El destape de Rafael Hernández

13 07 2012

Siempre me han fascinado los intelectuales orgánicos y los compañeros de viaje de las dictaduras. Son el mejor ejemplo de plasticidad intelectual. Cómo un corpus de ideas, conceptos y sabidurías, que habitualmente crece gracias a la libertad de pensamiento, puede moldearse y retorcerse hasta servir de reposapiés a los catecismos totalitarios que habitualmente no rebasan la filosofía Marvel de superhéroes y villanos.

Giovanni Gentile, filósofo “oficial” de Mussolini, ministro e integrante del Gran Consejo Fascista. El miembro del Partido Nacional Fascista Curzio Malaparte, y los jugueteos de Luigi Pirandello con Il Duce, quien lo nombró presidente de la Academia italiana.

Knut Hamsun en Noruega ofreció a Goebbels su medalla de premio Nobel, e inundó la prensa de artículos aplaudiendo a los nazis que invadían su país. Louis-Ferdinand Céline, autor imprescindible de las letras francesas, defensor hasta su muerte de la ideología nazi, y sus “repugnantes panfletos de un racismo homicida”, en palabras de Vargas Llosa. Pierre Drieu La Rochelle, que pasó por el comunismo y se instaló en el fascismo, aunque no llegara a los extremos de su colega Maurice Sachs, confidente de la Gestapo.

También fue confidente Camilo José Cela, como lo demuestra una carta de 1963 incluida por Pere Ysás en Disidencia y subversión. La lucha del régimen franquista por su supervivencia. 1960-1975 (Ed. Crítica, Barcelona, 2004). Cela informó del encuentro de intelectuales, en el que participaba, donde se fraguaba una segunda carta de denuncia por la violencia policial en las huelgas mineras de Asturias.

Cuenta Pere Ysás que “en un escrito al director general de Información [Cela] estimaba que la mayoría de los 102 firmantes de la primera carta «eran perfectamente recuperables, sea mediante estímulos consistentes en la publicación de sus obras, sea mediante sobornos». Consideraba imprescindible que se montase «un sistema para estimular a estos escritores» y apuntaba que podría hacerse fundando una editorial privada o entendiéndose con una ya existente”.  En respuesta a la carta, el director general habilita dos partidas de veinte millones para subvenciones y ayudas a la publicación. Cualquier similitud con otras realidades no es pura coincidencia.

Sin dudas son los intelectuales alemanes filonazis los más notables. Los miembros de la “Reichsarbeitsgemeinschaft für Raumforschung” (Sociedad Imperial para la Investigación del Espacio Vital): más de 500 científicos de todas las disciplinas pusieron las ciencias sociales y políticas, pero también la historia, la geografía, los estudios literarios, la filosofía, el derecho y la antropología al servicio del ideario nazi para la creación de un Nuevo Orden Espiritual nacionalsocialista en Europa, con Alemania como pueblo superior y guía. Y, desde luego, uno de los mayores filósofos del siglo XX, Martin Heidegger.

En un texto escrito en Japón en 1939, Karl Löwith, judío y discípulo predilecto de Heidegger, recuerda su último encuentro con el filósofo en la Roma de 1936. Lucía la svástica y blasonaba de la “relación integral” entre su filosofía y el ideario nazi. Heidegger se quejaba de los intelectuales que se consideraban “demasiado refinados para comprometerse” con la causa nazi. Algo que recuerda pavorosamente las acusaciones de la nomenklatura cubana contra los “intelectualoides” elitistas, comenzando por el Grupo Orígenes. Lejos estaban entonces de adivinar que uno de ellos, Cintio Vitier, daría con ese rarísimo punto del espacio donde convergen el Mesías, el Apóstol y el Comandante.

Karl Löwith afirma en su texto que “Estas respuestas eran típicas; puesto que no hay nada más fácil para los alemanes que ser radicales en las ideas e indiferentes ante los hechos prácticos. Ellos consiguen ignorar todos los “individual Fakta” para poder seguir aferrándose más decisivamente a su concepto de totalidad y separar “materia de hechos” de “personas”. Una observación que podría extenderse a la puesta en escena de todos los totalitarismos.

Mucho se ha escrito en estas páginas sobre la intelectualidad orgánica de los diferentes ismos comunistas: estalinismo, maoísmo, castrismo; de modo que pasaré directamente a un caso curioso: la repentina conversión de Rafael Hernández, ensayista de peso y uno de los intelectuales que con más talento ha defendido al régimen cubano.

El pasado 13 de junio, Rafael Hernández publicó en La Joven Cuba una “Carta a un joven que se va” escrita el 31 de mayo.  En ella discurre sobre las muchas razones que tendría un joven cubano para no emigrar. Hasta ahí, no hay sorpresas. Pero en su carta se infiltran otras muchísimas razones para huir.

Reconoce Hernández el derrumbe de las ilusiones (si alguna vez las tuvieron) de esa generación del Período Especial, indiferente ante la “épica” repetida como cliché por la tele y la prensa. Y ello se explica porque “solo sobrevive un orden viejo, más bien irremediable. Lo peor, sin embargo, no es haber nacido en un orden preestablecido, porque eso le pasa a todo el mundo, sino tus inciertas posibilidades de cambiarlo”. Es decir, no sólo han crecido sin ilusiones en un mundo construido a la medida de otros, sino en un mundo impermeable a los cambios. Así que, como es lógico, ante un sistema impermeable a los cambios, “no quieres invertir tu vida intentándolo, porque no tienes otra que esta; y aspiras a conseguir un techo propio, un empleo que te guste y te permita lo que puedas con tu capacidad y esfuerzo, sin penurias de transporte y luz, y planear para irte de vacaciones a alguna parte una vez al año, aunque tengas que quitarte de otras cosas”.

Con una sinceridad que lo honra, Rafael Hernández reconoce que tras medio siglo de sacrificios y exhortaciones, el éxodo es el único modo de conseguir un techo propio, un buen empleo acorde a tu capacidad y esfuerzo y vacaciones una vez al año. Si existe algún indicio de fracaso absoluto, éste bastaría.

Aunque “Esta carta parte de creer que piensas con tu propia cabeza”, un párrafo antes se maneja la idea de que la chispa para emigrar es siempre un amigo que se fue, el pariente lejano, la esposa insistente, el inventario de los ausentes… Creo que el ensayista no necesitaba esas incidentales, como quien se justifica, porque al final, como bien sabe él por su formación marxista, la falta de vivienda, alimentación y, sobre todo, expectativas, pesan más que cualquier postal con matasellos de Miami.

Denuncia Hernández que desde el poder juzgan a los jóvenes quienes “identifican valores con sus valores, la política con movilizaciones y discursos, la defensa del socialismo con determinados mandamientos —entre otros, que este sistema es solo para los revolucionarios comprometidos, que un ciudadano cubano solo lo es mientras resida en la tierra donde nació, o que disponer de otro documento de viaje equivale a ponerse a las órdenes de una potencia extranjera”. A la falta de pan, techo y esperanza, se suma la intolerancia cerril ante cualquier conducta que se aparte de una norma dictada desde arriba. Y reconoce que quienes ejercen esa intolerancia no son sólo “algunos funcionarios”, “sino muchas otras buenas personas”. Con tales afirmaciones sólo le falta recitar a Antonio Machado: “Escapad gente tierna, / que esta tierra está enferma, / y no esperes mañana / lo que no te dio ayer, /  que no hay nada que hacer”.

Reconoce que los jóvenes “han escuchado” (y que ello sea sólo de oídas es importante), que “según la Constitución, los derechos básicos de un cubano están más allá de su manera de pensar; y que la justicia social y la igualdad son precisamente eso: principios y valores que hay que ejercer de verdad, sin sujetarlos a clase, raza, género, orientación sexual, religión o ideología, porque representan la conquista más importante de todas, la de la dignidad plena de la persona”.

También admite que los jóvenes se sienten un cero a la izquierda, y que “este sistema nuestro te consulta y te pide que te movilices”, de lo cual se deduce que si no se le pide movilización, si no se le consulta sobre cierto asunto, opinar o movilizarse por cuenta propia es punible.

Y añade: “aunque ellos [los burócratas] sigan pensando que lo decisivo es aceitar la cadena de mando y cumplir el plan”, cuando criticas, pides la palabra, protestas, aplaudes o “acudes a la Plaza refunfuñando, para hacer quórum en la misa de Joseph Ratzinger”, estás participando. Lo cual nos deja un triste saldo participativo.

Reconoce que “allá puedes expresar muchas opiniones y escuchar otras miles, elegir entre varios candidatos, enterarte de quiénes son y cómo piensan, sus planes y propuestas para los grandes problemas del país, e ir a votar (si eres ciudadano) por el que te parezca”. Si eso es un argumento diferencial, no hay que ser un genio para entender que “acá” ocurre todo lo contrario.

Admite que el joven ha escuchado cientos de veces llamados a la participación crítica, a “la posibilidad de expresar sus opiniones políticas en la televisión, proponer tantos candidatos como quiera (no solo abajo, sino a todos los niveles), escucharlos, hacerles preguntas y saber lo que tienen en la cabeza, antes de votar por ellos y sus propuestas”, “pero es como si nada, los argumentos de siempre siguen ahí. Estás cansado de escuchar anuncios de cambios que no acaban de llegar, y que no dependen de “factores objetivos”, sino de una “vieja mentalidad” que sigue sujetando las riendas”.

El autor reconoce que “la participación no puede ser solo cosa de marchas, actos y reuniones, donde tu presencia no cambia nada ni incide “en los mecanismos de dirección”, sino por el contrario, se diluye en “cumplimiento de metas” y otras formalidades. Sientes que en esa participación falta compromiso, sinceridad, espontaneidad”. Y reconoce que “las organizaciones juveniles y los medios de comunicación” son mera retórica vacía.

Constata que la presencia de “jóvenes delegados en municipios y provincias” ha bajado del 22 % (1987) al 16 % (2008), y en la Asamblea Nacional, cayó al 4% en los 90, aunque creció a menos del 9% en las últimas elecciones, en un país donde los mayores de 60 son el 21,6 % y los de 16-34 años, el 31,41 %. Lo asombroso es que un hombre tan perspicaz como Rafael Hernández afirme que “sea cual sea la causa de ese bajísimo perfil…”. Sin toda la información de la cual él seguramente dispone, puedo informarle que la causa es exactamente la misma por la cual el Buró Político más parece el consejo de ancianos de los primitivos habitantes de la Isla de Pascua que un órgano de gobierno.

El ensayista afirma que aunque desde afuera “nos miran como una isla rodeada de caña de azúcar por todas partes, donde nadie sabe lo que pasa afuera”, seguramente “tú [su joven e hipotético destinatario] sí te has enterado de lo que se dice sobre Cuba y los cubanos en el mundo. Aunque no tienes Internet en tu casa,  conseguiste un buzón de correo electrónico, u oyes la BBC o Radio Caracol o Radio Exterior de España u otra de las muchas estaciones en español que se cogen desde cualquier radio. Es probable que hables con alguno de los millones de turistas que caminan por nuestras calles; que tengas un primo en Hialeah o Alicante; un amigo que viaja porque es médico, académico, músico o funcionario”. Es decir, para enterarse, hay que recibir la información desde fuera. Con la que te suministran en el patio no te enteras de nada.

Hace algún tiempo, publiqué un texto donde se refrendaba la idea de que los cubanos somos, en buena medida, migranxiliados. Puede que abandonemos la Isla como emigrantes, pero nos tratan como exiliados. Hernández lo corrobora cuando afirma que a los que emigran “del lado de acá les han hecho pagar costos elevados, no solo en dinero. Se han sentido castigados, sujetos de prohibiciones y separaciones, obligados a pagar una multa personal que les resulta injusta y onerosa, solo por haber decidido probar fortuna en otra parte (…) se sigue cultivando insensiblemente entre muchos de los que parten un encono, cuyo costo rebasa todas las recaudaciones y contabilidades de corto plazo, porque deja una huella indeleble en las personas, y por lo mismo, en el cuerpo real de la nación. El precio de esa enemistad, naturalmente, es inestimable”. Es decir, que el gobierno cubano es la mayor fábrica de exiliados, no “la Mafia de Miami”.

Y admite que en la sociedad de los obreros y campesinos, “si fueras artista o escritor, no tendrías el dilema de quedarte aquí para siempre o irte para siempre. Podrías decidir trabajar afuera durante años, y finalmente regresar a tu lugar, para salir cada vez que quieras”. Lo que no explica es por qué en el paraíso del proletariado los artistas y escritores, esos desclasados que son, a lo sumo, compañeros de viaje (a Lenin me remito) disfrutan de prerrogativas que Eduardo Heras jamás habría gozado de quedarse para siempre en Antillana de Acero.

Y como “nada contribuye más a la educación política que viajar, conocer otras gentes y culturas, valores y creencias ajenas, palpar directamente y hasta experimentar los problemas de otros”, el Estado cubano está mutilando ex profeso la educación de sus súbditos al imponer restricciones a los viajes de los cubanos que nos diferencian diametralmente de otros migrantes de nuestros entorno, por mucho que quieran homologarnos.

Tras dieciocho años fuera de Cuba y disfrutando de los beneficios de la doble ciudadanía, siempre que alguien me pregunta, digo que soy cubano (me temo que lo seré para siempre) y español accidental. Y como cubano (más que como intelectual, si es que lo fuera) felicito a Rafael Hernández por su destape, aunque le recomendaría algo menos de cursilería en ese final donde le pide a su hipotético interlocutor “que no te vayas para siempre. Queremos que no partas del todo, y para asegurarlo, lo primero es poner un calzo para que la puerta siga abierta”, no sólo porque él mismo ha colaborado decisivamente con la sección de marketing de la fábrica de cerraduras, sino porque su argumentación, bien desglosada, es una base argumental para el exilio. Si yo fuese un joven cubano de veinte años y leyera su carta, ya estaría manos a la obra preparando la balsa. De donde se deduce que regresar de vez en cuando a los antiguos es siempre provechoso, como a Confucio y su aserto de que, con frecuencia, la máxima sabiduría es el silencio.

Así se evita incurrir en palabras de las cuales podríamos arrepentirnos: “mientras más jóvenes como tú salgan del país, menos será su presencia en cargos políticos; y si resides afuera no vas a poder votar ni mucho menos ocupar ninguna responsabilidad. Como ves, tu decisión de irte tiene hondas implicaciones también para los que nos quedamos”. Un modo patético de pedirle a los jóvenes que hagan lo que nosotros, los que nos fuimos y los que nos quedamos, no tuvimos la voluntad, la inteligencia, la honestidad o los cojones de hacer durante los últimos veinte, treinta, cuarenta años.

 

“El destape de Rafael Hernández”; en: Cubaencuentro, Madrid, 13/07/2012. http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/el-destape-de-rafael-hernandez-278468





Libro de estilo

12 06 2012

La última reflexión de Fidel Castro, “Conductas que no se olvidan”, me recuerda un chiste que me hicieron dos rusos en Moscú a mediados de los años 80. Erich Honecker sale del Kremlim, donde acaba de tener una larga entrevista con Leonid Brezhniev, y le dice a su chofer: “A Berlín”. “Usted querrá decir hacia el aeropuerto, ¿no?”. “A Berlín”, repite Honecker. “¿Por carretera?”, pregunta el chofer. “Por carretera”, corrobora el mandatario alemán. Y comienzan el largo viaje hacia el oeste. Entonces Erich Honecker pide al chofer que se detenga, baja del vehículo, recoge algunas piedras y las echa al maletero. “Continúe”, ordena. Y empieza a hacer lo mismo cada diez kilómetros. Alarmado, el chofer se comunica con Leonid Brezhniev en Moscú y le dice: “Camarada Brezhniev, el camarada Honecker ha enloquecido”.  Y le describe la recogida de piedras cada diez kilómetros. Brezhniev consulta a sus asesores y ordena al chofer: “Regresa al Kremlim de inmediato. Ha habido un error. Le hemos instalado a Honecker el programa del Lunajod”.

A pesar de aquella famosa foto de Leonid y Erich pegándose un apasionado beso en la boca (presuntamente con lengua) en 1979, y que inspiraría el mural “Brotherhood Kiss”, de Dmitri Vrubel, sobre el muro de Berlín, Honecker no fue un simple recadero. Cientos de asesinatos y miles de disidentes torturados engrosaron su hoja de servicios.

En su última reflexión, “Conductas que no se olvidan”, el expresidente cubano califica a Erich Honecker como “El alemán más revolucionario que he conocido” y le dedica “el sentimiento más profundo de solidaridad”. En ella señala que le “correspondió el privilegio de observar su conducta cuando este pagaba amargamente la deuda contraída por aquel que vendió su alma al diablo por unas pocas líneas de Vodka”. Suponemos que el “vendido” es Mijaíl Gorbachov, aunque lejos de ser un adicto al vodka, como su sucesor, intentó limitar en la URSS su consumo, algo que no incrementó su popularidad.

Como es habitual, Castro evade el hecho de que “El alemán más revolucionario” fue depuesto por sus propios compañeros del Politburó. Tras huir a la URSS, pedir asilo en la embajada chilena de Moscú y ser extraditado a Berlín, fue encarcelado y procesado por alta traición, por el asesinato de 192 personas que intentaron cruzar el muro durante su mandato,  y la tortura y muerte de miles de disidentes.

Pero lo más interesante de esta reflexión no es su contenido, sus elusiones o sus dislates, como afirmar que la época actual  “es infinitamente cambiante, si se compara con cualquier otra anterior”. Lo más interesante es su extensión: 81 palabras, 497 caracteres incluyendo fecha, hora y firma.

Y no es una casualidad, sino un cambio radical en el libro de estilo del Reflexivo en Jefe. El post “Teófilo Stevenson”, del 12 de junio, tiene 68 palabras, 422 caracteres. “Días insólitos”, del 9 Junio, tiene 974 palabras, 5.842 caracteres, aunque de ellos, sólo son (presuntamente) suyos 713 caracteres, 130 palabras. El resto es una larguísima cita, un ejercicio de corta y pega que demuestra más habilidad con el ratón que con las neuronas.

Uno de sus post más recientes, del 10 de junio, “¿Qué son los FC?”, se reduce a 420 caracteres, 68 palabras all included. En él confiesa que los FC son sus recaditos a “los funcionarios cubanos responsabilizados con la producción de alimentos esenciales para la vida de nuestro pueblo” con los que intenta transmitirles sus “modestos conocimientos adquiridos durante largos años y [que] considero útiles”. Algo tan contraproducente como unas instrucciones para conquistar el Polo Sur escritas por Robert Falcon Scott, o un manual de guerra en las Malvinas a cargo del Teniente General Leopoldo Galtieri. Confío en que dichos funcionarios no le hagan demasiado caso, considerando que entre sus más sonadas FC se encuentran el Cordón de La Habana, el Plan Lechero, la Brigada Invasora que defolió la isla y la convirtió en el mayor productor de marabú del mundo, la Zafra de los Diez Millones y Ubre Blanca, cuyo resultado final ha sido el sistema de racionamiento y la crisis alimentaria más larga de que se tienen noticias.

En sus reflexiones de fines de la década pasada, Castro solía extenderse unas 1.500 palabras. De 9.484 caracteres consta la del 28 de marzo de 2007, donde dicta una de sus primeras FC prohibiendo la producción de etanol, para no dedicar a combustibles tierras que presuntamente se destinarían a alimentar a la población. Al final, ni lo uno ni lo otro. Eso por no remontarnos a sus discursos de siete, ocho y hasta diez horas, empeñado en convertirse en el político insular que más palabras ha dejado caer sobre los cubanos desde Hatuey a la fecha.

Es como si Ryoki Inoue, el escritor brasileño de origen japonés que ha publicado 1.072 novelas, se convirtiera de pronto en Augusto Monterroso. Por eso no deja de ser sospechoso que este Ryoki Inoue de la política se recluya en algunas decenas de palabras.

Desde hace mucho se habla de los frecuentes “apagones” mentales del Castro mayor, interrumpidos por chispazos de algo semejante a la lucidez. Todos recordamos la entrevista que le hizo Randy Alonso, quien apenas asentía con la cabeza mientras el comandante enhebraba sin ton ni son bombas atómicas, guerras mundiales, petróleo, arcabuces y tropas de la OTAN, en una especie de wikipedia aleatoria. O la entrevista a propósito del hundimiento del barco sudcoreano, que bien podría servir como material de estudio en las facultades de Medicina sobre los efectos del Alzheimer. Y en las escuelas de Marketing sobre lo que ocurre cuando alguien intenta llevar su adicción a las cámaras más allá de lo aconsejable.

Conociendo la naturaleza del personaje, es fácil suponer que ninguno de sus cortesanos, amanuenses y edecanes se atreviera a publicar una reflexión que no fuera explícitamente aprobada por él. Lo que no significa que las escribiera. Bastaría indicar las citas citables y dictar las líneas maestras. Otros se encargarían de la redacción siguiendo el libro de estilo y al final el autor daría su visto bueno. Pero para convalidar la autoría de sus reflexiones, el comandante necesitaría una dosis mínima de “alumbrones”.

Los textos que ahora nos obsequia más parecen desvaríos momentáneos, bisbiseos alucinados, que ejercicios intelectuales. ¿Un accidente temporal? ¿Un apagón de largo alcance? Ya veremos qué nos regala Cubadebate en los próximos días.

No creo en la justicia divina. Hasta donde alcanzo, los mirahuecos no son automáticamente sancionados con la ceguera, ni los maltratadores, con la parálisis. Pero no deja de ser una forma de justicia poética privar de la palabra a quien ha abusado de ella (y de nosotros) durante medio siglo.

 

“Libro de estilo”; Madrid, 12/06/2012





Suspensión gravitatoria

28 05 2012

En estas mismas páginas, a propósito de un artículo de Haroldo Dilla, leí por primera vez, en el comentario de un lector, la frase “suspensión gravitatoria”. Según él, en la isla, “cuando un edificio está apuntalado, a punto de caerse, y no se cae, pero tampoco es restaurado ni demolido a tiempo”, los profesionales lo califican como un edificio en “suspensión gravitatoria”. La frase es un hallazgo de la lengua vernácula, equiparable al “faltante” en las tiendas, al “período especial en tiempo de paz”, “el compañero que nos atiende” para referirse al seguroso de turno, el “picadillo enriquecido”; el “tumbacuellos” y el “saltapatrás” en la sección etílica, o la inconmensurable dilatación semántica de la palabra “resolver”, entre otras muchas que no han recibido la debida atención por la Real Academia de la Lengua.

Buscando en la red si la expresión tenía otros usos que no fuera la tipología de edificios apuntalados, di con el anuncio de un ajustador “inteligente” que, según los publicistas, está “confeccionado con materiales que siguen los principios de diseño de suspensión gravitatoria en la NASA”. Ignoro cómo se practica a la lencería un test de inteligencia, pero, según mi experiencia, los ajustadores son bastante lerdos, por el contrario que algunas tetas, tan listas y elocuentes que en un par de segundos, con argumentos inapelables, convencen a cualquiera. Y convencer a un cubano por la vía rápida no es hazaña menor.

La relación entre la NASA, los fabricantes de ajustadores y el gobierno cubano no es tan peregrina como algunos creen. El propósito de la NASA es mantener la presencia del hombre en el espacio, y el de los fabricantes de sujetadores, levantar de su letargo a las caídas en combate, disimular los efectos de la gravedad y el tiempo. El gobierno cubano conjuga ambos propósitos: mientras intenta mantener a los cubanos en el limbo, se empeña en una operación de alta cosmética para que la decrépita señora revolución parezca lozana. Aunque después que toda la nomenklatura haya mamado de sus pechos durante medio siglo, no hay sostén, por muy inteligente que sea, que mantenga la compostura.

Si hay algo semejante a la “suspensión gravitatoria” sería la levitación, tan recurrida en las mitologías, incluso en la castrista, que en los últimos dos decenios ha insistido en flotar por encima de la historia. Saben que la levitación electrostática es imposible, dado el dubitativo suministro eléctrico. Tampoco la levitación magnética, o suspensión electromagnética, aplicada en algunos trenes de tecnología punta. Han apelado recurrentemente a la levitación aerodinámica, gracias a la corriente ascendente de la beneficencia chavista, para evitar estrellarse contra el suelo por el vendaval de la historia. Y la levitación óptica es apenas un acto de ilusionismo para seducir a cierta progresía boba que aún cree en el cuento de la Caperucita Roja y el Lobo Feroz. Como bien saben los lectores de ciencia-ficción, la antigravedad, aprovechando las lagunas en la teoría cuántica de la gravitación universal, es sólo un combustible literario de naves alienígenas.

El Castro mayor intentó durante decenios mantenernos en estado de levitación acústica, caminando hacia el futuro luminoso sobre una alfombra mágica de discursos, y esa levitación retórica es la que intenta, con menos poder de convocatoria, la junta militar que gobierna la Isla (no se dejen engañar por las guayaberas, los generales conservan sus grados y condecoraciones, aunque para disimular los lleven prendidos de los calzoncillos).

Pero algo ha cambiado. El Orador en Jefe confiaba en la inmanencia de sus palabras, mientras el generalato ha comprendido que las palabras, como cualquier producto de estación, son perecederas. Previendo la caducidad de la retórica, empiezan a permitir a los ciudadanos buscarse por su cuenta otros complementos alimentarios. En caso contrario, la feliz conversión de los defensores de la Patria en sus propietarios, podría ser enturbiada por la gritería del personal.

En cualquier caso, la “suspensión gravitatoria”, “cuando un edificio está apuntalado, a punto de caerse, y no se cae, pero tampoco es restaurado ni demolido a tiempo”, es una definición pavorosamente exacta de un país que ha intentado durante el último cuarto de siglo mantenerse de puntillas sobre la corriente de la historia sin mojarse los pies.

 

 

“Suspensión gravitatoria”; en: Cubaencuentro, Madrid, 28/05/2012. http://www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/suspension-gravitatoria-277114





Petróleo

22 05 2012

Los voceros de la compañía Repsol acaban de declarar a la Agencia EFE que la primera perforación realizada por la plataforma Scarabeo-9 en aguas ultraprofundas del Golfo de México –pertenecientes a la Zona Económica Exclusiva cubana (112.000 kilómetros cuadrados)–, no ha dado resultados, y que se apresta al cerramiento del pozo para evitar daños ecológicos.

Aunque algunos medios, como Europa Press, han anunciado la retirada de Repsol del área, lo más probable, como indica el cable de EFE, es que los geólogos de la compañía “estudien ahora los pasos a seguir en relación con otras perforaciones”, y no que se retiren al primer intento, habiendo pasado, incluso, el trámite de la inspección de la plataforma en Trinidad y Tobago por especialistas de Seguridad y Medio Ambiente y del Servicio de Guardacostas estadounidense, para garantizar su seguridad y que menos del diez por ciento de los componentes sean de origen estadounidense, como estipulan las restricciones fijadas por la ley federal en el caso de Cuba

El inicio de las perforaciones ha sido precedido por un largo análisis estructural de la zona y prospecciones magnetométrica, gravimétrica y sísmica detalladas, lo cual conlleva unos costos importantes, más los US$175 millones que ha costado la perforación; costos que no deberán anotarse a la ligera en la columna de las pérdidas, sobre todo si consideramos que los cálculos más moderados sitúan las reservas entre 5.000 y 9.000 millones de barriles, aunque el gobierno de la Isla ha hablado de 20.000 millones.

A menos que existan otros factores no estrictamente técnicos que inviten a Repsol a la retirada.

Hace un mes, en relación con la expropiación de Repsol YPF por la presidenta argentina,  el gobierno cubano, en un comunicado oficial leído por la televisión, reiteró «su plena solidaridad con la República Argentina y afirma que a dicha nación le asiste todo el derecho de ejercer la soberanía permanente sobre todos sus recursos naturales».

Aunque así sea, en tiempos de raulismo (la incontinencia verbal del fidelismo es caso perdido), debieron noticiar el suceso sin pronunciarse oficialmente, considerando que Repsol es, de momento, su socio más activo en la prospección petrolífera, aunque  de los 59 bloques, haya 22 cedidos no sólo a Repsol, sino  a la venezolana Pdvsa, la noruega Statoil, ONGC, de la India, la china CNOOC, y a PetroVietnam, entre otras.

Considerando, además, que Cuba produce unos cuatro millones de toneladas anuales y depende de los 100.000 barriles diarios de crudo que llegan desde Venezuela, algo que podría cambiar drásticamente de empeorar la salud de Chávez o en caso de producirse deceso, o a partir de las elecciones venezolanas del próximo octubre si Henrique Capriles se alza con el poder. Sin paliativos, dado que la isla no ha desarrollado energías alternativas, fundamentalmente las renovables: biocombustibles, eólica, etc.

De momento, la prensa cubana no da noticias ni del fracaso del pozo ni de las actuaciones perspectivas de Repsol, pero que no haya noticias de algo crucial para los cubanos no es noticia.

Petronas, de Malasia, en asociación con la rusa Gazprom Neft, comenzará a perforar en breve en un bloque situado a 150 kilómetros al oeste del abandonado por Repsol. Y la venezolana PDVSA perforará el tercero. Difícilmente estos pozos, y los que seguirán, obtendrán idéntico resultado al que Repsol acaba de concluir. Pero, incluso de confirmarse las mejores perspectivas, Cuba no será energéticamente autosuficiente en menos de cinco años, y algunos más para convertirse en un exportador significativo de crudo.

De modo que la ecuación del próximo quinquenio es compleja. Dependerá de cuan aceleradas sean las reformas en la Isla y se asegure una gobernabilidad que podría desmoronarse con la ausencia de Chávez y sus subsidios energéticos. Dependerá de a qué acuerdos estén dispuestos a llegar los gobiernos de Cuba y Estados Unidos para derogar, o en su defecto acribillar a excepciones el embargo hasta convertirlo en un colador intrascendente. Porque Estados Unidos es, sin dudas, el primer importador potencial del petróleo cubano y dispone de la más alta tecnología extractiva. Y lo anterior dependerá también del factor biológico. Dada la edad de los principales líderes cubanos, la nómina del poder dentro de cinco años podría ser muy diferente, y con ello, las políticas en curso.

El siguiente factor será la distribución social de los ingresos petroleros. Dada la evolución de la nomenklatura militar cubana, el modelo ruso me parece el más probable: una aristocracia verde olivo que transitará sin cargos ideológicos de conciencia de administrar los bienes que teóricamente pertenecen al pueblo, a apropiárselos en una reedición de la piñata sandinista. Aunque hay otras posibilidades: un sultanato caribeño que mantenga la gobernabilidad mediante dosis equilibradas de represión y subvenciones. El petróleo como arma geopolítica al servicio de un sistema o de un líder (la URSS, Venezuela). O el más deseable, el sistema noruego, donde los recursos energéticos son patrimonio de toda la población y se revierten en investigación, desarrollo y en sostener las garantías sociales que componen el mejor estado del bienestar del planeta. Lamentablemente, aunque en Cuba es habitual hacerse el sueco, no hay salmones ni fiordos ni noruegos.

“Petróleo”; en: Cubaencuentro, Madrid, 22/05/2012. http://www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/petroleo-276934





Al combate corred internautas

23 02 2012

Del 20 al 22 de febrero se acaba de celebrar en la Universidad de las Ciencias Informáticas, en La Habana, la VI Conferencia Científica UCIENCIA 2012.

Durante ésta se ofrecieron conferencias y talleres sobre procesamiento digital de imágenes y señales aplicadas, bioinformática, inteligencia artificial, software educativo, automatización, software libre, nuevas tecnologías de bases de datos, informatización de los servicios de salud, inteligencia organizacional y gestión empresarial, telemática, seguridad de redes y sistemas, realidad virtual, gestión de la información y el conocimiento, técnicas de soft computing, así como las aplicaciones de la informática en ingeniería, arquitectura e incluso en la gestión del patrimonio.

A juzgar por la información que aparece en http://uciencia.uci.cu/es, muchos de los temas integran eso que genéricamente llamamos tecnologías punta, y posiblemente sea muy alto el nivel de los ponentes y de los debates científicos que convocan.  Algo que contrasta con un país que dispone de uno de los más bajos índices de acceso a Internet del planeta, y donde tener una cuenta de correo electrónico es un lujo. Un país cuyos dirigentes intentan reimplantar un capitalismo decimonónico basado en el timbiriche y los gremios de artesanos.

Uno de los mayores éxitos del último medio siglo ha sido, más allá de sus carencias y su abrumadora catequesis ideológica, la universalización de la enseñanza, lo que ha propiciado un flujo casi ininterrumpido de personal altamente calificado. Pero, como bien saben los arquitectos, no basta disponer de una montaña de ladrillos si con ellos no se construye una casa, una ciudad. Y si, además, se proscribe a esos ladrillos organizarse por su cuenta y construir la casa que el Estado parece incapaz de edificar.

A pesar de contar con una legión de científicos y técnicos de altísimo nivel, la Unión Soviética fue incapaz de inventar el microondas o la computadora personal. Su tecnología militar, en cambio, aunque a un alto precio para el pueblo soviético, compitió durante decenios con la norteamericana. Un escalafón de prioridades que parece ser la norma en cualquier totalitarismo, sea ideológico o teocrático.

La VI Conferencia Científica UCIENCIA 2012 no es la excepción. Su programa destina un amplio espacio al Taller Nacional de Informática en la Defensa, para “propiciar (…) una cultura de Seguridad y Defensa Nacional desde la perspectiva del desempeño profesional del futuro ingeniero”. En el taller se tocan temas como las nuevas concepciones y tecnologías para la guerra; el ciberespacio y la guerra; la guerra mediática y el papel de los buscadores internacionales; la información geoespacial; la modernización del material de guerra, así como guías para las asignaturas Preparación para la Defensa y Seguridad Nacional. Además de acentuar “el trabajo político ideológico” y “fortalecer el patriotismo”.

En “La Guerra Mediática a través de las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (TIC)” se postula que esta guerra tiene como objetivo “tergiversar información y sumergir a la sociedad en viles mentiras políticas, ideológicas y sociales”. Y en “Guerra y ciberespacio” se habla de los “peligros y amenazas de internet como instrumento de lucha ideológica y sometimiento, (…) en busca de la luz podemos someternos a la más absoluta oscuridad política o el objetivo más peligroso, la confusión, la neblina política de la mentira ligada con la verdad, la incomprensión, la duda, la desinformación constante y reiterada”. Párrafo interesante donde se reconoce que se acude a Internet “en busca de la luz”, algo comprensible si hay apagón en casa. Y concluye apocalíptico que “la confusión, la neblina política de la mentira ligada con la verdad” es el “detonante en el desacato de las masas a las leyes y el enfrentamiento con el gobierno, que le facilite el pretexto para la intervención militar en Cuba a los EEUU”. Sin menospreciar el poder de la información sin censura que circula por la red, pensar que ésta puede ser un detonante más poderoso que la miseria cotidiana en que sobrevive la inmensa mayoría de los cubanos denuncia una notable relajación en el estudio del Materialismo Histórico.

Un espacio particular se dedica a “Las redes sociales virtuales. Su influencia en la formación de valores”. El ponente, Irán P. mir Mejías (sic., entre ayatolá y estación espacial rusa), subraya su valor para la “obtención de información” y para la “defensa de las conquistas revolucionarias”. Las redes, que nacieron como un vehículo para el diálogo sin fronteras, son aquí un campo de batalla. El autor reconoce que “estos elementos y su consolidada popularización, no nos permite plantear el debate sobre si se debe aprobar o no a los jóvenes hacer uso de estos recursos, pues es un hecho irreversible que casi todos ellos los utilizan”. Si, a pesar de los obstáculos impuestos a los cubanos para su acceso a Internet, casi todos los jóvenes emplean las redes sociales, “aprobar o no” ya no es de su competencia, a menos que Cuba se desenchufe de la red mundial. El autor se resigna, entonces, a orientar adecuadamente a esos jóvenes “para evitar los riesgos y amenazas” de las perversas redes.

Otro taller llama a “elevar la confianza de los estudiantes universitarios en la disposición para el combate del material de guerra existente en el país”, algo que resulta, cuando menos, novedoso, tanto como el título del taller: “Una fuente de formación de valores: la modernización del material de guerra”.

Si algo se evidencia en el programa de la conferencia es que la fascinación por la tecnología puede coexistir con el miedo a la libertad y las líneas de código de los lenguajes más avanzados, con una retórica obsoleta. Como la foto del talibán que sueña con reinstaurar el Medioevo sobre la faz de la Tierra con un ejemplar del Corán en la mano izquierda y un lanzacohetes de última generación en la derecha.

 

“Al combate corred internautas”; en: Cubaencuentro, Madrid, 23/02/2012. http://www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/al-combate-corred-internautas-274240





Carné de héroe

1 02 2012

Velkan Ionescu ha adquirido en condiciones ventajosas una casa de 420 metros cuadrados en la ciudad. Viaja sin coste en los transportes públicos, no paga por los medicamentos que consume, disfruta exenciones de impuestos y podrá jubilarse cinco años antes que sus compatriotas. Velkan Ionescu tiene el carné de héroe por haber participado en las revueltas de 1989 que, al costo de mil muertos, acabó con la dictadura de Nocolae Ceaucescu.

La Ley de Agradecimiento aprobada en 2004 en Rumanía para compensar a los héroes de aquellos enfrentamientos y a las familias de quienes perdieron la vida, estableció un carné que otorga a sus poseedores no pocas ventajas. En un país con enormes diferencias retributivas e injusticia social, casi todo se puede comprar, incluso el carné de héroe que hoy disfrutan unos 20.000 rumanos entre los cuales se distribuyen unos cien millones de euros anuales. Si esa hubiera sido la cantidad real de opositores, Ceaucescu no hubiera durado una semana.

No es raro, entonces, que Velkan Ionescu fuese un anticomunista precoz que, a los cinco años de edad (nació en 1984), se enfrentó a los milicianos de los cuerpos de seguridad y a los francotiradores que masacraron la manifestación frente a la casa del sacerdote Lazlo Tökes, en Timisoara. Aunque su mayor mérito “revolucionario” es ser sobrino de un importante capo del sindicato de estafadores que desde la administración y gracias a jugosos contactos políticos, lava expedientes, crea pedigrís heroicos y convierte a convictos por asesinato en paladines de la libertad. Comenzando por antiguos mandos de la temida policía política que se han reconvertido en demócratas anticomunistas y libertarios gracias a que poseen información que podría comprometer las carreras de algunos flamantes políticos rumanos con una larga hoja de servicios al antiguo régimen.

Como todos los regímenes de esa naturaleza, el de Ceucescu intentó, de grado o por fuerza, conseguir la complicidad de la mayor parte de sus ciudadanos (“pínchalo, pínchalo, aquí todo el mundo tiene que pincharlo”, aquella frase memorable de El hombre de Maisinicú), por lo que no es raro que de los 23 millones de rumanos, unos 700.000 colaboraran con la policía política. De los restantes se exigía, cuando menos, el silencio, la complicidad light. Así, cuando Ion Illescu tomó el poder en 1990, repartió certificados de revolucionarios, como quien reparte indulgencias, entre numerosos esbirros y chivatos. Aunque dejó el poder en 1996, conservó su escaño en el Senado, es decir, su seguro de impunidad a todo riesgo, hasta 2008.

Quizás por eso, como afirma Radu Filipescu, quien fue opositor a Ceaucescu, sufrió prisión y ahora encabeza una campaña para acabar con los privilegios, para el pueblo rumano los únicos revolucionarios auténticos son los muertos, los heridos y los que no tienen carné.

En 1959, con el triunfo de los nuevos héroes, comenzó en Cuba el reparto de privilegios. Discrecional, sin necesidad de una Ley de Agradecimiento ni de un carné de héroe, dado que institucionalizar los privilegios habría sido incompatible con la teoría de que aquellos hombres y mujeres habían arriesgado sus vidas en beneficio de la patria y no de ellos mismos (lo cual es cierto en la mayor parte de los casos), y habría obligado a un reparto más equitativo del botín que, al final, se distribuyó entre un selecto grupo de combatientes, una antología de héroes que, en la práctica, no fueron premiados por su valentía sino por su obediencia a toda prueba.

La cubana fue la primera revolución televisiva. Fidel Castro empleó profusamente el nuevo medio de comunicación, no sólo para seducir con su discurso a la población cubana, sino para crear una imagen que perduraría durante decenios en el imaginario de la izquierda. Un culto estalinista a la personalidad que abrumara de estatuas a los cubanos habría dañado esa operación de marketing, de modo que ese culto ha sido en Cuba igualmente absoluto, pero dejando mínimas evidencias. Del mismo modo, un reparto explícito del botín, en un continente donde todos los dictadores lo hacen, habría sido contraproducente, como admitió el propio Fidel Castro en 1973.

Varios estudiantes de la Universidad de Oriente eran por entonces compañeros y amigos del hijo del comandante Guillermo García, a la sazón capo provincial. Tras acudir varias veces a casa de su compañero, los estudiantes denunciaron los privilegios que se disfrutaban en esa casa, en contraste con el discurso oficial que blasonaba de igualdad e instaba al sacrificio. El propio Fidel Castro insistió en reunirse con los estudiantes en asamblea y tras pulverizarlos con un discurso sin derecho a réplica, concluyó que el mayor error del comandante Guillermo García no era disponer de bienes o recursos que el resto de los cubanos ni soñaba, sino permitir la entrada en su casa de esos estudiantes traicioneros y malagradecidos.

A menos que sea políticamente recomendable para mover el tablero de la política doméstica, la corrupción, el cohecho, el nepotismo, la malversación y el abuso de poder son siempre menos graves que su divulgación. Y eso no es una enfermedad tardía del totalitarismo cubano.

En 1959 el viejo Partido Socialista Popular nombró auditor del recién creado Ministerio del Interior a un tío abuelo mío. Su primera tarea fue inventariar los bienes del ministerio, entre ellos los bienes incautados a los jerarcas del batistato. Más tarde, fue comprobando personalmente las existencias. Una vez concluido el trabajo, solicitó una entrevista al ministro, a quien se quejó. Cientos de casas, automóviles, equipos de aire acondicionado y mobiliarios completos habían sido usurpados para su propio beneficio por los oficiales. Y le entregó una lista detallada de esos deslizamientos de la cosa pública a la cosa nostra. El ministro echó un vistazo a la lista y, en pocas palabras, le ofreció una lección magistral sobre los conceptos de Inversión, Riesgo, Dividendos y Ganancia. Según él, quienes habían invertido en la guerra sus vidas, a riesgo de perderlas, tenían derecho a obtener más dividendos de la victoria que quienes conservaron a buen recaudo ese capital. Sin inversión, no hay riesgo, y sin riesgo, no hay ganancia. Esa tarde, mi tío abuelo descubrió un Karl Marx ventrílocuo. La voz que salía de sus labios cerrados era la de Milton Friedman. Había intentado hacer justicia, aun cuando no fuera políticamente correcta, y le ajusticiaron el resto de su existencia. Hasta entonces, él era un místico de la revolución proletaria y ya se sabe que los místicos siempre fueron tratados con recelo por los sacerdotes de la fe, los mismos que organizarán su canonización después de muertos. Los cadáveres no dan sorpresas. Desde entonces hasta el día de su muerte, mi tío abuelo despachó gasolina en una estación de servicio. La noche de su velorio, aparecieron dos trabajadores de uniforme y colocaron junto al féretro una corona que contenía, ella sola, más flores que todas las demás juntas. Demostración cuantitativa de amor que venía acompañada por una cinta: De tus compañeros del Partido que nunca te olvidaremos. Supongo que, efectivamente, si pasaban con frecuencia a llenar los tanques de sus coches oficiales en la gasolinera de mi tío abuelo, les sería muy difícil olvidarlo.

Pero ni siquiera quienes invirtieron en la guerra sus vidas, a riesgo de perderlas, recibieron el mismo trato. Los conceptos de Inversión, Riesgo, Dividendos y Ganancia a los que aludía el ministro estaban trucados. En 1993 se fundó la Asociación de Combatientes de la Revolución Cubana, que “aglutina en una sola organización social a más de 330.000 cubanos de todas las edades, quienes han estado en las líneas del frente de las batallas revolucionarias desde la década de 1930 hasta el día de hoy”. A finales de diciembre de 2011 un grupo de veteranos de Santiago de Cuba, ante las deplorables condiciones en que viven sin ninguna ayuda gubernamental, y “ante la falta de respuesta de las autoridades”, han elevado sus denuncias a la prensa no gubernamental.

Por muchas razones, comunes a todas las sociedades sometidas a sistemas totalitarios –control absoluto, represión desmedida, poda de los vínculos entre la disidencia y su base social, minado de todos los grupos por agentes y chivatos, brigadas de acción rápida, control absoluto de los medios y la elevación del miedo a sistema de gobierno–, aunque hoy la mayor parte de la población descrea de sus gobernantes, los grupos de la disidencia en Cuba no pasa de algunos miles de miembros, a los que se suman blogueros y periodistas independientes. Su mera existencia es doblemente heroica, dadas las circunstancias y el permanente acoso del que son víctimas.

Como es lógico, el día después muchos cubanos dirán en voz alta lo que de momento cuchichean en familia, alguno intentará blasonar de una disidencia tan clandestina que nadie la conoció en su día. Se producirá el reciclaje a demócratas y las más variopintas excusas para actitudes inexcusables. Aunque parezca increíble, habrá quienes se parapeten tras la buena fe o la ignorancia. Y, de un modo u otro, todos serán llamados a reconstruir el nuevo país, que no será posible sin la colaboración de todos los cubanos. Quienes hoy arriesgan su integridad y su vida no necesitarán carnés de héroes. Ya lo han obtenido en el tribunal sin apelación de nuestra memoria.

 

“Carné de héroe”; en: Cubaencuentro, Madrid, 01/02/2012. http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/carne-de-heroe-273528

 





Outsiders

31 01 2012

Reflexionar sobre el papel que deben jugar en el acontecer insular los intelectuales cubanos que viven fuera de la Isla, exige un análisis previo sobre qué es un intelectual y qué funciones cumple o debe cumplir en la vida pública.

A la pregunta ¿qué es un intelectual? se han dado muchas respuestas. Quien trabaja con su cerebro y no con sus manos podría ser la más elemental, en cuyo caso incluiríamos a un bróker de la bolsa y excluiríamos a Picasso. Según Michael Löwy, en Para una sociología de los intelectuales revolucionarios, al no ser una clase, los intelectuales, creadores de productos ideológico-culturales, no se definen en relación con los medios  de producción. Pueden elegir, de modo que no existe inteligentzia neutra. Lo cual se puede aplicar a cualquier ciudadano, cuya ideología no está estrictamente signada por su extracción social. Añade Löwy que al regirse por “valores” ajenos al dinero, los intelectuales “sienten una aversión casi natural contra el capitalismo”, algo que no merece comentarios.

Gramsci señalaba que «todos los hombres son intelectuales, pero no todos los hombres cumplen en la sociedad la función de intelectuales». Y añadía que “los intelectuales modernos son directores y organizadores involucrados en la tarea práctica de construir la sociedad”. Una boutade gramsciana que nunca ha alcanzado el carácter de ley. Norberto Bobbio opina que los intelectuales son expresión de la sociedad de su tiempo y que el momento histórico es crucial en su definición y también de su responsabilidad histórica. Lo cual es seguramente cierto, y aplicable a toda la humanidad.

Si el intelectual no siempre es “un individuo dotado de la facultad de representar, encarnar y articular un mensaje, una visión, una actitud, filosofía u opinión para y en favor de un público”, como aseguraba Gramsci, sí es, en la definición de Umberto Eco, “quién realiza trabajos creativos bien sea en las artes o en las ciencias, y propone ideas innovadoras”. Y añadiría que, en general, deberá ejercer una reflexión crítica sobre la realidad en su ámbito de competencia que no se limita a las humanidades. En una cultura intertextual, médicos, físicos, biólogos, informáticos, etc., proyectan sobre la realidad una reflexión en ocasiones más esclarecedora que los intelectuales “tradicionales”.

A lo largo de la historia, los intelectuales han asumido diferentes papeles, desde la Paideia griega, que debía dotar al individuo de conocimiento y control sobre sí mismo y sobre sus expresiones y prepararlo para ejercer sus deberes como ciudadano, no siempre como político (aunque Solón fuese el prototipo del intelectual-político en la Grecia presocrática). Hasta el intelectual público romano: Ovidio, Tácito, Séneca. Papel que cambió drásticamente en una sociedad teocéntrica y teocrática, el Medioevo, donde los monjes eran apenas guardianes de la cultura. El hombre del Renacimiento, relativamente independiente pero subordinado al poder de sus mecenas. El intelectual en el capitalismo, cuyos márgenes de libertad se ensancharon, y las complejas relaciones en el socialismo entre los intelectuales y los aparatos partidistas y el Estado.

Umberto Eco, en “Papel del intelectual”, distingue distintos tipos:

Los intelectuales orgánicos (Ulises al servicio de Agamenón), quienes, según él, “deben aceptar la idea de que el grupo, al que en cierto sentido han decidido pertenecer, no les ame demasiado”. “Si les ama demasiado y les da palmaditas en la espalda (…) son intelectuales del régimen”. Sobre éstos decía Gramsci que eran captados por la clase dominante para que otorguen a su proyecto “homogeneidad y legitimidad” y creen “una ideología que trascienda a las clases”. Adolf Hitler tuvo excelentes científicos e intelectuales orgánicos, como Martin Heidegger. Y John Fitzgerald Kennedy reclutó una corte de intelectuales prestigiosos, como Arthur M. Schlessinger Jr. y McGeorge Bundy.

Los intelectuales platónicos, aquellos que, como Platón, a pesar de su experimento fallido con el tirano de Siracusa, creen que pueden enseñar a gobernar. Apostilla Eco: “Si tuviésemos que vivir en la isla de la Utopía de Tomás Moro o en uno de los falansterios de Fourier, lo pasaríamos peor que un moscovita en los tiempos de Stalin”. Como bien sabía Octavio Paz, es “muy distinto mandar a pensar: lo primero corresponde al gobernante, lo segundo al intelectual. Los intelectuales en el poder dejan de ser intelectuales (…) sustituyen la crítica por la ideología”. La segunda otorga al poder un fundamento moral, lógico e histórico; la primera juzga y, cuando es necesario, contradice y critica.

Los maestros aristotélicos, quienes enseñan todo tipo de cosas, pero no dan consejos precisos.

Y los intelectuales críticos con su propio clan, más que con los enemigos, al estilo de Sócrates, que operan como “conciencia crítica de su grupo”, a los que tampoco se les ama demasiado. Este será creativo, elaborará ideas interesantes que el político inteligente deberá considerar, aunque no las aplique textualmente. Según Carlos Fabreti, esos “intelectuales tienen una responsabilidad: la crítica sistemática de los argumentos esgrimidos por el poder, el cuestionamiento radical y continuo del ‘pensamiento único’ que pretenden imponernos”. Claro que ello habitualmente no gusta a los políticos.

Jorge Castañeda atribuye a los intelectuales de América Latina el papel de guardianes de la conciencia nacional, demandantes de responsabilidad, baluartes de rectitud, defensores de los principios humanistas, críticos del sistema y de los abusos de poder. Lo cual, a mi juicio, es mucho pedir.

El ejercicio de esta “conciencia crítica” ha resultado con frecuencia nefasto para sus protagonistas: ostacismo, cárcel, exilio, persecución y muerte. El fiscal fascista que juzgó a Antonio Gramsci dictaminó: “Durante veinte años debemos impedir que este cerebro funcione”, y fue condenado a veinte años. Murió en prisión a los 46 años de edad. La periodista Anna Politkovskaya, quien reveló los crímenes en Chechenia, recibió dos balazos en la nuca. La lista sería interminable.

De modo que, al menos en teoría, el intelectual debe ser parte de la “conciencia crítica” de la sociedad que habita. Ni más ni menos, a mi juicio, que todo aquel, intelectual o no, que desee ejercer su papel de ciudadano y no conformarse con figurar en las estadísticas demográficas.

En las circunstancias actuales de Cuba, eso sería óptimo. Desde el derrumbe del campo socialista, el país ha estado abocado a una redefinición continua que ha afectado a la economía, la política, la relación entre el poder y los ciudadanos y de estos entre sí, entre el exilio y el insilio, entre el discurso ideológico y la praxis social. Podría decirse, siguiendo a Gramsci, que el país se enfrenta a una “crisis de hegemonía”, en cuyo caso se impone la necesidad de un debate público y sin limitaciones, con el objetivo de articular nuevos consensos. Un debate que convoque a todos los estamentos de la sociedad, pero donde los intelectuales (o algunos intelectuales, en particular los aristotélicos y los críticos, para no generalizar), al disponer de un discurso estructurado sobre la sociedad que es su campo profesional de actuación, podrían aportar a la clase política argumentaciones muy atendibles.

Y, de hecho, ese debate ocurre, aunque no con la profundidad, la transparencia y la amplitud que la actual situación del país requeriría. Tiene lugar en foros profesionales, debates más o menos cerrados y en medios que, por razones editoriales o tecnológicas, tienen escasa incidencia en la población de la Isla. Los distintos llamamientos a debates públicos realizados desde el poder han sido oportunidades perdidas. Sus resultados no se han ventilado con la trasparencia que merecían ni desembocaron en referendos que sancionaran democráticamente las principales inquietudes de los ciudadanos, quienes han operado como una intelectualidad aristotélica a su pesar, pues sus juicios concretos se han convertido, en su ósmosis hacia el poder, en opiniones difusas más próximas a la estadística que a la ideología.

No pocas veces he repetido que el debate sobre el presente y el futuro de Cuba atañe, en primer lugar, a los cubanos, intelectuales o no, que residen en la lsla. Y, en segunda instancia, a quienes habitamos allende el Malecón. Las razones son obvias: sobre los cubanos de la Isla recae el peso de las dificultades que padece el país, de modo que son ellos los primeros interesados en remediarlas; son ellos los que disponen de los derechos ciudadanos que a sus compatriotas del exilio les son enajenados tan pronto truecan su geografía, y si bien el exiliado puede regresar (o no), quienes viven en la Isla saben que de sus decisiones de hoy dependerá la habitabilidad de su propio futuro y el de sus hijos.

Exhortar a la frugalidad y al sacrificio a los cubanos en nombre de un ideal que ciertos grupos de izquierda defienden con fervor ante lonchas de jamón serrano y algún Ribera del Duero Gran Reserva, me resulta tan inmoral como exhortar a esos mismos cubanos a derribar al gobierno al precio de sus vidas, mientras se trasiega un sándwich cubano y un batido de mamey en el Palacio de los Jugos.

Y entre esos cubanos del inside puede que sean algunos/muchos/los intelectuales quienes dispongan de mejores recursos para ejercer su “conciencia crítica”, dado que poseen los recursos teóricos y una información de primera mano sobre la realidad cubana. Aunque esa “conciencia crítica” pueda estar condicionada no sólo por el miedo a las represalias, sino por el mero cálculo de su escasa rentabilidad a corto plazo. Para Edward Said, “la dependencia económica del poder mediante subvenciones o ayudas para las investigaciones son formas de control de los intelectuales”. En un país donde todos los medios culturales y de difusión, así como otorgar (o no) libertad de movimiento, están en manos del Estado,  la dignidad contestataria puede ser temeraria.

Eso no significa, desde luego, que a los cubanos que residen fuera de la Isla, y en particular a sus intelectuales, les esté vedada la participación en ese debate. Muy por el contrario, sería recomendable. Dado que en la diáspora habita el 15% de los cubanos del planeta, vetar su participación equivaldría a la exclusión de todos los habitantes de la ciudad de La Habana.

Sin que me avale ninguna estadística confiable, opino que la mayoría de los cubanos de la diáspora conserva su interés por los acontecimientos de la Isla, bien sea porque ésta afecta a sus familias allí o porque se sienten con derecho a ejercer su ciudadanía insular, así sea virtual. Y creo que sería muy útil para el país que esas voces fuesen escuchadas y se sumasen a las de sus compatriotas en la Isla. Las razones son varias.

En primer lugar, al conservar su ciudadanía cubana (incluso tras haber adquirido otra, cosa que la Constitución prohíbe pero el gobierno mantiene), les asiste el derecho de participar en la vida pública de su país. Si, como reza la página del Ministerio de Relaciones Exteriores, esa diáspora es esencialmente económica, comparable con otras poblaciones migrantes de nuestro continente, deberían recibir un trato equivalente: preservar sus derechos económicos, sociales y políticos y ejercerlos desde cualquier geografía.

Entre esa población outsider existe una elevada proporción de profesionales altamente calificados, formados en Cuba y/o fuera de Cuba, cuya aportación al debate social, político, económico, artístico y científico que prefigure el futuro de la Isla, no debería desecharse. Portadores de una experiencia profesional y ciudadana adquirida en otros contextos, ésta les concede la posibilidad de pronunciarse partiendo de enfoques y perspectivas que enriquecerían el debate y, en sintonía con sus colegas de la Isla, conjurar males futuros y sortear obstáculos evitables. Como ya observó Gramsci, la escolarización proporcionada por un Estado responde a su aparato ideológico. Inyectar sabidurías otorgadas por otros modelos de escolarización sería, por fuerza, enriquecedor. Y no me refiero a predominio alguno, sino a las bondades de la biodiversidad.

Dado que Cuba se encuentra inmersa en un proceso de cambio y que, por su carácter de economía abierta en medio de un mundo globalizado, le sería casi imposible superar su crisis actual de modo endogámico, sería esencial para el país apelar al capital intelectual, a la experiencia profesional, empresarial y científica de su diáspora, sobre todo si la perspectiva de Cuba es sumarse al verdadero motor del desarrollo en el siglo XXI: la sociedad del conocimiento.

Una participación activa de ese capital humano, e incluso del otro capital, en el proceso de renovación y remodelación de la sociedad cubana, facilitaría la apertura de puentes y espacios de colaboración entre ambas orillas; el traspaso de know how, tecnologías e información; mercados de bienes y servicios, y mercados de ideas.

Para ello, desde luego, sería imprescindible que el Estado cubano reconsiderara sus relaciones con la diáspora. Ya que preserva su condición nacional, es moralmente insostenible no preservar sus derechos ciudadanos, así como a entrar o salir libremente de la Isla y disponer allí de las mismas prerrogativas que sus compatriotas residentes en Cuba. Sería inaceptable otorgar a la diáspora el derecho de aportar su capital profesional al tiempo que se le amputan otros derechos. E imponer condicionamientos políticos a esa participación bastaría para sentenciar su inviabilidad.

Ciertamente, una parte de la diáspora, atenta a sus carreras profesionales y a las coordenadas sociopolíticas de las sociedades donde se han reinsertado, se desentiende de los asuntos cubanos. Y está en todo su derecho. Son noruegos o canadienses vocacionales. Según un estudio realizado en Miami por la Florida International University (FIU), sólo una pequeña parte de los exiliados en esa ciudad regresaría a la Isla incluso en caso de que cambiaran drásticamente las condiciones que los empujaron al exilio. Han rehecho sus vidas y ya tienen hijos y nietos que viven, como diría Gustavo Pérez-Firmat, en el hyphen: cubano-americanos, cubano-españoles. Pero, gracias a las nuevas tecnologías de la información, muchos de ellos estarían dispuestos a contribuir con sus saberes y experiencia, aunque no se radicaran en la Isla. Pocos países de nuestro entorno cuentan con ese capital potencialmente disponible para su relanzamiento.

Relicto de aquel unamuniano “¡Qué inventen ellos!”, se mantienen en nuestros países no pocos prejuicios ideológicos contra los intelectuales: una élite improductiva y desasida de la vida práctica, y ante la cual la sociedad suele adoptar posiciones extremas: la reverencia o la descalificación. La historia demuestra, en cambio, que aquellos países que primero comprendieron la fuerza motriz de las ideas son hoy las sociedades económica y socialmente más avanzadas. Cuba cuenta con una doble reserva de la materia prima más importante del siglo XXI: el talento: una población altamente instruida en la Isla y una sólida masa profesional en su diáspora. Al Estado cubano atañe la responsabilidad, pensando en el destino de la nación más que en el ejercicio confortable del poder, de crear las condiciones para que esa doble reserva de talento se revierta en bien de toda la sociedad, o, por el contrario, inhibir su despliegue por temor a los “daños colaterales” que pueda ocasionar, pues, como escribió a Nikita Kruschev en 1954 el académico Piotr Kapitsa: “una de las condiciones para el desarrollo del talento es la libertad de desobediencia”.

El papel del intelectual contemporáneo ya no es el mismo que en época de Emil Zolá, Antonio Gramsci o Jean Paul Sartre. Una sociedad mucho más compleja y el recuento de la experiencia histórica excluyen los sitiales de gurús supremos. Aun así, el talento sigue siendo “incómodo” para toda forma de poder que no asuma a la intelectualidad y su “conciencia crítica” como parte inalienable del tejido social y propulsor de su desarrollo. El Estado moderno no puede entresacar con una pinza de cejas aquellos saberes deseables y desechar los saberes incómodos. Está condenado a comprar el pack completo.

Umberto Eco afirmaba que nada lo irritaba más (o lo hacía sonreír) que ver a los intelectuales utilizados como oráculos. Y nada más alejado de este texto que pretenderse oracular. Me bastaría que algunas de estas ideas alimentaran el debate entre los hombres y mujeres destinados a construir la Cuba del mañana.

“Outsiders”; en: Espacio Laical, nº 1, La Habana, 2012, pp. 69-71. http://www.espaciolaical.org/contens/29/6971.pdf





Discusiones bizantinas

27 01 2012

Quien repase el Documento base para la Primera Conferencia Nacional del Partido Comunista de Cuba, coincidirá con las palabras de Raúl Castro en el aeropuerto de La Habana, tras despedir al presidente iraní Mahmud Ahmadineyad: “no hay que hacerse tantas ilusiones con la conferencia ni levantar mucha perspectiva (sic) (…) Ahora es una cuestión interna del partido”. Si no hay que hacerse tantas ilusiones y es un mero asunto de política interna, ¿para qué perder tiempo en formalidades de esa naturaleza cuando el país está abocado a la inminente bancarrota?

Como en un chiste que contaban los moscovitas, al romperse el tren que conducía a la URSS por el camino del socialismo, Leonid Brezhniev pidió a los maquinistas y mecánicos que subieran a bordo y se sentaran. “Pero el tren está roto, camarada”. “No importa. Siéntense. Y ahora muévanse hacia delante y hacia atrás, como si estuvieran sometidos a la inercia del tren en movimiento”. Cuando todos lo imitaron, Brezhniev sentenció: “Como ven, el tren no se mueve. Pero parece que se mueve”.

El documento de marras recuerda en su retórica añeja a aquella discusión bizantina perpetrada por los monjes para  decidir si las sandalias reglamentarias serían negras o marrón, el color de la cuerda con que se anudarían la sotana y su calibre específico, mientras Mohamed Mahomet II, El Conquistador, sitiaba Constantinopla, y el ejército de Constantino XIII se desangraba para impedirlo. (Mohamed Mahomet II dispondría más tarde de mucho tiempo libre para ocuparse de los monjes).

El punto I, “Funcionamiento, métodos y estilo de trabajo del Partido” es un calco de cientos de documentos anteriores, y reitera el dogma de que el PCC es la vanguardia de la sociedad, no porque sus ideas sean las más eficientes, avanzada o innovadoras; ni porque cuente con la mayoría de los votos en una pugna electoral con otras formaciones; ni siquiera porque sus miembros sean los más cualificados. Es la vanguardia porque es la vanguardia.

Si alguien quisiera armar un diccionario de dialecto burocrático, el punto II, El trabajo político e ideológico, es una fuente indispensable. En él aparecen todas las frases hechas de este medio siglo: “fortalecer la unidad nacional”, “impulsar la participación”, “evaluar sistemáticamente”, “profundizar en la conciencia”, “estimular la protección y cuidado de los bienes”, “incentivar la participación real y efectiva”, “promover en el pueblo la cultura económica, jurídica, tributaria y medioambiental”, “perfeccionar la atención política”, “desarrollar la labor política e ideológica”, “proyectar estrategias”, “combatir enérgicamente”, “enfrentar los prejuicios”, “consolidar la política cultural”, “adecuar la enseñanza del marxismo leninismo”. (¿Adecuarla al protocapitalismo de Estado?). De modo que cuando nos llama a “enfrentar las manifestaciones de formalismo”, uno se queda tan perplejo como ante una revista sadomaso encabezada por un editorial sobre las virtudes de la moral cristiana y los beneficios de la abstinencia.

En ese mismo punto se llama a “reflejar a través de los medios audiovisuales, la prensa escrita y digital, la realidad cubana en toda su diversidad” y a “estimular que los medios de comunicación masiva sean una plataforma eficaz de expresión para la cultura y el debate”. Dicho por los mayores perseguidores de la libertad de expresión, son afirmaciones equidistantes entre el cinismo y el humor negro.

En cuanto al punto III, la Política de cuadros, lo más novedoso es la reiteración de la limitación a diez años de los altos cargos (cuando la esperanza de vida de ningún alto dirigente cubano alcanza esa cifra). Es una humorada “promover que los cuadros surjan de la base” desde una cúpula integrada, casi exclusivamente, por septuagenarios autoelegidos por razones históricas. Y garantizar la “sólida preparación técnico-profesional, probadas cualidades éticas, políticas e ideológicas” es apenas una boutade futurista. Pedir a los cuadros  “mayor agilidad e iniciativa” desde la parsimonia con que el raulismo está desplegando sus tímidas reformas es un total contrasentido. Y “demandar de los cuadros el cumplimiento de las disposiciones legales y exigir, cuando corresponda, la responsabilidad a los infractores”  es una verdadera novedad, el pleno reconocimiento de que en Cuba no todos son iguales ante la ley. En cualquier país medianamente funcional esa especificación resulta innecesaria. Cuadros o no cuadros, todos los ciudadanos están obligados al “cumplimiento de las disposiciones legales”. Reiterarlo es como recordarles que en su condición de cuadros deben respirar más o menos regularmente.

En las Relaciones del Partido con la UJC y las organizaciones de masas, el punto IV, se ofrecen las instrucciones de cómo continuar manteniendo con ellas la misma relación fraternal del titiritero con su marioneta: “garantizar un vínculo sistemático”; “atención a los pioneros, adolescentes y jóvenes”; “garantizar que el método y las formas para la selección de sus cuadros sean…”, e incluso “promover espacios para la recreación” y “perfeccionar las publicaciones juveniles” (al estilo del diario Granma).

De modo que cuando Ricardo Alarcón afirma en relación a la Conferencia que “la renovación es indispensable en todo, (y) es absolutamente indispensable en la isla” quiere decir absolutamente nada. Correlacionar este documento con decenas o cientos de documentos anteriores demostraría que esa “renovación” ni siquiera alcanza a la sintaxis.

Y Mariela Castro, tan especializada como de costumbre, confía que la conferencia “ayude a desbloquear el proyecto de ley sobre los derechos de transexuales y homosexuales”. ¿Y los derechos de los once millones restantes, e incluso de los trans y homos cuando no cumplen su estricto papel de criaturas sexuales en la que el marielismo-leninismo las quiere confinar?

A mediados de noviembre pasado, Pedro Campos publicó en Kaos en la Red su artículo “Cuba: La Conferencia puede ser la última oportunidad” (www.kaosenlared.net/noticia/cuba-conferencia-puede-ser-ultima-oportunidad). En él, Campos reitera algo sobre lo que ha hecho énfasis en textos anteriores: que la revolución del 59 fue política, pero dejó pendiente la revolución social. “Estatizó toda la propiedad, pero no la socializó, ni cambió la organización asalariada del trabajo que tipifica el capitalismo. Del capitalismo privado, pasamos a un capitalismo monopolista estatal y (…) un orden político centralizado. Aquella revolución (…) nunca realizó los cambios democráticos y socializantes necesarios”. Por el contrario, instauró el estado-parásito subvencionado por la URSS y Venezuela.

Campos acusa al status quo de déficits democráticos, estatismo, corrupción y retranca a la implantación de “un socialismo más participativo y democrático” por el que él aboga. Y ahora “el estado enfatiza su carácter controlador y recaudador de las finanzas y los recursos, al tiempo que trata de desentenderse de sus compromisos sociales” (suma “lo peor del “socialismo de estado” y “lo peor del capitalismo neoliberal”). Concluye que “capitalismo estatal más capitalismo privado, suma capitalismo” promovido por “una burocracia que pierde, por días, la vergüenza revolucionaria”. (Si alguna vez la tuvo, le faltó por anotar). Y teme que “nos arrebaten la revolución” “unos cuantos obcecados, desviados por los vicios, egos y ánimos de lucro que engendra el poder”.  Un temor superfluo, porque la revolución ya le fue escamoteada al pueblo cubano en los años 60.

Tras un análisis objetivo, y en gran medida certero, de la realidad cubana, Campos no puede evitar deslizarse hacia la Política-Ficción y la Sociología-Ficción, una tendencia de la izquierda que sicoanalistas más capacitados que yo deberán estudiar algún día. Argumenta que la variante tropical del sistema chino no será posible en Cuba porque nuestra historia “ha generado en nosotros un sentimiento muy fuerte contrario a la explotación, a la sumisión, a la dominación, a trabajar para otros: los cubanos preferimos trabajar para nosotros mismos y nuestras familias, lo cual nos hace autogestionarios, por principio, algo que no está tan enraizado en la conciencia social china de carácter cuasi-feudal”. Lo cual podría explicar que dos millones de cubanos se hayan ido (y 50 millones de chinos), pero no que los once millones restantes hayan soportado medio siglo de explotación, sumisión y dominación trabajando para otros. Alerta que en dos años puede Cuba convertirse en neocolonia con la entrada masiva de capital norteamericano, aunque confía en que “el rechazo de los cubanos al imperialismo, y especialmente al imperialismo norteamericano, hace muy difícil aquí reintroducir el capital del Norte en amplia escala; no así sus productos”. Sin que nos explique por qué rechazarían los cubanos el capital que levanta una empresa y ofrece empleo, y no los productos. El militante del partido parece usurpar el puesto al científico social. Un militante incapaz de alcanzar ciertas verdades cuando estas florezcan fuera de los límites de su pastizal ideológico.

Teme, no sin cierta razón que el rechazo popular al seudosocialismo imperante incline el péndulo político al otro extremo. Anuncia la posibilidad de una verdadera revolución y concluye que “Si al pueblo no queda otra opción que la revolución política, no culpen a los revoltosos, a los inconformes, a los desposeídos, a los revolucionarios, a los que decidan cambiar el gobierno a como dé lugar”.

¿Estamos, como augura Campos, en vísperas de una segunda revolución si el gobierno no implanta los cambios hacia un socialismo libertario y participativo? Una población harta e incrédula de sus gobernantes, una gerontocracia más atenta a su supervivencia que al bienestar de los gobernados, una economía en bancarrota y un panorama de crisis internacional son ingredientes óptimos para prefigurar un estallido, pero, a menos que ocurra un grave error de cálculo o una catástrofe, no se avizora la revuelta que predice Campos, y menos aún hacia ese socialismo participativo y libertario que sería una primicia mundial.

La historia de los totalitarismos del siglo XX demuestra que esos estallidos re-revolucionarios raras veces se producen. En Cuba, la re-revolución ha sido migratoria. El Estado emplea ingentes recursos en penetrar a los grupos opositores desde su estado larval y reprime con rudeza desproporcionada la más mínima disidencia, podando continuamente su base social. Aunque existen imponderables que podrían propiciar estallidos espontáneos y, posiblemente, fuera de todo control, en particular el de la disidencia tradicional: agravamiento extremo de la crisis mundial, hundimiento de la economía cubana, un exceso represivo y no convenientemente ocultado, o un mal cálculo del equilibrio entre pequeñas aperturas que creen esperanza y anclajes conservadores que preserven el status quo. En ese caso, ¿dispararía el ejército contra el pueblo? Me gustaría asegurar, como Campos, que no, pero los generales serán los grandes beneficiados de un poscastrismo a su medida que ya prefiguran. Si están dispuestos a inmolar la felicidad de once millones de compatriotas a su proyecto de reencarnar como la oligarquía de la Cuba futura, ¿dudarían en fusilar in situ a diez soldados reticentes para garantizar la obediencia de los otros?

“Discusiones bizantinas”; en: Cubaencuentro, Madrid, 27/01/2012. http://www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/discusiones-bizantinas-273356





Esbirros

23 01 2012

La historia se repite. Esta vez, de nuevo, como tragedia.

A sus 31 años, Wilman Villar Mendoza ha muerto el jueves 19 de enero de 2012, a las 18:45 horas, en el hospital Juan Bruno Zayas, de Santiago de Cuba.

Se ganaba la vida como zapatero y haciendo pequeños trabajos de carpintería o lo que apareciera. Villar se afilió a la Unión Patriótica de Cuba en agosto de 2011, decisión que provocó una crisis en la familia. Al parecer, su madre mantiene relaciones con un oficial del Ministerio del Interior, y una de sus hermanas, con un agente de la Seguridad del Estado.

El 14 de noviembre, Wilman Villar intervino en una protesta pública de la Unión Patriótica en Contramaestre. Fue entonces cuando la policía lo detuvo, lo golpeó y amenazó con procesarlo si no abandonaba la organización disidente. Ante su negativa, el 24 de noviembre fue condenado a cuatro años de prisión, acusado de “desacato, resistencia y atentado”, sin las mínimas garantías procesales. Un juicio donde ni siquiera se le permitió presentar los testigos de que fue él la víctima de la agresión policial, no a la inversa. Al día siguiente, tras calificar este proceso de “farsa judicial”, Wilman Villar Mendoza se declaró en huelga de hambre y se negó a vestir el uniforme de preso común, reivindicando el carácter político de su cautiverio.

En respuesta, fue confinado desnudo, sometido a las bajas temperaturas de diciembre, sin provisiones de agua, en una celda individual de castigo del tristemente célebre penal de Aguadores, en Santiago de Cuba.

(Lo de tristemente célebre no es una frase hecha. Aguadores tiene 1.200 reclusos viviendo en condiciones infrahumanas: menos de un litro de agua por persona al día, varios días sin poder bañarse, raciones de 90 gramos de arroz y una papa de 3 centímetros de diámetro; cucarachas y chinches se pasean por las celdas donde entre 27 y 60 hombres se hacinan y duermen en el suelo. A lo que se suman los abusos continuos de los carceleros, particularmente crueles con los opositores políticos).

Lo que para un hombre sano significaría una durísima prueba, para alguien en huelga de hambre era una condena a muerte. Y sus carceleros lo sabían.

El 25 de diciembre, Wilman Villar detuvo su ayuno, y lo reinició a principios de enero. Cuando contrajo neumonía por sus condiciones de confinamiento, los carceleros demoraron la atención médica como medida de presión para que abandonara la huelga. Fue entonces cuando la Seguridad del Estado propuso a Maritza Pelegrino Cabrales, su esposa, apartarse de las Damas de Blanco, en cuyo caso su marido sería excarcelado. De lo contrario, la amenazaron, podrían quitarles a sus hijas. En ese momento, ya ellos sabían que a Wilman Villar la muerte lo excarcelaría en breve.

El 14 de enero, inconsciente y en estado crítico, fue trasladado de urgencia al hospital. Su esposa asegura que en ese momento ya estaba prácticamente muerto. “Ellos me decían que estaban poniéndole la mejor medicina y el mejor tratamiento, pero era para ganar tiempo… para que nosotros pensáramos que lo estaban haciendo, pero no era verdad”. Los médicos de la sección de Terapia Intensiva del Hospital Juan Bruno Zayas, de Santiago de Cuba, le comunicaron que Wilman tenía una neumonía. La infección se extendió a un riñón y padecía, además, una sepsis generalizada, ocasionada por las condiciones de su confinamiento y la falta de atención médica. Wilman murió de un “fallo multiorgánico” provocado por la “sepsis generalizada”.

La saña de sus verdugos no se detuvo con la muerte. Prohibieron a su esposa ver el cadáver. “Yo quería verlo y me dijeron que no podía”, afirma, “que fuera ya para la funeraria, que qué iba a resolver si ya él estaba muerto”.

De inmediato el hospital fue rodeado, para evitar manifestaciones de solidaridad y duelo, y una ola de detenciones cunde por Santiago de Cuba.

Los ideólogos de la represión en Cuba deben estar reprendiendo en estos instantes a sus esbirros de Aguadores. No por esbirros, sino por brutos, por no evitar otro Orlando Zapata. La vida o los derechos de un ciudadano no son asunto de discordia: su desprecio es parte consustancial del sistema a todos sus niveles. La estrategia es la misma desde hace medio siglo. El asunto es táctico. Ya no se puede fusilar alegremente ni ejecutar in situ a los alzados del Escambray, dinamitar el presidio modelo de Isla de Pinos con el objetivo de volarlo con todo su contenido, o endilgar penas de prisión por decenios a cualquier inconforme y, además, gozar de buena prensa internacional. La Primavera Negra de 2003 cambió radicalmente las normas. Hubo rebelión casi unánime de compañeros de viaje, la mayoría de los cuales no ha vuelto a enrolarse en la tripulación castrista. El mundo condenó sin paliativos al Gobierno de la Isla. Desde entonces, y a pesar de que sigue intacto el desprecio del castrismo por sus ciudadanos, la táctica ha cambiado: detenciones cortas, amenazas, persecución implacable pero sin llegar a los extremos de otros tiempos y, sobre todo, sin sobresaltar demasiado a la opinión pública mundial (la doméstica está a resguardo del desparpajo informativo, y al alcance del ojo que todo lo ve).

Pero un Estado que necesita esbirros sabe que no son absolutamente programables. El instinto depredador, sumado a la prepotencia de quien se sabe impune, provoca estos “accidentes”. Pero hay esbirros de otra naturaleza. Los amanuenses de los matones, los escribas de la infamia.

En el blog “DeBateando” (nótese que el debate es con un bate de béisbol) aparece el titular “Falleció el delincuente Wilmar Villar Mendoza”, que también reproduce el blog CubanitoenCuba. Alaba la atención médica recibida (in articulo mortis) por el disidente, y se refiere a WVM como “un violento ciudadano, de una peligrosidad social comprobada” (tanto, que ni se ocupa de demostrarlo), “antosocial (sic), guapetón y abusador”, y añade que “su propia esposa fue una de las víctimas” (la misma que denuncia su asesinato, razón por la cual, el bateador, experto ahora en inflexiones lingüísticas, afirma que su voz es sospechosamente sosegada cuando denuncia el hecho). Lo demás es un abuso de adjetivos, errores sintácticos y faltas de ortografía (farza, idelaes, inciativa).

El autor se pregunta “¿y en verdad un delincuente común, sin idelaes (sic) verdaderos es capaz de sacrificar hasta su propia vida?”. O sea, reconoce que este hombre ha sacrificado su vida. Y añade: que “eso depende de cuanto (sin acento) se le asegure en efectivo para él y su familia en un país pobre como este (la escasez de acentos es notable), donde la política sucia puede ser un medio de vida”. Según su tesis, este hombre maltrataba a su esposa y acto seguido se inmola para garantizarle una indemnización cuyo origen o cuantía el autor tampoco se toma el trabajo de demostrar. Ignoro el nivel de credulidad de los lectores de DeBateando, pero la teoría del maltratador sacrificial entra en la esfera de lo para-anormal. En algo sí tiene razón; “la política sucia puede ser un medio de vida”. Aunque el bloguero no nos confiese cuánto le pagan por sus atentados simultáneos contra la honradez y contra la lengua.

En La Koladita, aparece un texto reproducido en el Blog de Yohandry y en el de Manuel H. Lagarde: “Buitres sobre mi Santiago”, que insiste en tildar a Wilman de delincuente común y acusa a los círculos de Miami de esperar con entusiasmo la muerte del disidente, una nueva bandera. Ni una palabra contra los verdugos.

En El Heraldo Cubano, “El vuelo de las tiñosas” va por idénticos rumbos, aunque en este caso se remonta a la invasión de Bahía de Cochinos, habla de Guerra Sicológica y reitera los viejos argumentos sobre Orlando Zapata Tamayo. Al tiempo que da por ciertas todas sus teorías conspirativas contra Cuba, habla de “una supuesta huelga de hambre de Wilmar Villar Mendoza, un recluso común”, como si se tratara de un rumor no confirmado.

La muerte de Wilman Villar Mendoza es una infamia más en la larguísima saga del castrismo. Hay que evitar a cualquier precio que los ciudadanos se adueñen de la calle, propiedad privada de los comandantes/generales desde 1959. La advertencia a los transgresores debe ser drástica, disuasoria para ese ciudadano común que se debate entre la desilusión y el miedo. Y para eso se necesitan dos tipos de esbirros: los que asesinan a los hombres y los que asesinan la verdad. Ambos serán recordados por la Historia.





2012

13 01 2012

El 21 de diciembre de este 2012, Año del Mago para los mayas, concluye su quinto ciclo solar con la alineación de la Tierra, Júpiter y Marte. Aunque lo más probable es que al día siguiente comience el sexto ciclo maya, y nada más, el club de fans del apocalipsis insiste en que ese día se acabará el calendario. El maya y todos los demás. E invocan una antigua profecía sumeria según la cual ese mismo día el planeta Nibiru –que se asocia a Júpiter o a la Estrella Polar en los textos antiguos–, cuya presunta órbita excéntrica ha hecho las delicias de los ufólogos, pasará cerca de la Tierra, alterará los polos y una serie de maremotos destruirá el planeta.

Poco antes, el 22 de septiembre, algunos científicos auguran violentas tormentas solares. Por si acaso, no concierten para ese día videoconferencias ni confíen sus vidas a los sistemas electrónicos. Como será sábado, un paseo campestre, bronceador en mano, sería lo más recomendable.

Mucho antes, el 23 de enero de 2012, comienza el Año del Dragón, signo propicio para los chinos. Tras las revoluciones industrial y del conocimiento, se anuncia la Revolución del Todo a Cien. 2012 también trae cuatro eclipses, dos de Sol y dos de Luna, y el retorno de Saturno en octubre hacia el signo de Escorpión, algo que sólo ocurre cada 30 años.

Los mantras, hechizos, rituales, cursos de feng shui, amarres, amuletos y el tarot se venden como antídotos del desconflaute universal. (A los bibliotecólogos: la palabra clave es “venden”).

Un tal Federico de Robertis, sicólogo social y argentino, valga la redundancia, anuncia que nos abocamos a «la última etapa de un ciclo largo de 26.000 años que culmina entre el 21 y 23 de diciembre y marca el pasaje hacia nuevos sistemas de ideas; diferentes al capitalismo, el poder monopólico, el odio desmedido, las guerras. (…) Vamos hacia un amanecer de la conciencia, un camino lumínico nuevo…». Y recomienda a los urbanitas encandilados por la nueva iluminación led «crear su propio ecosistema interno hasta alcanzar la calma”.

En Cuba aparece la Letra del Año. No una, sino dos: la de la Comisión Organizadora Miguel Febles Padrón, y la “oficial”, de la Asociación Cultural Yoruba de Cuba, del Consejo Cubano de Sacerdotes Mayores de Ifá.

Antes nos recuerdan que la Letra de 2011 no fue como las promesas del gobierno, sino que se cumplió. La «caída de cabezas de familia» fue la carambola de presidentes derrocados en el norte de África y la muerte de Kim Jong-il. Tampoco faltaron los desastres naturales y medioambientales anunciados. Esta vez en Filipinas, Brasil, Nueva Zelanda, España, Chile, Tailandia, Turquía y Japón. Profecía segura. No hay año sin desastre. En 2011 dominó Baba Eyiobe (doble salvación), un signo que aparece en años de inflexión para la historia de Cuba –1959, 1989, 1998, 2004 y 2011–.

La letra del año “oficial”, la de la Asociación Cultural Yoruba de Cuba, tiene como signo Ogbeche. Su profecía es “Ire aiku lese alaleyo, eyebale” (Un bien de salud gracias al oricha regidor de cada persona, hay que darle sacrificio (sangre). Gobierna Ochun y acompaña Changó. Entre los refranes del signo llaman la atención: “Mentiroso y revolucionario” y “La carreta se va delante de los bueyes”. Recomienda utilizar una pluma de loro en la cartera de forma permanente. La letra apuesta por la unión de la familia, religiosa y sanguínea, evitar la discriminación social y racial, el consumo de alcohol y drogas, el uso de armas de fuego y armas blancas, y tener sumo cuidado con negocios ilícitos, estafas y robos. (Es una especie de código penal). En sintonía europea, evitar el despilfarro, porque tendremos situaciones económicas difíciles, y es imprescindible el ahorro. Y augura un año difícil para la salud (estrés, problemas estomacales, ginecológicos, circulatorios, afecciones en las piernas y la vista, cáncer, problemas mentales y locuras transitorias).

Por su parte, la letra del año de la Comisión Miguel Fébles Padrón, presidida por el sacerdote de Ifá Guillermo Diago Molina, “Ogbe Weñe”, fue extraída por Michael, un babalao canadiense recién graduado. De modo que no sólo está en manos canadienses el destino del turismo nacional. Para esta comisión, el signo regente es “Baba irete meyi” (“La sombra del niño de corta vida”). La divinidad regente es Oya, y la divinidad acompañante, Oggun. Predice trastornos de la locomoción, hernias discales, trastornos de bajo vientre en la mujer, disminución de la natalidad y aumento de la mortalidad infantil, trastornos digestivos, epidemias y enfermedades de la piel. Lo que, unido a la otra letra, augura un año atareado para los médicos que no hayan sido exportados a Venezuela. Esos tendrán otros bretes.

Además de coincidir en la sísmica y el cambio climático, esta letra anuncia guerras y confrontaciones, transiciones, cambios sociales, políticos y económicos; envejecimiento poblacional y serios trastornos en el matrimonio. Deberá prestarse especial atención al asunto de la vivienda (cuidado con las obras sin la debida asesoría técnica) y buscar soluciones ágiles a los problemas. (Seguramente no se refiere a la parsimonia raulista). Recomienda la higiene en los hospitales, una campaña de limpieza general para evitar epidemias; el aprendizaje de oficios manuales; especial atención a los hijos, a la gestión económica pública, a la agricultura y una distribución organizada de los productos, y brindarle a la mujer la consideración que merece; así como cambios y revisión de las leyes penales, adecuándolas a estos tiempos. Más que una letra, parece un programa electoral. Entre sus refranes del Odun, son sugerentes: “El peine no puede peinar un calvo”; “El juez que mucho avisa no quiere encontrar culpable”, y “Fue la boca del macho cabrío la que lo mató”.

En Venezuela, el sacerdote de “Ifá” Adalberto Herrera Alfonso, “Otura Tiyu”, fundador de la Asociación Civil Cultural Seguidores de Ifá (Asoifa), advierte en su letra “sobre la desaparición física de un alto personaje del país y de fuertes enfrentamientos entre opositores políticos”, lo cual tendría repercusiones inmediatas en la letra cubana. Un cruce de letras. Un verdadero diptongo. “Habrá traiciones y maldiciones en el seno militar, triunfos y conquistas de los obreros, ciertas mejoras en lo económico”. Candela pal sindicato, en traducción libre. Y “proliferación de asaltos, robos y actividades ilegales” (especialmente dedicado a los médicos cubanos en Urgencias).

Por su parte, la letra laica de los analistas prevé más preguntas que certezas. La visita del Papa puede invitar a aperturas cosméticas. La realidad social impondrá avances más rápidos que las propias reformas y las nuevas leyes, sugieren algunos. O mano dura a quien se salga del guión, opinan otros. “El peine no puede peinar un calvo” resume la voluntad renovadora. Y “El juez que mucho avisa no quiere encontrar culpable”, su batalla contra la corrupción (al menos desde cierto nivel al cielo). Todo aromatizado con el lejano olor del petróleo en el Golfo, ahora que Chávez tiene en su contra la letra venezolana.

En el resto del planeta, los mismos expertos que no vieron venir la crisis, aseguran que 2012 será el más difícil de la historia del euro y del proyecto europeo. Se impone limitar el déficit al 0,5% del PIB y establecer un fondo de rescate permanente. Reformas en materia laboral, pensiones y fiscalidad. Austeridad y recortes sociales. Una segunda recesión económica y desempleo masivo; nuevos tratados internacionales para avanzar hacia una unión fiscal y económica más fuerte. Sanear y recapitalizar los bancos, que han paralizado el crédito, para que abran el grifo. Pero 523 bancos recibieron préstamos del BCE a tres años por 489.000 millones al 1%. En lugar de abrir el crédito a empresas y familias o adquirir deuda pública, guardaron en su balance 220.000 millones y depositaron el resto en el BCE al 0,25%.

Se habla de un vagaroso “plan de reformas económicas para estimular el crecimiento” al tiempo que Bruselas rechaza un plan de inversiones públicas y pronostica un 0,5% de crecimiento en 2012.

La letra del año de Christine Lagarde, jefa del FMI, más atendible que las otras, anuncia que «La economía mundial está en una situación peligrosa». La crisis de deuda «es una crisis de confianza en la deuda pública y en la solidez del sistema financiero». En tiempos de crisis, el nacionalismo de cada país gana terreno al europeísmo. Incluso los emergentes, China, Brasil y Rusia en particular, que fueron motores de crecimiento mundial, “sufrirán ante los factores de inestabilidad».

Visto lo visto, quizás los armagedonistas de inspiración maya no anden tan desencaminados. Y si después del 21 de diciembre sólo viene el 22, no desesperen.

Según el astrónomo holandés Piers van der Meer, en 2013 las tormentas solares destruirán la vida en la Tierra. Si aun así sobrevivimos, en 2014 el astrofísico británico Albert Sherwinski anuncia una gran nube de polvo cósmico que arrasará el sistema solar. Y la nueva era glacial que vaticina el astrofísico ruso Jabibul Abdusamatov. Para 2018, los intérpretes de Nostradamus anuncian el holocausto nuclear. Y con un poco más de paciencia, nos queda el apocalipsis fijado por Isaac Newton para 2060.

“2012”; en: Cubaencuentro, Madrid, 13/01/2012. http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/2012-272862