Diario habanero. Sábado 11 de julio, 2009

11 07 2009

Salimos a las ocho y media hacia Santos Suárez. Daniel quiere saquear mi biblioteca que en un 80% no conseguí expatriar. La mayoría de mis libros yacen desde hace quince años en casa de mi tío. No es que no tenga otros tíos, pero Manolo, de quien no pude despedirme cuando murió en 2006, siempre fue Mi Tío, casipadre, por antonomasia.

Doblamos a la izquierda en la esquina de 86 y 9ª y a dos cuadras tropezamos con unas treinta o cuarenta personas que esperan la guagua. Diez minutos más tarde, abordamos una 69 y nos acomodamos estratégicamente en un meandro frente a la puerta de salida, con espacio para respirar.

Un viaje casi confortable y, mientras, voy haciendo de guía turístico: el Puente Almendares, el cementerio chino, la hermosa Avenida 26 que serpentea y remonta Nuevo Vedado, el cine Acapulco, el zoológico, la antigua (¿sigue funcionando?) terminal de los ferrys que viajaban a Isla de Pinos, el Hospital Clínico Quirúrgico de 26, el bidet de Paulina, la Ciudad Deportiva, hasta que enfilamos por Santa Catalina.

A la altura del zoológico, la gente se atasca en la parte delantera aunque hacia atrás hay espacio —el concepto de espacio es siempre relativo—. El chofer detiene el ómnibus, desciende de su sitial y advierte:

—Muévanse patrás o paro esto. Suelten el tubo, que aquí nadie es Jesucristo.

Frase de una profundidad filosófica que no alcanzo. Deberé rumiarla durante el resto del trayecto.

Nos bajamos frente a la Iglesia de san Juan Bosco, en Santa Catalina esquina a Goss donde, a instancias de mi tío, bautizamos a Daniel en 1994, meses antes de emigrar a España. Una larga fila de bebés en brazos de sus madres esperaban por su turno en la pila bautismal. Mientras, a sus cuatro años, Daniel corría, incansable, por toda la nave. Meterle la cabeza entre la pila y el cuenco de agua que sostenía el cura fue como reducir a un mono araña untado de mantequilla. El cura no sabía si bautizarlo o exorcizarlo. Durante los pocos segundos que surtió efecto la llave de inmovilización, consiguió verter el agua sobre su cabeza y aplicarle un bautismo express, versión corta, enelnombredelpadredelhijoydelespíritusantoamén.

Desde que pasamos frente a la iglesia hasta que llegamos a la casa, Daniel me reprocha que aquel día lo hayamos bautizado. Le explico que aunque entonces él estaba bajo posesión diabólica, no podría decir que lo bautizamos contra su voluntad, porque aún no era un ateo militante como ahora. Y aunque sus padres fuéramos tan ateos entonces como hoy, disipar la preocupación espiritual de mi tío era más importante que cualquier prurito ideológico. Y el precio era mínimo: lavarle la cabeza al niño sin champú.

Avanzamos sorteando los huecos, riachuelos y montículos de la que un día fue la acera de Mayía Rodríguez. Ya en la casa, Daniel examina las estanterías y empieza a bajar decenas de volúmenes que conservan, como un registro fósil, quince años de polvo y deyecciones de insectos que durante el Período Especial se han ensañado por igual con Nietzsche que con las Obras Escogidas de Vladimir Ilich. Bichos analfabetos, aunque con un raro paladar: las viejas ediciones Austral y los libros de Seix Barral están casi intactos; la colección Manjuarí, en cambio, se la han comido íntegra.

Acuden a visitarme algunos escritores (amigos de muchos años y otros a los que no conocía) con quienes había concertado cita hoy en mi función de chasqui Madrid-Habana. Sergio Cevedo me otorga la alegría del día al verlo tan recuperado de salud. Con unos y otros la conversación es cordial, interesante y fluida, salteada de chismes actualizados sobre la Ciudad Letrada, pero no tantos. Como vainilla chip. Mientras hablamos de lo divino y lo humano (más de esto que de aquello), Daniel continúa saqueando la biblioteca, y de pronto irrumpe con una revista Sputnik de 1989. La lee de un tirón y me pide que le consiga otras revistas “de cuando los rusos tenían esperanzas” (sic).

Al regreso, atrapamos un ómnibus de la ruta 83 con asientos (vacíos) y hacemos una asombrosa excursión por las ruinas del Cerro. Beirut, 1982. Doblamos cerca de las antiguas Católicas Cubanas, donde me nacieron un primero de enero a las dos de la mañana. La peor digestión de una docena de uvas que tuvo mi madre. Y después pasamos frente a la majestuosa entrada de la Covadonga, más conocida hoy como Covadengue.

El Parque de la Fraternidad es un hervidero de gente. El olor a fritanga que acentúa el calor sofocante, los edificios devencijados y el gentío me transportan a un céntrico barrio popular de Mérida, en Yucatán, a finales de 1991.

Pasamos la tarde en casa de mi hermana contando batallitas y refrescándonos mutuamente las neuronas. Es curioso cómo la memoria segrega hacia zonas oscuras ciertos recuerdos de infancia que los demás conservan perfectamente. Remontada la adolescencia, madres y abuelas se encargan de aclararte que nunca fuiste un niño tan bueno como tú supones.

Aprovechamos después para caminar de nuevo por La Habana Vieja y hacernos la foto de rigor con la estatua del Caballero de París al costado de la Iglesia de san Francisco. Mi cuñada me asegura que en el momento de oprimir el obturador, El Caballero, haciéndose el bobo, movió diez centímetros su mano izquierda.

Merecido homenaje a quien fue durante décadas elemento indispensable del mobiliario urbano. Pero plantar una estatua de Antonio Gades en la Plaza de la Catedral (ya sé, ya sé que era ambia culiñán de Castro II) es ganas de enrarecer el paisaje. Alguien tendría que mudarlo al vestíbulo de las FAR o a su departamento en el Ministerio del Interior, y poner en su lugar a Ñico Saquito, al Chori o al manisero de Rita Montaner.

Por cierto, hablando del Castro 2, ahora recuerdo que el 2, primer número primo, es el único número que da el mismo resultado si se suma consigo mismo, si se multiplica por sí mismo o si se eleva a sí mismo. Estoy hablando de Matemáticas, desde luego.

Los sobrinos de Nury, nacidos y criados en Houston, dos pequeños cowboys de 6 y 8 años que hablan en tejano clásico, un idioma muy parecido al inglés, corren enloquecidos por la plaza y el pequeño acaricia a cada perro callejero que se le pone a tiro. Ignora que aquí los chuchos no están desinfectados. En diez días mataperreando en la calle con los chamas del barrio han sacado a flote la melanina de un semestre. Si los dejan un mes serán los primeros cowboys de Buena Vista y los primeros aseres junior de Texas.

En la plaza de san Francisco han plantado una estatua a fray Junípero Serra, fundador de Los Ángeles, San Diego, San Francisco, Sacramento y otras cinco misiones que se convertirían en megalópolis. A eso llamo yo construir sobre la fe. Con el paso del tiempo se convertiría en el apóstol de Sierra Gorda y California.

Lo interesante es que el escultor lo ha representado junto a un efebo aborigen cuya mano derecha, como al descuido, descansa en el pliegue anterior de la sotana. Y no es que uno sea mal pensado, ni que haya maledicencia suelta contra fray Junípero (el amor a los niños de los curas norteamericanos es mucho más reciente), pero más le valdría al escultor haber acompañado al franciscano con un indígena manco.

Descubrimos también que en El Floridita los daiquirís, ni mejores ni peores que en otro sitio, cuestan el triple. Dos CUC por la copa y cuatro por el aire acondicionado. Propina aparte, para retribuir la compañía de Hemingway, muy tieso dentro de su estatua, quien ha terminado siendo, no como sus cuentos, desde luego, pero sí como sus novelas, carne de guía turística.

Antes de acostarme, le echo una ojeada al periódico de hoy, donde en su última reflexión, “Muere el golpe o mueren las constituciones”, Fidel Castro acusa de tibieza a Obama por no invadir Honduras para reponer al presidente depuesto. Y asegura que “Zelaya sabe que estaba en juego no sólo la Constitución de Honduras, sino también el derecho de los pueblos de América Latina a elegir a sus gobernantes”. De modo que si sacan a Zelaya del paro y le devuelven su puesto de trabajo, los cubanos también tendremos derecho a elegir a nuestros gobernantes.

Pero la mejor reflexión tuvo lugar durante una función reciente de cierto grupo humorístico en el Teatro América de La Habana. Mientras la obra encadenaba gags y los personajes se movían por el escenario, uno de los actores permanecía dentro de un ataúd con los ojos abiertos. Al cabo de un rato, como el del ataúd no se movía, otro de los actores se le acercó.

—Oye: ¿tú qué haces ahí?

—¿Yo? —dijo el del ataúd— Reflexionando.

Última función.

(Continuará)

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