Cubanos de alquiler

19 10 2011

Hasta finales de los años 70, todo cubano que emigraba sabía que el regreso a la isla le estaba vetado in saecula saeculorum. Por entonces, los cubanos eran, exclusivamente, mercancía política: en buen estado si permanecían en el almacén insular, defectuosa una vez exportada.

Tras las conversaciones con la emigración, los gusanos salieron de sus crisálidas convertidos en flamantes mariposas, se abrió el banderín de los retornos y fluyeron hacia la Isla hijos, padres, primos y sobrinos, y maletas, muchas maletas con un muestrario de bisutería capitalista que demostró en pocos meses su capacidad erosiva sobre la granítica ideología revolucionaria. Algo que podría predecir cualquier pichón de geógrafo cuando la pelea es entre el agua blanda y la dura piedra. Siempre ha sido más fácil hacerse un vestido con una pieza de tela que con una pieza de oratoria.

Nos habían repetido que en Miami la condesa lavaba platos y el doctor fregaba carros. Cuando ambos aparecieron con todo lo que el ministerio de Comercio Interior no pudo suministrar durante dos décadas, comprendimos que en el más allá las tareas de limpieza se retribuían con largueza.

Hasta hoy, se ha mantenido a los cubanos el carácter de mercancía política. Al derecho de admisión, habitual en muchas discotecas, el gobierno de la Isla añade el derecho de emisión y el de desplazamiento, incluso dentro de las fronteras, de modo que ha aparecido una figura sui géneris: el no inmigrante ilegal, al que se caza en La Habana o Varadero para devolverlo a su hábitat original en las provincias orientales, posiblemente por razones ecológicas, para no alterar la biodiversidad.

El derecho de admisión se mantiene mediante la “habilitación” del pasaporte (a los cubanos que ellos consideren admisibles) y la in-habilitación de los restantes. Y la emisión de cubanos es también discrecional, aunque “la política de la Revolución, si alguien quiere salir de nuestro país para otro país, si le dan permiso de entrada en ese otro país, es autorizarlo a que salga. Nuestro país no prohíbe que ninguna familia emigre, porque construir una sociedad revolucionaria y justa como el socialismo es una decisión voluntaria y libre” (Fidel Castro; 23 de diciembre de 1999, cuando clamaba por la vuelta de Elián González). Pero ya se sabe que para Castro los conceptos de “libre” y “voluntario” no tienen el mismo significado que para la Academia de la Lengua. Basta recordar el caso del físico Luis Grave de Peralta Morell, preso de conciencia condenado a trece años y deportado tras cuatro años de prisión. Sus hijos y su esposa, a pesar de contar con un visado norteamericano, no fueron autorizarlos a viajar durante años. Cumplieron íntegra la pena que a su padre le fue conmutada gracias a los buenos oficios del congresista demócrata Bill Richardson. O el ya habitual veto que se impone a los viajes de Oswaldo Payá, Yoani Sánchez, Elizardo Sánchez Santa Cruz y otros opositores, e incluso a los que no lo son. Cuando España organizó el encuentro de narradores «La Isla Entera», el gobierno cubano negó el permiso de salida a una decena de narradores, de modo que el encuentro fuera “La Media Isla”.

El 28 de agosto de 2000, la secretaria de Estado Madeleine Albright hizo pública una relación de las 117 personas a las que en apenas dos meses y medio Cuba había prohibido viajar, aun  teniendo visado norteamericano, y denunció que a los cubanos, con ingresos anuales de 144 dólares, el gobierno les exigiera un impuesto de salida de 500. De ello se deduce el alto valor que conceden las autoridades de la Isla a la huida, como quien vende salvavidas a sobreprecio en medio de la mar picada.

La Constitución de la República de Cuba de 1901 estipulaba en su artículo 29 que “Toda persona podrá entrar en el territorio de la República, salir de él, viajar dentro de sus límites, y mudar de residencia, sin necesidad de carta de seguridad, pasaporte u otro requisito semejante, salvo lo que se disponga en las leyes sobre inmigración, y las facultades atribuidas a la autoridad en caso de responsabilidad criminal”. Y en su artículo 30, que “Ningún cubano podrá ser expatriado ni a ninguno podrá prohibírsele la entrada en el territorio de la República”. Lo cual será refrendado por la Constitución de 1940.

En su artículo 32, la Constitución de 1992 establece que “Los cubanos no podrán ser privados de su ciudadanía, salvo por causas legalmente establecidas. Tampoco podrán ser privados del derecho a cambiar de esta. No se admitirá la doble ciudadanía. En consecuencia, cuando se adquiera una ciudadanía extranjera, se perderá la cubana”.

De modo que todos los que hemos adquirido otra nacionalidad, deberíamos ser despojados automáticamente de la cubana. En su defensa, el gobierno cubano podría declararse incapaz de conocer cuáles de sus dos millones de exiliados se han convertido en norteamericanos, españoles o suecos. Pero hay pruebas de lo contrario. En la revista Encuentro de la Cultura Cubana se publicó un excelente texto sobre el caso de un ciudadano cubano que adquirió en la Isla la nacionalidad española y, en estricta interpretación de la Constitución, solicitó que le fuera extraída la nacionalidad cubana, como una muela sin posibilidad de empaste. Había sopesado las ventajas de ser extranjero y residir en Cuba. Tras meses de silencio, y ante la insistencia de su abogado, un viceministro del MINREX le respondió que la ciudadanía española le había sido concedida por una “potencia extranjera” y que el gobierno cubano, en nombre de la soberanía nacional y la autodeterminación, se negaba  a emprender cualquier tipo de acción bajo la presión de una decisión unilateral de una “potencia extranjera” (reiteración incluida).

En realidad, lo que justifica que el gobierno de la Isla viole su propia constitución es que los cubanos somos su mercancía, y no sólo política. Ignoro qué evento trascendental ocurrió el 31 de Diciembre de 1970, pero quienes emigraron antes de esa fecha son los únicos autorizados a regresar con pasaportes exóticos, después de pagar 105 € por la “habilitación” (se infiere que hasta entonces malvivían inhábiles) y el permiso de entrada. El resto, estamos condenados a adquirir a sobreprecio un pasaporte de 180 € (y otros 180 € en prórrogas), que en Estados Unidos asciende 370 US$  más prórrogas, como se constata en la página de la Sección de Intereses de Cuba en Washington (http://www.cubadiplomatica.cu/sicw/ES/ServiciosConsulares.aspx), donde se clama por la libertad para los cinco, cuando estadísticamente sería más justo exigir la libertad de los trece millones.

 Si usted se acerca a un consulado cubano, encontrará un listado de precios:

Carta de invitación 175 €

Permisos humanitarios de regreso definitivo 135 €

Permiso de Residencia en el Exterior (PRE) 80 €

Poder para salida de un menor 125 €

Legalización y certificación de nacimientos, matrimonios, defunciones (100 € por documento)

Transcripción a Cuba de nacimientos y defunciones 100 €

Transcripción de matrimonio a Cuba175 €

Documentación para casarse en Cuba: Solteros, 200 €; divorciados, 300 €; viudos, 400 €. Más 125 € si se casa por poder. Y 110 € por la certificación y legalización del certificado de matrimonio español.

Etcétera. Etcétera.

A juzgar por los precios, todo consulado cubano ha sido bendecido con una estrella Michelín. No hay menú del día ni platos combinados.

Pero posiblemente el más humillante de esos “impuestos revolucionarios” (como llamaba ETA a sus extorsiones a los empresarios españoles) sean las prórrogas de permiso de viaje al exterior (PVE). Después de pagar carta de invitación, pasaporte, permiso de salida, visado y billetes de avión, usted recibe por fin a su padre o a su madre en el aeropuerto. Pero no se engañe. Usted disfruta de sus padres en régimen de alquiler. Por ese concepto deberá pagar 40 € mensuales al gobierno cubano a partir del primer mes. 150 US$ en Estados Unidos. Hasta un tope de once meses, momento en que ese Estado considera que “el que fue a Sevilla perdió su silla” y expropia a su padre casa, muebles, carro y le expropia la patria negándole el derecho a regresar. Hipotecada la vida del ciudadano, en caso de impago, el Estado acreedor procede a la incautación de bienes y derechos.

Tucídides afirmaba que la ciudad no son sus murallas, sino sus habitantes. Y los Castro se percataron de inmediato que no bastaba ser propietarios  de las tierras y mares adyacentes, las fábricas y las casas. Como propietaria de todos los cubanos, la aristocracia verde olivo podía votar, decidir e incluso vivir en su nombre; enviarlos a guerras lejanas y reducirlos a menores de edad perpetuos o incapacitados permanentes que deberán ser representados. “Fidel es nuestro papá”, dijo en cierta ocasión no sé si Robertico Robaina o Felipito Pérez Roque, ambos castigaditos por su mala conducta. Y un padre, como afirmaba Pablo Neruda en su “Oda a Stalin”, suele castigar a los desobedientes: “Stalin alza, limpia, construye, fortifica, preserva, mira, protege, alimenta, pero también castiga. Y esto es cuanto quería deciros, camaradas: hace falta el castigo”.

Los italianos tienen un curioso eslogan: “Intenta vivir de tus padres hasta que puedas vivir de tus hijos”. Y nadie como los Castro lo ha puesto en práctica. Malgastaron en un decenio la economía saneada que heredaron en 1959 de sus padres; disfrutaron durante treinta años la suculenta mesada del padrecito soviético, y desde los 90 intentan vivir de sus hijos. Para ello han actualizado una tecnología del siglo XVII. Por entonces, aunque alguien no dispusiera de hacienda ni de fábrica donde colocarlos, podía adquirir un par de esclavos y “echarlos a ganar”. Como peón, carpintero, pescador o puta, el esclavo conservaría lo indispensable para su sostén y entregaría al dueño la plusvalía. Médicos, entrenadores, militares y marinos han sido “echados a ganar” por los caminos del mundo, bien sujetos a la Isla por una cadena invisible de rehenes filiales. “No podrán otorgar carta de invitación los ciudadanos cubanos que se encuentren cumpliendo misiones oficiales o contratos de trabajo”, reza una advertencia en las páginas de los consulados cubanos. Y añaden que quien deserte “no podrá viajar a Cuba, transcurridos 5 años desde la fecha de su salida del país”, y tampoco recibirán autorización para reunirse con el prófugo sus familiares, los rehenes. El mono habrá escapado, pero la cadena es propiedad del Estado. También en la Isla se ha “echado a ganar” en las corporaciones extranjeras a muchos cubanos. Incluso las putas por cuenta propia son expoliadas indirectamente por el Estado a través de policías y funcionarios, proxenetas del Materialismo Dialéctico. Fidel Castro se encargó personalmente del marketing al calificar a las jineteras insulares como “las más cultas del mundo”, como si los putañeros del universo acudieran a la Isla a disfrutar las bellas artes de la conversación.

Destruida la industria azucarera, arruinados los cafetales y renqueantes las fábricas soviéticas, obsoletas de nacimiento, la exportación de carne ha pasado a ser la primera industria de la Isla, algo que haría las delicias de los caníbales de Papúa-Nueva Guinea: se exporta carne humana en su envase original (100% natural, sin conservantes ni colorantes). Cubanos de bajo coste que permiten al buró político del alzheimer continuar viajando por la vida en primera clase.

La diferencia con el siglo XVII es que por entonces el esclavo podía ahorrar para comprar su libertad y disponer entonces del fruto íntegro de su trabajo. De momento, la legislación laboral cubana no contempla la manumisión entre los derechos de la clase trabajadora. La única alternativa es el exilio. Y entonces opera la cadena invisible del amor filial: remesas mediante, el exilio cubano está condenado a una práctica que aterraría a los dicharacheros italianos: mantener a sus hijos en el continente y a sus padres en la Isla, y sacarlos de vez en cuando a tomar el fresco del planeta, por 40 € mensuales, el alquiler fijo de un cubano, sin rebajas en temporada baja ni descuentos a los clientes habituales.

 

“Cubanos de alquiler”; en: Cubaencuentro, Madrid, 19/10/2011. http://www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/cubanos-de-alquiler-269265





La furia de los vikingos

9 06 2011

Los telediarios abren últimamente con noticias insólitas.

El ex primer ministro conservador islandés Geeir H. Haarde comparece ante la justicia acusado de negligencia grave durante su mandato.  Lo juzgará el Landsdomur, un tribunal especial creado en 1905 para juzgar a políticos aforados. Es el primer político encausado por su actuación durante la reciente crisis.

Sigurdur Einarsson, presidente ejecutivo del más temerario banco de Islandia, el Kaupthing, es detenido en su mansión de 12 millones de euros en Chelsea, uno de los barrios más exclusivos de Londres. La hipoteca no suponía ningún problema. Después de comprarla, se la alquiló a su propio banco. Las 2.400 páginas de su causa son una novela de terror financiero.

El todopoderoso presidente y director gerente del FMI, Dominique Strauss-Kahn, con cara perro apaleado, es juzgado en Nueva York por delitos sexuales contra una humilde camarera.

Los curas pedófilos comparecen ante la justicia. Se congelan las cuentas de algunos dictadores e ingresan en las listas de los más buscados por la justicia internacional. Se suprimen amnistías y puntos finales y los torturadores latinoamericanos pasan al banquillo.

¿Se estará perdiendo el respeto por las jerarquías? ¿Será verdad que todos los hombres son iguales ante la ley? ¿Estará cambiando el mundo y ya ni el poder ni el dinero disfrutan de inmunidad? Tampoco así. Hay dictadores excusables con mansión en París e inversiones en Norteamérica. Los piratas somalíes apuntan su AKM en el Golfo de Adén mientras sus intermediarios apuntan su chequera en la City de Londres. Occidente ingresa asqueado en sus fondos de inversión las fortunas esquilmadas por los sátrapas a sus pueblos.

Al encausar a los criminales de guerra nazis, los juicios de Núremberg fueron en 1945 el principio del fin de la impunidad absoluta que hasta entonces disfrutaban los políticos y militares para desatar genocidios, limpiezas étnicas y otras desinfecciones sociales. Claro que eran, obviamente, los perdedores de la guerra. A los vencedores habitualmente no se les juzga.

De entonces a acá han pasado por el Tribunal Penal Internacional de La Haya generales, ex mandatarios y criminales de diferente rango, genocidas todos de sus propios pueblos. No están todos los que son, desde luego, pero sí son todos los que están. Incluso hemos escuchado a un enviado especial del gobierno ruso en Libia afirmar que Gadafi perdió la legitimidad al disparar contra su propio pueblo. Lo nunca visto desde Iván El Terrible. La inmunidad parlamentaria o eclesiástica y la autodeterminación como coartada están siendo puestas en duda por una justicia que, en teoría, se pretende internacional. Aunque, de momento, sólo se pretende.

Pero el caso de Islandia es singular. Un país donde los bancos quiebran sin ser rescatados, sus directivos pueden ir a la cárcel por su extrema codicia y el primer ministro, por negligencia criminal ante sus electores.

Con escasos recursos, salvo su abundante energía geotérmica y sus bancos de pesca, Islandia fue hasta inicios del siglo XX uno de los países más pobres de Europa, diezmado durante siglos por el hambre y las enfermedades, erupciones catastróficas, suelos estériles, clima implacable. Tiene en su haber, en cambio, una de las tradiciones democráticas más antiguas de Europa. En los 80, inspirados por Ronald Reagan y Margaret Thatcher, el país que había sido católico y más tarde luterano, se convirtió al neoliberalismo. Privatizaciones, entre ellas la de la pesca, bajos impuestos, desregulaciones, tasa del impuesto de sociedades del 18%, una de las más bajas del mundo; 24,5% del impuesto al valor agregado; una regulación laboral flexible; hasta la eliminación del impuesto sobre el Patrimonio en 2006. De modo que Milton Friedman quedó encantado cuando visitó Reikiavik. Se diversificó su economía. Manufacturas, servicios, software y biotecnología. La pesca pasó del 90 al 40% de sus exportaciones: además de pescado, productos marinos, aluminio y ferrosilicio. El país invirtió en educación, energía verde y tecnología. En 2008, el PIB percápita de Islandia en términos de paridad de poder adquisitivo fue el decimocuarto del mundo y tenía la catorceava esperanza de vida más alta, 80,67 años. El paro se redujo al 1%. Así, en el índice de desarrollo humano de la ONU 2007/2008 ocupó el primer lugar. Y en 2009 fue clasificado por la ONU como el tercer país más desarrollado del mundo. Los 320.000 islandeses parecían los seres más felices del planeta. El tigrillo celta suscitaba admiración.

De los banqueros se decía antes que era una ocupación muy aburrida que se limitaba al 3-6-3: 3% de interés a los ahorradores, 6% de interés a los préstamos y estar a las 3 en punto en el campo de golf. No sé si por la escasez de campos de golf, pero a los banqueros islandeses no les bastaba con el bacalao y el aluminio. A inicios del siglo XXI, el Estado privatizó la banca y, a imitación de sus colegas trasatlánticos, el capital financiero inició una estampida expansionista, aprovechando la desregulación y unos tipos de interés del 15% que fascinaron de inmediato a los rentistas, jubilados e inversionistas austríacos, alemanes, ingleses y holandeses. A través de Icesave (Landsbanki) y Kaupthing Edge (Kaupthing) se captaron unos 9.000 millones de euros. Si sus primos americanos empaquetaban subprimes como esas cajas de la suerte que venden a un euro en las tiendas chinas, ellos se dedicaron a captar dinero y echarlo a rodar en Las Vegas de las finanzas, hasta el punto de que los activos de los tres grandes bancos multiplicaban por 12 el PIB de Islandia. Los ejecutivos se concedían a sí mismos, a familiares, amigos y políticos afines, a menudo sin garantías, créditos millonarios que reinvertían en la ruleta financiera. La bolsa multiplicó por nueve su valor en cuatro años. Se triplicaron los precios de la vivienda. El ahorro disminuyó del 15 al 10% del PIB, la formación bruta de capital pasó del 18% al 33%. Los vikingos se volvieron locos: aprovechando que los salarios subían, que la riqueza parecía salir de la nada, y el carnaval de crédito, cada familia compró dos y tres casas, y hoy en Islandia hay 1,5 automóviles por habitante (los bebés no conducen y cada islandés sigue teniendo un solo culo). La codicia y la estupidez combinadas pueden ser letales.

De modo que antes de la quiebra, la deuda de los tres grandes bancos del país, Glitnir, Landsbanki y Kaupthing, era seis veces mayor que el PIB de Islandia. Pero la fiesta estaba a punto de concluir. En 2006, el Danske Bank advirtió que el sistema financiero corría peligro. Y ya en abril de 2008 la catástrofe era inminente, a pesar de lo cual, Landsbanki blasonaba de solvencia y culpaba de su mala prensa al acoso de especuladores internacionales. Cuando estaba a punto de culpar al imperialismo y al bloqueo, llegó la hecatombe. Se abrieron las cajitas sorpresa y sólo contenían aire (viciado). Lehman Brothers, clasificada poco antes por las agencias de riesgo como lo mejor para el alma divertir, se desplomó. Entonces el gobierno británico detectó que Landsbanki estaba repatriando capitales, le aplicó la ley antiterrorista y congeló sus fondos. Gancho a la mandíbula que ocasionó la caída en cadena de toda la banca islandesa. Los vikingos descubrieron asombrados que el tigre financiero no pasaba de gato marrullero. Holanda y Reino Unido devolvieron a sus nacionales el 100% de los depósitos y exigen a Islandia 3.700 millones de euros, un tercio de su PIB. El gobierno islandés interviene Landsbanki, garantiza sus ahorros a los clientes islandeses pero deja en el limbo a los extranjeros.

A ritmo de rumba celta, la inflación se desbocó, la corona pasó de 70 por euro a 250 (lo que, por otra parte, ha favorecido las exportaciones); el PIB ha caído un 15% (en España, con todo y crisis, ha caído un 8%), los bancos perdieron unos 100.000 millones de dólares, el endeudamiento del país asciende al 300%, y los islandeses están hipotecados hasta las cejas y han perdido la mitad de su poder adquisitivo. El paro subió al 8% y la deuda pública se ha encaramado por encima del 100% del PIB. El país ha retrocedido una década. De modo que tuvo que pedir un préstamo a Rusia y ayuda al FMI, que le ha aplicado sus recetas habituales (no me refiero a la camarera de Manhattan). A pesar de todo, se prevé que la economía del país crezca un 3% este año.

Ante las presiones internacionales, el gobierno acordó que los ciudadanos pagaran en 15 años y al 5,5% de interés la deuda contraída por los bancos del país. Islandia dedicaría e eso el 1,4% de su PIB hasta 2026. Y entonces ocurrió lo que ocurrió: sin alzarse en armas en sus numerosos volcanes, a golpes de cazuela y pancarta, los vikingos enfurecidos dijeron que no, obligaron al parlamento a anular el acuerdo y llevarlo a referendo que, por supuesto, no aprobó el 97% de la población. Que cada ciudadano pague las deudas contraídas con los bancos, bien, pero que pague las deudas de los bancos con quién sabe quién, ni hablar.

Ahora la izquierda en pleno aplaude al pueblo y al gobierno islandés, gente que quiere tener su destino en sus propias manos, que no salva bancos hundidos por la avaricia ni perdona a políticos incompetentes, lo que prefigura un mundo de políticos y banqueros bien sujetos al control de sus pueblos, sin inmunidad ni patentes de corso. Otra banca es posible. Y en parte tienen razón. Pero sólo en parte.

Gylfi Zoega, uno de los más brillantes economistas de Islandia, asegura que el colapso de los bancos no fue una elección. No había dinero para rescatarlos.  De lo contrario, el gobierno los habría salvado. Y Hannes Guissurasson, neoliberal y asesor del gobierno anterior se pregunta ¿qué ley vulnera la excesiva toma de riesgos?, y vaticina que muy pocos banqueros terminarán en prisión. Lo cierto es que tras la quiebra del sistema bancario, el Estado lo ha nacionalizado, ha inyectado en ellos un capital equivalente a la cuarta parte del PIB, y se prevé que en breve comience su reprivatización. Del mismo modo que en Europa y EE. UU., como cuenta Stephane Hessel en ¡Indignaos!, los financieros causantes de la crisis han regresado a los beneficios y los bonus, puede que regrese a Islandia de puntillas el fantasma de Milton Friedman y que sólo nos enteremos después de tres erupciones volcánicas o cuando estalle la próxima crisis.

 

“La furia de los vikingos”; en: Cubaencuentro, Madrid, 09/06/2011. http://www.cubaencuentro.com/internacional/articulos/la-furia-de-los-vikingos-263931