Vaticinios

8 08 2001

Si no aprendemos de la Historia, nos vemos obligados a repetirla. Cierto.

Pero si no cambiamos el futuro, nos veremos obligados a soportarlo.

Y eso podría ser peor.

Alvin Toffler

 

“El futuro ya no es lo que era”, dijo un tal Anónimo, y lo repitieron con otras palabras Paul Valery y Arthur Clarke. Puede decirse que el futuro ya no es lo que solía ser aquel 16 de octubre de 1953, cuando el joven abogado Fidel Castro Ruz leyó su alegato de defensa “La historia me absolverá”. Aquel texto nos permite cotejar el dibujo del porvenir que en aquellos días nos ofrecía el protolíder cubano con la realidad a medio siglo de distancia.

Antes de ofrecernos un vaticinio del futuro que se construiría bajo sus órdenes, FC vindicó su derecho a subvertir por la fuerza un orden tiránico. Citaba a tales efectos a las monarquías teocráticas de la antigüedad, a los pensadores de la antigua India, las ciudades estado de Grecia y a la República Romana, a Juan de Salisbury, Santo Tomás de Aquino, Martín Lutero, Felipe Melanchtlon, Calvino, Juan Mariana, los reformadores escoceses y Jorge Buchman, Juan Altusio, Juan Jacobo Rousseau, la Declaración de los Derechos del Hombre (“Cuando una persona se apodere de la soberanía, debe ser condenada a muerte por los hombres libres”) y a Montesquieu, entre otros, con una memoria prodigiosa que le abandonó en 1959, porque desde entonces hasta hoy la más tímida disidencia ha sido objeto de sanciones desmesuradas, tildadas de acciones al servicio de una potencia extranjera (el monopolio del poder trae de ñapa el monopolio de la cubanía). Él mismo lo explica citando en su alegato a Montesquieu: “Así como es necesaria la virtud en una democracia, el honor en una monarquía, hace falta el temor en un Gobierno despótico, en cuanto a la virtud, no es necesaria, y en cuanto a honor, sería peligroso”. Desde aquel instante podíamos empezar a preocuparnos por nuestro futuro, el sitio donde, como dijeran Mike Mc Avennie y Woody Allen, habríamos de pasar el resto de nuestras vidas.

¿Cuál era el futuro de Cuba que proponía aquel abogado? Se resumía en cinco leyes que “serían proclamadas inmediatamente”. La primera “devolvía al pueblo la soberanía y proclamaba la Constitución de 1940 como la verdadera ley suprema del Estado”. La segunda era la Ley de Reforma Agraria que se pondría en marcha. La tercera, otorgaría “a los obreros y empleados el derecho de participar del 30% de las utilidades en todas las grandes empresas”. “La cuarta ley revolucionaria concedía a todos los colonos el derecho a participar del 55% del rendimiento de la caña y cuota mínima de 40 mil arrobas a todos los pequeños colonos que llevasen tres años o más de establecidos”. Y la quinta ley “ordenaba la confiscación de todos los bienes a todos los malversadores de todos los Gobiernos” y a herederos de dineros mal habidos. Cosa que también se puso en práctica. Concluyendo “que la política cubana en América sería de estrecha solidaridad con los pueblos democráticos del continente”, porque “Cuba debía ser baluarte de libertad y no eslabón vergonzoso de despotismo”. De seis, dos. Mal average.

Otros buenos propósitos del joven abogado eran “asegurar a cada trabajador manual e intelectual una existencia decorosa”, así como resolver los ocho problemas: “El problema de la tierra, el problema de la industrialización, el problema de la vivienda, el problema del desempleo, el problema de la educación y el problema de la salud del pueblo; (…) junto con la conquista de las libertades públicas y la democracia política”. En cuanto al problema habitacional, se proponía financiar “la construcción de viviendas en toda la Isla en escala nunca vista, bajo el criterio de que si lo ideal en el campo es que cada familia posea su propia parcela, lo ideal en la ciudad es que cada familia viva en su propia casa o apartamento”. Medio siglo después, el legado es la destrucción de las ciudades “en escala nunca vista”, sólo el pequeño agricultor de 1959 posee la tierra, y aquel joven abogado que citaba los criterios anti latifundistas de la Constitución del 40 es el mayor terrateniente del planeta. Vamos a peor: de ocho, dos, y quizás pecamos de generosos.

“Cuba sique siendo una factoría productora de materia prima”. (…) “el Estado se cruza de brazos y la industrialización espera por las calendas griegas”, decía él por entonces y no parece haber transcurrido medio siglo. Incluso resulta asombroso que desde esa distancia, aquel abogado nos dicte un programa de Gobierno que se ajusta bastante a lo que esperan los cubanos de una transición: “Un Gobierno revolucionario con el respaldo del pueblo y el respeto de la nación, después de limpiar las instituciones de funcionarios venales y corrompidos, procedería inmediatamente a industrializar el país, movilizando todo el capital inactivo que pasa actualmente de mil quinientos millones a través del Banco Nacional y del Banco de Fomento Agrícola e Industrial y sometiendo la magna tarea al estudio, dirección, planificación y realización por técnicos y hombres de absoluta competencia, ajenos por completo a los manejos de la política”. Claro que ya no existen los millones que él heredó y dilapidó graciosamente.

Cierto que algunas cosas han variado: el cubano es hoy un pueblo más instruido, y dispone de índices de atención médica y educacional superiores. El país de inmigrantes se convirtió en país de emigrantes. De estar a la cabeza de América Latina en sus parámetros económicos, se ha trasladado a la cola. Del superávit al déficit. De acreedor a deudor. De conceder ayuda humanitaria, a recibirla. Hasta Malasia y el Vietnam devastado por una de las peores guerras del siglo le otorgan créditos blandos que parecen limosnas. Los gallegos acuden de turistas a la Isla. Los cubanos acuden de braceros a Almería, se asilan en Honduras, se baten con los tiburones del Estrecho para pisar la tierra prometida. Cuba dispone de uno de los mayores ejércitos del mundo con relación a sus habitantes, la moneda nacional es el U.S. dólar, las prostitutas multiplican el salario de los médicos, y los ingenieros sueñan ser camareros al servicio de un patrón catalán, que ahora acuden como bodegueros de alto standing. O mejor, despertarse algún día convertido en extranjero, para poder vivir decorosamente en el Vedado, fundar su propia empresa en Miramar y llevar a los niños de vacaciones a Varadero. O a Santa María, para no ser muy ambiciosos.

Por todo ello, coincido con aquel joven abogado cuando aseguraba en su alegato: “No podréis negarme que el régimen de Gobierno que se le ha impuesto a la nación es indigno de su tradición y de su historia”. Lo que él pronunció como una acusación, se encargó de convertirlo más tarde en vaticinio.

 

La Historia: pendiente de absolución (II) ”; en: Cubaencuentro, Madrid,8 de agosto, 2001. http://www.cubaencuentro.com/opinion/2001/08/08/3488.html.

 





Angola en la desmemoria

3 08 2001

Más de un cuarto de siglo ha transcurrido desde aquel octubre de 1975, cuando en una operación relámpago tropas especiales cubanas atravesaron el Atlántico y cambiaron el destino inmediato de Angola, un país que hasta ese día pocos cubanos conocían. La operación sorprendió a la inteligencia norteamericana, y más aún a las tropas sudafricanas que habían iniciado un paseo triunfal hacia Luanda.

El 10 de noviembre de 1975 la bandera portuguesa sería arriada por última vez, y una frenética carrera hacia Luanda tenía lugar entre el MPLA de Agostinho Neto, la UNITA de Jonas Sabimvi, el fantasmal FNLA de Holden Roberto, y las tropas sudafricanas.

Detenidos en seco por los cubanos, con la cooperación de las FAPLA, brazo armado del MPLA, los sudafricanos contemplaron estupefactos el principio del fin del apartheid, aunque aún no lo supieran.

Hasta enero del siguiente año, los cubanos no leeríamos en la prensa una mención ambigua a la participación de Cuba en esa guerra, aunque ya habían comenzado las movilizaciones que constituirían, a lo largo de 16 años, e involucrando a cientos de miles de soldados y reservistas, la mayor campaña militar cubana fuera de sus fronteras.

Durante 16 años, Cuba mantuvo en Angola un contingente militar de entre 30.000 y 50.000 hombres; al que se sumaron técnicos, médicos, maestros, etc. Salvo una minoría de mandos militares y dirigentes, que hicieron en Angola carrera y fortuna, los “internacionalistas” acudían a África movidos por el altruismo y la generosidad (en el mejor de los casos), o para evitar una mancha en su expediente que truncaría en Cuba toda posibilidad de ascenso.

Tras el acuerdo tripartita de 1988 entre Angola, Sudáfrica y Cuba, que sancionaría la independencia de Namibia según la resolución 435 de las Naciones Unidas; se determinó la evacuación de los soldados cubanos antes del primero de julio de 1991.

Vimos el regreso de los últimos soldados y la repatriación de los cadáveres, algo más de 2.000 en cifras oficiales; muchos más, según fuentes alternativas. Las secuelas de aquella guerra aún son palpables en los veteranos mutilados física o síquicamente, las viudas y los huérfanos. Para ellos no se trató de un ejercicio de “internacionalismo”. Tampoco fue el capítulo africano en la operación a gran escala por el liderazgo en el Tercer Mundo, emprendida por el Comandante en Jefe tras la extenuación de la insurgencia latinoamericana. Para ellos sigue siendo, hoy, la experiencia que marcó para siempre sus vidas, en ocasiones de modo irreversible.

A diez años de la retirada cubana, ¿cuál ha sido el destino de Angola? ¿Qué peso específico tiene en él la Isla?

La primera pregunta tiene una respuesta trágica. En el décimo aniversario de los acuerdos de paz de Bicesse, firmados en Lisboa, y donde Cuba no fue invitada ni como observadora, Angola cumple más de un cuarto de siglo de guerra civil, con un saldo de cuatro millones de desplazados, un millón de muertos, más de un millón de casos de malaria, más de medio millón de seropositivos y 100.000 afectados por la enfermedad del sueño; un 80% de la población infantil desnutrida y escasos 46 años como promedio de vida. Si es vida que, en uno de los países más ricos de África, con enormes recursos petrolíferos, diamantes y pesca, la mitad de la población duerma a la intemperie, el 82% se encuentre por debajo del umbral de pobreza, sólo el 37% disponga de agua potable, y apenas el 16% cuente con servicios mínimos de saneamiento.

Tanto el presidente José Eduardo dos Santos, democráticamente electo, y que desestimó un futuro socialista para Angola, como Jonas Sabimvi, quien no aceptó su derrota electoral y retomó las armas, reiteran ahora su disposición de reanudar conversaciones de paz. Una disposición más bien retórica, que no descarta el mantenimiento de sus ofensivas militares.

La UNITA, apoyada por Zambia, Burkina Faso, Togo, Ruanda, Uganda, ciertos círculos nostálgicos de África del Sur y los rebeldes del antiguo Zaire —aliados que “no quieren que Angola se convierta en un régimen imperialista en esta parte de África”, según Rui Oliveira, portavoz de UNITA—, ha pasado de controlar las provincias de Cuando-Cubango, Moxico, Bié y las Lundas, donde se encuentras las minas de diamantes, su gran fuente de financiación, a repartirse por todas las áreas rurales, donde desarrolla una estrategia de guerrillas y domina las comunicaciones, incluso las aéreas, hasta el punto de interrumpir el Programa Alimentario Mundial, tras el derribo de dos aviones de la ONU. Acusan al gobierno de practicar ofensivas a gran escala y masacrar a las poblaciones civiles de las áreas controladas por ellos.

Eduardo dos Santos, a su vez, plantea como condiciones básicas para el diálogo, el alto al fuego, el desarme de la guerrilla, el reconocimiento de los acuerdos de paz y el respeto a las leyes e instituciones del Estado, descartando la suspensión de las ofensivas gubernamentales, mientras ocurran sucesos como la matanza reciente de 200 civiles en Caxito y el secuestro de 60 niños, caso denunciado también por Ibrahim Gambari, secretario general adjunto de la ONU para los asuntos africanos, quien ha advertido a UNITA que “no se justifica hacer rehenes como medio de alcanzar objetivos políticos”.

La segunda pregunta, ¿qué peso específico tiene Cuba en el presente y el futuro de Angola?, es muy fácil de responder: ninguno. Portugal, antigua metrópoli; Rusia, suministrador de armas a Luanda; Estados Unidos y Francia, cuyas trasnacionales explotan las reservas petrolíferas de Angola; así como los aliados regionales de ambos bandos, son los elementos que podrían inducir a un acuerdo y el cese de una guerra tan trágica como olvidada por la comunidad internacional. La ONU afirma ahora que adoptará nuevas medidas para buscar la paz en Angola. Y el presidente George W. Bush ha afirmado que no apoyará incondicionalmente al gobierno angolano a pesar de sus concesiones de petróleo, y en carta a dos Santos ha exigido “la búsqueda de una solución pacífica para el conflicto que paraliza el pleno desarrollo de las inmensas riquezas y el potencial de su país y de su pueblo”, lo que explica el retorno a la retórica del diálogo. ¿Será posible la paz a corto plazo en ese opulento y miserable país que un día fue noticia para los cubanos? No hay indicios serios que permitan afirmarlo.

Cuando estuve en Angola en 1985, un humilde estibador de los muelles de Luanda, me confesó para mi perplejidad: “Cuando los portugueses estábamos mejor”. Yo atribuí la frase a su ignorancia. Dieciséis años después, cuando de Cuba sólo quedan en Angola recuerdos difusos y los huesos de muchos compatriotas abonando una tierra martirizada, empiezo a creer que el ignorante era yo.

 

Angola en la desmemoria”; en: Cubaencuentro, Madrid,3 de agosto, 2001. http://www.cubaencuentro.com/internacional/2001/08/03/3409.html.

 





La historia: pendiente de absolución

2 08 2001

A propósito de los recientes festejos por el 26 de julio, he releído el texto del alegato de defensa de Fidel Castro Ruz, conocido como “La historia me absolverá”—título heredado de Adolf Hitler—, 25.241 palabras pronunciadas el16 de octubre de 1953, y he intentado cotejar el dibujo que de aquellos días nos ofrecía el protolíder cubano, su diseño de porvenir para la Isla, con la realidad que tiene lugar medio siglo más tarde, gracias, en buena medida, a su intervención.

Según FC, la dictadura en curso de Fulgencio Batista había significado para Cuba un retroceso de 20 años, y “arruinado al país con la conmoción, la ineptitud y la zozobra se dedica a la más repugnante politiquería, inventando fórmulas y más fórmulas de perpetuarse en el poder”. Y esa dictadura llegó cuando acababa “de cumplir cincuenta años la República que tantas vidas costó para la libertad, el respeto y la felicidad de todos los cubanos”, porque “nacimos en un país libre que nos legaron nuestros padres”. De modo que todavía no era la seudorrepública que más tarde nos enseñaron en la escuela, sino una forma de organización socio-política que su posterior sepulturero definía de la siguiente manera:

“Había una vez una República. Tenía su Constitución, sus Leyes, sus Libertades; Presidente, Congreso, Tribunales; todo el mundo podía reunirse, asociarse, hablar y escribir con entera libertad. El Gobierno no satisfacía al pueblo pero el pueblo podía cambiarlo y ya sólo faltaban unos días para hacerlo. Existía una opinión pública respetada y acatada y todos los problemas de interés colectivo eran discutidos libremente. Había partidos políticos, horas doctrinales de radio, programas polémicos de televisión, actos públicos y en el pueblo palpitaba el entusiasmo. Este pueblo había sufrido mucho y si no era feliz, deseaba serlo y tenía derecho a ello. Lo habían engañado muchas veces y miraba el pasado con verdadero terror. Creía ciegamente que éste no podría volver; estaba orgulloso de su amor a la libertad y vivía engreído de que ella sería respetada como cosa sagrada: sentía una noble confianza en la seguridad de que nadie se atrevería a cometer el crimen de atentar contra sus instituciones democráticas. Deseaba un cambio, una mejora, un avance, y lo veía cerca. Toda su esperanza estaba en el futuro”.

Si llega a escribirlo hoy un periodista independiente, estaría cumpliendo condena de 25 años (sin amnistía).

Por entonces la Constitución del 40, que FC defiende con fervor en su alegato, había sido sustituida por unos estatutos a la medida del nuevo amo, y que entrañaban una contradicción: aunque se reconocía que “La soberanía reside en el pueblo y de éste emanan todos los poderes” (Art. 118), se añadía que “El presidente de la República será designado por el Consejo de Ministros” y que a su vez “Corresponde al presidente nombrar y remover libremente a los ministros, sustituyéndolos en las oportunidades que proceda”, de modo que se eligieron entre ellos, y, a su vez, se atribuyeron el derecho a modificar la constitución. Un procedimiento cuyas virtudes tuvo tiempo de reconsiderar en los años siguientes, para ponerlo en práctica, corregido y mejorado, tan pronto asumió el mando de la Isla, hasta el punto de gobernar casi 20 años sin constitución alguna, hacerse una a medida para los 30 siguientes, y olvidar que, según él mismo dijo en su alegato, “es un principio elemental de Derecho Público que no existe la constitucionalidad allí donde el Poder Constituyente y el Poder Legislativo residen en el mismo organismo. Si el Consejo de Ministros hace las leyes, los decretos, los reglamentos y al mismo tiempo tiene facultad de modificar la Constitución en diez minutos, ¡maldita la falta que nos hace un Tribunal de Garantías Constitucionales!”.(Y ¡maldita la falta que nos hace una Asamblea Nacional del Poder Popular que jamás ha votado en contra!, digo yo). Obviando también, una vez ocupado el trono, que “El que tratare de impedir o estorbar la celebración de elecciones generales, incurrirá en una sanción de privación de libertad de cuatro a ocho años”, cosa que recordó a sus jueces.

FC hablaba en su alegato en nombre de los cubanos humildes, a quienes describía pormenorizadamente. Empezando por los soldados, a quienes se prohibía “conversar con cualquier ciudadano de la oposición, es decir, el 99% del pueblo … ? ¡Qué desconfianza …! ¡Ni a las vírgenes vestales de Roma se les impuso semejante regla!”. Las casitas que les habían prometido no pasaban de 300 en toda la Isla, cuando “con lo gastado en tanques, cañones y armas había para fabricarle una casa a cada alistado”. Recuerda “a los seiscientos mil cubanos que están sin trabajo deseando ganarse el pan honradamente sin tener que emigrar de su patria en busca de sustento” (y ya los emigrantes van por dos millones). “A los cuatrocientos mil obreros industriales y braceros cuyos retiros, todos, están desfalcados, cuyas conquistas les están arrebatando, cuyas viviendas son las infernales habitaciones de las cuarterías, cuyos salarios pasan de las manos del patrón a las del garrotero” (valga hoy la redundancia). Recuerda a los agricultores que trabajan una tierra que no es suya y “que no pueden amarla, ni mejorarla, ni embellecerla, plantar un cedro o un naranjo”. Habla en nombre de “los treinta mil maestros y profesores tan abnegados, sacrificados y necesarios al destino mejor de las futuras generaciones y que tan mal se les trata y se les paga; a los veinte mil pequeños comerciantes abrumados de deudas, arruinados por las crisis y rematados por una plaga de funcionarios filibusteros y venales, a los diez mil profesionales jóvenes (…) que salen de las aulas con sus títulos, deseosos de lucha y llenos de esperanza, para encontrarse en un callejón sin salida, cerradas todas las puertas, sordas al clamor y a la súplica”. Y a los maestros les promete entre 200 y 350 pesos (dólares al cambio de entonces) mensuales, es decir, que hoy deberían ganar entre 4.400 y 7.700 pesos, para que no vivan “asediados por toda clase de mezquinas privaciones”. Más el uso gratuito del transporte a los maestros rurales, años sabáticos, etc. “¿De dónde sacar el dinero necesario?”, se preguntaba FC en su alegato. Y respondía: “Cuando no lo roben, cuando no haya funcionarios venales que se dejen sobornar por las grandes empresas con detrimento del fisco, cuando los inmensos recursos de la nación estén movilizados y se dejen de comprar tanques, bombarderos y cañones en este país sin fronteras, sólo para guerrear contra el pueblo, y se le quiera educar en vez de matar, entonces habrá dinero de sobra”. Lo dijo él, que conste.

Pero FC es aún más contundente al avizorar el futuro describiendo el presente, cuando nos habla de que “cuatrocientas mil familias del campo y de la ciudad viven hacinadas en barracones, cuarterías y solares sin las más elementales condiciones de higiene y salud”; o de que “Cuba podría albergar espléndidamente una población tres veces mayor, no hay razón pues para que exista miseria entre sus actuales habitantes. Los mercados debieran estar abarrotados de productos; las despensas de las casas debieran estar llenas; todos los brazos podrían estar produciendo laboriosamente. No, eso no es inconcebible. Lo inconcebible es que haya hombres que se acuesten con hambre mientras quede una pulgada de tierra sin sembrar”. Para concluir que los niños “habrán oído diez millones de discursos, y morirán al fin de miseria y decepción”. Lamentablemente, citando al mismo, para los cubanos se mantiene invariable que sus “caminos de angustia están empedrados de engaños y falsas promesas”.

La Historia: pendiente de absolución”; en: Cubaencuentro, Madrid,2 de agosto, 2001. http://www.cubaencuentro.com/opinion/2001/08/02/3393.html.





Siempre es 26

30 07 2001

Ya lo había anunciado el máximo líder, cuando vaticinó 1.200.000 cubanos congregados el 26 de julio. Y, qué poder de predicción, señores televidentes, pudimos contemplarlos por la CNN, desfilando junto al mar para rememorar el asalto a un cuartel de Santiago, y exigir la devolución de cinco patrióticos espías a su verdadero padre. Ello demuestra la sintonía entre los deseos del líder y la espontaneidad de los cubanos. Claro que no podían menos ante una fecha de resonancias universales: mencionada en la televisión de Nigeria, y celebrada en el restaurante Havana Club, con asistencia del cuerpo diplomático acreditado en Ulan Bator, Mongolia.

Mientras veía las imágenes del desfile en La Habana, que “amaneció inundada de pueblo y vestida de los colores rojo y negro”, e “hizo retumbar las calles”, según Granma; escuchaba en mi memoria la inolvidable voz de Omara Portuondo repitiendo el estribillo “Siempre es 26” —toda consigna es un estribillo redactado por compositores políticos, razón por la que sus montunos son tan aburridos—. ¿Qué intentaba anunciarnos la conocida frase, además de que se derogaba el calendario gregoriano?

La interpretación popular y festiva celebra un día de asueto. Algunos claman por un calendario lleno de 26, para disfrutar de un festivo eterno, y otros dictaminan que en Cuba, dado el contrato social —el Estado se hace el que paga y los empleados se hacen los que trabajan—, siempre es 26.

En la interpretación oficial, se trata del “Día de la Rebeldía Nacional”, cuando tuvo lugar el primer episodio de la serie que concedería el poder perpetuo a un hasta entonces desconocido abogado: Fidel Castro Ruz. La denominación de origen extiende el suceso a todo el pueblo cubano. Una extrapolación sancionada por el triunfo posterior, y la necesidad que tiene todo nuevo orden de crear su propia mitología, e incluso su propia cronología. Antes de 1959. Después de 1959. Y así travestir sus hitos en hitos de la Patria Toda. La “rebeldía nacional” comenzó en 1953. Las guerras de independencia fueron apenas sus preámbulos.

Claro que “siempre es 26” podría tener otros significados. Seguramente no es un homenaje a Santa Ana, la abuela de Jesucristo, mencionada por primera vez por San Epifanio. Ni a Santa Ana María Taigi, mujer de paciencia invicta. Tampoco hará referencia al día de la independencia de Liberia, a la muerte de Jaime I, el Conquistador, el nacimiento de Bernard Shaw, Antonio Machado, Jung, André Maurois, Adous Huxley, Satanley Kubrick o Mick Jagger; el aniversario de la promulgación en el Reich de una ley de esterilización para mejorar la raza humana, la creación de la CIA en 1947, la muerte de Eva Perón o el estreno de Parsifal de Wagner en Bayreuth.

Dudo que el slogan sea un homenaje a los carnavales que se celebraban en Santiago aquel 26 de julio de 1953. “Siempre es carnaval” carece de la solemnidad que necesitan los gobernantes de facto para sacralizar lo que no ha sido sancionado por la libre voluntad del pueblo. El monarca que se instaura apelando a méritos históricos, requiere un andamiaje propagandístico, una mitología más espesa, que el monarca tradicional, a quien basta el pedigrí de su hemoglobina.

Aunque si acudimos a la etimología del carnaval, palabra que procede del latín carnem levare (quitar la carne) podría decirse que celebramos el día en que nos quitaron la carne. Siempre es 26. Lo de carrus navalis es otro asunto etimológico en discusión, yen 1953 faltaban tres años y pico para que zarpara el Granma, el mayor barco o carrus navalis de la historia, en palabras de Pepito. Si recordamos que el carnaval es subversión, travestismo, retorno al caos primigenio, cuando nada es lo que parece y la verdad se enmascara; muñecones, disfraces, caretas, comparsas y carrozas con mucho papel de colores que se deshace al primer aguacero, entonces podría decirse que siempre es 26. Así, por el llamado “Protestódromo” del Malecón, émulo sin gracia del Sambódromo de Río, desfiló el pasado 26 la mayor comparsa, encabezada por el abuelo del Ayatolá Pérez Roque, y el nieto del Ayatolá Khomeini, el tal Hojjatoleslam Hajj Seyed Hassan Khomeini. Del Coranjo la comparsa. Durante todo el año se nos presentan chirigotas redondas en la tele. Desfile de muñecones en la antigua Plaza Cívica, disfrazada a su vez de Plaza de la Revolución. Un niño náufrago convertido en mascota política. Unos patriotas que parecen espías, y pasan por poetas (de libro édito y todo). Un millón de católicos habaneros que pasean como protestantes frente a la Oficina de Intereses norteamericana. Un embargo disfrazado de bloqueo, que inhibe el crecimiento de la malanga y aborta la parición del aguacate. Y una democracia tan bien disfrazada de dictadura que ni se le nota. Siempre es 26.

Pero no, porque el carnaval es la libertad controlada y temporal de subvertir el orden establecido e irse de lengua suelta contra los poderosos, y en Cuba ya se sabe que la ley contiene rigurosamente esos excesos.

Pero existen otras interpretaciones. FC reconocía en su alegato de 1953, La historia me absolverá, que el plan de ataque al Moncada “fue trazado por un grupo de jóvenes ninguno de los cuales tenía experiencia militar”, además de sobreestimar su propia voluntad y pasar por alto la realidad objetiva. De ahí los extravíos, descoordinación y la consiguiente derrota. Porque lo que se celebra en esta fecha es una derrota. Si hilamos la compra de barredoras de nieve, el Cordón de la Habana, el Plan Lechero que desembocó en el status actual de la vaca en Cuba como especie protegida; aquel café caturra de aciaga memoria; la Zafra de los 10 millones cuyo único resultado feliz son los Van Van, las fábricas a medio hacer por toda la Isla, el descalabro de producciones tradicionales, el ínfimo rendimiento y la escasez crónica; concluiremos que, efectivamente, siempre es 26. Sólo que la derrota de un centenar durante un día, se ha ampliado a once millones durante medio siglo.

Pero no sólo fue una derrota. Fue una masacre. A los, quizás, 32 muertos en combate por la parte rebelde, y 22 soldados, se sumaron otros 50 o más asesinados. Los próximos 48 años presenciarían miles de fusilamientos; decenas de miles de muertos en combates cercanos y lejanos: ahorcados en Manicaragua, ametrallados en Adis Abeba, degollados en Ahaggar, devorados vivos en las márgenes del Okavango; otras decenas de miles intentando huir a través del campo minado que rodea la Base Naval de Guantánamo, o a través del Estrecho minado de tiburones y corrientes traicioneras, que rodea la Base Naval de Cuba; tiroteados, hundidos a golpes de proa, cayendo de los trenes de aterrizaje en aeropuertos helados: náufragos del naufragio que es la Isla. Siempre es 26, corean las viudas y los huérfanos.

Claro que el 26 de julio se celebra también la presentación política en sociedad del abogado Fidel Castro Ruz, quien no desaprovechó la ocasión de convertir su derrota militar en una operación de marketing con un rating de mártires. Desde el Moncada a la Sierra, las guerrillas latinoamericanas, Angola y Etiopía, hasta cumbres y cónclaves internacionales surtidos, la felicidad de los cubanos ha sido la moneda que ha sufragado al contado, sin plazos ni moratorias, la mayor operación de marketing político montada por líder alguno, la elevación del ego personal al rango de primera prioridad de una nación, rehén de la vanidad y la soberbia.

Efectivamente, Omara, siempre es 26, y por muchas razones.

 

¿Siempre es 26? ”; en: Cubaencuentro, Madrid,30 de julio, 2001. http://www.cubaencuentro.com/sociedad/2001/07/30/3329.html.

 





¿Un mártir de Globalia?

24 07 2001

Los mártires suelen ser de gran utilidad. Incluso los mártires involuntarios. Claro que en el caso de Carlo Giuliani, natural de Roma y residente en Génova, habría que reflexionar si se trataba de una persona que “murió o padeció mucho en defensa de sus creencias, convicciones o causas”, lo que a juicio del Diccionario de la Real Academia define a un mártir. Según denuncian las fotos, el video ampliamente divulgado y los testigos, el suceso tuvo lugar cuando un vehículo de los Carabineros, aislado y con escasa posibilidad de maniobra en la plaza de Alimonda, un área cercana a la Zona Roja (donde se efectuaba la reunión de los más poderosos del  mundo), fue atacado por  varios manifestantes, de los cientos de miles que en Génova han intentado boicotear  la cumbre del G8, la cara más visible de la globalización. Contra el vehículo se lanzaban tablones. piedras y extintores, cuando un carabinero (¿herido y con objeto de defenderse, como dicen fuentes oficiales italianas, o simplemente un soldado de reemplazo de 20 años y aterrado?) efectuó contra el joven dos disparos desde el vehículo, a una distancia de cinco metros. Tras los intentos de reanimación, se certificó la muerte, sin conocerse aún su nombre o nacionalidad, dado que no portaba documentos. Horas más tarde se dio a conocer que Giuliani tenía antecedentes penales por resistencia y ultraje a la autoridad, de lo cual algunos medios de prensa han deducido que si bien se lamenta su muerte, por otra parte “él se lo buscó”.

¿Mártir o gamberro? ¿Se lo buscó o lo encontró? Antes habría que responder a otras preguntas.

Seattle, Praga, Québec, etc, han establecido una tradición: donde haya cumbre, habrá manifestaciones de protesta. El movimiento antiglobalización, ese enorme saco donde caben ecologistas, indigenistas, sindicalistas, las mil y una facciones de la izquierda, junto a movimientos reivindicativos de casi todo y ONGs de espectro multicolor, acude a estas citas en busca de un espacio  donde disentir del discurso imperante, bastante monocorde y repetitivo en los medios de prensa. Un discurso que santifica como verdades teologales la democracia representativa, el libre mercado  y los derechos humanos. Difícilmente encontremos en esos miles de manifestantes un puñado que difiera esencialmente de la carta de los derechos humanos. Difícilmente encontremos otro (o el mismo) puñado que defienda un modelo de sociedad totalitaria, que impediría, en primer lugar, sus propias manifestaciones –el G8 debería contemplar a Cuba, Libia, Irak o China como posibles anfitriones de sus próximas cumbres–. De modo que la gran fuente de conflicto es la globalización del mercado, y la percepción de que la libertad del capital se produce a costa de la libertad y la prosperidad de los seres humanos.

La Gran Muralla, las legiones romanas o la muralla de agua que es el Atlántico, no detuvieron en su día las expansiones de pueblos completos, los drásticos virajes de la historia, por dos sencillas razones: respondían a estímulos poderosos, y suplantaban fórmulas extenuadas, o incapaces de perpetuarse. Del mismo modo, sería ilusorio pensar que la globalización es reversible; cuando ni siquiera es algo nuevo, sino el (por ahora) último capítulo de la larga saga que iniciaron los primeros homínidos con sus migraciones.

Mi divergencia con algunos ideólogos neoliberales al uso (que posiblemente coincida con la de muchos manifestantes de Génova) es que inexorable no significa perfecta. Hasta hoy, el mercado ha demostrado una enorme vitalidad en el fomento económico, las revoluciones tecnológicas y en su propia internacionalización. Y a la sombra de la prosperidad y la rentabilidad, se han cobijado tradicionalmente las artes y las ciencias, las garantías sociales y otros rubros tan “improductivos” como imprescindibles.  Pero el mercado no tiene moral. Ni falta que le hace. Los hombres sí. Y falta que nos hace. No se calcula la rentabilidad de los derechos humanos, la tasa de reinversión de la democracia, o la plusvalía de la solidaridad; aunque algunos lo hayan intentado. Por eso no es raro que muchos aboguemos por una globalización con rostro humano, no “contra” las leyes del mercado, sino “paralelamente” a las leyes del mercado. Es de sentido empresarial producir con la máxima rentabilidad; pero es de sentido común hacerlo sin envenenar el planeta. Que se muden al sudeste asiático las fábricas, es obra del mercado. Que esos obreros vean cada día más dignificado su trabajo, o que los beneficios de esa actividad tengan un por ciento de reinversión social, es obra de la moral. Como la reducción gradual, pero efectiva, de la distancia que separa a ricos y pobres, y que es, estratégicamente, una garantía para las propias naciones desarrolladas. No hay muralla que detenga la esperanza, y el hambre ha sido siempre más lista que los aduaneros. Es tan absurdo defender la libre migración del capital, pretendiendo al mismo tiempo la resignada inmovilidad de las personas, como su contrario.

Por eso no es raro que el propio presidente francés, Jacques Chirac  haya  dicho que «si 150.000 personas salen a la calle, habrá que escucharlas». O que su ministro delegado de Sanidad, Bernard Kouchner,  anuncie » un verdadero mayo del 68 mundial».  O que 180 países, con la notable y bochornosa excepción de Estados Unidos, despejen en Bonn el camino para ratificar el Protocolo de Kioto que regulará las emisiones gaseosas causantes del efecto invernadero. ¿Significa eso que ya está en marcha esa globalización alternativa? En lo absoluto. Un ejemplo es el recién creado Fondo Mundial para la Salud, 1,300 millones de dólares destinados a luchar contra el SIDA o la malaria en los países más pobres,  apenas la quinta parte de lo que ha pedido el secretario general de la ONU, Kofi Anan.

Pretender la derogación del mercado es tan absurdo como admitir la dictadura del mercado. Ese ha sido, en lo esencial, el propósito de los manifestantes desde que se abriera la “Era Seattle”. Desde el silencio o el grito, a la protesta festiva, o la presión numérica que convoca la reflexión de toda la sociedad. Por el contrario, los grupos violentos que actúan en cada cita con agresividad creciente, son lo más parecido a lo que según ellos combaten: los ideólogos que defienden el imperio feroz y automático del capital. Ambos persiguen sus fines sin importar el rastro de desolación que dejan a su paso. Y si unos se escudan tras la libertad de mercado; los otros se escudan tras la libertad de expresión que revindican con razón el resto de los manifestantes. Y lo peor: se escudan tras sus cuerpos. Según declaraciones de muchos manifestantes, su máxima preocupación no era detectar por dónde aparecería la policía, sino por dónde aparecerían los militantes del llamado “bloque negro”, dispuestos a repartir equitativamente entre todos los presentes, la represión que se les venía encima tras quemar un automóvil o destrozar un comercio. Por eso ya muchos nos preguntamos ¿quiénes son estos violentos? ¿Son manifestantes contra la globalización? ¿O son en realidad elementos marginales, gamberros e infiltrados, cuyo propósito no es otro que conceder a  los carabineros la excusa perfecta para disolver a garrotazos las legítimas y pacíficas protestas de los otros? ¿Su violencia es sufragada por sus ideales, o por alguna nómina más o menos secreta? Son preguntas que deberíamos respondernos antes de saber  si Carlo Guiliani fue mártir o gamberro, si  se lo buscó o lo encontró.

Por ahora sólo sabemos que la reconstrucción de Génova costará más de diez millones de dólares, que en la cárcel hay más de 200 manifestantes, y en los hospitales más de 600 heridos. Sabemos que Carlo Giuliani era un joven de 23 años que (¿violento o aterrado?) se disponía a disparar un extintor de diez kilos contra un vehículo policial, cuando tuvo la mala suerte de encontrarse con otro joven, de veinte años, quien  (¿violento o aterrado?) le disparó a la frente unos gramos de plomo, convirtiéndolo en la primera víctima de Globalia. Aunque aún no sabemos si fue un mártir. Y ni siquiera sabemos de qué bando.

¿Un mártir de Globalia?“; en: Cubaencuentro, Madrid, 24-07-2001. http://www.cubaencuentro.com/internacional/2001/07/24/3213.html





Interpretaciones y silencios

17 07 2001

No sin cierto asombro, he leído en el diario Juventud Rebelde dos artículos de la periodista Elsa Claro directamente enfilados contra el Tribunal Internacional de La Haya a propósito del proceso a Slobodan Milosevic y la entrega de generales croatas para su procesamiento.

No es que me asombre la postura de La Habana en defensa de Milosevic, enemigo de Occidente, y ya se sabe que los enemigos de mis enemigos. Los diarios cubanos fueron los únicos del planeta en no ofrecer noticias sobre la limpieza étnica en Kosovo, aunque sí sobre los estragos causados por los bombardeos de la OTAN. Para conocer la política del gobierno cubano sobre cualquier asunto, basta tomar nota de sus silencios.

Tampoco me extraña el pronunciamiento en contra de la entrega de generales croatas, tradicionales enemigos del amado Slobodan; porque en este caso se trata de negar la legitimidad del Tribunal Internacional de La Haya. Lo que me maravilla son los argumentos de la periodista cubana.

En su defensa de Milosevic, a quien da como condenado antes de ser juzgado (quizás no logra deshacerse del procesamiento típico de los disidentes en La Habana, condenados incluso antes de ser apresados), alega que 200 intelectuales se han pronunciado a su favor —sin extenderse más sobre la catadura de los tales—, y que “fue con Milosevic con quien se logró la precaria paz para Bosnia o que fue elegido en comicios multipartidistas”, ocultando que fue él quien promovió cuatro guerras en diez años (“como cualquiera en su posición defendió el territorio bajo su competencia”, afirma al respecto), decretó limpiezas étnicas y asoló el país. Debería recordar la especialista en asuntos internacionales que la paz para Bosnia se obtuvo “a pesar de Milosevic” y gracias a la intervención internacional. Lo de ser elegido en comicios multipartidistas (esa “farsa democrática”) debería ser un demérito a los ojos de las autoridades cubanas, que defienden la pluralidad del monopartidismo y un modelo de “democracia participativa” donde los deseos de once millones son interpretados telepáticamente por uno solo. Olvida también la periodista que en las últimas elecciones el Zar Slobodan no aceptó su derrota y fue necesaria la insurrección de las masas para echarlo a patadas del puesto.

Creo que habría sido más saludable para la naciente democracia serbia juzgar primero a Milosevic in situ por los delitos económicos que allí se le imputan. Delitos cuya prueba encontramos en La Haya, donde los abogados del ex-presidente ofrecen 250 millones de marcos como fianza, algo que la prensa cubana escamotea para evitar que el ciudadano común se pregunte ¿cuánto gana al mes un presidente serbio? Pero mi criterio al respecto se rige por consideraciones tácticas, no estratégicas: reafirmaría la solvencia moral del nuevo gobierno y ofrecería una mejor imagen de independencia de criterio. Algo que debería haber evaluado Estados Unidos antes de ejercer presión para la entrega inmediata del ex-presidente. Claro que también comprendo, y en gran medida admiro, la difícil decisión del ejecutivo serbio, que ha optado por asimilar las presiones, algo políticamente irrentable, en aras de obtener una ayuda rápida para la reconstrucción del país que fuera el más próspero de Europa Oriental y es hoy una nación en ruinas. A causa de los bombardeos, pero también a causa de diez años de matanzas decretadas por Milosevic, el ideólogo fascistoide de la Gran Serbia. Claro que este argumento es incomprensible en La Habana, donde el bienestar de los ciudadanos es una consideración marginal.

En lo estratégico, tanto los autores de las matanzas en Ruanda, el ex-dictador chileno, los responsables de la tragedia balcánica, y tantos otros que no menciono por no hacer interminable la lista, merecen un banquillo en La Haya, como en su día lo merecieron los encausados de Núremberg (¿o aquellos eran también víctimas del Imperialismo?).

En su interpretación de la entrega de generales croatas es aún más curiosa la postura de la periodista. Si bien reconoce (los croatas no son tan amigos como los serbios) “que hubo crímenes y que alrededor de 150.000 serbios perecieron, mientras una cifra superior fue desplazada”, alega que los croatas ven a esos generales “como actores notables de algo justo”, es más, son, según ella, “ídolos” que se le escamotean al pueblo —cosa que, de ser cierta, nos llevaría a cuestionar el estado mental de los croatas.

La moraleja es que no importan los crímenes, sino la autoridad de quien los juzga. Una autoridad puesta en duda, hasta tanto La Haya no demuestre su solvencia juzgando a los enemigos de Fidel Castro. Pero la moraleja esconde un temor más hondo y solidario: el de algunos jerarcas cubanos a ser ellos mañana quienes se sienten en el mismo banquillo.

Es cierto que distamos mucho de una justicia sin fronteras, una justicia verdaderamente internacional e imparcial que haga pensar dos veces a los dictadores y genocidas de turno antes de decretar la barbarie. Es cierto que los mandatarios de países poderosos son virtualmente impunes —China, Estados Unidos o Rusia son casos paradigmáticos—y que, posiblemente, los genocidas de Vietnam, los invasores del Tibet y los carniceros de Chechenia no se sentarán jamás en otro banquillo que el del portal de su casa. Es cierto que algunos crímenes son pasados (in)explicablemente por alto —Afganistán, Israel, El Congo, Angola—. Es cierto que muchos políticos, incluyendo al mandatario cubano, hacen suya la frase de Dulles al referirse a Somoza, catalogándolo como “un hijo de puta”, pero matizando que era “nuestro hijo de puta”. La izquierda y la derecha, desde Stalin y Hitler a la fecha, han tenido y tienen sus propios hijos de puta, cuyos crímenes son apenas excesos de celo en el cumplimiento de su misión histórica.

Ahora bien, el signo esperanzador de nuestros días es que ya el contubernio con los hijos de puta predilectos no se produce abiertamente, por temor a la opinión pública; que el todopoderoso Pinochet tenga que hacerse el viejo loco para eludir a la justicia; que haya asesinos extraditados y juzgados por la comunidad internacional; pero, sobre todo, que la noción de impunidad política empieza a disolverse. Y que cuando se trata de violaciones sistemáticas de los derechos humanos ya la humanidad no está dispuesta a conformarse con la vieja noción de que cada país es una finca particular sometida a los caprichos y tropelías del capataz de turno. Y quizás sea eso, precisamente, lo que irrita al mayoral de La Habana, quien, al igual que los generales croatas, considera su éxito militar un indulto perpetuo. De ahí que reivindique su propiedad sobre las vidas y haciendas de los cubanos y el antiguo derecho de pernada.

 

Interpretaciones y silencios”; en: Cubaencuentro, Madrid,17 de julio, 2001. http://www.cubaencuentro.com/meridiano/2001/07/17/3107.html.

 





Pleno salario: una utopía imposible

13 07 2001

Durante decenios, las autoridades cubanas se jactaron de que el ciudadano de la Isla disfrutaba de “pleno empleo”, una utopía irrealizable, aun en las sociedades más prósperas, donde un 5% de desempleo se considera una cifra deseable. Existen excepciones, claro está, países como Japón que han disfrutado durante años de pleno empleo, pero la norma de la economía de mercado es que funciona correctamente con un margen de desempleo, listo para la recirculación de la mano de obra.

En los países subdesarrollados, el desempleo se traduce en cero garantías de vida, supervivencia más que precaria, incursión en la delincuencia y marginación. Por lo general, En los desarrollados, el desempleado recibe apoyos para reciclarse y reingresar en el mercado laboral, un subsidio que dignifica en cierta medida su supervivencia, y diversas garantías sociales que hacen menos desesperado su status de exclusión. Pero en casi todos los casos, el desempleado suma a la falta de ingresos la noción de fracaso personal al sentirse excretado del sistema productivo del que hasta ayer formara parte. Claro que hay que matizar. Existe un desempleado crónico que disfruta la picaresca de vivir al amparo del presupuesto, mientras, de hecho, se emplea en el mercado negro de trabajo. Y el desempleado selectivo, que aprovecha la paciencia familiar y la indulgencia del sistema para rechazar trabajos que considera “indignos”, y aguarda con toda calma su exitosa inserción en el puesto laboral que a su juicio “merece”.

En el caso de Cuba, la ficción del “pleno empleo” llegó a ser tan poderosa que se dictó una “Ley contra la Vagancia” que sancionaba con penas de prisión a quienes no constaran en la nómina del Estado. La medida tenía como objetivo reforzar la extirpación, ya practicada, de toda la economía privada. No bastaba expropiar hasta el más pequeño negocio particular. Había que declarar ilegales a quienes no se enrolaran a las órdenes del Estado-patrón, único empleador aceptable. Pero, ¿en realidad existió alguna vez pleno empleo? En el artículo de Luis Jesús González, “Pleno empleo: una utopía posible”, publicado por el diario Trabajadores, se reconoce que en los 80 se inflaron “plantillas a costa del presupuesto”. En realidad, esa fue la tónica desde finales de los 60: al pasar a ser propiedad estatal, las empresas que habían operado eficientemente con cierto número de trabajadores, multiplicaron su plantilla, y desembolsaron salarios alegremente sin una contrapartida en la rentabilidad. Al no haber una respuesta adecuada en la oferta de productos, en breve la inflación dio el golpe de gracia a la desarticulación de la economía. Los 80, gracias al carácter de economía subsidiada, ocultaron en parte ese divorcio entre la retribución y la realidad.

Los 90 borraron el espejismo. En el mismo artículo, su autor reconoce que la población desempleada ascendió hasta cerca del millón de personas, es decir, un tercio de la población activa, despedida en la mayoría de los casos con un 60% de su salario como subsidio. Puede parecer generoso, pero si tomamos en cuenta que la inflación llegó a hacer equivaler el salario medio del cubano a menos de dos dólares norteamericanos, vemos que se trata de otro espejismo. Luis Jesús González, al referirse a “la mayor crisis económica de nuestra historia”, lo explica con bastante claridad: “La caída del poder adquisitivo real del salario provocó el éxodo de fuerza de trabajo calificada hacia el trabajo por cuenta propia o a la llamada economía emergente. En la última década del siglo XX la fuerza laboral empleada en el sector estatal se redujo en 15 por ciento”. Y concluye con un vaticinio optimista: gracias al saneamiento financiero, la “voluntad política” de la Revolución y “la sostenida recuperación económica”, “materializar la ocupación plena de cada ciudadano no es hoy una utopía”. Y conseguir esta utopía no será obra de la apertura a la iniciativa y el autoempleo, la descentralización y la estimulación al provechoso ejercicio de la iniciativa, sino, de nuevo, tarea del Estado, que ha creado 39.000 puestos de trabajo en los últimos cuatro años, y prevé un crecimiento sostenible en los servicios y la esfera no productiva, aunque “aspirar a grandes inversiones industriales en la actualidad sería un espejismo”.

La crisis de los 90 obligó al gobierno cubano a una leve apertura, con el subsiguiente florecimiento de los “cuentapropistas”. No sólo se evitó con ello una drástica fractura social, sino que se ofreció al exterior una imagen de cambio que alentara a los inversionistas. Con la discreta recuperación de los últimos años, presenciamos una vuelta de tuerca en la represión a la iniciativa privada: drásticas inspecciones que no aprobaría ninguna empresa estatal, un sistema impositivo abusivo, presiones y persecuciones que conforman una operación de acoso y derribo al sector económico que, aún en desventaja, demuestra cada día la ineficacia del aparato improductivo estatal. Las razones son políticas. Las consecuencias, económicas. El Estado, confiando en los dividendos del turismo —cuyos precios desmedidos, de no cambiar, permiten augurar su desvío parcial hacia destinos más atractivos del área—, la aportación del exilio y escasos renglones más, se siente en condiciones de retomar las riendas, y derogar ciertas libertades que en su día se vio obligado a conceder, a pesar de su carácter perverso, sabiéndolas reversibles.

En esas condiciones: ¿será posible el pleno empleo? Depende de a qué nos refiramos. Ya los clásicos del marxismo hablaban del salario como de la retribución otorgada por el patrón, suficiente y necesaria para mantener al trabajador en condiciones de seguir ofreciendo su plusvalía, y permitirle multiplicarse. Las cosas han evolucionado mucho desde entonces, pero básicamente el salario debe permitir al trabajador dar respuesta a sus necesidades básicas de alimento, vivienda y vestido, garantizar su atención médica y la educación de sus hijos. ¿Puede decirse que el salario en Cuba garantiza, mínimamente, estas necesidades primarias? Si descontamos la educación y la atención médica (no ya los medicamentos, que con frecuencia sólo pueden adquirirse en dólares), no. Más allá de la eterna crisis de la vivienda en Cuba, una somera comprobación de los productos que recibe el cubano por la libreta de racionamiento y del poder adquisitivo del salario medio en la red comercial que opera en dólares, denuncian que en caso de atenerse estrictamente al salario, la población cubana ya habría desaparecido. Sólo la ayuda familiar procedente del exilio, y la picaresca de la supervivencia, lo ha impedido. Desde que se produjo a fines de los 60 la fractura entre productividad y retribución, el salario dejó de ser la manifestación objetiva del respeto al esfuerzo, para convertirse en la retribución simbólica a un esfuerzo también simbólico. Una situación que no se atenúa, sino que se subraya: el levísimo incremento de los salarios parece producirse en una Cuba que ignora sus propios precios en vertiginoso ascenso, con el propósito de esquilmar las remesas procedentes del exilio, o los ingresos obtenidos al margen de la economía “oficial”. Ello deja fuera de juego a los que supuestamente constituyen la mayoría de los trabajadores: los que viven de su salario.

Regreso a la pregunta: en esas condiciones: ¿será posible el pleno empleo? Si se reactiva la Ley contra la Vagancia, se prohíbe (de hecho) el trabajo por cuenta propia, y el Estado concede estipendios simbólicos a cambio de esfuerzos simbólicos, sí. ¿Se trata de un pleno empleo real? No, en la medida que al no respetar la retribución, deja de respetarse el trabajo, y en la medida que se crea una trágica complicidad social: repudiar en público la ilegalidad, para aceptarla de hecho como un ejercicio de supervivencia.

En esas condiciones, la definición que nos ofrece el diario Trabajadores del “trabajo en nuestra sociedad como un derecho y un honor de cada cubano”, resultaría un chiste macabro, si no fuera una tragedia.

 

Pleno salario: una utopía imposible”; en: Cubaencuentro, Madrid, 13 de julio, 2001. http://www.cubaencuentro.com/encuba/2001/07/13/3058.html.

 





Delante del toro

10 07 2001

Era un mediodía  de julio, en Pamplona, capital de Navarra, cuando miles de personas congregadas frente al balcón de la Casa Consistorial, a pesar de la lluvia, elevaron al cielo sus pañuelos rojos para saludar el tradicional Chupinazo, un cohete que da inicio a la fiesta española más conocida en el mundo, gracias a Ernest Hemingway. Tras el  grito «¡Pamploneses, pamplonesas, viva San Fermín, gora San Fermín. Felices Fiestas!», empiezan 204 horas ininterrumpidas de insomnio, alcohol y toros, hasta que el “Pobre de mí” concluya las fiestas.

Cierto cincuenta y ocho actos festivos durante nueve días, entre ellos la salida de la comparsa de Gigantes y Cabezudos, corridas de toros, espectáculos musicales, la procesión en honor a San Fermín que recorre el Casco Viejo y, por supuesto, los encierros. Aunque posiblemente lo que más corra en esta apacible localidad navarra, durante su desenfreno anual, sea el alcohol, lo que la ha hecho mundialmente famosa es que toros y personas corren juntos, preferiblemente no revueltos.

Antiguamente, cuando traían desde las dehesas los toros para la lidia,  hacían noche en las afueras. Temprano en la mañana entraban a la ciudad azuzados por hombres a caballo y a pie, que se encargaban de encerrarlos. Con el tiempo, se pasó de correr tras el toro, a correr delante, del trabajo a la “diversión”. Si en sus orígenes los corredores eran pocos,  y naturales del lugar, hoy son demasiados y en gran parte extranjeros. El recorrido, de unos 800 metros, parte de los corralillos, en las afueras de la ciudad vieja, hasta la plaza.

Justo antes de las ocho, los corredores avezados cumplen el rito de cantar a San Fermín ante su hornacina y solicitar su bendición, cosa que normalmente no viene mal. A las ocho, un cohete anuncia la apertura de los corralillos. Un segundo cohete indica que todos los toros están ya corriendo por la Cuesta de Santo Domingo arriba, camino de la plaza del Ayuntamiento. Traspasada la plaza, los toros enfilan la calle Mercaderes, para entrar en la de Estafeta, chocando frecuentemente contra el lado izquierdo de la cerrada curva por la velocidad de la carrera. Desde ese punto, suele disgregarse la manada y tomar dispersos la recta calle Estafeta, donde se producen las carreras más “limpias”. El llamado tramo de Telefónica da paso a la cuesta abajo que lleva al callejón de la Plaza de Toros. Un tramo sumamente peligroso, protegido por un doble vallado y, ya dentro del callejón, por unas gateras donde refugiarse en caso de caída. Tras el embudo del callejón, los corredores  escapan en abanico de la manada que, ayudada por los llamados dobladores que los atraen con sus capotes, se encamina hacia la puerta de corrales. Cuando todos los toros entran en la plaza suena un tercer cohete y, una vez que han traspasado la puerta de toriles, un cuarto anuncia que el encierro ha terminado.

Correr delante del toro no sólo requiere velocidad y temple, sino sabiduría. Los nativos, habituados a este ejercicio, recomiendan llegar al encierro totalmente sobrios y con los reflejos bien a punto. Traer ropa suelta y cómoda, que no entorpezca, y un calzado antideslizante, porque si bien es cierto que cualquiera resbala y cae, es menos saludable hacerlo ante dos metros de afilada cornamenta. Ya en la carrera, buscar sitio junto a un toro, incluso poniendo la mano sobre su lomo, y acompañarlo todo el trayecto, mirando de soslayo, eso sí, al resto de los animales (incluso a los turistas), para evitar una cornada por sorpresa o un metíoenelmedio que nos convierta en tragedia la fiesta. Buscar por todos los medios estar en el interior cuando lleguen las curvas, porque media tonelada de toro estampándote contra el vallado de madera, duele. En suma, no se trata de llevarle la contraria al toro, interponiéndose a su paso, sino de hacerle creer que lo acompañamos en su recorrido, aunque al final su destino sea el ruedo, y el nuestro bebernos una copa de rioja en la taberna más próxima. Por eso, en caso de caída, quedarse quietecito y dejar que los toros pasen por encima. Saldremos, en el peor de los casos, algo magullados. Los toros no perdonan al que levanta cabeza. Se trata, en suma, de dominar los rudimentos de la sicología taurina (embestir) y oponerle un principio elemental de la sicología humana (hurtar el cuerpo). Así de sencillo. Ponerlo en práctica ya es más complicado.

En contraste con los nativos, los extranjeros vienen con su biblia hemingwayana bajo el brazo, The Sun Also Rises (1926), y ansiosos por pasar de la teoría a la práctica. En consecuencia, la mitad de los heridos suelen ser extranjeros, y la mayoría de los muertos.  Una muchacha de New Jersey con una cornada de 30 centímetros que alcanza el fémur, y traumatismo craneoencefálico.  Un inglés con una cornada de 10 cm. en la rodilla. Un australiano con traumatismo craneoencefálico. Un joven de Virginia y un canadiense corneados en los muslos. Como se ve, Hemingway hace estragos, no sólo en la historia de la literatura. De los nativos heridos, algunos se quejan de intrusos con cámaras en el recorrido, que al impedirles correr adecuadamente, provocaron sus percances.

Con motivo de los sanfermines, la prensa de muchos países se hace eco de esta “costumbre bárbara” y su costo en vidas. No deja ser cierto. Aunque vale reconocer que es menos vulgar morir atropellado por un toro, que por un ómnibus urbano, y a nadie se le ocurre prohibir la circulación de vehículos en esos encierros gigantes que son las ciudades. También valdría recordar que esto de correr ante un animal que embiste y mata no es algo privativo de Pamplona, donde lo sui géneris es que los corredores lo hacen voluntariamente. En otros lugares del mundo se corre obligado por las circunstancias. Lo que cambia, es la clasificación zoológica de la bestia.

 

Delante del toro”; en Cubaencuentro, Masdrid, 10/07/2001.    http://www.cubaencuentro.com/meridiano/2001/07/10/3008.html)

 





Los cinco magníficos

6 07 2001

El pasado 8 de junio, transcurridos seis meses y 103 audiencias en un tribunal federal de Miami, un jurado que no incluía a ningún cubanoamericano, declaró culpables de conspirar para acceder a información secreta en bases militares del sur de la Florida, y de actuar como agentes extranjeros sin registrarse como tales, a cinco ciudadanos cubanos residentes en La Florida: René González Sehwerert, instructor de vuelo y especialista en técnicas de aviación; Ramón Labañino Salazar, economista graduado en la Universidad de La Habana; Fernando González Llort, y Gerardo Hernández Nordelo, ambos licenciados en Relaciones Internacionales, y Antonio Guerrero Rodríguez, ingeniero civil en construcción de aeródromos. En el caso de Gerardo Hernández, se le halló culpable también de participar en la conspiración que fraguó el derribo y el asesinato de cuatro pilotos de Hermanos al Rescate, en 1996, lo que podría equivaler a cadena perpetua. Ellos integraban la llamada Red Avispa.

Desde la captura de los agentes, a fines de 1998, y durante el largo proceso, La Habana hizo un espeso silencio sobre el caso. Por fin, doce días después de la sentencia, apareció en Granma la noticia de que cinco compatriotas “que en las entrañas mismas del monstruo arriesgaban diariamente sus vidas para descubrir e informar sobre los planes terroristas que la mafia cubano-americana con la tolerancia y complicidad de las autoridades de Estados Unidos “fueron “declarados culpables de infames y falsas imputaciones ante un tribunal de Miami (…) amañado, prejuiciado, desinformado, y bajo colosal presión”. Explica Granma que “dada la índole de su heroica misión, era necesario esperar el desarrollo del largo y tenebroso período que duró el proceso desde el arresto hasta la injusta decisión del jurado para desenmascarar y denunciar la impúdica actuación de las autoridades policiales y judiciales de Miami. Después de casi tres años de anónimo y ejemplar heroísmo, ha llegado la hora de divulgar toda la verdad”.

Durante tres años, cualquier ciudadano del planeta podía informarse en la prensa sobre los pormenores del arresto, las pruebas, los alegatos del fiscal y la defensa. El pueblo cubano carecía de ese derecho. Y la razón es muy simple: el cubano no tiene derecho a recibir información pura e interpretarla por su cuenta. La información siempre tiene que llegarle ya interpretada. Mientras cupo cierta esperanza de que los agentes no fueran hallados culpables, La Habana se abstuvo de pronunciarse abiertamente. Y sin interpretación, la noticia no existe.

Casos de espionaje se dan todos los días, y por parte de todas las naciones. Espías son aprehendidos y juzgados continuamente, sin que se dé al asunto otra connotación que “bajas en el servicio activo”. Pero en lo que se refiere a estos cinco espías, se decidió, una vez confirmado el veredicto, que podrían tener una utilidad adicional: utilidad patriótica para alimentar infinitas mesas redondas donde se demuestre que “cinco patriotas cubanos” han sido “injusta y cruelmente” encarcelados por presiones políticas. Para ello, comienza el Granma transcribiendo un mensaje que supuestamente escribieron los espías al pueblo norteamericano, al que preguntan “por qué no podemos vivir en paz ambos pueblos”; dicen haber evitado “la muerte de ciudadanos inocentes cubanos y norteamericanos”, acusan al gobierno norteamericano de complicidad y tolerancia con los planes agresivos hacia Cuba del exilio cubanoamericano que, según su contabilidad, han costado a la Isla 3.478 muertos y 2.099 incapacitados y, por último, no se arrepienten de sus acciones. Muertes lamentables, sin duda, como la de los 30.000 compatriotas que, según estimaciones discretas, han muerto mientras intentaban huir de Cuba.

El sistema de mesas redondas, que se inauguró con la Era Elián, ha persistido contra diferentes enemigos: La Ley de Ajuste Cubano, el embargo, etc., promoviendo un estado de beligerancia perpetua que los cubanos logran paliar apagando la tele. Mantener al cubano en un estado de crisis permanente no sólo justifica la supresión de las libertades en un país en guerra, sino que pretende distraer al personal de su más importante problema: el yantar cotidiano. En las mesas redondas ya efectuadas los métodos de ataque han sido tres: descalificación del (supuesto o real) enemigo, recalificación de los espías y argumentaciones sesgadas de un hecho innegable: cinco ciudadanos al servicio de un país recogían en otro información de inteligencia.

Entre los descalificados, empleados como coartada de las acciones de los espías cubanos, se encuentra José Basulto, que encabeza Hermanos al Rescate, protagonista de incursiones de propaganda en el espacio aéreo cubano, sin otro daño que la información, pero también del salvamento de numerosos balseros cubanos a la deriva. Se le acusa de volar con periodistas checos a bordo, un crimen difícil de catalogar, y se afirma que goza de total impunidad, con lo que se acusa directamente al gobierno norteamericano de permitirle violar “las normas del Convenio de Chicago que rigen estrictamente las formulaciones para el tráfico aéreo, más cuando se sabe que por el espacio de nuestro país pasan diariamente cerca de 400 vuelos, fundamentalmente estadounidenses, donde viajan en su mayoría ciudadanos norteamericanos, a los cuales se les pone en peligro la vida”. Claro que la vida de estos ciudadanos no es puesta en peligro por las avionetas de Basulto, sino por una presunta respuesta de los cazas cubanos, que acaso podrían derribar un Boeing 747 por error.

Otro de los “enemigos” mencionados es el presidente del Movimiento Democracia, Ramón Saúl Sánchez, a quien se acusa de 20 ataques a embarcaciones y misiones diplomáticas cubanas, participación en el asesinato de Carlos Muñiz Varela, y de un atentado en el 79 a la Oficina de Intereses de Cuba en Washington. En el mismo saco se incluyen sus acciones de los últimos 20 años: protestas callejeras al concretarse los primeros acuerdos migratorios Cuba-EE. UU., flotillas que se han acercado a la Isla en un gesto de protesta, entre el 95 y el 98, fundación de Radio Democracia, apoyo a los parientes miamenses de Elián, y testificar en el juicio a los propios espías. Lejos estoy de justificar cualquier acción violenta contra Cuba, ni en el pasado ni en el presente. Pero me resultan inadmisibles los baremos del gobierno cubano, según los cuales una acción de protesta o el ejercicio de una opinión contraria, son actos de guerra. Se trata, simplemente, de una internacionalización de su política doméstica hacia la disidencia interna.

Al proceso de recalificación de los espías han sido convocados los familiares: la madre de René González Sehwerert, por ejemplo, cita a su hijo como “muy emprendedor”, dado que hizo, “con la ayuda de su hermano Roberto, el juego de cuarto” (¿dónde habrá conseguido la madera?), lector impenitente y hasta poeta. Cosas todas estas que cualquier madre puede decir de su hijo, sin que de ello deduzcamos si era o no un buen agente de la Seguridad del Estado cubana. Claro que el propósito es desvanecer la idea de que se trataba de agentes profesionales de inteligencia que hacían el trabajo para el que fueron entrenados. Su condición actual de “víctimas” recomienda presentarlos como cubanos comunes y corrientes, amateurs heroicos que un día decidieron sacrificar sus pacíficas vocaciones por la patria.

Las interpretaciones sesgadas son aún más ingeniosas.

El periodista Randy Alonso aseguró en una mesa redonda que “Cuba nunca ha ocultado que se realizaban acciones de búsqueda de información entre los terroristas de Miami, en legítima defensa” —a pesar de que durante tres años se ha ocultado al propio pueblo cubano que cinco espías estaban siendo procesados—, pero “que no necesitamos espiar a Estados Unidos, como ha expresado Fidel”. De modo que toda la mitología de infiltrados en la CIA, dobles agentes, triunfos del espionaje cubano en las entrañas del monstruo ¿era mentira? ¿O mienten ahora? Ya uno no sabe qué pensar. Si Estados Unidos es, en la retórica gubernamental cubana, el gran enemigo, si practica hacia el exilio de Miami “tolerancia y complicidad” ¿no es lógico que se le espíe?

En ningún momento, por supuesto, esclarecen qué sucedería en caso contrario. Me explico: Cuba ha promovido (y promueve) movimientos insurgentes en diferentes puntos del planeta: ha entrenado a guerrilleros latinoamericanos y africanos, terroristas vascos, y ha dado cobijo a profesionales de la violencia de la variopinta izquierda mundial. ¿Qué le habría sucedido en Cuba, de ser capturados, a un grupo de espías colombianos, por ejemplo, que investigaran los nexos entre la subversión en su país y las autoridades cubanas? ¿Habrían sido tratados como patriotas colombianos, o encausados como espías de una nación extranjera?

Si nuestros espías eran en los 70 y 80, James Bonds tropicales que “en silencio ha tenido que ser” compitieron en las grandes ligas de la inteligencia mundial, ahora son inocentes víctimas, degradados a penetrar los “grupúsculos” de Miami que organizan vuelos de avionetas y flotillas de protesta. Víctimas abrumadas por el sistema penal norteamericano que, según Randy Alonso, les incomunica los fines de semana y sólo el lunes les permite llamar por teléfono a sus familiares y, además, les mata de hambre, dado que el último alimento que consumen al día se les sirve a las cuatro de la tarde. Olvida Randy Alonso que el sistema penal de la Isla, que se aplica por igual a los once millones de cubanos en presunta libertad, les prohíbe llamar por teléfono a sus familiares en el exterior de lunes a domingo, y no les garantiza ni una comida caliente al día.

 

Los cinco magníficos”; en: Cubaencuentro, Madrid,6 de julio, 2001. http://www.cubaencuentro.com/encuba/2001/07/06/2979.html.

 





China: misión cumplida

3 07 2001

El Partido Comunista de China acaba de cumplir 80 años, con lo que ingresa, por derecho propio, en la tercera edad. El aniversario ha sido celebrado en el Gran Palacio del Pueblo de Beijing, donde Jiang Zemin, ante la cúpula del país y 6.000 invitados, pronunció el discurso de rigor, enumerando los triunfos de estas ocho décadas, y desgranó la historia del partido, desde que fuera fundado durante un congreso celebrado en Shanghai el primero de julio de 1921, a partir de diferentes organizaciones de todo el país. Mao Zedong, quien sería El Gran Timonel del trasatlántico asiático desde la toma del poder en 1949 hasta su muerte, estuvo presente en aquella ocasión.

Según Jiang Zemin, bajo la dirección del partido “se ha establecido el sistema socialista y realizado los más amplios y profundos cambios sociales jamás vistos en China”, mediante la integración de la teoría marxista y la realidad china —a lo que bien podrían sumar las enseñanzas de los teóricos del capitalismo moderno—. Desde que el partido lograra el poder, su propósito ha sido alcanzar la prosperidad china y de los chinos —pasando por la Revolución Cultural, la persecución de gorriones, las hambrunas sin fin y la eliminación de millones de chinos non gratos—, así como el gran renacimiento nacional —entiéndase la Gran China, cuyas fronteras incluyen el anexado Tibet, Taiwán, la Manchuria, parte del sudeste asiático y diversos territorios que hoy, coyunturalmente, pertenecen a otras naciones, algo que China tiene la firme voluntad de corregir en los próximos 50 años, cuando el destino del país será “coronado por la victoria”—. Confiemos en que los ideólogos chinos, recordando la masiva importación de coolíes a Cuba durante el siglo XIX e inicios del XX, no descubran que la isla del lejano Caribe pertenece al proyecto de esa Gran China imperial que se perfila en el horizonte.

En resumen, Zemin concluye que el partido, autor de la independencia nacional, representa los intereses populares y que el pueblo, una vez liberado, se ha convertido en dueño de su propio destino, gracias al establecimiento de lo que él llama “un régimen estatal de dictadura democrática popular”. Traducido al cristiano, esto quiere decir que en China existe un capitalismo de Estado que recibe con aplausos a los “tigres de papel” (papel moneda, se sobreentiende) del capitalismo mundial, da por buenos los derechos económicos de sus ciudadanos al grito de “enriquecéos”, y santifica los métodos más despiadados de explotación, incluyendo precariedades y prestaciones sociales dignas del mejor capitalismo subdesarrollado. El capitalismo, en la versión china, santifica el resultado sin importar los métodos: salarios de miseria para una mano de obra cautiva seducen a las trasnacionales; las córneas y los riñones de los condenados a muerte devuelven la salud a los acaudalados de Occidente, y el tráfico de niños ya se ha convertido en un importante renglón de sus exportaciones. Pero al mismo tiempo, oh maravilla, el partido garantiza los derechos civiles del socialismo: nada de sindicatos que defiendan los derechos de los trabajadores, cosa que da muy mala imagen a los inversionistas; ni asociaciones alternativas o movimientos disidentes. Es decir: dictadura democrática popular, como su nombre indica. Y si alguien no está de conforme, que recuerde los 3.000 ejecutados al año, cifra que, según Amnistía Internacional, dobla la cifra total de los condenados a muerte en el resto del mundo. Claro que si algo abunda en China, son chinos.

Ese es, según Jiang Zemin, el mejor método —lo peor de ambos mundos— para convertir a China en “un país socialista moderno, próspero, democrático y civilizado”.

China: misión cumplida”; en: Cubaencuentro, Madrid,  3 de julio, 2001. http://www.cubaencuentro.com/meridiano/2001/07/03/2926.html.