Paz en Guerra

10 08 2014

Cierta tarde, a fines de los años 80, un conocido escritor mexicano, impenitente bebedor de Coca-Cola, me confesó que varios meses atrás, insultado por unas declaraciones de Octavio Paz en las que éste criticaba el talante autoritario y liberticida de una considerable zona de la izquierda, lanzó por la ventana El laberinto de la soledad, una obra clave para entender a México y a América Latina. Yo la había leído en una manoseada edición impresa por la editorial Siglo XXI en 1970. Camuflada bajo la cubierta de una revista La mujer soviética, porque Octavio Paz estaba en Cuba contraindicado. Era tan dañino para la salud política como Vargas Llosa, Orwell y Cabrera Infante. El libro circulaba de mano en mano, más eficaz por lo secreto, en una cofradía de lectores asiduos. De modo que respondí al escritor mexicano que lamentaba no haber estado aquel día a los pies de su apartamento en la Colonia Condesa del D.F. para hacerme con el ejemplar defenestrado. No te hubiera dado tiempo, me respondió. A los cinco minutos bajé corriendo la escalera y pude rescatarlo de la acera desierta.

Reverenciado y escarnecido con idéntica intensidad, Octavio Paz Lozano (1914-1998), poeta y ensayista, premio Cervantes (1981) y premio Nobel de literatura (1990), publicó a los 17 años sus primeros poemas y no dejó de encandilarnos con su poesía e iluminarnos con sus ensayos hasta sus últimos días.

Hijo de la revolución mexicana, dedicó un poemario, No pasarán! (1936), a la Guerra Civil Española. Con el mismo énfasis celebró el espíritu renovador de las revoluciones (“encarnaciones modernas del mito del regreso a la edad de oro”, según él) y denostó la violencia. Desde mediados de los años 40 intentó conciliar la tradición liberal con la justicia social. “Él siempre creyó en el diálogo entre la tradición liberal y la tradición socialista, en esa convergencia de las dos tradiciones, la única posibilidad de una sociedad mejor. ¿Qué dejaba a un lado? Todos los fanatismos de la identidad, racistas, nacionalistas, religiosos, las dictaduras”, como afirmó Enrique Krauze en entrevista al diario El País[1]. El politólogo Roger Bartra afirma que ese diálogo sí se produjo en determinado momento, aunque entre la izquierda “la influencia del poeta, desgraciadamente, no ha sido suficientemente reconocida”[2].

Paz fue fiel a sí mismo: le resultaba inaceptable que “un escritor o un intelectual se someta a un partido o a una iglesia”[3]. Gracias a esa independencia de criterio, a esa capacidad de leer la realidad desde una perspectiva libre de prejuicios y dogmas, nos dejó desde los años 50 libros fundamentales para entendernos a nosotros mismos, como Libertad bajo palabra (1949), El laberinto de la soledad (1950), ¿Águila o sol? (1951), El arco y la lira (1956) y Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la fe (1982), el ensayo “más importante sobre crítica literaria”, en palabras de Vargas Llosa.

Sin esos textos no nos entenderíamos de la misma manera. No comprenderíamos las diferencias fundamentales entre nuestra tradición hispánica entreverada con los mitos ancestrales americanos, y la civilización puritana y anglosajona con su perspectiva positivista y su fe inquebrantable en el progreso. No comprenderíamos las actitudes de unos y de otros frente al cuerpo, la sexualidad, la fiesta, la fe, el goce de la vida y ante la muerte, esa soledad que siempre nos acompaña. Esa “soledad tiene las mismas raíces que el sentimiento religioso. Es una orfandad, una oscura conciencia de que hemos sido arrancados del Todo y una ardiente búsqueda: una fuga y un regreso, tentativa por restablecer los lazos que nos unían a la creación”[4].

Refiere Octavio Paz en “El pachuco y otros extremos” que al comentar a una amiga las bellezas de Berkeley, ella le respondió: «Sí, esto es muy hermoso, pero no logro comprenderlo del todo. Aquí hasta los pájaros hablan en inglés. ¿Cómo quieres que me gusten las flores si no conozco su nombre verdadero, su nombre inglés, un nombre que se ha fundido ya a los colores y a los pétalos, un nombre que ya es la cosa misma?”.

Y no hay en ello ningún provincianismo miope. Él observó la literatura desde lo propio, desde la identidad, pero también de una manera universal.

Según Krauze, el pensador Paz se mantuvo durante toda su vida en Guerra: “el revolucionario y el liberal; el socialista y el demócrata; entre su padre y su abuelo”, polemista consigo mismo, como apunta acertadamente Vargas Llosa.

Si el ensayista Octavio Paz nos alumbra, el poeta deslumbra, en particular el poeta del amor y del erotismo cuya arquitectura verbal se codea con la mejor poesía de todos los tiempos. En “De Piedra de sol” (1957), un poema total, enuncia:

“voy por tu cuerpo como por el mundo,

tu vientre es una plaza soleada,

tus pechos dos iglesias donde oficia

la sangre sus misterios paralelos,

mis miradas te cubren como yedra,

eres una ciudad que el mar asedia,

(…)

vestida del color de mis deseos

como mi pensamiento vas desnuda,

voy por tus ojos como por el agua,

los tigres beben sueño en esos ojos,

el colibrí se quema en esas llamas,

voy por tu frente como por la luna,

como la nube por tu pensamiento

voy por tu vientre como por tus sueños”

Octavio Paz reinventó su México natal desde la poesía, como diría en Libertad bajo palabra: “Invento la víspera, la noche, el día siguiente que se levanta en su lecho de piedra y recorre con ojos límpidos un mundo penosamente soñado. (…) “Contra el silencio y el bullicio invento la Palabra, libertad que se inventa y me inventa cada día”.

Lejos de ser un intelectual de salón, un poeta de capilla aislado del murmullo soez del mercado y la verdulería por las murallas de la academia y los fosos que en nuestro continente suelen cavar a su alrededor los poderosos para salvaguardarse de la plebe, Paz se mantuvo ocho décadas y media en guerra contra la estupidez y el menosprecio, intentó un México antes informulado, y lo hizo desde la pertenencia. No hay una declaración de fe ni manifiesto tan explícito como estos versos del poema “De Piedra de sol”. Unos versos que lo definen con más exactitud que cualquier hagiografía, cualquier discurso de ocasión (y esos ahora no escasean) o cualquier ensayo académico que intente abarcar lo inabarcable:

“todo se transfigura y es sagrado,

es el centro del mundo cada cuarto,

es la primera noche, el primer día,

el mundo nace cuando dos se besan,

(…)

las máscaras podridas

que dividen al hombre de los hombres,

al hombre de sí mismo,

se derrumban

por un instante inmenso y vislumbramos

nuestra unidad perdida, el desamparo

que es ser hombres, la gloria que es ser hombres

y compartir el pan, el sol, la muerte,

el olvidado asombro de estar vivos”.

 

[1] “La izquierda no sabe lo que se perdió al dejar de hablar con Octavio Paz”, 31-5-2014.

[2] “Un tango con Octavio Paz”; El País, 19 de junio, 2014. (http://elpais.com/elpais/2014/06/19/opinion/1403134143_711389.html)

[3] En Vuelta a El laberinto de la soledad.

[4] El laberinto de la soledad.





Javier Bardem: la desmemoria selectiva

8 08 2014

A propósito de la nueva guerra entre judíos y palestinos, el actor español Javier Bardem ha realizado una declaración (http://www.vanitatis.elconfidencial.com/noticias/2014-07-25/carta-abierta-de-javier-bardem-contra-el-genocidio-de-israel-en-gaza_168080/) donde subraya que ante el horror de lo que ocurre en Gaza “NO cabe la equidistancia ni la neutralidad”. Y lo cumple: NO es equidistante ni neutral. Su opinión es tendenciosa, parcial y, por tanto, falsea los hechos.

Ante todo, afirma que esta es “una guerra de ocupación y de exterminio contra un pueblo sin medios, confinado en un territorio mínimo, sin agua y donde hospitales, ambulancias y niños son blancos y presuntos terroristas”. Pero no explica por qué se ha producido esta ocupación.

Ciertamente, Gaza es un territorio mínimo, donde la población dispone de escasos recursos. El 80% de sus habitantes viven de las ayudas que distribuye Hammas, organización que teje así su red de clientelismo. El clientelismo de la supervivencia, pariente pobre del clientelismo mediante el cual los políticos españoles de izquierdas y derechas han convertido la cosa pública en la Cosa Nostra.

En el comunicado de Bardem no aparece ni una sola mención al lanzamiento de cohetes por parte de Hammas contra Israel que, si no han hecho más daño, no es por falta de intención, sino de tecnología. Los objetivos de los israelíes no son ni las ambulancias ni las mujeres ni los niños, sino las bases de misiles que Hammas protege mediante un camuflaje singular: mujeres, niños, escuelas, hospitales. Pero Bardem o no se ha enterado o no se da por enterado, que es peor. Ni una palabra de su declaración condena esta conducta. Es criminal el ejército judío que protege a sus ciudadanos mediante un sofisticado sistema de intercepción. No es condenable quien se esconde bajo los cuerpos indefensos de su propio pueblo. Y existe en esto un contrasentido: el ejército israelí, tecnológicamente avanzado, es capaz de interceptar casi todos los misiles enemigos. Sin embargo, sólo asesina en Gaza a mujeres y niños. O tiene muy mala puntería, o los dirigentes de Hammas y su armamento se esconden tras sus propios civiles indefensos. Algo compatible con el profundo desprecio que la cultura islámica dispensa a sus mujeres.

Bardem se dice “indignado, avergonzado y dolido por tanta injusticia y asesinato de seres humanos”. Critica la vergonzosa parcialidad de Estados Unidos y la Unión Europea que él solo se explica por oscuros intereses económicos. Y antes que le consideren antisemita (lo cual es irrentable si desarrollas tu carrera profesional en Hollywood) afirma algo que todos sabemos: “ser judío no es sinónimo de apoyar esta masacre, igual que ser hebreo no es lo mismo que ser sionista, y ser palestino no es ser un terrorista de Hammas”. Única referencia a Hammas en su declaración.

Toda su indignación se dirige al ejército israelí. Al parecer, el actor estuvo revisando guiones y no leyó ni una sola noticia sobre la lluvia de cohetes contra territorio israelí. No critica ningún secuestro y asesinato de ciudadanos israelíes, y mucho menos se ha enterado de que Hammas insta a sus propios ciudadanos a permanecer en sus casas, escudos humanos, tal como reconoce Antonio Zubillaga, encargado de la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados Palestinos en Gaza (http://www.abc.es/internacional/20140715/abci-entrevista-palestina-201407142213.html), quien dista mucho de ser un publicista judío.

Es la misma desmemoria selectiva que padeció el actor respecto a Cuba hasta que en 2001 encarnó al escritor Reinaldo Arenas en Before night falls. Entonces afirmó que «teníamos una visión demasiado romántica del régimen de Castro…”. Recordó a su tío preso en las cárceles franquistas y a su madre comunista. “Fui educado en esas ideas, pero es más fácil ser comunista en España cuando se tiene confort y libertad que serlo bajo un régimen tan totalitario como el de Cuba», admitió (http://www.emol.com/noticias/magazine/2001/06/12/57343/javier-bardem-atribuye-a-cuba-el-cambio-su-vida.html).

Años después tuvo una recaída de Alzheimer selectivo: en una entrevista concedida en Cuba al diario Granma en diciembre de 2007, proclamó que José María Aznar, Tony Blair y George Bush deberían ser juzgados por crímenes de guerra, pero olvidó incluir en la demanda a los represores de millones de ciudadanos cubanos, entre ellos el personaje que él mismo encarnó seis años atrás.

En el comunicado que ahora nos entrega, antes que le disparen, Bardem intenta esquivar las balas de quienes “deslegitimarán mi derecho a la opinión con temas personales”. Reconoce que trabaja en Estados Unidos, “donde tengo amigos y conocidos hebreos que rechazan tales intervenciones y políticas de agresión”. Y que su hijo “nació en un hospital judío porque tengo gente muy querida y cercana que es judía”. En realidad, no trabaja en el país porque amigos y conocidos hebreos rechacen las intervenciones israelíes, sino porque a veces puede hacer excelentes películas e, invariablemente, le pagan mejor, lo cual es perfectamente legítimo (y más confortable), aunque menos compatible con la retórica autorizada por el manual de estilo de la izquierda. Tampoco su hijo nació en un hospital judío porque tenga “gente muy querida y cercana que es judía”. Su esposa parió en el mismo hospital que Salma Hayek, Gwen Stefani, Jessica Alba y Halle Berry, el Cedars-Sinai, un exclusivo centro médico privado de Beverly Hills con prestaciones de hotel cinco estrellas y la mejor atención médica que se puede conseguir con dinero. El actor podrá tener saharauis, palestinos o cubanos muy queridos y cercanos, pero no se le ocurrió llevar a su mujer a un obstetra bereber, a un hospital de Gaza o a Maternidad de Línea. No confundir retórica con estupidez.

Toda muerte de inocentes es lamentable, la perpetre quien la perpetre, y los civiles de Gaza no son la excepción. Ciertamente, son las balas israelíes las que asesinan a esos civiles, y eso es condenable, pero quienes los colocan como tiro al blanco en la línea de fuego son sus propios líderes, y eso es perverso. La comunidad internacional está en la obligación de proponer e imponer un alto al fuego inmediato y convertir Gaza en zona desmilitarizada.

Hay algo en lo que sí estoy plenamente de acuerdo con el actor, y es “que aquellos israelíes y palestinos que sólo sueñan con paz y convivencia puedan un día compartir su solución”, pero eso pasa por que la comunidad internacional rechace con el mismo énfasis los desmanes de los fundamentalistas de ambos bandos, por que se condene todo atentado contra los derechos humanos sin importar quién los cometa, y por que despierten la misma indignación tanto los verdugos de pueblos ajenos como los verdugos de sus propios pueblos.