La ruta del otro mago

12 10 2007

Tras recibir la noticia de su muerte, no por esperada menos demoledora, contemplo de nuevo la foto: en un restaurante de Miami, donde acabamos de despachar el pescado más fresco de la Florida, aparecen Carlos Victoria y Germán Guerra, abrazados por mi hijo Daniel, en el centro. Tres sonrisas pletóricas. Y la mía cuando aprieto el obturador.

Durante esa comida veteada de complicidades, recuerdos insulares y literatura, Carlos disfrutó las interrupciones de mi hijo, sus abrazos repentinos, su manera de romper todo protocolo con la garantía de quien se siente inmune, dueño de los salvoconductos del cariño. Aquel día comprendí muchas cosas sobre Carlos, sobre sus ausencias y sus fantasmas personales, sobre sus adeudos y sus saldos pendientes. Algunas eran ya sospechas emboscadas entre las líneas de sus cuentos y novelas. Otras, las corroboré en la relectura.

Carlos, el huérfano inconsolable, ha abandonado a sus criaturas: César y Adela, Enrique, William, Ricardo, Abel, Natán, Marcos Manuel Velazco fruncen el ceño hoy, amagan la tristeza en todos los ejemplares de sus cuentos y sus novelas. Paternidad fructífera la de Carlos, que compuso con sus angustias, búsquedas y huidas la familia de personajes más consistente de la literatura cubana en el exilio. Pero de su literatura ya he hablado suficiente.

El Carlos Victoria que asiste ahora mismo a mi memoria no es el traducido en palabras, sino el amigo entrañable, el que no sólo convocaba el afecto, sino una necesidad de consolarlo por algo, de protegerlo de algo, aunque no supiéramos qué. Sí nos sabíamos incapaces de protegerlo de la historia y de sí mismo. La primera lo había perseguido siempre. El segundo, acechaba. Carlos había vencido a Carlos veintitantos años atrás, pero acechaba.

En Cuba y en el exilio, Carlos Victoria transitó por infiernos sucesivos. Se abrió cojo de padre al mundo, fue él mismo padre de su madre. Sin pases a bordo ni padrinos, empezó a abrirse paso en un mundo de escritores silenciados y comisarios de la palabra. El resultado, no por drástico, fue inesperado. A pesar de ello, conservó una confianza en el género humano que a muchos en su lugar se les encallece para siempre. Hay sobre eso una anécdota que hasta hoy no he contado y que me ronda con insistencia.

Confianza en el género humano

Junto con Guillermo Rosales, dotó al exilio, a Miami, de una literatura: artefactos de precisión que uno puede recorrer como una guía desolada del alma humana, de la ciudad, como un mapa de esa soledad que sólo abandonaba para frecuentar la amistad de un grupo sólido y fiel: su anclaje para sobrevivir, incluso en temporadas de ciclones.

La desmesura de su agradecimiento a quienes en algún momento abordábamos su obra o promovíamos su conocimiento era inquietante: al menos yo, siempre tuve la sensación de no merecerla, de no tener cambio para una gratitud de ese calibre.

Lo demás, es silencio: su silencio, ajeno a cualquier petulancia; aunque catara con exactitud las excelencias de su obra, siempre mantuvo a su ego en papeles secundarios, algo de agradecer entre nosotros. Se rió con ganas cuando le confié mi hipótesis de que nuestra literatura era, en potencia, la mayor del planeta. Bastaría que los cubanos publicáramos nuestra ínfulas completas. Su aporte, hay que decirlo, habría sido mínimo.

Por el contrario, su confianza en el género humano podía sorprender. Cuando el “Encuentro con Cuba en la distancia”, celebrado en Cádiz, decidió homenajearlo, tuve la oportunidad de acompañarlo. Ese día, Carlos recibió un telegrama de felicitación muy cordial pero sin firma. Su confianza en la bondad de las personas por encima de las servidumbres del poder, le hizo pensar durante un buen rato que el autor de la felicitación era un antiguo compañero de estudios en la Universidad de La Habana, el actual ministro de Cultura Abel Prieto. Poco después, revelado el verdadero autor, Carlos comprendió que hay gestos contraindicados en el vademécum de la política.

No hay royalties ni premios Nobel para medir la calidad humana, pero sí me consta un indicio revelador: en un mundillo de chismorreos, infamias cruzadas y maledicencia deportiva, no he escuchado a nadie hablar mal de dos personas, dos escritores: Carlos Victoria y Guillermo Vidal. Ambos sintieron la literatura como una especie de sacerdocio, ambos vivieron los extremos exterior e interior del exilio y del insilio, respectivamente, ambos murieron antes de tiempo y, si existe justicia a posteriori, me gustaría que estuvieran ahora charlando de literatura en algún sitio confortable.

Inalcanzable ya para el dolor y la angustia, ignoro si más allá, Carlos, habrás alcanzado la paz, el sosiego. Confío en que tus fantasmas sean incapaces de traspasar la barrera y hayan quedado al pairo en este lado. Sí te aseguro que los fantasmas que lograste confinar en tus libros gozan de una vitalidad que crece con cada lectura. Ellos, como tú, habitan ya algún rincón protegido de nuestra memoria. Aunque quisiéramos, ellos te perpetúan, proscriben el olvido. Tanto, que incluso creo verte husmeando mientras escribo esas palabras. Y, socarrón, sonríes.

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