Día 17

26 09 2013

(26 de septiembre, 2013)

Terradillos de los templarios – Bercianos del Real Camino: 23,59 km

A Roncesvalles: 403,56 km

A Santiago de Compostela: 357,25 km

 

Todavía no sé dónde voy a dormir esta noche. Por suerte, como el caracol, llevo mi casa a cuestas. Pensaba pernoctar en Sahagún, sitio donde la historia ha cuajado en cada piedra, para verlo con detenimiento, pero un peregrino de León me advierte que para lo que hay que ver bastan un par de horas. La grandeza pasada se ha compactado en dos horas de visita. Si es así, continuaré quince kilómetros más o, en el peor de los casos, 10,65 kilómetros, para cumplir una etapa de 24 a 30 kilómetros, y acercarme más a León, por si mi mujer y mi hijo vienen el sábado. Llegar temprano y aprovechar el día.

El sol no acaba de salir, pero ya la claridad inunda el campo y es como caminar por un mar dorado con algunos acentos verdes, los árboles, no tan numerosos como debieran. Los humanos llevan dos mil años desarbolando esta región para sembrar alimento. Aunque, ya en mi destino, me enteraré por el hospitalero que casi todo este cereal que se cosecha en la zona se destina a fabricar biodiésel.

Una buena parte del camino, al menos hasta Moratinos, es de tierra y pasto seco apisonado, la más confortable superficie para el caminante. Sin asperezas, como una moqueta de pelo corto, firme pero elástica y, sobre todo, sin piedras. En Moratinos diviso una pequeña colina, al parecer arcillosa, donde han cavado puertas, se supone que para cobijar en su interior a los animales. Pero se trata de bodegas. No solo de vino. Aquí se conservaban las salazones, los quesos y los embutidos. Y antes de la refrigeración, todo.

Los grafiteros no se ocupan aquí del fracking ni de la opresión española, sino del esparcimiento. Los carteles en las paredes piden “Más opio y menos trigo”. “Porras y porros”. (Y no se refiere a las porras policiales, sino a los churros king size).

El camino se desplaza paralelo a la carretera hasta Sahagún. Desayuno en un bar y aprovecho que tienen wifi para hacer algunas gestiones pendientes. Luego dedico dos horas y media a visitar esta “Cuna y panteón de reyes, santos y sabios”, como reza la divisa local. “Llena de toda clase de prosperidades”, dice el Calixtino de Sahagún. Su esplendor data de la época romana, por su situación como cruce de caminos, y se consolidó con Alfonso VI. Se veneran aquí los santos Facundo y Primitivo, cuyos despojos decapitados fueron rescatados por los vecinos del río Cea, donde al pasar veré un visón silvestre ajeno a estas históricas tragedias. Sahagún influyó en la reforma cluniacense, impulsó la ruta jacobea y se convirtió en núcleo comercial de primerísima importancia. Basta visitar, cosa que hago, los monumentales restos de la abadía de San Benito, la capilla-iglesia de San Juan de Sahagún, la iglesia de San Tirso y el Santuario de la Virgen Peregrina (muy coqueta con su vestido, su sombrero, su báculo y el niño al hombro), actual Centro de Interpretación del Camino de Santiago, donde me entregan un documento que da fe de que este peregrino ha alcanzado lo que era, hasta el trazado del aeropuerto de Santiago de Compostela, el centro geográfico del camino.

Abandono Sahagún hacia las dos y cuarto de la tarde. Llegar a El Burgo Ranero (18 kilómetros) me tomaría cuatro horas. Y es posible que a las seis no encuentre albergue disponible. Opto por Bercianos del Real Camino, a casi once kilómetros, donde llego pasadas las cuatro y media. En el albergue parroquial todo está lleno y me indican que vaya a otro, el Santa Clara, que es privado. Cuando llego, hay un matrimonio americano esperando. Rosa, la amabilísima hospitalera, les explica que solo quedan una habitación privada con cama de matrimonio por 25 euros, y dos camas en litera por la voluntad, es decir, lo que quieran dar. Sus caras indican que no han comprendido nada. Les traduzco. Se deciden por la cama matrimonial y la habitación privada, para suerte mía y de un peregrino que viene haciendo el camino de Madrid y aparece en ese momento.

Acabo de rebasar la mitad del camino con un golpecillo de suerte, porque si no, habría tenido que caminar otros siete kilómetros hasta El Burgo Ranero. Se anuncia lluvia para el fin de semana. Alegría para el campesino. No tanta para el peregrino.

Conversando más tarde con la pareja norteamericana, descubro que no ha sido tanta suerte como benevolencia por su parte. Comprendieron rápidamente que si optaban por las literas, nos obligaban (al menos a uno) a buscar otro albergue.

Una vez acomodado y duchado le pregunto a Rosa, la hospitalera, si tienen wifi y ordenadores de monedas. Sí al wifi, no al ordenador de monedas, me responde. Pero te presto el mío si lo necesitas. Termino mis posts pendientes. Ceno en el restaurante del pueblo, en cuyo salón sólo hablamos castellano el camarero y yo, y comparto mesa y conversación con un danés, un norteamericano de New York y una chica pelirroja y pecosa que más irlandesa no puede ser.

De regreso al Albergue Santa Clara, Rosa me presta su portátil para subir mis posts. A diferencia de otros hospitaleros, Rosa y Santiago son, ante todo, avezados caminantes que conocen de primera mano las bellezas y las extenuaciones del camino, por lo que atienden a los peregrinos con un sentido casi maternal de la hospitalidad, tratando en cada momento de resolver las pequeñas dificultades de cada uno. Me cuentan que ya con el albergue repleto han recibido peregrinos agotados a altas horas. Los han llevado en su propio coche hasta el siguiente pueblo, donde han conseguido alojamiento. No creo que muchos hospitaleros hagan algo semejante, y menos aun los hosteleros eventuales que han aparecido a partir de la creciente popularidad del Camino. Hacer al menos una etapa sería un excelente aprendizaje para ellos. Conocer de primera mano el estado en que llegan sus presuntos huéspedes.

No es que para ser hospitalero sea condición imprescindible haber hecho el camino, pero, dado que el peregrino es un cliente con unos requerimientos específicos, el hospitalero debe estar sensibilizado con las rudezas del peregrinar. Su huésped no es un turista que acaba de aparcar su coche, ni un ejecutivo recién aterrizado.


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