La tercera erre

30 11 2001

Partieron de Bahía Honda la noche del 16 al 17 de noviembre en una lancha rápida, mientras un temporal de viento batía el Estrecho de la Florida. Eran treinta, entre ellos14 niños y un bebé de nueve meses. Habían pagado de $5.000 a $10.000 por un traslado seguro. Debían arribar en pocas horas a las proximidades de Miami, tocar tierra, y acogerse a la Ley de Ajuste Cubano, promulgada en 1966, que les permitiría residir y trabajar en Estados Unidos. Como otros 2,400 cubanos en los últimos 12 meses. Al siguiente martes, guardacostas estadounidenses descubrieron, a unos 80 Km. al sureste de Cayo Hueso, una embarcación semihundida, sin rastro de supervivientes. Se difundió el rumor de que los había recogido un buque panameño, pero las autoridades de ese país lo desmienten. Diez días más tarde, los treinta cubanos no han llegado a ninguna parte. Engrosan ya la legión de 30.000 compatriotas que en estos 43 años descansan sin paz en un mar plagado de tiburones y peinado por las tormentas.

El señor Fidel Castro culpa de las muertes a la Ley de Ajuste, y en su discurso del 27 de noviembre declara su “dolor y su pena” por los adultos, pero más aún, su luto por los niños inocentes “arrancados a la Patria”. Y se pregunta por qué deben morir en el estrecho niños cubanos que disfrutan de atención prenatal, “cuidados intensivos posnatales, servicios médicos gratuitos durante toda la vida, vacunación contra 13 enfermedades prevenibles, alimentación adecuada (sic.), círculos infantiles, educación…”, etc. La respuesta podría haberla dado hace años, tras pedir asilo en Canarias, un pescador cubano. Entrevistado por la radio, afirmó que la educación y la atención médica eran buenas en Cuba. ¿Por qué pides asilo entonces?, le preguntó el periodista. “Porque uno no siempre está estudiando o enfermo”, ripostó sin pensárselo dos veces.

Aunque la pregunta del señor Castro bien podría suscitar muchas otras preguntas:

¿En qué se diferencian estos niños que ahora lo enlutan de aquellos que se ahogaron en el remolcador “13 de Marzo”, hundido sin que hasta hoy los culpables paguen por sus muertes?

¿Por qué Cuba, país que recibió casi un millón de inmigrantes durante la primera mitad de siglo (cuando según él era un país miserable), ha exportado dos millones de cubanos en la segunda mitad?

¿Por qué tras la instauración del socialismo, paraíso de los trabajadores, han emigrado dos millones de ciudadanos, en su inmensa mayoría trabajadores?

¿O es que había dos millones de burgueses y oligarcas, en cuyo caso el país debió ser un emporio de riqueza a su llegada? ¿Acaso ha generado el socialismo una nueva burguesía de recambio, exportable?

¿Por qué medio millón de cubanos ha emigrado hacia países (incluso muy pobres) donde no existe Ley de Ajuste? ¿No será que en Cuba subsiste desde hace 43 años cierta Ley de Desajuste, y se huye de muchas miserias, no sólo de la material?

¿Por qué afirma el señor Castro que “desde el triunfo mismo de la Revolución, nunca nuestro país puso obstáculos a la emigración legal de los ciudadanos cubanos a Estados Unidos o a cualquier otro país”, cuando pedir la salida ha conllevado siempre expulsión del trabajo, condenas a labores agrícolas hasta tanto llegara la salida, discrecionalidad del gobierno en cuanto a conceder (o no) el permiso para emigrar, cuando no una despedida con mítines de repudio, escarnio y golpes?

¿Por qué en Cuba se ha sancionado durante años con fuertes penas de prisión a quienes intentaban huir ilegalmente, práctica impensable en la inmensa mayoría de los países? ¿Y por qué es Cuba el único país que despoja al emigrante de sus bienes, le impide sufragar el viaje con su trabajo, reduciéndolo a minusválido migratorio, y le impone además sanciones económicas en forma de tasas abusivas?

¿Por qué las autoridades de la Isla se consideran propietarias de sus profesionales, educados gracias a la aportación de sus padres, cuyos salarios irrisorios conceden al Estado una plusvalía más onerosa que cualquier impuesto? ¿Y por qué el señor Castro es propietario de los niños cubanos, decidiendo si pueden o no emigrar con sus padres, reteniéndolos incluso cuando éstos huyen sin permiso, y castigando en los niños (cuya inocencia defiende con fervor), el “pecado” libertario de sus mayores?

Evidentemente, son muchas las preguntas que el gobierno cubano ha olvidado formular. Y la respuesta es siempre política: huir es un delito ideológico. Por eso durante años se prohibió a todo habitante de la Isla el contacto con el “enemigo”, así fuera su padre o su hijo. La familia política debía sustituir a la familia de la sangre. Pero casi siempre se demuestra que una suegra no es precisamente una madre.

Si la Ley de Ajuste fuera la culpable del éxodo ilegal, éste se habría comportado del mismo modo desde 1966. Pero sabemos que tras una corta fase inicial donde el exilio estuvo integrado por personas vinculadas al régimen anterior, y grandes empresarios expropiados, emigró durante los 60 y 70 una vasta clase media: miles por el Puerto de Camarioca, 300.000 a través de los llamados “vuelos de la libertad”, entre 1965 y 1973.En todos esos casos, el presunto emigrante necesitaba contar con un familiar que lo reclamase. En caso contrario, podía ir armando su balsa. Sabemos que tras las visitas familiares que empezaron a producirse a fines de los 70, se derrumbó el mito propagandístico que pintaba a los exiliados como los sirvientes pobres del “amo yanqui”, lo que, sumado a la felicidad siempre futurible que prometía la Revolución (a esas alturas ya no revolucionaba nada), condujo al Mariel. También sabemos que durante la relativa bonanza de los 80, y con la misma Ley de Ajuste, disminuyó el éxodo. Para multiplicarse con el derrumbe de los 90, que instauró la Era de las Tres Erres: “Resistir, Robar o Remar”.

Del otro bando, han sido proverbiales las limitaciones impuestas por la Oficina de Intereses norteamericana en Cuba para conceder visados. Y comprendo que cada país establece las normas que entienda para el ingreso a su territorio. No obstante, el mismo ciudadano al que se considera inapropiado, se vuelve admisible si logra sortear el estrecho sobre una tabla de wind surf, jugándose la piel (y el resto de su anatomía) y pisar tierra. Si no lo consigue, se convierte en «mártir de la libertad» o «escoria apátrida», según el bando. Aunque de un tiempo a esta parte, La Habana ha descubierto que esos cadáveres también son reciclables para la causa, declarándolos víctimas del imperialismo, nunca del socialismo. Una suerte de imbéciles obnubilados por la película del sábado; aunque ello resulte sorpresivo en el país que se declara “el más culto del mundo” (FC verbigracia), y donde hasta las prostitutas han pasado de ser invisibles a ser catedráticas.

En cualquier caso, las víctimas de esta macabra regata son el saldo de la desesperación, el tributo a la esperanza. Sus compatriotas lamentamos esas muertes. Sus familiares no se recuperarán nunca de su ausencia, tras haberlos llorado frente a un retrato, sin cadáver y sin flores. Para los espurios intereses de uno y otro lado, son apenas fragmentos de estadística política.

Nos faltan aún por presenciar muchos naufragios antes que concluya la regata más trágica y larga de la historia. Quienes no pueden o no quieren robar, quienes han agotado la condena a resistir por decreto, seguirán optando por la tercera erre.

Es muy generoso el señor Castro al lamentar las muertes de los náufragos. Si no fuéramos tan suspicaces, al considerar interesada su exhortación a derogar la Ley de Ajuste, si nos tragáramos su reciente vocación humanitaria, sería encomiable. Y si no recordáramos que él también tiene su Ley de Ajuste no escrita, otorgando asilo confortable a terroristas etarras, irlandeses, colombianos, guerrilleros en paro, perseguidos por sus truculentas acciones en las cuatro esquinas del mundo. Claro que no está en sus manos derogar una ley norteamericana. Lo que sí podría hacer, para evitar el naufragio de los balseros, y el naufragio final de la nación, es derogar su Ley de Desajuste, siete años más antigua que la otra, y que ha cobrado muchísimas más vidas.

 

La tercera erre”; en: Cubaencuentro, Madrid,30 de noviembre, 2001. http://www.cubaencuentro.com/sociedad/2001/11/30/5156.html.

 





Machos

22 11 2001

Cada año las estadísticas nos arrojan pavorosas cifras de mujeres vejadas, maltratadas y, llegado el caso, asesinadas por sus maridos, compañeros, novios, pretendientes y propietarios. Las desfiguran con ácido en Bangla Desh. Les mutilan para siempre el placer en sociedades subsaharianas, para así garantizar la supremacía sexual del macho. Se les lapida por denuncias de adulterio en algunos países del Medio Oriente, al tiempo que la poligamia del varón queda debidamente legislada. Las encerraban los talibanes entre cuatro muros de hogar y cuatro muros de tela, y la evasión se pagaba con un disparo a la cabeza en el stadium, donde los machos asistían al espectáculo. Las mujeres son vendidas, compradas, traficadas, esclavizadas por deudas que siempre crecen exponencialmente. En España, no es raro que si una dama se resiste a aceptar mansamente (como antes), el machismo nuestro de cada día, se le aplique un correctivo radical, incluso in articulo mortis.

Y a precio de saldo: Si una mujer de 40 años, a quien las estadísticas otorgan otros cuarenta, es asesinada; la ley impondrá a su verdugo quince años, de los que cumplirá siete. En suma: cada año de vida de una mujer asesinada, vale apenas 64 días de libertad de su asesino.

En el mejor de los casos, el macho en funciones convierte a la mujer en parte del mobiliario doméstico: bonita, decorativa, insustancial. Sin la potencia del coche, ni el valor añadido de la casa como bien duradero.

Incluso en países donde la paridad entre los sexos es recogida en la legislación vigente, millones de mujeres padecen cada día una prisión domiciliaria que Amnistía Internacional no inspecciona. La única ONG que las atiende es Asesinos Sin Fronteras. Poderosa, a juzgar por la impunidad relativa de que disfrutan sus maltratadores.

Y hablamos de los casos conocidos; pero sólo el 10% se denuncian. Que las mujeres decidan denunciar a sus agresores, que accedan a casas de acogida, se reinserten socialmente y obtengan una independencia económica que es condición indispensable para las demás, son el tratamiento postraumático para una enfermedad social que ya alcanza niveles de epidemia. Milenios de machismo se rebelan contra la idea de que la igualdad no es un mero slogan.

Claro que según algunos jueces italianos (todos hombres), una mujer que vestía blue jeans iba provocando, por lo que tuvo que consentir la violencia del macho y es, por tanto, culpable de lesa complicidad. Al parecer, tendría que cambiar el jean por el burka para impermeabilizar su honra en la versión de esos jueces italianos.

Y aunque Occidente ha cerrado filas contra los talibanes, no por haber institucionalizado el maltrato a la mujer, sino por su apoyo al terrorismo; habrá en nuestras sociedades muchos hombres que, en su fuero interno, suspiren de envidia por ese lugar donde las mujeres han sido confinadas al sitio que les corresponde.

Enfermedades que parecían inmanentes, han sido erradicadas. Contra otras nos inmunizamos desde la infancia. ¿Existirá alguna vacuna social que prevenga esta violencia oscura? ¿Realiza la sociedad un verdadero esfuerzo para comprender sus causas y erradicar el humus de frustración y modelos machistas del triunfador —si la mujer es quien triunfa, matarla a golpes es siempre un remedio definitivo—, que en mortal combinación nos ofrece la realidad, sumados a la ración de violencia cotidiana que tragamos sin rechistar en la tele? ¿O deberemos asumir como fatalismo histórico que la violencia es condición sine qua nonpara el florecimiento de nuestro mundo?

Dudo que alguna vez erradiquemos esa violencia doméstica si, al mismo tiempo, no erradicamos la violencia global en esa casa grande que es el planeta.

No encuentro mayores diferencias entre ese macho hogareño que no acepta la menor violación de su territorio, so pena de una paliza, y el supermacho que desde su sillón presidencial asesta palizas de cañonazos a los débiles (léase hembras) que se pasan de la raya, o cárcel y escarnio a los disidentes que se atreven a levantar la voz al SuperMacho en Jefe. Por no hablar del machismo financiero, ése que viola sistemáticamente los derechos más elementales de las tres cuartas partes de la humanidad (¿será la parte hembra?) y los condena a morir de la peor paliza, que es el hambre. La única diferencia entre ese machito domiciliario y los machos del poder y las finanzas (así sean, anatómicamente, hembras(, la única diferencia entre esas violencias, es de orden cuantitativo: unos disponen de sus puños, un cuchillo o una pistola; otros, de cazabombarderos, lásers, bolsas de valores, cuerpos represivos y demás armamento pesado.

Una cualidad de todos esos machos domésticos es que piensan (si piensan) y hablan en nombre de sus hembras. Ellos deciden, y a la mujer corresponde el papel de quórum, aunque no es formalmente imprescindible. Si el macho decide, seguramente a la hembra le tocará hacer los ajustes necesarios para que se cumpla su dictamen.

En el orden internacional, un país macho puede darse el lujo de menospreciar sin temor una resolución de la ONU; contaminar sin reparo y que otros limpien el planeta; aplastar sin contemplaciones el secesionismo de alguna díscola provincia; o mantener con total impunidad la ocupación de una nación ajena, con el pretexto de que la está civilizando —el machito doméstico llama a eso “enseñarla a respetar y comportarse correctamente”—.

Los países hembras, por su parte, deberán clamar justicia en las instituciones internacionales; rendir pleitesía a los poderes fácticos y machos de este mundo; atender con cuidado las instrucciones de los varones financieros, y atenerse a las consecuencias en caso de que se atrevan a desordenar la casa planetaria y armar pendencia.

La política interna tampoco se salva: sobran casos de gobiernos consensuados, dialogantes, más dados a seducir y pactar que a dar órdenes, gobiernos hembras diríase. Tan pronto alcanzan la mayoría absoluta, se convierten en gobiernos machos y pueden al fin exclamar: Aquí mando yo, carajo. En el mejor de los casos: el macho democráticamente electo.

Claro que el macho autoelegido no está obligado a esas servidumbres femeninas. Su machoría es siempre absoluta.

En Cuba asistimos hoy a un evento semejante. El Macho en Jefe acaba de decidir que, aun en el estado lamentable de la economía insular, aun destrozada por un huracán que ha dejado sin recursos ni hogar a miles de familias, el país puede permitirse despreciar la oferta de ayuda de Estados Unidos, o la cooperación de las organizaciones internacionales que se tomarían el derecho, eso sí, de evaluar por su cuenta los daños, distribuir la ayuda y fiscalizar que llegue verdaderamente a los más necesitados. Y eso es algo que el Macho en Jefe no puede permitir: que alguien venga a repartir bienes en su casa, y hacerse acreedor del agradecimiento de Su Pueblo Hembra. De modo que al Pueblo Hembra corresponde respetar su decisión, mostrarse agradecido con lo que Él tenga a bien darle, y sufrir en silencio su infortunio, con la conciencia clara de que la dignidad de Su Señor está a salvo. En el imaginario machista (o machista-leninista según el caso), al señor le corresponde monopolizar el orgullo y el uso de la palabra. A la hembra se le otorgan dos derechos: la resignación y el silencio.

En toda la escala del machómetro, desde el amo de casa al presidente, cuando la pelea es entre iguales, la actitud cambia.

Si la novia que lo ha abandonado, y a la que iba dispuesto a demostrar el Teorema del Mariachi (“mía o de nadie”), aparece con un hermano de dos metros y ciento diez kilos, el machito doméstico trocará el cuchillo por la retórica, y hasta terminará concertando un “pacto de hombres” sobre la mesa de negociaciones de algún bar.

Si un machazo internacional se atreve a espiar a otro, y el otro le captura el avión, lo desguaza, lo registra, y se niega terminantemente a devolverlo, no pasa nada. Intercambio de insultos, matonismo retórico, pero ambos saben que el otro sabe que yo sé que tú sabes, ¿comprendes?

De donde se deduce que el macho territorial, intransigente, listo a desenfundar el puño o el misil si va en ello el honor (y se comprueban debidamente las carencias del enemigo), es también un animal gregario. Y eso es, posiblemente, lo más peligroso.

Machos”; en: Cubaencuentro, Madrid,  22 de noviembre, 2001. http://www.cubaencuentro.com/internacional/2001/11/22/4981.html.

 





Ciclones

19 11 2001

Internet permite, sin costearse el billete de avión, consultar los fondos de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, leer los diarios de la mañana cuando el quiosco aún no ha abierto, e incluso ver en directo, desde cualquier lugar del mundo, las mesas redondas que son ya el live show estrella de la TV cubana. En días pasados fui paciente espectador de una que versaba sobre la guerra en Afganistán. Los periodistas habituales daban detallada cuenta del rotundo fracaso de la contienda, de la heroica resistencia de los talibanes y de la universal repulsa a los bombardeos.

Fuera del estudio, acababa de atravesar la Isla por su lado más estrecho el huracán Michelle, con vientos superiores a 215 Km/hora. Aunque el señor Fidel Castro comentara jocosamente que se trataba de una nueva invasión por Playa Girón, y que en esta ocasión también venceríamos al invasor meteorológico, tuvo que reconocer en su comparecencia de Cienfuegos que “hay más daños de los que ayer uno podía imaginarse”. Las familia de los cinco muertos seguramente no estaban para bonchecitos, ni los millones de cubanos incomunicados y sin electricidad.

En el estudio de televisión se detallaban hasta los más insignificantes mítines de protesta por la guerra —4.000 personas en Grecia, 1.600 en Buenos Aires—, y el ligero incremento del descontento en las encuestas, demostrándose la precoz sabiduría de los líderes cubanos que estuvieron siempre en contra.

Fuera del estudio, en las provincias de Matanzas y Cienfuegos, el ejército rescataba a los aislados por el agua, y en las calles de La Habana, a unos pasos del ICRT, se empezaban a retirar los escombros, árboles y postes del tendido eléctrico arrasados por el peor huracán de los últimos 50 años. Dos tercios de la Isla se encuentran incomunicados por avión, ómnibus y ferrocarril. Mil familias al sur de Matanzas contemplaban las ruinas de sus hogares, y los inquilinos de 180 inmuebles de La Habana pensaban si serían habitables sus casas luego de los derrumbes parciales, mientras los de otros cuatro, demolidos por el huracán, perdían toda esperanza.

En el estudio, los periodistas entresacaban, con una minuciosidad digna de entomólogos, la declaración más nimia de la Señora Rice —fuera del estudio, algunos habían perdido hasta la cuota de rice que les dieron por la libreta el día primero—, o los comentarios conciliatorios del presidente Bush a su homólogo israelí.

Fuera del estudio, al sur de La Habana, se reportaban 1.500 viviendas dañadas, otras 500 en la Isla de la Juventud, 844 al norte de Camagüey, y 90.000 evacuados en Villa Clara. Hasta el mar se retiró en Batabanó, dejando el fondo a la intemperie. En total: más de 700.000 afectados, cuyo monto fue ascendiendo hora por hora, hasta concluirse al final que en mayor o menor medida la mitad de la población cubana había padecido las adversidades de la meteorología.

En el estudio, los periodistas, minuciosamente informados, seleccionaban con pinzas para el público toda información que contribuyera a denostar a Estados Unidos, el país que justo en esos momentos ofrecía a Cuba ayuda para paliar los efectos del huracán. Una ayuda que el señor Fidel Castro se dio el lujo de agradecer y rechazar. Pidiendo, en cambio, solamente, la posibilidad de comprar en Estados Unidos, al contado y con dólares, los recursos necesarios para la reparación del país. ¿Soberbia u orgullo? Sus partidarios hablarán de lo segundo. Sus detractores, de lo primero. En cualquier caso, es siempre más fácil rechazar la ayuda si la vivienda derrumbada, sin electricidad e incomunicada, no es la tuya. Como de costumbre, los cubanos abonan en desdicha la soberbia de su líder. El “orgulloso” y sufrido pueblo cubano, en palabras de su líder que ojalá se conviertan en hechos —y no como ha sucedido tras anteriores ciclones— no quedará desatendido: el gobierno se encargará de reparar los daños, para lo que cuenta con una “reserva especial” de la que hasta hoy no se había hablado. «Una reserva que permitirá hacer frente de momento” a la emergencia, según Carlos Lage. Aunque aclara que el gobierno tiene «recursos muy limitados”. ¿Dispondrá el mandatario cubano de alguna cuenta suiza con la que reparar el país y comprar al contado en Estados Unidos?

Fuera del estudio, el vicepresidente Carlos Lage afirma que “ninguno de los ciclones que ha cruzado nuestro país ha producido daños económicos de la magnitud de los ocasionados por Michelle». Cosechas enteras de plátanos y cítricos arrasadas, 400.000 hectáreas de caña afectadas, 125 torres de alto voltaje derribadas. Matanzas, Villa Clara y Cienfuegos no tendrán televisión hasta el 20 de diciembre. Y un total de 45.000 casas dañadas en la Isla, de ellas, 2.000 totalmente destruidas en Matanzas.

En el estudio, los periodistas, como si habitaran un país televisivo que poco o nada tiene que ver con el país de verdad, desgranaban durante horas cualquier información favorable a los talibanes. No importa que los estudiantes representen lo más retrógrado, torcido y brutal de la tradición islámica. No importa que reduzcan a la mujer a menos que bestia, imperen por el terror o hayan conducido a su país a las tinieblas del Medioevo. Todo lo contrario a lo que, supuestamente, propone el “humanismo socialista”, laico y positivista. Lo único que importa es que luchan contra Estados Unidos. Mientras la Fundación Cubano-Americana, en el Miami intocado por el ciclón Michelle, se enfrasca en una colecta de medios para ayudar a la población cubana, los periodistas de la Isla dedican sus mejores energías a colectar noticias de una guerra distante.

Fuera del estudio, al sur de Matanzas, una familia contempla desolada las ruinas de su casa, y se pregunta si empleando como materia prima la soberbia antiimperialista de su máximo líder, y con la cooperación de los albañiles talibanes, podrá reconstruirla.

 

Ciclones”; en: Cubaencuentro, Madrid,19 de noviembre, 2001. http://www.cubaencuentro.com/sociedad/2001/11/19/4895.html.

 





Paradisos

9 11 2001

El siglo XXI ha comenzado con cierto disloque universal. Una guerrilla trasnacional de fundamentalistas islámicos perpetra con éxito un ataque aéreo a la capital económica de Occidente. Y no al revés. Daniel Ortega, el cacique populista de Nicaragua, cambia el rojo y el negro por el rosado, se declara demócrata convencido, enrolando incluso a antiguos prisioneros de su gobierno, y quizás gane las elecciones. Fidel Castro hace votos de pacifista y partidario de un referéndum continental sobre el ALCA, aunque en tales menesteres democráticos le falte práctica. El presidente Bush pide moderación a su homólogo israelí, retirada de tropas y diálogo con los palestinos. Un militar golpista, amigo del terrorista más afamado de la Tierra antes del 11 de septiembre, se dice demócrata en Venezuela, y descendiente directo de Bolívar. Y lo más asombroso: Estados Unidos, Rusia y China, militan en el mismo bando.

Pero si algo no ha cambiado es esa manía que tenemos los humanos de inventar paraísos para después creérnoslos. Cuando se abalanzaban contra las torres gemelas, los terroristas padecían apenas una brevísima escala en su vuelo directo a los jardines del Edén, donde los esperaba una cuadrilla de huríes al pie de la escalerilla. Occidente apuesta por un Edén de supermercados y boutiques, ante la duda de que existan paraísos de rebajas. En el sur, el antiguo lujo de las catedrales, antesalas del cielo, va siendo sustituido en el imaginario popular por el lujo que rezuma borbotones el cine Made in Hollywood. El tradicional paraíso de arriba no sale nunca en la tele, y el del norte está perfectamente cartografiado. El futuro, ese paraíso positivista, es ya patrimonio de los crédulos. Y el pasado es el irreversible paraíso de los nostálgicos.

La izquierda, que en su día fraguó el paraíso proletario, lo tiene ahora más difícil. En primer lugar, porque ya no se sabe muy bien qué es la izquierda y en qué se diferencia exactamente de la derecha civilizada. Quizás, como a ciertos vinos, de la textura y el bouquet originales le queda apenas en la etiqueta una vaga referencia a la denominación de origen.

Sobre el paraíso zurdo, llamado en su día comunismo científico, se escribieron libros enteros donde se explicaban los pasos para llegar al remanso de la historia que, de ahí en adelante, por los siglos de los siglos amén, se conduciría mansamente y sin rápidos o meandros traicioneros. El modo en que viviríamos, recibiendo todo cuanto necesitáramos a cambio de lo que buenamente, y sin agobiarnos demasiado, nos fuera dado trabajar. La democracia telepática, la longevidad generosa, la juventud entusiasta, pero respetuosa de sus mayores. El paraíso del bolero, donde sólo existirían las penas de amor. Como literatura, Ray Bradbury ha demostrado ser más perdurable.

La izquierda que no se desparadisó tras los desafueros de Stalin, o más tarde, a la caída del muro, difícilmente asuma hoy como modelo la Rusia de Putin. China ha encontrado su sitio entre la dinastía manchú y Adam Smith, y el olorcillo que desprende no es precisamente incienso y mirra. Vietnam fabrica demasiados muñequitos para McDonald’s. Corea del Norte (el único norte para donde no quieren irse los del sur), posee ya su certificado de defunción, debidamente firmado y timbrado por la otra Corea. Aunque el entierro se demore por razones estrictamente personales.

Pero a la izquierda le queda una tierra de promisión, un paraíso no tan santo como debería, pero más visitable que los otros. Y lo que es mejor: interpretable. A la izquierda le queda Cuba. Cuba la tropical, numantina, rumbera, heroica y tan antiimperialista que se ha anexado la Florida y ha convertido el dólar en moneda nacional. La Cuba del turismo político de los que van. La del anti turismo de los que se van.

Ya no es Cuba la del socialismo con rostro humano que visitaron surrealistas y existencialistas en los 60. Tampoco es, como en los 70 y los 80, el país del Este que quedaba al Oeste. Ahora es un Jurassic Park de la política que muchos progres ansían visitar antes que se extinga. Aunque otros ni mencionan esa posibilidad. Bastantes socialismos han ingresado ya en el libro rojo de la historia. Unos, los menos, la defienden en bloque como proyecto viable (como veis, existe), Fidel Castro incluido. Otros, los más, defienden una suerte de modelo de contornos ambiguos, cuya florescencia (¿fluorescencia?) plena ha sido truncada por el embargo norteamericano, causa y razón de todos los desastres insulares. Y todos, sin excepción, promueven un turismo político a la Isla, del que regresan decepcionados ó encandilados, según la fortaleza de su fe y el grado de dioptrías que padezcan.

El Pla Jove valenciano, por ejemplo, promueve con idéntico fervor cursos para transexuales e intercambio de estudiantes con Cuba —confiemos que no envíen transexuales, nada gratos al machismo-leninismo de las autoridades cubanas.

Uno de los mejores ejemplos es el del joven vasco Aitor Suárez. La memoria de su viaje a la Isla fue publicada recientemente por la prensa bilbaína. Según él, «Por la mañana ayudábamos con la caña de azúcar o en los naranjales, por la tarde realizábamos excursiones o encuentros con diferentes sectores sociales». Después recorrió la Isla por su cuenta, para conocer ese «otro país, aún no viciado por el turismo y sus dólares»; descubriendo un sistema sanitario que funciona, la educación gratuita y universal, o que a pesar de la pobreza «nadie duerme en la calle». Le maravilló el nivel cultural y la generosidad de la población. Y, sobre todo, su aguante. Ejemplifica: «Aquí hay una huelga semanal de camiones y las ‘amas’ y ‘aitas’ arrasan con las estanterías de los supermercados. ¡Imagina esa situación durante cuarenta años!». Aunque reconoce que, de estar en lugar de los cubanos, él mismo se plantearía lo de emigrar a Miami. Pero lo más curioso de sus observaciones es la aportación del “sistema democrático” cubano: «Es horizontal, la elección se lleva a cabo en el barrio y no tiene nada que ver con los partidos, ni siquiera con el Comunista».

Aitor, seguramente descontento del capitalismo neoliberal y la democracia representativa que le han tocado en suerte, no sólo necesitaba imaginar un paraíso a su imagen y semejanza que le sirviese de contrapeso, sino encontrarlo. Y a fuerza de buscar, halló en Cuba prestaciones sociales, un pueblo generoso a pesar de su miseria, estoico (¿acaso le queda otro remedio, como no sea irse?, apuntó su subconsciente, pero de inmediato desechó la idea que maleaba su hipótesis de trabajo). Y, por encontrar, incluso encontró un modelo de democracia “horizontal” (todo el mundo bocabajo), y ajeno al Partido Comunista que controla en Cuba incluso el ritmo de la respiración.

No vale la pena refutar pormenorizadamente su idílica visión de esa Cuba “aún no maleada por el dólar”, de ese “buen salvaje” con estudios. Antes de emprender sus expediciones, los buscadores de paraísos adquieren en los supermercados ideológicos filtros para tamizar los sucesos a la medida de sus sueños. Dotados con una antología de la realidad, se instalan en una confortable fe inmune a la lógica, a las aplastantes cifras de esa vida sin filtrar que ocurre cada día.

Para su mal (o para su bien), tales filtros suelen expedirse con garantía limitada y fecha de caducidad marcada al dorso. Transcurrido cierto tiempo, no es inusual ver a los primos de Adán pontificando sobre el nefasto poder de las serpientes. Cuando no se colocan convenientemente en el mercado mundial de las manzanas.

 

Paradisos”; en: Cubaencuentro, Madrid,9 de noviembre, 2001. http://www.cubaencuentro.com/internacional/2001/11/09/4756.html.

 





De bronce e hidalguía

5 11 2001

El escultor José Villa Soberón parece empeñado en la hermosa tarea de repoblar La Habana con personajes célebres del más allá y del más atrás. Ya circulan bromas sobre las ventajas de estos ciudadanos de bronce: no exigen su cuota, no atestan el transporte urbano, no integrarán la disidencia y se presupone que no enfilarán jamás hacia el Norte a lomo de balsa. Bromas aparte, la crisis perpetua que atraviesa la Isla no ha logrado embotar la sensibilidad de los cubanos, su hambre de belleza.
Respondiendo al encargo de las autoridades, fue primero la estatua de John Lennon, que desde entonces ocupa su banco en el parque de 15 y 6, en el Vedado. Y, aunque resulta difícil validar su relación ideológica con el discurso oficial, no ocurre lo mismo con los sueños y las esperanzas del cubano de a pie, quien imagine desde siempre un mundo mejor. Restauradas las gafas que alguien le robó a los pocos días de sentarse en el parque, la costumbre le ha incorporado ya al mobiliario urbano.
Ahora es el Caballero de París quien camina de nuevo por la ciudad, frente al Convento de San Francisco de Asís, en una versión menos vulnerable que el original. El encargo fue en este caso del Historiador de la Ciudad Eusebio Leal, quien ya había exhumado los restos del Caballero, para enterrarlos con honores en el mismo Convento, devenido hoy museo y sala de conciertos.
Sin dudas Juan Manuel López Lledín, más conocido como el Caballero de París, es ya parte de la mitología habanera. Nacido en Fonsagrada, aldea gallega de Lugo, en 1890, emigró como cientos de miles de sus compatriotas a la promisoria Habana de la época. Después de trabajar como dependiente en los hoteles Telégrafo, Sevilla y Manhattan, cumplió prisión tras ser acusado por el robo de unas joyas en la casa donde se empleaba, aunque más tarde fue demostrada su inocencia. En la cárcel se quebró el hilo que lo conectaba a eso que las convenciones han acordado llamar «realidad». Desde entonces se le vio zapateando las calles con su hirsuta melena y su barba, que encanecieron al paso de los años, su capa negra llena de misteriosos bolsillos interiores, de donde extraía estampitas, recortes de periódicos y hasta caramelos para obsequiar a los niños.
En un país obsesionado por los olores corporales, su acre aroma a sudores, soles y serenos acumulados en la piel, fue incapaz de ahuyentar a los caminantes, y en especial a los niños, que se acercaban a él con un mohín de burla que la mirada del Caballero transformaba en curiosidad y simpatía. Su altivez menesterosa, su caballerosidad, el tono siempre señorial de su discurso inconexo, lejos de espantar, atraía. No era raro ver a su alrededor un coro de todas las edades, escuchando perorar al Caballero. No se sacaba mucho en claro de sus lecciones magistrales de poesía automática. Es cierto. Pero la gente intuía que aquel hombre, aceptando mendrugos y limosnas sin rebajarse a pedir, mezclando en la lengua, sin filtrar, cuanto pasara por su imaginación, había alcanzado cierta redención que para la mayoría era un sueño imposible. El cubano obligado a bajar la cerviz ante el patrón y censurar la lengua más tarde ante los caciques de la política, descubría en el Caballero la libertad en estado puro.
Si otros mendigos de la ciudad estaban obligados a exponer sin pudor sus desastres corporales o conmover con la crónica de sus desgracias, al Caballero de París le bastaba estar. Su modo de irradiar al mismo tiempo altivez y lástima, simpatía y ternura, conseguía que el caminante se sintiera más cuerdo, y presuntamente superior, pero a su vez solidario y necesitado de ser «bueno», en un mundo donde la bondad no es muy rentable. Quizás cada persona que se acercaba al Caballero, salía de la experiencia con la perturbadora noción de que aquel hombre bien podría ser una variante extrema de sí mismo.
El Caballero fue, posiblemente, el único peludo de La Habana que en los años sesenta y setenta no fue arreado a insultos ni rapado en una estación de policía (el escultor José Villa Soberón deberá esculpir algún calvo ilustre sin demora, no vayan a sospechar de su probidad ideológica). Atento a su historia interior y no a los devaneos de la política, ni cantó la chambelona al político de turno ni coreó las consignas que iban tatuando el rostro de su ciudad. No obstante, nadie lo acusó de falta de entusiasmo revolucionario o connivencia con el enemigo, aunque fuera de París. Incluso las mayores locuras de la política, respetaron su locura atemporal y eterna.
Ante el deterioro de su salud física, fue ingresado en 1977 en el Hospital Psiquiátrico de La Habana, donde permaneció hasta su muerte el 12 de julio de 1985. Desde entonces abandonó la notoriedad e ingresó en la mitología. Hoy que el marketing y la prensa rosa facturan decenas de famosos por semana para alimentar las insulsas vidas de sus lectores, cabría subrayar que el Caballero de París fue y es famoso por méritos propios.
Su imagen y su recuerdo han quedado en las artes cubanas. Su ternura subrepticia, en la memoria de todos los que lo conocieron. Ahora que, sin perder su altivez, la ciudad se ha vuelto tan menesterosa como él, vuelve a caminar, esta vez en silencio y quizás para siempre, las calles de La Habana. Sea bienvenido.





El Edén pospuesto

2 11 2001

En intervención del pasado miércoles en Santiago de Cuba, el señor Fidel Castro ha reconocido que el drástico descenso del turismo, como consecuencia de los acontecimientos del 11 de septiembre, ha sido «un golpe tremendo» para la Isla. A ello se une la bajada de los precios del níquel y el azúcar, rubros tradicionales de exportación.
El mundo entero está afectado por las cancelaciones de viajes y estancias. Por razones de seguridad, muchas personas temen viajar. A lo que se suma el miedo a la guerra bacteriológica y el parón económico que sufre Estados Unidos, con su reflejo en muchos otros países, impulsando la contracción del gasto. Más de la mitad de los ingresos de Cuba en divisas proceden del turismo y de las remesas familiares del exilio. Ambos afectados a muy corto plazo por la coyuntura actual. Al igual que el ritmo de operación de la compañía aérea nacional.
Advierte el señor FC a los ciudadanos de la Isla que «hay que prepararse, algunos sacrificios vendrán lógicamente». «Nuestros ingresos en [divisas] convertibles se afectan», aunque, según él, la afectación es menor, «puesto que no dependíamos del turismo norteamericano». Efectivamente, Canadá y Europa son las dos fuentes principales del turismo insular. En otros receptores como España, también afectados por la crisis, el descenso de turistas extranjeros viene acompañado por el aumento de nacionales, que modifican sus destinos, temerosos de abandonar el país. Cosa que no ocurre en Cuba, donde el turismo nacional es prácticamente nulo. Tampoco ha estructurado la Isla una economía diversificada o un mercado interno importante que permitan moderar las pérdidas.
Veinte de los 225 hoteles cubanos han sido cerrados y 12 000 de las 36 000 habitaciones disponibles, están vacías. Algo que sobrepasa la cifra de 5% de descenso reconocida por las autoridades en septiembre y su estimado del 10% para octubre.
Aunque en su discurso el señor Fidel Castro no especifica cuáles serán las afectaciones y los sacrificios a los que la población deberá hacer frente, ya se registra un notable incremento en el ritmo de los apagones, el dólar ha pasado en un brevísimo lapso de 22 a 27 pesos y las casas de cambio han optado por comprar dólares pero no venderlos. Ello hace prever nuevos descensos de la moneda nacional.
Los llamamientos al sacrificio de la población, a partir de crisis para las cuales siempre hay un culpable externo, no son nada nuevo. A inicios de los sesenta fue la ruptura de relaciones con los Estados Unidos y el embargo económico —gran culpable hasta hoy de todos los males que afectan a la Isla—. Como consecuencia, se estableció el sistema de racionamiento que ya dura cuatro décadas. Los efectos del ciclón Flora, a mediados de los sesenta, hicieron que se racionara el café, un producto tradicional. El ciclón ha durado hasta hoy. La nefasta Ofensiva Revolucionaria de 1968, que extirpó todo negocio privado, seguida por la Zafra de los Diez Millones, que remató la economía de la Isla, redoblaron la escasez y el racionamiento.
Salvo en el caso de la zafra, cuando el Gobierno admitió su culpabilidad, siempre aparecieron sequías o inundaciones, ciclones de la meteorología o de las finanzas internacionales, que explicaran cada desastre. El penúltimo fue la desaparición del campo socialista y de la URSS con el que se mantenían excepcionales condiciones de intercambio y un nivel de subvenciones que, bien administradas, habrían paliado con creces los efectos nocivos del embargo norteamericano: 40 000 millones de dólares en cifras de La Habana.
Y no es una opinión sino un dato. Recientemente, al referirse a los 200 millones de dólares anuales que recibía el régimen como pago por la estación radioelectrónica de Lourdes, la declaración oficial admitió que ello representaba sólo el 3% de los beneficios perdidos por la desaparición de la URSS. En buena matemática, dicha subvención ascendería entonces a más de 6 600 millones anuales, sin contar la deuda de 20 000 millones que al parecer Cuba no pagará —aducen que la deuda era con la URSS, no con Rusia—. De modo que entre ciclones, sequías y crisis mundiales, la administración cubana olvidó aportar el dato de que, durante treinta años, la compensación económica soviética a cambio de su alineación política hizo del embargo y la beligerancia perpetua hacia Norteamérica, un suculento negocio. Dilapidado, lamentablemente, en ineficacia, mala administración, guerritas extracontinentales y planes hegemónicos de cara al Tercer Mundo.
Cada una de esas crisis y recortes siempre fue acompañada por espléndidos panoramas del futuro. Durante los sesenta se mencionaba a 1970 como el año en que el país se convertiría en la Jauja del Caribe. En los setenta, se pospuso la fecha para la década entrante, que 125 000 cubanos no tuvieron la paciencia de aguardar, huyendo en masa por el Mariel. Los ochenta, quizás la época dorada de la economía socialista, nos abrumaron con noticias de saltos espectaculares en la producción que debían conducirnos al desarrollo. Los noventa fueron el viaje a la semilla de nuestras desgracias, al demostrarse que la relativa bonanza de la década anterior, más que a un crecimiento serio y sostenible de la economía, se debía a un déficit impagable en la balanza de pagos, una de las deudas per cápita más altas del planeta, y subvenciones externas cuyo cese hizo descender en picado la escenografía económica de la Isla.
Durante el llamado Período Especial, no sólo se encontró un culpable directo, sino dos —el efecto USA + Rusia—. Pero bastó un lustro y la multiplicación del capital extranjero invertido en Cuba, para que el Noticiero Nacional ofreciera de nuevo noticias esperanzadoras: cosechas espectaculares, desaforado interés de los inversionistas extranjeros, presuntos saltos de la biotecnología que colocarían al país a la cabeza de las naciones. Con el asalto a las Torres Gemelas, el ciclo de miseria cotidiana vs felicidad futurible, recomienza.
Cuba, como cualquier otro país —máxime ahora, cuando está sometida a las inclemencias de la economía mundial sin el paraguas de las subvenciones—, sufre períodos de bonanza y depresión cuyas causas pueden ser en cierta medida contextuales. Pero no sólo. Lo que no explica el discurso oficial, atento ante todo a su supervivencia, ni sus medios de prensa, nada proclives a los deportes de riesgo, es por qué el país pasó de encabezar la lista de las economías americanas a situarse en la cola, habiendo gozado de más ayudas en medio siglo que todos sus vecinos. Para ello no bastaría la perversidad política (del otro) o la meteorológica.
Hoy Cuba entra en el ciclo dramático. Como tantas otras veces, el señor Fidel Castro exige sacrificios a los ciudadanos. Mañana quizás, como en las buenas religiones, le veremos prometer el cielo siempre que se porten bien y sean obedientes durante su tránsito por este valle de lágrimas. Trabajar hoy con denuedo por la felicidad de nuestros hijos. Para que mañana nuestros hijos trabajen con denuedo por la felicidad de los nietos. Y así sucesivamente. La felicidad futurible, misterio de toda fe que debe ser, como buen dogma, verdad revelada y no cálculo económico, ese arte capitalista y laico, de tenderos y mercachifles.
Hoy el señor Fidel Castro exige sacrificios a los cubanos, un capital de miserias cotidianas y sueños rotos que se amortizará en lo que otras religiones denominan Edén o Paraíso, y en la terminología oficialista, comunismo.
¿Estaría dispuesto el señor Castro a un sacrificio, uno solo, que paliara el que hoy exige a sus compatriotas? Seguramente no. La felicidad de once millones es siempre futurible. El poder de uno solo, no. Según los teólogos, en el Más Allá no existe democracia pero, que se sepa, el dictador es otro.