Alzados on line

25 11 2011

Este libro va de micrófonos a cámaras, de sonidos subrepticios a imágenes acusadoras. De los micrófonos que dos agentes vienen a instalar en casa de Nicanor O’Donnell en el corto Monte Rouge, a los miembros de las brigadas de acción rápida que se cubren el rostro y huyen cuando los familiares de Orlando Zapata Tamayo les apuntan con las cámaras de sus teléfonos móviles.

El título de Antonio Jose Ponte, Villa Marista en plata (Editorial Colibrí, Madrid, 2010), juega con la obra de Carlos Garaicoa Las joyas de la Corona, expuesta en la Bienal de La Habana de 2009, donde se mostraban reproducciones en plata de ocho centros de detención y tortura en el mundo, entre ellos Villa Marista y la sede del Servicio de Inteligencia de Línea y A. El diccionario de la RAE recoge la acepción “en plata” como “brevemente, sin rodeos ni circunloquios, en sustancia, en resolución, en resumen”, lo que en cubano sería “de verdad”. Y aquí Villa Marista se nos muestra, más que la ideología y la política, como la osamenta del poder “de verdad” que ha conseguido sostener medio siglo de castrismo. Sin ese sustrato óseo se habría desmoronado hace mucho.

Los cruces de caminos entre arte, política y nuevas tecnologías es el recorrido que propone el autor, comenzando con la humorada de Monte Rouge, una suerte de disidencia light que mereció la reprobación oficial, hasta el punto de condenar a su autor a hacer votos públicos de fidelidad. Y se enseria con Garaicoa en una obra que equipara Villa Marista con la Stasi, la Escuela de Mecánica de la Armada y la Lubianka y que, sin embargo, contó con la aprobación de los curadores y sus “asesores”, y condenó a Nirma Acosta, en La Jiribilla, a malabarismos dialécticos para “demostrar” que la obra no era lo que decían las agencias extranjeras, sino “una mirada penetrante (…) frente a un mercado del arte asociado a concesiones y estafas”. Tras la aprobación oficial, a ella le tocaba limpiar la escena del crimen, pero con detergentes ideológicos de baja calidad.

La segunda parte del libro se adentra en “la guerra de los emails” ocurrida tras la aparición en la TV cubana, entre diciembre de 2006 y enero de 2007, de tres connotados represores de la cultura defenestrados hacía mucho, en particular Luis Pavón, ex presidente del Consejo Nacional de Cultura. Cundió el pánico entre los viejos escritores represaliados, a la sazón ascendidos a los altares de Premios Nacionales de Literatura.  ¿Traería de vuelta el raulismo a los zombies que creían recluidos para siempre en las catacumbas de la historia? Había que conjurar de inmediato aquella resurrección. Y los emails difundieron por la red el rumor, la angustia y la ira, pero pronto, por obra del reenvío y tumultuosas listas de direcciones, la riada se desbocó. Irrumpieron sin invitación incluso desde otras orillas geográficas e ideológicas.

Algunos se negaban a circunscribir el debate a aquellos policías culturales e indagaban sus conexiones con el sheriff del pueblo. Por qué quinquenio gris, se preguntaban, si la represión ya se acerca al medio siglo. Escritores del exilio convocaban desde platea alta a valentías que ellos tampoco tuvieron cuando les tocó estar en el ring. Otros alertaban sobre la inutilidad de un debate en torno a tres agentes cuando el cuerpo policial seguía intacto. Un antiguo subordinado de Pavón defendió la necesidad de desbordar el debate más allá de la cultura, hasta ámbitos políticos y sociales que hasta el momento han sido patrimonio exclusivo del líder. Jóvenes para los cuales “Papito” Serguera bien podría ser un timbalero de la Orquesta Riverside ponían en cuestión el primer (y único) mandamiento de la cultura revolucionaria: el mussoliniano “Dentro de la revolución, todo; fuera de la revolución, nada”. Había que poner coto a aquel desparrame ideológico que ya amenazaba, incluso, a quienes lo habían iniciado.

Tras dos semanas de tángana, la UNEAC publicó su declaración “La política cultural de la Revolución es irreversible” (en consonancia con un socialismo irrevocable) que conjuraba el temor de las víctimas del pavonato, pero omitía al resto de las víctimas y eludía empantanarse en cenagales ideológicos surcados de peligros. Salvo los “enterados”, el resto de la población se quedó en la duda ante aquella respuesta sin pregunta. Como escuchar “la tuya”, sin que previamente nadie diga “tu madre”.

Pero ni así se calmó la charca. Si la política cultural es irreversible, Pavón y su élite fueron consecuentes con ella, exclamó Reinaldo Escobar. A menos que sea cierta la ironía de Ponte y “aquellos comisarios medraban durante los olvidos de Dios”. Respondidos los miedos, Orlando Hernández aseveró que esa ha sido la función de la intelectualidad cubana: esperar respuestas y decisiones, no tomarlas. “No está en nuestras manos. Hace mucho que entregamos las manos”.

Al rescate y en una suerte de dialéctica inversa, Desiderio Navarro afirma que eran los comisarios con sus informes quienes decidían las órdenes de sus jefes, y Ambrosio Fornet atribuye a esos policías una capacidad retroactiva, de modo que sobre ellos recayeran también los desmanes de los 60. A pesar de reuniones a cubierto con el ministro y conferencias bajo estricta invitación, la meteorología electrónica no amainaba, y subió de tono cuando Fernando Jacomino, vicepresidente del Instituto del Libro, echó en cara al escritor Francis Sánchez y a su compañera las cifras exactas de los royalties cobrados por ellos, un intento de amordazarlos con papel moneda. Antes los enviábamos a una acería o un almacén donde les era sustraído todo su tiempo; ahora les pagamos en dinero, en viajes, en honores y en tiempo. Esa era la moraleja.

En Vida y destino, de Vasili Grossman, un científico acosado (y acusado), a punto de ser molido por la maquinaria burocrática, desenfunda toda su valentía y una dignidad fatalista, hemigwayana. Basta una llamada telefónica de Stalin, interesado por su trabajo, para que recupere todas sus prerrogativas y algunas más. Sus fiscales se convierten en aduladores y a codazos intentan alcanzar su vecindad, como una pata de conejo que inocula suerte con solo tocarla. Pero entonces, quien enfrentó con entereza el ostracismo siente pánico ante la posibilidad de perder el favor de los dioses. Es el vértigo de las alturas.

Con sus 128 páginas de 244, este capítulo es el núcleo del libro. Recoge en detalle (demasiado detalle) la guerra de los emails, y pone al descubierto los perversos mecanismos implementados por el poder en sus relaciones con la cultura y cómo las nuevas tecnologías pueden funcionar como un  medio de defensa. Emboscados en la red, lejos de las autovías del poder, comienza una guerra de guerrillas. A pesar de las oportunas intervenciones del autor y de su excelente prosa, la cita in extenso de los emails, donde no son infrecuentes los bodrios de redacción y los farragosos textos oficiales y paraoficiales, empantana a ratos la lectura, le resta agilidad. Sintetizar las citas o referirlas, lo habría evitado. Nos deja, en cambio, con el deseo de visitar la “Carta para no ser un espíritu prisionero”, de Reina María Rodríguez, quien “se acoge al ejemplo de Marina Tsviétaieva”, y que el autor no reproduce por “pudor personal” o por su habitual modestia.

Si ese capítulo se refería a la guerrilla on line, los dos últimos dan cuenta del arte de la guerra. Una guerra asimétrica entre un ágil comando de blogueros, disidentes y periodistas independientes, y la pesada caballería del Estado, que ha establecido en la Universidad de las Ciencias Informáticas de La Habana (UCI) su base de misiles. El campo de batalla es escuálido: una red lenta y minada, plagada de tierras de nadie donde ni las tropas estatales están autorizadas a operar. Razón por la que, emboscados tras cualquier matorral, los blogueros son más afectivos en sus incursiones a la Internet y las redes sociales. Los micrófonos y las cámaras de espiar han cedido paso a los micrófonos y las cámaras en los móviles que sirven para la denuncia y hacen volver el rostro, callarse y huir a los funcionarios, los esbirros y los paramilitares.

Lo peor de esta guerra es que los guerrilleros se han alzado ahora en una serranía inaccesible. No basta movilizar ciento cincuenta mil milicianos y peinar el campo. Como en los sesenta, el Estado intenta despoblar el lomerío impidiendo el acceso a Internet del ciudadano corriente, pero ya no es tan fácil confinar a la población en Ciudad Sandino. Se escurren y confraternizan con el enemigo. Con razón atribuye Yoani Sánchez al gobierno parte del mérito por su creciente popularidad. La publicidad de lo prohibido es siempre tentadora. Un nuevo tipo de escritor y de periodista que no teme salir del armario ideológico coloca en la UNEAC y en la UPEC sendos espejos donde sus mayores cuentan sus canas y sus miedos. Como el abuso de la penicilina, las invocaciones al imperialismo ya no surten efecto. La cárcel sigue siendo temible, pero ya hay quienes temen más a la reclusión voluntaria en una mazmorra de silencio y ofrecen en los blogs listados de los efectos indispensables a llevar en caso de arresto. Ahora son los esbirros quienes huyen de las cámaras y los micrófonos. Ya no están tan seguros de que el futuro pertenezca por entero a la revolución y el socialismo y, por las dudas, prefieren que no cuelguen allí su retrato enarbolando una cabilla o un insulto. Se percatan de que la nueva guerrilla ya está empezando a bajar al llano de la realidad: pasean gladiolos por la 5ª Avenida, efectúan performances callejeros, no temen interrumpir con sus exabruptos sosegadas conferencias oficiales y ni siquiera se les puede apalear con tranquilidad, porque nunca se sabe si alguien está grabando. Los alzados on line se vuelven tupamaros, ensayan la guerrilla urbana. ¿Tampoco la calle pertenece ya a los revolucionarios?

Incluso los chicos de la UCI están contaminados de libertad. De tanto andar por su cuenta en la jungla cibernética, han empezado a hacer preguntas incómodas. Quizás sea el momento de ingresarlos en la UCI, en la Unidad de Cuidados Ideológicos, antes que deserten. Los cohetes balísticos eran mucho más previsibles.

Villa Marista en plata propone un viaje. Comienza en la obra contestataria que, aún sujeta a los espacios oficiales de difusión, encuentra caminos alternativos, como Monte Rouge, gracias a la tecnología. Continúa en el hallazgo del espacio virtual como sitio de debate que el poder es incapaz de monitorear y domesticar, aunque lo intenta. Y termina en una reminiscencia de la teoría guevariana del foquismo. La guerrilla cultural se alza en un espacio imposible de acotar y señalizar, donde los agentes del Estado son incapaces de dirigir el tráfico ideológico. Al descender de la serranía virtual a la calle real, se cierra el ciclo.

La estructura del libro responde a sus contenidos: encrespada, sinuosa, ajena a una vocación lineal, como el oleaje de las nuevas tecnologías en red. El lector académico, el sociólogo y el politólogo echarán de menos una composición más cartesiana, una mayor visibilidad de causas y efectos. El lector de literatura encontrará su camino entre las turbulencias y se sentirá invitado a poner de su parte. Un libro sobre intelectuales y tecnologías apela a Villa Marista, y eso lo desgremializa. Carpinteros, soldadores, músicos. Por invocación o de hecho, por Villa Marista hemos pasado todos los cubanos.

 

“Alzados “on line”; en: Cubaencuentro, Madrid, 25/11/2011. http://www.cubaencuentro.com/cultura/articulos/alzados-on-line-270906





Acompañar y servir. No prevalecer. Entrevista a Roberto Veiga González, editor de Espacio Laical

22 11 2011

Roberto Veiga González (Matanzas, 1964), jurista de profesión, comenzó a colaborar en el proyecto de la revista Espacio Laical el 29 de junio de 2005, y el 21 de diciembre del mismo año se convirtió en su editor. Es profesor del Seminario San Carlos y San Ambrosio de La Habana. Dado que Espacio Laical está protagonizando buena parte del debate teórico que se está produciendo en la Isla en este momento de inflexión de su historia, y al renovado papel de la Iglesia Católica en ese debate, le hemos propuesto un cuestionario que toca varios temas clave para el destino de la nación.

Estimado Roberto, uno de los sucesos posiblemente más dañinos para la nación cubana fue la abolición de la diversidad en la prensa ocurrida a inicios de los 60. Ello suprimió un importante observatorio crítico del devenir insular que, a los efectos sociales, juega el mismo papel que las llamadas células avisadoras en el organismo. Salvo contadas excepciones en ciertos momentos del último medio siglo, la prensa oficial cubana se ha comportado como un buró de agitación y propaganda. En ese clima, todavía imperante, aparecen algunas revistas católicas como Palabra Nueva, Vitral y Vivarium, de mediados de los 90, y Espacio Laical (2005),  por citar algunas. Obviamente, ellas no existirían sin la feliz conjunción entre el interés y la profesionalidad de sus editores y el apoyo de la Iglesia Católica. ¿En qué medida ha sido un proyecto de sus editores que ha recibido el apoyo de la Iglesia, o una política de la Iglesia que ha convocado a los editores? ¿En qué medida esta nueva prensa y su implicación en los temas sociales ha sido aceptada por el gobierno y qué obstáculos ha tenido que sortear?

Roberto Veiga González (RVG): La diversidad de análisis, de criterios y de propuestas siempre enriquece la vida nacional, pues constituye una posibilidad para advertir las fallas que dañan el devenir social y encauzar nuevos rumbos que puedan conducir al país hacia una mayor prosperidad y un mayor equilibrio. Esto es posible, únicamente, cuando existe un potente y responsable entramado de entidades ciudadanas que constituyen la sociedad civil –sindicatos, y otras asociaciones de profesionales, de estudiantes, de campesinos, de vecinos, entre otras (siempre autónomas y democráticas)–, y la sociedad política ­–una pluralidad de partidos políticos, así como mecanismos para que los ciudadanos controlen el cumplimiento de la constitución, el desempeño del parlamento y la gestión del gobierno, entre otras maneras–. Y la prensa resulta un medio indispensable para socializar los análisis, los criterios y las propuestas, así como las gestiones de toda esa diversidad. En tal sentido, los medios de comunicación tienen que ser tan plurales como plural sea cada sociedad.

En Cuba no ha sido así en los últimos cincuenta años. Hemos vivido en un sistema socio-político que se fundamenta en la dirección de una “vanguardia”. Y esta, como un resultado de esa lógica, es quien asume el derecho único de pensar el país –aun cuando tolere otras opiniones y en algunos momentos haya efectuado ciertas consultas a la ciudadanía–.  Esta premisa de los ideólogos del socialismo de Estado –ya fracasado históricamente– ha empobrecido las potencialidades de nuestra sociedad y, por supuesto, el desempeño de la prensa. Si bien es cierto que, en determinados momentos, ha sido posible encontrar en alguna prensa escrita (Juventud Rebelde, por ejemplo) y en ciertos espacios de la radio –en muy escasas ocasiones a través de la televisión– algunas expresiones autónomas del sentir de los ciudadanos. También se hace necesario destacar el surgimiento, en la década de los 90, de publicaciones importantes que disfrutan de una juiciosa autonomía en relación con los preceptos ideológicos imperantes, como son las revistas Temas, La Gaceta de Cuba y Criterios. Y, más recientemente, la llegada de Internet, el correo electrónico y la memoria flash han contribuido –enormemente, aunque sólo en un sector de la población– a ampliar y a democratizar el acceso a la información y el espacio de debate.

En medio de esa realidad, y de manera muy especial en el brevemente esbozado contexto de los años 90 y de los 2000, han ido surgiendo y consolidándose las publicaciones de la Iglesia Católica.  Con ello, la Iglesia pretende poseer sus propios medios para desarrollar la misión evangelizadora, en la cual se integran todos los temas: espirituales, culturales, familiares, sociales, económicos y hasta políticos, pues todos los ámbitos de la vida son constitutivos de la naturaleza humana y comprometen la realización de cada persona –criatura de Dios, por quien debe velar la institución religiosa.

Por lo general, las publicaciones –entre las cuales se encuentran las que mencionas– no surgieron por una disposición que emanara solamente de una iniciativa estratégica de la correspondiente jerarquía eclesiástica (el Arzobispo de La Habana en los casos de Palabra Nueva, Vivarium y Espacio Laical, y el Obispo de Pinar del Río en el caso de Vitral). Más bien, los pastores convocaron a la búsqueda de nuevos medios para la acción de la Iglesia en la sociedad cubana y fueron apoyando los proyectos que lograron surgir, allí donde germinaron ciertas condiciones que lo favorecían.

Esta nueva prensa, en sus inicios, fue vista como un peligro, pues para algunos podía constituir una competencia desestabilizadora. Así pensaron muchísimas de las autoridades, y algunos que no poseían cargos políticos, estatales o gubernativos, sino ciudadanos medios –llamados revolucionarios– que concebían el devenir social desde una ortodoxia estalinista muy poco abierta a lo diverso. Esto, como es obvio, ha provocado inconvenientes, entre los cuales se encuentran: la suspicacia y el disgusto ante diferentes opiniones aparecidas en estos medios y la amonestación a algunos colaboradores por los criterios vertidos, así como la advertencia a intelectuales que se desempeñan en instituciones oficiales para que no escriban en nuestros medios. Sin embargo, esta realidad ha ido cambiando gracias a la apertura por parte de muchos y a la labor transparente y constructiva –nada desestabilizadora– que ha marcado el desempeño de la generalidad de estas publicaciones.

 

Hoy, Espacio Laical es un referente imprescindible para comprender la sociedad cubana y su devenir, los conflictos más candentes y los debates que prefiguran el destino de la nación. Observo una paulatina transición, desde sus comienzos hasta hoy, en el énfasis: desde los temas inherentes a la comunidad católica cubana, hacia los temas que atañen a toda la nación y su destino. Al mismo tiempo, es evidente, desde el diseño hasta los contenidos, así como el nivel de los colaboradores, una acentuada profesionalización. ¿Qué factores humanos y materiales han propiciado ese cambio? ¿Cómo ha repercutido todo ello en el alcance de la publicación, su distribución en la Isla, la ganancia de nuevos lectores, no obligatoriamente dentro de la comunidad católica, y las relaciones con el Estado?

RVG: Los católicos debemos servir al prójimo y nuestro prójimo más cercano es el cubano que sufre y que para conseguir sus anhelos necesita sanarse y reconciliarse consigo mismo y con el otro. En tal sentido, la revista debe ofrecer a Jesucristo, para que todo aquel que alcance a tener fe pueda renovarse humanamente. Por ello estamos obligados a dedicar un bloque de la publicación a temas espirituales, teológicos y filosóficos-religiosos. Sin embargo, no hemos conseguido articular debidamente este espacio; lo cual constituye un reto.

Por otro lado, nos percatamos muy pronto de que también debíamos trabajar en otra dimensión de la reconciliación. Para hacerlo consensuamos promover el encuentro, el diálogo y el consenso entre cubanos. En este ámbito, con la ayuda de Dios –pues muchísimas circunstancias parecían hacer imposible dicho propósito–, hemos tenido más suerte. La revista se propuso ser un espacio para la comunión entre los más diversos criterios que laten en la nación cubana, siempre que se formulen con fundamentos y por medio de un lenguaje de diálogo, capaz de tender puentes y no construir trincheras de combate. Esto ha sido muy bien acogido por el público, pues los cubanos demandan –con urgencia y ansiedad– mucha serenidad para tratar los asuntos del país y espacios para expresar, o ver reflejadas, sus preocupaciones y expectativas. Por esta misma razón ha ido aumentando la cantidad de nacionales –residentes en la Isla y en la diáspora, con diversos credos ideológicos, políticos, filosóficos y religiosos– que ofrecen su contribución, con el deseo de brindar un pequeño aporte al bien de Cuba, de cada cubano. Esta identificación de la revista con la suerte de las más plurales preocupaciones y expectativas que agobian a nuestros compatriotas ha intensificado la relación de la publicación y de la Iglesia –institución a la cual pertenece– con la nación cubana.

En cuanto a mi valoración acerca de la relación de la revista con el Estado, todo depende de qué entendemos por Estado. Si lo reducimos a las autoridades y funcionarios que rigen el país, entonces debo decir que pueden admitirse distintas interpretaciones. Algunos han expresado que no les gusta la publicación y hasta han hecho algún esfuerzo por entorpecerla, pero otros –que constituyen un sector significativo– la siguen y la valoran. Esto ya es un paso positivo en la relación del Estado con la revista y con la Iglesia, pero sobre todo con los criterios que se expresan en la misma.

Has mencionado que el compromiso de la revista “desde la Iglesia y como Iglesia” es con el “bienestar de Cuba” y tu rechazo a que ella “se convierta en la plataforma de una única visión de la cosas, aunque esta emane del Evangelio y, por ende, la abrimos a la exposición de los criterios más disímiles, siempre que estos sean lógicos y profundos y se expresen a través de metodologías que no contradigan los valores de la fe cristiana”. En una sociedad transitada por medio siglo de laicismo, abolición de la enseñanza católica y ateísmo programático, y donde las posiciones mayoritarias de la sociedad en temas como el matrimonio (incluso el matrimonio gay), el aborto, la sexualidad y la educación distan mucho de la doctrina oficial de la iglesia, ¿se plantea Espacio Laical el debate abierto de estos temas ofreciendo espacio a criterios antagónicos, a pesar de que la revista se haga “desde la Iglesia y como Iglesia”?

RVG: Para la Iglesia, una de las maneras de realizar su catolicidad (aspiración de universalidad) es ofreciendo espacios con el propósito de que todos puedan expresarse, siempre que la intención sea procurar el bien por medio del bien. Pero, además, esto le exige asumir lo positivo de todo el abanico de criterios y deseos de la sociedad, perfilarlo desde fundamentos evangélicos y promoverlo. En tal sentido, la Iglesia debe sentirse obligada a dialogar con todas las opiniones de este mundo y tratar de alimentarse de las mismas –cuando esto sea posible y en la medida pertinente–. Nuestra revista es un instrumento de la Iglesia que, en alguna medida, la ayuda a realizar ese servicio.

Sin embargo, dada las urgencias de nuestra realidad, así como las inquietudes y angustias de los pensadores relacionados con nuestra publicación, se ha postergado el debate en relación con los temas que mencionas, por ejemplo: aborto, sexualidad y matrimonio. No obstante, opino que –llegado el momento– el Consejo Editorial aceptará concederle el espacio necesario al intercambio de ideas sobre estas materias. ¿Por qué no? Compartir los argumentos, siempre que se haga con profundidad y respeto, contribuye a la comprensión y al acercamiento entre las personas con opiniones diferentes, y esto es parte de la misión de la Iglesia.

 

La publicación ha insistido en que el estado actual y el futuro de la nación exige hermanar a sus miembros, rearticular consensos y fraguar un nuevo pacto social en esa Casa Cuba que reúna y acepte la diferencia alrededor de un proyecto común, “intentar promover toda la diversidad de la nación” y “procurar una relación fraterna entre toda esa pluralidad; pues solo así se contribuye verdaderamente a la unidad en la diversidad”. Has hablado de “un espíritu de diálogo, no de deslegitimación ni de confrontación”. Y creo que no de otro modo alcanzará el país una reformulación de su destino donde quepan todos. ¿Crees que ello sea posible en la circunstancia actual o que existan indicios que permitan avizorarlo en un futuro próximo? El Partido Comunista, en su Proyecto Documento Base de la Primera Conferencia Nacional del PCC, insiste en equiparar Patria, Revolución y Socialismo, un monopolio de la imagen de nación que no deja demasiado margen a esa diversidad respetuosa e incluyente.

RVG: Estoy convencido de que el equilibrio y el progreso de la nación dependen de la capacidad que tengamos para encontrarnos, para dialogar, para llegar a consensos, para cincelar una sociedad renovada. Y esto es posible si quienes poseemos esta convicción –desde todo el espectro político e ideológico de la nación–, trabajamos arduamente por lograrlo. Sin embargo, en algunos momentos tengo mis dudas acerca de que –aunque sea posible– resulte verdaderamente probable. Posible y probable no son términos idénticos.

Si analizamos las circunstancias actuales que prefiguran el acontecer nacional podemos advertir fuertes –fortísimos–  elementos que entorpecen la promoción de un camino de encuentro, de diálogo y de refundación. En las estructuras partidistas, estatales y gubernamentales abundan los dirigentes y funcionarios atrincherados en viejos esquemas políticos que tienden a la exclusión y al inmovilismo. No obstante, también debo resaltar que existen otros con una sólida capacidad política y con una suficiente claridad acerca de los cambios que necesita el país, aunque a veces sea difícil distinguirlos públicamente.

Por otro lado, quienes hasta ahora poseen los controles políticos de nuestra emigración rechazan de manera visceral la posibilidad de dialogar con los afines a la Revolución y se sulfuran ante la posibilidad de que se produzca en Cuba una reforma, en la que participen activamente las actuales autoridades, encaminada a lograr mayores cuotas de libertad y de justicia, así como un mayor bienestar espiritual y material. Sin embargo, también debo destacar que en nuestra emigración han ido destacándose nuevas personalidades y entidades que constituyen un signo de esperanza.

Otro sector a mencionar es la disidencia. Un segmento significativo de esta tampoco contribuye a un auténtico clima de diálogo, aunque muchas veces en su discurso se aboga por el mismo, porque el fundamento de sus propuestas y el espíritu de su quehacer político están marcados por la metodología de la confrontación y del aniquilamiento del otro. Este sector no tiene poder y posee mucha menos influencia que los dos anteriormente indicados. Sin embargo, algunas instituciones extranjeras y medios de comunicación, también foráneos, le conceden determinada relevancia y consiguen cierto influjo del mismo en sectores de la opinión pública internacional y en posiciones políticas de determinados gobiernos.

Es posible percibir que varios sectores hasta ahora muy bien instalados políticamente no favorecen –en la medida que reclaman nuestras urgencias– la constitución de un sendero de encuentro, de diálogo, de consenso, de refundación. A veces pienso, y hasta me convenzo, que el presidente Raúl Castro tiene conciencia de cuán vulnerable hace esto a la nación y que tiene previsto crear condiciones para revertir –en alguna medida– este peligro. Ciertamente, tal vez piense hacerlo de una manera diferente a la que podamos preferir unos y otros, pero –de todos modos– podría ser beneficioso para el país y colocarlo en un peldaño superior que le facilite una redefinición sistemática y un ascenso continuo. Sin embargo, en ocasiones me sorprendo –muy preocupado– creyendo descubrir que no puede hacerlo, que no podrá lograrlo. Esto sería fatal, por eso se hace imprescindible ayudar a que el proceso sea probable.

En estos momentos, está circulando el Proyecto Documento Base de la Primera Conferencia Nacional del PCC. Lamentablemente, parece que no satisface las expectativas de la inmensa mayoría. El documento propone cambios interesantes, como los relacionados con el papel de los medios de comunicación, pero faltan muchísimos otros cambios que deberían debatirte en ese evento, y continúa colocando al PCC dentro de una concepción dogmática y de poder que lo  aleja de una verdadera función política.

No es posible reconocer que existe un distanciamiento entre las ideas del PCC y del pueblo, en especial de los jóvenes, y asegurar que esto es debido a que no han funcionado los mecanismos para el trabajo ideológico. Si fuera así, tan simple, la cuestión sería resolver la manera de que todos comprendan y asuman los criterios de quienes dirigen el Partido. Pero la cuestión es mucho más compleja. Nuestra sociedad es muy, pero muy plural, y no habrá solución si todos no procuramos entender a cada uno de nosotros. En tal sentido, más bien sería el Partido quien debe tratar de comprender los criterios de toda la diversidad nacional y establecer un diálogo con ella.

Se hace obligatorio redefinir el lugar de la ideología y la manera de emplearla. Por supuesto que siempre habrá ideología en el desempeño social de todo país. Incluso sería conveniente que en cada sociedad convivan y se proyecten varias ideologías desde una dinámica de enriquecimiento mutuo. Esto podría ser muy beneficioso. Sin embargo, un trabajo político-ideológico entendido como un universo de mensajes continuos e intensos que pretenden mostrar un conjunto de conceptos, valores y principios, así como hechos históricos que parecen confirmar la realización de los mismos, con el propósito de brindar herramientas para que los ciudadanos resistan una crisis ya larga, que puede parecer interminable, en la que se les consumen sus vidas, suele resultar un quehacer casi estéril y hasta producir hastío. Lo que debe proyectarse de manera continua e intensa es un entramado de gestiones, tan diversas y universales como sea posible, encaminadas a presentar propuestas, a dialogarlas y a lograr consensos acerca de cómo conseguir el mayor bienestar posible para nuestro presente y para nuestro futuro. En fin, hacer política en la sociedad y con toda la sociedad.

Por otro lado, el documento plantea que deben separarse las funciones partidistas de aquellas otras gubernativas y empresariales. Sin embargo, se aferra a orientar que el Partido puede reunir a las administraciones y a todos los factores (como le llaman) para que les rindan cuentas. Igualmente, y para confirmar la contradicción, propone que los dirigentes del Partido roten por cargos de dirección en el Estado y en el gobierno. No estoy en contra de que militantes y dirigentes del Partido ocupen cargos de dirección en el Estado, en el gobierno y en el empresariado; pero desearía que lo hagan porque hayan resultado ser los mejores para hacerlo y como producto de mecanismos democráticos, y no porque sean militantes del Partido y como resultado de una planeación en la dirección del mismo.

Asimismo, el documento plantea que se pueden disfrutar de todos los derechos y hasta ocupar cargos públicos, etcétera, sin discriminación racial, de género, de creencias religiosas y de orientación sexual. Esto constituye el resultado de un proceso positivo que se viene gestando desde hace años y tal vez ahora llegue a un momento importante de consolidación.  No obstante, el documento no precisa si podrá participar toda la pluralidad de criterios socio-políticos que existe en cada uno de estos segmentos de la sociedad. Esto último resulta muy importante en materia de igualdad y participación ciudadana. Lamentablemente, todo el proceso de reformas está marcado y dañado por cuestiones de esta índole. Se suelen anunciar las transformaciones desde una presunta voluntad de apertura amplia y profunda y por ende efectiva, pero después –cuando se elaboran las medidas y se comienzan a implementar– resulta limitada y quebrantada dicha voluntad. Esto puede tener una explicación. Sin embargo, el país no puede esperar mucho más sin correr un alto riesgo. Se hace imprescindible asumir una robusta dosis de apertura y claridad, integralidad y celeridad.

Muchas más pueden ser las críticas a dicho documento, pero continuar desbordaría la intención de una entrevista. Realmente, desearía un Estado no confesional; sin embargo, por ahora no hubiera pretendido que se renunciara a mantener los imaginarios de Revolución y de socialismo, pero sí que los reinterpretaran –sin que ello implicase una claudicación para nadie–, de manera que hicieran al Partido más político y más democrático, y al Estado más inclusivo y más republicano.

La Iglesia Católica como institución ha jugado en Cuba diferentes papeles a lo largo de su larga historia. No hubo en las colonias inglesas o francesas una denuncia de la masacre de los nativos equivalente a la de Las Casas. Connivente con la esclavitud y con la colonia frente al movimiento independentista, a pesar de algunas figuras de alto relieve que apoyaron la causa cubana. Alineada con los estamentos del poder durante la república. Sometida más tarde por el Estado y el gobierno revolucionarios, ha devenido recientemente una interlocutora necesaria para las liberaciones de disidentes, por ejemplo, hecho interpretado por algunos como un saludable ejercicio de mediación y por otros como una claudicación. Más allá de las distancias, los cubanos estamos condenados a entendernos si queremos sobrevivir como nación. ¿En qué medida percibe el pueblo de Cuba a la Iglesia como un factor importante de ese diálogo y de esa conciliación, y en qué medida desconfía de que su intervención esté condicionada por sus propios fines como institución y no por los intereses de la mayoría de los cubanos, creyentes o no creyentes?

RVG: Tiene usted cierta razón en esas aseveraciones que ha hecho acerca de la Iglesia en la historia de Cuba. No obstante, la realidad posee muchos matices y, por tanto, no pueden hacerse afirmaciones tan categóricas, ni en contra ni a favor. Resulta imposible hacer ahora un recuento histórico capaz de ofrecer una visión de la Iglesia más positiva que la presentada en la introducción de su pregunta. Sin embargo, daré algunas breves pinceladas que permitan demostrar que es posible.

Es cierto que la Iglesia no estuvo, en bloque –como yo hubiera preferido hoy–, en contra de la esclavitud. Pero, como usted afirma, hubo figuras de la Iglesia que abogaron en contra de la misma, y en Cuba la Iglesia hizo un esfuerzo tremendo por lograr un trato más humano para los esclavos. Hasta tal punto fue la presión que intentó hacer la institución en este sentido, que los hacendados comenzaron a traer de España los capellanes para sus haciendas, con el propósito de que no fueran sacerdotes obligados a obedecer los requerimientos de la Iglesia en la Isla en materia de atención a la esclavitud.

En cuanto a la connivencia con España en contra de la independencia, debo recordar que para lograrlo hubo que desarrollar una política de descubanización del clero. La Iglesia había asumido una labor fundadora de la nación, promoviendo la cubanidad, así como los fundamentos de las diferentes formas políticas que pretendían realizar la misma: el reformismo, el autonomismo y el independentismo. Todas las posiciones políticas, siempre que pretendieran fundar lo cubano, fueron acogidas y alimentadas por la Iglesia. Ahí está el ejemplo de la faena desarrollada por el Colegio-Seminario de San Carlos y San Ambrosio de La Habana. Esta labor fue tan importante que no pudieron dejar de beber de sus fundamentos libertarios casi ninguno de los patricios que hicieron posible la nación y la independencia, por lejanos que estuvieran de la fe católica.

En este sentido, también existen muchos argumentos que pudieran matizar sus afirmaciones acerca de una Iglesia alineada únicamente con los estamentos del poder durante la república, y sometida más tarde por el Estado y el gobierno revolucionarios. La Iglesia jamás fue sometida durante la etapa revolucionaria. Ella –como consecuencia de una lucha entre la institución eclesiástica y la Revolución, conflicto en el cual tuvieron responsabilidad ambas partes– fue estigmatizada, agredida y acorralada, pero esto no conllevó que fuera dominada. La Iglesia no se dejó dominar y asumió el confinamiento con mucha entereza y dignidad, lo cual hizo posible que resistiera, creciera, se consolidara, ganara en influjo social y consiguiera legitimarse como un actor nacional responsable. Para conocer la Iglesia de estos tiempos se hace imprescindible estudiar el Encuentro Nacional Eclesial Cubano realizado en 1986, que fue el resultado de 10 años de diálogo entre todos los miembros de la Iglesia en Cuba, donde la misma decidió ser muy, pero muy evangélica y muy, pero muy cubana, abierta a todos y dispuesta a acompañar a cada cubano, fuera quien fuera. Invito a estudiar el documento final de este proceso.

El actual papel de la Iglesia como posible interlocutora no es un rol sacado de abajo de la manga, sino el resultado de una historia que, tal vez, algunos no conozcan bien (o no quieren conocer). La historia de la Iglesia en Cuba, y en especial durante este último medio siglo, ha hecho posible que la inmensa mayoría del pueblo la perciba como un factor importante de diálogo y de conciliación. Claro, existen algunos que dudan de sus intenciones –dudar es un derecho–. Sin embargo, debo precisar que muchos de esos prejuicios acerca del actual desempeño de la Iglesia tienen origen en la campaña de un sector que no le perdona a la institución procurar un arreglo entre todos los cubanos, donde nadie resulte perdedor, y se logre un cambio ordenado del modelo socio-político-económico que responda realmente a los deseos de la nación, del cubano medio, del cubano pobre. Ese otro sector lleva años añorando la confrontación, el aniquilamiento del otro y el caos como medios para erigirse luego en “únicos salvadores” del país. Por eso consideran la labor de la Iglesia como una claudicación motivada por intereses mezquinos y oportunismos de todo tipo. Pero esto no debe preocuparnos; ya Martí nos advirtió que es sólo el amor quien ve, que quienes aman, edifican, y quienes odian, destruyen.

Una de las grandes virtudes de Espacio Laical es no recluirse en “un pensamiento netamente católico o que emane del catolicismo” (te cito), sino el haber conseguido un espacio plural de debate que ha tocado muchos de los temas cruciales que inquietan (y angustian) a los cubanos. ¿Es posible mantener esa línea editorial y conservar ciertos equilibrios sin levantar los obstáculos que terminaron con una revista como Vitral?

RVG: Dos escenarios pudieran hacer fracasar el proyecto de Espacio Laical, antes de tiempo, antes de que cumpla su cometido. El primero, si los sectores intransigentes logran detener y revertir el proceso de reformas que, aunque lento y poco claro, se va realizando sin dar pasos atrás, y entre sus propósitos esté interrumpir todo empeño de participación real y de diálogo serio. El segundo, si el proceso de reformas continúa, pero con mucha lentitud, escasísima claridad, poca audacia para desatar los debates y limitada capacidad de escucha de la opinión ciudadana; porque ello podría generar una falta de confianza y una apatía que genere poca disposición para hacer públicas las opiniones y participar en la construcción de una Cuba mejor. Estos escenarios son posibles. Sin embargo, nosotros rezamos para que no ocurran y cada día sean más las posibilidades de expresar los criterios, dialogar y alcanzar consensos, a través de todo un universo de medios, entre los cuales se encuentre nuestra revista. De esta manera, como es lógico, también un día la publicación llegará a su fin, pero no de forma traumática.

Se ha hablado de que en ocasiones Espacio Laical y otras revistas católicas presentan una “realidad virtual”, un diálogo que es, de momento, incipiente. Yo, en cambio, soy de los que considera que ya hay que trabajar para el mañana, prefigurar el diálogo y el entendimiento entre todos los cubanos. A ello has respondido que “sería injusto no reconocer cuánto se ha avanzado en los últimos años”. ¿Puedes enumerar esos avances?

RVG: La cuestión nacional se ha convertido en tema central de muchísimos diálogos entre vecinos, compañeros de trabajo y de estudio, amigos y familiares. Dichos coloquios, a veces, sobrepasan la mera conversación y se convierten en foros de debate que van creando una opinión socializada. Estas charlas han demostrado que los cubanos pueden encontrarse e incluso ponerse de acuerdo, a pesar de las diferencias de criterios. Estos intercambios tienen hoy un espacio que los privilegia: el e-mail y, en muchos casos, han conseguido determinada institucionalización, como es el ejemplo de esta misma publicación, Cubaencuentro.

En la sociedad civil de la Isla existen muchos espacios de diálogo institucionalizados. Mencionaré algunos de los más destacados en La Habana: las revistas La Gaceta de Cuba y Temas, así como el espacio de debate de esta última conocido como Último Jueves; y los proyectos La Cofradía de la Negritud, con su boletín; el ciclo de talleres “Pensar la Revolución”, en el Centro Cultural Juan Marinello, donde participó una vigorosa juventud de izquierda; la Cátedra Haydée Santamaría; el proyecto El guardabosques, con su boletín; la Red Protagónica Observatorio Critico, con su compendio de noticias y análisis; Estado de Sats; así como diversos espacios promovidos por la UNEAC, y numerosísimas tertulias y reuniones de personas afines.

En la Iglesia Católica, por sólo mencionar algunos espacios de diálogo institucionalizados en la Arquidiócesis de La Habana, tenemos El Aula Fray Bartolomé de Las Casas (de los padres dominicos); el Centro Cultural Padre Félix Varela; el Centro Fe y Cultura (de los padres jesuitas); la Cátedra Razón y Fe; SIGNIS-Cuba; el Centro de Bioética Juan Pablo II; el Centro de Estudios Arquidiocesano, y las revistas ECOS, Vivarium, Spes Habana, Amor y Vida, Bioética, Palabra Nueva y Espacio Laical.

Las iglesias evangélicas también poseen espacios de este tipo. Citaré a dos de los más importantes: el Centro de Reflexión y Diálogo de Cárdenas, con su publicación, y el Centro Memorial Martin Luther King, con su revista Caminos.

Es cierto que todo esto no es suficiente, pero sería irresponsable e irrespetuoso asegurar que en Cuba no hay diálogo acerca de los problemas nacionales. No obstante, reitero, no es suficiente. Hace falta que surjan muchos más espacios de diálogo, incluso de naturaleza distinta a los mencionados. Igualmente se hace necesario abrir el gran espacio público nacional para que todos estos pequeños espacios públicos de debate puedan presentarse ante el pueblo e interactuar con el mismo, con el propósito de socializar los más diversos criterios y procurar la posible comunión entre los mismos –única manera de cincelar continuamente nuestro pacto social y hacer transitar a la nación por senderos de armonía y progreso.

La historia de Cuba está plagada de imposiciones y del diálogo de las pistolas, aunque hay excepciones memorables, como la que fraguó la Constitución de 1940. Has afirmado que percibir el proyecto que defienden la Iglesia y Espacio Laical como un proyecto que piensa ser la única salvación, sería un error”. Es reconfortante esa aceptación preliminar de que el destino de Cuba pasa por muchas formulaciones posibles (y seguramente reconciliables). ¿Aceptaría la Iglesia la emergencia de un Estado laico, aconfesional, al estilo de muchos estados europeos, y donde la fe abandonara lo institucional y se circunscribiera a la esfera íntima?

RVG: La Iglesia, por supuesto, prefiere que el Estado sea laico. De esta manera no existiría ninguna religión o ideología oficial ni privilegiada, en un contexto donde se promuevan por igual todas las religiones e ideologías –aunque desde una igualdad proporcional y no numérica, pues esta última siempre es injusta–. La Iglesia desea que esté garantizada, por un lado, la libertad de las conciencias y, por otro lado, la posibilidad de socializar todo lo que emane de esa libertad de conciencia, o sea, la expresión de todo el pensamiento, así como la manera de procurar proyectarlo en la realidad. En tal sentido, la Iglesia apuesta por la no confesionalidad del Estado, pero rechaza que la fe, un atributo de la conciencia humana, sea confinada a la esfera Íntima. Esto no sería consecuente con un modelo de sociedad que proclama y defiende la libertad de conciencia, la libertad para expresar las opiniones, así como la libertad para participar en la construcción del país. Exigir que la fe religiosa y que los criterios humanos que se fundamentan en esa fe sean circunscritos a la esfera íntima sería una discriminación.

Desear que la fe pueda tener una expresión pública y desarrollarse por medio de lo institucional no quiere decir que la Iglesia desee un poder para imponerse sobre el resto de la sociedad. La Iglesia debe poder expresar públicamente sus opiniones sobre todos los temas, así como enseñar –a quienes lo deseen– su doctrina y educar desde fundamentos cristianos, aunque siempre –como es lógico– sin contar con mecanismos coactivos que obliguen a quienes no lo prefieran a asumir sus criterios. De esta manera, los razonamientos de la Iglesia participarían en la conformación de lo social únicamente en la medida en que sean asumidos libremente por los ciudadanos y estos, en el ejercicio de su cuota de soberanía, participen en el diseño del Estado, de la cultura, de la economía, del derecho, etcétera.

Debo aclarar que los cristianos –y de manera muy particular los que participamos en el proyecto de Espacio Laical– tampoco deseamos conseguir, a toda costa, la hegemonía social del cristianismo. Sólo nos interesa ofrecer nuestras convicciones y nuestros criterios para que sean valorados y aceptados sólo cuando la mayoría de la sociedad considere que representarían un bien para todos. No deseamos prevalecer, sino acompañar y servir.

Soy de la opinión (no apoyada en estadística alguna) de que la religiosidad de los cubanos es, en su mayoría, meramente circunstancial, e incluso instrumental: el pacto con la divinidad a cambio de una dádiva, creer en Santa Bárbara cuando truena. Con la revolución, el catolicismo como una práctica habitual de la mayoría de los cubanos –fe sincera, contrato social o liturgia exenta de contenido— dio paso a un ateísmo por decreto. Desde los 90, en cambio, al caducar la fe en el futuro, las iglesias se han llenado por quienes buscan una fe sustitutoria, e incluso por quienes buscan un paliativo a sus necesidades más imperiosas. La sociedad abierta y plural a la que aspiramos, donde cada hombre pueda realizar sin cortapisas su destino en la medida de sus sabidurías y posibilidades, y sin el contrapeso de la tradición, ¿no propiciaría una sociedad más ensimismada en el éxito que en la espiritualidad, y vaciaría las iglesias a la misma velocidad que se han llenado?

RVG: Es posible que podamos llegar a presenciar el escenario esbozado por usted, sobre todo si tenemos en cuenta lo elemental de la religiosidad de muchísimos cubanos y el afán de éxito, a toda costa, que está reprimido y atormenta a muchos. No obstante, muy bien los cubanos pudieran desear el éxito y ocuparse también de acrecentar la espiritualidad. Ambos aspectos pueden ser complementarios y enriquecerse mutuamente, haciendo a la persona cada vez más humana. De hecho, en encuestas realizadas por la Iglesia Católica hemos comprobado que la espiritualidad es una de las demandas más importantes de muchos cubanos. Y esto es importante, sobre todo si tenemos en cuenta las circunstancias desde las cuales hemos de partir para construir el presente y el futuro.

El pueblo cubano es maravilloso, pero carece de una economía capaz de permitirle el bienestar, es pobre, posee escasa formación cívica, se ha fragmentado, y no cuenta con los suficientes elementos y espacios para participar en el diseño social. Y, según la apreciación de muchos, con el agravante de que estaremos sometidos cada vez más a una tecnocracia que va acumulando poder y se está convirtiendo en una clase en si y para si que, llegado el momento, podría pactar con lo peor del planeta, incluso con mafias que operan por el mundo, algunas en países muy cercanos a Cuba. Esto podría hacer de nuestra Isla un lugar donde se desate, con vigor, la impiedad. Para afrontar esto será necesario que la ciudadanía, o una buena parte de ella, estén preparada política, intelectual y espiritualmente.

Para conseguir esto último tendrán que trabajar muchos las iglesias. Y para hacerlo, será imprescindible que venzan dos grandes retos. El primero, se hace necesario que puedan comprender muy bien la complejidad –presente y futura– de la sociedad cubana, así como encontrar la manera de dialogar con la misma y ofrecerle oportunidades fascinantes para que crezcan en el espíritu. El segundo, dado que nuestro pueblo necesita de mucha espiritualidad, de una intensa mística de la libertad y de la fraternidad, sería imprescindible que las iglesias cincelen y articulen –con mucho compromiso– la espiritualidad que emana de su fe, pues para ofrecer mucho hay que poseer mucho.

“Acompañar y servir. No prevalecer”; en: Cubaencuentro, Madrid, 22/11/2011. http://www.cubaencuentro.com/entrevistas/articulos/acompanar-y-servir-no-prevalecer-270805





Precaverse del olvido

14 11 2011

Entrevistamos a Alexis Romay, master por la City University of New York, autor de la novela Salidas de emergencia y del poemario Los culpables, y presidente de la mesa de Archivo Cuba, cuyo proyecto Verdad y Memoria “documenta las muertes y desapariciones provocadas por la revolución cubana y estudia temas de transición relativos a memoria, verdad y justicia”. El sitio web añade que “se busca propiciar que los cubanos logren sus plenos derechos, fomentar una cultura de respecto a la vida y honrar la memoria de los que han pagado con sus vidas”.

 

¿Cómo surge Archivo Cuba y su proyecto Verdad y Memoria y cómo tú te vinculas al mismo?

Alexis Romay (AR): El Archivo Cuba es un proyecto del Free Society Project, una organización sin ánimo de lucro radicada en Washington, D.C., con su oficina principal en Nueva Jersey. Fue fundada en el 2001 por el difunto Armando Lago junto con María Werlau con el fin de promover los derechos humanos mediante investigaciones y publicaciones. Su objetivo central era utilizar la información que compilaba el doctor Lago para una investigación más profunda sobre cada víctima y con el fin de promover la diseminación de la información a nivel mundial y de manera interactiva. El Dr. Lago había comenzado esta investigación con la idea de publicar un libro sobre el costo en vidas de la revolución, buscando salvarlas de esa segunda muerte que es el olvido.

El proyecto de Verdad y Memoria documenta el costo en vidas humanas durante dos dictaduras consecutivas y registra casos de muerte y desaparición por motivos políticos o ideológicos desde el golpe de estado de Fulgencio Batista —el 10 de marzo de 1952— hasta las víctimas de Fidel (y ahora Raúl) Castro, dinastía que, como Batista, tomó el poder por las armas.

Mi vínculo con esta organización cumple ocho años. Conocí a María Werlau poco después de la tristemente célebre Primavera Negra de 2003, en un salón de conferencias de la universidad de Rutgers, en Newark (Nueva Jersey). Habíamos asistido a una presentación de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC), que andaba de gira por Estados Unidos, vendiendo el paradigma revolucionario en el mundo académico, que lo compra y lo paga bien. Al concluir la presentación de las federadas, hicimos algunas preguntas desde el público. Recuerdo que la mía indagaba por la suerte de Marta Beatriz Roque Cabello, quien por aquellos días malvivía en las mazmorras del régimen por el delito de pensar por cuenta propia. Me interesaba saber si el destino de esa mujer de carne y hueso le concernía a la FMC; si la organización representaba también a una opositora. La respuesta fue evasiva: no sabían de qué estaba hablando (aunque por aquel entonces la televisión cubana, controlada por el régimen, había demonizado una y otra vez a Roque Cabello, una de las figuras más visibles de la oposición).

Ahí me quitaron la palabra. Pero la tomó María Werlau, quien dijo representar al Archivo Cuba y preguntó por las mujeres a quienes el régimen castrista les había quitado la vida, judicial o extrajudicialmente. La respuesta oficial fue otra sarta de tonterías, pero yo me quedé con el aplomo, la elocuencia  y la serenidad de aquella mujer que no perdió los estribos allí donde tantos cubanos dignos habrían replicado con insultos y consignas. María tenía la verdad en la mano y no necesitaba gritar para sacarla a la luz. Al final de la conferencia me acerqué a ella. Los dos nos dimos las gracias por nuestras respectivas intervenciones, y acto seguido le pedí que me contara del Archivo Cuba.

A partir del día siguiente empecé a donar horas y horas voluntarias a Archivo Cuba. Mi labor comenzó en el plano editorial: traducía y corregía comunicados y partes de prensa y corregía entradas en la voluminosa base de datos o en la página web. Durante ese periodo inicial tuve la oportunidad de familiarizarme con muchos casos de víctimas del castrismo y empecé a ponerles rostro a esas estadísticas espeluznantes. Fue un proceso bastante doloroso. No es lo mismo hablar de muertos en abstracto que leer casos y casos de gente con nombre, apellidos, familia, planes de vida… Casi tres años después, María —a quien tengo el privilegio de contar entre mis seres más queridos y admirados— me propuso como miembro de la junta de directores del proyecto, propuesta que acepté no con poco orgullo. En 2009, como dictan los estatutos de nuestra organización, el Archivo Cuba debía celebrar una elección. Acepté la nominación y desde entonces tengo el honor de presidir la iniciativa. Cuando se cumpla mi ciclo de presidente, espero seguir en la junta de directores. Y cuento con que habrá continuidad y relevo.

 

¿Cuál ha sido el papel de María C. Werlau, secretaria de la mesa y directora ejecutiva, y qué peso han tenido las investigaciones de Armando Lago, fallecido en 2008?

AR: Como mencionaba en la respuesta anterior, María Werlau es la artífice de esta iniciativa y la conoce como nadie. Aprendo de ella constantemente. Las investigaciones del doctor Lago son la base sobre la cual continuamos edificando esa catedral a la memoria histórica y la verdad que es el Archivo Cuba. María sigue siendo directora ejecutiva del Archivo Cuba y continúa en la mesa del Free Society Project como secretaria, habiendo sido su presidente hasta mi elección en 2009.

 

Según el proyecto, hasta la fecha se han documentado alrededor de 11.000 casos, pero consideran que deben ser muchos más, pendientes de documentar. ¿Tienen ustedes alguna cifra, aunque sea tentativa, del número de muertes ocasionadas por el castrismo?

AR: La muerte por motivos políticos es un horror. (Siempre digo que un muerto por motivos políticos ya es demasiada muerte). Y las cifras de ese baño de sangre cubano que dura más de medio siglo son horripilantes.

Sí, tenemos cifras del número de muertes ocasionadas por el castrismo. Antes de adelantar ese número, quiero invitar a los lectores a que visiten nuestra base de datos. La inscripción es gratis. A partir de ahí, podrán buscar usando diversos criterios: fecha, región, causa de muerte, a quién es atribuida —Castro, Batista, Che Guevara, facción política o gobierno—, sexo de la víctima… Antes de responderte, déjame aclarar que este número está sujeto a cambios, pues el régimen cubano continúa en el poder, sigue cobrando vidas y está renuente a colaborar dándonos acceso a información que lo comprometa. El gobierno cubano tiene, por decirlo en términos legales, un conflicto de intereses en lo concerniente a esta iniciativa.

Se han documentado 10.029 casos hasta la la fecha. Para el período de Batista, 1.246 casos se le atribuyen al régimen de Batista y 387 al Ejército Rebelde y la resistencia anti-Batista.  Para el período revolucionario, 7.803 se le atribuyen al gobierno de Castro y 291 a fuerzas anti-Castro. Aparte de esto, hay muertes por razones políticas y militares que no se han podido clasificar por falta de detalles o por haber ocurrido en circunstancias difusas. Además, tenemos varias decenas de casos perpetrados por fuerzas armadas de otros países, tales como las de Bolivia y Angola.

Entre los casos documentados que se le atribuyen al régimen de Castro hay hasta la fecha 3.669 fusilamientos, 1.276 asesinatos extrajudiciales, 424 muertes en prisión por falta de atención médica o suicidio y 1.049 muertes o desapariciones en intentos de salida del país que no se cuentan entre los asesinatos extrajudiciales.

No aparecen en el Archivo la mayor parte de los balseros que se presumen muertos, por la falta de datos sobre dichas muertes. Sin embargo, el doctor Armando Lago estimaba —decía que era un cálculo conservador— unos 70.000 muertos en el mar hasta el año 2003.

 

Al clasificar los casos, se intenta especificar el “gobierno o facción que provoca la muerte o desaparición”, la “causa” y el “tipo de víctima”. Observo que se consideran víctimas del castrismo a aquellos que han muerto intentando huir de la Isla, incluso cuando no obran causas políticas. Algunos observadores podrían objetar que sólo se trataría de víctimas cuando han sido objeto de acciones violentas por parte del Cuerpo de Guardafronteras u otros organismos represivos, pero no cuando las muertes o desapariciones se han debido a accidentes marítimos u otras causas no directamente imputables a las autoridades cubanas.

AR: Previendo esta pregunta hice la aclaración de los balseros. En este caso, las víctimas que figuran en nuestra base de datos aparecen clasificadas según la causa de muerte o desaparición conocida. Hay 149 casos documentados de muertes y 5 desapariciones forzadas que resultan de acciones violentas por parte del servicio de guardacostas cubano y otros organismos represivos del régimen, así como quienes murieron en el territorio minado de la Base Naval de Guantánamo. Ese campo de minas está en territorio cubano y por tanto sus muertos forman parte de la lista de víctimas del castrismo.

 

Ustedes intentan reportar las muertes “con objetividad, transparencia e imparcialidad”, se citan las fuentes y los “conflictos de evidencia entre ellas”. Dado el secretismo que rodea a las víctimas del gobierno cubano, ¿en qué medida es esto posible? ¿En qué medida hay, por razones de información disponible, un cierto grado de subjetividad? El sitio advierte que “no ofrece garantías de que cualquier o todos los detalles de los casos reportados en este sitio sean ciertos, exactos, o confiables”. Y admite que “algunos datos contenidos en este sitio pudieran considerarse ofensivos, dañinos, incorrectos, o de cualquier forma poco apropiados, e incluso en algunos casos podrían resultar siendo engañosos por parte de alguna de las fuentes originales de la información”. Creo que es algo inevitable cuando se trabaja con datos testimoniales y fuentes muy diversas, sin olvidar el secretismo que impera sobre estos temas. ¿Cuentan ya con algún proyecto para depurar estos “conflictos de evidencia” o sólo será posible cuando se abran todas las fuentes y se practique una investigación a fondo por una verdadera comisión de verdad y justicia?

AR: Tenemos el deber ético de explicar las limitaciones de este trabajo y debemos tomar precauciones para actuar dentro de la ley con respecto al uso de información delicada y que, al clasificarla sistemáticamente para los fines de la base de datos, está sujeta a interpretaciones así como a errores.

La depuración de los conflictos de evidencia es parte de los objetivos de nuestra iniciativa y es una obra continua. No necesita un proyecto aparte. La base de datos es muy rigurosa al representar las fuentes de la información para cada caso. A medida que vamos encontrando más fuentes testimoniales primarias, vamos mejorando la documentación. Para aquellos casos que sólo se han construido sobre fuentes bibliográficas secundarias hemos encontrado duplicados que presentan inconsistencias en la fecha de nacimiento o de muerte, o en la ortografía del nombre o apellidos de alguna víctima, o en el lugar o la causa de la muerte. Cuando evaluamos que se trata de la misma persona en lugar de dos (o más), consolidamos los casos y se presentan las discrepancias en el archivo correspondiente. Uno de nuestros objetivos es que cuando Cuba logre una transición democrática y se establezca en la isla un estado de derecho, el Archivo Cuba sirva de base a una comisión de memoria, verdad y justicia.

 

Una singularidad de este proyecto, y que es ejemplar en cuanto a su carácter humanista y apartidista, es que “abarca eventos a partir del 10 de marzo de 1952 (fecha en que Fulgencio Batista suspendió el gobierno democrático constitucional en Cuba). Toma en cuenta hechos que han tenido lugar dentro o fuera de la isla y que han afectado a cubanos y no cubanos por igual. Todos los casos se investigan y documentan sin importar los atributos o afiliaciones políticas, ideológicas u otras de las víctimas”. Es decir, que se documentan las víctimas del batistato con el mismo énfasis que las del castrismo, las ocasionadas por acciones del gobierno cubano y las ocasionadas por grupos opositores. ¿Se cumple esto rigurosamente? ¿No se cargan las tintas, como sería previsible, en las víctimas del gobierno y no de la oposición, en las del castrismo y no en las del batistato?

AR: Esta premisa se cumple rigurosamente. A riesgo de ser repetitivo: todos los casos se investigan y documentan sin importar los atributos o afiliaciones políticas, ideológicas u otras de las víctimas. Cuando decidí involucrarme en este proyecto, fue esa una de las peculiaridades más atractivas del mismo. Las tintas no se cargan en las víctimas del gobierno y no en la oposición, ni en las del castrismo en lugar de las del batistato. Pero hay un hecho incontestable y aunque parezca una declaración parcial o una perogrullada lo voy a mencionar: la tiranía de Batista duró siete años; el totalitarismo de los hermanos Castro multiplica ese número por siete, suma y sigue. Las víctimas de la oposición, que es variopinta y fragmentada, no pueden igualar ni acercarse de lejos a las de esa maquinaria represiva que es el castrismo. Las circunstancias me obligan a añadir que la oposición lleva décadas comprometida con el accionar cívico y pacífico. Y el régimen no ha perdido un ápice de beligerancia. No olvidemos que donde la oposición grita “¡Vivan los derechos humanos!”, el régimen le responde con “¡Socialismo o muerte!”; esto es, la muerte como única alternativa a su sistema político.

Ahí tienes el caso de Laura Pollán, esa digna maestra de más de sesenta años que hasta hace unos días fue fundadora y líder de las Damas de Blanco. Por el momento, más allá de los incontables actos de repudio y los golpes en la vía pública, no tenemos pruebas que indiquen que se trata de un asesinato extrajudicial. Pero el cadáver de Pollán fue cremado a las tres de la mañana, como si el régimen intentara borrar las huellas del delito. No es la primera vez que lo hace, pero esperemos que sea la última.

 

De acuerdo con la página, Archivo Cuba es una iniciativa de Free Society Project, Inc., sin ánimo de lucro y cuyos miembros trabajan en su mayor parte ad honorem. ¿Cómo es posible, en estos tiempos difíciles, mantener un proyecto de esta naturaleza con una financiación mínima?

AR: Es muy difícil mantener el proyecto con una financiación mínima. Es muy difícil, pero no imposible. Archivo Cuba no tiene empleados. Contamos con las horas de trabajo de los miembros de la junta de directores, así como con la labor de voluntarios que nos ofrecen sus servicios o su tiempo libre de costos. También contamos con la generosidad de usuarios que visitan nuestra base de datos y hacen clic en el botón de donaciones. (Cualquier contribución, por mínima que parezca, es bienvenida). Por último, hemos recibido en el pasado dos módicas becas de Freedom House, con el fin de trabajar en nuestra base de datos y realizar proyectos puntuales. Seguimos avanzando gracias al sacrificio propio y la caridad ajena. Si contáramos con mayores recursos podríamos avanzar muchísimo más y lograr mayor diseminación de las investigaciones.

 

Archivo Cuba aclara que no es una Comisión de Verdad y Justicia, como las puestas en prácticas por gobiernos democráticos tras la transición y que cuentan con los medios para realizar investigaciones oficiales de gran alcance, pero aspira a que su trabajo sirva de cimiento para un futuro proceso de esa naturaleza. La experiencia histórica ha demostrado que si bien no se construye futuro sobre la venganza, tampoco se construye sobre la amnesia, que sólo deja heridas cerradas en falso, sociedades atragantadas con su pasado durante decenios, y todo ello obstaculiza más que facilita la transición y la reconciliación. Por ello, el proyecto “se fundamenta en la creencia de que es necesario conocer y reconocer las injusticias sistémicas —pasadas y presentes— para propiciar el bienestar psicológico tanto de los sobrevivientes como de la sociedad como un todo. Se piensa que la recuperación constructiva de la verdad ayuda a la sociedad a fomentar la reconciliación y la justicia, lo que a su vez le posibilita mayor control en la construcción de su futuro. A su vez, se cree que el promover una cultura de respeto por la vida y por el estado de derecho ayuda a prevenir que se cometan más atrocidades”. En ese sentido, entronca con iniciativas similares en el cono sur americano, en Sudáfrica y con la ley española de Memoria Histórica. Cuando se habla de “reconciliación” y de “justicia”, ¿no estaríamos invocando conceptos antagónicos? ¿Hacer justicia no atentará directamente contra la reconciliación? E incluso el propósito de hacer justicia el día después, ¿no enconará en el poder a los responsables de esos desmanes, ante el temor a ser juzgados, y levantará barreras a una transición incruenta? Sudáfrica optó por una suerte de “justicia moral”, para propiciar la reconciliación. España ha optado durante decenios por una especie de borrón y cuenta nueva, sucedáneo del olvido, y en el cono sur se han dictado leyes de punto final. ¿Cómo ven ustedes, en una Cuba democrática del mañana, la conciliación entre “justicia” y “reconciliación”?

AR: En efecto, Archivo Cuba no es una comisión de Verdad y Justicia; nuestra iniciativa pretende servir de base a una futura comisión de esta índole, cuando se restituya el orden constitucional en Cuba y se restaure el respeto pleno a la integridad de todos sus habitantes. Le entregaríamos todo el material acumulado a dicha comisión.

No soy partidario del borrón y cuenta nueva, como tampoco soy partidario del crimen impune. Ni pienso que “reconciliación” y “justicia” sean términos mutuamente excluyentes. Y esta es mi opinión personal, que no refleja necesariamente la posición de Archivo Cuba al respecto. Aunque sí te confieso que si algo nos ha aglutinado a los miembros de la junta de directores de nuestra organización es un profundo respeto por la vida y la creencia de que las víctimas de la barbarie patria no deben ser barridas bajo el sofá para dar la apariencia de que la casa está limpia. De igual modo, quiero aclarar que ninguno de los miembros de Archivo Cuba clama por esa “licencia para matar” con la que tanto asusta el régimen cubano a nuestro pueblo. No seremos nosotros los instigadores que saldremos a la calle pidiendo a gritos “¡paredón!”. Ya eso lo hizo Fidel Castro hace cincuenta años y la estela de muertos es su legado.

Regreso a tu pregunta: dicha comisión de Verdad y Justicia no es nuestra tarea; en primer lugar, porque no tenemos ni recursos ni potestad para llevarla a cabo. Ese paso es responsabilidad del pueblo cubano de una Cuba democrática. Cuando todos los actores —víctimas y perpetradores— puedan sentarse a reconstruir la nación, habrá que examinar cuidadosamente el pasado —para no caer en la tentación de repetirlo— y honrar la memoria de todos los caídos en este largo proceso que ha desangrado a la isla. Será el pueblo cubano quien se encargue de determinar las pautas de la reconciliación futura.

 

“Precaverse del olvido”; en: Cubaencuentro, Madrid, 14/11/2011. http://www.cubaencuentro.com/entrevistas/articulos/precaverse-del-olvido-270486





La memoria relativa

7 11 2011

“Se acabó el pasado; soy un futuro en camino”.

Ernesto Che Guevara

(Carta a Aleida March, 1966)

 

 

A los interesados en la figura de Ernesto Che Guevara, ese icono del siglo XX más conocido por su imagen que por sus obras, puede resultarle atractivo el libro Evocación. Mi vida al lado del Che (Espasa, Madrid, 2008) escrito por Aleida March, su esposa desde 1959 hasta la muerte del guerrillero en Bolivia.

Como cabría esperar de unas memorias escritas por su compañera y la madre de cuatro de sus hijos, es un libro asépticamente hagiográfico. De modo que no esperen los lectores revelaciones inesperadas o detalles que se aparten un ápice de la leyenda santificada por el canon oficial cubano. Aunque repasar este libro puede ser muy instructivo: por lo que no dice y por los énfasis en lo que dice. Y los estudiosos de la expansión guerrillera cubana hacia América Latina encontrarán aquí algunos detalles sobre las tempranas reuniones del Che con líderes revolucionarios de todo el continente.

La primera recomendación es saltarse el prólogo del otro Guevara, Alfredo. En él aparecen perlas retóricas como “sembrar en el olvido la memoria del más lúcido modo”; “desde la autenticidad más honda y más compleja, de riqueza inagotable, diré que poliédrica y de unidad lograda” o “eternidad del amor, cuando la esencia en la vida vivida se revela”. Aunque son apenas dos páginas, la dosis de cursilería puede ser letal. Confirma que el presidente del ICAIC debería emplear en su obra literaria la abstinencia que ha practicado en su obra cinematográfica.

La ortodoxia en el libro de Aleida March va desde el lenguaje hasta la interpretación y la narrativa de los hechos. Salvo en los momentos más íntimos, cuando una mujer enamorada es incapaz de expresar sus sentimientos a través de consignas, el lenguaje oficial, estereotipado e impersonal, transita todo el texto, en una retórica sesentera que ya se nos hace extraña, incluso en Cuba, como si la autora hubiese adquirido todo su vocabulario en esa década y se aplicara en un ejercicio arqueológico de estilo.

Si en este libro Aleida March pasa de puntillas por algunos sucesos trascendentales, como la desaparición de Camilo y el caso Huber Matos, la polémica entre el Che y Carlos Rafael Rodríguez, la microfacción y la Crisis de Octubre, siempre desde la versión oficial; hay sucesos que enfatiza porque, precisamente, son los que han suscitado mayores críticas al Che o a Fidel Castro. Sobre los fusilamientos de 1959 (p. 101), apunta que se actuó con totales garantías procesales, y que “el Che, aunque no asistió a ninguno de esos juicios, ni tampoco presenció los fusilamientos, sí participó en algunas apelaciones y se entrevistó con algunos familiares que iban a pedir clemencia”. Un Che compasivo difícil de conciliar con quien enunciaba que “el revolucionario debe ser una fría y perfecta máquina de matar”.

En cuanto a la relación entre Fidel Castro y el Che, Aleida insiste una y otra vez en subrayar la empatía entre ambos, sus excelentes relaciones y su comunión de ideas sin resquicios. Particularmente interesante es la carta de Castro a Guevara (pp. 210-211) tras el desastre del Congo, en la que le insta a continuar su entrenamiento en Cuba, como si no fuera el propio Castro, con la lectura precipitada en 1965 de la carta de despedida del Che, quien le hubiera cerrado la puerta de la Isla. Al parecer, la autora no ha leído las memorias de Benigno, donde éste cuenta que al conocer la lectura pública de la carta, «le vimos [al Che] zapatear el suelo con ira y comparar a Fidel con un nuevo Stalin».

Cuando Aleida March se refiere a los esfuerzos del Che como presidente del Banco Nacional (ruptura con el FMI, liquidación del Banco de Desarrollo Económico-Social, de la Financiera Nacional y del Banco Cubano de Comercio Exterior, cambio de moneda, etc., p. 127) y para la industrialización del país y la sustitución de importaciones (p. 123), así como a su legado teórico, parece hablarnos desde un tiempo congelado cuyos resultados se esperan en breve, ajena al hecho de que el país ha transitado de los grandes proyectos industriales al merolico, y del tractor a la yunta de bueyes. Esa amnesia selectiva le confiere a estas memorias una atmósfera curiosa, como de manuscrito rescatado en algún baúl, que se publicara cuarenta años tarde, aunque le falten las consabidas notas al pie de un editor indulgente para explicar los asertos de alguien que no podía predecir el futuro. Pero Aleida March vive y es de suponer que ha observado todo lo ocurrido a su alrededor durante los últimos 44 años. Ha conseguido incluso rebasar el estatus de “viuda oficial” del mito y rehacer su vida con otro hombre, lo cual posiblemente despertó no pocas retrancas en la cúpula del Machismo-Leninismo, como si se perpetrara un adulterio post mortem. Rehacer su memoria ya era asunto de Estado y mucho más escabroso.

Al evocar las dudas del Che sobre la URSS, especialmente por su modelo de socialismo y las prebendas de sus dirigentes (se omite cualquier paralelismo con las prebendas cubanas, a pesar de que por entonces los libertadores de la patria se estaban repartiendo el botín), así como su fascinación con el maoísmo (p. 144), apunta Aleida su mala impresión de aquellos chinos uniformados y repitiendo a coro idénticas consignas. Y al apuntar la advertencia guevariana contra la complicidad y el burocratismo  en Administración, Partido y Sindicato (la santísima trinidad) queda a nuestra prudencia adivinar que todo seguiría igual o peor en los próximos decenios.

Anota con orgullo que en su casa se comía por la libreta de abastecimiento, aunque con cierta ingenuidad informa que del salario del Che (440 pesos) ella pagaba los 40 pesos del alquiler de una gran casa de Nuevo Vedado, cuando por entonces la mensualidad de un microscópico apartamento en La Habana Vieja costaba 56 pesos. Sería lo que en España llaman una vivienda de protección oficial.

A pesar del énfasis de Aleida en presentarnos al Che como un padre amantísimo y perfecto esposo, no se nos escapa que fue siempre un padre y un marido ausente que se negó incluso a incluir a su esposa (y secretaria) en sus largos viajes, aduciendo que otros compañeros no podían hacer lo mismo, y que siempre puso su vocación revolucionaria siete escalones por encima de su familia, algo que cada cual interpretará a su manera: altruismo revolucionario a costa de su felicidad personal, o supeditación de la familia a su vocación política, con Aleida como elemento indispensable para la perpetuación de la especie guevariana (cuatro hijos en cuatro años es un buen average).

Desde los martirologios compilados en el siglo IV tras la conversión de Constantino, la Leyenda Áurea de Jacopo da Viorágine y las Acta Sanctorum del jesuita Jean Bollard, las vidas de santos han cumplido, como las novelas policíacas, las estrictas reglas que atañen a cualquier literatura de género. Y esta no es la excepción. Una hagiografía que trasvasa al hombre privado la leyenda del hombre público. Una leyenda que posiblemente perviva, con sus mareas altas y bajas, en el ranking de la memoria colectiva, porque el Che, como otros grandes mitos, no es recordado por un ideario ya desclasificado, o por haber perdido todas las guerras que encabezó, en África y en América. Ni siquiera por todos los errores y desatinos en su gestión ministerial (se extravían en el océano de desatinos mayores que perpetró su jefe). Murió joven, sin tiempo para convertirse en el anciano dictador de una republiqueta latinoamericana, nos legó una excelente iconografía y un bonito cadáver. Y eso basta para situarlo entre Marilyn Monroe y James Dean, sobre la lata de sopa Campbell’s de Andy Warhol.

 

(http://www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/la-memoria-relativa-270258)

“La memoria relativa”; en: Cubaencuentro, Madrid, 07/11/2011. http://www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/la-memoria-relativa-270258





La lingua franca de El Callao a Nueva York. Entrevista a Cristóbal Díaz Ayala

2 11 2011

Cristóbal Díaz Ayala (La Habana, 20/06/1930) se graduó en la Escuela de Periodismo de su ciudad en 1952, y posteriormente se tituló en Ciencias Sociales, por la Universidad de La Habana y en la Facultad de Derecho de la misma universidad, título revalidado en 1966 por el Colegio de Abogados de Puerto Rico. Pero eso es un meandro de su currículo. Cristóbal Díaz Ayala es conocido como uno de los más importantes musicólogos del Caribe. Ensayista y promotor cultural, fue de 1979 a 1992 productor y conductor de Cubanacán, programa semanal de radio, lo que le valió varios premios del Instituto Teleradial de Puerto Rico, y asiduo panelista e invitado en la radio y la televisión de Puerto Rico y otros países. Obtuvo en 1994 la medalla del Festival del Caribe, en Cartagena, Colombia, y el premio de la Association for Recorded Sound Collections (ARSC) a su Discografia de la Música Cubana, y en 2009 el “Lifetime Achievement Award”, de la misma asociación, a toda su trayectoria. Ha publicado Música cubana del Areyto a la Nueva Trova (1981); Si te quieres por el pico divertir: historia del pregón musical latinoamericano (1988); Música cubana del areyto al rap cubano (1993); Cuando salí de La Habana: 1898-1997: cien años de música cubana por el mundo (1998); La marcha de Los Jíbaros 1898-1997 (1998); su monumental Cuba canta y baila: discografía de la música cubana, primer volumen: 1898-1925 (1994) y segundo volumen: de 1925 a la actualidad (2005); Los contrapuntos de la música cubana (2006), y San Juan-New York: discografía de la música puertorriqueña (2009).

 

Periodista, sociólogo, abogado… toda tu formación previa ha desembocado en la investigación musical, ese fenómeno social, particularmente en el Caribe. Creo que comenzaste a acercarte a la música a través del jazz y de la ethnic music” producida en Estados Unidos. ¿Cómo fue el descubrimiento de que la música era tu verdadera pasión y cuándo te redirigiste decididamente hacia la del Caribe?

Cristóbal Díaz Ayala (CDA): En realidad, no me gradué de la Escuela de Periodismo. Me faltó el último año, estudié alli de 1950 a 1952. Pero como bien dices, eso es solo un meandro en mi currículo. Otra aclaración es  que la Discografía sólo cubre hasta 1960, pero sucede que a las figuras que grabaron antes de esa fecha, le sigo la Discografía hasta después de 1960, bien porque hayan grabado después de esa fecha, o se hayan reeditado sus grabaciones antiguas en un formato más moderno; en ese sentido la Discografía está al día, porque la reviso periódicamente cada 3 o 4 años, acabamos de hacerlo. Esa es la gran ventaja de tenerla en pantalla, la puedes actualizar, cosa que no puedes hacer con los libros, salvo con nuevas ediciones. Pero paso a la primera pregunta, cuya respuesta es un poco complicada. Nací en 1930, y de  1934 a 1937 viví con mis padres en el Hotel Vistalegre, en los altos del café y restaurant del mismo nombre, situado en la calle Belascoaín  entre San Lázaro y Malecón, frente por frente al Parque Maceo.  El café estaba en un punto crucial de la comunicación entre La Habana Vieja y sus ensanches, con el barrio de El Vedado, donde en aquella época  vivía la mayoría de la clase económicamente solvente de La Habana; doctores, abogados, políticos, etc, que muchas  veces desayunaban allí, pero sobre todo en la tarde, al regresar de sus trabajos, se daban un trago en el aire libre que tenía el café. El hotel era en realidad una casa de vecindad con baños comunes, pero cada habitación tenía un balcón mirando hacia el Parque Maceo,  y bajando la vista, miraba las mesas del aire libre, y escuchaba las voces y guitarras de trovadores como el Trío Matamoros, Sindo Garay y su hijo, Graciano Gómez, el Cuarteto Luna, etc. Para colmo, los sábados tocaban retreta en la glorieta que tenía el parque, precisamente mirando hacia el hotel. Un sábado, la Banda Municipal dirigida por Gonzalo Roig; el siguiente, la del Estado Mayor del Ejército dirigida por Luis Casas Romero, y el otro, la de la Policía, dirigida por el Maestro Romaguera. Fueron varios cursos intensivos de música cubana, que me dejaron inoculado de por vida….  Lo de la música norteamericana fue una etapa de la juventud,  en que hasta llegué a tener un programa radial cuando tenía 16 años, pero duró poco…Luego también incluí en mi dieta la música clásica, y otras, hasta convertirme en un promiscuo musical, casi sin darme cuenta. Lo curioso es que nunca me lo propuse en su forma activa, como tocar un instrumento, sino como simple oyente.  Dentro de esto, la inclinación especial hacia la música cubana era lógica, y la ampliación ya hacia una órbita caribeña, se produce desde que, en 1960, me radico en Puerto Rico.

 

Has dicho que “en la tradición musical antillana está la argamasa que nos une y la distancia que nos separa. Somos parecidas, pero no iguales”. ¿En qué consisten, básicamente, esas semejanzas y diferencias entre pueblos con una composición étnica, lingüística y tradiciones musicales que parten de los mismos ingredientes?

CDA: Las semejanzas vienen dadas por los elementos que tú señalas en el caso de las tres grandes antillas: el idioma, en parte, porque en la isla de Haití conviven dominicanos hispanoparlantes con haitianos que hablan mayormente patois;  pero si amplías el horizonte e incluyes las otras Antillas y áreas caribeñas, ya tienes que considerar otros idiomas como el  inglés, francés, holandés y hasta lenguas indúes y asiáticas de emigrantes de esas partes del mundo con importante presencia en esta área, con descendientes de los primitivos indígenas, españoles y otros europeos, y de africanos; o sea, el Caribe es una versión gigantesca del ajiaco simbólico que nos enseñó  Fernando Ortiz refiriéndose a Cuba. Además, la olla que lo contiene no se limita a las islas y costas bañadas por el mar Caribe, sino  que sigue bajando por la costa sudeste de América por Venezuela, las tres Guayanas y Brasil hasta llegar a Río de Janeiro; y por el noroeste, atraviesa el estrecho de Yucatán para ocupar las costas del Golfo de México hasta Veracruz; un poco más abajo por el oeste cruza el canal de Panamá, para llegar por el sur a las costas del Pacífico colombiano, ecuatoriano y peruano hasta llegar a El Callao; y arriba, por el nordeste, se posesiona tranquilamente de Las Islas Bahamas y otras. Este mar, como el Mediterráneo, es algo más que simple agua: es una cultura; una cultura con vocación diaspórica: como algunas plantas que tienen la cualidad de convertir sus raíces subterráneas en tallos que de pronto brotan lejos de la planta original, los llamados rizomas. Y el Caribe tiene muchos de ellos: Nueva Orleans es una ciudad caribeña, y también son caribeños los barrios latinos de Nueva York y otras ciudades norteamericanas, y lo mismo pasa en Londres.

Hay, en consecuencia, una amalgama de idiomas, religiones, costumbres que tienen que irse adaptando a un ambiente diferente, en que precisamente una de sus características será la necesidad de adaptación a los otros, adaptación a diferentes climas, costumbres; a convivir. Y una de esas formas de convivencia es la música; seguir con la propia, pero aceptar otras. Por tanto, es la región del mundo en que, pese a su escaso territorio y población, y corta vida como pueblos civilizados, tiene, sin embargo, la mayor producción de géneros musicales, más de 200. Comprendí lo que era el Caribe una noche en Cartagena, en medio de un evento llamado Festival del Caribe al que acudían grupos musicales de todo este ajiaco. Se celebra en una plaza de toros, que es el escenario ideal para cualquier evento de tipo musical; la orquesta va en las gradas, junto con el público, y la arena circular, donde normalmente se torea, la ocupan los bailadores, que con sus pasos, incitan a los que están en las gradas a bailar también; cuando la música llega a su paroxismo, todo el mundo baila. Creo que renace el areito de nuestros aborígenes. Pues bien, allí se sucedían orquestas de todo el Caribe, pasando de la salsa al reggae, de  éste al compás, y de ahí al calipso, sin parar; y los bailadores, en este caso cartageneros, lo bailaban todo, como si toda su vida lo hubieran hecho. No había que enseñarle los pasos ni los ritmos; los llevaban en los cromosomas. Eso es el Caribe. Y la música, su lingua franca.

 

Sobre los puentes entre la música popular del Caribe, en particular la cubana, y la norteamericana, has afirmado que “los intercambios empiezan tan temprano como cuando empieza el jazz en Nueva Orleans, hacia 1900, con un trío en que la corneta lleva la melodía y el clarinete y el trombón le hacen la contramelodía, completan la armonía”. Y te remontas al danzón cubano, que existía desde 1875, y en cuya parte final se hacía eso mismo con un ritmo distinto. Afirmas  que ese danzón llegó a Nueva Orleans a través del disco y gracias a los regimientos de soldados negros norteamericanos que intervinieron en la Guerra Hispanocubanoamericana. ¿No existen pruebas de intercambios anteriores, desde inicios del siglo XIX? Dada la intensidad de los nexos entre Cuba y Estados Unidos (tecnológicos, migratorios, políticos, educacionales, literarios) durante todo el siglo XIX, sería de esperar una huella en las músicas respectivas.

CDA: Todo el siglo XIX, y aún antes, fue de frecuentes intercambios en el triángulo que formaban Nueva Orleans, Santiago de Cuba y Port Au Prince, por relaciones comerciales que conllevan a su vez lazos sociales y culturales. La célula rítmica que algunos autores llaman de “tango” y que es en realidad un patrón rítmico que aparece en las músicas rituales de congos y yorubas, o sea, dos golpes cortos seguidos de dos largos, lo que los músicos cubanos llaman “café con pan”, puede haber estado presente en Nueva Orleans, en Congo Square, como señala Ned Sublette, y seguro en Cuba,  en la contradanza y danza cubana, desde principios del siglo XIX. Es la célula que se convertirá en la habanera, en Cuba, y que en Estados Unidos será una de las bases del jazz, como señaló el músico Jelly Roll Morton, que la llamaba spanish tinge, ya que por entonces Cuba era parte de España y, por consiguiente, se llamaba así lo que viniera de Cuba.

 

Has investigado en profundidad y con acierto los intensos intercambios entre la música cubana y el jazz durante el siglo XX. ¿Qué efectos tuvo sobre la música cubana el abrupto cese de esos intercambios en 1959? ¿Puede hablarse de un proceso de endogamia en la música cubana al menos durante un cuarto de siglo, proceso que se ha ido subvirtiendo paulatinamente a partir de entonces?

CDA: De 1959 en adelante, sucede lo que podemos llamar “la fuerza de la inercia”; o sea, la influencia que se dejaba sentir de la música norteamericana , que en aquel momento era el “tsunami” que fue el rock and roll, siguió haciendo efecto en Cuba, sobre todo en los primeros años de la década de los 60. Son los años con estrellas cubanas del rock, de cuartetos que imitan a los norteamericanos, en que el filin está permitido, en que se graban varios LPs de jazz cubano e inclusive las vestimentas y peinados siguen la estilística norteña. Después comienza un período jacobino que culminará en el llamado “quinquenio gris” que en realidad dura más de cinco años,  donde se produce la endogamia que señalas. Pero  las influencias  yanquis, sobre todo del jazz, eran muy fuertes: La orquesta cubana de Música Moderna, esa incubadora de donde saldrían músicos como Chucho Valdés, Paquito D’Rivera, Arturo Sandoval y muchos otros, era en realidad una orquesta de jazz. El próximo paso es, por una parte,  Irakere, la mejor orquesta que ha existido de Cuban Jazz, y por otra, fenómenos como La nueva trova,  y las innovaciones que inicia Formell en el tradicional formato de la Charanga Cubana; pero  aún en algunas composiciones de Silvio Rodríguez se nota la presencia de la música norteamericana. Su presencia es reconocida inclusive por el gurú de nuestra música, Leonardo Acosta, como muy fructífera para la música cubana. Ese favor lo hemos pagado con creces, porque a su vez el Cuban jazz empezó a crecer, hasta convertirse en latin jazz, y ser ahora el área mas progresiva, dinámica y en crecimiento del  jazz norteamericano.

 

Eres autor de una memorable selección, una caja de CDs con las cien mejores canciones cubanas del milenio. Subrayo la palabra “canciones” porque has optado por un término neutro que englobe diferentes géneros. Recientemente, analizaste los desaciertos sistemáticos de Edesio Alejandro en una antología del son que incluía piezas difícilmente clasificables como tales. Dado el ajiaco cultural del Caribe, creo que el proceso de intertextualidad genérica, que hoy observamos en casi todas las artes y en la literatura, comenzó allí mucho antes. ¿No habrá sido superado por la realidad todo intento de clasificación genérica?

CDA: Como reza un viejo dicho cubano, “que el relajo sea con orden”. Las fusiones o mezclas de géneros musicales son  viejísimas, y de ellas van surgiendo nuevos géneros musicales. El vals, por ejemplo, proviene del laender; el punto cubanos, de géneros canarios y andaluces, etc. Pero eso no impide que se haga el análisis de un género fusionado, para saber de qué se compone. Para seguir el ejemplo gastronómico de don Fernando Ortiz, la paella es una fusión que comenzó con el arroz y el conejo, dos elementos baratos de la cocina valenciana; pero fue creciendo el número de elementos agregados, y hoy hay paellas de mariscos, de carne, vegetarianasa, de todo.

En arquitectura sucede lo mismo. En ocasiones, para describir una catedral tienes que señalar que diferentes elementos de la misma corresponden a escuelas arquitectónicas distintas. O sea, es muy normal que se mezclen géneros musicales, pero debe seguirse la buena regla de señalar cuales elementos se están usando en una canción determinada. El relajo, en este caso, lo comenzó el movimiento musical de la salsa, que comenzó sin señalar que género o géneros constituían un número determinado, y desgraciadamente muchos compositores o intérpretes  han seguido esa costumbre.

Yo no tengo reparos en que se mezclen o fusionen géneros musicales, pero creo debe señalarse en cada caso los elementos usados. Tú no te comes una paella que aparezca en un menú solamente con ese nombre, sin preguntar sus ingredientes.

 

Has afirmado que el bolero “nace en Cuba con Pepe Sánchez; primero se dice que en 1875 pero creo que es más viejo”. Y has descubierto que en 1905 se grabaron en La Habana cinco boleros, entre ellos “La Dorila”, criolla dominicana del XIX, que Sindo Garay escuchó allí y se llevó a Cuba para reinterpretarla como bolero. El bolero es, curiosamente, un género antillano que ha renacido una y otra vez con identidades propias en México, en Chile, en Perú, como si tocara una fibra emocional común a todos los latinoamericanos, por lo que me recuerda a la radio y la telenovela que, desde El derecho de nacer, es ya patrimonio común a todo el continente, y se ha infiltrado en la industria de los seriales televisivos en Estados Unidos. ¿Qué cualidades del bolero le otorgan esa ubicuidad entre nosotros?

CDA: Te pudiera contestar con una frase lapidaria del escritor colombiano César Pagano: “El bolero, ese gran corruptor de mayores”; pero trataré de ser más específico, aunque me ponga un poco “picúo”: un buen bolero es un pedazo arrancado del corazón. Tan sencillo como eso. Pero además, el muy pícaro tiene vocación imperialista; como bien señalas. Sindo convierte una criolla dominicana en un bolero, y así hemos hecho con tangos, valses, habaneras, etc. Además, el bolero nace en parques y cafetines de Santiago de Cuba, para cantarse  al pie de ventanales; pero cuando se da cuenta que un género perdura más si es bailable,  inmediatamente se arrejunta con el son, para producir el bolero-son. De ahí en adelante, serán incontables sus enlaces; el  bolero-cha, el bolero-mambo, el bolero-ranchera. A México llega posiblemente con las compañías de bufos cubanos que así llevan también la clave y el danzón cubanos; se va creando una forma bolerística propia de ese país, y lo mismo  sucede con Puerto Rico. A otros países caribeños y sudamericanos va llegando gracias a los discos y la radio. Pero hay otro humilde medio trasmisor,  muy efectivo. Desde 1932, en México se edita el llamado Cancionero Picot que anunciaba el producto de ese nombre, un antiácido precursor del Alka-Seltzer. Se trataba de un pequeño fascículo  de unas 30 páginas que se distribuía gratuitamente en las farmacias o boticas del Caribe, Centro y Sudamérica, conteniendo mayormente boleros cubanos y mexicanos, y después también puertorriqueños, argentinos y de otros países. Para rematar, el cine mexicano, desde fines de los 30, se encargó de propagarlo también. Para conquistar los Estados Unidos y Europa, se cambió el nombre: allá le conocían como “rumba”, o mejor, “rhumba”. Pero era el bolero, guillado. Para otros menesteres, usamos otros géneros musicales: Pero para el amor, y sobre todo para el desamor, el bolero es la receta mágica, que en muchos países  latinoamericanos durante los años 40 y 50, se adquiría por unas módicas monedas, que se le echaban a esos psiquiatras que eran las victrolas o velloneras, como se llamaban en diferentes países.

 

Eres autor de una obra que normalmente requiere un equipo de trabajo, tu monumental Cuba canta y baila: discografía de la música cubana, primer volumen: 1898-1925 (1994) y segundo volumen: de 1925 a la actualidad (2005). ¿Cuántos años de trabajo invertiste en esa obra? ¿No sería importante que alguna institución creara una línea de investigación y la dotara de los medios necesarios para continuar ese trabajo que es piedra angular y referencia inexcusable para todos los investigadores de la música antillana?

CDA: Casi te diría que toda una vida, como el bolero de Osvaldo Farrés. Desde que empecé a coleccionar discos, a los 12 años, intuitivamente comprendí la importancia de conservar los mismos, de hacer un listado de los que tenía. Cuando ya me dedico  de los 60 en adelante a investigar y escribir sobre la música, le doy más importancia a la discografía, y cuando el investigador norteamericano Dick Spottsswood me invita en los años 70  a que revisase la parte dedicada a la música en español de su monumental obra  Ethnic Music on Records- Discography of Ehtnic Recordings Produced in the United States, 1893 to 1942, me doy cuenta que a eso es a lo que quiero dedicarme, a completar esa discografía  en la parte de Cuba. Estuve largo tiempo en los archivos de la Victor y también  en la Columbia de Nueva York copiando información de sus archivos, consiguiendo datos de coleccionistas de todo el mundo, lo que aparecía de mi colección de discos, etc, y aunque he dedicado parte del  tiempo a escribir y editar otros libros, la discografía sigue siendo mi norte. Está en web gracias a la Florida Internacional University, a la que hay acceso libre de costo por internet, desde hace unos 8 años. Yo la reviso cada 4 o 5 años, haciéndole correcciones y muchas adiciones, pero sólo cubre  desde 1893 hasta 1960, salvo el caso de algunos artistas que grabaron antes de 1960, en cuyo caso sigo su discografía hasta la actualidad. Déjame decirte que todo este trabajo de una vida hubiera sido imposible sin la ayuda de Marisa, mi esposa, que comparte conmigo esta pasión por la música y su investigación, y ha sido mi eficaz colaboradora .Como bien dices, sería necesario disponer de los medios para completar la Discografía de 1960 en adelante, y mantenerla abierta para seguir agregando lo que se produzca. Sería, me parece, el único país del mundo que tenga su discografía completa en una sola fuente. Le he ofrecido mi colaboración y asesoría a instituciones de Cuba como la CIDMUC  (Centro de Investigaciones  de la Música Cubana) pero no he tenido respuesta.

 

A lo largo de tu vida conseguiste reunir una espléndida colección que asciende a unas 100.000 piezas valoradas en cerca de un millón de dólares: 25.000 LPS; 14.500 discos de 78 revoluciones; 4.500 casetes con entrevistas radiales a compositores y músicos; de 4.000 partituras; 3.000 libros y miles de CDs, fotografías, vídeos, carteles y documentos, entre ellos raras grabaciones realizadas en Cuba durante la primera mitad del siglo XX. Con tu generosidad habitual, has donado esa colección a la Florida International University. ¿Por qué a FIU y no a alguna universidad puertorriqueña, país donde has vivido casi toda tu vida?

CDA: Traté de donarla a Puerto Rico hace más de 10 años, pero no logré que le interesara a ninguna de las universidades de la isla. Solamente se interesó el Conservartorio de Música, pero en aquel momento no tenía las facilidades físicas y de personal para recibir la colección.  Traté entonces con otras instituciones de los Estados Unidos, pero me decidi por la Florida Internacional  University, que además de ser una de las más importantes y de crecimiento más rápido en los Estados Unidos, está en una posición estratégica, con un alumnado peocedente de toda Latinoamérica, en la ciudad que es la puerta de entrada de América Latina  a Estados Unidos, y no hay que olvidar que mi colección no es  tan solo de música cubana, sino que hay en ella una muestra importante de muchos de los países latinoamericanos; o sea, FIU era el sitio ideal, y así ha funcionado en estos diez años. Se ha mejorado y ampliado la colección, y se sigue catalogando para en el futuro subir a internet también la relación del contenido de otros países, para que pueda ser usada por investigadores e interesados del mundo entero.

 

FIU ofrece al año dos becas de la Fundación Díaz-Ayala, dotada cada una con 1.500 dólares, para que estudiantes de postgrado y académicos realicen investigaciones en tu colección durante, como mínimo, una semana de estancia. ¿Cuáles han sido hasta hoy los resultados más importantes de esa generosa oferta a la que, lamentablemente, no pueden acogerse los investigadores que residen en Cuba? Dados los cambios  recientes en la política de intercambios académicos y culturales, ¿no habrá alguna perspectiva de que puedan hacerse extensivas a ellos esas becas?

CDA: Las becas han  funcionado muy bien. Cada año se reciben propuestas de Estados Unidos, Latinoamérica y Europa. Generalmente se trata de tesis que se están escribiendo sobre determinados temas de la música cubana o latinoamericana, que después se publicarán en revistas especializadas. Además, los becarios deben dar durante el periodo de su presencia en FIU una conferencia sobre el tema que han escogido, copia de la cual se archiva para uso de otros posibles interesados. Desgraciadamente, las instituciones que proveen el dinero para estas becas estás sometidas a la legislación del Estado de la Florida que prohíbe el uso de dinero para becados de Cuba. Espero que en los cambios de la política que señalas se modifique esta perjudicial ley. Hay, por supuesto, muchos investigadores cubanos deseosos de usar la colección para importantes trabajos en la historiografía de nuestra música.

 

“La “lingua” franca de El Callao a Nueva York”; en: Cubaencuentro, Madrid, 02/11/2011. http://www.cubaencuentro.com/entrevistas/articulos/la-lingua-franca-de-el-callao-a-nueva-york-270065