El oficio de la ciudadanía

3 04 2024

Cubaencuentro.com Madrid | 16/11/2023

https://www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/el-dificil-oficio-de-la-ciudadania-343230

La semana pasada mi esposa regresó de Cuba, donde acudió al sepelio de su abuela, con quien estaba muy unida. Al bajar del avión, ayudó a una joven que venía con tres niños pequeños. Le recordó a ella misma cuando, 30 años atrás, tuvo que volar sola de La Habana a Madrid con nuestro hijo de cuatro años (que entonces valía por tres). En el propio aeropuerto de Barajas, otra pasajera le comentó “¿No sabes quién es ella? Es Amelia Calzadilla”. Algo que a mi mujer, en ese momento, no le dijo nada. Días más tarde, encontramos sus declaraciones en las redes sociales hechas desde Cuba, y una entrevista que le realizó Ian Padrón 48 horas después de su llegada a Madrid.

Licenciada en Lengua Inglesa, Amelia Calzadilla encendió las alarmas del régimen cubano por sus críticas en directo en su perfil de Facebook. Desde enero de 2021 comenzó a criticar el corte del suministro de gas que afectaba a 11.000 familias, y el 9 de junio de 2022 subió un emotivo mensaje de nueve minutos en el que se refirió también a los cortes eléctricos, el aumento desmedido de los precios, la escasez, la compra de productos de la canasta básica en moneda extranjera. “Porque mis hijos no tienen comida, porque no tienen zapatos, porque no tienen ropa, porque necesitan a mis familiares en el extranjero para vivir dignamente en Cuba”. Y más adelante: “Madre cubana que te levantas por la mañana como yo, preocupada de que te quiten la luz, que no sabes qué le vas a dar de comida a tus niños al final de la tarde cuando lleguen de la escuela (…), yo te pregunto: ¿Cuánto más vas a aguantar? Porque yo no aguanto más”. Culpaba de la situación “a los que dirigen, a los de arriba”. “¿Hasta cuándo el pueblo va a seguir pagando las comodidades de ustedes?”.

De inmediato se produjeron todas las reacciones que cabría esperar: los comentarios de apoyo de muchos compatriotas desde cualquier geografía; otras madres cubanas, a veces con sus hijos en brazos, se grabaron también en vídeos solidarizándose con Amelia; la repercusión entre opositores y activistas, y en los medios cubanos alternativos.

Y, desde luego, la campaña de desprestigio por parte de las autoridades cubanas que, incapaces de responder sus argumentos, ponían en duda su integridad, aduciendo que una persona que se pinta las uñas de tal manera, o tenga tal mueble en su casa, o coma en tal restaurante, no podría estar pasando las dificultades de las que hablaba. (Lo dicen quienes intentan silenciar el glamour, el lujo y los viajes en yate de los Castro por los mejores resorts). Un tal “Guerrero Cubano” mencionó “la caja de Pandora de la supuesta madre sufrida”.  “¿Por qué lo hace? ¿Quiénes están detrás y pagan esto?”. Y prometió pruebas que todavía estamos esperando. Otros aseguraron que estaba financiada o que su indignación no era más que una búsqueda de patrocinios. Tampoco necesitaban pruebas. Se trata de una antiquísima estrategia: el axioma de que ningún cubano de la isla tiene criterio propio. Para ellos sólo existen tres tipos de cubanos: los que aplauden, los mercenarios pagados por el oro de Miami, y ellos mismos, los auto elegidos capataces del batey nacional que se distinguen a simple vista por sus prominentes barrigas, emblema de su rango en el país de los famélicos. (Cualquier semejanza con Kin Jon Un no es pura coincidencia). De la misma manera que los tiburones navegan custodiados por los peces piloto y las rémoras, que se alimentan de sus sobras, nuestros mayorales tienen su corte de esbirros, influencers de alquiler e “intelectuales” serviles. Uno de ellos, el “periodista y profesor universitario” Ernesto Estévez Ram publicó en Cubadebate que los vídeos compartidos en Facebook por Amelia Calzadilla son “un ejemplo de manual de lo que se llama gestión de la irritación”, y lo califica como un montaje, nada espontáneo, obra de los “habituales” (para no repetir eso de la mafia de Miami que ya está muy visto). ¿Pruebas? Ninguna. Pero no importa. Echemos a rodar la bola de fango. Ya irá creciendo sola. Si alguien tenía alguna duda sobre el estado actual de la prensa y la educación en Cuba, aquí tiene la respuesta.

Quienes visiten las intervenciones de Amelia Calzadilla en la red observarán su firmeza, su determinación, la claridad y sencillez (que no simplicidad) de sus argumentos y la firme voluntad de no dejarse manipular en ningún sentido. De la misma manera que salió en defensa de sus vecinos por el corte del gas, se pronunció en favor de la esposa de José Daniel Ferrer, a la que no dejaban visitar a su esposo, algo que le resultaba monstruoso aunque no los conocía personalmente. Afirma que agradece pero rechazó ayudas que le habían ofrecido. Cuenta las tres horas que pasó en una truculenta celda de la Seguridad del Estado, un anticipo del infierno; de las amenazas y del miedo, pero sin separarse de la verdad: no fue golpeada ni vejada por sus captores que ni siquiera levantaron la voz. Habla de la falsa condescendencia, el paternalismo de los esbirros: “No te metas en eso… Estás confundida”. Y la traca final: si tus videos incitan a la gente a echarse a la calle, tú serás la responsable. Y Amelia se pregunta: ¿Cómo le explico a mis hijos que la persona que les dice que se porten bien, que sean honestos, que digan la verdad, está en la cárcel? Habla del desarraigo, aunque agradece la oportunidad que le ha dado España a ella y a sus hijos. “Estoy salvando a mis hijos y dejando atrás a mis padres”. Y eso le sirve para recordar la despedida de su padre, quien le dijo que afuera iba a estar mejor sin ellos. ¿Cómo puede estar un hijo mejor sin sus padres?, se pregunta entre lágrimas. Pero esa es la realidad cubana: familias rotas por la distancia, cuyos mayores trabajaron toda su vida para recibir como pensión mensual dos cartones de huevos y vivir ahora de las remesas. Es lo que ocurre en cualquier naufragio: hay quienes logran subirse al bote salvavidas, y quienes confían su supervivencia a la frágil cuerda que los remolca.

En su entrevista, Ian Padrón, a instancias de una internauta, le insiste en que precise una definición, ¿es Cuba una dictadura? (Casi me recuerda aquella famosa escena de El hombre de Maisinicú, donde un alzado incita al otro a que clave la bayoneta en el cuerpo del hombre: “Pínchalo pínchalo, aquí todo el mundo tiene que pincharlo”).  Y su respuesta es interesante: “La palabra dictadura no me sirve. Hay un gobierno constituido. Yo no lo voté. Pero están allí por nosotros. Si nos plantáramos…”. Algo a lo que me he referido muchas veces: por acción u omisión, todos somos responsables de ese régimen. No en igual medida, desde luego. Hay un puñado de máximos culpables. Y un puñado de héroes que se han opuesto a la dictadura sin importar las consecuencias. Y millones de responsables subsidiarios, entre los que me incluyo, aunque yo nunca haya militado ni en la UJC ni en el PCC (siglas que ahora también pertenecen a la mayor organización criminal brasileña. Quizá sea un acto de justicia lingüística).

En cierta ocasión tuve un encuentro raro: un antiguo condiscípulo que en la universidad había ejercido con entusiasmo de fanático bolchevique, pero no “hasta la victoria siempre”, sino “hasta Madrid”. Intentó explicar su mudanza, no sólo geográfica, aduciendo que “aquello ya no es lo que era”, como si en Cuba hubiera caído un meteorito u otra fuerza de la naturaleza. Le respondí que, efectivamente, gracias a personas como tú, gracias a tus aplausos y genuflexiones, Cuba ya no es lo que fue, sino la mierda en que ustedes la convirtieron. Por eso cada vez que encuentro a un fundamentalista del exilio que acusa de comunista a todo el que no comparta su catecismo, siempre sospecho que en Cuba fue el secretario en su núcleo del partido o al menos de la UJC. Y ahora, parapetado tras un whisky single malt, canta “Al combate corred bayameses”… Corred (vosotros). No corramos. Los fundamentalistas no cambian de actitud. Cambian de bando.

Amelia Calzadilla va más allá de la mera definición de dictadura: “Lo que está pasando allí es criminal. No es un país”. Y se refiere a la corrupción generalizada, a la decadencia moral, a la falta de esperanza… Le resulta difícil encontrar la palabra más apropiada para un gobierno que está destruyendo sistemáticamente su propio país. Pero concluye que “Mi postura política es ser madre, aunque eso decepcione a muchos. Yo no voy a sacrificar a mis hijos, yo tengo que ser la heroína y la mártir de los tres hijos que traje al mundo”. Y posiblemente no haya mejor definición de ciudadano que una madre, creadora de ciudadanos. En la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano (1789) se afirma que los derechos del hombre son “naturales, inalienables y sagrados” y que todos los hombres “nacen libres e iguales”. Es decir, todos somos ciudadanos por nacimiento. Otra cosa es que ejerzamos de ciudadanos, algo que evitan a toda costa los totalitarismos. Para ese tipo de regímenes, no importa si son de “izquierdas” o de “derechas” (siempre son “de-sastrosos”), el ciudadano es peligroso, especialmente el ciudadano que ejerce: el que se implica, opina, vota y, llegado el caso, se levanta contra la injusticia. Se puede ser habitante de un país y no ciudadano. Es sintomático que en Cuba la policía trate a los sospechosos como “ciudadanos”. Si no eres consciente de tus derechos vulnerados, o si has renunciado a ellos, entonces eres “compañero”.

Hace algunos meses, un par de músicos cubanos de paso por Madrid fueron agasajados con una especie de mitin de repudio por no haber manifestado un claro compromiso anticastrista. Un amigo defendía esa acción porque los músicos, como personalidades públicas, tenían la obligación de pronunciarse. Le pregunté si él lo había hecho cuando vivía en Cuba y me confesó que no, pero al no tratarse de una personalidad pública su pecado sería menor o inexistente. Intenté que escarbara en su memoria alguna revolución protagonizada por músicos, bailarines, o por pintores, y resultó que las revoluciones las hacen los ciudadanos. Por eso me gustaría felicitar a Amelia Calzadilla, una ciudadana que ejerce. Muchos más necesitaremos en Cuba.





El fracaso de una ensoñación descabellada

31 03 2024

Cubaencuentro. 26/03/2024

https://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/el-fracaso-de-una-ensonacion-descabellada-343715

 

Cuando oímos hablar del “hombre nuevo”, nos viene de inmediato a la memoria El socialismo y el hombre nuevo, de Ernesto Guevara (Ed. Siglo XXI, 1977), donde anuncia que la juventud “es la arcilla maleable con la que se puede construir al hombre nuevo sin ninguna de las taras anteriores” (p. 14) y reafirma que “el hombre del siglo XXI es el que debemos crear”  (p. 13).  Pero el concepto del hombre nuevo no es nada nuevo.  

En la antigua Roma, el Senado y el Consulado estaban restringidos a los patricios. Cuando los plebeyos pudieron acceder a esas dignidades, se denominaron novi homines. A medida que los plebeyos se atrincheraron en las instituciones, se convirtieron en hombres viejos que bloqueaban el paso a otros novi homines. Tanto es así que en el 63 a. C. Cicerón fue el primer homo novus en más de treinta años. Cualquier semejanza con nuestra realidad no es pura coincidencia.

Desde sus inicios, el cristianismo creaba “hombres nuevos” a través del bautismo. Rousseau, Condorcet, Herder, Saint Simon, Fourier, Comte y otros, se refirieron al hombre nuevo desde distintas perspectivas. Y Karl Marx, en La revolución de 1848 y el proletariado, afirmaba: “Nosotros sabemos que para alcanzar la nueva vida, la nueva forma de producción social necesita solamente de hombres nuevos”.

Posiblemente inspirado por un artículo de Max Stirner (1844) Friedrich Nietzsche creó en Así habló Zaratustra el concepto de Übermensch, que se podría traducir como superhombre, como alguien que ha alcanzado un estado de madurez espiritual y moral superior, y genera su propio sistema de valores, siempre que vayan a favor de su voluntad de poder. Este superhombre no se supedita a la “moralidad esclava” a la que son sometidos los débiles por el cristianismo. Ni al control de las pasiones preconizado por Sócrates y, por tanto, a la moral de rebaño de la cultura occidental. Nietzsche señala el carácter transitorio del hombre contemporáneo: “El hombre es una cuerda tendida entre el animal y el superhombre”. A pesar de que, en vida, Nietzsche criticó tanto el antisemitismo como el nacionalismo alemán, el Übermensch fue empleado posteriormente por el nazismo para apoyar su concepto de la raza aria superior, semejante al superhombre, cuyo destino sería esclavizar a los Untermenschen, u hombres inferiores.

El primer intento de llevar a la práctica el “hombre nuevo” de Carlos Marx es el homo sovieticus, inefable personaje del realismo socialista que, en la práctica, se quedó en las novelas de Sholojov y en la estatua del obrero y la koljosiana, emblema de las películas de Mosfilm.  El novy sovietski chelovek, la “nueva persona soviética”, sería, según los ideólogos del PCUS, el arquetipo de las cualidades soviéticas: altruista, generoso, colectivista en contra del carácter individualista del hombre viejo, saludable, culto, defensor acérrimo del nuevo régimen, libre de las supervivencias del pasado, “dotado de una nueva perspectiva ética”, según el filósofo soviético Bernard Byjovski, y nada contestatario. Algo que se conseguiría, según León Trotski en su obra Literatura y revolución, al modificar al “perezoso homo sapiens” mediante “complejos métodos de selección artificial en oposición a la selección natural”, y llega a afirmar que “bajo el comunismo un hombre medio podría llegar a ser un Marx, un Aristóteles o un Goethe”. Ingeniería social que se aproxima a la magia. Hay que reconocer que Ernesto Guevara nunca se pasó tanto de rosca. Y ya vimos que los “complejos métodos de selección artificial” incluían el Gulag.

Y como el concepto parece más polifacético que una cuchilla suiza, Franz Fanon hablaba del hombre nuevo que aparecería después de la derogación del hombre blanco occidental como sujeto de la historia. El hombre poscolonial. Por su parte, para el iraní Alí Shariti, el hombre nuevo es el muyahidín, creyente hasta la inmolación.

En cuanto al caso que nos ocupa, ¿qué fue del hombre nuevo de Ernesto Guevara?

Según él “aquellos cuya falta de educación los hace tender al camino solitario, a la autosatisfacción de sus ambiciones” (p. 8) son el hombre viejo. A ellos se refiere: “cuando la revolución tomó el poder se produjo el éxodo de los domesticados totales” (p. 12). Domesticados por el ancient regime. “Las taras del pasado se trasladan al presente en la conciencia individual y hay que hacer un trabajo continuo para erradicarlas” (p. 6). “Nuestra tarea consiste en impedir que la generación actual, dislocada por sus conflictos, se pervierta y pervierta a las nuevas (…) su pecado original; no son auténticamente revolucionarios (…) Las nuevas generaciones vendrán libres del pecado original” (p. 14). Es decir, según él, gracias a la acción milagrosa de la revolución, las nuevas generaciones nacerían sin esas taras del pasado, como si se tratara de una viruela burguesa erradicada por una vacuna de marxismo. Y dado que “La arcilla fundamental de nuestra obra es la juventud: en ella depositamos nuestra esperanza y la preparamos para tomar de nuestras manos la bandera” (p. 17), los jóvenes vendrán ya inmunizados de fábrica.

¿Y cómo obraría el nuevo régimen ese milagro? Mediante la acción social y política: “el individuo recibe continuamente el impacto del nuevo poder social y percibe que no está completamente adecuado a él. Bajo el influjo de la presión que supone la educación indirecta, trata de acomodarse a una situación que siente justa y cuya propia falta de desarrollo le ha impedido hacerlo hasta ahora. Se autoeduca” (p. 8). De modo que el joven, fascinado por los justos ideales de la revolución, se autoeduca para ponerse a la altura. Deja de tener ambiciones, sueños e ideales personales para convertirse en una célula de la nueva sociedad, un pólipo del arrecife socialista. No olvidemos la educación indirecta, aunque no sabemos si se refiere a la policía política y otros medios coercitivos, como las tristemente famosas UMAP, que pretendían fabricar “hombres nuevos” aunque muchos se rompieran definitivamente durante el proceso. Si no te autoeducas, ya nos ocuparemos nosotros: “por un lado actúa la sociedad, individual y colectiva” (p. 6). “Nos esforzaremos en la acción cotidiana, creando un hombre nuevo con una nueva técnica”. (p. 17). Lo cual recuerda la frase de Stevenson (el púgil, no el novelista) cuando afirmó que “la técnica es la técnica y sin técnica no hay técnica”. Pocas veces se puede decir tan poco como Guevara con tantas palabras. Lo increíble es que intelectuales de medio mundo y cátedras universitarias de renombre se lo tomaran en serio.

Y ¿quién educará a esos jóvenes que no alcancen solo con autoeducación el olor de santidad del hombre nuevo? La vanguardia. El partido. Porque los cubanos “ya no marchan completamente solos, por veredas extraviadas, hacia lejanos anhelos. Siguen a su vanguardia, constituida por el partido” (p. 9), y eso ocurrirá porque la masa “sólo podrá avanzar más rápido si la alentamos con nuestro ejemplo” (p. 9). “La selección natural de los destinados a caminar en la vanguardia y que adjudiquen el premio y el castigo a los que cumplen o atenten contra la sociedad en construcción” (p. 9). La vanguardia no solo iluminará el camino con su ejemplo, sino que repartirá premios y castigos. Durante los siguientes años no veremos demasiados premios, salvo los que la vanguardia se atribuyó a sí misma, pero sí muchos castigos. Y el mayor castigo fue el colectivo: “el individuo de nuestro país sabe que la época gloriosa que le toca vivir es de sacrificio” (p. 15). “No se trata de cuántos kilogramos de carne se come o de cuántas veces por año pueda ir alguien a pasearse en la playa, ni de cuántas bellezas que vienen del exterior puedan comprarse con los salarios actuales. Se trata, precisamente, de que el individuo se sienta más pleno, con mucha más riqueza interior” (p. 15). El problema es que para la inmensa mayoría de la población, la riqueza interior no compensa la miseria exterior. Y eso, por tiempo indefinido, porque el eslogan “el presente es de lucha; el futuro es nuestro” (p. 14) sigue tan vigente como el cartel que colgaban en las bodegas de antes: “Hoy no fío. Mañana sí”. Y nunca se descolgaba. Como la felicidad futurible del socialismo cubano, como el horizonte, mientras más nos acercamos a ese futuro que será nuestro, más se aleja. Por el contrario, Miami siempre queda a la misma distancia. Al final, los cubanos durante seis décadas “marchan completamente solos, por veredas extraviadas, hacia lejanos anhelos”.

Por si la perspectiva de un futuro feliz siempre en fuga no bastara,  esa selección natural de los llamados a ser la vanguardia, el ejemplo a seguir, nos enseñó, entre otras virtudes, el enriquecimiento ilícito, el desprecio por la felicidad y la vida de sus compatriotas, el oportunismo, la crueldad o la estupidez en el mejor de los casos, el nepotismo, la falta de compasión y otras tantas conductas ejemplares que nos entrenaron en la doble moral, la simulación y la paciencia a la espera de nuestra oportunidad para alcanzar ese futuro tangible que nos queda a noventa millas.

Según Guevara, el resultado de ese proceso mágico de producción del hombre nuevo, al que se educa para prescindir de su individualidad en favor de una incierta identidad colectiva, en la perspectiva de trabajar denodadamente y sin otra retribución que su riqueza interior para conseguir un futuro en fuga, será que “el hombre, en el socialismo, a pesar de su aparente estandarización, es más completo; a pesar de la falta del mecanismo perfecto para ello, su posibilidad de expresarse y hacerse sentir en el aparato social es infinitamente mayor” (p. 10). “Acentuar su participación consciente, individual y colectiva, en todos los mecanismo de dirección y producción (…) Así logrará (…) su realización plena como criatura humana, rotas las cadenas de la enajenación”. (p. 10). Cuesta creer que, derogadas las libertades refrendadas por la constitución, entre ellas las de expresión y asociación, la prensa libre, el multipartidismo y la democracia, el propio Guevara creyera que el hombre común tuviera la más mínima posibilidad de tener una “participación consciente, individual y colectiva” que no fuera aplaudir.

Cincuenta y siete años después de la muerte de Guevara, abandonado por Castro en la selva boliviana, sus ensoñaciones sin ninguna base científica, ni lógica histórica o sociológica, resultan más descabelladas que los horóscopos de las pitonisas televisivas. Un hombre que presumía de seguir los principios del materialismo histórico y dialéctico, convierte en vaticinios sus propios deseos sin la menor coherencia lógica: Seguir el ejemplo de una vanguardia de incompetentes y oportunistas que han hundido al país sin asumir ni una sola responsabilidad, produciría hombres altruistas y virtuosos. Silenciados y sin medios de participación ciudadana, tendrían una “participación consciente, individual y colectiva” en el destino de la nación. Trabajarían denodadamente sin otra recompensa que una felicidad futurible que sesenta y cinco años más tarde ni está ni se le espera.  

Por eso no resulta nada raro que 425.000 emigrantes cubanos llegaran a Estados Unidos entre 2022 y 2023, a los que se suman decenas de miles hacia otros destinos; el mayor éxodo de nuestra historia. Dado que esa emigración es mayoritariamente joven, podríamos concluir que, el hombre nuevo del siglo XXI está en Miami. Efectivamente, “las nuevas generaciones vendrán libres del pecado original”, creer en la revolución en la que un día creyeron  sus padres.





Soltar al tigre

31 03 2024

Cubaencuentro.com 24/11/2023

https://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/soltar-al-tigre-343271

“Freiheit ist immer die Freiheit des Andersdenkenden” (“La libertad siempre ha sido y es la libertad para aquellos que piensen diferente”), escribió la socialdemócrata Rosa Luxemburgo en 1916. En una entrevista de 1920, Fernando de los Ríos, diputado del Partido Socialista Obrero Español, preguntó al bolchevique V. I. Lenin cuándo disfrutarían de libertad los ciudadanos soviéticos, a lo que éste respondió “¿Libertad para qué?”.

Quienes tenemos la suerte de vivir en libertad sabemos para qué: para todo. Para ser quienes somos y no quienes otros desean que seamos. Para pensar, opinar, amar y soñar en conciencia. Para creer (o no) en dioses, próceres, éticas y estéticas. Para expresar con total libertad esas opiniones y asociarnos (o no) en consonancia. Tenemos claro que nos asiste el derecho y la obligación de defender esa libertad. Pero no siempre tenemos claro que, con el mismo énfasis, debemos defender la libertad del otro, del que piensa diferente.

Eso lo saben perfectamente todas las dictaduras, por eso no es casual que una de las primeras medidas de Fidel Castro fuera intervenir todos los medios de prensa. Se establecía así que todo ciudadano era libre de pensar lo que quisiera, siempre y cuando no lo pronunciara. El triunfo del monólogo interior. O que desde los nazis hasta Pinochet incineraran montañas de libros. Un procedimiento que traspasa continentes e ideologías: desde los regímenes comunistas, hasta los ayatolas, los terroristas de ISIS y los talibanes, o las dictaduras de diverso pelaje en todo el mundo. Ya lo sabía Ray Bradbury en Fahrenheit 451.

Pero la libertad no es un don irrevocable que se nos ha concedido para siempre. Si no la defendemos cada día, o si asumimos que mi libertad puede prescindir de la libertad del otro, nada me garantiza que mañana ese otro se sienta tentado a prescindir de la mía.

Occidente ha sido, sin dudas, el espacio que mayores libertades ha disfrutado en este planeta y durante más tiempo. Se lo debemos a la democracia, un sistema político en el cual mi adversario tiene el mismo derecho a existir que yo, siempre y cuando no intente quebrantar mediante la violencia el orden constitucional. Eso impone la convivencia que, según la RAE, es “vivir en compañía de otro u otros”, “coexistir en armonía”. Sin embargo, estamos observando en muchos países la quiebra de esa convivencia. La descalificación del adversario tildándolo de traidor, tramposo, enemigo de la nación, mentiroso, delincuente… Y si eso no diera resultado, se echa mano de las fake news: la señora Hillary Clinton regenta un negocio de pornografía infantil en la trastienda de una pizzería; la esposa de Pedro Sánchez es en realidad un hombre travestido y trafica mariguana desde Marruecos, y Obama nació en África. Los esbirros cubanos son dignos herederos del KGB en esos ejercicios de infamia. No hacen falta pruebas y en caso de que el emisor sea condenado por difamación, hace una colecta entre sus fans para que paguen la multa. Y da resultado. La mentira es más poderosa que la ley. Más poderosa que la razón. Algunos independentistas catalanes insisten en creer que, libres de España, serían tan ricos como Dinamarca, que permanecerían automáticamente en la Unión Europea y que conservarían su pasaporte español. No se explican por qué muchas compañías catalanas emblemáticas se dieron a la fuga. (El dinero es incrédulo). Los ingleses que votaron a favor del brexit que iba a hacer de Gran Bretaña el país más rico y feliz del mundo una vez librado de la tiranía de Bruselas, descubren ahora que el camión con sus verduras está retenido en la frontera, que los precios se han desbocado, el crecimiento económico es la mitad de la media europea y que su médico y su enfermera regresaron a España.

Aquí estamos viviendo una campaña electoral permanente desde principios de año. Una vez constituido el gobierno, podría pensarse que la campaña ha terminado, pero no es así. Noche tras noche, transmitidas en vivo por la televisión, hemos visto las manifestaciones ante la sede de Ferraz: jóvenes y orgullosos neonazis a cara descubierta o embozados, muchos con antecedentes penales; falangistas de antes y de ahora; nostálgicos franquistas de ayer y jóvenes promesas que sólo han conocido al caudillo por las historias de sus abuelitos antes de acostarse. Monárquicos anti felipistas. Desokupas. Hooligans. “Guardias Grises” y “Jemeres azules”. “Gente de bien”, dice la oposición. Gritan los eslóganes más soeces y agitan los emblemas más esperpénticos: banderas de los tercios;  muñecas inflables con los nombres de las ministras; banderas mutiladas de escudo en repudio del rey Felipe IV por no cabalgar con Abascal y Santiago Apóstol en su caballo blanco y exterminar a los rojos; cánticos xenófobos y homófobos. Y verdaderos contrasentidos: acusaciones de golpista al presidente Sánchez, democráticamente electo por una mayoría parlamentaria, mientras corean “Franco Franco Franco”, al que en 1936 tampoco le gustó que los republicanos ganaran las elecciones. Eso reforzado por otro slogan genial: «Aquí hace falta un Tejero, pero de los de verdad». Es decir, hace falta un coronel como Tejero, que en 1982 tomó el Congreso e intentó un golpe de Estado, y no golpistas de mentiritas como Sánchez.

Alguien me dirá, y seguramente con razón, que se trata de una minoría de exaltados que no representan a la oposición legal y democrática. Que las verdaderamente representativas son las manifestaciones pacíficas convocadas por el Partido Popular. Y estamos de acuerdo. Pero el hecho de que esos exaltados cuenten con la aprobación o al menos la disculpa de partidos con representación parlamentaria; que la presidenta de una comunidad autónoma clame contra esta “dictadura” y llame a derrocarla, que un político en ejercicio llame al magnicidio, explica que los ultra se sientan legitimados para quebrar la convivencia mediante acciones violentas. Por si fuera poco, un grupo de militares jubilados, alguno de los cuales pidió hace cierto tiempo una limpieza social “aunque tengamos que fusilar a 26 millones de españoles”, ha publicado recientemente una carta abierta al ejército instándolo a que deponga al Presidente. Son unos viejos militares sin poder, nostálgicos del franquismo, dirá alguno. Y tiene razón. Lo preocupante es que el clima de beligerancia permanente, insulto y descalificación los envalentonen hasta incurrir en un delito.

La acritud ha llegado al punto de perder las más elementales normas institucionales. Es habitual que el presidente del partido más votado sea felicitado por su oponente en la noche electoral. No ocurrió. Y que el presidente electo por los votos del Congreso sea felicitado por el jefe de la oposición. Tampoco. En su lugar, Núñez Feijóo se acercó al presidente Sánchez en el hemiciclo para decirle “Es un error”. ¿Un error de quién? ¿De Sánchez que ganó la votación? ¿De los partidos con representación parlamentaria que votaron a su favor en nombre de sus electores? ¿De los españoles que votaron a esos partidos? No es un error. Se llama democracia. Y en el traspaso de carteras ministeriales hemos visto el bochornoso espectáculo de dos ministras de Podemos que no repetían en sus cargos, arremeter contra el gobierno del cual todavía forman parte, acusándolo de destruirlas por su espléndido trabajo y sus grandes virtudes, cuando en realidad es consecuencia de sus persistentes errores, su nula autocrítica y su deslealtad institucional.

Lo peor es cuando la intolerancia se infiltra hasta la vida cotidiana: padres, hijos, hermanos, familias cubanas fracturadas durante años por el odio entre los pro y los contras; mi abuela ocultando a sus hijos que se quedaron las cartas de sus hijos que se fueron, los innombrables; la familia catalana que celebra la Nochebuena hablando del tiempo y misceláneas para evitar el tema de la independencia; trumpistas y anti trumpistas incapaces de compartir el pavo de Thanksgiving.

Aunque lo más interesante es constatar en las redes sociales las ácidas críticas de los grupos ultra no sólo a sus “enemigos naturales” sino a sus patrocinadores por acción u omisión, a quienes tildan de blandos, cobardes y cómplices. En las olimpiadas del fundamentalismo siempre hay un extremista más radical. Ese es el peligro de soltar al tigre. Nunca sabrás a quien morderá primero.





Y ahora… nada

20 03 2024

Cubaencuentro.com, 26/11/2016 4:56 pm

Diario digital, Madrid, España       http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/y-ahora-nada-327807

Desde que salí de Cuba, en 1994, la pregunta que más veces me han formulado es ¿qué pasará cuando muera Fidel Castro? Han sido muchas las posibles respuestas, hasta llegar a la noche de hoy en que ocurrió lo que García Márquez, su gran amigo, llamaría Crónica de una muerte anunciada.

Cuando se vio obligado a abandonar en 2006 lo único que amó en esta vida, el poder, comenzó una década de agonía, aderezada por sus “Reflexiones”, donde el político brillante que imantaba a las multitudes y seducía a una buena parte de la progresía mundial, demostró, palabra a palabra, su imparable deterioro intelectual. Posiblemente no haya en la historia universal un registro tan minucioso del retroceso mental, materia de estudio para los psicólogos del porvenir.

Instalado desde siempre en la desmesura, el hombre que no dudaba en cometer discursos de seis o siete horas, el que instó a Kruschov, desde una pequeña isla, a iniciar el apocalipsis nuclear, sufrió una agonía también desmedida y la peor de sus pesadillas: contemplar su progresivo viaje hacia la intrascendencia, como ese antiguo mueble que heredamos de los abuelos y que nadie sabe dónde poner cuando empezamos a cambiar la decoración de la casa.

Una ironía del destino es que quien redujo el consumo de sus súbditos a niveles de supervivencia haya muerto justamente un Black Friday, la fiesta del consumo, como si su deceso colaborara en la venta de periódicos y especiales noticiosos con sus interminables cuotas de publicidad. Su muerte, que acapara hoy las portadas de todos los periódicos, comparte protagonismo con las ofertas especiales de Amazon, Walmart y El Corte Inglés.

Posiblemente a esta hora de la madrugada se estarán descorchando botellas largo tiempo añejadas en algunas casas cubanas (de cualquier geografía) y en otras (de cualquier geografía) se llorará la partida del Querido Líder, para decirlo en términos norcoreanos. Un suceso que quince años atrás habría sido inquietante, o que plantearía incógnitas difíciles de responder, es hoy intrascendente.

Si alguien me preguntara hoy que pasará cuando muera Fidel Castro, le respondería, sencillamente, nada. En realidad, Fidel Castro lleva muerto al menos un lustro. Como en el caso de Lenin, lo que quedaba de él era un cuerpo momificado y una serie de manuscritos que, en la mejor tradición de los escritores y sus viudas, seguían rescatando de las papeleras en un intento de rentabilizar al difunto, si no económica, al menos políticamente.

Cuando era pequeño, mi hijo llamaba al televisor “La casa de Fidel Castro”. En su ingenuidad (que quizás fuera una precoz sabiduría) creía que aquel señor barbado que hablaba sin cesar vivía dentro de la caja. Eso es Fidel Castro para el 70 % de los cubanos que han crecido con su imagen omnipresente, aunque poco a poco su influencia ideológica se fuera reduciendo a la de otros elementos del paisaje como las palmas reales, las ceibas o el marabú.

Si de nuevo alguien me preguntara qué pasará cuando muera Fidel Castro y no se conformara con un simple “nada”, y exigiera explicaciones, le aclararía que durante los últimos años su hermano Raúl se ha encargado de ir desmontando pieza a pieza el sistema de subordinación absoluta a su persona que caracterizó el reinado de Fidel. Porque este último decenio ha sido un lento y dubitativo retorno al capitalismo de 1958, aunque sin su eficiencia, y con la pretensión de conservar el monopolio del poder, eso sí, al mejor estilo familiar.

La única pregunta que nos queda por responder, y es algo de lo que nos enteraremos en los próximos meses, es si los retrocesos, indecisiones y timidez de las reformas raulistas ocurrieron motu propio o por intersección divina, es decir, de su hermano, quien, aun agonizante, seguía siendo el ángel tutelar del eterno secundario. Es decir, lo único importante que ocurrirá tras la muerte de Fidel Castro en que sabremos, por fin, quién es verdaderamente Raúl Castro (aunque ya lo sospechemos).

Tanto sus enemigos acérrimos como su club de fans coincidirán en que Fidel Castro ocupa ya un lugar en la historia del siglo XX, aunque quizás no sea el sitio que él habría deseado. Tiempo al tiempo, la historia suele colocar a cada uno en su lugar. También coincidirán, amigos y enemigos, en que sin Fidel Castro Cuba sería menos conocida internacionalmente y los cubanos, posiblemente, más felices.

Sus incondicionales situarán entre sus éxitos los sistemas de enseñanza y salud que acogen a toda la población, y culparán de su actual declive al imperialismo o al clima. Sus críticos alegarán que los cubanos no siempre estamos estudiando o enfermos.

Otros legados de su mandato son una policía política extraordinariamente eficiente, el récord de longevidad entre las dictaduras de un continente pródigo en dictaduras y la universalización de lo cubano: dos millones, la quinta parte de los cubanos que pueblan el planeta, habita fuera de la Isla que un día fue el primer exportador mundial de azúcar y hoy es solo el primer exportador mundial de cubanos.

Todo panegírico relaciona in extenso las obras y virtudes del finado, y este texto no podría ser menos.

Fidel Castro Ruz compartió rasgos con muchos de sus homólogos: histriónico como Mussolini, a quien recuerda en su oratoria enfática, repetitiva y didáctica; tenía una noción mesiánica equivalente a la de Hitler; como Stalin, carecía de escrúpulos y estaba dispuesto a cualquier desmán para conservar el poder; fue tan hábil en el arte de la intriga y en tejer su propia leyenda como Mao, y, además, ejerció de líder planetario, síndrome que raras veces ataca a los caciques de naciones pequeñas.

Sin embargo, a pesar de que durante medio siglo dispuso a su albedrío del presupuesto de la nación y de las ayudas internacionales, cuantiosas durante la mitad de su reinado, más que como un constructor, Fidel Castro se comportó como una brigada de demoliciones encargada de derribar las ciudades, especialmente La Habana, con la perseverancia de un Pol Pot en tempo de bolero.

Ni siquiera, como sus amigos Saddam o Gadaffi, Fidel Castro levantó sus propios palacios. Prefirió ocupar y remodelar las mansiones abandonadas por la burguesía en fuga. Es cierto que se han edificado insultos urbanísticos, al estilo de Alamar, en casi todas las provincias, y que muchos podrían defender con sobradas razones su carácter emblemático, pero yo soy más piadoso y prefiero pasarlos por alto. Por otra parte, la restauración selectiva de La Habana Vieja es apenas la (presunta) recuperación de una memoria arquitectónica colonial, no solo ajena, sino en franco contraste con la (presunta) ideología revolucionaria. Los Chevrolets y Cadillacs de los 50 que ruedan por esas calles redondean una escenografía al servicio de los turistas, quienes se sumergen en un espacio virtual donde la Revolución no ha llegado ni, invocando a Carlos Puebla, el “Comandante mandó a parar” y donde, por tanto, no “se acabó la diversión”. El espejismo no prueba la existencia del oasis. Ningún turista, desde luego, aceptaría un tour por los centrales azucareros desmantelados, por las escuelas en el campo abandonadas, como barcos clónicos encallados en los naranjales, o la visita a los restos fósiles de la central atómica de Juraguá, que nunca procesó (para nuestro alivio) un gramo de uranio. La Revolución que en su día vendió sobre planos la arquitectura del porvenir, ofrece ahora al contado un pasado de diseño.

Durante medio siglo, Fidel Castro dilapidó enormes sumas en costear una agenda política de gran potencia —promover la insurgencia, comprar conciencias y perpetrar invasiones en tres continentes. Lo que quedaba, se destinó a una industrialización dependiente y obsoleta de nacimiento, y a desarbolar el país para convertirlo en un megalatifundio agrícola que, a pesar de las inversiones en maquinaria y productos químicos, nunca satisfizo la demanda. La universalización de la enseñanza, la atención médica y la hipertrofia militar son los grandes rubros del país. Pero el esmirriado cuerpo de la nación es incapaz de sostener una cabeza hidrocefálica y unos puños como mandarrias de cinco kilos. Mientras, las ciudades han involucionado hacia ruinas sin la grandeza del Coliseo romano. Pero la indigencia arquitectónica no se debe a la falta de medios. El líder cubano disponía de una contabilidad paralela que sufragaba sus caprichos: batallas de ideas, rescate de Elianes, campañas internacionales, e incluso, a fines de los 80, construir todo un polo científico con varios centros de investigación sin, como se dijo, “afectar el presupuesto nacional” —las arcas del Comandante se nutrían de la divina providencia.

¿Fue acaso voluntad de Fidel Castro, político narcisista, prendado de su propia imagen, legar a la posteridad un paisaje de ruinas? La respuesta, como los buenos cócteles, puede tener varios ingredientes.

El primero, su odio a una alta sociedad habanera que nunca lo aceptó como a un igual y que desapareció rumbo al Norte abandonando la ciudad a su merced. Y Fidel Castro no perdona. Ni a una ciudad a la que pretendió, incluso, arrebatar la capitalidad del país. Ni a un antiguo camarada que decidió abandonar el séquito de incondicionales —Huber Matos, Mario Chanes de Armas—; ni al que demuestre la incompetencia del líder —Arnaldo Ochoa, estratega que ganó la guerra de Angola desoyendo las instrucciones de Castro; el ministro del Azúcar Orlando Borrego, tras vaticinar en 1970 el fracaso de la Zafra de los Diez Millones—; ni al carismático que robe cámara y protagonismo a la prima donna —Camilo Cienfuegos, Ernesto Guevara—; ni a un jefe de Estado que no le conceda la jerarquía que él mismo se atribuye —Eisenhower, Kruschov—; ni siquiera a un médico, un escritor o un deportista que “deserte” del cuartelillo nacional. No es raro que no perdonara a una Habana pecadora y frívola, pero donde los combatientes clandestinos, y no los guerrilleros de la Sierra, donaron la mayor cuota de mártires.

El segundo ingrediente es su condición de no-estadista. Hitler soñaba con mil años de Tercer Reich, aun sin su presencia, y Albert Speer diseñó la capital del imperio. Fidel Castro desmanteló el Estado republicano y, como nunca estuvo dispuesto a someter su poder personal al imperio de instituciones que lo limitarían, se resistió a crear una estructura institucional, ni siquiera para que perpetúe su régimen. Fue, eso sí, un político atento a la conservación del poder absoluto a costa de la felicidad y el bienestar de los cubanos; a costa de abolir y luego trucar la democracia. Optó por el voluntarismo y la improvisación como leyes supremas de la república, con periódicos cambios de rumbo: obras a medias, proyectos inconclusos, imposible planificación a largo plazo, recursos al servicio de la política o de la “iluminación” de turno. Disfrutó del poder más absoluto hoy, ahora, y si no edificó el porvenir fue porque siempre lo supo un territorio ingobernable.

El último componente del cóctel es la inflación de su ego. Desde muy temprano, Cuba no fue su objetivo, sino su plataforma de despegue internacional. La tribuna desde donde proyectar sus ambiciones, primero, continentales, y luego, universales. Cuba fue, también, su alcancía —fondos propios o depositados por los “países hermanos”, desde la Unión Soviética hasta Venezuela— para costear su agenda de gran potencia: un servicio de inteligencia y de relaciones internacionales hipertrofiados; la adquisición de intelectuales, sindicalistas, políticos e incluso gobiernos dóciles; la promoción de la insurgencia; la implementación de campañas internacionales, y, llegado el caso, las invasiones —armadas y desarmadas— para crear o consolidar zonas de influencia.

El Comandante no ha legado un zigurat ni una pirámide, ni un museo monumental o una torre emblemática, ni la configuración institucional de un país, ni un ideario o un Manual de Instrucciones para los fidelistas del porvenir —no hay Libro Rojo, ni Idea Juche, ni ¿Qué hacer? leninista, ni Mein Kampf—. Su programático alegato de 1953, La historia me absolverá, ya no se reedita, y sus infinitos discursos, acompasados a los vaivenes de la coyuntura política, se han convertido en arte efímero, y algunos están clasificados como lectura restringida, herética, en la hemeroteca nacional. Si acaso, aunque menguante en su vigencia, la única obra publicada por Fidel Castro que se ha perpetuado hasta nuestros días es nuestra cartilla de racionamiento, la Libreta de Abastecimientos, el documento más emblemático de este medio siglo.

Google arroja 23.400.000 entradas para “Fidel Castro”; cinco veces más que las de “Gorbachev” (4.810.000) y veinticinco veces más que las de “Mao Zedong” (641.000). Aunque todavía es superado con creces por los 36.000.000 de entradas de “Stalin”.

Fidel Castro comenzó a edificar el monumento a sí mismo en la mente de los cubanos pero, en la medida que se fueron desencantando —hasta el punto de aguardar su muerte como quien espera a que escampe la Historia, venga la inclemencia que venga—, exportó la obra a la mente de una extensa y difuminada red de fans que rentabilizaba su discurso reivindicativo sin padecer su práctica totalitaria. Construyó un poder que rebasaba con mucho los límites de la Isla, y una imagen, una mitología, cuidadas hasta el detalle. Ese ha sido, con diferencia, el mayor éxito de su mandato. Arquitecto de su propio ego, Fidel Castro es la única obra perdurable de Fidel Castro.





Escrito en los ojos de las calcedonias

19 03 2024

Escrito en los ojos de las calcedonias; en: Cubaencuentro.com Madrid, 04/11/2014 https://www.cubaencuentro.com/cultura/articulos/escrito-en-los-ojos-de-las-calcedonias-320776

«Llego a preguntarme a veces si las formas superiores

de la emoción estética no consistirán,

simplemente, en un supremo entendimiento de lo

creado. Un día, los hombres descubrirán un

alfabeto en los ojos de las calcedonias, en los

pardos terciopelos de la falena, y entonces se

sabrá con asombro que cada caracol manchado era,

desde siempre, un poema».

Alejandro Carpentier, Los pasos perdidos

Michael H. Miranda; En país extraño,

Editorial silueta, Miami, 2014

Suelo decir a mis amigos que la poesía me visita de tarde en tarde y en esas ocasiones intento aprovechar lo que musita a mi oído. Pero ella es mi musa inconstante, impredecible. Leyendo En país extraño, de Michael H. Miranda, descubro con envidia que mientras a mí me concedía largas ausencias, la musa inconstante de la poesía mantenía con él una intensa relación de la que es prueba este libro.

Las palabras con las que un autor comienza un volumen no sólo son la puerta de entrada a esos misterios de Eleusis que es toda poética, sino que marcan el territorio que el poeta nos propone. La geografía de sus sueños. Las coordenadas de la palabra. En país extraño comienza:

“he dejado que crezca un ojo de humo en mi diario

voy hacia la patria en fila india

de cualquier modo sobrevivo lento

vuelto mío el horror el tedio

dios sabrá cómo alejar el regusto que despedirse deja”. (11)

Un inicio exacto y al mismo tiempo engañoso. Libro de despedida y de reinicio no es, de ningún modo, libro de nostalgia, de paraísos añorados o perdidos, porque “mi cuerpo suda lo que mi alma vivió” (12), y en una suerte de declaración el autor afirma “escribo para decir nunca” (12).

“tendrían que expulsarme

a latigazos

de mi cuerpo”. (12)

Y más adelante se reafirma: “vivo la no-isla la no-edad del país que mira al mar” (14). “Preferiría el desafío de un duelo con todo y la nostalgia” (14).

Notariado de percepciones. Poesía dubitativa, lejos de las verdades reveladas o los hechos sin dobleces. Poesía personal (“yo no quiero salvarme si no salvo mi cuerpo. yo me pongo a escribir yo y me subo sobre mí”, confiesa, 17), pero no siempre:

“no soy yo el que quiere escribirse

soy el profeta espurio

no sé a cual verdad aliarme

(mejor dicho, no siempre)” (68)

El autor compone su poética con todos los materiales disponibles, no prescinde de nada, la muerte siempre merodeando, siempre presente, la vida toda desde el dolor al gozo. El poeta quiere que “toda palabra escrita sea parte de mí” (87). Y da cuenta de ello:

“he visto. fui feliz sin abstenerme sin evasiones. todo cuanto sufro no lo aprendí en esta vidamiseria. anduve. ando. vine de la muerte que es como gramo de polvo sobre el asfalto. ya está dicho: algo roe las entrañas del país. (…) si una sombra duele ¿será mi sombra?” (87).

Y suma a su discurso los más disímiles materiales disponibles: “cualquier todo escrito: noche espléndida, el rumor de ciudades sitiadas, golpes en la puerta, surcos de tierra en rodillas que sangran” (87).

Echa mano a la prosa:

“en manhattan una tarde enrique lihn toma el metro a cualquier lugar   una casa/ con algo de catacumba al aire libre  desventrada  sobre  el  nivel de las  aguas    divisa una monja entre la muchedumbre (…) pero no sabe de pronto dónde se le pierde porque no puede verse  dos  veces la misma cara en el subway” (67)

 Y a la transliteración de discursos que suelen poblar las culturas de frontera:

“justo ayer en fin oí que moríamos y corrí a alimentar las bestias pon en hora tus relojes close your eyes my baby vamos a fumarnos unas yerbas antes que suene el látigo la ruta del caminador yo la conozco fácil entre líneas del viejo testamento total casi nunca soñamos transiciones la vida es hermosa es siempre algo peor parecido a la vida” (44)

Incluso echa mano a la isla, las islas, la soñada y la que lo sorprende en la vigilia:

“soñé una isla de amparo y desnudez. al despertar hallé el manicomio en sordina de otros cuerpos danzando.

los he visto. tú lo has dicho.

algo como la noche está cayendo”. (87)

El autor apela a múltiples referencias y discursos culturales que ensambla en el corpus de un discurso con sus propias reglas (ausencia de títulos, abolición de mayúsculas,  sintaxis sincopada, textos veloces como en contrapunteo). Parafrasea incluso el conocido poema El otro, escrito por Roberto Fernández Retamar, supuestamente, el día 1 de enero de 1959, donde hace un mea culpa y lloriquea:

Nosotros, los sobrevivientes,

¿A quiénes debemos la sobrevida?

¿Quién se murió por mí en la ergástula,

Quién recibió la bala mía,

La para mí, en su corazón?

Escribe Michael H. Miranda:

“a quién le debo yo mi podredumbre.

a qué nombre estoy sujeto.

quién sopló en mi costado.

quién me arrancó los ojos para dejarme mudo.

(…)

la isla es un punto cardinal en esta fiesta.

a quién le debo yo mis dos orillas”. (70-71)

Poética signada por los eventos del exilio en fase de proyecto

“la raíz del hielo está creciendo como isla a la deriva

hacia ningún lugar de la tierra llamado paraíso

defunciones

rupturas

viajes

(…)

se oye el aleteo de ave migratoria

las dosis de amar que el tiempo resta”. (85)

“mis tropicales días están contados./ créanme: soy feliz sabiéndolo”. (73-74)

Pero también del éxodo consumado, porque “hacia viejas querencias voy lejos de este muro en país extraño”. (35). Aunque la entidad del país extraño puede ser el país promisorio al que arriba o el país natal al que ya no reconoce. Poesía de la memoria, como se encarga el autor de subrayar:

“escrito su nombre en el reverso

me alejo entre tumbas

voy solo por el país de memoria”  (21)

Porque “mis puentes son de memoria. dicen no transitar. arcos tensos. países/arcos” (43) no desprecia la puntada filosófica:

“vi nevar y vi unos hombres remando hacia adentro

tierra adentro

y era noche cerrada entre las manos”. (20)

En país extraño es un poemario personal, íntimo, desgarrado, que con frecuencia acoge eventos de la realidad inmediata (sin carácter de panfleto o denuncia) que no han podido menos que conmover la vida del autor. No hay una voluntad referencial expresa o explícita, pero ocurre que

“a veces el día es una sacudida del largo de un hueso

el temblor de campo minado lo va borrando

y es como echar a caminar sobre los cuerpos

que el paraíso olvida” (45)

Entonces el poeta decide “abrir una vena hacia el océano como si flotaran mensajes o de una tabla húmeda brotaran volvieran los muertos que tragó el noventicuatro los lanzallamas orfebres de rojerías” (46), y confiesa que

“he escrito prados libertad hastío

he mentido a sabiendas

viví lo atroz de aliarme a mi contrario” (55)

En cualquier caso, no es la poética del resentimiento como no lo es de la nostalgia o de una memoria lastimera sino una poética del post: una poética cuyo epicentro ha dejado de ser el espacio autorreferencial, enfermizamente endogámico de la isla para emplazarse en un universo posmoderno y posnacional de coordenadas mudables aunque el autor reconozca que

“nadie puede deshacerse de lo que odia

nadie puede ver más allá de su sombra”. (96)

Si son importantes las frases iniciales de todo poemario, las que marcan el territorio como cualquier animal en la jungla de las palabras, no lo son menos las finales. En el último poema, Michael H. Miranda sentencia:

“en hesíodo conversan el gavilán y el ruiseñor

el uno saqueará la ciudad del otro

maldito quien pretenda ahogar al poderoso” (98)

Pero no se trata de una constatación desolada. El poeta se dispone a aparejar sus naves y partir hacia los territorios que su imaginación revela al recorrerlos, transita hacia la geografía de sí mismo:

“observa los augurios

echa al mar tus naves una mañana de calma

abre los toneles para el día sagrado.

de la injuria qué brota qué va a quedar

en la mesura estuvo lo perdurable de estas palabras”. (98)

Pero no es la mesura lo que nos impide abandonar este libro, aunque de mesura no carezca. En la historia de la literatura no escasean los poemas cerebrales, filosóficos, reflexivos que, en el mejor de los casos, apelan a la inteligencia como un volumen de Heidegger, y en el peor, suelen ser poemas prefabricados. En país extraño este escrito desde la más desgarrada intimidad donde “toda verdad desnuda viene a salvarme” (91) y no apela a la reverencia o la vocación didáctica de sus lectores sino, directamente, a la sensibilidad. Y lo hace con una sabiduría poética que esconde las costuras, escamotea sus andamiajes y se presenta con la naturalidad de un poema escrito en los ojos de las calcedonias.





Paz en Guerra

10 08 2014

Cierta tarde, a fines de los años 80, un conocido escritor mexicano, impenitente bebedor de Coca-Cola, me confesó que varios meses atrás, insultado por unas declaraciones de Octavio Paz en las que éste criticaba el talante autoritario y liberticida de una considerable zona de la izquierda, lanzó por la ventana El laberinto de la soledad, una obra clave para entender a México y a América Latina. Yo la había leído en una manoseada edición impresa por la editorial Siglo XXI en 1970. Camuflada bajo la cubierta de una revista La mujer soviética, porque Octavio Paz estaba en Cuba contraindicado. Era tan dañino para la salud política como Vargas Llosa, Orwell y Cabrera Infante. El libro circulaba de mano en mano, más eficaz por lo secreto, en una cofradía de lectores asiduos. De modo que respondí al escritor mexicano que lamentaba no haber estado aquel día a los pies de su apartamento en la Colonia Condesa del D.F. para hacerme con el ejemplar defenestrado. No te hubiera dado tiempo, me respondió. A los cinco minutos bajé corriendo la escalera y pude rescatarlo de la acera desierta.

Reverenciado y escarnecido con idéntica intensidad, Octavio Paz Lozano (1914-1998), poeta y ensayista, premio Cervantes (1981) y premio Nobel de literatura (1990), publicó a los 17 años sus primeros poemas y no dejó de encandilarnos con su poesía e iluminarnos con sus ensayos hasta sus últimos días.

Hijo de la revolución mexicana, dedicó un poemario, No pasarán! (1936), a la Guerra Civil Española. Con el mismo énfasis celebró el espíritu renovador de las revoluciones (“encarnaciones modernas del mito del regreso a la edad de oro”, según él) y denostó la violencia. Desde mediados de los años 40 intentó conciliar la tradición liberal con la justicia social. “Él siempre creyó en el diálogo entre la tradición liberal y la tradición socialista, en esa convergencia de las dos tradiciones, la única posibilidad de una sociedad mejor. ¿Qué dejaba a un lado? Todos los fanatismos de la identidad, racistas, nacionalistas, religiosos, las dictaduras”, como afirmó Enrique Krauze en entrevista al diario El País[1]. El politólogo Roger Bartra afirma que ese diálogo sí se produjo en determinado momento, aunque entre la izquierda “la influencia del poeta, desgraciadamente, no ha sido suficientemente reconocida”[2].

Paz fue fiel a sí mismo: le resultaba inaceptable que “un escritor o un intelectual se someta a un partido o a una iglesia”[3]. Gracias a esa independencia de criterio, a esa capacidad de leer la realidad desde una perspectiva libre de prejuicios y dogmas, nos dejó desde los años 50 libros fundamentales para entendernos a nosotros mismos, como Libertad bajo palabra (1949), El laberinto de la soledad (1950), ¿Águila o sol? (1951), El arco y la lira (1956) y Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la fe (1982), el ensayo “más importante sobre crítica literaria”, en palabras de Vargas Llosa.

Sin esos textos no nos entenderíamos de la misma manera. No comprenderíamos las diferencias fundamentales entre nuestra tradición hispánica entreverada con los mitos ancestrales americanos, y la civilización puritana y anglosajona con su perspectiva positivista y su fe inquebrantable en el progreso. No comprenderíamos las actitudes de unos y de otros frente al cuerpo, la sexualidad, la fiesta, la fe, el goce de la vida y ante la muerte, esa soledad que siempre nos acompaña. Esa “soledad tiene las mismas raíces que el sentimiento religioso. Es una orfandad, una oscura conciencia de que hemos sido arrancados del Todo y una ardiente búsqueda: una fuga y un regreso, tentativa por restablecer los lazos que nos unían a la creación”[4].

Refiere Octavio Paz en “El pachuco y otros extremos” que al comentar a una amiga las bellezas de Berkeley, ella le respondió: «Sí, esto es muy hermoso, pero no logro comprenderlo del todo. Aquí hasta los pájaros hablan en inglés. ¿Cómo quieres que me gusten las flores si no conozco su nombre verdadero, su nombre inglés, un nombre que se ha fundido ya a los colores y a los pétalos, un nombre que ya es la cosa misma?”.

Y no hay en ello ningún provincianismo miope. Él observó la literatura desde lo propio, desde la identidad, pero también de una manera universal.

Según Krauze, el pensador Paz se mantuvo durante toda su vida en Guerra: “el revolucionario y el liberal; el socialista y el demócrata; entre su padre y su abuelo”, polemista consigo mismo, como apunta acertadamente Vargas Llosa.

Si el ensayista Octavio Paz nos alumbra, el poeta deslumbra, en particular el poeta del amor y del erotismo cuya arquitectura verbal se codea con la mejor poesía de todos los tiempos. En “De Piedra de sol” (1957), un poema total, enuncia:

“voy por tu cuerpo como por el mundo,

tu vientre es una plaza soleada,

tus pechos dos iglesias donde oficia

la sangre sus misterios paralelos,

mis miradas te cubren como yedra,

eres una ciudad que el mar asedia,

(…)

vestida del color de mis deseos

como mi pensamiento vas desnuda,

voy por tus ojos como por el agua,

los tigres beben sueño en esos ojos,

el colibrí se quema en esas llamas,

voy por tu frente como por la luna,

como la nube por tu pensamiento

voy por tu vientre como por tus sueños”

Octavio Paz reinventó su México natal desde la poesía, como diría en Libertad bajo palabra: “Invento la víspera, la noche, el día siguiente que se levanta en su lecho de piedra y recorre con ojos límpidos un mundo penosamente soñado. (…) “Contra el silencio y el bullicio invento la Palabra, libertad que se inventa y me inventa cada día”.

Lejos de ser un intelectual de salón, un poeta de capilla aislado del murmullo soez del mercado y la verdulería por las murallas de la academia y los fosos que en nuestro continente suelen cavar a su alrededor los poderosos para salvaguardarse de la plebe, Paz se mantuvo ocho décadas y media en guerra contra la estupidez y el menosprecio, intentó un México antes informulado, y lo hizo desde la pertenencia. No hay una declaración de fe ni manifiesto tan explícito como estos versos del poema “De Piedra de sol”. Unos versos que lo definen con más exactitud que cualquier hagiografía, cualquier discurso de ocasión (y esos ahora no escasean) o cualquier ensayo académico que intente abarcar lo inabarcable:

“todo se transfigura y es sagrado,

es el centro del mundo cada cuarto,

es la primera noche, el primer día,

el mundo nace cuando dos se besan,

(…)

las máscaras podridas

que dividen al hombre de los hombres,

al hombre de sí mismo,

se derrumban

por un instante inmenso y vislumbramos

nuestra unidad perdida, el desamparo

que es ser hombres, la gloria que es ser hombres

y compartir el pan, el sol, la muerte,

el olvidado asombro de estar vivos”.

 

[1] “La izquierda no sabe lo que se perdió al dejar de hablar con Octavio Paz”, 31-5-2014.

[2] “Un tango con Octavio Paz”; El País, 19 de junio, 2014. (http://elpais.com/elpais/2014/06/19/opinion/1403134143_711389.html)

[3] En Vuelta a El laberinto de la soledad.

[4] El laberinto de la soledad.





Javier Bardem: la desmemoria selectiva

8 08 2014

A propósito de la nueva guerra entre judíos y palestinos, el actor español Javier Bardem ha realizado una declaración (http://www.vanitatis.elconfidencial.com/noticias/2014-07-25/carta-abierta-de-javier-bardem-contra-el-genocidio-de-israel-en-gaza_168080/) donde subraya que ante el horror de lo que ocurre en Gaza “NO cabe la equidistancia ni la neutralidad”. Y lo cumple: NO es equidistante ni neutral. Su opinión es tendenciosa, parcial y, por tanto, falsea los hechos.

Ante todo, afirma que esta es “una guerra de ocupación y de exterminio contra un pueblo sin medios, confinado en un territorio mínimo, sin agua y donde hospitales, ambulancias y niños son blancos y presuntos terroristas”. Pero no explica por qué se ha producido esta ocupación.

Ciertamente, Gaza es un territorio mínimo, donde la población dispone de escasos recursos. El 80% de sus habitantes viven de las ayudas que distribuye Hammas, organización que teje así su red de clientelismo. El clientelismo de la supervivencia, pariente pobre del clientelismo mediante el cual los políticos españoles de izquierdas y derechas han convertido la cosa pública en la Cosa Nostra.

En el comunicado de Bardem no aparece ni una sola mención al lanzamiento de cohetes por parte de Hammas contra Israel que, si no han hecho más daño, no es por falta de intención, sino de tecnología. Los objetivos de los israelíes no son ni las ambulancias ni las mujeres ni los niños, sino las bases de misiles que Hammas protege mediante un camuflaje singular: mujeres, niños, escuelas, hospitales. Pero Bardem o no se ha enterado o no se da por enterado, que es peor. Ni una palabra de su declaración condena esta conducta. Es criminal el ejército judío que protege a sus ciudadanos mediante un sofisticado sistema de intercepción. No es condenable quien se esconde bajo los cuerpos indefensos de su propio pueblo. Y existe en esto un contrasentido: el ejército israelí, tecnológicamente avanzado, es capaz de interceptar casi todos los misiles enemigos. Sin embargo, sólo asesina en Gaza a mujeres y niños. O tiene muy mala puntería, o los dirigentes de Hammas y su armamento se esconden tras sus propios civiles indefensos. Algo compatible con el profundo desprecio que la cultura islámica dispensa a sus mujeres.

Bardem se dice “indignado, avergonzado y dolido por tanta injusticia y asesinato de seres humanos”. Critica la vergonzosa parcialidad de Estados Unidos y la Unión Europea que él solo se explica por oscuros intereses económicos. Y antes que le consideren antisemita (lo cual es irrentable si desarrollas tu carrera profesional en Hollywood) afirma algo que todos sabemos: “ser judío no es sinónimo de apoyar esta masacre, igual que ser hebreo no es lo mismo que ser sionista, y ser palestino no es ser un terrorista de Hammas”. Única referencia a Hammas en su declaración.

Toda su indignación se dirige al ejército israelí. Al parecer, el actor estuvo revisando guiones y no leyó ni una sola noticia sobre la lluvia de cohetes contra territorio israelí. No critica ningún secuestro y asesinato de ciudadanos israelíes, y mucho menos se ha enterado de que Hammas insta a sus propios ciudadanos a permanecer en sus casas, escudos humanos, tal como reconoce Antonio Zubillaga, encargado de la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados Palestinos en Gaza (http://www.abc.es/internacional/20140715/abci-entrevista-palestina-201407142213.html), quien dista mucho de ser un publicista judío.

Es la misma desmemoria selectiva que padeció el actor respecto a Cuba hasta que en 2001 encarnó al escritor Reinaldo Arenas en Before night falls. Entonces afirmó que «teníamos una visión demasiado romántica del régimen de Castro…”. Recordó a su tío preso en las cárceles franquistas y a su madre comunista. “Fui educado en esas ideas, pero es más fácil ser comunista en España cuando se tiene confort y libertad que serlo bajo un régimen tan totalitario como el de Cuba», admitió (http://www.emol.com/noticias/magazine/2001/06/12/57343/javier-bardem-atribuye-a-cuba-el-cambio-su-vida.html).

Años después tuvo una recaída de Alzheimer selectivo: en una entrevista concedida en Cuba al diario Granma en diciembre de 2007, proclamó que José María Aznar, Tony Blair y George Bush deberían ser juzgados por crímenes de guerra, pero olvidó incluir en la demanda a los represores de millones de ciudadanos cubanos, entre ellos el personaje que él mismo encarnó seis años atrás.

En el comunicado que ahora nos entrega, antes que le disparen, Bardem intenta esquivar las balas de quienes “deslegitimarán mi derecho a la opinión con temas personales”. Reconoce que trabaja en Estados Unidos, “donde tengo amigos y conocidos hebreos que rechazan tales intervenciones y políticas de agresión”. Y que su hijo “nació en un hospital judío porque tengo gente muy querida y cercana que es judía”. En realidad, no trabaja en el país porque amigos y conocidos hebreos rechacen las intervenciones israelíes, sino porque a veces puede hacer excelentes películas e, invariablemente, le pagan mejor, lo cual es perfectamente legítimo (y más confortable), aunque menos compatible con la retórica autorizada por el manual de estilo de la izquierda. Tampoco su hijo nació en un hospital judío porque tenga “gente muy querida y cercana que es judía”. Su esposa parió en el mismo hospital que Salma Hayek, Gwen Stefani, Jessica Alba y Halle Berry, el Cedars-Sinai, un exclusivo centro médico privado de Beverly Hills con prestaciones de hotel cinco estrellas y la mejor atención médica que se puede conseguir con dinero. El actor podrá tener saharauis, palestinos o cubanos muy queridos y cercanos, pero no se le ocurrió llevar a su mujer a un obstetra bereber, a un hospital de Gaza o a Maternidad de Línea. No confundir retórica con estupidez.

Toda muerte de inocentes es lamentable, la perpetre quien la perpetre, y los civiles de Gaza no son la excepción. Ciertamente, son las balas israelíes las que asesinan a esos civiles, y eso es condenable, pero quienes los colocan como tiro al blanco en la línea de fuego son sus propios líderes, y eso es perverso. La comunidad internacional está en la obligación de proponer e imponer un alto al fuego inmediato y convertir Gaza en zona desmilitarizada.

Hay algo en lo que sí estoy plenamente de acuerdo con el actor, y es “que aquellos israelíes y palestinos que sólo sueñan con paz y convivencia puedan un día compartir su solución”, pero eso pasa por que la comunidad internacional rechace con el mismo énfasis los desmanes de los fundamentalistas de ambos bandos, por que se condene todo atentado contra los derechos humanos sin importar quién los cometa, y por que despierten la misma indignación tanto los verdugos de pueblos ajenos como los verdugos de sus propios pueblos.





Tasaciones

4 12 2013

Madre, yo al oro me humillo,

Él es mi amante y mi amado,

Pues de puro enamorado

Anda continuo amarillo.

Francisco de Quevedo y Villegas

Me escribe un amigo de Cuba que cuenta con un par de titulaciones, está profesionalmente bien situado y recibe a fin de mes su estipendio en pesos devaluados. Se queja de “las diferencias sociales marcadas por Don Dinero” y de cómo el talento, la calificación y las titulaciones (que según él determinaban la estratificación en el pasado) han devenido hoy factores secundarios en el hit parade  de la tasación social.  Un semianalfabeto con una ponchera o una paladar exitosa mira por encima del hombro al infeliz neurocirujano cuyas destrezas y saberes tasa el Estado a la baja.

Se queja mi amigo de que “Todo depende de lo que tengas. Tanto tienes, tanto vales. Algo muy jodido en una sociedad como ésta, que se construyó sobre otros valores”. Y concluye que esa es la razón fundamental de que “todos los jóvenes quieran emigrar, no importa para dónde. El problema es que no ven futuro y eso es difícil de aceptar”. Y al final de su carta aventura la hipótesis de que a mi llegada a España, 20 años atrás, debí chocar horrorizado con esta estratificación patrocinada por el dinero.

Mi amigo insiste en creer que, en sus días de gloria, el sistema estuvo dictado por el altruismo, la ponderación de los valores estoicos que sugería el libro de estilo ideológico y la postergación de las recompensas materiales, diferidas hacia un futuro tan incierto como el paraíso dibujado por los sermones de un párroco medieval. Y que eso era un ecosistema feliz. Francamente, yo no sé si él añora ese momento idílico del pasado (que escapó de incógnito por alguna esquina de mi adolescencia, porque no lo recuerdo), o si añora su propia juventud, cuando tener 20 años era un tesoro que suplía todas las carencias.

En realidad, había dos libros de estilo. En el primero, para uso exclusivo del Comité de Redacción, se daban por aprendidos los valores estoicos –quienes arriesgaron su única vida por el bien de la patria, deberán gozar sin limitaciones la segunda parte– y podía pasarse a la repartición del botín incautado al enemigo en fuga: autos de último modelo, yates de recreo, casas en Miramar, Varadero, cotos privados de caza. Pero Miramar es finito, de modo que el resto de la plantilla deberá atenerse al libro de estilo apto para todos los públicos, y conformarse con su foto en el mural como vanguardia de la empresa.

En 1973, cuando yo ingresé al tercer año de la carrera en la Universidad de Oriente, todavía coleteaba un suceso que había conmocionado el curso anterior a toda la universidad. Dos estudiantes, amigos por entonces del hijo del comandante Guillermo García, máxima autoridad en Santiago de Cuba, solían visitar la casa de su amigo para estudiar juntos. En una asamblea denunciaron que mientras el pueblo santiaguero pasaba hambre y las guaguas aparecían con menos asiduidad que los ovnis, en esa casa se vivía en un microclima de lujo. Se armó tal trifulca, que Fidel Castro insistió en reunirse con ellos en asamblea abierta y concluyó allí que el único error de Guillermo García fue permitir que entraran en su casa aquellos dos malagradecidos. Una lección magistral de sabiduría política, “porque hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas, y de proclamarse en lo que son, levantarían dificultades demasiado recias”, como dijo en su día Martí a Mercado.

De modo que cuando llegué a España no sufrí un shock ante un país donde había una diferencia de clases dictada por el dinero. Había ricos y pobres, efectivamente, pero también una extensa clase media integrada por profesionales, obreros altamente calificados, funcionarios de la administración pública. Sin yate ni jet particular, son dueños de su casa, desayunan, almuerzan y comen (dieta mediterránea), sus hijos estudian en las universidades, se operan en buenos hospitales, se jubilan y disfrutan un mes de vacaciones pagadas al año.

Las nuevas reglas del juego decían que si me esforzaba, si encontraba un trabajo, si era laborioso e inteligente, podría alcanzar esas mismas metas. Era más de lo que me ofrecía la sociedad anterior donde, efectivamente, las diferencias entre ricos y pobres estaban mucho más enmascaradas de puertas adentro, bien fuera la puerta de caoba de una mansión del Laguito o la de bagazo en un tugurio de La Habana Vieja; pero donde yo podía ser el más inteligente de la clase, el más estudioso y el más laborioso, y de todos modos no conseguiría nada a menos que fuera “confiable”. Algunos traían ya la confiabilidad en el ADN, al ser hijos de, hermanos de, nietos de. Cuando entrevisté a los estudiantes del Instituto de Relaciones Internacionales, el 98% eran confiables por defecto: una antología de ADN Revolucionario. Otros se ganaban esa confiabilidad mediante declaraciones de fe o, en el mejor de los casos, prudentes silencios.

Quienes no nos atuvimos a esa regla de oro de la acumulación originaria del capital político, sabíamos que no pasaríamos de clase media sospechosa, sujeta a continuas revisiones, cuando no expulsiones y vetos para ascender en el escalafón. España exigía sudor y neuronas, no declaraciones. De modo que no, amigo mío, no fue tan traumático.

Las diferencias sociales marcadas por Don Dinero han existido siempre y me temo que seguirán existiendo. Sin pretender el monopolio de la verdad, creo que son deseables si incentivan la productividad, la creatividad, la innovación, el talento, el espíritu emprendedor, la excelencia, y con ello el crecimiento económico del país y la riqueza colectiva. Son perversas cuando se juega con las reglas trucadas y no se premia a los que más aportan, sino a los más astutos, fulleros o inescrupulosos, capaces de usufructuar en beneficio propio el trabajo ajeno sin aportar valores añadidos.

Una de las grandes diferencias entre el capitalismo de primer mundo y el de tercero, es que en el primero hay una extensa clase media con poder adquisitivo, derechos y deberes, que no sólo constituye una importante sociedad civil sino también un motor económico. En el modelo tercermundista, una microscópica élite suele ser propietaria del país, mientras la gran mayoría malvive en la miseria. Esta última es una sociedad en equilibrio inestable, cuando no a punto del estallido. Un modelo que, desgraciadamente, dada la connivencia entre los poderes políticos y el capital financiero, se está extendiendo al primer mundo. En las grandes empresas financieras de Wall Street, las retribuciones de algunos ejecutivos pueden multiplicar por 500 el menor salario de la empresa. Y eso en un sector cuyo único producto no son automóviles ni viandas sino espejismos. De modo que quienes producen bienes, innovan y reconfiguran este mundo, suelen ser peor retribuidos que quienes revenden, no ya las cosas, sino la imagen de las cosas. Los comerciantes de humo.

Si el dueño de un chiringuito decide ponerse un salario de diez mil euros, es su dinero y quebrará en breve. Por eso seguramente no lo hará. Cuando los gerentes de las compañías, meros empleados contratados por  el Consejo de Administración en nombre de la junta de accionistas, se atribuyen a sí mismos bonus, indemnizaciones millonarias y salarios de escándalo, poco les importa el destino de la compañía que deben guiar. Siguen el modelo del cargo público cuya primera tarea es ordeñar la teta del Estado hasta que se seque, del alcalde recién electo cuya primera medida es duplicarse el sueldo, o del banquero que cobra copiosa indemnización por llevar una institución pública a la quiebra.

Por eso Occidente está llegando, con esta crisis, a un momento de inminente cambio: el ciudadano está cansado de elegir políticos que después no se consideran servidores públicos, sino de sí mismos o, en todo caso, del capital financiero y los grupos de presión a quienes nadie ha elegido. A pesar de la campaña alarmista de la patronal Economiesuisse y de los partidos de derechas, en marzo pasado, el 68% de los suizos aprobó en referendo limitar los salarios excesivos, los «paracaídas dorados» y las indemnizaciones de los directivos de las grandes empresas. Aunque el 24 de noviembre el 65% de los suizos votó contra la iniciativa 12:1 para limitar a 12 veces el menor salario la retribución de los ejecutivos, ideas similares están floreciendo por todas partes: el movimiento 15M, la Tasa Tobin, la eficaz persecución del billón de euros anuales de fraude fiscal en la UE y, lo más difícil, el cierre de los paraísos fiscales que, según Tax Justice Network, no están encabezados por las Islas Caimán o las Bahamas, sino por  Delaware, el pequeño estado norteamericano donde tienen su sede la mitad de las compañías que cotizan en Wall Street. Y en segundo lugar, Luxemburgo, Suiza y la City de Londres.

Hace poco, en la Universidad Complutense de Madrid, un estudiante latinoamericano me preguntó si yo creía que el capitalismo tal y como lo conocemos es la solución para la humanidad. Espero que no, le respondí, sino una etapa de tránsito hacia un sistema mejor, más libre, solidario y participativo, y que premiará a los más aptos, no a los más pillos. No se trata de derogar la democracia imperfecta para establecer una dictadura perfecta llena de buenas intenciones y que al final ya sabemos cómo acaba, sino de implementar los mecanismos para una democracia efectiva, un verdadero gobierno de la mayoría, donde los políticos no pasen de ser empleados, servidores públicos que deben rendir cuentas a la junta de accionistas: los electores. Con Internet y las redes sociales, disponemos de las herramientas para crear redes de gobierno participativo, continuo, que no se limite a unas elecciones cada cuatro años.

Pero Cuba ni siquiera ha alcanzado ese conflicto. Su mayor problema hoy no es que haya diferencias importantes de ingresos, sino, de nuevo, los factores que determinan esa desigualdad. Si ayer la confiabilidad política determinaba que te tocara una mansión de Miramar o un apartamento en Alamar (el factor común es el mar, pero no es lo mismo “mira” que “ala”), ahora la diferencia está en que tú seas un pobre neurocirujano o un flamante analfabeto dueño de una paladar. El gobierno prohíbe a los profesionales ejercer sus oficios por cuenta propia porque sabe que en la nueva sociedad del conocimiento sólo el talento es un valor añadido seguro. El resto lo fabrican los chinos a bajo costo. De modo que si se repite en la isla la historia soviética o la piñata sandinista, si el general X, administrador de la empresa Cubaguanex, despierta una mañana como dueño, dispondrá de 500 ingenieros para ofrecer a sus presuntos clientes filete intelectual a precio de ternilla. Si ahora se permitiera a esos ingenieros trabajar por su cuenta, estos podrían hacerle la competencia desleal al desvalido e indefenso Estado cubano. Así, la lista de los oficios permitidos parece un edicto de algún Capitán General del siglo XIX: forrador de botones, hojalatero, arriero, reparador de colchones, aguador, cantero. Por eso el más interesado en emigrar no es el albañil, sino el doctor.

Den Xiaoping dijo hace muchos años, parafraseando a Winston Churchill, que el socialismo es el camino más largo entre el capitalismo y el capitalismo. El peligro de esta política de redistribución de la riqueza es que mientras se recorre ese camino (muy lentamente; dada su juventud nuestros generales no tienen apuro) y llega el momento en que no les quede más remedio que liberalizar el trabajo de los profesionales, ya no haya demasiados en activo, porque el éxodo, sobre todo de profesionales jóvenes, es galopante. Si algo puede marcar la diferencia en el futuro de Cuba es el talento que se ha educado durante el último medio siglo y que ahora se desangra hacia geografías más promisorias, como apunta con razón mi amigo. Y me temo que seguirá teniendo razón, a menos que  los generales se preocupen un poco más por el destino de la infantería y menos por el puesto de mando. Lamentablemente, basta un repaso a la historia para comprender que los generales suelen prodigar a la tropa un afecto meramente estadístico.





Día 33

12 10 2013

(12 de octubre, 2013)

Arzúa – Santiago de Compostela: 41,10 km

A Roncesvalles: 760,81 km

A Santiago de Compostela: 0 km

Cuando me despierto a las 4:30 de la mañana estoy cansado de tanto caminar en sueños. Me he pasado la noche de travesía por los accidentados caminos del subconsciente. Ahora regreso a la realidad y a las 7:15 salgo a una fría mañana que se calentará paso a paso.

Como falta al menos una hora y cuarto para que amanezca, y las señales del camino pueden ser engañosas, opto por seguir la carretera, un trayecto más largo pero sin posibilidad de perderse, hasta que ésta se cruce con el camino dentro de dos kilómetros, en un sitio llamado Pregontoño, no sé si porque allí los pobladores hacen preguntas escabrosas.

El camino de hoy es más o menos llano con subidas y bajadas, ninguna de ellas drástica. La ruta hasta Santiago de Compostela se divide en dos etapas: una, de 19,1 kilómetros, hasta Pedrouzo, y otra, de 22 kilómetros, de Pedrouzo hasta Santiago de Compostela. Como muchos peregrinos, estoy seguro de no quedarme esta noche en Pedrouzo, que no tiene nada de especial, y continuar 15 kilómetros más hasta Monte do Gozo, a 5 kilómetros de Santiago de Compostela, desde donde se divisan las torres de la catedral. Eso haría una etapa de 36,3 kilómetros, pero mi duda se mantiene. ¿Por qué quedarme a 5 kilómetros de Santiago, cuando con un pequeño esfuerzo adicional, en poco más de una hora, puedo alcanzar la ciudad esta misma tarde? Mi esposa me espera mañana, pero podría darle la sorpresa de llegar esta noche.

El camino, siempre paralelo a la carretera, alterna sembrados y bosques, pequeñas aldeas como Calzada, Calle, Boavista, Salceda o Santa Irene, que han perdido el viejo rostro de aquella Galicia rural un tanto lúgubre para sustituirlo con nuevas casas amplias y ajardinadas.

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Galicia bucólica

Me detengo a tomar un café cerca de Santa Irene y observo con asombro en la televisión lo que, de momento, me parece una ceremonia latinoamericana con entorchados, desfiles, uniformes surtidos y aviones que surcan el cielo. No me había percatado de que hoy es 12 de octubre, el Día de la Hispanidad, y en Madrid tiene lugar el desfile de todos los años para celebrar que, mientras buscaba chinos, un italiano tropezó de casualidad con unos americanos a los que “descubrió”, aunque ya ellos se habían descubierto a sí mismos varios milenios atrás.

Transitar los bosques autóctonos, los nuevos bosques de eucaliptos, o la combinación de ambos para producir un nuevo bosque mestizo, es un placer. El camino bajo las altas copas de los árboles es ancho, mullido y despejado. Un verdadero descanso para los pies que rondan ya los 20 kilómetros.

Cruzo Pedrouzo por su margen este y continúo por un extenso bosque hasta Amenal, donde la carretera y el camino se cruzan. Me detengo en una cafetería, pido un bocadillo porque ya pasa de la una y sé que no voy a llegar a mi destino antes de las cuatro o las cinco de la tarde, saco el ordenador y me conecto a la red wi-fi del establecimiento. Llamo por teléfono a la Oficina de Atención al Peregrino en Santiago de Compostela. Me informan que mañana estará abierta hasta las nueve de la noche. Al revisar la página de Renfe, me llevo una decepción: a partir de las cuatro de la tarde, no habrá ningún tren hasta mañana a las nueve, y en este, al parecer, no hay plazas disponibles. El viaje en autobús, otra posibilidad, tarda unas siete horas. De todos modos, si llegara a Santiago antes de las nueve, podría solicitar la Compostela, el documento que expide la Oficina de Atención al Peregrino a quienes han hecho a pie cien kilómetros o más, y en bicicleta o a caballo, doscientos. Y después, buscar algún medio de transporte hacia Madrid, sea hoy o mañana a primera hora.

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Muy cerca

La posibilidad de quedarme en Monte do Gozo mirando las torres de la catedral en la distancia, para mañana entrar triunfalmente a primera hora, no me seduce. Aunque sea lo más recomendable para aquellos peregrinos que no conocen Santiago y que dedicarán, de ese modo, el día a la ciudad. Yo he visitado Santiago varias veces, he visto el botafumeiro en acción, y sé que nadie me echará de menos en la misa.

Por la lentitud de la conexión a Internet, he perdido bastante tiempo en estas búsquedas, y si quiero llegar a Santiago, todavía faltan 16 kilómetros, más de tres horas de camino. Aunque esto de la distancia empieza a ser relativo. Desde Arzúa se levantan, cada medio kilómetro y en todas las intersecciones del camino, mojones que señalan la dirección y los kilómetros que faltan para Santiago, pero estas cifras quedan en suspenso poco antes de San Paio, cuando ya se escucha el ruido de los aviones en el Aeropuerto internacional de Lavacolla. En teoría, quedan 10 kilómetros hasta Santiago de Compostela. En realidad, recorreré tres o cuatro más, hasta completar 41,1 kilómetros (que bien contados, podrían ser 43).

Atravieso la interminable zona boscosa de Vilamaior hasta San Marcos, donde el camino se bifurca: si continúo hacia delante, tomaré la carretera que conduce a Santiago, si me desvío a la izquierda, llegaré a Monte do Gozo, que es lo que hace la mayoría de los peregrinos. Son las tres y cuarenta y cinco y me faltan cinco kilómetros para la Plaza del Obradoiro.

Durante mi primera noche de camino, en Zubiri, un vasco me dijo que etapas de más de 40 kilómetros sólo las hacían los de Bilbao, de modo que si llego esta tarde a Santiago me tendrán que conceder la ciudadanía honorífica de Bilbao.

Decidido a concluir hoy mi viaje, continúo.

Después de atravesar casi toda la ciudad de este a oeste, llego al centro y, ante todo, me dirijo a la Oficina de Atención al Peregrino, donde me entregan la Compostela. En ella consta en latín que el peregrino Aloisium Manuelum ha cumplido sobradamente la ruta jacobea. 760 kilómetros. 660 más que el mínimo exigido. Un holandés con residencia en Costa Rica, el voluntario que me expide el documento y busca la traducción de mi nombre al latín, me felicita tres o cuatro veces. Al parecer, por cada loco que llega desde Roncesvalles, hay 20 o 30 cienkilometristas.

Ya sé que esta noche no podré viajar a Madrid. La sorpresa queda derogada, de modo que llamo a mi mujer para que me consiga por Internet para mañana algún pasaje en tren, en avión, en dirigible.

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La casa del apóstol

Mientras, me acerco a la oficina de turismo y me recomiendan varios albergues. Elijo el más cercano, que no es propiamente un albergue de peregrinos. En él, la biodiversidad va desde un señor atildado de chaqueta y gabardina, con una gran maleta y aspecto de vendedor de biblias a domicilio, hasta jóvenes neo hippies que se afanan por preparar los porros más elegantes de la cristiandad. Y algunos peregrinos jóvenes, sobre todo franceses, alemanes y norteamericanos. El sitio no es ni una maravilla ni un desastre. Lo suficiente para dormir esta noche a cubierto.

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Obradoiro

Cumplo el rito de todos los días y una vez duchado y vestido, me dirijo a un bar que queda justo frente a la catedral. Pido un café, una copa de brandy, y extraigo de su estuche un habano Romeo y Julieta que ha venido dando tumbos en mi mochila durante un mes. Después de beberme el café, mientras caliento en la palma de la mano la copa de brandy, enciendo el habano y me dedico a ver cómo cae suavemente la noche sobre las torres de la catedral, que se van disolviendo en las tinieblas. Al mismo tiempo, 760 kilómetros que han sido mi realidad durante un mes, comienzan a convertirse en recuerdo, sin que se sepa cuál es la equivalencia exacta entre la distancia y la memoria.

A pesar de que hoy he recorrido más de 40 kilómetros, no estoy extenuado. Pero quisiera permanecer así, contemplando el atardecer, muchas horas. Saber que el camino ha concluido, y que a partir de mañana tendré que digerir poco a poco todo lo sucedido en tantos días de peregrinaje, me coloca en una especie de limbo: lacio, a la expectativa.

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La catedral. E$l camino.La noche

Hay un momento mágico, cuando la catedral desaparece en la noche, el habano concluye y el último sorbo de brandy me indica que ha llegado el momento de levantarme y echar a andar.

Otros serán los caminos.

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Brindis por un final

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O por un nuevo camino





Día 32

11 10 2013

  (11 de octubre, 2013)

Palas de Rei – Arzúa: 29,52 km

A Roncesvalles: 719,71 km

A Santiago de Compostela: 41,10 km

Después de desayunar, abandono el albergue a las siete y quince de la mañana. El termómetro de una farmacia baja de los diez grados. Hoy es jornada larga, con subidas y bajadas no demasiado pronunciadas. A la salida del pueblo, coincido con un peregrino francés de Marsella que, según me cuenta, empezó en Roncesvalles con su esposa. Pero hoy ella decidió peregrinar en autobús, y él camina a su ritmo. No sabe inglés, y está aprendiendo español (primer curso, supongo) de modo que nos entendemos como dos extraterrestres de diferentes planetas. Y pregunta los nombres en castellano de plantas, aves, amaneceres, etc. Esto tiene que ser una señal de que mi destino es como profesor de Español para extranjeros. De todos modos, falta hora y media para el amanecer, y cuatro ojos y dos linternas ven más que dos ojos (miopes).

Nos alcanza un norteamericano que me pregunta directamente si soy cubano. Su abuelo era cubano y emigró en los años 20. Antes de continuar a toda velocidad, me cuenta que es capellán de la prisión de Phoenix, Arizona. Eso explica su velocidad. En caso de necesidad puede salir pitando más rápido que los reclusos.

Entre prados y bosques llego a Leboreiro, donde está la iglesia románica de Santa María, de una nave, con ábside circular, techo de madera y una hermosa figura de la virgen en la portada. Enfrente está la fachada del antiguo hospicio de peregrinos del siglo XII. Y a las puertas de la iglesia, un cabeceiro: un gran canasto circular de palos entrelazados, cubierto con una techumbre cónica de paja y apoyado en una base de piedra. Antecesor del hórreo, se empleaba para conservar el maíz.

Más adelante se cruza en mi camino un personaje singular: como salido de una ilustración de algún manuscrito medieval, aparece un joven con sandalias, sombrero de ala recogida, barba hasta la mitad del pecho, melena hirsuta y sayal marrón de monje. En lugar del morral vacío, va arrastrando un carrito donde trae sus bártulos. Un perro con cara de aburrido lo acompaña. Es el logotipo del peregrino clásico, el que intentan reproducir con escasa fortuna la mitad de los escultores municipales del camino. Viene de ver al apóstol, porque va en dirección contraria.

Entro más tarde a Furelos por un bello puente de piedra, y de ahí a Melide, de unos 5.000 habitantes, y con un tráfico intenso. Casi todo el camino va paralelo a la carretera, cuando no coincide con ella, pero resulta agradable atravesar huertas y, a partir de Santa María de Melide, extensos bosques donde buena parte del camino discurre bajo el túnel formado por las ramas de los árboles que se entrelazan en lo alto.

Ascensos y descensos a veces pronunciados jalonan toda la ruta, hasta concluir, en la llegada a Arzúa, con una pendiente que sube casi doscientos metros en menos de tres kilómetros.

De la profusión de peregrinos en Roncesvalles, Logroño, León y Burgos, he pasado a una despoblación notable del camino. No sé dónde han ido a dar los colegas, pero lo cierto es que con frecuencia camino una hora o más sin ver a nadie. Por suerte, el camino está perfectamente señalizado.

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A partir de Castañeda y, sobre todo, de Ribadiso de Baixo, el paisaje se abre y puedo ver los montes cultivados hasta cerca de la cima, sitio reservado a bosques como penachos que adornaran el cenit de las lomas. Semejante a esos cortes de cabello que suelen usar los jóvenes raperos: un bonete de pelo que se yergue en una cabeza casi rasurada. Es el mismo tipo de convivencia entre agricultura y naturaleza que he visto en Suiza. La suizificación gallega.

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Una boina de bosque

Justo en Ribadiso, cuando Arzúa dista apenas tres kilómetros, ocurre un milagro: al doblar un recodo, aparecen decenas de caminantes, como si un manantial de peregrinos manara de las peñas. Adolescentes pelirrojos escuchando sus iphones, señoras ataviadas de picnic dominical que se toman fotos con báculo y paisaje, un norteamericano de impecable atuendo y su hija de nueve o diez años con su bastoncito a medida. Todos con sus vieiras y sus mochilitas de colores surtidos. En contraste, los demás parecemos bastos seres salidos de los bosques con pesadas mochilas, camisetas resudadas y el polvo de media España en las botas. En el pret a porter del apóstol no ganaremos ni un premio de consolación.

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Por fin arribo a Arzúa, de la que tengo buenos recuerdos. Aquí estuve hace tres años, en Casa Lucas, una bella casa rural a ocho kilómetros del pueblo. Quería visitar Santiso y Cercio, donde nacieron mis abuelos.

Una vez duchado y comido (un chuletón de ternera gallega que jamás olvidaré, aunque no haya conocido personalmente a la vaca), llamo a Casa Lucas para saludar a los dueños, que insisten en venir a buscarme para que pase la tarde con ellos. Una velada estupenda, diferente, en un sitio donde la naturaleza se ha prodigado generosa, y con personas entrañables.

Me cuentan que una agencia organiza tours de peregrinos, sobre todo norteamericanos. En un autobús los dejan en un punto, provistos de pequeñas mochilas y merienda. Cada cinco kilómetros comprueban que estén bien y curan sus ampollas si fuera necesario. A los quince kilómetros los llevan a cenar y dormir en una casa rural, y a la mañana siguiente continúan donde lo dejaron. Nada queda al azar.

Mañana tengo una larga jornada. Pasaré de Pedrouzo y llegaré a Monte do Gozo, a cinco kilómetros de Santiago. Treinta y seis kilómetros que confío recorrer en ocho horas. De modo que el domingo entraré en la ciudad antes de las diez de la mañana.