Pastoriles

22 06 1996

Éranse dos pastores  de muy distinto talante: para el primero las ovejas no eran animalitos  sino casipersonas, amigas que conocía una a una por sus nombres,  yerba predilecta y biografía. Tan pronto entraba al corral, ellas se arremolinaban a su alrededor, se apretaban contra sus costados y lo seguían con asiduidad de cocker spaniels.

Ya en los prados, el pastor tomaba el caramillo y las ovejas se embelesaban  escuchando sus melodías[1], aunque es justo reconocer que él sabía mucho más de ovejas que de música.

Por las noches, cuando rondaban los lobos, dormía el pastor en el establo con la escopeta por almohada.

Cierta vez, en campo abierto, cuando las ovejas fueron atacadas por un lobo, el pastor, a falta de escopeta, lo ahuyentó a palos con su cayado de roble, no sin antes encajarle el caramillo contra natura  en el amor propio.   Desde entonces, el lobo avisa desde lejos con las ventosidades musicales que se le salen  mientras corre.

 

El segundo pastor veía a sus ovejas en términos estadísticos. Para él no eran más que lana con patas, a tantos kilogramos por cabeza. La cojita del mechón oscuro era para él tan oveja como la bizca de la lana rubia, y a lo sumo las dividía en A, B y C de acuerdo a la calidad de la pelambre, para que después no lo fueran a engañar los de la esquila.

El segundo pastor trabajaba ocho horas estrictas mientras el primero a veces empleaba seis, o diez, o dieciocho, porque había descubierto que las ovejas tienen horario abierto. Hombre de paz, el segundo no tenía escopeta. Prefirió gastarse sus dineros en vino y concubinas. Durante  algunas de aquellas noches placenteras en las alcobas de la ciudad, los lobos y los ladrones hicieron con el rebaño su agosto bien entrado septiembre. Pero aquello ya estaba incluido entre las pérdidas calculadas.

Cuando en otra ocasión el lobo lo atacó en las colinas, el pastor sacó una cuenta elemental: «Ovejas habrá muchas pero vida tengo yo una sola». Y como era muy diestro en cálculo mental, el resultado de la operación lo obtuvo ya corriendo. El lobo, que era muy refranero, recordó: «A enemigo que huye, puente de plata». Y ni siquiera lo persiguió; con lo que se demuestra que cualquier pastor puede correr más rápido que las ovejas; que a los lobos los humanos no les interesan salvo en caso de caperucitas o escasez extrema, y que este lobo no es el mismo del pastor anterior, porque no emitía música.

Después de la alegre matanza que hizo el lobo a sus anchas, las ovejas sobrevivientes acordaron un éxodo masivo, uniéndose al rebaño del pastor número uno, que se vio incrementado de este modo imprevisto, cumplió ese año con creces el plan de producción, disminuyó el costo por kilogramo y aumentó las cifras de lana A (exportable).

Mientras, el segundo pastor tuvo que conformarse con pasar a la nómina del Estado; lo que redundó en más bien que daño, porque empezó a disfrutar de la  seguridad social, el sueldo fijo y descanso retribuido treinta días al año.

 

“Pastoriles”; en: Diario de Jaén, Jaén, España, 22 de junio, 1996, p. 30.


[1]Los cursos de apreciación musical son muy posteriores a esta era feliz,  bucólica y predodecafónica. Aunque Flavio Josefo habla de 500.000 músicos en Palestina (en cuyo caso La Biblia sería una ópera), los historiadores confirman que la matemática de Flavio Josefo era precaria.

 





Ovejas

15 02 1996

La parábola cuenta de un hombre que tenía cien ovejas. Una de ellas se le descarrió y él, abandonando las otras noventa y nueve, marchó al monte, rastreó sin reposo los trillos y cañadas e indagó en los barrancos hasta dar con ella.

Mientras, se le descarriaron las otras noventa y nueve.

 

“La parábola de las ovejas”; en: Diario de Jaén, Jaén, España, 15 de febrero, 1996, p. 29.

 





Contraseña

30 01 1994

Un tal Lázaro, rico hombre de Judea, vestía sólo confecciones exclusivas de las casas más prestigiosas, bebía vinos importados de las mejores bodegas y ofrecía cada día  espléndidos banquetes. A su puerta, otro Lázaro, mendigo y ulceroso hasta la náusea ─ni los perros venían a lamerle las llagas─, esperaba con paciencia y resignación por las sobras que los criados echaran a la basura.

De vez en vez, ambos Lázaros levantaban los ojos y dedicaban alguna que otra plegaria al Señor, cada cual según el grado de su fe, que era mudable. Quizás Lázaro, el mendigo, mirara más hacia el cielo, porque disponía de más tiempo y porque en esa posición se sienten menos los retortijones del hambre.

Ambos murieron el mismo día. Uno de gota y el otro de septicemia en la esperanza. Después de un breve tránsito por el purgatorio, despertaron a sus nuevas vidas. Uno fue dotado de alas y vagó sobre los cirrocúmulos y los estratonimbos entre querubes y angelitos de Miguel Ángel, disfrutando a plenitud de ese sanatorio alpino que es el cielo.

El otro se acomodó como pudo en la llama eterna y comprobó que sus llagas seguían en el lugar de siempre. Transcurrido un tiempo, logró pasar de contrabando un recado que serviría de contraseña a sus colegas en la Tierra:

«Hasta después de muertos somos pobres».

 

 

“Contraseña”; en: Somos, n.º 156, La Habana, 1994, p. 13.

 





Salariales

1 01 1994

Salió una mañana cierto propietario en busca de obreros para labrar su viña.

A las ocho concertó con algunos pagarles un denario al día y los mandó al trabajo.

Salió a las nueve, y viendo a algunos ociosos los contrató igualmente:

─Id también a mi viña y os daré lo que fuere justo.

Y ellos fueron.

Más tarde hizo lo mismo con otro grupo de desocupados.

Y, por último, una hora antes del fin de la jornada, contrató a un puñado que había pasado el día en la plaza, a la sombra de un toldo, contemplándose el ombligo:

─¿Por qué estáis aquí todo el día ociosos?

─Ha subido mucho la tasa de desempleo ─respondieron.

Y aún a riesgo de inflar su plantilla, los encaminó también hacia la viña donde ya se daban cabezazos y había mermado mucho la eficiencia.

Al fin de la jornada, mandó a su mayordomo:

─Llama a los obreros, págales el jornal empezando desde los postreros hasta los primeros.

El mayordomo pagó un denario a cada uno, desde los que habían trabajado apenas una hora, hasta los que habían sudado como burros durante todo el día.

Fueron esos últimos quienes comenzaron la sedición y las murmuraciones:

─Estos postreros sólo han trabajado una hora y los ha hecho iguales a nosotros, que hemos llevado la carga y el calor del día.

A lo que el señor respondió:

─Amigo: no te hago agravio. ¿No te concertaste conmigo por un denario? Toma lo que es tuyo y vete. Mas quiero dar a este postrero como a ti. ¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mio?  ¿O es malo tu ojo porque yo soy bueno? Recuérdalo: los primeros serán postreros, y los postreros, primeros: porque muchos son llamados, mas pocos escogidos. Acababa de inventar el sueldo fijo.

 

“Salariales”; en: Somos, n.º 155, La Habana, 1994, p. 43.