Días 20 y 21: El week end del peregrino

30 09 2013

(29 y 30 de septiembre, 2013)

 

Hace muchos años, cuando era geólogo y me dedicaba a caminar las montañas de mi país con una piqueta, una brújula y una mochila rusa que se iba llenando, paulatinamente, de muestras de roca, aprendí que el agua no siempre sabe igual. Cuando asciendes una montaña, y estás a 1.100 o 1.200 m de sudor y esfuerzo, un trago de agua tibia de una cantimplora de aluminio puede saber mejor que un Moët & Chandon gran reserva.

Diecinueve días lejos de los míos, me convencen de que son ellos, efectivamente, con quienes quiero pasar el resto de mi vida. Cuando 25 años con una mujer se te hacen cortos, cuando descubres que los años pueden otorgar encantos que no concebía a los 30, es que has tenido la suerte de protagonizar un milagro.

Redescubres también el tacto aterciopelado de tus libros, el olor de tu dormitorio, la textura de las sábanas y tu mullida huella en el colchón, más otras percepciones sobre las que, pudoroso, correré tupido velo. Lo cierto es que dos días, un week end de peregrino, pasan volando y, llegada la noche del lunes, preparo de nuevo la mochila para concluir las próximas catorce jornadas del camino. Nadie me obliga. He decidido hacerlo, y una cosa que diferencia a los hombres de otras especies es que, con frecuencia, tomamos decisiones e incluso las cumplimos sin negarnos a pagar su coste. Alto o bajo, doloroso o placentero. Posiblemente gracias a eso hemos sobrevivido al mamut y al tigre dientes de sable. Ellos disponían de mejores armas, pero carecían de nuestra empecinada perseverancia. Somos unos bichos curiosos, inquietos, en ocasiones impredecibles, emprendemos tareas inexplicables o absurdas, pero que contribuyen a explicar lo que somos. Animales singulares, capaces, por igual, del altruismo y la abyección, de la grandeza y la miseria.

Lo cierto es que este bicho que soy se prepara esta noche para dar mañana cumplido final a un sueño mucho tiempo soñado. Podría quedarme disfrutando la buena compañía y los placeres del hogar. Pero siempre me quedaría un sueño trunco, una ilusión por cumplir. Un propósito (personal, intransferible, ilógico quizás, pero mío) atragantado.

Mañana me espera el camino, de nuevo, el cansancio, el sudor, los despertares en tinieblas, las incomodidades del vivir colectivo. Pero espera también el cumplimiento de un propósito que aún no sé exactamente a qué misterioso impulso debe su comienzo, pero que seguramente se articulará con esos otros propósitos un tanto ilógicos también: soñar con mundos inexistentes, contar historias, fabricar universos de palabras.

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