Diario habanero. Martes 14 de julio, 2009

14 07 2009

A media mañana llegamos a casa de mi suegro. Él ha conservado no sólo la parte de mi biblioteca que quedó allí, sino hasta los pequeños adornos o carteles que un día acompañaron mi juventud tardía. Con el perdón de los puristas, en el baño pende todavía el cartel “Cagatoium manun no valium guayabum verdum”, bastante cagatum de moscas. Y en una puerta cuelga otro: “Si el mundo es tan grande como dicen, y hay tanto lugar… entonces… ¿por qué usted viene a joder a este espacio tan pequeñito?”.

De pronto, Daniel se sienta a mirar los carteles y comienza a llorar. Algo tan extraordinario, que Nury acude de inmediato a consolarlo sin saber por qué. Creo que no lo veíamos llorar desde que tenía 6 ó 7 años, cuando en un parque se colocó detrás de unos columpios de cadenas y sillín de madera, con tan mala suerte que uno de los columpios, a medio recorrido del arco y con niño incluido, le pegó de lleno en la boca y le aflojó los dientes.

Pero en esta ocasión ha sido la realidad la que le ha pegado en las neuronas, golpe desencadenado, al parecer, por unos cartelitos fósiles y cagados de moscas. Cuando Nury logra tranquilizarlo, nos explica que para él las cosas materiales no tienen demasiada importancia. (Ya lo sabemos. Nury suele echar a la basura sus pantalones con huecos para que no se los siga poniendo). Las cosas se rompen, se estropean y se sustituyen (o no) por otras, continúa Daniel. Pero en un lugar donde hay tanta gente buena, inteligente, es un crimen que hayan convertido toda una ciudad, todo un país, en ruinas. Y se seca las lágrimas. Y ríe. Porque, según él, desde su llegada a La Habana siente una mezcla muy extraña de alegría y dolor que no sabe explicar. Después nos confesará que días antes, cuando visitó por primera vez a su tía y sus primos, estuvo a punto de llorar tras recorrer el paisaje de ruinas a lo largo del Malecón y de El Vedado, especialmente al reconocer, en las ruinas dejadas por los recientes ciclones, el parque Nené Traviesa donde le celebramos su segundo cumpleaños.

(Nota de Daniel que lee por encima de mi hombro: Tras el llanto, me desahogo pensando en un proyecto de hagiografía-ciencia-ficción-ucronía-revolucionaria, en sintonía con mi extraño sentido del humor) (sic).

Viajamos hacia El Vedado como sardinas en lata en un Chevrotet del 53 que capturamos en 31 y 56. La experiencia podría matar del corazón a un autista.

Después de cambiar euros por chavitos en un banco abierto y sin cola, almorzamos en el TV Café, donde esta vez sí nos dejan entrar y con los mismos pantalones cortos. Aunque, visto el menú, no valía la pena insistir.

Después, subimos a La Torre, donde sirven las mejores vistas de la ciudad y cervezas más o menos frías.

Los camareros son muy pacientes con quienes interrumpen continuamente su paso para tomar fotos. Saben que los clientes vienen, en primer lugar, a devorar paisajes. Daniel descubre que éste es el único lugar donde hay Coca-Cola. No me había dado cuenta. Parece que la Coca-Cola en Cuba es un refresco de altura. Y hablando de altura, desde aquí a la ciudad ni siquiera se le notan los desconchados.

Salvo que enfoques directamente a las azoteas, en cuyo caso la alopecia urbanística es evidente.

Claro que a ras de suelo se cumple aquel viejo aserto infantil de que “así volaron El Maine”.

A ras de suelo todo es diferente, incluso si miras hacia los ayer majestuosos rascacielos que erizaban el sky line de La Habana cuando otras ciudades latinoamericanas no se atrevían a empinarse más de cinco o seis plantas.

Lo único nuevo es el Monte de las Banderas, como si una flota pirata hubiera anclado frente a la Oficina de Intereses Norteamericana.

En una de las últimas plantas de la Oficina de Intereses se les ocurrió colocar pantallas alineadas que reproducían un cintillo de informaciones sobre Derechos Humanos y noticias que el Departamento de Orientación Revolucionaria del Partido Comunista de Cuba no consideraba noticiables. Fidel Castro les subió la parada, es decir, les subió un bosque de banderas a treinta metros del edificio y prohibió la circulación de peatones en toda el área de visibilidad no tapiada por la fronda de enseñas. Incluso hoy, cuando ya los norteamericanos han desmantelado las pantallas, no se puede caminar cerca de la sede. El tramo del Malecón que corresponde a la Oficina, y donde antes se sentaban los amantes, se agazapaban los rescabuchadores y pasaban raudos los carteristas, ahora está vedado (Vedado al cuadrado) a los peatones. Salvo accidente grave, ningún automóvil puede detenerse en ese Sector 40 del muro.

Pero sigo sin comprender tanto luto embanderado cuando Cuba es el país que celebra como una fiesta la derrota militar del 26 de julio, donde murieron casi un centenar de hombres.

La tarja que acompaña a las banderas dice:

Pero. Un momento. O mi memoria falla hasta el alzheimer, o estas telas negras con una estrella en medio nada tienen que ver con la bandera de Perucho Figueredo. Ahora resulta que “otra he visto en lugar de la mía”. ¿O será una versión corta para cielos nocturnos? Quizás por eso mi cámara, intuitiva, al enfocar hacia el Protestódromo dejó la “Patria” fuera del campo visual.

El Protestódromo es la sede del mitineo. Cuando diariamente metían un mítin, una protesta o un concierto para pedir que devolvieran a Elián, Fidel Castro se cansó de la Plaza de la Revolución, que no tiene ni vista al mar, y mandó a construir aquí esta estructura que recuerda el esqueleto de un hangar (va y tiene su quisicosa estratégica y no nos hemos enterado). Como la culpa siempre la tiene el imperialismo, mejor dispararle las diatribas a bocajarro y no con mira telescópica. Desde la Era Rauliana, ahorrativa en discursos y sin ideas para la batalla, quien más visita el protestódromo es el salitre. Tampoco es que se preste mucho para conciertos y pachangas. De pie, en el extremo opuesto a la Oficina de Intereses, el portero es nada menos que Nuestro Apóstol. Tiene cara de estar encabronado y señala hacia la Oficina de Intereses. Martí, que era un hombre menudito, se ha crecido. Calza bíceps y pectorales de portero de discoteca. Sus medidas aquí son épicas. Sospecho que para el cuerpo aprovecharon alguna vieja estatua de Mella y le encasquetaron una levita de bronce. Tampoco se comprende muy bien por qué Martí señala hacia la sede norteamericana con un niño en brazos. Carga al niño como quien se hubiera encontrado por el camino un saco de malanga. Ni siquiera lo mira. Eliancito no puede ser, porque cuando media cubanidad quería salvarlo de la otra media, y viceversa, Elián sería sólo un poco más pequeño que el Apóstol. Los pies del balserito le llegarían a la rodilla. Y, hasta donde sé, los náufragos no se encogen.

Tampoco será el Ismaelillo, que no tiene muy buena prensa en los medios oficiales cubanos. A juzgar por las cartas de Carmen Zayas Bazán, Don Pepe no fue lo que se dice un padre solícito. ¿A qué se debe entonces el repentino ataque UNICEF del Apóstol? Dejando a un lado el infanticidio, ¿estará señalando Martí hacia la tierra donde vivió la mayor parte de su vida? ¿Su dedo acusa al Imperio o señala el camino a los cubanos? ¿O al niño? Quién sabe. Si hubieran emplazado la estatua en Bayside, sería el monumento a la Ley de Ajuste. Ya se sabe que Martí es como la cinta americana: sirve para cualquier cosa: lo mismo asegura un guardafango que sella una tubería.

Entre una cosa y la otra, se nos ha hecho un poco tarde, y hoy a las 6:30 p.m. transmitirán por Cubavisión, Cubavisión Internacional, Radio Rebelde y Radio Habana Cuba la Mesa Redonda “Estados Unidos: Los primeros seis meses de la actual administración”, y darán seguimiento, para no perder la costumbre, a los acontecimientos en Honduras. Ya sé que será retransmitida por el Canal Educativo al final de su programación, pero la primera tanda es la más emocionante. Con su imparcialidad habitual, los periodistas le darán seguimiento también a los acontecimientos de Cuba, y analizarán, con idéntico espíritu crítico, los primeros 36 meses de la actual administración raulista, ya que el próximo congreso del Partido se ha declarado futurible.

Para no perdernos el Randy’s Show, le ofrecemos 5 CUC a una pareja joven que va en un Lada reluciente. Hasta 13 y 86 por 5, les digo en tono de ecuación. Tres segundos de duda y nos dicen que sí. Con tan mala suerte, que saliendo del túnel de 5ª Avenida, el Lada se poncha y un clan pierde la cabeza, de modo que no hay como cambiar la rueda. Le doy los 5 CUC y se produce un raro duelo de caballeros. Que no puede aceptarlos, porque no nos ha llevado hasta nuestro destino. Y yo que sí, que no es culpa suya. Y que no. Y que sí. Hasta que los aceptan.

Conseguir otro artefacto de cuatro ruedas hasta la casa nos costó una hora.

Por fin, llegamos a casa de unos editores amigos, pero, sobre todo, amigos, que nos han invitado a comer. La noche se anuncia (y se cumple) memorable. Me cuentan que tienen muy poco tiempo en estos días porque deben sacar todo el trabajo editorial del año en pocas semanas. Ya les han anunciado que en breve se acabará el papel, y sólo saldrán publicados los libros que entren a imprenta de inmediato.

Entre el pollo y la ensalada, les pregunto por el Randy’s Show y me miran como el Halcón Maltés a Humphrey Bogart.

–Cambia la cara, coño, que era un chiste.

Respiran hondo y nos cuentan que en las tiendas estuvieron vendiendo esos perritos con ventosas que se colocan en el salpicadero de los carros y mueven la cabeza cuando el auto frena o acelera. Los había de varios colores y tamaños. La gente llegaba a las tiendas y pedía un Randy azul o un Randy rosado, o comentaban en la oficina que les habían regalado un Randy rojo de lo más bonito. A los pocos días, los perros que decían sí con la cabeza y movían la cola fueron retirados de todas las tiendas. Randy hay sólo uno.


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