Plagios

17 03 1996

«La verdadera y buena originalidad ni se pierde ni se gana con copiar pensamientos, ideas o imágenes, o por tomar asuntos de otros autores. La verdadera originalidad está en la persona, cuando tiene ser fecundo y valer bastante para trasladarse al papel que escribe, y quedar en lo escrito, como encantado, dándole vida inmortal y carácter propio», dijo Juan Valera para defender a Don Ramón de Campoamor, al ser publicada en El Globo (1876) una denuncia por plagiar a Víctor Hugo. De todas maneras, Juan Valera no logró convencer a nadie, porque el denunciante citaba más  de un centenar de frases, pensamientos y sentencias que Campoamor había incluido casi literalmente en su obra. Quizás este haya sido uno de los más escandalosos plagios de la historia, pero no el primero ni el último.

Ya Demóstenes había plagiado a su maestro Iseo. Virgilio capturó algunos textos de Homero. Clément Marot se apropió de algunos textos oriundos de Marcial; y Montaigne repetía otros de Plutarco y Séneca, para ser plagiado a su vez por Charon. La Fontaine saquea a Esopo (más del 80% de sus fábulas son copiadas) y Alejandro Dumas (padre) se apropia de algunas obras de Gosselin.

Pero ha habido incluso plagios que no eran tales.

En 1808 Charles Nodier publica los Poemas de Clotilde de Surville. Las biografías que aparecieron en las notas críticas a partir de la publicación, firmadas por los más grandes analistas literarios del momento, revelaron que la dama había nacido en 1405, que había sido esposa de Béranger de Surville, muerto en batalla contra Santa Juana de Arco, etc, etc. Y al final, Gastón Paris revela, en 1873, que Clotilde de Surville no había existido nunca. En las obras publicadas, la tal Clotilde citaba a Lucrecio, aún ignorado por entonces, a Copérnico, que no tendría ni dieciocho años el día de la muerte de Clotilde. Habla también de los satélites de Saturno, descubiertos por Herschel en el siglo XVII. Sainte‑Beuve reveló más tarde que el falsificador no era otro que el marqués de Surville (1790).

La publicación de las Canciones de Bilitis confundió incluso a los sabios alemanes. Publicadas en 1894 por Pierre Louys, con un prólogo donde explicaba que los poemas habían sido encontrados en una tabletas enterradas en unas ruinas cerca del palacio de Limisso, los poemas conquistaron rápidamente por su belleza la admiración del mundo cultural, que aceptó como excelente la traducción de un hombre que ya anteriormente había traducido a Meleagro. No pasó un año antes que un diccionario de literatura escrito por Lolicée y Gidel citara a Bilitis, y que basados en esa autoridad que tiene todo diccionario, los alemanes Willamowitz y Paul Ernst defendieran a Bilitis a capa y espada; hasta que un buen día, en 1897, André Gide demostró que las Canciones de Bilitis eran obra de Pierre Louys.

Aunque el más burlesco de los plagios se le hizo a un pobre burro. En 1910 Joachim Raphael Boronali, expuso en el Salón des Independants de París su cuadro abstracto Et le Soleil se coucha sur le Adriatique, muy alabado por los críticos. Después de publicadas todas las reseñas, donde predominaban los comentarios favorables, Boronali explicó el procedimiento mediante el cual había confeccionado la obra: Después de atar el pincel a la cola de un burro, se dedicó a atiborrarlo de azúcar, y el animal, contentísimo, fue embadurnando la tela, que por tal razón tiene ese aspecto como de alegría desenfadada que ya los críticos habían apuntado.

Pero si en algo Don Juan Valera tenía razón, es que no todo préstamo es un plagio. Ni Shakespeare fue plagiario al tomar prestadas casi todas las anécdotas de sus obras de teatro, ni Racine al tomar sus temas de la antigüedad y de la Biblia, ni Moliere al copiar el teatro italiano, ni Corneile, al asimilar los teatros español e italiano, ni Jean Cocteau al basar sus filmes en los dramas antiguos. Porque el genio puede tomar prestada una pequeña anécdota, una circunstancia, e incluso todo el esqueleto argumental de una obra. Lo único que no podría copiar, y que de hecho el genio nunca copia, es trascender la anécdota inmediata para convertirla en una verdadera obra de arte. En eso el genio solo puede plagiarse a sí mismo.

 

Plagios; en: Diario de Jaén, Jaén, España, 17 de marzo, 1996, p. 23.

 





Ovejas

15 02 1996

La parábola cuenta de un hombre que tenía cien ovejas. Una de ellas se le descarrió y él, abandonando las otras noventa y nueve, marchó al monte, rastreó sin reposo los trillos y cañadas e indagó en los barrancos hasta dar con ella.

Mientras, se le descarriaron las otras noventa y nueve.

 

“La parábola de las ovejas”; en: Diario de Jaén, Jaén, España, 15 de febrero, 1996, p. 29.

 





Bizantinadas

7 02 1996

A pesar del estruendo que venía desde las murallas atravesando el aire leve de Bizancio, los monjes continuaron enfrascados en discusiones teológicas y de orden interior.

Entre tanto, Mohamed Mahomet II, El Conquistador, estaba cumpliendo lo que se había prometido a sí mismo desde el principio de su reinado: sitiar Constantinopla, cuya conquista prometía el Corán a los musulmanes, signo precursor del juicio final que aguardaba a los cristianos y del triunfo definitivo de la verdadera fe (Alá, of course).

Mientras Constantino XIII, con el rostro tiznado de humo y pólvora, trataba de restañar las heridas por donde se le iba desangrando la ciudad, llegaron a sus oídos, gracias a un cambio rápido, y por suerte efímero, de la brisa, retazos de aquella discusión perpetrada por los monjes, cuyo fin último era decidir el sexo de los ángeles, si las sandalias reglamentarias serían negras o marrón, el calibre y color de la cuerda con que se anudarían la sotana y otros asuntos incluso más complejos, en los que no era fácil alcanzar el consenso. A Constantino XIII le dieron ganas de voltear sus cañones y convertir a los monjes en puré de. Pero por suerte (para los monjes), el cambio de la brisa fue breve, un mar de cimitarras se le vino encima, y  Constantino XIII se olvidó de ellos.

Los musulmanes no. Y más tarde dispusieron de mucho tiempo libre.

 

“Bizantinadas”; en: Diario de Jaén, Jaén, España, 7 de febrero, 1996, p. 26.





La peor dictadura

15 12 1995

Si descontamos la democracia esclavista en la Grecia clásica, donde sólo una parte de la ciudadanía integraba el demos y tenía derecho a la cracia, la tradición democrática de Occidente es relativamente reciente, y su consolidación, aún más. El Estado del bienestar produce un efecto tranquilizante: ya los obreros de Manchester no son los del viejo Engels (que muy bien los debía conocer, porque era dueño de factorías), ni los franceses se parecen a los pavorosos personajes de Emile Zolá. Una revolución en Noruega es tan impensable como natural en Chiapas. Incluso los partidos de izquierda (perdón, de izquierda izquierda) apoyan el statu quo, las elecciones libres y el Estado de derecho, con la esperanza de que algún día se convierta en el Estado de izquierda. Así las cosas, y como el modelo parece funcionar, con sus escándalos, pero sin sobresaltos latinoamericanos, Occidente ha decidido que se trata de un modelo de uso universal, como los vaqueros. Aplausos para las nuevas democracias del Este. Hurra por los latinoamericanos, que se han quitado por fin los uniformes (hasta Fidel Castro, aunque sólo sea para asistir a los encuentros internacionales, que en casa resulta bastante incómodo andar disfrazado). El modelo se vende, hay mercado, y las trasnacionales no pueden instalar en el sur sus fábricas de baja tecnología o sus almacenes de turistas, sin un mínimo de tranquilidad que garantice la inversión. Y si alguien se empeña en seguir usando un modelito autocrático pasado de moda, se le mantiene el bloqueo. Y si otro ataca al vecino y se niega a deponer las armas, bloqueo también. Sobre todo si se trata de gobiernos izquierdosos o algo semejante y no muy amigos del Occidente Cristiano. El único defecto de esos bloqueos es que los sufren los pueblos, no los gobiernos. Un modo muy contundente de decir: «Revoquen a sus gobernantes en las próximas elecciones… perdón, si ustedes no tienen elecciones. Bueno, revóquenlos de cualquier modo o se morirán de hambre». Y como autodeponerse sigue siendo un acto tan raro como la automutilación, ahí sigue el demos cargando con su bloqueo, lo que no le hace ninguna cracia.

Lo curioso es que si la autocracia es marcadamente reaccionaria, incluso antediluviana, pero amiga y petrolífera, no hay bloqueo, porque en esos casos la dictadura es parte del acervo cultural, y se impone el respeto a las tradiciones ajenas y la biodiversidad. Si la autocracia se combina con el libre mercado, sobre todo si es el mayor del planeta, habrá su escándalo de Tianamen, pero un bloqueo sería financieramente inmoral. Y las virtudes de la moral financiera son irrefutables.

Pero hay una dictadura mucho más difícil de cancelar, porque no basta cambiar uniformes por chaquetas de ejecutivos o gastar un poco de papel (mojado a veces) en boletas electorales cada cuatro años. La dictadura del hambre, bajo la cual yacen las dos terceras partes de los terrícolas, para quienes la abundancia no se postula nunca. Si el Estado de derecho no establece en primer lugar el derecho a la vida, al pan, a la salud primaria será siempre precario.

Cayó la cortina de hierro. Aplausos prolongados. Pero la cortina de harapos sigue en pie y es más extensa y cruel que la otra. Al respecto, la moral informativa suele ser, cuando menos, curiosa: si en Rwanda se matan a machetazos, es noticia; si mueren silenciosamente de hambre, no.

Quedan lejos los tiempos en que el indio de Potosí inmolaba los pulmones sin saber que aquella plata alimentaba el crecimiento económico del Norte, y a la larga su primera democracia: la del pan. La democracia del pan es, pues, la primera justicia. La única que garantizará las otras, en un planeta que se ha vuelto demasiado pequeño: en las noches claras, desde Africa se divisan las luces de Europa. Al Sur le basta empinarse sobre las alambradas para saber lo que ocurre en el Norte. El Norte también mira hacia el Sur. Y teme. Pero sólo mira.

“La peor dictadura; en: Diario de Jaén, Jaén, España, 15 de diciembre, 1995, p. 26.





Extranjero

4 12 1995

Extranjero es una palabra rara y polivalente, que ha servido incluso para titular libros y grupos de rock. Para un espartano, extranjero era el ateniense que habitaba, por así decirlo, a la vuelta de la esquina. Con el tiempo, todos terminaron siendo griegos. Extranjero era, entre los romanos, un concepto geopolítico: un romano de pura cepa podía nacer en las Galias o en Hispania, mientras el advenimiento de un bárbaro podía ocurrir a los pies del Coliseo, sin que por ello dejara de ser extranjero, lo que en este caso equivalía a extraño, ajeno. En las colonias españolas de Hispanoamérica, el criollo, nacido en el Nuevo Mundo, sin importar que sus padres fueran castellanos viejos, por razones geográficas (que a la larga se convirtieron en razones económicas y, más tarde, políticas, militares) no tenía acceso a numerosos cargos públicos. Era extranjero. Extranjero en su propia tierra.

En países como Suiza, para que a un extranjero se le conceda la ciudadanía —únicamente al estar casado con un ciudadano suizo—, debe reunirse el consejo de la localidad donde nació el cónyuge, valorar los méritos y deméritos del aspirante a la suizificación, y decidir, a puro voto democrático, si el tal tiene derecho o no a la eximia nacionalidad de las vacas alpinas y los quesos Emmental. Incluso en junio del 94, durante un referéndum sobre si se le concedía o no la nacionalidad a los hijos y nietos de inmigrantes nacidos en el país (y que sólo hablan alemán, francés o italiano, no su idioma de origen), más de la mitad de los suizos dijeron que no. De modo que siguen siendo extranjeros en la tierra donde nacieron ellos y sus padres. Españoles, croatas o chilenos que jamás han pisado los países de donde, teóricamente, son nativos. La extranjeridad es su condición natural.

He escuchado a algunas personas sentirse orgullosas de su nacionalidad, y creo que ello entraña un absurdo: es puro accidente que yo haya nacido en La Habana y no en Helsinki o en Ulan Bator. No puedo sentirme orgulloso por algo en que no intervine, y que, por tanto, no entraña ningún mérito. Podría, en cambio, sentirme orgulloso de mis obras, de mi condición humana, de mi país o de mi pueblo (lo cual no equivale a mi nacionalidad, mudable, como cualquier rótulo). Y me refiero a esto porque, apreciando los nacionalismos sanos, no excluyentes y que podrían asumirse como una categoría cultural, la salvaguarda de una herencia histórica; detesto los nacionalismos chovinistas, excluyentes, detentados por personas que se atribuyen los méritos de su pueblo gracias a una simple partida de nacimiento. Méritos en los que, con harta frecuencia, no han cooperado en lo absoluto. Y el aprecio superlativo y miope de lo propio viene con asiduidad convoyado por el desprecio a Lo Otro, Lo Extranjero. De modo que la otredad se convierte en un defecto y el otro, el extranjero, pasa a ser el bárbaro de los romanos, excluible, inferior.

La historia demuestra que la nación pervive, no el país. Yugoslavia fue un país, como la Unión Soviética o Checoslovaquia. Hoy descubrimos cuantas naciones contenían. O el África Negra, donde impusieron fronteras quienes se repartieron el botín, sin tomar en consideración las verdaderas naciones, sajadas a mansalva por esas líneas trazadas en los mapas. Pero la nación, la verdadera nación, que parte del auto reconocimiento de una herencia cultural e histórica, no cree en esas demarcaciones artificiales, y un yoruba sigue siendo yoruba antes que senegalés.

Pero ni siquiera la nación, a nivel individual, es determinista. La historia está llena de travestismos nacionales. ¿Era Conrad un escritor polaco o inglés? Y  Nabokov: ¿norteamericano o ruso? ¿Y esa Gertrudis Gómez de Avellaneda, nacida en el Camagüey cubano, cuya obra se imparte en los cursos de literatura española? Demasiados ejemplos demuestran que incluso la nacionalidad puede ser una vocación: la del hombre que asume la nacionalidad (y no sólo la ciudadanía) del sitio donde halla la plenitud y la felicidad, es decir, su lugar (suyo, intransferible) en el planeta. De modo que, con frecuencia, la llamada cultura nacional está minada de extranjeros. Sin ir más lejos: el mayor acontecimiento de la historia española, el descubrimiento de América —llamémosle así para abreviar— fue obra de un extranjero, que quizás (antes de la ignominia, el desprecio y las cadenas) se sintiera más extranjero en su tierra natal. O el Napoleón francés, que era corso. Y el Napoleón alemán, Adolf Hitler, que era austríaco. Demasiados accidentes hacen sospechar que la cultura y la historia nacionales son más internacionales de lo que se piensa. Y el Hitler ruso, que era georgiano.

Tantos criterios encontrados, definiciones incompletas y romas, me inducen una duda esencial: ¿qué es por fin extranjero? Y no acabo de concretarlo en una categoría geográfica o legal, en un pasaporte, una raza o un idioma. Y por eso prefiero asumir como sinónimo de extranjero una palabra inglesa: alien. Y alien es sólo aquel que reniega de los valores universales que la raza humana:  comprensión, sabiduría, amor y tolerancia; extranjero quien pretenda confirmar el yo a costa del no yo, quien se asuma centro para instaurar la periferia, quien destruya puentes y tapie puertas, pretendiendo quizás (iluso de él) vestir de ajeno lo que ocurra en cualquier otro lugar del planeta, más allá de su miope geografía; en un planeta cada vez más pequeño, cada vez más cercano. Extranjero es quien no entiende que el hambre de los indígenas bolivianos y peruanos coloca la cocaína a la puerta de nuestras escuelas. El que no escucha a John Donne cuando advertía que siempre que las campanas están doblando, no importa por quién sea, doblan por ti.

El resto, somos ciudadanos de hecho y derecho, nacidos y criados en la nación de los seres humanos: este maltratado  planeta.

 

“Extranjero; en: Diario de Jaén, Jaén, España, 4 de diciembre, 1995, p. 18./ “Extranjero; en: Cubaencuentro 19 /04/2002 http://arch.cubaencuentro.com/sociedad/2002/04/19/7446.html

 





Cuba a dos ojos

29 11 1995

Occidente suele ser tuerto al mirar hacia Cuba: un nostálgico ojo izquierdo que reivindica el paraíso social de sus sueños (abortados exclusivamente por el embargo yanqui), o un feroz ojo derecho que convoca la muerte de Castro como única puerta hacia la democracia (preferentemente occidental, posiblemente sucedánea). Pero no basta mirar, hay que ver. Y la imagen estereoscópica requiere de ambos ojos.

Porque Cuba es esa Isla minúscula que intentó tocar el cielo desde su soledad continental, que sostuvo el mito de David frente a Goliat, referente para América Latina y buena parte del Tercer Mundo. A pesar de todo, es el país que ha terminado instaurando, en lugar de la dignidad estoica, una nueva picaresca de la supervivencia: lo que algún cubano bautizó como “La Era de las Tres R” (Resistir, Robar o Remar).

¿Cuándo accederá Cuba a una democracia, por fin, a nuestra imagen y semejanza?, es la pregunta del Occidente Cristiano, mientras defiende a Kuwait y otras curiosas democracias petrolíferas árabes. Pero la peor dictadura es el hambre. La primera a derrocar; cuando para dos tercios del planeta la abundancia no se postula nunca.

En 1990, Fidel Castro llegó a decir que antes de renunciar al socialismo, el pueblo cubano preferiría marcharse de las ciudades y labrar la tierra al estilo de los indios taínos. La idea cayó pronto en el olvido, junto al slogan “Socialismo o Muerte”, porque se percataron de que ningún pueblo se suicida. Con la caída del Este (y con ello, del 80% del comercio cubano) se abría para el gobierno de la Isla el mayor reto de su historia: ¿Cómo evitar que el hambre llegara a extremos tales que la desesperación pusiera en peligro el statu quo? ¿Cómo hacerlo sin concesiones al capitalismo, que significarían una derrota ideológica, y sin abandonar las conquistas sociales, única razón objetiva para su permanencia en el poder? Pero, sobre todo, ¿cómo hacerlo sin ceder ni una brizna del poder monopolizado por FC durante treinta años?

El Ministerio del Interior adquirió por entonces equipos antimotines, pero Valeriano Weyler, último Capitán General, y los dictadores Machado y Batista, la historia toda del país, demuestran que ese es el método más expedito para ser derrocado. Error. Efectúe otra jugada.

Recordaron entonces al pensador cubano José de la Luz y Caballero: “Más vale proveer que prohibir”. Pero para proveer no bastaba una economía que, sin ayuda externa, se desplomó en apenas un año, incapaz de cubrir ni siquiera las cuotas del racionamiento. La única solución era incrementar la eficiencia económica. Pero sin acudir a las fórmulas del Fondo Monetario, sin cancelar las conquistas sociales y sin dinamitar los fundamentos del sistema: ultra centralización, propiedad estatal y manejo de la economía según criterios políticos.

¿Qué hacer entonces? La ensaladilla rusa, hambre con democracia, no es una buena receta para conservar el poder. Más apetecible es el pato al estilo de Pekín: dictadura política con crecimiento económico. Pero, eso sí, nada de permitir una nueva casta de propietarios criollos. No sólo quiebra el sagrado igualitarismo, sino que sería, invirtiendo la frase de Marx, como fabricar el propio sepulturero. Patentaron entonces su propia fórmula: un capitalismo sólo para extranjeros que subvencionara el socialismo sólo para cubanos.

Esto es: descapitalizar la nación vendiendo medios de producción al capital foráneo, permitirle invertir y operar según sus propias leyes; para cobrar más tarde el diezmo. ¿Por qué no a los nacionales? Según algunos voceros del régimen, porque el cubano carece de capital. Como si el dinero, ente sin patria, no pudiera arribar desde Miami vía Zúrich. Dos millones de exiliados preferirían invertir en empresas que manejaran sus familiares en Cuba, en lugar de ir, mal que bien, subvencionando su miseria con la mínima ayuda familiar que admite el embargo. La inversión es siempre más digna y fructífera que la caridad. ¿Por qué entonces el gobierno se ha negado a esta opción? En realidad, razones políticas. El inversionista extranjero aporta capital, permite el funcionamiento de una parte de la economía, pero no tiene ningún derecho político. Si obtiene ganancias, incluso apoyará al gobierno. Los nacionales, en cambio, podrían constituir a mediano plazo una capa productiva, eficiente, y ya se sabe que el poder económico siente un hambre precoz de poder político.

¿Por qué permitir entonces ciertas formas de trabajo privado: artesanos, fabricantes de baratijas, pequeños restaurantes? Se trata de aprobar a regañadientes fórmulas que ya la picaresca de la supervivencia venía ejerciendo, paliar la abrumadora escasez y contener el descontento, como quien engaña el hambre con caramelos; desatar aunque sea una mano a las fuerzas productivas, altamente capacitadas pero uncidas a las ineficaces relaciones de producción, y ofrecer la puerta lateral como salida al enorme desempleo, producto del cierre masivo de fábricas y empresas. Pero prohibiendo a los profesionales (medio millón) ejercer por libre sus oficios, y evitar así el surgimiento de una empresa altamente cualificada y competitiva que demuestre (aun más) la incompetencia del aparato estatal. El ingeniero puede montar un pequeño restaurant, pero no una fábrica; el médico vende dulces a domicilio y el periodista fabrica juguetes de papier maché, pero jamás se les permitirá instalar una consulta o crear un periódico. Y sin hacer constar de forma definitiva la libertad de empresa y comercio de los nacionales, de modo que sea suprimible ─no es novedad, ya ha ocurrido antes─. Como la prostitución: Según el propio Fidel Castro, entrevistado en Nueva York, no se la persigue “para que no nos acusen de violar los derechos humanos”, pero jamás se legalizará. Al igual que la iniciativa privada de poca monta, las muchachas que se ganan el pan con el sudor de su cintura disfrutan del sobresalto: la tolerancia reversible.

Pero es natural el temor a inversiones masivas e incontroladas en la Isla o a la creación de una burguesía depositaria del capital procedente del exilio. La cúspide más ortodoxa, por razones ideológicas; otro sector de la burocracia política, por motivos más bastos: se están colocando ya, como gerentes de empresas mixtas, representantes de firmas extranjeras, etc., en posición de esperar el cambio, bien arropados en sus crisálidas rojas, que abandonarán convertidos en las flamantes mariposas de la nueva burguesía. No van a tolerar la competencia desleal de los advenedizos. Si no me creen, miren hacia el Este.

¿Y la democracia qué?, vuelve a preguntar Occidente. Dada la profunda crisis que pesa sobre la cotidianía del cubano, permitir la aparición de alternativas políticas, admitir que se difundan y debatan otros discursos, el destape de una oposición organizada y viable (que hoy se prohíbe por ley), sería para el gobierno actual como un intento de suicidio: si se salvara quedaría cuadripléjico. La lección Gorbachov está demasiado fresca. De modo que evitan con todo cuidado las figuras alternativas (competitivas), y cualquier fórmula democrática, como no sean las elecciones del Poder Popular, el parlamento más obediente del mundo y que no decide nada medular.

De hecho, las fuerzas dentro del gobierno que hoy promueven los cambios económicos, y cuya figura más emblemática es Carlos Lage, podrían protagonizar una suave transición política hacia formas más participativas del poder, pero no hay por ahora indicios de que la tímida apertura económica se desplace hacia el terreno político. La vieja guardia sabe que su status vitalicio (“méritos históricos” mediante), como miembros de la familia gubernamental que rodea al líder, se desmoronaría en un mundo más competitivo, de estamentos mudables. Y quizás nada ayudaría más a erosionar ese statu quo que la supresión del embargo, derogando así un fuerte factor de cohesión alrededor del líder, según la tesis “Ahí viene el lobo”. Pero la prepotencia Made in USA es el peor glaucoma político.

Para forzar desde abajo una transición radical, haría falta más que el 50%+1 de los votos: el 70%+1 de la desesperación. Situación poco predecible, dado que opera aún el “síndrome del líder”. A lo que se suma la propia idiosincrasia del pueblo cubano, que sólo llega a la sangre in extremis; el temor de muchos a la alternativa Miami (que ven como extrema de signo opuesto) en caso de desplome, y el ejemplo de la antigua URSS, precipitada en un capitalismo salvaje donde los menos aptos están peor que antes. De modo que para los cubanos mayores de 50 años el horizonte pos fidelista se barrunta negro, desguarnecido de las (ya precarias) conquistas sociales. Saben que el capitalismo cubano estará más cerca de Brasil que de Suecia. Mientras, los más jóvenes prefieren huir al paraíso que les ofrecen los enlatados de la TV, antes que intentar uno propio. Sin desdeñar que una porción aún cree en el líder, dado que la equivalencia Fidel=Socialismo=Patria, reiterada durante 35 años, ha calado muy hondo. No es fácil desglosarla. El resto, espera. ¿Hasta cuándo? Quién sabe. Las bolas de cristal y otros artilugios de adivinar no se incluyen en las cartillas de racionamiento.

“Cuba a dos ojos”; en: El País, Madrid, España. 29 de noviembre,1995, p. 12.

 

 





Una guantanamera en Jaén

3 10 1995

Guantanamera no es sólo una canción internacionalmente conocida, es también una mujer nacida en la ciudad de Guantánamo, al oriente de Cuba, y ahora una película de Tomás Gutiérrez Alea, cuya película precedente, Fresa y Chocolate, nominada al Oscar, auguraba un éxito de público y crítica en esta ocasión.

Heredera de una vieja comedia del propio Alea, La muerte de un burócrata, incluso en el tema de la muerte y la burocracia de la muerte, en Guantanamera no escasean las virtudes: excelentes actuaciones de los protagónicos, un ritmo ágil a pesar de la interminable sucesión de pueblos y ciudades, y que decae apenas al final; la sabia combinación de humor (negro, gris, blanco), ternura y reflexión; la elegancia en el tratamiento de situaciones escabrosas; la excelente construcción del guión y la sustancia de los diálogos que, sin perder la ligereza, eluden gratuidades y excesos. Una fotografía un tanto pobre y repetitiva es su único defecto importante. En suma, equilibrio y contención, a lo que se suma el empleo narrativo de la banda sonora y una oportuna poesía, sin incurrir en aquello de que «los cubanos, cuando hablan en serio, lo hacen en tiempo de bolero». Esta película, divertidamente seria, es un son.

Pero es en lo conceptual donde Guantanamera se convierte en una lección magistral. Europa raras veces mira hacia Cuba con ambos ojos. Emplea el ojo derecho para tildar a la Isla de infierno, convocando la muerte de Castro como única puerta hacia un modelo de democracia occidental. O emplea un nostálgico ojo izquierdo para reivindicar un paraíso social cuyos conflictos se deben exclusivamente al embargo Made in USA. La película, contada desde dentro, sortea el folclor barato, incluso el político, y se coloca, sin hurtar conflictos ni dificultades, en la verdad cotidiana, carne y sangre de la verdad histórica. Y es el burócrata desasido de la realidad, no porque la ignore, sino porque prefiere ignorarla, dado que no encaja en sus esquemas ideológicos. El ingeniero devenido conductor de camión por escapar a las 1.000 pesetas mensuales de salario como profesional. El pueblo llano que trafica, resuelve, cambia, vende, apaña, en una picaresca cotidiana sin la cual sus perspectivas de supervivencia serían nulas. Pero es, y no curiosamente, el mismo chofer que compra ajos para revender —todo ilegal en Cuba—el que monta a la parturienta, aun contra el burócrata que se niega a modificar su planificación minuciosa de la muerte ante la implani­ficación de un nacimiento, es decir, de la vida. En contraste con el camione­ro que se niega a cobrar la correa del ventilador, «incapaz de aprovecharse de la difícil situación». Treinta años de solidaridad no pasan en vano. Cinco años de profunda crisis económica, tampoco. Y eso es algo que sólo se entiende mirando hacia Cuba con ambos ojos. La miseria ha producido su picaresca del sálvense quien pueda. La alegría innata al pueblo cubano, su capacidad de reírse en primer lugar de sí mismo, desdramatizan la situación y, al cabo, lo salvan, haciendo efectivo aquello de «a mí me matan, pero yo gozo». A contrapelo, la hierática retórica oficial que reitera, consigna tras consigna, los ideales, la patria y, sobre todo, la muerte, que en Cuba se elude con un «Solavaya». Por eso no es raro que, al cabo, el burócrata de Guanta­namera, que elabora discursos con el amor sin amor, se quede solo.

Convertir la muerte, la nostalgia, el drama de un  pueblo entero en una larga sonrisa es la apuesta de Alea, y a juzgar por las reacciones del público, lo ha conseguido. Y más. Una reflexión que rebasa lo fugaz para tocar, sin que la sonrisa se apague, lo trascendente, como en aquel diálogo de los camioneros sobre la asignatura mudable de la Universidad, que empezó llamándose Comunismo Científico, permutó a Socialismo Científico y mañana quizás devenga en Capitalismo Científico; probando una vez más que para una gran zona de la burocracia en el poder las palabras son más importantes que los significados. Pero una leyenda afrocubana les ajusta las cuentas, una leyenda que es quizás el momento de mayor poesía, la imagen y la voz de José Antonio, profunda como una caverna, la lluvia, los tambores sagrados, las figuras que se mueven difuminadas tras la cortina de agua traman las múltiples lecturas de  esa historia sobre los tiempos en que Oloffi hizo la vida, pero se le olvidó hacer la muerte, y el mundo se llenó de viejos que tenían miles de años y seguían mandando de acuerdo con sus viejas leyes, hasta que un diluvio enviado por Ikú barrió de la tierra a cuantos fueran incapaces de trepar a los altos montes y los árboles para salvarse. De modo que sólo los niños y los jóvenes sobrevivieron. Y desde entonces quedó abolida la inmortalidad. Y gracias a ello, gracias a la muerte, a la sabiduría y al humor, Alea nos regala esta Guantanamera, que ya no es de Guantánamo, sino de todos nosotros.

 

“Una guantanamera en Jaén; en: Diario de Jaén, Jaén, España, 3 de octubre, 1995.

 





Cuba: el crepúsculo de un sueño

30 08 1995

Cierto taxista de Ciudad México me preguntó “cuándo expulsarían a ese Castro de la Isla”. Enterado de que yo vivía en La Habana, dio un giro de 180 grados a su curiosidad: “¿Y los yanquis no pensarán levantar nunca el embargo?”. El cliente siempre lleva la razón.

Como en un western, los fans de indios y cowboys suelen abundar cuando se toca el tema de Cuba: ¿El embargo o Castro? ¿El lobo feroz o la Caperucita Roja? Pero hay preguntas más arduas: ¿Por qué se mantiene en pie el único gobierno comunista del hemisferio Occidental tras la caída del Este? ¿Por qué, a pesar de la profunda crisis, no ha habido un levantamiento popular?

En 1990, ante la inminente desintegración de la Unión Soviética, se habló por primera vez del “Período Especial en Tiempos de Paz”, eufemismo para nombrar la crisis más profunda en la historia de Cuba, que se haría realidad meses más tarde: drástica disminución del transporte público, reducción o eliminación de todo combustible, cierre de empresas y masificación del paro, cortes de electricidad que alcanzan ritmos de 8 por 8 horas, paralización de las construcciones sociales y de infraestructura, reducción del suministro alimentario a 0,4 kg por día por habitante (sólo 27 g ricos en proteína); enfermedades propiciadas por avitaminosis y aproteinosis, como neuritis y beriberi, agravadas por la falta de medicamentos. El peso, la moneda nacional, disminuye entre 50 y 100 veces su poder adquisitivo en apenas unos meses, y el salario de un ingeniero, que rondaba los 300 dólares mensuales hace cinco años, se desploma a menos de tres. La crisis, entronizada ya como modus vivendi, va mutando hasta crisis de valores: se multiplica geométricamente la prostitución (una muchacha gana por turista-noche lo que sus padres, dos profesionales, no ganarían en un año), crece la delincuencia, la malversación y la economía subterránea. El mercado negro ocupa el lugar del mercado y se hace realidad lo que algún cubano bautizó como “La Era de las Tres R” (Resistir, Robar o Remar). Dado que el trabajo (salvo excepciones) deja de ser una vía digna y segura de subsistencia, se instaura una nueva picaresca de la supervivencia: dólares a toda costa para acceder a la red comercial en divisas. Los padres aspiraron a un título universitario; los hijos, a ser camareros para agenciarse unos dólares de propina. Cuando no, se echan al mar en una balsa, añorando alcanzar el Miami Paradise (si los tiburones del Canal no se interponen). Porque al cabo de cuatro años, sin otra solución para rebasar la crisis que las continuas apelaciones al “espíritu de resistencia”, el artículo más deficitario es la esperanza.

¿Cuáles fueron los polvos que trajeron estos lodos? En desigual medida, tres factores: la ineficiencia crónica del modelo, el embargo norteamericano y la desaparición de las excepcionales relaciones comerciales con la antigua Unión Soviética.

Según estimados del gobierno cubano, el embargo ha costado 40.000 millones de dólares, al eliminar a la Isla como posible destino del turismo norteamericano, impedir el intercambio comercial y la adquisición de tecnología, derivando su comercio hacia regiones más alejadas u onerosas transacciones a través de terceros, así como las presiones a empresas internacionales. El principal exportador mundial de azúcar no tiene acceso a la Bolsa de Azúcar de Nueva York y un barco que toque puerto cubano, no podrá ni acercarse a puertos norteamericanos durante seis meses. Ese es el embargo, paliado desde inicios de los 60 por el intercambio con la antigua URSS: relación de precios estables y a largo plazo muy favorables a la Isla; suministro prácticamente gratuito de todo el armamento; asesoría técnica, préstamos e inversiones. Incluso durante los 70, con la autorización de Moscú, la segunda fuente de ingresos de la Isla fue revender parte del petróleo que recibía a precios de convenio.

De modo que el costo del embargo se eleva al 7,6% del PNB cubano durante estos 35 años y, políticamente, contribuye a cohesionar al pueblo cubano alrededor del líder, según la tesis “Ahí viene el lobo”; pero Norteamérica es demasiado prepotente con Latinoamérica para retractarse. Mientras, la desaparición de la URSS despeña la Isla en un típico modelo tercermundista de relaciones, agravadas por el atraso tecnológico heredado de la URSS y un cuarto de siglo descansando sobre relaciones paternalistas y escasa eficiencia. Ahora bien, nada de eso explicaría un colapso sin ápice de recuperación durante cuatro años. Lo explica la ineficiencia crónica del modelo cubano: ultra centralización, supresión de la iniciativa y manejo de la economía según criterios políticos: la Idea, el Sistema, el Stablishment, son más importantes que el bienestar público, esa desviación pequeñoburguesa y consumista.

Desde 1968, cuando se eliminó toda forma de propiedad privada de los medios de producción (excepto el 30% de las tierras cultivables) es el Estado quien controla desde la gran industria hasta los estanquillos de periódicos. Tenencia absoluta de bienes y recursos. Importación y exportación centralizadas. Aún así, los pequeños campesinos, que cuentan apenas con medios, son hoy el sector agrícola más eficaz, de modo que el problema es básicamente conceptual. En un país que ha tenido un verdadero boom educacional (500.000 profesionales sobre 11 millones de habitantes), la inmensa mayoría de los cuadros de dirección han sido elegidos por razones políticas ajenas a su capacidad profesional. Dado que el modelo exige incondicionalidad al sistema y al líder antes que eficiencia, la estructura piramidal de dirección recaba obediencia antes que iniciativa, premia la adulación y sanciona la indisciplina creadora: en suma: una parálisis generalizada.

Como, por otra parte, se ha sustituido la retribución por diplomas, banderitas y exhortaciones al sacrificio en aras del ideal, cunde una huelga de brazos caídos: descansar durante el horario laboral, para dedicarse fuera, con desesperación, a la picaresca de la supervivencia.

¿Soluciones? Las del Estado: descapitalizar la nación vendiendo los medios de producción al capital extranjero. ¿Y por qué no a los nacionales? Según opiniones, porque el cubano carece de capital. Como si el dinero, ente sin patria, no pudiera arribar desde Miami vía Zúrich. Incluso ante la solicitud de autorización, por parte de exiliados cubanos residentes en países que no sea Estados Unidos, de invertir en la Isla, pero delegando en sus familiares cubanos de adentro el manejo de las empresas, la respuesta fue un rotundo NO. ¿Por qué? Una vez más, razones políticas. El inversionista extranjero aporta capital, permite el funcionamiento de una parte de la economía, pero no tiene ningún derecho político. Los nacionales, en cambio, podrían constituir en breve plazo una capa productiva, eficiente, y ya se sabe que el poder económico se convierte, sin pérdida de tiempo, en poder político que podría discutir espacio al omnipotente y único Partido Comunista de Cuba, empleando incluso los escasos mecanismos democráticos. Y el stablishment no está dispuesto bajo ningún concepto a compartir ese poder.

Entonces, ¿qué mantiene en pie al gobierno?, ¿por qué no ha habido un estallido popular? Los factores son varios y se interdigitan en un complejo entramado: relictos de la vieja popularidad de la Revolución nacionalista, popular, moralizante (el panorama de la república pre revolucionaria hedía por los cuatro costados) y de sus ya precarias conquistas sociales; el carisma de Fidel Castro, operando aún lo que los sociólogos llaman “el síndrome del líder”; la propia idiosincrasia del pueblo cubano, que sólo llega a la sangre in extremis; la inexistencia de una oposición organizada y viable (que el gobierno prohíbe por ley), como no sea la extrema de signo opuesto, en Miami, que el cubano de Cuba tampoco apetece, no sólo porque ya ha prometido tres días de libertad para la revancha después de Castro, sino por el previsible cambiazo: los siervos de LA IDEA convertidos en siervos DEL CAPITAL, sin paliativos. Y el ejemplo de la antigua URSS, despeñada en un capitalismo salvaje donde los menos aptos están peor que antes. De modo que para los cubanos mayores de 50 años el horizonte pos fidelista se barrunta negro, mientras los más jóvenes prefieren huir al paraíso que le ofrecen los enlatados de la TV, antes que intentar uno propio. El resto, espera. Sin desdeñar que una porción del pueblo cubano aún cree en el líder, dado que la equivalencia Fidel=Socialismo=Patria, reiterada durante 35 años, ha calado muy hondo. No es fácil desglosarla.

De ese modo, Cuba es hoy una lección amarga de la historia: el crepúsculo de un sueño compartido de justicia social, moralidad, nacionalismo sin integrismo ni xenofobia, que se empezó a desplomar cuando el poder mudó de medio a fin; cuando la opinión popular se hizo prescindible y su participación en el poder, innecesaria; configurando una clase gubernamental inapelable e inamovible que convirtió en ley los principios de su propia supervivencia: la obediencia al líder, y declaró enemiga toda diferencia, instaurando una intolerancia practicante que será a la larga su propio sepulturero: sin diferencias no hay crítica; sin crítica, no hay mejoramiento posible. La inmovilidad parece perfecta, eterna. Cuando lo único eterno es el tiempo que cambia. De modo que a la larga el juicio de la historia quizás troque aquella frase de Fidel Castro en 1954, “La historia me absolverá”, por “La historia me absorberá”.

 

1995





El primer derecho

7 07 1995

Aquella comida que hice cierto día del verano de 1988 en un restaurante de comida rápida en Sao Paulo, la capital económica de Brasil, fue quizás la peor digerida de mi vida. En contraste con la asepsia hospitalaria del local, al otro lado de la fachada encristalada se apiñaba una multitud de niños harapientos, como sacados de una novela de Zola; prestos a apoderarse de un salto de los huesos o los restos de pan abandonados en las mesas, y huir con el botín antes que los guardas del local los echaran a patadas. Quien no haya visto las miradas de aquellos meninos da rua, no conoce la cara del hambre. Yo descubrí aquel día que el hambre tiene su propio rostro, y una mirada que no consigo olvidar.

No es raro que Frei Beto denomine a Brasil «Belindia» (un país donde 30 millones viven como en Bélgica, y 100 millones como en la India); ni es raro que la parte belga, los 30 millones de afortunados que ruedan en Porsches y Mercedes, se defiendan de los 100 millones de indios, parapetados en sus viviendas custodiadas por ejércitos de guardias privados y la más alta tecnología de la seguridad. Existen barrios enteros a los que es imposible acceder si tu nombre no aparece en las listas del ordenador que manejan los guardias, forrados de chalecos antibalas y portando fusiles de asalto. Lo más parecido a estos policías que asesinan y torturan, cuyas imágenes han dado recientemente la vuelta al mundo.

La opinión pública se indigna ante su impunidad, y los políticos ya han logrado tipificar la tortura como delito penal en Brasil. Como si las clases en el poder se enteraran sólo ahora que esas prácticas son moneda corriente desde hace mucho en el trato a sus conciudadanos de cuarta categoría. Cierto que el alto ejecutivo del Banco de Sao Paulo jamás apretará el gatillo contra un niño de la calle. No entra en los cómputos a cuántos extermina con su portafolios. Puede que en breve sea delito federal en Brasil la violación de los derechos humanos. Habría que ver quiénes serán condenados por edificar la más insultante opulencia sobre la negación, a 100 millones de brasileños, del primero entre los derechos humanos: el derecho a la supervivencia.

 

Diario de Jaén, 1995





La era de las tres erres (Cuba en verde y negro sobre fondo rojo)

1 04 1995

Aquella luminosa mañana del primero de enero de 1959, La Habana no durmió la resaca como otros años. Despertó temprano entre sirenas, gritos y banderas. El dictador Fulgencio Batista había huido. La Revolución acababa de triunfar en aquel país monoproductor (80% de sus exportaciones en azúcar), monocultivador (52% de la tierra cultivable dedicada a la caña), con una cabeza vacuna por habitante y escasamente industrializado, profundas diferencias de clase, sociales, y estructurales entre la ciudad y el campo; 23% de analfabetismo, deficientes redes de asistencia médica y educacional; un país que exportaba azúcar, tabaco y concentrados de níquel, e importaba chicles y automóviles; amaestrado en el servilismo a lo extranjero y, en especial, a lo yanqui (tercer socio comercial de Estados Unidos en el continente), con un incipiente pero acelerado desarrollo del turismo (US$ 50 millones por año); balanza de pagos favorable, cero deuda externa y una reserva de divisas equivalente al volumen de su comercio exterior; un país con una estructura democrática plegable, galopante malversación, nepotismo, corrupción y abuso del poder. Cuba, que algún turista había definió como el tropical paradise de putas y maraqueros, se preparaba a ser noticia durante los próximos 40 años; a tocar el cielo/el infierno (según versiones) desde su soledad continental, a sostener el mito de David frente a Goliat, referente para América Latina y buena parte del Tercer Mundo, a desatar pasiones extremas y la enemistad de nueve inquilinos de la Casa Blanca. Verdadera tradición norteamericana.

En aquella Isla que había padecido medio siglo de democracia precaria, y un crecimiento económico sostenido que asimiló más de un millón de inmigrantes; los barbudos de Fidel Castro representaron la honradez, la valentía de derrocar por las armas al tirano, contra todo pronóstico, y un sentido nuevo de la justicia social que transmitía su hipnótica oratoria. Él se apresuró a dictar medidas que fomentaran la adhesión de las grandes mayorías: Reforma Urbana, Reforma Agraria, Alfabetización. Grandes palabras de los 60, la Era del Entusiasmo, que se redondeó el 13 de marzo de 1968 con la Ofensiva Revolucionaria: incautación de los últimos 58.012 pequeños negocios que quedaban, con lo que se erradicaba la propiedad privada sobre los medios de producción (si exceptuamos el 30% de las tierras cultivables). Desde entonces, el Estado se encargaría de administrar toda la economía cubana.

Vencida la contrarrevolución armada en Playa Girón y el Escambray, desactivada la oposición y amaestrada la prensa —monopolio estatal— hasta la obediencia incondicional, ninguna voz se alzaría impunemente contra los sucesivos experimentos económicos y políticos. Máxime después que fueron refundidas las organizaciones que participaron en la lucha, bajo las órdenes de Fidel Castro, quien ha terminado abrumándose a sí mismo de trabajo: Primer Ministro, presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, Primer Secretario del Partido Comunista, y Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas. La Constitución de la República (1976) menciona explícitamente su liderazgo vitalicio, de modo que es inconstitucional cuestionarlo. De todos modos, en previsión de disonancias, se instituyeron los mecanismos de una vasta inquisición ideológica cuyo exponente más nefasto fue la UMAP, campos de “reeducación” donde se confinaron por igual a católicos militantes, homosexuales, disidentes y heterodoxos.

Tres pilares edificarían la rápida prosperidad de la nación: la frugalidad estoica —reducción drástica del consumo para dedicar el máximo de recursos a la industrialización—; la conciencia laboral y política de los trabajadores, que se esforzarían sin apenas retribución —igualitaria, trabajaras o no, de acuerdo a la libreta de racionamiento—, y la unanimidad en torno a sus dirigentes, lo que hacía innecesario cualquier mecanismo participativo. Hasta 1976 no se crea el primer y único órgano vagamente democrático: la Asamblea Nacional del Poder Popular, que en 23 años jamás ha aprobado una ley contra la opinión del líder, e incluso ha reescrito otras ya publicadas. Ni siquiera le fueron consultadas las guerras de Angola y Etiopía, que involucraron a cientos de miles de cubanos. La “democracia directa” suple al parlamento: Fidel habla (unos 3.200 discursos registrados) y el pueblo aplaude.

Lamentablemente, la tríada “frugalidad-conciencia-unanimidad” no funcionó. La escasa estimulación provocó una huelga generalizada de brazos caídos. La caída de la producción, escasez. La escasez, inflación, desestimulando más a los trabajadores para cerrar el círculo: El Estado simulaba un salario y los obreros simulaban un trabajo. La subvención soviética, a través de relaciones económicas preferenciales, créditos blandos y armamento gratuito —a mediados de los 70, Cuba recibía la mitad de toda la ayuda que la URSS enviaba al Tercer Mundo—, evitó el colapso económico de la Isla; paliando con creces los efectos del embargo norteamericano (US$40.000 millones en 40 años, el 7,6% del PIB, según datos del propio gobierno), aprovechando en cambio su valor añadido: chivo expiatorio de cuanto desastre económico ocurra, y recurso fácil para convocar al rebaño al grito de “Ahí viene el lobo”. Si mañana la Casa Blanca levantara el embargo, no pocos funcionarios cubanos, despojados de su excusa predilecta, saldrían en manifestación denunciando “esa nueva maniobra del imperialismo”.

Al mismo tiempo, se establecía la gratuidad de la asistencia médica, la educación (a todos los niveles) y el entierro. Crecía la red asistencial hasta cotas cercanas a las del mundo desarrollado. Se universalizaba la enseñanza, y las cuatro universidades de 1959 se convertían en 45, generando al cabo 400.000 profesionales universitarios en una población de 11 millones. Fuerza laboral altamente calificada que contrajo expectativas de vida frustradas por el bajo desarrollo de las relaciones de producción, máxime cuando el gobierno ha mantenido inalterable un sistema promocional que pondera la incondicionalidad política al talento, y no tolera la desobediencia creadora. Vox Populi afirma que en Cuba “El que sabe, sabe. Y el que no sabe, es jefe”. Razón de los múltiples altercados entre el gobierno y el sector cultural, cuya tarea ha sido, por otra parte, dignificada, beneficiándose de la difusión y accesibilidad del libro y los espectáculos culturales, la creación de una enseñanza y una industria cinematográfica y artística sin precedentes. Aunque tan temprano como en 1961, se les advirtió que: “Dentro de la Revolución, todo; fuera de la Revolución, nada”.

Los cubanos suelen recordar los 80 como la Edad Dorada: tímida estimulación salarial; creación del mercado paralelo (no racionado) tras el éxodo masivo de 1980 por el Mariel; permisos de visita a los cubanos del exilio; apertura internacional al turismo, y un poderoso mercado negro alimentado por las tiendas en dólares y la propiedad estatal—propiedad de todos que terminó siendo propiedad de nadie o del listillo que le echara el guante—. A lo que se sumaba una notable homogeneidad social, herencia del igualitarismo. Una edad que concluiría con la década: en 1990, se decretaba el Período Especial en Tiempos de Paz, eufemismo para designar la crisis más profunda del siglo XX cubano.

Con la caída del Este (y del 80% del comercio insular), Cuba queda a solas entre su propia ineficiencia económica y el embargo norteamericano. En menos de seis meses, la devaluación alcanza el 2.500%. Un ingeniero pasa a cobrar 450 pesetas mensuales al cambio (hoy ronda las 2.000), lo suficiente para comprar quince cajetillas de cigarros o un pollo. Cientos de fábricas cierran por falta de repuestos, materias primas y energía, quedando los desempleados con un subsidio del 60%, es decir, el 2% de su poder adquisitivo un año atrás. Fidel Castro anuncia el olvidable slogan “Socialismo o Muerte”. Pero los pueblos no se suicidan y el Comandante en Jefe se encuentra ante la disyuntiva: ¿Cómo evitar que el hambre y la desesperación pongan en peligro el statu quo, sin ceder el monopolio del poder? ¿Cómo incrementar la eficiencia económica sin acudir a fórmulas del FMI, sin cancelar las conquistas sociales y sin dinamitar los fundamentos del sistema: ultra centralización, propiedad estatal y manejo de la economía según criterios políticos? La ensaladilla rusa, hambre con democracia, no es buena receta para conservar el poder. Eligieron el pato al estilo de Pekín: dictadura política con crecimiento económico. Traduciendo: un capitalismo sólo para extranjeros que subvencionara el socialismo sólo para cubanos: descapitalizar la nación vendiendo medios de producción al capital foráneo, para cobrar el diezmo. La elección no es casual: El inversionista extranjero hace funcionar la empresa y paga impuestos, pero carece de derechos políticos, y si obtiene ganancias, apoyará al gobierno. Los nacionales podrían constituir a mediano plazo una capa productiva, eficiente, y el poder económico siente un hambre precoz de poder político. “Antes se hundiría la Isla en el mar” (FC dixit). Incluso las tímidas modalidades de trabajo por cuenta propia se han permitido a regañadientes para paliar la escasez, contener el descontento y ofrecer una salida de emergencia al enorme desempleo. Pero abrumándolos de impuestos; sin hacer constar por ley la libertad de empresa y comercio de los nacionales, de modo que sea reversible, y prohibiendo a los profesionales ejercer por libre sus oficios, evitando así el surgimiento de una empresa altamente cualificada y competitiva, pero privada, que subraye la incompetencia estatal.

No obstante, la subasta del país se hace con cautela. El mercado es especialista en desatar lo atado y bien atado. La zona más ortodoxa de la vieja guardia teme al capital por razones ideológicas y nada ayudaría más a erosionar ese statu quo que la supresión del embargo, derogando así un fuerte factor de cohesión alrededor del líder, según la tesis “Ahí viene el lobo”. Pero EE. UU. prefiere el método John Wayne. Otros miembros de la burocracia política se están colocando ya como gerentes neocapitalistas, en posición de esperar el cambio bien arropados en sus crisálidas, que abandonarán convertidos en las mariposas de la nueva burguesía. Mientras puedan, no van a tolerar la libre competencia.

No hay por ahora indicios de que la tímida apertura económica se desplace hacia el terreno político. Dada la profunda crisis que pesa sobre la cotidianía del cubano, permitir la aparición de alternativas políticas sería un suicidio. Y las burocracias tampoco se suicidan. No habrá Gorbachov Segunda Parte. Se insiste en un vago proyecto de sucesión dinástica que ya nadie cree viable. Y para forzar desde abajo una transición radical, haría falta el 70”1% de la desesperación. Situación poco predecible: Primero: Opera aún el “síndrome del líder” (una porción aún cree; la equivalencia Fidel=Socialismo=Patria, reiterada durante 40 años, ha calado hondo). Segundo: La idiosincrasia del cubano, que sólo llega a la sangre in extremis. Tercero: El temor de muchos a la alternativa Miami en caso de desplome. Y Cuarto: El ejemplo ruso, donde los menos aptos están peor que antes. Para los cubanos mayores de 50 años el horizonte pos fidelista se barrunta negro, un capitalismo más cerca de Haití que de Suecia, desguarnecido de las (ya precarias) conquistas sociales. Los más jóvenes prefieren huir al “paraíso”, antes que intentar uno propio. El resto, espera. Ojalá no sea por mucho tiempo. Podríamos heredar un país que no nos pertenezca.

Cuarenta años después de aquel primero de enero de 1959, Cuba es un país monocultivador y monoproductor (más de la mitad de las tierras dedicadas a la caña, aunque el azúcar ha sido superado por las remesas de los exiliados), con 0,3 reses por habitante, escasamente industrializado -a pesar de cierta infraestructura industrial-, sin analfabetismo, con una población sana y altamente calificada, con redes educativa y de asistencia médica suficientes en cantidad y aceptables en calidad, aunque huérfanas hoy de medios; un país que exporta azúcar y concentrados de níquel e importa hasta los más elementales bienes de consumo; un país que ganó en tres decenios otro sentido de la dignidad y el orgullo nacionales, y lo pierde un poco cada día en la picaresca de la miseria; un país que el turismo (300 millones de dólares por año) y la subasta de su economía, van amaestrando en el servilismo a lo extranjero (en especial a lo yanqui, corroborado por el espejo de Miami y la oferta televisiva de enlatados norteamericanos); un país con una balanza de pagos negativa, una deuda externa de $US10.000 millones (más 24.000 con la antigua URSS) y una reserva de divisas estimada en el 1% del volumen de su comercio exterior; un país donde once millones tienen derecho a votar por un candidato o por el mismo. Otros dos millones ya han votado con los pies, o con los remos. Un millón de inmigrantes en medio siglo, se han convertido en dos millones de emigrantes durante la segunda mitad. Y una macabra procesión de cadáveres que vagan por el Estrecho de la Florida.

¿Será el socialismo el camino más largo entre el capitalismo y el capitalismo? Quizás. El país que se nacionalizó de punta a cabo, se anuncia hoy en liquidación hasta fin de existencias. El país estatalizado, se privatiza. El garito del Caribe que reeducó a sus prostitutas, es hoy destino del turismo sexual. Los gusanos que huyeron ayer, salvan del hambre hoy a los que se quedaron. La ciudad que construyó La Habana del Este para desactivar el tristemente célebre Barrio de las Yaguas, esperará el milenio con la mitad de sus viviendas en mal estado (251.000), 175.000 inhabitables, de las que 100.000 se perderán sin remedio. Y en el país más antiimperialista y anti yanqui del planeta, un billete de Washington vale por veintidós de José Martí.

La Cuba que construyó hace cuarenta años una Revolución “verde como sus palmas” (o verde como la sandía), es hoy una Isla tricolor: sobre el fondo rojo de la desvaída economía estatal, cuyos asalariados a 1,500 pesetas por mes pedalean sus bicicletas y Resisten como pueden la crisis, apelando con suerte a las remesas de sus parientes que un día optaron por Remar; aparecen los islotes del capitalismo para extranjeros, verde dólar, y todo ello sobre el fondo negro de la economía sumergida, la omnipresente bolsa negra, donde la picaresca es ley, y Robar, mero ejercicio de supervivencia. Es decir, tras la Era del Entusiasmo y la Era Dorada, aparece lo que un cubano llamó La Era de las Tres Erres: Resistir, Robar o Remar.

“Cuba: La era de las tres R”; en: AlSur, n.º19, Jaén, España, marzo-abril, 1995, pp. 44-46