Dos cumbres

1 05 2001

La cumbre

Acaba de concluir en Quebe La III Cumbre de las Américas, con la participación de 34 mandatarios latinoamericanos y la única exclusión de Fidel Castro. El tema central ha sido la creación del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), que permita la libre circulación, desde Alaska a la Patagonia, de mercancías y capitales, eliminando trabas burocráticas y barreras arancelarias —a diferencia de la Unión Europea, que va camino de construir el primer conglomerado de naciones integradas, además, institucional, humana y socialmente—. El ALCA sería el mayor mercado del mundo, integrando a 800 millones de personas, 11 billones de dólares de producto interior bruto (el 40% mundial) y el 20% del comercio del planeta, funcionando de acuerdo a “las reglas y disciplinas” de la Organización Mundial de Comercio. Un anticipo ya existe, el Tratado de Libre Comercio entre Canadá, Estados Unidos y México, que ha reportado a este último un mantenido crecimiento económico. Por otra parte, durante los últimos diez años el comercio de Estados Unidos con América Latina aumentó un 219%, en contraste con su comercio con Asia (118%), UE (89%) y Africa (62%).

Claro que del volumen económico que engloba el ALCA una parte sustancial corresponde al hemisferio norte, en especial a Estados Unidos. Para sus capitales significaría una apertura irrestricta del continente, necesitado de inversiones y tecnología, y la perspectiva de relocalizar industrias allí donde la mano de obra es más barata. Para Latinoamérica significaría una apertura del mercado norteamericano, donde sus productos pueden ser muy competitivos, la atracción de capitales, tecnología y la creación de empleo.

La ausencia de Cuba se debe a que la democracia será condición ineludible para la participación en la ALCA, tal como se expresa en La Declaración de la Ciudad de Québec: “el mantenimiento y fortalecimiento del Estado de derecho y el respeto estricto al sistema democrático” será imprescindible para pertenecer y recibir beneficios del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Cláusula que firmó incluso el mandatario venezolano Hugo Chávez, quien reiterara en la Cumbre su amistad con Fidel Castro, y aludiera a la “democracia participativa” que pone en práctica Venezuela como un modelo mejor que la democracia representativa convencional. No se trata sólo de un veto al gobierno cubano, sino de una medida preventiva ante posibles tentativas autocráticas, nada escasas en la historia de nuestro continente. Incluso la Organización de Estados Americanos (OEA) preparará una Carta Democrática Interamericana. La declaración de Québec afirma que se efectuarán “consultas en el caso de una ruptura del sistema democrático de un país que participa en el proceso de Cumbres”. Aún se desconoce quién o quiénes y cómo decidirán que un país viola las normas democráticas.

En la negociación se incluyó también el tema de la educación, aunque los detractores no tardaron en tildarlo de un mero adorno de la tarta, cuyo ingrediente fundamental es la apertura al neoliberalismo sin fronteras.

Aunque ya se sabe que la IV Cumbre tendrá lugar en Argentina en 2003, y se prevee el nacimiento de la ALCA para 2005; los mandatarios latinoamericanos acudieron a la cumbre con el escepticismo que dicta la experiencia: desde 1994, Clinton estuvo hablando del tratado, imposible de llevar a la práctica en la medida que el Congreso de EE. UU. no le concedió el fast track (privilegio para negociar acuerdos por la vía rápida), prerrogativa de la que tampoco disfruta Bush, aunque pretende solicitarla esta misma semana, y se siente optimista al respecto.

 

La otra cumbre

Acogiéndose a aquello de que es mejor prevenir que lamentar, las autoridades de Québec levantaron una imponente valla de 3,5 kilómetros de alambre y cemento alrededor del recinto de la Cumbre (“perímetro de seguridad” ó “nuevo muro de la vergüenza”, según quien lo califique), los comercios céntricos tapiaron sus vidrieras, y se aprestaron a resistir el sitio de 30.000 manifestantes antiglobalización, de lo que se ha dado en llamar “la generación Seattle”, llegados de las Américas y Europa. También fue convocada una movilización mediante Internet, para lo cual bastaba inscribirse con nombre y país, a favor de una visión alternativa. 15.000 se manifestaron pacíficamente en la “Marcha de los Pueblos” que recorrió las calles: zapatistas, representantes de los pueblos indígenas, ecologistas de todas partes, anarquistas norteamericanos y veteranos de Seattle y Praga. Estuvieron en Québec José Bové, sindicalista y agricultor francés, máximo enemigo de McDonalds, y Paul Balagny, de SalaMi (amigo sucio, en francés). 2.000 radicales consiguieron abrir una brecha de 4 metros en la valla, y el saldo final es de 34 policías y 100 manifestantes heridos, y otros 150 detenidos.

Con diferencias de matices, la principal reivindicación de los manifestantes es que la globalización se trata sólo de un instrumento económico manipulado por las transnacionales, que atenta contra los derechos laborales y el medio ambiente. Juicios que, en cierta medida, comparten algunos de los mandatarios asistentes. A pesar de que su percepción de Bush es positiva —“Aunque tenemos muchas diferencias políticas, Bush me ha parecido un hombre sincero”—, Hugo Chávez afirmó, por ejemplo, que “la justicia social no sólo no ha progresado en las Américas, sino que ha retrocedido”. Fernando Henrique Cardoso, presidente de Brasil, declaró abiertamente sus simpatías por los manifestantes contra “una globalización económica sin rostro humano”, y censuró a Estados Unidos por proponer el libre comercio y mantener barreras a los productos extranjeros, o por negarse a ratificar el tratado de Kioto. Según él, los beneficios que reporte el libre comercio deberán repartirse equitativamente, de modo que contribuyan a “reducir en vez de agravar las disparidades”. Una actitud que no compartieron sus socios de MERCOSUR, en especial Argentina, aquejada de una grave crisis. Se mencionaron también como contrarios a una integración los subsidios agrícolas en EE. UU., que suman más de la mitad de los ingresos de sus agricultores, o sus políticas antidumping.

Incluso Vicente Fox, cuyo país disfruta ya del Acuerdo, afirmó que “no puede haber genuina democracia en sociedades con tantas desigualdades y tanta pobreza como existen en muchas áreas de América Latina, incluido México”, y a su iniciativa se debe que la Declaración de Québec recoja la necesidad de incrementar el gasto social en detrimento de los gastos militares.

Ciertamente, el beneficiario inmediato del Acuerdo será el capital, que podrá desplazarse sin trabas, comerciar, importar y exportar sin aranceles ni tasas, y relocalizar fábricas en busca de una mayor rentabilidad. Y el capital jamás se ha mostrado muy sensible a los temas ecológicos o el bienestar de los trabajadores. Pero abrir las puertas a la inversión, no es una patente de corso. Cada país podrá velar por que se cumplan sus normativas mediambientales, por que la creación de riqueza tenga una componente social e incentive la creación de infraestructuras para el desarrollo, y por que el inversionista cumpla la legislación laboral vigente. ¿Ganará menos por el mismo trabajo el operario de Lima que su homólogo de Detroit? Seguramente. En caso contrario, la industria se instalaría en Detroit. Aún así, muchos obreros de Lima no tendrán que emigrar para ganarse dignamente el sustento. Pero la generación de riqueza, la rentabilidad y las propias exigencias de los sindicatos deben por lógica actuar en la única dirección viable: la reducción paulatina de las distancias. No obstante, sería un error confiar ciegamente en el automatismo del mercado. Será tarea de los gobiernos velar por que esta apertura redunde en beneficio de toda la sociedad, velar por que la corrupción, mal endémico en nuestras repúblicas, no permita los crímenes de lesa humanidad y de lesa ecología que contemplamos diariamente. Tarea de todos los países miembros que haya equidad en el proceso, y que bajo la apertura no se escondan proteccionismos disimulados y unilaterales.

Posiblemente quien más preocupado deba estar por esta apertura es el obrero de una fábrica de Chicago, o el agricultor del centro-oeste. No dudo de la buena voluntad de la mayoría de los manifestantes, pero coincido con Vicente Fox, quien sentenció en la Cumbre: “Es fácil protestar cuando se tiene un empleo, cuando se tiene comida en la mesa, como lo tienen esos manifestantes”.

Dos cumbres”; en: Cubaencuentro, Madrid,  1 de mayo, 2001. http://www.cubaencuentro.com/meridiano/2001/05/01/2144.html.

 


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