A favor, en contra y todo lo contrario

23 09 2008

Son las reacciones que ha suscitado el concierto promovido por Juanes en La Habana. En mi post de ayer intenté analizar objetivamente qué había sucedido y cuál era, de algún modo, su saldo. Independientemente de ese intento de objetividad periodística, me arriesgo a pronunciarme tomando en cuenta los pro y los contra.

Descartaré el criterio de que este concierto debía ser un revulsivo del gobierno cubano. De momento, a pesar de todos los avances de la ingeniería genética, los guayabales no producen frutabombas. Y los conciertos no derogan gobiernos.

Se ha aducido en contra de este concierto que podría interpretarse como un apoyo al gobierno cubano, que ese gobierno podría instrumentalizarlo en esa dirección, atribuyéndoselo como un éxito o como una demostración de su carácter abierto y tolerante. Se ha dicho que es una vergüenza dar una fiesta en un país que lleva años celebrando el velorio de sus esperanzas. Hay, incluso, una teoría pasmosa: que el FBI suministró a Cuba, a pedido de Chávez y con la anuencia de Obama, un millón de manillas GPS que fueron uncidas con carácter obligatorio a las muñecas de los jóvenes habaneros, y que les vetaban acercarse demasiado al escenario, e incluso les propinaban a distancia una descarga eléctrica si se portaban mal. Si aún no lo ha hecho, el autor de esta tesis debería considerar una incursión en la literatura fantástica. Imaginación no le falta.

Es cierto que el gobierno cubano ha intentado rentabilizar a su favor el concierto, ofreciéndolo como muestra de su carácter abierto y dialogante. Pero ni siquiera sus voceros más fieles se han atrevido a citarlo como un ejemplo de apoyo a la llamada Revolución. Y ese es un dato importante. Ahora bien, si nos abstuviéramos de enviar remesas a los nuestros, de visitarlos si así lo queremos, de participar en cualquier evento con compatriotas de la Isla por temor a que todo eso sea rentabilizado por los ideólogos cubanos, estaríamos renunciando a nuestra independencia, aceptaríamos ser súbditos transversales de ese mismo gobierno. Y debo aclarar que quienes han decidido cortar todos los nexos con la Isla, apoyan el embargo y el aislacionismo como medida de presión, están en todo su derecho, aunque yo no comparta sus métodos.

Si es una vergüenza o no celebrar una fiesta en el velorio, es algo que deberían decidir los cubanos que viven en la Isla. En medio de las mayores crisis y penurias, los seres humanos hemos tenido la presencia de ánimo para continuar riéndonos, disfrutando de las mínimas alegrías a mano o procreando.

Durante decenios la aristocracia verde olivo ha gobernado el país mediante la desinformación, la mentira y el miedo. Por eso creo firmemente que cualquier apertura, cualquier pequeña ventana que se abra hacia el mundo, cualquier intercambio, diálogo, confrontación con otras realidades, es un pasito hacia la luz para los compatriotas de la Isla. Las visitas de la comunidad cubana a fines de los 70 derogaron la mitología satanizadora del gobierno. La respuesta fue el Mariel. El contacto con la comunidad exiliada ha sido más erosivo para el discurso castrista que cualquier mítin celebrado en Madrid o Miami. (Sin que eso desacredite los mítines). Un cubano que viaja fuera de la Isla, trae a su regreso noticias de primera mano que derogan la visión apocalíptica del afuera que durante medio siglo han fabricado el discurso político y la prensa: el miedo como antídoto de la esperanza.

Y este concierto no sólo ha permitido a los jóvenes cubanos escuchar a muchos de los cantantes que aprecian. Les ha permitido escuchar públicamente y en la Plaza de la Revolución, el sitio sagrado por excelencia, la palabra libertad, exhortaciones a una Cuba Libre, a hacer de los cubanos de aquí y allá un solo pueblo, se ha mencionado al exilio con todas sus letras y se les ha instado a perder el miedo. En contra de la noción de pueblo elegido, emisarios del futuro luminoso, se les ha dicho que todos somos iguales, que todos tenemos derecho a los mismos sueños. Demasiadas subversiones en una sola tarde.

Y, sobre todo, los jóvenes cubanos reunidos esa tarde de domingo pudieron apreciar que su gobierno les teme. No se hace un despliegue policial de esa magnitud para contener una asamblea del Partido o una tribuna abierta de la UJC. Eso no significa que mañana mismo se produzca una revuelta, desde luego. Pero descubrir que los todopoderosos, los amos del país, tienen miedo a un millón de jóvenes desarmados es mucho más erosivo que cualquier discurso. El gobierno teme a esos jóvenes que, por primera vez, acudieron a la Plaza sin convocatoria ni redada cederista, sin obligación política ni azuzados por el miedo. Le teme a una espontaneidad que se sabe incapaz de pastorear como no sea por la fuerza. Desde los ya lejanos años 60 (si descontamos la visita de Juan Pablo II) la Plaza no se llenaba de espontáneos. El discurso, antídoto de la espontaneidad, ya ha caducado. Sólo falta derogar el miedo.

“A favor, en contra y todo lo contrario”; en: Habanerías,  23/09/2009





Manual de vuelo

4 09 2008

Una práctica reciente en la República de Cuba es adjuntar al permiso de salida de quienes viajen con pasaporte oficial el siguiente documento:

 

«Compañero:
La misión para la que te preparaste es importante, pero siempre que sea posible, en el escenario y forma adecuada lleva el mensaje de tu pueblo revolucionario y solidario, que resiste el bloqueo del imperio por casi 50 años.
Que fueron y son conquistas de la revolución desde su triunfo, entre otras, el derecho del pueblo a decidir su destino, la defensa de los derechos de la niñez, la igualdad de la mujer y la lucha contra la discriminación racial y de sexo.
También da a conocer que hace 10 años, hay cinco héroes cubanos encarcelados injustamente en las cárceles de los Estados Unidos por luchar contra el terrorismo.
Que el ejemplo del compañero Fidel está y estará siempre en el pensamiento y la acción de todos los revolucionarios del mundo.
Recuerda que en cualquier parte de la tierra, puede haber un oído receptivo y dispuesto a luchar junto a tu pueblo».
«Dirección de relaciones internacionales, CITMA».

 

Hace muchos años, cuando los únicos viajes posibles eran en misión oficial o por salida definitiva, los “compañeros que nos atienden” solían reunir a las delegaciones y advertirles de los peligros que los acechaban en la selva capitalista. Por dónde debían moverse (preferiblemente en manada) y por dónde no. Con quiénes y de qué podrían conversar. Así como un manual de tentaciones que iba desde los puticlubs hasta la quincallería. La amenaza explícita no era necesaria. Vivir en la Isla era suficientemente amenazante. Se daba por sentado que todos los compañeros se portarían bien.

Ahora, al parecer, ya no hay tanta confianza en la buena conducta de los cubanos, aunque sean portadores de un pasaporte oficial. El nivel de desilusión, la falta de expectativas y el descrédito generalizado hacia eso que insisten en llamar Revolución, hace aconsejable puntualizar cuáles son los mensajes que deben difundir en el ancho mundo. Se les insta a llevar “el mensaje de tu pueblo revolucionario y solidario, que resiste el bloqueo del imperio” “en el escenario y forma adecuada” (se excluyen los mítines en sex shops, bares de alterne, asociaciones de gays y lesbianas y en las sedes de Reporteros sin Fronteras o Human Rights Watch). Deberán ser portadores de las “conquistas de la Revolución”, y el texto no se refiere a la toma de Angola o a la invasión a Miami, sino al “derecho del pueblo a decidir su destino” (queda al buen juicio del publicista el modo más adecuado de explicar el sistema electoral cubano y la democracia socialista, aclarando que aquello de la “dictadura del proletariado” es cosa de los manuales soviéticos). Se subrayarán los derechos del niño y la mujer y la lucha contra toda discriminación racial y de sexo. A pesar de Mariela Castro, no se menciona la “orientación sexual” y tampoco la discriminación por razones religiosas, políticas o ideológicas. Puntos sobre los cuales el comprador de grúas o el geógrafo deberán hacer pudoroso silencio para no ser objeto de manipulaciones ideológicas. También se orienta relatar la saga de los cinco héroes prisioneros del imperio, esos luchadores contra el terrorismo que la justicia norteamericana insiste en llamar espías.

Es decir, aunque el propósito de su viaje sea adquirir grúas o asistir a una conferencia mundial sobre la desertización, los viajeros deberán convertirse en agentes publicitarios con la certeza de que “el ejemplo del compañero Fidel” se ha expandido como la Gripe A por todo el planeta y está presente en los corazones de los revolucionarios noruegos, los comunistas suizos, los guerrilleros de las Rocallosas y la insurgencia de Montecarlo.

Y se advierte al viajero que, del mismo modo que “siempre hay un ojo que te ve”, “en cualquier parte de la tierra [los océanos quedan descartados, demasiados balseros], puede haber un oído receptivo”. Así que ándate con cuidado y mira a ver lo que tú dices por ahí, que cada oído está conectado a una lengua.

Pero lo más sorprendente de este mensaje es que lo firma la Dirección de Relaciones Internacionales del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente. Quizás nunca sabremos si se trata de un experimento científico sobre la teoría del rumor, o de un aporte ecológico a la desertificación de las ideas.

“Manual de vuelo”; Madrid, 2008