Día 18

27 09 2013

(27 de septiembre, 2013)

Bercianos del Real Camino – Mansilla de las Mulas: 26,46 km

A Roncesvalles: 430,02 km

A Santiago de Compostela: 330,79 km

 

Por la mañana, después de dormir como un tronco hasta las seis en punto, me preparo, y cuando estoy listo para salir, entra Rosa, la hospitalera, y reprende cariñosa a un francés por tomarse unos huevos duros cuando ella ha preparado para todos un espléndido desayuno, al precio de levantarse, como todos los días de lunes a domingo, a las cinco menos cuarto de la mañana, para tenerlo todo listo cuando los peregrinos se despierten.

Gracias al ungüento que me recomendó la doctora palentina, ya han remitido mis erupciones en las piernas, y vuelvo a salir en pantalones cortos para que se ventilen las pantorrillas. Pero en esta zona las hierbas de los bordes se enciman al camino y debo andar ojo avizor, sobre todo ahora que ha amanecido, para eludir cardos y ortigas (rosas blancas no hay y tampoco, hasta donde se sabe, tienen efectos urticantes).

He ido perfeccionando mi sistema de esquiador de secano. Tirar hacia delante los bastones, hincarlos firmemente y apoyarme en ellos para adicionar su impulso en el paso hacia delante. Eso me otorga un plus, de modo que en estas llanuras ando a una velocidad de crucero de cinco kilómetros por hora, que no está nada mal.

La de hoy es una etapa relativamente larga, más de 26 kilómetros, aunque prácticamente llanos. Los 7 km hasta El Burgo Ranero los hago de noche, Iluminando el camino con la tenue lucecita de mi linterna de cuerda, cuyo dínamo debo accionar cada cinco o diez minutos. Son más prácticas las linternas que se fijan en la frente, pero requieren baterías, lo cual es un peso adicional.

Es el amanecer más dorado que he visto nunca. Como si no se tratase de luz reflejada. Parece que este resplandor dorado saliera de las hierbas y los trigales, y se reflejara en el cielo.

Al pasar por El Burgo Ranero me bebo un café y continúo. Esta es la parte más pesada de la etapa. Trece kilómetros sin ver un solo pueblo, por una llanura interminable, y paralelo a la carretera, que aunque con poco tráfico, enturbia el silencio del camino. Los arroyos y canales que atraviesan la ruta otorgan, en cambio, la música del agua.

Llegando a Reliegos, en un túnel bajo la línea del tren aparecen nuevos carteles. Según uno de ellos, “Hay algo más emocionante que matar, dejar vivir”.

A la entrada del pueblo, comienza a lloviznar, y tenemos que sacar capas, ponchos y protectores, porque hasta Mansilla de las Mulas quedan aún más de 6 kilómetros.

Llamo por teléfono a la Alberguería del Camino y reservo una cama, con lo que puedo continuar con la confianza de que a mi llegada tendré garantizado el hospedaje.

Mansilla de las Mulas es un pueblo bastante grande que tiene en la entrada una estatua al peregrino más original que la mayoría. En ella los peregrinos no aparecen de pie con el manto ondeando al viento, desafiantes, la mirada avizorando el horizonte al mejor estilo del obrero y la koljosiana en el anuncio de Mosfilm. Están sentados, recostados unos a otros, extenuados, apoyados en sus báculos, buscando sus cantimploras. Disfrutan un momento de reposo o acaban de concluir una etapa. Agotados como nosotros, ellos tienen una desventaja: seguirán agotados en la piedra para siempre (o el parasiempre que dure la estatua), mientras nosotros nos recuperamos.

Después de caminar medio pueblo, llego a la Alberguería del Camino, y resulta que es un hostal donde, efectivamente, me han reservado una cama. Al preguntarle por qué no me advirtió que no se trataba de un albergue, la dueña me responde que yo pedí una cama y ella me ha reservado una, sólo que la cama está dentro de una habitación individual, que cuesta seis veces más que un albergue habitual. Si me lo hubiera advertido con antelación, posiblemente me quedaría, pero me molesta que me engañen de esa manera. Le doy las gracias y me dirijo al albergue municipal donde, por seis euros, tendré una cama, una ducha, un sitio a cubierto, lo cual me hará bastante falta porque desde ahora ha empezado a llover y no escampará en toda la noche.

Almuerzo con los peregrinos gallegos, a quienes encuentro por casualidad en la calle, y una profesora de Barcelona que los acompaña. De regreso al albergue, la tarde cae súbitamente tamizada por la lluvia. El gris me contamina como si no fuera un color, una atmósfera, sino una enfermedad.

No tengo deseos de escribir y me dedico a leer hasta pasadas las 12 de la noche cuando, por fin, me vence el sueño. Me acuesto con la certeza de lo que haré mañana.


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