Bar Mañana (del libro El éxito del tigre)

6 06 2003

No aparece en las guías turísticas ni en el directorio telefónico, nadie en La Habana podrá indicarle la dirección exacta del Bar Mañana, su teléfono, la calle, cerca de qué, al ladito de dónde, ni siquiera el barrio donde puede preguntar por él. Pretender un práctico que lo conduzca por los procelosos cauces de la ciudad hasta sus puertas, es inútil. Algunos lo han situado en la frontera portuaria de La Habana Vieja, en el centro noctámbulo del Vedado, o en un mirador de Buenavista. Y hasta donde yo sé, todos tienen razón: el Bar Mañana habita en la ciudad, aunque en las oficinas de turismo eviten pronunciar su nombre. No es una mitomanía de algún canadiense con sobredosis de trópico, ansioso por derrotar a su vecino que recorrió el Ganges en quince días. Ni el delirium tremens de Manolo El Gago, que en-en-entre do-dos vasos de Chispaetrén altamente inflamable, me comunicó una noche que no era un cuento de camino, que e-e-existe de verdad verdad, mi herma mi herma mi hermanito, aunque el único camino para llegar es el de la pura casualidad, la suerte, el azar, el ya tú sabes, el averigua, inventa y arréglatelas como puedas. Los que han entrado alguna vez, evaden el tema. Me ha sido difícil recopilar información: desde los bares de mala muerte hasta los night clubs de la buena vida. Cada cual tiene su versión.

El abuelo Severino

tiene todos los achaques de la edad y tres o cuatro más de sobrecumplimiento: le gotea el grifo de la pirinola cuando orina y hay que cambiarle el calzoncillo cuatro veces al día; devuelve a golpes de tos los Montecristo que se fumó durante toda su vida; confunde a sus nietos y a veces no encuentra su casa en el mismo sitio al regreso del parque; incluso habla por teléfono con muertos que enterró hace veinte años. Pero recuerda con una fidelidad documental su infancia en Lalín cuando Primo de Rivera, el buque de la Naviera Atlántica que lo condujo a través del océano en tercera clase; su primera visión del Morro, y sobre todo los alegres años de la guerra, cuando Hemingway cazaba submarinos en la cayería, y él cazaba mulatas en los bares del puerto. ¿El Bar Mañana? Cómo no. Acabadito de abrir. No se verá uno igual en mucho tiempo. Figúrate: la puerta toda de cristales y el anuncio en verde y amarillo sobre el arco de la entrada:  Bar Mañana (Open 24 hours). Todo el local iluminado de ámbar: ni blanco café, ni rojo bayú: mitad y mitad. Y el olor, qué olor: alcohol dulzón con perfumes, respiraciones, nubes de humo rubio, el cuero de los butacones y las banquetas. En un pequeño escenario tras la barra, bailan por turnos una mulatona de concurso, y una trigueña de ojos verdes con el culo más redondo que un mapamundi. Al fondo está la ruleta (la primera de La Habana, creo) girando bajo un chorro de luz, al compás de Amalia y su culo interplanetario. Mientras el coupier vigila tieso como una estaca, los jugadores y los chismosos se arremolinan, gritan y chupan de sus vasos con una sed de condenados a muerte. A la derecha está el escenario de la jazz band, siempre de lo mejor, no vayas a pensar. Y la barra de cedro pulido: un espejo, mijo, limpísima, hasta te puedes peinar en el reflejo de la madera. Pero noventa centavos la cerveza. Carísima. Claro que es un sitio de alto copete. Figúrate.  Con el peso a 1,06 dólares. Una cerveza Hatuey helada en un vaso helado, y el pozuelito de maní tostado, y la mulata meneando el mundo, deja que la veas. Se te salen los ojos. Al único que no se le salen es a Tony Mandarria, que fue boxeador de los completos, y le quedó el cerebro medio espachurrado a golpes. Pero el Don le cogió lástima y lo contrató para que se plantara en una esquina toda la noche, entre dos arecas, con su chaqueta a cuadros y sus zapatones del once y medio. Quieto parado. Tú ves la gritería y la jodedera que hay  en cualquier sitio. Nada de nada.  En el Bar Mañana no se mueve ni Dios, que cuando Tony Mandarria se te para al lado por andar armando escándalo, mejor te vas tú solito, antes que te suelte por la escalera de incendios pabajo, directo a los cubos de basura. Pero si el pendenciero es de billete, como un americano borracho que se pasó de gritón la semana pasada (creo, o el mes pasado, o el año pasado, no sé), Tony lo acompaña hasta la puerta y le dice algo al oído. Que hasta sabe hablar, aunque no lo parezca. No vuelven en una semana. Y Tony se para en su sitio, serio como una columna. Con la única que se ríe es con la rubita que vende cigarros. Cosa linda. Con su carita de Caperucita Roja. Yo siempre le compro una cajetilla, aunque lo mío son los Montecristo, tú sabes. Y en el doble fondo trae las cosas más raras: que si una medalla del Ejército Libertador, unos galones que fueron de los mambises, o el pomo de un machete que, dice ella, empuñó el propio Generalísimo. Demasiadas tetas para ser una anticuaria seria, le dije un día. Y se reía pechiparando el tetamento. Con tal de meterle el billete en la alcancía de sus tetas, hasta los que no fuman le compran su cajetilla. Allí hay de todo, mijo: mafiosos, chulos de éxito, policías de paisano (los de uniforme van noche por noche a recaudar impuestos), empresarios, hijitos de papá. Esos son los más bulleros, pero hasta Tony les sonríe (diferente que a la rubia, ¿me entiendes?), y la mulata desenfunda a veces una teta en su honor.  Como que tienen el billete suelto. Detrás de la ruleta, oculta por una cortina, está la oficina del Don: un hombre ventrudo, vestido de blanco hasta las sienes, que sale a beberse un Martini y a saludar a los habituales, o a entregarle un sobre azul a los policías del Coronel Urbano: lizancia de apretura parpetua, dice él, porque el español le sale medio enredado. Es el sitio más elegante de La Habana, mijo. Lástima que uno sea ya un viejo cagalitroso. Si no, me iba contigo ahora mismo, nos tomábamos unos rones, y te presentaba a la mulata Amalia: una hembra total, no las lagartijas flacas que se buscan ustedes.

Arsenio Regalado, taxista,

vendedor de gasolina, tabacos Cohiba y bisutería de coral negro, guía turístico, guardaespaldas y representante artístico de Magaly y Yamilé, profesionales en la danza del (bajo) vientre, asegura que sí, que existió, pero en enero de 1960 ya lo habían cerrado. Fue el gobierno. Ocho años antes que viniera la Ofensiva aquella y casi le ponen a La Habana entera un cartelito de Cerrado por Reformas. Al Bar Mañana lo cogió la amoladora anticipada. Una vez estuve hablando con el barman de allí. Un hombre extraño: Bigote chorreado, los pelos largos (cuando aquello la onda era la mota Elvis o la rutina chuchera del Benny). Me contó que el Bar iba en picada desde que el dueño se fue. Yo lo había oído mentar: era un húngaro, creo, ¿o sería rumano? Un tipo alante: contrataba a los mejores músicos por almuerzo y ron cuando no los conocían ni sus parientes. Figúrate que en el Bar Mañana cantó el Benny de chiquito, la Elena Burke cuando era flaca, José Antonio Méndez cuando no tenía baches en la cara (ni acné juvenil le había salido), y hasta Portillo de la Luz venía de la escuela a descargar con su guitarrita. Alantísimo estaba el hombre. Los veía venir y los agarraba antes que llegaran.

Un curda titular y consetudinario de Marianao

salió pitando de allí, porque aquello era una mierda, tú. Fue a mediados de los sesenta, que de eso no te acuerdas porque debías mearte en los pañales. Pero todavía La Habana era La Habana. ¿Me entiendes? Ahora es Luanda, o Ulan Bator, o Puerto Príncipe; pero La Habana, no. Sigo. Sigo. Y donde quiera, como quien dice, te podías bailar media botella de Matusalén, hoy contento y mañana bien. Pero aquello era un desierto. No había nada de nada. Un ron de séptima, cigarros y fósforos. Los anaqueles vacíos. El camarero suciango y sin afeitar. Un desastre, chico. Y para mi que yo estaba mareado ese día, porque te lo juro que tenían en la victrola un disco de los Van Van, y ésos no aparecieron hasta cinco años más tarde. ¿Te acuerdas? Yo sé que van van, yo sé… Y no fueron, asere. Los diez millones aquellos. Pero los Van Van sí fueron. Si yo lo digo: hasta que no pongan en este país a un músico de presidente… Pa que le coja el ritmo al personal, ¿captas la onda? Sí. Es que me voy embalando, mi socio. Bueno, ya que estaba allí, me soplé un par de rones inmandables de aquellos, y como tú sabes que ron sin conversación es la pura salación, pues me enredé a hablar con el barman, más cansado que chivo de carricoche. Tipango raro. El hombre me contó que el dueño se olió lo que venía y en el 57 —fíjate tú, en el 57, dos años antes que bajara la tropa del Patilla— vendió el bar y se piró pa la Yuma, que cuando eso no había molotera ni balseros, ni Hermanos al Rescate, que aquí cada uno se rescataba solito o no lo rescataba nadie. Pues el tipango tenía un olfato de Coco Chanel, tú sabes. Se olía el pescado frito cuando tiraba el anzuelo. Dice que era un polaco de Alemania, un tan Pszczolkowski —ponme otro ron, pariente, que se me acaba de torcer la lengua con el apellido—, y que se olió lo del Hitler y la desgracia que les iba a caer, y lo jodíos que iban a estar los judíos, muchisísimo antes. Y ahí mismitico dijo que Pichicoski hay uno solo y les dejó una raya de Berlín a La Habana. Vaya, que rayó el mapa de lado a lado, no vaya a ser que el Hitler me encuentre en los barrios de por aquí. Y eso porque no pudo llegar a Nueva York, que según el barman rarete, ésa era su onda. Y aquí puso su bar el polaco. Visión de telescopio tenía, y cuando vio las barbas del vecino acabaditas de llegar a la Sierra, que no habían ni bajado, dijo: Mejor pongo en remojo la cara, que yo soy lampiño. Lo vendió todo, compró dólares, y se fue sin decir adiós, como dice el Septeto. Y allá cogió puesto fijo antes que llegaran de a molote.

La viuda del primo de un vecino del barman

que se carteaba Vía México —tú sabes que en aquella época, cuando los gusanos no se habían convertido en mariposas, escribirse con el Norte era Harta Traición—, me contó que el hermano de su ex-marido, era vecino en Miami, puerta-con-puerta, del dueño del Bar Mañana, un tal Pszczloquesea. Dicen que el pobre hombre no cayó con el pie derecho. Ni con el izquierdo. Cayó de culo y había un clavo en el suelo. Puso un negocito de no sé qué y otro de qué sé yo; pero ninguno funcionaba. Que había tenido un olfato impecable para los negocios (decía). Que donde ponía el ojo nacía dinero como guayabas (decía también) Pero allá no se le dieron ni mamoncillos, la fruta más boba del mundo: chupa y recontrachupa pa no sacar ni sustancia. Allá el polaco perdió el olfato. Va y le dio sinusitis con eso del clima. Terminó vendiendo tickets para el tío vivo de la feria, vizco de alcohol barato. Nadie sabe si estaba borracho aquella tarde, pero el tan previsor (decía él), no pudo preveer que un Pontiac del 68 cogería la curva a cincuenta millas y que lo lanzaría, ya cadáver, sobre el seto bien cuidado de Miss Donovan.

El Compañero Esteban de la Cuadra,

jubilado del DOR, miembro del PCC, oficial de las MTT, ex-dirigente de la CTC, ex-combatiente quizás del MININT y presidente del CDR nº. 18 del Municipio Arroyo Naranjo, encontró el Bar Mañana a inicios de los setenta, y por pura casualidad, cuando salía de una reunión en la JUCEPLAN y acudía a una cita con «El Compañero que nos Atiende» en el tercer banco, hilera derecha, del parque situado al costado del MINREX. Después de bajar,  durante cuarenta y cinco minutos seguidos, orientaciones de uso externo (Línea Política del Partido sobre información económica, teniendo en cuenta la situación internacional, la creciente agresividad del Imperialismo, las fraternales relaciones con la URSS y el Campo Socialista, y la etapa de tránsito hacia el Comunismo) tenía la boca más seca que penca de bacalao noruego. Y le llamó la atención aquel lumínico: Bar Mañana en azul cobalto sobre rojo bandera soviética. Mire, Compañero, cuando aquello la Revolución había eliminado casi todos los bares: centros de conspiración contrarrevolucionaria, antros de vagos y lumpens. A los pocos que quedaron, se les asignó una denominación acorde con una economía planificada: Unidad Etílica 08-24 se llamaba ése de ahí. Y a aquel bar le habían puesto «Mañana».  Una provocación. El Mañana, pregúnteselo a cualquiera, es patrimonio exclusivo del Partido. Por eso entré. No vaya a pensar otra cosa. Desde afuera no se oía nada, pero tan pronto abrí la puerta, estalló altísimo la música: unos melenudos gritaban un rock de esos en el televisor. En inglés. Y la estantería tras la barra, repleta de licores extranjeros, propagandas de Heinecken, Ballantine’s. ¿Se imagina? Un antro aquello. Una pústula de la sociedad de consumo en medio de la Revolución. Pero el colmo es que cuando pedí una cerveza, el camarero me dijo que never (anote: N-e-v-e-r), que aquello era «Sólo para Extranjeros, pariente». ¿Cómo se atreve a decirme que un cubano, en su propio país, no tiene derecho…? ¿Cubano de Miami? Mire, hasta me subió la presión. ¿De Miami yo, un Combatiente de la Revolución? Pues entonces no hay cervecita, pariente. Si quieres te doy un vaso de agua y vete por la sombrita. Aquí todo es en dólares. Saqué el carné del Partido, para que aquel individuo supiera con quién estaba tratando. ¿Sabe lo que me dijo? ¿Sabe lo que me dijo? ¿No sabe lo que me dijo? Que allí aceptaban Visa, American Express y Master Card, pero «esa mierda no». Mire, Compañero, me subió un vapor. ¿Qué se había creído aquel agente del Imperialismo? Salí volando y a los diez minutos regresé con la policía, al mismísimo sitio, estoy seguro. Pero (se lo juro) del bar aquel no había ni rastro, como si se hubiera esfumado. Increíble. Le entregué el informe a la Seguridad. Supe que pasaron el caso a la Sección de Búsqueda y Captura. Lo rastrearon por toda La Habana sin encontrarlo. Hasta «el Compañero que nos Atiende» me recomendó un chequeo, por si la tensión de trabajo y eso. Usted sabe. No me dijo que estuviera loco, pero mencionó no sé qué de alucinaciones y sicosis de guerra. Qué sicosis ni un carajo. Yo le juro que lo vi, Compañero. Por mi madre. Todavía ignoro si atraparon o no aquel bar prófugo de la justicia.

Lola la Fiera

ya está quitada de la vida (alegre), pero recuerda con mucho cariño el Bar Mañana, que frecuentó cada noche a fines de los ochenta: Era una Isla en la Isla. ¿Me entiendes, nene? En la calle había que estar al hilo: la vieja del CDR vigilaba cuándo entrabas y cuándo salías, si andabas con extranjeros, si entrabas con paquetes, si salías con paquetes (un paquete la vieja, vaya). Hasta se ponía a oler detrás de la ventana, como un perro mariguanero del aeropuerto, si freías un chuletón cuando por la libreta había tocado pollo de dieta. Los guardias te cargaban por deporte, te empapelaban, te registraban hasta el culo para sacarte los dólares, o te metían en la jaula sin decirte ni por qué ni por cuánto. Como los de zoonosis recogiendo perros satos. Una desgracia, nene. Pero en el Mañana se ligaba al descaro, el dólar rodaba sin líos, el baño tenía un ambientador permanente de mariguana, y policía que entraba, policía que salía por la otra puerta, con cara de astronauta en el planeta equivocado. Una locura, nene. Allí navegaban los más raros de La Habana: era como la máquina del tiempo: si veías a alguien con campanas, o con minifalda y botas del ejército, o con el pelo pintado de verde, o con media teta afuera; seguro seguro que dentro de tres o cuatro o cinco años, hasta los jubilados van a estar en esa onda. Y así con todo: la música de mañana, los bailes, el ambiente, los olores que serían, allí eran. Una locura, te lo digo yo. Pero se acabó la diversión, llegó el Comandante y mandó a parar: me echaron tres añejos por unos dolarillos, y cuando salí del tanque no pude tropezar con el Mañana ni buscándolo, que es cuando menos lo encuentras. Aunque no sé ni qué decirte. El otro día fui a un bar nuevo, de esos que hicieron en Miramar, y era como virar cinco años: igualito igualito. Vaya usted a saber lo que estarán haciendo ahora en el Mañana. Tirando cohetes a la Luna. Seguro. Alantísimo estarán. Una locura, nene, una locura.

El teniente Félix Urbano

de la Policía Nacional Revolucionaria asegura que más temprano que tarde localizarán y cerrarán ese bar clandestino, tan difícil de atrapar como el mercurio de un termómetro roto. Asegura que varios agentes lo han localizado, pero al salir en busca de refuerzos (sospechando que por su porte y aspecto muchos parroquianos serían fugitivos), jamás encontraron el camino de regreso. Aunque el caso más siniestro fue el del agente Rufino Salgado Gómez. Avisó a la central por su walkie-talkie: que se encontraba en el Bar Mañana, y ofreció sus coordenadas exactas. A pesar de que el operativo policial fue inmediato, al llegar sólo encontramos una vivienda en demolición. El rastreo minucioso del área descubrió a la mañana siguiente su walkie-talkie, su placa y su uniforme completo. Faltaba la pistola. El Sargento Salgado fue ascendido póstumamente, y desde el año pasado, una escuela primaria lleva su nombre. Sobre ese bar pende hoy una acusación de homicidio en primer grado, que no quedará impune. Puede usted estar seguro, compañero periodista. Por eso considero que debería esperar a que cerráramos el caso. No creo que hoy sea el momento políticamente oportuno para publicarlo. Las investigaciones continúan.

María Elena Gómez, viuda de Salgado,

aceptó contra su voluntad inaugurar la escuela que lleva el nombre de su hijo mayor «desaparecido heroicamente en cumplimiento del deber». Qué desaparecido ni desaparecido. Desapareció de la Policía y de este país, pero los desaparecidos no escriben, ni mandan fotos, ni llaman por teléfono. Y esa…ese muchacho (¿o muchacha?) (ya no sé ni qué decir) llama todas las semanas y escribe cada mes. Yo se lo comuniqué a la Policía. Les dije que no perdieran el tiempo buscándolo. Mírelo aquí. Mírelo, Teniente. Pero me dijeron que ese no era, que la CIA tiene aparatos para inventar fotos. Por Dios, que CIA ni CIA. No hay CIA que engañe a una madre, y ese (esa) es Rufino, o como se llame ahora. Que estas fotos eran material restringido, que debía entregarlas como prueba, que ellos encontrarían a los asesinos de mi hijo. Qué ganas de comer catibía. Mírelo antes con su uniforme, y mírelo ahora. Y la Señora María Elena me muestra un mazo de fotos donde aparece una mulata opulenta, atiborrada de silicona y coronada por una sospechosa melena rubia. Es Rufino, o como se llame. El mismo. Sin pistola ni placa, con tetas y con un culo que ya quisiera yo en mis buenos tiempos, pero es mi hijo. Ganas me dan de ampliar la foto y mandársela al director de la escuela, para que los niños conozcan a su mártir.

Yo

no camino más. Y no camino. Me detengo bajo la sombra de un laurel en la Avenida Kohly. Desde las siete de la mañana he hecho dos entrevistas y veinte kilómetros bajo un sol que derrite el asfalto y las ideas. No camino más. Me siento sobre una escalinata de mármol. Espero que no viva nadie aquí, y sobre todo que no tengan perro.  Apoyo la espalda en la balaustrada y cierro los ojos. Siento como cada poro se abre para recibir la leve brisa que viene del mar. Me quedaría aquí sentado una semana. O hasta que apareciera un ómnibus, un taxi, la alfombra de Aladino. No camino más. «Permiso». Ni me muevo. «Permiso, por favor». Es una voz que no viene de mi subconsciente, sino de algún sitio sobre mi cabeza. «¿Se siente mal?». Abro los ojos. Es de noche. Increíble. ¿Me habré dormido? El hombre me mira preocupado. «¿Se siente mal?». No. Yo… Impecables como un anuncio de BMW, el hombre y la mujer me scanean de pies a cabeza con mirada de arqueólogos. Disculpen. Y me levanto para cederles el paso. Suben los diez escalones sin volver la vista. Yo los sigo hasta que trasponen la puerta de cristal: verde amarilla verde, al ritmo del neón que cierra como un arco la entrada: Bar Mañana (Open 24 hours). Coñó. Eso no estaba aquí hace un momento. ¿Será posible? Parece que sí. Y me detengo ante la puerta. Apoyo la punta de los dedos en el cristal y siento la frialdad del aire acondicionado. Palpo en el bolsillo los míseros diez pesos, acurrucados (¿avergonzados?) en el fondo. Sea lo que sea. Y entro al local, inundado por una suave luz ámbar. El golpe de frío disipa mi sudor en un instante. El olor dulzón del alcohol se mezcla con perfumes, respiraciones, nubes de humo rubio, opacando el cuero de los butacones y las banquetas. En un pequeño escenario tras la barra, sin placa ni pistola, una mulata rellena de silicona hasta límites pornográficos, se enrosca como serpiente alrededor de una barra de acero. Al fondo, la ruleta gira bajo un potente cono halógeno, vigilada por el coupier como tallado en cera, un manojo de jugadores expectantes y una bandada de curiosos. La música zizaguea por el salón como si emergiera de todas partes, apenas una levísima vibración corre sobre la madera pulida de la barra, que termina en las manos del barman, de pie ante mi, con una sonrisa profesional tatuada en la cara. ¿Qué va a beber el Señor? ¿Señor? ¿De cuándo a acá un cubano de a pie, periodista raso y con diez pesos arrugados, es Señor? ¿Cuánto vale una cerveza? Depende. ¿Hatuey, Heinecken, Miller, Coro..? Hatuey. Noventa centavos. ¿De dólar? No. De peso. Aunque si el Señor no ha podido comprar pesos, aceptamos dólares al cambio. ¿Qué cambio? El cambio del día. Hoy es… Un momento, por favor. 1:1,06. ¿Un dólar por 1,06 pesos? No. Un peso por 1,06 dólares. ¿Pesos como éstos? Y coloco sobre la mesa la cara arrugada de Máximo Gómez. Exactamente, Señor. Tráigame una Hatuey, por favor. Con cara de beduino huérfano de camello  a cien kilómetros del oasis más próximo, miro la cerveza fluir dentro del vaso helado. Me la bebo de un golpe y pido otra. Mientras rumio maní tostado, escucho un susurro a mis espaldas. Un hombre de mirada raída me tiende la mano huesuda; musita algo que no entiendo, por amor de Dios (quizás). Recuerdo que en mi bolsillo yace un peso huérfano de padre y madre, y se lo entrego. La cara del hombre se ilumina como un verano en Varadero.  Ni que le hubiera dado un dólar. Pero se esfuma tras la espalda del gorila con chaqueta a cuadros que lo lleva en vilo hasta una puerta lateral. Regresa, se mete algo en el bolsillo de la americana, y me mira sin ver con sus ojos neutros, antes de reinstalarse entre dos arecas sobre el pedestal de sus zapatones once y medio. Una muchacha pasa vendiendo cigarros. No, gracias. Levanta a medias la tapa de la cajuela. Tengo emblemas, condecoraciones, medallas. ¿Medallas? Muestra un amplio surtido de grados militares, órdenes al mérito, distintivos del Partido, escudos de la policía, y hasta una medalla de Héroe Nacional del Trabajo. No, gracias. Y se va, de mesa en mesa, con sus Malboro, sus Camel, sus tetas extra ining y su chatarra. Al fondo, un hombre grita y manotea en inglés al coupier, que sólo mueve las cejas. El gorila acompaña al discutidor hasta la puerta y le desea buenas noches al oído. La mulatona ha cedido el turno a una trigueña apocalíptica (¿será capitán de artillería?), aunque la barra y el meneo se mantienen. Una bandada de muchachones entra. Ocupan el centro del salón con aire de dueños, y silban a la trigueña, que desenfunda una teta en su honor. Aplausos prolongados. Sin mediar palabra, un camarero cubre su mesa de saladitos, vasos, cubitera y dos botellas de Chivas Regal. Hasta el gorila les sonríe (increíble, no tiene colmillos), a pesar de que arman más escándalo que el yanqui borracho. Dos policías entran y se colocan a hurtadillas en la esquina menos visible. Se armó la jodedera. Pero los policías sólo miran embelesados el nalgamento de la trigueña, mientras el barman llama por teléfono. Desde una cortira que oculta la pared del fondo viene un hombre ventrudo, vestido de blanco hasta las sienes, y se acerca a los policías, que se cuadran como reclutas ante su comandante en jefe. Mias saludas a la Coronel Urbano. Y les entrega un sobre azul tamaño carta. Los policías echan una última ojeada a la trigueña y se marchan tan subrepticiamente como entraron. Estos tienen cara de astronautas que no se equivocaron de planeta, pienso y concluyo la tercera cerveza. Tres Hatuey en fila india son demasiados indios para mi vejiga. Sin abrir las fauces, me responde el gorila con un dedo índice del tamaño de un plátano: Al fondo a la derecha. Y en el baño orino una cerveza completa. El espejo me devuelve la imagen de mi mismo con el pelo engominado, una corbata a rayas y un traje gris acero. Desde arriba examino mi figura que no es mía: el pasador de oro, el cinto marrón, los pantalones de muselina, los mocasines Martinelli. No puede ser. No puede. Pero mi cara es la misma. La herida que me hice ayer en el pulgar izquierdo. El lunar que heredé de mi abuela. Tengo que irme de aquí. La cuenta, por favor. Le dejo un peso de propina y cuando estoy a punto de salir, el gorila me detiene. Se jodió la mona. De aquí no salgo. Pero el hombre me señala hacia la barra, donde el barman sostiene una Sansonite. Su portafolios, Señor. Eso no es mío. ¿Seguro? Segurísimo. Revísela, por favor. Usted entró con ella. Y efectivamente, dentro están mis papeles, mi grabadora suturada con tape azul. Gracias. Y por fin salgo hacia los últimos rescoldos de la tarde. Camino sin mirar atrás hasta la Avenida 41. Dos Ladas agonizantes y un Chevrolet del 50 esperan el cambio de luces, un ómnibus adornado con racimos de pasajeros se vuela la parada entre los hijoeputa chofer de la gente, y un cardumen de bicicletas sudorosas. Respiro aliviado cuando descubro la pizzería cerrada por reparaciones, el mercadito cerrado por reparaciones, el país cerrado por reparaciones. Una brisa caliente viene desde la Lisa y el Salón Rosado permanece en silencio. Subo hasta 43 para evitar las aguas albañales que borbotean en la acera y por fin me desplomo en mi sofá, que cruje como siempre. Cuelgo tras la puerta mi vieja mochila y extraigo los papeles, la grabadora, la caja de Populares. Mientras el cigarro humea en el cenicero, me quito las botas y el pulóver. Vacío los bolsillos del pantalón y descubro con pavor el billete de cinco pesos. No puede ser. Lo coloco sobre la mesa, al lado de la Olivetti. No puede ser. Miro en otra dirección, mastico un pedazo de pan, oteo hacia la calle oscura como boca de lobo, pero al regresar, el billete sigue ahí, burlándose de mi asombro. Quizás una ducha me extirpe ese maldito bar de la memoria. Pero hoy no hay agua. Lleno en el tanque un cubo de veinticinco litros y me lo echo por encima. Cuando salgo, me siento ante la máquina y miro hacia el techo. Le vendría bien una mano de pintura. Terapia de realidad real que suprima la realidad virtual. (No está. No está. No está). Confío en el poder persuasivo de la insistencia. Autohipnosis. Pero el billete sigue allí, e intento vencer mi pavor examinándolo: República de Cuba, eso está bien. Pero no existen billetes azules de cinco pesos. No existen billetes con la cara de Narciso López. No existe ningún puñetero billete que diga En Dios confiamos. No existe, coño, no existe.  Y después de leer el año de emisión, voy rompiendo, meticulosamente,  las páginas donde he transcrito mis entrevistas, mis sospechas, las ridículas teorías que hasta hoy formaban la columna vertebral de mi artículo. No. Quizás no sea el momento políticamente oportuno para publicarlo. Ni para pensarlo. Ni para sospecharlo. Quizás ese bar sea una alucinación colectiva. No se puede mear hoy la cerveza que me tomé mañana. Y decido cepillarme los dientes y acostarme antes que esta mierda me vuelva loco. Escupo en el lavabo: agua blanquecina de dentrífico donde flotan diminutas cascarillas de maní tostado. Pero echo dos jarros de agua y todas se van por el tragante sin decir adiós, y esperemos que para no volver, como decía el Septeto.

A la mañana siguiente, sobre la máquina de escribir, hay un billete verde de cinco pesos, Patria o Muerte, desde el que Antonio Maceo me mira con su patriótica cara de tranca. La de siempre. Puedo beberme con tranquilidad el primer café de la mañana y apuntarme con alivio a la aplastante mayoría: el Bar Mañana no existe. Se lo explicaré a Guillermo: No existe. No ha existido. No se puede escribir un artículo de ciencia-ficción. Que me envíe a entrevistar a los macheteros que ganaron la emulación, al que inventó la bicicleta de tumbar cocos o a la abuelita de Manicaragua que es teniente de las milicias. Cualquier cosa. Ni Bar ni Mañana. Hoy es el único mañana de ayer. Y en la esquina compro una caja de Populares, me deshago de dos Maceos, entre ellos el fatídico billete (por si acaso) y recibo  tres pesos manoseados que examino casi con cariño: Un peso correcto, con su Patriaomuerte y su Martí, que me mira por encima del hombro. Otro peso sin problemas ideológicos: República de Cuba, Banco Nacional, respaldo en oro… bla, bla, bla. Pero en el último, el Apóstol de la Patria que todos los niños del país tienen de busto presente a la entrada de la escuela, el inequívoco, el intocable, el autor material de aquella independencia, el presunto (está por confirmarse la sentencia) autor intelectual de esta otra; el mismo José Martí y Pérez, quizás a costa de la inscripción que orla los bajos del billete: Ni en Dios confiamos, se ríe a carcajadas.





Lealtad 7.6 (del libro El éxito del tigre)

6 06 2003

A Javier Gómez: los dos:

el personaje y el amigo

 

 

 

Javier Gómez Aranda jamás habría adivinado que una palabra tan breve lo traería tan lejos. Tiene aún fresco en la memoria el día que llegó temprano al Comité Militar, citación en mano, para incorporarse a una enorme fila de contemporáneos, y la expresión aséptica de la enfermera que les ordenó desnudarse en el minúsculo gabinete. Bajaba de un vistazo los calzoncillos a los más pudorosos para examinarlos, inquisitiva como técnico en control de calidad. Recuerda su involuntario rubor cada vez que tropezaban con una doctora, mientras la larga cuadrilla de hombres encueros recorría los pasillos del hospital: departamento por departamento. Le hicieron abrir la boca, los brazos, las piernas, las nalgas —ni que fueran a otearle con un telescopio los adentros por la mirilla del culo—; le hicieron rellenar un formulario, le examinaron la vista y le tomaron la presión, siempre encueros; para al final comunicarle que estaba APTO. Ignoraba cuán lejos lo traería la palabreja. Tres meses de marchas forzadas, ejercicios de supervivencia, prácticas de tiro, y lo embutieron en un uniforme de campaña. Sumido en la panza de un barco, le dieron una sobredosis de azul en toda la extensión de la mirada, y mareos y vomitonas que prefiere no recordar. Bajó del buque con alivio (por fin) a los quince días, en la costa de este país presuntamente amigo y decididamente lejano, donde deberá cumplir sus tres años de Servicio Militar Obligatorio en la Escuadra 2 Pelotón 3 Compañía 1 Batallón 6 de Infantería. Tras el primer rancho sin perseguir la cuchara huidiza a fuerza de cabeceos y pantocazos, el comisario, guarecido bajo un alero, los formó bajo un sol que hacía borbotear la sopa de sesos dentro de sus cascos. Leyó un kilométrico pliego de normas, reglas y prohibiciones. En resumen: excepto respirar, todo quedaba prohibido salvo orden expresa de los superiores. Y superior era cuanto imbécil con gorra les pasara por delante. A continuación los hizo desfilar por la armería, donde cada uno recibió un fusil semiautomático AKM-47, munición calibre 7.6 y cuatro cargadores.

A juzgar por el barniz manoseado, las muescas de la culata, las ralladuras en cantonera y guardamonte, al AKM, por el contrario que a su dueño, no le faltaría experiencia. Buena linga habrás dado desde que saliste de quién sabe qué fábrica bielorrusa. ¿Cuántos muertos tendrás en tu memoria, cabroncito? Y por esa expresión de yo no fui que le descubrió cuando apuntaba, encarándolo del alza hacia el punto de mira, Javier decidió que su AKM merecería llamarse Pepe. Pepe Pérez. No. Mejor Pepe a capella. Y Pepe será desde ese instante su más íntimo compañero. Dormirá al pie de su cama con una fidelidad sin pedigree de perro sato, o abrazado a él durante las frías madrugadas de guardia, o en la humedad sepulcral de las trincheras; se convertirá en una apófisis de su omóplato durante las marchas interminables; lo contemplará cagar o hacerse la puchina de capullo, a mano llena o la de mariposa, recostado a la pared de la letrina. Descansando sobre sus rodillas, le servirá de mesa para apoyar el plato de campaña, y el pupitre de su culata quedará marcado por las cartas de amor que suele escribir a Roxana mientras juega a los centinelas. En agradecimiento (y porque no le queda otro remedio), Javier lo mantendrá aseado y untará de grasa sus piezas móviles, evitando atascos del mecanismo.

En su primera carta a Roxana, Javier garabatea tres páginas de  tequieros y nostalgias y extrañezas y eyaculaciones nocturnas pensando en tu entrepierna hospitalaria, mi amor, que a los tres meses de estar sintigo, se me para hasta de oír el anuncio del cartero: “Javier Gómez, carta de Roxana”. Ese es de la censura militar, el muy chismoso. Empalagada quedó la culata de tanta sacarina epistolar. Y le cuenta a Roxana de esta ciudad maloliente y desgreñada, como una muchacha hermosa maltratada por el macherío insaciable y la tiranía de un mal chulo. Y de su tarea, que es marchar-dormir-comer, aunque de vez en vez le corresponda ir a algún buque nuestro surto en puerto, y dejar caer por la borda manojos de granadas a plazos irregulares, porque los hombres-rana ya volaron un carguero. Días de fiesta, porque los marinos regalan su pedazo de queso, su trago de ron y hasta sus lascas de un jamón duro como palo que compran en Vigo. Y lo que no le cuenta: las hemerotecas porno que ponen a su disposición los marineros rasos, y hasta el vídeo que le pasaron (entre granada y granada), donde una rubia de tetas aerostáticas se metía hasta por las orejas la mandanga de un moreno, larga y prieta como coche fúnebre. Javier casi se suicida a pajas en el baño del segundo maquinista. Lo salvó el cambio de turno.

La primera carta de Roxana fue inconsolable. Una hora más sin ti, mi amor, y me marchito como helado de chocolate en agosto. La segunda carta, no tanto. Y la tercera, archivaba la distancia en el dossier de la cotidianía, junto al café de las siete, la ducha de las cinco y las cuatro cepilladas de dientes al día. Javier se alegró de que se lo tomara con más calma, porque faltaban aún 24.064 horas (sin ti, mi amor) de lejanía. Y en África las horas tienen la mala costumbre de durar días; los días, semanas; las semanas, meses. Así que multipliquen.

En la siguiente carta, le contó que su unidad había sido trasladada al sur, donde la cosa estaba caliente (aunque no se refería precisamente al clima). Apestosa y mugrienta, la ciudad que abandonaron tenía sus encantos. Pero eso es ya pretérito pluscuamperfecto. Ni marineros ni roncito ni queso ni etcétera. Ahora las granadas cuelgan de su cinto, como adorno floral hawaiano, multiplicando la gravitación por la distancia (a cada kilómetro pesan más, carajo) durante las incursiones, casi siempre baldías. Transcurren semanas enteras tendiendo emboscadas a las piedras, disparando contra un susurro en la maleza, cavando nichos de ametralladora, ensayando maniobras defensivas por si el asalto de los fuegos fatuos. Una guerra contra el humo. Fantasmas que siegan a ráfagas la retaguardia durante cinco minutos, para luego desaparecer sin chirrido de puertas o arrastre de cadenas. O degüellan a un par de centinelas. Pudo ser un leopardo, según el capitán. ¿Y para qué los mató, si no tenía hambre? Alguno amaneció sin hígado, sin corazón ni testículos, y ni siquiera el capitán le echó la culpa a los leopardos. El día que escribió esa carta, Javier sólo había entrado una vez en combate. Fue en los altos de Guabite, y los enemigos intentaron romper el cerco que habían tardado dos días en cerrar. Y ahí me ocurrió, Roxana, lo más raro de mi vida. Frente a mi posición había unos matorrales como del alto tuyo. Pues de ahí mismo me salió un unita harapiento, con su fusil en el brazo vendado. Sin pensarlo, me eché el arma a la cara y apunté rápido rápido, porque se me venía encima, y entonces Pepe (tú sabes, Pepe) se encasquilló de malisísima manera. El dedo se me puso morado de apretar el gatillo, y del cañón no salían ni chorritos de agua. Figúrate. Parriba de mi venía el tipo. Qué sofoco, mi amor. Se me paró la digestión, el aliento, el corazón, hasta los pelos.  Pero en ese momento, te lo juro, sentí como si el fusil se moviera por su cuenta a la izquierda, y se disparara él solito: un rafagazo corto. Y cuando miro a ver qué hacía Pepe disparando por la libre empresa, veo  a otro, que ya se había parado en una loma como a veinte metros, con la granada que me iba a soltar aún en la mano, y cayendo en cámara lenta con un rosetón de sangre en medio del pecho. Me miró con ojos de no te veo antes de caer —una mirada del más allá que nunca nunca se  me va a olvidar.  Te lo juro—. Y cayendo el hombre y su granada, me tiré yo, que con la explosión me llovió tierra y sangre y pedacitos de gente: picadillo de unita. Hasta que Pepe le soltó medio cargador, yo ni lo había visto. Aunque no puede ser. Pero fue. Va y lo vi con un tercer ojo que, según los soldados viejos, ve más que los otros dos: el ojo omnividente del miedo. Va y le disparé sin darme cuenta. Cualquiera sabe. ¿Pero cómo se desencasquiló Pepe de ahora para ahora mismo? Sigo sin entender. Y lo más bonito es que entonces me acordé del otro unita, y cuando miro, ya lo tenía casi encima, pero no bien le apunté, puso el arma en el suelo y levantó los brazos. Tendría trece o catorce años, y ni una sola bala en el cargador. Eres un bicho, Pepe. Por eso no le disparaste. Es un chiste, claro. Pero me alegro de que se haya encasquillado, porque hubiera afrijolado al muchachito que venía a rendirse, pobrecito. Con el brazo casi colgando de una herida feísima, y un hambre que iba masticando tierra para que no le doliera la barriga.

Roxana contestó cuatro meses más tarde: una cartica de veinticinco líneas en una hoja de libreta, donde le contaba del Instituto, y de los quince de Evita, y de la boda de Armandito contra María Rosa; pero apenas le comentaba nada sobre su bautizo de fuego y las raras manías de este Pepe por cuenta propia. Va y no quiere revolverme la herida, piensa Javier. Pero hay algo en la carta que le suena a hueco, como los falsos techos. Lee una y otra y otra vez. Se percata de que las palabras distan kilómetros unas de otras, como si hubieran caído por pura casualidad en el papel. Y leyéndola en voz alta una noche de posta y alto quién va, descubre con terror que el tono es de esposa aburrida que, sentada frente al televisor, zurce las medias mientras contesta lo primero que se le ocurre a las estúpidas preguntas de su suegra.

Decide no responder. Esperará una segunda carta. Quizás Roxana esté pasando por un mal momento.

Transcurren dos meses sin que el cartero fisgón  vocifere su nombre. Han ocurrido demasiadas cosas para no contárselas. Escribe largo y tendido: Ha participado en una ofensiva de verdad, con tanques y aviones como en las películas. Sólo que el cinemascope no huele a mierda y pólvora y carne quemada y miedo, que es el olor de la guerra. Y los montones de muertos, que al principio uno vomita hasta el agua con azúcar, pero poco a poco se hacen invisibles, y uno aparta de una patada el brazo que aparece en el camino, para que no estorbe. Y el brazo se va volando a la cuneta, diciendo adiós con la manito, como si la mina no lo hubiera divorciado de su cuerpo. Y no digas tú los enemigos, que quizás sea cosa de matar para que no te maten —cosa de no haber venido ni a matar ni a que te maten, con lo tranquilito que yo estaba en Marianao—. A los muchachos les ha entrado el síndrome del gatillo alegre, y le tiran a cuanta cosa se mueva: un pajarito, una serpiente venenosa o un león. Por gusto, que esto no es un safari y si alguien se lleva una piel de pantera a su casa, será el león del comandante. Los reclutas vamos con suerte si nos llevamos intacto el pellejo propio. Hasta yo me embullé, pero Pepe no me ha dejado hacerme el tiratiros. Cada vez que le apunto a una garza, a una gacela, a un árbol, Pepito el revencúo se encasquilla. Lo he armado y desarmado mil veces, lo mantengo más limpio que un hotel de cinco estrellas, pero no hay arreglo. Sin embargo, la noche que me tocó guardia en un descampado donde hicimos campamento, en el duermeyvela ese que le entra a uno a media madrugada, me despertó del tirón, y cuando miro hacia donde me señalaba Pepe con el punto de mira, veo un par de luces rojizas, linternitas, dos puntas de cigarro; y detrás, una hiena que venía haciéndose la boba pero con malas intenciones. Mi mano montó el arma sin esperar la orden del cerebro. Quieta parada se quedó la muy bicha, haciéndose la que pasaba por casualidad. Sería hiena, pero no comemierda. Y se fue con un pasito de disimulo que de no estar yo tan cagado de miedo, hasta me hubiera reído: de lado y sin dejar de mirarme, hasta que se perdió entre las hierbas. Si no es por Pepe, Javier Gómez habría sido pienso cubiche de exportación para carnívoros africanos. El destino más raro  del mundo: nacer en La Habana, donde no hay ni cochinos, y que lo único tuyo en el ataúd sea la medallita de la Caridad del Cobre encontrada en una cagarruta de hiena. Javier siguió contándole a Roxana de los paisajes, las ensaladas de hoja de yuca, los condimentos incendiarios y las comidas medio raras que se sancochan por aquí, y uno nunca sabe qué coño le meten dentro, porque la calabaza sabe su poco a pimiento, el pimiento, a tomate, y hay otras que ni te enteras. Por eso yo abro mi latica de sardinas o de carne rusa, que  sabrán a manteca de oso siberiano, pero no traen bacterias en conserva.

En la carta más larga y por entregas que ha escrito en su vida, siempre con permiso de Pepe, que le presta su culata, le habla a Roxana de los animales, de las culebras, que hay que estar a cuatro ojos, porque en treinta segundos te dejan más frío que un negro de Coco Solo en Groenlandia; del combate sin combate contra la malaria, la disentería, y otras enfermedades que ni nombre tienen. Y le cuenta de esa lombriz más espantosa que una estampida de elefantes: se mete por los poros y te va llenando de túneles por dentro, como si uno fuera su caverna de Bellamar, y se pone a vivir dentro del ojo. Te fijas bien, y la ves pasar de un lado para otro por detrás de la mirada. Y al final, muy al final y como la hiena, de ladito y con disimulo, le pregunta a Roxana qué te pasa, mi amor, te siento fría, y no digo distante porque eso ya se sabe. No sé. Va y son figuraciones mías, que la lejanía y la guerra y y y y y y… Y Roxana esta vez le responde en menos de quince días:

Que siempre siempre te querré, porque nadie ha sido nunca nunca tan bueno bueno conmigo

(¿a qué viene ésto?)

Que eres una persona maravillosa llosa y mereces que te quieran como tú mereces, pero yo…

(Me huelo que me lo tengo merecido, por estúpido y enamorado y comemierda. Chuchito me lo decía: hacerlas sufrir y que se jodan, tú verás cómo te quieren quieren, o te cogen la baja y al final el sufrido y el jodido, cuando no el tarreado, eres tú, guacarnaco)

Que yo no te merezco, Javier, con todo lo bueno buenísimo que tú eres conmigo. Y, además, me duele decírtelo…

(Más me duele a mi, cabrona. Malo malísimo malisísimo tenía que ser yo. Los malos duermen bien. Mírala a ella)

Que me he enamorado de un hombre, ¿entiendes?

(¿Y qué coño debo entender? Un hombre: dos brazos, dos piernas, una cabeza sin cuernos, no como la mía, una pirinola y dos huevos: un hombre. ¿Y qué? No es tan difícil de entender)

Que es algo mayor, y es un alto funcionario de…

(¿Entender eso? ¿Que es un vejete con hijas de tu edad, oriundas de su antepenúltimo matrimonio, y que maneja un automóvil más esbelto que su barriga, y que se saca la picha lacia de un calzoncillo Lacoste; no en las posadas mugrosas donde nosotros íbamos, sino en un casón de Miramar con aire acondicionado? ¿Eso? Facilito de entender. Que ya eres una mujer miramarvillosa y que siempre te odiaré, reputisísima)

Que quizás lo destinen a Europa y yo me vaya con él, tú sabes, porque nos casaremos el mes que viene; y lo que nunca nunca unca habría querido es que regresaras de tu Gloriosa Misión Internacionalista…

(¿Gloriosa Misión Internacionalista? Y todo con mayúscula. ¿Tú diciendo eso? Tú, tú misma, que rajabas de los mandantes, hijoeputas todos, decías, de sargento para arriba, hasta el Comandantísimo en Jefísimo? ¿Tú? Y ahora me hablas de la Odiosa Micción Indigenista. Si mañana forman un batallón de putas, segurito te nombran comisaria. Qué bicharraca)

Que llegaras y recibieras entonces la noticia de que me fui a Europa con Gustavo. Y no es porque no te quiera, Javier…

(No. Es porque quieres más a Europa  Vete a la mierda. A la mierda europea. Olerá a Chanel número 5)

Javier no resiste más la carta entre sus manos, como si quemara. Y en la hoguera donde un cabo y dos reclutas asan unas mazorcas de maíz, la quema de verdad. A boñiga de rata van a saber esas mazorcas si cogen el saborcito de la carta, piensa.

 

Durante una hora Javier se queda como lelo, mirando la oscuridad más oscura de todo el continente, aunque en ese instante es mediodía desde el Atlántico hasta el Mar Rojo. No puede pensar, ni escribir, ni engrasar a Pepe, que lo mira de soslayo apoyado en una piedra. Javier Gómez Aranda siente un dolor a prueba de analgésicos, como si el escorpión aquel de medio palmo que se hospedó en su bota una noche, el escorpión que a la mañana siguiente no admitió al verdadero propietario, le hubiera picado el corazón. Y el corazón se le inflamara como el dedo gordo, y pugnara por romperle el pecho. Por inercia, mantiene el sobre en su mano derecha, y examinando el matasellos descubre que la siempre tardía, esta vez le ha enviado un Desamor Express. Casi sonríe. Pero le duele la sonrisa.

Hasta hoy el sinsentido tenía al menos un propósito. No se trataba de vivir las 19.744 horas que le quedan aquí, porque esto no es vida. Se trataba de durar, porque ella me espera. Cuidarme de beber en los charcos y comer porquerías, para no regresar cundido de lombrices y virus, porque ella me espera. Evitar como un guineo las balas, para no regresar en una silla de ruedas o trozado del cuerpo para siempre, porque ella me espera.  Se trataba de subir con mi propio pie la escalerilla del avión, verla durante nueve horas de cielo agitarme el pañuelito en la terraza del aeropuerto. Se trataba de no viajar en el compartimento de la carga, dentro de una caja de zinc galvanizado, soldada por los cuatro costados; porque ella me espera. ¿Y ahora qué? ¿Quién coño me espera? ¿Mi madre con sus discursitos patrióticos, que hasta feliz sería, digo yo, de tener un hijo mártir y ser por fin la directora de la Escuela Primaria «Javier Gómez Aranda»? ¿Mi padre, que de mulata en mulata no sabe ni dónde queda este país de negros? ¿Quién? A ver, ¿quién? Ni yo me espero. ¿A alguien le importa que Javier Gómez reviente como un siquitraque en esta guerrita donde no sé si soy indio o cowboy? A nadie nadie nadie. (A pesar de que Pepe parece mirarlo conmovido con el ojo del cañón, y una gota levísima de aceite se desliza por el afuste).

Javier cursa la tarde inmóvil bajo una ceiba, sin almorzar ni comer, perdido en una nada procelosa, sin responder al qué te pasa del Chino, ni a los chistes pesados de Gabriel. No escucha, ni ve, ni huele, hasta que el sargento lo sacude. Tu turno, Javier. Tu turno de guardia.

Es noche cerrada cuando se sienta en la garita. Entonces despierta, y por primera vez se siente aplastado  por el peso de las 19.744 horas que aún le faltan para cumplir su condena a trinchera forzada. Como cruzar en bicicleta las cataratas del Niágara sobre un hilo de coser. Si alguien no te espera, si alguien no te llama a gritos desde la otra orilla, no llegas. ¿Valdrá la pena soportar el hambre y los bichos, darle esquinazo a la muerte cada día, no olvidar nunca ese olor a miedo y pólvora y carne quemada y mierda seca, ese olor que penetra por las uñas, por la mirada, aunque te tapes la nariz; ese tufo que te inunda los sueños, así sean de Roxana desnuda en Varadero? Y de un tirón, como si huyera de un arrepentimiento, apoya la culata del fusil en el suelo, hunde el cañón entre sus dientes y lo apoya en el cielo de la boca. Dicen que Hemingway oprimió el disparador con el dedo del pie  (sería su escopetón de caza); pero a Javier le alcanza el brazo para quitar el seguro, introducir el pulgar entre el guardamonte y el gatillo, y oprimirlo con todas sus fuerzas, cerrando la mano hasta blanquearle los nudillos. Piensa que debería escuchar el estampido antes que sus ideas, sus miedos, su dolor, sus sueños y su cerebro se estrellen contra el techo de la casamata. Pero no se oye ni un zumbido. Ni un pájaro. Ni un insecto. Ni una hoja al rozar contra otra. Como si la naturaleza se hubiera detenido. ¿Me habré detenido yo? ¿Será ésto? ¿Un silencio? ¿Estaré muerto? Abre lentamente los ojos, y descubre las paredes de la garita, siente el hedor de sus axilas, una gota de sudor que le corre por la mano, y el sabor metálico de Pepe en su boca. ¿Te encasquillaste otra vez, cabrón? Y apoya el ojo de acero bajo el mentón, oprime de nuevo el disparador, pero Pepe se niega rotundamente. Entonces Javier descarga toda su ira contra este fusil que siempre quiere hacer lo que le da la gana, siempre, cojones, siempre. Y lo tira contra la pared, lo patea, golpea el cañón contra una viga. Dispara, cabrón, dispara. Y sin darse cuenta oprime el gatillo. La ráfaga casi lo tumba y un camino de agujeros conduce en la pared hacia ninguna parte. Se escuchan gritos, se enciende alguna luz. Sabe que los hombres se están lanzando de los camastros, que ya vienen corriendo a medio vestir, colocando los cargadores en sus armas. Sabe que en un minuto estarán aquí. Y sabe que Pepe no disparará contra él. Pero descubre en un rincón la cuerda con que ataron hasta ayer la vaca requisada el domingo. Empieza a hacer un nudo corredizo. De pura suerte lo logra a la primera. El cerrojo de Pepe parece que temblara en el rincón, pero podrían ser las botas que retumban sobre el suelo, lanzadas a galope hacia la garita. Javier calcula la distancia e intenta pasar la cuerda por encima de la viga más alta. Pero entra el teniente sin camisa, fusil en mano, el cinturón colgando y la bragueta de par en par, por donde se divisa un ridículo calzoncillo de flores malvas. Se detiene en seco y hace ademán a los demás: no entren. Descubre la soga en las manos de Javier, que ha quedado inmóvil y lo mira con los ojos muy abiertos y un leve temblor en el labio. ¿A quién disparaste? A… Era una sombra… Yo creo… Un bicho, creo. ¿Y esa soga? ¿Soga? Ah. Estaba en el rincón, enroscada como una culebra, y… Entiendo. Entiendo. El teniente toma a Pepe y se lo tercia junto al suyo, le pasa a Javier el brazo sobre los hombros, y lo conduce con cuidado hacia la barraca improvisada, entre las miradas atónitas, o furiosas, o preocupadas, de los reclutas, y alguna risilla a costa de las flores malvas en los calzoncillos del teniente, risilla cancelada a medio diente por el orden jerárquico. Descansa, muchacho. Yo cubriré las dos horas que faltan. Y el teniente deposita a Javier en el jergón como a un anciano muy achacoso y cansado, con ese temblor en las piernas que no se le quita. En el pasillo, el teniente comprueba que el cargador y la recámara de Pepe están vacíos y lo deposita al lado de la cama. Antes de irse, hurta con disimulo los cargadores llenos. De todos modos, Javier, con los ojos extraviados en algún techo que debe quedar por encima del techo, no se habría percatado. Descansa, muchacho. Mañana te sentirás mejor.

 

Javier regresa poco a poco de la nada. Los hombres han reanudado  el sueño y la oscuridad es absoluta: los ronquidos no alumbran como las estrellas. Al moverse, sus dedos tropiezan con la anilla que une la correa al fusil AKM-47 calibre 7.6. Pasa la mano suavemente desde el punto de mira al cerrojo, y cree sentir un ligero estremecimiento del metal, pero la noche es engañosa. Entonces recuesta el fusil a su lado, se abraza a él y llora en silencio durante minutos, días, años, quién sabe. Las lágrimas se escurren por el guardamano hasta la culata, y Javier ni se percata de que, quizás por los espasmos del llanto, la correa del fusil alcanza su espalda por encima del hombro, como si lo abrazara.

 

Javier se duerme con la mejilla apoyada en el cañón, pero, a los pocos minutos, despierta sobresaltado. Como el remake de una vieja película en versión panorámica dolby surrounding, el día de hoy surca su memoria a la velocidad del olvido. Y siente un cansancio infinito. Toma delicadamente a Pepe, y lo cuelga al pie de la cama. Tarda en dormirse justo lo que demora su cabeza en alcanzar la almohada. No recuerda que mañana es el día de su cumpleaños. Ignora que un par de amigos le tienen preparado un regalo especial: una revista Penthouse que hallaron casi intacta entre las ruinas de una aldea, para que veas las tetas y los culos que nos estamos perdiendo por estar en este culo del mundo, valga la redundancia. Pepe quizás sepa que en unas horas Javier cumplirá diecinueve flamantes años, la edad más peligrosa del hombre; y por eso lo custodiará desde su atalaya durante toda la noche, con ese insomnio que padecen las armas.