Rapiña de difuntos

20 12 1996

Las leyes del comercio son inexorables y despiadadas, es algo que todos sabemos, aunque de vez en cuando nos hagamos pasar por compradores y no por billeteras con ojos que el comerciante intenta ordeñar.

Pero cualquiera diferenciará la compra de un coche, de un electrodoméstico, una medicina o un ataúd. Cada comercio tiene sus propias leyes y su ética, más o menos consolidadas en países donde la economía de mercado ha ido puliendo las reglas del juego.

Pero los países que acaban de acceder con entusiasmo al mercado distan mucho de ejercer el «todo vale» pero «hasta cierto punto». Se han quedado en el primer axioma.

Y en la República Checa, el asunto ya toma tintes de broma macabra. Aunque la Cámara Profesional del gremio funerario tilda de «poco éticas y abusivas» ciertas prácticas, la ganancia impone su propia ética, que no figura en los tratados de Moral y Cívica ni en los diccionarios, sino en los cursos de Contabilidad. Hasta tal punto ha llegado la rebatiña de difuntos entre las diferentes empresas de pompas fúnebres, que en los hospitales pululan agentes enemigos listos para disputarse la carroña, se pagan comisiones a los médicos, enfermeras y policías que dan parte de un nuevo cliente, e incluso recomiendan tal firma de ataúdes a los parientes, con la soltura de quien comunica por experiencia las bondades de una lavadora.

Alguien afirmó que cada ser humano se acerca al aspecto o las costumbres de cierto animal. Cuánta razón tenía.

“Rapiña de difuntos”; en: Diario de Jaén, Jaén, España, 20 de diciembre, 1996, p. 29.





Referéndum ¿innecesario?

15 12 1996

Cuando leí que los malagueños de Borge decidieron hacer un referéndum para elegir entre humanidad y neoliberalismo, recordé de inmediato el caso absolutamente opuesto, pero idiomáticamente colindante; el del escritor argentino Jorge Luis Borges, quien al recibir una distinción en Chile de manos de los militares de Pinochet, hizo referencia a «la clara espada» (la de los golpistas chilenos) en contra de «la furtiva dinamita» (la de los supuestos terroristas). Hoy sabemos cuántos inocentes fueron víctimas dela «clara espada», que desmembró una sociedad entera y dispersó sus fragmentos por medio mundo.

Pero los de Borge apuestan por la humanidad, apuestan por un mundo que gaste más en medios para curar que en medios para matar, en alimentos que en cañones. Un mundo donde la ley de la oferta y la demanda, el implacable orden del mercado, la ley suprema de la ganancia al menor costo posible, no sea precisamente lo que nos distinga de nuestros parientes del reino animal; sino nuestra condición humana: la misma que ha creado el arte y las guerras, pero también la que nos concede dos derechos incompatibles con la ley de la selva: la bondad y la solidaridad.

Muchos podrían pensar que se trata de un simple gesto sin mayores consecuencias, un referéndum innecesario que no cambiará un ápice la diametral injusticia del orden internacional. Cierto. Pero también es cierto que el Hombre deberá plantearse el siglo XXI en otros términos, que no son precisamente edificar la opulencia sobre las espaldas de 800 millones de hambrientos, o parcelar el mundo en cotos de riqueza y cotos de caza. O vender armas sin que conste en acta al mejor postor, para después acudir en misiones humanitarias, con despliegue de medios televisivos, con el fin de rescatar a los supervivientes. No es, ni lejanamente, un gesto inútil el de los ciudadanos de Borge. Si no empezamos a hablar ahora de unas nuevas reglas del juego que rescaten la condición del hombre, estaremos ayudando con nuestra dosis de silencio a convertir este planeta en la mayor bomba de tiempo de la historia.

“Referéndum”; en: Diario de Jaén, Jaén, España, 15 de diciembre, 1996, p. 51.