Crónica del eslabón y la montaña

29 07 1989

 

Recién inaugurada esta mañana de noviembre, lo despierta el humillo que viene desde el horno de cal, y el aroma que despide la cocina inspeccionada por el celo matriarcal de Trinidad Valdés Amador. Las puertaventanas entreabiertas dejan pasar un chorro de luz, una delgada lámina de luz donde flotan partículas de polvo, semillas volanderas, insectos, jirones de nubes, guedejas de azul cielo.

Se levanta despacio, con el hábito del dolor en el cuerpo, pero ahora es el dolor en la imaginación. Le duele Don Nicolás, le duele Lino Figueredo, le duele Ramón Rodríguez Álvarez, sentenciado a los catorce años de su vida; le duelen Juan de Dios, Delgado y el negrito Tomás. Todos esos dolores se le enconan en el cuerpo justo antes de despertar, le empalidecen el chorro de sol por donde entra noviembre recién amanecido.

Mientras se viste, escucha martillos a lo lejos, trastear de cazuelas sobre los fogones, tintineo de cucharillas, relinchos apagados, cantos de pájaros, cloquear de gallinas, el silbo del viento que recorre las islas escurriéndose por la juntura entre dos tablas, y el fru fru de la falda de Doña Trinidad, que se mueve incesante de un lado a otro, que está, como Dios, o como dicen que está Dios, en todas partes. Menos allá en presidio, piensa y termina de ponerse los botines. Abre de par en par las hojas y entra a oleadas la luz, el vaho húmedo que flota sobre la grava del camino, el reloj de sol, más preciso que nunca en estos meses, la marea de pinos lejanos que se encrespa en dirección al horizonte.

Toma de la esquina superior derecha del armario un eslabón de hierro, pulido a fuerza de frotarlo entre sus manos, y se detiene un momento apoyado en el marco. La creciente luminosidad, tamizada por el verdor de los pinos, es sustituida en sus recuerdos por una marea de luz enceguecedora cuando el sol estallaba allá, en la cantera, contra la piedra blanquísima, y era como el reflejo de todas y cada una de aquellas muertes cotidianas. Pero retornan los pinos, la brisa fresca en esta mañana de noviembre. Y se encamina, pulcro de traje y de zapatos, al corredor grande, donde tropieza con los buenos días y la sonrisa de Doña Trinidad, esposa de Sardá, el bueno, el catalán maestro de obras y amigo de su padre, desde cuando Don Mariano era celador allá en el puerto de Batabanó, por donde sacaba sus dos goletas cargadas de materiales el maestro Sardá. Y para Doña Trinidad son sus primeras palabras de la mañana, amables pero transidas de cierta decepción prematura del mundo, a pesar de usted, señora; decepción que lo tiene agarrotado desde antes del 28 de septiembre, cuando el gobernador otorgara el indulto, desde mucho antes que aquí, en El Abra, soltaran sus grilletes. Y que no cesa. Aunque se aplaca, levemente. Se aplaca.

Camina despacio a causa de la hernia y tropieza con la plancha de hierro desde donde una mano, fundida en alguna factoría yanqui, lo saluda con sorna. La llaga en el tobillo ha mejorado, pero la de la imaginación sigue igual. Recuerda su entrada por el puerto de Júcaro: azul y verde, aroma de marismas, pinares y sudor, salitre y cielo.

Intercambia algunas frases con el viejo calesero negro. En la tarde, irán juntos a Gerona en busca de correspondencia, y él se limitará a prestar sus oídos a la sabiduría intuitiva de este hombre que habla a sus caballos durante cada viaje.

Bordea la casa de los Sardá, el rosal grande, y se detiene al pie de la montaña que se recorta contra el azul sin distracciones. Empinada la cuesta, arbolada a tramos, las rocas saliéndole por los costados, como un costillar de mármol. Y vuelve a las despiadadas rocas de la cantera, allá en San Lázaro, vuelve a las llagas, a las palizas, purulencias y miasmas de la prisión. Y esa es la integridad nacional. Bellas palabras. ¿Verdad, señores? Y piensa más aún en la montaña, y palpa el eslabón, lo aprieta entre los dedos. ¿Cuántos eslabones habrá que partir para alcanzar la cima de la montaña? ¿Cuántos?

Desaparece. Los pasos ensimismados, dolidos, entre los árboles. Hay distancias que reconfortan y él las necesita.

Tiene diecisiete años.

Tres meses en presidio, abonando plazos a la muerte.

Faltan dos para que abandone las islas, deportado a España en el vapor Guipúzcoa.

Hoy, quince de noviembre de 1870, tiene diecisiete años.

Sueña.

 

“Crónica del eslabón y la montaña”; en: Somos Jóvenes, n.º 116, La Habana, julio, 1989.

 


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