Crónica con los ojos del miedo

1 07 1984

El mundo recién estrenaba el siglo XX cuando, en Hoyo de los Indios, cerca de las fincas El Merino y Ojo del Agua, fue descubierto «El Peludo de Mayajigua». Herido durante la guerra de 1868 en dos lugares, en el cuerpo y en la valentía, se escondió en la zona durante treinta años, sin llegar a curarse nunca de la segunda herida.
Desde tiempo atrás, los campesinos habían notado hurtos de viandas en las vegas, y de gallinas que se alejaban más allá de lo prudente. Algunos creyeron  verlo alguna vez, pero la visión se les antojó más de aparecido que de humano. Se santiguaron y prosiguieron presurosos, para evitar los arrimos de las apariciones. Y no andaban desencaminados, porque el hombre solo suele ir involucionando en dirección al mundo de los fantasmas.
Cuando lo hallaron ya era un hombre viejo, aunque nunca se sabe lo viejo que puede ser un hombre cuando tiene miedo. Digamos: sesenta años. De haber alcanzado los ochenta, habría oído, escondido tras un ocuje, a los caminantes comentar el reciente ferrocarril, a cuyo paso se abrió Florencia sobre las fincas, marcada en el nombre con las nostalgias de un ingeniero italiano. Ya entonces se habría adentrado en su cueva despavorido por los disparos: las guerritas del seis y del diecisiete contra Estrada Palma y Menocal.
A los noventa, el viento le habría traído el olor de la masacre: Machado era el dueño de la isla. El fascismo emparentaba a Florencia con su tocaya italiana.
Si aún hubiera alcanzado los ciento veinte hurtando viandas a los montunos, corría el peligro de ser descubierto por aquellos hombres de pies rotos, hambre y furia, que cargaban como único lujo la esperanza. Su pánico de desertor lo habría empujado al fondo de la cueva, como si se le viniera encima el juicio del hombre flaco, de sombrero alón y barbas que traían adentro todas las barbas. Pero ya para entonces la columna cruzaría el río más arriba, por una escarpa, en dirección a la victoria.
Pero si aún más, el «Peludo de Mayajigua» hubiera empinado la cuesta de los cientocincuenta años, habría muerto como consecuencia de los gritos y las risas de los muchachos en la base de campismo: en su río, al pie de su cueva. Porque ellos traerían en sus ojos todas las guerras y todas las historias, todos los hombres y mujeres que arrimaron las piedras para que el pueblecito nostálgico que asomaba los ojos tras el andén, vistiera los pantalones largos. Porque vendrían además a pecho limpio, porque no se esconderían, porque son el futuro, un lugar muy peligroso del que se apartan los que tienen miedo.

“Crónica con los ojos del miedo”; en Somos Jóvenes, La Habana, 1984





Bordar la danza

1 06 1984

«(Lets me see the donkey!», se escucha en las callejas torcidas. El burrito sale. El hombre lo sostiene agachado, y a ambos lados del animal de tela cuelgan las piernas del supuesto jinete con las botas puestas. Es la llamada a la que responden hombres y mujeres. Atraídos hacia el juego ancestral, van poblando las calles de Baraguá, en la provincia Ciego de Avila. Cruzan por Jamaica Town, Barbados Town y otros barrrios cuyos pobladores los han nombrado con el origen, con los recuerdos.
Alejado, al fondo del paisaje, el campo de croquet, la iglesia adventista, la iglesia episcopal, blanca, con grandes puertas rojo madera; la iglesia del Salvation Army, hoy desierta por falta de feligreses. Las calles sinuosas entre casitas humildes conducen la alegría hasta la plaza.
Contrabajo, triángulo, maracas, tumbadoras, guitarras, redoblantes, pandereta. El ritmo de los calipsos. Pantalones grises deshilachados, camisas jaspeadas con mangas de vuelos. Descalzos, con pañuelos rojos al cuello y sombreros de guano, ellos. Las mujeres llevan vestidos moteados con vuelos azules en el cuello, las mangas y el ruedo de la saya. En la cabeza: pañuelos naranja o morados. Hombres y mujeres anudan a la cintura  grandes telas amarillas.
El ritmo reiterativo de los redoblantes se ajusta a   una cadencia hipnótica, mientras vuelan las faldas y el aire se estremece con los saltos de los hombres. No hay gestos fruncidos o concentrados, sólo sonrisas. No es un rito, ni siquiera una danza; es un juego.
De pronto se detienen, y a la voz de «Fire, boys, fire», se vuelcan de nuevo sobre el ritmo del «Indian pleat» y del «Brown skin girl». Algunos danzan dentro de sacos con rostros pintados, en zancos o parados sobre maderos que mueven a ritmo dos hombres, como tratando de tumbarlos (pero eso es también un juego, de habilidad y equilibrio esta vez).
Cuando se concluyó el canal de Panamá, muchos habitantes de las Antillas de habla inglesa, contratados como peones, quedaron sin trabajo. Algunos aún conservan las chapillas de identificación. Es entonces que se trasladan en grupos a la construcción del central de Baraguá y a los trabajos de zafra a partir de 1918. En total, por los diferentes barrios («towns») se distribuyeron unos quinientos antillanos, cuyo común día de fiesta es el primero de agosto, aniversario de la abolición de la esclavitud, por la reina Victoria, en las colonias inglesas.
Descendiente de aquellos hombres, Alfred Springer Hooward cuida celosamente las tradiciones que un día sus padres trajeron de Barbados. Con su grupo folklórico jamaicano asistió a los festejos, en 1983, del 150 aniversario de la abolición, en Guyana. Desde 1975 vienen haciendo una intensa labor de rescate de tradiciones que se han perdido en sus países de origen. El Cuba se refugian en la proverbial memoria (nostalgia) de los inmigrantes.
El baile de la cinta va a comenzar. Irene Osborne recuerda haberlo bailado desde los años treinta. Ahora se eleva el poste de unos cuatro metros, y al son del «cocotí», comienzan a tejer y destejer con las cintas la tela de arañas (cobweb). Cada giro, cada salto, añade una espira más al complicado trazo que arman en el aire las cintas. Tela que se bordaba ayer para olvidar, como un refugio, como la única felicidad posible, y que hoy bordan para no olvidar, porque ya no es la felicidad ni un sueño ni un juego.
“Bordar la danza”; en Somos Jóvenes, La Habana, 1984