Devoraciones

20 04 2001

Como hace 40 años, sólo que 40 años más viejo, Fidel Castro convocó a los cubanos en la emblemática esquina de 23 y 12, para, en sus propias palabras “ratificar el carácter socialista de la Revolución”, no para conmemorar su proclamación. En cifras oficiales, 100.000 personas acudieron al acto, en su inmensa mayoría vestidos de milicianos o soldados, y portando armas largas.

Cuarenta años atrás, sólo unos pocos miles de cubanos habían emigrado, el entusiasmo por la entrada de los barbudos en La Habana y la huida del dictador Fulgencio Batista permanecían intactos. Se acababan de producir varios bombardeos cuyo propósito era desmantelar la fuerza aérea cubana, y una de las víctimas había escrito el nombre de Fidel con sangre en una pared o, al menos, así se cuenta. La inmensa mayoría de los asistentes a aquel acto eran milicianos, uniformados y armados, que se alistaron voluntariamente para suplir la escasez de un ejército profesional. Compensando con heroísmo su escasa pericia militar, ellos serían unas horas más tarde los protagonistas de la fulminante derrota de la brigada invasora en Playa Girón. Pocos de los que participaban aquel día en la concentración tenían una idea clara de lo que proponía su Comandante en Jefe cuando proclamó “el carácter socialista de la Revolución”. Y Fidel Castro evitó la palabra prohibida: comunismo. Todos aplaudieron.

Cuarenta años más tarde, Raúl Castro, con espíritu de remake, advierte de una posible invasión norteamericana que ni él mismo se cree, y su hermano Fidel anuncia que “un nuevo amanecer comienza a iluminar nuestro futuro, un futuro que será más brillante, un socialismo que será más acabado, una obra revolucionaria más prometedora y profunda”. Corroborando lo que ya sabíamos: que la prosperidad socialista siempre se conjuga en futuro, un tiempo verbal inalcanzable.

Cuarenta años después de aquella invasión que provocó una oleada de simpatía universal hacia Cuba, el mismo gobernante se bate a la desesperada en Ginebra para no ser condenado por su recurrente violación de los derechos humanos; mientras todos los mandatarios del continente, excepto él, preparan sus maletas para acordar en Canadá, durante la III Cumbre de las Américas, los principios que regirán el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), Como si no bastaran 40 años de tecnologías obsoletas y caos económico, el pueblo cubano pierde, por el momento, una oportunidad histórica de colocarse en la mayor área de libre comercio del planeta. Pero, según Fidel Castro y gracias al socialismo, eso es una suerte, ya que la Isla “no forma parte de una América Latina balcanizada a punto de ser devorada por Estados Unidos”. Porque en su versión de los hechos, en la cumbre canadiense “la superpotencia hegemónica tratará de buscar las condiciones de rendición a los gobiernos de América Latina”. Ya de paso, según él, bloqueará los accesos de América Latina a Europa y Asia, impedirá el desarrollo del Mercosur y reeditará, corregida y actualizada, la Doctrina Monroe.

De modo que su perspicacia económica, de la cual ha dado abundantes muestras en casi medio siglo, advierte un peligro del que no se han percatado economistas y gobernantes, decenas de países donde habitan 300 millones de latinoamericanos. Todos dependientes y “devorados” por el Imperio. Excepto, claro está, aquellos cuya política sea favorable a las autoridades de Cuba.

Curiosamente, el país que Fidel Castro excluye de ser devorado, el país teóricamente más anti-norteamericano del hemisferio es, al mismo tiempo, el más dependiente. Antes que se pusiera en boga la “dolarización” de las economías latinoamericanas, ya Cuba había dolarizado la suya, hasta el punto de que los billetes de José Martí son hoy una submoneda en el país que los emite. Durante 40 años, el discurso nacionalista y reivindicativo ha descansado sobre la existencia de un enemigo, Estados Unidos, sin el cual perdería todo viso de coherencia. En el discurso oficial, el embargo no sólo ha ocasionado el cataclismo económico de la Isla, sino que es el causante del estado de sitio permanente, lo que justifica la ausencia de libertades, empezando por las democráticas. Claro que, en realidad, el embargo es la excusa perfecta para el monopolio del poder absoluto, y su levantamiento sería una catástrofe para los gobernantes cubanos. No otra explicación tiene que clamen públicamente por su derogación, mientras, de hecho, boicotean toda distensión. Por si no bastara, Cuba es, posiblemente, el país latinoamericano con una mayor proporción per cápita de emigrantes en Estados Unidos, y el único donde el volumen económico de esa emigración es superior al de su nación de origen. Hasta tal punto, que las remesas familiares de sus emigrantes son hoy la segunda fuente de ingresos de la economía cubana.

Dudo que Latinoamérica se deje devorar mansamente por Estados Unidos. La que ya ha sido devorada es Cuba, que nunca, en toda su historia, dependió tanto de ese país, como desde el día en que se proclamó su “independencia definitiva”.

Cuarenta años después de aquella declaración, el 20% de los cubanos, abolido el entusiasmo, caducadas las esperanzas, ha abandonado la Isla. Otros 32.000 han perdido la vida en el intento. Y a juzgar por los flujos puntuales durante los momentos de apertura, la popularidad del bombo de visas en la Oficina Norteamericana de Intereses y la crisis permanente de la Isla, algunos estiman en otros cuatro millones los que se marcharían sin mirar atrás. Cuarenta años después, las milicias son decorativas y Cuba dispone del segundo ejército profesional del continente, con la mayor proporción de soldados por habitante. Con rotuladores indelebles se escribe en las paredes la palabra “Fidel”, precedida por “Abajo”. Se reúnen en La  Habana los protagonistas de Girón a contar sus batallitas, síntoma de que aquello es historia. Fidel Castro no se recata de pronunciar la palabra comunismo. Y los milicianos reunidos en 23 y 12, extras en el remake de aquella fecha, ya saben exactamente a qué se refería su Comandante en Jefe cuando proclamó “el carácter socialista de la Revolución”. Quizás por eso, los cargadores de las armas con que adornaron el acto fueron cautamente vaciados. Ya el ejército no es “el pueblo uniformado”. El ejército es el ejército uniformado. De modo que acabando el acto, se recogieron todas las armas. Cuarenta años después, todos aplaudieron.

 

“Devoraciones”; en: Cubaencuentro, Madrid, 20 de abril, 2001. http://www.cubaencuentro.com/encuba/2001/04/20/2027.html.

 


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