Una lección de Historia

3 04 2024

Cubaencuentro.com  04/12/2023

https://www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/una-leccion-de-historia-343301

Es fácil descubrir la capacidad de reciclaje de los antiguos capos comunistas en Europa del Este. Los mismos que en su día aplastaron cualquier atisbo de democratización y satanizaron el mercado han devenido entusiastas “demócratas” y oligarcas.

El imperio del KGB en Rusia encabezado por Vladimir Putin, el nuevo zar, y su escudero Aleksandr Lukashenko en Bielorrusia. La nomenklatura reciclada en Moldavia y Macedonia, Albania, Bulgaria, Rumanía, Serbia y Montenegro  ha emergido de sus rojas crisálidas como flamantes mariposas del libre mercado.

Vista la naturaleza de esas transiciones y el pedigree de sus protagonistas, es instructivo leer, 118 años después, el documento “Los veteranos de la independencia al pueblo de Cuba”, que  nos ofrece una idea sobre el calibre moral, la sabiduría y el buen juicio de quienes construyeron la patria cubana no con discursos ni proclamas, sino con su sangre. Un documento que hoy me gustaría compartir y que no requiere mayores explicaciones.

 

“Los veteranos de la independencia al pueblo de Cuba”, Octubre 28 de 1911

Conciudadanos:

Un gran movimiento de conciencia nacional agitó a la sociedad Cubana. Los veteranos lo inician y el pueblo cubano lo mantiene; la justicia lo preside; lo anima el patriotismo.

Cuando el 20 de mayo de 1902 la adorada bandera de los cubanos, saludada por todas las naciones, flameó sobre las fortalezas seculares, tras medio siglo de luchas desesperadas y gloriosas, los supervivientes de la legión libertadora, al calor de generosos y puros sentimientos estrecharon sobre su corazón a sus compatriotas; y unidos los cubanos bajo el lema de «La República con todos y para el bien de todos», comenzaron la vida dignificada, de un pueblo libre.

Rotas las cadenas, las servidumbres abatidas, el cubano, dueño al fin, de su Patria, alzó la frente al sol de un nuevo día de justicia, libertad y progreso; se arrancó del corazón las santas iras de la guerra y abrió las puertas de la nueva sociedad a todas las actividades humanas, sin amargas exclusiones. Al español que lo combatiera y al compatriota que lo traicionara, ofreció por igual sus fértiles tierras, sus ricas industrias, su comercio, sus talleres, sus libertades y el amparo de sus leyes.

El cubano, ante el enemigo vencido, borró la sombra del opresor, y ante el propio compatriota que le asesinara en la emboscada cerró los ojos y brindó a todos, por igual, con piadosa mano, cuanto poseía la tierra que había redimido y las libertades que había conquistado. Lo único que no podía, sin demencia, ofrecerles, era la dirección de la nueva República. No podían resguardar nuestra libertad los que la habían combatido; la sociedad cubana no podía erigir en jefes a sus propios enemigos.

El pueblo cubano quiso para guía de la nueva nacionalidad el probado patriotismo, y así lo expresó con voluntad soberana, al elegir sus primeros magistrados. Quiso que los cargos públicos fuesen como debe ser, para la aptitud, la idoneidad, la honradez y el mérito, no para la delincuencia. ¿Cuándo, en qué país, ni con qué pretexto de igualdad, se ha visto premiada la traición contra la Patria?

Si en la igualdad ante la Ley pudieran, monstruosamente, confundirse el bien y la perversidad, que la conciencia universal y las leyes han separado, ni tendría castigo el delito ni estimulo la virtud, y la sociedad desquiciada en su fundamento moral, sin tradiciones, sin bandera y sin ideales, caería deshonrada ante las más groseras fuerzas de la bestialidad humana.

Aquellos malos cubanos que alzaron sus manos contra Cuba, no ya conformes con el perdón de sus crímenes, se dedicaron, con diversas intrigas, a reconquistar en la República un predominio que, de subsistir, haría al pueblo cubano bajar humillado la frente, encendida por el rubor y la vergüenza. Alejándose casi siempre de los pueblos que fueron testigos de sus maldades, alistándose sigilosamente bajo los banderines de los partidos políticos y contaminando todo cuanto tocaron, han ido escalando aquellos puestos que debieron reservarse a los cubanos que carecen de manchas en su vida, a extremo tal que algunas localidades sufren la desdicha de tener como representante de la autoridad, a guerrilleros viles que en los aciagos días de la guerra gozaban en arrastrar por las calles, frente a las familias cubanas enloquecidas, los cadáveres ensangrentados de los mártires de Cuba.

BASTA YA DE MONSTRUOSA TOLERANCIA… De hoy mas nuestra pasividad sería imprevisión, deshonor, y cobardía. La República firme y fuerte después de tantos años de resignación, debe consagrar algunas energías a separar de la administración pública a los que traicionaron a la Patria.

La Ley Penal de Cuba, promulgada en la época revolucionaria, comprendía en el delito de traición, castigado con la muerte, al espía, al guerrillero, a todo cubano que, bajo bandera española, combatía contra Cuba, o de un modo directo favorecía al progreso de las armas enemigas. Y aun el mismo Código Penal español, todavía vigente en Cuba, define al traidor diciendo, con admirable concisión: «el que tomare las armas contra la patria bajo bandera enemiga».

Y si la ley Penal aquí vigente fija el concepto universal del traidor a la Patria, como un crimen tan horrendo que para él todos los pueblos de la tierra forjan la cadena perpetua y alzan la horca, ¿cómo vamos a tolerar que los traidores, adueñándose cautelosamente de la administración de la República puedan volver a traicionarla y hundir su acero en el corazón de Cuba? Cómo hemos de legar a la nueva generación con la muerte de nuestros mejores sentimientos, el ejemplo pavoroso y funesto de entregar ahora en nombre de una igualdad mentida y de una concordia vergonzosa, el dinero público, los honores y la autoridad de Cuba, a aquellos mismos siniestros guerrilleros ¡No!

Lejos está de nosotros la idea de que se les aplique hoy el castigo a que se hicieron merecedores, porque con el último disparo que consagró la victoria, se proclamó como principio fundamental para el porvenir, el perdón de todos los agravios para restablecer con la paz moral de los espíritus, el equilibrio social perturbado; pero ni entonces ni después se reconoció como un dogma confiar a la traición la obra del patriotismo. ¿Qué menos puede pedirse a nuestro enemigo de ayer, amigo interesado de hoy para medrar a la sombra de las instituciones republicanas, que la renuncia de todo cargo público, que ni moral ni legalmente tiene derecho a desempeñar? Puede, sí, vivir en Cuba como ciudadano o como extranjero, al amparo positivo de nuestras leyes protectoras, que defenderán su vida, su hacienda y su libertad; pero jamás, sin lastimar la conciencia nacional, pretenderá dirigir los destinos de la República.

Los veteranos de la Independencia en este conflicto inevitable, no por ellos provocado, sino por el cinismo con que los réprobos se van apoderando de los puestos oficiales y del porvenir de la Patria, señalan a los Poderes de la nación las inhabilitaciones prescritas contra los cubanos de «mala conducta» por la Ley del Servicio Civil, e invocando la justicia, la previsión y el sentimiento patrio, acuden al corazón del pueblo cubano, porque sería absurdo y monstruosamente inmoral calificar de «buena» la conducta de aquellos cubanos que pelearon contra Cuba, realizando un crimen de lesa patria, castigado con la pena de muerte en todos los códigos del mundo.

Somos los primeros en guardar las leyes y el público sosiego, pero con tenacidad digna de la patriótica finalidad que perseguimos, lucharemos sin descanso hasta lograr el éxito completo, que en tan noble empresa habrán de secundarnos las autoridades y Poderes de la República, el pueblo de Cuba y esa generación joven, la mejor esperanza de la patria, y a la que los veteranos hemos de entregar, como precioso legado, el patriótico deber de velar porque no se mixtifique el amor a la nacionalidad cubana.

Nada pedimos para los Veteranos, aunque la miseria les hiera muchos hogares; sólo queremos que a los desleales sustituyan en los cargos públicos los cubanos que amaron a Cuba y los que no deshonraron su existencia; todos los cubanos, menos los que combatieron contra Cuba. Queremos, porque Cuba lo necesita más que ningún otro pueblo, que aquí siempre se execre la traición y se aprecie el patriotismo. Para los cargos de la República ya no deben confundirse los traidores con los patriotas. El que igualar pretenda a los demás cubanos al guerrillero vil tiene la conciencia de un guerrillero.

Qué los traidores aren en paz la tierra que sembraron de huesos cubanos, pero que jamás usurpen ni profanen los cargos de la República que tanto odiaron, los espías, los movilizados, los guerrilleros, los que profanaron el cadáver de Antonio Maceo y destrozaron la juvenil cabeza de Panchito Gómez, siniestros malvados cuya aparición en nuestros campos era para la familia cubana, la señal terrible del incendio, la bestialidad y la matanza, a cuyo furor brutal rodaban las ancianas cabezas y eran ahogados los sollozos de las madres y los gritos de la inmaculada inocencia.

Habana, 28 de octubre de 1911.

Por el Consejo nacional de Veteranos:

General Emilio Núñez Rodríguez, Presidente

General Silverio Sánchez Figueras, General Enrique Loynaz del Castillo, Coronel Cosme de la Torriente, General Juan E. Ducassi, General Manuel Alfonso Seijas, General José Miró Argenter, General Agustín Cebreco, General Carlos García Vélez, General Pedro Díaz Molina, General Hugo Roberts, General Francisco Carrillo Morales, General José Fernández de Castro, General Francisco de P. Valiente, General Carlos González Clavel, General Demetrio Castillo Duany, Coronel Manuel María Coronado, Coronel Agustín Cruz González, Coronel Aurelio Hevia, Teniente Coronel Casimiro Naya y Serrano, Coronel Manuel Lazo, Vicepresidentes.

Comandante Manuel Secades Japón, Secretario de Actas.

Coronel José Gálvez, Coronel Dr. Eulogio Sardiñas, subteniente Dr. Edmundo Estrada, Comandante Dr. Miguel A. Varona, Comandante Miguel Coyula, Vicesecretarios.

Teniente Luis Suárez Vera, Secretario de correspondencia.

Coronel José Camejo, Comandante Armando Prats, Coronel Enrique Molina, Teniente Emilio Ayala, Comandante Miguel Ángel Ruiz, Vice-secretarios.

Coronel Manuel Aranda, Tesorero.

Capitán Armando Cartaya, Teniente Coronel Justo Carrillo, Coronel Lucas Álvarez Cerice, Coronel Fernando Figueredo, Coronel José N. Jane, vice-tesoreros.

También sumaban su firma al histórico documento más de un centenar de oficiales que iban desde Generales hasta Tenientes.





La voluntad divina

3 04 2024

Cubaencuentro.com 14/12/2023

https://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/la-voluntad-divina-343348

La diferencia crucial entre las sociedades premodernas y la nuestra no son los antibióticos ni la energía atómica, ni los viajes espaciales o Internet. Es la derogación de la voluntad divina.

Para las tribus de cazadores recolectores, para los griegos, los romanos y el resto de las sociedades premodernas, la vida era parte de una representación teatral cósmica. Diluvios y sequías, pandemias y guerras, eran parte del guión divino en el cual los hombres representábamos nuestro papel aunque ignoráramos el texto. Si vencían los griegos y no los troyanos, si morían de peste bubónica todos los miembros de una familia salvo uno, si la sequía excepcional nos obligaba a emigrar hacia tierras ignotas, todo era parte de un plan maestro que nosotros, míseros mortales, nunca alcanzaríamos a comprender. Sólo nos quedaba cumplir nuestro pequeño papel en la coreografía de los dioses.

Al poner al hombre en el centro, al asumir nuestra capacidad para cambiar el destino —vencer la pandemia, combatir la sequía con ingeniosos sistemas de riego, evitar las guerras— la sociedad moderna se evade del fatalismo divino. Eludir la voluntad de los dioses es nuestro éxito y nuestra condena. Podemos fabricar el destino. Pero al mismo tiempo no tenemos ningún ente superior en el que descargar nuestra responsabilidad. Usurpar el papel de los dioses nos otorga el poder y la culpa.

Si repasamos la historia de Cuba, desde las rebeliones de los vegueros en el siglo XVIII, pasando por las guerras de independencia, hasta las revoluciones del siglo XX y las manifestaciones del 11 de junio, los cubanos asumimos el protagonismo de nuestro destino siempre que el poder ominoso de los dioses locales rebasaba ciertos límites. Imponer la construcción del propio relato nos obligaba a derogar total o parcialmente la voluntad divina. Al mismo tiempo, ha coexistido con ello la pulsión contraria: huir. Desde los palenques de cimarrones hasta Kendall, siempre que la dictadura de los dioses parecía invulnerable, hemos optado por la distancia. Nada original. La historia de la humanidad es la crónica de sus emigraciones. O estaríamos aun apiñados en Sudáfrica de espaldas a un planeta despoblado.

Durante la primera mitad del siglo XX, varios axiomas apuntalaron la noción de que rebelarse contra los dioses era insensato: “Puedes hacer una revolución con el ejército, sin el ejército, pero nunca contra el ejército”. “Puedes hacer una revolución con los americanos, sin los americanos, pero nunca contra los americanos”. Ambos fueron derogados por la revolución de 1959. Venta de tren blindado y otras componendas aparte, se hizo contra el ejército. Y aunque no desde el primer minuto, también contra Estados Unidos, que se convertiría en el comodín para delegar todos los males: sequías, ciclones, escasez de penicilina y desaparición de la malanga. (Aquellas malangas de Oklahoma que ahora el bloqueo nos veta. Qué nostalgia).

Al mismo tiempo, Fidel Castro, nuevo Jehová del olimpo nacional, inoculó en nuestra imaginación su propio axioma: “Esto no hay quien lo arregle, pero no hay quien lo tumbe”. Su intento de convertirnos en hombres premodernos, sujetos a la voluntad divina, tuvo un éxito insólito, por su fijación y durabilidad, en la historia de la isla. Para ello se vio obligado a vencer, primero, la resistencia de los hombres modernos que se alzaron en armas contra la posibilidad de verse reducidos de nuevo a la obediencia divina. Sustituyó la prensa más o menos independiente por Revolución, Granma, Juventud Rebelde, Cubavisión, sagradas escrituras donde solo se admite la palabra revelada. Derogó los viejos dioses en nombre de una nueva religión presuntamente laica. Creó su propia corte de escribas y sacerdotes, encargados de mantener vivo el culto y difundir sus parábolas y milagros. A la manera del estamento eclesiástico medieval, confiscó tierras y otros medios de producción reduciendo a sus fieles al status precapitalista de siervos de la gleba cuyo destino depende de los humores del amo. Por último, construyó su cuerpo inquisitorial, la única institución eficaz del castrismo, dado que su propósito no es promover la felicidad de los fieles sino el temor a Dios. Y gracias a la combinación entre la fe y el miedo, la propaganda y el adoctrinamiento, la repetición incesante del nuevo catecismo y los sermones de siete horas, una buena parte de los cubanos creyó / creímos / cree que “esto no hay quien lo arregle, pero no hay quien lo tumbe”, y que el poder está dotado de omnisapiencia y omnividencia. Todo lo sabe y todo lo ve. Y eso lo hace invulnerable. Aunque no sea cierto, lo importante es que los fieles lo crean.

Durante mucho tiempo, cuando los sacerdotes del nuevo Dios eran incapaces de rebatir una duda, el argumento final era apelar a la fe en la palabra revelada, dado que el señor cuenta con datos que tú, mísero mortal, desconoces. Y ahí terminaba cualquier atisbo de dialéctica. Cuando alguien pronunciaba una herejía, siempre había una cautelosa mirada en busca de ojos, oídos y micrófonos. Omnisapiencia y omnividencia. Tomen nota.

Lo más curioso es que, crucificado Dios por el calendario, sus apóstoles han heredado, no la supuesta omnisapiencia, dado que en su gestión no aciertan ni por error, pero sí una presunta omnividencia que es el único y endeble sostén de su poder.

Si frecuentan un libro muy recomendable, Postguerra, de Tony Judt, descubrirán lo frágil que era ese último axioma en los “países hermanos” de Europa del Este y lo rápido que descubrieron en Berlín que un muro de piedra no era un “muro de ideas” y que en Bucarest bastaban unos pocos abucheos en la plaza pública para que el Dios local alzara el vuelo en su helicóptero poco antes de que su alma ascendiera hacia el olvido después del fusilamiento.





El oficio de la ciudadanía

3 04 2024

Cubaencuentro.com Madrid | 16/11/2023

https://www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/el-dificil-oficio-de-la-ciudadania-343230

La semana pasada mi esposa regresó de Cuba, donde acudió al sepelio de su abuela, con quien estaba muy unida. Al bajar del avión, ayudó a una joven que venía con tres niños pequeños. Le recordó a ella misma cuando, 30 años atrás, tuvo que volar sola de La Habana a Madrid con nuestro hijo de cuatro años (que entonces valía por tres). En el propio aeropuerto de Barajas, otra pasajera le comentó “¿No sabes quién es ella? Es Amelia Calzadilla”. Algo que a mi mujer, en ese momento, no le dijo nada. Días más tarde, encontramos sus declaraciones en las redes sociales hechas desde Cuba, y una entrevista que le realizó Ian Padrón 48 horas después de su llegada a Madrid.

Licenciada en Lengua Inglesa, Amelia Calzadilla encendió las alarmas del régimen cubano por sus críticas en directo en su perfil de Facebook. Desde enero de 2021 comenzó a criticar el corte del suministro de gas que afectaba a 11.000 familias, y el 9 de junio de 2022 subió un emotivo mensaje de nueve minutos en el que se refirió también a los cortes eléctricos, el aumento desmedido de los precios, la escasez, la compra de productos de la canasta básica en moneda extranjera. “Porque mis hijos no tienen comida, porque no tienen zapatos, porque no tienen ropa, porque necesitan a mis familiares en el extranjero para vivir dignamente en Cuba”. Y más adelante: “Madre cubana que te levantas por la mañana como yo, preocupada de que te quiten la luz, que no sabes qué le vas a dar de comida a tus niños al final de la tarde cuando lleguen de la escuela (…), yo te pregunto: ¿Cuánto más vas a aguantar? Porque yo no aguanto más”. Culpaba de la situación “a los que dirigen, a los de arriba”. “¿Hasta cuándo el pueblo va a seguir pagando las comodidades de ustedes?”.

De inmediato se produjeron todas las reacciones que cabría esperar: los comentarios de apoyo de muchos compatriotas desde cualquier geografía; otras madres cubanas, a veces con sus hijos en brazos, se grabaron también en vídeos solidarizándose con Amelia; la repercusión entre opositores y activistas, y en los medios cubanos alternativos.

Y, desde luego, la campaña de desprestigio por parte de las autoridades cubanas que, incapaces de responder sus argumentos, ponían en duda su integridad, aduciendo que una persona que se pinta las uñas de tal manera, o tenga tal mueble en su casa, o coma en tal restaurante, no podría estar pasando las dificultades de las que hablaba. (Lo dicen quienes intentan silenciar el glamour, el lujo y los viajes en yate de los Castro por los mejores resorts). Un tal “Guerrero Cubano” mencionó “la caja de Pandora de la supuesta madre sufrida”.  “¿Por qué lo hace? ¿Quiénes están detrás y pagan esto?”. Y prometió pruebas que todavía estamos esperando. Otros aseguraron que estaba financiada o que su indignación no era más que una búsqueda de patrocinios. Tampoco necesitaban pruebas. Se trata de una antiquísima estrategia: el axioma de que ningún cubano de la isla tiene criterio propio. Para ellos sólo existen tres tipos de cubanos: los que aplauden, los mercenarios pagados por el oro de Miami, y ellos mismos, los auto elegidos capataces del batey nacional que se distinguen a simple vista por sus prominentes barrigas, emblema de su rango en el país de los famélicos. (Cualquier semejanza con Kin Jon Un no es pura coincidencia). De la misma manera que los tiburones navegan custodiados por los peces piloto y las rémoras, que se alimentan de sus sobras, nuestros mayorales tienen su corte de esbirros, influencers de alquiler e “intelectuales” serviles. Uno de ellos, el “periodista y profesor universitario” Ernesto Estévez Ram publicó en Cubadebate que los vídeos compartidos en Facebook por Amelia Calzadilla son “un ejemplo de manual de lo que se llama gestión de la irritación”, y lo califica como un montaje, nada espontáneo, obra de los “habituales” (para no repetir eso de la mafia de Miami que ya está muy visto). ¿Pruebas? Ninguna. Pero no importa. Echemos a rodar la bola de fango. Ya irá creciendo sola. Si alguien tenía alguna duda sobre el estado actual de la prensa y la educación en Cuba, aquí tiene la respuesta.

Quienes visiten las intervenciones de Amelia Calzadilla en la red observarán su firmeza, su determinación, la claridad y sencillez (que no simplicidad) de sus argumentos y la firme voluntad de no dejarse manipular en ningún sentido. De la misma manera que salió en defensa de sus vecinos por el corte del gas, se pronunció en favor de la esposa de José Daniel Ferrer, a la que no dejaban visitar a su esposo, algo que le resultaba monstruoso aunque no los conocía personalmente. Afirma que agradece pero rechazó ayudas que le habían ofrecido. Cuenta las tres horas que pasó en una truculenta celda de la Seguridad del Estado, un anticipo del infierno; de las amenazas y del miedo, pero sin separarse de la verdad: no fue golpeada ni vejada por sus captores que ni siquiera levantaron la voz. Habla de la falsa condescendencia, el paternalismo de los esbirros: “No te metas en eso… Estás confundida”. Y la traca final: si tus videos incitan a la gente a echarse a la calle, tú serás la responsable. Y Amelia se pregunta: ¿Cómo le explico a mis hijos que la persona que les dice que se porten bien, que sean honestos, que digan la verdad, está en la cárcel? Habla del desarraigo, aunque agradece la oportunidad que le ha dado España a ella y a sus hijos. “Estoy salvando a mis hijos y dejando atrás a mis padres”. Y eso le sirve para recordar la despedida de su padre, quien le dijo que afuera iba a estar mejor sin ellos. ¿Cómo puede estar un hijo mejor sin sus padres?, se pregunta entre lágrimas. Pero esa es la realidad cubana: familias rotas por la distancia, cuyos mayores trabajaron toda su vida para recibir como pensión mensual dos cartones de huevos y vivir ahora de las remesas. Es lo que ocurre en cualquier naufragio: hay quienes logran subirse al bote salvavidas, y quienes confían su supervivencia a la frágil cuerda que los remolca.

En su entrevista, Ian Padrón, a instancias de una internauta, le insiste en que precise una definición, ¿es Cuba una dictadura? (Casi me recuerda aquella famosa escena de El hombre de Maisinicú, donde un alzado incita al otro a que clave la bayoneta en el cuerpo del hombre: “Pínchalo pínchalo, aquí todo el mundo tiene que pincharlo”).  Y su respuesta es interesante: “La palabra dictadura no me sirve. Hay un gobierno constituido. Yo no lo voté. Pero están allí por nosotros. Si nos plantáramos…”. Algo a lo que me he referido muchas veces: por acción u omisión, todos somos responsables de ese régimen. No en igual medida, desde luego. Hay un puñado de máximos culpables. Y un puñado de héroes que se han opuesto a la dictadura sin importar las consecuencias. Y millones de responsables subsidiarios, entre los que me incluyo, aunque yo nunca haya militado ni en la UJC ni en el PCC (siglas que ahora también pertenecen a la mayor organización criminal brasileña. Quizá sea un acto de justicia lingüística).

En cierta ocasión tuve un encuentro raro: un antiguo condiscípulo que en la universidad había ejercido con entusiasmo de fanático bolchevique, pero no “hasta la victoria siempre”, sino “hasta Madrid”. Intentó explicar su mudanza, no sólo geográfica, aduciendo que “aquello ya no es lo que era”, como si en Cuba hubiera caído un meteorito u otra fuerza de la naturaleza. Le respondí que, efectivamente, gracias a personas como tú, gracias a tus aplausos y genuflexiones, Cuba ya no es lo que fue, sino la mierda en que ustedes la convirtieron. Por eso cada vez que encuentro a un fundamentalista del exilio que acusa de comunista a todo el que no comparta su catecismo, siempre sospecho que en Cuba fue el secretario en su núcleo del partido o al menos de la UJC. Y ahora, parapetado tras un whisky single malt, canta “Al combate corred bayameses”… Corred (vosotros). No corramos. Los fundamentalistas no cambian de actitud. Cambian de bando.

Amelia Calzadilla va más allá de la mera definición de dictadura: “Lo que está pasando allí es criminal. No es un país”. Y se refiere a la corrupción generalizada, a la decadencia moral, a la falta de esperanza… Le resulta difícil encontrar la palabra más apropiada para un gobierno que está destruyendo sistemáticamente su propio país. Pero concluye que “Mi postura política es ser madre, aunque eso decepcione a muchos. Yo no voy a sacrificar a mis hijos, yo tengo que ser la heroína y la mártir de los tres hijos que traje al mundo”. Y posiblemente no haya mejor definición de ciudadano que una madre, creadora de ciudadanos. En la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano (1789) se afirma que los derechos del hombre son “naturales, inalienables y sagrados” y que todos los hombres “nacen libres e iguales”. Es decir, todos somos ciudadanos por nacimiento. Otra cosa es que ejerzamos de ciudadanos, algo que evitan a toda costa los totalitarismos. Para ese tipo de regímenes, no importa si son de “izquierdas” o de “derechas” (siempre son “de-sastrosos”), el ciudadano es peligroso, especialmente el ciudadano que ejerce: el que se implica, opina, vota y, llegado el caso, se levanta contra la injusticia. Se puede ser habitante de un país y no ciudadano. Es sintomático que en Cuba la policía trate a los sospechosos como “ciudadanos”. Si no eres consciente de tus derechos vulnerados, o si has renunciado a ellos, entonces eres “compañero”.

Hace algunos meses, un par de músicos cubanos de paso por Madrid fueron agasajados con una especie de mitin de repudio por no haber manifestado un claro compromiso anticastrista. Un amigo defendía esa acción porque los músicos, como personalidades públicas, tenían la obligación de pronunciarse. Le pregunté si él lo había hecho cuando vivía en Cuba y me confesó que no, pero al no tratarse de una personalidad pública su pecado sería menor o inexistente. Intenté que escarbara en su memoria alguna revolución protagonizada por músicos, bailarines, o por pintores, y resultó que las revoluciones las hacen los ciudadanos. Por eso me gustaría felicitar a Amelia Calzadilla, una ciudadana que ejerce. Muchos más necesitaremos en Cuba.





El fracaso de una ensoñación descabellada

31 03 2024

Cubaencuentro. 26/03/2024

https://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/el-fracaso-de-una-ensonacion-descabellada-343715

 

Cuando oímos hablar del “hombre nuevo”, nos viene de inmediato a la memoria El socialismo y el hombre nuevo, de Ernesto Guevara (Ed. Siglo XXI, 1977), donde anuncia que la juventud “es la arcilla maleable con la que se puede construir al hombre nuevo sin ninguna de las taras anteriores” (p. 14) y reafirma que “el hombre del siglo XXI es el que debemos crear”  (p. 13).  Pero el concepto del hombre nuevo no es nada nuevo.  

En la antigua Roma, el Senado y el Consulado estaban restringidos a los patricios. Cuando los plebeyos pudieron acceder a esas dignidades, se denominaron novi homines. A medida que los plebeyos se atrincheraron en las instituciones, se convirtieron en hombres viejos que bloqueaban el paso a otros novi homines. Tanto es así que en el 63 a. C. Cicerón fue el primer homo novus en más de treinta años. Cualquier semejanza con nuestra realidad no es pura coincidencia.

Desde sus inicios, el cristianismo creaba “hombres nuevos” a través del bautismo. Rousseau, Condorcet, Herder, Saint Simon, Fourier, Comte y otros, se refirieron al hombre nuevo desde distintas perspectivas. Y Karl Marx, en La revolución de 1848 y el proletariado, afirmaba: “Nosotros sabemos que para alcanzar la nueva vida, la nueva forma de producción social necesita solamente de hombres nuevos”.

Posiblemente inspirado por un artículo de Max Stirner (1844) Friedrich Nietzsche creó en Así habló Zaratustra el concepto de Übermensch, que se podría traducir como superhombre, como alguien que ha alcanzado un estado de madurez espiritual y moral superior, y genera su propio sistema de valores, siempre que vayan a favor de su voluntad de poder. Este superhombre no se supedita a la “moralidad esclava” a la que son sometidos los débiles por el cristianismo. Ni al control de las pasiones preconizado por Sócrates y, por tanto, a la moral de rebaño de la cultura occidental. Nietzsche señala el carácter transitorio del hombre contemporáneo: “El hombre es una cuerda tendida entre el animal y el superhombre”. A pesar de que, en vida, Nietzsche criticó tanto el antisemitismo como el nacionalismo alemán, el Übermensch fue empleado posteriormente por el nazismo para apoyar su concepto de la raza aria superior, semejante al superhombre, cuyo destino sería esclavizar a los Untermenschen, u hombres inferiores.

El primer intento de llevar a la práctica el “hombre nuevo” de Carlos Marx es el homo sovieticus, inefable personaje del realismo socialista que, en la práctica, se quedó en las novelas de Sholojov y en la estatua del obrero y la koljosiana, emblema de las películas de Mosfilm.  El novy sovietski chelovek, la “nueva persona soviética”, sería, según los ideólogos del PCUS, el arquetipo de las cualidades soviéticas: altruista, generoso, colectivista en contra del carácter individualista del hombre viejo, saludable, culto, defensor acérrimo del nuevo régimen, libre de las supervivencias del pasado, “dotado de una nueva perspectiva ética”, según el filósofo soviético Bernard Byjovski, y nada contestatario. Algo que se conseguiría, según León Trotski en su obra Literatura y revolución, al modificar al “perezoso homo sapiens” mediante “complejos métodos de selección artificial en oposición a la selección natural”, y llega a afirmar que “bajo el comunismo un hombre medio podría llegar a ser un Marx, un Aristóteles o un Goethe”. Ingeniería social que se aproxima a la magia. Hay que reconocer que Ernesto Guevara nunca se pasó tanto de rosca. Y ya vimos que los “complejos métodos de selección artificial” incluían el Gulag.

Y como el concepto parece más polifacético que una cuchilla suiza, Franz Fanon hablaba del hombre nuevo que aparecería después de la derogación del hombre blanco occidental como sujeto de la historia. El hombre poscolonial. Por su parte, para el iraní Alí Shariti, el hombre nuevo es el muyahidín, creyente hasta la inmolación.

En cuanto al caso que nos ocupa, ¿qué fue del hombre nuevo de Ernesto Guevara?

Según él “aquellos cuya falta de educación los hace tender al camino solitario, a la autosatisfacción de sus ambiciones” (p. 8) son el hombre viejo. A ellos se refiere: “cuando la revolución tomó el poder se produjo el éxodo de los domesticados totales” (p. 12). Domesticados por el ancient regime. “Las taras del pasado se trasladan al presente en la conciencia individual y hay que hacer un trabajo continuo para erradicarlas” (p. 6). “Nuestra tarea consiste en impedir que la generación actual, dislocada por sus conflictos, se pervierta y pervierta a las nuevas (…) su pecado original; no son auténticamente revolucionarios (…) Las nuevas generaciones vendrán libres del pecado original” (p. 14). Es decir, según él, gracias a la acción milagrosa de la revolución, las nuevas generaciones nacerían sin esas taras del pasado, como si se tratara de una viruela burguesa erradicada por una vacuna de marxismo. Y dado que “La arcilla fundamental de nuestra obra es la juventud: en ella depositamos nuestra esperanza y la preparamos para tomar de nuestras manos la bandera” (p. 17), los jóvenes vendrán ya inmunizados de fábrica.

¿Y cómo obraría el nuevo régimen ese milagro? Mediante la acción social y política: “el individuo recibe continuamente el impacto del nuevo poder social y percibe que no está completamente adecuado a él. Bajo el influjo de la presión que supone la educación indirecta, trata de acomodarse a una situación que siente justa y cuya propia falta de desarrollo le ha impedido hacerlo hasta ahora. Se autoeduca” (p. 8). De modo que el joven, fascinado por los justos ideales de la revolución, se autoeduca para ponerse a la altura. Deja de tener ambiciones, sueños e ideales personales para convertirse en una célula de la nueva sociedad, un pólipo del arrecife socialista. No olvidemos la educación indirecta, aunque no sabemos si se refiere a la policía política y otros medios coercitivos, como las tristemente famosas UMAP, que pretendían fabricar “hombres nuevos” aunque muchos se rompieran definitivamente durante el proceso. Si no te autoeducas, ya nos ocuparemos nosotros: “por un lado actúa la sociedad, individual y colectiva” (p. 6). “Nos esforzaremos en la acción cotidiana, creando un hombre nuevo con una nueva técnica”. (p. 17). Lo cual recuerda la frase de Stevenson (el púgil, no el novelista) cuando afirmó que “la técnica es la técnica y sin técnica no hay técnica”. Pocas veces se puede decir tan poco como Guevara con tantas palabras. Lo increíble es que intelectuales de medio mundo y cátedras universitarias de renombre se lo tomaran en serio.

Y ¿quién educará a esos jóvenes que no alcancen solo con autoeducación el olor de santidad del hombre nuevo? La vanguardia. El partido. Porque los cubanos “ya no marchan completamente solos, por veredas extraviadas, hacia lejanos anhelos. Siguen a su vanguardia, constituida por el partido” (p. 9), y eso ocurrirá porque la masa “sólo podrá avanzar más rápido si la alentamos con nuestro ejemplo” (p. 9). “La selección natural de los destinados a caminar en la vanguardia y que adjudiquen el premio y el castigo a los que cumplen o atenten contra la sociedad en construcción” (p. 9). La vanguardia no solo iluminará el camino con su ejemplo, sino que repartirá premios y castigos. Durante los siguientes años no veremos demasiados premios, salvo los que la vanguardia se atribuyó a sí misma, pero sí muchos castigos. Y el mayor castigo fue el colectivo: “el individuo de nuestro país sabe que la época gloriosa que le toca vivir es de sacrificio” (p. 15). “No se trata de cuántos kilogramos de carne se come o de cuántas veces por año pueda ir alguien a pasearse en la playa, ni de cuántas bellezas que vienen del exterior puedan comprarse con los salarios actuales. Se trata, precisamente, de que el individuo se sienta más pleno, con mucha más riqueza interior” (p. 15). El problema es que para la inmensa mayoría de la población, la riqueza interior no compensa la miseria exterior. Y eso, por tiempo indefinido, porque el eslogan “el presente es de lucha; el futuro es nuestro” (p. 14) sigue tan vigente como el cartel que colgaban en las bodegas de antes: “Hoy no fío. Mañana sí”. Y nunca se descolgaba. Como la felicidad futurible del socialismo cubano, como el horizonte, mientras más nos acercamos a ese futuro que será nuestro, más se aleja. Por el contrario, Miami siempre queda a la misma distancia. Al final, los cubanos durante seis décadas “marchan completamente solos, por veredas extraviadas, hacia lejanos anhelos”.

Por si la perspectiva de un futuro feliz siempre en fuga no bastara,  esa selección natural de los llamados a ser la vanguardia, el ejemplo a seguir, nos enseñó, entre otras virtudes, el enriquecimiento ilícito, el desprecio por la felicidad y la vida de sus compatriotas, el oportunismo, la crueldad o la estupidez en el mejor de los casos, el nepotismo, la falta de compasión y otras tantas conductas ejemplares que nos entrenaron en la doble moral, la simulación y la paciencia a la espera de nuestra oportunidad para alcanzar ese futuro tangible que nos queda a noventa millas.

Según Guevara, el resultado de ese proceso mágico de producción del hombre nuevo, al que se educa para prescindir de su individualidad en favor de una incierta identidad colectiva, en la perspectiva de trabajar denodadamente y sin otra retribución que su riqueza interior para conseguir un futuro en fuga, será que “el hombre, en el socialismo, a pesar de su aparente estandarización, es más completo; a pesar de la falta del mecanismo perfecto para ello, su posibilidad de expresarse y hacerse sentir en el aparato social es infinitamente mayor” (p. 10). “Acentuar su participación consciente, individual y colectiva, en todos los mecanismo de dirección y producción (…) Así logrará (…) su realización plena como criatura humana, rotas las cadenas de la enajenación”. (p. 10). Cuesta creer que, derogadas las libertades refrendadas por la constitución, entre ellas las de expresión y asociación, la prensa libre, el multipartidismo y la democracia, el propio Guevara creyera que el hombre común tuviera la más mínima posibilidad de tener una “participación consciente, individual y colectiva” que no fuera aplaudir.

Cincuenta y siete años después de la muerte de Guevara, abandonado por Castro en la selva boliviana, sus ensoñaciones sin ninguna base científica, ni lógica histórica o sociológica, resultan más descabelladas que los horóscopos de las pitonisas televisivas. Un hombre que presumía de seguir los principios del materialismo histórico y dialéctico, convierte en vaticinios sus propios deseos sin la menor coherencia lógica: Seguir el ejemplo de una vanguardia de incompetentes y oportunistas que han hundido al país sin asumir ni una sola responsabilidad, produciría hombres altruistas y virtuosos. Silenciados y sin medios de participación ciudadana, tendrían una “participación consciente, individual y colectiva” en el destino de la nación. Trabajarían denodadamente sin otra recompensa que una felicidad futurible que sesenta y cinco años más tarde ni está ni se le espera.  

Por eso no resulta nada raro que 425.000 emigrantes cubanos llegaran a Estados Unidos entre 2022 y 2023, a los que se suman decenas de miles hacia otros destinos; el mayor éxodo de nuestra historia. Dado que esa emigración es mayoritariamente joven, podríamos concluir que, el hombre nuevo del siglo XXI está en Miami. Efectivamente, “las nuevas generaciones vendrán libres del pecado original”, creer en la revolución en la que un día creyeron  sus padres.





Y ahora… nada

20 03 2024

Cubaencuentro.com, 26/11/2016 4:56 pm

Diario digital, Madrid, España       http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/y-ahora-nada-327807

Desde que salí de Cuba, en 1994, la pregunta que más veces me han formulado es ¿qué pasará cuando muera Fidel Castro? Han sido muchas las posibles respuestas, hasta llegar a la noche de hoy en que ocurrió lo que García Márquez, su gran amigo, llamaría Crónica de una muerte anunciada.

Cuando se vio obligado a abandonar en 2006 lo único que amó en esta vida, el poder, comenzó una década de agonía, aderezada por sus “Reflexiones”, donde el político brillante que imantaba a las multitudes y seducía a una buena parte de la progresía mundial, demostró, palabra a palabra, su imparable deterioro intelectual. Posiblemente no haya en la historia universal un registro tan minucioso del retroceso mental, materia de estudio para los psicólogos del porvenir.

Instalado desde siempre en la desmesura, el hombre que no dudaba en cometer discursos de seis o siete horas, el que instó a Kruschov, desde una pequeña isla, a iniciar el apocalipsis nuclear, sufrió una agonía también desmedida y la peor de sus pesadillas: contemplar su progresivo viaje hacia la intrascendencia, como ese antiguo mueble que heredamos de los abuelos y que nadie sabe dónde poner cuando empezamos a cambiar la decoración de la casa.

Una ironía del destino es que quien redujo el consumo de sus súbditos a niveles de supervivencia haya muerto justamente un Black Friday, la fiesta del consumo, como si su deceso colaborara en la venta de periódicos y especiales noticiosos con sus interminables cuotas de publicidad. Su muerte, que acapara hoy las portadas de todos los periódicos, comparte protagonismo con las ofertas especiales de Amazon, Walmart y El Corte Inglés.

Posiblemente a esta hora de la madrugada se estarán descorchando botellas largo tiempo añejadas en algunas casas cubanas (de cualquier geografía) y en otras (de cualquier geografía) se llorará la partida del Querido Líder, para decirlo en términos norcoreanos. Un suceso que quince años atrás habría sido inquietante, o que plantearía incógnitas difíciles de responder, es hoy intrascendente.

Si alguien me preguntara hoy que pasará cuando muera Fidel Castro, le respondería, sencillamente, nada. En realidad, Fidel Castro lleva muerto al menos un lustro. Como en el caso de Lenin, lo que quedaba de él era un cuerpo momificado y una serie de manuscritos que, en la mejor tradición de los escritores y sus viudas, seguían rescatando de las papeleras en un intento de rentabilizar al difunto, si no económica, al menos políticamente.

Cuando era pequeño, mi hijo llamaba al televisor “La casa de Fidel Castro”. En su ingenuidad (que quizás fuera una precoz sabiduría) creía que aquel señor barbado que hablaba sin cesar vivía dentro de la caja. Eso es Fidel Castro para el 70 % de los cubanos que han crecido con su imagen omnipresente, aunque poco a poco su influencia ideológica se fuera reduciendo a la de otros elementos del paisaje como las palmas reales, las ceibas o el marabú.

Si de nuevo alguien me preguntara qué pasará cuando muera Fidel Castro y no se conformara con un simple “nada”, y exigiera explicaciones, le aclararía que durante los últimos años su hermano Raúl se ha encargado de ir desmontando pieza a pieza el sistema de subordinación absoluta a su persona que caracterizó el reinado de Fidel. Porque este último decenio ha sido un lento y dubitativo retorno al capitalismo de 1958, aunque sin su eficiencia, y con la pretensión de conservar el monopolio del poder, eso sí, al mejor estilo familiar.

La única pregunta que nos queda por responder, y es algo de lo que nos enteraremos en los próximos meses, es si los retrocesos, indecisiones y timidez de las reformas raulistas ocurrieron motu propio o por intersección divina, es decir, de su hermano, quien, aun agonizante, seguía siendo el ángel tutelar del eterno secundario. Es decir, lo único importante que ocurrirá tras la muerte de Fidel Castro en que sabremos, por fin, quién es verdaderamente Raúl Castro (aunque ya lo sospechemos).

Tanto sus enemigos acérrimos como su club de fans coincidirán en que Fidel Castro ocupa ya un lugar en la historia del siglo XX, aunque quizás no sea el sitio que él habría deseado. Tiempo al tiempo, la historia suele colocar a cada uno en su lugar. También coincidirán, amigos y enemigos, en que sin Fidel Castro Cuba sería menos conocida internacionalmente y los cubanos, posiblemente, más felices.

Sus incondicionales situarán entre sus éxitos los sistemas de enseñanza y salud que acogen a toda la población, y culparán de su actual declive al imperialismo o al clima. Sus críticos alegarán que los cubanos no siempre estamos estudiando o enfermos.

Otros legados de su mandato son una policía política extraordinariamente eficiente, el récord de longevidad entre las dictaduras de un continente pródigo en dictaduras y la universalización de lo cubano: dos millones, la quinta parte de los cubanos que pueblan el planeta, habita fuera de la Isla que un día fue el primer exportador mundial de azúcar y hoy es solo el primer exportador mundial de cubanos.

Todo panegírico relaciona in extenso las obras y virtudes del finado, y este texto no podría ser menos.

Fidel Castro Ruz compartió rasgos con muchos de sus homólogos: histriónico como Mussolini, a quien recuerda en su oratoria enfática, repetitiva y didáctica; tenía una noción mesiánica equivalente a la de Hitler; como Stalin, carecía de escrúpulos y estaba dispuesto a cualquier desmán para conservar el poder; fue tan hábil en el arte de la intriga y en tejer su propia leyenda como Mao, y, además, ejerció de líder planetario, síndrome que raras veces ataca a los caciques de naciones pequeñas.

Sin embargo, a pesar de que durante medio siglo dispuso a su albedrío del presupuesto de la nación y de las ayudas internacionales, cuantiosas durante la mitad de su reinado, más que como un constructor, Fidel Castro se comportó como una brigada de demoliciones encargada de derribar las ciudades, especialmente La Habana, con la perseverancia de un Pol Pot en tempo de bolero.

Ni siquiera, como sus amigos Saddam o Gadaffi, Fidel Castro levantó sus propios palacios. Prefirió ocupar y remodelar las mansiones abandonadas por la burguesía en fuga. Es cierto que se han edificado insultos urbanísticos, al estilo de Alamar, en casi todas las provincias, y que muchos podrían defender con sobradas razones su carácter emblemático, pero yo soy más piadoso y prefiero pasarlos por alto. Por otra parte, la restauración selectiva de La Habana Vieja es apenas la (presunta) recuperación de una memoria arquitectónica colonial, no solo ajena, sino en franco contraste con la (presunta) ideología revolucionaria. Los Chevrolets y Cadillacs de los 50 que ruedan por esas calles redondean una escenografía al servicio de los turistas, quienes se sumergen en un espacio virtual donde la Revolución no ha llegado ni, invocando a Carlos Puebla, el “Comandante mandó a parar” y donde, por tanto, no “se acabó la diversión”. El espejismo no prueba la existencia del oasis. Ningún turista, desde luego, aceptaría un tour por los centrales azucareros desmantelados, por las escuelas en el campo abandonadas, como barcos clónicos encallados en los naranjales, o la visita a los restos fósiles de la central atómica de Juraguá, que nunca procesó (para nuestro alivio) un gramo de uranio. La Revolución que en su día vendió sobre planos la arquitectura del porvenir, ofrece ahora al contado un pasado de diseño.

Durante medio siglo, Fidel Castro dilapidó enormes sumas en costear una agenda política de gran potencia —promover la insurgencia, comprar conciencias y perpetrar invasiones en tres continentes. Lo que quedaba, se destinó a una industrialización dependiente y obsoleta de nacimiento, y a desarbolar el país para convertirlo en un megalatifundio agrícola que, a pesar de las inversiones en maquinaria y productos químicos, nunca satisfizo la demanda. La universalización de la enseñanza, la atención médica y la hipertrofia militar son los grandes rubros del país. Pero el esmirriado cuerpo de la nación es incapaz de sostener una cabeza hidrocefálica y unos puños como mandarrias de cinco kilos. Mientras, las ciudades han involucionado hacia ruinas sin la grandeza del Coliseo romano. Pero la indigencia arquitectónica no se debe a la falta de medios. El líder cubano disponía de una contabilidad paralela que sufragaba sus caprichos: batallas de ideas, rescate de Elianes, campañas internacionales, e incluso, a fines de los 80, construir todo un polo científico con varios centros de investigación sin, como se dijo, “afectar el presupuesto nacional” —las arcas del Comandante se nutrían de la divina providencia.

¿Fue acaso voluntad de Fidel Castro, político narcisista, prendado de su propia imagen, legar a la posteridad un paisaje de ruinas? La respuesta, como los buenos cócteles, puede tener varios ingredientes.

El primero, su odio a una alta sociedad habanera que nunca lo aceptó como a un igual y que desapareció rumbo al Norte abandonando la ciudad a su merced. Y Fidel Castro no perdona. Ni a una ciudad a la que pretendió, incluso, arrebatar la capitalidad del país. Ni a un antiguo camarada que decidió abandonar el séquito de incondicionales —Huber Matos, Mario Chanes de Armas—; ni al que demuestre la incompetencia del líder —Arnaldo Ochoa, estratega que ganó la guerra de Angola desoyendo las instrucciones de Castro; el ministro del Azúcar Orlando Borrego, tras vaticinar en 1970 el fracaso de la Zafra de los Diez Millones—; ni al carismático que robe cámara y protagonismo a la prima donna —Camilo Cienfuegos, Ernesto Guevara—; ni a un jefe de Estado que no le conceda la jerarquía que él mismo se atribuye —Eisenhower, Kruschov—; ni siquiera a un médico, un escritor o un deportista que “deserte” del cuartelillo nacional. No es raro que no perdonara a una Habana pecadora y frívola, pero donde los combatientes clandestinos, y no los guerrilleros de la Sierra, donaron la mayor cuota de mártires.

El segundo ingrediente es su condición de no-estadista. Hitler soñaba con mil años de Tercer Reich, aun sin su presencia, y Albert Speer diseñó la capital del imperio. Fidel Castro desmanteló el Estado republicano y, como nunca estuvo dispuesto a someter su poder personal al imperio de instituciones que lo limitarían, se resistió a crear una estructura institucional, ni siquiera para que perpetúe su régimen. Fue, eso sí, un político atento a la conservación del poder absoluto a costa de la felicidad y el bienestar de los cubanos; a costa de abolir y luego trucar la democracia. Optó por el voluntarismo y la improvisación como leyes supremas de la república, con periódicos cambios de rumbo: obras a medias, proyectos inconclusos, imposible planificación a largo plazo, recursos al servicio de la política o de la “iluminación” de turno. Disfrutó del poder más absoluto hoy, ahora, y si no edificó el porvenir fue porque siempre lo supo un territorio ingobernable.

El último componente del cóctel es la inflación de su ego. Desde muy temprano, Cuba no fue su objetivo, sino su plataforma de despegue internacional. La tribuna desde donde proyectar sus ambiciones, primero, continentales, y luego, universales. Cuba fue, también, su alcancía —fondos propios o depositados por los “países hermanos”, desde la Unión Soviética hasta Venezuela— para costear su agenda de gran potencia: un servicio de inteligencia y de relaciones internacionales hipertrofiados; la adquisición de intelectuales, sindicalistas, políticos e incluso gobiernos dóciles; la promoción de la insurgencia; la implementación de campañas internacionales, y, llegado el caso, las invasiones —armadas y desarmadas— para crear o consolidar zonas de influencia.

El Comandante no ha legado un zigurat ni una pirámide, ni un museo monumental o una torre emblemática, ni la configuración institucional de un país, ni un ideario o un Manual de Instrucciones para los fidelistas del porvenir —no hay Libro Rojo, ni Idea Juche, ni ¿Qué hacer? leninista, ni Mein Kampf—. Su programático alegato de 1953, La historia me absolverá, ya no se reedita, y sus infinitos discursos, acompasados a los vaivenes de la coyuntura política, se han convertido en arte efímero, y algunos están clasificados como lectura restringida, herética, en la hemeroteca nacional. Si acaso, aunque menguante en su vigencia, la única obra publicada por Fidel Castro que se ha perpetuado hasta nuestros días es nuestra cartilla de racionamiento, la Libreta de Abastecimientos, el documento más emblemático de este medio siglo.

Google arroja 23.400.000 entradas para “Fidel Castro”; cinco veces más que las de “Gorbachev” (4.810.000) y veinticinco veces más que las de “Mao Zedong” (641.000). Aunque todavía es superado con creces por los 36.000.000 de entradas de “Stalin”.

Fidel Castro comenzó a edificar el monumento a sí mismo en la mente de los cubanos pero, en la medida que se fueron desencantando —hasta el punto de aguardar su muerte como quien espera a que escampe la Historia, venga la inclemencia que venga—, exportó la obra a la mente de una extensa y difuminada red de fans que rentabilizaba su discurso reivindicativo sin padecer su práctica totalitaria. Construyó un poder que rebasaba con mucho los límites de la Isla, y una imagen, una mitología, cuidadas hasta el detalle. Ese ha sido, con diferencia, el mayor éxito de su mandato. Arquitecto de su propio ego, Fidel Castro es la única obra perdurable de Fidel Castro.





Tasaciones

4 12 2013

Madre, yo al oro me humillo,

Él es mi amante y mi amado,

Pues de puro enamorado

Anda continuo amarillo.

Francisco de Quevedo y Villegas

Me escribe un amigo de Cuba que cuenta con un par de titulaciones, está profesionalmente bien situado y recibe a fin de mes su estipendio en pesos devaluados. Se queja de “las diferencias sociales marcadas por Don Dinero” y de cómo el talento, la calificación y las titulaciones (que según él determinaban la estratificación en el pasado) han devenido hoy factores secundarios en el hit parade  de la tasación social.  Un semianalfabeto con una ponchera o una paladar exitosa mira por encima del hombro al infeliz neurocirujano cuyas destrezas y saberes tasa el Estado a la baja.

Se queja mi amigo de que “Todo depende de lo que tengas. Tanto tienes, tanto vales. Algo muy jodido en una sociedad como ésta, que se construyó sobre otros valores”. Y concluye que esa es la razón fundamental de que “todos los jóvenes quieran emigrar, no importa para dónde. El problema es que no ven futuro y eso es difícil de aceptar”. Y al final de su carta aventura la hipótesis de que a mi llegada a España, 20 años atrás, debí chocar horrorizado con esta estratificación patrocinada por el dinero.

Mi amigo insiste en creer que, en sus días de gloria, el sistema estuvo dictado por el altruismo, la ponderación de los valores estoicos que sugería el libro de estilo ideológico y la postergación de las recompensas materiales, diferidas hacia un futuro tan incierto como el paraíso dibujado por los sermones de un párroco medieval. Y que eso era un ecosistema feliz. Francamente, yo no sé si él añora ese momento idílico del pasado (que escapó de incógnito por alguna esquina de mi adolescencia, porque no lo recuerdo), o si añora su propia juventud, cuando tener 20 años era un tesoro que suplía todas las carencias.

En realidad, había dos libros de estilo. En el primero, para uso exclusivo del Comité de Redacción, se daban por aprendidos los valores estoicos –quienes arriesgaron su única vida por el bien de la patria, deberán gozar sin limitaciones la segunda parte– y podía pasarse a la repartición del botín incautado al enemigo en fuga: autos de último modelo, yates de recreo, casas en Miramar, Varadero, cotos privados de caza. Pero Miramar es finito, de modo que el resto de la plantilla deberá atenerse al libro de estilo apto para todos los públicos, y conformarse con su foto en el mural como vanguardia de la empresa.

En 1973, cuando yo ingresé al tercer año de la carrera en la Universidad de Oriente, todavía coleteaba un suceso que había conmocionado el curso anterior a toda la universidad. Dos estudiantes, amigos por entonces del hijo del comandante Guillermo García, máxima autoridad en Santiago de Cuba, solían visitar la casa de su amigo para estudiar juntos. En una asamblea denunciaron que mientras el pueblo santiaguero pasaba hambre y las guaguas aparecían con menos asiduidad que los ovnis, en esa casa se vivía en un microclima de lujo. Se armó tal trifulca, que Fidel Castro insistió en reunirse con ellos en asamblea abierta y concluyó allí que el único error de Guillermo García fue permitir que entraran en su casa aquellos dos malagradecidos. Una lección magistral de sabiduría política, “porque hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas, y de proclamarse en lo que son, levantarían dificultades demasiado recias”, como dijo en su día Martí a Mercado.

De modo que cuando llegué a España no sufrí un shock ante un país donde había una diferencia de clases dictada por el dinero. Había ricos y pobres, efectivamente, pero también una extensa clase media integrada por profesionales, obreros altamente calificados, funcionarios de la administración pública. Sin yate ni jet particular, son dueños de su casa, desayunan, almuerzan y comen (dieta mediterránea), sus hijos estudian en las universidades, se operan en buenos hospitales, se jubilan y disfrutan un mes de vacaciones pagadas al año.

Las nuevas reglas del juego decían que si me esforzaba, si encontraba un trabajo, si era laborioso e inteligente, podría alcanzar esas mismas metas. Era más de lo que me ofrecía la sociedad anterior donde, efectivamente, las diferencias entre ricos y pobres estaban mucho más enmascaradas de puertas adentro, bien fuera la puerta de caoba de una mansión del Laguito o la de bagazo en un tugurio de La Habana Vieja; pero donde yo podía ser el más inteligente de la clase, el más estudioso y el más laborioso, y de todos modos no conseguiría nada a menos que fuera “confiable”. Algunos traían ya la confiabilidad en el ADN, al ser hijos de, hermanos de, nietos de. Cuando entrevisté a los estudiantes del Instituto de Relaciones Internacionales, el 98% eran confiables por defecto: una antología de ADN Revolucionario. Otros se ganaban esa confiabilidad mediante declaraciones de fe o, en el mejor de los casos, prudentes silencios.

Quienes no nos atuvimos a esa regla de oro de la acumulación originaria del capital político, sabíamos que no pasaríamos de clase media sospechosa, sujeta a continuas revisiones, cuando no expulsiones y vetos para ascender en el escalafón. España exigía sudor y neuronas, no declaraciones. De modo que no, amigo mío, no fue tan traumático.

Las diferencias sociales marcadas por Don Dinero han existido siempre y me temo que seguirán existiendo. Sin pretender el monopolio de la verdad, creo que son deseables si incentivan la productividad, la creatividad, la innovación, el talento, el espíritu emprendedor, la excelencia, y con ello el crecimiento económico del país y la riqueza colectiva. Son perversas cuando se juega con las reglas trucadas y no se premia a los que más aportan, sino a los más astutos, fulleros o inescrupulosos, capaces de usufructuar en beneficio propio el trabajo ajeno sin aportar valores añadidos.

Una de las grandes diferencias entre el capitalismo de primer mundo y el de tercero, es que en el primero hay una extensa clase media con poder adquisitivo, derechos y deberes, que no sólo constituye una importante sociedad civil sino también un motor económico. En el modelo tercermundista, una microscópica élite suele ser propietaria del país, mientras la gran mayoría malvive en la miseria. Esta última es una sociedad en equilibrio inestable, cuando no a punto del estallido. Un modelo que, desgraciadamente, dada la connivencia entre los poderes políticos y el capital financiero, se está extendiendo al primer mundo. En las grandes empresas financieras de Wall Street, las retribuciones de algunos ejecutivos pueden multiplicar por 500 el menor salario de la empresa. Y eso en un sector cuyo único producto no son automóviles ni viandas sino espejismos. De modo que quienes producen bienes, innovan y reconfiguran este mundo, suelen ser peor retribuidos que quienes revenden, no ya las cosas, sino la imagen de las cosas. Los comerciantes de humo.

Si el dueño de un chiringuito decide ponerse un salario de diez mil euros, es su dinero y quebrará en breve. Por eso seguramente no lo hará. Cuando los gerentes de las compañías, meros empleados contratados por  el Consejo de Administración en nombre de la junta de accionistas, se atribuyen a sí mismos bonus, indemnizaciones millonarias y salarios de escándalo, poco les importa el destino de la compañía que deben guiar. Siguen el modelo del cargo público cuya primera tarea es ordeñar la teta del Estado hasta que se seque, del alcalde recién electo cuya primera medida es duplicarse el sueldo, o del banquero que cobra copiosa indemnización por llevar una institución pública a la quiebra.

Por eso Occidente está llegando, con esta crisis, a un momento de inminente cambio: el ciudadano está cansado de elegir políticos que después no se consideran servidores públicos, sino de sí mismos o, en todo caso, del capital financiero y los grupos de presión a quienes nadie ha elegido. A pesar de la campaña alarmista de la patronal Economiesuisse y de los partidos de derechas, en marzo pasado, el 68% de los suizos aprobó en referendo limitar los salarios excesivos, los «paracaídas dorados» y las indemnizaciones de los directivos de las grandes empresas. Aunque el 24 de noviembre el 65% de los suizos votó contra la iniciativa 12:1 para limitar a 12 veces el menor salario la retribución de los ejecutivos, ideas similares están floreciendo por todas partes: el movimiento 15M, la Tasa Tobin, la eficaz persecución del billón de euros anuales de fraude fiscal en la UE y, lo más difícil, el cierre de los paraísos fiscales que, según Tax Justice Network, no están encabezados por las Islas Caimán o las Bahamas, sino por  Delaware, el pequeño estado norteamericano donde tienen su sede la mitad de las compañías que cotizan en Wall Street. Y en segundo lugar, Luxemburgo, Suiza y la City de Londres.

Hace poco, en la Universidad Complutense de Madrid, un estudiante latinoamericano me preguntó si yo creía que el capitalismo tal y como lo conocemos es la solución para la humanidad. Espero que no, le respondí, sino una etapa de tránsito hacia un sistema mejor, más libre, solidario y participativo, y que premiará a los más aptos, no a los más pillos. No se trata de derogar la democracia imperfecta para establecer una dictadura perfecta llena de buenas intenciones y que al final ya sabemos cómo acaba, sino de implementar los mecanismos para una democracia efectiva, un verdadero gobierno de la mayoría, donde los políticos no pasen de ser empleados, servidores públicos que deben rendir cuentas a la junta de accionistas: los electores. Con Internet y las redes sociales, disponemos de las herramientas para crear redes de gobierno participativo, continuo, que no se limite a unas elecciones cada cuatro años.

Pero Cuba ni siquiera ha alcanzado ese conflicto. Su mayor problema hoy no es que haya diferencias importantes de ingresos, sino, de nuevo, los factores que determinan esa desigualdad. Si ayer la confiabilidad política determinaba que te tocara una mansión de Miramar o un apartamento en Alamar (el factor común es el mar, pero no es lo mismo “mira” que “ala”), ahora la diferencia está en que tú seas un pobre neurocirujano o un flamante analfabeto dueño de una paladar. El gobierno prohíbe a los profesionales ejercer sus oficios por cuenta propia porque sabe que en la nueva sociedad del conocimiento sólo el talento es un valor añadido seguro. El resto lo fabrican los chinos a bajo costo. De modo que si se repite en la isla la historia soviética o la piñata sandinista, si el general X, administrador de la empresa Cubaguanex, despierta una mañana como dueño, dispondrá de 500 ingenieros para ofrecer a sus presuntos clientes filete intelectual a precio de ternilla. Si ahora se permitiera a esos ingenieros trabajar por su cuenta, estos podrían hacerle la competencia desleal al desvalido e indefenso Estado cubano. Así, la lista de los oficios permitidos parece un edicto de algún Capitán General del siglo XIX: forrador de botones, hojalatero, arriero, reparador de colchones, aguador, cantero. Por eso el más interesado en emigrar no es el albañil, sino el doctor.

Den Xiaoping dijo hace muchos años, parafraseando a Winston Churchill, que el socialismo es el camino más largo entre el capitalismo y el capitalismo. El peligro de esta política de redistribución de la riqueza es que mientras se recorre ese camino (muy lentamente; dada su juventud nuestros generales no tienen apuro) y llega el momento en que no les quede más remedio que liberalizar el trabajo de los profesionales, ya no haya demasiados en activo, porque el éxodo, sobre todo de profesionales jóvenes, es galopante. Si algo puede marcar la diferencia en el futuro de Cuba es el talento que se ha educado durante el último medio siglo y que ahora se desangra hacia geografías más promisorias, como apunta con razón mi amigo. Y me temo que seguirá teniendo razón, a menos que  los generales se preocupen un poco más por el destino de la infantería y menos por el puesto de mando. Lamentablemente, basta un repaso a la historia para comprender que los generales suelen prodigar a la tropa un afecto meramente estadístico.





Intrascendencia

4 12 2012

Exilio

es llegar a entender

que el día que tanto esperamos

no será más que una noticia

encapsulada entre dos comerciales

de Pepsi y Tylenol.

Jesús J. Barquet;Destinos”

 

Navegando por la red, me asaltó hace poco la última foto de un Fidel Castro rural, contra un fondo de arbustos (no descarto la moringa porque jamás la he visto). La camisita de cuadros –reminiscencia de las que un día vendieron en Flogar por la libreta de productos industriales— lo traviste de paisano, lejanas ya las glorias del sempiterno uniforme verde olivo. La imagen me recordó la escena final de Marlon Brando en El Padrino. Minutos antes de ser fulminado por un infarto, juega con su nieto en el huerto e intenta asustarlo con una dentadura improvisada de cáscaras de naranja. Pero Brando no metía tanto miedo como Castro.

La mano huesuda, de uñas afiladas, admonitoria. La boca entreabierta. El gesto amargo. Pero, sobre todo, la mirada de loco furioso al fondo de las cuencas hundidas de los ojos, como de calavera apenas revestida de piel, algo que acentúa la sombra proyectada por el ala del sombrero. Otra de las fotos es más lúgubre: el gesto contraído y la mano en la cintura, donde algún día llevó la pistola. (Supongo que ya no le permitan portar armas).

Castro se empeña en demostrar que está vivo y en activo, apelando al expediente de los secuestradores clásicos: sostiene el periódico del día. Pero se equivoca.

Gracias a que se extravió en las calles de Santiago de Cuba, la ciudad que habitó durante años, salió ileso del Moncada. Aficionado a las miras telescópicas, durante  la guerra no sufrió ni un rasguño. Fidel Castro sobrevivió a cientos de complots para asesinarlo. Vio aparecer y esfumarse a diez inquilinos de la Casa Blanca, a todos los líderes del campo socialista y sus homólogos asiáticos. Ya estaba en el poder cuando levantaron el Muro de Berlín y siguió en el poder cuando lo derribaron. Desde 1959 se ha vaticinado una y otra vez, con más deseos que datos, la caída de su régimen. Su muerte inminente ha sido anunciada una docena de veces, y muchos periódicos ya tienen preparada la cabecera y el artículo que publicarán ese día en primera.

Las botellas de champán, ron 25 años y vino gran reserva que muchos guardan a la espera de ese día, se han ido añejando en las bodegas. Confiemos que se conserven a la temperatura adecuada.

Desde su infancia, Fidel Castro soñó un mundo a la medida de sí mismo. Y como político, en buena medida, lo consiguió. Cientos de hombres murieron bajo sus órdenes en nombre del restablecimiento de la democracia que más tarde él demolería hasta los cimientos. Utilizó a los demócratas en la guerra y a los viejos comunistas en la paz. Y luego los desechó sin el menor escrúpulo. Ministros, consejeros, tecnócratas de corte soviético, generales que ganaron las guerras de las que él se jactaría, cowboys de la revolución y jóvenes promesas sufrieron la misma suerte cuando la preservación de su poder personal lo hizo recomendable. Como diría Monterroso, y el dinosaurio permanecía allí. Hasta que fue su propio cuerpo el que se declaró en rebeldía. El comandante no ha podido encarcelar a su cuerpo por ese desacato. Ni fusilarlo. Ni mandarlo al exilio. No le ha quedado más remedio que confinar a su cuerpo en el famoso plan pijama, destino de cientos de funcionarios cubanos a lo largo de medio siglo.

Si la ambición del comandante se redujese a conservar el poder hasta que la muerte nos separe, como un alcalde de San Nicolás del Peladero, el balance de su vida habría sido un éxito. Pero él siempre aspiró a más. Quiso ser un estadista memorable, un líder de talla mundial, una figura histórica, perdurar en la posteridad.

Lamentablemente (para él) y por suerte (para la humanidad), el destino lo dotó  con una isla minúscula y unos pocos millones de súbditos. Su carta a Kruschov durante la Crisis de los Misiles (o de Octubre, o de los Misiles de Octubre), donde lo instaba a dar el primer golpe, es pavorosa. El mundo nos debería estar agradecido por cargar con él a solas. Ya entonces, Nikita Kruschov aclaró a Fidel que en las grandes ligas de la política mundial, un pequeño zar del Caribe no pasaba de cargabates, cosa que Castro jamás le perdonará.

Su hegemonía en la insurgencia continental se diluyó a la misma velocidad que las guerrillas y la aventura africana es apenas un capítulo exótico (salvo para quienes dejaron allí a sus muertos) en la historia del continente negro.

Su fugaz liderazgo en el Movimiento de los No Alineados no pasó a mayores. Castro estaba demasiado alineado para el gusto de la concurrencia, y su alegría por la invasión soviética a Afganistán no tuvo quórum.

Si fue su propósito establecer un nuevo paradigma, el fracaso ha sido rotundo. Los estadistas suelen comportarse como arquitectos, no como brigadas de demolición. Basta mirar el lamentable estado de la Isla para alejarse de semejante fórmula. Incluso el llamado “Socialismo del siglo XXI” dista mucho del modelo impuesto por Castro a los cubanos. Chávez ha aprovechado, eso sí, las recetas populistas/represivas de su mentor cubano, pero eso no es un sistema de gobierno, sino un código mafioso, un régimen de prisiones. Lo que no ha conseguido el venezolano es la proyección escénica de su mentor. Hay quienes nacen para interpretar a Shakespeare y otros no rebasan el teatro bufo. Por eso resulta curioso que un político tan sagaz como Castro, que ha cultivado su imagen al detalle, no haya tenido la prudencia de morirse a tiempo, antes interpretar la caricatura de sí mismo.

El presunto estadista que iba a convertir a Cuba en un modelo para el mundo entero, un país que en diez o quince años sobrepasaría en PIB per cápita a Estados Unidos –en la Biblioteca Nacional, los diarios donde constan sus desatinos de entonces no son accesibles salvo permisos especiales– arruinó en dos lustros una economía solvente y la remató a golpes de inspiradas campañas dignas del realismo mágico. Quizás eso explique su amistad con Gabriel García Márquez. Éste se limitó a escribir la saga de Macondo. Castro patentó el socialismo macondiano.

¿Será una figura histórica? ¿Ocupará un escaño en el parlamento de la posteridad? Desde luego, para los cubanos será para siempre una cicatriz de medio siglo. Un queloide en la historia de Cuba. En cuanto a la posteridad, Fidel Castro no lega una filosofía, como Karl Marx; ni una teoría memorable, como Einstein; ni es el padre de una nación, como Washington, sino el padrastro maltratador que se ha ensañado con la pobre Patria y con sus hijos. Su modelo de Estado, estructuralmente ineficiente y subvencionado, duró lo mismo que las subvenciones. (En nombre de la independencia nacional, consiguió que Cuba fuera más dependiente que nunca antes en su historia). Y ese modelo ya ha mutado hacia un protocapitalismo indeciso que sólo aspira a preservar los privilegios de la dinastía militar.

El ideario de Fidel Castro está emborronado en miles de discursos repetitivos y contradictorios: demócrata, comunista, prosoviético, antisoviético y prosoviético again, internacionalista, nacionalista, leninista y martiano, pacifista mientras fraguaba invasiones y guerrillas; predicador de la virtud mientras la Isla se convertía en confortable escala de la cocaína. En nombre de la autodeterminación y contra un pensamiento único global, invoca el derecho a la diferencia de sátrapas sirios, libios, serbios o coreanos.  En nombre de su autodeterminación, se erige a domicilio en sumo sacerdote del pensamiento único.

Sólo tres constantes en medio siglo: su avaricia del poder absoluto, su aversión a la libertad y el bienestar de los cubanos, y su odio a Estados Unidos, único enemigo a la medida de su arrogancia. Este último ha sido su mejor coartada para venderse de inocente David mientras ejercía en casa de Goliat abusón. Supongo que la avaricia y el odio sean insuficientes para conseguirle un escaño en la historia.

Siempre he creído en la sabiduría que subyace bajo muchos chistes populares. Uno que escuché hace veinte años narraba el regreso de Fidel Castro a la tierra tras medio siglo en el más allá. Caminando por una Habana reverdecida, constata con asombro que nadie lo reconoce y, peor aún, que nadie ha oído hablar de él. Acude entonces a la biblioteca y consulta la enciclopedia. Efectivamente, allí está:

Castro, Fidel: Dictador cubano que vivió durante la Era de los Van Van. (Ver Van Van).

Y la enciclopedia dedica diez páginas a los Van Van, con profusión de fotos y discografía.

Morirse a plazos y no al contado tiene efectos secundarios, daños colaterales. El que nos abrumaba sin compasión con discursos de ocho horas por el placer de escucharse a sí mismo, balbucea incoherencias ahora cuando le conceden unos minutos de cámara. Al dueño de la palabra le han escamoteado el espacio para sus reflexiones desde que atacó a Deng Xiaoping, arquitecto del neocapitalismo chino. Desde entonces, apenas le han permitido algunos twitts incoherentes sobre el yoga y la moringa. Y sufre en vida la suerte de Mao: Raúl Castro implementa en su nombre las políticas que él siempre aborreció.

El que ha sido durante años el acontecimiento más esperado por el exilio, es ya una noticia intrascendente, “una noticia / encapsulada entre dos comerciales / de Pepsi y Tylenol”, como reza el poema de Jesús J. Barquet. Una noticia que tendrá más resonancias paleontológicas que políticas, como cuando nos informan que ha desaparecido el último ejemplar de cierta especie rara, un fósil viviente al que creíamos extinto desde hace mucho tiempo. Aunque enarbole el periódico del día para demostrar su existencia, aunque no se haya hecho pública la noticia, ni hayan exhibido el féretro en la Plaza de la Revolución, el Comandante está en un error. Ha muerto lentamente de intrascendencia. Dado el pésimo estado de los servicios públicos, han olvidado retirar su cadáver.

 

“Intrascendencia”; en: Cubaencuentro, Madrid, 04/12/2012. http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/intrascendencia-281972





La otredad peligrosa

1 12 2012

La historia humana es la historia de la pluralidad. Desde que el homo sapiens apareció en África, su migración a todo el planeta conformó etnias, lenguas, culturas, religiones, y con ello apareció la otredad. El otro no siempre era el buen vecino del valle contiguo con quien se intercambiaba sal por orégano. Era, con frecuencia, el clan rival al que se disputaban territorios de caza, la raza inferior que debía ser exterminada a favor de la raza elegida, o el enemigo ideológico que encarnaba el mal absoluto.

La pluralidad ha convivido durante milenios con dos fuerzas antitéticas: el respeto y la convivencia Vs. la intolerancia. La cultura occidental es, posiblemente, el mejor ejemplo de respeto y convivencia: se ha nutrido de las más diversas fuentes continuamente trasvasadas entre filósofos, científicos, escritores y artistas, hasta el punto de que una novela de Philip Roth o de Carpentier serían impensables sin el precedente del pensamiento griego, la oratoria romana, el Talmud o la mitología yoruba. La intolerancia, frecuente disfraz de intereses espurios, ha aportado, por su parte, cientos de millones de muertos, pogromos, esclavitud y ostracismo de pueblos enteros, genocidios, éxodos masivos, aniquilación de culturas. Una y otra vez, los “virtuosos de la unanimidad” y los gobernantes incapaces o tiránicos (o ambos inclusive) han echado mano del “otro” como culpable de aquellos males que ellos eran incapaces de subsanar o, incluso, de los que su propio desgobierno provocaba. La raza y la religión han sido disfraces frecuentes de esa “otredad” interesada. No hay que remontarse a la historia antigua para descubrirlo. Basta leer el periódico.

Quien visitara a inicios del siglo XVI a los inuit de Groenlandia, las comunidades laponas o algunas islas intocadas del Pacífico, podría tener la engañosa sensación de que la humanidad era homogénea: su biotipo, sus dioses y costumbres. Ya por entonces Cuba era plural: los restos de la escasa población indígena, conquistadores andaluces y extremeños, los primeros esclavos africanos, aventureros de media Europa atraídos por la promesa de un mundo nuevo y fabuloso. De modo que entre los cubanos, incluso antes de ser propiamente cubanos, la pluralidad no era la excepción, sino la regla. A pesar de las barreras levantadas durante siglos a la mezcla entre razas, credos y costumbres, esa pluralidad ha producido uno de los paradigmas universales de mulatez. No sólo se combinaron los ADN. Se amulataron los dioses, las mitologías, las culturas hasta entonces encastilladas por la geografía.

De modo que hoy un cubano puede tener cualquier biotipo, rezar a cualquier dios (o a varios al unísono) y nutrirse de cualquier fuente cultural sin que le sea ajena. Espero no pecar de chovinista al afirmar que la llamada globalización no comenzó en Internet sino en el Caribe.

Por el contrario que otros pueblos confinados por la etnia, la religión excluyente o las murallas de la historia, los cubanos nos sabemos herederos del planeta. Ante lo ajeno desplegamos curiosidad, no nos blindamos en una cápsula de folklor. Si salimos al mundo, no solemos atrincherarnos en el gueto: asimilamos usos y costumbres sin perdernos de vista a nosotros mismos. Y si echamos la vista atrás, veremos que casi cuatro siglos de esclavitud y sociedad patriarcal férreamente estratificada no consiguieron abolir la convivencia.

A pesar de que fue la guerra de independencia más cruenta de América, en la nuestra se vio a españoles y criollos, blancos, chinos y negros, peleando por la misma libertad. Y a peninsulares y criollos bajo el pabellón español. No fue una guerra de etnias o banderas, sino de ideas. Por eso cuando el capitán general Ramón Blanco y Erenas propuso a Máximo Gómez unir fuerzas en nombre de la raza contra el invasor norteamericano, el generalísimo le respondió que no veía peligro en el apoyo norteamericano (propiciado por el Partido Revolucionario Cubano, a cambio de la Enmienda Teller, que garantizaba la independencia de la Isla). Se luchaba por la libertad, no por la raza. Fue la guerra sin odio preconizada por Martí, que no se ensañó en el vencido.

Aunque la discriminación de género, racial y económica perseveró en la República, en las grandes luchas de la nación contra las dictaduras y por los derechos del ciudadano hicieron causa común blancos y negros, hombres y mujeres. Cuando se sentaron a debatir el futuro, comunistas y socialdemócratas, liberales y conservadores, flexibilizaron sus programas ideológicos hasta acordar una de las constituciones más avanzadas y progresistas de su tiempo: la de 1940.

Se ha hablado mucho, y con razón, de los males de aquella república viciada por el abuso y la corrupción, pero en ella la pluralidad también tuvo su asiento. La población universitaria de mujeres, por ejemplo, era, proporcionalmente, la mayor de América. Y pocos países del continente fueron tan permisivos como Cuba respecto a la orientación sexual y religiosa de sus ciudadanos.

La revolución de 1959 fue, sin dudas, un acontecimiento crucial de nuestra historia, aplaudido por la inmensa mayoría de los cubanos que, basándose en el programa socialdemócrata de La historia me absolverá, avizoraron una república honrada, justa, redistributiva, “con todos y para el bien de todos”. Lamentablemente, desde Robespierre a la fecha, toda revolución que emprende una drástica transformación sistémica suele sentirse investida de la certeza absoluta y, desde esa verdad revelada, pone en práctica la unanimidad por decreto. Ello explica que, junto a grandes avances sociales a favor de los más humildes, incorporación de la mujer y socialización del saber y la cultura, se practicara un pogromo sistemático contra la otredad: religiosa, ideológica, de orientación sexual. En las tristemente célebres UMAP se confinaron por igual a creyentes en dioses ajenos a una sociedad atea, y a creyentes en una sexualidad ajena a una sociedad machista-leninista. Para quienes disintieran en el orden político o ideológico se destinaron los espacios extremos: muy adentro o muy afuera: la cárcel o el exilio. Se acuñó el término “gusano” para denominar a quien no creyera en el nuevo paradigma y la bancada de la oposición se confinó en la distancia. La otredad no tenía cabida en la historia, sólo en la geografía. La intolerancia, entendida como “intransigencia revolucionaria” se elevó a la categoría de virtud.

Tras los años de hierro, se practicó una unanimidad por decreto de baja intensidad. Se disolvieron las UMAP, se toleró a regañadientes a los creyentes, la homofobia se practicó como motivo de exclusión para estudios superiores y altos cargos. No así la biodiversidad política, dado que ésta atañe directamente a la médula del poder. La expresión “baja intensidad” puede ser engañosa, como demostraron en 1980 los mítines de repudio donde gritaban “que se vaya la escoria” y se escarnecía a quienes cumplieran la consigna. Se abrieron las cárceles a los reos que aceptaran sumarse al éxodo, demostrando así la equivalencia entre otredad y delincuencia. Una masiva operación de higiene social purgaría la patria.

La filiación ideológica del gobierno se mantuvo incólume hasta la disolución del campo socialista. Entonces Das Kapital cedió su sitio en las estanterías a Este sol del mundo moral, de Cintio Vitier, una vindicación del  nacionalismo criollo, martiano y decimonónico. Se permitió a los creyentes el bilingüismo: ya podían creer al unísono en ambos judíos: Jesucristo y Karl Marx. Mariela Castro ha promovido la tolerancia (espantosa palabra con aroma de perdonavidas) de la diferencia sexual, aunque la otredad política se mantiene como delito de Estado y es punible: hasta un cuarto de siglo, como se demostró en la primavera de 2004.

La pluralidad no es en Cuba historia antigua, sino un hecho que ha sobrevivido a todos los intentos de uniformizar a la ciudadanía, llegando a la pluralidad esquizofrénica del yo cuando alguien ostenta una personalidad para la asamblea y otra para la intimidad. Algo que no es exclusivo de los cubanos, desde luego, pero que entre nosotros ha adquirido la categoría de instinto.

Si repasamos la prensa nacional, encontraremos referencias a la pluralidad en gramática, a la pluralidad de enfoques en un evento científico, a la pluralidad estilística de los escritores, pero se mantiene el axioma de que la unanimidad ideológica es condición imprescindible para la unidad, y que sólo ella nos salvará del enemigo. Lo cual encierra una paradoja: si estamos condenados al pensamiento único para evitar la intromisión del enemigo, es éste, en la práctica, quien gobierna el más importante de nuestros asuntos internos: las libertades de que dispone (o no) el ciudadano de la Isla.

Resulta curioso que, contra la noción de un mundo unipolar, se defiende a nivel internacional una pluralidad que en la política doméstica se penaliza. Frente a la democracia occidental como paradigma globalizado, la política exterior cubana, en nombre de la autodeterminación, invoca el derecho a la diferencia de los gobiernos de Gadafi en Libia, de Bashar al-Assad en Siria o de Kim Jong-Un en Corea del Norte. ¿Por qué entonces, apelando a idéntico razonamiento, no se admite en casa la autodeterminación de los cubanos, su derecho a la pluralidad ideológica, siempre que ella no se ejerza desde la violencia?

Durante los últimos 60 años, los paradigmas de los gobernantes cubanos han mutado desde el programa socialdemócrata del Moncada a la ortodoxia de inspiración soviética y de ahí a un nacionalismo indeciso entre el monopolio de la propiedad estatal y la incipiente empresa privada. Del Estado paternalista a un tímido estímulo a la iniciativa personal. Del ateísmo programático y la inapelable ciudadanía heterosexual, a la admisión de sexualidades alternativas y religiones ajenas a las deidades del marxismo-leninismo. Se ha flexibilizado la relación del gobierno con la diáspora, aunque aún dista mucho de concederle los derechos ciudadanos que en cualquier otra latitud son inapelables.

Pero no basta que cada cubano pueda creer libremente en su sexualidad o sus dioses. Hace falta que cada cubano pueda creer libremente en sí mismo, en sus propias ideas, y que éstas no sean motivo de exclusión. Y no es una mera cuestión de derechos ciudadanos, por muy importantes que estos sean. Cuba se encuentra en un punto de inflexión. Tres decenios de ayuda soviética contribuyeron a paliar las carencias de la economía insular. Tres lustros de ayuda venezolana han salvado al país de sumergirse más en las calamidades del Período Especial. Hoy el gobierno sabe que estos paliativos pueden ser eventuales, y que sin el esfuerzo de toda la nación, el país no saldrá adelante en un mundo donde la eficiencia es la ideología primera. Sobre todo en un país cuyo mayor recurso natural es la capacidad y el talento de sus ciudadanos.

Tras medio siglo, las exhortaciones al sacrificio por abstracciones como la patria, la Revolución, el socialismo o el futuro han perdido densidad. Necesitamos que cada cubano trabaje por sí mismo y por los suyos, y sólo la suma de todos esos esfuerzos hará la prosperidad de la nación. Pero para eso cada ciudadano deberá no sólo creer en sí mismo, sino saber que sus ideas sobre el destino del país, sean cuales sean, tienen cabida en el corpus de una nación plural cuyo futuro nos pertenece a todos. Nadie tiene el monopolio del futuro. Ningún ideario dispone de un certificado de autenticidad que le permita derogar a los otros. El destino del país es la suma de millones de destinos individuales, cada uno de los cuales debe saberse representado. La patria no es un Estado o un gobierno, sino un destino compartido, porque, como decía Tucídides, la ciudad no son sus murallas sino sus habitantes, todos sus habitantes, sin exclusiones.

Si consultamos el Diccionario de la Real Academia, veremos que la intransigencia es sólo un sustantivo. No existe el verbo intransigir. Sí aparece, en cambio, el verbo transigir, definido como “consentir en parte con lo que no se cree justo, razonable o verdadero, a fin de acabar con una diferencia”, “ajustar algún punto dudoso o litigioso, conviniendo las partes voluntariamente en algún medio que componga y parta la diferencia de la disputa”. Cuba necesita abandonar la rigidez del sustantivo y asumir cuanto antes la flexibilidad del verbo.

 

“La otredad peligrosa”; en: Espacio Laical, nº 4, La Habana, 2012, pp. 78-80. http://espaciolaical.org/contens/32/7880.pdf





Un editorial ejemplar

2 08 2012

La edición del diario Granma correspondiente al 31 de julio de 2012 es inusual por varias razones. Primero, la mitad izquierda de la portada, la primera en orden de lectura, está ocupada por un editorial cuyo título, en grandes letras rojas, es “La verdad y la razón”, y ni siquiera alcanza el espacio, continúa en la 2, porque son 1.541 palabras, 10.000 caracteres, algo que sólo ocurre cuando el diario trata asuntos de primerísima importancia.

Y ahí viene la segunda singularidad: el editorial se refiere a un accidente de tráfico, uno más de las decenas de accidentes que ocurren a diario en la Isla, en algunos de los cuales mueren compatriotas. Si mi memoria no me engaña, nunca el Granma había dedicado su espacio estelar a un accidente de circulación, donde no ha muerto un alto funcionario, sino un tal Oswaldo Payá, que presidía el “minúsculo y contrarrevolucionario Movimiento Cristiano Liberación” y otro ciudadano cubano de cuyo nombre Granma no quiere ni acordarse.

Es cierto que el accidente de Camilo Cienfuegos ocupó varias portadas, pero no del diario Granma, que no existía, y tampoco, hasta donde se sabe, Camilo derrapó en las mal pavimentadas carreteras del cielo.

Colocado en la piel de un lector cubano, hay algo que me sobresalta en el primer párrafo: “Desde el pasado 22 de julio, se han publicado más de 900 informaciones de prensa y 120 mil mensajes en las redes informáticas sobre el lamentable accidente de tránsito ocurrido esa tarde en que fallecieron dos ciudadanos cubanos y resultaron lesionados un español y un sueco”.

¿Novecientas informaciones de prensa? ¿120.000 mensajes? ¿Y de qué tratan? ¿A qué se refiere tal profusión online? Pero de inmediato yo, lector cubano sin Internet, recuerdo la invasión a Angola, a la que no se hizo referencia en la prensa en su momento, ni durante muchos meses, mientras el asunto circulaba en los periódicos noruegos, filipinos y paraguayos, seguramente muy implicados en el asunto; hasta que un buen día, como si todos los cubanos ya estuvieran al tanto, se habló de Angola como cosa sabida. Y esa es una cualidad de la prensa cubana que no he encontrado en el resto del planeta: atribuir la omnisciencia a sus lectores. Dar por sentado que se habrán enterado por la competencia de aquello que prefieren no mencionar.

Más adelante afirma el texto que “acusaron a Cuba de haber realizado un asesinato político”. ¿Y eso cuándo fue? ¿Qué dijeron?, se preguntará un lector cubano. Pero ahí queda la cita, no hay hipervínculo.

El editorial no es ejemplar sólo por esas razones. En sus 1.500 palabras reúne  el glosario completo de tópicos granmianos (no gramscianos, ojo): “la mafia anexionista de Miami”, “la infame insinuación”, “la historia inmaculada de una Revolución”,  “sin una sola ejecución extrajudicial, sin un desaparecido, un torturado, un secuestrado, un solo acto terrorista” (de los  nuestros), “el monopolio financiero-mediático” (de los  otros, of course)”, “los supuestos luchadores por la libertad”, “la censura y la manipulación” (de ellos), “la contrarrevolución (…) mercenaria”, “vulgares agentes”, “grupúsculos”, etc.

Dice también que los “calumniadores” pidieron «una investigación transparente». ¿A qué investigación se refiere?, vuelve a preguntarse el inocente lector. Y el diario aprovecha la ocasión para acusar a Estados Unidos y a sus “aliados europeos de la OTAN” de todos los pecados, excepto la crucifixión de Jesucristo.

Hay que reconocer al editorial un gesto piadoso cuando condena a quienes exaltan a los “supuestos ‘luchadores por la libertad» “sin respetar límites éticos ni la muerte de seres humanos, lamentable en cualquier circunstancia”. Aunque no queda muy claro por qué exaltarlos equivale a no “respetar límites éticos ni la muerte de seres humanos”.  Y, sin embargo, no lo es calificar a los finados como “mercenarios” y  “vulgares agentes”, que “traicionan a su Patria por unas monedas”, aunque, de paso, les sirva para dejar claro que “la patria” son ellos.

Comenta el editorial que en el sepelio de Payá, los asistentes  “armaron un macabro espectáculo para la prensa extranjera” y la policía no los detuvo, sino que los salvó de la ira popular para poco después, “generosamente”, soltarlos sin instruir cargos. (¿Acusados de macabro espectáculo para la prensa? Mi versión del código penal cubano debe ser obsoleta, porque ese delito no aparece).

Si el diario es extremadamente discreto con los fallecidos cubanos, y se abstiene de mencionar el Proyecto Varela, el premio Sajárov o las dos nominaciones para el Nobel de la paz, se extiende en desbarrar de los dos extranjeros, Ángel Carromero Barrios y Jens Aron Modig, “connotados anticubanos”, cercanos al Partido Popular en España y promotor del Tea Party en Suecia, respectivamente, que “entraron a nuestro territorio (…) con Visas de Turista, y disimuladamente, en violación de su estatus migratorio, se involucraron en actividades netamente políticas contra el orden constitucional”. Y a continuación nos cuenta la tremebunda conspiración internacional “organizada  desde Miami” que amenaza a los indefensos generales.  Le Carré palidece, sobre todo cuando hablan de “un teléfono celular programado con los números necesarios”, una operación de espionaje high tech que perpetra cualquier ama de casa.

Aunque hay operaciones más perversas: “programas (…) dirigidos a fabricar eventuales líderes de «oposición» (no se menciona el sistema operativo, pero debe ser Windows). Y “proporcionándoles acceso a Internet, a las redes sociales, computadoras”, es decir, armas de destrucción masiva. Y añade que en la Sección de Intereses de Estados Unidos en La Habana “se facilitan miles de horas de conexión ilegal a Internet”. ¿Ilegal? ¿No pagan la cuenta? ¿Internet pirata? “Y se imparten cientos de horas de cursos conspirativos”. ¿Explosivos, sabotaje, guerrilla urbana?

Menciona “el envío de más de 10 mil celulares para promover acciones contra el sistema político cubano”. ¿Celulares de cabeza nuclear, láser, de qué calibre?, se pregunta el inocente lector cubano. ¿O sólo permiten la transmisión de SMS disidentes?

Y todo eso “en contraste con la aplicación del bloqueo en el área de las telecomunicaciones”. De lo cual se deduce que la prensa cubana ha olvidado informar a los lectores que Barack Obama autorizó a las empresas proveedoras de Internet dar servicio a Cuba.

Denuncian también un servicio llamado WoS “que posibilita el acceso a sitios web con información sobre lo acontecido en el Medio Oriente”. Si eso es subversivo, se sobreentiende que la prensa oficial escamoteará las informaciones sobre el tema. Y más adelante explican que sus enemigos “sueñan con (…)  repetir lo ocurrido en Libia o Siria”. De modo que era eso. Ver a pueblos sojuzgados durante décadas librándose de sus tiranías no es un espectáculo edificante. Es triste, y lo digo sin ironía, que quienes en su día se postularon como libertarios tras derrocar una nefasta tiranía, quienes despotricaron contra los Trujillo, Somoza y Pinochet, se aterren ahora ante la caída del Trujillo libio, el Pinochet egipcio, o el Somoza sirio. Aunque no deja de ser un arranque de sinceridad que se identifiquen con Muamar el Gadafi y Bashar Al-Assad. Pero la sinceridad dura poco, porque más adelante se califican como “el gobierno que, libre y soberanamente, ha elegido” [el pueblo cubano], lo cual es una verdadera primicia.

Obsesionados por la película Todos los hombres del presidente y el caso Watergate, Granma repite hasta la saciedad la clave que ofreció Garganta profunda a Bob Woodward en la penumbra de un parking: “Siga la pista del dinero”. Y se refiere a la entrega de fondos a los disidentes, un pecado, a menos que se trate de los que donó Carlos Prío Socarrás a Fidel Castro, o los 96.000 millones que le aportó la URSS. Y regresan al tema en un largo párrafo dedicado a todas las instituciones extranjeras que reciben donaciones para promover la democracia en Cuba. Casi parece envidia. Se sabe que los generales no andan bien de fondos. Y se me ocurre que podrían aplicar. Méritos lo les faltan. En definitiva, los peores enemigos de aquello que un día se llamó Revolución, son ellos.

Decía que se trata de un editorial ejemplar, que debería estudiarse en la Facultad de Periodismo de La Habana, porque en él aparecen todos los procedimientos del libro de estilo de Granma: engaños, omisiones, tópicos, subterfugios, medias verdades, confesiones involuntarias, párrafos prefabricados para lectores cautivos.

Si el texto se proponía refutar la tesis del asesinato político o del asesinato político accidental, por muy ejemplar del granma’s style que sea, es un texto fallido. Intenta convencernos de que se trató de un mero accidente de tráfico, y en lugar de centrarse en ello y explicarlo con total transparencia, 1.252 de las 1.500 palabras son una diatriba política, 581 de ellas directamente contra los disidentes muertos y los extranjeros que los acompañaban. Sobre estos demuestran un exhaustivo conocimiento: pedigrí político, actividades, viajes anteriores, personalidades cercanas, e incluso el restaurante de Madrid donde se conocieron, información que no se obtiene sin un seguimiento. Y, al menos semánticamente, del seguimiento a la persecución no va tanto trecho. Para rematar, aparece Ángel Carromero Barrios en televisión pidiendo que no se de al accidente una lectura política, y a continuación hace un patético llamado para que lo saquen de allí lo antes posible. Demasiadas refutaciones para un mero accidente. Si fue eso lo que ocurrió, deberán despedir al buró de comunicación y a sus asesores de imagen.

 

“Un editorial ejemplar”; en: Cubaencuentro, Madrid, 02/08/2012. http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/un-editorial-ejemplar-278952





Desparasitar las remesas

31 07 2012

El pasado 18 de junio se restableció el pago de aranceles en aduana a los alimentos que entren a la Isla los portadores de un pasaporte cubano. Diez pesos por kilogramo si eres residente en el país o diez CUC si habitas del Malecón pa fuera.

Ahora nos notifican de las nuevas tasas aduaneras para viajeros y envíos de paquetes que pesarán a partir de septiembre sobre artículos sin carácter comercial, destinados a personas naturales. La resolución 122/2012 estipula el precio, según su peso, de los productos que clasifican como miscelánea (ropa, calzado y similares), cuyos envíos se realicen a la Isla por vía aérea, marítima, postal y de mensajería. Quedarán exentos los envíos hasta 3 kilogramos y productos hasta 50 pesos y 99 centavos. A partir de dicha cifra y hasta un valor de mil pesos, los viajeros deberán abonar una tarifa progresiva. De 51,00 pesos hasta 500,99 se aplicará una tarifa del 100%. De 501 pesos hasta 1.000, el 200%.

Es decir, si le envío a mi madre un kilogramo de leche en polvo que cuesta en un supermercado madrileño 7,10 euros, 8,71 USD, y lo incluyo en una caja de 12 kilogramos, el kilo de leche en polvo costará 26,13 CUC, con lo cual podría comprar 21 litros de leche enriquecida con calcio.

Un pasaporte cubano cuesta 180 euros (contra los 17 que cuesta un pasaporte español) y cada dos años hay que abonar otros 90. Es decir, un pasaporte por seis años cuesta 360 euros. Sesenta euros anuales por un documento que, si tienes otra ciudadanía, sólo sirve para viajar a Cuba. Mientras, el pasaporte español, que dura diez años, cuesta 1,70 euros anuales. Y en Estados Unidos el pasaporte cubano cuesta 375 dólares más la prórroga, 180 dólares cada dos años. Ciento veintidós dólares y cincuenta centavos anuales si quieres viajar a Cuba. Eso sin contar los 45 euros (o 60 dólares) mensuales por el alquiler de nuestra madre residente en Cuba para que nos visite.

Un cubano que envíe cien dólares mensuales a su familia en la Isla, mantenga vigente su pasaporte, viaje una vez al año a ver a sus familiares (dejará en la Isla no menos de 1.000 dólares), y envíe un paquete al año valorado en 800 USD, por el que le cobrarán 1.600 USD de aranceles, entrega graciosamente al clan de los generales 3.722,20 dólares al año, sin que ellos tengan que mover no un dedo, ni una pestaña en hacer más eficiente la economía insular. Considerando que con los 1.200 dólares anuales su familia adquiera productos que en el mercado mundial tienen un valor de 400 USD, serían 3.322,50 dólares de regalo al gobierno cubano.

Gracias a esas aportaciones, Cuba tiene representantes diplomáticos en sitios tan peregrinos como Antigua y Barbuda, Albania, Azerbaizán o Timor del Este, que sufragamos los expatriados con nuestro “impuesto revolucionario”.

Comprendo que esos consulados fungen como jubilación de agentes descontinuados, plan vacacional de funcionarios menores y sobrinos segundos de ministros, e incubadoras de redes avispas y otros accidentes entomológicos. Pero si algo he aprendido en 18 años out of borders es que cada cual se paga sus propias vacaciones. O se queda en su casa leyendo el best seller del verano.

Emilio Morales acaba de publicar en Café fuerte que “las remesas enviadas a Cuba desde el extranjero durante 2011 alcanzaron la astronómica cifra de 2.294 millones de dólares, un crecimiento estimado del 19% en comparación con el año anterior”, según un estudio independiente de The Havana Consulting Group (THCG). Y el factor decisivo de este incremento ha sido “el incremento de los viajes a la isla. En el 2011 viajaron a Cuba más de medio millón de cubanos que viven en el exterior, principalmente en los Estados Unidos”, y la reducción del costo de los envíos de remesas. Además, con la apertura a la pequeña empresa privada, “un reciente sondeo exploratorio en una muestra de 250 cubanos residentes en Estados Unidos –realizado por THCG– constató que de cada 14 entrevistados 11 estaban ayudando de una manera u otra a invertir a sus familiares en la isla”.

A ello se añade que “durante la última década emigraron unos 45.000 cubanos como promedio anual, cifra que ha mantenido una tendencia estable”. Una emigración con lazos familiares recientes y arraigados.

Si esas cifras son correctas, el exilio envía a la Isla más de 191 millones de dólares mensuales, lo cual supera los 1.738,1 millones anuales de ingresos brutos por el turismo,  144,8 millones de dólares  mensuales.

A pesar del peso específico que tiene el exilio en la economía de la Isla, pagamos obedientemente las tasas consulares, el alquiler de nuestra madre para traerla de visita, el impuesto de 10 CUC por entrar a Cuba cada kilogramo de leche en polvo; el 200% de impuesto por el vestido y los zapatos pera que tu hija celebre su boda, el arancel sobre los medicamentos de tu padre enfermo.

Si alguna cualidad de la cultura occidental ha quedado firmemente implantada en la idiosincrasia cubana es el individualismo. Blasonamos de cubanía, nos reunimos para la bachata, compartimos cervezas frías y puerco asado en Laponia, pero no somos excesivamente gregarios. Cada uno lleva su Cuba a cuestas y piensa que es la auténtica. Poner de acuerdo a cinco cubanos sobre un asunto o estrategia es tarea ardua. Los generales lo saben. Y lo aprovechan.

Cada cubano antepone a cualquier otra consideración su madre enferma, su padre sin recursos, su hermano que quiere poner una ponchera, su hija que necesita el vestido para los quince, y eso lo honra. Obviamente, cualquier medida de presión afectaría a los nuestros en primera instancia. Sólo en primera instancia. De derogarse las tasas consulares excesivas y las penalizaciones aduanales, cada remitente de remesas ahorraría no menos de 1.700 dólares anuales, 141,67 al mes para reforzar el envío a la abuelita enferma.

Me pregunto, ¿qué ocurriría si los cubanos suprimieran sus remesas un mes? Con que lo hiciera el 50%, el Estado parasitario perdería 72 millones de dólares. ¿Qué ocurriría si prorrogaran la abstención dos meses, tres, hasta que el Estado cubano, único país del planeta que penaliza a quienes lo sustentan, derogara los impuestos arancelarios? ¿Qué ocurriría si nos abstuviéramos de trámites consulares un mes, dos, tres, hasta que repatríen a sus segurosos de menor graduación jubilados en Albania, Azerbaizán o Timor del Este? ¿Resistirían el embite cuando empezaran a regresar a Marianao los segurosos de mayor graduación destinados a París, New York o Viena? ¿O ajustarían las tarifas a las que mundialmente imperan en los trámites consulares? Ante una huelga de dólares caídos, ¿terminarían por admitir la conversión de esas remesas en capital y el derecho a residir en la Isla si así lo deseas? ¿Terminarían por dispensarnos el mismo tratamiento que cualquier otro país a sus emigrantes? ¿No dice la página del MINREX que somos equiparables?

No se trataría de suprimir la ayuda a los nuestros, desde luego, sino de optimizarla. Desparasitar las remesas. Minimizar a un intermediario que grava el amor filial y se comporta como el propietario o el chulo de una población cautiva, condenada a la beneficencia si quiere sobrevivir.

Para que surta efecto tendría que ser una acción concertada con interlocutor y exigencias claras.  Actualizando a Antonio Maceo, demostrar que los derechos no se mendigan. Se conquistan con el filo de un billete. Además de su saludable efecto pedagógico sobre nuestros paisanos de la Isla.

Durante medio siglo, los cubanos se han visto desposeídos de sus derechos ciudadanos gracias a la acción conjunta de un tridente devastador: la persuasión, la esperanza y el miedo.

La esperanza de un futuro luminoso se ha desvanecido. El persuasivo en jefe ya ha alcanzado el estado ectoplasmático, es el fantasma de sí mismo, y se ha convertido en un twittero bobalicón que segrega filosofía de banqueta de bar en reflexiones de cincuenta palabras. El Comandante el Jefe parece estar bajo las órdenes del General Alzheimer.

Sólo queda el miedo, perfectamente justificado porque la capacidad represiva del gobierno se mantiene intacta. Pero, a diferencia  de décadas anteriores, el precio político de emplearla a gran escala, una vez evaporados sus dos complementos, podría ser altísimo. Razón por la que se limitan a una represión selectiva, profiláctica, para cercar a la disidencia con un cordón sanitario que evite la ampliación de sus bases.

Pero en la época de las revoluciones a través de las redes sociales y la telefonía móvil, de Anonymous y los indignados del 15M, poco podrían hacer frente a acciones ciudadanas conjuntas dirigidas a la recuperación de los derechos, al estilo de las que aquí boicotean a una red de gasolineras hasta que bajen los precios, para después boicotear a la siguiente. No se trata de “al combate corred bayameses”, una invitación inmoral desde la confortable seguridad del exilio, sino de que nuestros compatriotas sean conscientes de que disponen de muchísimos recursos al ser una inmensa mayoría conectada mediante 1,2 millones de teléfonos móviles. Y que sean conscientes, también, de que ningún derecho les será concedido graciosamente por un generalato instalado en la noción de que le asisten todos los derechos, y que su cesión sería siempre a costa de su patrimonio.

Ante acciones de esa naturaleza, no violentas pero multitudinarias, poco podrían hacer los generales. Retroceder hasta Corea del Norte no sería confortable. El horizonte de nuestros generales no se reduce a empacharse de coñac francés y jóvenes milicianas en sus búnkers. Ellos aspiran a ser millonarios de verdad, con cuenta en Suiza, chalé de veraneo en las Bahamas, hijos estudiando en Oxford y nietos en Yale. Y puede que lo consigan, siempre que no tensen demasiado la cuerda y relean a los clásicos de la República, como su homólogo, el General José Miguel Gómez, quien postuló la primera ley de la filosofía: “Tiburón se baña, pero salpica”.

Dejo la idea sin copyright por si a alguien le interesa. Pero me temo que los cubanos somos demasiado individualistas, cualidad acentuada por el exilio. Y difícilmente sindicalizables. Y que los jóvenes de la Isla, motor tradicional de todos los cambios, están más interesados (algo que, desde luego, no les reprocho) en trocar la Geografía que la Historia.

“Desparasitar las remesas”; en: Cubaencuentro, Madrid, 31/07/2012. http://www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/desparasitar-las-remesas-278878