¿Un mártir de Globalia?

24 07 2001

Los mártires suelen ser de gran utilidad. Incluso los mártires involuntarios. Claro que en el caso de Carlo Giuliani, natural de Roma y residente en Génova, habría que reflexionar si se trataba de una persona que “murió o padeció mucho en defensa de sus creencias, convicciones o causas”, lo que a juicio del Diccionario de la Real Academia define a un mártir. Según denuncian las fotos, el video ampliamente divulgado y los testigos, el suceso tuvo lugar cuando un vehículo de los Carabineros, aislado y con escasa posibilidad de maniobra en la plaza de Alimonda, un área cercana a la Zona Roja (donde se efectuaba la reunión de los más poderosos del  mundo), fue atacado por  varios manifestantes, de los cientos de miles que en Génova han intentado boicotear  la cumbre del G8, la cara más visible de la globalización. Contra el vehículo se lanzaban tablones. piedras y extintores, cuando un carabinero (¿herido y con objeto de defenderse, como dicen fuentes oficiales italianas, o simplemente un soldado de reemplazo de 20 años y aterrado?) efectuó contra el joven dos disparos desde el vehículo, a una distancia de cinco metros. Tras los intentos de reanimación, se certificó la muerte, sin conocerse aún su nombre o nacionalidad, dado que no portaba documentos. Horas más tarde se dio a conocer que Giuliani tenía antecedentes penales por resistencia y ultraje a la autoridad, de lo cual algunos medios de prensa han deducido que si bien se lamenta su muerte, por otra parte “él se lo buscó”.

¿Mártir o gamberro? ¿Se lo buscó o lo encontró? Antes habría que responder a otras preguntas.

Seattle, Praga, Québec, etc, han establecido una tradición: donde haya cumbre, habrá manifestaciones de protesta. El movimiento antiglobalización, ese enorme saco donde caben ecologistas, indigenistas, sindicalistas, las mil y una facciones de la izquierda, junto a movimientos reivindicativos de casi todo y ONGs de espectro multicolor, acude a estas citas en busca de un espacio  donde disentir del discurso imperante, bastante monocorde y repetitivo en los medios de prensa. Un discurso que santifica como verdades teologales la democracia representativa, el libre mercado  y los derechos humanos. Difícilmente encontremos en esos miles de manifestantes un puñado que difiera esencialmente de la carta de los derechos humanos. Difícilmente encontremos otro (o el mismo) puñado que defienda un modelo de sociedad totalitaria, que impediría, en primer lugar, sus propias manifestaciones –el G8 debería contemplar a Cuba, Libia, Irak o China como posibles anfitriones de sus próximas cumbres–. De modo que la gran fuente de conflicto es la globalización del mercado, y la percepción de que la libertad del capital se produce a costa de la libertad y la prosperidad de los seres humanos.

La Gran Muralla, las legiones romanas o la muralla de agua que es el Atlántico, no detuvieron en su día las expansiones de pueblos completos, los drásticos virajes de la historia, por dos sencillas razones: respondían a estímulos poderosos, y suplantaban fórmulas extenuadas, o incapaces de perpetuarse. Del mismo modo, sería ilusorio pensar que la globalización es reversible; cuando ni siquiera es algo nuevo, sino el (por ahora) último capítulo de la larga saga que iniciaron los primeros homínidos con sus migraciones.

Mi divergencia con algunos ideólogos neoliberales al uso (que posiblemente coincida con la de muchos manifestantes de Génova) es que inexorable no significa perfecta. Hasta hoy, el mercado ha demostrado una enorme vitalidad en el fomento económico, las revoluciones tecnológicas y en su propia internacionalización. Y a la sombra de la prosperidad y la rentabilidad, se han cobijado tradicionalmente las artes y las ciencias, las garantías sociales y otros rubros tan “improductivos” como imprescindibles.  Pero el mercado no tiene moral. Ni falta que le hace. Los hombres sí. Y falta que nos hace. No se calcula la rentabilidad de los derechos humanos, la tasa de reinversión de la democracia, o la plusvalía de la solidaridad; aunque algunos lo hayan intentado. Por eso no es raro que muchos aboguemos por una globalización con rostro humano, no “contra” las leyes del mercado, sino “paralelamente” a las leyes del mercado. Es de sentido empresarial producir con la máxima rentabilidad; pero es de sentido común hacerlo sin envenenar el planeta. Que se muden al sudeste asiático las fábricas, es obra del mercado. Que esos obreros vean cada día más dignificado su trabajo, o que los beneficios de esa actividad tengan un por ciento de reinversión social, es obra de la moral. Como la reducción gradual, pero efectiva, de la distancia que separa a ricos y pobres, y que es, estratégicamente, una garantía para las propias naciones desarrolladas. No hay muralla que detenga la esperanza, y el hambre ha sido siempre más lista que los aduaneros. Es tan absurdo defender la libre migración del capital, pretendiendo al mismo tiempo la resignada inmovilidad de las personas, como su contrario.

Por eso no es raro que el propio presidente francés, Jacques Chirac  haya  dicho que “si 150.000 personas salen a la calle, habrá que escucharlas”. O que su ministro delegado de Sanidad, Bernard Kouchner,  anuncie ” un verdadero mayo del 68 mundial”.  O que 180 países, con la notable y bochornosa excepción de Estados Unidos, despejen en Bonn el camino para ratificar el Protocolo de Kioto que regulará las emisiones gaseosas causantes del efecto invernadero. ¿Significa eso que ya está en marcha esa globalización alternativa? En lo absoluto. Un ejemplo es el recién creado Fondo Mundial para la Salud, 1,300 millones de dólares destinados a luchar contra el SIDA o la malaria en los países más pobres,  apenas la quinta parte de lo que ha pedido el secretario general de la ONU, Kofi Anan.

Pretender la derogación del mercado es tan absurdo como admitir la dictadura del mercado. Ese ha sido, en lo esencial, el propósito de los manifestantes desde que se abriera la “Era Seattle”. Desde el silencio o el grito, a la protesta festiva, o la presión numérica que convoca la reflexión de toda la sociedad. Por el contrario, los grupos violentos que actúan en cada cita con agresividad creciente, son lo más parecido a lo que según ellos combaten: los ideólogos que defienden el imperio feroz y automático del capital. Ambos persiguen sus fines sin importar el rastro de desolación que dejan a su paso. Y si unos se escudan tras la libertad de mercado; los otros se escudan tras la libertad de expresión que revindican con razón el resto de los manifestantes. Y lo peor: se escudan tras sus cuerpos. Según declaraciones de muchos manifestantes, su máxima preocupación no era detectar por dónde aparecería la policía, sino por dónde aparecerían los militantes del llamado “bloque negro”, dispuestos a repartir equitativamente entre todos los presentes, la represión que se les venía encima tras quemar un automóvil o destrozar un comercio. Por eso ya muchos nos preguntamos ¿quiénes son estos violentos? ¿Son manifestantes contra la globalización? ¿O son en realidad elementos marginales, gamberros e infiltrados, cuyo propósito no es otro que conceder a  los carabineros la excusa perfecta para disolver a garrotazos las legítimas y pacíficas protestas de los otros? ¿Su violencia es sufragada por sus ideales, o por alguna nómina más o menos secreta? Son preguntas que deberíamos respondernos antes de saber  si Carlo Guiliani fue mártir o gamberro, si  se lo buscó o lo encontró.

Por ahora sólo sabemos que la reconstrucción de Génova costará más de diez millones de dólares, que en la cárcel hay más de 200 manifestantes, y en los hospitales más de 600 heridos. Sabemos que Carlo Giuliani era un joven de 23 años que (¿violento o aterrado?) se disponía a disparar un extintor de diez kilos contra un vehículo policial, cuando tuvo la mala suerte de encontrarse con otro joven, de veinte años, quien  (¿violento o aterrado?) le disparó a la frente unos gramos de plomo, convirtiéndolo en la primera víctima de Globalia. Aunque aún no sabemos si fue un mártir. Y ni siquiera sabemos de qué bando.

¿Un mártir de Globalia?“; en: Cubaencuentro, Madrid, 24-07-2001. http://www.cubaencuentro.com/internacional/2001/07/24/3213.html


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