Día 13

22 09 2013

(22 de septiembre, 2013)

Hontanas – Castrojeriz: 9,57 km

A Roncesvalles: 308,50 km

A Santiago de Compostela: 452,31 km

Por primera vez desde que salí de Madrid he dormido en una verdadera cama, sin ningún inquilino en los altos ni en los bajos. Sueño apacible desde las once hasta las cinco de la mañana cuando me despierto. No obstante lo cual intento echar una cabezada hasta las cinco y media. Hoy he decidido hacer una ruta muy corta, de unos diez kilómetros y aprovechar que aquí tengo las mejores condiciones para trabajar, algo que raras veces ocurre en el Camino, y adelantar los textos que llevo atrasados.

Me levanto en silencio para no molestar a mis compañeros, me aseo y a las seis en punto estoy tomando el desayuno, de modo que a las seis y quince, cuando subo y ya están despiertos, preparo la mochila, me visto y me instalo a trabajar hasta las diez y cuarto en una esquina de la barra del bar. Hay un excelente wifi y una máquina que me permite subir los textos terminados. No me levanto hasta que no tengo tres posts cumplidamente revisados y subidos a la red.

Durante ese tiempo hay interrupciones, desde luego. Varias señoras de Madrid que hacen el camino hasta mañana y otras que llegarán hasta Santiago. Una chica de un moreno homogéneo como si la hubieran pintado y luego le hubieran aplicado una capa de barniz sedoso. Es de Sri Lanka y me recuerda mi único encuentro con un sirilanqués, que iba a mi lado en un vuelo de Moscú a La Habana. Se le ocurrió sufrir un infarto sobre el Atlántico. Un médico ruso de unos sesenta años, oriundo de (por entonces) Leningrado, con un perfecto inglés de escuela de idiomas, y otro joven de Siberia (que conocería el helado idioma de los renos, pero de inglés nada) lo sacaron de la parada y comenzaron a preguntarle a su compañero por el historial clínico del paciente. Como respondía en sirienglish (que ya yo comprendía tras un curso de seis horas) me tocó traducir del sirienglish al english. Pero la cosa no pasó a mayores. A la semana se me apareció en casa el sirilanqués infartado con una novia recién conquistada en las calles de La Habana. Supongo que se estaría recuperando favorablemente.

Las chicas de la barra son atentísimas y simpáticas. Con la que se encarga hoy del desayuno empiezo con mal pie. Cuando le pregunto a las seis si ya se puede desayunar, me responde hosca que para qué se levanta ella a las cinco sino para darle de desayunar a los peregrinos. Pero se nota que la he cogido con la mala leche del amanecer obligatorio. A medida que pasa el tiempo se va dulcificando.

Arranco a caminar entre colinas. Salgo de este pueblo hundido en un profundo valle, casi cráter y en una bajada entre pedruscos estoy a punto de partirme un tobillo, cosa que evitaron, en coproducción, los bastones y mi bota, que amordazó el tobillo para que no se desbocara.

Desde que salí del albergue, llevo un dolor en los metacarpianos del pie izquierdo, pero se disipa en un par de kilómetros, el tiempo que demora un metacarpiano acongojado en convertirse en un metacarpiano entusiasmado.

Los pasos perdidos no es solo el título de una novela de Alejo Carpentier. A cada rato adelanto a un peregrino que arrastra trabajosamente los pies hacia su destino. Los he visto llegar a las cuatro, a las cinco, a las seis, a punto de anochecer o recién anochecido, después de una sufrida jornada de (quizás) diez o quince kilómetros. Más vale que cada uno haga lo que pueda a torturarse así. Jornadas de diez kilómetros practicables, a su medida. Ahorrarían muchísima energía y muchísimas tristezas. Nadie ha dicho que el camino tenga que hacerse en veinte días o en setenta.

Una hora y quince minutos después de mi salida, voy llegando a las ruinas de San Antón, donde en el medioevo se curaba el mal del mismo nombre, o al menos era en ese tema el centro de referencia de Hispania.

Del monasterio antoniano hoy solo quedan unas ruinas espectaculares en medio de la nada. Lo que en su día fue el vórtice de la comarca es hoy un cascarón vacío. La carretera pasa por el mismo centro de las ruinas. Los que eran bellos arcos con relieves e imágenes talladas están ocupados por una paloma y las imágenes borrosas de santos y mártires irreconocibles.

Poco después de pasar las ruinas se divisa a un par de kilómetros Castrojeriz, al pie de una colina suavemente cónica y coronada por los restos de un castillo en lugar de pezón. El paisaje de las lomas calcáreas a la derecha del camino, con sus raquíticos arbustos y sus zonas blancas de marga o de caliza, es lo más parecido a la escenografía de un western, aunque si miras hacia la izquierda los campos de cereal hasta las suaves cimas de las colinas, buscarás al guardián en el centeno. Es el mismo oleaje de cereales que he atravesado casi sin pausas durante los últimos dos días.

No entro al pueblo. Lo escalo. En lo alto de la colina se encuentra el albergue Casa Nostra. Acaban de abrir y me coloco al final de la pequeña cola. Cuando me quedan por delante cinco peregrinos, el hospitalero dice que solo quedan tres plazas. Le aclaro que reservé por teléfono y responde que en ese caso no hay problemas. La francesa que va delante de mí monta en cólera y dice que ella es peregrina, no turista. Le aclaro en inglés que yo también vengo caminando desde Roncesvalles, pero que hay dos tipos de peregrinos. Los previsores, que reservan, y los espontáneos, que confían en que Dios proveerá. Como yo soy ateo, no creo que él se fije en mi humilde persona, así que reservo. Eso la pone más furiosa y se marcha desbarrando en francés hacia otro albergue. Parece que ese concepto de la espontaneidad no es raro. A las seis de la tarde aparecen cuatro jóvenes que vienen desde Burgos, más de cuarenta kilómetros, y lo encuentran todo lleno. Si fuera necesario, dormirían en un banco de la iglesia antes que reservar, lo cual, según ellos, le resta encanto, frescura y emoción al camino. Me parece excelente, siempre que se lo tomen, como ellos, con la despreocupada alegría de los veinte años; no pretenden que la divina providencia reserve en su nombre, y tengan espalda para dormir en los duros bancos de la iglesia.

El albergue ha sido construido en un viejo caserón de paredes de adobe y vigas de madera, pero le falta mucho para ser un sitio confortable. Zonas a medio terminar, chapuzas donde quiera, escasas tomas de electricidad, la cocina bastante destartalada, y aunque anuncian un precio de 5 euros la noche, como es obligatorio pagar el desayuno (desayunes o no), en la práctica son 8,50, que no está mal, aunque te sientas levemente timado por ese desayuno obligatorio.

En el almuerzo comparto un rato la mesa con una señora de un pueblecito de Texas que viene por segunda vez, y ahora irá hasta León, para concluir el camino hasta Santiago el año que viene.

Trabajo toda la tarde en el albergue y en el bar de la esquina, donde el tema de conversación entre el dueño y varios parroquianos son los peregrinos que mueren cada año en el camino. Generalmente por infartos u otras dolencias que ya traían. Por distintas razones, seguramente justificadas, hay quienes esperan demasiado antes de hacer el Camino. No he visto ningún español, pero sí muchos extranjeros que rebasan ampliamente los setenta años. Y en el Camino los extranjeros son mayoría en una proporción que me atrevería a calcular de diez a uno.

Me acuesto a las once y me despierto a las dos de la mañana. No puedo dormir y me pongo a trabajar en la planta baja hasta pasadas las cuatro, cuando la batería de la tablet se acaba sin un enchufe a mano. Intentaré dormir un par de horas.


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