Mozart en la sierra o la ignorancia de Einstein

29 03 1990

Yo era geólogo entonces: las rocas, la soledad, el silencio con silbido de insectos y pájaros asustados en la Sierra de Cristal; veinte kilómetros diarios de camino por cañadas como cuchilladas y cauces de ríos intocados. Aquella tarde llegué a la casa de La Fernanda donde acamparía una semana. Después de los saludos y el baño, me acomodé en el portal para marcar las muestras y ordenar los mapas. Mientras, coloqué un casette en la pequeña grabadora. La música se hizo cómplice de la tarde y yo ni me percaté del campesino ──su vida entera en estas serranías── que se sentó en silencio, casi devotamente, a unos pasos de distancia. Concluido el último movimiento, preguntó:

──¿Quién toca la música esa?

──Es de Mozart, un músico alemán que murió hace doscientos años..

──Lástima que se haya acabado.

──¿Quieres que te lo ponga otra vez?

──¿El radiecito ese puede…?

──Sí.

Esa noche escuchó cinco veces la sinfonía completa. Al día siguiente la tarareaba mientras daba de comer a los carneros.

 

Cosas de maricones

Universidad de Oriente. 1974. Seis de la tarde.

Termino de vestirme y casi al salir, un amigo, por demás inteligente, receptivo, de ideas abiertas a lo nuevo, que podría llamarse Pepe:

──¿Te vas de rumba?

──No exactamente. Voy al teatro.

──¿Qué ponen?

──Es un ballet…

──¿Un ballet?

──Sí. ¿Por qué? ¿Quieres ir?

──¿Yo? ¿Tú estás loco? Eso es cosa de maricones.

 

La cultura también es relativa

El ron ya ha desatado las lenguas ──que nunca estuvieron muy amarradas── y la conversación discurre a saltos de un tema a otro para caer, por fin, en la relatividad y Einstein y la famosa fórmula E = m c2, tan imprescindible para comprender el siglo XX como el Ulyses de Joyce. En ese momento un escritor amigo, de quien daría las mejores referencias, argumenta:

──No me compares una ecuación con la Oda a la Alegría de Beethoven, ni una computadora con la Gioconda. Si la tecnología formara parte de la cultura, eso sería la deshumanización de la cultura. Para mí la matemática es como la escritura cuneiforme y mi literatura no va a ganar nada con que yo aprenda a calcular integrales. Yo sería feliz aunque no supiera ni multiplicar. Mi ignorancia científica no me apena.

(Dicho en un tono de casi *me enorgullece+)

 

Cultura, incultura y acultura

Durante cierta inspección a una escuela en el campo, una funcionaria del MINED escuchó varias veces que *Se habían colocado 400 estéticas en la escuela+, que *cada estudiante tenía su estética+, hasta que descubrió que las *estéticas+ eran los perritos de yeso, las muñecas y los búcaros que los muchachos traían para *adornar+ la parte superior de sus escaparates.

Algo similar puede ocurrir con la palabra cultura ──que equivale a la sabiduría acumulada por el hombre, por una nación o, en su sentido más vasto, por toda la humanidad. A veces el uso indiscriminado de una palabra la va vaciando de contenido. Existe hasta un Ministerio de Cultura ──lo que equivaldría a un Ministerio de la Sabiduría──, aunque se ocupe sólo de un pedacito de esa palabra.

Cualquier persona clasificaría sin vacilar a sus vecinos en *cultos+ e *incultos+. Cualquiera ofrece una definición de qué es la cultura y no habría dos iguales.

El campesino de la Sierra ¿es inculto? Desde el punto de vista artístico sí. Como el estudiante. Pero mientras el campesino es inculto por desconocimiento, de una incultura ávida  de cierta belleza que hasta entonces desconocía; el estudiante, más que inculto es aculto, porque rechaza a priori, por prejuicios, ciertas manifestaciones culturales que ni siquiera conoce. ¿Quiere decir eso que ambos son absolutamente incultos? No. Cuánta sabiduría de la tierra, de las siembras y los animales, no aprendí de él en unos pocos días. ¿No me ayudó Pepe a estudiar Resistencia de Materiales? La diferencia es que mientras uno se abría a otras formas de la cultura, el otro se había atrincherado en cierta sabiduría científica, negándose a lo desconocido. La misma acultura, pero más consciente, del escritor, que se alimenta sólo de arte ──como si el arte no fuera un animal omnívoro.

Ningún ser humano es absolutamente culto o absolutamente inculto, porque la sabiduría humana es ya tan vasta, que son inconcebibles los genios del Renacimiento, doctos en todo al mismo tiempo. Puede que hoy la verdadera cultura de un hombre no sea sino conocer cada vez con mayor exactitud la pavorosa extensión de su incultura.

A los veinte años yo me consideraba una persona *culta+, efecto sobre todo de la incultura ambiental. Hoy, me creo apenas medianamente informado. He aprendido a saber todo lo que no sé. Y es demasiado.

A veces pensamos que adquirir cultura es atragantarse de libros, mientras más, mejor, olvidando que la sabiduría es un acto de reflexión que tiene lugar en profundidad. Más valen cien libros leídos con fervor, degustados, analizados hasta el fondo, que cinco mil devorados con prisa, de los cuales sólo quedará el recuerdo borroso de un autor y un título. A menos que sólo aspires a pavonearte, exhibiendo las listas bibliográficas sobre las que has resbalado. O que seas  asiduo a la cultura de sobaco. Leer mejor es más importante que leer más.

La cultura no es tampoco un pantalón o un peinado, que uno puede comparar con el del vecino, para ver cuál es más bonito o quién tiene más. Sería como comparar huellas dactilares.

Entre otras cosas, ¿para qué sirve la cultura?

Es obvio que un ingeniero químico que sepa más de química será mejor trabajador. Pero además, basta que no hayas perdido aquel instinto que te hacía decir ¿por qué? cuando eras niño, para que acercarte a la sabiduría sea, no una obligación, sino un placer. Si el amor a una mujer es ese acto maravilloso mediante el cual se llegan a conocer los sentimientos y sueños de otra persona casi tan bien como se creen conocer los de uno mismo; el amor a la vida es echarse a esa aventura infinita de conocerla, no sólo a través de los libros y las ecuaciones de segundo grado, sino también vigilando el vuelo de una hoja seca en octubre, el azul que asume el mar ciertas mañanas, o los sueños de los otros hombres que son, que fueron, que serán.

 

“Mozart en la Sierra”, en: Rev. Somos Jóvenes No. 124. La Habana, marzo de 1990.

 


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