativa de estas remesas.
El resto de los emigrantes latinoamericanos, salvo excepciones, no mantienen una situación de beligerancia con los gobiernos de sus respectivos países, a los que pueden viajar libremente o reinstalarse allí si lo desean y, en muchos casos, ejercer sus derechos electorales desde el país a donde han emigrado. En contraste, la emigración del cubano ha sido investida de carácter político e implica un acto de beligerancia –sea económica, política, o una mezcla de ambos–. Por tanto, le está vedado el regreso e incluso para visitar el país donde nació, requiere la autorización de las autoridades, perdiendo, en el mismo acto de la partida, sus exiguos derechos civiles.
Se dan así varios contrasentidos: El emigrante subvenciona al Gobierno que lo declara enemigo. El Gobierno fomenta el repudio social hacia quienes aspiran a convertirse en sus trabajadores más productivos y practica un discurso agresivo hacia su segunda fuente de ingresos: el exilio encabezado por Miami. Sospecho que a ningún empresario del turismo se le ocurriría incluir en sus promociones de primavera, ofensas hacia los presuntos turistas, aunque estos acudan atraídos por la oferta sexual, o sean catalogables como «enemigos ideológicos». El turista es libre de adquirir o no el servicio que se le ofrece y elige entre diferentes opciones. El aporte de la emigración no goza del mismo grado de libertad: está dictado por el sentido del deber filial, ante las penurias que padecen los suyos. En esas circunstancias, el Gobierno puede cobrar impunemente el impuesto al amor, que se materializa en tasas consulares exorbitantes y precios abusivos de los productos que se venden en las tiendas (cuyo propósito explícito no es prestar un servicio, sino «recaudar divisas»).
El Gobierno declara que el fin último de esta recaudación, es la redistribución social de la riqueza. Es decir, la adquisición de productos que más tarde se venderán a precios subvencionados mediante la libreta de (des)abastecimiento, recursos para la red hospitalaria o educacional, etc. Beneficios que alcanzarán a toda la población del país y no exclusivamente a los que tienen familia en el extranjero. Justificando así, socialmente, los enormes márgenes de ganancia. Es imposible determinar qué proporción de lo recaudado se destina a este fin, pero no hay dudas de que otra parte se dedica a apuntalar el ineficiente tejido productivo e incluso al mantenimiento del extenso aparato militar y político.
Aunque su retórica insiste en defender la centralizada economía estatal, el propio Gobierno admite, tácitamente, la superioridad de la empresa privada o al menos la práctica de un capitalismo de Estado, que actúa de acuerdo a los principios del mercado. Las empresas mixtas, la inversión extranjera o la incipiente introducción de mecanismos «capitalistas» en la empresa estatal, son una evidencia más demoledora que cualquier discurso. A pesar de las limitaciones impuestas al pequeño sector privado, su eficiencia y su competitividad son tan nocivas como ejemplo, que el Gobierno, incapaz de neutralizarlas en el campo de la libre competencia (a pesar de sus ventajas), intenta asfixiarlas mediante impuestos abusivos y una política de acoso, a las que no sobrevivirían ni una semana las empresas estatales.
Un discurso reciente de Raúl Castro afirmaba que nada cambiará tras la desaparición de su hermano. No obstante, incluso la cúpula sabe que todo cambiará y que, tanto en lo económico como en lo político, el país se insertará en el concierto de las naciones de su entorno. Ello implicará, por supuesto, una economía de mercado. Salvo una parte de la nomenclatura cubana, que se está posicionando, desde hace años, en la empresa seudoprivada en previsión del cambio, la población de la Isla se enfrentará en franca desventaja a la irrupción súbita de los mecanismos de mercado. Las trabas políticas impuestas hoy al ejercicio empresarial de los nativos, le condenan el día de mañana a un único destino: vender su fuerza de trabajo y, seguramente, no a precios suecos o norteamericanos.
La excusa de que los ciudadanos no disponen de capital, por lo que permitirles sin cortapisas el ejercicio empresarial privado, sería pura retórica, es algo que las cifras desmienten. Mil millones de razones serían suficientes para la creación de pequeñas y medianas empresas, la liberalización de la iniciativa, el incremento global de la productividad y la drástica disminución de los plazos (que hoy parecen eternos) para que el país salga de la crisis; ahorrando sufrimientos a la población e insertando al país en los mecanismos reales de la economía mundial. El pueblo no sólo accedería en mejor situación a los cambios futuros, sino que, hoy mismo, estaría en condiciones de invertir su iniciativa y su talento en buscar salidas personales a la penuria, sin ser condenada al status actual de receptor pasivo de la caridad familiar. Los exiliados no verían las actuales remesas como un mero deber solidario, sino como una inversión de futuro, lo que posiblemente incrementaría su monto anual.
Sólo tres serán los afectados por una liberalización de este orden: el capital extranjero, que actúa hoy para un mercado cautivo y sin ninguna competencia nacional. La nomenclatura instalada en un pre-capitalismo controlado, que deberá vérselas con la competencia de sus compatriotas. Y la cúpula de la cúpula, cuyo monopolio absoluto del poder se verá menguado por la independencia económica de, al menos, una parte de los súbditos.
El capital extranjero podrá aprovechar una circunstancia como ésa, disminuyendo costes al comerciar in situ con diferentes factores económicos, estatales o privados, en condiciones de libre concurrencia. La nomenclatura pre-instalada sólo verá convertida su ventaja absoluta en una ventaja relativa.
Dados los años de vida que podrían quedarle a Fidel Castro, en el más optimista de los pronósticos, es difícil que una apertura como ésta erosione tanto los pilares de la autoridad absoluta, como para hacer inviable su ejercicio. Condicionaría quizás el efecto movilizativo (al menos el aparente) del discurso, disminuiría el éxodo, ablandaría el control. Pero, difícilmente, su efecto sea catastrófico para el poder a corto plazo. Y, por puras razones biológicas, el máximo líder debería comprender que ha llegado la hora de pensar a corto plazo.
No confío en que una reflexión como ésta fructifique en las altas instancias. El poder absoluto durante casi medio siglo, suele ser impermeable a toda relativización. Difícilmente un argumento como el bienestar de los ciudadanos, será capaz de moderar la adicción crónica al poder absoluto. Pero creo que Fidel Castro debería considerar un argumento que sí le interesa: su lugar en la historia. Algo que no conceden las enciclopedias, sino la memoria de los pueblos.





En fin, el mar

22 05 2001

La Unión de Jóvenes Comunistas se dispone a cambiar radicalmente sus métodos de trabajo. En la reciente Asamblea Provincial de Villa Clara, en la agenda de trabajo de la organización en Granma, y en los principios esbozados por el secretario general Otto Rivero Torres, se percibe un espíritu que, seguramente, convertirá a la UJC en una institución democrática, abierta, en fin, el mar.

El propio primer secretario afirmaba en días pasados, que se proponen conocer al dedillo el arte de la política, para “conmover y movilizar no sólo a sus compañeros de filas, sino también a los que no tienen un carné, o a los que incluso no se han integrado del todo a la vorágine creadora de la sociedad cubana actual”. Es decir, se trata de convencer a los jóvenes con un proyecto político atractivo, donde disfruten de una participación creativa, y no como meros tornillos de la maquinaria estatal. O, más que convencer, “conmover” —la palabra, sin dudas, rebasa el pedestre ejercicio de reclutamiento que practica la política tradicional—. Y no sólo se ejercerá esta conmovedora política con los militantes, que disfrutan ya de convicciones o al menos del carné que lo demuestra, sino que se extenderá a los que “no se han integrado del todo”. ¿Y los que no se han integrado del nada? En la provincia Granma tienen la respuesta. Tras reconocer que “no pocos han quedado al margen de la influencia de la organización”; se proponen trabajar con todos los contemporáneos “incluso con quienes detentan actitudes erradas o irreverentes”.

No queda claro qué son actitudes erradas, pero conociendo que “antes de b y p se escribe m”, puede suponerse que actitud errada es toda aquella que no cumpla con la regla de la ortografía política. No obstante, eso no los excluye. Tampoco a los irreverentes. En breve presenciaremos una organización con sentido del humor, la redención del choteo, la reivindicación de la sátira como ejercicio de sanidad social, y aunque no nombren a Pepito Secretario General, al menos saldrá de las catacumbas.

Otto Rivero Torres subraya también que “la salida del Período Especial no está meramente relacionada con dejar atrás las carencias materiales, sino también, y sobre todo, con lograr un cambio de mentalidad que haga humanamente superior al cubano”. Un propósito, sin dudas saludable, que arrumbará al desván de la historia los mítines de repudio, la chusmería política, la ofensa y la descalificación como sucedáneo de argumento, o la repetición infinita de consignas, ese ejercicio del criterio (ajeno) indigna de cubanos humanamente superiores.

Por el momento, mientras los jóvenes cubanos no se enteren de la buena nueva, se detectan algunos problemas casi tan viejos como la propia UJC.

El primero es que la organización recluta números, no personas, razón por la que se propone ahora “un trabajo político-ideológico más eficaz, más espeso en argumentos, más intencional y diferenciado”. Aun corriendo el peligro de extraviarse en la “espesura” de los argumentos, donde se agazapan los más peligrosos bichos y alimañas.

Se apunta también “la necesidad de desterrar el formalismo, la guataquería y la falta de compromiso”. Aunque puede suceder que la guataquería sea compromiso, el compromiso sea formal, y así sucesivamente. Claro que la falta de compromiso tiene remedio, porque “un militante sin tarea puede convertirse en un joven sin compromiso”. Y a la inversa.

Se hace referencia a la inestabilidad de los cuadros. El decrecimiento del número de militantes entre los trabajadores (no así entre los estudiantes); que no ingresan a la UJC “por carecer sus entidades de estructuras juveniles que amparen el crecimiento”; nunca porque simplemente no les interesa militar. Algo que, de todos modos, no debe preocupar, porque en la futura UJC no se trabajará con cifras, sino con nombres y apellidos. No se puede conmover a la fuerza, ni establecer una meta de conmovidos para el próximo quinquenio.

También se detecta falta de combatividad y energía, una “mala política de sanciones” y la inasistencia de los militantes a las reuniones. Mientras llega el día en que lo más importante sea el contenido, es decir, la formación de cubanos humanamente superiores, el Primer Secretario Otto Rivero nos advierte que “el primer deber de los militantes es participar en las reuniones que convoca su comité de base, al igual que cotizar”.

Una preocupación especial es la escasez de militantes que al concluir su ciclo en la UJC admitan de buen grado transitar hacia el Partido Comunista. Muy pocos se acogen directamente al “principio de voluntariedad” y aducen que no porque no. En ese momento crítico, cuando se debe mudar la piel de la militancia juvenil por la de la militancia adulta, suelen aparecer dolencias de la columna que hacen insoportable el peso del carné en el bolsillo, abuelitas enfermas a las que cuidar, etc., etc., etc. Razón por la que el Primer Secretario aboga en estos casos por que se llegue “hasta el último argumento posible cuando se trate de hablar con un joven que refiera problemas familiares o falta de tiempo como razones para no ingresar a las filas”. Y se pregunta: “¿Acaso el Partido es inhumano, acaso no entendería a una joven embarazada o a alguien que atraviese un situación familiar difícil?” Algo que sin dudas cambiará cuando la UJC aplique su nueva y conmovedora política. Los presuntos ingresos al Partido no tendrán que devanarse los sesos en busca de excusas. La negativa rotunda será admisible y no tendrá consecuencias desagradables para el futuro de quienes decidan pasar con fichas.

Como bien dice la periodista cubana Alina Perera Robbio, “solo se quiere a fondo lo que bien se conoce”. Y viceversa.

 

“En fin, el mar”; en: Cubaencuentro, Madrid,22 de mayo, 2001 http://www.cubaencuentro.com/encuba/2001/05/22/2384.html.

 





Derecho al veto

15 05 2001

Asistimos a una nueva coincidencia histórica frente a un acontecimiento democrático entre las estrategias de ETA y del gobierno cubano. Hablo de las respectivas reacciones frente a las elecciones vascas efectuadas recientemente (donde el nacionalismo secesionista radical fue sancionado en las urnas), y la votación en la Comisión de Derechos Humanos en Ginebra (donde el gobierno de La Habana, violador sistemático de los derechos elementales, fue sancionado por la mayoría de las naciones presentes).

Durante los meses anteriores a la votación de Ginebra, Fidel Castro encomendó a su canciller una intensa labor de cabildeo para recabar votos favorables o abstenciones que evitaran la condena; pero, al mismo tiempo, emprendió una batalla de insultos y descalificaciones contra los gobiernos que presuntamente votarían en su contra.

La autonomía vasca, la más amplia de España y posiblemente de Europa, con atribuciones en casi todas las esferas y policía propia, ha elegido, por libre sufragio de sus ciudadanos, el parlamento que nombrará al Lehendakari o jefe de gobierno autonómico. Los partidos, con más o menos fortuna, han intentado conquistar el voto de los vascos mediante sus propuestas de gobierno. En cambio, la campaña electoral de ETA ha consistido en lo de siempre: tiros y bombas. Y la de su brazo político, EH, que acudió a las urnas con un pronóstico de voto que difícilmente alcanzaría el 10% del electorado vasco, alternó promesas de “paz” y “soberanía”, amenazas, insultos, violencia callejera y un discurso nacionalista y socialista que cada vez se acerca más al nacionalsocialismo. Un problema de sintaxis.

Mientras en el último día el resto de los candidatos pronunciaban sus discursos finales, ETA concluía su campaña haciendo estallar, a las 23:57 del viernes 11 de mayo, en la esquina de Goya y Velásquez, en Madrid, un Renault Clio de color rojo que contenía al menos 20 kilogramos de explosivos. Como resultado, graves daños en vehículos, fachadas, un hotel, una decena de comercios y una sucursal bancaria completamente destrozada; catorce heridos, uno de ellos grave, con impactos de metralla en la cara, quemaduras de segundo grado y contusión pulmorar. Se trata de un guardajurado de 56 años, quien cumplía su turno de trabajo en la sucursal bancaria. Es el tipo de “agente” del “imperialismo español” que ETA suele matar. Veintinueve coches bombas en Madrid, con un saldo de 53 muertos, entre ellos un niño de dos años, lo confirman. La tragedia pudo ser mayor, dada la afluencia de público a una discoteca cercana los viernes por la noche.

Como ya es costumbre, Arnaldo Otegui, candidato de EH, fué el único en no condenar el atentado, sino sólo “sus consecuencias”. Sigue siendo un misterio cómo se puede apoyar la bomba y lamentar las víctimas.

Una vez condenado el gobierno cubano en Ginebra, la “diplomacia” habanera sancionó a los gobiernos que votaron en su contra, mediante una violencia verbal que raras veces se escucha a un jefe de Estado. Lamebotas de los yanquis, pigmeos, cucarachas, monigotes, babosos, fueron algunos de los calificativos, a los que se sumó el desfile de presidentes latinoamericanos, convertidos en muñecones, durante los carnavales del primero de mayo. Adujo que el organismo internacional estaba manipulado por Estados Unidos; afirmación que no se repitió cuando los propios Estados Unidos fueron separados de la Comisión, por primera vez en medio siglo.

En respuesta al revés electoral, el periodista Gorka Landaburu, recibió el 15 de mayo en su domicilio un paquete bomba que le mutiló las manos de escribir. Y pocos días desués, en San Sebastián, asesinaron a Santiago Oleaga, director financiero de El Diario Vasco, quien por razones de su especialidad, jamás se sintió amenazado por ETA.

Las consecuencias de la estrategia cubana no sólo han sido plasmadas en una nueva condena en Ginebra. Se retira el embajador argentino en La Habana, y quedan suprimidas de hecho las relaciones consulares con Costa Rica. Las relaciones con México registran una tensión innecesaria. Y pública o privadamente, muchos electores latinoamericanos, autores con su voto de esos presidentes, sienten que la ofensa les alcanza.

No se trata de una coincidencia eventual que la respuesta de Fidel Castro, de ETA y de EH a un evento donde ciudadanos o mandatarios elegidos por los ciudadanos refrendan con el voto sus opiniones, sea la pirotecnia (retórica a su pesar, en el caso de Fidel Castro). Tanto el mandante de La Habana, como los pistoleros de Euskadi, se dicen representantes de sus pueblos sin que ello requiera la prueba de las urnas. Representan cierta “identidad profunda” de lo cubano y de lo vasco, imposible de demostrar mediante la estadística. Y si los respectivos pueblos se niegan a aportar la corroboración electoral, no será culpa de la propuesta castrista o etarra, sino de los pueblos, que deberán ser “reeducados” en la dirección correcta. Según estos “defensores del pueblo”, la función de los líderes no es encarnar la voluntad de los electores, sino corregir la estupidez o la minusvalía mental de la muchedumbre, pensando en su nombre.

Algo natural cuando se es infalibre. La condena del gobierno de Cuba, no fue una consecuencia de sus reiteradas violaciones de los derechos humanos, sino una conjura del imperialismo. La derrota de EH y, por tanto, de ETA, que pasó de 14 a 7 escaños en el parlamento, fue, en palabras de Otegui, una estrategia de los amantes de la patria vasca que prefirieron sumar sus votos al nacionalismo moderado contra el “españolismo”; no una prueba rotunda de que apenas el 9% de los vascos apoyan su nacionalismo radical. ¿Intentarán reeducar al 91% restante?

Por lo pronto, a Fidel Castro le asiste el derecho al veto, y lo ejerce con una coherencia indudable hace 42 años. A ETA y sus voceros de EH les queda por delante una larga tarea: matar a un millón y medio de vascos para alcanzar la mayoría. El veto calibre 38 es su consigna.

El resultado de ambas estrategias se resume en labores de desescombro.

Treinta toneladas de escombros en Madrid.

Los escombros de las relaciones con países hermanos de Latinoamérica, en La Habana.

Derecho al veto”; en: Cubaencuentro, Madrid,  15 de mayo, 2001. http://www.cubaencuentro.com/meridiano/2001/05/15/2330.html.

 





Soledades

11 05 2001

Ignoro si la soledad es un tema de actualidad, pero escuchando a los teatristas cubanos en el recién concluido I Festival Internacional del Monólogo de Miami, acontecimiento que abre una feliz perspectiva para nuestra cultura, me permito considerarla de actualidad permanente en el devenir cubano de los últimos decenios.
Y es curioso, pero no fortuito, que en un encuentro, durante el cual 22 teatristas de la Isla se reunieron con colegas de la diápora y de Argentina, Brasil, Venezuela, España, Francia, Puerto Rico y Estados Unidos, asome el tema de la soledad, a pesar de la nutrida participación del público miamense, la variedad de la oferta y su calidad, representativa de lo mejor que se hace hoy en nuestro teatro. La premiación, donde los invitados de la Isla acapararon una buena parte de los premios, honra a la segunda capital de Cuba, que supo apreciar la calidad sin distingos.
Durante el coloquio, celebrado en la Universidad de Miami, el veterano Abelardo Estorino, habló de la tragedia nacional de un  país cuya cultura está fracturada por la geografía. Alberto Pedro, dramaturgo y actor,  confesó: «Mis hermanos, mis amigos, siempre se han ido a algún lugar». Y Abilio Estévez, autor de La verdadera culpa de Juan Clemente Zenea, y del monólogo El enano en la botella, pieza escrita en 1994, pero estrenada ahora, esbozó el tema de las múltiples soledades: «Muchas personas en el exilio me han dicho que se han sentido solos, pero yo también me he sentido muy solo en La Habana».
Se ha hablado mucho de la soledad agazapada en el exilio. La soledad que espera por el desterrado que debe reordenar las coordenadas de su vida, llevando como única brújula su vocación de futuro, consultando de vez en cuando, para no extraviarse, el mapa de sus recuerdos. La soledad de quien comienza a pedir pan o preguntar la hora mediante palabras que no han nacido con su memoria. Palabras aprendidas, no aprehendidas. Palabras contra las que se rebela la lengua, aunque al cabo se resigne a decir bread soñando pan. La soledad de quien se comprueba distinto, al incurrir en los pequeños pecados de lo cotidiano. La única razón es que desconoce los ritos, las costumbres, los usos de la tribu que le hospeda en el cuarto de invitados, no en las habitaciones de la familia.
La soledad de amigos que sólo permanecen, inmutables como las fotos de carné, en el congelador de la memoria. Familiares de cuerpo entero, reducidos a una voz filtrada por cables transoceánicos y satélites. La soledad de quien no se ríe del chiste, mientras los demás se ahogan a carcajadas. La soledad de despertar en un lugar de las antípodas, sin saber muy bien cómo has llegado. O la peor: la soledad del ilegal que habita un limbo de la geografía burocrática: apátrida en su tierra, intruso en la otra; no ha inaugurado su permiso de residencia, pero ya caducó su carné de identidad; carece de documentación para quedarse y de documentación para irse; no existe para las estadísticas ni ha sido bautizado por un número de la seguridad social; quiere trabajar pero no puede; trabaja, pero legalmente no le pagan (a veces sobra el legalmente); ninguna factura a su nombre demuestra su presente; ningún contrato da fe de su futuro. Es la soledad cósmica de quien no existe.
Pero hay otra soledad. No es la de quien paga en efectivo la tasa de silencio, para sufragar su búsqueda de libertad, de pan, o de ambas inclusive. Es la soledad de quien revisa cada mes su libreta de teléfonos y va tachando nombres que dan timbre, pero no sale nadie, porque han salido. La soledad de quien descubre que en su vieja aula de bachillerato, la mitad de los pupitres están vacíos. La soledad de quien traza alguna noche, como jugando, la tournée internacional que supondría visitar a un puñado de ex novias. La soledad de padres, hijos, hermanos, que detectan por el teléfono un arrastre súbito de las erres, una zeta de importación, o un sorry, abuela, que deja a la mujer ante la duda de haberse equivocado de nieto. La soledad de quien responde a su hijo que vino malanga de dieta y chicharro adicional; porque no sabe qué decir cuando el muchacho habla de una hipoteca al 5,2% TAE, del IRPF, la declaración de la renta, el precio del dinero (¿eso no será una redundancia?) o del coche que trae de serie elevalunas eléctrico (¿por qué no dejan a la Luna en su sitio?). La soledad de quien visita a un amigo y el desconocido que asoma a la puerta entornada, se limita a copiarle once dígitos en un minúsculo trozo de papel: Llámelo a Viena. La soledad de quien camina por las calles de su niñez y no las reconoce. El paisaje de ruinas se ha vuelto ilegible para su memoria. No logra ubicarse, hasta que descubre, en un muro huérfano de casa, milagrosamente en pie, restos fósiles del cartel que adornaba la fachada de La Regenta, presunta tienda de ultramarinos, en realidad bodega: LI  RES Y VÍ E ES FIN S. Ni siquiera lo consuela disponer de la ciudad que alguna vez fue suya, porque la ciudad le ha ido cerrando sus puertas: hoteles con porteros de mirada infalible para detectar nativos; discotecas y bares donde el carné de identidad y los patriotas criollos no son de curso legal; injertos del maligno afuera en el adentro. Y descubre que sin irse a ninguna parte, lo han ido de media ciudad donde nació. En el reparto le ha tocado la mitad más triste. La soledad de esa libreta telefónica que se ha vuelto ilegible de ausencias. La soledad de quien ya no sabe si los otros se han ido, o él se ha ido quedando.





Primos (Desde esa geografía incierta que es la ausencia)

8 05 2001

Una tarde de 1961 (creo recordar) abandoné la finca donde vivía una parte de mi familia, siguiendo el camino custodiado por enormes árboles de donde goteaban los mangos filipinos más dulces del mundo. Atrás quedaban, diciendo adiós con las manos levantadas, mis cinco primos y mis cuatro tíos. No le concedí especial atención a aquella despedida —sospecho que mis primos tampoco—: un breve paréntesis hasta el próximo fin de semana. Lo que jamás habrían adivinado mis siete años de entonces, es que el próximo fin de semana se produciría 39 años más tarde.

Desde el momento en que mi padre, fidelista devoto hasta su último minuto, conoció que sus hermanos habían decidido marcharse de Cuba, se suprimieron las visitas a la finca. Mis preguntas sólo obtuvieron respuestas evasivas como si no otra cosa mereciera la evasión de mis familiares. Sólo me enteré que no estaban en Cuba años más tarde. Entonces supe que una zona de mi infancia se había extinguido: el día que, remolcado por María Eugenia, mi experiencia de esquiador en el portal baldeado a cubos terminó con cuatro puntos de sutura; los paseos a caballo con Castorcito; las mandarinas de junto al estanque, la champola de guanábana, las guayabas del Perú y las gallinas que perseguíamos con fervor, todo engrosó una suerte de prehistoria. Pero la caligrafía de la memoria suele escribirse con tinta indeleble. Todavía huelo el perfume de la tierra en días de lluvia, el aroma de los fogones, los ramitos de albahaca. Ningún político ha logrado derogar esa manera de recordar con todo el cuerpo que tiene la infancia.

Nunca les escribí una carta a mis primos. Ellos eran el enemigo, rezaba la consigna. Ignoro si ellos me escribieron. Tampoco habría recibido sus cartas.

Treinta y nueve años después de aquella despedida, otro fin de semana, visité Miami, y descubrí la misma cara de mi primo Castor, en un cuerpo de hombre maduro, más cerca de los 50 que de los cuarenta; hablé con mis primas y tíos dispersos entre Nueva Jersey y North Carolina. Supe que durante años mi abuela sostuvo correspondencia a hurtadillas de mi padre con sus hijos-enemigos y sus nietos-enemigos. Quizás a hurtadillas relativas. Mi padre no podía admitir correspondencia con el enemigo, pero bien pudo saber de sus hermanos y sobrinos sin indagar la procedencia, como si las noticias hubieran alcanzado a mi abuela por algún cauce misterioso del éter. Cosas más raras se han visto. En 1978, siendo yo profesor de la universidad, a una de mis alumnas le fue negada la condición de ejemplar, acusada de intercambiar correspondencia con su padre, exiliado en Miami. Los mismos que le imponían el veto, recibían por entonces a sus familiares de Miami, con el beneplácito del Partido Comunista. Nunca la crítica literaria maltrató tanto al género epistolar.

Ignoro si con el correr de los años la vida habría puesto entre mis primos y yo una distancia superior a las 90 millas. Se sabe que los humanos tenemos la costumbre de adquirir una familia vocacional: los amigos. Y yo ignoro si alguno de mis primos habría formado parte de esa familia elegida por el libre albedrío y no por la genética. Pero sí estoy convencido de que ninguna profesión de fe, ningún credo político tenía derecho a mutilar mi infancia. No juzgo a sus padres ni a los míos en sus decisiones de quedarse o irse. Pero sí juzgo una fe que necesitó sumar enemigos para garantizar la incondicionalidad de los amigos.

Durante años, la fe oficial convocó en Cuba al sacrificio de nuestros padres en aras del futuro feliz de sus hijos; para convocar más tarde a los hijos en aras de los nietos, y así sucesivamente: la felicidad futurible. “Hoy no fío. Mañana sí”, decía aquel bodeguero y mantuvo colgado el cartel hasta que le expropiaron la bodega y el método de trabajo.

Sé que mi caso es pavorosamente vulgar. A millones de cubanos nos hurtaron los primos, o peor: los padres, los abuelos, los hermanos, los hijos. Sé que millones de cubanos hemos amado, casi siempre en silencio, a enemigos censados por supuestos amigos que en muchos casos aborrecíamos. Y de haber levantado la voz contra la sustracción de primos, sin dudas nos habrían cogido de primos. Pero lo peor fue que nos convencieran —todo el tiempo, una parte del tiempo, apelando a nuestra credulidad o nuestra adolescencia emocional, haciéndonos creer que creíamos—, según el expedito sistema de Goebbels. Aunque más tarde nos declaráramos ateos gracias a Dios.

Treinta y nueve años después de aquella despedida en la finca, la historia se repite: los primos de mi hijo, que vive en Sevilla, se reparten entre Texas y La Habana, y sus abuelos, entre Houston y Marianao.

Más temprano que tarde se derogarán las distancias, Cuba transitará hacia una sociedad democrática y abierta, los fabricantes de enemigos, los arquitectos del odio, pagarán con el peor de los castigos: el olvido. Pero ya a mí, a nosotros, nadie nos podrá devolver nuestros primos, ni el agridulce aroma de una infancia probable. Como tampoco podrán devolvérselos a mi hijo.

Confío en que mis nietos se busquen sus propios enemigos, y nadie se atribuya la potestad de endosárselos por decreto.

 

Primos (Desde esa geografía incierta que es la ausencia)”; en: Cubaencuentro, Madrid,  8 de mayo, 2001. http://arch.cubaencuentro.com/desde/2001/05/08/2185.html





Yo, el supremo

4 05 2001

“Yo, el Supremo Dictador de la República…”. Así empezaba Roa Bastos la mayor novela de dictadores escrita en América Latina. Los cubanos, en cambio, disponemos, por desgracia, de una realidad histórica tan delirante como su novela, con la diferencia que llevamos 42 años leyéndola con todo el cuerpo.

El discurso de nuestro Supremo el pasado primero de mayo es una pieza digna de figurar en la literatura siquiátrica. Tras contar a los sufridos asistentes su versión condensada de la historia de América, al mejor estilo del Reader´s Digest, afirma sin rubor que su triunfo de 1959 forjó “una nueva etapa en la historia de este hemisferio”. Y dado que se trata de Su Revolución, es Él, Oh Lord, el partero de la nueva era, el que cortó la cinta en la Expo Porvenir de América Latina (o de América Toda). Tres lustros promoviendo guerrillas en Latinoamérica concluyeron en una democratización del continente, lejos de los parámetros del Poder Popular. Tres lustros de guerras africanas concluyeron con aquel Megistu huyendo con su botín, las facciones angolanas repartiéndose petróleo y diamantes sobre un tapete de miseria y sangre, y miles de viudas cubanas recordando a sus muertos. Tras diez años de ausencia rusa y Período Especial, tenemos al Supremo de regreso, proclamándose el segundo fundador de América.

Y como un Supremo no puede menos que tener un Supremo Enemigo, afirma que “Todo cuanto hicieron los gobiernos de Estados Unidos en este hemisferio hasta el momento actual estuvo fuertemente influido por su obsesión y temor ante la presencia desconcertante de la Revolución Cubana”. De modo que una Isla de once millones de habitantes, cuyo peso económico decrece y cuya influencia internacional ha pasado de ser canónica a ser histriónica, protagoniza la atención del Norte hacia todo un continente poblado por más de 500 millones de almas. Rara anomalía de las estadísticas.

Claro que esa América Latina que olímpicamente desprecia, es aquella que en los 60, integrada en la OEA —“repugnante institución, invalidada moralmente para siempre por el entreguismo y la traición”—, expulsó a Cuba del gremio “Con una abyección repugnante que pasará a la historia como ejemplo sin precedentes de infamia” (la redacción es un abuso idiomático). La misma América Latina que hoy se presta a “una gigantesca anexión (…) a Estados Unidos”.

Según nuestro Supremo, el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) tiene como propósito “liquidar la soberanía, impedir la integración, devorar los recursos y frustrar el destino de un conjunto de pueblos (…) con lengua latina, cultura e historia comunes”. Claro que la apoyan gobiernos “burgueses y oligárquicos, sin principios políticos ni éticos, que votaron junto a Estados Unidos en Ginebra, por oportunismo o cobardía, para servirle en bandeja de plata pretextos y justificaciones a un gobierno de extrema derecha de Estados Unidos, con el objetivo de mantener su bloqueo genocida, e incluso podrían servir como excusa para agredir al pueblo de Cuba”. Y en sus inferencias podría ir más allá: la tercera guerra mundial, el fin de la galaxia, la extinción del Sol.

No continuaré citando la sarta de insultos, porque el espacio de mi columna es breve. Lo cierto es que nuestro Supremo tiene el legítimo derecho de opinar lo que desee sobre el ALCA, pero quizás fuera más persuasivo si ofreciera datos concretos sobre sus nefastas consecuencias, fijándose incluso en México, cuya experiencia en el Libre Comercio no es nada desdeñable. El único amago reflexivo que nos hace es alertar sobre la sustitución de materias primar naturales (presuntas exportaciones de nuestros países) por homólogos sintéticos, de donde se infiere que del Río Grande hacia el sur no hay nada exportable. En cuyo caso no habría comercio, ni libre ni preso. Y Cuba debería olvidarse del azúcar, el ron, los tabacos y el níquel, y promocionar su tecnología espacial.

Su panorama es francamente unipolar: USA lo comprará todo en América Latina, lo controlará todo, y los latinoamericanos se convertirán en productores de materias primas, no se sabe bien para qué, porque antes nos dijo que eran sustituibles, y mano de obra barata (casi tan barata como la cubana). Muchos cultivos desaparecerán por la competencia desleal de la subvencionada y tecnológica agricultura norteamericana, y cuando venga una crisis, medio mundo se morirá de hambre por culpa del ALCA. Al margen de que las monedas nacionales desaparecerán —como ya ha ocurrido en Cuba; aunque Él afirme que se ha revalorizado el peso criollo siete veces entre 1994 y 1999, olvidando el detalle de que se ha devaluado 22 veces respecto a 1959—. Aumentará el desempleo al Norte y al Sur del continente (por arte de magia). Debacle con hecatombe y genocidio, para continuar con su estilo.

Algo que no nos explica es el por qué, siendo tan mala malísima el ALCA, y tan enemigo de Cuba Estados Unidos, ese país no le propuso a nuestro Supremo integrarse a la comparsa, y hacerle así muchísimo daño.

Claro que esos gobiernos anexionistas no les cuentan a sus pueblos las verdades que nos revela el Supremo, “ocultan información” —rubro en que Él tiene una amplia experiencia—. Sólo Venezuela y Brasil comprenden estas verdades y “encabezan la resistencia”. Sólo por un problema de cortesía acudieron a Quebec y firmaron el acuerdo.

Y después de advertirnos que en sus palabras no hay ni rastros de exageración, nuestro Supremo solicita un plebiscito para que los pueblos de Latinoamérica decidan si desean o no que sus países integren el ALCA.

Plebiscito. Palabra burguesa que siempre ha denostado. Palabra mágica que viene repitiendo la oposición en Cuba durante decenios. Y ahora es pronunciada, al fin, por sus labios. Claro que la regla es “hagan lo que yo digo y no digan lo que yo hago”.

¿Le asiste algún derecho para exhortar a un plebiscito? En el orden de las ideas abstractas, le asiste incluso el derecho de proponer el deshielo de la Antártida para irrigar el Sahara. En el orden de las competencias, sólo le correspondería implementar un plebiscito en su propio país, y comprobar con cifras supervisadas que los cubanos detestan el ALCA y lo adoran a Él. La respuesta es tan obvia que en 42 años no se ha atrevido a hacerlo. En el orden del marketing político, era algo previsible:

1º-Demostrar que la fiesta a la que no me han invitado, es un fracaso.

2º-Devolver, con un cocotazo retórico, la bofetada que algunos países latinoamericanos le asestaron en Ginebra.

3º-Mantenerse, aunque sólo sea por bocón, en los titulares de la prensa.

4º-Distraer al personal de la Isla, sumido en el área de nulo comercio, en la crisis sin fondo (ni siquiera monetario), la libreta de racionamiento light, y la explotación del hombre por El Hombre.

Quizás la culpa la tengamos los periodistas, que comentamos sus suculentas ocurrencias en lugar de hacer un espeso silencio. O esos mandatarios que en los eventos internacionales se apresuran a hacerse la foto de rigor, por pura curiosidad paleontológica, aunque más tarde, cuando se trate de discutir en serio, no le hagan ni el más mínimo caso.

 

Yo, el supremo”; en: Cubaencuentro, Madrid, 4 de mayo, 2001. http://www.cubaencuentro.com/encuba/2001/05/04/2199.html.

 





Desde esa geografía incierta que es la ausencia

3 05 2001

Una tarde de 1961 (creo recordar) abandoné la finca familiar siguiendo el camino custodiado por enormes árboles de donde goteaban los mangos filipinos más dulces del mundo. Atrás quedaban, diciendo adiós con las manos levantadas, mis cinco primos y mis cuatro tíos. No le concedí especial atención a aquella despedida –sospecho que mis primos tampoco–: un breve paréntesis hasta el próximo fin de semana. Lo que jamás habrían adivinado mis siete años de entonces, es que el próximo fin de semana se produciría 39 años más tarde.
Desde el momento en que mi padre, fidelista devoto hasta su último minuto, conoció que sus hermanos habían decidido marcharse de Cuba, se suprimieron las visitas a la finca. Mis preguntas sólo obtuvieron respuestas evasivas como si no otra cosa mereciera la evasión de mis familiares. Sólo me enteré que no estaban en Cuba años más tarde.
Entonces supe que una zona de mi infancia se había extinguido: el día que remolcado por María Eugenia, mi experiencia de esquiador en el portal baldeado a cubos, terminó con cuatro puntos de sutura; los paseos a caballo con Castorcito; las mandarinas de junto al estanque, la champola de guanábana, las guayabas del Perú y las gallinas que perseguíamos con fervor, todo engrosó una suerte de prehistoria. Pero la caligrafía de la memoria suele escribirse con tinta indeleble. Todavía huelo el perfume de la tierra en días de lluvia, el aroma de los fogones, los ramitos de albahaca. Ningún político ha logrado derogar esa manera de recordar con todo el cuerpo que tiene la infancia.
Nunca le escribí una carta a mis primos. Ellos eran el enemigo, rezaba la consigna. Ignoro si ellos me escribieron. Tampoco habría recibido sus cartas.
Treinta y nueve años después de aquella despedida, otro fin de semana, visité Miami, y descubrí la misma cara de mi primo Castor, en un cuerpo de hombre maduro, más cerca de los cincuenta que de los cuarenta; hablé con mis primas y tíos dispersos entre New Jersey y North Carolina. Supe que durante años mi abuela sostuvo correspondencia a hurtadillas de mi padre con sus hijos-enemigos y sus nietos-enemigos. Quizás a hurtadillas relativas. Mi padre no podía admitir correspondencia con el enemigo, pero bien pudo saber de sus hermanos y sobrinos sin indagar la procedencia, como si las noticias hubieran alcanzado a mi abuela por algún cauce misterioso del éter. Cosas más raras se han visto.
En 1978, siendo yo profesor de la universidad, a una de mis alumnas le fue negada la condición de ejemplar, acusada de intercambiar correspondencia con su padre, exiliado en Miami. Los mismos que le imponían el veto, recibían por entonces a sus familiares de Miami, con el beneplácito del Partido Comunista. Nunca la crítica literaria maltrató tanto al género epistolar.
Ignoro si con el correr de los años, la vida habría puesto entre mis primos y yo una distancia superior a las noventa millas. Se sabe que los humanos tenemos la costumbre de adquirir una familia vocacional: los amigos. Y yo ignoro si alguno de mis primos habría formado parte de esa familia elegida por el libre albedrío y no por la genética. Pero sí, estoy convencido de que ninguna profesión de fe, ningún credo político, tenía derecho a mutilar mi infancia. No juzgo a sus padres ni a los míos en sus decisiones de quedarse o irse. Pero sí juzgo una fe que necesitó sumar enemigos para garantizar la incondicionalidad de los amigos.
Durante años la fe oficial convocó en Cuba al sacrificio de nuestros padres en aras del futuro feliz de sus hijos; para convocar más tarde a los hijos en aras de los nietos y así sucesivamente: la felicidad futurible. «Hoy no fío. Mañana sí», decía aquel bodeguero y mantuvo colgado el cartel hasta que le expropiaron la bodega y el método de trabajo.
Sé que mi caso es pavorosamente vulgar. A millones de cubanos nos hurtaron los primos, o peor: los padres, los abuelos, los hermanos, los hijos. Sé que millones de cubanos hemos amado, casi siempre en silencio, a enemigos censados por supuestos amigos que en muchos casos aborrecíamos. Y de haber levantado la voz contra la sustracción de primos, sin dudas nos habrían cogido de primos. Pero lo peor fue que nos convencieran –todo el tiempo, una parte del tiempo, apelando a nuestra credulidad o nuestra adolescencia emocional, haciéndonos creer que creíamos–, según el expedito sistema de Goebels. Aunque más tarde nos declaráramos ateos gracias a Dios.
Treinta y nueve años después de aquella despedida en la finca, la historia se repite: los primos de mi hijo, que vive en Sevilla, se reparten entre Texas y La Habana, sus abuelos, entre Houston y Marianao.
Más temprano que tarde se derogarán las distancias, Cuba transitará hacia una sociedad democrática y abierta, los fabricantes de enemigos, los arquitectos del odio, pagarán con el peor de los castigos: el olvido. Pero ya a mí, a nosotros, nadie nos podrá devolver nuestros primos, ni el agridulce aroma de una infancia probable. Como tampoco podrán devolvérselos a mi hijo.
Confío en que mis nietos se busquen sus propios enemigos y nadie se atribuya la potestad de endosárselos por decreto.





Primera plana

27 04 2001

Algún picúo intuitivamente lombrosiano, exclamó en su día que el rostro es el espejo del alma. Doy fe que esa ley se cumple sólo como consecuencia del azar (no se trata de una defensa propia, que conste). Más visos de ley tiene la extendida idea de que la primera plana es el rostro que denuncia el alma de los periódicos. Y por carácter transitivo, el alma de los ideólogos que arman los periódicos.

Ya puesto a la tarea, revisé los titulares de primera plana que aparecieron los días 24 y 25 de abril en los diarios cubanos Granma y Juventud Rebelde. Entre ambos, contabilicé 37 titulares, que pueden dividirse en cuatro grupos, en el siguiente orden descendente de importancia:

1-Miserias ajenas (54,1% de los titulares)

2-Qué buenos somos (27%)

3-Cómo nos quieren allá afuera (13,5%)

4-Amigo y sus amiguitos (2,7%)

5-Misceláneas (2,7%)

«Miserias ajenas», con 20 titulares, nos da cuenta de lo mal que anda la cosa allá afuera, para que los nativos no vayan a creerse que Cuba es el peor de los mundos posibles. Entre otros temas, y en primer lugar, se repasa a conciencia las miserias de los países que votaron contra el gobierno cubano en Ginebra («el fariseísmo, la impudicia y la inmoralidad» fueron los enemigos); la crisis de Argentina, la corrupción en Nicaragua y la de Mr. Torricelli; la presunta existencia de armas nucleares tácticas de Estados Unidos en Europa (esa neocolonia yanqui, si se lee con fervor el Granma); las enfermedades mortales y el asesinato de Kabila en África; el pésimo estado de la salud pública en el planeta; el despojo de América Latina mediante el Acuerdo de Libre Comercio; la «globalización de la hipocresía» y el crecimiento de las desigualdades por la disminución de la ayuda de los países ricos a los pobres. Mediante el caso ejemplar de unos balseros que casi zozobran, se ilustra la acefalia de los cubanos que no emigran por la falta de expectativas, sino por la mera existencia de la Ley de Ajuste. Y ni protestar contra estas iniquidades: un niño de 11 años es asesinado por soldados israelíes, y se reprimen las manifestaciones en Bolivia. En suma: el mundo es un caos a punto de estallar. El capitalismo está en crisis —desde tiempos de Marx y Engels, de modo que es la agonía más larga de la historia—, y de consumirse acríticamente ambos diarios, uno acaba por no comprender cómo 5.000 millones de humanos siguen vivos.

«Qué buenos somos», con 10 titulares, refuerza la idea anterior: vean lo bien que nos va a nosotros. En esta zona nos cuentan que Camagüey es el más destacado, que los pioneros marchan con alegría hacia el futuro gracias a «30 años de una concepción revolucionaria de la educación», que es en la Isla donde existe una verdadera democracia, y que no sólo hay garantías de salud en el Escambray, sino que Cuba es un faro para la Organización Panamericana de la Salud. No falta la parte lúdica, porque 18 millones de cubanos han disfrutado del campismo, dándoles así prioridad sobre los turistas extranjeros. Que a nadie se le ocurra derogar por la fuerza esta felicidad, porque «la Isla no puede ser tomada». Pero el autobombo no se reduce a educación y salud, rubros tradicionales, sino que se extiende a la economía, con los premios a la calidad total (concedidos a 3 empresas). Sin faltar el dato autocrítico en una asamblea de balance de la UJC («Prevaleció lo mucho que falta para avanzar»), aunque la lectura del artículo no explica qué avances faltan, sino lo bien que vamos, y que si los jóvenes no ingresan a la UJC no es porque no quieran, sino por deficiencias organizativas.

«Cómo nos quieren allá afuera», integrado por 5 titulares, agradece al pueblo mexicano y a los jóvenes argentinos su apoyo, menciona a Hugo Chávez como representante oficioso en Quebec; el acuerdo de colaboración con Laos y las 150 organizaciones de 60 países que acudirán al congreso de la CTC. Moraleja: los gobiernos, manipulados por el Imperio en crisis, son los que no nos quieren. Todos los pueblos del mundo nos aplauden, y hasta se vendrían a vivir aquí, pero no caben.

«Amigo y sus amiguitos» sólo consta de un titular, sobre la renovación en el IX Congreso del Partido de Vietnam. Su escasez corresponde a que, inexplicablemente, Amigo se ha ido quedando sin amiguitos.

«Misceláneas», por último, en un único titular, «Primavera teatral en La Habana», se refiere a eso mismo.

Comparando estas primeras planas con las de otros periódicos internacionales, brillan por su ausencia la desmantelación de la única TV crítica en Rusia mediante la Operación Gusinski; el paseíto al espacio que el millonario Tito compró a los rusos ante la reticencia de la NASA; la detención del corrupto ex-presidente filipino Joseph Estrada; o el juicio en Miami a los presuntos espías cubanos de la Red Avispa. Por no hablar de noticias locales, como la huelga de hambre del prisionero político cubano Jorge Luis García Pérez, en protesta por la negación de atención médica especializada. O la súbita irrupción de emisiones televisivas de la Florida en los receptores cubanos, por algún capricho de la climatología imperialista, que el gobierno ha sido incapaz de interferir, a pesar de que molesta a los televidentes de la Isla, adictos desde Elián a las mesas redondas.

De todas, la noticia más curiosa es la que se refiere a Vietnam, donde se renueva la dirección, pero sin renovarla al estilo occidental, sino dando más de lo mismo pero con otro look. Y menciona de paso los 15 últimos años de prosperidad bastante generalizada, aunque no explica cómo ni por qué. El diario afirma textualmente que «la renovación forma parte de la propia dialéctica de la modernidad contemporánea» (sic.), de lo que ciertos lectores suspicaces y malévolos pudieran deducir que el estatismo forma parte de la «modernidad extemporánea».

 

“Primera plana”; en: Cubaencuentro, Madrid,27 de abril, 2001. http://www.cubaencuentro.com/encuba/2001/04/27/2114.html.