Raúl Sendic: defender es vivir

11 02 1985

El 16 de marzo, Raúl Sendic Antonaccio cumplirá  sesenta

años. Confinado en la prisión de “Libertad” (un sarcasmo de la

dictadura), muestra hace doce años que el único antídoto

contra la incomunicación y la tortura, es la dignidad.

De él nos hablan sus hijos: Raúl Fernando y Ramiro

Sendic Rodríguez.

—¿Quién es Raúl Sendic?

Raúl Fernando (RF): Sobre eso hay dos anécdotas: En el 79, durante la visita, estábamos a dos metros uno del otro. Lo que te cuento era en el cuartel del Paso de los Toros. Había una reja por el medio y yo tenía las manos en la reja. Eso no estaba permitido. Había que tenerlas debajo de las piernas. Es un gesto inconsciente de acercamiento que uno hace. Uno de los militares me dijo: Baje las manos de la reja. Papá se enojó: Ponéte cómodo nomás. Él no tiene por qué molestarte. El militar, viendo que él se había molestado, dice: Sendic, saque la mano de la reja. Y Papá: No señor, no la saco nada. Bueno, entonces le corto la visita. Está bien. Córtela —respondió papá—. Y dirigiéndose a mí: Perdonáme, Raulito, pero tenemos que dejar que nos pisoteen lo menos posible. Eso fue en el 79. Ahora, cuando se termina la visita, está permitido despedirse por la ventanita. Nos despedimos y cuando me levanté, el se quedó parado mirándome. Sería para saber si había crecido. Desde que llegó, yo estaba sentado. Yo también quería verlo. Nos quedamos parados. Entonces el militar le dice: Recluso, usted vaya nomás. Él no se movió. Como estaba la pared por el medio, el militar no podía hacer nada. Entonces me sacó a mí. Cuando lo dejé de ver, seguía parado ahí, sin hacerle caso. Son dos anécdotas, pero una misma  actitud. Ese el Raúl Sendic.

—¿Cómo ocurrió ese último encuentro con tu padre?

RF: Fue emocionante; sobre todo el cambio. El cambio estaba en mí, que le atribuía una nueva dimensión, no en él, que seguía con la misma entereza de siempre. Tal vez lo nuevo sea que haya resistido todo este tiempo, porque para eso se necesita una entereza moral que hay que ir renovando.

—¿Ninguna otra diferencia?

RF: Claro, físicamente se le notan un poco los años. Y la herida en el rostro, que avanza, porque la deformación del hueso ha ido deformando la cara. Y eso sigue avanzando sin atención médica.

—¿Cómo fue el encuentro?

RF: Primero me hicieron una revisión completa. No se puede entrar con dinero, ningún tipo de papel, anillos, ningún instrumento de metal (salvo el reloj). Me pasaron al locutorio a mí primero. Allí había una mesa con un vidrio en el medio, una ventanita para saludar y teléfonos a ambos lados. Después que estuve sentado, entró el. Bueno, lo primero fue la sonrisa. Nosotros decimos que a papá cuando sonríe se le desarma la cara.

—¿Cómo transcurrió la conversación?

RF: A través del cristal no nos podíamos saludar. Empezamos a hablar de la familia. Antes de entrar se me advirtió que tenía que tocar sólo temas familiares y de estudio. No se podía hablar de política, ni siquiera de política internacional.

—¿Además de los temas familiares, pudieron hablar sutilmente de los temas políticos?

RF: Hablamos de Cuba, de Nicaragua, usamos ciertas claves. Por medio de ellas lo actualizamos de la situación de la lucha. A uno de nuestros comentarios sobre la Revolución Cubana, él  nos decía: Nunca nos han fallado y nunca nos fallarán. Porque él siempre toma como patrón para hacer determinados análisis lo que piensan los cubanos. Eso, entre otros temas familiares, porque la Revolución Cubana  es también parte de la familia. Y fue muy importante para él, que durante doce años ha mantenido la lucha con escasez de información.

—¿Tú te preparaste para la entrevista?

RF: Sí. La situación era bastante difícil. El ministro del Interior había leído un comunicado prohibiendo incluso a la prensa hablar sobre nuestra visita. Había un clima bastante tenso. Habían reconocido días antes haber matado a un compañero. Por eso se preparó muy bien la visita. Sobre todo él. Cuando le pregunté si quería que le empezara a hablar, que le contara, me dijo que no, que él había preparado esa visita y me iba a preguntar. Entonces fue preguntando las cosas que le interesaban. Tomando elementos.

—¿En ningún momento los interrumpieron?

RF: No, nunca contaron la conversación. Había uno parado escuchando. Y como la conversación es por teléfono, se graba. Después entró otro muy armado, para provocar. Se paraba muy cerca a escuchar y miraba con mucha insistencia. Bueno, nosotros lo ignoramos.

—¿Cómo son sus condiciones actualmente?

RF: Difíciles: Torturado periódicamente, aislado, mal alimentado y con problemas de salud: la hernia, el balazo, algunos problemas bronquiales, está corto de vista. Eso es algo que le ha aparecido ahora, pero como no le han recetado lentes… Una vez le llevamos unos que le sirvieron por un tiempo, pero como eran comprados al azar… A pesar de todo, hace ejercicios en la celda. Antes no podía, por la hernia; pero se construyó un aparato curvo de madera, como un plátano, que la sostiene cuando se lo aprieta con la faja. Esto impide que salga y de esa forma no le molesta. Es muy grande y le impediría los movimientos. Antes sólo podía estar acostado boca abajo o en cuclillas. Ahora puede hacer ejercicios y canta en la celda, para entrenar los músculos de la cara. Eso demuestra que es todo lo contrario de lo que quiere hacer creer la dictadura: que los presos políticos son personas destruidas. Y es todo lo contrario.

(En el momento de la entrevista, Sendic estaba en “La Isla”, el lugar de máximo castigo, donde llevan a los presos sancionados: una celda de un metro y medio por dos, sin luz. Sólo luz artificial que se enciende desde afuera, de modo que a veces lo tienen  con luz durante varios días, y otras, durante varios días en la oscuridad. El agua también se abre desde afuera. Es decir, toman agua cuando los militares quieren).

—Pero él estuvo en un pozo, ¿no?

RF: Sí. Mucho tiempo. Bueno, aquí la cama es de cemento. Al preso normal le dan un colchón por la noche y se lo quitan por la mañana para que no pueda dormir de día. Él tiene que dormir en el cemento. Abajo tiene un agujero grande de ventilación. En invierno es una heladera. Lo tenían sin ropa. A él y a los otros. La misma situación es para los nueve.

—¿Todas las celdas son de presos políticos?

RF: En “La Isla” sí. En el penal hay presos comunes. Los usan mucho para provocar a los presos políticos, pero en “La Isla” no hay. Eso demuestra que se mantiene la condición de rehenes. Pero nosotros decimos que aunque esté en el mejor hotel de Montevideo, la condición de rehenes es la misma. Es, ante todo, una situación política.

—¿Hay casos necesitados de atención médica aparte de Sendic?

RF: Todos. Pero los hay más graves.

—¿Más que Sendic?

RF: Sí. Está Adolfo Wassen Alaniz. Hizo una huelga de hambre hace poco. Tiene un cáncer que ya ha hecho metástasis en algunos lugares y no ha sido tratado como es debido. La huelga duró casi un mes. Empeoró mucho, pero demostró que antes de morirse simplemente de cáncer, prefiere morir luchando.

—¿Cuáles son tus primeros recuerdos de él?

Ramiro Sendic (R): Bueno, el primer recuerdo concreto de él es en Punta Carretas, la cárcel más grande de Montevideo. Allí era mucho menos limitada la visita. Es un recuerdo muy definido. Después fue la fuga. El movimiento le puso a la operación “El abuso”, porque se fugó con 108 presos más. Fue un abuso.

—Y a ti, ¿por qué te decían que estaba preso tu padre?

RF: De lo que me decían no me acuerdo, pero nosotros sabíamos que estaba preso por tupamaro.

—Esa palabra sí la conocían. ¿Pero no lo vinculaban con la jefatura del movimiento?

RF: No.

R: No. Incluso a nosotros se nos provocaba bastante en la escuela: las maestras, los compañeros. Si protestábamos por cualquier cosa, nos decían: Cállate, vos sos el hijo de un tupamaro. La primera vez que lo vimos, en el 73, después del balazo, estaba supercambiado. Tenía la cara deformada. Nosotros éramos bastante chicos y se nos preparó, se nos dijo que no iba a ser igual que antes.

—¿Los impresionó?

RF: Impresiona.

R: Lo que pasa es que nos habían exagerado, y lo vimos hasta más lindo de lo que pensábamos. Esa fue la única vez que lo vimos en “Libertad”. Después lo sacaron en septiembre y empezamos a verlo en los distintos cuarteles.

—Entonces, ¿ustedes no tienen recuerdos de él en familia?

RF: No. Pero, a pesar de eso, nuestra relación era, y es, una relación normal de padre‑hijo.

—¿Cómo ocurrió para ustedes el cambio de visión desde padre hasta líder político?

RF: Hay un proceso de descubrimiento. Claro, nosotros partimos de una educación en la casa. Mamá nos explicaba que era bueno y que por eso era tupamaro. Desde chiquitos sabíamos que él tenía razón. Lo que no sabíamos…

—Hasta dónde llegaba esa razón.

RF: No sabíamos bien por qué. Pero, además, en la convivencia de la visita uno aprende a odiar a los fascistas. Uno aprende que ellos son la injusticia en el poder. Entonces se odia y uno no puede evitarlo. Empezamos a valorar a papá a partir  del conocimiento de la Revolución Cubana y de lo que él quería hacer, que es esto. Además, conocer su biografía completa. Así empezamos a valorarlo. Es un proceso que no termina, porque se evalúa mejor en la medida que él representa una concepción cada vez más válida para Uruguay.

—¿Es difícil ser el hijo de un héroe?

—RF: Es difícil, pero tiene sus ventajas.

—¿Por qué es difícil y por qué tiene sus ventajas?

RF: Bueno, la ventaja es que uno tiene un ejemplo cerca, y es difícil, porque hay que estar a la altura de ese ejemplo. La meta es ser continuador: materializar las ideas de papá, que son las que ya aparecían en la Segunda Declaración de La Habana: Lo que hay que hacer es hacer.

Defender es vivir”; en: Somos Jóvenes, n.º 64, La Habana, febrero, 1985.





Crónica con los ojos del miedo

1 07 1984

El mundo recién estrenaba el siglo XX cuando, en Hoyo de los Indios, cerca de las fincas El Merino y Ojo del Agua, fue descubierto «El Peludo de Mayajigua». Herido durante la guerra de 1868 en dos lugares, en el cuerpo y en la valentía, se escondió en la zona durante treinta años, sin llegar a curarse nunca de la segunda herida.
Desde tiempo atrás, los campesinos habían notado hurtos de viandas en las vegas, y de gallinas que se alejaban más allá de lo prudente. Algunos creyeron  verlo alguna vez, pero la visión se les antojó más de aparecido que de humano. Se santiguaron y prosiguieron presurosos, para evitar los arrimos de las apariciones. Y no andaban desencaminados, porque el hombre solo suele ir involucionando en dirección al mundo de los fantasmas.
Cuando lo hallaron ya era un hombre viejo, aunque nunca se sabe lo viejo que puede ser un hombre cuando tiene miedo. Digamos: sesenta años. De haber alcanzado los ochenta, habría oído, escondido tras un ocuje, a los caminantes comentar el reciente ferrocarril, a cuyo paso se abrió Florencia sobre las fincas, marcada en el nombre con las nostalgias de un ingeniero italiano. Ya entonces se habría adentrado en su cueva despavorido por los disparos: las guerritas del seis y del diecisiete contra Estrada Palma y Menocal.
A los noventa, el viento le habría traído el olor de la masacre: Machado era el dueño de la isla. El fascismo emparentaba a Florencia con su tocaya italiana.
Si aún hubiera alcanzado los ciento veinte hurtando viandas a los montunos, corría el peligro de ser descubierto por aquellos hombres de pies rotos, hambre y furia, que cargaban como único lujo la esperanza. Su pánico de desertor lo habría empujado al fondo de la cueva, como si se le viniera encima el juicio del hombre flaco, de sombrero alón y barbas que traían adentro todas las barbas. Pero ya para entonces la columna cruzaría el río más arriba, por una escarpa, en dirección a la victoria.
Pero si aún más, el «Peludo de Mayajigua» hubiera empinado la cuesta de los cientocincuenta años, habría muerto como consecuencia de los gritos y las risas de los muchachos en la base de campismo: en su río, al pie de su cueva. Porque ellos traerían en sus ojos todas las guerras y todas las historias, todos los hombres y mujeres que arrimaron las piedras para que el pueblecito nostálgico que asomaba los ojos tras el andén, vistiera los pantalones largos. Porque vendrían además a pecho limpio, porque no se esconderían, porque son el futuro, un lugar muy peligroso del que se apartan los que tienen miedo.

“Crónica con los ojos del miedo”; en Somos Jóvenes, La Habana, 1984





Bordar la danza

1 06 1984

«(Lets me see the donkey!», se escucha en las callejas torcidas. El burrito sale. El hombre lo sostiene agachado, y a ambos lados del animal de tela cuelgan las piernas del supuesto jinete con las botas puestas. Es la llamada a la que responden hombres y mujeres. Atraídos hacia el juego ancestral, van poblando las calles de Baraguá, en la provincia Ciego de Avila. Cruzan por Jamaica Town, Barbados Town y otros barrrios cuyos pobladores los han nombrado con el origen, con los recuerdos.
Alejado, al fondo del paisaje, el campo de croquet, la iglesia adventista, la iglesia episcopal, blanca, con grandes puertas rojo madera; la iglesia del Salvation Army, hoy desierta por falta de feligreses. Las calles sinuosas entre casitas humildes conducen la alegría hasta la plaza.
Contrabajo, triángulo, maracas, tumbadoras, guitarras, redoblantes, pandereta. El ritmo de los calipsos. Pantalones grises deshilachados, camisas jaspeadas con mangas de vuelos. Descalzos, con pañuelos rojos al cuello y sombreros de guano, ellos. Las mujeres llevan vestidos moteados con vuelos azules en el cuello, las mangas y el ruedo de la saya. En la cabeza: pañuelos naranja o morados. Hombres y mujeres anudan a la cintura  grandes telas amarillas.
El ritmo reiterativo de los redoblantes se ajusta a   una cadencia hipnótica, mientras vuelan las faldas y el aire se estremece con los saltos de los hombres. No hay gestos fruncidos o concentrados, sólo sonrisas. No es un rito, ni siquiera una danza; es un juego.
De pronto se detienen, y a la voz de «Fire, boys, fire», se vuelcan de nuevo sobre el ritmo del «Indian pleat» y del «Brown skin girl». Algunos danzan dentro de sacos con rostros pintados, en zancos o parados sobre maderos que mueven a ritmo dos hombres, como tratando de tumbarlos (pero eso es también un juego, de habilidad y equilibrio esta vez).
Cuando se concluyó el canal de Panamá, muchos habitantes de las Antillas de habla inglesa, contratados como peones, quedaron sin trabajo. Algunos aún conservan las chapillas de identificación. Es entonces que se trasladan en grupos a la construcción del central de Baraguá y a los trabajos de zafra a partir de 1918. En total, por los diferentes barrios («towns») se distribuyeron unos quinientos antillanos, cuyo común día de fiesta es el primero de agosto, aniversario de la abolición de la esclavitud, por la reina Victoria, en las colonias inglesas.
Descendiente de aquellos hombres, Alfred Springer Hooward cuida celosamente las tradiciones que un día sus padres trajeron de Barbados. Con su grupo folklórico jamaicano asistió a los festejos, en 1983, del 150 aniversario de la abolición, en Guyana. Desde 1975 vienen haciendo una intensa labor de rescate de tradiciones que se han perdido en sus países de origen. El Cuba se refugian en la proverbial memoria (nostalgia) de los inmigrantes.
El baile de la cinta va a comenzar. Irene Osborne recuerda haberlo bailado desde los años treinta. Ahora se eleva el poste de unos cuatro metros, y al son del «cocotí», comienzan a tejer y destejer con las cintas la tela de arañas (cobweb). Cada giro, cada salto, añade una espira más al complicado trazo que arman en el aire las cintas. Tela que se bordaba ayer para olvidar, como un refugio, como la única felicidad posible, y que hoy bordan para no olvidar, porque ya no es la felicidad ni un sueño ni un juego.
“Bordar la danza”; en Somos Jóvenes, La Habana, 1984