Libros

29 03 1987

El libro puede ser mucho más que ese objeto cuadrangular, compuesto por algunas ideas (opcionales) y cierto número de páginas dispuestas, como el jamón de un sandwich, entre la portada y la contraportada.

El libro, objeto acariciado por plumas de cuan diversas alas en manos de monjes confinados en retiros boscosos, cavernas, monasterios y novelas de  Umberto Eco, que se encargaron de conservar en medio de la noche, a veces con sobrado amor y siempre con sobrada paciencia, la llamita votiva del pensamiento humano, mientras dibujaban cada palabra, cada letra, persiguiendo las pautas dictadas por el plomo, e iluminando, con mezclas diversas de candor y malicia, las más bellas capitulares.

El libro escrito por dentro y por fuera rebasa toda función cultural para convertirse en símbolo esotérico. El universo como libro inmenso, escrito de puño y letra por la divinidad correspondiente, con tinta superespecial e indeleble. El libro del destino donde han sido consignados desde los orígenes, no sólo las guerras, regímenes socio‑económicos, revoluciones y ciclos de desarrollo científico‑técnico, sino hasta los casorios y metidas de pata, el ascenso, decadencia y caída de todos los que han sido, somos y seremos. Nadie conoce con exactitud el número de tomos.

Los libros de fundación donde pueblos enteros se han afanado en leer su historia y su destino.

Las palabras cabalísticas que en algún lugar de cierto libro tan sagrado como desconocido están escritas, y que abrirán a su descubridor la puerta que da acceso al reino.

El Liber Mundi de los rosacruces y el Liber Vitae del Apocalipsis.

Suelo sospechar que a los míos, compuestos ya por algunos centenares de páginas, sólo algunas docenas de palabras los justifican. Justo lo necesario para responder a las miles de buenas palabras que he leído.

El libro es ese ser disciplinado que se queda en su estante todo el tiempo necesario, en espera de la mano, de los ojos, de alguna sonrisa o  reflexión que lo deje abandonado por algunos minutos en el regazo. Es el compañero de ómnibus repletos, que permite ignorar los empujones, las bolsas de las señoras en el costillar, los tres fuetés de la muchacha sobre mi dedo gordo del pie izquierdo, y aceptar asombrado que *tan rápido+ hemos llegado a nuestro destino, cuando no descubrirlo demasiado tarde, perdiéndose de vista hacia la popa.

El libro es ese que, como a las mujeres, unos prefieren nuevo y otros no, por esa personalidad que le confiere al libro de segunda el haber pasado de mano en mano, conservando como cicatrices o tatuajes las huellas de los ojos; y porque los libros también nos observan, aunque nunca nos demos cuenta.

El libro es, sólo aparentemente, inmutable. Si no, pruebe a leer el mismo texto filosófico, la misma novela, a los quince, a los treinta y a los sesenta años. Y no es sólo que usted haya cambiado. Sería demasiado obvio. Sino que las palabras mismas buscan su sitio entre sus lecturas previas, sus nostalgias y sus hambres, con una sagacidad de tigres o de amantes furtivos.

El libro es tan discreto que no levanta la vista ni ante un homicidio digno de un film de samurais. Pero sigue esperando, atento al más leve roce de la mano para despertar.

No parlotea por mero terror al silencio, ni interrumpe, ni exige que se le tome en cuenta, ni se molesta por las desatenciones o los olvidos. Su sabiduría lo coloca por encima de eso. En él las palabras siempre esperan, con la confianza de que su momento va a llegar. Libros tengo que se mudaron conmigo de casa en casa, durmieron en cajas durante meses, en tongas informes, asediados por el polvo y los insectos; libros que me esperaron veinte años sin tener que acudir al expediente de tejer y destejer un tapiz de palabras.

Porque la conformidad de los libros no tiene igual ni entre los amigos ni entre los animales domésticos[1]: ellos jamás protestan por quedarse abiertos sobre el pecho (hasta apagan la lámpara de noche, para que no se les desvelen las palabras), por caer despatarrados al piso, porque sus puntas sean dobladas, sus hojas plisadas en diagonal; o flores, mariposas, trozos de periódico y bolígrafos les sean atragantados para confirmar un hito en la lectura. Pierden hojas, carátula y hasta segmentos de sus tripas, sin un solo quejido. Resisten subrayados y notas al margen con la displicencia de un marinero tatuado durante cierta noche de alcohol y putas en una ciudad pendenciera del Oriente.

Hay libros fieles que se abren solos en la página apetecida, porque ya han sido amaestrados por nuestros ojos. Y ni así son capaces de celarnos, aunque una edición princeps y nuevecita le usurpe su lugar en la mesa de noche.

Su sociabilidad no tiene límites. Basta buscarles al final la bibliografía o la extensión literaria de su familia editorial, para que sea como una presentación con todo y mucho gusto, no, el gusto es mío, de amigos nuevos, o de otros que sí, cómo no, ya nos conocíamos.

Libros como los diccionarios reciben un tratamiento tan utilitario que nos resistiríamos a dar ni al menos quisquilloso de los parientes.

Desde los libros sabios a los tontos, desde una humilde edición de bolsillo a la rareza bibliográfica que nos mira ya desde la cubierta con una altivez de aristócrata arruinado al que sólo queda la altivez, todos poseen ese instinto de abrir sus páginas con una cortesía un poco anticuada pero muy elegante.

El libro, símbolo de poder que alejaba los espíritus malignos en la antigua China, mantiene su capacidad de conjurar los malignos espíritus de  la incultura, la estupidez, la tontería y la petulancia huera que no rebasa sino muchas carátulas y algunos prólogos, convirtiéndola quizás en esa docta modestia de quienes han vislumbrado la oceánica extensión de su ignorancia.


[1]Algunos puede que lo sean, con otros no debe uno descuidarse: muerden e inoculan males irreversibles.


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