Cuba ta fatá
En febrero de 1995, seis meses después de llegar a España, vimos una comparsa en los carnavales de Jaén, todos disfrazados de guaracheros y bailarinas de Tropicana, al son de un estribillo: “Cuba ta fatá”, sincretismo cultural entre los aceituneros altivos y los guaracheros de Regla. Vigente aún el Período Especial en Tiempos de Paz, ese delicioso eufemismo para eludir las palabras crisis, hecatombe, desastre, catástrofe. En la memoria la reciente crisis de los balseros del verano de 1994, Copa América de la miseria.
Treinta y un años más tarde, también en época de carnavales, “Cuba ta fatá”, posiblemente más que entonces. Es cierto que la implosión de la antigua Unión Soviética se llevó por delante el 35% de la economía cubana. Ahora, y aunque todavía sus efectos son muy recientes, prestigiosos economistas (no es mi caso) hablan de un 11% y aumentando. El problema es que entonces partíamos de una economía mínimamente funcional: la producción agrícola nos daba de comer sin muchas alegrías, la vida era difícil pero no catastrófica y Fidel Castro, todavía investido de una aureola mística para muchos cubanos, intentó suplir los víveres con épica. Muchos se empecinaban en que era una catástrofe compartida, aunque en el fondo supieran que siempre hubo una casta que sólo compartía con el pueblo llano la retórica. También es cierto que poco tiempo después de la implosión soviética dispusimos de un nuevo mecenas petrolero: Hugo Chávez. A Venezuela no la pudimos ordeñar con tanta intensidad ni durante tanto tiempo como a la vaca soviética, pero Fidel Castro no tuvo que cerrar la granja.
Tres décadas más tarde, ya no creen en la retórica ni los que la redactan ni sus copistas serviles ni sus escasos palmeros que en medio mundo todavía sueñan con la Caperucita Roja. Por primera vez, desde la primera mitad del siglo XIX, cuando el movimiento anexionista difundió con fuerza la idea de que nos iría mejor adhiriéndonos a la pujante democracia norteamericana, que permanecer atados (de pies y manos) a los restos del decadente imperio español, se escuchan voces, y no son pocas, que claman por la “extracción” (término que asociamos a Nicolás Maduro) de la gerontocracia cubana en pleno.
La misma gerontocracia que ahora nos invita a la Opción 0, otra ocurrencia del comandante en jefe que acaba de desempolvar Díaz Canel quien, con un bamboleo nervioso, la agitó ante las cámaras como un Indiana Jones que acabara de encontrar los Manuscritos del Mar Muerto. Se trata de retroceder 500 años e irnos a vivir en las cuevas que un día alojaron a los guanajatabeyes, para que no podamos ver cómo ellos envían a París o Londres a los descendientes de la Casa Real. La misma gerontocracia que acaba de cerrar la Universidad de La Habana, algo que en casi 300 años sólo habían conseguido Fulgencio Batista y el COVID 19. La dictadura también puede ser una pandemia. Cero transporte público. Reducción de la jornada laboral. Y liberar de sus funciones a los delegados del Poder Popular cuya responsabilidad lo permita, es decir, a todos. Su única función es aplaudir y eso se resuelve solicitando a la televisión aplausos enlatados.
Aunque el país está a oscuras, sólo se practican las operaciones de vida o muerte en los hospitales, el transporte y la producción están paralizados, aumenta la delincuencia ante la inacción policial que sólo se moviliza en caso de protesta ciudadana, y los aviones descansan en la pista por falta de combustible, el diario Granma anuncia la buena nueva de que países como Irán, China y Rusia se solidarizan con Cuba. Rusia “analiza posibles” acciones para apoyar a la isla en apuros. Si Cuba tuviera dinero, piensan los chinos. Si no temiera enfadar a mi amigo Donald Trump por una islita irrelevante, lejana y pedigüeña, piensa Vladimir Putin. Si más allá del antiamericanismo tuviéramos alguna sintonía con ese país de ateos timbaleros, piensan los ayatolás. Pero ya se sabe que la retórica solidaria es gratuita.
¿Sería la anexión diferida, modelo Delcys Rodríguez, una solución para Cuba? ¿Y para los cubanos? Si nos fijamos en las últimas propuestas del presidente Trump, veremos que su amor por la democracia no supera su amor por el dinero. Se estima que las empresas de su familia han incrementado su patrimonio en unos 1400 millones de dólares gracias a la Casa Blanca Corporation. Su proyecto turístico-inmobiliario para Gaza, previamente desinfectada de gazatíes, va en esa dirección. A Ucrania le cobrará cada centavo de ayuda en minerales estratégicos y electricidad de Zaporiya. Una vez establecidas por la Delta Force las bases de la conversación con Venezuela, descubrimos que su principal interés es el petróleo y los minerales, para lo cual es más útil un testaferro amedrentado que un presidente electo con el 70% de los votos. La democracia siempre puede esperar.
En el supuesto caso de que el presidente Trump decidiera fundar en los Everglades una residencia penitenciaria de la tercera edad con nuestros generales y doctores, ¿cuál sería el siguiente paso? ¿Nombraría a la Delcys Rodríguez cubana para administrar la finca en su nombre? Salvo grandes reservas de níquel y cobalto, Cuba no dispone de los ingentes recursos petroleros para sufragar su reconstrucción y que quede una suculenta plusvalía por los servicios prestados. Cuba es más pequeña que Venezuela, pero su nivel de destrucción es casi Gaza tras seis décadas sometida a intensos bombardeos de malgobierno. Tampoco dispone Cuba de una oposición equiparable a la venezolana. Se trata de un país de infraestructuras destruidas y con una población drásticamente envejecida. Aunque 30 años atrás podía hablarse de una mano de obra altamente calificada, el éxodo ha drenado una buena parte de ese talento y a los jóvenes en condiciones de trabajar y de reproducirse para subsanar la catástrofe demográfica. Por otra parte, el país cuenta con una nutrida diáspora que dispondría de un territorio virgen donde invertir prácticamente sin competencia local. ¿Eso sería positivo para los cubanos? Más para unos que para otros, pero dadas las circunstancias actuales, incluso para los cubanos más pobres de la isla podría ser preferible que vivir en cuevas y rayar la yuca silvestre contra la corteza de los árboles, la opción que nos ofrece el presidente Díaz Canel, a riesgo de mancharse la guayabera.
No sería la primera vez que Estados Unidos interviene en nuestras pendencias. Los 10 años de la primera guerra de independencia terminaron en la Paz del Zanjón. Los mambises fueron incapaces de ganar la guerra y los españoles tampoco consiguieron una victoria. Entre 1895 y 1898 otra guerra ensangrentó a Cuba sin que se vislumbrara una victoria clara de las armas cubanas. Aunque los estimados no son totalmente fiables, entre muertos en combate, enfermedades y la criminal Reconcentración de Valeriano Weyler, un país que no llegaba al millón y medio de habitantes vio reducida su población en unos 300.000. Tanto la historiografía castrista como buena parte de la opinión pública (y publicada) española coinciden en hablar de la irrupción norteamericana en esa guerra como un acto de rapiña para apoderarse de la isla. Castro no podía admitir que sus referentes del XIX hubieran aplaudido la llegada de los Rough Riders. Los españoles digieren mejor su derrota por la potencia emergente, que por los heroicos nativos, casi desarmados. Una mentalidad supremacista y neocolonial a la que no es ajena la izquierda. Pero si visitamos el Diario de campaña de Máximo Gómez, generalísimo de las tropas cubanas e inmortalizado en el billete de diez pesos, veremos la desesperación con que exhortaba a la intervención norteamericana para que tanta sangre no terminara en otro Pacto del Zanjón. El Partido Revolucionario Cubano en Estados Unidos no sólo abogó por la intervención, sino que compró con bonos de la República la voluntad de un par de Senadores, con lo cual también consiguió la Enmienda Teller, que garantizaría la independencia de Cuba (por el contrario que Puerto Rico o Filipinas) y que los bonos de la República se hicieran efectivos. La intervención remató en unos meses más de 13 años de sufrimiento. Aunque impusieran la Enmienda Platt y todo el territorio del archipiélago (con la excepción de la Base Naval de Guantánamo) no fue propiedad de sus legítimos habitantes hasta los años 30, lo cierto es que Cuba se convirtió en una república sustancialmente mejor que casi todas sus homólogas de Latinoamérica, ocupaba los primeros lugares en casi todos los índices, y fue capaz de conciliar sensibilidades políticas dispares en una de las constituciones más avanzadas de su tiempo, la de 1940.
Ya Cuba tuvo en el siglo XIX una fuerte presencia migratoria en Estados Unidos, soporte económico para las guerras de independencia. Ahora dispone de una presencia mayor. Más allá de sus sustanciales diferencias generacionales, políticas y de estatus socioeconómico, en mi percepción a casi todos los une una fuerte relación con su país de origen. Sin idealizar, ese podría ser un factor positivo para el futuro de la isla. Es cierto que el país se ha descapitalizado aceleradamente durante los últimos años, pero también es cierto que esa diáspora distribuida por medio mundo ha adquirido su capacitación técnica y profesional en las economías más avanzadas del planeta. Su papel como colaboradores, consultores, inversionista o promotores de la Cuba futura podría ser un factor muy positivo en la reinserción del país en el siglo XXI.
¿Significa eso que la irrupción norteamericana en los asuntos cubanos sería la solución ideal de nuestros problemas? No necesariamente. Muchas cosas pueden salir mal y, al menos con la administración actual, debemos tener en cuenta que su intervención no sería ni altruista ni generosa. Aunque dadas las circunstancias actuales, el hecho de que sea interesada no tiene por qué convertirla en la peor opción.
Una posibilidad a mi juicio improbable sería la subversión del régimen actual por los propios cubanos de la isla, el restablecimiento de un sistema democrático y un Estado de derecho. Que el cambio de régimen sea un producto interno sería lo más deseable, pero la experiencia de Europa del Este demuestra que suele ser muy raro en regímenes totalitarios. Un desenlace improbable, aunque no imposible, en una sociedad muy envejecida, sin una conciencia ciudadana ni una sociedad civil articulada en las últimas seis décadas, con un movimiento disidente desestructurado y disperso, y con una élite que podría huir a las primeras de cambio, pero también plantear una defensa numantina de sus privilegios a cualquier precio. Haití está demasiado cerca y Rumanía, demasiado lejos.
Otra variante sería que el mismo gobierno implementara a marchas forzadas todas las modificaciones económicas y sociales en primera instancia, políticas en segunda, que no ha puesto en práctica durante 60 años, que consiga valedores, inversionistas y talento para materializarlo en tiempo récord, de modo que sus resultados se empiecen a ver de inmediato, antes que una explosión social o una irrupción externa barra el tablero de juego. Sería como pedirle guarapo al marabú. Conociendo al personal, más probable me parece la huida masiva y después de mí, el caos. Con la amenaza de un estado fallido en el horizonte.
La última de las últimas opciones sería la Opción cero. Pero hasta donde sé, ningún pueblo se suicida aunque así lo prescriban las Tablas de la Ley rescatadas por Díaz Canel. Una agonía lenta a la espera de que las elecciones de medio mandato en Estados Unidos den un respiro a la gerontocracia cubana, o que, entretenido con Irán, Trump se olvide de Cuba como antes se olvidó de Groenlandia, que es mucho más visible, y que México o Rusia envíen un barquito de petróleo para los Ladas de la policía y los Mercedes del Buró Político. O que baje la Caridad del Cobre, arregle el bote y salve a los náufragos. El comunismo milagrero.
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