Día 11

20 09 2013

(20 de septiembre, 2013)

Agés – Burgos: 22,61 km

A Roncesvalles: 266,76 km

A Santiago de Compostela: 494,05 km

 

Pésima noche la de anoche. Estuve trabajando hasta las once y media, leí durante veinte minutos El gen egoísta, de Richard Dawkins, hasta que me empecé a quedar dormido. Sentí entonces una picazón en las piernas, como de insectos enloquecidos de gusto con el picadillo a la habanera. Pensé que sería una ilusión sensorial, pero la picazón no cesaba, los puntazos migraban de las piernas a las axilas y los brazos. A la una y media de la madrugada, arramblé hacia el baño con el saco de dormir. Lo revisé centímetro a centímetro, y después la cama con la linterna. Nada. Ni un solo bicho. No sé si la imaginación sensorial me jugó una trastada o si los pinchazos se debían a algún reflujo de la circulación. Lo cierto es que hasta pasadas las dos de la mañana no pude dormirme, y me desperté a las cinco como de costumbre. Pero decidí dormir hasta las seis, esta vez profundamente,

En medio del ajetreo del albergue, opté por levantarme, armar la mochila, beber un café en el bar de los bajos y salir a caminar. La oscuridad se disipa en poco más de media hora.

Una subida pedregosa me conduce hasta los mil metros de altura. La niebla es espesa, como un cobertor de mullido algodón tendido sobre el monte. Acabo de agradecer una vez más a mis botas por el servicio prestado. Durante más de un kilómetro, el camino corta en ángulo recto estratos verticales de caliza que asoman su silueta filosa como si el costillar de la tierra hubiese desgarrado la piel del planeta. Aquí es donde las mullidas zapatillas se convierten en indeseables.

Pasado el alto, el camino se abre en una gran planicie, una extensa meseta por la que transitaré casi hasta el destino.

En una colina, dos peregrinos oran al sol de cara al amanecer. Cabizbajos, la mirada recogida, el gesto devoto, inmóviles. Una imagen que Hopper habría pintado sin dudarlo. Al fondo, como modernos molinillos budistas de oración, una cordillera de molinos de vientos mueven sus aspas en el sentido de las manecillas del reloj, en el sentido del tiempo, diría algún poeta.

En Villabal, cientos o miles de pajarillos se arremolinan a la derecha del camino, revolotean entre dos casas como una bandada enloquecida y se colocan en fila sobre un cable de la electricidad. Por un momento no me extrañaría la aparición de Hichcock gritando Corten y los pajarillos yéndose a descansar a la zona de los extras.

En Orbaneja sé que el camino se bifurca, pero desconozco exactamente dónde. Le pregunto a un hombre que acaba de aparcar su coche y responde que hay dos posibilidades. La primera, que el recomienda porque se camina sobre asfalto, es continuar por la carretera, tal y como hemos ido hoy durante largos tramos. La segunda, tirar a la izquierda, donde el camino cursa paralelo al río y se ahorra no menos de una hora y cruzar el extensísimo y aburridísimo polígono industrial de Burgos. Su criterio de que es más cómodo caminar sobre asfalto es el que tenemos casi todos los urbanitas. No hay polvo ni barro. El cemento y el asfalto son lisos y limpios. Sin embargo, para el caminante es justo lo contrario. La peor superficie para andar, después de los pedregales, es el cemento y el asfalto. Es donde más duelen los pies macerados por quince o veinte kilómetros de marcha. La tierra es una bendición para los pies. Mullida, suave como una alfombra. Y cuando caminamos sobre una espesa capa de polvo de arcilla, la pesadilla de cualquier lustrabotas, es como hundirse en una tupida moqueta. Cambian las coordenadas y las preocupaciones. No importan el polvo ni el barro en las botas. Cualquier cosa que atenúe el dolor es bienvenida.

El último tramo hasta la catedral de Burgos, paralelo al río, se me hace bastante largo. Aunque la etapa en general fue confortable y no demasiado extensa, unos 23 kilómetros. En las afueras de la ciudad, se me unen los dos peregrinos de Barcelona y juntos llegamos al albergue municipal a las doce y cinco aproximadamente, hora de apertura. Los amigos madrileños deben haber llegado veinte o treinta minutos antes porque tienen el cinco o el seis en la cola que ya se extiende unos quince metros. Justo en ese momento se abre la puerta del albergue, pero por la lentitud del registro, no entro hasta la una de la tarde.

El albergue, recién remozado, tiene cinco plantas y es moderno, limpio, confortable, con gavetones numerados por plantas para guardar las botas, ascensores y amplias zonas de descanso. Luis, el hospedero que nos atiende, es de una amabilidad exquisita. Me instalan en la tercera planta y pongo una lavadora con toda mi ropa sucia tras ducharme.

En la calle de los Herreros, cerca de la Plaza Mayor, despacho con los colegas madrileños un excelente menú muy de la tierra. Alubias, espárragos, cabrito.

Una visita obligada a la catedral de Burgos, cuya restauración ha sido soberbia. Espléndida, especialmente su cúpula central que me atrevería a calificar como una de las más bellas del mundo, y la Capilla de los Condestables, una verdadera catedral dentro de la catedral, algo que ningún peregrino debería perderse.

Entonces compro una ensalada para la cena y me siento a trabajar, pero desgraciadamente el wifi es absolutamente impracticable, y aunque termino una jornada y media no puedo enviármelas por email para cargarlas en WordPress en una máquina de monedas. Tendría que teclearlo todo de nuevo directamente en el blog.

A las diez y media leo un rato. A las once y media me duermo de un tirón hasta las cinco y media, lo que será la mejor noche del camino. Hasta hoy. Me despierto como la Bella Durmiente tras cien años de sueño reparador, o cien años de soledad durmiente, que para el caso es lo mismo.

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