Diario habanero. Domingo 12 de julio, 2009

12 07 2009

A las siete menos cuarto salimos de la casa con la hora pegada a los talones. Debemos estar a las siete en la calle 112, a la entrada del Círculo Social Obrero Gerardo Abreu Fontán, desde donde saldrá la guagüita de la excursión. Por suerte, atrapamos un Lada que milagrosamente si muove, y que por dos CUC se aviene a dejarnos allí a tiempo. Durante el corto trayecto, el chofer nos cuenta su historia atropelladamente: primero se ponchó sin goma de repuesto y tuvo que gastarse 8 CUC en ir a buscar otra. Cuando ya venía de regreso, se despistó hablando por teléfono, subió el Lada a la acera y partió el radiador contra el bordillo. Lo reparó como pudo y cuando lo abordamos se dirigía a casa del mecánico. Al llegar a nuestro destino, el Lada se apaga y no hay modo de que arranque. Desde el autobús que se aleja lo vemos enfrascado en algún misterio mecánico, con el capó abierto. El hombre nos despide con expresión de qué coño le pasará ahora a este Lada fabricado cuando Leonid Brezhniev brillaba en todo su esplendor, si se me permite la expresión.

Para un viaje de un día, el autobús es confortable; el guía, locuaz, y el chofer, prudente. Una excursión convencional de turistas convencionales empaquetados y transportados de paisaje en paisaje. Justo el turismo que nunca solemos hacer. Lo inolvidable no puede ser premeditado. Pero ¿qué más se puede pedir por 21 CUC con almuerzo incluido? Un precio módico de acuerdo a los estándares internacionales pero impagable para un trabajador cubano. Es el doble del salario medio mensual. Aun así, todos los excursionistas somos cubanos. La mitad residimos fuera de la Isla.

La Autopista Nacional hacia Pinar del Río está en mejor estado de lo que imaginábamos. El chofer mantiene una velocidad moderada. Un bache imprevisto (no excepcional) podría concluir la excursión como la fiesta del Guatao.

El tráfico en esta autopista haría las delicias de cualquier chofer europeo.

Dada la intensidad de su uso, bien podría considerarse una autopista de estreno.

El propio guía nos advierte que la autopista está atravesada por numerosos puentes hacia ninguna parte. En los años 80 se proyectaron diferentes carreteras que cruzarían el trazado de la Autopista Nacional. Al parecer, la brigada de puentes era más eficiente, y los levantaron todos en espera de que los fabricantes de carreteras les otorgaran algún sentido. Pero llegó el Período Especial, que aquí se invoca como el Diluvio Universal, la erupción del Vesubio que asoló Pompeya, el terremoto de México o un evento asociado a la extinción masiva, como el meteorito que exterminó a los dinosaurios. Las carreteras se quedaron en planos y bocetos por los que sólo circulan las polillas, a velocidad moderada, porque el papel tiene baches. Y los puentes han quedado como monumentos a la economía planificada socialista. Metáforas de este medio siglo: puentes hacia ninguna parte.

Al acercarnos, podemos leer en la barandilla del puente: “Nor y gloria eterna al pueblo”. Del “Honor” sólo quedó la segunda sílaba. Debe ser el premio de consolación (Consolación del Sur, en todo caso): al pueblo, gloria y honor en lugar de carretera.

La naturaleza es de un verdor extraordinario y casi virgen, salpicada por aislados campos de cultivo. En Cuba permanecen “ociosas” el 51% de las tierras cultivables, mientras el país importa el 80% de los alimentos. Una solución sería convencer a esas tierras para que abandonasen el ocio y se cultivasen ellas mismas.

Antes de ayer, comentaba Granma (¿o Juventud Rebelde?, estoy Confucio) que en lo que va de año, en Villa Clara, “19.139 fincas pertenecientes a las cooperativas de Producción Agropecuaria, y de Crédito y Servicios” desbrozaron de marabú 12.000 hectáreas, mientras de las 50.162 hectáreas entregadas en usufructo desde enero a particulares fueron desbrozadas más de 24.500. El doble. Aunque el 70% de las 108.000 hectáreas improductivas restantes, propiedad del Estado, están infectadas de marabú, al ritmo que llevan en la aplicación de la Resolución 259, demorarán otro año en entregarlas y, con buen tiempo, dos años para que estén en producción. Eso, si no desestimulan a los agricultores, sancionan la creatividad, e imponen precios y condiciones que parecen dictados por los exportadores norteamericanos de alimentos. Será culpa del embargo, que no nos ha permitido en medio siglo acceder a la más alta tecnología agropecuaria: entregar la tierra al que la trabaja, dejarle sembrar lo que quiera y vender sus productos en un mercado abierto y libre. Una tecnología que data del Neolítico. Y que se puede mejorar con créditos y subvenciones al campo, mucho más rentables, seguramente, que los 4.400 millones de dólares gastados en comprar alimentos a Estados Unidos desde 2001.

Hacemos un breve alto para tomarnos un café en Las barrigonas, por el nombre de esas palmas que crecen aquí por todas partes.

Cuando nos sirven el café, descubrimos una simpática innovación: en lugar de cucharillas para remover la infusión, colocan junto a cada taza un trocito pelado de caña de azúcar: un bastoncito de un centímetro de diámetro y diez de largo, que se empapa de café al removerlo. Por el contrario que la cucharilla, te lo puedes comer. Hacía años que no probaba el guarapo ni la textura del bagazo entre los dientes.

Bordeamos la estribación sur de la Sierra del Rosario. Bajo cada puente hacia la nada, un ramillete de pinareños se resguardan del sol a la espera de que algún vehículo los lleve. La brigada vanguardia de los puenteros nunca sospechó que en realidad estaban construyendo toldos.

Subimos hacia Viñales por la sinuosa carretera de siempre. Desaparecen prácticamente los transportes automotores y pululan los carros tirados por caballitos famélicos donde se agolpan familias completas, lomas de heno, fardos. Pasamos junto a una vieja rastra tirada por un buey. La “rastra” es uno de los medios de transporte más primitivos, ni siquiera tiene ruedas: un triángulo de madera dura compuesto por tres troncos de unos veinte centímetros de diámetro y un metro a metro veinte de largo, arrastrado por un buey, único capaz de vencer la enorme fricción de la madera contra el suelo.

Medio siglo después, los mismos bohíos que la Revolución prometiera erradicar, salpican el paisaje.

Llegamos al mirador que se encuentra junto al hotel Los Jazmines: la mejor vista sobre el Valle de Viñales. No ha habido consigna, ni plan, ni campaña, ni batalla capaz de alterar su paciencia geológica. China, Vietnam y Puerto Rico tienen paisajes cársicos muy parecidos, pero me atrevería a afirmar que ninguno es tan espectacular.

Me refiero al paisaje del fondo. El que aparece en primer plano lo vengo observando con idéntico fervor desde hace veinte años.

Ahora sí. Geografía pura:

El pueblo de Viñales impresiona por lo atildado: casas pintadas de diferentes colores, jardines cuidados y en casi todas las puertas carteles de “Rooms for rent”. Un pueblo shooping.

Enrumbamos hacia el norte. Al oeste de la planta de sulfometales de Santa Lucía, alcanzamos el pedraplén a Cayo Jutía: cinco kilómetros sobre el mar hasta el pequeño cayo donde nos espera una hermosa playa flanqueada de manglares. Las únicas construcciones que rompen la armonía intocada de la naturaleza son el restaurante, la caseta de los baños y otra donde se alquilan catamaranes y equipos de buceo. Todo está perfectamente organizado: disponemos de dos horas para darnos un chapuzón. A las dos horas, deberá reunirse todo el grupo para que una joven que está sentada ante la caseta de los baños, la administradora de las aguas, la Ochún de Cayo Jutía, nos abra el grifo y podamos tomar una ducha.

Y así mismo ocurrió. Sólo que (ah turistas indisciplinados) algunos rezagados llegan una vez que la diosa de las aguas ha cerrado el grifo. La auxiliar hidráulica, la personificación de la llave de paso, empieza a rezongar porque tiene que descender de nuevo desde su silla hasta el grifo, situado a tres metros de distancia. Nury monta en cólera y la conmina a mover el esqueleto y poner el agua, que aquí la gente paga en CUC, mijita, y eso es lo único que tú haces en todo el día. La administradora del líquido será Sulis o Bachué en las mitologías antiguas, pero le está cayendo una descarga olímpica. Al fin, baja con un pasito de “voy pero no quiero” y abre el grifo, mascullando que ella no está aquí para poner el agua cada vez que alguien quiera, sin percatarse de que si no hubiera alguien no tendría trabajo.

El almuerzo no es un acontecimiento culinario, pero es correcto y la agilidad y calidad del servicio permiten suponer que aquí los dioses de los sólidos pertenecen a una mitología diferente que la diosa de las aguas.

Al regreso, con la tarde agrisándose por momentos y el olor a tierra mojada flotando en el aire, hacemos un alto frente a un fresco de 120 metros de alto por 180 de ancho.

En el “mural de la prehistoria” aparecen, pudorosamente escondidos tras una palma, los guanahatabeyes o su foto robot, los más primitivos habitantes del archipiélago a la llegada de los españoles, según fray Bartolomé de las Casas. No sirva esto de excusa para ninguna tesis regionalista contra los pinareños. Aparece el megalocnus rodens, una especie de perezoso gigante que vivió durante el Pleistoceno; amonites del Jurásico o del Cretásico, y algo parecido a plesiosaurios del Jurásico Superior. Fue pintado en los 60 por Leovigildo González, director de Cartografía de la Academia de Ciencias de Cuba y discípulo del muralista mexicano Diego de Rivera, a instancias de Fidel Castro, con su especial sensibilidad hacia el arte y la naturaleza. Por encima de los mayores exabruptos del land art, éste es el peor graffiti cometido contra el paisaje.

Para rematar la faena, como dirían los toreros, nos adentrarnos en la Cueva del Indio, trasegada por miles de turistas. Un Disneyland bonsái de la espeleología. Pero es una cueva de verdad, no la réplica de Altamira, con estalactitas, estalagmitas y hasta un río. La visita dura veinte minutos y está en el all included. El guía nos recita los nombres que le han asignado a las estalactitas: el pez, el caimán (lampiño).

Cuando bajamos del bote, Gabriel, el hermano de Giovanni (el cowboy más pequeño, que ha amenizado el viaje con sus pantomimas),

tan políticamente correcto como corresponde a un hermano mayor, se acerca a Nury y le dice que necesita su ayuda. “Quiero escogerle un regalo a Roxana”. Es una amiga que nos ha atendido como una gran anfitriona. Escogen el regalo y

–Bueno, Gabi, puedes regalarle esto. Le va a gustar. ¿Tienes dinero?

–Tía, para eso mismo necesitaba tu ayuda.

Me gustaría comprar una botella de guayabita del pinar en honor a Willy Chirino, pero las tiendas, salvo las de artesanía, están cerradas. ¿A qué turista se le ocurre un domingo visitar una tienda turística en un lugar turístico?

Durante el trayecto de vuelta a La Habana, conversamos largo con el guía, graduado del Pedagógico en Holguín y aficionado al teatro. Sus explicaciones sobre el origen de la Sierra del Rosario, la formación de los mogotes y las cavernas (más cerca de García Márquez que de Alfred Wegener) ya permitían sospechar que lo suyo no eran las geociencias. Su exquisita atención a los excursionistas, y la prudente conducción del chofer, los hace acreedores de nuestro agradecimiento.





Diario habanero. Sábado 11 de julio, 2009

11 07 2009

Salimos a las ocho y media hacia Santos Suárez. Daniel quiere saquear mi biblioteca que en un 80% no conseguí expatriar. La mayoría de mis libros yacen desde hace quince años en casa de mi tío. No es que no tenga otros tíos, pero Manolo, de quien no pude despedirme cuando murió en 2006, siempre fue Mi Tío, casipadre, por antonomasia.

Doblamos a la izquierda en la esquina de 86 y 9ª y a dos cuadras tropezamos con unas treinta o cuarenta personas que esperan la guagua. Diez minutos más tarde, abordamos una 69 y nos acomodamos estratégicamente en un meandro frente a la puerta de salida, con espacio para respirar.

Un viaje casi confortable y, mientras, voy haciendo de guía turístico: el Puente Almendares, el cementerio chino, la hermosa Avenida 26 que serpentea y remonta Nuevo Vedado, el cine Acapulco, el zoológico, la antigua (¿sigue funcionando?) terminal de los ferrys que viajaban a Isla de Pinos, el Hospital Clínico Quirúrgico de 26, el bidet de Paulina, la Ciudad Deportiva, hasta que enfilamos por Santa Catalina.

A la altura del zoológico, la gente se atasca en la parte delantera aunque hacia atrás hay espacio —el concepto de espacio es siempre relativo—. El chofer detiene el ómnibus, desciende de su sitial y advierte:

—Muévanse patrás o paro esto. Suelten el tubo, que aquí nadie es Jesucristo.

Frase de una profundidad filosófica que no alcanzo. Deberé rumiarla durante el resto del trayecto.

Nos bajamos frente a la Iglesia de san Juan Bosco, en Santa Catalina esquina a Goss donde, a instancias de mi tío, bautizamos a Daniel en 1994, meses antes de emigrar a España. Una larga fila de bebés en brazos de sus madres esperaban por su turno en la pila bautismal. Mientras, a sus cuatro años, Daniel corría, incansable, por toda la nave. Meterle la cabeza entre la pila y el cuenco de agua que sostenía el cura fue como reducir a un mono araña untado de mantequilla. El cura no sabía si bautizarlo o exorcizarlo. Durante los pocos segundos que surtió efecto la llave de inmovilización, consiguió verter el agua sobre su cabeza y aplicarle un bautismo express, versión corta, enelnombredelpadredelhijoydelespíritusantoamén.

Desde que pasamos frente a la iglesia hasta que llegamos a la casa, Daniel me reprocha que aquel día lo hayamos bautizado. Le explico que aunque entonces él estaba bajo posesión diabólica, no podría decir que lo bautizamos contra su voluntad, porque aún no era un ateo militante como ahora. Y aunque sus padres fuéramos tan ateos entonces como hoy, disipar la preocupación espiritual de mi tío era más importante que cualquier prurito ideológico. Y el precio era mínimo: lavarle la cabeza al niño sin champú.

Avanzamos sorteando los huecos, riachuelos y montículos de la que un día fue la acera de Mayía Rodríguez. Ya en la casa, Daniel examina las estanterías y empieza a bajar decenas de volúmenes que conservan, como un registro fósil, quince años de polvo y deyecciones de insectos que durante el Período Especial se han ensañado por igual con Nietzsche que con las Obras Escogidas de Vladimir Ilich. Bichos analfabetos, aunque con un raro paladar: las viejas ediciones Austral y los libros de Seix Barral están casi intactos; la colección Manjuarí, en cambio, se la han comido íntegra.

Acuden a visitarme algunos escritores (amigos de muchos años y otros a los que no conocía) con quienes había concertado cita hoy en mi función de chasqui Madrid-Habana. Sergio Cevedo me otorga la alegría del día al verlo tan recuperado de salud. Con unos y otros la conversación es cordial, interesante y fluida, salteada de chismes actualizados sobre la Ciudad Letrada, pero no tantos. Como vainilla chip. Mientras hablamos de lo divino y lo humano (más de esto que de aquello), Daniel continúa saqueando la biblioteca, y de pronto irrumpe con una revista Sputnik de 1989. La lee de un tirón y me pide que le consiga otras revistas “de cuando los rusos tenían esperanzas” (sic).

Al regreso, atrapamos un ómnibus de la ruta 83 con asientos (vacíos) y hacemos una asombrosa excursión por las ruinas del Cerro. Beirut, 1982. Doblamos cerca de las antiguas Católicas Cubanas, donde me nacieron un primero de enero a las dos de la mañana. La peor digestión de una docena de uvas que tuvo mi madre. Y después pasamos frente a la majestuosa entrada de la Covadonga, más conocida hoy como Covadengue.

El Parque de la Fraternidad es un hervidero de gente. El olor a fritanga que acentúa el calor sofocante, los edificios devencijados y el gentío me transportan a un céntrico barrio popular de Mérida, en Yucatán, a finales de 1991.

Pasamos la tarde en casa de mi hermana contando batallitas y refrescándonos mutuamente las neuronas. Es curioso cómo la memoria segrega hacia zonas oscuras ciertos recuerdos de infancia que los demás conservan perfectamente. Remontada la adolescencia, madres y abuelas se encargan de aclararte que nunca fuiste un niño tan bueno como tú supones.

Aprovechamos después para caminar de nuevo por La Habana Vieja y hacernos la foto de rigor con la estatua del Caballero de París al costado de la Iglesia de san Francisco. Mi cuñada me asegura que en el momento de oprimir el obturador, El Caballero, haciéndose el bobo, movió diez centímetros su mano izquierda.

Merecido homenaje a quien fue durante décadas elemento indispensable del mobiliario urbano. Pero plantar una estatua de Antonio Gades en la Plaza de la Catedral (ya sé, ya sé que era ambia culiñán de Castro II) es ganas de enrarecer el paisaje. Alguien tendría que mudarlo al vestíbulo de las FAR o a su departamento en el Ministerio del Interior, y poner en su lugar a Ñico Saquito, al Chori o al manisero de Rita Montaner.

Por cierto, hablando del Castro 2, ahora recuerdo que el 2, primer número primo, es el único número que da el mismo resultado si se suma consigo mismo, si se multiplica por sí mismo o si se eleva a sí mismo. Estoy hablando de Matemáticas, desde luego.

Los sobrinos de Nury, nacidos y criados en Houston, dos pequeños cowboys de 6 y 8 años que hablan en tejano clásico, un idioma muy parecido al inglés, corren enloquecidos por la plaza y el pequeño acaricia a cada perro callejero que se le pone a tiro. Ignora que aquí los chuchos no están desinfectados. En diez días mataperreando en la calle con los chamas del barrio han sacado a flote la melanina de un semestre. Si los dejan un mes serán los primeros cowboys de Buena Vista y los primeros aseres junior de Texas.

En la plaza de san Francisco han plantado una estatua a fray Junípero Serra, fundador de Los Ángeles, San Diego, San Francisco, Sacramento y otras cinco misiones que se convertirían en megalópolis. A eso llamo yo construir sobre la fe. Con el paso del tiempo se convertiría en el apóstol de Sierra Gorda y California.

Lo interesante es que el escultor lo ha representado junto a un efebo aborigen cuya mano derecha, como al descuido, descansa en el pliegue anterior de la sotana. Y no es que uno sea mal pensado, ni que haya maledicencia suelta contra fray Junípero (el amor a los niños de los curas norteamericanos es mucho más reciente), pero más le valdría al escultor haber acompañado al franciscano con un indígena manco.

Descubrimos también que en El Floridita los daiquirís, ni mejores ni peores que en otro sitio, cuestan el triple. Dos CUC por la copa y cuatro por el aire acondicionado. Propina aparte, para retribuir la compañía de Hemingway, muy tieso dentro de su estatua, quien ha terminado siendo, no como sus cuentos, desde luego, pero sí como sus novelas, carne de guía turística.

Antes de acostarme, le echo una ojeada al periódico de hoy, donde en su última reflexión, “Muere el golpe o mueren las constituciones”, Fidel Castro acusa de tibieza a Obama por no invadir Honduras para reponer al presidente depuesto. Y asegura que “Zelaya sabe que estaba en juego no sólo la Constitución de Honduras, sino también el derecho de los pueblos de América Latina a elegir a sus gobernantes”. De modo que si sacan a Zelaya del paro y le devuelven su puesto de trabajo, los cubanos también tendremos derecho a elegir a nuestros gobernantes.

Pero la mejor reflexión tuvo lugar durante una función reciente de cierto grupo humorístico en el Teatro América de La Habana. Mientras la obra encadenaba gags y los personajes se movían por el escenario, uno de los actores permanecía dentro de un ataúd con los ojos abiertos. Al cabo de un rato, como el del ataúd no se movía, otro de los actores se le acercó.

—Oye: ¿tú qué haces ahí?

—¿Yo? —dijo el del ataúd— Reflexionando.

Última función.

(Continuará)





Diario habanero. Viernes 10 de julio, 2009

10 07 2009

Temprano en la mañana, salgo a caminar con Daniel. Bajamos por 86 hasta 5ª Avenida y enfilamos en dirección Este por la cuidada zona ajardinada del separador central. Es la única vía de la ciudad donde he visto a una cuadrilla de jardineros tusando cuidadosamente la caballera de los árboles y podando el césped. El asfalto de la calle está en buen estado y (ya esto es más subjetivo) hasta el parque automovilístico que rueda por la avenida parece más moderno que en el resto de la ciudad. Quizás por la cantidad de sedes diplomáticas, o porque esta es la ruta habitual entre La Habana clásica y los cotos de la nueva aristocracia en Miramar.

A medio camino, nos aborda un joven que, salido de la nada, ofrece tabacos (legítimos, brother) y chicas (legítimas también, supongo), aunque es demasiado temprano para tanto vicio.

No paramos hasta el morrocollo de concreto clavado en el ombligo de Miramar: la embajada rusa, antigua embajada soviética, la “bolera”, dado que los rusos eran más conocidos como bolos. A juzgar por el abismal descenso de las relaciones entre Cuba y Rusia, el enorme edificio debe disponer de espacio vacante para pistas de baile y patinaje, y algún campo de fútbol sala. Cuando lo estaban construyendo, los habaneros comentaban que, una vez concluido el bunker, los rusos declararían la guerra a Cuba.

En la costa, a la altura de 70, empiezan a llegar los bañistas tempraneros. En “la barranca de todos” no hay ni arena fina ni Pilar, pero el mar es de una transparencia inmune al Período Especial.

Entramos al supermercado de 70 y 3ª, casi tan desvencijado como una bodega, aunque con precios en CUC similares o superiores a los de un supermercado europeo. No hay rebajas de verano, ni 2 x 1, ni 3 x 2. Salvo las omnipresentes cervezas Bucanero y Cristal, algunos licores y puré de tomate, el resto de los productos son importados. Las que sí son 100% cubanas son las cucarachitas que pululan por la estantería de las galletas. Me acerco a una reponedora que descansa sobre unas cajas de acelgas enlatadas, ese clásico de la gastronomía cubana.

—Mi amor, ¿tú sabes que ese estante está cundido de cucarachas?

—Sí. Ya lo sé —es la escueta respuesta. Conocimiento y espíritu contemplativo. El primer escalón para alcanzar el nirvana.

Una vez comprobado que las cucas no han aprendido a masticar vidrio, compramos algunas cervezas Bucanero forte, que anoche un camarero nos declaró extinguidas para siempre. Ya en el exterior, con las cervezas fósiles bajo el brazo, un botero calibra nuestro nivel de estupidez turística y propone cobrarnos 5 CUC por veinte cuadras. En el semáforo de la esquina conseguimos un Lada que nos lleva por dos.

Después de almuerzo, bajamos al hotel Comodoro. Queremos reservar una excursión a Viñales y Cayo Jutía. La muchacha del buró de turismo está almorzando. Mientras esperamos en el lobby escasamente climatizado, entramos a la Casa del Tabaco. Los puros disfrutan de un clima ártico. Durante un rato nos hacemos los interesados en las mejores vitolas, hasta que la encargada del buró de turismo regresa de su almuerzo, pero debe ausentarse de nuevo para lavarse los dientes. En consideración a que pagaremos la excusión en CUC, no echa la siesta.

El resto de la tarde la invertimos en largas conversaciones familiares y en concertar citas con todas las personas a las que he traído cartas de España. Ese era el nombre de una revistica que ofrecía noticias de la Madre Patria a los emigrantes españoles. De la revista Carta de España no recuerdo ningún artículo memorable. Sólo que sus hojas, de fino papel cebolla, eran el mejor papel de fumar para liar aquellos tupamaros elaborados con picotillo de las brevas Bauzá que vendían por la libreta. Debí fumarme los últimos años de la dictadura franquista. Durante los últimos años de la otra dictadura, he preferido cambiar de marca o abandonar el cigarro.

El taxi que atrapamos a las ocho de la noche es un Lada que en cada bache campanillea como si su mecánica no estuviera fijada, sino sólo apoyada en el bastidor. El taxista detecta mi preocupación y, justo cuando nos adelanta un auto nuevo de marca Chery, fabricado en China, con matrícula del Ministerio del Interior, explota:

—Míralo. Míralo. Esos carros venían para modernizar la flota de taxis y ¿qué han hecho? Se los han dado a esos que no producen nada. Nosotros recaudamos un dineral al mes —el taxímetro, como de costumbre, está apagado— y le dan los carros nuevos a esos que no producen nada de nada de nada.

El análisis del taxista es puro materialismo vulgar. Una lógica más sutil demuestra que no tiene razón. Es cierto que los combatientes del Ministerio del Interior no producen yuca, ni cepillos de dientes, ni bolígrafos. No producen ni siquiera estadísticas, al menos para el consumo de la población. Pero producen mucha tranquilidad para consumo de nuestros dirigentes, y ya se sabe que la tranquilidad no es importable. Escasea en el mercado mundial.

Cuando llegamos a G, ante la pregunta de cuánto es, el taxista, todo finezza, responde “lo que quieran”, sabiendo que ante una invitación así el común de los mortales siempre se estira un poco.

Bajo por G para visitar a una amiga a la que traigo algunas medicinas que necesita con urgencia. La calle es una tiniebla compacta y desierta. Posiblemente la fauna urbana se reúna más tarde. La UNEAC parece el castillo abandonado de algún cuento y no nos atrevemos a atravesar el parque de 19 sin perro guía ni linterna. En las calles 21 e I no hay un transeúnte ni un vehículo ni un perro callejero. Sólo algunas luces mortecinas se filtran desde los edificios. Con la caída de la noche, hay zonas enteras de la ciudad que parecen deshabitadas.

El ambiente de L y 23 me resulta un tanto ajeno. Tengo la equívoca sensación de estar en alguna ciudad de Centroamérica o en República Dominicana.

En el hotel Habana Libre hay un desfile de modas. No puede decirse que sea prêt-à-porter, pero las/los jóvenes modelos visten sus propios cuerpos con una elegancia descarada. El volumen de la música casi nos impide ver.

Realizo una llamada local desde el locutorio del hotel, a 25 céntimos de CUC (6 pesos criollos) el minuto. La Habana Vieja queda, telefónicamente, tan lejos como Sidney.

Tras deambular por la Rampa, donde la mitad de los paseantes son policías, intentamos comer en el TV Café, situado en los bajos del edificio Focsa, que Nury, mi mujer, nos recomienda, pero nos impiden la entrada porque vamos en pantalones cortos. Seguimos hasta El Emperador, tan elegante como siempre, acogedor, con su digestivo fondo musical para piano, tres y violín. El aire acondicionado sin estridencias disipa en breve los sudores. En El Emperador sí nos permiten entrar. Confían en que nuestras piernas queden ocultas por el hermoso mantel rojo, mientras en el TV café los doylers de papel dejan las pantorrillas a la intemperie. Atención esmerada, como de costumbre, y buena cocina a un precio muy razonable, pero el servicio es extraordinariamente lento para sólo tres mesas ocupadas. Cuarenta y cinco minutos más tarde, el maître nos anuncia compungido que se ha acabado el pan, y que han intentado conseguirlo sin resultado en los restaurantes aledaños. Lo consolamos informándole que el pan contiene dióxido de cloro, que destruye la vitamina E; sulfato de calcio y carbonato de magnesio, y lo peor: bromato de potasio, que puede ser cancerígeno y descompone la vitamina B1, provoca arritmias, hipotensión, dificultades respiratorias, espasmos y cianosis, problemas hepáticos y renales. De modo que usted no se preocupe. Al contrario. Nos ha salvado la vida.

El taxi de regreso, como es habitual, no pone el taxímetro. Este Lada también emite los más diversos sonidos de metales a punto de desprenderse, golpes, repiqueteos, molto vivace en cada bache. Me pregunto si no será el mismo Lada con diferente chofer. Cruzamos milagrosamente el puente Almendares sin que el auto se desintegre. Por momentos nos hemos visto, como en una comedia silente del domingo con banda sonora de Calderón, sentados en medio de la calle mientras las ruedas huyen en todas direcciones.

El pago de la carrera se calcula según una ecuación donde intervienen la distancia, la simpatía y/o chulería del chofer, y la cara de bobo del cliente multiplicada por su ciudadanía (más caro mientras más al norte). Pero aquí todo es negociable. Regateamos como en un bazar de Marrakech. Desde aquella memorable Conferencia Tricontinental, Cuba se ha acercado a nuestros hermanos del mundo árabe. Sólo nos falta el petróleo.

(Continuará)





Diario habanero. Jueves 9 de julio, 2009

9 07 2009

Como de costumbre, soy el primero en despertarme. Tengo hambre. Desde una especie de merienda ayer en el avión, cuando serían en La Habana las cinco de la tarde, no como nada.

En 13 y 84 descubro un timbiriche donde venden sándwiches de jamón y queso a 18 pesos, unos 60 centavos de euro. Un cubano que gane el salario medio puede comprarse al mes 14 sándwiches si invierte en ello todos sus ingresos. Para el turista no demasiado melindroso en asuntos de higiene y manipulación, es una ganga. Yo he pateado todas las sierras de la Isla, y he bebido de ríos, arroyos, charcas y bebederos públicos. Compro cuatro.

Al regreso, todavía la familia está combatiendo a ronquidos el jet lag.

Despliego un diario Juventud Rebelde de ayer que encontré abandonado sobre un murete. Entonces me percato de que en el portal contiguo hay un artilugio que sería risible si no fuera trágico.

Echo a un lado el periódico y miro de nuevo la silla de ruedas de Frankenstein: la silla plástica de cañón recortado atornillada a la estructura de tubos metálicos. Alguien con un humor más negro que el mío podría proponerla como logotipo de la “potencia médica”.

Daniel amanece registrando parte de mi biblioteca que, al irme, he tenido que abandonar a su suerte, a la humedad y los insectos. Aun aireada cada cierto tiempo, hay ediciones que no han resistido el abandono. Los volúmenes de mi colección Huracán parecen incunables. Escarba algunos libros de filosofía, novelas y ensayos. No encuentra la edición del Rubaiyat que venía buscando.

Vacío mi equipaje de mano donde traía unas sandalias, una camiseta y unos calzoncillos de repuesto, cepillo y pasta de dientes, por si acaso los porteros de la Isla decidían que aún no estaba preparado para ingresar al país y me confinaban en “la escuelita” hasta mi vuelo de regreso. Ya le ha sucedido a algunos cubanos, entre ellos a un conocido pintor, quien viajó a la Isla en compañía de su mujer y de su hija, ambas norteamericanas. Esposa e hija pasaron la aduana sin problemas. Al ser norteamericanas, no eran sospechosas. Él fue recluido en una dependencia del propio aeropuerto, “la escuelita”, donde permanecería hasta la salida de su vuelo de regreso. Durante su estancia en ese limbo que no es ni libertad ni cárcel, todo lo que el “alumno” coma o beba deberá pagarlo en dólares u otra moneda libremente convertible. Deduzco que es una de las pocas escuelas privadas que quedan en la Isla. Yo pasé muchos años becado. Sé que en esos casos el “alumno” debe ir preparado. Por suerte, alguien decidió que ya yo había aprendido lo suficiente.

Durante la mañana, recorremos el barrio. Muestro a Daniel el balcón del apartamento donde vivía su abuela antes de mudarse a Houston, y en ese momento una mulata jovencísima, casi niña, y esbelta como un junco, me saluda, me pregunta de dónde somos. “De aquí mismito”, le respondo. E indaga si Daniel es mi hijo. Efectivamente, ¿quieres adoptarlo? Se pierde calle abajo envuelta en una risa contagiosa.

Bordeamos el antiguo Cander College, la panadería del barrio donde comprábamos cada día los 80 gramos de pan que nos correspondían (cifra mágica que algún genio de la Oficoda debió rescatar de un manual de supervivencia del Ejército Coreano). Vemos el Eklo convertido en un flamante (y flameante, no hay aire acondicionado) supermercado en CUC, frente a la Primera Iglesia de Cristo, Científico. 41 y 42 sigue siendo una encrucijada, el último repecho antes de que la ciudad se precipite al mar. Durante el trayecto, los manantiales y riachuelos de aguas albañales se alternan en las aceras, calles y contenes cariados de baches, huecos inundados y montículos. La geografía de la desidia ha empezado a parecerse a la otra: ríos, lagos, cavernas y colinas. Si en 1961 cantaban que “por valles y montañas el brigadista va”, según el himno de los alfabetizadores, hoy podrían hacer senderismo sin salir de la ciudad y cantando el mismo himno.

En 50 y 43 descubrimos que su parque predilecto de la infancia es un hierbazal de donde emergen los hierros desnudos de antiguos columpios, canales y cachumbambés. Han desaparecido las cadenas, las maderas y las láminas de aluminio. Es el plató de una película apocalíptica de Hollywood tras la epidemia mundial o el ataque de los extraterrestres.

Poco después de la una, tengo mi primer encuentro con la CADECA: un antiguo contenedor metálico reconvertido en casa de cambio y tiendecita de apaño tras dividirlo en dos compartimentos mediante un mamparo. Como sólo pueden poner el aire acondicionado entre una y cinco de la tarde, ese es su horario de apertura. Al urbanista que plantó estos contenedores metálicos en el trópico deberían encerrarlo en uno de ellos a 45º centígrados con 98% de humedad. Cada CADECA está custodiada por un policía quien impide que se aproxime a la ventanilla más de una persona a la vez. Sólo para esto, La Habana dispone de un cuerpo de policía equivalente al de una pequeña ciudad europea. El euro está a 1,267 CUC. En el resto del planeta, se cotiza a más de 1,4 dólares.

Nos encaminamos hacia La Habana Vieja, que expone en todo su esplendor la biodiversidad del transporte cubano.

Hay guaguas, taxibuses, bicitaxis, cocotaxis, CUCtaxis, pesotaxis, más conocidos como almendrones, y los taxiables, porque cualquiera, billetes mediante, convierte en taxi su Chevrolet particular, su Honda del Estado, la guagüita de los niños con síndrome de down, el carro fúnebre o el jeep blindado de la comandancia. Con los días, iremos descubriendo que el tradicional gesto de pedir botella, hacer autostop, con el brazo extendido y la palma abierta, o con el pulgar señalando la dirección deseada, va siendo sustituido por la mano sacudiendo un abanico de pesos convertibles. Es el moneystop.

A media tarde me encuentro, por primera vez en nueve años, con mi hermana. Trabajo nos cuesta desabrazarnos.

Nos esperan mi cuñado y mis sobrinos: dos jóvenes bien plantados que han resistido la tentación de internarse por cualquiera de los hatajos que se aproximan al dólar. Estudian en la Universidad. Su futuro es incierto.

Hacemos el paseo de rigor por La Habana Vieja: la Iglesia del Ángel donde intentó casarse Cecilia Valdés y nos bautizaron a Martí y a mí (salvando las distancias, que yo soy más joven). La calle Cuarteles, por donde me tiraba en bicicleta, hasta un día. El vigía que apostábamos al pie de la loma, en el cruce con Peña Pobre, se entretuvo mirando el duelo entre una rata y un perro callejero, y mis ocho años se empotraron contra un camión de hielo de tracción por cadena, puro hierro. Salí ileso, pero la bicicleta murió en combate. Bajamos por Cuarteles, una sucursal de Port-Au-Prince, hasta Tacón, y doblamos a la derecha en dirección al Seminario de San Carlos y San Ambrosio. Frente al claustro, una feria de artesanía ocupa la calle. ¡El horror! ¡El horror!, diría Conrad en versión libre de Yoyi Arcos. Bordeamos la Catedral, El Patio, donde me dediqué durante varios meses, cuando salía de mi trabajo en el Centro de Investigaciones Geológicas, a escribir mi primer libro. Por entonces, uno podía pasarse toda la tarde escribiendo, sin que nadie lo molestara, en una de las diminutas mesas de mármol, al costo de dos tazas de té en moneda nacional.

Descubro los sitios de la vieja ciudad esmerilados por Eusebio Leal: nuevas fachadas, restaurantes, bares, hoteles y hostales, como el de Cuba y Peña Pobre, que un día fue mi policlínico. Hay herboristerías, perfumerías, coquetos restaurantes y tiendas. Ya no alquilan bicicletas en Cuba 8. Venden cervezas, ron y cigarros, lo único que hay en casi todas partes. Seis o siete hombres beben rodeados por una atmósfera densa de reggaetón a todo volumen, que el caminante puede ir empatando por toda la ciudad: emerge por las ventanas y las puertas de casas, bares y establecimientos de todo tipo. A cierta distancia, frente al Museo de la Música, antigua estación de policía, un enorme cartel anuncia que “Vivimos en un país libre”.

La dirección nacional de la UJC, la Unión de Jóvenes Comunistas, sigue en su sitio de costumbre, aunque ha sido derogada la renovación de imagen que impuso en su día el defenestrado ministro de Exteriores cuando aún era secretario general de la ujotacé, como fue rebautizada por Robertico Robaina para hacernos creen que la raza del perro dependía del estilo y la línea de diseño del collar. Relumbra ahora el tradicional medallón con los perfiles de Mella, Camilo y Ché (“los amados de los dioses mueren jóvenes”, decían los griegos. Mucho deben odiar a la gerontocracia cubana).

A lo largo de toda la ciudad vieja el ruido es ensordecedor. En las lagunas de relativo silencio que deja el reggaetón cuando escampa, cada bar o restaurante deja filtrarse hacia la calle los sonidos de un trío o de un cuarteto interpretando el mismo repertorio de clásicos cubanos. Cada establecimiento intenta vender por decibelios las delicias de su gastronomía.

Recalamos en La Bodeguita del Medio para abrevar unos mojitos ni mejores ni peores que en otro sitio pero, eso sí, baratos y consagrados por la mística de sus orígenes.

En la calle Mercaderes, entre Empedrado y O`Reilly, la tapia de la casa del marqués de Arcos, sede del Liceo Artístico Literario de La Habana hacia 1844, está ocupada por un enorme mural (25,5 x 14,4 m, 300 metros cuadrados) de Andrés Carrillo. Los colores sepia y rosa viejo le otorgan un hermoso empaque de daguerrotipo.

Representa a 67 figuras de la cultura cubana, entre ellas Carlos Manuel de Céspedes, Gertrudis Gómez de Avellaneda, el Obispo Espada y la Condesa de Merlín. En el Liceo Artístico Literario de La Habana sólo entraban “blancos que tuvieran buenos modales”. Los dos únicos negros representados, el poeta Plácido y Brindis de Salas –quien una sola vez, a los diez años, tocó en sus salones– se encuentran en el extremo inferior derecho, como quien pide el último, a punto de salirse del mural. Plácido parece cuchichear algo al oído de Brindis. A cierta distancia hacia la izquierda, el personaje más cercano les da la espalda.

Por la ciudad vieja deambulan los locos fotogénicos (pelucas, plumeros, escobas, collares fabricados con latas de cerveza, barbas estrafalarias, atuendos disparatados). Su “locura” consiste en dejarse fotografiar con los turistas a cambio de una propina. Es una locura libremente convertible. Ignoro si trabajan por cuenta propia o son empleados de la Oficina del Historiador de la Ciudad.

Cenamos, y no mal, en La Torre de Marfil, aunque quizás nos inflaron la cuenta, práctica habitual que descubriríamos en días sucesivos. Pero esta noche somos tan inocentes como turistas noruegos. A la salida, se desploma sobre nosotros un aguacero macondiano y tenemos que refugiarnos en un mojito del Bar París de la calle Obispo. Intentamos conversar, pero el cuarteto de sones y guarachitas lleva la voz cantante, nunca mejor dicho. ¿Habrá algún bar de La Habana donde no sea necesario hablar en lengua de signos?

Daniel descubre que su prima Patricia es una interlocutora excelente. Aunque no domina la lengua de signos (es la primera vez que intenta comunicarse con un sordo), cuaderno mediante entablarán en los próximos días conversaciones de veinte páginas.

Rayando la medianoche, atravesamos El Prado y la calle Zulueta en tinieblas —las guías turísticas deberían recomendar visores nocturnos para estas incursiones— hasta que conseguimos, frente al Parque Central, un taxi que, ¡oh, milagro!, enciende el taxímetro. El chofer, alto y macizo como una caja fuerte esmaltada de negro, nos advierte de Prado y Neptuno en adelante los sitios menos recomendables, las calles donde el bombardeo sin bombardeo ha sido más feroz. Podríamos hundirnos en un bache tan hondo como la boca del Snæfellsjökull y terminar pastoreando brontosaurios. Tras pasar el túnel de Línea comienza a detallarnos los sitios donde se ofrece carne para turistas: los travestis que se prostituyen en dos calles transversales y discretas a la salida del túnel de Quinta Avenida, a espaldas del Kasalta. Cuenta su experiencia de turistas acaramelados en el asiento trasero con niños y niñas de 14 o 15 años; la muchacha que le ha pagado los quince a su hermanita con el sudor de su cintura. Y lo que más lo enfurece: los jóvenes efebos que rejuvenecen a viejos pedófilos europeos, canadienses, sudamericanos, como aquellos dos italianos que montaron un trío en el asiento posterior del taxi con un pinguero jovencísimo. “La culpa, toda la culpa la tiene esa Mariela”, exclama. “Si no les hubiera dado tanta ala”.

Siete CUC más tarde llegamos a nuestro destino. Le dejo ocho por la clase magistral.

Asciendo por mi cuadra sorteando un arroyo de aguas albañales, algo que no ha cambiado en los últimos 20 años. La fosa séptica de los edificios construidos en 56 y 43 se desborda desde su inauguración. Basta mirar fijamente los residuos que fluyen calle abajo para enterarse de qué han vendido últimamente por la libreta o qué productos de estación ofrece la bolsa negra.

Por suerte, hoy es día de agua y podemos darnos una ducha larguísima que nos borre una por una las muchas capas de sudor superpuestas.

(Como en las telenovelas… Continuará)





Diario habanero. Miércoles 8 de julio, 2009

8 07 2009

“La patria os contempla orgullosa»

Cuando el Airbus 340 del vuelo 6621 de Iberia se detiene al final de la pista en el Aeropuerto José Martí, a las 8 y 20 de la tarde, estallan los aplausos. Nunca he entendido si aplauden la pericia del piloto, capaz de traernos sanos y salvos a través del aire; si aplauden con alivio el fin de nueve horas enclaustrados en asientos ortopédicos de la clase turista, comprimidos como salchichas dentro de esta lata de aluminio con alas, o si aplauden a su propio miedo, indicándole que ya puede acuartelarse hasta la próxima.

Para mí han sido nueve horas mal que bien administradas entre retazos de sueño, la Historia de la Filosofía Occidental, de Bertrand Russell, y mi penúltimo intento por aprenderme el manual de la cámara fotográfica. En uno de esos ejercicios tomé una foto reveladora de mi hijo Daniel.

En ella asoma el hocico con bastante claridad el fantasma de su infancia. El fantasma que, entre otros sinrecuerdos, él viene a rescatar como si hubiera dejado aquí su niñez bajo custodia, y como si fuera posible recuperarla sin pagar un importante rescate. ¿O viene a recuperar su patria? (del griego patris-otes, o tierra de su padre). Sacado a los cuatro años de la padre patria, terminó en la madre patria. Aunque algo misterioso hay en esto de la geografía portátil, porque Daniel, habiéndose criado entre un mar de españolitos, ha escogido como su mejor amigo a otra isla como él: otro pichón de cubano, hijo de cubanos y llegado a la península a los cuatro años. Sintonía misteriosa.

Pero si la patria es, de acuerdo a La Enciclopedia, el “Estado libre del cual somos miembros y cuyas leyes protegen nuestra libertad”, entonces no será aquí donde la encuentre. Ya decía Rousseau en su Economie politique que “la patria no puede existir sin libertad”. Sin ella sólo hay país. Un tránsito de la Psicología a la Geografía. Y para Cicerón todo ese folklore de lenguaje, costumbres, religión y paisajes era apenas la natio, la nación, mientra la patria era otra cosa más seria: la república, sus instituciones y un modo de vida acorde con ellas. Tampoco esa patria podrá recuperarla aquí. Quizás deba conformarse con aquello de rescatar la infancia o, a lo sumo, la matria, esa que, según Julia Kristeva es “otro espacio” que no tiene que ver con la tierra de nacimiento ni con la legitimación de cualquier Estado, sino con un lugar interior en el que crear una “habitación propia”. Ya eso se acerca más a lo que puede encontrar, precisamente por no encontrarlo. Descubrir que trae consigo su propia matria.

Todo lo anterior no es otra cosa que hacer tiempo, porque deberemos esperar media hora en la pista. Según anuncia el piloto, otro avión ha ocupado el espigón al que debíamos atracar. No sabemos si nuestro vuelo llegó antes de lo previsto o si el otro se coló. Posiblemente lo segundo. Se confirma que hemos aterrizado en Cuba.

En la zona de chequeo de pasaportes, la luz mortecina y el calor crean la sensación de haber entrado a un horno repleto de carne humana e iluminado por la lucecita indispensable para que desde afuera el chef verifique cuándo los pasajeros están en su punto. Más tarde comprobaremos que en todo el aeropuerto sólo encienden la tercera parte de las luces y que no hay aire acondicionado. Son las nuevas medidas para el ahorro energético.

El uniforme carmelita y beige de los funcionarios de aduana, desarmados y comportándose como funcionarios de aduana en cualquier aeropuerto del mundo, dista de las armas y los omnipresentes uniformes verde olivo de otros tiempos. Si antes el viajero tenía la impresión de llegar a un aeropuerto tomado militarmente, ahora la agilidad de los funcionarios y su trato correcto, que incluye una mecánica bienvenida, crea la sensación de estar accediendo a un país “normal”, casi íntimo, a media luz, y cálido, muy cálido.

Tras pasar la barrera aduanal, la zona de equipajes también goza de una iluminación cabaretera y el ambiente es sofocante, anticipo de lo que nos espera durante los próximos días. Entonces llega para el viajero cubano, viva en el patio o en la diáspora, la parte más interesante del viaje: el control de equipajes. Cuba es, posiblemente, el único país del mundo donde se pesa el quipaje a la llegada, cuando ya hemos pagado en origen, si fuera necesario, los excesos pertinentes. Sólo se admite un máximo de 30 kilos por pasajero, descontando alimentos y medicinas. Y quizás libros, aunque no podría asegurarlo. El resto, irá gravado con 10 CUC por kilogramo. Advertidos de antemano, llevábamos las medicinas en un pequeño maletín que no superaba los 10 kilos, y la comida (leche en polvo, conservas, productos deshidratadios y alimentos para diabéticos), que sí estaba en torno a los 19 kilos, en una maleta aparte. Medicinas y alimentos son minuciosamente revisados por aduaneros dizque especializados. El antropobromatólogo aduanal, especialista en alimentos para el consumo humano, y el Farmacéutico de la Aduana (si ya existe el Médico de la Salsa).

Delante de nosotros, en la cola de revisión alimenticia, un cubano residente en España que viene con su hija pequeña, quien pasará dos meses con sus abuelos, es registrado meticulosamente, hasta que descubren chorizos y salchichones, prohibidos por razones fitiosanitarias. Le anuncian que sus embutidos serán destruidos inmediatamente, aunque sin aclarar el método: en rodajas, a la plancha, a la sidra. El hombre monta en cólera, aplica el axioma “mío o de nadie” y comienza a partir chorizos en medio de la aduana, encaja una llave en un grueso salchichón que no puede romper, y echa los trozos al suelo. Salta luego sobre ellos como poseído por los dioses del colesterol. Chorizo macerado en su jugo. Los funcionarios intentan aplacar al hombre con muy buenas maneras cuando aparece un militar de uniforme verde olivo y pregunta al aduanero si no va a “castigar” esta “indisciplina”. El aduanero mueve la cabeza desconsolado ante los embutidos que ya no arderán correctamente en la incineradora y, sin más castigos ni indisciplinas, da luz verde al equipaje deschorizado.

La revisión de mi maleta-mercado es rápida e indolora. Los chorizos vienen perfectamente camuflados. No revelaré el procedimiento, porque quién sabe si los aduaneros tengan acceso a Internet. En 1992, cuando regresaba a La Habana procedente de Madrid, embutí un queso manchego envasado al vacío en una maleta que contenía libros. Al pasar por el escáner me preguntaron qué era aquello tan grueso que aparecía de perfil entre la pila de libros. “Un diccionario”, respondí. “Y lo que pesa el muy cabrón”. Sin más contratiempos, el diccionario ingresó al territorio nacional. Esa noche nos comimos la A y la B con un Rioja de cosecha.

En la zona de las pesas, por el contrario, no nos sonríe la fortuna. Resulta que somos tres viajeros y traemos cuatro maletas. El “pesista”, para decirlo de algún modo, nos obliga a colocar el equipage sobre un carro que pesa 22 kilos, a descontar de la cifra final. Registra mi equipaje de mano y extrae un calzoncillo, una camiseta y unas sandalias de recambio para añadirlos a la pesa. Consulta a otro pesista, quien le aclara que los libros, el grueso de lo que contiene mi mochila, no se pesan. Le insisto en que ponga juntas las cuatro maletas y, si se pasa de los 90 kilos que nos corresponden, pagaremos el resto. Pero, según él, hay una directiva celestial que obliga a pesar individualmante los equipajes de cada pasajero. Me siento tentado a romper el plástico que forra una maleta y repartir su contenido a brazadas entre las demás. Pero sería como hacer un lento strip tease frente al gentío que espera en cola tras nosotros. La directiva gana. Mi mujer y mi hijo, con una maleta cada uno, quedan en 24 y 25 kilos respectivamente. Once kilos de déficit que no se pueden pasar a mi cuenta. Yo, con dos maletas, tengo que pagar 190 CUC de exceso, 150 euros. Más dos CUC por la gestión de caja (debe ser de muy alta tecnología). Mientras pago, creo ver en la pared, tras la muchacha que hace el recibo, un cartel: “Que la patria os contempla orgullosa”. Pero debe ser una ilusión óptica provocada por el calor, porque allí sólo hay un almanaque.

Una vez pagado el impuesto revolucionario, somos autorizados a pisar el suelo sagrado de la patria. Tampoco el lobby del aeropuerto tiene aire acondicionado, pero el sofoco es extrañamente aliviado por el calor de los abrazos.

Con los anocheceres veraniegos de España en la memoria, Daniel piensa que no habrá oscurecido lo suficiente cuando salgamos del aeropuerto y así podremos ver “las ruinas de la ciudad”. “Verás el Partenón custodiado por la estatua de José Martí y el Coliseo frente a la Fontana di Paulina Trevi”, le digo, sabiendo que no verá nada en una ciudad anochecida que parece protegerse de un inminente bombardeo apagando el alumbrado público.

Al fin, llegamos al barrio, abrazamos a vecinos y familiares, bebemos litros y litros de agua fría y café. Bracear en la noche habanera es como nadar en una sopa espesa y humeante. Ya no recordaba esta sensación de que todos tus poros se abran al unísono expulsando chorros de sudor.

Primera noche en La Habana. Daniel insiste en quedarse a dormir en casa de su abuelo. Quiere vivir como los cubanos. Y los cubanos, ¿quieren vivir como los cubanos? Le dejo la pregunta, que intentará responder durante los próximos días.

(Continuará…17 días más)





El navegante despierto: Abilio Estévez

2 05 2009

Abilio Estévez (La Habana, 1954) ha publicado volúmenes de poesía (como Manual de las tentaciones, Premio Luis Cernuda, 1986, y Premio de la Crítica, 1987), y cuento (Juego con Gloria, 1987; El horizonte y otros regresos, 1998). Su teatro, desde La verdadera historia de Juan Clemente Zenea (Premio José Antonio Ramos de la UNEAC, 1984), ha imantado la mirada de los espectadores cubanos. En 1999, alcanzó un unánime reconocimiento internacional con la novela Tuyo es el reino, merecedora en Cuba del Premio de la Crítica, 1999, y, en Francia, del Premio al Mejor Libro Extranjero, 2000. Esta novela fue seguida por Los palacios distantes (2002), traducidas a catorce idiomas, trilogía que ahora cierra con El navegante dormido (2008). Ha publicado teatro, como Ceremonias para actores desesperados (2004) y puesto en escena casi una decena de obras. En Inventario secreto de La Habana (2004), su escritura integra las memorias con la ficción y el libro de viajes. Su obra, una de las más originales de la literatura latinoamericana contemporánea, ajena a modas y reclamos de mercado, se viste siempre con una prosa elegante, empedrada de oportuna poesía que los lectores de buena literatura saben apreciar.

 

Tras el desplome del comunismo en Europa del Este, Cuba se puso de moda. El público quería saber por qué no había caído la última ficha del dominó y, ante el hermetismo de los políticos y la prensa, los exploradores de la cultura compitieron por capturar músicos, artistas plásticos, narradores que ofrecieran las claves del milagro. Como saqueadores de ruinas, exponían en los circuitos del arte los restos arqueológicos de la Revolución. Tu obra, ya de sobra conocida en Cuba, deslumbra a los lectores de Occidente justo por esos años. ¿Favoreció esta coyuntura su difusión o habría ocurrido de todos modos? ¿Condicionó de algún modo la obra siguiente? ¿Remite este fenómeno, perverso o feliz?

Pregunta peligrosa. Quizá un tanto descortés. Para responderla tendría que entrar en los terrenos equívocos de la especulación. Y por ese camino no pienso atreverme. Es decir, estás preguntando si el propio autor de la obra opina que hubo causas extraliterarias que condicionaron el cierto éxito literario, la difusión (como tú dices) de Tuyo es el reino. Tal vez; pero los hechos sucedieron como sucedieron. También podría enfocarse la pregunta de otro modo: ¿todos los libros cubanos publicados por esas fechas tuvieron igual difusión? No lo sé. Algunos sí, algunos no. ¿Y por qué algunos sí y otros no? ¿Te imaginas que yo responda que semejantes sucesos carecieron de importancia para la “repercusión” de Tuyo es el reino, que a mi libro no le hacían falta determinados acontecimientos históricos, que de cualquier modo se hubiera difundido igual? O, en caso contrario, ¿imaginas que responda que no, que si no llega a ser por el desplome del comunismo nadie se hubiera fijado en mi novela? La primera respuesta me revelaría como un tonto vanidoso, y la segunda, como un tonto a secas. De cualquier modo, sería una respuesta extraña. Esa pregunta, insisto, es descortés. Se ha dirigido a la persona equivocada. Además, conozco a algunos de esos que se hacen llamar “críticos”, esos pobres guardianes de cementerio que decía Sartre, que estarían encantados de responderte. Es más, si escuchas bien, ya te han respondido avant la question.

 

Desde luego que es, ex profeso, una pregunta descortés, provocadora, y has salido airosísimo del trance. Yo tampoco podría responderla categóricamente. Pero si lo coyuntural colaboró en el reconocimiento de tu novela, bienvenido sea como acto de justicia poética. En este caso, la obra, que en la biblioteca de mi memoria está alineada en la primera división, merece sus resonancias.

Tu cercanía a Virgilio Piñera, cuyos últimos años tú compartiste cuando eras muy joven, ha inducido a algunos críticos a confundir biografía y estilo, atribuyéndole un carácter piñeriano a tu obra. Yo sólo descubro rastros de esa negatividad piñeriana en algunas zonas de Los palacios distantes y en tus tres Ceremonias para actores desesperados, desoladas como un paisaje de ruinas sin el empaque nobiliario de los siglos. ¿Cuál es la principal huella de Virgilio en ti? ¿La ética del ejercicio literario antes que sus fórmulas?

Estoy de acuerdo, yo mismo no descubro en mí esa “descarnada negación piñeriana”. Hay muchos escritores cubanos, más jóvenes que yo y que, por tanto, no conocieron a Virgilio, que son, sin embargo, más “piñerianos”, como tú dices. La cercanía personal del escritor acaso no determina el “cómo se escribe”. Cada uno ha tenido una vida diferente y, por tanto, una manera diferente de ver o entender lo que sucede a su alrededor. Es decir, que puede que se trate (no lo sé) de que los señores que intentan escribirse, en uno y otro caso, son diferentes, como diferentes fueron las suertes o las desventuras que cada uno debió enfrentar. Detrás de cada escritor hay algo invisible. Y puede que ese “algo invisible” sea lo que determina. Esto lo dice muy bien Philip Roth en una famosa entrevista. Yo nunca me he propuesto escribir al “modo de Virgilio”, simplemente porque no sé, porque, como es natural, yo no escribo como quiero, sino como puedo. Lo que sí estoy en condiciones de afirmar es que cuando conocí a Virgilio en 1975 (yo acababa de cumplir 21 años) comencé a entender de otro modo la literatura. Ya estaba en la universidad, pero mi verdadera universidad fue Virgilio. Con esa mezcla de seriedad e ironía que lo caracterizaba, él hablaba de “sacerdocio”. Pues bien, no está mal entenderlo así, con la debida seriedad e ironía que se le debe conceder a la palabra. Como metáfora puede que sea útil. Era imposible no dejar de sentirse impresionado por la ética de ese señor tan extraordinario que fue Virgilio Piñera. Esa tozudez ética del desenmascaramiento permanente. Un hombre tan aparentemente vulnerable y que resultó de acero. Admirable. Y hay algo más (y sé que estoy en la obligación de contar todo esto algún día), nunca he conocido a nadie que viviera, como él, en la literatura. A su lado, todo se convertía en literatura, todo alcanzaba una dimensión diferente, que nada tenía de cotidiana. Con él no llegábamos a la casa-quinta de los Ibáñez-Gómez, de Yoni Ibáñez, en Mantilla: con él llegábamos a la Ciudad Celeste. Y no éramos un grupo de personas que conversábamos y leíamos, sino que éramos, al modo de Proust, un cogollito. Y así fue siempre. Cuando, desgraciadamente, se acabaron, o la policía hizo que se acabaran las tertulias de los Ibáñez, y nos veíamos a escondidas en una rara casa de la calle Galiano y San Miguel, éramos los personajes de una novela policial, lo cual no estaba, dicho sea de paso, muy lejos de la verdad. Hasta lo terrible de tener que salir de aquella casa a horas distintas y, si nos encontrábamos en la parada de la guagua, fingir que no nos conocíamos, era como vivir en un libro. Insisto: esa propensión natural a convertirlo todo en maravilla, en fábula, en mito. Era un mayeuta. Y si algo se aprendía al lado de Virgilio era a observar y a tener fe. Fe en la literatura, como se comprenderá. En un libro de Félix de Azúa que leo y releo con mucho gusto, se ha contado la fábula del judío que en el tren, camino de los campos de concentración, se asomaba por una ventanita del techo, una claraboya, y contaba a los demás cuanto iba viendo, cómo eran los paisajes que veía. Pues bien, ese era Virgilio para nosotros: el que se asomaba por la claraboya de aquel tren cerrado y nos contaba el paisaje que veía.

 

A diferencia de la literatura piñeriana, drásticamente adulta en su acidez, como de alguien que nunca fue niño —su espíritu lúdico, jodedor, no era de juegos para todas las edades—, en la tuya uno siente al escritor que se niega a abandonar la infancia, que necesita periódicamente refugiarse en ella, desde Juego con Gloria hasta El horizonte y otros relatos, pasando, desde luego, por Tuyo es el reino. Incluso en Los palacios distantes, esa novela de adultez dolorida, apocalipsis del derrumbe, Don Fuco es una reedición elegida, sabia, no accidental, de la infancia. Quizás esa sea, en parte, la razón de que uno perciba una enorme piedad hacia los personajes que transita casi toda tu obra, semejante a la que puebla la obra de Chejov y Gogol, del primer Lino Novás Calvo y los mejores cuentos de Onelio Jorge Cardoso. Lo anterior, más que una afirmación, es una sospecha que agradecería comentario.

Uno de mis posibles “problemas” es que nunca he podido ser un adulto del todo. No lo digo en el modo “gracioso” en que se repite ese tópico bastante bobo de “conservar el niño que llevamos dentro”. No, no me refiero a esa tontería de “mirarlo todo con el asombro de los niños”. Debe ser horrible (monstruoso) un señor de sesenta años que mira la vida con “el asombro de los niños”. Me refiero a la nostalgia por una época que uno cree (observa que digo “cree”) ha sido muy feliz. Tengo la impresión de que la única época verdaderamente dichosa de mi vida fue mi infancia. Tal vez por eso intento volver a ella una y otra vez. Tal vez por eso me duela que se haya convertido en un reino inconquistable. O sólo conquistable por la literatura. Y, posiblemente, sienta una gran piedad, no sólo por los personajes, sino por todos, perdidos como vamos en este momento tan despiadado de la historia. Has mencionado a cuatro autores que he leído mucho. Almas muertas, por ejemplo, la he leído tres veces. Y es el único libro, con El Quijote, que me ha hecho reír a carcajadas, y que, no obstante, me ha dejado ese poso de tristeza que dejan siempre los escritores rusos. A Chejov lo estoy leyendo ahora mismo por razones de trabajo. Y recuerdo todavía la impresión que, muy joven, siendo aún estudiante del Pre de Marianao, me provocó La sala número seis. Con Lino Novás Calvo sucedió igual, aunque fue una lectura posterior, que debo a Virgilio. ¿No es “La noche de Ramón Yendía” uno de los mejores cuentos que se ha escrito en Cuba? ¿Y quién puede olvidarse del final de Pedro Blanco, el negrero, con esos dos cadáveres enfrentados uno al otro? Nunca olvido la primera vez que leí los cuentos de Onelio Jorge Cardoso. Y no lo olvido por dos razones, por los cuentos mismos y por el extraño lugar en que los leí. Fue en Unión de Reyes, mientras cortaba caña en la zafra del 70. Como era un libro pequeño, de Ediciones Unión, me llevaba el libro para el corte en el bolsillo del pantalón, y a la hora del almuerzo me echaba bajo un árbol a leer “Memé” y “Mi hermana Visia”. Bueno, ojalá tuviera yo la piedad que esos escritores tienen con sus personajes. Yo, en todo caso, tuve muy pronto la oportunidad de descubrir en ellos esa piedad.

 

¿Qué es La Habana para ti? ¿Qué ha sido librarte, si acaso te has librado, de La Habana? ¿Y Barcelona? ¿Hay una Habana de repuesto? ¿Existe la ciudad adoptiva, asumida, o no pasa de una dirección postal diferente, de una cápsula urbana que se puede amueblar con la memoria?

Hasta hace un tiempo creí que La Habana era mi lugar natural. Un espacio con el que establecía una relación de amor y de odio, como deben ser las buenas relaciones, las que duran para siempre. Recuerdo que en una ocasión fui como lector de español a la Universidad de Sassari, en Cerdeña, por seis años, y regresé al cabo de unos meses. Y no fue la única ocasión: casi siempre adelantaba el pasaje de regreso. Pensaba que nunca podría vivir si no vivía allí. Cuando llegué a Barcelona, pensé que no escribiría nunca más, que sin La Habana, sin mi casa, sin mis libros y sin algunos amigos (no muchos, desgraciadamente) todo se había acabado. Sentí que abandonar La Habana era como una especie de muerte. Ahora, sin embargo, me burlo de haber creído eso. Me parece raro que uno tenga esas ideas equivocadas sobre las ciudades o las cosas. Qué raro sentido de la posesión. ¿Qué será? ¿Provincianismo, inmadurez? Abandonar La Habana no fue distinto que abandonar la casa de mi infancia, el patio de mi abuela, mis veinte años, ver morir a Marta, Otto, Alberto, Laura, tan buenos amigos. Ver morir a Virgilio y a mi padre casi al mismo tiempo. En fin, si uno va perdiendo cosas y ganando otras, ¿por qué no perder La Habana y ganar Barcelona, o Palma de Mallorca? He vuelto hace poco de La Habana, después de siete años de ausencia. Descubrí que mi nostalgia no era exactamente por mi ciudad sino por mi juventud. Yo no añoraba las palmas, deliciosas o no, ni añoraba el calor, ni la calle Galiano, ni el tamal en hoja, ni el aguacate. Yo añoraba a aquel muchacho lleno de ilusiones que tenía un novio con el que vivió once años y con el que se iba a Mantilla todos los sábados a ver y a escuchar a Virgilio Piñera. En esta ocasión de mi reciente viaje anduve por las calles de mi niñez, en Marianao, fui al Instituto, al Obelisco, buscando lo que yo creía que me había pertenecido. Anduve por las calles Monte y Reina que siempre me gustaron tanto. Y la revelación fue que aquellas calles, aquel instituto, nada me decían. Todo eso había desaparecido, no porque hubiera desaparecido en la realidad, ni siquiera porque se hubieran convertido en ruinas (no me refiero a eso), sino porque su “diálogo” conmigo había cesado. Ya me habían dicho, supongo, lo que me tenían que decir. Hoy creo que mi lugar natural es cualquiera donde me acerque a eso que llamamos felicidad, que ya sabemos qué cosa extraña, pequeña y huidiza y contradictoria es. Pero existe. Sí que existe. Levantarme y retomar la biografía de Chejov que estoy leyendo, ver que Alfredo me acompaña, que mi madre ha cumplido ochenta años, que mi sobrina me llama para hacerme una consulta sobre Jean Rhys, que mi hermano me pide que le envíe un libro de Sue Grafton, o escribir un texto para Rosario Suárez (Charín)… Esa es la felicidad. No hay otra. A Nabokov, tan grande siempre, cuando vivía en Estados Unidos le preguntaron por Rusia, y respondió que toda la Rusia que necesitaba la llevaba consigo. Sí, debe ser eso. Tenía razón. Y lo interesante fue que en La Habana tenía deseos de estar en mi casa de Barcelona. Aquí me siento ahora en mi casa. Y en Mallorca también. Bajo a comprar el periódico, el pan, me tomo un café en un negocio de marroquíes muy amables, saludo a la señora del estudio fotográfico que se ha hecho mi amiga, y ese ritual pequeñísimo es la gran prueba de que he encontrado otro modo de ser feliz. Y si me dices que me voy mañana para Madison, Wisconsin, pues hago la maleta como si tal cosa: hacia los lagos helados y a leer a Glenway Wescott. Al fin y al cabo, a cierta edad y en determinadas circunstancias, hay que saber que todo es viaje y que todo termina en un viaje.

 

Has dicho que La Habana, léase la ciudad letrada, te trató bastante mal cuando regresaste con el éxito de Tuyo es el reino bajo el brazo; que la maledicencia se cebó y que, como contrapartida, apenas hubo una indiferencia expectante de la (presunta) crítica. Últimamente, la maledicencia y el chisme municipales se han hecho literatura (con menos quilates que en Lezama y en Proust, desde luego). ¿Has sentido algo equivalente en el exilio letrado?

Sí. Alguna vez dije que La Habana me trató mal, y debo corregirme. Empleé una monumental sinécdoque. La Habana no es una sola, como tampoco Miami lo es. En La Habana y en Miami hay muchas Habanas y Miamis. Fueron algunos escritores. Incluso algunos que a los que creía amigos; incluso amigos que de algún modo se habían consagrado como escritores, si es que existe tal consagración. Y de un escritor viejo y de cierto prestigio uno espera grandeza y nobleza. No, no fue toda La Habana, por fortuna. Hubo mucha gente que me apoyó. Y en el exilio, lo mismo. De otra manera, cierto, porque en el exilio resonó un estruendoso silencio. Creo que los cubanos (no todos, claro está) somos reacios a aceptar que otro se acerque a cierto rincón del éxito, por pequeño y poco brillante que éste sea. Existen muchos casos que se podría citar. Presumo que hay un lado mezquino entre los escritores cubanos, y, por ser elegante, no me excluyo. Cuando se publicó El reino de este mundo, en La Habana se hizo un gran silencio. El propio Carpentier se quejó en sus cartas a Marcelo Pogolotti. Sin embargo, y mira qué extraño, cuando Carpentier tuvo delante el manuscrito de esa novela extraordinaria de Reinaldo Arenas, El mundo alucinante, hizo todo lo posible porque no se premiara ni se publicara. Y se publicó gracias a gestiones de Virgilio Piñera y Camila Henríquez Ureña. Es raro, ¿no? O sea, que siempre pasó lo mismo. Y seguirá pasando. Lo que ha sucedido en el pasado reciente es que la acusación política proveía, o provee, de un arma bastante letal. Algún día tendremos que aprender a respetar el criterio del otro y la diversidad. Será una labor importante. Sí, a veces me cuentan de ciertos dimes y diretes. A veces, yo mismo me veo envuelto en algunos sin demasiadas consecuencias. En la mayoría de los casos, no hay que responder a eso. Que cada cual cargue con su pobreza y con su roña. Nada que ver con Proust ni con Lezama, como bien dices. A esa altura, lo lamento, no queda nadie entre nosotros. Al menos, por el momento. Y si hay alguien, está oculto. Yo, por fortuna, me siento lejos de todo eso. Vivo maravillosamente alejado. En Barcelona, pero alejado. Y no leo muchos blogs. Frecuento algunos que me parecen bien escritos e inteligentes, pero cuando veo que comienzan a emponzoñarse, los dejo de frecuentar. Soy responsable de mi neurosis y mis venenos, y no quiero que nadie me envenene más.

 

Sin duda, hay una inexplicable (es mi manera de decir auténtica) cubanía en tus novelas y en tu teatro, y no es cuestión de escenografía. A las pocas páginas, uno regresa a la Isla. Pero, ¿te interesa expresamente la reivindicación de lo nacional? En sus antípodas, ¿te interesa un cosmopolitismo intencional?

No, no, reivindicaciones nacionales de ninguna manera. No me interesan. Si lo ha parecido ha sido sin darme cuenta, o qué sé yo. Los nacionalismos me parecen ridículos, todos. La bandera, el himno, los símbolos… Desde que era niño me sentía ridículo cantando el himno en los matutinos ¡Dios nos libre! Y más ahora, que todo se ha desvirtuado tanto. El primer libro que leí fue una versión para niños de Las mil y una noches. No fue Rumores del Hórmigo ni los Cromitos cubanos de Manuel de la Cruz. Por tanto, creo que nuestra cultura, la tuya, la mía, la de cualquiera de nosotros, está tomada de cualquier lugar, de todos, de Estados Unidos, de Argentina, de Francia, de México, de España, de Rusia… Somos un país de poca tradición literaria, si lo comparamos con otros. Así que nos sentimos con el lógico derecho de tomar de toda la tradición literaria. Puede que el asunto sea que yo, el que escribe, soy cubano. Y un cubano, como todos los de mi generación, que ha vivido en circunstancias difíciles y que se ha impuesto la obligación de usar esas circunstancias como materia literaria.

 

Casi toda la gran novela que ha sido es novela de personajes o de tesis. Si bien tu teatro es, con frecuencia, como no podía ser menos, un teatro de personajes, creo percibir en tus novelas, aun cuando haya personajes (con mucha frecuencia, arquetípicos) que se resistan al olvido, un tono coral, como novelas de atmósfera donde La Isla o La Ciudad asumen un protagonismo poliédrico. ¿Construyes tus novelas partiendo de un argumento, de los personajes o de algún suceso que te permite, como quien tira de la punta del hilo, hacerte con el ovillo?

Sí, se me ocurre una historia. Y, por supuesto, los personajes de esa historia. Soy muy laborioso a la hora de armar todo el trabajo previo. Es, además, un proceso que me divierte. Escribo un argumento. Detallo los personajes, uno a uno, cómo son física y mentalmente, les hago una especie de expediente, con datos que incluso puede que no me hagan falta, pero que los ayuda a “encarnarse”. Describo el lugar, incluso lo dibujo, hago como un mapa. Intento trazar una estructura. No me gusta que nada quede suelto. Que todo esté lo más controlado que se pueda, y que toda esa historia se me haga lo más palpable posible. Sólo entonces me siento a escribir.

 

Desde La verdadera culpa de Juan Clemente Zenea hasta Freddie o El enano en la botella, tus obras no sólo han despertado un inusual interés en Cuba, sino que han saltado limpiamente la temible valla de lo vernáculo para concertar un diálogo a otro nivel con los espectadores. ¿Te ha sucedido algo similar fuera de la Isla? A pesar de que una buena parte de la crítica te considera, sobre todo, un dramaturgo, tú has afirmado que todo lo anterior a Tuyo es el reino eran ensayos. ¿Reconsideras esa afirmación?

Mantengo esa afirmación. Es que yo he sido un lector de novelas desde que tenía once o doce años. Y siempre he creído que era una gran cosa ir creando ese mundo, ese mundo bien ordenado de la novela. Porque la novela le lleva una ventaja a la vida. Como dice Susan Sontag, la novela consigue lo que las vidas no pueden ofrecer hasta después de la muerte: un significado o sentido a la vida. En una novela, no importa si para bien o para mal, todo se resuelve, todo adquiere una estructura y una lógica final. En la novela podemos ver la introducción, el nudo y el desenlace que la vida nos niega. Y todo eso dentro de la abundancia de un mundo, en muchos casos, extraordinariamente bien creado. Mientras que el teatro exige una síntesis, un esquema de conflictos. El teatro no se permite la digresión. No se puede dar el lujo de ir hacia muchos lados, de lanzar muchas flechas, de detenerse, de estabilizarse, de razonar incluso. El teatro tiene algo de tribuna o púlpito, de mensaje inmediato. A un actor no le puedes decir: “Detente y repite ese parlamento, que me gustó”. La novela puede ser lo que ella quiera. Al fin y al cabo, uno está en un sillón, a solas con ella, y puede pasar las páginas hacia detrás o hacia delante, como uno desee. No digo que esto sea exactamente así, digo que es así como lo siento.

 

En el cuento “Estatuas sepultadas”, de Benítez Rojo, la familia se atrinchera tras el triunfo de la Revolución, cierra los muros y comienza a involucionar. Una curiosa historia que, tras la caída del Muro, esta vez en Berlín, y el advenimiento del Período Especial (delicioso eufemismo) contrajo una segunda lectura, esta vez inversa: el antiguo territorio extramuros se convirtió en intramuros, como en algún juego macabro de Borges. En Tuyo es el reino, por el contrario, 1959 dinamita los muros virtuales de esa Isla bastante resguardada de la Isla mayor. Hay una multivalencia en ese hecho que la crítica y los lectores no deben haber pasado por alto.

No voy a preguntarte cómo escribe Abilio Estévez, sino cómo lee. ¿Qué lee? Tus obsesiones como escritor son más evidentes, ¿cuáles son tus obsesiones como lector?

Me gusta siempre contar la anécdota de Gide y Valery. Gide le dice a Valery: “Me mataría si me impidieran escribir”. Valery responde: “Me mataría si me obligaran”. Puede que los dos tuvieran algo de razón. No me mataría ni por lo uno ni por lo otro. Lo cierto es que a mí me resulta más importante leer que escribir. Me considero más lector que escritor. Gozo más leyendo que escribiendo. En una época, cuando era muy joven, leía ordenadamente. Tenía como un prurito de organización del que ya, por fortuna, carezco. Ahora leo, igualmente sin parar, pero no me importa el orden de mis lecturas. Leo por placer, claro está. Un libro que me aburra o me disguste, lo echo a un lado, alegre y sin culpa. Me gusta, como ya te he dicho, leer novelas. Y si son extensas, mejor. Guerra y paz, Crimen y castigo, Retrato de una dama, La montaña mágica. Esas novelas que parece que no se acaban nunca y que uno no quiere que se acaben. Esos mundos gozosamente autosuficientes. Como casi todos aquí en España, he quedado deslumbrado con Vida y destino, de Vasili Grossmann, por ejemplo. También yo he caído, como no podía ser menos, en el influjo de Sebald. Soy un admirador apasionado de la literatura norteamericana. Hace poco descubrí (porque la suerte es que siempre se descubre algo) a William Maxwell y a James Agee. Descubrí también a un portugués: José Luis Peixoto. Sí, mis obsesiones son esas: que alguien me cuente una historia que me haga olvidar la historia que voy viviendo. Y releer, lo más que pueda. Faulkner, Conrad, Eudora Welty, Sherwood Anderson, Thomas Mann, Katherine Anne Porter, Saul Bellow, George Santayana (no entiendo por qué no se reedita El último puritano). Siempre, al cabo de unos días, releo algunos párrafos de John Cheever o de John Berger, y entonces qué alegría, qué deseos de vivir.

 

¿Cierra un ciclo tu última novela, El navegante dormido? Una casa donde convive una suerte de muestrario social, un ciclón inminente, la huida y la rememoración de los hechos desde las dos distancias: la geografía y el tiempo. Son ingredientes que prometen un suculento atracón de literatura. ¿Y luego, qué?

Sí, tal vez cierra un ciclo. El ciclo de los miedos, de los encierros, de los deseos de huir o, simplemente, de estar en otra parte. De disfrutar la vida en otra parte. O, mejor dicho, de disfrutar la vida (sobra, por supuesto, el “en otra parte”). Esa penosa sensación de que vivíamos para perder cosas. Hemos vivido mal o, por lo menos, yo he vivido mal. Otros, lo sé, han vivido peor. Los hay que han estado presos. Que han perdido la vida en balsas o en malos botes. No viví ese drama, entre otras cosas, porque para eso hay que tener un coraje del que yo siempre he carecido. Pero siento que me he ido liberando de toda esa angustia. Y no sólo por haberme alejado de La Habana, sino por haberme alejado de mí mismo, de ese que fui. Tengo otras angustias, pero esa ya no. ¿Y luego, qué? Sospecho que el luego ya está asegurado. Mientras escribía El navegante dormido, hice un alto y escribí otra novela. No te contaré nada sobre ella, como es de rigor, pero sí te puedo decir que ya La Habana dejó de ser el escenario. Aunque el protagonista sea un cubano, esta nueva novela tiene lugar en Barcelona. Y, por otra parte, estudio a Chejov, porque quiero contar una historia que tiene que ver con él. De manera que injértese nuestra república en el mundo, pero el tronco ha de ser el mundo. Y así vamos. Intentando navegar. Hasta que se pueda. O, como diría mi madre con una sonrisa que nunca se sabe si es de beatitud o de reproche, hasta que Dios quiera.

 

“El navegante despierto”; en: Revista Encuentro de la Cultura Cubana; n.º 51/52, invierno/ primavera 2009, pp. 115-12





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10 01 2009

Cuéntase que un hijo menor se aburría en su granja natal, porque vivir en el interior del país lo abrumaba, de modo que un buen día pidió:

─Padre, entregue la parte de la hacienda que corresponda a éste, su hijo, por herencia. Me voy por ahí a recorrer el mundo.

El padre le asignó lo que en pura justicia le tocaba y lo vio partir; apesadumbrado, porque lo quería bien,  a pesar de que no trabajaba  ni la cuarta parte que  su primogénito.

El muchacho se marchó al extranjero y recorrió algunos sitios antes de ir a dar al país de los sodomitas y gomorreos, que tenían muy avanzada, por entonces, la industria del entertainment. Se sumió en los placeres con nocturnidad y ensañamiento, hasta que cierto día amaneció sin un centavo. Fue entonces la hambruna, y terminó cuidando puercos en casa de otro  granjero donde hasta el pan de anteayer estaba racionado.

Llegado a este punto, se acordó de los siervos en su granja natal comiendo solomillo tres veces por semana. Lió sus bártulos y regresó a sus predios clamando:

─Padre, he pecado contra el cielo y contra tí. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo. Hazme como a uno de tus jornaleros.

El padre se le echó al cuello y lo besó. Ordenó que lo vistieran de limpio y lo calzaran, le colocó un anillo en el anular de la mano derecha y mandó a matar el becerro más grueso para festejar el regreso de su hijo menor.

─Este, mi hijo, muerto era, y ha revivido; habíale perdido, y es hallado.

Y comenzó la comilona, la fiesta, el regocijo; guateque muy mentado por años en la crónica oral.

Regresó entonces del campo el primogénito, de tierra colorada hasta los ojos, y escuchando el barullo preguntó qué era aquello. Cuando su padre salió a la puerta y le pidió que entrase, dijo con justa ira:

─He aquí tantos años que te sirvo, no habiendo traspasado jamás tu mandamiento, y no me has dado un cabrito para gozarlo con mis amigos. Mas cuando vino éste, tu hijo, que ha consumido tu hacienda con rameras, le has matado el becerro más grueso.

─Hijo ─respondió el padre─ tú siempre estás conmigo, todas mis cosas son tuyas.

─Qué lástima ser siervo de lo que soy dueño ─rezongó el primogénito mientras hacía las maletas.

 

“Volver”; en: Habaneceres, 2009





Aniversario de una derrota

28 12 2008

El uno de enero de 1959, en el Parque Céspedes de Santiago de Cuba, el doctor Fidel Castro Ruz pronunció el primero de los miles de discursos con que abrumaría a la audiencia durante el próximo medio siglo. Anunció que se devolverían al pueblo “las garantías, y la absoluta libertad de prensa y todos los derechos individuales”, que “la economía del país se restablecerá inmediatamente”. Se impondría el “respeto al derecho y a los pensamientos de los demás”. “No es el poder en sí lo que a nosotros nos interesa, sino que la Revolución cumpla su destino”.

Si nos atenemos a sus palabras el 16 de octubre de 1953, durante su alegato en el juicio por el asalto al cuartel Moncada, ese destino sería recuperar “un país libre que nos legaron nuestros padres”, una República que “tenía su constitución, sus leyes, sus libertades; presidente, congreso, tribunales; todo el mundo podía reunirse, asociarse, hablar y escribir con entera libertad. El Gobierno no satisfacía al pueblo pero el pueblo podía cambiarlo (…) Existía una opinión pública respetada y acatada (…) partidos políticos”. De modo que la primera ley de la nueva Revolución proclamaría “la Constitución de 1940 como la verdadera ley suprema del Estado”. Además, “junto con la conquista de las libertades públicas y la democracia política” (no a costa de ellas) la Revolución se proponía resolver los problemas de la tenencia de la tierra, de la vivienda, la educación y la salud del pueblo, eliminar el desempleo e industrializar el país.

Medio siglo después, en Cuba existe un solo partido, propietario de todos los medios de comunicación y de la única ideología. Cualquier oposición pacífica o discurso alternativo está penado por la ley con sentencias abrumadoras —1.450 años de prisión fueron repartidos entre 75 disidentes y periodistas en la primavera de 2003—. En 1953, Fidel Castro fue condenado a quince años de prisión, de los cuales cumplió 22 meses, uno por cada soldado muerto en el asalto al cuartel Moncada. Cuba, con 487 presos por 100 mil habitantes, ocupa hoy el primer puesto en Latinoamérica y el sexto del mundo. La Cuba que iba a desterrar de la república el odio “como una sombra maldita”, dispone, proporcionalmente, de uno de los mayores ejércitos del mundo y ha construido sobre el “odio al imperialismo yanqui” y a los “traidores y enemigos de la patria”, es decir, a todo el que disienta, una política de subversión armada en América Latina, guerras africanas y represión interna. Satanizó al exilio y cortó los lazos de sangre con padres, hijos y hermanos. El saldo: decenas de miles de cubanos muertos en cárceles, ejecuciones, conflictos fratricidas, huidas desesperadas y guerras distantes.

Durante este medio siglo los problemas de educación y salud han sido, en lo esencial, resueltos. El sistema de salud se extiende por el país y presta asistencia a toda la población, independientemente de sus ingresos. Aunque hoy el estado de las instalaciones médicas es deplorable, y es crónica la falta de medicamentos y de profesionales capacitados, que son masivamente exportados a cumplir misiones por cuenta del Estado.

La educación es universal, masiva y obligatoria hasta noveno grado, gracias a lo cual Cuba tiene un nivel educacional promedio de doce grados, y más del 18 % de la población económicamente activa, unos 800.000, son profesionales —más de la mitad, mujeres, gracias a su incorporación a la vida social y laboral—. Cifra que disminuye por el éxodo, la migración de profesionales hacia áreas laborales con acceso al dólar y por un marcado descenso en el ingreso a las universidades. De acuerdo con la promesa de Fidel Castro a los maestros en 1953, hoy tendrían que recibir cada mes lo que se les paga en un año. Por esa razón existe una carencia dramática de profesores y maestros: 8.576 sólo en La Habana.

Gracias a la ley de Reforma Agraria, miles de campesinos recibieron las tierras que trabajaban y el Estado se apropió de las restantes para convertirse en el mayor terrateniente de la historia. En 1953, Castro estimaba que “Cuba podría albergar espléndidamente una población tres veces mayor (…) Lo inconcebible es que haya hombres que se acuesten con hambre mientras quede una pulgada de tierra sin sembrar”. Hoy, Cuba mantiene sin cultivar la mitad de sus tierras útiles y gasta 2.500 millones de dólares (2008) en importar, principalmente de Estados Unidos, más del 80% de los alimentos que consume.

A inicios de 2008, tras 49 años de monopolio estatal inmobiliario y del sector constructivo, el déficit era de 500.000 viviendas, duplicado tras el paso de los recientes huracanes. La cuarta parte de los cubanos habita en viviendas precarias o albergues temporales.

La dependencia de la Unión Soviética acentuó el carácter del país como monoproductor de azúcar y níquel. Hoy, el 80% de la industria azucarera ha sido desmantelado, las tecnologías soviéticas son obsoletas y energéticamente ineficaces; a los decenios de atraso tecnológico —el acceso a Internet es menor que en Nicaragua, Bolivia y Haití— se suma el déficit en infraestructuras (la única carretera que recorre todo el país data de 1933). Se ha perdido el tejido productivo de pequeñas y medianas industrias que surtían al mercado nacional y la deuda externa asciende a 40.000 millones de dólares.

El gobierno cubano suele culpar de ello al embargo norteamericano que, según sus datos, ha costado al país 90.000 millones de dólares. La subvención soviética a cambio de alineación política ascendió a 198.000 millones de dólares en treinta años, más 20.000 millones de deuda impagada. Es obvio que el diferendo con Norteamérica fue un suculento negocio y, de paso, sustentó la mitología de David frente a Goliat, que aún perdura en la izquierda nostálgica.

Una de las primeras industrias del país, el turismo, aportó 1.982,2 millones brutos en 2007, mientras las remesas del exilio ascendieron a 1.000 millones netos —la exportación de carne humana es el único sector próspero de la economía castrista—. El país de inmigrantes (un millón y medio en la primera mitad del siglo XX), emitió dos millones de emigrantes en la segunda mitad. Tres veces más que aquellos “seiscientos mil cubanos”, a los que se refería Fidel Castro en 1953, “que están deseando ganarse el pan honradamente sin tener que emigrar de su patria en busca de sustento”. Otras 900.000 personas aspiran al exilio, en su mayoría mujeres y hombres blancos de entre 25 y 35 años, el 12% titulados superiores. Sin contar las 150.000 solicitudes de ciudadanía española que se prevén tras la aplicación de la Ley de Memoria histórica, gracias a la cual medio millón de cubanos podría mudarse a España. Y esto provoca un curioso “daño colateral”. Al ser mayoritariamente blanca la emigración, también lo son los receptores de las remesas en la Isla: US$81 anuales por cubano blanco, en contraste con los US$31 que recibe un negro.

La Revolución de 1959 anuló por decreto la discriminación racial pero la presencia de los negros es minoritaria en las universidades y abrumadora en cárceles y barrios marginales. Mientras Estados Unidos (con 12,1% de población afroamericana) estrena presidente negro, en las altas instancias del Gobierno cubano (país con 62% de negros y mestizos) la presencia negra es ornamental (4 de los 21 miembros del Buró Político; 2 de los 39 miembros del Consejo de Ministros).

Gracias al éxodo de jóvenes, los 77 años de esperanza de vida al nacer, la tasa anual de crecimiento, -0,2 (que en 2020 bajará a -0,3), y los 50 abortos por cada 100 partos, el país presenta un acusado envejecimiento, pero sin la inmigración compensatoria que en el primer mundo garantiza el sistema de pensiones.

La Cuba del día después heredará un país devastado cuya economía pasó en medio siglo de la cabeza a la cola de América Latina, del superávit al déficit, de acreedor a deudor, de conceder ayuda humanitaria, a recibirla. Un país donde la retribución no es medida del esfuerzo, las prostitutas multiplican el salario de los médicos, y los ingenieros sueñan ser camareros para agenciarse unos dólares; un país condenado a la picaresca de la supervivencia o a la huida. Heredará, también, junto a la conciencia de los derechos sociales, la escasa conciencia de los derechos individuales y de su papel como ciudadanos, de modo que la sociedad civil tendrá que reinventarse. Tres generaciones de cubanos han alcanzado la edad adulta amaestrados por una sociedad donde la subsistencia es el pago a la obediencia.

Pero también heredará una población instruida y capaz, laboriosa, emprendedora, como lo demuestran dos millones de exiliados que han universalizado su identidad, fraguando una especie de nacionalismo pos nacional: un exilio de escritores, artistas, profesionales y empresarios que el día de mañana pueden ser un apoyo y una fuente de capital. Los esfuerzos del castrismo para satanizar a ese exilio han sido inútiles. Al cabo, la sangre ha triunfado sobre el discurso. Y a ello no es ajena la permanente renovación del exilio. Un puente tejido con millones de nudos familiares puede prefigurar los puentes de mañana.

Aquel primero de enero, en Santiago de Cuba, Castro denunció que el dictador Fulgencio Batista había “arruinado al país” con su “repugnante politiquería, inventando fórmulas y más fórmulas de perpetuarse en el poder”. Y que los niños “habrán oído diez millones de discursos, y morirán al fin de miseria y decepción”. Hoy, tras oír “diez millones de discursos”, la inmensa mayoría de la población cifra sus esperanzas en una transición tras la muerte de Castro, quien también aseguró entonces que él era “inmune a las ambiciones y a la vanidad” y que “el poder no me interesa, ni pienso ocuparlo”.

Hoy celebramos sus 50 años en el poder. Y como él afirmara ese mismo día que “nunca se podrá llamar triunfo a lo que se obtenga con doblez y engaño”, no celebramos medio siglo del triunfo de la Revolución, sino de su derrota.

 

“Sueño roto” / “Somni Trencat”; en: Dominical, n.º 328, Madrid, Barcelona, 28 de diciembre, 2008, pp. 43-47.

 





Cuba es un país que mira al pasado. Entrevista a Leonardo Padura

19 12 2008

Leonardo Padura Fuentes (La Habana, 1955), narrador, periodista, guionista de cine, crítico y ensayista, es no sólo un escritor honesto, sino una persona decente y legal, como diría mi abuela en frase que ella despachaba sólo contra méritos probados, como una condecoración. Su periodismo ha aparecido en una treintena de publicaciones de Cuba, México, Colombia, España, Francia, Estados Unidos e Italia. Desde 1995, es columnista de la Agencia IPS y coordina su suplemento Cultura y Sociedad. Es internacionalmente conocido por su tetralogía “Las cuatro estaciones”, integrada por las novelas Pasado perfecto (1991), Vientos de cuaresma (1994), Máscaras (1997) y Paisaje de otoño (1998), protagonizadas por el inspector Mario Conde, quien regresa en Adiós, Hemingway (2001) y en La neblina del ayer (2005). Ha publicado, además, las novelas Fiebre de caballos (1988), y La novela de mi vida (2001). A ellas se suman una noveleta, cuatro volúmenes de cuentos, seis de ensayos y otros seis de periodismo. Ha obtenido, en España, el Premio «Café Gijón” (1995) y el Premio “Dashiell Hammett” (en 1997, 1998 y 2005); en Cuba, varios Premios de la Crítica (1995, 1998, 2001, 2002 y 2006); en Francia, el Premio de las Islas (2000) y, en República Dominicana (2001), el Premio de Novela Casa de Teatro. Su obra ha sido traducida a dieciséis idiomas.

 

Es bien conocida tu admiración por la obra de Carpentier. Te has referido también a la de Vargas Llosa, García Márquez y el Cabrera Infante de Tres tristes tigres como (eludiré la palabra “influencias”) fuentes nutricias. Sin embargo, cualquiera que se acerque a tu literatura descubrirá que el tempo, la estructura, el diseño de los personajes, se acerca más a la arquitectura de la narrativa norteamericana que a las construcciones de los grandes narradores iberoamericanos.

Y tienes toda la razón. Yo creo que en mi manera de entender y de pretender la literatura gravitan los dos universos entre los que, incluso geográficamente, se encuentra Cuba. De la literatura iberoamericana he perseguido la calidad idiomática, el espíritu literario que sólo se puede expresar a través de un lenguaje y sólo se puede adquirir a través de la lectura del idioma propio. No creo que pudiera escribir en “cubano”, más aun, en “habanero”, sin haber asimilado la narrativa de Cabrera Infante, y tampoco tendría el estilo que pretendo tener sin las lecturas de Carpentier, García Márquez, Fernando del Paso, Vázquez Montalbán, verdaderos maestros en el uso del idioma español. Tampoco me habría sido posible, yendo un poco más allá, concebir determinadas historias que he escrito sin el aprendizaje de la arquitectura de la novela que he hecho en un Vargas Llosa o en la más reciente lectura de Roberto Bolaño. Pero toda esa voluntad de estilo y empleo de mi lengua ha sido puesta en función de una necesidad que aprendí de la novela norteamericana, de ese elemento que, a mi juicio, es su gran virtud: la capacidad de sus escritores para contar historias. Desde que tuve intenciones literarias, en mi época de estudiante en la Universidad de La Habana, comencé a leer como un loco novelas norteamericanas y lo hice con el placer enorme —que no me garantizaban todos los latinoamericanos— de leer historias sólidas, bien narradas, en las que la comunicación con el lector es una premisa que siempre está presente. Y ese influjo fue algo de lo que me apropié como una necesidad y una virtud posible. Al extremo de que cuando escribí mi primera novela, el punto de referencia era ni más ni menos que Desayuno en Tiffani’s, de Truman Capote, y las voces que me obsesionaban (y obsesionan) eran las de Hemingway, Salinger, Updike, Fitzgerald, Carson McCullers, Chandler y Hammett.

 

¿A quiénes consideras tus maestros, aquellos que personalmente han marcado tu obra: lectores, editores, amigos, profesores?

Quizás deba mencionar, en primer término, al grupo de compañeros con el que coincidí en la Escuela de Letras de la Universidad de La Habana y que me indujeron a leer ciertos libros reveladores o me provocaron envidia con sus conocimientos y lecturas, en un momento en el cual yo exhibía una monumental incultura. Entre esos amigos estuvieron Lincoln Capote, Alex Fleites, José Luis Ferrer, Arsenio Cicero y Abilio Estévez. Luego, entre las personas que más me han ayudado a ser exigente con mi literatura, fue esencial la enseñanza de Ambrosio Fornet, que se leyó mis primeros libros y me los destrozó. Ambrosio es el editor más despiadado que he tenido y se lo agradezco infinita y eternamente. Luego he tenido la suerte de trabajar con editores como Beatriz de Moura y, más recientemente, con Juan Cerezo, de Tusquets, que han sido terriblemente exigentes. Desde que empecé a publicar en Tusquets, ellos son también responsables de lo que he escrito y de cómo lo he escrito. Pero también he tenido la fortuna de tener un grupo de lectores muy cercanos que me han dado la seguridad de moverme en medio de esa incertidumbre que siempre es (al menos para mí y mi inseguridad) el texto literario en proceso de creación. Entre ellos, la principal ha sido mi mujer, Lucía, que, como su nombre indica, es un ser dotado de una extraña lucidez.

 

Has afirmado que tu aproximación a Carpentier se relaciona más con el tema de la identidad, postulada por él a través de lo real maravilloso. En un mundo plagado de identidades cruzadas, mestizas, transfronterizas, de literaturas pos nacionales, ¿no resulta un tanto obsoleta la búsqueda de una identidad que se ha convertido en una especie inasible, en vertiginoso travestismo?

Es evidente que tal vez pueda parecer muy moderna (y por tanto trascendida) la búsqueda de la identidad en un mundo que ya ha traspasado la posmodernidad y va hacia ni se sabe qué. Pero a mí me interesa mucho trabajar con esas esencias que de alguna manera componen el caleidoscopio que es la cubanía (y no me pidas que la defina, no sé si nos alcanzaría el espacio). Quizás por ser un país multiétnico, multicultural, en el que siempre andamos en busca de algo que no acaba de concretarse, siento que la identidad, los orígenes, la historia, los elementos que nos componen se me revelan como una necesidad y una vía para fijar ciertas obsesiones. Quizás todo comenzó cuando decidí escribir mi tesis de grado universitaria sobre el Inca Garcilaso de la Vega y demostrar que había sido el primer hispanoamericano cuando no existía aún Hispanoamérica. Luego, cuando hice periodismo en Juventud Rebelde, me obsesioné con las historias que no aparecen en la historia oficial y en las cuales se reflejaba el proceso de una identidad siempre en formación, y escribí los reportajes sobre los chinos en Cuba, sobre los francohaitianos, los gitanos, etc., escribí vidas de peloteros, de músicos, de vírgenes (la Caridad del Cobre) y crónicas de los colores, sabores y olores que nos acompañan: el ron de Santiago de Cuba, el tabaco de Pinar del Río, las parrandas de Remedios… Después vinieron los años en que estudié a Carpentier y me adentré mucho en ese camino que él recorrió en la definición de lo latinoamericano, una búsqueda que compartió con toda una generación intelectual del continente.

Ya cuando me dediqué mayormente a escribir novelas, todo ese sustrato me acompañó y me sigue acompañando y por eso es que llego, por ejemplo, a José María Heredia, a su obra, su vida y su destino como la fuente de tantas esencias que nos han marcado: la obsesión de la insularidad, la pertenencia a un país, el exilio como presencia constante, la aspiración a la libertad en la fraternidad. En mis libros siempre la música es una compañía, como le ocurre a casi todos los cubanos, y el barrio es la representación mejor de la patria, porque ahí está el origen de todo lo que somos —o éramos, cuando los barrios tenían todo su carácter sin las difuminaciones posteriores—. Quizás todo ese propósito de fijar lo propio sea intrascendente o trasnochado en otras latitudes, pero yo sigo sintiendo que Cuba es una identidad en formación y que el trabajo con esos elementos de la esencia cubana se me revela como una necesidad.

 

¿En qué medida ha cambiado entre los escritores cubanos el concepto de literatura y arte nacionales? Siento que, salvo excepciones, se mantiene un apego a lo local (y esto no es un juicio de valor, desde luego), que en autores como Carpentier, por ejemplo, había mudado hacia una apropiación de todos los territorios de la cultura occidental.

Creo, como tú, que la literatura cubana ha sufrido de un exceso de localismo, que mi propia literatura lo ha sufrido y tal vez por ello se me presentó la necesidad de romper ciertas fronteras geográficas y culturales y estoy escribiendo una novela cubana, muy cubana, en la que los personajes centrales son León Trotski y su asesino, el español Ramón Mercader, y los escenarios que se suceden son Moscú, París, México, un fiordo noruego y una isla del mar de Mármara: pero todo eso pasa por Cuba y por la forma de ver el mundo de un cubano de estos tiempos, y ya verás de qué forma cuando leas el libro.

Pienso que la obsesión por las historias cubanas tiene mucho que ver con la falta de equilibro que existe en Cuba entre narrativa y periodismo. La cualidad, más aun que la calidad del periodismo cubano, ha sido lamentable, salvo en pequeños períodos —como ese durante el que tú también hiciste periodismo en Cuba y tratamos de mover la realidad y su percepción con artículos y reportajes—. Muchos de nosotros, casi todos, hemos sentido la complicada necesidad de hacer la crónica de nuestro tiempo, en vista de que esa crónica no aparece o aparece mal en la prensa cubana. Muchas realidades, personajes, actitudes y, sobre todo, modos de pensar de los cubanos de estos años sólo han tenido espacio en la literatura (y algún reflejo en el cine: recuerda Suite Habana o los documentales hechos por los más jóvenes realizadores) y muchos escritores, no sé si conscientemente, hemos asumido esa responsabilidad, que no tiene por qué ser de la literatura, y la hemos llevado a nuestros textos. En el caso de mis novelas policiales, he tratado de ver la realidad cubana desde la mayor cercanía posible, de meterme en ella y fijar algunas de sus características durante estos años. Mis libros, a diferencia de los de Pedro Juan Gutiérrez o los de Amir Valle, que se centran en lo peor de la sociedad, exploran lo que ocurre dentro de las cabezas de las gentes que viven en esa sociedad, y por eso Jorge Fornet los considera “narrativa del desencanto”, no de la violencia o de los lados más sucios de la realidad. En cualquier caso, al trabajar con criminales como personajes, tocas el fondo de una sociedad, aunque en más de un caso mis criminales no son marginales —todo lo contrario— y más que un bajo mundo, pretendo mostrar la bajeza de un mundo: la doble moral, el engaño, el oportunismo, el enmascaramiento, la corrupción, la envidia, la frustración de las gentes y los efectos que esas actitudes tienen en la realidad. Y de muchas maneras lo hago como el periodista que fui y que soy, y a mucha honra.

Pero el resultado es que a veces la literatura cubana se ha tornado folclorizante, demasiado local, y no ha sabido encontrar los mecanismos literarios y conceptuales para comunicarse de manera más universal. El resultado ha sido que varios excelentes escritores cubanos sólo son conocidos en Cuba, pues su literatura carece de interés para lectores de otras latitudes. Pienso que fue el mismo Carpentier quien nos dio la clave del modo de resolver esa importante cuestión cuando, apropiándose de una frase de Unamuno advirtió que era necesario “hallar lo universal en las entrañas de lo local, y en lo circunscrito y limitado, lo eterno”. Si somos capaces de encontrar en nuestras propias realidades y esencias los vasos comunicantes con las realidades y esencias de los demás hombres, la literatura da ese paso hacia lo universal, que fue el gran paso que dio Carpentier, o que dio un autor como Cabrera Infante escribiendo de la vida nocturna de cuatro locos en La Habana.

Creo que en varios creadores cubanos la noción de arte nacional ha cambiado en la medida en que los códigos artísticos universales se han hecho más cercanos a los creadores de cualquier latitud. Quizás el arte donde mejor se advierta esta ruptura sea en la música más reciente, que sigue siendo cubana, muy cubana, pero que se ha permeado de modos y actitudes llegados de otras latitudes. En la literatura, mientras tanto, van apareciendo una serie de escritores que son difíciles de ubicar en lo que antes considerábamos típicamente cubano —sus personajes y asuntos son premeditadamente universales—, pero eso no les garantiza la universalidad: no depende tanto de lo que se toma como punto de partida como del resultado. Ahí es donde hay que tener esa actitud universal, esa mirada supralocal, no importa si escribes en Las Tunas o en Estocolmo.

 

Al hablar del microcosmos donde se mueve Mario Conde, mencionas el concepto de “pertenencia” (a los territorios físicos, humanos, verbales, imaginarios donde se mueven los personajes). En ese sentido, creo que la autenticidad literaria de Mario Conde ha sido debidamente certificada por los lectores. Dado que esa “pertenencia” es involuntaria, que no nos podemos librar de ella, ¿no será más adecuado hablar sobre la “transcripción literaria” de esa “pertenencia”?

Mario Conde ha tenido una gran suerte, ha conseguido caminar por la realidad como una persona de carne y hueso. Sobre todo acá en Cuba mucha gente lo ve como alguien vivo y me preguntan por sus amigos, por sus obsesiones, por su suerte, como si fuera alguien que vive, una persona de la cual yo tengo noticias. Lo curioso es que en su formación literaria yo puse tantas responsabilidades y misiones en el personaje que verlo respirar me parece un milagro (y fue justamente ese milagro lo que me llevó a conservarlo y a revisitarlo en una serie de novelas, pues al principio sólo iba a ser el protagonista de Pasado perfecto). Mario Conde es, ahora mismo, como sabes, el personaje de seis novelas y si al principio era algo tan inverosímil como un policía investigador (es difícil creerse un policía así, más bien blando, demasiado intelectual, que además no sabe nada de investigación criminal y que es buena persona) ahora es algo más inverosímil aun, pues se transformó en librero de viejos, pero honesto y melancólico. Además, al principio tuvo la responsabilidad absoluta de llevar las riendas de las novelas: todo lo que se decía, veía, pensaba en los libros pasaba a través de la pupila y la sensibilidad de Conde, y por ello tuve que hacer de él un policía culto, inteligente, mordaz, amante de la literatura y gozador de sus nostalgias, pues de lo contrario mal hubiera podido servirme de vehículo para expresar mis preocupaciones sociales y humanas. Pero hay más: para lo que yo quería lograr y para que su verosimilitud se solidificara, Mario Conde tenía que estar más cerca de la tierra que del cielo, y por eso debía vivir en un barrio de La Habana que todavía fuese barrio y popular: ese barrio es Mantilla, aunque nunca se le mencione por su nombre. Y, para colmo, yo traté de que el pobre personaje fuese un compendio o una expresión de lo que ha sido y es nuestra generación en la Cuba de estos años, la generación escondida o de los mandados o del cansancio histórico, como se le llama algunas veces en las novelas, las gentes que se quedaron a medio camino de todo, que creyeron y luego descreyeron, los que nunca tuvieron ni tendrán nada, los que no se fueron o, si se fueron, también se quedaron porque pertenecían y pertenecerán siempre a una cultura y a una tradición…

Y ahí entra en juego el conflicto de la pertenencia. Yo creo que una de las bendiciones y de los peores lastres de la cultura cubana es la imposibilidad de desligarnos de ella por parte de los que nacimos y vivimos en sus territorios. Si los que vivimos en la isla a veces nos hartamos de combatir y recibir siempre lo mismo, los que están fuera siguen peleando con sus nostalgias, sus fantasmas y con cosas más concretas a las que no pueden renunciar: modos de ver la vida, o ese orgullo tremendo que tenemos todos los cubanos de ser cubanos y, como se dice ahora, hasta de creernos cosas: que somos los mejores, por ejemplo… Y quizás a algunos les parezca que exagero cuando digo todo esto, pero la verdad es que la cubanía es una pertenencia casi indeleble. A mí me lo demostró de un modo increíblemente fuerte el músico Mario Bauzá, el creador del latin jazz, que luego de 60 años viviendo en Estados Unidos y haciendo jazz, decía la palabra negüe, te decía chico, y estaba convencido de que lo único que no haría nunca un cubano es reconocer el éxito de otro cubano.

La pertenencia que expresa Conde es entonces múltiple, abarcadora: no sólo es física, a un territorio real, sino también pertenece a una generación, a un estado de pensamiento, a una formación cultural y sentimental, a un espacio de la memoria, sobre todo esto, a una memoria a la cual se aferra y a la que no quiere renunciar: sus recuerdos expresan mejor que nada esa pertenencia porque es, al fin y al cabo, lo único que en realidad le pertenece.

 

En Pasado perfecto encontraste, has afirmado, la literatura que no habías hallado antes. ¿Qué es, vista desde la distancia, tu primera novela, Fiebre de caballos?

Lo que se lee en ella: una novela de aprendizaje, en todos los sentidos. Fiebre de caballos fue escrita entre 1983 y 1984, en uno de los períodos más extraños de mi vida, pues coincidió con el momento es que soy sacado de El Caimán Barbudo y enviado a Juventud Rebelde a expiar mis pecados de problemático ideológico y tengo que hacer algunas de las adecuaciones más graves de mi vida, como pensar que ya no seré jamás redactor de El Caimán, ni dirigente de la Brigada Hermanos Saíz y que quizás, incluso, ni siquiera seré escritor, como podía ocurrir en aquella época, pues había ocurrido en la época anterior (apenas diez años antes). Debo, además, aprender a hacer periodismo trabajando ya en el periódico, y eso significó un gran esfuerzo de concentración. Pero me hice periodista escribiendo crónicas, y seguí siendo escritor, pues terminé Fiebre de caballos y fue aceptada por Letras Cubanas para su publicación. Es curioso que, a pesar de todos esos tropezones, la novela saliera ilesa en su inocencia esencial: tanto literaria como conceptualmente es una obra de una candidez que me conmueve. Y es que esa era mi candidez de entonces, literaria y conceptual, a mis veintitantos años, en un país donde todos mirábamos hacia el futuro.

Escribiendo esa novela, aprendí cosas tan esenciales como hacer que pasara el tiempo en una historia, a definir los rasgos y necesidades de un personaje, a perseguir una voluntad de estilo, a luchar contra lo que quiere el autor y lo que exigen el argumento y los personajes. Aprendí que una historia no está terminada hasta que no estés harto de ella, y por eso reescribí varias veces la novela hasta que se me fue de las manos y respiró por ella misma. Por eso veo a Fiebre de caballos como un escalón hacia el escritor que sería seis años después, cuando, luego de la magnífica experiencia en que se convirtió mi paso por Juventud Rebelde, me enfrento al deseo de escribir Pasado perfecto y descubro que, aunque ya era un escritor, incluso con una novela publicada, todavía no sabía —y aún no lo sé— qué cosa es escribir una novela.

 

En una entrevista hablabas de tu libertad al escribir “siempre sabiendo que existen límites que no debo transgredir para que mis libros circulen en Cuba”, aunque, añadías, “tampoco me interesa transgredirlos”. La historia está llena de períodos (el Siglo de Oro, sin ir más lejos) en que, a pesar de esos “límites”, se hizo una gran literatura. ¿Crees que acotar el terreno de la literatura, evitar ciertas fronteras, aguza la perspectiva de los autores, los inclina a hacer una literatura esquiva, ambigua, rica en sus múltiples lecturas? ¿O todo lo contrario?

Pienso, ante todo, que el mejor modo de escribir es en plena libertad: no creo que condicionamientos o exigencias o limitaciones políticas, religiosas, sociales, de mercado, sexuales, las que sean, ayuden a la literatura. Para el arte, creo, debe haber, siempre, toda la libertad, sin condiciones, pues el arte es permanente y todo lo que lo condiciona suele ser cambiante. Pero también pienso que las tensiones exteriores que obligan al autor a agudizar todos sus sentidos en el acto de la escritura de una realidad determinada sirven para que el escritor explote al máximo su inteligencia y su capacidad de expresar literariamente su visión del mundo y de una sociedad determinada. ¿Cuál es el mejor Kundera, el de antes o el de ahora? ¿Y el mejor Wajda, el mejor Saura? ¿Qué cosa es El maestro y Margarita sino un desafío de los límites de la permisividad hasta llegar a convertirse en una obra maestra?

En mi caso, los límites que no me interesa transgredir están justo en el universo pantanoso y manipulado de la política. No me atrae para nada hacer una literatura que juegue a la política, porque soy escritor y no político, y porque tampoco me interesa que los políticos utilicen mi literatura como fenómeno de feria. Y como me repele ese universo, me alejo de él. Yo soy un escritor, en lo fundamental, de la vida cubana, y la política no puede estar fuera de esa vida, pues es parte diaria, activa, penetrante de ella, pero yo la manejo de manera que sea el lector quien decida hacer las asociaciones políticas, pero sin que mis libros se refieran directamente a ella. De verdad, no lo necesito ni me interesa, pero, en cambio, me interesa muchísimo que mis libros puedan ser leídos en Cuba y que la gente pueda dialogar con ellos. Como te imaginarás, ese interés no responde a razones económicas ni de reconocimiento (vivo cada vez más alejado del mundanal y creo que cada día lo haré más y más), pues en Cuba no son especialmente importantes: es, simplemente, una necesidad que siento de ser útil a mi tiempo y a mis contemporáneos entregando lo que sé entregar: una literatura que los ayude a reconocerse y a entender determinadas realidades.

 

En tu nueva novela sobre Ramón Mercader te acercas a un terreno movedizo: el de la alta política en una época donde las ideologías no sólo eran las sagradas escrituras de la política, sino una patente de corso para el ejercicio de la violencia y, no pocas veces, de la infamia. Dado que has afirmado que “la literatura que se mete en el terreno de la política puede ser devorada por ella”, ¿no es peligrosa para tu literatura esta incursión?

Sí, es la más peligrosa incursión literaria que he hecho y por muchos motivos. Quizás el primero no sea político, es más, no lo es: el primer peligro es literario, pues es una novela que me ha exigido una larguísima y profundísima investigación, que me ha emborrachado de historia, y lo más difícil de su escritura ha sido despojarme de los excesos de esa carga histórica sin renunciar a la historia, pues la novela transcurre a través de algunos de los acontecimientos históricos más importantes y lacerantes del siglo XX. Dentro de ese componente histórico está la política, pero la he asumido desde una perspectiva totalmente literaria y, más que a la historia, me refiero a la utopía: El hombre que amaba a los perros, como se llama la novela, es un drama, desde el punto de vista de lo que ocurre con personajes reales y personajes casi reales, en la URSS, España, México, Cuba, de cómo se fue pervirtiendo la gran utopía humana, la construcción de la sociedad de los iguales, cómo la filosofía se destruyó en el choque con la realidad, como la ambición humana, la obsesión por el poder y el control, acabaron con el experimento más soñado por la humanidad moderna. Claro que en todo ese análisis hay lecturas políticas (especialmente, de lo que significó el estalinismo), pero están cubiertas por la carga humana, filosófica, histórica que soporta la novela… En fin, que El hombre que amaba a los perros toca, se mueve a veces en la política, pero otra vez deja las conclusiones políticas en manos —más bien en mentes— de los lectores. Creo que es un libro muy triste y que será muy polémico, porque está lleno de certezas pero también de interrogaciones, y provocará, sobre todo, dos sentimientos: la evidencia de una frustración y la compasión.

 

El desencanto y la nostalgia son, al parecer, la atmósfera en que se mueve la nueva literatura cubana, independientemente de los géneros y de la geografía donde se escriba. ¿En qué medida esa atmósfera tiene un condicionamiento externo (la circunstancia, el país, el mundo) y en qué medida responde a la clásica añoranza del pasado, es decir, de la propia juventud, que fuera de la Isla a veces se confunde con la patria? Añoranza y nostalgia que pueden ser auténticas, pero también comerciales en la medida que el marketing otorga a la Cuba de los 50 un nuevo glamour.

Todo puede ser manipulado y vendido. La Cuba del son y el bolero, de los clubes y los carros antiguos se ha vendido bien. No es extraño que haya aparecido recientemente alguna literatura sobre ese período. Cuba, ahora mismo, es un país que mira más hacia el pasado que hacia el futuro, en todos los sentidos. La historia es tan pesada, somos tan históricos, que mucha gente se ha hartado de lo histórico y no quiere oír hablar de ello. Cuba es un país de efemérides, de celebraciones del pasado, de la fijación de la gloria pretérita, mientras que el futuro es una nebulosa casi imposible de predecir en sus más mínimos detalles y el presente es, para mucha gente, sólo lucha y agonía, supervivencia y desespero. A los que viven hacinados, a los que no les alcanza el salario, a los que se les agotaron los sueños… ¿les importa esencialmente la historia? Bueno, si acaso como memoria de tiempos mejores, cuando pensaban salir del hacinamiento, cuando compraban con su salario las exquisiteces de los mercados de los años 80, cuando soñaban que si estudiaban medicina o ingeniería serían respetados, solventes y quizás hasta dueños de un Lada o un Yugulí… Todo eso se esfumó en los años 90 y llegó el desencanto, no sólo por nuestra situación económica, tan ardua como pocos fuera de Cuba pueden imaginar, sino porque se tuvo una mejor idea de lo falso que había sido el mito en el que habíamos vivido.

De esa nostalgia por un mundo mejor que se esfumó (y que se resume en la interrogante tan cubana de “¿te acuerdas que…?”) y del desencanto de una realidad que no se correspondía con lo que habíamos aprendido e imaginado, salió la narrativa de los años 90. Algunos autores convirtieron la derrota y la miseria en el tema de sus obras. Incluso, algunos de ellos, para hacer más coherente esa elección y con gran sentido comercial, se fabricaron biografías en las que se presentaban como perseguidos, cuando en realidad eran tan privilegiados como para poder trabajar en una sede diplomática cubana en Europa (donde, según la lógica de ellos mismos, habrían tenido que pasar informes contra los demás…). Esa nostalgia y ese resentimiento utilitarios me parecen sencillamente oportunistas, ofertas de tiempos de rebajas.

Pero hay también el desencanto verdadero que sufrimos por igual los que nos hemos quedado y muchos de los que se fueron, casi todos con el alma adolorida. Y esos, todos, han asumido como una responsabilidad dejar la memoria de este tiempo a veces con una literatura muy directa, otras veces con metáforas y parábolas, pero, así lo siento en la mayoría de los autores auténticos, con el dolor que provoca la sinceridad y el amor por un pedazo de tierra que nos dio pasado, vida, lengua, cultura, amigos, sueños más o menos perdidos, pero tan amables.

 

Es muy marcada en tu literatura una visión generacional. ¿Cómo ves la narrativa policial de autores que han llegado después, como Lorenzo Lunar, por ejemplo, y que ven la realidad desde un ángulo, si se quiere, más sombrío?

Mucha novela policial es sombría, pero puede ser también literaria. El otro día me sorprendió leer que un escritor de policiales al que admiro hace tiempo, escribía que en estos momentos el sueco Mankell y yo somos los máximos exponentes de la literatura policial porque no escribimos literatura policial, sino que la utilizamos. Yo siempre cuido mucho el contexto, la escritura, su capacidad de ser un testimonio artístico de la realidad, no su crónica. Uso la literatura del género, algunos elementos de su composición y de sus efectos dramáticos, pero siempre escribo historias que empiezan antes del crimen y que terminan después del crimen, y esa historia mayor es la vida de Mario Conde y de su generación, es la mirada a una camada humana a la que pertenezco y entiendo, en sus sueños y frustraciones, más que a nada en este mundo.

Siento mucho que a partir de los años 90, justo cuando comencé a escribir Pasado perfecto, prácticamente desapareciera la novela policial en Cuba —y era lógico que el policial de los 70-80 se esfumara, pues no daba más, ni siquiera políticamente— y que sólo autores como Lorenzo Lunar y Amir Valle la cultivaran. Pero a ellos les interesa mucho más la violencia, lo descarnado, y sus novelas son mucho más negras, aunque temo que también, por eso, sean más locales. Creo que ambos tienen la capacidad para hacer una nueva novela negra cubana y que la van a hacer, sin duda.

 

A partir de los 90, el escritor cubano, y en eso tú eres paradigmático, busca espacios editoriales fuera de la Isla. El lector medio cubano, por razones de mera disponibilidad, está a dieta de ediciones estrictamente nacionales. ¿Existe un distanciamiento entre ese lector y el escritor “de exportación”? ¿La perspectiva de un editor y un lector exótico ha condicionado de alguna manera la literatura cubana de los últimos lustros?

El hecho de saber, desde hace casi quince años, que mi primer corresponsal, la medida de si cumplía o no las expectativas literarias que mis textos proponían, estuviera en una editorial de Barcelona que, para mi fortuna, siempre me pedía que mis textos fuesen mejores, sin hablar jamás de su posibilidad comercial, me convirtió en un escritor mucho más exigente y responsable, mucho más libre y literario. Además, saber que dos semanas antes de que saliera mi novela esa editorial había publicado un Kundera o un Camus y que dos semanas después saldría Almudena Grandes, o Javier Cercas, o John Updike, te obliga a pensar que estás jugando en las grandes ligas y que sólo si eres mejor que tú mismo, si escribes lo mejor que puedes, podrás tener un espacio entre tanto monstruo literario. Y eso me hizo y me sigue haciendo crecer. Por eso me da un poco de pena los que satanizan el mercado editorial sin saber qué cosas te puede aportar como escritor, como profesional, si entras en ese mercado por el lado bueno: el de la competencia literaria.

No sé en el caso de otros autores, pero mi experiencia (que es la de Abilio Estévez, de parte de la obra de Arturo Arango y de Mayra Montero) es que si el editor “exótico” ha influido, ha sido para bien, porque, además, no existe en el mundo una persona menos “exótica” y más respetuosa con sus escritores que Beatriz de Moura —y más exigente en cuestiones de calidad.

Creo, sin embargo, que algunos escritores se confunden y ellos son los que tratan de acercarse a las editoriales europeas siendo “exóticos”. No han procesado lo que antes hablábamos de lo universal y lo local, y con dosis de exotismo sexual, económico y hasta político creen que convencerán a los editores, y a veces lo hacen, pero muchas veces fracasan en el intento. Creo que esto es especialmente visible en la generación que viene detrás de nosotros, a los que la ruptura de los 90 los sorprendió en su momento de formación y, buscando romper el cascarón, se deslumbraron con el sol y perdieron el norte. Y muchos de ellos siguen sin encontrarlo, a pesar de sus cualidades literarias.

Por otro lado, es cierto que muchos autores cubanos radicados incluso dentro de Cuba no han podido ver publicados sus libros en el país —de Pedro Juan se publicarán pronto algunas novelas, por fortuna—, pero yo he tenido la suerte de que mis libros, todos, hayan circulado en Cuba, que no se les haya censurado una coma y que, incluso, varios de ellos hayan hasta ganado el premio de la Crítica y el del libro más leído que da la Biblioteca Nacional.

Pero, definitivamente, hay una desconexión entre lectores y escritores de la diáspora, aunque, también debo decirlo, la gente lee de una manera o de otra a algunos de esos escritores, no en la medida deseable, pero los leen: como nosotros leímos a Cabrera Infante en los 70 y los 80, y hasta más.

 

Rebasadas las utopías de un mundo, una sociedad fraterna, la amistad como religión laica ha sido ingrediente clave de tus obras. La masonería, la fraternidad, la hermandad elegida. Tus novelas están plagadas de guiños a los amigos, de amigos que aparecen y desaparecen, a veces travestidos, como una suerte de homenaje. ¿Nos salva esa microsociedad del afecto de cualquier intemperie? ¿Y la amistad gremial entre escritores? ¿O es que, por el contrario que muchos policías, patrullamos en solitario?

El oficio literario es jodidamente solitario, a veces hasta misántropo. Yo me paso días, semanas, de encierro laboral, con jornadas de cinco horas de escritura y tres o cuatro de lectura, y otras de reflexión en solitario, mientras arreglo los plátanos del patio y hago ejercicios para no volverme un viejo (demasiado) gordo. Asisto a muy pocas “actividades” culturales y mis encuentros con otros escritores muchas veces los gasto hablando de pelota.

Cuando éramos más jóvenes, más pobres y creo que más felices, éramos muy gremiales, definitivamente gregarios, y nos gustaba más hablar de literatura y hasta hacer proyectos conjuntos. Por fortuna, de esa época quedaron las complicidades y las amistades, que confío en que, a pesar de ciertos resbalones, sean para toda la vida. Entre los narradores de los 80, por llamarnos de algún modo, se creó entonces una afinidad que hoy es complicidad, en la cercanía o en la distancia, y amistad solidificada. Siempre siento —quiero sentirlo, me hace bien sentirlo— que Senel Paz, Arturo Arango, Abilio Estévez, López Sacha, Lichi Diego, tú, Reinaldo Montero, Miguelón Mejides, Abel Prieto, Aidita Barh, Jorge Luis Hernández en la memoria, poetas como Alex Fleites, Ramoncito Fernández Larrea, Pepe Olivares, Reina María Rodríguez, Marilyn Bobes, son mis colegas y, sobre todo, mis amigos, y por eso me siento especialmente feliz cuando los veo, cuando escucho de sus éxitos, de sus trabajos y sus días —como diría Reinaldo Montero—. Creo que mucho de ese espíritu generacional que se me sale en las novelas, se los debo a ellos, a ustedes, con los que aprendí a escribir, a leer, a beber ron y compartir una caja de Populares. No son escritores, en puridad: son socios, y eso, en cubano, es mucho decir. También por eso es que casi todos ellos, y otros amigos, son partes incluso visibles, reconocibles, de mis novelas.

La amistad, la fraternidad (de la que aprendí todo con mi padre y sus hermanos masones y con mi madre y sus amigas católicas), la complicidad entre socios es una bendición y por eso las defiendo como dones sagrados. En un mundo donde casi todo cambia —casi siempre, para peor—, la amistad sigue siendo algo que puede ser permanente, inalterable, un salvavidas en medio de tantos naufragios. Por eso es que considero que una de las mayores virtudes humanas es la fidelidad y me enorgullece pertenecer literaria y epocalmente a un grupo de personas a los que nos dio por escribir y que, a pesar de los pesares, hemos seguido siendo fieles a lo esencial. A veces estamos lejos —incluso si físicamente estamos cerca—, a veces la política se nos mete en el medio, pero siempre que extendemos la mano, hay otra, ahí, que nos toca. Y por eso creo que somos muy afortunados y que lo único que no nos está permitido es la traición; hasta el olvido lo admito, pero no la traición, porque después de tantas pérdidas no se puede vivir con rencor.

 

“Cuba es un país que mira al pasado. Entrevista a Leonardo Padura”; en: Cubaencuentro, Madrid, 19 de diciembre, 2008. http://www.cubaencuentro.com/es/entrevistas/articulos/cuba-es-un-pais-que-mira-al-pasado-i-140519

 

 





La política y los símbolos

25 11 2008

José Blanco, el número dos del gobernante Partido Socialista Obrero Español (PSOE), efectuó entre el 6 y el 7 de noviembre una visita oficial a Cuba con un mensaje «de apertura» para sus anfitriones del Partido Comunista (PCC), “de mirar al futuro, de dar pasos, de ir avanzando». A su regreso, declaró que tras “un diálogo abierto y franco, hablar sin tapujos de todos los temas” y encontrar “comprensión y receptividad», se lleva “una lectura moderadamente positiva” de su visita. El PSOE asegura que nadie de la oposición solicitó a Blanco una reunión. Sólo el portavoz del Partido Arco Progresista, Manuel Cuesta Morúa, a solicitud propia, pudo hablar por teléfono con el señor Blanco antes de su regreso a España.

Una semana más tarde, la secretaria de Estado para Iberoamérica, Trinidad Jiménez, dijo que se mantiene un «diálogo inalterable» con la oposición cubana, y el ministro español de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, se mostró a favor de la renegociación de la deuda de Cuba a través de la concesión de créditos.

La nueva política hacia Cuba propuesta a la Unión Europea por el ministro Moratinos en nombre del gobierno español es “acercamiento y diálogo”, «confianza, apertura y voluntad de trabajar con las autoridades cubanas”, en contraste con la anterior, de “dudosa utilidad práctica”. Se trata de “recuperar un nivel adecuado de interlocución con las autoridades cubanas”, aunque también una “relación más provechosa con la disidencia y con toda la sociedad cubana”. Con todos y para el bien de todos, diríase.

Entre las políticas que fueron implementadas en 2003 —y que según un editorial de El País “no han servido para nada o incluso han producido resultados indeseados”— estuvo invitar a los disidentes a los actos en las embajadas europeas, para subrayar el deseo de un diálogo multipolar con el pueblo cubano, no aceptar como único interlocutor al Gobierno. Aunque las embajadas cubanas suelen invitar, sin represalias de los gobiernos locales, a activistas y organizaciones anti sistema, la respuesta de La Habana fue prohibir a sus funcionarios asistir a actos donde algún virus disidente pudiera contaminarlos.

Europa también recortó la cooperación cultural —grave error, al hacer más claustrofóbica la vida a una población para la cual cada intercambio, cada ventana, es una pequeña bocanada de libertad—. Y derivó la cooperación hacia instituciones no gubernamentales, minando el monopolio de legitimidad del Gobierno cubano.

Fidel Castro, como de costumbre, subió la parada: bloqueó las líneas de comunicación con los diplomáticos comunitarios, tildó a Europa de neocolonia norteamericana, insultó a sus mandatarios y rechazó toda cooperación, con la garantía de que ello sólo afectaría a la población cubana, que aplaudiría frenética el derroche de dignidad de su máximo líder.

Desde el advenimiento a España de la democracia, las diferentes presidencias han intentado favorecer una transición democrática en Cuba y paliar en lo posible su estado de penuria crónica. La actual no es la excepción. Partiendo de esa premisa, ¿qué pueden hacer España y Europa para promover la democratización cubana?

Ante todo, reconocer que no está en sus manos (ni los cubanos deseamos que esté en sus manos, sino en las nuestras) cambiar el status quo en Cuba. Tener clara entonces la noción de sus propias limitaciones y de que las políticas adecuadas comienzan por comprender que están lidiando con una de las dictaduras más absolutas y unipersonales de que se tienen noticias, dispuesta desde hace 50 años (y los que queden) a cualquier sacrificio (del pueblo cubano)por conservar el poder. De esa adicción son rehenes los habitantes de la Isla, cuyo destino está siempre sujeto a modificaciones sin previo aviso.

De modo que quien diseñe la política europea deberá hacerlo no hacia esa entelequia que es Cuba —existe como Nación, sin dudas, y sus fronteras rebasan la geografía de la Isla, pero el “gobierno de Cuba “es apenas un seudónimo—, sino hacia Fidel Castro, quien dicta políticas desde sus “Reflexiones”, algo en que podría serle más útil a Europa la asesoría de siquiatras que de politólogos, y considerar que él no retrocederá ante presiones que afecten a su pueblo, castrado de voz y voto. Aunque sí se interesa por la opinión pública mundial y por su papel en la política planetaria —protagonismo desmedido, megalomanía y una vanidad digna de estudio—. De ahí su recurrente discurso juvenil, libertario y redentor de los pobres, de denuncia sin soluciones, evidente en un larguísimo mandato que ha multiplicado la pobreza y podado las libertades.

En la Isla, él es Cuba y viceversa. Y la disidencia es, por definición, anticubana al ser anticastrista y, por carácter transitivo, pro yanqui. La UE deberá tener presente que él jamás aceptará la existencia de una oposición respetable, jamás concederá el rango de adversario político a un conciudadano, condenado al estatus de súbdito. Un disidente es definido como mero instrumento del único enemigo que él ha elegido, porque su estatura confirma la propia: Estados Unidos de Norteamérica.

Quien diseñe la política exterior española, no importa de qué partido sea, si verdaderamente desea favorecer la floración de la Cuba próspera y democrática de mañana, deberá considerar que Fidel Castro y su sucursal, Raúl, no son sus aliados en ese empeño, sino el obstáculo a superar. Pero hay dos terrenos en los cuales sí puede hacer mucho la UE por los cubanos: la representatividad y la legitimidad. Dado que hoy el líder monopoliza toda la legitimidad y la representatividad que correspondería a los trece millones de cubanos, la UE deberá continuar haciendo patente que Cuba, aunque esté condenada a no serlo, es un país normal donde existen múltiples interlocutores representativos y legítimos: el Gobierno, la oposición, la sociedad civil, las iglesias, etc. De ese modo, no sólo se mina el monopolio simbólico del poder, sino que se otorga visibilidad a esos actores, lo cual, en cierta y muy precaria medida, los preserva de la represión. Derogar esos monopolios de representatividad y legitimidad, reconocer la horizontalidad de la sociedad cubana, ha sido uno de los mayores logros de la posición común. Un logro, claro está, que tiene un costo político y económico, dada la discrecionalidad insular en el tratamiento a los inversionistas.

Si España desea modificar la política europea, por ser de “dudosa utilidad práctica”, en favor de una más efectiva, antes debería recordar que ni el embargo ni las concesiones conseguirán que el gobierno ceda un ápice de su poder a la democratización de la Isla, y que frente a una dictadura que cuenta como rehén a un pueblo entero, toda política es de “dudosa utilidad práctica”. Si el propósito es comprar con “suavidad” la liberación de los presos políticos, vale recordar que en Cuba hay unos 300, ninguno de los cuales ejecutó una acción violenta, y que los pocos que han abandonado las prisiones han recibido “licencias extrapenales”, un espléndido eufemismo: excarcelaciones reversibles que pueden ser derogadas si el disidente “licenciado” incurre de nuevo en la ira del Señor. Las “licencias extrapenales” no son materia del código penal, sino de la voluntad divina.

Por eso las únicas políticas efectivas son las simbólicas: distribuir equitativamente legitimidad y representatividad, antídoto contra el monopolio simbólico del poder.

No puede decirse hoy que los Castro gobiernen por consenso, como sucedió durante los primeros años, ni contra una mayoría abiertamente opositora, sino sobre una multitudinaria resignación, sobre un compás de espera en equilibrio inestable, pero especialmente sobre un caudal simbólico que opera como reafirmación de poder, rompeolas contra la subversión e incluso instrumento de legitimación desde la óptica machista y caudillera. El caudillo ganó el poder a tiros —si quieren tumbarlo, que tengan cojones de sacarlo a tiros, solían afirmar sin sonrojarse los fidelistas recalcitrantes—; culminó la insurrección “milagrosamente” intocado por las balas; ha (hemos) resistido las presiones de Estados Unidos; sobrevivió al Oso Misha, dueño de los cohetes; exportó tropas victoriosas a los cuatro vientos (las derrotas han sido pudorosamente ocultadas); sobrevivió a cientos de atentados fraguados por la CIA; ha dejado a su paso una recua de hijos; el caudillo no duerme, dirige despierto sus propias intervenciones quirúrgicas; todo lo ve y lo sabe; la humanidad lo ama; Cuba era una Isla desdeñable hasta su advenimiento. En fin. De modo que cualquier erosión de ese universo simbólico, de ese monopolio de la legitimidad, es un adoquín del camino hacia una legitimidad equitativamente distribuida entre todos los cubanos.

Ese caudal simbólico no es mero adorno para su vanidad. Es una póliza de seguro del poder, gracias a su efecto disuasorio sobre cualquier idea subversiva, condenada al fracaso por el ojo omnividente. En contraste con esa publicidad unívoca, sus oponentes externos juegan en desventaja. Están sujetos a la opinión pública, a la oposición, a los electores y a una prensa diversa y respondona.

De acuerdo a esa lógica perversa, una derogación, una dulcificación o un retroceso en la posición común de la UE, además de todo lo que puede significar en términos de tácita aceptación del actual status quo, será interpretado por él, de cara a su público, como falta de consistencia y confirmación, no de que la política anterior era inútil, sino de que era injusta. Ahora que los europeos han entrado por el aro, dirá con énfasis de perdonavidas, los recompensaré haciendo más dulce para sus empresarios el clima del Caribe, seré más simpático con sus diplomáticos y no los escupiré en mis “Reflexiones”.

Los intocables de la disidencia vuelven a ser atendidos de lunes a viernes, en horario de oficina, por la trastienda.

Es muy posible que esa “rectificación” europea impulsada por España consiga la libertad de un manojo de prisioneros —quedarán muchos en las cárceles y muchísimos más por apresar, moneda para futuras transacciones, en esa gigantesca cantera de humanos sin derechos—; complacerá al empresariado que, en contubernio con un Estado que trafica sin pudor con la mercancía “cubanos”, recluta mano de obra cautiva mediante contratos de trabajo que en Europa serían constitutivos de delito; entusiasmará a los sobrevivientes de una izquierda cretácica que defiende para los nativos de la Isla, con un fervor colonial, una dictadura que se cuidan mucho de pedir para los europeos en sus mítines electorales, y, desde luego, suavizará el intercambio de Europa con La Habana.

Mientras, la sociedad civil, esa Cuba embrionaria del día después, sin dudas la única Cuba con futuro —algo que deberán tener en cuenta los políticos europeos de hoy y, sobre todo, los de mañana—, sabrá que se encuentra, de momento, más sola.

 

“La política y los símbolos”; en: El tono de la voz, 25 de noviembre, 2008. http://www.cubaencuentro.com/jorge-ferrer/blogs/el-tono-de-la-voz/espana-y-cuba-politica-y-simbolos