El día de la ira (cuento del libro Los forasteros)

29 09 1987

                                                                                                A Luis Felipe Bernaza

Creo recordar que alguna vez me llamé Hsun Ko, que fui decapitado por robar medio cesto de grano en el valle de Wei. No he vuelto a hallar, en parte alguna del mundo ni del tiempo, un ritual semejante para rebanar el cuello a un labrador. Hay muchas maneras de matar a un hombre, pero generalmente las dignidades de la muerte tienen una suerte de parentesco con las dignidades de la vida, como si la muerte fuera una condecoración o una medalla. He visto mariscales y príncipes ahorcados, muy marciales y circunspectos; he visto esclavos y fugitivos en posturas grotescas o pueriles, rescatando del polvo sus tripas una a una, momentos antes de comprender que vísceras y esperanzas son ya superfluas. Pero también he visto, porque no hay ley que no tenga su compensación o su desquite, hombres humildísimos cuyo lujo fue la muerte ─ sin un después para recordarla─, y sátrapas arrodillados, implorando clemencia en un charco de excrementos y miedo. Y quizás me acuerdo hoy de todo esto, porque la muerte tiene dos aceras, dos márgenes. Y yo, que viví siempre (y eso es para mí una larguísima palabra) en la orilla carcomida por la erosión y el oleaje, acabo  de cruzar al otro lado. Los sueños de estos jóvenes me sirvieron de puente. La muerte no es sino alegoría, más tenebrosa o grata que cualquier otra (según los propósitos de cada quien y de la muerte).

Entre mi espalda y la corteza de este árbol se establece una complicidad, un diálogo en el idioma de la savia, que aprendí durante aquellos tiempos en que fui árbol. Mucho después que mi cabeza fuera expuesta quince días al escarnio público, a seis pies sobre el polvo de la plaza y a 4.5 millones de años‑luz bajo Alfa del Centauro. En las tardes, cuando las mujeres revolvían la sopa de mijo para sus maridos recién llegados de los campos, mi cabeza abría con cuidado los ojos para atisbar el crepúsculo allá en el fondo del valle. Son los únicos atardeceres que nunca he conseguido olvidar. Cierta vez tenía el sol tan dentro de los ojos, que no me percaté del niño deslumbrado al pie del poste, inventando el asombro. Pude cerrar los párpados, hacerle creer en las ilusiones ópticas apañadas por el sol que se apaga, pero preferí mirarlo, hacerle guiños, muecas para desmenuzar su miedo. Al día siguiente, le hablé con voz gangosa y dulce de decapitado. Fui inventando leyendas, consejas y refranes que él aprendió con la avidez de su memoria intacta. Después las  contaba a sus padres, que le pegaban y se resistían a creer en una cabeza que inventa fábulas con voz y ojos de atardecer. Porque sólo creían en evidencias y eran incapaces de sospechar, como los niños, de las verdades demasiado evidentes. Mi cabeza fue sepultada en el sendero de Tsu‑Nan, a diez leguas del cuerpo, para que nunca se encontraran; y que así me pisaran todos los caminantes. A la mañana siguiente, el chico encontró el sitio exacto y se sentó a llorar la pérdida de su único amigo. Mucho más tarde supe que insubordinó a veinte mil campesinos contra los señores. Lo decapitaron por su pueblo, no por una cesta de grano roído. Mientras él crecía y hasta mucho después de su muerte, mi cuerpo y mi cabeza fueron salvando la distancia con infinita paciencia. A veces una corriente subterránea nos alejaba, un sismo nos ponía en vecindad inminente, para burlarse más tarde de nosotros (yo mi cabeza, yo mi cuerpo).

Supe de tesoros guarecidos, de minerales que esperarían aún durante siglos, intocados, y de animales fabulosos que abandonaron sus fósiles en el limo tibio de los mares y en una memoria del hombre que es anterior a la memoria.  Peregrinación tan dilatada se me evade, y a veces la convoco, la llamo, trato de convencerla, pero no doy con ella en ese laberinto que guarda (o disimula) mis recuerdos.

Al cabo, mi cuerpo y yo nos encontramos en un valle asediado por piedras grises. Éramos un diminuto lago de fondo salino que no tardó en evaporarse sin acceder a la mirada de los hombres. Vagué entonces por los cielos de dos continentes: llovía aquí, ascendía de nuevo, cobrando cierta conciencia de nube que no me era demasiado ajena. Así fui río, laguna, pantano, poza, acequia, sin olvidar mi nombre, o mejor, mis nombres, o mejor aún, cualquier nombre. Porque el hombre es él y no sus nombres, aunque transite por apariencias de roca, de bambú o de paloma.

Aquel deambular de nube a río, siempre con sobresaltos de lluvia, terminó durante un chubasco en cierta isla del mar Egeo. La tierra, con la lengua acezante entre las fauces, bebió todo mi cuerpo, se relamió y me vertió en la fuente de un pueblito engarzado entre cuatro montañas. Rebosé el ánfora que una muchacha preñada transportó con cuidado hasta su casa. Así, meses después, nací con nuevo cuerpo, con una infancia más, acaso no muy distinta de las otras porque la he olvidado. De aquel tiempo recobré, hace tan sólo unos meses, la certeza de haber muerto joven. Hojeaba un libro de arte, en la biblioteca que fundó la dirección del Frente, cuando una ilustración me devolvió  la estatuilla de madera que me fuera encomendada por los sacerdotes durante alguna cronología anterior a las cronologías. Mientras mi cuchilla iba desnudando la madera de su apariencia vegetal, para conferirle un empaque más humano (y más sospechoso también), la diosa de las serpientes se me fue convirtendo en cierta muchacha sitiada entonces por mis deseos. Porque  las artes manuales son, en el fondo, artes del corazón. Sus pechos despiadados, su cuello prolongándose en una misma curva hasta las caderas, sus manos ofrecidas, su rostro huyéndose a bordo de los ojos: todo me denunciaba ante los sacerdotes, que consideraron mi fidelidad inconsciente a la muchacha, infidelidad consciente a los dioses. Sacrilegio acreedor de la muerte por hambre en los acantilados infranqueables de la costa oeste. Dispuse del tiempo necesario para comprender mi único sacrilegio: instalar en el rostro de la diosa unos ojos para ver siempre y lejos: ojos de amor, que ningún dios tendría. Los sacerdotes se habrían encargado de arrancárselos.

No sé por qué vericuetos de la historia, vine a despertar de ese letargo que provoca la infancia, en Keuylit‑oghlu‑yayla, entre Ilgin y Kowanna, en el suroeste de la meseta. A ese lugar asocio ciertas correrías con otros muchachos de mi edad, hasta el muro de piedra donde la imagen de un hombre permanecía en pie sobre otro, flanqueado por leones; todos sobrecogidos ante el sello real. Cobré conciencia exacta de aquel mundo, si no más cruel, de una crueldad más explícita que los anteriores, cuando fui reclutado, con la adolescencia pendiente, en el ejército que partía hacia el país de Absina. Desechado como guerrero, me encomendaron a los artesanos: ayudante para la reparación de armas. Nos encaminamos hacia el sur de Horms y de ahí a Damasco. Leones merodeaban en la noche alrededor del campamento, pero no se atrevían, porque los hititas eran los reyes del desierto, y cada quien sabe el lugar que le corresponde. Caíamos sobre los poblados como la ira de Dios: súbita e implacable. Vi cuando hicieron prisionero a De Quinza, transpuse en un año la distancia entre el Líbano y el Eufrates, y me agazapé en la retaguardia de Shubiluliuma cuando libró, en nombre de Hatti, la batalla contra Mitanni. Marchamos entonces hacia Alepo, nos dispusimos a saltar sobre Kinza. La noche antes del asalto, un grupo de guerreros gasgas atacó por sorpresa. Nuestros hombres combatieron desnudos, sin despertar. La guerra era hasta tal punto una función incondicionada, que aniquilaron a los asaltantes para recordarlo apenas, al día siguiente, como parte de un sueño. Yo me refugié en la carpa de los armeros, entre corazas, mazos de flechas y láminas romas de hierro sin muertos aún en la conciencia. Sentí pasos y un cuerpo que se deslizaba dentro de la tienda. Salí de mi escondite, presuponiendo a alguno de los maestros. Tropecé con un gasga aterrorizado por la matanza, por el tajo que le abría el brazo izquierdo del hombro al codo, y por sus diez o doce años de edad tatuados desde (y hasta) esa noche por el miedo. Le mostré un reducto al fondo, entre ruedas por reparar, y se ocultó como un animal, sin mirarme. Pero lo habían seguido. Dos guerreros se encargaron de sacarlo a lanzazos, apilándolo sobre los otros, que formaban una pequeña colina al sur del campamento.

Al día siguiente cercenaron mis brazos, taponeando con emplastos el muñón, para evitarme una muerte descansada.  Echaron mis brazos, muertos de antemano, en un pozo cavado en la arena, y allí me enterraron hasta el cuello. Mi destino sería lento, poblado de espejismos y pesadillas de sed y sol. De ello me libraron los leones dos noches después.

Fui entonces  migrando por los cuerpos de distintos animales: desde serpientes y salamandras hasta escorpiones y ratas del desierto. Vagarosa ocupación que me condujo a través de los arenales, siempre hacia el oeste.

Mi regreso a la condición (mejor sería decir a la apariencia) humana se consumó por la misma vía: el beduino nunca pensó que saciándose con una serpiente, se estaba convirtiendo en mí.

La incertidumbre enmascara los recuerdos de ese tiempo en que fui circunciso y esclavo en Egipto, desposeído de toda identidad, salvo la de haber nacido en Ur Kasdim (nunca supe por qué), de la que también fui gradualmente enajenado, porque los esclavos no nacen en ninguna parte. El acarreo de bloques sobre rodillos y, a veces, sobre esclavos y siempre sobre nuestra imaginación. Dieciséis, veinte horas de trabajo. Higos secos, azotes, untos de aceite rancio.

La estampa más precisa de aquella vida me llega, tamizada, desde algún pliegue del tiempo (la pieza suelta del rompecabezas); cuando cerca de Siguem aparecieron en mi tienda los hombres de Leví. Me aprestaba para la hospitalidad ritual cuando ellos acometieron con sus espadas. Una ira inédita, una ira que no había vuelto a sentir hasta hoy, echó mano a la daga. En ese momento, la tienda, los objetos, los hombres estallaron en sus verdaderos colores y yo, que no sospechaba una realidad emancipada de la cárcel blanca y negra en que mi miedo la había encerrado, tuve un deslumbramiento. Los hebreos sablearon una figura inmóvil de sorpresa,  pero entonces nada era más importante para mí que aquella visión. Ni la muerte. De los colores clareados por la agonía fue emergiendo la imagen de aquel circunciso que fui, (asesinado ahora por circuncisos), arrojado a la intemperie por los capataces, para que el sol y las hienas se discutieran su piel grisácea. Desde entonces sé que se pueden sufrir dos muertes a la vez y que no hay una igual a otra. La de hoy será distinta, puede que definitiva. Lo sospecho. Como si el instinto de la inmortalidad amainara. Juancho y Miguelito no saben que las heridas no duelen, que la muerte no duele. La vida es lo único que duele. Y no siempre. Hubo un tiempo en que no dolía. Fue en una aldea de Samnio, en Liguria. Yo era niño y feliz, o todo lo feliz que puede ser un niño. La conciencia de mi pasado no era sino presentimiento al revés que se escurría dentro de algunos sueños o me miraba desde el espejo de la laguna, mientras esperaba sonsacar alguna trucha con mi cebo de lombrices. Aquello me divertía. Era como el cine veintidós siglos antes de Lumiére y Charles Chaplin. Fui uno de los primeros en ver las legiones. Había trepado al Monte Rosa, todo de piedras opacas, pero así son los nombres —cuestión de matices que yo no percibía hasta hoy—. Ellos atravesaban el valle: todos a un tiempo: campo sembrado de picas centelleantes que hubiera decidido marchar hacia mi casa. Corrí a su encuentro atravesando la aldea, pero no me dejaron continuar cuando conté lo que había visto. Sin armas para la defensa ni plazos para la huida, el tiempo se adensó hasta tragar vidas completas: hombres que envejecieron y se encorvaron; muchachas que alcanzaron sus primeras sangres; niños que mudaron los dientes. La legión apareció arrastrando un largo camino de cosechas incendiadas y viñedos tonsurados. Cuando comenzó el saqueo, me acerqué para mirar los hombres y las armas.  Uno de ellos me devolvió a mis padres ensartado en la espada. Puede que esa vida pendiente continuara en una aldea de Flandes, donde fui labrador mientras tomaban las Galias, desaparecía el Estado visigodo y Roma se apagaba en un estertor de saturnales. Treinta años cultivé mis campos sin excesivos sobresaltos para aquellos tiempos, y me morí de viejo a los cuarenta, el mismo día que Clodoveo, en el 511. No sé si fue antes o después que asistí en Limoges a una rara competencia: cierto caballero sembró monedas de plata en uno de sus campos; otro, hizo quemar vivos treinta de sus mejores caballos. Al final, como nadie pudo dirimir la porfía, estuvieron a punto de esclarecer los resultados por las armas. Una resaca de hambre y peste asolaba entonces Europa. Mientras los señores discutían, varios siervos comenzamos a cortar pedazos carbonizados de caballo. Ya la discusión había alcanzado el puño de las espadas, cuando nos descubrieron. Nuestra insolencia de aprovechar aquella carne, merecía castigo. Fuimos ahorcados en los cedros del coto.  Al pie de nuestros cadáveres, los señores hicieron las paces y sellaron alianzas para siempre. Y no recuerdo si fue antes o después, porque el curso de alguna entre aquellas muertes, desembocó en un período de diseminación, en que mi cuerpo alimentó la tierra y fue trigo, y cebada, y mieses por recoger, y sangre y huesos de muchos hombres que se sucedieron recibiéndome y segregándome; hasta que logré reunirme en uno solo, perpetuarme e ir siendo, sucesivamente, yo, mi hijo, mi nieto, juglar, siervo, artesano, monje, porquerizo y esclavo otra vez, en Atenas. Irene había horadado los ojos de Constantino en agosto del 797 y se ataviaba con trajes de basileus en los dípticos consulares; se hacía conducir en un carro tirado por cuatro caballos blancos, las bridas sostenidas por cuatro patricios (blancos) investidos de las más altas dignidades. Los esclavos de la Hélade trabajamos a favor de los hijos de Constantino, deportados en Atenas. Irene impartió órdenes rigurosas a los soldados de Bizancio: cientos de esclavos fuimos cegados. Muchos arrimamos nuestro incierto destino a la sombra del agradecimiento. Pero ya no éramos servibles, sino despojos de una esperanza frustrada. Fuimos arrojados por los herederos a un mundo donde los videntes raras veces sobrevivían a la adolescencia.El hambre y la peste disputaron por nuestros destinos, pero al final se los repartieron equitativamente e hicieron las paces, como los señores de Limoges. En tiempos de ovejas, los lobos no disputan.

Varias veces fui instrumento de premeditaciones ajenas. En 1212, me uní a la procesión que venía tras la huella de Esteban desde junio y desde Cloyes, cerca de Vendme. La conciencia explícita nos empujaba hacia el rey, para ponernos al servicio de Dios. La conciencia implícita nos empujaba a huir de nuestros padres y pueblos, conminados por el hambre. Llegamos en número de treinta mil a Marsella. Los pescadores, asustados, vieron descender aquella plaga de niños, como una pesadilla, por el valle del Ródano. Embarcamos en siete grandes bajeles, para que los historiadores tuvieran su  Cruzada de los Niños, materia curiosa para investigaciones y asombros de sobremesa. Íbamos buscando a Dios, es cierto. Ya habíamos perdido toda esperanza en los hombres. A los dos días de navegación, no nos sorprendió una tempestad. La aguardábamos. Nuestra nave se estrelló contra Reclus, un peñón discriminado por la Isla de San Pedro, un colmillo del océano cariado de naufragios. Entonces comprendimos, con esa lucidez de los ahogados, que Dios tampoco nos daría de comer. Que ante la disyuntiva, se había librado de nosotros. Algunos cadáveres fueron arrojados a la costa por el océano hastiado. Así Gregorio IX podría edificar la iglesia de los Santos Inocentes, sobre un cimiento de huesos a medio crecer.

Mi cuerpo fue pasto de los peces, que a su vez fueron pasto de otros peces. Ya a los peces con conciencia de peces durar les era difícil. Más aún a los peces que fui, embargados por mi conciencia de hombre. Muchas permutas de devorador a devorado me condujeron del Mediterráneo al Atlántico sur. Asistí a los desechos del Amazonas: vasto comedero que se adentra tres mil kilómetros en el mar. Fui bordeando la costa hasta sumirme en la intimidad del Caribe. Regresé al sur a bordo de especies oscuras y grasientas. Remonté la costa oeste del continente, porque la Cruz del Sur me empavorecía. Era como si Dios me estuviera buscando para castigar mi antihumana obstinación de ser yo mismo, al margen de los disfraces que la naturaleza tuviera a bien endilgarme.

Me capturaron frente a la costa de Chala. Sólo el Inca era dueño de las redes de chasquis, en cuyas canastas fui conducido a la mesa del señor; aderezado con valiosos condimentos, horneado, apetecible. Pero el Hijo del Sol me echó a un lado, aun sin sospechar que estuvo a punto de ser yo.

Los sirvientes dieron cuenta de mí. Perseveré en una casta de lacayos, ayudantes, peones y funcionarios menores. No creo haber sido chasqui; aunque quizás toda mi vida no sea sino un oficio de chasqui, en que mis muchos cuerpos han servido de mensajeros para transmitir mi conciencia. Lo que nunca me fue revelado, hasta hoy, era el nombre del destinatario. Ahora sé que eran Juancho, Miguelito, mis nietos, sus amigos. No siempre los mensajes tienen que disfrazarse de mensajes.

Recuerdo cuando las crecidas arrancaron el puente colgante de Huacachaca, sobre el Apurimac, en la aldea de Cajas. Los ancianos hablaban con cierta nostalgia de los tiempos anteriores a los capaccunas, cuando no rendían tributos al Sol, porque el Sol éramos nosotros. Pero aquello parecía una leyenda, o una nostalgia peligrosa. El pachaca Curaca, al compás de los tiempos, me obligó a participar en la reparación del puente.  Tuvimos que abandonar las siembras para trenzar cabuyas hasta el grueso de un hombre. Preparados los cables, nos repartimos en dos grupos a ambas márgenes. Debíamos empezar por la armazón.  Bien tensa ya la primera cabuya, los de la otra ribera  la dejaron escapar. Al caer me arrastró, junto a otros dos, hasta el fondo del río. Curaca envió un grupo de hombres al rescate del cable, mientras nuestros cuerpos se perdían de vista entre remolinos y hervores de crecida.

Faltaban veinte lustros para que los incas creyeran en el regreso de Viracocha, el dios blanco. Y era la muerte blanca que venía desde las armerías de Toledo, en manos de Pizarro. Nunca lo ví. Estaba demasiado lejos en ese entonces. Pero sí a Cortés, y más aún a Pedro de Alvarado, cuando rogó a Monctezuma que todos los señores, sus vasallos, hicieran un mitote como ellos sabían, para celebrar la fiesta de Toxcatl. Los señores acudieron desarmados y con sus mejores trajes, que era un lujo mirarlos. Yo tañía los atabales. Los españoles se fueron repartiendo entre los bailarines, según un azar rigurosamente planeado; de cuatro en cuatro, cegaron los accesos. Mis atabales gloriaban a Huichilobos y Tezcatepuca, cuando de pronto enmudecieron. Ya no tenía brazos con qué tocar. Me asombró la recurrencia. Pero ahora no había sentido compasión por ningún enemigo. Sin tiempo para salir de mi asombro, el mismo hombre me cercenó la cabeza, que fue rodando hasta el centro del salón. Desde el piso mi cabeza vio a los señores corriendo de un lado a otro, decapitados o enredándose los pies con sus intestinos. Al final, fuimos arrojados a los campos. Ya había cundido el rumor entre la fauna: los viejos tiempos terminaron, decían. Fieras desconocidas asolan el mundo desde la costa al sol. Y se desbandaban. Yo me apresuré a huir, pumas abajo, mientras en la meseta de aquel país condenado estallaba la rebelión tardía de Tenochtitlán.

Más de un siglo fui molécula de agua, sales disueltas: mi vasto cuerpo ocupaba decenas de kilómetros, deambulaba según el ritmo de las mareas y los avatares de las corrientes. Evitaba las rutas de los hombres. Temía regresar a una condición sin esperanzas. Prefería el anonimato de ser mar, guarecer de azul mi vulnerable transparencia. Gustaba descender con las aguas frías a los fondos de naufragios, porque era el único sitio donde los hombres no me parecían peligrosos. Pero allí tuve la premonición de que yo también sería náufrago. Náufrago quería decir hombre. Supe que algún día de abril de 1721, el bergantín “Victory” sería sorprendido por una tormenta frente a Nueva Guinea, que mi cadáver alimentaría una semilla y que entonces sería árbol, y que la selva me protegería de los acechos, de las humillaciones y del hambre. Pero antes viví en una aldea de las colinas Oban, en las estribaciones del Níger. Por poco tiempo; el suficiente para que el abuelo me contara las historias de cómo el sol y la luna subieron al cielo, la del cazador Atikawt, y la historia de la calabaza. Pronto vinieron los iyó desde Undo y nos encadenaron en largas ristras, que a veces arrastraban uno o dos días a alguien que ya había muerto. Bajamos por las márgenes del río Kwa. En Atakpa fuimos cambiados por telas de algodón, quizás tejidas en las factorías de Manchester por mis lejanos descendientes de alguna vida anterior.

La mitad de mi aldea fue dispersada por los fondos del océano Atlántico. El resto, vendido en el mercado de San Cristóbal de La Habana.

En el hato Pedregales trabajé como esclavo doméstico de los Mendoza, hasta que un rejuego de la suerte me condujo a los cañaverales. La violencia del cambio me dio ánimos para escapar: serpenteando fincas y pantanos, ocultándome de día en las casimbas y huyendo de noche a través de las estrellas y el miedo, hasta la finca Las Mercedes, donde me refugié cosa de un año; aunque Cáceres ya había dicho, contradiciendo la “usansa de la tierra”, que un esclavo por más de un día en cualquier finca, sería considerado fugitivo. Don Esteban tenía sus leyes, que diferían bastante de los edictos oficiales, y me recordaba un poco por el andar y sus perderse de ojos en el horizonte, a aquel Esteban cuyos huesos deberían errar ahora por el fondo del Mediterráneo. Pero yo temía. Días antes vinieron los rancheadores de Sabana Grande y vi cebarse a los perros en Jacinto. Por eso la próxima vez que acompañé a Don Esteban hasta Caleta Jaramillo, al sur de Guasimal, llevé envueltas en un trapo las pocas monedas que había conseguido reunir. Concluído el negocio de pieles con el bergantín “Rebeca”, de Robert Jenkins, me acerqué al contramaestre y le ofrecí mi dinero a cambio de un espacio para llegar a Europa. Guardó el envoltorio sin mirarlo y me embarcó de contrabando con el resto de la carga. Días antes del arribo a  Kingston, Jenkins me hizo subir, me revisó con cuidado y discutió fuerte con el contramaestre en un inglés borrrascoso que yo entonces no entendía, pero que entendí cuando me vendieron en el puerto a otros ingleses: los oficiales del “Victory”, en ruta comercial hacia la India. Cuando leí el nombre en la proa, supe cuál sería su destino y el mío, al margen de nuestro tránsito fugaz por Buenos Aires y Valparaíso. Por eso, aun bajo las peores circunstancias, conservé siempre una sonrisa que me valió muchas burlas, y a ellos, muchos muertos.

El 14 de abril, mientras el jefe de un guardacostas español mutilaba a Robert Jenkins, dando lugar a la “Guerra de la oreja de Jenkins”, desatada por los adversarios de Walpole en la Cámara de los Comunes, el “Victory” pasaba a engrosar las abultadas relaciones de naufragios del siglo XVIII. Y yo consumé mi destino de árbol.

Al principio temía a los hervíboros, a las plagas, al salitre, a los diluvios de primavera, al viento. Después fui cobrando cuerpo y madera, corteza y confianza en mí mismo.

Ya era uno de los robles más corpulentos de Nueva Guinea cuando me derribaron. Despojado del que era mi orgullo, huí de las hachas vasos arriba (lo que hasta entonces fuera arriba). Acosado, terminé en el taller de un artesano, que me convirtió en máscara funeraria tatanua, de mandíbula prominente y ojos astutos.

En 1825, Herr Friedrich Von Ranke, de paso por algunas islas en su condición de agente de la Compañía Comercial de Hamburgo, etnólogo de la Sociedad Imperial de Estudios Extranjeros, y testaferro político de la Confederación Germánica, me adquirió para su colección de forasterías. En el oficio de objeto, el peor de cuantos he soportado, permanecí más de veinte años en la mansión de Munich, conservando mi idiosincrasia,  a pesar de la promiscuidad con estatuas africanas de ácana, supuestas reliquias católicas, huesos apelmazados en las catacumbas de París y códices mayas. Mi identidad humana ya estaba siendo transgredida, contaminada por un cierto espíritu objetuario, cuando un incendio desperdigó por todo el sur de Alemania y Francia las cenizas de bienes hurtados a tres continentes, a veinticinco siglos, a vidas sucesivas apiladas, invertidas, si no en la materia de los objetos, sí en su significado.

El amor humano sin subterfugios sólo vine a experimentarlo en un tiempo difícil de colocar en la Historia. Porque las ficciones se deslizan por una dialéctica sin baches, cronológica. No así la realidad: despeinada, inconexa, empedrada de olvido. Ocurrió siendo un mísero cudra de Dhamiari. Me enamoré de una muchacha vaicyas, de los dvijas que pueden nacer dos veces. El sistema de castas me atribuía tan sólo una vida. Quién sabe cuál de mis tantas. Y mi sangre era impura. Y mi piel intocable. Sus hermanos nos sorprendieron cierta noche bajo el follaje de la luna, en la ribera occidental del Mahanadi. Mi cuerpo, mutilado a cuchilladas, fue arrojado al río. El de ella, mutilado a desprecio, fue arrojado a los caminos. Ella envidió mi suerte de estar muerto y yo envidié su suerte: una memoria efímera.

Pero aquella vez, cuando fui ceniza en el viento, también alcancé otra especie de amor: aboné un árbol cerca de Beancon, y el árbol se pobló de columpios, de niños, de corazones tallados a cuchilla, de citas clandestinas entre enamorados, entre conspiradores.

Usé mis frutos para reasumir un cuerpo de campesino joven, deslumbrado cuando emigró en busca del mundo y descubrió París. Allí me sorprendieron los turbulentos setenta, trabajando como auxiliar de linotipista en un taller de la calle Lefevre. Eran los tiempos de la ciudad sitiada, cuando Favre, Simon, cuando Luis Julio Trocho. Mi amigo Jean Valjean fue elegido oficial y me invitó a ingresar en la Guardia Nacional, pero tuve miedo de inmiscuirme en asuntos de política que no habría entendido. El bonapartista Vinoy estaba al frente del ejército de París; Auvelle de Paladines, de la Guardia Nacional. Thiers intentó el 18 de mayo quitar los cañones a la Guardia, para firmar su paz con Bismark, que no era la paz de los franceses. El dos de abril, las tropas de Versalles habían atacado Courbevoie y se produjeron las matanzas de Bellevie. El 21 de mayo cayeron sobre París. Ví al pintor Coubert, al zapatero Serailler venido desde Londres, al húngaro Frankel, a Elizabeth Dimitrieff, la rusa, y a los polacos Wroblewski y Dombrowski, el mejor estratega, inhumado en la historia al frente  de su barricada, en la calle Myrrha, el 23 de mayo. El príncipe de Sajonia rodeó París. Los fé dé rés  que huían, eran detenidos y entregados a las tropas de Versalles, para ser fusilados en el sitio. Algunos prusianos, espantados, soltaban a sus prisioneros. Treinta mil muertos en ocho días. Más que todos los alemanes en toda la guerra. Yo tuve suerte: fui uno de los cincuenta mil detenidos, a pesar de que no había participado abiertamente en la Comuna. Fuimos deportados a América en pontones. Durante un mes disimulé mis fiebres. Los enfermos eran lanzados por la borda. Segunda vez que me conducían a América.

Conquistadores y emigrantes, esclavos y deportados, fugitivos y aventureros: todos hemos venido a dar en este continente como verdugos o víctimas.

Aquí me transmití por generaciones, busqué sitios propicios para sembrar frijoles y maíz, para sembrar mis próximas vidas y que se deslizaran como siempre, entre las riberas de la muerte, pegadas a la orilla carcomida por la erosión y el oleaje. Aquí tuve hijos, nietos, los mejores que recuerdo en un siempre tan siempre. Tuve hasta ayer, que me los mataron los contra en el alto de Jícaro.

Miguelito vino con los otros del BLIN. Habíamos de irnos, explicó. Se esperaba una incursión de las grandes en esta dirección. Y yo recogía ya mis pocos bártulos, cuando se me acercó: “Oigame, viejo”, y ahí dijo lo de los muchachos. Entonces me vino la ira, la misma ira de aquella vez en mi tienda de Palestina. Y el monte todo cobró sus colores. Y los pájaros fueron azules y rojos y amarillos, y los árboles dejaron de tener troncos negruzcos y follaje gris. Y todo en el monte fue verde. Y no quise perder esos colores como había perdido a mis nietos, a los dos juntos, que si me hubieran dejado tan sólo uno. Como perdí a Jean, a mi amigo de Wei, a mi Kantama a orillas del Mahanadi, y tantas cosas que los recuerdos han tenido la bondad de esconder, porque si no ya fuera loco o muerto de recuerdos. Entonces le bajé despacio del hombro el hierro de matar. “Explícame cómo se maneja este trasto. Me voy al cachimbeo con ustedes”. Y Miguelito no supo qué decir, porque hay palabras para convencer a un hombre, pero ninguna sirve para desconvencer a un viejo que no quiere perder los colores del mundo junto con los nietos. Y mientras esperábamos en la quebrada, les hice mil historias increíbles que fueron ciertas. Dudaron. Pensaban igual que los otros del pueblo: “Mire que usted inventa cosas, Don Serafín; eso es que lee mucho”. Las creen ficciones. Hay verdades que desbordan nuestra tímida credulidad humana. Ignoran que algunas ficciones parecen más reales que la realidad, porque la realidad tiene más imaginación que los hombres. “Y como sabe usted palabras”, me decían los muchachos. Claro, cuatro mil años aprendiendo palabras son demasiados años, demasiadas palabras. Pero todas juntas no me sirvieron para ver el mundo de esos colores que tiene ahora, o que ha tenido siempre y nunca para mis ojos neblinosos de miedo. Y demasiadas palabras también hacen daño, les dije; más valen pocas y bien usadas, que andarse perdiendo en un laberinto de palabras para buscar la única, la exacta, y que al final te hayas demorado tanto, que no la necesites.

Ahí empezó la balacera. Y mientras más perdía yo los residuos del miedo, más abrillantado se volvía el mundo. Me entretuve mirando un chorlito dorado, y recordé aquel otro que se posó en la milpa donde cultivé maíz hace medio milenio o cosa así, y yo pensé lo feo el pajarito ese, pero ahora me deslumbró con el oro viejo de su plumas. Quedé suspendido de su aleteo. Fue  entonces cuando me dieron, aquí, en la vecindad del corazón. Después que todo terminó, dejamos (DEJAMOS, y lo pienso en mayúsculas) muertos y huidos a los matarifes de mis nietos, Miguelito y Juancho me recostaron a este árbol, en lo que viene el médico. Aunque ellos lo saben: para qué, si ya me estoy muriendo solo.  No necesito ayuda, porque morirse es lo más fácil. Para vivir sí que hace falta ayuda. Y ellos piensan que me estoy muriendo para siempre. Pero yo sé que esta vez sí me estoy muriendo para siempre, porque ya vi lo que me faltaba por ver, que eso me tenía detenido en una vida trashumante y entrecortada. Ahora me deslumbra el color rojísimo de mi sangre. Y ellos se asombran de que un viejo tan viejo (y eso sin saber lo tan viejo que puede ser este viejo) venga a deslumbrarse con un líquido tan habitual en estos tiempos. Un adelanto de todo lo mío que la Tierra va a recibir, por fin, después de tantísimos siglos y tantísima paciencia; que ninguna mujer espera a un hombre sin urgencias; y soy yo quien se urge de prórrogas y dilaciones.

Ahora que llevo dentro todos los colores del mundo, entiérrenme sin ruido ni letreros al pie del mango grande de la escuela.

Y guarden el secreto.

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